Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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sábado, 27 de mayo de 2017

La canción de los Padres

Ella estaba allí, observando todo.
Miraba al frente como si contemplara
un cielo cargado de estrellas
y su alma al fin transcendiera.

Él estaba allí, cual metomentodo.
Miraba al frente como si me asesinara
aplastándome y dejándome su huella,
pues bajo la piedra había una fiera.

Los Que Deben Ser Guardados
debieron ser sacrificados.
Padre y Madre de los vampiros...
Nosotros, sus terribles hijos.

Ella se llamaba Akasha.
Él se llamaba Enkil.

Ella se alzó entre las sombras,
caminó insinuante y me sedujo.
Me dijo su nombre una vez más
y me abrazó amorosamente.

Él se alzó ante mi asombro.
Dejó atrás su trono de lujo.
Me dijo que no lo permitiría jamás
e intentó aplastarme despiadadamente.

Los Que Deben Ser Guardados
debieron ser sacrificados.
Padre y Madre de los vampiros...
Nosotros, sus terribles hijos.

Ella se llamaba Akasha.

Él se llamaba Enkil.


Lestat de Lioncourt   

lunes, 30 de enero de 2017

Mi historia, vuestra historia

Gregory Duff Collingsworth o Nebamun... es uno de esos vampiros que se hacen amar.

Lestat de Lioncourt 



Muchas veces creí que sería difícil explicar mi vida a otros, pero fue asombrosamente sencillo hacerlo una vez todo se detuvo y comencé a dar explicaciones. Supongo que tras cientos de siglos de silencios, de ocultarme como si fuese un viejo tesoro, fue más sencillo que hablar sobre una vieja historia que parecía más bien una leyenda. Ofrecer una verdad en un momento donde todos los ojos y oídos son pocos es inusual.

Recuerdo la primera vez que pisé un país occidental. Había dejado atrás la arena dorada y amontonada, extensa como un océano profundo y peligrosas como una selva tropical, para encontrarme con bosques, ríos, lagos, ciudades apelotonadas a los pies de montañas o en valles extensos. La lengua no fue difícil para mí debido a los poderes que poseemos los vampiros. Estos nos hacen poder entender el idioma de cualquier país, evitando así fronteras culturales o de cualquier tipo.

Sin embargo, lo que mejor recuerdo, como si fuese ayer mismo, es a Amel apareciendo en la vida de todos nosotros. Ese vínculo, ese germen. Pude contemplar como Akasha caía, junto a su esposo y su fiel mayordomo real, sobre las baldosas de aquella habitación. Me encontraba oculto en un baúl. Era el amante favorito de Akasha, el actual compañero de cama, pues Enkil jamás había tenido tales acercamientos.

Los ojos parecían que iban a salirse de mis órbitas cuando contemplé estupefacto como se introducía en ella, agujereando su cuerpo, para luego incorporarse. Un alarido de dolor, como si ardiera envuelto en un fuego invisible, la avivó. Se convirtió en una marioneta de mirada terrible, soberbia y capaz de cualquier cosa, dejando atrás esa escasa fragilidad que en ocasiones me mostraba en la cama. Era otra. Se sabía poderosa. El miedo se apoderó de mí y decidí seguir oculto, observando como mordía el cadáver del rey Enkil, para luego hacer lo mismo con Khayman. Ambos cobraron vida tras derramar su poderosa sangre sobre sus labios y estos se incorporaron como si nada hubiese pasado.

La mirada de Khayman, siempre alerta, era la de un hombre asustado. Sabía que algo era distinto en él, por eso el silencio parecía precederle. Por otro lado Enkil reía maravillado. Tal vez se sabían muertos, se habían visto como espíritus revoloteando por el techo de la habitación. Jamás pregunté. Sobre todo porque yo fui el siguiente en ser transformado en uno de esos monstruos perfectos. Me convertí en el líder de un ejército ante el desacato del leal mayordomo, el cual decidió proteger a las Gemelas Pelirrojas. Debí hacer lo mismo. Todos debimos hacía mucho atacar a la reina y librarnos de su horror.

Durante siglos recordé la maldición que Mekare lanzó sobre la reina. Dijo que ella le arrancaría el corazón y la decapitaría, que llegaría su hora y lo haría junto a su hermana. Por eso le arrancaron la lengua y a su gemela, para que no pudiera encontrarla, sus ojos. Tuve que separarlas, echarlas a dos corrientes distintas, y asumí mis culpas durante largas noches.

No me siento orgulloso de mis inicios, pero sí de mi presente. He logrado formar una pequeña familia de inmortales, he salvado la vida a un joven vampiro de hermosa piel oscura, y tengo un imperio farmacológico que investiga junto con Fareed Bhansali mejoras en nuestra genética, evitando enfermedades que podrían aparecer o mejorando nuestra calidad de vida.


Sin embargo, contar todo esto, fue difícil. El micrófono estaba abierto, había más de una decena de inmortales rodeándome. Sentí que todos retenían el aliento porque me detestaban por mis malos actos, pero finalmente me perdonaron y aceptaron que tuve mi momento en la historia.  

viernes, 7 de octubre de 2016

No eres un dios

Khayman fue duro, pero le dijo la verdad... 

Lestat de Lioncourt


—Mírame, mírame...—susurró en un ruego amargo.

Su voz estaba quebrada. No era el líder que dirigía un gran ejército junto a mí, sino un hombre. El dios se había derrumbado y sólo quedaba el humano, el ser decrépito e iluso que todos somos en realidad. Me aproximé a él con tristeza sin amagos, sin deseos de destruirlo aún más de lo que ya estaba, y quedé en pie frente a su mirada cargada de preguntas tristes y sin respuesta.

—¿Qué ves?—preguntó apretando los puños.

—A un hombre que no sabe dominar su reino y que ha sido eliminado del poder por su consorte. Un hombre que por mucho que luche contra los amantes de su mujer, contra cientos de hombres ahí fuera, será minúsculo y olvidado—respondí antes de poner mis manos sobre sus hombros—. Un ser que jamás perdonaré por haberme hecho cometer semejantes vejaciones a dos inocentes—le aseguré mirándolo a los ojos, tal y como él quería. Aquellos ojos tan oscuros como los míos, tan apesadumbrados como la noche misma en la cual tuve que asumir que yo sólo era una marioneta, un peón, un idiota que había besado el suelo por donde caminaba un tirano—. No eres un dios. Nunca fuiste un dios.

—Hay espíritus que nos siguen y atormentan—dijo colocando sus manos sobre mis muñecas, justo encima de mis brazaletes de oro. Él me los había regalado, como un tributo por mi buena labor en las guerras. Si bien, sabía que era algo más. Enkil me amaba, pero yo había empezado a detestarlo con todo mi corazón.

—Porque tu mujer los ha ofendido desde que pisó Kemet—aseguré—. Ha prohibido que nos alimentemos de los muertos para que sus espíritus queden libres, como también ha perseguido a las hechiceras pelirrojas y las ha humillado frente a su corte de idiotas—dije sin miedo, sin pudor. Sólo sentía vergüenza de haber transgredido dos almas, dos cuerpos, dos mentes brillantes a cambio de no morir—. Soy un cobarde, pero aún tú lo eres más—sentencié apartándome de él con asco.


Esa misma noche me atacó aquel violento espíritu y él intentó salvarme. Quizá lo hizo porque mis palabras habían removido su conciencia. No lo sé. Simplemente sé que él me debía demasiadas cosas y aquella noche las pagó con creces.  

jueves, 6 de octubre de 2016

De Atenas a la guerra

Este es el Khayman que todos recordábamos, ¿verdad?

Lestat de Lioncourt 




No recuerdo bien los motivos por los cuales Atenas se convirtió en el epicentro de mi vida. Me convertí en un insoportable urbanita que merodeaba por los locales más sofisticados, vestía a la moda y se cepillaba el cabello durante horas frente a un elegante espejo. Solía acudir a las abarrotadas cafeterías antes que el sol terminase de ocultarse, me sentaba en el exterior y leía el periódico durante al menos una hora. Después pagaba la cuenta con una generosa propina, me marchaba a mi apartamento, revisaba si había algo entretenido en la televisión y después me marchaba a conducir a toda velocidad por las autopistas cercanas. Ese era yo. Lo fui durante mucho tiempo.

Olvidé tantas cosas por el camino. Algunas muy importantes. Si bien, jamás podía dejar de sentir profundo amor y admiración por Maharet. Nos habíamos encontrado más de una vez, llegando a convivir algunos años, pero nada más. Ella era demasiado contemplativa, pero yo, por el contrario, era demasiado nervioso e impulsivo. Amaba la velocidad, la música estruendosa de los locales más llamativos y conversar con desconocidos. Me alimentaba de vez en cuando, como si fuese un ritual solemne, sólo para no olvidar qué sabor poseía la sangre y el calor que le confería a mis manos, mejillas y corazón.

Meses anteriores al revuelo del concierto de Lestat, eso era todo.

Una noche salí a caminar a pie, dejándome llevar por la bucólica sensación que algo me faltaba. Decidí que llenaría ese hueco, de recuerdos insatisfactorios u olvidados, por un poco de diversión canalla. Me propuse seducir a un joven americano de hermosos ojos verdes, piel clara y cabellos rubios alborotados. Sonreí con cierto toque coqueto y comencé a conversar con él sobre música, lugares interesantes de Atenas, grandes autores de la literatura y vampiros. El muchacho me habló de una novela de vampiros que estaba siendo toda una revelación.

Cuando me la tendió noté que estaba escrito en inglés, como era normal, y me costó algunos minutos recordar cómo demonios se leía en ese idioma. Al pasar de las páginas, al leer sobre las diferentes sectas, comprendí que era real. Esa novela no era un disparate como las demás. Mis manos temblaron, mis ojos oscuros brillaron como pequeñas canicas y se lo regresé.

Eché a correr por las calles espantado, pero a la vez con una esperanza nueva tras otra. Había jóvenes vampiros que tenían inquietudes, que deseaban dejarse ver más allá de los locales para inmortales, y sentí que era un revulsivo. Pero entonces supe que esta época de descreídos, de luchas contra fuerzas invisibles creadas para amedrentar a la población, era perfecta para ella. Había demasiada inocencia y podía revelarse como la solución al dilema. Respiré agitado, me froté el rostro y rogué un milagro. Si bien, lo único que encontré tras varios meses, que se convirtió en un estallido social en todos los sentidos, fue una canción de rock que me hizo delirar. ¡Una canción hecha para Akasha! Lestat, uno de los protagonistas de la dichosa novela que me habían prestado, era el causante de una nueva oleada de criminalidad entre los nuestros, de cierta esperanza y de una fiebre injustificada de hacerse notar ante la población humana.


Entonces la sentí. Sentí como iba despertando, activándose como una bomba de relojería, y me sentí vivo. Por primera vez en muchos siglos volvía a sentirme vivo. Podría volver a ser Khayman, el guerrero, que lucharía contra la tiranía buscando la ansiada paz y verdad.  

jueves, 25 de agosto de 2016

Lecciones de honestidad

Estas palabras me han llegado a través del propio Gregory... está escribiendo para desahogarse.


Lestat de Lioncourt


Parece que fue ayer mismo, pero ya han transcurrido algunos años. Hoy, tras una noche agitada de reuniones demasiado comprometedoras para el futuro de mis empresas, puedo al fin sentarme a retomar mis memorias. Quizá sean demasiado injustas llegado a este punto, pues me encuentro algo sosegado y alejado de los sentimientos terribles que vinieron a mí por aquellos días. Aún así, necesito hacerlo.

Fue terrible saber que ella estaba muerta, pero lo fue más aún al saber la forma en la cual había sido asesinada por aquel que me salvó la vida. Un fuerte sentimiento de culpa cayó sobre mis hombros, pues fui el primero en hundirla en el dolor más atroz. Ella me perdonó. Hizo acopio de toda su bondad y logró perdonarme, aunque jamás salieron palabras algunas de sus labios para hacerme entender que se sentía en paz conmigo y mis remordimientos. Aún así la sentí rondar el edificio donde convivo con un reducido grupo de fuertes y antiguos inmortales.

La muerte de Maharet, como la de Khayman, se convirtió para mí en un golpe terrible. Deseé en muchas ocasiones ponerme en contacto, pero me faltaron agallas. Ya no éramos los enemigos que Akasha se empeñó que fuésemos, sino monstruos que vivían en paz en una sociedad llena de tumultuosas discusiones sin sentido. Provocó que la nostalgia y la culpabilidad volvieron a mi corazón nada más saber que jamás podría rogar perdón públicamente ante el resto de vampiros.

Sólo tenía dieciocho años cuando me convertí en uno de los generales más importantes del ejército de Kemet. Algunos lograban tan alto rango pasada la veintena, cuando su etapa en la milicia llegaba a su plenitud. La mayoría quedaba en el camino moribundos por las guerras o enfermedades que a veces asolaban a la población. Recuerdo como mis hermanos no sobrevivieron a los quince años y algunos murieron en una refriega algo salvaje con un pueblo nómada en una de las fronteras. La reina Akasha decidió exigir a Enkil que me convirtiera en su escolta personal y el idilio comenzó.

El pecado de la carne, como los llaman hoy día creyentes de diversas religiones, apareció como si fuera una virtud y no un defecto. Ella deseaba florecer como un árbol y dejar que su semilla echara raíces en una tierra que no era suya. Provenía de una cultura distinta, pero adaptó la nuestra a sus intereses. Los muertos dejaron de consumirse ofreciéndoles un envase inmortal, gracias a la momificación, para que pudieran atravesar el mundo de los muertos. Muchas tribus se sublevaron pero yo no fui a defender los intereses de nuestro pueblo. Sí lo hizo Khayman junto a Enkil aplacando las protestas a base de cuchillo y esclavitud. Yo me quedé custodiando a la mujer que codiciaba introduciendo en ella una semilla que germinó rápidamente.

En una de esas refriegas, cuando Enkil logró capturar a unas hermanas hechiceras que ella codiciaba por su supuesto lazo con los espíritus, tuvimos un hijo. Yacía en su cuna cuando Maharet y Mekare, las Gemelas Pelirrojas, comparecieron. Ellas eran las mujeres que debían ser arrestadas, esclavizadas y torturadas por intentar consumir la carne de su madre Miriam, la hechicera más poderosa de todo el valle del Nilo. Ante ella los espíritus decidieron hablar por medio de las hermanas, pero sus respuestas fueron insuficientes para la reina de un territorio en expansión, que poco a poco se envenenó con la soberbia y el poder, provocando que cualquier palabra fuese vacía, insignificante o nula. Ellas fueron violadas por el mayordomo real, la mano derecha del rey, tal y como él lo dictaminó.

Cuando Amel atacó a Khayman tanto Enkil como Akasha aparecieron. Él amaba a Enkil, era su verdadero amor y el símbolo de las grandes victorias. Khayman era sensato, honesto y leal a su rey. Sin embargo, en el campo de batalla era cruel y desdeñoso. Recuerdo que lo llamaban “Benjamín del Diablo” y todos lo veían como un chacal o un perro salvaje que nunca soltaba su presa. La noche en la cual los tres cayeron bajo una horda de puntos rojizos, como si fueran avispas, yo estaba allí. Vi como se alzaban sus cuerpos y se convertían en monstruos. Ella me convirtió a mí y Khayman huyó para salvar la vida a las hechiceras, pues una de ellas había engendrado a una hija. La sangre de un hijo siempre es más densa que cualquier palabra dada a un rey o supuesto dios.

Yo debí huir tras él para apoyarle, pero me quedé y me convertí en un Sangre de la Reina. Empezamos a luchar contra los enemigos del reino de Kemet y sus dioses. Se consideró entonces a Enkil como Osiris, Akasha como Isis, Anubis fue Khayman y yo me convertí en Horus mientras que mi hijo con Akasha llevó desde su nacimiento el nombre de Seth. Así fue como la religión caló hondo en las creencias, intrigas palaciegas y sospechas de todos los presentes en la corte, en las calles, en el territorio de Kemet que pasó a llamarse Egipto.


Cometí el pecado de ir contra Akasha pasadas algunas décadas y fui encerrado vivo tras unos gruesos muros, Rhosh se enteró de mi pecado antes de huir para acabar regresando para liberarme. Y he ahí el pecado mayor. Rhosh me salvó, pero decapitó a la mujer más dulce y bondadosa que he podido conocer. La misma mujer a la cual yo le tuve que sacar los ojos y enviarla lejos de su hermana, Mekare, a la cual le saqué la lengua. Nunca pude pedir disculpas porque jamás me vi con fuerzas de hacerlo, aunque ella venía a verme sin juzgarme sólo para comprobar que ahora era un hombre decente. El hombre que debí ser aquella noche.  

martes, 19 de julio de 2016

Ambición

Esto me da una idea de por qué Enkil era como era... ¡Ah! ¡No estaba celoso porque Akasha me hiciese caso sino porque temía perder su poder! 

Lestat de Lincourt 



—Harás que nos lleve a la ruina. Los dioses caerán sobre nosotros con numerosas plagas—dije entrando en la sala del trono.

Sólo estaba él. Había mandado a los guardias a marcharse. Los esclavos que estaban a su lado, agasajando con dátiles su tentadora boca y abanicando su esbelta figura bronceada, no dirían nada de lo que allí sucedería porque temerían por sus vidas, o más bien por perder la cabeza de un corte rápido con una de nuestras khopesh.

—Me ha dado un varón—respondió algo perdido en sus pensamientos.

Eso era todo. Tenía un heredero digno a ojos de todos aunque en privado era esclavo de pasiones muy diferentes a las que la mayoría podía llegar a pensar. Él era la meretriz digna de un guerrero cansado y sediento. Aquel gobernante sereno de ojos frívolos era sin duda el amante más apasionado, pese a lo dócil, que podía tener un hombre.

—¡Ni siquiera lleva tu sangre!—exclamé furioso.

Había oído los próximos planes de Akasha. Ella se los había comentado a su verdadero amante, el padre de su hijo, mientras ambos se bañaban con leche de burra y pétalos de rosas. Estaba extasiada de poder y descontrolada por el deseo por eso tenía la lengua tan suelta.

—¿Importa?—preguntó incorporándose para descender los tres escasos peldaños del trono para caminar hasta mí. Sus esclavos lo siguieron raudos, pero él los detuvo. Quería mirarme como un igual y no como el rey de todo lo que alcanzaba la vista.

—Enkil, nos va a matar a todos—dije apretando los puños para no empujarlo o golpearlo—. Hará que los dioses del Nilo se ponga en contra nuestra y nos den años de hambruna.

—No seas mal agorero—musitó riendo bajo. Sus manos rápidamente se colocaron sobre mis fuertes hombros, más robustos que los suyos, para luego acercar su boca a la mía como si fuera a besarme, pero se detuvo. Amaba ese juego. Me tentaba para intentar que pensara en algo más que la guerra, el pueblo y los heridos espíritus. Siempre lo hacía y me estaba empezando a cansar.

—Ahora desea ir contra las poderosas hechiceras pelirrojas—contesté tomándolo de las muñecas para quitar sus manos de mi cuerpo.

—Está en su derecho—dijo tensándose mientras forcejeaba para liberarse—. Son nuestras tierras—añadió con rabia cuando logró soltarse.

—¿Qué?—dije con sorpresa—. Esas tierras pertenecen a los espíritus y nosotros las estamos deseando ocupar—respondí mirándolo serio—. Si vamos allí la muerte nos perseguirá y nos acabará alcanzando. Deja a esas mujeres en paz—advertí con miedo. Temía las consecuencias de nuestros actos, pero él parecía ajeno a todo.

—No—respondió.

—Enkil, esa mujer está haciéndote perder el juicio. ¡Y ni siquiera la amas!—acabé explotando, como era habitual.

—¿Cómo crees eso? ¿Por qué crees que no amo a mi mujer?—preguntó con los ojos vidriosos porque estaba a punto de romper a llorar. Esa escultura perfecta, aunque varios centímetros más bajo que yo, con la piel tostada y los labios carnosos era tan tentadora como venenosa. Esas preguntas no debieron jamás ser pronunciadas porque eran como el aguijón de un escorpión: me habían picado ofreciéndome su veneno.

—No me buscarías a mí en mitad de la noche para cabalgar algo más que tu caballo—tomé su rostro entre mis manos apretando mis dedos y él al fin rompió a llorar—. Pero algún día, por no cumplir los deseos del único que calma tu corazón y sacia tu vulgar sed, perderás todo. No tendrás reino, no tendrás amante, no tendrás nada a lo que aferrarte y finalmente caerás como caen los dioses que olvidan que hay otros más fuertes e ingobernables.

—Eres un insolente... —dio un paso atrás, pero no pudo bajar la mirada. Estaba contaminado. Quería saber si aún le amaba o la profecía era un hecho.

—Y tú una ramera que se ha vendido al poder—dije soltándole el rostro para luego golpearle con fuerza. Un sonoro bofetón hizo que todos sus esclavos miraran con suma curiosidad mis manos y mi mirada fúrica—. Un príncipe jamás debe olvidar que le debe su trono al pueblo y a los dioses—susurré antes de marcharme.

Esa misma noche vino a mi dormitorio buscando mis caricias. Se subió a mi cama, mordió mis pezones y lamió mi vientre hasta más allá de mi ombligo. Pude notar su boca rodeado mi glande y su lengua acariciando el meato. Mis manos se aferraron a sus mechones y mis caderas se movieron serpenteando sobre el lecho. Después de un buen rato dejándole luchar contra mi erección únicamente con su boca decidí tirarlo al suelo, penetrarlo con fuerza y susurrarle las palabras más sucias y dolientes que conocía.

—No eres rey, eres ramera—dije—. Una ramera que tiene miedo de ser derrocada, de tener que malvivir sin su trono... Una puta bien entrenada que busca amoríos entre los hombres de su ejército, pero que no es capaz de ser fiel ni a su gran amor ni a su pueblo—musité mientras jadeaba. Él llegó al orgasmo y yo salí para dejar que mi semen manchara su rostro—. Te mereces mi desprecio porque te lo estás ganando a pulso, pero de momento ten lo que tanto deseas.

Él comenzó a llorar encogido en el suelo. Sabía que me estaba perdiendo. “El Bejamín del Diablo” estaba surgiendo como el rugido de un animal salvaje.   

sábado, 16 de abril de 2016

Mi discípulo rebelde

No sé si sentirme amado, odiado, aterrado o satisfecho... ¿Marius pensaba esto de mí? 

Lestat de Lioncourt

Durante algunos meses estuve soportando la presión de un joven atrevido y descarado que escribía mensajes encriptados en los muros de cualquier edificio y en diversas ciudades de distintos países. Desde que fue creado he seguido con interés sus pasos. Admito que llevo siglos vigilando a mi mejor creación la cual ha sido envenenada y traicionada por la oscuridad de un culto terrible, falso y apócrifo para sus viejas creencias. Ya no queda nada del ángel que construí porque ha quedado atrapado en los infiernos y en estos últimos años lucha para surgir, pero el daño ya está hecho. Sin embargo no he podido dejar de seguir su camino, su dolor y su miseria. Ante él surgió la llama da una esperanza nueva.

Cuando creé a mi querubín estábamos inmersos en una etapa cultural que surgió de forma atronadora entre los muros de mi vieja Italia. Florencia era la flor fragante que endulzó a los viajeros y mercaderes llevando la nueva visión del mundo al resto del continente. Sin embargo, él quedó inmerso en las sombras de un movimiento oscuro y temible. La luz del Renacimiento se apagó por siempre cuando el Barroco llegó arrasando todo con una nube recargada de detalles pero sin las luces y deprimida económicamente. Pero este nuevo vampiro surgió de entre las ruinas de un mundo sumido en la oscuridad para ser de nuevo la luz en pleno Romanticismo.

Podría decirse que su alma tuvo una semilla nueva y firme que le hizo arremeter contra todo con la pasión de este periodo, con la nula creencia en un Dios y sin temor a un Demonio. Me recordaba a mí cuando era joven aunque mucho más temerario y con un “yo” más exaltado. Sus sentimientos eran una vorágine similar a un torbellino y podía sentir sus ojos llenos de una luz que creí muerta. Ese nuevo vampiro cayó en la locura de la destrucción porque su gran amante había muerto. Los suicidios de escritores eran comunes, también los de otros artistas. Muchos de ellos lo hacían porque no eran capaces de transmitir el intrincado laberinto que era su alma. Otros porque el amor era demasiado cruel, imposible de atrapar y eso provocaba que sus obras fueran llenas de ira, dolor, miseria y esperanza. Siempre había esperanza incluso en la muerte podía hallarse una chispa de esperanza. Su nombre es Lestat y valora lo poco común, lo distinto, lo único y no cree en nada salvo en lo que puede contemplar con sus propios ojos. Un hombre que amó el teatro, que siempre estará vinculado con la música del algún modo y que llora ante la belleza de las pinturas más hermosas que jamás se puedan crear aunque no las comprenda del todo.

He decidido rescatarlo. Estaba a punto de dormir durante siglos quizás. Llevaba días enterrado en la arena aferrado a lo único que quedaba de su amante: un Stradivarius. Desenterré su cuerpo, sacudí el polvo pegado a sus ropas y le ofrecí mi sangre como si fuese un hijo que regresa al hogar tras siglos perdido. En ese momento creo que me sentí parte de un cuadro de Murillo convertido en el padre bondadoso que abraza con ternura a su hijo pródigo.

Conté todos mis secretos en una sola noche. Abrí mi corazón en unas horas ofreciendo mi dolor, mi felicidad, la escasa paciencia que aún envuelve mi alma y la verdad que he llegado a conocer tras mis múltiples y catastróficas experiencias. Acepto quizás puse demasiadas esperanzas en él o quizá no vi venir que era demasiado inquieto para prohibirle nada. Él quiso conocer más de lo que se debe y aunque le revelé quien era Madre y Padre, mostrándoselos sin miedo ni preocupación, rogué porque no descendiera hacia el Templo solo.

Ha despertado a Akasha y a Enkil, a nuestros Padres Inmortales, que son como dioses en mitad de un mundo sin magia. Yo no tengo culto religioso hacia ellos, pero me he esforzado por ofrecerles siempre las mejores comodidades, contarles las últimas noticias y mostrarle los avances del mundo. Pero no se movían. La ira o la rabia, aunque quizás ha sido los celos, han provocado que lo expulse de mi vida porque él ha logrado que ambos se levantaran y comunicaran sus deseos, miedos y celos. Enkil estaba profundamente celoso de Lestat y destruyó el violín que usó para endulzar el silencio de aquella sala. Akasha se alzó porque escuchó a este joven tocar una de las viejas partituras que tanto amaba su amante.

Ojalá no lo hubiese hecho porque yo deseaba compartir con él algo más que unas horas. Admito que no sólo estoy celoso porque ella reaccionara ante él. Siento celos porque él está más fascinado con la historia de Madre y Padre que conmigo. Yo he dejado de ser su fascinación para convertirme en sólo un elemento decorativo. Iba a ofrecerle ser mi discípulo y darle todo lo que no pude a mi querubín, mi Amadeo... su Armand.

En mis perversas fantasías he rozado la tentadora piel de sus rosados pezones con mi lengua, acariciado sus marcadas caderas y viajado con mi boca llena de deseo por su vientre. Nunca me detenía ante los botones de su elegante camisa blanca con puños llenos de encaje. Desnudaba su hermosa figura de Adonis y palpaba cada uno de sus extraordinarios músculos. Sus ojos azules, tan fieros como los de un animal salvaje que nunca admitirá doma alguna, me perseguían cargados de una lujuria propia de un hombre joven. Su boca grande y carnosa, aunque perfecta al encajarse en su rostro ligeramente anguloso y masculino, se abría murmurando mi nombre mientras sus muslos me ofrecían una visión maravillosa de su masculinidad. Quería pintarlo hasta saciedad con caricias indecentes y ofrecerle mi milenaria sangre cada noche. Deseaba crear un monstruo libre, salvaje y diferente; pero ya lo era y esas fantasías se hundieron en la despedida de una noche oscura cargada de estrellas en la orilla de un mar profundo de aguas negras y calmadas.

Sin embargo, pese a todo lo que he vivido junto a él que no son pocas desgracias, lo haría otra vez. Atraería su figura hasta a mí, lo desnudaría y lo introduciría en las aguas tibias de mi enorme bañera. Lavaría su cuerpo mientras susurro a sus oídos que posee el cabello de los ángeles de la Capilla Sixtina, besaría sus hombros ligeramente anchos y apoyaría mi mentón en ellos mientras le cuento nuevamente mi historia. Quizá tendría más paciencia para desvelar misterios mayores y no me precipitaría al contarle la verdad que aún se encuentra bajo mis pies, sentados como estatuas y vigilando la marcha precipitada de Lestat a mar abierto.



martes, 23 de febrero de 2016

El gran dolor

Maharet dejó esto escrito en sus archivos y yo lo transmito. 

Lestat de Lioncourt


El dolor te convierte en una persona fuerte o te llena de miseria. La soledad puede seguir fortaleciendo ese lecho de espinas que es el mundo, el cual puede rodearte y atraparte de improvisto, o transformarse en una pesadilla. Yo jamás estuve sola. Nunca me imaginé una vida solitaria cargada de dolor. La venganza jamás ha sido para mí la solución a mis problemas, pues siempre he pensado que sólo generan desconfianza ante otros y es síntoma de debilidad. Me gusta responder al dolor con paciencia, al odio con calma y las falsas acusaciones se matan con una verdad tras otra, aunque sea incómoda o mil veces pronunciada.

Todavía intento encontrar una solución a todo lo que ha ocurrido desde el momento de la muerte de mi madre. Una mañana cálida de primavera cayó desplomada frente a nosotras. Su delgado cuerpo perdió el último aliento antes de tocar el suelo. Los espíritus se arremolinaron a su lado, como un millar de avispas, esperando que se alzara como cuando un niño cae y sus padres desean ver como se levanta por si solo. Pero no lo hizo. Jamás pudo levantarse. Sus cabellos, tan similares como los nuestros, quedaron regados por el suelo junto a la cesta repleta de flores y pequeños ramilletes de hierbas que había recogido.

Al día siguiente reunimos a todo el poblado. Íbamos a consumir su cuerpo como mandaba la tradición. Puede parecer algo terrible para una persona “civilizada” de estos días tan extraños donde se mata por un líquido negro que contamina la poca vida que permanece intacta, donde se talan cientos de árboles para generar papel que se malgasta, el mismo mundo que ama más la tecnología que un abrazo sincero de una madre. Ese mismo mundo “civilizado” jamás comprenderá del todo porque nosotros debíamos consumir sus restos. Sentíamos que ella, al ser consumida, permanecería con nosotros. Su espíritu quedaría repartido y liberado a la vez, sus restos no serían contaminados por la tierra y sus huesos descansarían en una pequeña urna. Pero no pudimos hacer nuestro ritual porque la reina lo había prohibido. Ella una forastera, ajena a nuestras tradiciones, había impuesto unas nuevas leyes y había lanzado una ofensa sobre todos nosotros.

Desde ese día vivo un tormento, pero sobre todo desde que logré recuperar a mi hermana tras perderla durante siglos. Ser convertidas en monstruos, parias de la luz y aisladas del contacto de nuestros amados espíritus, no fue suficiente. Nos dividieron tras dejar a mi hermana muda y a mí ciega. Nos dejaron incomunicadas, nos lanzaron al mar y nos enviaron cada una a una corriente distinta. Sé que Khayman nos convirtió en lo que somos, vampiros, porque él pensaba que debíamos luchar contra la injusticia que se nos había hecho.

Khayman, el mayordomo real, era conocido como el Benjamín del Diablo. Era un ser terrible en mitad de la guerra y hacía todo lo que su rey y su reina ordenaban. Incluso nos llegó a violar y fruto de ello nació una niña. Sin embargo, su corazón era puro y valeroso. Él sabía que había ofendido a los dioses, a los espíritus, a su honor y orgullo como hombre. Decidió alejarse del dominio de la reina, hizo oídos sordos a su rey y se convirtió en proscrito para salvarnos a ambas.


Ahora vivo con él y con ella en mitad de la selva. La reina ha muerto, pero las consecuencias siguen destruyéndonos. Mekare parece aún perdida pues observa sin ver, se alimenta por instinto y parece más muerta que viva. No logro comunicarme con ella y Faared dice que está en una especie de coma, como un trance que nunca se quebrará, y eso me hace daño. Sigo en pie porque sé que debo permanecer al lado de mi hermana y de mi gran amor, mi guardián, mi Khayman… Sigo en pie porque La Gran Familia nos necesita. La Gran Familia humana nos necesita. 

miércoles, 10 de febrero de 2016

Caída en desgracia

Khayman tenía razón y en estas memorias podemos verlo. 

Lestat de Lioncourt

—Deberías escucharte—dije saliendo de entre las sombras—. Escuchar todas esas estúpidas palabras que pronuncia asustado por su fuerte carácter. Te domina, te oprime como está oprimiendo a tu pueblo, y tú la mantienes en su trono mostrando sus encantos a cualquier hombre. ¿No tienes coraje? ¿Dónde está en guerrero que tan bien conozco en los campos de batalla? ¿Dónde? ¿Ha muerto en las arenas y no lo sabía?—pregunté sin poder contener mi rabia. Quizá fui demasiado directo, pero no podía callar más. Callarme sería darle la oportunidad de cambiar las tornas y mostrarme como un ingrato.

—Ten cuidado con esa lengua, no vaya a ser cortada—respondió rápidamente.

Su aspecto imponente era sólo en apariencia y gracias a las numerosas joyas que mostraba en sus brazos. El oro siempre te da grandeza, como el lino y los tocados. Sus ojos rasgados, bien maquillados, mostraban el temor de un rey que sabía que iba a ser destruido y convertido sólo en una pieza de un juego macabro. Era joven, algo más joven que muchos de sus generales. Tenía alrededor de veinticuatro años. Llevaba cinco años reinando y en esos años habíamos ganado grandes zonas para nuestro pueblo y nuestros dioses.

—Eres un traidor—murmuré entre dientes.

—¡El traidor eres tú al hablar así!—se exasperó.

—¡Yo sólo me preocupo por las tradiciones que ella injustamente está aniquilando!

Había tenido que momificar a mi padre y su ceremonia tardó casi un mes. Su cuerpo fue envuelto como mandaba la nueva tradición. Conseguí que fuera una ceremonia pomposa, llena de símbolos, y lloré sobre su sarcófago durante horas porque sabía que no era el modo en cual debía enterrarlo. Mi último adiós fue una súplica a su espíritu y a la propia tierra.

—¡Los muertos necesitan encontrar su camino y para ello precisan de sus cuerpos, de su corazón y de su espíritu! ¡No puedes obligar que regrese una tradición que impedía ese proceso!—repitió la sarta de incoherencias que ella había propagado como un veneno, un terrible veneno, por nuestro pueblo.

—Temes a esa mujer—sentencié.

—No—se atrevió a negar mientras tomaba asiento.

Estábamos a solas y frente a frente, en una pequeña habitación donde nos reuníamos cada atardecer. Él y yo, a solas, sin más testigos que las esculturas y los diversos muebles que decoraban cada rincón con pomposidad y belleza.

—¡Enkil!—grité.

—Si me amas, Khayman, debes hacer lo que te mando. Por favor, te lo imploro. Haré lo que desees si guardas bien tu lengua y cierras tus ojos ante lo que ocurre. No quiero que mi pueblo caiga en su tiranía, pues he impedido que algunas leyes salgan adelante—sus palabras no tuvieron ya efecto en mí. Mi amor estaba destruyéndose día a día.

Nunca imaginé que dejase de amarlo, que no lo quisiera rodear entre mis brazos y que, frente a él, sólo sintiera lástima y asco. Un asco terrible que retorcía mi alma y la encerraba muy lejos de los viejos sentimientos que una vez le ofrecí.

—Ya ha caído en su tiranía—susurré.

—Créeme que no... Por favor, amigo mío—dijo con voz apagada. Parecía cansado, como si no hubiese dormido en días.

—¿Sólo soy tu amigo?—pregunté ligeramente molesto, aunque no todo lo molesto que debía haberlo estado.

—Mi amigo, mi amante, mi compañero en el campo de batalla y en la vida. Eres mi amante, mi sol, mi luna, mis estrellas y la arena misma del desierto. Khayman, por favor—de nuevo rogó. Un rey no ruega, un rey es un Dios e impone su ley. Él ya no sabía imponerse, pues sólo sabía rogar.

Se levantó de su asiento, arrodillándose frente a mí, mientras colaba sus manos entre mis prendas subiendo estas por mis muslos. Quería que cayera en el pecado de sus dedos, con aquellas eróticas caricias tan acertadas. Mi miembro fue rodeado por sus manos, para luego sentir como levantaba por completo mi corta falda y comenzaba a lamer el inicio de mi sexo. Yo sólo apoyé mi mano en su cabeza afeitada. Pese al placer mi mente no se nublaba, ni permitía que los aciagos pensamientos se olvidaran. 


—Te destruirá. Antes o después se deshará de ti y tú caerás en el olvido. Nadie te recordará—dije tomando su rostro entre mis manos, abarcándolo con cuidado aunque deseaba golpearlo. Estaba ciego. No veía el problema real que caía como guillotina sobre nosotros.  

martes, 24 de noviembre de 2015

Mi reina

Nebamun y Akasha tuvieron demasiados idilios... Las intrigas palaciegas siempre me dejarán con cierto sabor agridulce, pues no se pueden revivir y muestran algo que, por supuesto, impacta aún en cada uno de nosotros.

Lestat de Lioncourt


Después de tres arduas semanas de duros enfrentamientos, en los cuales expuse mi vida y honor, llegué a palacio acompañado del resto de generales y guerreros. Habíamos perdido algunos hombres, sus mujeres sollozaban aferradas a sus descendientes y otras, las menos, parecían orgullosas de saber que sus hijos habían muerto derramando su sangre por la fuerza y primacía de un imperio que se levantaba peldaño a peldaño, poco a poco, dirigiéndose hacia el sur y el norte de la tierra.

Habíamos impuesto nuestra superioridad, pero eso no implicaba que mi corazón estuviese tranquilo. Gracias a ella había subido algún peldaño en el ejército, aunque también me estaba convirtiendo en la cabeza de turco que pronto podría rodar, posiblemente en mitad del palacio, gracias a la afilada cimitarra de Khayman.

—Debemos reunirnos para el próximo cerco a esos bastardos incultos, los cuales hacen llorar a nuestros dioses con sus atrocidades—expuso Enkil caminando a paso ligero por el pasillo central del palacio.

Algunas mujeres corrieron a recibirnos lanzando pétalos de lirios para que él los pisara, pero era algo que no le interesaba. Aquellas mujeres, las flores y cualquier palabra amable era insoportable para el Rey. En esos momentos sólo pensaba en otro derramamiento de sangre para mantener dichosa a su Reina, la cual yacía en su habitación desesperada por ser complacida.

—Mi señor, puedo pedir que se haga té y traigan dátiles para conversar sobre la situación de las tierras limítrofes—expuso Khayman—. Si bien, le recomiendo un baño reconfortante. ¿Desea que llame a las lavanderas? Ellas traerán perfumes nuevos que aún no ha probado—su voz era dulce, casi pegajosa, y su tono de voz muy cómplice. Había una amistad demasiado fuerte entre ambos, pero a mí no me interesaba en lo más mínimo.

—De acuerdo—contestó parándose y, por supuesto, deteniendo a la comitiva—. Pueden descansar unas horas, pues antes de la caída del sol deseo conversar con ustedes en los jardines del palacio. Comeremos asado, hablaremos de la situación en la frontera y tomaremos diversas decisiones sobre los salvajes que rondan las montañas—dijo sin girarse hacia sus leales generales, entre los que me encontraba—. Disuélvanse y disfruten de sus mujeres, pues ellas estarán gustosas de darles un recibimiento más que merecido.

Khayman se inclinó suavemente y marchó, a paso rápido, hacia los baños donde solía pasar algunas horas Enkil. Allí, entre los vapores de las perfumadas aguas calientes, discutían durante horas sobre política, religión, poesía y jugaban a sus distintos e íntimos juegos. Todo el mundo lo sabía, inclusive el menos avispado de la corte. Enkil caminaba tras él, con parsimonia, mientras las mujeres regaban pétalos para que murieran aplastados bajo sus polvorientas sandalias.

Los restantes generales, esos guerreros fieles y bravos, se marcharon deseando beber cerveza y concebir hijos con sus mujeres y, por supuesto, amantes. Yo, por el contrario, era demasiado joven y no estaba dispuesto a perjudicarme demasiado con la bebida. Caminé durante algunos minutos por el jardín, escuchando el murmullo de la fuente y meditando sobre el nuevo nacimiento en la corte. Akasha había sido madre nuevamente, pero ésta vez no era una mujer.

Las pequeñas, como no, se encontraban en el jardín corriendo una tras otra bajo la supervisión de sus tías y nodrizas. Niñas que no solían ser atendidas por su madre, pues ella se sentía decepcionada porque los dioses no le habían obsequiado un varón, tal y como ella deseaba, porque sabía que llevaría su imperio mucho más lejos del serpenteante Nilo.

Eché a caminar hacia su dormitorio. Ella estaba allí echada observando a la criatura como si fuese uno de nuestros dioses. Lo contemplaba acariciando su piel ligeramente oscura, sus rasgos profundos, sus labios carnosos y blandos, así como esas manos torpes que aún no eran siquiera capaces de atrapar los dedos de su madre. Sólo tenía unas semanas de vida. Ya lo había sostenido en una ocasión, mucho antes de mi partida de aquel lugar.

Ella no me miró siquiera, siguió jugando con el pequeño obviando mi presencia. Me acerqué tomándolo sin siquiera pedir permiso y lo contemplé como un padre puede contemplar a su hijo. Sabía que era mío. Jamás respondía a mis dudas. Sólo yo entraba en su recámara, los juegos con otros soldados acabaron cuando ella probó mi fuerte deseo hacia sus torneadas caderas, turgentes pechos y cálidos muslos.

—Responde a mis dudas—dije—. Aunque no son dudas—comenté notando como el pequeño me observaba. Parecía reconocerme. Nos habíamos encontrado en seis ocasiones, aunque hacía más de tres semanas que no nos tropezábamos. Era inteligente, o al menos eso parecía, y reconocía mi olor, como cualquier animal reconoce los aromas familiares, mientras estiraba sus rechonchos brazos buscando mi atención.

—Beb—comentó incorporándose—. Llévate a mi querido descendiente, mi adorado Seth—dijo levantándose de la cama, completamente desnuda salvo por las numerosas joyas que cubrían sus brazos y cuello—Cuéntale lo grande que llegará a ser para que se duerma. Pues será igual de fuerte y temerario como su padre, llevando éste reino hasta más allá de lo que puede bañar el sol.

La mujer, una anciana, se apresuró hacia donde yo me encontraba arrebatándome al niño y saliendo de allí. El pequeño se echó a llorar, pero fue rápidamente calmado con un sólo gesto de aquella mujer. Era como si tuviese un poder mágico, casi hipnótico, sobre la criatura.

—Mi reina... —dije extendiendo mis manos, con las palmas hacia arriba, en su dirección—. Dime.

Ella no respondió. Caminó hacia mí y me arrebató la cimitarra, para arrojarla lejos de mi cinto, haciendo lo mismo con el resto de mis ropas. Me desnudó para besar mis pectorales, acariciando mis caderas marcadas y llevando sus dedos, pequeños y ágiles, sobre mi miembro. Sus labios, carnosos y sensuales, se pegaron a los míos y su beso avivó el fuego que creía escondido en algún lugar de mi alma.

Rápidamente me condujo hacia una pequeña alberca de leche tibia de burra. Allí, rodeados de lavanderas, nos introdujimos mientras ellas verían sobre nuestras cabezas la leche perfumada con flores recién recolectadas. Sus besos eran cada vez más sensuales y, como no, mi apetito despertaba. Sus piernas me rodearon por la cintura y sus manos bajaron hasta más allá de mi vientre. Los sensuales masajes de sus dedos provocaron que mi miembro se endureciera, logrando que echara hacia atrás mi cabeza y olvidara mis innecesarias preguntas.

Con cuidado, aunque apasionada, introdujo mi miembro en su pequeña obertura, la cual estaba ligeramente estrecha tras la cicatrización del parto. Cuando me sentí envuelto en su sexo, pequeño y húmedo, cerré los ojos satisfecho y abrí mis labios emitiendo un largo gemido. Ella se movía suave, como las pequeñas olas de un mar contra la costa, mientras mis manos la tocaban con deseo apretando sus pechos. Sus pezones comenzaron a manar leche, la cual no había sido ingerida por Seth. Abrí los ojos contemplando los hilos blanquecinos, más espesos que la leche que nos vertían aún sobre nosotros. Ella me miró con lujuria y sonrió tomando ambos senos, llevando uno a mi boca y dándome a probar su leche. Era cálida y espesa, también nutritiva y ligeramente pastosa. Después hizo lo mismo con el otro pecho, dejando que me deleitara con sus pezones gruesos de color café que contrastaba, como no, con su piel suavemente más clara.

—Aliméntate mi guerrero—dijo apretando mi sexo dentro de su vagina, pues contrajo sus músculos—. Repón fuerzas, pues quiero que empieces una nueva guerra en ésta bañera.

Aquello me alentó, provocando que la apartara de mí para pegarla contra el borde de aquel delicioso paraíso, para luego, sin miramientos, penetrarla con violencia. Mis testículos golpeaban con fuerza, aunque su sonido quedaba opacado por el movimiento salvaje del agua contra el borde del suelo. Los elegantes azulejos de mosaico que cubrían el lugar, generando hermosas visiones de paisajes mundanos. Ella echó su cabeza hacia atrás, colocándola sobre mi hombro derecho, mientras mis manos se aferraban a sus pechos. Apretaba con fuerza mis dedos provocando que algunos chorros de leche se escaparan, y logrando que ella gimiera desesperada. Sus manos quedaron pegadas al borde y sus cabellos negros, tan largos como ondulados, se pegaron a su rostro ocultando sus mejillas sonrojadas.

Las lavanderas nos observaban con detenimiento, pero sin alarma. Sobre todo cuando en un gesto rápido las invité a hundirse en la bañera para acariciar a ambos, provocando que el placer fuese aún más intenso. Sus manos lavaban con unos suaves trapos nuestros tensos músculos, la leche cálida nos envolvía y ambos nos dejábamos la garganta entre sucias palabras de deseo, amor y necesidad.

Decidí salir de ella mucho antes de eyacular mi simiente en su vagina. Las lavanderas se apartaron ayudándome a incorporarla, sacándola de la bañera mientras su vientre se encogía y sus piernas temblaban. La recostaron sobre una sábana de lino teñido de rojo y comenzaron a secar su sexo, preparándolo para mi llegada. Salí decidido, pero no la penetré. Aparté a las mujeres y la incorporé, metiendo mi miembro en su boca y ofreciéndole mi simiente.

—Disfruta mi reina del sabor de tu guerrero, el cual no ha podido dejar de pensar en ti—murmuré tras eyacular.


Mi sexo salió de su boca, y ella tragó mi semilla. Sus ojos, cansados, me miraron insatisfechos. Sabía que deseaba tener más hijos varones, pues las fiebres y cualquier pandemia podía llevarse a su único hijo varón. Un hijo que era mío y no de Enkil, al igual que la hija menor que aún no caminaba.  

sábado, 24 de octubre de 2015

Madre y Padre

Marius ha hecho acopio de todas sus fuerzas para recordar algunos sentimientos que creía olvidados. Ahora, tras lo ocurrido con Amel, parecen haber surgido como un terrible grito en mitad del silencio. 

Lestat de Lioncourt 


Podía contemplarla durante horas y no perder la concentración. Admiraba aquella figura erguida, como una diosa, en aquel trono hecho a medida para su delicado cuerpo. Sus turgentes senos, sus labios carnosos, sus ojos fríos y profundos, aguardaban ser besados y acariciados. Parecía de mármol, pero no era más que una criatura que no deseaba despertar de un sueño al que se había entregado muchos años antes de conocernos.

Sus largos cabellos negros caían sobre sus hombros, los mismos que yo cepillaba cada anochecer. Lavaba su cuerpo con agua perfumada, vestía su desnudez con cuidado y engalanaba su figura con joyas muy valiosas. Tenía la piel bronceada por el sol del desierto, al cual fue expuesta, y le ofrecía un color ligeramente natural. Maquillaba sus ojos, embellecía sus pómulos con un poco de rubor y colocaba apliques en su cabello para mantenerlo despejado de su rostro.

La amaba. Simplemente la amaba. Era un sentimiento incondicional que me ardía en el pecho. La sangre golpeaba fuertemente en mis venas, recorriendo cada parte de mi ser, para estallar en mis sienes. Llegaba inclusive a dolerme el cuerpo cuando la contemplaba con tanta concentración, olvidándome incluso de saciar mi sed, pues ella era hermosa sin lugar a dudas.

También estaba él. Al lado de Madre estaba Padre. Él lucía ropas más simples a la hora de vestir, pero igualmente dedicaba algunas horas al cuidado de sus cabellos, limpieza y joyas. Los brazaletes que cubrían sus muñecas, así como brazos, eran hermosos y poseían los símbolos del Antiguo Imperio de Egipto.

Me arrodillaba frente a ellos y oraba por mí, por los demás vampiros de éste aciago mundo y porque ellos me escucharan para que tomaran conciencia. Los necesitábamos. Creía que si ellos se alzaban, los vampiros de la Secta de la Serpiente cambiarían de parecer y no tendría que seguir levantando mi espada en contra de mis iguales. No era un hombre de lucha, sino un literato y un amante de la historia. Deseaba dejar de luchar en vano con aquellos que creían tener el poder en las sombras, pero sólo eran niños creyendo fábulas de dioses falsos y mezquinos.

Viajé a cientos de lugares y en todos ellos, donde me instalaba, buscaba un lugar seguro para mis amados Padres. En ocasiones no podía trasladarlos, por lo tanto tenía que estar viajando para rendir culto y dedicación. Sin duda alguna la época moderna fue la más cómoda para ellos y para mí. Pude llevarlos a un lugar seguro, donde nadie nos molestaría, y de una forma cómoda e inocua para los tres. Allí, bajo aquel palacio helado, los mantuve conectados al mundo exterior.

Fui un ingenuo. Un tonto. Reconozco que fui demasiado estúpido para no darme cuenta. Madre no era como yo imaginaba. Ella era una mujer ambiciosa, la cual poseía unas ideas descabelladas y absurdas. Era terrible y temible. Padre sólo era un objeto decorativo que decidió eliminar, convirtiéndolo en un envase delicado que se rompía con sólo mirarlo. No tuve tiempo para llorar mi ingenuidad, mi corazón roto y mi torpeza. La música de Lestat se alzaba por todo el recinto proclamando la verdad, dilapidando el secretismo y el silencio que yo le había impuesto, provocando que ella se alzara contra mí llamándome estúpido, hiriéndome y logrando que todo lo que había hecho, absolutamente todo, se convirtiera en escombros bajo las congeladas aguas.

“La Bella Durmiente debe alzarse y caminar sobre pétalos de sangre.
Quiero que venga junto a mí, me sonría perversa y susurre otra vez su nombre.
¡Ella me dijo que se llamaba Akasha! ¡Me pidió que la recordara!
Yo abrí mis brazos hacia el techo pintados con lirios y acepté que me amara.
He venido aquí, junto a vosotros, para pedir que abra sus ojos.
He venido aquí, para explicaros, que no hay verdad más pura que su poder.
¡MADRE LEVÁNTATE! ¡PADRE ACOMPÁÑALA!

¡GUARDIÁN, NO LA APARTES DE MÍ! ¡DÉJANOS CONTEMPLARLA!”  

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Amistad en Kemet

Khayman y Enkil tenían un vínculo especial. Lástima que todo se destrozara.

Lestat de Lioncourt


Sentado fuera de la tienda, con sus enormes ojos negros enfocados en las estrellas, se preguntaba si su nombre perduraría tanto como esas luces, las cuales solía creer que eran los viejos reyes guiándonos, las almas de aquellos que amábamos y que ya no estaban para aconsejarnos. Él las contemplaba con deseo y codicia. Siempre deseó ser poderoso y tener al ejército bajo su mando. Fue un hombre tenaz y atento, pero también torpe en su forma de tratar al resto. Demasiado dócil, demasiado atento... Enkil se endureció cuando la conoció a ella, absolutamente manipulado por sus consejos poco prácticos, convirtiéndolo en una sombra ruin y amenazante.

Tomé asiento a su lado en silencio. Tenía un vaso de cerveza entre mis manos, observaba las dunas amontonándose frente a notros, y las estrellas que turbaban su mente soñadora. Quise hablar, pero no logré decir nada. Tan sólo suspiré y eché hacia atrás mi larga cabellera negra. Esperé que él me diese alguna indicación, pero sólo colocó su mano derecha sobre mi muslo izquierdo, apretándolo ligeramente, sin dejar de mirar al frente. Noté su inquietud y su necesidad.

De un trago acabé mi bebida y dejé el vaso cerca de mis sandalias, después giré mi rostro hacia él y él hizo el mismo gesto hacia mí. Nos miramos. Sus ojos estaban inquietos y parecía fatigado. Teníamos que hallar a las brujas y llevarlas frente a su esposa, la cual era quien gobernaba realmente. Noté como me suplicaba ayuda y lo único que le ofrecí, como un fugaz consuelo, fue un beso largo y entregado.


Callé sus lágrimas en un beso y un abrazo, como si eso fuese suficiente. Sin embargo, él terminó ocultándose en mi pecho llorando amargamente el haber cambiado las leyes funerarias, pues incluso él veía un pecado terrible momificar y conservar los restos de los nuestros. Aún así, por eso mismo hemos pasado a la historia. Una historia tan extensa como las raíces de la semilla que poco después plantaría, en el vientre de una de las brujas pelirrojas.  

lunes, 28 de septiembre de 2015

Mi inspiración

Estaba frente a un folio en blanco. Las idas se agolpaban provocando que mi cerebro, por primera vez en mucho tiempo, se sumergiera en un bloqueo. El murmullo de mis palabras, con mi voz impertinente, se reproducía como un eco insufrible. Mis manos temblaban sobre el borde de la mesa. La pluma, colocada ligeramente inclinada sobre el papel, me llamaba con eróticos cantos de sirena. Quería contarlo todo. Necesitaba que todos comprendieran mi sufrimiento y mi deseo.

Me arrojé al papel pasados unos minutos, tras suspirar largamente y enfocarme en el inicio de mi historia. Así comencé a escribir mis canciones y bibliografía. Era yo, el matalobos y padre de las mentiras, quien iba a confesarles a todos la muerte de mi esperanza, el nacimiento del amor y mis ideales. Era como ir a la iglesia, persignarte ante la imagen de un Jesús moribundo, y arrodillarte ante el confesionario. Debías susurrar cada palabra dándoles los detalles adecuados, para que el sacerdote comprendiera cuan malo eras, en un alarde de fe. Escribir es eso: un alarde de fe.

No tienes nada, pero aspiras a todo. Quieres que te comprendan, lean y amen. Necesitas el amor del lector y la comprensión de éste. No merece la pena un amor sin comprensión. También quería remover el pasado, derribar muros desde sus cimientos y abrir un camino nuevo. Quería que todos supieran la verdad, porque callarla había sido el mayor de mis errores. Pagué caro cada error, pero sobre todo no decirle la verdad a Louis y Claudia. Si bien, no decir la verdad no significa mentir. Yo tan sólo la oculté, hundiéndola en algún recóndito lugar de mi alma, para que nadie supiese que yo era esclavo de un secreto temible.

Las primeras noches escribía de forma febril, pero las últimas fueron más relajadas. Caminaba por la habitación en círculos, recordaba a Nicolas cada vez que tarareaba alguna de mis canciones y sufría. Sí, sufría. Sufría porque reconocía al fin lo laborioso de su trabajo, la terrible angustia y soledad de un escritor y lo necesario que hubiese sido comprenderlo a él. Todavía me persigue su imagen esbelta, con sus largos dedos pellizcando las cuerdas de su instrumento mientras sonreía amargamente. Podía verlo frente a mí y casi acariciarlo. Pedí perdón mil veces al aire y continué escribiendo. Pensé en mi madre, por supuesto, también en la muerte de Claudia y el rechazo que sentía hacia Armand. Pero, sobre todo, pensaba en Louis y su torva mirada verdácea que todavía me destruía el corazón. Marius, Akasha y Enkil también eran pensamientos repetitivos. Mis canciones eran para todos ellos, pero también para vampiros desconocidos y mortales sin nombre.


Me convertí en un trovador de sueños, realidades, verdades y codicia. Luego, con el tiempo, me transformé en leyenda.

Lestat de Lioncourt   

miércoles, 16 de septiembre de 2015

La reina

Akasha puede vivir como espíritu, aunque no ha sido encontrada. Tan sólo se ha hallado ésta nota, la cual no podemos atestiguar si realmente la escribió su ente. Se encuentra en Talamasca.

Lestat de Lioncourt



Sentada frente al televisor, con las luces tenues de la habitación apagadas, me sentía inmersa en un mundo distinto y cambiante. Podía escuchar en la radio los gemidos del mundo frío, como el metal, y lleno de guerras que no se apaciguaban. Los hombres se habían erguido como una raza superior, desprovistos de corazón salvo si contabilizaban la recaudación de sus acciones en bolsas. Gobiernos enteros, naciones de descerebrados, se lanzaban al consumismo y al delirio provocado por crisis bursátiles, las cuales acrecentaban la diferencia entre ricos y pobres.

Dejé que mi alma se mezclara y endureciera, pero a la vez se llenara de conocimiento. Permití a mi mente agudizarse. Comprendí lo que allí fuera ocurría. Entendí al fin que fui una estúpida a dar mayor importancia a los hombres, a crear a un ejército de vástagos que se unieron en mi contra y decidí que las mujeres debían tomar el control. Ellas, como yo, habían sido relegadas y ultrajadas con el paso de los siglos. No eran tan importantes como se merecían. Creí que un mundo de mujeres era lo correcto, pero quizás también me equivoqué. Me di cuenta en el instante en el cual discutía con mi propia descendencia, reunidos para cometer un atroz crimen contra su Madre, su Reina.

Sin embargo, no es eso lo que quiero contar ahora. No deseo despreciar el momento que me ha dado éste mundo. Quiero mantener la compostura y recordar los viejos tiempos, esos donde fui una mujer poderosa y temida. El amor no llamó del todo a mis puertas, pero sí el honor y el orgullo. Deseo hablar del primer día en el cual supe que estaba encadenada a él, a un hombre que jamás me amaría.

Enkil se encontraba en los jardines del palacio. Olía a flores silvestres, el aceite que envolvía su piel le daba un aspecto aún más dorado. Sus ojos eran salvajes amatistas color ámbar. Poseía una elegancia digna de un rey, no de un príncipe. Su padre había buscado a una digna reina para él y lo había hecho lejos de un reino próspero, como era Kemet, para hallarme a mí. Era tan joven como yo, pero poseía un alma más delicada. Supe que él no sería capaz de amarme, pero sí de codiciarme porque era su puerta al trono.

—Nunca he visto a una mujer como tú—dijo con su tono amable, casi servicial, para luego inclinar suavemente su cabeza hacia la derecha—. ¿Has sufrido alguna inclemencia durante el viaje? Envié a mis mejores hombres a custodiar la caravana de sirvientes, así como de enseres, que traías contigo—explicó acariciando algunas flores de llamativos colores, las cuales surgían de una tierra oscura y cercana a las marismas de aquel gran río Nilo.

—¿Crees que podré servirte como reina, mujer y como madre de tu futura descendencia?—pregunté intentando ser persuasiva.

—Me ayudarás a tener poder y prestigio, ¿qué más da si me sirves como mujer?—aquello me hirió en el orgullo, pero entonces descubrí que él no estaba interesado en mí como amante.

Era avispado. Comprendí su corazón y lo amé a mi modo. Él me apreciaba, escuchaba mis comentarios y hacía cumplir mis caprichos. Era leal a él por el mismo motivo que él era leal conmigo y me dejaba ser yo misma, revolviendo mis necesidades y luchando con mis demonios.

Él no fue el hombre que más he amado, pero admito que cuando lo destruí fue porque ya no quedaba nada en él. Sólo permanecía la codicia de ostentar un trono que le venía grande, tan grande como lo fue en su día Kemet. Mi gran amor fue el padre de Seth, el cual no era más que un muchacho que intentaba subir algunas posiciones en el ejército.

Nebamun apenas llegaba a los dieciocho años, pero rebasaba en estatura a Enkil y poseía una musculatura digna de un Dios. Observé durante mucho tiempo su piel trigreña que parecía puro bronce gracias a las horas de guardia bajo el sol. Sus marcados pectorales, sus fuertes brazos y sus carnosos labios fueron fuente de mis más perversos sueños. Buscaba a ese hombre en cada rincón de mi cama y acabé alejándome de mi habitual amante, para centrarme en aquel poderoso y joven guerrero.

Recuerdo vivamente como temblaba sobre mi figura, mucho más menuda y pequeña que la suya, abriéndose paso entre mis muslos cálidos y suaves. Él lamía mi cuello, besaba mis pechos y bebía de mis pezones mientras sus caderas se movían con la fuerza de mil hombres. Mis gemidos retumbaban por las paredes de mi habitación, las sábanas de lino y oro caían al suelo empapadas en sudor, y mis manos arañaban sus costados. Jamás estaba lo suficientemente satisfecha para verlo marcharse de mi lecho. Siempre deseaba retenerlo a mi lado, deslizando mis dedos por su rostro serio y preocupado. Temía morir, pero nada más ser una Diosa entre los mortales le concedí la inmortalidad, lo hice parte de mis guerreros predilectos e impedí de ese modo que Khayman, enviado por Enkil, lo matara debido a miedos y celos.

Acabé siendo traicionada porque se enamoró de una mujer muy distinta a mí. Jamás pude aceptarlo.


Allí sentada, con los brazos sobre aquel trono de oro, contemplaba el mundo aspirando el aroma de las flores. Enkil permanecía mudo, del mismo modo que yo lo hacía. No necesitábamos movernos, sin embargo yo sentí la necesidad de apartarme de él, romper con el pasado y crear un nuevo mundo. La traición de mi hermoso Nebamun, así como la traición ruin de los hombres, me hizo comprender que las mujeres necesitaban sublevarse. Pero fallé. Fallé de nuevo.  

lunes, 7 de septiembre de 2015

Ella, la reina

Akasha era una mujer muy poderosa, pero no dejaba de ser una mujer. Comprendo que tuviese sus debilidades, como todos. Ella tenía sus deseos y sus necesidades. Y él, Gregory, una pasión que no podía ocultar.

Lestat de Lioncourt


Aún puedo escuchar con claridad el zumbido de los insectos cerca del agua. La arena negra y fértil cubría gran parte de la orilla. El calor sofocante del día había acabado y, al fin, había llegado la noche cargada de eternas estrellas que parpadeaban con la belleza que ya parece devaluada. Era hermosa aquella estampa tan salvaje, la cual no he vuelto a tener. No recuerdo noches como aquella.

A mis espaldas estaba el esplendoroso palacio. Allí, en su cuna, lloraba un niño. Había nacido mientras yo estaba fuera, en una misión de exploración hacia el sur. Teníamos nuevo territorio conquistado, pero no estaba celebrándolo. Un nudo en mi garganta evitaba que pudiese pasar la cerveza, el pato asado, los dátiles y las uvas. No era capaz siquiera de poder pensar en algo más que en aquel llanto tan fuerte, tan enérgico y tan inocente.

Ella salió fuera, como hacía siempre en las noches más cálidas, y quedó a pocos metros con sus ojos clavados en mí. Ojos profundos, oscuros, llamativos y femeninos. Unos ojos que me hablaban de poder y tragedia. La contemplé durante varios minutos sin decir nada. Dejé que el tiempo pasara muriendo lentamente entre nosotros, pues quería que ella hablase primero.

—Tengo un heredero—dijo con orgullo.

Las mujeres no le servían. Ellas sólo serían consorte de un inútil mayor a Enkil, su supuesto padre. Era un guerrero táctico, un hombre dispuesto a morir, pero no sabía hacer feliz a su reina. Era incapaz de ofrecerle algo más que joyas y poder. Pero él, aquel niño que lloraba como si fuera un mesías, era distinto.

—¿Cuánto hace que nació?—pregunté apretando mis puños.

Había estado fuera por más de cinco meses, tiempo más que suficiente para su nacimiento. Si bien, sabía perfectamente que ese niño se había gestado en nuestras tórridas noches de pasión. Las mismas noches en las que me juré no regresar de nuevo a su lado.

—Un mes—susurró caminando hacia mí con la misma elegancia, feminidad y poder que lo había hecho siempre.

Sus pechos estaban llenos, pues se encontraban inflamados por la leche. En ésta ocasión no permitiría que otra amamantara a su criatura. Veía en ella orgullo y amor. Un amor distinto al codicioso amor por el trono. Tenía la figura menuda otra vez, con sus amplias caderas y su estrecha cintura. Volvía a ser la reina erótica y grandiosa que todo el mundo temía y amaba a la vez.

—¿Es mío?


Soltó una carcajada ante mi pregunta. Esa fue la única respuesta que tuve al respecto. Después, como si nada, me abrazó rodeándome por el cuello y besando mis labios. Estaba perdido.  

sábado, 5 de septiembre de 2015

La reina

Gregory se convirtió en su amante, aunque tenía otro nombre digno de su pasado y su poder. Akasha se entregó a él convencida que él sería leal y le arrancaría parte de la soledad en la cual reinaba. 

Lestat de Lioncourt


Los tiempos no eran los que ahora corren. El mundo se paralizó en una larga y fértil etapa en la cual el territorio no había sido explorado, el mundo aún permanecía salvaje y las fronteras eran meras leyendas. Los grandes conquistadores avanzaban buscando privilegios y honores, los reyes estaban sedientos de poder y el pueblo ovacionaba a sus guerreros como horas orgullosas de sus logros. Era el inicio de los grandes imperios, el temor de los dioses aún aguijoneaba el corazón de cientos de culturas y la guerra era algo más que un negocio fértil.

En las oscuras tierras cercanas al Nilo, en el norte del continente africano, se hallaba el inicio de Kemet, del imperio del Antiguo Egipto, en sus primeros comienzos cuando el sol calentaba y no quemaba, cuando las inundaciones no se controlaban y se tragaban miles de vidas mientras llenaban los sacos de los graneros meses más tarde. El Nilo, profundo y salvaje, bañaba las orillas de un floreciente reino que empezaba a consolidarse.

Los primeros reyes de Egipto no fueron ellos, pero sí consolidaron ciertas leyendas. Si bien, eso ocurriría años más tarde. En aquellos días tan sólo eran mortales con un despliegue de sirvientes sin precedentes, cambiando las costumbres más arraigadas por otras que pasarían a ser parte de la eternidad y se incorporaría a las leyendas de sus grandes construcciones.

En esos tiempos yo era un hombre joven, aunque no demasiado. Hacía tiempo que no era considerado un niño. Llevaba algo más de dos años en la guardia real. Era leal a mis reyes, había luchado en algunas batallas y, pese a mi juventud, lograba deshacerme de mi torpeza. Pronto comencé a escalar posiciones, logrando ser conocido por mi fiereza y buen hacer. Si bien, el más temible de todos era Khayman, el noble y leal mayordomo del rey. Era su mano derecha, aunque más bien era su brazo derecho y su propia arma. Jamás vi a un ser más valeroso y temible. Si bien, mi gran pasión era la reina.

Había logrado ver a Akasha en alguna que otra ocasión. Ella había pasado junto a mí, sin siquiera demostrar interés en mi presencia. Era hermosa. Su cabello era negro y caía como seda sobre sus hombros ligeramente desnudos. El lino se pegaba a su piel como si fuese un pliegue más, adaptándose a sus curvas y turgentes pechos. Conocía ciertos secretos de palacio, los cuales me fueron desvelados en las largas noches de guardia, que no creía veraces.

Ella, nuestra reina, era profundamente desdichada en su matrimonio. Enkil ni siquiera compartía habitación con su mujer, la cual había venido de lejanas tierras para unirse a él y convertirse en reina de Kemet. Por lo tanto, ni siquiera era capaz de yacer con ella entre las sábanas de seda, bordados de oro y lino. Por ello, por su desesperado deseo de encontrar satisfacer sus caprichos más íntimos, decidía entregarse a cualquier hombre atlético, joven, leal y poderoso en la batalla. No los elegía al azar, aunque había numerosos candidatos que entraban en su habitación bebiendo del manjar que únicamente debía probar el rey.

Enkil estaba enterado de todo. Sabía bien quienes de sus hombres habían entrado en la cama de su esposa. Nunca decía nada. No lo impedía. Él parecía no estar interesado en disputas con los hombres que se involucraban con su mujer, pero sí vigilaba a los favoritos y más aclamados por los gemidos de su reina. Cuando alguno destacaba por encima del resto, convirtiéndose en algo más que un amante pasajero, acababa muerto. Por supuesto él no se ensuciaba las manos. Era el amante del rey, su mayordomo, quien degollaba al pobre infeliz que acababa cabeza abajo flotando en el río.

No había cumplido los diecisiete años cuando fui llamado por ella. El corazón bombeaba con fuerza y sentí que era el momento idóneo para huir, pero deseaba contemplarla sin el revuelo de aquellas mujeres. Quería saber qué tenía que decirme. La fama la precedía, pero su belleza deslumbraba aún más. No importaba lo que pudiesen opinar los más ancianos sobre el cambio de costumbres, pues yo admiraba su tenacidad y sus ambiciosos planes. En ella vi a una mujer fuerte, algo no muy común en nuestra sociedad. Las mujeres eran habitualmente meros objetos de los líderes más fuertes, pero ella no actuaba como una consorte. Ella era quien realmente gobernaba sobre el valle del Nilo.

Al entrar en su recámara hallé a una mujer rodeada de hombres que la agasajaban con ramos de uva negra, dátiles y algunos dulces pequeños que se ofrecían en bandejas de plata. No estaba en su cama, sino recostada sobre algunas pieles de animales que habían cazado sus amantes. La carne de esos pobres infelices, los animales que ahora no eran más que decoración, se había servido en distintos banquetes para conmemorar el triunfo del ejército sobre los pueblos cercanos. Conocía la historia de cada una de las pieles, sobre todo la de aquel enorme león cuya cabeza usaba como improvisado almohadón.

Los hombres que la rodeaban eran hermosos, de ojos profundos y piel tostada. Había alguno de piel negra, los cuales parecían estar bruñidos y ser hermosas estatuas de alabastro negro, pero eran los menos. Allí predominaban los rasgos más exquisitos. Incluso había algún esclavo cuyos rasgos eran muy extraños, y casi extraordinarios, entre los nuestros. Ella disfrutaba de los agasajos de aquellos hombres, pero también de sus miradas codiciando su curvilínea figura.

Ella llevaba un vestido ceñido de lino, ligeramente plegado, así como unas joyas de oro puro como brazaletes, collar en forma de serpiente y una tobillera con pequeñas piedras preciosas colgando de éste. Su cabello negro parecía aún más hermoso bajo aquella tenue luz, pues las cortinas estaban ligeramente echadas.

No me fijé en nada más. Los demás detalles de la sala eran poco importantes en ese momento. Sobre todo cuando noté que los hombres se marchaban y nos dejaban a solas. Lo hicieron porque ella lo pidió. Se marcharon los hombres que abanicaban su cuerpo, así como los que servían frutas y dulces. Nos quedamos a solas, sobre todo cuando las dos enormes hojas de la puerta se cerraron y el silencio nos envolvió.

—Has captado mi atención, Nebamun—dijo con una voz suave, pero firme.

Fue la primera vez que escuché su voz. Mi corazón se agitó aún más. Sentí que debía huir, pero no de ella. Quería correr a sus brazos y besar sus senos, los cuales parecían escaparse de aquella sutil tela.

—¿En qué sentido?—pregunté intentando no parecer impertinente—. Es un honor, pero desearía saber los motivos.

Ella se incorporó mientras se reía. Parecía una niña jugando con mis nervios. Sin embargo, no permitía que notara que por un momento me sentí intimidado. El movimiento de sus caderas era hipnótico, pero aún más la profundidad de aquellas gemas oscuras que tenía por ojos. Sus pasos, cortos y femeninos, la llevaron hasta donde me hallaba. Sus manos se colocaron en mi torso desnudo y se deslizaron por mi vientre marcado.

—Como hombre leal al reino, ¿harías cualquier forma por complacerme?—preguntó con sus labios cerca de mi boca.

Estaba de puntillas y sus pechos rozaban la parte baja de mi torso. Intentaba ponerse a mi considerable altura, pero era imposible. Ella era de una estatura más baja, así como de una constitución menuda. Podía cubrirla con mi cuerpo con una facilidad terrible. Me imaginé mis manos agarrándola y sentí que se quebraría como una rama seca.

—¿Desea que la acompañe o tiene determinada alguna misión para mí?

Mis palabras sólo provocaron en ella una ligera risotada, después contemplé como se retiraba en silencio. Sólo dio dos pasos hacia atrás, colocó sus manos sobre el pequeño broche de esmeralda en forma de escarabajo, lo abrió y dejó caer sus prendas. Bajo estas había una mujer exuberante. Ella ya había dado a luz ya a dos hembras, las cuales no se hallaban muy lejos acompañadas de sus cuidadoras, aunque eso no era impedimento para tener un cuerpo delicioso. Me sentí tentado y actué sin pensar.

Me lancé a sus senos lamí sus pezones. Pude oler su perfume, el cual se elaboraba a base de lirios, que me cautivó y aún tengo presente. Acabé por succionar su pezón derecho y noté que salía leche de éste, ofreciéndome un caliente chorro, provocando que perdiera el control. Mis manos acariciaban sus caderas, viajando hasta su espalda y deslizándose hasta sus nalgas que apreté con violencia.

—Domíname—dijo—. Hazme tuya—indicó colocando sus manos sobre mis hombros—. Quiero sentir tus fuertes brazos rodeándome.

La acaparé contra mi cuerpo y la recosté nuevamente sobre las pieles. Mi figura era intimidante, pero ella parecía disfrutar de mis mordidas, besos lascivos y caricias toscas. La codiciaba. Olvidé por completo que ella era mi reina, que podía pedir que me decapitaran en cualquier momento, y me hundí en los placeres de mis más oscuras fantasías. Mi miembro cobró forma bajo mi falda de lino y mis escasas prendas que usaba como ropa interior.

Ella gemía abriendo sus piernas, pidiendo que llenara el hueco que su esposo no era capaz, convirtiéndola en un objeto de placer. Pero no era sólo un objeto. Para mí ella era un sueño que lograba acariciar. Alguna noche pensé en ella, en su cuerpo bajo el mío y en esos gemidos que ahora llevaban mi nombre. Por unos segundos me planteé que sólo deliraba en mi tienda, pero no era así. Ella era real y yo también.

Besé su rostro, el cual empezaba a perlarse por el calor que su cuerpo empezaba a tomar, para luego devorar sus labios. Sabía a dátiles. Unos dátiles deliciosos que habían alimentado su menuda figura. Mis manos, ásperas y grandes, apretaban con fuerza sus senos. Podía sentir la leche manchando mis manos, dejando que algunos hilos de leche salpicaran las pieles y corrieran por su vientre hasta su ombligo, así como hasta sus costados y canal entre sus pechos. Mi lengua rápidamente se apuró a lamer esa leche, tan cálida como espesa, mientras bajaba hasta sus piernas.

Abrí sus muslos, notando que sus piernas temblaban y, con desesperación pero sin nerviosismo, abrí los labios de su sexo y comencé a lamerlo. Primero lentamente, acariciando su clítoris con la punta de mi lengua, para luego hundirla saboreando este. No tardé demasiado en hundir dos de mis dedos con las yemas hacia arriba. Los movimientos eran rápidos, golpeando la zona exacta de su punto de placer, provocando que gimiera aún más, se retorciera y jalara de mis largos cabellos. Mis ojos se clavaron en sus labios carnosos y sentí que debía callarla, pero en ese momento llegó a su primer orgasmo humedeciendo las pieles de aquellos fieros animales.

Me aparté mirándola completamente sofocada. Lo hice deshaciéndome de mi ropa y ofreciéndole mi sexo. Ella, con ciertas dificultades, se incorporó y se lanzó a mis caderas. Colocó sus manos sobre éstas y yo coloqué las mías sobre su cabeza. Su lengua humedecía cada pedazo de mi sexo, apretando éste con sus carnosos labios y dejando que invadiera toda su boca. Sin cuidado la aparté, justo cuando creí que era suficiente. Hice que cayera sobre las pieles.

Ella me miró deseosa de seguir aquel juego, pero yo disfrutaba contemplándola tan sumisa. Me incliné besando su boca, mordiendo sus labios y tirando de éstos. Lo hacía con el miembro rodeado por mi mano derecha, jalándolo suavemente. Me masturbaba para ella, demostrándole cuan duro y grande podía ser.

Después de besarla, sin mucho cuidado, la empujé recostándola de espaldas, levantando sus caderas y penetrándola con fuerza. Ella gemía como las mujeres de las calles. Sus senos rozaban las pieles y sus caderas se movían con destreza. Jamás había estado con una mujer con tanta experiencia, pero ella parecía no haber gozado de ese modo con otro hombre. Tras varios minutos llegué al cielo. Pude sentir como llenaba su vagina con mi esperma y provocaba que ella cayera agotada sobre el enorme león.

—Te espero mañana, por la noche. Mi cuerpo te esperará impaciente—dijo mientras me apartaba de ella.

A penas era capaz de hilar algunas palabras, pero ella ya empezaba a exigir un nuevo encuentro. Aquello me preocupó, aunque recordé que al rey no le importaba la visita de otros hombres. Y, por supuesto, fui. No fue nuestro último encuentro. Estos se sucedían uno tras otro. Sólo cesaron cuando ella quedó gestando al primer y único primogénito varón, el cual no era más que un niño de escasos meses cuando aquel demonio atacó.



Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt