Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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domingo, 11 de octubre de 2015

Amor y odio

Un escrito que ha aparecido en un viejo cajón de las pertenencias de Santino. Armand me lo ha entregado entre lágrimas. Ahora comprendo algunas cosas y él también.

Lestat de Lioncourt 

—¿Por qué me trataste así?—preguntó mientras iniciaba mi segundo movimiento, moviendo un peón una sola casilla.

Jugábamos al ajedrez. La chimenea estaba encendida. La luz tenue de las llamas era tremedamente seductora. Él se veía como un ángel encarnado, pues sus mejillas sonrosadas y sus labios carnosos parecían esbozar una súplica divina.

Armand poseía una belleza única. Siempre lo había amado. Era un monstruo con aspecto de ángel, la bondad encerrando la malicia, y su alma, profunda y oscura, hablaba de dolor, soledad y amargura. Quería besar sus mejillas y estrecharlo contra mí, rogando su perdón, pero era algo que no tendría. Aceptaba que él jamás me reconocería como un igual, sino como un superior al cual temer aún en ese entonces.

—No sé a qué te refieres. Te toca mover—dije apoyándome en la mesa.

—Santino, me convertiste en un monstruo—susurró.

—Te moldeé, igual que hicieron conmigo—respondí encogiéndome de hombros—. ¿Vas a mover?

Intentaba desviar la atención hacia otro tema. No quería discutir. Mis dedos enjoyados eran muy distintos a las manos crueles que lo sostuvieron, las mismas que le llevaron ante él a su mejor amigo y ese que le sentenció con otro nombre en un bautismo de sangre. Cruel. Fui tremendamente cruel. Le despojé de todo, incluso de los lienzos, para convertirlo en una copia mía mejorada.

—¡Ahora no importa el ajedrez!—estalló.

—¿Y qué deseas oír?—dije recostándome en la silla.

—La verdad—chistó.

Me miraba suplicándome un poco de piedad, pero desconocía que era eso. Había asumido que no podía decirle la verdad. ¿Cómo iba a asumir él que le amaba? Yo, el cruel verdugo, moría de amor por su víctima.

—La verdad es peligrosa e inútil ya—aseguré—. El pasado ha quedado atrás, así que vive el futuro.

—Futuro...

Sus ojos brillaron llenos de ira. Unos ojos castaños y prodigiosos. Podía ver en ellos la profundidad de un mar peligroso, pues era un ser terrible. Realmente había convertido a aquel muchacho alegre, ajeno ya a la amargura, en un ser lleno de heridas que jamás cerrarían. Tenía en su alma tatuada muchas frases inacabadas, palabras nunca dichas y momentos que no se recuperarían. Yo lo sabía.

—¿Vas a mover?—insistí.

—¡A demonio tú, el ajedrez y el futuro que me arrebataste!—dijo tirando el tablero, junto a las piezas, para salir de la habitación.

—Armand...


Quedé inmóvil. No debía ni podía ir tras él. Sabía que Marius jamás me perdonaría un nuevo acercamiento. El odio de aquel inútil podía todavía respirarse entre los dos.  

domingo, 27 de septiembre de 2015

Amor y comprensión

La relación de Benji y Armand se ha deteriorado un poco, pero al parecer sigue funcionando aunque sea en mitad de una guerra campal. 

Lestat de Lioncourt

El ruido era ensordecedor. Podía escuchar aquella máquina triturando con sus pequeñas hélices cualquier insecto, producto cosmético o miembro amputado de alguna víctima. Realmente no quería saber qué demonios estaba horneándose en aquella cocina de los horrores. Permanecí sentado en la escalera, con el rostro entre mis manos y la mirada pegada a la puerta cerrada. El pomo no se giraba. Hacía tiempo que no entraba en aquel lugar, tanto como mi mente creció y dejó de ver con estupefacción, y cierto brillo de ilusión, las perturbadoras creaciones de Armand.

Las pequeñas travesuras habían acabado, pero él seguía destinando parte de su tiempo en elaborar productos terribles. Indagaba la resistencia de los electrodomésticos, comprobaba si funcionaban las inservibles máquinas sólo vistas en televisión y daba a probar sus mejunjes a los pobres incautos que terminaban presos de su rostro aniñado, estrecha cintura y apariencia angelical.

Discutía con él a todas horas, cada segundo que pasaba en la vivienda era una nueva discusión si tenía un encontronazo casual y podía ver en sus ojos cierta decepción. Yo le decepcionaba, cuando el decepcionante era él. No evolucionaba. Veía todo como si fuese un niño el día de Navidad. Tenía que despertar, madurar, cambiar y proyectarse hacia un nuevo camino. Sin embargo, sus acciones acumulaban prodigiosos beneficios, sabía crear empresas y manipular a sus inversores convirtiéndose en un emprendedor. Yo jamás llegaría a tener tan buenas inversiones y ventas. Si bien, él desperdiciaba su talento en aquella reducida cocina.

Tras varias horas decidió salir. Cuando lo hizo tenía las ropas manchadas de sangre, olía a especias, pinturas y restos humanos. Pude ver en sus manos un pequeño paño empapado en tejido y cabellos que le servía para limpiarse a duras penas. Sus ojos almendrados de destellos dorados, tan hermosos, me miraron cansados y febriles.

—¿Qué has hecho?—pregunté en un tono ligeramente molesto.

—Si quisiera saberlo, Benjamín, habrías entrado—respondió.

—Me iré de ésta casa muy pronto—anuncié.

Aquello fue terrible. Su expresión fue de horror. El trapo cayó al suelo y salió corriendo hacia su habitación. Esa reacción, típica de un adolescente, me molestaba y preocupaba. No fui tras él de inmediato, pero acabé por arrastrar los pies hasta su habitación.

No estaba allí. Los hermosos frescos no estaban siendo contemplados, con la vista perdida, por quien fue todo para mí. Él estaba en el baño. Se escuchaba perfectamente el agua correr. Decidí girar el pomo de su aseo personal, entré y lo vi desnudo dejando que el agua limpiara las salpicaduras de sangre de su víctima, pero también sus lágrimas. Abrí la boca, pero no pronuncié palabra alguna.

—Vete, como todos—dijo apretando los puños—. ¡Vete, pero no regreses! ¡Vete donde no te escuche ni te vea!

Di un par de pasos titubeantes hasta la ducha, para luego meterme con él allí mismo. Él estaba vestido, yo también. Ambos nos empapábamos. Su frágil, pero esbelta, figura se dejó estrechar entre mis brazos algo más pequeños. Éramos casi de la misma estatura. Yo parecía todo un hombre, sobre todo con ese sombrero de ala ancha negro. Él no. Él parecía un niño perdido y enloquecido, el cual deseaba llamar poderosamente la atención de todos. En ese momento comprendí que Armand sólo quería llamar la atención de otros, sobre todo la mía y la del amo. Marius no solía acceder a conversar con él y únicamente lo hacía con Antoine o Sybelle. Ambos músicos calmaban su dolor, pero no lo aplacaban del todo.

—Me quedaré—susurré acariciando su rostro con la punta de los dedos de ambas manos.

—No quieres quedarte—dijo en tono amargo.

—Sólo si me permites comprenderte... Todavía no lo hago, Dybbuk.

Aquel apodo sonó extraño, como si fuese la primera vez que lo decía. Pero, por supuesto, no lo era. No fue forzado, aunque lo había olvidado. Era como si al fin recordara quién me había salvado, quién había puesto en mis manos grandes y fabulosos planes que nunca se dieron y quién, con todo su amor, me llenaba de besos antes de dormir.


Me sentí miserable, pero no dije nada. 

domingo, 9 de agosto de 2015

Conversaciones necesarias

Armand y Daniel deberían hablar largo y tendido a solas. 

Lestat de Lioncourt


Hoy ha ocurrido algo que todavía intento asimilar. Ha sido un suceso realmente extraño y extraordinario. Hacía varios años que no conversaba con Armand de la forma en la cual lo hemos hecho hoy. Desde hace algún tiempo todos estamos conectados. Hemos comprendido que no vale la pena despreciarnos, odiarnos y olvidarnos. Comprendo perfectamente los sentimientos encontrados de mi creador, así como sus necesidades de encontrar afecto inclusive en objetos inanimados. Codicia lo que otros tienen porque a él le han negado en infinidad de ocasiones un respeto puro, sin miedo u odio.

A primera hora me encontraba frente a mi vieja olivetti, pues reconozco que me es imposible concentrarme frente a un ordenador. Organizo mejor mis ideas frente a mi vieja amiga. Los ordenadores está bien para difundir información, pero amo lo clásico y acorde a mi época. Él apareció súbitamente emocionado, me estrechó y se subió a la mesa moviendo sus piernas. Parecía un adolescente caprichoso y feliz, para nada el ser siniestro que puede llegar a ser. No era el ángel de la iglesia, harapiento y sucio, que vio Lestat. Tampoco el líder que descubrió Louis. Ni siquiera era el niño moribundo que Marius tomó entre sus brazos. No. Jamás podrías creer que ese muchacho pudiese contener un alma antigua y siniestra. Su boca generosa, sus pómulos llenos y esos ojos profundos, aunque castaños, arrebatarían el aliento a cualquiera. El pecado hecho carne, supongo.

—Hola—dijo tras unos segundos de silencio—. ¿Qué haces?—preguntó husmeando con curiosidad mis documentos.

—Me dispongo a escribir sobre un tema que me resulta muy interesante. Quiero subirlo a la web en unas horas. Es el tema sobre la mitología que nos envuelve—respondí—. ¿Acaso necesitas algo?

—No. No necesito nada.

Me encuentro en su edificio en Nueva York. Marius ha decidido que debemos vivir cerca los unos de los otros. Lestat pidió que estuviésemos, los más cercanos a él, concentrados en pequeños grupos y dispuestos a llevar el peso de las decisiones que él tomaría de acuerdo al consejo principal. El consejo está basado, o formulado, en base a los más antiguos y también, por supuesto, a todos aquellos que conocen bien su forma de pensar. Aunque decir que conoces bien a Lestat es una utopía. Es demasiado impredecible nuestro “gobernante”. Digamos, que Lestat es una caja de sorpresas que no podemos controlar y tampoco debemos hacerlo.

—De acuerdo—. Decidí continuar con mi trabajo, pero sus ojos no se apartaban de mí. Por eso volví a realizar la misma pregunta una vez más—. ¿Necesitas algo?—pregunté apartando las manos de mi máquina de escribir, para colocarlas sobre las suyas.

Vestía muy informal. Sabía que había estado por los barrios bajos cazando alguna presa. Tenía las manos cálidas, igual que las mejillas algo ruborizadas. Llevaba puesto una camisa de cuadros negros y azul cielo, camiseta sin mangas blanca, unos tejanos deslavados claros algo sucios, unas deportivas Converse en el mismo tono de azul que la camisa y un colgante que me resultaba familiar.

—Armand, ¿ese colgante de madera fue mío?—pregunté estirando mi mano derecha hacia su cuello. Toqué el cordón de tela cola de razón y deslicé los dedos hasta la madera. Era una cruz de madera. Siempre la había llevado conmigo cuando era un adolescente. No creía en Dios, pero la encontré en la calle y decidí que la llevaría conmigo. Jamás pensé que me protegería, diese suerte o fuese algo importante. Pero, allí estaba. Esa cruz me trajo recuerdos y él pareció perdido en sus pensamientos, al igual que yo lo hice por unos instantes.

—Estaba entre tus pertenencias cuando decidió Marius cuidarte—explicó apartando mi mano con cuidado, para luego quitársela y tendérmela—. Ahora estás aquí. No tengo porqué llevarla para recordarme que el amor y los deseos tienen un alto precio—susurró. Tomó mis manos entre las suyas, dejó el colgante entre mis dedos y se bajó—. Vine porque deseaba verte. Quería ver con mis propios ojos que sigues siendo el mismo hombre que una vez fuiste. Ya no eres un ratón temeroso en un rincón de la habitación. Mi presencia no te resulta incómoda, al igual que yo no me siento abatido cuando te miro—rió como lo haría un niño y se bajó de la mesa—. He mentido muchas veces, sobre todo en lo que respecta a nosotros, y ahora no tengo porqué hacerlo. No hay motivos.


Los inmortales solemos mentirnos para poder superar los momentos más terribles, oscuros y dolorosos que vivimos día a día. Es una forma de afrontar lo que sufrimos. Algunos nos centramos en tareas mecánicas, como fue mi caso, y otros intentan engañarse con falsos testimonios, como es el caso de Armand, Louis o Marius. Tal vez debí impedir que se fuese de la habitación, pero permití que se marchara y buscara cierta paz lejos de mi presencia. Si bien, desde aquí, aclaro que no le odio, aunque es imposible que podamos vivir sin discutir. Aceptaría sus abrazos, aunque no del todo sus consejos. No suelo seguir los consejos de nadie, pese a que los escucho con cuidado y los tengo presentes a la hora de decidir qué hacer o qué sentir. Quizás medito demasiado las cosas... Sí, lo hago. La próxima vez no le permitiré salir de la habitación sin abrazarlo y darle las gracias por admitir que yo fui importante para él, del mismo modo que él lo fue para mí.  

sábado, 25 de julio de 2015

Amistad eterna

—Aunque no lo creas, te amo—dije sin pensarlo. Fue como una revelación que había estado ahí, a la vista de todos, y yo no hubiese sabido expresarlo hasta ese momento. Quizás fue el pánico de saber que era imposible aceptar algo como aquello, pues siempre habíamos sido rivales demasiado confrontados y con una historia trágica tras nuestras huellas.

Él me miró. Detuvo sus pasos y se giró para verme a los ojos. Su rostro no reflejaba emoción alguna. Por un instante creí que se había convertido en una escultura de mármol. Me recordó a la primera vez que lo vi con la escasa iluminación de las numerosas velas de la iglesia. Pude apreciar inclusive el olor a cera quemada, incienso y polvo. Como si fuese una ilusión sus ropas modernas, tan caras como elegantes, se convirtieron en aquella túnica oscura y raída. Su cabello, cepillado hacia atrás, volvió a estar enredado y lleno de musgo, tierra y polvo. De nuevo era el niño descalzo en la iglesia, el muchacho que parecía un ángel que acababa de caer a la tierra.

Dio un par de pasos hacia mí y la ilusión se rompió. Olí su caro perfume francés, el cual siempre lo envolvía con un ligero toque de jazmines y rosas. Era un aroma muy primaveral y fresco, para nada masculino. Posó sus manos sobre mi chaqueta y acarició las estrechas solapas, para colocar sus dedos sobre mis hombros y apretarlos ligeramente. Se puso de puntillas y aproximó sus labios a mis mejillas. Me dio dos besos en la cara, con una ternura impropia del monstruo que podía llegar a ser, y se quedó mirándome a escasos milímetros.

Creo que me perdí en aquellos profundos ojos castaños. Por un instante comprendí a Marius y sus visiones. Pude revivir el cuadro que él había pintado y que había escuchado describir en miles de ocasiones. Amel suspiró y después rió bajo mientras yo estrechaba a Armand entre mis brazos. Lo acaparaba como si fuese la última y única ocasión para hacerlo.

—Yo siempre te he amado—escuché como respuesta—. No comprendía el amor, tan sólo el capricho y la necesidad. Sin embargo, con el paso del tiempo me he dado cuenta que no sólo te quería para olvidar mi soledad, sino porque tú eres parte importante de mi historia y no sé que haría sin tu imprudencia, escaso tacto y estúpida sonrisa—se apartó de mí y dio dos pasos hacia atrás—. Me repatea lo estúpido que puedes ser, pero aún más me duele que te quedes callado y no me digas nada. Me he acostumbrado a discutir contigo y a quererte a mi modo—sonrió de forma apacible encogiéndose de hombros, como si quisiera restar importancia a sus palabras.


Algo en mí se movió y provocó que lo abrazara, besara en la boca y hundiera mis largos dedos en sus ondulados cabellos castaño rojizos. Aquel pelirrojo, de aspecto celestial, era un demonio lleno de sorpresas. Un demonio como lo era yo. Un demonio que no era ni malo ni bueno, sino consciente de sus virtudes y defectos. Le amaba porque él era parte de mi historia y de mi futuro.


El Jardín Salvaje FB  

viernes, 24 de julio de 2015

Dolor

Marius y su dolor... ¿Por qué no piensa que Armand también sufre? En fin...

Lestat de Lioncourt


Debería sorprenderme por todo lo que he dejado de sentir con el paso de los años, pero más bien me sorprendo por aquello que no puedo borrar de mi alma. Es como una mancha indeleble con el paso del tiempo. Se extiende ese dolor, se aferra a mí y soy incapaz de erradicarlo. Ya forma parte de mis recuerdos, de mis largas noches y mis bajas pasiones. Se ha convertido en la raíz de una mandrágona que envenena induciéndome a pintar cuadros cargados de lirios, tan hermosos y como terribles. Lirios que posan a los pies de un ángel de rostro dulce, aunque de una mirada castaña enturbiada por la soledad y el dolor, únicamente arropado por unas tupidas alas negras que envuelven su piel de mármol. Sus largos cabellos de fuego rozan sus hombros, sus mejillas y se arremolinan silvestres en su frente. Él es ese recuerdo que no logro apartar.

Durante siglos Pandora fue mi motivación. Era el único recurso que poseía para seguir cuerdo. Pintaba su rostro en cada Venus que lograba alzar entre los muros de mi mansión. Pintaba sus ojos en las ninfas de los arroyos. Decoraba muros inmensos con su recuerdo. Sin embargo, no es su recuerdo el que ahora me pesa. Ella y yo hemos decidido que nuestro amor es un vínculo que siempre estará ahí, que no desaparecerá, pero que jamás podremos tener porque es imposible dejar las discusiones a un lado y centrarnos en el silencio de nuestras miradas apasionadas.

Convivo con el joven Daniel Molloy, creación de ese siniestro ángel de hermosos y carnosos labios, pero no me llena. Su compañía me calma, disfruto de sus palabras y admiro su tenacidad. Estoy completamente a sus pies. Sin embargo, él aparece como una siniestra y alargada sombra recordándome todo el mal que he hecho. Me siento terriblemente hundido en mi mundo de miseria.


Necesito enfrentarme a él, pero sé que tendré que soportar demasiados reproches. Vivo una vida tranquila y digna lejos de su manipulador encanto. Deseo olvidar su estrecha cintura, sus delicadas manos, sus muslos cálidos y su encantadora boca con lengua de serpiente. Una lengua que reptaba y reptará siempre con las palabras adecuadas para condenarme, del mismo modo que se condena él.  

jueves, 9 de julio de 2015

Gracias a ti

Benjamín se ha convertido en una pieza fundamental de nuestra tribu. Es un buen compañero y creo que debería ser escuchado y no sólo permitirle escuchar.

Lestat de Lioncourt


A veces me siento impotente. Observo todo desde la distancia e intento convencerme que es lo único que puedo hacer. Frente al micrófono relato el sufrimiento que puedo contemplar en los ojos de otros que me observan como si fuese su única voz. Recuerdo los tiempos en los cuales tan sólo tenía que cargar con mi sufrimiento, pero ahora es distinto. Quizás, sólo quizás, es eso lo que me ha hecho cambiar. He madurado demasiado rápido. Tal vez tan rápido que Armand aún no comprende que no tiene ante él a un niño, ni un adolescente, sino a un hombre. Acepto que aún poseo cierta inocencia. Una inocencia primaria, muy básica, en la cual demuestro ilusión por cosas sencillas que pasan desapercibidas para el común de los mortales, e incluso para mis compañeros.

No hablaré de mis tristes orígenes, tampoco de la miseria en la cual me vi envuelto. Soy una rata callejera que terminó convirtiéndose en la voz de la calle, de los muertos y de los que aún vivían con heridas tan profundas como las mías. Me compadezco de otros porque a mí me gustaría que he hubiesen compadecido, escuchado y ayudado. Tan sólo tiendo mi mano, una línea de teléfono y un programa donde hacerse escuchar es sencillo.

Recuerdo cuando me aproximé a Armand decidido a convencerle sobre mi fantástico proyecto. Él me había cedido parte de sus riquezas, también tenía el apoyo de nuestro creador. Para mí Marius es mi amo. Yo fui creado desde la esclavitud, igual que aquel hermoso Amadeo que una vez se deslindó de sus alas y se convirtió en el niño mugriento que caminaba descalzo por París. Aquella noche discutimos, pero no fue una discusión brusca. Casi nunca discutimos de forma brusca. Nuestras discusiones son pausadas, sosegadas a veces, pero terminan siendo explosivas por los portazos y los golpes sobre la mesa. Sé que el me ama y que teme que me exponga demasiado, pero no puedo quedarme quieto sin hacer nada. No quiero ser un empresario brillante que conduce un lujoso deportivo. Prefiero engañar a muchos haciéndoles creer que todo es mentira en esa página donde los vampiros claman por ser escuchados y por escuchar a otros.


Hoy ha escuchado el programa. Sé que está inquieto. Pronto podrá de nuevo escuchar nuevas entrevistas conjuntas con otros vampiros. Teme que su corazón se debilite y quede de nuevo frágil. Cuando le conocí era la sombra de lo que ahora es. Desconozco como ha podido vivir con tantas heridas y dolor, también como puede aún hoy guardar cierto rencor. No le profeso lástima, sino piedad. Me apiado de sus sueños rotos, de sus alas maltrechas, de sus sentimientos confusos y de su necesidad de ser amado. Yo le amo. Creo que incluso he llegado a amarlo más que Marius. Para mí es un pilar fundamental en mi vida, pero también soy consciente que somos muy distintos. Sin embargo, amo bailar a su lado, dejándome llevar por cualquier tipo de música y besar sus labios con sincera devoción. Doy gracias que me permitiera ser lo que soy. Me ha permitido ser el bálsamo para muchas heridas.  

jueves, 4 de junio de 2015

Ira

Marius y su ira. Es demasiado irritable, pero esta vez la culpa es suya. Llegó tarde, ¿verdad?

Lestat de Lioncourt


Se personó frente a mí. Llevaba sus viejos atuendos. No había nada de “bárbaro” en él. Sus pies estaban calzados con unas simples sandalias de cuero de suela baja, su túnica era roja como la sangre y sus cabellos se encontraban sueltos, ligeramente desarreglados, aunque su rostro estaba despejado. Tenía una belleza comparable con la de Jesucristo en los altares, pero no era más que el hipócrita que seguía siendo la causa de mi maldición.

Olía a pinturas. Podía aspirar los distintos químicos que había usado para intentar limpiar la pintura de su piel inmortal, casi marmórea, mezclado con el incienso y la cera. Había estado pintando otra vez algunos frescos con la técnica de antaño. No sabía porque había regresado a mí, buscándome en el enjambre de la ciudad y hallándome en aquel tugurio que solía frecuentar Benjamín. Él estaba en un reservado, bebiendo de sus pocos amigos mortales y sonriendo encantador a los halagos de todos esos ineptos. Por mi parte, como siempre, me hallaba en la barra del bar intentando soportar la insulsa charla del camarero. No sabía como él, un ser que decía detestar esos ambientes, estaba allí buscándome con aquellas ropas que parecían de carnaval y con sus ojos inyectados en una rabia incomprensible.

—Te he estado buscando—dijo en tono severo—. ¿Por qué no estabas en tu apartamento?

—Hago vida social—respondí recostado de lado sobre la barra—. Te presento a Marcos. Él es el camarero más insufrible que conozco, pero su compañía es mil veces más enriquecedora que la tuya—susurré con malicia en un tono que aquel idiota mortal no podría escuchar—. Ah... los padres... ¡Qué pesados!—dije en voz alta—. Marcos, ¿alguna vez te han decepcionado tanto que te han roto el corazón en mil pedazos? Mi padre lo ha hecho tantas veces que ya perdí la cuenta.

El muchacho se quedó observando al idiota que tenía frente a él. Un idiota majestuoso, con un aire imponente, que miraba con rabia al chico. Creo que sólo veía a una cucaracha con un impecable uniforme. Sin embargo, el chico era atractivo. Tenía una boca llena, muy apetecible, y unos ojos castaños profundos y sensuales. Su piel era tostada, como la de Benjamín, y su cabello corto dejaba entrever que era rizado y espeso. Sin embargo, su diálogo era insufrible y sus sonrisas coquetas inaguantables.

—Vine a por ti. No quiero reproches—respondió.

—Armand—la voz de Antoine destacó de entre la multitud.

Allí estaba él, el músico que acepté en mi vida y en mi nueva historia, caminando entre los hombres y mujeres que atestaban el local. Vestía un traje negro impecable y una camisa azul pastel a juego con sus hermosos ojos. Cuando llegó hasta nosotros me abrazó, rodeándome por la cintura, mientras dejaba un pequeño beso en mi frente.

Marius estalló en cólera silenciosa. Finalmente dio media vuelta sin decir nada más, para luego marcharse del local. Minutos después una ráfaga de aire hizo explotar todos los cristales hiriendo a numerosos clientes. Varias alarmas de los vehículos cercanos empezaron a sonar, sus cristales habían estallados y algunos estaban quemándose. Olía a goma quemada, pero también a tapicería y plástico que se consumía con rapidez. Muchos empezaron a chillar e intentaron huir por la puerta trasera. Benjamín apareció abrazándose a mí, pero yo no tenía herida alguna. Antoine también se encontraba ileso.  

lunes, 27 de abril de 2015

Un corazón con compás de violín

Antoine no es del todo como Nicolas, aunque siente la misma pasión por la música. Armand está empezando a abrirse a él. Espero que no termine como la última vez.

Lestat de Lioncourt


—Te comprendo—dijo con aquel cálido acento francés. Un acento que no había perdido con el paso de los siglos. Esos ojos azules, tan profundos, me escrutaban devorando mi alma. Miraba cada uno de mis rasgos y provocaba que un leve rubor subiese a mis mejillas. Un muchacho tan hermoso, de maravilloso talento, estaba frente a mí con la poderosa sangre de Lestat. Era tan joven, o tan antiguo, como Louis—. Comprendo el dolor que sientes—murmuró dejando su violín sobre la mesa de mármol, para luego aproximarse hasta mí, arrodillarse frente a mi menuda figura y acariciar mis manos cruzadas sobre mis muslos—. Sé lo que sucede en tu corazón herido y la soledad que has tenido que sufrir a lo largo de los siglos.

El piano sonaba de fondo. Sybelle tocaba una de las excelentes composiciones de Antoine. Iba por encima del ritmo habitual de cualquier mortal. Tocaba con un encanto sobrenatural irresistible. ¡Ah! La amaba. Amaba ese talento que poseía y amaba el talento del muchacho que se arrodillaba frente a mí, como si fuese a pedirme el corazón y la vida entera, mientras me imploraba con esos ojos que relampagueaban.

—Tú no comprendes lo que siento—dije apartando sus manos—. Sólo puedes ver un mero reflejo en mis ojos.

—Estoy dispuesto a profundizar en ellos, ahogarme si hace falta, y besarte las heridas—volvió a tomarlas entre las suyas, mucho más cálidas y humanas que las mías, para luego rozar la punta de mis dedos con sus labios.

—¿Tú? ¿Y qué he hecho yo por ti?—pregunté moviéndome incómodo en mi asiento.

Amaba aquel sillón. Poseía unas patas encantadoras que parecían garras, la madera era negra y parecía quemada con el fuego del infierno, y el forraje de terciopelo azul era meramente encantador. Un capricho. Tan sólo era un capricho. Tener ese sillón de respaldo alto, fuertes brazos y cómodo asiento cerca de la hoguera y no muy alejado de una estantería repleta de libros. Los mismos libros que Louis leía junto a mí una y otra vez sin cesar.

—Aceptarme—contestó incorporándose—. Me has acogido en tu casa, dándome un lugar donde refugiarme de mi dolor, y has permitido que narre mi historia bajo la cálida mirada de tus compañeros.

Se movía por la habitación con una elegancia propia de otra época. Los pantalones ajustados que llevaba, algo clásicos pero de estilo moderno, realzaban su menuda figura al igual que la camisa con chorreras con encaje. Yo mismo le había regalado esas prendas. Aún no sé porqué. Quizás era remordimientos. Sentía cierta angustia al ver a ese músico frente a mí. Tenía un carisma menos oscuro que Nicolas, pero no podía dejar de ver en él ciertas similitudes. Quizás era esa pasión por tocar el violín, su forma decidida de hablar de la música y el ingenio que tenía al escribir obras para Sybelle como hizo para Lestat.

—No he hecho tal cosa—quité importancia a ese hecho, pues no quería pensar en ello.

—Abriste tus brazos a mi música y te conmoviste. Pudiste matarme.

—No creas todo lo que leas o escuches acerca de mi carácter—una sonrisa amarga bordeó mis labios, pero la detuve. Me contuve en no sonreír y mostrarme serio, como un ángel inmóvil y perfecto de una iglesia cualquiera.

—Sé que lo podías haber hecho, pero detuviste ese acto cruel—susurró—. De improvisto me abrazaste, rodeaste mis hombros y me diste cobijo frente a la chimenea—se acercó de nuevo, colocando sus manos sobre mis hombros, y me sonrió.

—El fuego...

—Sí, el fuego que muchas veces ha dañado mi cuerpo y me ha hecho fuerte—dijo con total sinceridad. Pues primero había sido quemado por Louis y luego por unos desalmados en épocas más modernas. Había logrado sobrevivir. Era increíble. Tan joven y sobreviviendo al fuego—. El mismo fuego que provocó que me enterrara y escuchara las ondas de la emisora de radio. Recuerdo tu nombre vivamente de labios de Lestat, así como de labios de otros tantos y de los libros que se acumularon en la estantería de mi vieja vivienda.

—¿Y qué deseas de mí?—cuestioné.

—Amor—esa maldita palabra cruzó de sus labios a mi pecho provocando una herida mayor. Era como una bala—. Dices que no sabes lo que es y que ahora estás comprendiéndolo, apreciándolo y ofreciéndolo. Quiero ese amor. Deseo darte amor. Necesito convivir contigo para comprender cuál es el motivo de tanto dolor. Quisiera arrancarlo.

—¿Tú? ¿Te das cuenta a quién se lo pides?—me enfurecí ligeramente, pero no podía molestarme con él. Realmente decía aquello con total sinceridad.

—A un ángel que convirtieron en demonio los mismos que rezaron a Dios por la venida de un Mesías.

—Hablas como un idiota—dije aguantando mis lágrimas.

—Tal vez lo soy—respondió tomándome del rostro.

—¿Y por qué tengo que escuchar tus estupideces?—pregunté apartando sus manos de mí, para incorporarme y acercarme a la chimenea. Me apoyé en ella viendo el fuego consumiendo la leña. Quería llorar. Fuera el mundo lloraba por mí. Nueva York era arrasado por una lluvia terrible.

—No lo sé. ¿Por qué lo haces?—dijo abrazándome por detrás.

Sus brazos me rodearon firmes y seductores. Sentí su aroma envolverme. Mis ojos se cerraron como si fuese a descansar. Noté sus dedos abriendo mi chaqueta, deshaciéndose del pañuelo blanco de seda que llevaba al cuello, tirando la americana al suelo y abriendo mi camisa de blanco algodón. Sus dedos presionaron mis pezones, su lengua se pasó por mi garganta y yo me giré mirándolo a los ojos. De inmediato lo besé, sin necesidad de compartir la sangre, mientras él me rodeaba recibiéndome entre sus brazos.

Aquel beso transcendió. Provocó que comprendiera al fin el significado de la vida misma y del amor. Por primera vez alguien me besaba con un arrebato de furia y lograba que mis lágrimas se evaporaran. Cuando se apartó sonrió acariciando mi rostro, como si tocara a un ángel real, y me besó las mejillas. Ese amor puro que veía en sus ojos, sin mentira alguna, me turbó.

Tuve que salir de allí, dejando mi chaqueta celeste cerca de la chimenea manchándose posiblemente de hollín, para luego encerrarme en mi recámara y mirar al techo. Allí me perdí en el delicioso fresco del techo. Había logrado conseguir que plasmaran la belleza del renacimiento, la época más placentera de mi vida, lo cual me calmaba. De fondo su violín cantaba para mí. Él mismo me ofreció un salvaje susurro de “Es para ti” que me electrocutó.


Toda la vida deseando ser amado y cuando lo tenía, cuando al fin llegaba, huía asustado como un ratón en una jaula.   

martes, 21 de abril de 2015

Mi última carta

Ya lo hizo. El despechado... digo... Armand... ha tomado papel y pluma. 

Lestat de Lioncourt 


Quisiera decirte todo lo que siento, pero me reservo las palabras más duras para cuando podamos retomar nuestra última conversación. Es un misterio esto del amor. Todo parecía haber regresado al punto en el cual todo se quebró, pero al parecer jamás me quisiste tanto como proclamaba. Sólo fui un parche en tu corazón. Me convertí en una página en tu memoria. Contemplaste mis ojos castaños, esos que tanto decías amar, y sólo me mostraste la frialdad que le ofrecías a otros. Tal vez fue un error creer que podríamos resucitar el pasado. No hay ni una pizca de felicidad en tu rostro cuando me contemplas. Soy un fracaso.

Sin embargo, no te escribo para decirte todo lo que ya sabes. Si hago ésto es porque creo que es razonable decirte que espero que logres ser feliz. Por mi parte estoy logrando tocar las estrellas, esas que parecían lejanas y perdidas. He encontrado una pequeña isla de felicidad en mi corazón, allí donde no estás tú y jamás has estado. Tengo un nuevo principio que escribir y tú no vas a ensuciarlo. Definitivamente has perdido toda oportunidad y yo no tengo la paciencia necesaria para aceptar tus absurdos tratos.

He visto en ti a un hombre derrotado que se deja llevar por sus estrafalarios deseos y por las extrañas inquietudes de su nuevo amante. Espero que seáis felices. El resto lo estamos logrando. Me gustaría desearte lo mejor, pero creo que no te mereces siquiera la escasa felicidad que estás logrando. Espero matar del todo esos últimos deseos de volver a encontrarnos, hacerme un hueco entre tus brazos y rogarte que me lleves contigo al fin del mundo. Ya no soy un niño y tú no eres el ángel redentor que creí que serías. Me diste todo, para luego negarme una vida a tu lado. Yo no era lo que tú esperabas, pero tú jamás fuiste del todo el hombre que yo admiraba. Necesito un héroe real, un ser que me aprecie con mis defectos y virtudes, y lamento confesarte que hay miles que encajan mejor que tú en el perfil.

Armand



lunes, 20 de abril de 2015

El hombre que necesitas

Benji y Armand tienen una relación afectiva muy importante. Para mí, aunque no sé ustedes, salió ganando con la imprudencia de Marius al convertir al muchacho en vampiro.

Lestat de Lioncourt


Sus labios temblaban. Parecía confuso. Había estado toda la noche llorando mientras veía su propia imagen en esas viejas cintas de VHS. Ni siquiera yo existía para él cuando las grabó. Parecía mucho más firme en cada palabra, pero en esos momentos era un conglomerado de sentimientos mezclados, enlazados hasta lo más profundo, y convertidos en poesía para la desgracia. Se había quedado ligeramente vacío tras conocer los verdaderos sentimientos de quien siempre ha amado, pese a todo, y que no ha podido olvidar. Jamás comprenderé como pudo mantener la fe en Marius. Yo jamás habría sostenido sobre mis hombros mi felicidad si dependiese de él.

Estábamos sentados en el salón. El programa había terminado pronto. Sybelle y Antoine se escabulleron temprano para una cacería rápida. No quedaba ya restos de las pertenencias de Louis. A solas, él y yo, soportando el paso del tiempo y del silencio. Sus lágrimas manchaban mi camisa blanca, pero eso jamás me preocupó. Intentaba consolarlo, pero no sabía las palabras adecuadas.

Siempre me pareció cautivador, con una mirada profunda más allá de lo que yo podía comprender, y me perdía en él como si fuese un misterio sin resolver. Tomé la decisión de besar su boca. Mis labios rozaron los suyos sin timidez, mi lengua se hundió abriendo sus dientes y se enredó con la suya. Él no opuso resistencia.

Podía notar como sus manos se convertían en puños, apretando las solapas de mi chaqueta. Mi corazón empezó a bombear como el de un adolescente, cosa que siempre seré y que no me importa ser en lo más mínimo. Sin embargo, me asusté cuando me percaté que podía estar pensando en él. Eso me alteró. Decidí cortar el beso y mirarlo con severidad. Él no lo hizo. Sus párpados estaban cerrados, su boca entreabierta y su expresión era dulce. Poseía unas mejillas sonrojadas muy hermosas, como si fueran melocotones maduros, y sus lágrimas le daban un aspecto similar al milagro de un santo. Un ángel. Sí, un ángel. Todos dicen que parece un ángel y es cierto.

—Benji...—susurró en un ligero murmullo, se acomodó en mi pecho y me abrazó con entrega.

—¿Me amas?—pregunté jugando con algunos mechones de su pelirrojo cabello.

—¿Por qué preguntas esa tontería?—dijo hundiendo su rostro en mi cuello, para dejar suaves roces de sus labios y una escueta lamida.

—Me amas, pero ¿por qué no tanto como a él?—lo tomé del rostro, pues quería ver sus ojos cuando me hablase. Necesitaba ver el verdadero efecto de mis palabras.

—Son amores distintos, pero igual de fuertes. No son comparables. Amo a todos, pero de forma distinta. Y, que no te quepa duda Benji, te amo. Te amo desde que te vi. Amo ese rostro ligeramente redondo, algo infantil como el mío y lleno de sabiduría. Cuando te veo a veces veo un niño, por la ilusión que derrochas, pero también al adulto que habita en ti y que sabe ofrecerme una compañía mucho mejor que cualquier otra—sus dedos desabrochaban mi camisa. Eran rápidos, finos y ligeramente fríos. Tenía la piel algo tostada por la exposición al sol de hace unas décadas, pero eso le imprimía una belleza sofisticada—. ¿No te basta?—preguntó justo antes de ofrecerme una lamida de comisura a comisura de mis labios.

Guardé silencio. Decidí que era mejor no reprocharle nada. Sus manos eran seda. No podía detenerlo. Me quitó la chaqueta, la camisa y el sombrero que ocultaba mi cabello revuelto. Sin mucho cuidado me revolvió aún más el pelo mientras se acomodaba sobre mis piernas.

—Tengo algo que me dio Fareed...—balbuceé cuando noté lo que pretendía—. Pero sólo tengo para uno...

—¿Dónde?—dijo apoyándose en mis hombros.

—En el bolsillo de la chaqueta—respondí—. No pensaba usarlo.

—Aja...—susurró impasible.

Veía dolor en sus ojos, pero también deseo. Una idea rondaba su cabeza. De inmediato agarró mi chaqueta, sacó el inyectable y me pinchó. Un delicioso calor me quemaba. Mis pantalones se abultaron. Él decidió bajar la cremallera y sacar mi miembro, de una proporción algo menor que el suyo. Sus dedos se movían suavemente, pero apretaban mi glande. De inmediato eché la cabeza hacia atrás sin saber controlarme. Él me besó en la frente, las mejillas, los labios y el cuello. Cuando quise darme cuenta se había quitado la ropa y se recostaba en el suelo, boca arriba, mirándome insinuante.

No me controlé. De un arrebato caí sobre él metiéndome en aquel estrecho agujero. Sentía la presión y su atenta mirada. Aquello era el paraíso. Era como beber sangre, pero aún más placentero. Era más cálido e íntimo. Mis manos se apoyaron en el suelo. Las suyas se acomodaron en mis costados y sus piernas se abrieron aún más. Levantaba su cadera, la movía al contrario que la mía, y en algún momento, sin yo desearlo, le llené con mi semen. Él sonrió dulcemente volviendo a besar mi rostro.

—Mi hombrecito... —susurró cerca de mi oreja derecha—. Ahora me has marcado como tuyo y puedo considerarte mi hombre. El único—dijo ayudándome a salir de él.


Me recosté a su lado, lo atraje hacia mí y decidió no decir nada. No sabía como tomar aquellas palabras. ¿Me estaba concediendo una nueva categoría? ¿Había ganado a la sombra de Marius? No quise preguntar. Sólo pensé que Fareed debía darme más de esos inyectables de hormonas.  

domingo, 12 de abril de 2015

Malos tiempos

Armand y los malos tiempos. Los malos tiempos y Armand. Aquí tienen una explicación a sus sentimientos, aunque no todos. Armand a veces es extraño.


Lestat de Lioncourt 


Recuerdo las ratas correr sobre los cráneos, sus ojos oscuros amenazantes, su porte inquietante y esa belleza de santo en su rostro con una sonrisa bondadosa, típica de un hombre bueno. Jamás comprendí realmente qué quería de mí. Deseaba salvarme, pero a la vez me condenaba. Me arrastró por las ascuas del dolor, me arrebató los sueños y la vida misma parecía escaparse de mis dedos. Todo se iba. Se iba como una vez vino. Los hermosos sueños de Venecia, llenos de vino y oro, se convirtieron en ceniza y aroma de carne quemada. Podía escuchar en mis pesadillas los gritos de aquellos que llamé amigos, sentí como hermanos y respeté como grandes pintores de símbolos profanos. Amé a todos los que sucumbieron y él lo sabía. Tan sólo me observaba rodeado de ratas e inmundicia. Podíamos ser reyes del mundo, pero nos comportábamos como alimañas.

Me sentaba a su lado, con los pies helados y las ropas raídas. Él deseaba oír de mis labios las leyes, una y otra vez, con una cadencia sutil. Mis ojos de niño, mi rostro joven, mis manos diminutas y mi corazón herido parecían formar parte de un juego cruel. Disfrutaba. Pero aún no sé si de mi compañía o del triunfo sobre Marius.

Sin embargo, cuando me miraba por largo rato, en completo silencio, veía amor en sus pupilas. Podía leer ese amor intenso, casi febril, que sentía ante mi belleza de icono de iglesia. Sus dedos, toscos y a la par hermosos, rozaban mis mejillas febriles y dejaban huella. Mis labios se abrían con un suspiro. Quería hablar, pero tenía miedo.

Sí, lo recuerdo. Parece que fue hoy, en ésta noche oscura, cuando él me confesó en silencio, con palabras mudas, que me quería. Vi su orgullo marcado en su sonrisa y el afecto en sus brazos. Sin embargo, aún recuero sus torturas y la forma cruel de adiestrarme.


Nueva York está bajo mis pies, mis manos tocan el vidrio tintado de mi ventana y mis ojos se deleitan con las luces eléctricas. Benji no para de emitir su radio. Las advertencias sobre el dolor, la tragedia, las normas rotas, una tribu sin líder y miseria me recuerda que soy fuerte gracias a los viejos tiempos, al dolor que él me ofreció. Soy una alimaña que esperaba sentir la guerra para demostrar que era fuerte. Soy el germen, la semilla...  

viernes, 13 de marzo de 2015

La sombra de tu amor

Puedo comprender que Armand siga amándolo pese a todo. A mí me ocurre con Louis, Nicolas y Rowan... 
Lestat de Lioncourt


Hay vidas que parecen comenzar justo cuando se llega a los infiernos. Palpé la oscuridad de las almas con mis dedos, paladeé su hiel y comprendí que cada lágrima derramada era un metro más de tierra sobre mi cadáver. Quizás es demasiado fácil arrancarle las alas a un insecto, observar su agonía y disfrutar de su muerte. La tortura es fácil y deliciosa. A mí me confundieron con un insecto fácil de aplastar, pero tras más de cinco siglos el germen oscuro sigue imperando en mi sangre. Conocí el ritual del dolor antes de apreciar el amor, pero hay que ser valeroso para sostenerlo. La cobardía, propia o de otros, pueden hacernos flaquear y precipitarnos hacia un desolador barranco donde sólo hay zarzas ardientes.

Era un muchacho estúpido. Creía que Dios tenía un plan para mí. Tal vez es cierto que posea uno, pero no me atrevo a seguir sus pasos ni a codiciar nada más allá de lo material. Tal vez me he convertido en un impúdico, un diablo, un ser que se embriaga con placeres y manjares propios de una serpiente enroscada en un manzano. Pintaba obras, algo rusticas, como si eso fuese lo único que debiese hacer en la vida. Muchos alababan mi talento, mientras en sus celdas codiciaban mi cuerpo. Las miradas bondadosas de los monjes, a los cuales tenía pensado destinar mi tiempo y ser uno de ellos, las veo lascivas.

El gélido frío de la nieve es algo que recuerdo vivamente. Creo que guardo para su pureza, y belleza, un hueco diminuto en mi pútrido corazón. Todavía hay en mí cierta fascinación por los copos cayendo, amontonándose en el suelo y cubriéndolo todo. Admito que es una escena que no puedo olvidar. Durante un tiempo borré de mi memoria cada instante, pero en estos momentos sé quien soy y las cosas terribles que he hecho.

El amor es algo necesario. Gracias al amor olvidamos las heridas más terribles, los actos más salvajes y perdonamos de corazón. Por eso se dice que Dios es amor. Las madres saben dar amor a sus hijos, ofreciéndoles lo más sagrado y puro que conocen. En cada gesto que estas nos proporcionan nos muestran el camino hacia la felicidad, el olvido y la paciencia. Jamás he podido pensar que Dios tiene un sexo determinado. Creo firmemente que es parte de nosotros y que nosotros, pese a nuestras imperfecciones, somos parte de Él. Sin embargo, durante un tiempo, creí que Dios, mi Mesías salvador, era un ser terriblemente inteligente, hermoso e intuitivo. Llamé Maestro a la criatura que me envolvió entre sus brazos, besó mis sucias mejillas y me santificó en el nombre de la belleza, la pasión y el deseo más impúdico.

Todavía recuerdo sus labios fríos sobre mi cuerpo caliente, rebosante de deseo, mientras me ofrecía en su agradable lecho. Podía contemplar los bordados más fastuosos en el dosel de la cama, así como hundirme entre los almohadones forrados de terciopelo rojo con borlas doradas. Él curaba mis heridas con besos lascivos, lujuriosas caricias y terribles encuentros en los cuales no era más que un discípulo, un pequeño juguete, al que domesticar como si fuese un pequeño animal. Sus dedos finos y suaves, algo fríos, rozaban mis sonrosados pezones y deslizaba estos, lentamente, por mi vientre y mi pelvis. Buscaba sus labios como un sediento un charco para saciar su sed.

Era su esclavo. No me convertí en uno. Jamás dejé de ser parte de su propiedad. Compró a un desobediente muchacho en un burdel, lo lavó, colocó joyas y le ofreció una esmerada educación. Sin embargo, en su habitación nunca me ofreció un trato de igual a igual. Era su amante, su amado Amadeo, al cual torturaba con las delicias del sexo. Me ofreció conocer burdeles, mujeres y hombres, la bebida, el placer de los grandes banquetes y la belleza de una paleta de colores mágica más allá de los pinceles, frescos y lienzos. Y, aún así, regresaba a su lado arrodillándome frente a él, implorando su amor y olvidando mis pecados. Era su ángel de alas negras y mejillas sonrosadas.

Me salvó una segunda vez para condenarme para siempre. Me transformó en lo que soy. Soy un vampiro por él. Jamás dejaré de bendecirlo y maldecirlo por ello.

Pero, como bien saben, acabamos separándonos. El destino deseó que cada uno hallase la infelicidad en otros brazos, rumbos y ocasiones. Él prosiguió su camino intelectual intentando hallar a la primera criatura que creó. Por mi parte sólo sobreviví. Era el ángel descalzo que recorría parís, con la vista confusa en miles de ideas terribles y con una sed insaciable. Al volver a estar juntos, tras tantos sueños y fantasías, quise romper a llorar de rabia y felicidad. Sin embargo, pese a su indiscutible amor, ese que dice profesarme por encima de todo, me deja a un lado permitiendo que mi alma solloce. Quiero ser su tentación. Necesito que vuelva a soñar con palpar mi piel de nieve y a hundir sus labios en mi lujuriosa boca. Preciso de sus abrazos y del misterio azulado de sus ojos fríos.

Dios tiene un rostro para mí y es el suyo.  

martes, 24 de febrero de 2015

Tus promesas

Armand pone las cartas sobre la mesa... Si yo fuese Marius y saldría corriendo.

Lestat de Lioncourt


Reconozco el dolor como parte de mí. Es un dolor agudo que no se marcha. Un dolor que taladra mi corazón y hace sangrar las viejas heridas de mi cuerpo. Conozco bien el sabor de los sueños rotos, pues es muy similar al de las lágrimas, y mis manos, temblorosas aunque fuertes, siguen aferrándose a cada viejo recuerdo como si pudiese salvarse. Estoy perdido, abandonado, hundido, humillado y agotado. Muchos se hubiesen dado por vencidos, pero yo no poseo ese valor. No tengo arrojo suficiente. Me dejo llevar por la deriva de los años, aceptando el golpeteo de las olas y el rugido de un mar embravecido. He visto llegar los años, caer sobre mí como si fuera una tormenta de nieve y sentir su peso. Acepté mi condena mucho antes de saber cuales serían las consecuencias. Lo hice. Yo lo hice.

He comprendido tarde que la inocencia aún pervivía en mí. Era una llama encendida en mi pecho, en un rincón profundo de mi cuerpo diminuto y esbelto, que sobrevivía a duras penas. Sin embargo, tantos años de llanto, esperanzas vanas y suplicio, han acabado sepultándola y convirtiéndola en una leyenda que no existió. Ni siquiera queda su aroma impregnado en mis manos, pero aún así hay algo en mí que me motiva a recordarla. ¿Tal vez quiero encenderla de nuevo? ¿Quizás no se apagó?

Aún creo escuchar tu voz recitándome palabras tan dulces y embriagadoras como el vino. Sí, tu voz. Una voz masculina, aunque erótica, que tocaba cada fibra de mi cuerpo. Hilo a hilo, poco a poco, creando una madeja de emociones que temblaba como las alas de mil delicadas mariposas. Todavía recuerdo esos poemas, mitos y canciones. Ansío poder tenerte a mi lado, seduciendo sutilmente mis labios, mientras me juras amor eterno.

Nosotros somos eternos, maestro, pero tu amor está desdibujado. ¿Tengo la culpa? ¿Soy algo que no querías? Un halago, unas caricias, una dependencia terrible y un monstruo que no tiene escrúpulos. Podría matar a todos los que te observan y veneran. Yo lo haría. Pero sé que eso no lograría conmoverte, sino odiarme aún más. Porque sé que en lo más profundo, en ese nido de mentiras, hay odio hacia mí. Odio por haber sobrevivido dejando una huella clara de tu torpeza y falsas pasiones.


Sin embargo, como te he dicho, quiero creer que me amas. Deseo pensar que sigo siendo esa pequeña isla que tú buscas. Sí, una isla en medio de un océano bravío. Yo soy tu isla. Una isla desierta llena de frutos eróticos y refrescantes. Necesito que me aprietes contra tu cuerpo desnudo, apartes mi túnica y abras mis piernas. Quiero, amor mío, que hoy vengas a mí y me arrastres a tu alcoba, me hagas tuyo haciéndome delirar y golpees con furia tu látigo contra mi torso. Castígame, si así lo crees. Sin embargo, no me dejes a oscuras. Por favor, enciende de nuevo esa luz en mi pecho.  

miércoles, 18 de febrero de 2015

El amor que él me enseñó

Sybelle es una joven con una virtud más allá de tocar el piano... 

Lestat de Lioncourt


Muchos buscan el amor en situaciones complicadas. Desnudan su alma olvidando que el amor es un privilegio que se otorga, pero no se regala. El amor debe nacer de la complicidad, la pasión exacerbada, el pensamiento dulce de ser parte de algo más importante que la simplicidad de una vida solitaria, y que debe poseer solidaridad con los sentimientos de los otros. En definitiva, amar no es simplemente decir te amo. Amar es un estado de ánimo, una forma de vida, un pensamiento, una verdad innegable y algo tan poderoso que nos cambia la vida. Hay quienes creen que amar profundamente es entregarse en unas sábanas blancas, viajando por la sensación placentera de tocar el paraíso con la punta de los dedos, olvidando quienes somos y hacia donde caminábamos. Pero no, no es eso.

Amar es sonreír por las mañanas por el simple hecho de estar vivo. Yo sigo haciéndolo, pese a que mis mañanas son nocturnas y mi vida es eterna. Amar es la sensación de libertad que siento, o que nace de mí, cuando compongo alguna partitura. Noto como surge de entre mis dedos la fuerza, pasión y arrojo necesario para seguir creando algo, que aunque pueda parecer eterno, es efímero. Ese momento no durará para siempre, por eso hay que amarlo. Amar es abrazar más y reñir menos, escuchar más, reír más y comunicar tus sentimientos antes de explotar hasta convertirte en un monstruo ajeno a lo que realmente aprecias.

Descalza, tocando el frío mármol con cada centímetro de mis pies, camino mirando los viejos recuerdos que acumulo. Los marcos de las fotografías parecen resplandecer con frialdad, pues las sonrisas son demasiado cálidas y las miradas intensas. Él siempre está allí, frente al gran balcón, para iniciar una noche más. Tierno, pequeño y de ojos profundos. Viste elegante, aunque en ocasiones lo veo con ropa demasiado desenfadada, y usualmente con colores claros como el blanco o el celeste. Sus cabellos rojizos caen sobre sus hombros, ligeramente ondulados, y su mentón tiembla por la emoción de los sentimientos sutilmente reprimidos. Él es Armand.

El amor más profundo que siento es por él. Un amor que va más allá del amor habitual a una pareja, un confidente, un amigo, un padre, un hermano o un igual. Amo su belleza, pero no sólo la física. Pese a lo retorcido que puede llegar a ser, pues ha destrozado a cientos con una destreza increíble, tiene la ternura y la bondad de un niño. Allí, mirando el anochecer, parece recitar poemas que una vez le ofrecieron de forma confidente y amorosa.


Él, Armand, tiene una belleza especial que jamás lograré comprender ni describir. Él, el vampiro que me ha guiado por esta senda terrible, me ha demostrado que el amor aunque tarde en llegar, ya que a veces uno espera en vano durante siglos, aparece llenándolo todo de una luz especial.  

domingo, 1 de febrero de 2015

Ese terrible monstruo...

No te compadezco, Daniel. Tú solito te metiste en la boca del lobo.

Lestat de Lioncourt



Sus labios eran carnosos, muy sensuales, y su rostro parecía dulce. Pude ver en él el monstruo celestial que todos contemplaban. Sus cabellos castaño rojizos parecían fuego bajo la luz de la farola. Me había estado esperando, otra vez, en mitad de una calle cualquiera. Su ropa era sencilla, sus zapatos eran cómodos y parecía un muchacho perdido a la espera de ser llevado a casa. Si es que existía para él casa alguna.

Yo aún era mortal. Me sentía tentado por él como si fuera un buen vaso de whisky para mis boca reseca. Comprendo que la fascinación me hacía caminar hacia donde estaba, pero el terror terminaba pesando. Salir corriendo, una y otra vez, era lo apropiado. Sin embargo, esa noche me aproximé a él armándome de valor. Quería saber que deseaba.

Acomodé mis gafas, eché hacia atrás mi flequillo y guardé mis manos en los bolsillos. Pude tocar las llaves del hotel, un viejo envoltorio de chicles y los cigarrillos que aún no me había fumado. Eso era real, tan real como lo era yo, pero él parecía de otro plano, de un mundo distinto, que se mostraba como una revelación cuasi divina.

—¿Qué quieres?—dije clavando mis ojos en él.

No se inmutó. Simplemente siguió mirándome como si no existiese otra cosa en este mundo. Él me fascinaba, pero él parecía perdido. Se perdía al mirarme. Era como si quisiera leer cada recoveco de mi mente, hundirse en mi alma y arrastrarme al infierno del delirio más perverso.

—A ti—respondió encogiéndose de hombros. Sus labios mostraron una ligera sonrisa, después me colocó sus manos sobre mis hombros y puso su frente sobre mi pecho—. A ti.

El pánico recorrió mi médula espinal, pero me mantuve firme. Quedé allí frente a él. Era un periodista y debía asumir riesgos. Sabía que había desatado los peligros de la caja de Pandora. Yo lo sabía. El libro aún no había salido a la luz y él ya me perseguía. Lo hacía con ahínco por todo el mundo. No importaba donde me escondiera. Allí estaba él, mirándome con esos ojos pardos tan melancólicos. Y entonces, como si alguien hubiese pulsado un resorte dentro de mí, lo estreché entre mis brazos y busqué sus labios.

Su boca, algo fría, se aferró a mí de inmediato. Pude sentir su lengua ansiosa, igual que la mía. Sus manos se movieron rápidas y se colaron bajo mi camiseta. Esos dedos eran como agujas que se clavaban en mi alma, inyectando su veneno. Me percaté rápido de sus intenciones y necesidades. Realmente me deseaba.

Allí, en plena calle, percibí como su mano derecha desabrochaba mi pantalón, bajaba el cierre y colaba sus dedos dentro de mi ropa interior. En ese mismo lugar, bajo la tenue luz de la farola, comenzó a masturbarme mientras yo lo estrechaba contra mí. Parecía un niño perdido, lo cual me perturbaba, y yo, un hombre adulto, le ofrecía su cuerpo como si él lograse regresarme a la adolescencia, ya que era prácticamente inconsciente de esos actos.

En algún momento, aunque no recuerdo bien como sucedió, terminamos en un callejón cercano. Me encontré sentado en una caja de plástico, de esas gruesas en las cuales se transportan los botellines de cerveza, con él sobre mis piernas moviéndose como una serpiente. Llevaba puesto los pantalones, aunque los míos los tenía por los tobillos. Mi ropa interior estaba casi en el suelo, igual que los jeans, y él reía al verme tan dispuesto.

—Daniel...—dijo, con una risotada fresca y algo infantil.

Al apartarse, tan sólo unos segundos, sentí que iba de cabeza al infierno. Él se desnudó, sin pudor alguno, para luego subirse a mis piernas logrando que lo penetrara. Quedé asombrado por la belleza de su piel, la cual se perlaba de pequeñas gotas de sudor rojizo, y él parecía despreciar su propia inmortalidad. Yo le atraía por el calor, el aroma a sangre, la vida que se impulsaba por mis venas hasta mi corazón y de mi corazón hacia ellas. Me besó como jamás nadie más lo ha hecho. Creo que me dio parte de su alma en ese beso promiscuo, lascivo, y delirante. Su lengua lamió primero mis labios, sus dientes mordisquearon estos y sus labios rozaron los míos como si fueran pétalos de rosa. Después, con cierto salvajismo, introdujo su lengua y me domó mientras sus caderas se movían ligeramente, cabalgando, sobre mis muslos. Mi miembro entraba y salía de él. Lo hacíamos lento, como si fuera el inicio de un fuego intenso.

Entonces, de improvisto para él, lo arrojé al suelo y lo penetré con rabia. Sus piernas quedaron abiertas mientras sus manos se aferraban a mi chaqueta. Pude escuchar como rasgaba el cuero, del mismo modo que observaba sus ojos entreabiertos como sus labios. Gemía para mí como una fulana barata. Sus cabellos se desparramaban en el sucio asfalto. No podía despegar mis ojos de él. Me tenía hechizado.

Mi boca se convirtió en unas fauces terribles. Mis dientes mordían su piel fresca, se hundía en sus carnes duras, y rozaban cada milímetro de su cuello y torso. Tuve entre mis labios sus pezones, algo gruesos y sensibles, del mismo modo que los lóbulos de sus orejas. Él movía sus caderas cada vez más rápidas, a un ritmo constante y de forma contraria a las mías.


Allí, en mitad de una noche de verano en pleno San Francisco, le di parte de mí. Llené su cuerpo con mi esperma y me sacié como una bestia salvaje. Después, cuando me encontré a mí mismo observándolo bajo mi cuerpo, me asusté. Acabé colocándome apresuradamente la ropa, para luego salir corriendo. A lo lejos pude escuchar sus risotadas. Él sabía que me había conquistado. Sabía que me había enloquecido.  

La vida, el dolor

Yo le amo. Reconozco que después de tantos años he aprendido a amarlo. Sin embargo, jamás he aprendido a amar de esa forma que él necesita. Porque él a quien necesita es a Marius. 
Lestat de Lioncourt


Puedes ver en mí la crueldad del mundo convertida en una piel de porcelana. Observa mis ojos castaños, con tupidas pestañas y cejas delicadas, donde yace mi alma torturándose con los viejos recuerdos, los cuales parecen raíces enredando mi corazón. Un corazón de mármol, que aún late a duras penas, bombeando la sangre que acabo de arrebatar a un pobre incauto. Mi aspecto es el de un chiquillo, pues mi tamaño y edad pueden confundir a cualquier mortal.

Estoy bajando por Nueva York. Llevo aquí varios años instalado. Todos los vampiros más jóvenes me temen, salvo aquellos que me acompañan. Mi historia es larga y dolorosa, pero he logrado resumirla brevemente en un libro que aún puede adquirirse en las librerías de todo el mundo. Muchos me han tomado como un simple personaje de ficción. No les culpo.

He visto los cambios en el arte, algunos con diminutas pinceladas y otras con catástrofes terribles. Las iglesias se han alzado del mismo modo que se han derruido. He contemplado el mundo tras las ascuas del infierno, con las velas danzando frente a mi rostro, en recuerdo por todas las almas que he arrojado al fuego purificador. Recuerdo los lamentos y gritos de aquellos que jamás me amaron, pero me siguieron como si fuera un líder fuerte y no un chiquillo eterno.

Tengo una belleza hipnótica de la cual soy consciente, pues muchos me han codiciado aunque no me han amado. El amor es algo demasiado puro, y en ocasiones ruin, para mí. Sé que es amar, sintiendo una desesperación absoluta ante la belleza de un amor terrible, pero jamás he sentido esa misma pasión de otros hacia mí. En estos momentos, tan duros para todos, me he aferrado a los sentimientos de aquellos que ahora me rodean. Me aman, pero no con la fuerza que yo he amado. Es un amor similar al fervor religioso que una vez sentí. El mismo amor que aún me condena llenándome de esperanzas.

Recuerdo el hedor de los canales, pese a su belleza, el aroma intenso del óleo y el vino. También, por supuesto, la cegadora magia de los lienzos y frescos del palazzo veneciano donde estuve cautivo entre sus brazos. No puedo olvidar mis pasos acelerados hacia su habitación, mi corazón impulsándose por sueños y pasiones tan bajas como intensas, y mis manos acariciando sus cabellos, los cuales parecían rayos de sol en plena oscuridad. Le amaba a pesar de ser un monstruo. Sabía que era un ser condenado y no podía dejar de buscar sus labios, enredando mis piernas en sus caderas y buscando que me tocara hasta que me hiciese clamar a las puertas del paraíso.

Estoy en un mundo muy distinto. El asfalto lo cubre todo, el sonido de los automóviles es intenso, puedo escuchar a lo lejos las discusiones más estúpidas y observar las luces más cegadoras. Hoy llueve en este lugar, en Nueva York, tan lejos de donde se encuentra aún hoy mi corazón. Pues mi corazón, lo que fui, está en Venecia esperándome con fervor, deseando unir sus recuerdos con los míos, mientras camino entre sus plazas y observo el arte que aún perdura en cada muro.

Vivir para siempre es una carga, pero lo es más cuando amas de esta forma.  

domingo, 18 de enero de 2015

Ella, el amor de mis noches frías

Armand se deja guiar por el amor de Sybelle, un amor que sin duda es correspondido. ¡Al fin alguien le quiere tal como él necesita! Así nos deja en paz a los demás...

Lestat de Lioncourt



Ella se convirtió en la luz que tanto esperaba. Era el motivo por el cual deseaba ser bueno. Mis pecados lo lavé con la muerte de su hermano. Ascendí a los cielos, vi a mi madre y a mis hermanos, mientras mis colmillos, en la tierra inmunda donde siempre he permanecido, se clavaban en la carótida de aquel desalmado. Era un desagradecido que mantenía secuestrada su música, como si aquella habitación de hotel fuese una caja musical, donde un ángel de cabellos oscuros aguardaba un milagro. Yo fui el milagro.

He amado a esa mujer desde el primer momento. Hacía mucho que mis ojos no se posaban en una imagen tan delicada, bondadosa y sumisa en ciertos aspectos. Sumisa porque era dulce y bondadosa como una madre, pero realmente tenía la fuerza de mil inviernos y el coraje de millones de guerreros. Las apariencias engañas. Ella era mi Wendy y yo era el Peter Pan que no sólo quiso robarle el beso con un dedal, sino que aprendió a dejar caricias sutiles en su cuerpo y rodear su alma con codicia.

De Shakespeare he aprendido que el amor puede ser dramático, pero fuerte. Quizás nos arrastre a cometer pecados terribles, los cuales terminan siendo parte de nuestras almas y las pesadas cadenas que arrastramos por este mundo. El amor que yo le profeso no tiene nada de Shakespeare, pero sí mucho de poema convertido en salmos y canciones de coro de iglesia. Puedo escuchar a los ángeles entonar salves a su belleza, mientras miles de pétalos caen sobre los dorados campos de trigo de su cabeza y rozan las nieves cálidas de sus pechos bien formados.

La contemplo cada noche. Ella me sonríe con una dulzura que desconocía en las mujeres actuales. Mueve sus dedos sobre la tapa del piano, comienza a tocar y deja que el dragón se coma a la princesa. Se convierte en bestia frente a mis ojos, pero sin dejar de ser una sirena. Cuando acaba ríe, se levanta y me abraza besando mis mejillas arrobadas por la pasión que ella desata. Puedo sentir su aroma de mujer muy próximo a mí y, así como, la calidez de su frío cuerpo, a punto de pedirle cazar una víctima en las calles neoyorquinas que tanto amamos.


Me enloquece. El saber que me ama me enloquece. Ver sus enormes ojos clavados en los míos, observándome como si fuera un chiquillo al cual amar indecentemente, me destroza. He comprendido que puedo amar todavía gracias a ella y al ángel guardián que siempre la vela, que es mi hermoso beduino. Ambos son mis puntos débiles. Ellos lo saben. Saben bien que no sabría sobrevivir sin ellos, pues me han mostrado la calidez que ya no existía para mí.  

jueves, 1 de enero de 2015

Feliz año, muchacho

Marius y Benji... son un dueto distinto a lo normal, pero me encantan ¿a ustedes no? Benji me parece muy inteligente. 

Lestat de Lioncourt


Tenía sus enormes ojos clavados en una gigantesca pecera. Su menudo cuerpo se movía de un lado a otro de la habitación dedicándose a contemplar en silencio, pero esos peces parecían entretenerle sumamente. Su pequeña cara redonda le daba un aspecto celestial, como un pequeño ángel, mientras sus traviesas manos se movían inquietas decidiendo que podría robar sin que yo me percatara. Era aún un niño y siempre lo sería. Un pequeño jovencito vestido con ropa elegante moviéndose por toda la sala.

—Creí que habías mejorado tu conducta, Benjamín—dije intentando olvidar los viejos recuerdos que se asomaron en mi alma. Él sufriendo, siendo vendido, abusado por policías corruptos, vendiendo drogas en las calles, robando de los bolsos de las mujeres que se compadecían de él, deseando algo caliente en medio de una nevada en pleno New York y esa sonrisa traviesa que escondía mil lágrimas a Sybelle. Pobre chico. Pobre, pobre, Benji. Nunca lo he amado como a mis otras creaciones, pero tengo cierta debilidad hacia él. Me enternece aunque no llego a amarlo de forma tan intensa como a Armand o Pandora.

—¿Quién dice que quiero robar?—susurró con suspicacia.

—Si deseas alguna de las pequeñas esculturas puedo dártelas, igual que los huevos de Fabergé de esa repisa.

Contaba con numerosos objetos de gran valor artístico, monetario y sentimental. Objetos que no me importaba ofrecerle porque sabía que no los vendería, sino que los llevaría a su estudio para contemplarlo durante noches. Ya no vendía lo que robaba. Sólo lo mantenía oculto a ojos de otros, contemplando su brillo y sintiendo lo especial que eran. Por eso no me importaba en absoluto si tomaba alguna de mis delicadas posesiones. Él amaba el arte, disfrutaba de la música y la buena conversación. Era el hijo que nunca había logrado tener con Pandora. Sí, eso era. Quizás eso era lo que me impulsaba ese sentimiento de cariño hacia ese muchacho.

—Me siento como un pez en una pecera, pero a la vez estoy fuera del agua—dijo colocando sus pequeñas manos sobre la pecera—. No soy libre, pero a la vez no pertenezco realmente a este mundo. Creo que los vampiros somos así, por desgracia. Unos tardan más en darse cuenta, pero otros nos percatamos enseguida que estamos condenados.

—¿Te he condenado?—pregunté, mientras me aproximaba.

—No—contestó—. Creo que hace tiempo que lo estaba. Tú sólo terminaste lo que Fox empezó—tomé sus hombros cuando dijo eso. No podía consolar a ese muchacho. Tan inteligente, tan diferente, tan buen discípulo y tan profundo incluso para ser un joven de treinta años. ¿Qué podía decirle? Si tuviese una edad mortal no llegaría aún a la que yo aparento, aún así era mucho más profundo de lo que yo jamás había logrado ser—. No te entristezcas, Marius. Sólo estoy cansado.

—¿De qué estás cansado, muchacho?—dije girándolo tomándolo del rostro.

—De ver morir a otros—sus ojos se llenaron de lágrimas mientras me abrazaba—. No quiero saber que más vampiros jóvenes mueren. No deseo morir. No quiero que Sybelle sufra. Por favor, por favor...

Me abracé a él llorando. Comprendía su dolor. Entendía su frustración. Jamás quise ver a tantos sufrir. Nunca deseé sentir ese dolor tan intenso. La locura también estuvo a punto de arrastrarme. Maharet, Mekare y Khayman ya eran cosa del pasado. Sólo eran meros recuerdos que habían sido engullidos por el tiempo. Nos abrazamos con fuerza, como hacen los hombres que sí saben desahogarse entre lágrimas y gestos intensos, para llorar por todos aquellos que se habían ido.

—Feliz año nuevo, Marius... eso es síntoma de vida. Síntoma de estar vivos...


—Feliz año mi pequeño beduino—susurré besando su frente.  

sábado, 27 de diciembre de 2014

Frío

Armand se vuelve  quejar. Maldita sea... esto ya es costumbre. 

Lestat de Lioncourt

El mundo quizás no es como lo podía recordar en los viejos tiempos. Todo cambia. El paso del tiempo hace mella en todos y cada uno de nosotros. Mutila recuerdos, entierra verdades, sepulta risas y anida en las lágrimas más amargas. El camino que una vez trazamos con firmeza se vuelve angosto, desgarbado y extraño. La nieve puede llegar a cubrirlo varios centímetros y cuando llegas a una gran cuesta sientes que el aliento te falta. Eso es lo que sucede a muchos inmortales. Vivir para siempre puede ser el mayor pecado de bohemios varios. Muchos son los que han deseado esta condena saboreándola como si fuera un regalo, pero no es un don del cual sentirse orgulloso. Carga de una pesada responsabilidad a quien la lleva y aterra a todo aquel que te ama.

Cuando tu corazón pertenece a un tiempo que no vivirás, una época que ya pasó, sientes que el invierno es más duro y cruel. Te conviertes en una estatua de mármol y contemplas como otros te admiran sin comprender hasta que punto puedes perder el juicio. La sangre puede ofrecerte cálidos recuerdos que tú no has vivido, el calor de un cuerpo que no te pertenece y el último adiós de un alma que se desvanece para que tú vivas. Suena crudo, pero es la verdad. Sin embargo, no cambiaría al monstruo que soy hoy en día. No podría. Estoy acostumbrado.

La multitud se arremolina a mi alrededor en las grandes ciudades, los villancicos suenan una y otra vez con multitud de voces y acentos, las compras se amontonan en los maleteros de coches de diversa gama y puedes ver la ilusión únicamente en los ojos los niños. Aún así, la chispa se pierde y queda la oscuridad.

Hubiese deseado que él estuviera conmigo. Sé que tengo a mi alrededor compañeros que me aman, que apoyan mis pasos y me dan todo su apoyo. Sin embargo, falta él. Al faltar me convierto en un alma errante. Soy lo que jamás creí que sería. Mendigo sus brazos fuertes, los cuales me daban vida sin necesidad de recurrir a la muerte, y extraño sus besos apasionados mientras me ruega que lo ame como él decía hacerlo.

No lo culpo. No soy lo que él esperaba. Sólo aparento ser un joven perdido, convertido quizás en la imagen de un ángel inocente, que acude a las iglesias para escuchar las misas navideñas y rezar por su alma, aunque ya está condenada. ¿No es así? Quizás es lo único que puedo hacer. Han muerto muchos que conocía, pero no es una pérdida importante para mí. El dolor que nace en mi pecho, floreciendo con fuerza, es el saber que él está ahí fuera y no es capaz de abrazarme una vez más.


«Maestro... ¿por qué me has abandonado?»

lunes, 15 de diciembre de 2014

Stop a mirar la vida sin más

Daniel parece querer contar cosas ¿lo hará? Esto puede ser el inicio de algo interesante.

Lestat de Lioncourt 

Siempre me enfrentaba al mismo dilema. El papel en blanco para cualquier escritor, sea del tipo que sea, se convierte en una pesadilla que te persigue allá donde vayas. Cuando tienes una gran historia, pero no sabes por donde empezar, se convierte en una tortura. El humo del cigarrillo me ayudaba a pensar, aunque estuviese más tiempo en el cenicero que en mis labios, y la botella de whisky quedaba prácticamente vacía. En otras ocasiones, las escasas, la verborrea es tan intensa que no puedes detenerte.

Extraño pasar las noches en vela recostado en una silla incómoda, frente a una máquina de escribir con las teclas desdibujadas y envases de take away por el escritorio. Los hoteles de mala muerte quedaron atrás, igual el ruido del motor y el equipaje liviano. Todo quedó suspendido en un sueño que no logro retener. Es como si fuese la vida de otro.

Durante años he permanecido en silencio observando todo a mi alrededor, escuchando montones de historias y esperando poder contar la mía. Porque yo conté la vida de otros, narré una epopeya casi milagrosa de sangre, destrucción, lágrimas, fuego y cenizas. Ayudé a un vampiro a sollozar en mitad de una larga noche. Sin embargo, de mí se sabe poco. Tan sólo soy un borrón en la historia de un creador que se cansó de esperar, un amor fugaz y un montón de maquetas amontonadas en diversos lugares del mundo.

Hoy, como en las últimas noches, me encuentro rodeado de cientos de lienzos pintados con pasión. Esa entrega apasionada, legendaria y única es de Marius. Él es mi compañero. Observo como deja su alma en cada pincelada y me pregunto cuando fue la última vez que yo mostré la mía. Por eso hoy he buscado una libreta, un bolígrafo con algo de tinta y un hueco en la habitación donde sentarme y escribir. Sólo quería demostrarme que aún es posible que exista algo en mí. No lo sé. Un poco del hombre que fui. Ese hombre que parece perdido entre el humo, el sabor del whisky barato y las luces de hoteles donde se convive con cucarachas.

Nací en una familia convencional, fui a un instituto cualquiera, viví una vida digna hasta llegar a la universidad donde los sueños me consumieron. Me convertí en un periodista nato. Quería saber, sólo eso. Siempre perseguía historias. No me importaba sacrificar mis horas de sueño, comida o simplemente un breve descanso. Caminaba entre hombres sintiéndome inmortal porque sentía que algún día mis escritos sobrevivirían. Pero fue la inmortalidad la que me hizo un trato de favor auténtico.

Aún recuerdo sus labios pegados a mi cuello, succionando mi sangre como una sanguijuela, mientras mis manos se aferraban a su chaqueta. Un ángel de cabellos rojizos y ojos castaños. Era hermoso, condenadamente hermoso, pero ambos nos dividimos como si fuéramos dos extraños. Toda esa complicidad, las viejas discusiones, las miradas intensas y las conversaciones trascendentales dieron paso al silencio y el dolor.

No sé como llegué a este punto. Ahora estoy aquí, contemplando a Marius pintar ese ángel que tanto ama y rechaza. Armand aparece en cada cuadro. Parece que él no puede olvidarse de ese maldito querubín. Pero también hay otros rostros. Rostros que me recuerdan a la diosa que es Pandora, pues es una mujer con una fuerza terrible y un dominio de la palabra imposible de controlar.

—Daniel, deberías salir a buscar alguna víctima—me dijo hace rato, pero no me he movido.


No puedo dejar de mirar como las pinceladas dejan surcos únicos. ¿No son los mismos surcos que ahora dejo sobre el papel? Ya era hora que volviese a mirar cada folio como un lienzo. Sí, ya era hora. Quizás debería escribir mis testimonios, pero por el momento me reservo el derecho de narrar este pequeño brote de pasión entre mis dedos.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt