Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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domingo, 8 de mayo de 2016

Silencio en la oscuridad

Este Archivo no ha sido revelado por David ni por Daniel, sino por un tercero. Aún desconocemos quién ha podido filtrarlo pero me han asegurado ambos que es cierto.

Lestat de Lioncourt




La tormenta arrasaba la ciudad y el fuerte viento estaba destruyendo algunos árboles que se doblaban con facilidad. Las ramas caían a los pies de los gruesos troncos y los vehículos empezaban a hacer sonar sus alarmas porque algunas caían sobre ellos. El sonido de los cristales rotos, las tejas levantadas y las sirenas de los bomberos se repetía una y otra vez. Él estaba refugiado en el interior de aquella vieja vivienda vacía hacía tantos años. Las ventanas estaban selladas por gruesos tablones de madera tanto en el interior como en el exterior.

Se cubría a duras penas con una manta vieja y sucia que había encontrado dentro. Su ropa, que estaba empapada, la había dejado sobre un par de sillas que aún aguardaban a sus dueños. Era una de esas casas que han sido arrancadas de manos de sus dueños para quedar en manos de los bancos, tan miserables como ruines tras estafar con los créditos de las hipotecas. Fuera la tormenta seguía, pero dentro todo parecía demasiado sosegado. Su cabello rubio estaba revuelto sobre su frente y sus ojos violetas perdidos en mitad de la nada.

El sonido de la puerta le alertó y prestó atención al sonido de los pasos, al corazón de la bestia que se aproximaba y al aroma de su perfume masculino. Cuando atravesó la primera estancia sonrió para sí y cerró los ojos agotado. Sabía que era él y que había ido hasta allí en busca de su “discípulos” de estos asuntos tan peculiares.

—David, no tienes por qué hacer de mi niñera todo el tiempo—dijo relajando su cuerpo que hasta el momento se había mantenido en una tensión insufrible.

—Si algo malo te pasara tendría muchos problemas—explicó.

—No me pasará nada malo, David—abrió los ojos y lo miró aguantándose la risa.

Su carísimo traje Armani estaba hecho un desastre, tenía el pelo encrespado y revuelto, los zapatos estaba llenos de fango y goteaba formando un pequeño charco donde se había detenido.

—Has empezado a investigar en una zona que puede comprometer tu vida—dijo sacándose la chaqueta para dejarla contra el respaldo de una de las sillas.

La camisa blanca transparentaba ligeramente y dejaba ver su cuerpo marcado por un entrenamiento que él no había realizado. Aquel cuerpo esculpido con detalles de Adonis no era suyo, pero al no encontrar dueño y perder el propio decidió obsequiarse con esa musculatura casi perfecta.

—Ya empezamos con las reglas, ¿verdad? El genio de los fantasmas, el playboy de Talamasca, viene a salvarme el culo porque cree que voy a morir. He salido de cosas peores—respondió abrigándose mejor con aquella manta que olía a polvo y humedad.

—Memnoch era un espíritu, estoy seguro, y ese acaba casi con la vida de Lestat—le reprendió sacándose la corbata.

—Ah, pero yo no voy a dejarme engañar de ese modo—susurró antes de notar algo extraño en el ambiente.

—Daniel, no eres el más listo ni el más entrenado—dijo percatándose él también que algo los observaba.

—¿Y tú sí?—preguntó.

—Yo tampoco, Daniel—musitó en tono bajo.


La vivienda había tenido problemas de venta porque el padre de la familia se había suicidado días antes del desalojo. Decidió quitarse la vida tras tomar una gran cantidad de pastillas, que en un primer momento no le hicieron efecto, y colgarse del techo en aquella estancia en la que todos compartían horas de televisión, lectura o conversación en terribles días de lluvia mientras los niños correteaban de habitación en habitación. 

domingo, 21 de febrero de 2016

Arte

Daniel muestra sus inquietudes.

Lestat de Lioncourt

La vida moderna ha creado diversas influencias en los vampiros. Lentamente ha generado cierto interés en los más antiguos como en aquellos que todavía pueden señalarse como jóvenes. No obstante la forma de vestir sigue teniendo gustos muy personales y provoca ciertas disputas con la moda actual. Hemos podido leer en numerosas ocasiones las discusiones internas que tienen algunos inmortales.

La ropa es algo muy personal así como los perfumes, joyas o libros. Cada época tiene un estilo y cada vampiro ha logrado plasmar en algún complemento lo que fue y seguirá siendo. Para Marius es aberrante llevar pantalones porque para él es algo “bárbaro”. Posiblemente jamás encuentre cómoda esa prenda pese a que suele usarlos. Algunos vampiros tienen mayor fortuna y logran encontrar prendas que se adaptan a su forma de ser, sentir y ver la vida. Lestat es quien mejor ha sabido adaptarse a los tiempos modernos usando chaquetas de cuero con tachuelas o gafas de sol bastante llamativas. Sin embargo, incluso él ha llegado a añorar las camisas de chorreras con elegantes encajes.

Pero, si no les importa, en ésta ocasión nos centraremos en la literatura. Para todo inmortal los libros son una fuente de cultura, información y ocio. Muchos de ellos suelen vivir aislados por algún tiempo, debido a problemas con el resto de la sociedad o porque se encuentran heridos. Hay autores que siempre les traerá grandes recuerdos y evocará a épocas en las que ellos eran humanos. Flavius, al igual que Pandora, sigue leyendo a Ovidio y dejándose arrastrar por  su concepto de amor. Por el contrario, Armand ha optado por probar autores que no habían sido próximos a él o que han influido en otros inmortales, así como en la cultura social, como es el caso de Shakespeare que es nombrado en sus memorias. Lestat ama la novela de acción e intriga quizás por su forma de ser tan intrépida e irresponsable, pero termina leyendo cualquier obra que tenga un estilo cultivado y pueda sacarle beneficios.

Si preguntas a un inmortal, sea cual sea, sobre literatura moderna verás que tuerce ligeramente el rostro. Estamos viviendo en un tiempo en que el dicho “cualquiera puede escribir un libro” es un hecho. Sin embargo que se pueda escribir no implica que el contenido sea agradable, importante o simplemente interesante para un ser que ha visto el mundo cambiar con sus propios ojos. Hay autores reverenciados que doblegan a nuestros compañeros, pero también hay otros que provocan la ira de muchos de ellos.

La música es también muy importante, por no decir imprescindible. Hemos podido presenciar el auge de la radio para vampiros, aunque los mortales piensan que sólo es ficción y una hermosa performance que los mantiene en vilo. Si bien ahí tenemos el piano de Sybelle y el violín de Antoine, así como las voces de los coros de “El Sabio”. Ya se sabe que “la música amansa a las fieras” y “calma las heridas del guerrero”. Pero no toda la música es apta para nuestros oídos. El rock no es apreciado para los más antiguos, salvo si es música proveniente de los aullidos de Lestat porque narran la historia que todos conocemos a la perfección. Todavía se recuerda y tararea las estrofas que animaron a Akasha y la hicieron despertar para convertir el mundo en un infierno aún más terrible.

Los gustos no cambian porque nosotros no cambiamos. Nos sentimos cómodos en lo conocido por mucho que capte nuestra atención. Terminamos rodeados de objetos que nos recuerdan a los buenos tiempos. Armand ha decorado su refugio en Nueva York como si fuese un palazzo veneciano. En cada habitación hay un pasadizo al pasado y al arte que predominaba aquellos tiempos, también posee dos hermosas bibliotecas plagadas de libros que ha leído en más de una ocasión. Es el vampiro que mejor se ha adaptado aunque cuando lo conoció Lestat era torpe, vestía casi como un cadáver recién salido de la tumba y era incapaz de relacionarse correctamente. Es un caso excepcional. Gregory también lo es pues ha logrado crear un imperio farmacológico y envolverse en un halo de misterio, lujo y paz. Sin embargo, el caso más llamativo será como el líder de una secta oscura y abominable, como era Armand, ha logrado cambiar hasta llegar a ser un empresario de éxito envuelto en viejos recuerdos que sosiegan sus heridas.


El ser humano no da la importancia necesaria a vestir como uno desea, como uno es realmente, porque desean ser aceptado en una sociedad que necesita gente que no piense por sí mismo, que no sea diferente, y que premia lo común. Las grandes empresas roban la imaginación a los jóvenes desde edades tempranas ayudados por una educación poco flexible. La literatura, la música y el arte en general se están convirtiendo también en puntos útiles para la uniformidad de la sociedad. En ocasiones el autor más vanguardista, aquel que es criticado hasta la saciedad, es mucho mejor que un autor de éxito que sólo crea libros para ser comercializados. El arte, pese al paso de los siglos, sigue siendo más puro cuanto más hambre y miseria pasa el artista. Tal vez es cierto que para ser amado, usado incluso por los inmortales, se precisa haber sufrido. 

domingo, 31 de enero de 2016

Máscaras de piel

Archivo Talamasca que no podía faltar. ¡Bienvenidos al terror!

Lestat de Lioncourt




Eran más de las dos de la madrugada cuando la puerta sonó en varias ocasiones. Eran los nudillos desnudos de David Talbot. Sabía que sólo él podía interrumpir mis horas muertas. Últimamente me estaba ayudando a encauzar mi vida, al igual que otros compañeros estaban ayudándome a ser el reportero pegado a la noticia. Él quería que fuese su compañero, o más bien su sombra, en diversas investigaciones paranormales que todavía hoy no tenían solución alguna.

Durante varios meses habíamos seguido nuevas pistas que iban dejando fantasmas, o espíritus, sobre lo que estaba por venir. Todos ellos parecían inquietos, muy temerosos, desde la destrucción de tantos vampiros jóvenes, y no tan jóvenes, hacía tan sólo un par de años. Pero, ésta vez era distinto.

Nada más abrir la puerta, con algo de apatía, me dejó entre mis manos unos documentos. Eran viejos, estaban algo amarillentos, y la carpeta parecía haber sufrido algunos desperfectos por la mala conservación en los archivos subterráneos de la Orden de la Talamasca. La Orden paranormal poseía numeroso inventario que a veces caía en el olvido.

—Son crímenes sin resolver—explicó—. Ya el asesino no actúa, pero pensé que serían de tu agrado. No créemos que fuese nada paranormal, por eso no se guardó en el archivo oficial. Está algo destruido, pero las letras aún se pueden leer.

—¿De qué época es?—dije acariciando el canto ligeramente grueso, y destruido, de aquella carpeta. Era marrón, algo deshilachada en los bordes, y parecía tener diverso material. No me atrevía a abrirla. Sentía que era la caja de Pandora.

—Años veinte y cuarenta. El último crimen sucedió en 1943—dijo señalando el final de la carpeta, donde estaba la fecha en bolígrafo de tinta azul.

—¿De qué se trata?—la curiosidad comenzó a roer parte de mi alma, perforándola y llegando su esqueleto que ya temblaba impaciente.

—Lee y disfruta. Posiblemente no puedas olvidar estos crímenes jamás—contestó apoyando sus manos en mis hombros—. Quizás puedas escribir un artículo o algo interesante. Sé que puedes. No hagas que se olvide.

Segundos después se colocó mejor su gabardina, salió de mi habitación y bajó los escasos escalones hacia la planta baja del edificio. Había decidido vivir en aquella ciudad perdida de rascacielos, corrupción, noches de música en antros de moda, taxis amarillos y canciones de Sinatra. Estaba en Nueva York, la ciudad que parecía más viva de noche que de día, disfrutando de la vida y él me traía crímenes. Era como un pájaro de mal agüero, pero agradecía que lo hiciera. Tenía un blog en Internet y debía llenarlo de contenido interesante.

Nada más escuchar la puerta de la calle cerrándose, como si hubiese dado alguien un fuerte portazo, cerré la de mi habitación y encendí la luz del flexo. Necesitaba algo más que la luz taciturna de la lámpara principal. Quería leer como hacían los mortales: con buena luz. Aunque, honestamente, no hacía falta.

Al abrir la carpeta pude percibir perfectamente el polvo, la humedad y el moho donde se había guardado las últimas décadas. El título era llamativo, estaba en la primera hoja, y parecía que tenía gancho para usarlo en mi propio artículo: Máscaras humanas en Venecia.

El primer crimen ocurrió en la plaza de San Marcos. Este lugar es conocido mundialmente y siempre ha sido codiciado por los turistas. Las fechas eran del Carnaval de aquel año, del año 1921. Una máscara apareció colocada en una escultura, de las numerosas que puedes hallar por Venecia. Era, en concreto, en una de las columnas con leones que allí se encuentran. Uno de éstos tenía la máscara adherida a su rostro. Un trabajador, de mediana edad, de los equipos de limpieza, los cuales duplican sus esfuerzos en las fiestas, la halló pensando que estaba hecha con papel maché y otros productos que le daban un realismo casi macabro. Sin embargo, al tomarla entre sus dedos se dio cuenta que era piel humana. La policía llegó a la zona poco después, la acordonó e investigaron. El rostro era de una joven desaparecida un año antes.

La siguiente fue encontrada a los pies del Neptuno de la escalinata de los Gigantes, en uno de los palacios ducales de Venecia, un año más tarde. También era de otra joven, la cual había desaparecido por fechas similares en 1921. Entonces, y no antes, se habló de asesino en serie. Sin embargo, el caso se mantuvo oculto por miedo a las pérdidas económicas que se hubiesen precedido al hacerse eco los periódicos nacionales e internacionales.

El caso era extraño. Las pieles habían sido arrancadas con técnicas de taxidermista y maquilladas con grand estilo. Representaban a polichinelas, un personaje primordial en el Carnaval Veneciano. Muchos rogaron que sólo hubiese dos casos, pero una tercera joven había desaparecido días atrás. Al año siguiente ya sabían que aparecía una nueva máscara. Así ocurrió durante más de dos décadas.

Los cuerpos, mutilados o no, jamás fueron encontrados. Ni siquiera la última joven que desapareció en 1943. Todas eran muy hermosas, poseían un canon similar en sus rasgos. Eran chicas de ojos claros, piel clara y cabello negro. Sus rostros eran suaves, muy dulces, y pequeños. No eran altas, sino más bien de estatura media. Así que el asesino, fuese quien fuese, tenía unos gustos.

Jamás se encontró a las muchachas y jamás se supo quien era el criminal. Nadie, jamás, habló. No se vieron testigos de quien colocaba esas horribles máscaras ni de la sustracción de las muchachas, algunas que ni siquiera habían salido esa noche de sus casas. Todas tenían entre dieciséis y veinte años, justo en la flor de la vida. El país jamás cayó conmocionado, pues nunca se alertó a la población que vivió ajena a algo tan macabro.


Al terminar de leer sentí náuseas e indignación. No comprendía como se podía estar tan ciego. Deseé escribir un artículo y finalmente he decidido narrar la historia, como bien he creído, en éstas líneas.  

domingo, 20 de septiembre de 2015

Informaciones

De nuevo un Archivo Talamasca que nos mueve en otro plano, en el plano que estamos indagando ahora mismo: nuevos seres, nuevos tipos de vida.

Lestat de Lioncourt


Allí estaba él. Sentado como de costumbre en aquel sillón de espalda alta, con orejas y fuertes brazos. Aquel mueble tenías las patas de madera talladas con garras, como las de unos fieros leones, y su tapizado negro le ofrecía un aspecto temible, pero a la vez muy atractivo. Era cómodo, sin duda alguna, y el favorito de David Talbot. Se solía sentar a leer el periódico a altas horas de la noche, tras haber salido a cazar un par de diablos perdidos en ésta jungla que Lestat se empeña en llamar Jardín Salvaje.

Su rostro era sereno. Parecía calmado. Los archivos se apilaban en una mesa cercana. La chimenea estaba apagada, pues el otoño aún no había interrumpido con fuerza. Fuera los árboles se mecían suavemente. La noche era agradable. Todavía se podía salir con una ligera sudadera y disfrutar del sonido de un tráfico insomne. Pero él estaba allí, como cada noche a la misma hora. Después se marchaba, viajaba por los aires y buscaba a su compañera Jesse. Conmigo sólo pasaba unas horas breves, me comunicaba algunas noticias nuevas sobre los vampiros y los restantes seres. A veces, sin que fuese muy seguido, salíamos juntos a buscar emociones, al igual que lo hacía con Lestat, Armand o cualquier otro vampiro. Era extraño.

Me quedé en la puerta, con mis pies desnudos y mi peto sucio. Había estado correteando por la ciudad tras un par de criminales. A veces me comportaba como el desequilibrado que todos recordaban, pero no era así. Volvía a ser el hombre mordaz, de mente inquieta, que quería saber la verdad. Mi pelo revuelto me daba un aspecto algo aniñado, pese a mis casi treinta años. Era responsable de mí mismo, pero a la vez no lo era. Un niño perdido, por así decirlo, en un mundo de vampiros antiguos, tan antiguos como miles de civilizaciones, caminando por ahí fuera mirándonos como objetos frágiles y compadeciéndose de sus miserias, que son también las nuestras. No sé que podía ver él en mí, pero yo sí veía miles de cosas en mí. Siempre crítico conmigo, más que con otros... salvo si ese “otro” es Armand.

—¿Estás solo?—pregunté indeciso.

A veces había espíritus a su alrededor que sólo él podía ver. Entes que parecían torturadas, pero a la vez aliviadas al encontrar en él una fuente de información y paz. Él era solícito, los escuchaba y hacía oír sus voces. No todos podíamos ver a todos los fantasmas. Incluso había vampiros que tenían por imposible contactar con fantasmas y espíritus.

—Sí, ahora sí—dijo con calma—. Estoy intentando entrevistarme con algunos fantasmas y espíritus. Pero todo es en vano.

—¿En vano?—murmuré acercándome a él—. ¿Aún no te han podido aclarar nada sobre el fantasma de Raglan?

—No, pero me han asegurado que sí existen otros seres que no se han puesto en contacto con los vampiros. Al menos, de momento—parecía dispuesto a conversar, pero no me atrevía a indagar.

Tomé una silla, la arrastré hasta donde él estaba y me senté frente a frente. Él parecía observarme con meticulosidad. Habíamos hallado ciertas preguntas a cuestiones ya existentes. Algunas tenían diversos archivos en la Sede Central de Talamasca. El mundo estaba en crisis, pero al menos no era una infundada por una guerra de vampiros. Había tregua. El silencio era ensordecedor. Amel ya no nos torturaba. Sin embargo, las guerras humanas estaban sacando a la luz a otras criaturas, seres que buscaban refugio en tierras más prósperas. David Talbot, que siempre tuvo los archivos a mano, tenía acumulados a su lado informes muy antiguos. Algunos de ellos aún no habían sido informatizados. Gremt le había permitido sacarlos, yo mismo estuve presente en aquella conversación tardía cuando el sol estaba a punto de salir.

—¿Y Jesse?—pregunté recostándome en la silla.

—Está recopilando información que ahora falta en sus archivos, los está logrando gracias a Gremt. Se encuentra reunida no muy lejos de aquí—explicó—. ¿Por qué no me preguntas más sobre mis indagaciones? Tu alma de periodista parece necesitarlo.

—No lo sé. Tal vez espero que tú lo hagas.

Sí, lo esperaba. Más bien lo deseaba. Quería que él fuese quien me desvelase todo como si fuese un truco de magia. Él y su tono agradable, de acento puramente británico y con unos gestos pausados para nada comunes en un hombre joven. Él no lo era, por supuesto. Era el alma de un anciano en el cuerpo de un muchacho, porque eso era pese a su traje a medida y sus cuidadas palabras. Sin embargo, en sus ojos brillaba una chispa que había visto en Lestat. Era la chispa de un hombre inquieto, de la necesidad pura de conocer y comprender. Admiraba a ambos porque se resistían a aceptar el mundo tal y como lo vendían otros.

—Hay hombres lobo, pero no han tenido contacto con nosotros—se encogió de hombros—. Del mismo modo que durante mucho tiempo los Taltos no tuvieron conocimiento de los vampiros y los vampiros de los Taltos. Es el mismo motivo—explicó con calma mientras cruzaba su pierna derecha sobre la izquierda—. He hablado con otros fantasmas de nuevos espíritus, muy similares a Memnoch, Gremt o Amel.

—¿No era el demonio?—dije apretando los regazos de mi silla.

—Según Lestat y otros espíritus, inclusive Amel, opinan que es uno de los suyos. Sin embargo, aún es demasiado pronto para darle un nuevo punto de vista—argumentó incorporándose—. Ya he bebido suficiente por hoy, también he conversado demasiado. Me apetece deambular sin más, ¿quieres acompañarme?


Tan sólo asentí. A él no le importaba mi aspecto ni a mí me interesaba quedarme allí. Quería caminar. Deambular me ayudaba a observar la verdad de las calles. Estar en la ciudad, como si realmente fuese libre, me hacía sentirme en paz.  

lunes, 20 de julio de 2015

El misterio de la vida

Este archivo es distinto. Aquí se puede ver algo del proceder que tienen los "Ancianos" de la Orden de la Talamasca. Es simple y a la vez misterioso. 

Lestat de Lioncourt

—¿Qué se supone que estamos haciendo aquí?—preguntó en un murmullo tan bajo que un mortal no podría escucharlo.

—¿Qué te parece que estamos haciendo?—respondió acomodando su corbata de seda negra.

Talbot siempre vestía impecable, como si fuese un hombre de negocios de altos vuelos. Su cabello, algo rebelde, terminaba acomodándose a una imagen impoluta. Sus desafiantes ojos oscuros y dorados eran los de un depredador buscando en mitad de la selva. Se había convertido en el animal de sus pesadillas. Era adicto a los misterios, las historias y secretos que todos ocultaban tras una imagen cuasi irreal de sí mismos. El traje azul marino, casi negro, de Armani se adaptaba perfectamente a su cuerpo y la camisa blanca, de algodón, resaltaba su piel ligeramente bronceada. No era el hombre de más de setenta años que se paseaba por esos mismos pasillos, pero sí tenía la elegancia de una esmerada educación inglesa.

—¿Robar?—dijo Molloy quedando a su altura.

—No, no vamos a robar nada—explicó.

—¿Y a qué hemos venido?—murmuró inquieto.

Era un dueto extraño. La ropa de Daniel Molloy, aquel periodista joven y delgado, era muy distante a la que tenía el viejo director de la orden. Llevaba un peto algo amplio, una camiseta sin mangas gris con un letrero publicitario de una de las discotecas de moda de Brasil. Sus cabellos rubios estaban revueltos y sus ojos grises, ligeramente violáceos, brillaban inquietos llenos de incertidumbre.

—Jesse nos está esperando—respondió.

—¿Qué? ¿Ella también está aquí?—dijo inquieto.

—Se está muriendo un viejo amigo y quiero decirle la verdad. Él te investigó a ti, posee parte de la documentación que necesitamos y deseo que comprenda que es lo que no logró tener durante estos años. Necesito que vea que es cierto lo que ha leído de mí, de Jesse e incluso de ti—giró suavemente su cabeza hacia su compañero y le sonrió—. Tómalo como tu buena obra del mes.

—No es buena idea—una tercera voz se unió a las suyas sorprendiéndoles—. Si vais a hacer algo en Talamasca, ¿por qué no nos avisáis?

Conocía a ese ser. No era un vampiro. No era humano. Era el espíritu que siguió a Amel hasta el plano en el cual se hallaban todos en ese mismo instante. Vestía un elegante traje negro, una camisa gris plateada y una corbata del mismo color que su camisa. Los cabellos los llevaba bien cortados, acomodados en un elegante peinado, aunque rozaban ligeramente sus perfectas cejas negras.

—Porque quizás no queréis ayudarnos—respondió David.

—Gregor ha muerto hace más de media hora—aquellas palabras detuvieron los pasos de David, así como los de Daniel.

Jesse Reeves apareció entonces secándose las lágrimas sanguinolentas y caminando decaída. Se aproximó hasta ellos confirmando la noticia de Gremt, el espíritu que fundó Talamasca junto al creador de Marius y su compañera. Los cuatro quedaron así juntos, en mitad del pasillo, aunque no revueltos. David sintió que su corazón latía acelerado, aunque intentaba calmarse con el perfume suave y refrescante que llevaba Jesse impregnado en su camisa.

—Si te sirve de consuelo le informé de todo lo que habéis encontrado. No olvides que yo también lo sabía—respondió con una ligera y encantadora sonrisa—. Aunque me alegro ver que sigues siendo el mismo, David.

—¿Y qué sucederá con él?—preguntó apartándose de su compañera mientras Daniel observaba todo como si fuese un cuadro, o una de esas películas que tanto le agradaban.

—Digamos que seguirá en Talamasca, pero en un grupo distinto—la sonrisa se ensanchó hasta convertirse en una pequeña carcajada—. Los buenos amigos no se van, David.

—¿Cuidaréis de él?—dijo tomando al espíritu del brazo, lo cual le parecía aún hoy irreal. Era imposible que pudiese ser tan fácil agarrarlo, sentir el latido de aquel corazón virtual y aceptar que sentía al igual que él.

—Siempre lo hemos hecho, pero ahora lo haremos con mayor cuidado—susurró inclinándose hacia Jesse, para depositar un tierno beso en su mejilla, después con un gesto simple se deshizo del agarre de David y se despidió con un ademán de Daniel—. Podéis quedaros a leer archivos si queréis—murmuró caminando por el largo pasillo hasta girar a la derecha, perdiéndose así de la vista de aquel particular trío.

Ninguno de los tres deseó quedarse, aunque sí acudieron a la habitación del anciano. Se despidieron de su cuerpo, pero no así de su alma. El fantasma de aquel hombre bueno y sabio, de un hombre lleno de virtudes, se convertiría en un gran arma para el conocimiento. Acudiría junto a otros hombres de Talamasca que decidieron quedarse en éste plano, acompañando a los vivos y a las diversas criaturas, para seguir informando y llevando la vida que una vez decidieron tener para siempre.


El misterio de Talamasca tan sólo era tal para los miembros de la orden, aunque cuando saliese a la luz el libro todo se descubriría. Muchos no lo creerían, pero la mayoría se sentiría asombrado y perdido. Era extraño para David Talbot, hombre de creencias firmes y de trato cordial, estar nuevamente en aquel lugar sintiéndose un ladrón, inmiscuyéndose en las habitaciones e intentando comprender lo que allí pasaba. Solía pasar desapercibido. Nadie reparaba en él. Sus antiguos conocidos apenas recordaban al hombre que tanto admiraron, salvo por viejas fotografías y escasos recuerdos que todavía conservaban con gran interés. Jesse Reeves había vivido menos entre aquellas salas, pero aún así sentía que su corazón latía como el de una chiquilla cuando recordaba su habitación y los numerosos informes regados sobre su escritorio. Para Molloy aquello era como una excursión escolar, algo para el recuerdo y para mostrar atención por si en algún momento podía usarlo. Él no había vivido allí, pero había conocido a personas de Talamasca durante su existencia vampírica, además tenía una curiosidad despierta sobre los asuntos que solía investigar la orden. Los tres vivieron distintas emociones que conservaron hasta llegar al vehículo que Jesse había usado para aproximarse a la sede. El resto es historia.  

lunes, 8 de junio de 2015

Archivo Talamasca

Hoy la emisión en la radio será de Los Archivos Talamasca, en vez de las entrevistas de La Voz de la Tribu. La entrevista a Viktor se hará la próxima semana.

Lestat de Lioncourt


Sucedió hace algunos años. Fue algo que nadie desea recordar, salvo los estudiosos vinculados a cada uno de los hechos que acontecieron entre aquellos frágiles muros. La vida no volvió a ser igual, el té ya no tenía el mismo sabor y las noches se convirtieron en horas intranquilas.

El comienzo de la historia la podemos situar en un barrio tranquilo, de personas de clase media y ajardinado para que los más jóvenes, tanto niños como muchachos, disfrutaran de su tiempo de ocio. Es el típico barrio agradable al que todos desean mudarse para pasar sus días rodeados de una comunidad de vecinos agradables. El barrio en concreto está en Gran Bretaña, en las afueras de Londres, donde el césped crece con fuerza y diversos colegios parecen tener fama por sus estrictas normas.

Hacía más de quince años que la vivienda se encontraba a la venta. Algunos vecinos habían logrado trasladarse a otras zonas de la ciudad, unas aún más tranquilas porque sus hijos habían crecidos y ellos deseaban viviendas más pequeñas. Sin embargo, aquella casa estaba situada en el corazón del vecindario y estaba comenzando a ser un punto negro para la oficina de venta de viviendas. La inmobiliaria era incapaz de vender aquella hermosa casa de ladrillos vistos, amplio jardín, garaje con buen acceso a la carretera y elegante mobiliario. No era la zona, sino la historia.

La vivienda había sido adquirida al principio de la década de los ochenta, cuando el barrio comenzó a tener vida. Era una familia joven que se había trasladado desde las afueras. Deseaban tener mayor acceso a las escuelas y también, por supuesto, a las oficinas que se encontraban muy cercanas al centro de la ciudad. Tenían un bebé de tan sólo unos meses y esperaban llegar a ser una familia numerosa, como siempre habían soñado. Aquel barrio les daba todas las facilidades que habían soñado alguna vez.

George y Louise eran personas creyentes y decidieron comprar aquella casa, y no otras algo más alejadas, porque la iglesia estaba tan sólo a cinco minutos andando. Para ellos tener la iglesia, el colegio y varios parques agradables cerca de su vivienda era algo importante. Al igual del sosiego de vivir cerca de vecinos de apariencia tranquila y bondadosa. Fueron recibidos con cordialidad y se adaptaron al barrio con asombrosa facilidad. Sus respectivos trabajos estaban a menos de treinta minutos en coche. Ambos trabajaban para la misma empresa y tenían horarios similares. El pequeño solía quedarse con la asistenta, la cual contrataron con la esperanza que fuese de ayuda también para mantener el hogar aseado y habitable.

El pequeño, Lionel, era tranquilo y no solía escucharse su llanto. Solía estar en su cuna apaciguado jugando con algún peluche de trapo, así como jugando con su pelota en el pequeño recinto de juegos. El pequeño tan sólo tenía diez meses. La cuidadora solía dormir mientras el niño jugaba, sin prestar atención a sus necesidades.

Una tarde, cuando ambos padres llegaron del trabajo, se encontraron que el bebé se había caído de la cuna. Ella había dejado mal colocada la barandilla y se había precipitado al suelo. El pequeño estaba frío, su pequeña frente se encontraba abierta y sus pequeñas manos se hallaban cerca de sus rizos dorados. Había estado llorando hasta que terminó muerto. La cuidadora se hallaba en una de las habitaciones dormida, recostada en la cama de invitados, y ni siquiera había escuchado a los padres llegar.

La rabia, la impotencia y el dolor provocaron que aquel hombre bondadoso, de sonrisa tranquila, y comprensivo se convirtiera en un demonio. Su hijo, su primogénito, en el cual había puesto tantos maravillosos planes había muerto por la ineptitud de aquella mujer. De inmediato arrancó el teléfono y con el cable la asfixió. La asistenta no pudo siquiera gritar. Tan sólo intentó resistirse arañando las ropas del joven padre. Ella terminó muerta sobre la cama, mientras Louise, la madre, lloraba aferrada al cuerpo del pequeño.

Rápidamente intentaron ocultar el cuerpo, pero el llanto desgarrador de la madre había provocado que una vecina llamara a la policía. El padre terminó en la cárcel y la madre en una institución mental, pues no logró reponerse del acto cruel de su esposo y de la muerte del pequeño.

Los siguientes compradores adquirieron la casa gracias a una cuantiosa rebaja, pero al saber la historia sintieron cierto rechazo por la vivienda. Sin embargo, decidieron seguir viviendo. Sin embargo, una noche huyeron de la casa. Dentro de ella ocurrían fenómenos extraños, se escuchaba el llanto desgarrador de un bebé y había objetos que se arrojaban a la pared. La casa, por supuesto, pronto encontró comprador y terminó en manos de una pareja joven. Eran tan jóvenes como los primeros compradores.

Una mañana, tras varias noches en vela por los extraños sonidos que lograban destrozar su descanso, Peter, el esposo, despertó sobresaltado al encontrar a su mujer muerta en la cama. Había muerto a golpes. Llamó a la policía y descubrieron que había sido él, pero él no lo recordaba. No sólo perdió a su mujer, sino a su futuro hijo y la libertad.

Después de aquello estuvo cerrada por casi quince años. Pero finalmente fue adquirida por un matrimonio con tres hijos, uno de ellos a punto de irse a la universidad. Nadie en el barrio era capaz de explicarle los extraños y terribles hechos que habían sucedido. Sin embargo, una mañana todos se habían marchado y en la habitación, donde murió el bebé, rezaba en letras de sangre “Bienvenidos al infierno”.

Dos destacados miembros de la actual orden de la Talamasca decidieron investigar cada uno de los sucesos. Estuvieron al corriente de cada hecho que sucedía. Pero jamás lograron dar con la familia. Ésta desapareció. Quizás viajaron fuera del país, o tal vez otro hecho aún más terrible les persiguió aquella noche. Es algo que no se ha podido esclarecer.

Estos dos miembros, cuyos nombres no se ofrecen por seguridad de ambos, decidieron vivir allí durante algunos días. Captaron violetas sacudidas en las puertas, objetos que volaban por las habitaciones hasta encontrar una pared, muebles que se movían y espectros. Había fantasmas. Lograron vincularlos a los asesinatos a excepción de uno. Era un niño. Un pequeño de escasa estatura de ojos verdes y cabellos negros, muy rizados, con la piel blanca. Él no hablaba, no lloraba y tampoco actuaba. Sin embargo, los demás espíritus tenían miedo de él y el bebé lloraba arrastrándose por el piso.

Ellos habían estudiado la vivienda incluso mucho antes de su construcción. Allí no había muerto nadie. Era un campo. Nunca hubo hechos terribles antes del primer asesinato y el homicidio negligente. Sintieron un terrible dolor de cabeza, algo que comentó Peter Smith que pudo declarar sobre el asesinato de su esposa, y ambos comprendieron que era aquel niño el inicio de todo. Podría decirse que era el culpable de la muerte del pequeño Lionel y su cuidadora, ya que pensamientos extraños empezaron a discurrir por la mente de ambos. Finalmente se marcharon.


La casa sigue vacía esperando comprador y lo vecinos intentan no transitar por la acera. Todos sienten pánico. Los ruidos permanecen en la vivienda haya o no personas viviendo allí. Inclusive hay luz en la habitación que fue del pequeño, aunque no hay electricidad en la vivienda.  

domingo, 26 de abril de 2015

Archivo Talamasca: La sala de fiestas

David nos trae un nuevo archivo. Ésta vez algo que no ha podido explicar todavía con exactitud. Y es que no todo puede ser esclarecido. 

Lestat de Lioncourt 


Hay lugares que están malditos muchos antes de ser tomado como centros de ocio, vida familiar o cultural. Podemos conocer la procedencia de las extrañas energías o simplemente asimilar que siempre han estado ahí. Un ligero escalofrío, un murmullo incesante que nos dice a nuestro cerebro que es mejor apartarnos y la sensación, para nada agradable, de ser observados allá donde pisemos. Estos lugares son miles en todo el mundo. Centenares de lugares están plagados de extrañas vibraciones en cada ciudad. Siempre se tiene constancia de uno, dos o incluso una decena de edificios emblemáticos, históricos o simples construcciones que han sido abandonadas o destinadas a diversas funciones, las cuales nunca han estado en pleno rendimiento.

Popularmente se habla de casas embrujadas, edificios malditos o construcciones hechas para aproximar al mal hasta nuestras puertas. Ocasionalmente atraen asesinatos, problemas violentos u otros perjuicios para la vida y el desarrollo normal de ésta. Son construcciones que quedan, en muchos casos, abandonadas y llenas de una marcada superstición que no se puede ahuyentar, ni pasar por alto.

Hace algunos años uno de nuestros investigadores en latinoamérica entabló contacto conmigo. La orden de la Talamasca había sido tajante en lo referente a mediar con seres como yo. Ya se sabía que había pasado a otro ámbito, el cual no era el espiritual sino otro distinto. Había anclado mi alma a un cuerpo que no era el mío, aunque no por decisión propia, y terminé siendo lo que se llama popularmente “vampiro”. Los vampiros no estamos muertos, pero eso es un dilema que debería desarrollar otro y no yo en éstas líneas. Mi cometido aquí es meramente divulgativo. Decidí colaborar, él vino a mí pese a todos los riesgos y acepté tender mi mano. Un fantasma o entidad paranormal no es vista con fácilmente por un vampiro, aunque puede ser sentida o escuchada. En mi caso, como en el caso de otros tantos, tenemos ciertos privilegios que nos hacen tener contacto con ellos pese a nuestra transición.

El lugar se hallaba en Mérida, Yucatán, en un bullicioso lugar céntrico y cultural. México siempre ha sido un lugar lleno de maravillas insondables, misterios que han provocado que los investigadores de la orden se sumergieran más allá de lo habitual, increíbles fraudes y maravillosos dilemas. Es una tierra antigua, aunque con una vida bulliciosa tan sólo en los últimos siglos. Los espíritus pueden sentirse atraídos por estos cambios sociales, pero también por las creencias. Cuanto más crees en ellos más fácil es sentir su contacto. Las fiestas más populares en éstas tierras tienen que ver con la celebración anual de la muerte. Ellos lloran a sus muertos, pero también cantan y celebran con ellos el paso a otro mundo. Dejan ofrendas de comida, objetos y plegarias que ayudan a recordar a los fallecidos y dan testimonio de su amor, pese a los años, hacia ellos. Un lugar así, lleno de huellas y marcas, es sin duda el idóneo para desarrollarse ciertas historias que pueden ser falsas.

Decidí aproximarme. No estaba demasiado lejos. Me hallaba en el viejo territorio que ahora es un desastre. Había estado varias noches jugando al ajedrez con Khayman y conversando animadamente con Thorne. Las Gemelas solían salir a pasear, observar los animales que Maharet había traído para que Mekare estimulara su maltrecho cerebro y se mantenían, aunque no siempre, en estancias calmadas donde la naturaleza solía entrar sin previo aviso.

México siempre fue para mí un territorio a explorar. Me agradaba más Brasil, pero sabía que no era el único lugar en América que podía visitar con diversas emociones que se mezclaban. Emociones que tenían que ver con las sensaciones que me causaban lugares, hechos o circunstancias que se aproximaban demasiado al mundo paranormal.

Al llegar allí, bajando de un taxi que había pedido en el hotel donde decidí hospedarme, no hallé a nadie. El investigador que me había citado no estaba. Quizás porque había llegado demasiado tarde. El tráfico era terrible en algunas avenidas principales. La marabunta nocturna no era excesiva, pero un accidente en uno de los cruces más céntricos, y vitales, me habían retrasado.

La construcción tenía forma de pirámide, aunque no la típica egipcia sino las típicas mesoamericanas. La entrada era lóbrega. Los árboles parecían tener un anormal crecimiento y la acera estaba cubierta de recipientes de refrescos y papeles. Parecía que ni siquiera el servicio de limpieza tenía un mínimo de decencia, pues rodeaban el edificio con cierto pánico. La puerta tenía el candado roto, parecía ligeramente abierta y me incitaba. Sin embargo, no moví ni un músculo. Podía percibir el aire denso, ligeramente enrarecido y algo más frío cuanto más me acercaba a los primeros escalones.

Por el informe que me había hecho llegar mi joven amigo, Héctor Sanchez, el edificio había sido construido sin problemas. Se inauguró como sala de fiestas. Era un lugar popular, muy apreciado, pero que pronto entró en la banca rota absoluta y condenó a sus dueños a deshacerse del lugar. Dicen que todo se originó de la noche a la mañana. Empezaron a sentir fenómenos extraños, sensaciones poco tranquilizadoras y los empleados murmuraban sobre situaciones poco agradables. Decían que había objetos que cambiaban de lugar, las imágenes de la cámara de seguridad se veían borrosas y los medios eran ineficientes. Muchos clientes se quejaban de un frío excesivo, cuando la calefacción no estaba estropeada y funcionaba correctamente. Era como si el mismísimo diablo jugara con sus mentes. El negocio fracasó y provocó que uno de los dueños se suicidara antes de abandonar el local, como si fuese su forma de despedirse y condenar la sala de fiestas.

Años más tarde terminó siendo un restaurante de vida alegre, por decirlo de forma suave. Era un burdel camuflado de restaurante donde mujeres de todo tipo, y en condiciones más o menos terribles, ejercían su oficio ofreciéndose a los diversos caballeros que solían entrar codiciando un poco de placer. Eran hombres de negocio, padres de familia respetados o muchachos universitarios en busca de una diversión fácil y poco exigente. Las mujeres bailaban para ellos ofreciéndose como en cualquier sala de fiesta poco recomendable, las bebidas alcohólicas eran lo habitual y, en algún momento, las drogas sintéticas se unieron al cóctel de placer y malos vicios. Casi seis meses después de la nueva apertura desaparecieron varias mujeres del local, las cuales jamás volvieron a sus hogares o al propio negocio. A los siete meses uno de los camareros apareció ahorcado en su casa, sin nota de suicidio ni incidentes previos que pudiesen imaginar tan fatal desenlace. Los dueños empezaron a perder clientela, algunos clientes empezaban a quejarse de un frío atroz en las diversas salas y uno de los empleados hablo de una silueta que parecía mirarle allá donde se moviese. Poco después, tras la desaparición de una tercera joven, cerraron.

En el año 2.010 un sexagenario decidió invertir sus pocos ahorros en la sala de fiestas. Abrió un nuevo negocio más decente y familiar. Era un local de comidas y bebidas cuya apertura se alargaba algo más que en los locales colindantes. Empezó bien. Hizo nuevos amigos en la zona. El carisma del propietario y su buena fe provocó que accediera a dar cobijo a un joven, el cual tenía que viajar habitualmente a la ciudad por problemas médicos. El hombre dejaba que durmiera en la sala inferior, acomodándose en varias bancas, para que no gastase demasiado dinero en la ciudad. Lo hacía porque sabía que era la penuria económica, pero esa buena voluntad, ese deseo de ayudar, le llevó a la tumba. Sin previo aviso fue asesinado. Dicen que tras una acalorada discusión, que hasta la fecha no se ha logrado esclarecer, el joven le abrió la garganta con una afilada navaja y luego intentó deshacerse de él en un cenote cercano. Sin embargo, debido a la precaria salud del muchacho y sus escasas fuerzas no logró trasladar el cuerpo demasiado lejos. Desfallecido se echó entre las mesas y decidió descansar. En ese momento fue descubierto por la policía, pues pudieron verlo trasladando el cuerpo hacia un lugar próximo. No negó los crímenes, pero dijo que una voz se lo ordenaba reiteradamente. Eso fue en el 2011 y desde entonces sigue cerrado.

La noche del 22 de Junio del 2012 me hallaba frente al edificio. La puerta me incitaba y me inquietaba la sensación que me provocaba. Decidí tomar valor y subir los escasos peldaños, introducirme en el edificio y, con mi visión vampírica, rastreé palmo a palmo la parte inferior. Noté como algo me observaba. Digo algo porque no era alguien. Al subir por las escaleras, al piso superior, el olor a difunto llenó mis fosas nasales. Había notado ese aroma, pero supuse que podría ser algún animal muerto. Si bien, ahí estaba Héctor. Aún su cuerpo estaba caliente, pero se hallaba en un charco de sangre. Las viejas mesas de la sala de fiesta estaban desperdigadas por la habitación, como si se hubiese defendido contra algo invisible. Unos ojos, de una luz ligeramente rojiza, aparecieron en un rincón. Después nada. El sonido de pasos, un murmullo y una leve risa. Estaba acostumbrado a esos seres. Los humanos los llaman demonios, para mí sólo son espíritus que juegan y se burlan de la frágil mente humana.

—Muy divertido—dije en voz alta—. ¿Te sientes cómodo en tu pirámide maldita? ¿Acaso quieres matar a todos los Indiana Jones del mundo? ¿Éste es tu templo perdido?—murmuré llevando mi mano derecha al bolsillo interior de mi chaqueta.

—No eres humano—susurró inquieto—¿Qué eres?

—Podría decirse que soy un cuerpo animado por el alma de un anciano, el cual tuvo la suerte de poseer éste cuerpo y quedarse anclado gracias a la Sangre donde yace un ser como tú. Al menos, parte de ese ser—murmuré.

Había hablado con una voz similar. Una voz que procedía de mi cabeza, aunque no estaba seguro. Era una sensación extraña. Sabía que podía estar en lo cierto, pero mis investigaciones no habían sido revelada a ninguno de los milenarios o jóvenes con los que trataba. Aquello era un misterio y yo lo soportaba a duras penas. Entonces, mientras cavilaba, aquella cosa me atacó tirándome por la cristalera central hacia el asfalto.


Me incorporé, sacándome los cristales mientras huía a refugiarme. No quería ser visto por mortales. En medio de los setos, de un jardín cercano, pude ver como la policía se aproximaba al lugar. Era un coche patrulla que estaba cerca y decidió trasladarse al observar como algo atravesaba la zona acristalada. Por mi parte noté como ese ser se apaciguaba. Habían descubierto otro horrible crimen del cual hablar. Otro más. El edificio quedaría precintado hasta nueva orden judicial. Eso era lo que quería. Deseaba ese lugar para sí, como si fuese un viejo dios guardando su templo. Tal vez lo fue en su momento. Quizás por eso había decidido hacerse con la zona y toda la estructura que se imponía en medio del corazón de Yucatán. Tal vez regrese para averiguarlo, pero de momento prefiero centrarme en los pormenores que están sucediendo entre la tribu.  

viernes, 31 de octubre de 2014

Cuidado con lo que deseas.

Archivo Talamasca, o más bien texto de terror proveniente de David... 

"Disfruten"

Lestat de Lioncourt


La noche había caído como un pesado telón. La oscuridad recorría las calles con el silencio típico de una noche de invierno. El viento mecía las ramas contra la nada. Había algunas luces encendidas en los apartamentos más apartados, las casas parecían vacías, todavía quedaban bares abiertos para noctámbulos y algún lugar, mucho menos decente, para aquellos que querían vender su alma a demonios con poca ropa. La noche de Halloween estaba teniendo su fin. Las fiestas desenfrenadas daban paso a la mañana de pesada resaca.

Un joven caminaba por una de las avenidas más concurridas de día, pero más desérticas de noche. Era un muchacho común. Él no creía en espíritus perversos, pero le encantaba gastar bromas en estas fechas. Disfrutaba como muchos de las películas de terror, los relatos más sangrientos o las brujas más provocativas. Se dejaba seducir por cada minuto de la fiesta. En su mano derecha llevaba una pequeña bolsa. Él era demasiado mayor para pedir caramelos, pero había decidido tocar en varias casas para saciar su apetito. Las chocolatinas esperaban envueltas en sus respectivos envoltorios, del mismo modo que su madre aguardaba que su muchacho llegara sano y salvo a casa. Sus cabellos negros, largos y revueltos caían sobre sus cejas. Tenía un rostro común, aunque muy agradable. Nadie recordaría bien sus facciones, salvo por sus ojos verdes. Poseía ojos de gato.

En al avenida todo parecía calmado. Los locales de ropa, comida rápida o música tenían echado el cierre. Sin embargo, había uno abierto que jamás había visto. Era un local distinto. Parecía una tienda de antigüedades. No solía ver cosas como esa en una ciudad que parecía despreciar su pasado. Decidió entrar, pues le había llamado poderosamente la atención algunos de los artículos que se mostraban.

Al entrar pudo oler el suave incienso expandiéndose por la tienda. Sus ojos no podían dejar de mirar a cualquier lado. Había máscaras de fiesta, extraños frascos que tenían nombres en latín, diversas cajas de elegante orfebrería, joyas que parecían sacadas de un museo, trajes distintos a los acostumbrados, objetos de rituales vudú y muebles tan antiguos como extraños.

El dueño estaba tras el mostrador. Su aspecto era intimidante. Era un muchacho negro, algo delgado, con el rostro pintado como si fuera un esqueleto. Los ojos, de color violeta vulgurante, los tomó por meras lentillas de colores. Sus dientes eran una hilera perfecta de blancas perlas. La chaqueta de época que llevaba era de terciopelo negro. Él se sintió bastante incómodo. No iba disfrazado. Su ropa era vulgar. Se sintió idiota al despreciar llevar un buen disfraz, pues así no se sentiría tan fuera de lugar. Aquel tipo parecía ser un apasionado de la fiesta.

—¿Quieres cambiar tu destino?—preguntó inclinándose hacia él.

—No, sólo pasaba por aquí...

—Ah, pero eso ya es cambiar tu destino—explicó.

—Quizás...—titubeó—. ¿Qué es este lugar?

—Un lugar donde el pasado, el presente y el futuro se dan la mano—dijo.

—¿Lo dice por los objetos?—interrogó.

—¿Quieres algo? Podemos hacer un trato...

—¿Esas joyas son reales? ¿O son pura baratija?—dijo señalándolas e intentando no tocarlas. Se sentía extramente tentado por tocarlas.

—Algunas no son muy buenas, pero sí antiguas. Todas poseen algo que pueden darte... suerte, fortuna, amor...

—Ah, son como los colgantes de esas revistas de moda—contestó encogiéndose de hombros—. Dicen que las piedras atraen ciertas energías, pero son plástico.

—Estas no—dijo con una elegante sonrisa—. ¿Quieres una?

—No tengo dinero—explicó.

—Te lo doy gratis a cambio de un futuro favor—susurró saliendo de detrás del mostrador.

Era mucho más interesante lejos de allí que tras aquel mueble. Sus ropas eran increíbles. Parecía realmente el Barón Samedi.

—¿Cuál favor?—interrogó.

—Un simple.

—¿Cómo limpiar la tienda?—dijo señalando a todo el local con ambas manos.

—Sí, algo así...

—Hecho—estiró su brazo derecho hacia el hombre y este estrechó su mano.

El chico se llevó uno de los colgantes. Era el colgante que supuestamente te daría cierto estatus social que no se posee fácilmente. Si bien, nada más cruzar la puerta escuchó un golpe en seco. Al girarse, la tienda no estaba. No había nada allí. Era un muro corriente y moliente. Sintió pánico, sobre todo cuando escuchó la risa de aquel hombre. Había condenado su alma.

Días más tarde tuvo un golpe de suerte. Ganó cierto dinero, consiguió mejorar sus estudios y pronto se vio prosperando. No obstante tenía miedo. Había hecho un trato con un ser de otro mundo. Al siguiente Halloween caería muerto en mitad de una fiesta. El pequeño favor era estar en la tienda, con él, como uno de los objetos más interesantes... un alma humana encerrada en un frasco para los brujos más terribles.


viernes, 19 de septiembre de 2014

Voces, sonidos y sueños. ARCHIVO TALAMASCA

David Talbot nos ofrece uno de sus misterios, narrados para nosotros como siempre con cuidado. Pronto ofrecerá sus entrevistas. No se pierdan sus actualizaciones. 

Lestat de Lioncourt 


Entre los amontonados informes, los cuales registraba con meticulosidad británica, se hallaban algunas hojas de un fichero que no logró rescatar de forma completa. Eran tan sólo hojas desperdigadas, incluso amarillentas, que estaban redactadas en máquina de escribir y firmada por algunos estudiosos de la orden. El caso había sido uno de tantos, pero tenía especial interés en él porque le suscitaba ciertas dudas. Se selló en falso. Nadie ayudó al joven y se desconocía si seguía vivo. Hacía más de veinte años del último informe del que él tenía constancia, aunque sabía que existían otros.

Todo había comenzado cuando el muchacho era sólo un niño. Tenía tres años cuando el primer incidente ocurrió. Era un niño sumamente inteligente, que inclusive sabía leer algunas palabras e intentaba aprender a un ritmo desproporcionado para un pequeño de su edad. Sus inquietudes le hacía ser bastante desobediente, preguntar por asuntos que nada tienen que ver con los típicos juegos infantiles o con problemas que pueden hacerte reflexionar a esa edad. Disfrutaba observando los libros que aún no sabía leer, pero que un futuro cercano codiciaría y necesitaría como refugio para sus pequeños problemas cotidianos.

Era un día de fiesta. Las bodas siempre son celebraciones que encandilan a todos. Los regalos, la tarta, el baile, la comida y sobre todo las risas se camuflan y provocan que se pierda el sentido del tiempo. Su madre lo había dejado con el pequeño grupo de niños, la mayoría mayores que él, pero allí no había durado ni cinco minutos. Cuando ella alzó la vista para verlo ya no estaba. Se había movido y nadie lo había visto. Era como si se hubiese esfumado. Lo encontraron casi dos horas después, deambulando sólo por los jardines cercanos mientras observaba la hierba crecida, las flores y el cielo. La madre lo atrapó entre sus brazos y le preguntó los motivos que había tenido para irse, pues estaba asustada, y hasta llegó a pensar que podían habérselo llevado. Él se encogió de hombros y dijo «Escuché como me llamaban, pero nunca supe quien era.»

Los sucesos prosiguieron. El pequeño tenía sueños recurrentes que asociaba a aromas, sensaciones y palabras sueltas. Solía tener miedo a la oscuridad y sospechaban que era la estratagema perfecta. Sin embargo, también lo veían caminar a solas observando todo con atención como si intentara encontrarle sentido a algo. Por lo demás era un niño intranquilo, como cualquier otro, con sus juegos simples y sus deseos de crecer demasiado rápido. A la edad de cinco años ya leía y escribía, con siete hacía cálculos avanzados para un niño de prácticamente diez años y con quince se aburría tanto en clases que escribía sus propias historias. Las notas jamás supusieron un problema para él, pero se sentía ridículo en un pupitre escuchando algo que ya sabía. El aburrimiento llevó a este pequeño a odiar el colegio y posteriormente el instituto. Destacaba por su aspecto pálido, de ojos profundamente oscuros y manos grandes que escribían compulsivamente. Era un prodigio en ocasiones, había logrado publicar en periódicos locales y algunas revistas nacionales. Un joven que no tenía miedo a explicar sus sentimientos, pero que a duras penas soportaba a otros de su edad. Solía decir que eran “demasiado simples” para soportar unos minutos a su lado.

Prefería los libros, la música y la compañía de su mascota antes que soportar una charla insulsa. Su madre solía estar casi todo el tiempo fuera de casa y eran sus abuelos quienes lo cuidaban, prácticamente como un hijo, para que creciera fuerte y sano. Poco a poco ellos murieron, igual que muchos sueños que él tenía durante la infancia, pero seguía escuchando esa voz, pasos, escalofríos y sensaciones que otros no sentían y asumía que era su excesiva imaginación.

Tenía veinticinco años cuando ocurrió otro de esos sucesos inexplicables. Se encontraba solo en el hogar familiar. Había decidido prepararse un tentempié y escuchó la voz de un hombre, el mismo que escuchó cuando era un niño, llamarlo insistentemente por su nombre. Después, como si fueran ecos de otros mundos, pasos por la casa y un portazo. Luego, silencio. No hubo nada más. No lo contó, se guardó el misterio y decidió sentarse a reflexionar sobre ello. Solía decirse que la soledad le hacía imaginar cosas, cosas que no sucedían y que podían alentarle a pensar que se estaba volviendo loco.

Sin embargo, no solía pensar en ello. No era una obsesión como cuando era un poco más pequeño. El miedo a la oscuridad cesó. Podía caminar incluso en la noche. Se sentía extrañamente acompañado y protegido en plena oscuridad, pero a veces escuchaba esos ruidos y tenía sueños extraños. Sueños que podían llegar a ser perturbadores. A pesar de los años él seguía con ese mismo sueño en el cual un asesino, cuyo rostro desconocía, emitía un olor flatulento y le buscaba para llevárselo igual que si fuera la mismísima muerte.

Cuando cumplió 28 años los sueños se convirtieron en visiones. Tenía sensaciones extrañas en ellos. Al despertar recordaba fragmentos que le torturaban, pues sucedían hechos similares. En la vivienda las cosas siempre se habían cambiado de sitio, como si no viviera únicamente él con sus escasos familiares. A los 30 tuvo un hecho insólito.

Después de años de sensaciones extrañas, incluso de verse en otro plano durante el sueño, la voz le habló recitándole un poema. Ya no le llamaba, sólo le recitaba un viejo poema que él recordaba y no sabía de qué autor era. Tardó días en reconocerlo, era suyo de cuando tenía dieciséis años.

Talamasca se puso en contacto con él porque lo atraparon indagando sobre sucesos paranormales, en una de las casas investigadas por la orden, mientras anotaba con rapidez ciertas conclusiones. Su historia se conoce por trozos, no al completo. Ni siquiera conoce si terminó inmerso en un mundo paranormal como él lo había hecho años atrás. Sin embargo, le recordaba a él.


Talbot reconocía el patrón que en ocasiones siguen los espíritus. Muchos de ellos desconocen como pasa el tiempo en la tierra, algunos quieren dañarte y la mayoría necesita que le ayudes. Incluso algunos hechos pueden ser saltos en el tiempo que se fusionan, como si dos líneas temporales chocaran igual que dos trenes. Sabía bien como era la sensación de verte señalado por la muerte o por uno de sus últimos compañeros. Deseaba saber el final de la historia, pero todo quedaba en suspenso. Lo único que pudo era introducir sus datos en el ordenador y olvidarse de ello, pues había otros documentos esperándole amontonándose en la mesa.  

martes, 26 de agosto de 2014

Archivo Talamasca - Ella - Parte 2

David me ha dicho que tiene tres partes, la tercera será publicada el jueves. ¡Santo Dios! Yo ya quiero saber que demonios ocurre. 

Lestat de Lioncourt 


Habían pasado tantos años que las pistas ya no eran nada más que ecos del pasado. Hubiese dado parte de su alma, de su historia, por haber tenido los medios que hoy en día existen en el campo de la investigación sobrenatural y vulgar, como los simples desaparecidos. Las numerosas redes sociales, los aparatos de rastreo, medios de información más eficientes, microchips que hacen prácticamente cualquier cosa para mejorar tus bases de datos y un sinfín de mejoras que jamás hubiese sospechado conocer. Los grandes medios que se poseían para investigar eran simplemente la intuición, un buen informante y horas buscando pruebas en miles de lugares. Talamasca no vio correcto destinar medios y esfuerzos a una desaparición. No era algo que tuvieran que conocer. Su trabajo era informar sobre casos sobrenaturlaes, desempeñar algún trabajo con ellos y nada más.

David Talbot tenía ante sí una caja llena de misterios que fue colocando en una pizarra. Colocó una línea temporal y creó una historia. Había enormes huecos cerrados en falso. Habían confiado demasiado en el joven y nunca indagado en la historia del espectro, pues era violento y tan sólo destinaron recursos en librarse de él.

Después, con cierta desilusión, abrió el portátil para buscar el nombre en la red. Cada portal, cada nuevo sitio que investigaba, era para nada. Sin embargo, encontró una historia sobre un joven desaparecido. Era un hombre de unos setenta años, hablaba de su hermano que desapareció en las mismas fechas y que podía ser su hombre.

Por supuesto, tomó los datos y llamó por teléfono. Era tarde. Casi las cuatro de la mañana. El teléfono sonaba al otro lado. Posiblemente aquel sujeto descansaba plácidamente en su dormitorio, entre sus frescas y cómodas sábanas, mientras la noche se iba y un vampiro insistía en saber su historia. Finalmente, tras varios intentos, el teléfono se levantó y una voz somnolienta habló a David con cierta molestia.

—¿Qué demonios es?—preguntó—. Son las cuatro de la mañana y la gente duerme. ¿Se ha muerto alguien? Porque si no hay ningún muerto no me interesa. Puede contármelo por la mañana.

—Es sobre su hermano. Conocí a un muchacho con su descripción, estudiaba y trabajaba duro. Cierto día tuvo la desagradable sorpresa y experiencia de toparse con un ente, el cual le persiguió un tiempo—explicó rápidamente para que tomara interés su llamada, no le colgara y adoptara otra actitud.

—Mi hermano era Richard Anderson.

—Lo sé, pero hay varios Anderson y pensé que podría ser otro. Necesito que me confirme ésta historia—David se desesperaba. El hombre parecía confuso ahora. Su voz había tomado un tono extraño, como si le costase recordar.

—Recuerdo una chica de cabellos negros, muy largos. Solía llevarme al parque. Yo era un niño, pero pronto sería un adolescente. Él estaba enamorado de ella, incluso salió un tiempo con la joven, y cierto día desapareció. Él parecía perdido, con los ojos hundidos y no paraba de lamentarse. Su carácter cambió. Pocas semanas después vi a mi hermano muy asustado y me preguntó si creía en fantasmas. No sé si le he podido ayudar—susurró aturdido y al borde de las lágrimas—. He vivido con esa carga toda mi vida. Nunca me han creído mis padres. Yo les dije que se lo llevó esa cosa...

—Nos reuniremos en la dirección que usted ha dejado. En ese punto de reunión en el parque Greenwich Park frente a las puertas del Observatorio Real—comentó el vampiro mientras anotaba para sí, en una pequeña libreta, el lugar y la hora— Diez de la noche. No puede ser otra hora. Mi horario es nocturno. Soy investigador.

—Comprendo—dijo—. ¿Qué le lleva a buscar datos?

—Ya le dije que conocí a su hermano.


Las horas parecían eternas para David. Pasaban lentamente. Cuando llegó al punto de encuentro no quiso mostrar su rostro. Cuando menos viese de él ese anciano era mucho mejor. Preguntó por la muchacha, su vieja dirección y su nombre. Consiguió los datos después de hundirse en sus recuerdos, pues aquel pobre diablo ni siquiera recordaba bien su edad. Se alejaron ambos prometiéndose colaboración y David terminó por aparecer en la dirección que le ofrecieron. Era una vieja casa, o mejor dicho mansión, que perteneció siempre a una familia de cierto estatus.

domingo, 24 de agosto de 2014

Archivo Talamasca - Parte 1 - Ella

David ha logrado que me interese un caso sólo porque iba a verlo actuar como ladrón. Reconozco que tiene talento. 

Lestat de Lioncourt


Tomó con cuidado una de las carpetas marrones, ajadas por los años y cubiertas de una fina película de polvo, con sus manos enguatadas. Había ido a la Orden, para recuperar algunos archivos. Era el trabajo de toda una vida dedicada al misterio. Sus archivos y los de Aaron, así como los de Merrick o Jesse, le pertenecía. Ocasionalmente colaboraba aconsejando a los novicios, pero estaba completamente desvinculado de la orden. No percibía salario o ayuda de ellos, es más, David Talbot siempre fue rico. Era un joven acomodado, ambicioso y con talento cuando la orden lo sedujo. Por ello había cientos de carpetas con su nombre, o mejor dicho, con su firma.

Aquella noche buscaba en concreto un documento. Era uno de sus primeros casos. Recordaba al muchacho, delgado y pálido, temblando frente a él con los ojos hundidos. Había visto demasiado. No era un crimen lo que había presenciado, aunque era un suceso igual de traumático. Aquellos ojos enloquecidos, desesperados y sin esperanzas aún le perseguían. Richard Anderson era un chico poco social, que amaba la literatura clásica y solía ser el pardillo de la Universidad. Cuando Talbot tuvo el placer de conocer al muchacho sólo vio la punta del Iceberg, el caso le fascinó y deseó recuperarlo para guardarlo en sus propios dominios.

—David, ¿tan importante es ese documento para que hagamos todo eso?—preguntó Lestat apoyándose en una de las estanterías de metal.

—Sí, estamos en el sótano principal—comentó revisando la carpeta. Faltaban algunas fotografías y bocetos, también el testimonio final de la víctima—Aquí están los casos que ya han sido introducido en la base de datos, pero soy nulo para descodificar el sistema—decidió tomar la caja y llevarla hacia una pequeña mesa, la cual estaba tan llena de polvo como las estanterías.

—Pídele el favor a Mona—respondió su buen amigo encogiéndose de hombros.

—No—murmuró frunciendo el ceño.

—¡Qué terco! Sólo porque te rompió el corazón...

—No grites, no levantes la voz—se giró hacia él observándolo con cierta preocupación y molestia. Lestat parecía cómodo, como si eso lo hiciese todos los días. Él tenía la meticulosidad de un ladrón de cuerpos, pero su amigo parecía más bien un descarado muchachito que no le importaba ser arrestado.

—Lo siento—dijo acercándose a él—¿Lo tienes?

—Ya lo tengo.

Lestat sólo había ido para observar con sus propios ojos que era cierto. David Talbot se había convertido en un vampiro que arriesgaba su honor por unos cuantos papeles. Nadie podía atraparlos, pues sería terrible. Estaban en Talamasca y no solían aceptar que se saltaran de ese modo las normas.

Los pasos de ambos se perdieron por los pasadizos y terminaron saliendo al jardín colindante. Allí, no muy lejos, estaba el cementerio de Talamasca donde existía incluso fosas comunes. Algunos miembros, sin familia o por expreso deseo, decidían ser enterrados en aquel lugar. Era como un mausoleo de brujos, aunque no todos lo eran.

—¿Qué harás con esto?—preguntó acomodándose la americana azul marino que llevaba. La camisa de chorreras que guardaba tras aquella elegante prenda era cómoda, aunque demasiado estrafalaria. A veces usaba una ropa extraña, aparentando prácticamente que era parte de una de esas culturas jóvenes que hacían culto a todo tipo de historias, y leyendas, sobre espectros y seres sobrenaturales. Tenía las gafas colocadas en la cabeza, coronando su espesa cabellera rubia, y una sonrisa descarada—. Te estoy hablando, David.

—¿Qué crees que haré?—una sonrisa suave cambió la expresión seria y consternada de su rostro. Él también vestía una americana, pero todo su conjunto era sobrio. La chaqueta era oscura, los pantalones de vestir también lo eran y llevaba una corbata del mismo color que el traje, calcetines y zapatos. Era extraño que ambos fueran amigos e incluso compañeros eternos. Lestat creó a David en un intento desesperado por salvarlo y él, como no, se lo agradecía pese a todo—. Es obvio que debo revisarlo. Es un caso que concluí, pero el chico siguió pasándolo mal. Creo que ahora debe estar ya muerto, pues rondaba los veinte años y han pasado casi sesenta.

—Ah... ¿y para qué investigar?—sus palabras provocaron que David se parara y girara suavemente hacia él—.Ya, la verdad.

Horas más tarde, en un hotel de Londres, ambos descansaban cómodamente en una suite. La sala era una auténtica delicia. Lestat se perdía en las hermosas molduras del techo, la lámpara de araña que caía en el centro y los muebles victorianos. Se sentía en casa. Realmente era uno de los mejores hoteles donde solía hospedarse. David estaba inclinado hacia delante, sentado en el pequeño bureao del dormitorio mientras revisaba cada anotación.

“Archivo: 1235682 V
Fecha: 1952 – 25 Marzo
Localidad: Londres – Reino Unido
Introducción: Richard Anderson, joven estudiante universitario, dice sentir presencias que le influyen en su día a día. Ha venido a Talamasca a pedir ayuda. Siente que son los únicos que pueden comprenderle. Rechaza unirse a nosotros, pero sus poderes sensoriales son bastante notorios. Posiblemente se vuelva a ofrecer un puesto vacante, como novicio, para que colabore activamente.

El caso más preocupante de las visiones es el de una joven, de unos quince años, que aparece cotidianamente por los pasillos de su apartamento. La mujer le observa durante largo rato, murmura unas cuantas palabras y se lanza a su cuello apretándolo como si quisiera estrangularlo. Ha sentido sus dedos presionando el cuello, marcándolo inclusive, y tiene miedo. Decidió mudarse, pero la muchacha lo siguió hacia su nueva dirección y suele aparecerse en su dormitorio.

Ha sentido como la ropa de su cama cae al suelo, platos recién fregados salen despedidos del mueble, las luces se encienden o apagan, el televisor se ilumina en las noches sin programación alguna y los libros salen de la estantería para ir contra él, como si fueran armas arrojadizas.

Desea colaboración para eliminar al espectro que lo amenaza.

Caso:

Richard Anderson nos prestó la llave de su apartamento. Aaron Ligthner y yo hemos ido esta mañana. Ambos hemos sentido cierto enrarecimiento del ambiente. Nadie podría sentirse cómodo entre aquellas paredes, prácticamente desnudas de cualquier objeto salvo alguna estantería y un par de cuadros. Las ventanas estaban con las persianas alzadas, la luz de la mañana debía introducirse en aquel luminoso ático pero parecía lúgubre. La temperatura era inferior que en la calle, incluso podías sentir el aliento frío de la muerte rozando tu nuca. El joven Anderson no se ha despegado de nosotros, observando nuestras anotaciones e indicando alguno de los numerosos fenómenos.

El fenómeno más preocupante es que atenta contra su vida. Ya sea arrojando hacia él objetos varios, inclusive cuchillos, o aquel que ha intentado estrangularlo.

Mientras revisaba he visto a la joven reflejada en el espejo del baño, he intentado comunicarme con ella pero ha roto el espejo y los cristales, muy pequeños y finos, han sido lanzados contra mí. Gracias a mi destreza al esquivarlo sólo me ha hecho leves cortes en las mejillas, manos y algunos agujeros en la gabardina.

He procedido a pedirle a mi compañero que anote cada uno de mis pasos por la casa. De mi maletín he sacado unas cuantas velas y las he colocado estratégicamente, después hemos apagado la luz y empezado el ritual. Sin embargo, minutos antes le he ofrecido la medalla de San Benito al muchacho, así como la de San Miguel Arcángel, para que se sienta protegido. Aunque, ni siquiera una de esas medallas podrá parar a ese ser.

Juro que deseaba hablar con ella, pero sólo he podido expulsarla mediante alabanzas a los dioses de mi religión, el Candomblé, así como el ritual habitual para pedir que los espíritus encuentren la paz y su camino. No he podido averiguar si fue asesinada o tuvo una muerte violenta. Tampoco he podido comprobar si había relación entre ambos.

Aaron se ha encargado de la investigación sobre nuestro joven, pero está limpio. No hay nada sospechoso. No ha sido testigo de crímenes ni ha cometido alguno. Es un joven normal, con una vida sencilla y unos estudios de matemáticas, que nada tienen que ver con objetos antiguos o visitar lugares que pueden tener espíritus que finalmente vengan con nosotros hasta casa. Sospechamos que es alguien con poderes sobrenaturales, cierta visión y predisposición a atraer almas en pena. Sin embargo, no hemos dado con nada más. Sólo podemos decir que el caso ha sido resuelto.

Al día siguiente decidimos visitar a Richard Anderson, pero se había mudado. Aquella misma tarde, cuando nos marchamos del apartamento, había recogido todas sus cosas. Hemos intentado indagar donde se encuentra, pero es como si le hubiese tragado la tierra. En la universidad no saben nada de él desde hace días y al parecer ha dejado sus estudios. Nunca nos informó que hubiese dejado sus estudios o estuviese siendo presionado por otro espectro, demonio o cualquier ser sobrenatural. Estamos a la espera de noticias.

Redactado por: David Talbot
Fecha: 1952 – 14 Abril ”

—¿Vas a buscarlo?—preguntó Lestat recostado en el sofá.

—Es posible—murmuró—. El caso tiene lagunas y se cerró en falso. No teníamos pruebas de su vinculación con el ente que lo perseguía y tampoco sobre él. Sólo los datos que nos proporcionó la universidad—explicó.

—¿Cuál era?—dijo distraído con el dibujo del estampado del sofá.

—Imperial College London... ha tenido cambios en su dirección y desconozco si conservan archivos de sus estudiantes pasados tantos años—comentó incorporándose del despacho para ir hacia el salón, apoyándose en el respaldo del sofá donde se hallaba su creador y amigo—. ¿Crees que deba investigar?

—Y me lo preguntas a mí. ¡A mí! Tiene gracia—se echó a reír mirándolo a los ojos mientras abrazaba uno de los cojines—. Si quieres puedo acompañarte.

—No es necesario—aclaró—. Pero necesito que...

—No pienso vigilar a Louis, estás confundido si crees que voy a vigilar a un ser que me desea muerto—murmuró frunciendo levemente sus cejas—. No.

—No quiere destruirte, sólo le cansas—musitó acariciando sus dorados cabellos con sus manos sedosas, de hombre sabio a pesar de su aspecto joven—. Por favor.


—Pediré a un par de vampiros que averigüen si se encuentra bien, pero nada más. No pienso involucrarme de nuevo en la vida de ese cínico—aseguró, después soltó un largo suspiro y miró a los ojos pardos de David. Parecía preocupado, pero a la vez fascinado. Tenía un nuevo caso entre sus manos. 

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt