Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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domingo, 2 de agosto de 2015

Eros y Psique

Armand necesita amor. Yo lo comprendí hace relativamente poco. Si bien, Marius debería saberlo mejor que yo.

Lestat de Lioncourt

Ahora te veo con otra luz distinta. No eres el dios imponente que tanto admiraba. Te has convertido en un hombre de carne y hueso. Has bajado de los altares de mis sueños, ilusiones vanas y promesas rotas. Quebraste esas hermosas alas que tanto admirabas, me doblegaste y moldeaste con tus ideales, tus golpes y reproches. Me hiciste a imagen y semejanza como si fueses Dios. Me quitaste la sensación de soledad, pero sólo me rodeabas de invisibles barrotes. La protección que me ofrecías era falsa. Las caricias que me diste se convirtieron en un veneno poderoso.

Llevo años esperándote, maestro. Tantos siglos como vida. Mi vida entera ha sido para esperarte, pero me he cansado de ser tu Penélope. He decidido acabar con el telar, he caminado por las ruinas de mis aposentos y he visto la oscuridad ponzoñosa de mi corazón. Soy un ángel terrible que entra en las iglesias y permite que la luz incida sobre sus cabellos de fuego. Todos admiran mi tez clara, mis ojos cargados de un dolor irresistible y me codician como si fuese un hermoso regalo del cielo. Pero provengo de los infiernos. Vengo de los mismos infiernos que tú abriste para mí.

Debería dejar de amarte, pero no funcionan así los sentimientos. Simplemente he permitido que mi pecho se abra, mi corazón lata frente a ti y mi sonrisa se vuelva pérfida. Te amo de una forma retorcida. No soy un bendito. Me has convertido en un cobarde, como tú, y aún así no me compadezco porque sé que no merezco siquiera llorar por mi propio destino. Ya no sé lo que es el amor y desconozco si alguna vez lo supe. Sigo siendo un niño perdido, pero ésta vez no hay luz ni hermosos frescos de lozanos ángeles sonriendo a la Virgen María.

Ya no sé rezar. Ni siquiera sé si alguna vez recé como debía. Tampoco sé soñar, pues mis hermosos sueños se convierten en absurdas pesadillas donde me amas, susurras que me tendrás siempre presente y luchas contra mí como San Jorge contra el Dragón. Tú no eres Eros y yo no soy Psique, pues jamás tuve los hermoso senos que tanto codiciabas en las fulanas de Venecia. Sé que no pisaré tu palacio de mármol, no seré arropado por tus fuertes brazos y jamás me besarás con el amor que tanto decías tenerme.


Y pensar que todavía suspiro por ti, creo en ti y lloro por ti. Haces mi vida miserable, pues sólo un cobarde me negaría todo a sabiendas que sufro por él.  

miércoles, 22 de julio de 2015

Despertar y tenerte a mi lado...

Marius debería aprender de Arjun... ¡Sólo digo!

Lestat de Lioncourt

La vida puede ser un sueño convertido en pesadilla. Cuando te despiertas en un mundo de caos, dolor, hambre de libertad y mentiras desesperadas sientes que debes regresar a la cama, cerrar los ojos e intentar enfocarte en aquello que te hacía feliz lejos de la aplastante realidad. Una realidad terrible y desesperada.

Desperté cuando Akasha lo hizo. Me sumí en los sueños más dulces porque Pandora ya no estaba a mi lado, el mundo carecía de la belleza primigenia y estaba envuelto en una vorágine de sucesos que no lograba comprender. El mundo moderno me asustaba. Se sentían poderosos aplastando al pueblo, el arte y la belleza. No podía concebir tal brutalidad. Las industrias se alzaban ennegreciendo los cielos, contaminando los ríos y llevando peores grilletes a sus obreros que en la época en la cual la esclavitud estaba permitida en todo el mundo. Decidí dormir, pero desperté de nuevo en un mundo más tecnológico que se arrancaba el corazón, miraba hacia otro lado y seguía disfrutando de sus fiestas sin sentido.

Akasha destrozó a miles, pero no logró encontrarme a mí. Yo era insignificante, quizás. Sólo era un viejo príncipe hindú lamentándose porque la mujer que amaba, esa por la cual abandonó todo, estaba lejos de su lado. Pandora vino a por mí, pero no me sentía con fuerzas para reunirme con el resto. Preferí quedarme a un lado observando el mundo, sintiendo el caos bullir como hormigas saliendo de una pequeña grieta, aceptando que los muertos quedaban olvidados. Nadie me recordaba, salvo ella.

Ahora muchos murieron recordándome como un monstruo. Soy quien les arrebató la vida. Soy el ser que los destrozó. Soy quien les arrebató la inmortalidad. Yo soy el que destruyó sueños e hice arder parte del mundo. Pero también soy el poeta que intenta escribir sobre el dolor, la muerte y la ira. Soy el hombre que conversa pacíficamente con otros inmortales, que sonríe ante la impaciencia de los jóvenes y abre sus brazos a todo aquel que quiera conocerme.

Hoy he caminado entre la multitud, como un muchacho más, vistiendo ropa occidental y con un corte de cabello mucho más moderno. Nadie ha reparado en mí. Los pocos que me miraron, aunque de reojo, vieron a un apuesto hombre de negocios, un nuevo rico o un muchacho que se engaña así mismo con un traje caro y unos buenos gemelos de oro blanco. Me he paseado por las grandes calles de Nueva York. He permitido que me deslumbren sus grandes escaparates de joyería, prendas de ropa, tecnología o librerías con abundante información. Me deleito con el aire moderno y cosmopolita, pero también extraño los viejos tiempos. Si bien, todo es más dulce porque ella está a mi lado, aferrada a mi brazo derecho, mientras murmura sobre las grandes obras de arte que se hallan en los diversos museos, las exposiciones de fotografía, los libros que debo leer o las películas que aún no hemos podido admirar.


Hoy me siento afortunado.  

viernes, 13 de marzo de 2015

La sombra de tu amor

Puedo comprender que Armand siga amándolo pese a todo. A mí me ocurre con Louis, Nicolas y Rowan... 
Lestat de Lioncourt


Hay vidas que parecen comenzar justo cuando se llega a los infiernos. Palpé la oscuridad de las almas con mis dedos, paladeé su hiel y comprendí que cada lágrima derramada era un metro más de tierra sobre mi cadáver. Quizás es demasiado fácil arrancarle las alas a un insecto, observar su agonía y disfrutar de su muerte. La tortura es fácil y deliciosa. A mí me confundieron con un insecto fácil de aplastar, pero tras más de cinco siglos el germen oscuro sigue imperando en mi sangre. Conocí el ritual del dolor antes de apreciar el amor, pero hay que ser valeroso para sostenerlo. La cobardía, propia o de otros, pueden hacernos flaquear y precipitarnos hacia un desolador barranco donde sólo hay zarzas ardientes.

Era un muchacho estúpido. Creía que Dios tenía un plan para mí. Tal vez es cierto que posea uno, pero no me atrevo a seguir sus pasos ni a codiciar nada más allá de lo material. Tal vez me he convertido en un impúdico, un diablo, un ser que se embriaga con placeres y manjares propios de una serpiente enroscada en un manzano. Pintaba obras, algo rusticas, como si eso fuese lo único que debiese hacer en la vida. Muchos alababan mi talento, mientras en sus celdas codiciaban mi cuerpo. Las miradas bondadosas de los monjes, a los cuales tenía pensado destinar mi tiempo y ser uno de ellos, las veo lascivas.

El gélido frío de la nieve es algo que recuerdo vivamente. Creo que guardo para su pureza, y belleza, un hueco diminuto en mi pútrido corazón. Todavía hay en mí cierta fascinación por los copos cayendo, amontonándose en el suelo y cubriéndolo todo. Admito que es una escena que no puedo olvidar. Durante un tiempo borré de mi memoria cada instante, pero en estos momentos sé quien soy y las cosas terribles que he hecho.

El amor es algo necesario. Gracias al amor olvidamos las heridas más terribles, los actos más salvajes y perdonamos de corazón. Por eso se dice que Dios es amor. Las madres saben dar amor a sus hijos, ofreciéndoles lo más sagrado y puro que conocen. En cada gesto que estas nos proporcionan nos muestran el camino hacia la felicidad, el olvido y la paciencia. Jamás he podido pensar que Dios tiene un sexo determinado. Creo firmemente que es parte de nosotros y que nosotros, pese a nuestras imperfecciones, somos parte de Él. Sin embargo, durante un tiempo, creí que Dios, mi Mesías salvador, era un ser terriblemente inteligente, hermoso e intuitivo. Llamé Maestro a la criatura que me envolvió entre sus brazos, besó mis sucias mejillas y me santificó en el nombre de la belleza, la pasión y el deseo más impúdico.

Todavía recuerdo sus labios fríos sobre mi cuerpo caliente, rebosante de deseo, mientras me ofrecía en su agradable lecho. Podía contemplar los bordados más fastuosos en el dosel de la cama, así como hundirme entre los almohadones forrados de terciopelo rojo con borlas doradas. Él curaba mis heridas con besos lascivos, lujuriosas caricias y terribles encuentros en los cuales no era más que un discípulo, un pequeño juguete, al que domesticar como si fuese un pequeño animal. Sus dedos finos y suaves, algo fríos, rozaban mis sonrosados pezones y deslizaba estos, lentamente, por mi vientre y mi pelvis. Buscaba sus labios como un sediento un charco para saciar su sed.

Era su esclavo. No me convertí en uno. Jamás dejé de ser parte de su propiedad. Compró a un desobediente muchacho en un burdel, lo lavó, colocó joyas y le ofreció una esmerada educación. Sin embargo, en su habitación nunca me ofreció un trato de igual a igual. Era su amante, su amado Amadeo, al cual torturaba con las delicias del sexo. Me ofreció conocer burdeles, mujeres y hombres, la bebida, el placer de los grandes banquetes y la belleza de una paleta de colores mágica más allá de los pinceles, frescos y lienzos. Y, aún así, regresaba a su lado arrodillándome frente a él, implorando su amor y olvidando mis pecados. Era su ángel de alas negras y mejillas sonrosadas.

Me salvó una segunda vez para condenarme para siempre. Me transformó en lo que soy. Soy un vampiro por él. Jamás dejaré de bendecirlo y maldecirlo por ello.

Pero, como bien saben, acabamos separándonos. El destino deseó que cada uno hallase la infelicidad en otros brazos, rumbos y ocasiones. Él prosiguió su camino intelectual intentando hallar a la primera criatura que creó. Por mi parte sólo sobreviví. Era el ángel descalzo que recorría parís, con la vista confusa en miles de ideas terribles y con una sed insaciable. Al volver a estar juntos, tras tantos sueños y fantasías, quise romper a llorar de rabia y felicidad. Sin embargo, pese a su indiscutible amor, ese que dice profesarme por encima de todo, me deja a un lado permitiendo que mi alma solloce. Quiero ser su tentación. Necesito que vuelva a soñar con palpar mi piel de nieve y a hundir sus labios en mi lujuriosa boca. Preciso de sus abrazos y del misterio azulado de sus ojos fríos.

Dios tiene un rostro para mí y es el suyo.  

viernes, 27 de febrero de 2015

Tú eres sueño y poesía

Otra vez Arjun ha regresado a dejarnos uno de sus textos. Otra vez nos hace quedar mal a todos. Gracias, majo. 

Lestat de Lioncourt 


Puedes escuchar en el silencio de la noche los sueños que se escapan lentamente de nuestros cuerpos, es como un murmullo imposible de descifrar. La noche es para los sueños, pero nosotros caminamos entre los fríos y oscuros callejones robando vidas, dejando atrás un reguero de muerte y dolor. No importa si es un villano o un bendito. Una vida es una vida. Son como poemas que quedan truncados, sin final aparente, en los labios mortecinos de su asesino. Aún así, no me importa beber de ellos. No siento lástima eterna por un asesino, un despreciable borracho o un pobre mendigo que de todas formas, pese a los intentos vanos de unos pocos, iba a morir de frío, hambre o por enfermedades que lo corrompían por dentro. Hay muertes más dulces que morir en soledad. Ellos mueren en mis brazos, Pandora.

Me convertiste en esto. E un ser que busca la sangre y se regodea con la última gota. El corazón se acelera, pero luego queda al mismo ritmo que el propio y finalmente descansa en un mar tenebroso. Me hiciste ser el escritor del final de muchas vidas. Puse término a cientos de sueños o anhelos. Soy quien camina bien vestido por ciudades de hombres envueltos en harapos. Dejé de ser príncipe para mendigar tus caricias, pero aún así mis rubíes, diamantes y caros atuendos llaman la atención a cualquiera.

Piel bruñida por mi raza, ojos oscuros, cabello lacio y negro, manos grandes aunque finas, constitución delgada pese a la musculatura, alto pero sin excesos y con un alma atormentada. Eso he sido y seré siempre. Quedé enamorado de ti, Pandora, y mis sueños se convirtieron en mi propia vida. Tú eras mi sueño, musa y diosa. Caminé por la senda del dolor y el placer de tu mano. Recorrí mundos extraños y fríos, otros tan cálidos como alocados. Quedé a tu lado. Pero cuando te fuiste, mi diosa, decidí dormir para hallarte en ellos. No hay mejor veneno que los sueños más dulces.


Me acurruqué bajo mi vieja mansión, tomé una almohada cómoda y cerré los ojos recordándote. Siempre has sido bella y fuerte, pero a la vez frágil y voluble. Amarte, eso es todo. Yo sólo quiero amarte. Amarte sin medidas ni condiciones. Amarte. Y ahora que has vuelto, que te tengo a mi lado, recito viejos poemas y acarició tus cabellos enredando mis dedos en ellos. No me odies por amarte, no me temas por quererte. Por favor, quédate a mi lado.  

miércoles, 21 de enero de 2015

Sueños

Arjun habla de nuevo del amor por Pandora... Marius lo tiene crudo.

Lestat de Lioncourt


Los sueños son momentos que revivimos para no sentir la cruel soledad, el desaliento o simplemente una verdad demasiado terrible. Son mundos donde podemos reflejarnos en un remanso de paz o simplemente hundirnos en las terribles consecuencias de nuestros actos. Nos convertimos en héroes o villanos, luchamos contra cualquier terrible catástrofe y siempre somos recompensados. Al menos, mis sueños son siempre similares.

Ella aparece frente a mí tendiendo sus manos. Parece que el tiempo no cambió su peinado ni su atuendo. Sus enormes ojos cafés parecen dos diamantes negros. Sus labios, carnosos y sensuales, se mueven suavemente llamándome e invitándome a pasear con ella. El cabello cae en una cascada negra, muy tupida, como si fuera una de esas vírgenes cristianas de Europa. Su piel, tan tersa y marmórea, parecía la de una muñeca eterna.

Logramos conversar, como cuando la acompañaba allá donde iba, entrelazando nuestras manos mientras escucho sus periplos eternos. Una mujer de mundo, franca y diferente. Alguien que no sigue los consejos de nadie, pero los escucha porque de todo puede tomarse cierta experiencia. Analítica y sincera.

Desperté en varias ocasiones, pero no tuve fuerzas. Ella, mi creadora, había desaparecido. Yo era fiel a sus deseos, aunque no los compartía. Siempre quise custodiarla como si fuera un soldado, pese a mi título de príncipe. No me importaba mis tesoros, ni palacios y tampoco el designio de mi vida. Únicamente quería estar cerca de ella, a su lado, siendo fiel y constante. Sabía que había sufrido y por eso la retenía. Los espíritus que me acompañaron en ciertos momentos persistían. Ellos me traían noticias de su vida, susurraban en mis oídos la verdad confusa que yo tanto temía, y regresaba a los jardines donde prácticamente bebía cada una de sus lágrimas.


Me tenía miedo... porque temía el amor. Temía no comprender lo que yo sentía. Notaba cierta desesperación en cada uno de mis actos. Sin embargo, jamás alcé la voz, gesto o mirada que pudiese dañarla.  

domingo, 14 de diciembre de 2014

Seducción, sueños, placer, deseos y mil emociones.

Había olvidado por completo todo lo que era estar atado a un lugar. Durante años me dediqué en cuerpo y alma a recorrer el mundo. Caminé por las selvas aún vírgenes, allí donde el hombre común no se atreve a pernoctar, descubrí viejas civilizaciones perdidas en terribles ruinas, hundí mis dedos en el lodo de mundos que ya no existen, corrí sobre las arenas de los desiertos y vi de nuevo las profundas y oscuras aguas de los mares. Quería sentirme libre. Deseaba abandonar la ciudad que tanto amaba. Me olvidé de todo y de todos. Necesitaba hacerlo para comprender a mi madre y a tantos otros. ¿Cuántas veces habían hecho cosas así antes? Muchos viajaban constantemente y yo me había quedado cómodamente en una ciudad. Eso no era propio de mí. Cuando joven, recién creado, recorrí prácticamente el mundo conocido hasta ese momento. ¿Por qué no lo iba a hacer en esta era donde la vida parece brotar como cientos de llamaradas?

Esta noche ha sido distinta. He recorrido de nuevo las viejas calles que tanto conozco. Podría caminarlas con los ojos cerrados. Es divertido ver como hay cosas que no cambian. Pasen los años que pasen, ocurran los desastres que ocurran, siempre hay una verdad que se esconde y un detalle que no muta. Me he puesto mi vieja levita de camafeos y al meter la mano, en el bolsillo izquierdo, he hallado algo que creía que había regresado a su joven amo. Era el camafeo predilecto de Quinn, mi hermanito, que quiso regalarme en señal de afecto entregándose a mí de un modo íntimo y torpe.

Contuve las lágrimas y mi corazón. Quise echar a correr hasta sus propiedades y asegurarme que estaba allí una vez más, pero eso ya lo había hecho de forma furtiva y nadie lo había visto. Hacía años que él no había regresado. No era una buena señal. Más bien era la señal de la catástrofe. Tantos habían muerto, otros resultaron terriblemente heridos y muchos huyeron para ocultarse bajo tierra en un terrible descanso. Quería pensar que como mucho estaba aún herido, pero vivo. Vivo como ella. Vivos los dos. El apasionado Abelardo y la eterna Ophelia.

Cerré los ojos un instante y vino a mí el aroma de los dondiegos de First Street. Pude ver las ramas meciéndose suavemente. Creo que incluso sentí bajo mis zapatos la hierba crecer. Al abrirlos me di cuenta que había dado la vuelta adentrándome en una pequeña calle, la cual daba a la Avenida donde me había instalado de nuevo. Uno de mis pisos allí. Mi pequeña guarida.

Pasé la punta de mis dedos por el muro de una de las viviendas, hundiendo las yemas en las grietas, y recordé que así es mi alma. Mi alma está llena de cicatrices y vivencias. Somos como viejas mansiones con encanto. Ocultamos muchos secretos. Somos lo que somos por el paso del tiempo. Un tiempo que pasa desafortunadamente demasiado rápido.

Al llegar al interior de la vivienda, donde el fuego estaba ya caldeando la habitación principal desde hacía horas, decidí que debía volver a mi castillo. Allí los recuerdos no eran tan intensos. Claudia no me asaltaba como un encantador y peligroso fantasma; las dudas sobre las diversas amistades que perdí, y sobre si hice bien abandonando a Louis, tampoco estarían.

Mi encantador sofá corbeille tapizado en un encantador tono borgoña estaba allí, llamándome como una sirena varada en mitad de una paradisíaca isla. Decidí tomar asiento, recostar mi cuerpo y permitir que mis rizos dorados cayeran por el cómodo cojín de delicados bordados de rosas con hilo de plata. Cerré los ojos y me abandoné al mundo onírico.

Cuando desperté ellos estaban en mitad del salón. Él estaba apoyado sobre la chimenea, contemplando el fuego y avivando las ascuas, ella caminaba de un lado a otro haciendo sonar sus finísimos tacones rojos. Tan atractivos. Él con su elegante traje negro, su camisa de algodón blanco y una bonita corbata carmín con un broche dorado. Ella, sin embargo, llevaba un minúsculo vestido rojo y un abrigo de imitación a piel sobre sus hombros menudos. Parecían dos aristócratas. ¿Y no éramos eso los vampiros? La aristocracia de la noche.

El cabello de Mona estaba recogido dándole un aspecto más maduro, pero su pequeña boca tenía la mueca de una niña impaciente. Esos enormes ojos verdes brillaban como los de un animal salvaje que está a punto de lanzar su ataque. Cuando se percató que estaba despierto se aproximó a mí y me abofeteó.

—¡Quinn!—exclamé como respuesta esperando que él intercediera.

—¿Dónde has estado? Te hemos necesitado, jefe. Pero tú preferías estar viajando conociendo furcias, ¿verdad? Furcias como esa Rose. Esa niña malcriada, esa golfa sin remedio... ¿qué tiene ella que no tenga yo? ¡Y no me digas que una carrera universitaria!—celosa, terriblemente celosa. Sus celos siempre me parecieron terribles y divertidos a la vez. Tan voluble, tan atractiva y tan desesperada por ser amada a pesar de todo. Era una niña. Una niña de dieciocho eternos y magníficos años.

—¿Estás escuchando? Yo no he empezado. Ha sido ella, hermanito, y si digo algo que no te gusta vas a tener que aceptar que no inicié esta pelea—dije incorporándome.

Era bajita, pero tenía el típico cuerpo de guitarra. Sus caderas eran algo anchas, su busto estaba deliciosamente desarrollado, y su cintura era estrecha. Muy atractiva. Ante mis ojos tenía una pequeña dama de sociedad que se comportaba como una arrabalera. La tomé de las muñecas y la sostuve de ese modo en silencio. Quería golpearme, pero no podría. Era una buena técnica.

—Khayman se volvió loco—susurró al fin Quinn. Al girarse pude ver cierto cansancio en sus ojos azules, tan hermosos como tristes, y eso me emocionó. Creí que no volvería a escuchar su voz ni a ver esa mirada tan enigmática—. Nos salvamos, pero fue horrible.

—Lo supuse. Creí que...—murmuré.

—No te librarás tan fácil de mí—sentenció Mona.

Ella logró zafarse de mis manos, que eran como garras, para darme otra bofetada. Sin embargo, acabó abrazada a mí llorando. No pude contenerme. Jamás pude. La abracé contra mí, besé su frente y sus mejillas, acaricié sus cabellos como si fueran de seda y miré a Quinn esperando que él también se aproximara. Mis amigos, mis compañeros, mi otra familia... mis pupilos. Mi hermanito vino, me abrazó y dejó a Mona entre ambos. Los besos comenzaron. Labios contra mejillas húmedas por lágrimas teñidas de rojo, frentes despejadas, cuellos fríos con un leve murmullo de un corazón que aún late pese a la muerte del cuerpo y miradas cómplices.

Ellos habían sido mi último intento de bondad. Quise ser un buen tutor. Deseaba que me quisieran. Las peleas fueron numerosas, pero esos días de complicidad se quedaron por siempre unidos a mí. No podía olvidarlos. Aunque estuve lejos de la ciudad algo en mí me pedía recordarlos. Quizás porque ambos me necesitaban. Desconozco si era así o no. Esos besos, tan intensos y sinceros, confirmaban que yo aún les amaba y que era un amor correspondido.

Sentí la mano pequeña y firme de Mona sobre mi bragueta, bajando el cierre e introduciendo sus dedos dentro del pantalón. Su zurda estaba sobre mi torso, acariciando los botones de mi levita, mientras que las mías sostenían el rostro de ambos. La derecha tocaba los gruesos rizos negros de Quinn mientras le acariciaba el rostro. Con la izquierda palpaba la nuca despejada de Mona. Él se inclinó hacia delante y me besó en la boca. Sus cálidos labios, tan suaves y similares a los pétalos de las rosas, me hicieron sucumbir. Los brazos largos de mi hermanito nos rodeaba como sus amantes. Un abrazo intenso que aclaraba demasiadas dudas.

Los sutiles dedos de mi brujita se movían sobre la tela de mis calzoncillos. Tela pegada que ocultaba mi erección. Mis labios seguían devorados habilidosamente por Quinn. Las yemas de mis dedos apretaron sus tiernas carnes, pues aún la inmortalidad no los había convertido en monstruos de mármol. Sentí los femeninos labios de Mona bajo mi mentón, rozando la nuez, mientras intentaba pensar con claridad en medio de esa jauría de sensaciones.

Fui yo quien los separó de mí. Estaba tan excitado que no sabía como expresarme. Ellos me miraban confusos y sutilmente hundidos en la lujuria. Me abracé a mí mismo intentando manejar la situación, pero era imposible. Quería tenerlos a ambos y ellos me querían tener a mí. De nuevo unidos los tres.

Acabé deshaciéndome de la levita, así como de la camisa de chorreras que tenía bajo esta, dejando a la vista mi torso desnudo. Siempre he sido algo delgado, pero tengo musculatura algo marcada. El trabajo físico, los días de caza, el correr por todo el bosque buscando entrenamiento y las peleas me habían dado un aspecto soberbio. Él era más delgado. Tras esa ropa elegante se descubría un chico delgaducho con cierta cintura y una piel sedosa. Un chico que llegaba a la veintena cuando fue transformado. Parecía un niño, uno aún más pequeño que yo.

Ambos nos miramos. Fue como un hechizo. Después la miramos a ella. Sus pechos se movían ritmicamente con su respiración entrecortada. Los pezones se marcaban bajo la fina tela. Él quedó tras su espalda, deshaciéndose del abrigo que cargaba, para yo quedar de frente deslizando las finas tiras de tela que eran sus tirantes. El vestido cedió rápido. Bajo este sólo tenía un liguero que sostenían unas finas medias y una minúscula braguita de encantadora lencería.

Mona no sintió pudor en absoluto. Si bien, tomó su revancha. Se giró rápidamente hacia su eterno compañero para deshacerse de la corbata, la chaqueta y la camisa. Su torso delgado apareció con aquellos pezones tentadores de color café y nulo vello.

Di un par de pasos hacia atrás tomando asiento en el sofá, con los brazos abiertos sobre el respaldo. Abrí mis piernas invitándolos sutilmente a que siguieran los juegos. Mis ojos estaban fijos en ambos. Quinn terminó quitándose los zapatos, calcetines y cualquier prenda que impidiera que pudiera saborear su cuerpo. Su pene estaba erecto y coronado por un escaso vello público, muy rizado espeso.

Quinn se arrodilló desabrochando el botón del pantalón, así como lo que quedaba de cierre, bajando este hacia los tobillos junto a mis calzoncillos. Su lengua, rápida y certera, dejó un lametón desde la base de mi sexo hasta el glande. Mona acariciaba la espalda de su amante y me miraba penetrante. Perdía el juicio con ambos. Mis manos se aferraban al respaldo, aunque rápidamente fueron a los hombros de mi hermanito mientras ella hundía su rostro entre mis piernas. Sin embargo, no era lo que yo deseaba. Mi mayor deseo era sentirla a ella.

Él se apartó riendo bajo, como si fuera tan sólo una travesura de un niño pequeño, para luego ayudarla a subirse sobre mis piernas. Las nalgas, redondas y duras, de Mona rozaron mi miembro y comenzó un baile erótico muy provocador. La boca de Quinn viajaba por su torso mordisqueando y succionando sus pezones, aunque a ratos sólo lamía su torso. Las manos de ambos recorrían la menuda y curvilínea figura de nuestra brujita.

En cierto momento ella se soltó el recogido, provocando que el cabello cayera, y ambos quedamos absortos por los hilos sanguinolentos que rozaban su maravillosa piel moteada por las pecas. Empecé a sentir calor y mi pelo se pegaba a la frente, igual que le ocurría a ambos. Ella gemía bajo porque los dedos de la mano diestra de mi hermanito, esa mano tan libertina, estimulaba a su pareja hasta hacerla temblequear. Las mías hacían diversos recorridos sobre sus muslos, sus pechos y costados.

Finalmente ambos la penetramos. Él lo hizo hundiéndose en su cálida y húmeda vagina. Por mi lado lo hice entre aquellas estrechas nalgas, lo cual fue algo difícil. Ella gemía y aullaba de dolor. Era una mezcla deliciosa de sentimientos. Una pequeña tortura para una liberación extremadamente erótica y placentera. La azul mirada de mi hermanito formulaba miles de preguntas, pero en esos momentos yo sólo tenía una respuesta. Mi mano derecha se colocó en su nuca y tiré de él, para besarlo, mientras la zurda masturbaba el clítoris húmedo y dilatado de Mona. Ella mordisqueaba el lóbulo derecho de Quinn, deslizando a ratos su lengua por el cuello hasta su hombro. Los tres gemíamos ahogados sintiendo nuestros cuerpos convertidos en un volcán.

La pelvis de mi hermanito se desenfrenaba, sus labios se liberaron de los míos y pronunció el nombre de su amada Ophelia. La mía seguía el ritmo mientras mi boca iba a la nuca de Mona, sus hombros y finalmente su cuello donde di un pequeño trago. Ella era como una serpiente moviéndose al ritmo de una música tocada por el mismísimo diablo. Los te amo iban de una boca a otra, nuestros nombres se pronunciaban en todas las direcciones posibles, el sudor sanguinolento era tan pegajoso que a veces costaba tocar. El sofá parecía ceder, pero a la vez nos sostenía a los tres como si fuera Atlas.

Él acabó apartándose, para luego ayudarla a cambiar de posición. Permitió que fuese sólo para mí. Aquella vagina fue un regalo, un logro, un premio y también un delirio. La humedad envolvió mi pene en cada milímetro. El pequeño camino pelirrojo de su vello era tan tentador que lo acaricié. Ella me besó ofreciéndome un trago más de su sangre y yo hice lo mismo. Después, como si fuera una amazonas, me cabalgó mientras él la rodeaba por detrás, pellizcándole los pezones con sus delgados dedos.

Me sentía extasiado, pero deseaba más. Los aparté dejando a Mona arrodillada frente a él y levanté sus caderas. Ella adoptó el estilo perrito, un clásico de las posiciones sexuales, y Quinn se arrodilló para que pudiese chupar y succionar su miembro. Volvimos a esa complicidad. Ese momento de éxtasis a punto de derramarse. Ella alcanzó el cielo al notar el semen cálido y espeso del sexo de su amado Abelardo. Por mi parte no llegué al orgasmo final, pero ambos sí lo hicieron.

Al incorporarme tomé a Quinn de la nuca, le miré a los ojos y sonreí ofreciéndole mi glande. Él lamió la punta como si fuese una perra entrenada en un burdel de los barrios bajos. Después, como si se tratara de una película pornográfica, le golpeé las mejillas jugando con mi duro sexo. Por último, sin que él lo esperara, lo arrojé al suelo, le hice quedar contra el sofá y lo penetré fuerte, sin miramientos, arrancándole un gemido tan hondo que sonó a un grito desgarrador en mitad de la noche. Tras un par de estocadas me derramé dentro de él y Mona gateó para lamer el esperma que había marcado a su eterno compañero.

No hubo celos. Creo que no existían porque los tres nos habíamos pertenecido en un lazo de placer intenso. Nos extrañábamos. La complicidad superó a la rabia, los desacuerdos y reproches. Pero sobre todo fue un delicioso sueño. Minutos después, cuando me encontraba en mitad del salón, sobre la alfombra persa junto a ambos, realmente desperté.


Allí no estaba Mona, ni Quinn y tampoco había rastros de algo más que un perfecto sueño erótico. La casa seguía silenciosa, la chimenea encendida y la mañana estaba a punto de llegar. Fue un sueño extraño. Un sopor que vino quizás por la necesidad de creer. Quería creer que seguían vivos. Tal vez lo sigo necesitando. No hay pruebas que confirmen que esos dos muchachos que mató Khayman, en un momento de locura, sean ellos. Nadie me lo ha confirmado. Aún hay esperanza.

Lestat de Lioncourt   

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Sueños

Arjun despertó y dejó algo para Pandora. Algo más que una carta. 

Lestat de Lioncourt 


Soñar. A veces uno sólo quiere soñar. Los sueños son frágiles burbujas donde nos aislamos de la realidad, el pasado y presente, intentando no proyectar nuestro miedos en el futuro. Sin embargo, hay sueños terribles que se convierten en pesadillas que nos engullen para siempre. Cientos de nosotros han decidido dormir durante décadas. Desde los más jóvenes hasta otros que han vivido grandes tragedias. Siempre ocurre. Hay un punto en la vida de un vampiro que le influye provocando que quiera dormir, ocultándose de otros y de la vida misma.

Era joven, indeciso, caprichoso y aburrido de la vida que llevaba en palacio. Estaba a punto de contraer mi matrimonio y ser un digno heredero. Un joven príncipe que debía tomar las riendas de su vida. Si bien, a pesar de ser educado para obedecer a mi padre y llevar a mis súbditos al bienestar, sólo pensaba en viajar y conocer grandes mundos, mucho más inmensos que en el cual me movía. Soñaba despierto aferrado a la barandilla de mi balcón, mirando el horizonte y oteando cada una de las estrellas que resplandecían como si fueran auténticas joyas.

Creo que mi capricho de ser libre la llamó.

Conocí a Pandora en el momento justo en el cual mi vida empezaba a perder sentido. Ella le dio uno mágico y tan vulgar como la muerte. Ser un asesino para vivir eternamente, viajando por tierra y mar. Disfrutaría de un legado eterno y una sabiduría que nunca podrían arrebatarme. Además, me quedé prendado de su fuerza.

Fue así como acepté caminar a su lado, ser parte de ella y que ella formara parte de mí. Quería ver los mundos que podía ofrecerme. Deseaba amarla sin límites. Y el amor, ese sentimiento puro que nació al fin de mi corazón, la asustó. Me temía porque mi amor era distinto al que había conocido. Era un amor sincero, entregado y que no buscaba retenerla. Sólo quería ver su felicidad reflejada en mis ojos. Creo que por eso huyó. Ella no estaba preparada para amar. Deseaba compañía, pero no un amor que la arrastrara a un estado tóxico como el que encontró junto a Marius.

En mis sueños la encontraba inmersa en libros, tarareando canciones o simplemente gozando de nuevas experiencias. La contemplaba vestida con las mejores telas, cubierta de oro y joyas preciosas, pero finalmente se convirtió todo en humo. Pude haber despertado antes, pero el saber que en mi terrible realidad no la encontraría, ni era feliz sin mí o conmigo, me condenó a intentar quedarme sumido en mis hermosas divagaciones.


Ahora es distinto. Camino a su lado y veo un nuevo anochecer. Hay que seguir viajando.  

jueves, 9 de octubre de 2014

Carta abierta

Soy el héroe que todos esperan. La estrella del show que todos quieren protagonizar. Sin embargo, tras mi carisma hay momentos de debilidad. Todos caemos, pues se nos está permitido derrumbarnos, pero hay que sobrevivir y alzarnos desafiantes ante las adversidades. Llorar está bien, nos libera, pero no podemos agotar nuestras energías tan sólo en lágrimas que se vuelven vacías, carentes de sentido y una lápida para los sueños.

Me han visto derrumbado tantas veces. He narrado mi sufrimiento. Permití que conocieran mis miedos y fracasos. Admití mis delitos y los privilegios que me hicieran ser un rebelde alocado, un soñador e incluso un ingrato. Envolví mi vida en una gran mentira, como si fuera mi vieja capa roja, pero terminó siendo ejemplo para los jóvenes que intentan alimentar su esperanza con mis palabras. Hay muchas cosas que no he dicho. Todavía tengo que decir algo más. Quiero detener el mundo y poder gritar lo que siento, aquello que opino de cada noticia y canción que puedo escuchar en la radio. Siento una profunda necesidad de conocer, comprender y contar. Creo que sigo siendo un niño a pesar de todo. He madurado, pero no soy un filósofo y tampoco me considero un mártir.

En cada página he narrado lo que he sentido, tal como lo he vivido. No he querido cambiar ni una coma, aunque a veces me he arrepentido de contar todos mis secretos. Acepto vuestro amor. Es un amor delicioso. Es hermoso sentirse amado. Siempre he querido sentir el calor del público, sus vítores y cánticos. Cuando coreáis mi nombre, cuando lo susurráis al leerlo en mis manuscritos, o cuando os sentáis a conversar de mis andanzas me siento vivo. Surjo de la oscuridad, me materializo ante ustedes y sonrío descaradamente. Soy un pícaro sin remedio. Un ser bondadoso con aquellos que le aman, pero terrible cuando siente que marchitan su Jardín Salvaje.

Me pregunto si queda algo de todo lo que he visto. Si los lugares a los cuales no he regresado siguen intactos, pues el tiempo nos cambia. He querido ir al lugar de las brujas, contemplarlo de nuevo con sobrecogimiento y dejar una rosa por ellas y por él. Nicolas siempre está en mi corazón, como todos aquellos que amé y aún amo. He amado mucho. No sólo me han amado. He permitido que mi corazón se dividiera miles de veces para que todos poseyeran un trozo. Claudia se llevó un gran pedazo. Miente todo aquel que diga que no la quise.


Sigo aquí. Estoy aquí. Aún puedo veros. Seguiré escribiendo para ustedes. No dejaré de hacerlo. Tal vez, por cualquier circunstancia, dejen de llegar mis cartas y mis obras. Sin embargo, no crean que los he abandonado. Nunca abandono. Tengo una tenacidad terrible. Siempre estaré ahí. Búsquenme. Sólo aquellos que realmente me aman me encuentran.

Lestat de Lioncourt   

viernes, 19 de septiembre de 2014

Voces, sonidos y sueños. ARCHIVO TALAMASCA

David Talbot nos ofrece uno de sus misterios, narrados para nosotros como siempre con cuidado. Pronto ofrecerá sus entrevistas. No se pierdan sus actualizaciones. 

Lestat de Lioncourt 


Entre los amontonados informes, los cuales registraba con meticulosidad británica, se hallaban algunas hojas de un fichero que no logró rescatar de forma completa. Eran tan sólo hojas desperdigadas, incluso amarillentas, que estaban redactadas en máquina de escribir y firmada por algunos estudiosos de la orden. El caso había sido uno de tantos, pero tenía especial interés en él porque le suscitaba ciertas dudas. Se selló en falso. Nadie ayudó al joven y se desconocía si seguía vivo. Hacía más de veinte años del último informe del que él tenía constancia, aunque sabía que existían otros.

Todo había comenzado cuando el muchacho era sólo un niño. Tenía tres años cuando el primer incidente ocurrió. Era un niño sumamente inteligente, que inclusive sabía leer algunas palabras e intentaba aprender a un ritmo desproporcionado para un pequeño de su edad. Sus inquietudes le hacía ser bastante desobediente, preguntar por asuntos que nada tienen que ver con los típicos juegos infantiles o con problemas que pueden hacerte reflexionar a esa edad. Disfrutaba observando los libros que aún no sabía leer, pero que un futuro cercano codiciaría y necesitaría como refugio para sus pequeños problemas cotidianos.

Era un día de fiesta. Las bodas siempre son celebraciones que encandilan a todos. Los regalos, la tarta, el baile, la comida y sobre todo las risas se camuflan y provocan que se pierda el sentido del tiempo. Su madre lo había dejado con el pequeño grupo de niños, la mayoría mayores que él, pero allí no había durado ni cinco minutos. Cuando ella alzó la vista para verlo ya no estaba. Se había movido y nadie lo había visto. Era como si se hubiese esfumado. Lo encontraron casi dos horas después, deambulando sólo por los jardines cercanos mientras observaba la hierba crecida, las flores y el cielo. La madre lo atrapó entre sus brazos y le preguntó los motivos que había tenido para irse, pues estaba asustada, y hasta llegó a pensar que podían habérselo llevado. Él se encogió de hombros y dijo «Escuché como me llamaban, pero nunca supe quien era.»

Los sucesos prosiguieron. El pequeño tenía sueños recurrentes que asociaba a aromas, sensaciones y palabras sueltas. Solía tener miedo a la oscuridad y sospechaban que era la estratagema perfecta. Sin embargo, también lo veían caminar a solas observando todo con atención como si intentara encontrarle sentido a algo. Por lo demás era un niño intranquilo, como cualquier otro, con sus juegos simples y sus deseos de crecer demasiado rápido. A la edad de cinco años ya leía y escribía, con siete hacía cálculos avanzados para un niño de prácticamente diez años y con quince se aburría tanto en clases que escribía sus propias historias. Las notas jamás supusieron un problema para él, pero se sentía ridículo en un pupitre escuchando algo que ya sabía. El aburrimiento llevó a este pequeño a odiar el colegio y posteriormente el instituto. Destacaba por su aspecto pálido, de ojos profundamente oscuros y manos grandes que escribían compulsivamente. Era un prodigio en ocasiones, había logrado publicar en periódicos locales y algunas revistas nacionales. Un joven que no tenía miedo a explicar sus sentimientos, pero que a duras penas soportaba a otros de su edad. Solía decir que eran “demasiado simples” para soportar unos minutos a su lado.

Prefería los libros, la música y la compañía de su mascota antes que soportar una charla insulsa. Su madre solía estar casi todo el tiempo fuera de casa y eran sus abuelos quienes lo cuidaban, prácticamente como un hijo, para que creciera fuerte y sano. Poco a poco ellos murieron, igual que muchos sueños que él tenía durante la infancia, pero seguía escuchando esa voz, pasos, escalofríos y sensaciones que otros no sentían y asumía que era su excesiva imaginación.

Tenía veinticinco años cuando ocurrió otro de esos sucesos inexplicables. Se encontraba solo en el hogar familiar. Había decidido prepararse un tentempié y escuchó la voz de un hombre, el mismo que escuchó cuando era un niño, llamarlo insistentemente por su nombre. Después, como si fueran ecos de otros mundos, pasos por la casa y un portazo. Luego, silencio. No hubo nada más. No lo contó, se guardó el misterio y decidió sentarse a reflexionar sobre ello. Solía decirse que la soledad le hacía imaginar cosas, cosas que no sucedían y que podían alentarle a pensar que se estaba volviendo loco.

Sin embargo, no solía pensar en ello. No era una obsesión como cuando era un poco más pequeño. El miedo a la oscuridad cesó. Podía caminar incluso en la noche. Se sentía extrañamente acompañado y protegido en plena oscuridad, pero a veces escuchaba esos ruidos y tenía sueños extraños. Sueños que podían llegar a ser perturbadores. A pesar de los años él seguía con ese mismo sueño en el cual un asesino, cuyo rostro desconocía, emitía un olor flatulento y le buscaba para llevárselo igual que si fuera la mismísima muerte.

Cuando cumplió 28 años los sueños se convirtieron en visiones. Tenía sensaciones extrañas en ellos. Al despertar recordaba fragmentos que le torturaban, pues sucedían hechos similares. En la vivienda las cosas siempre se habían cambiado de sitio, como si no viviera únicamente él con sus escasos familiares. A los 30 tuvo un hecho insólito.

Después de años de sensaciones extrañas, incluso de verse en otro plano durante el sueño, la voz le habló recitándole un poema. Ya no le llamaba, sólo le recitaba un viejo poema que él recordaba y no sabía de qué autor era. Tardó días en reconocerlo, era suyo de cuando tenía dieciséis años.

Talamasca se puso en contacto con él porque lo atraparon indagando sobre sucesos paranormales, en una de las casas investigadas por la orden, mientras anotaba con rapidez ciertas conclusiones. Su historia se conoce por trozos, no al completo. Ni siquiera conoce si terminó inmerso en un mundo paranormal como él lo había hecho años atrás. Sin embargo, le recordaba a él.


Talbot reconocía el patrón que en ocasiones siguen los espíritus. Muchos de ellos desconocen como pasa el tiempo en la tierra, algunos quieren dañarte y la mayoría necesita que le ayudes. Incluso algunos hechos pueden ser saltos en el tiempo que se fusionan, como si dos líneas temporales chocaran igual que dos trenes. Sabía bien como era la sensación de verte señalado por la muerte o por uno de sus últimos compañeros. Deseaba saber el final de la historia, pero todo quedaba en suspenso. Lo único que pudo era introducir sus datos en el ordenador y olvidarse de ello, pues había otros documentos esperándole amontonándose en la mesa.  

miércoles, 18 de junio de 2014

Sueños perversos

Khayman nos quiere compartir estos viejos recuerdos que tuvo hace tanto, pero tanto, que pudo haber olvidado dejándolos bajo las dunas del desierto.

Lestat de Lioncourt

SUEÑOS PERVERSOS 

—Es por el bien de mi pueblo—dijo dándome la espalda.

—Esa boda será...

—Magnífica—terminó mi frase sin siquiera mirarme o escuchar mis súplicas.

Había tenido sueños terribles y todo indicaba que no serían sólo malos presagios. Sin embargo, estaba claro que no podía hacer mucho. La habitación había tomado un aire enrarecido, igual de viciado que la estancia donde yacía mi padre enfermo. Quería llorar, pero era un guerrero y debía afrontar todo con entereza. Apreté los puños, incliné la cabeza hacia delante y asentí.

Él se giró suavemente para ver mi pose sumisa, sonrió y colocó sus suaves, y finas manos, sobre mis hombros. Apretó ligeramente haciéndome sentir reconfortado por unos segundos. El sonido de sus distintos abalorios repicó como repican ahora las campanas de las pequeñas iglesias.

—Te amo por como eres, por tu entereza y tu forma de afrontar éste nuevo momento—dijo inclinándose hacia mí, para besar mis mejillas y finalmente estrecharme contra sí.

Prácticamente nos habíamos criado juntos. Las tierras de Kemet eran nuestro escondrijo para jugar desde el amanecer hasta la puesta de sol. Había librado batallas a su lado, conversado en su mesa, reído frente al río mientras los mosquitos zumbaban y compartido cama. Los últimos años habíamos sido amantes. Él me rogaba que estuviera a su lado cada noche, como si no tuviese suficiente el ver mi rostro durante las mañanas.

—Ahora la dueña de tu vida será también de tu cama—esbocé una sonrisa triste y él entonces rompió a llorar.

Se aferró a mí con fuerza, hundió su rostro en mi pecho y lloró como un niño. Sabía que se estaba condenando, pero el pueblo necesitaba un gobernante que le diese hijos sanos y gobernase sobre todos. Él era demasiado débil al ser extremadamente compasivo. La mujer que había elegido su padre era una muchacha de otras tierras, las cuales eran más fértiles incluso que Egipto, y había viajado durante meses para reunirse con él. Una mujer de carácter, firme y muy autoritaria. Su padre lo había decidido en el lecho de muerte y él había acatado.

—Khayman, ¿qué ocurrirá en el próximo sol?—murmuró.

—Tendremos nuevos gobernantes en el trono. No pasará nada malo, pues yo obedeceré las órdenes que me impongáis—respondí intentando olvidar mis terribles visiones.


Eran sueños que me perseguían, como si alertaran al mundo entero de la catástrofe que se avecinaba. Posiblemente algún espíritu me rogaba que detuviera aquella locura, pero era incapaz de reaccionar. Yo sólo era el hijo del escriba real.  

martes, 16 de septiembre de 2008

Te amo Yuki


Ville Valo...VIVA HIM


Sonríe. Búrlate de tu propio dolor, siente el miedo acariciando tu piel y tíralo a un lado de la cama como si fuera un amante indeseado. Sí. Sonríe. Deja que el mundo vea que tu rostro está lleno de vida y las arrugas en el borde de los labios aparezcan como de la nada. Se tú y no otro. No permitas que te atrapen, que te encierren con engaños o con prácticas de humillación. Tú tienes tu orgullo, nadie te lo pisotea. Muestra tu rebeldía y ríe, ríe como jamás lo has hecho, cuando te ataquen. Busca nuevos retos, metas y soluciones. Busca en tu corazón lo que deseas y no escuches al resto, pues tus deseos son más importantes que burlas o falta de entendimiento. Llega lejos, abraza con calidez lo que consigas y únicamente ten presente a la persona que elijas…


Y yo, yo te elijo a ti…princesa.

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¿Qué son los sueños? Sueños son los preparativos de las metas. Un día te tumbas en la cama y sueñas que consigues una meta que ni te propusiste, automáticamente al día siguiente quieres conseguirla. Somos así, cuando tenemos algo entre manos y lo perdemos sabemos su valor. Los sueños tiene su valor y los que lo siguen su pizca de valentía.

Tú eres mi sueño, abrazarte es una meta junto a besarte. Quiero hacerte feliz, protegerte de todo lo malo que se engendra en este mundo y ver tu sonrisa mientras duermes...

Ese es uno de mis sueños, el más preciado...

jueves, 31 de enero de 2008

Te quiero Gabri





Tu mirada me enloquece por la belleza que logras captar con la dirección de tus pupilas. Sin embargo, mi desenfreno aparece cuando imagino tus manos sobre mi débil cuerpo mientras tus labios seducen en un sueño eterno. Dicen que el amor es agridulce, pero yo no he tenido ni un momento doloroso a tu lado. Sé que hemos discutido, sé que hemos vuelto con más ansias que antes de hacerlo y eso me reconforta. Tenemos mucho camino para cumplir este deseo, este anhelo protegido por millones de ilusiones. Mi precioso ser de otro mundo, pues no es común tanta belleza enlazada en una única persona. Por ello termino en medio de las calles gritando tu nombre, aunque sé que no te hallas cerca y no me importa. Quiero y deseo que todos conozcan el nombre de este arcángel que me ha hecho enloquecer.

Hoy te dedico estas palabras, escasas para las que mereces, pero sin embargo intento que sean precisas…pues la palabra amor y su simbología es insulsa para lo que siente mi alma cuando me provocas. Te adoro, no sabes cuanto, y me siento orgulloso de ser tu pareja…al estar junto a ti soy alguien especial, alguien con talento y un futuro por el que luchar, lejos tan sólo soy una marioneta a quien le mueven los hilos de los acontecimientos.

Te amo.

Te deseo.

Te quiero.

Irremediablemente perseguiré este anhelo...

Saber a que huelen tus cabellos

Cómo saben tus besos

Y poder comprar tus caricias con el roce de las nubes o del terciopelo…

Con otros soy brutal, contigo me vuelvo tierno y tan romántico que me sorprendo. La violencia que a veces muestro en mis palabras, se convierten en melaza ante tu figura. No sé que me das que cuando estas junto a mí, aunque sea en mis pensamientos, la paz me envuelve y el mundo se diluye. Soy feliz imaginando que caminas a mi lado por las calles de esta inmensa ciudad al sur de Europa, soy el hombre más dichoso cuando la noche se alza y despierto en tu búsqueda

Nunca olvides mis palabras…tan comunes como insulsas, pero que son muestra de la verdad que mi mente a veces esconde, y digo a veces porque me pierdo en ella para danzar contigo un vals en mis fantasías.


Mi vida es bella, es maravillosa, gracias a ti...porque tú eres la belleza que ilumina mis noches de amarga existencia.

Tu rostro es tan magnífico como el de un ángel...posiblemente lo eres y te burlas de este mortal, sin embargo me dejo guiar por sus guiños descarados que me guian a la felicidad.


TE AMO

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt