Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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martes, 26 de julio de 2016

Mi ángel

Creo que he descubierto por qué Marius odiaba a Santino. Con permiso..

Lestat de Lioncourt 



Sentado meditabundo, esperando quizá el golpe de gracia, me incorporé escuchando los viejos fantasmas que recorrían los pasillos de mi mente. Allí estaban con nombre y rostro dictándome sus desgracias, las mías propias, debido a mi fanatismo. Había caído en la estúpida creencia que podría librarme de mis pecados, pero estos se habían convertido en una segunda piel, como un tatuaje invisible, que me asfixiaba. Mis ojos estaban hundido en las tragedias que bien conocía como si fueran una epopeya griega bien argumentada. Mis manos temblaban. Los viejos rezos ya no me servían, las profecías eran polvo y los textos sagrados se habían reducido a humo y cenizas.

—¿Le ocurre algo?—preguntó un joven.

Me quedé observándolo unos instantes antes de responder. Era delgado, tenía la cadera ligeramente acentuada, sus labios poseían una belleza idílica y sus ojos castaños me recordaron tanto unos que yo adoraba que sentí remordimientos, deseos de llorar y la necesidad de suplicar perdón a un extraño. Era castaño cobrizo y tenía su pelo alborotado, como el de tantos jóvenes, entre sus manos se encontraban diversas libretas de dibujo. Su piel lechosa, salpicada por una constelación de pecas, me enloquecía. Parecía nieve recién caída a los pies de la Piazza San Prieto. Destacaba entre la multitud por esa alma tan pura envuelta en una sotana con un almidonado alzacuellos.

—¿Se encuentra bien? ¿Se siente acalorado?—dejó sus desorganizadas libretas en el suelo para luego colocarlas sobre mis hombros. Sentí que ardía. Aquello era la visión de un ángel, de un ángel tan parecido al que yo había torturado que me hacía sentir culpable de toda la maldad derramada sobre este mundo.

—Sólo deseo que me perdone—dijo.

—Dios siempre perdona—respondió con una cálida sonrisa.

—Dios no, mi ángel—murmuré—. Un ángel al cual en vez de rezar lo condené al infierno, lo torturé arrancándole las alas para depositar oscuros pensamientos sobre sus heridas, un muchacho que fue mío y señalé como indigno.

Mis palabras pudieron provocar furia, rechazo o asco en un hombre como él, con una fe tan poco dada a este tipo de revelaciones, pero sólo sonrió estrechándome, besándome las mejillas y dándome un ligero golpecito en la espalda.

—Dígaselo. Dígale que lo ama. Calmará su alma y alegrará su corazón—susurró en mi oído antes de apartarse. Sus ojos brillaban aguados debido a las lágrimas que deseaba derramar. Quizá no era el único que había recordado un viejo amor. Pero creo que fue más bien mi sinceridad lo que hizo que él vibrara frente a mí como una hoja.


Tomó sus libretas, se despidió de mí con un gesto gentil y se marchó a toda prisa. Pude llamarlo ángel a ese joven sacerdote, pero sólo existe uno para mí y es Armand. Él siempre será mi ángel.  

sábado, 16 de abril de 2016

Mi discípulo rebelde

No sé si sentirme amado, odiado, aterrado o satisfecho... ¿Marius pensaba esto de mí? 

Lestat de Lioncourt

Durante algunos meses estuve soportando la presión de un joven atrevido y descarado que escribía mensajes encriptados en los muros de cualquier edificio y en diversas ciudades de distintos países. Desde que fue creado he seguido con interés sus pasos. Admito que llevo siglos vigilando a mi mejor creación la cual ha sido envenenada y traicionada por la oscuridad de un culto terrible, falso y apócrifo para sus viejas creencias. Ya no queda nada del ángel que construí porque ha quedado atrapado en los infiernos y en estos últimos años lucha para surgir, pero el daño ya está hecho. Sin embargo no he podido dejar de seguir su camino, su dolor y su miseria. Ante él surgió la llama da una esperanza nueva.

Cuando creé a mi querubín estábamos inmersos en una etapa cultural que surgió de forma atronadora entre los muros de mi vieja Italia. Florencia era la flor fragante que endulzó a los viajeros y mercaderes llevando la nueva visión del mundo al resto del continente. Sin embargo, él quedó inmerso en las sombras de un movimiento oscuro y temible. La luz del Renacimiento se apagó por siempre cuando el Barroco llegó arrasando todo con una nube recargada de detalles pero sin las luces y deprimida económicamente. Pero este nuevo vampiro surgió de entre las ruinas de un mundo sumido en la oscuridad para ser de nuevo la luz en pleno Romanticismo.

Podría decirse que su alma tuvo una semilla nueva y firme que le hizo arremeter contra todo con la pasión de este periodo, con la nula creencia en un Dios y sin temor a un Demonio. Me recordaba a mí cuando era joven aunque mucho más temerario y con un “yo” más exaltado. Sus sentimientos eran una vorágine similar a un torbellino y podía sentir sus ojos llenos de una luz que creí muerta. Ese nuevo vampiro cayó en la locura de la destrucción porque su gran amante había muerto. Los suicidios de escritores eran comunes, también los de otros artistas. Muchos de ellos lo hacían porque no eran capaces de transmitir el intrincado laberinto que era su alma. Otros porque el amor era demasiado cruel, imposible de atrapar y eso provocaba que sus obras fueran llenas de ira, dolor, miseria y esperanza. Siempre había esperanza incluso en la muerte podía hallarse una chispa de esperanza. Su nombre es Lestat y valora lo poco común, lo distinto, lo único y no cree en nada salvo en lo que puede contemplar con sus propios ojos. Un hombre que amó el teatro, que siempre estará vinculado con la música del algún modo y que llora ante la belleza de las pinturas más hermosas que jamás se puedan crear aunque no las comprenda del todo.

He decidido rescatarlo. Estaba a punto de dormir durante siglos quizás. Llevaba días enterrado en la arena aferrado a lo único que quedaba de su amante: un Stradivarius. Desenterré su cuerpo, sacudí el polvo pegado a sus ropas y le ofrecí mi sangre como si fuese un hijo que regresa al hogar tras siglos perdido. En ese momento creo que me sentí parte de un cuadro de Murillo convertido en el padre bondadoso que abraza con ternura a su hijo pródigo.

Conté todos mis secretos en una sola noche. Abrí mi corazón en unas horas ofreciendo mi dolor, mi felicidad, la escasa paciencia que aún envuelve mi alma y la verdad que he llegado a conocer tras mis múltiples y catastróficas experiencias. Acepto quizás puse demasiadas esperanzas en él o quizá no vi venir que era demasiado inquieto para prohibirle nada. Él quiso conocer más de lo que se debe y aunque le revelé quien era Madre y Padre, mostrándoselos sin miedo ni preocupación, rogué porque no descendiera hacia el Templo solo.

Ha despertado a Akasha y a Enkil, a nuestros Padres Inmortales, que son como dioses en mitad de un mundo sin magia. Yo no tengo culto religioso hacia ellos, pero me he esforzado por ofrecerles siempre las mejores comodidades, contarles las últimas noticias y mostrarle los avances del mundo. Pero no se movían. La ira o la rabia, aunque quizás ha sido los celos, han provocado que lo expulse de mi vida porque él ha logrado que ambos se levantaran y comunicaran sus deseos, miedos y celos. Enkil estaba profundamente celoso de Lestat y destruyó el violín que usó para endulzar el silencio de aquella sala. Akasha se alzó porque escuchó a este joven tocar una de las viejas partituras que tanto amaba su amante.

Ojalá no lo hubiese hecho porque yo deseaba compartir con él algo más que unas horas. Admito que no sólo estoy celoso porque ella reaccionara ante él. Siento celos porque él está más fascinado con la historia de Madre y Padre que conmigo. Yo he dejado de ser su fascinación para convertirme en sólo un elemento decorativo. Iba a ofrecerle ser mi discípulo y darle todo lo que no pude a mi querubín, mi Amadeo... su Armand.

En mis perversas fantasías he rozado la tentadora piel de sus rosados pezones con mi lengua, acariciado sus marcadas caderas y viajado con mi boca llena de deseo por su vientre. Nunca me detenía ante los botones de su elegante camisa blanca con puños llenos de encaje. Desnudaba su hermosa figura de Adonis y palpaba cada uno de sus extraordinarios músculos. Sus ojos azules, tan fieros como los de un animal salvaje que nunca admitirá doma alguna, me perseguían cargados de una lujuria propia de un hombre joven. Su boca grande y carnosa, aunque perfecta al encajarse en su rostro ligeramente anguloso y masculino, se abría murmurando mi nombre mientras sus muslos me ofrecían una visión maravillosa de su masculinidad. Quería pintarlo hasta saciedad con caricias indecentes y ofrecerle mi milenaria sangre cada noche. Deseaba crear un monstruo libre, salvaje y diferente; pero ya lo era y esas fantasías se hundieron en la despedida de una noche oscura cargada de estrellas en la orilla de un mar profundo de aguas negras y calmadas.

Sin embargo, pese a todo lo que he vivido junto a él que no son pocas desgracias, lo haría otra vez. Atraería su figura hasta a mí, lo desnudaría y lo introduciría en las aguas tibias de mi enorme bañera. Lavaría su cuerpo mientras susurro a sus oídos que posee el cabello de los ángeles de la Capilla Sixtina, besaría sus hombros ligeramente anchos y apoyaría mi mentón en ellos mientras le cuento nuevamente mi historia. Quizá tendría más paciencia para desvelar misterios mayores y no me precipitaría al contarle la verdad que aún se encuentra bajo mis pies, sentados como estatuas y vigilando la marcha precipitada de Lestat a mar abierto.



domingo, 9 de agosto de 2015

Heridas

—He aprendido mucho de ti...—murmuró con cierta rabia.

Intentaba ser misericordioso con él, pero era imposible. Ambos habíamos caído en las redes del odio. Todo el amor que nos juramos y profesamos, todas esas promesas que quedaron suspendidas en el aire, se convirtieron en las llamas de un odio imposible de soportar. Era demasiado fuerte. Me sentía atado a ese sentimiento de rencor permanente.

—Me alegro—respondí admirándolo sobre las tablas de aquel desdichado escenario.

Todavía podía escuchar al público, sentir su calor, oler los distintos perfumes y sentir el maquillaje de polvos en mi cara. Danzaba de un lado a otro, cantaba mientras coreaban mi nombre y aplaudían entusiasmados. Volvía a ser ese joven enérgico y lleno de sueños. Por un momento él no estaba, pero tampoco estaba yo. Tan sólo estaba la sensación extraña de libertad y felicidad intrínseca en cada movimiento en la escena. Pero, como de la nada, todo se vino abajo y quedó él convertido en una figura desdichada, llena de odio y envenenada por la rabia.

—Yo también—dijo con una sonrisa cruel. Tenía los ojos fríos y frívolos. No era el Nicolas que yo amaba. Ese hombrecito menudo, de ojos pardos, cabello negro y manos suaves. No. Era un ser dantesco con ganas de abrirme en canal y echarse unas risas con mi sufrimiento—. Soy un demonio igual de despreciable que tú.

—No te equivoques, Nicolas. ¡No soy despreciable!—dije exaltado.

—¿No?—musitó alzando sus oscuras y finas cejas—. Ah, no... No lo eres. No eres como esos malditos desgraciados que se lanzan a las llamas. Sí, sí que lo eres. Tienes miedo porque lo eres. Eres tan monstruoso como ellos. Jamás serás de nuevo humano. Ya no eres más que un muerto que camina, al igual que yo—dijo abriendo los brazos—. Y éste será mi reino. ¡Yo seré el rey de la escena mientras el tiempo me conserva intacto! Como intactos estuvieron mis sueños de amor, mis esperanzas por ser el único en tu cama, mientras tú me ocultabas la verdad de tu misteriosa desaparición. Ingenuo de mí...

—Yo, yo, yo y yo. Mis sufrimientos, mis necesidades, mis tormentos, mis pasiones y mis... ¡Demonio!—grité dirigiéndome hacia el escenario por el patio de butacas—. ¡Tú!—lo señalé con mi dedo acusador y luego bajé el brazo de inmediato. Negué con la cabeza, hice que mi cabello leonino cayese sobre mis hombros y mis ojos azules le contemplaran con decepción—. Sólo buscas como torturarme...

—Siempre te voy a torturar... —murmuró.

De inmediato las llamas lo consumieron todo. Todo a mi alrededor eran llamas. Podía oler el humo, sentir el fuego, y a la vez no me quemaba. Al despertar lo hice llorando murmurando su nombre. Amel intentaba consolarme. Aquello había sido un sueño.

—Cálmate, belleza—dijo en tono sosegado—. Los muertos no pueden hacer daño.

—¿Y por qué no se vuelve a manifestar?—pregunté—. Deseo saber si todavía me odia...

—¿Acaso importa?

—Sí, sí importa—dije de inmediato—. A mí me importa. Todavía me siento culpable. Creo que aún amo a ese mártir...

Entonces escuché sus pasos por el pasillo. Conocía bien el sonido de esos pies. Al llegar a la biblioteca hizo sonar sus nudillos, después pasó como si nada y al verme llorar corrió hacia mí. Se movió tan rápido como un suspiro. Sus largos dedos blanquecinos rozaron mis mejillas y sus ojos verdes, como las esmeraldas más hermosas del mundo, brillaron con un poder sanador indescriptible. Él me sanaba. Él era mi cruz y mi cara.

—Lestat, mon coeur...

—Oh, Louis... Louis... mon Louis... mon ange...—susurré aferrándome a él, llorando en sus brazos como un niño, mientras intentaba calmarme.

Hay heridas que no se cierran, aunque a veces parecen haber cicatrizado. Son heridas que dejan huella, que marcan nuestros pasos y se convierten en miedos. Aún así esos miedos pueden hacernos fuerte. Se transforman en una nueva semilla que germina en nuestros corazones y dan fuerza a nuestras acciones. A veces créemos que no llorar, ocultando lo que sentimos, nos hará más fuertes; pero eso es un error de principiantes. No somos más fuertes cuanto más daño aceptamos y ocultamos. Hay días que desearemos huir, ocultarnos por un tiempo, y reflexionar sobre las marcas de nuestras almas y otros, los que realmente merecen la pena, nos alzaremos frente a esas heridas con la lección aprendida y una actitud mucho más desafiante.


De él aprendí que el amor es cruel y puede perderse en el tiempo; aunque de Louis comprendí que aunque parezca una tortura, a veces terrible, merece la pena.

Lestat de Lioncourt  

lunes, 2 de marzo de 2015

Oscuridad

Santino y sus memorias... Digamos que es como todo "macho que se respeta" que no quiso en ese momento decir lo que sentía, pero luego fue demasiado tarde.

Lestat de Lioncourt 


Sus cuencas vacías de vida me contemplaban por doquier. Allá donde dirigía mi vista ellos estaban, observándome en permanente silencio. Podía notar como miles de pensamientos funestos revoloteaban mi alma, la aguijoneaban como si fueran aves de rapiña, hasta hacerme delirar. La fusta caía sobre mi espalda una y otra vez. Condenaba mis noches al servicio del Bien provocando al Mal, danzando con la muerte y conquistando la piedad del Diablo. Era un sabor rancio y amargo, como los besos que podía sacar de aquellos cadáveres apilados en las catacumbas de las grandes ciudades. Y él, sentado como si fuera una muñeca perfecta, me miraba con temor y hambre.

Su cabello pelirrojo brotaba de su cabeza hasta sus hombros, perdiéndose en la cruz de su espalda. Pelo de fuego, ondulado como el caminar de la serpiente, que flameaba en mitad de las tinieblas. Sus manos, diminutas y finas, estaban juntas como si rezara. Tenía los ojos carentes de ilusión. Había creado una réplica perfecta de un ángel misericordioso, lleno de virtudes y cadenas, que se alzaría sin pensar contra cualquiera que quebrara nuestras reglas.

Podía sentir el dolor quebrando su alma, rompiendo su frágil corazón y hundiendo sus sueños en brea. Su belleza, tan enigmática como poderosa, sería el arma más terrible que poseería en sus firmes manos. Sus ojos, tan oscuros como dolientes, no bajaban la mirada. Quería hablar con él cada noche, sobre su futuro, pero era incapaz de romper la magia que poseía su presencia.

Nuestra última noche fue distinta. Él habló desafiando al silencio que nos unía.

—Me abandonarás—afirmó—. Igual que él—dijo.

—Te he dado todo lo que sé. ¿Por qué debería quedarme?—pregunté.

—Por amor...

—Amor... amor... el amor nos vuelve débiles, Armand. El amor te trajo hasta a mí, casi te condena a la hoguera y te cegó del camino. El único amor que debes tener es el que guardas a Dios, para cumplir tu misión entre los nuestros—comenté aproximándome a él, para tomarlo entre mis manos y observar su infantil rostro sin un ápice de vello. Era aún un niño cuando él se apiadó de sí mismo y egoístamente lo creó.

—Me dejarás... solo...

—No estarás solo. Tendrás la doctrina y tus seguidores.


Debí decirle que lo amaba. Quizás debí ser sincero. Sin embargo, guardé las palabras y le ofrecí el silencio junto a los últimos documentos, en los cuales tendría las doctrinas que debía impartir entre los nuestros. Armand, mi guerrero. Armand, el ángel que vino a mí y fue salvado del fuego.  

jueves, 15 de enero de 2015

El hechizo de Pandora

Santino rememora el haber conocido a la mujer que le hizo cambiar. Y es que tenía que ser ella: Pandora.

Lestat de Lioncourt


Jamás me había contenido tanto ante una mujer. Sentí que cometía el peor de los errores cuando ella posó sus ojos sobre mis túnicas raídas. Me convertí en un bufón de la corte, en un ser vilipendiado, en un demonio con los cuernos desgastados y los sueños tan rotos como miserables. El camino que había comenzado se quedó torcido, humillado y casi derrumbado.

Su fuerza era similar a la de mil hombres y la contenía con una elegancia impropia de una dama común. Ella había recorrido el mundo, visto debacles terribles, tomado la justicia por sus propias manos, contemplado la faz de la madre de todos y aprendido de sí misma mientras arrastraba su pesar. No se hundía. Era como un corcho en un mar revuelto. Sobrevivía con firmeza. Era mágica.

Vi en ella la bondad más absoluta y la maldad más terrible. Rompió todas mis cadenas y me dejó desnudo, con el alma rota y el corazón destrozado. Me enamoré de ella, perdí mi fe y entonces entendí que había amado siempre el sueño de la compañía de un igual. Amé con fuerzas a Armand, fue mi tesoro y mi guerrero. Convertí a un muchacho débil en un criminal sin corazón, en parte del ritual sagrado que creí que era correcto, pero ella me demostró que sólo envenené su alma. Losa tras losa convertí mi lápida de dolor en un panteón.

Lloré amargamente cuando me rechazó. Vi en sus palabras el testimonio de un espejo que no quería contemplar. Me quedé atónito ante la verdad. Quise huir, pero ya era tarde. Tantos siglos convertido en un criminal pasan factura. Las reglas las había impuesto, si bien no eran decentes ni exactas. Las verdaderas normas eran contrarias a las mías. Nadie me profetizó mi caída, pero supe que ella me arrastraría al calvario.


Ella era Pandora. La diosa Pandora. La mujer vampiro que me hizo amarla para entender cuan equivocado estaba.  

martes, 2 de diciembre de 2014

La senda

Armand recordando como terminó aceptando ciertas creencias. Pobre Armand... o mejor dicho... pobre Santino.

Lestat de Lioncourt


La soledad caía sobre mí hundiendo mi alma en un mar angosto, casi suicida, lleno de melancolía y sueños imposibles. Me sumergía en mis amargas lágrimas, pero me aferraba con fuerza a la esperanza de ser salvado. Aquella suntuosa noche donde me sentía un ser mundano, libre de cargas, había acabado en llanto, lágrimas y sumisión. Todos los que amaba habían fallecido. Riccardo lo había hecho bajo mis propios dientes, incitado por Santino y toda su orden infernal. Me habían mostrado lo peor de mí, lanzándomelo a la cara sin compasión. Cambiaron mi nombre, me dieron unas prendas aceptables para ellos y a duras penas lograron que fuese aceptando mi nuevo destino.

Aquella noche me encontraba a los pies de una vieja edificación. Supuse que era celta por las inscripciones que pude hallar en uno de los muros. El bosque estaba oscuro, era denso y la humedad era intensa. Nos acercábamos a París. Santino decía que yo tendría un recorrido especial y brillante en esa ciudad. Lo único que conocía con brillo era Venecia, sus celebraciones y el cabello dorado de Marius cayendo sobre su túnica roja.

No le escuché aproximarse. En ocasiones me parecía un alma en pena que aparecía para torturarme. Sus profundos ojos castaños recorrían mi figura, su lengua mordaz susurraba palabras tan sinceras que me ahogaban y sus manos, ásperas y grandes, me agarraban igual que si fuesen garras. Me había salvado la vida, pero a la vez me había torturado hasta lo indecible. De nuevo había padecido un tormento peor que la muerte.

—Todo lo que he hecho ha sido para fortalecerte—dijo como si intentara disculparse, pero sabía que en realidad sólo decía aquello en lo que él creía.

—Me has condenado—respondí cerrando los ojos esperando alguna respuesta violenta, aunque él jamás tuvo una mucho mayor a la de una cachetada. Él nunca ejerció esa violencia a la cual me acostumbró Marius. No. Él era mucho más sofisticado.

—Te liberé de las cadenas de una falsa vida—se aproximó a mí hasta quedar a unos pasos.

Su túnica oscura cubría su masculina figura, sus hombros anchos y su cabello negro quedaban ocultos. Parecía una figura mucho más escueta, pues aquella tela disimulaba sus formas. Sin embargo, al despejar su cabeza de la capucha apareció su hermoso rostro. Jamás había visto a un hombre como él. Tenía una belleza casi divina. Parecía el Jesucristo que yo había pintado mil veces. Sus mejillas sonrosadas estaban cubiertas por restos de una barba que fue espesa, sus largas pestañas negras eran abundantes y sus dientes parecían perlas cuando hablaba. Quedaba fascinado a pesar de todo.

—¿Una vida falsa? No era falsa—susurré a punto de romper a llorar.

—No somos humanos, Armand, y no debemos de pasar por el trago amargo de verlos morir a nuestro alrededor. Ellos no son como nosotros. Son frágiles y llenos de falsas creencias. Nosotros tenemos una verdad y hay que defenderla para ayudar a Dios. Tienes una misión en esta senda oscura—estiró sus brazos atrapándome con aquellos dedos tan toscos. Sus manos quedaron en mi rostro, con los pulgares bajo el mentón, como si quisiera que le mirara directamente a los ojos intentando que comprendiera—. Tú no beberás en copas de oro, sino del cuello de tu próxima víctima.

Rompí a llorar. La fastuosa vida se había derramado ante mí como un sueño apetecible. La vida con Marius no fue un error. Aún soñaba con él rodeándome con sus fuertes brazos, hundiendo mi rostro en su cuello para dar un pequeño sorbo y el placer de escuchar su voz recitándome palabras de amor realmente hermosas. Los pétalos rojos que cubrían la cama de elegantes bordados, el olor de la pintura secándose, el frío y duro tacto de los dedos de mi Maestro hundiéndose en mi interior, sus lengua buscando la mía y su cuerpo, al fin su cuerpo, fundiéndose con el mío mientras su miembro me partía por la mitad. No podía olvidar mis uñas hundiéndose en sus hombros, arañando su pecho y buscando más de lo que me estaba permitido. Era imposible.

Pero él me sacó de improvisto de mis pensamientos. Su boca se apoderó de la mía mientras me rodeaba con sus brazos. Su fuerte figura me reducía a ser esclavo de aquel acto apasionado. Desconozco el motivo, o la chispa de ese incendio, pero mis manos rasgaban su túnica y me convertía en una fierecilla por domar. Caímos ambos sobre la hojarasca que estaba a nuestro alrededor, los vestigios de aquella interesante, y poco recordada, cultura eran los únicos testigos junto a los gigantescos árboles. El crujido de las hojas se mezclaba con el de la tela rasgándose. Aquello era la sinfonía de una bestia devorando a la supuesta virgen que le habían ofrecido para sosegar su apetito.

Mi cuerpo quedó desnudo evidenciando la diferencia entre ambos. Su torso ancho, con algunos mechones de vello más grueso y una piel ligeramente más oscura, demostraban que yo jamás llegaría a ser un hombre. Siempre sería un ángel perdido en mitad de una iglesia. Era como los delicados eunucos que cantaban en las más destacadas óperas, catedrales y fiestas de la nobleza. Inclusive mi voz era mucho más delicada, como si fuera el canto misericordioso de un querubín, mientras que la suya provenía de un lado oscuro, tenebroso y sensual. Su timbre de voz era grueso y masculino. Las escasas palabras que me ofreció mientras me desnudaba terminaron por calentarme.

—¿Quieres ser un ángel? Entonces se un ángel del infierno. Yo puedo arrastrarte hasta el reino de Satán y demostrarte que allí también hay placer—murmuró antes de abrir mis piernas y hundir su rostro entre mis muslos.

Su lengua lamía mi vientre, deslizándose hasta mis ingles y saboreando mis lechosos muslos. Mis pezones cafés se endurecían sin necesidad siquiera de sus caricias. Tenía la boca abierta, con los labios enrojecidos, mientras la espalda se arqueaba y la pelvis se movía buscando en sensual roce de su rostro. Su lengua era la de una serpiente que me conducía al paraíso, para que probara lo prohibido de sus besos y el sabor de una leche fresca que bañaría mi garganta con el calor de mil volcanes. Nuestros cuerpos cambiaron de posición, quedando sobre él con los brazos extendidos creando cierta distancia entre ambos, mientras mis ojos se clavaban en los suyos.

—Deja que pruebe tu sabor—dije.

Me deslicé por su cuerpo besando y mordiendo sus costados, vientre y caderas. Al tener su miembro frente a mí, en todo su esplendor, no dudé en acapararlo mientras lamía la punta de su glande. Comencé a succionar su sexo como si de ese modo pudiera purificar mi alma, aunque sólo la condenaba. Él me agarraba y tiraba fuertemente del pelo, pero no era ni la mitad de brusco que podía llegar a ser Marius. Con él no me sentía un muñeco al cual torturar mientras se le insufla un poco de esperanza.

En cierto momento mi mente desconectó, y fue cuando él volvió a tomar el control. Me obligó a caer nuevamente sobre la hojarasca, mientras ésta se metía entre mis largos cabellos rojizos, para abrir mis piernas e introducirse en mi interior abriéndome en dos. Mi alma quedó dividida y desvinculada por siempre de mi viejo maestro. Él se convirtió en la nueva fuente de sabiduría y placer. Mis pequeñas manos se aferraban a su nuca sintiendo como él se impulsaba. El sonido de sus testículos golpeando salvajes, el roce de sus manos haciéndome sentir el cielo y sus labios, esos labios tan carnosos, me daban una nueva y poderosa fe. Creería en Satanás si así lo quería.

Mis gemidos empezaron a ser altos, largos y llenos de una espiritualidad distinta. Sus gruñidos se acompañaban con ligeros gemidos que me excitaban. Estaba logrando que él disfrutara tanto o más que yo. Estaba logrando lo imposible. Su rostro se llenó de miles de matices. Creí que en ocasiones me sonreía, y tal vez fue así, pues sus labios parecían tiernos cuando los besaba. La maldad de su alma quedaba olvidada, sus actos retorcidos se sepultaban y la gloria de su pasión me hacía llegar a un éxtasis similar al de un beato tocado por Dios.

Podía sentir cerca a los restantes vampiros que nos acompañaban. Ellos nos observaban desde los matorrales. Espiaban al nuevo pupilo tomando la lección más sagrada y satisfactoria. El pecado de la carne me vincularía aún más al demonio, a él y a la secta.

—¡Santino!—grité su nombre para convertirlo en salmo perpetuo.

Había golpeado el punto exacto de mi mayor placer. Mis manos arañaban su pecho, mis ojos deslizaban por las gotas de sudor sanguinolento y su lengua no me dejaba pensar. Pronto llegué al orgasmo mientras él seguía impulsándose con rabia y precisión. No dejaba de gemir abrazado a él, convulsionando por el placer. Él me había dado una nueva vida, un nuevo sendero. Lo aceptaría tan sólo por el placer que me estaba regalando como una revelación divina.

Él se apartó de mí, pues no quiso acabar en mi interior. Me obligó a postrarme frente a él como si tomara la primera comunión, coloqué mis manos en forma de rezo y recibí su glorioso sabor entre mis labios. Tragué su cálido y espeso amor, deslizando mi lengua por cada milímetro de su glande y hundiendo mi cabeza entre sus piernas.


Aquello fue mi bautismo como uno de los suyos. Olvidé soñar con Marius. Dejé aparcado ese amor desesperado. Ya no quería que me encontrara. Por mí si estaba muerto sería un descanso para ambos, y si estaba vivo me estaba demostrando que no me amaba como decía. Santino se convirtió en mi camino. Él era mi sendero. Mi maestro.  

domingo, 30 de noviembre de 2014

Negro corazón

Un viejo escrito de Santino que ha salido a la luz. No se lo pierdan. Es muy esclarecedor. 

Lestat de Lioncourt


"Me dirijo a ninguna parte. Me he convertido en un dilema incluso para mí mismo. La ratas han infectado las calles, el ruido de sus frías patas es como el sordo cantar de la lluvia contra los cristales. Puedes encontrar cuerpos arrojados a un lado y a otro. Hay quienes los recogen para prenderles fuego, sin saber siquiera su nombre o cómo era su rostro. Nos hemos deshumanizado, convirtiéndonos en monstruos con las manos piadosas de Dios. Nosotros elegimos si huir o permanecer, pues si permanecemos es para sobrevivir a una tragedia terrible que ya no tiene frontera. Nos convertimos en ángeles oscuros que tocamos con la muerte."

Eso ocurre siempre, una y otra vez, en mis oscuros recuerdos.

Mis pasos por las calles se habían convertido en un deambular habitual. La lluvia caía precipitadamente sobre Florencia. Esa noche cada uno de mis pasos podría ser el último. Era un piadoso sacerdote, enfermo y con el deseo insano de morir antes del amanecer; pero no lo hice. Alguien me impidió que alcanzara la paz y gloria eterna.

No escuché sus pasos, tampoco sé si me agarró con demasiada violencia. Lo único que recuerda mi febril muerte son sus colmillos, el sabor metálico de la sangre y sus palabras jadeantes. Estaba entusiasmado con lo que había hecho. Tan vil y desgraciado, pero a la vez consciente que aquello traería consecuencias terribles para ambos. Mis ojos castaños intentaron ver más allá de su capucha, pero no pude identificar rostro alguno. Todo era muy confuso. Me había sentido enfermo, casi moribundo, y en esos momentos la vida tenía otra nueva paleta de colores.

Mi tortuoso y cruel camino comenzó aquel día. La maldad que se engendró en mi corazón pudrió todo lo que yo creía. Fui desprovisto de la gracia de Dios, de la bondad que una vez asistió a mis manos hundiéndose en las flemas de los desarrapados y finalmente expulsado a un éxtasis animal dedicado a la sangre, pecado de la blasfemia y el horror. Me convertí en vampiro y líder religioso. Me inculcaron unos nuevos valores. Hicieron que creyera que servía a Dios a través del Diablo, llenaron mi cabeza de una razón imposible de contradecir y mi alma se endureció.

Me convertí en Santino, el líder de la secta italiana. Recorrí las calles arrastrando a otros a mi locura. Procuré tener un séquito de fieles leal, abundante y controlado. Combatimos contra aquellos que nos tachaban de enemigos de la verdad. Asesinamos a hombres y mujeres inocentes, pues matábamos igual que Dios: indiscriminadamente.

Sin embargo, él llegó. Un joven vampiro de cabellos de fuego me cautivó. Torturé su alma y su cuerpo como me habían enseñado. Lo convertí en mi discípulo y le entregué los mismos preceptos que a mí me otorgaron. Pensé que lo salvaba, pero no era así. Quedé vacío después de enviarlo a París, si bien no sería el peor de los castigos. Armand no sería mi mayor debacle. Acabaría cayendo frente a Pandora. Ella era una mujer mundana que se movía como una diosa, pues era mujer de mundo y diestra con la palabra. Una mujer que parecía común a lo lejos, pero luego sus labios se movían con la sabiduría de mil hombres y sus ojos eran tan apasionados como hermosos. Me conmovió la verdad que hallé y la maldición que me lanzó. Me dijo que pagaría por todo lo que había hecho, ¿pero no hice lo que me enseñaron? ¿No fui preso de las circunstancias? Lo fui. Por supuesto que lo fui. Pero pagué con el desprecio que ella me dio, el miedo que sentí de Armand hacia mí y la soledad que sentía a pesar de estar rodeado de otros como yo. Sólo las ratas, y su sonido, me mantenían cuerdo.

Tuve dos grandes amores, tan terribles como dolorosos, que escupieron sobre mis palabras y me dieron la espalda. No los culpo. Yo le di la espalda a Dios. Flagelarme no serviría de nada. Mi vida será el mayor de los infiernos. Tenía un poder fatal y unas creencias tan fuertes que perjudicó mi alma. Cuando quise retroceder mi corazón era negro, una gema tan negra como el azabache, y no podía escapar. Era un necio lleno de salmos vacíos. Ahora sé que lo fui. La sangre no transformó al sacerdote, fueron las creencias implícitas en la sangre y una verdad terrible lo que hizo que se convirtiera en un ser horrible. Sé que merezco mi castigo, pero quiero creer que vendrá de manos de Dios. Aún creo en Él.

Santino

6 a.m del 30 del 11 del 2000 Después De Nuestro Señor Jesucristo.  

martes, 7 de octubre de 2014

A mi muchacho

¡Dios mío! ¡Manuscrito de Santino! Hay que ponerlo en buen recaudo antes que Marius lo destroce... 

Lestat de Lioncourt 


No puedo evitar pensar que mi vida pudo tener un cambio, un inicio distinto, y conseguir al fin un rumbo más acorde a mis planes iniciales. Pero la vida jamás te da la oportunidad de enmendar tus pasos, una vez los das ya no puedes hacer nada. Por mucho que deseemos, o ansiemos, poner marcha atrás a nuestras huellas ya es imposible. El plan trazado, las marcas acotadas, el discurso elaborado y cada noche nueva que se añade a tus siglos se convierte en una carga, aunque hay ocasiones que esa carga se vuelve liviana y eres capaz de cargarla con una sola mano.

Siempre creí en Dios todopoderoso. Una entidad con defectos y virtudes, como todos nosotros. Un ser que había hecho al hombre a su imagen y semejanza, con sus debilidades y sus pequeñas fortalezas. Seres apasionados, incluso irresponsables, que se dejan llevar por sus instintos más primarios como el miedo, el deseo sexual o el apetito. Pero a su vez, él es sensato y sabe elegir. Nosotros, sus hijos, somos torpes y terminamos errando. No podemos juzgarlo por habernos dado la oportunidad de elegir un camino u otro. Los senderos están para cruzarlos, del mismo modo que para elegirlos. No podemos centrarnos en decir que queremos ser buenos, pero luego querer el sendero más fácil hacia la victoria usando tretas que causarán dolor a otros.

Cuando era casi un niño solía mirar los textos sagrados. Pocos existían. Eran fragmentos diseminados. El mundo entero crujía por guerras, eran crujidos de armas una contra otra. Podía escuchar las espadas, el grito de muerte de alguien herido y sus cánticos hacia sus dioses. Era la época en la cual aún se perseguía a los que eran diferentes. Conseguí estudiar cada piedra que era tomada por santa gracias a los escritos y dibujos. Pude vivir en el interior de las ciudades, o más bien sobrevivir, y un día me transformaron en lo que soy.

Tan sólo tenía un par de siglos cuando me topé con Marius. Él era más fuerte que yo, pues su maestro era un milenario que habían atrapado como Dios en rituales celtas. Era un ser hermoso, de cabellos rubio pajizo y ojos fríos como el hielo. Juro que jamás he visto a un ser tan hermoso envuelto en tanto orgullo y ceguera. No quiso ver mis buenas intenciones. Ni siquiera escuchó mis ruegos. Él simplemente quemó mi túnica y humilló mis ritos. Nunca he sido vengativo, no me gustaba esa parte de mí, pero con él lo fui. Esperé que se confiara, que tuviese una vida brillante y deliciosa, y con paciencia urdí un plan terrible.

Destrocé sus obras, aniquilé a todos los que amaba y le quemé hasta casi la muerte. Pero algo bueno surgió de entre las cenizas, la sangre, el dolor y las pinturas quemadas. Era él. Un ángel. Un ser de cabellos de fuego y ojos castaños que te rompían el alma. Suplicaba por su vida. Era joven. Vi en él la fe. Leí en su mente los viejos recuerdos de una tierra fría que siempre estaba cubierta de blanco en los meses más terribles. Un niño, prácticamente un niño, que con su inocencia creyó todo lo que Marius le enseñó. Pero era tan inocente que no sabía quienes eran los que custodiaba con fiereza, igual que todos nosotros desconocíamos algo más allá de la mera leyenda.


Amé a ese muchacho porque me vi reflejado en él. Me conquistó con su deseo de ser amado. Lo llevé lejos de todo lo que él conocía, lo convertí en mi discípulo y le di una nueva vida. Él siempre albergó esperanzas de redención, sueños turbadores sobre su viejo maestro y ciertos deseos de conseguir ser feliz. Sin embargo, creo que jamás lo ha sido. Ni siquiera ahora puede considerarse que ha logrado hallar un pedazo de felicidad. Siempre llevará consigo el desasosiego de haber sido abandonado a su suerte, torturado miles de veces y convertido siempre en lo que otros deseábamos para él. Me equivoqué, pero jamás he dejado de quererlo. No es la primera vez que lo confieso, pero quizás este documento algún día llegue a sus manos y pueda comprender hasta que punto me siento culpable de su amargura eterna.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt