Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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viernes, 29 de septiembre de 2017

Demonio

—Soy el diablo.

Insistió una vez más. ¿Cuántas veces me había visitado al filo de la madrugada? Entre el día y la noche, justo en ese preámbulo, intentando que lo siguiera como si fuese el único camino hacia la felicidad. ¿Tal vez unas mil? Cada pocas semanas se acercaba y susurraba versos que me recordaban a los poemas de Baudelaire. De hecho, era muy similares a “Las flores del mal”.

—Sé quien eres y no eres precisamente el diablo—respondí con una leve sonrisa mientras me acomodaba en mi ataúd.

—¡Falso! Crees saber quien soy.

La cólera dominaba su voz esta vez. Estuve por decir su verdadero nombre, pero me mordí la lengua. Amel me había hablado de él y sabía que no era quién decía ser, aunque era fuerte y podía ser peligroso.

—Amel te recordó—susurré regodeándome.

—Amel siempre ha sido un imbécil—chistó.

—No niegas que lo conozcas—dije arqueando mis perfectas cejas doradas.

—Fue una criatura viva, por ende lo conozco—intentó mentirme, pero no le era posible.

—Falso de nuevo. Fue una criatura viva, pero no le conoces sólo porque lo observaras.

En mi última aventura todo se desveló. La escasa venda que quedaba en mis ojos cayó a mis pies y se convirtió en un humo fácil de despejar. ¡Ajá! ¡Ahí apareció su verdadero nombre, su historia y todo lo que había logrado a base de engaños! Sí, los mismos que un demonio. Magnus había caído en su trampa y estuvo a punto de quedar cautivo, pero alguien lo salvó. Muchos seguían presos de la locura, de su perfecto infierno creado para convertir en miserable la vida de otros y alimentarse así del sufrimiento.

—¡Debes creerme!—vociferó.

—Nunca—dije tras una fresca risotada.

—¡Me vengaré!


—Aquí estaré esperando tu venganza—dije tras comprobar que se había marchado dejándome de nuevo a solas con mis pensamientos.  

domingo, 20 de agosto de 2017

Personal Jesus

Hacía tiempo que no aparecía personalmente en el despacho de abogados donde mi nueva identidad, una de tantas, poseía ciertos asuntos vinculados a empresas, inversiones y numerosos trámites burocráticos que aún a día de hoy me son necesarios. Subí a la planta pertinente y entré por el angosto pasillo. Todo estaba a oscuras.

No entendía cómo me había llegado aquel e-mail tan extraño notificándome que debía acudir necesariamente esa noche. Mis escoltas estaban fuera, pues les había pedido que me dejasen cierta autonomía. Detestaba ser el “Príncipe de los Vampiros” por ese motivo, aunque no era el principal. Demasiada responsabilidad, la cual delegaba casi siempre en Marius o en los miembros más destacados del Consejo que había formado para no reinar de forma absolutista. Siempre he odiado las monarquías y he abrazado la democracia, ¿cómo iba a aceptar algo así? En fin. Estaba allí sin ellos y me extrañaba que nadie se hallase en el recinto.

Repentinamente una vieja canción de rock comenzó a sonar “Personal Jesus” de Depeche Mode. Sonaba a un nivel algo elevado y provenía del despacho principal. No sentía el olor habitual de la sangre, no había sangre. No sangre humana. Pero había alguien o algo tras la puerta. Pude ver un hilo de luz surgir del despacho y alguien que se movía intranquilo en su interior.

«Feeling unknown and you're all alone. Flesh and bone by the telephone. Lift up the receiver, I'll make you a believer.»

Me detuve entre las numerosas mesas apelotonadas a ambos lados, como los bancos de una iglesia camino al altar, comprobé que los ordenadores comenzaron a encenderse fila por fila y las impresoras se conectaron solas imprimiendo un repetitivo mensaje. Los folios caían sin que nadie los recogiera y al mirar hacia abajo, justo a mis botas, pude mi nombre escrito adjunto a mi título: Príncipe Lestat de Lioncourt, Príncipe de los Vampiros.

«Take second best. Put me to the test. Things on your chest. You need to confess. I will deliver. You know I'm a forgiver.»

—Memnoch. Lestat, vayámonos—susurró inquieto Amel—. ¡Vayámonos!


Rápidamente huí hacia la salida, pero esta se cerró y tuve que hacer acopio de todas mis fuerzas para abrir. Una vez en el pasillo decidí que no tomaría el ascensor. Agarré impulso y crucé la cristalera, rompiéndola en mil pedazos, para salir volando del edificio y aterrizar a una manzana. Mis escoltas en el Jeep arrancaron sintiéndose confusos por lo ocurrido, pero cuando me monté arañado, empapado en sudor y con los ojos desorbitados no preguntaron. Ellos sólo aceleraron por la avenida.  


Lestat de Lioncourt 

jueves, 3 de agosto de 2017

El hombre de los misterios

David y su deseo de saber... ¡Ah! Lo amo.

Lestat de Lioncourt 


En más de una ocasión me he preguntado si hay más criaturas no-humanas además de los dichosos Taltos. Esos hombres y mujeres con corazón de niño, ojos sabios y extraños poderes. Aquellos que una vez se alzaron en el mundo para intentar quedar ocultos, satisfechos con su vieja y pacífica religión hermanada con la naturaleza y el amor mutuo, y que lentamente fueron masacrados, olvidados y sepultados como si fueran viejos santos o monstruos terribles.

Recuerdo vagamente la primera vez que Aaron me habló de los Mayfair y del espíritu que se hallaba rondando la familia. Sopesé largo rato si era factible que esa criatura fuese sólo un fantasma. Yo era el experto en lo paranormal, pero la labor de investigación y la paciencia desmesurada era de mi buen amigo.

Pasados unos años el tema volvió a surgir con fuerza. Él se sentó al otro extremo de la mesa de mi despacho y me habló emocionado por haber hallado algunos documentos más, cartas tan sólo, de Julien Mayfair a algunos empresarios que terminaron desapareciendo o muriendo en penosas circunstancias.

No se me puede olvidar la inquietud que tenía en su alma y la insatisfacción de sentir rondar a la muerte, pues ya iba envejeciendo tanto como yo, sin lograr hallar resultado alguno. Y cuando lo halló fue para encontrar la muerte siendo asesinados por traidores a la patria, nuestra patria, la patria de todo sabio de nuestra orden: Talamasca.

Desde entonces he recorrido el mundo escuchando interesantes historias, conversando con fantasmas y también con espíritus que han logrado tener un cuerpo físico. Durante más de dos décadas me he desplazado a las distintas bibliotecas del mundo, he dormido cerca de las pirámides del Valle de Gizeh y he afrontado el reto de marcharme a climas muy adversos, demasiado fríos y húmedos, sólo para contemplar los distintos núcleos vampíricos. No he hallado más criaturas como las descritas por Lestat en su última aventura en Nueva Orlenas.

Aún así creo firmemente que existen más seres extraños ahí fuera. Mis hermanos y hermanas de Talamasca, pues aún los siento como tales, siguen estudiando dentro de su limitada capacidad humana, debido al poco espacio en el tiempo que logran vivir, los misterios de este mundo. Hay algo más que reencarnaciones, fantasmas, espíritus y fenómenos inexplicables. Tiene que haber más.

Sobre todo estoy muy concentrado ahora en Memnoch. Lestat dice que sigue escuchándolo con sus palabras en un tono seductor, aunque a veces se agita, así como solía escuchar y escucha a Amel día a día. Es un espíritu malvado, ¿pero de dónde proviene? ¿Qué pretende realmente? ¿Cómo es posible que creó su propio infierno basado en las distintas religiones? ¿Qué hay de cierto en estas conjeturas? ¿Cuántas almas caen al día en sus manos? ¿Qué ocurre con las que logran salir como hizo Lestat? Diablos, y nunca mejor dicho, me siento tan perdido y a la vez maravillado que mi corazón palpita como un potente tambor.


Ojalá un día sepa todo lo que hay en este mundo, ¿pero qué me pasará entonces? ¿Qué ocurrirá con David Talbot? El tiempo lo dirá.  

martes, 25 de julio de 2017

Tentación

Tentación, eso es todo... ¡Ja!

Lestat de Lioncourt

El aire desprendía una fragancia extraña. Era como si las flores hubiesen germinado en mitad de un verano sofocante. La semilla de la maldad arraigaba en el corazón de los hombres, los cuales destruían la belleza de paisajes similares al que contemplaba, pero en aquel prado las flores parecían haberse puesto en pie para contemplar los últimos rayos de sol. A mis espaldas se hallaba un campo extenso de girasoles y un pequeño caserío donde los apeos del campo guardaban silencioso luto hasta ser necesarios.

Cerré los ojos y abrí los brazos intentando abarcar la suave brisa que movía mis cabellos castaños. Ese cuerpo era distinto al original, así como solía ser distinto a otros. Mi rostro cambiaba, así como también mis pensamientos. Una vez era un revolucionario y otras un hombre acabado lleno de recuerdos, pero siempre buscaba la liberación de mis sentimientos.

Entonces, cuando todo mi cuerpo parecía hundirse en una paz que me llenaba de dicha, sentí su presencia. Abrí mis ojos y lo vi. Apareció en la lejanía cubierto con una túnica negra que lo envolvía como un terrible enjambre de moscas. Su rostro pálido estaba prácticamente oculto y sus manos se hallaban cubiertas también por la túnica. Las flores se agitaban dulcemente acariciando su cuerpo y recuperándose tras su paso germinando de nuevo, con más fuerza tras ser pisadas como si hubiesen sido bendecidas, para detenerse a menos de un metro. Sus ojos rojos se detuvieron en los míos provocando en mí un escalofrío.

—¿Que deseas?—pregunté.

—Tentarte—respondió.

—¿Acaso crees que puedes conseguirlo? Tal vez me he vuelto inmune a tu veneno, Samael.

Provoqué se se riera de forma delicada y agradable al oído. Su voz no era tan poderosa y su cuerpo había menguado, pero esa lengua bípeda siseaba cuando la intentaba contener en su boca y sus ojos, de un color granate muy vivo, parecían clavarse en mi corazón como siempre. De repente se quitó la túnica y mostró un cuerpo entre lo femenino y lo masculino, rompiendo ambos sexos e iniciando en mí cierta revolución.

—Lucifer, querido mío—dijo colocando sus manos de largos dedos sobre sus caderas estrechas—. ¿Ves como sí sé tentarte?

—Memnoch—advertí.

—Un caído, eso eres. Caíste por los hombres, pero estos te han dado la espalda. Intentas salvar sus almas cuando merecen un castigo, el que yo les ofrezco. No se merecen este mundo que creé con Dios, pues sólo saben destruir todo lo que tocan.

Sin pudor se colocó a mis pies y puso sus manos sobre mis sandalias. Vestía también una túnica, pero esta era púrpura y dorada. Para mí simboliza poder, nobleza, lujo y ambición; para otros un reinado que ya hace tiempo cayó en desgracia. Sus dedos subieron por mis rodillas flexionadas hasta mis muslos y palpó mi sexo. Carecía de ropa interior, pues el pudor nunca fue útil para mí, y me miró dejando que su lengua se moviera igual que la serpiente que fue en el paraíso.

Me incliné abarcando su rostro entre mis manos para besar sus labios en un roce algo casto, mordí su labio inferior y lamí su boca enterrando lentamente mi lengua. Sus ojos se cerraron, así como lo hicieron los míos. Pude apreciar el sabor que tenía en su lengua, así como la humedad que me transmitía, y aprecié el veneno que me estaba regalando. Era una tentación más allá de las palabras y de los actos más lascivos que jamás había vivido con otros.

Su mano se movía lentamente acariciándome con una ternura extraña hasta que la zurda apretó los testículos. En ese momento aparté mi boca y lo miré con deseo. Me incorporé, me saqué la única prenda que me cubría y lo arrojé al pasto para morder su cuello. Tenía una pequeña nuez que apenas se apreciaba, unas clavículas perfectas bien marcadas y unos pechos minúsculos lentamente fueron desapareciendo por completo. Sus pezones se irguieron llamándome la atención. Su cuerpo cambiaba para adaptarse a mis necesidades en ese momento mientras sus piernas se abrían aguardando tentarme aún más.

Entonces el cielo se cubrió de nubes, como si Dios se opusiera a este vínculo una vez más. Las primeras gotas no tardaron en caer humedeciendo mi espalda. Mis alas se liberaron mostrándose algo grisáceas, pero todavía pulcras y sin tacha. Estas eran múltiples y espesas, pues las plumas eran largas y ofrecían un aspecto demasiado tupido.

Mi lengua bajó por su torso hasta su ombligo, donde mordí su piel cerca de su costado derecho, y luego besé sus ingles. Poseía ambos sexos y ambos fueron besados antes de sentarme contra la piedra donde había estado sentado, para que él pudiese lamer el mío.

Primero besó el glande cubierto todavía por el prepucio, para luego retirarlo con su lengua y sus labios, logrando así que gimiera y jadeara agitado echando la cabeza hacia atrás. Mi larga cabellera castaña rozó mi espalda y se enredó en mis plumas. La lluvia se intensificó y unos enormes relámpagos iluminaron el cielo. La noche estaba rodeándonos, como la tempestad, y eso éramos. Nosotros éramos la furia en la oscuridad, los seres que la dominábamos. Justo en ese instante introdujo mi miembro en su boca y su lengua se enredó estimulando y acariciando cada pedazo. Mis manos se pusieron en su cabeza, la cual tenía unos cabellos lacios y oscuros de un aspecto muy sedoso, y mis piernas se abrieron. Disfruté un buen rato de su mirada lasciva, de su buen hacer con su boca y también de sus manos arañando mis muslos con sus uñas negras y puntiagudas.

Al final lo arrojé de nuevo, pero esta vez de espaldas, para entrar en él sin bacilar. Mi virilidad se enterró de una vez y los movimientos que siguieron a esta arremetida fueron bruscos, extremadamente violentos, y capaces de hacerlo gritar de placer mientras intentaba aferrarse a las hierbas y flores.

Mis gruñidos, propios de una bestia, así como mis resoplidos se unían a sus gemidos que parecían alaridos buscando llegar al cielo, pues quería tal vez que Dios escuchase lo que no quería ver. Truenos y relámpagos prosiguieron junto a una lluvia espesa. La misma lluvia que fue testigo de una nueva inseminación. Otro engendro aparecería en la oscuridad.


Cuando todo finalizó él sólo se rió girándose y apartándome, para después ofrecerme un beso apasionado y desaparecer. Otra vez había caído en sus trucos, los mismos que no fui capaz de contar a Lestat en su momento. Yo no soy Satanás, yo soy Lucifer. Satanás es el demonio que me arrastra al lado más perverso que poseo.  

miércoles, 7 de junio de 2017

Luz y oscuridad - Poema

Memnoch me ha dejado esto...

Lestat de Lioncourt


El amor no surge entre las cadenas.
No puedes obligarme.
No seguiré esta obscena carrera
hacia el idílico desastre.

Soy el ángel que cayó por voluntad.
Soy Lucifer, creo en mi propia lealtad.
No soy tentación, soy consecuencia.
No soy mentira, no soy apariencias.
Dios, has dejado de luchar.
Ya no escuchas, ya no hablas...
No me digas que aún nos amas.

No tomaré las armas.
No alzaré mi puño contra ellos
porque no deseo torturar almas
y tampoco abandonarlos pretendo.

¿Adónde fueron las manifestaciones de poder?
¿Adónde fue tu luz?
¿Dónde está el camino correcto?
¿Quién carga con tu cruz?

Soy el ángel que cayó por voluntad.
Soy Lucifer, creo en mi propia lealtad.
No soy tentación, soy consecuencia.
No soy mentira, no soy apariencias.
Dios, has dejado de ser todopoderoso.
Hay cientos allí que ya no te veneran...
y es porque no eres Padre amoroso.

Jamás has escuchado sus corazones
y dices que son tus vástagos.
Nunca has escuchado sus oraciones
y de piedad no has tenido ni un amago.

¿Adónde fueron las manifestaciones de poder?
¿Adónde fue tu luz?
¿Dónde está el camino correcto?

¿Quién carga con tu cruz?

martes, 30 de mayo de 2017

En presencia de Satanás

Bueno... yo no digo nada.

Lestat de Lioncourt

—¿Por qué me has ordenado llamar?—pregunté con solemnidad en mi voz.

Hacía algún tiempo que no descendía al corazón de los infiernos. Las reuniones entre demonios y caídos eran frecuentes, pero mis visitas eran esporádicas. Disfrutaba más de mi propia revolución. No quería seguir las reglas o designios de otro dios. Suficiente tenía con Padre como para soportar a la serpiente enroscándose en mi cuerpo, susurrándome cerca del oído ciertas tentaciones y logrando que al fin me rindiera a sus caprichos una vez más.

—Yo no he ordenado nada—respondió tras una ligera risotada.

Estaba sentado en su trono. Era un trono monstruoso debido a los numerosos cráneos y alas cercenadas que lo conformaban. Allí había ángeles y demonios que él mismo había decapitado debido a sublevaciones y guerras más allá de los límites del cielo. Su cuerpo era delicado y tentador, poseía un rostro similar al de un querubín y la mirada de una mujer fatal. Ante mí tenía el capricho perfecto entre hombre y mujer. Su piel era lechosa, el lunar cercano a sus labios carnosos era demasiado excitante, y su pectoral estaba bien formado así como sus piernas. Apenas llevaba algo de ropa cubriendo sus partes. Era sólo una ilusión, pues la criatura que estaba tras ese seductor envoltorio era más oscura e incluso mil veces más atractiva a pesar de sus cachos y largas uñas retorcidas.

—Samael...—murmuré cansado.

Sabía que estaba intentando coquetear conmigo desde su trono. Me hallaba en la mitad de aquel salón mientras la guardia me observaba a mis costados. La luz de las numerosas antorchas y velas incidía sobre nosotros con cierto sobrecogimiento. Había oscuridad, pero no era total y se podía ver claramente a nuestro alrededor gracias a esas luces naturales. Él odiaba la electricidad, lo extremadamente moderno y las multitudes vacías. No era como todos creían. Sí era destructor, seductor y abusivo pero también era un espíritu poco comprendido y que buscaba cierta armonía con la naturaleza. Odiaba al hombre por imbécil, por adorar a un cretino, pero no así a los animales y su medio.

—Sólo hice una sugerencia, Lucifer—dijo en tono divertido levantándose del asiento para caminar hacia mí.

Sus caderas eran algo amplias, como las de una fémina, pero su forma de andar era muy tosca. Cada pisada que daba parecía patear almas. De hecho, estábamos en el lugar idóneo donde se torturaban.

—Memnoch, por favor—respondí.

—Necesitaba verte—confesó echando sus delicados brazos sobre mis hombros.

Diferíamos en estatura. Yo alcanzaba casi dos metros y él apenas llegaba al metro sesenta. Había menguado de tamaño desde la última vez únicamente porque sabía que de ese modo era más tentador, pues parecía un adolescente o una fémina. Sabía como tentar a los hombres, sobre todo a los más pueriles y decadentes.

—¿Por qué?—pregunté.

—Extrañaba discutir contigo y burlarme de mi hermano.

Mentía. Podía ver en sus ojos el reflejo de la lujuria. Sus lengua viperina y bífida me podía decir lo que quisiera, pero su alma vibraba como lo hacía un violín entre los dedos de un músico diestro. Tenía ante mí a la criatura más peligrosa sobre el mundo conocido.

—Tengo una misión que cumplir en la Tierra.

Poseía varias. La principal era encontrar diez almas puras, las cuales aún desconocía cuales debían ser sus características. Las otras eran secundarias, pero también eran importantes a su modo. No obstante, él siempre me llamaba para desequilibrarme y provocar la furia de mi padre. Yo era libre. Nunca había tomado participación de bando alguno. Sólo quería sentir mis alas surcar los aires sin que nadie pudiese encarcelarme en sus creencias, motivaciones y guerras.

De inmediato, y sin pudor alguno, se arrodilló ante mí bajando mi cremallera. Allí mismo sacó mi miembro sin que yo pudiese impedírselo. Era incapaz de huir de sus atrevidas acciones. Siempre caía. Supongo que estaba enamorado de él de algún extraño modo. Sus ojos brillaron como piedras oscuras y yo jadeé al sentir su lengua acariciar mi prepucio, sus dientes tirando de este y finalmente sus labios apartándolo para hacer de las suyas con mi glande.

Mis manos se posaron en su cabeza y mis caderas comenzaron a moverse. Frente a todos los presentes estábamos teniendo sexo. Sus soldados más leales, algunos hijos nuestros, nos observaban sin pudor alguno como si aquello fuese habitual y hasta necesario.

Pronto su boca abarcó toda mi virilidad y su aliento golpeó mi vientre. Mis pantalones tajados habían caído al suelo y mi camiseta acabó desechada a un lado. Mi imponente figura estaba retorciéndose de placer ante sus actos pueriles. Si bien, no fue todo.

Él se apartó incorporándose y tirando suavemente de mi brazo derecho con ambas manos, logrando que me moviera torpe debido a tener los pantalones por los tobillos, para llevarme hasta el trono y hacer que me sentara. Me convirtió en Rey del Infierno por su gracia divina, del mismo modo que él volví a ser la única criatura que lograba dominarme a su modo.

Sus glúteos, aún enfundados en aquel pequeño trapo que ocultaban sus vergüenzas, rozaron mi endurecido miembro y sus manos, convertidas en garras, arañaron mis pectorales. Eché mi cabeza hacia atrás y cerré los ojos. Estaba intentando recuperar mi mente, pero no podía. Cuando menos lo esperé estaba penetrándose y gimiendo mi nombre. Por mi parte, hice lo mismo.

Cada cabalgada era un gemido, como el tañido de una campana. Cada gemido era una oración blasfema. Mi líquido preseminal pronto manchó sus entrañas y eso hizo que el ritmo aumentara. Él empezó a recitar mi nombre, así como las oscuras profecías que nos vinculaban. Por mi parte hice aparecer mis alas, aún de un color blanco cegador, y cuando estas se alzaron en su máximo esplendor derramé mi semilla muy dentro de su cuerpo.


—Y Dios no puede castigarte, pues soy tentación. Dios jamás caerá sobre ti, pues aún lo amas y te ama. Dios es tu padre y un padre demasiado benevolente con un hijo pueril, lascivo, sensual, poderoso...

viernes, 5 de mayo de 2017

Tú, yo y la verdad

Chico cabra vs Dios

Lestat de Lioncourt 

—¿Acaso ves justo el sufrimiento?—pregunté entrando en aquella iglesia.

Sabía que él estaba ahí. Había bajado de su omnipotente trono para contemplar las bellas flores que habían dejado muy cerca del púlpito. Él había jurado que destruiría a todos los que adoraran falsos dioses, estatuillas que lo representaran o glorificaran objetos cuando lo único que tenían que glorificar era su palabra. El mismo que echó a los mercaderes del templo a través de su hijo, al cual hizo humano para que sintiera la humillación de no ser escuchado. Ese mismo. Él estaba ahí.

—Deben asumir las consecuencias de sus pecados—dijo sin girarse.

Parecía un hombre anciano y bondadoso. Sus largos cabellos canos caían como cascadas de plata sobre su espalda. Sus cejas eran frondosas, igual que su barba, y tenía los ojos pequeños aunque de un azul intenso muy bello. Su piel no era blanca, pues tenía un tono ligeramente tostado. Los pliegues de sus arrugas se veían cincelados deliciosamente como si de verdad le afectara el tiempo. Podía tomar cualquier rostro, pero había decidido usar el de un hombre en la senectud.

—Diste libertad, pero no explicaste las condenas de sus malas decisiones—contesté algo furioso.

Mi aspecto era opuesto. Joven, algo robusto, de algo más de un metro noventa de estatura y que le rebasaba varias cabezas. Tenía esta vez el cabello casi albino, aunque normalmente usaba el castaño. Mis ojos eran similares a los suyos en aspecto y brillo. Él parecía mi abuelo y yo un maldito idiota que pataleaba sin remedio. Sí, un mocoso. No obstante, no lo era. No era un mocoso y él me trataba como tal.

Mis prendas eran las de cualquier muchacho que decide dar un paseo a media tarde: jeans, camiseta negra sin ningún símbolo aparente y unas sandalias cómodas debido a que ya estábamos en una primavera muy calurosa. Él llevaba una guayabera blanca, unos pantalones algo más formales y también sandalias. Luz y oscuridad, ¿no era así? Pero yo seguía siendo la luz en la oscuridad.

—No empecemos—dijo frotando su mano derecha por los pelos de su barba.

—¡Además! ¡Algunos sólo son niños! ¡Y allí también sufren humanos que desconocían tu existencia!—exclamé provocando que mi voz reverberara por todo el templo.

—¿Y? ¿Por ello tengo que asumir que se merecen una segunda oportunidad?—preguntó sin alzar ni un poco su voz.

—Samael es mucho más bondadoso que tú—dije sin piedad.

—No me compares con él—contestó frunciendo el ceño, pero el tono era el mismo.

Reí. No pude evitarlo. Me carcajeé deseando abrir mis alas aún blancas, tan blancas como cuando estaba en el cielo. Sin embargo, si alguien me veía las contemplaría oscuras como las de los tordos o cuervos. Observaría en ellas el pecado, el luto, la caída o la impronta de una marca de la cual no me libraría. Era obsceno pensar que jamás me contemplarían con los ojos de la verdad y la razón, sólo como me pintaban en los textos sagrados. ¡Incluso me confundían!

—Es tu opuesto, pero también es tu hermano—respondí.

Satanás. ¡Sí! ¡Satanás era el hermano de Dios! Dos criaturas opuestas e iguales. El mundo lo crearon entre ambos y sin embargo él se llevaba la gloria; el otro sólo los infiernos y el desprecio.

—¡Silencio!

Quería callarme, pero no lo lograría. No lograría nada. Aceptaría mis palabras y encajaría mis golpes. Yo estaba en mitad de la guerra siendo libre para opinar y confrontar.

—¡Dios, Padre todopoderoso, condena a la humanidad cuando ni siquiera él creó solo este mundo!

—¡Cállate te he dicho! ¡Lucifer, cállate!

Durante unos segundos lo logró. Me había llamado Lucifer. De nuevo, como antaño, había pronunciado ese nombre sin tapujos. Yo ahora me hacía llamar Memnoch, como también me podía llamar de cualquier otro modo. Yo era su hijo, yo era su creación, yo lo era todo y él para mí estaba siendo un niño caprichoso.

—Quieres silencio. Por eso los castigas. Deseas que se callen porque un día llegarán a la más profunda y angustiosa verdad, entonces serán ellos quienes te den la espalda. Incluso lo harán los más fanáticos. Todos se alejarán. Verán al déspota y no al genio.


Mis últimas palabras hicieron que se enfureciera tomando las flores y lanzándomelas al rostro. Después se marchó. Me dejó solo. No quería escuchar la verdad. Nunca quiso escucharla ni en el Cielo ni en la Tierra.  

miércoles, 26 de abril de 2017

Lucifer y Satanás

No, por favor. ¡Memnoch otra vez!

Lestat de Lioncourt

—¿Qué haces? ¿Acaso estás tan ocupado para no percatarte de mi presencia?—preguntó con marcada insolencia.

Hacía más de diez minutos que deambulaba por aquella cumbre escarpada. Me había subido a una de las montañas más peligrosas de este mundo para resguardarme de todos y todo. Sólo quería ver gran parte de la creación a mis pies sintiendo el frío helado mi cuerpo. El infierno no es cálido, sino frío. Es el purgatorio donde las almas se consumen en lava porque es parte de los volcanes activos, de este mundo de caos. Es una puerta tan sólo, una grieta, que atraviesa dos realidades. Si bien, el Infierno no está bajo nuestros pies sino en otro plano junto al Cielo.

—Intento ignorarte porque he pospuesto demasiado mis labores aquí—respondí con una sonrisa.

Intentaba molestarlo, pero también decirle una verdad incómoda. Nunca he sido bueno mintiendo. Si bien, es cierto que jamás me he propuesto mentir. Hay quienes tienen una habilidad pasmosa para ello, pero yo soy incapaz.

—¿Soy una distracción?—dijo tras una carcajada que hizo eco por todo el lugar. Después sentí sus brazos rodeándome mientras su pequeño pectoral se pegaba a mi espalda. Su aroma me envilecía y terminaba agitando cada uno de mis cimientos.

—Siempre lo has sido; aunque no me quejo—susurré con una sonrisa mordaz.

—Pues ahora esto suena a queja—contestó. Su tono de voz me hizo pensar que tenía el ceño fruncido y los labios apretados. Se había molestado. Podía apreciar como su alma vibraba como las cuerdas de una guitarra al ser tocada. Sí, así vibraba.

—Padre me necesita, Samael—suspiré pesadamente intentando girar mi rostro, pero temía ver esa mueca de profundo desagrado en sus hermosas facciones.

—Mi opuesto, mi hermano, mi idiota favorito... —murmuró apartándose de mí como si le quemase mi figura—. Anda, permite que la diversión siga—dijo antes de aparecer entre mis brazos. Era más menudo y pequeño que de costumbre. Él podía hacer el cuerpo que quisiera, pues incluso aparecía como mujer soberbia para encandilar a los más ilusos.

—¿Me estás tentando?—pregunté mirándolo a los ojos. Unos ojos oscuros, profundos como la noche misma, que rápidamente brillaron como si fueran gemas.

—Lucifer, soy un demonio ¿acaso no debo tentar?—dijo mi viejo nombre, ese que me impuso mi creador, para luego carcajearse.

—No eres un demonio, eres el padre de todos—respondí.

—Soy oscuridad, soy destrucción y creación, soy atracción y reacción... Soy...

—Eres quien me convence para que no busque almas para salvar de este calvario—intervine a su monólogo de Dios Oscuro, para luego escuchar como estallaba en carcajadas tomándome del rostro con sus manos suaves, frías y de dedos delgados.

—Rey del Purgatorio, Príncipe del Destierro y la Luz en la Oscuridad. ¿No entiendes?—murmuró acercando su rostro al mío, dejando que su aliento rozara mi boca y provocara un escalofrío—. Tú eres luz en mi oscuridad, en mis profundas oscuridades, donde aún sigo creando y destruyendo.

—Un día me destruirás a mí y a ti conmigo—sentencié.

—Deja que disfrute de ti...—contestó para besarme.


El atardecer rojo, como la sangre derramada por cientos de creyentes de las diversas religiones, parecía una llama intensa como la pasión que él liberaba. Una pasión que caldeó mi piel y la suya. La misma que hizo que desapareciéramos de ese idílico paraje para retozar por el prado más cercano. La creación no fue del todo obra de Dios, como tampoco soy el más perverso de sus hijos y el primer caído.



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Dedicado a mi Satanás    

jueves, 13 de abril de 2017

No abras VII

Memnoch entonces se marchó. Tomó rápidamente la puerta y decidió irse. No obstante, antes de hacerlo, se giró quedándose perdido en mi figura. Parecía preguntarse algo que no quería saber a la vez, como si temiese decirme algo. Sin embargo, dijo un par de palabras al aire que me dejaron pensando todo lo que restaba de la noche.

—Amel viene del mismo lugar donde te llevé, pero no somos lo mismo. De hecho, se podría decir que Sanatás y él nacieron en los orígenes de la nada al igual que Dios. Sí, no somos lo mismo. No confundas caído con demonio—dicho aquello cerró la puerta.

Me quedé hundido en el sofá. Amel estaba ahí, como siempre, punzando en mi nuca. Había permanecido en silencio hasta que finalmente suspiró como si hubiese contenido la respiración todo ese tiempo.

—Es cierto—dijo Amel.

—¿Entonces qué es Memnoch?—pregunté con un escalofrío.

—Aún intento averiguarlo.

Quedé confundido, pero el mensaje que tenía que transmitir era mucho más importante. Me incorporé del sillón y fui directo al teléfono. Poseía uno móvil de última generación, pero habitualmente olvidaba cargar su batería u olvidaba el número para desbloquear la pantalla. Prefería levantar el teléfono de la forma habitual y marcar los números correspondientes gracias a mi agenda. Sería una conferencia poco común.

Al otro lado escuché una voz somnolienta muy peculiar, la de Benjamín, que escuché estirazarse mientras intentaba hacer acopio de sus escasas fuerzas. Posiblemente había gastado sus energías en transmitir distintos mensajes por parte de diversos vampiros, intentando organizar algo para los oyentes de la radio y exigiendo música a Sybelle y Antoine.

—¿Sí?—preguntó—. Lestat, ¿eres tú? Al menos es tu número...

—Tengo que ir a Nueva York y tener una entrevista en tu radio de forma urgente—comenté.

—Podría ser este viernes—murmuró antes de soltar un bostezo—. ¿Por qué con tanta urgencia?

—La situación es insostenible. Necesito al menos decir mi opinión al respecto—dije algo nervioso mientras jugaba con las hojas de la agenda que siempre se hallaba a un lado del teléfono.

—¿Cuál situación?

—La situación de la humanidad que va camino a la destrucción—respondí de inmediato—. Benji, como líder de la Tribu, requiero informar a todos de un mensaje nuevo e importante. Además, me he reunido con Memnoch hace unos minutos y...


—¡Memnoch!—exclamó despertándose súbitamente—. Sí, el viernes puedes venir. Hazlo, Lestat. El viernes será un día clave para nosotros—parecía emocionado, pero no lo conocía lo suficientemente bien como para afirmarlo.

miércoles, 12 de abril de 2017

No abras VI

Exceso de dolor. Eso era todo. Parecía fácil decirlo y digerirlo, pero era muy difícil. Él decía haber caído en el momento en el cual se impuso a Dios para exigirle que las almas, esas que quedaban vagando eternamente, tuviesen un lugar más apropiado que la oscuridad donde yacían otras que jamás tuvieron oportunidad alguna de saber su propia existencia. Dios se negó a escuchar y le pidió que se marchara a la Tierra y cuidara de esta tal y como le había dicho. Recuerdo que había leído más de una vez que los arcángeles eran líderes de la milicia de Dios junto con los tronos. Estos patrullaban la creación divina y colaboraban codo con codo con los ángeles rasos o ángeles de la guarda. Entretanto en los Cielos, el verdadero lugar de Dios, se hallaban los querubines cantando alabanzas para enorgullecer y satisfacer el ego divino. Serafines y el resto de ángeles ocupaban otras labores meramente administrativas.

Dolor. Hablaba de dolor otra vez. Esa era la palabra clave y la respuesta a todo: Dolor. El dolor de los humanos, el dolor que él profesaba, el dolor de las almas y mi propio dolor. Yo también sufría, también sentía dolor. Cerré los ojos y apreté con fuerza los puños a sabiendas que iba a sufrir una gran decepción.

No debía escucharlo, pero sabía que si no lo hacía me odiaría por ello. Todos merecemos ser escuchados, aunque sólo acarreemos mentiras. Miré sus ojos y vi horror. Ese horror que había visto en los ojos de los niños moribundos en las guerras, esas que con armas invisibles destrozaban generaciones enteras. Apreté aún más la mandíbula de lo que ya lo hacía y luego me eché hacia atrás con las palmas de las manos abiertas, alzando los brazos, como si me rindiera.

—El terrorismo radical no es sólo musulmán, también lo hay en otras religiones—explicó—. Sólo tienes que ver el conflicto israelí para comprobarlo.

—Eso lo sé—dije.

—Es un movimiento financiado por grandes corporaciones y los propios gobiernos que dicen ir en su contra. Sólo desean ese pedazo de tierra para convertirlo en un infierno y así expoliarlo.

—Sí, llevan haciéndolo desde antes de la II Guerra Mundial, pero de forma muy sutil—intervine provocando que me mirara asombrado—. No sólo soy una cara bonita, ¿sabes? Que estuviese décadas dormido no implica que no me haya informado rigurosamente sobre las décadas que me perdí. El mundo cambió demasiado y debía tener una explicación. Tanto odio, tanta maldad, tanto desaire debía tener un origen y lo hallé. Además he viajado a Alemania alguna vez y he aprendido que no se deben repetir los errores, pero al parecer el ser humano no aprende jamás—comenté con un tono lleno de dolor y rabia. La furia subía por mi cuerpo, pero también descendía una corriente de tristeza y amargura que finalmente quedaba en nada lo anterior.

—Háblales—rogó—. Diles a todos lo que sabes y explícales lo que puede suceder si siguen así. Puede que exista una tercera guerra que implique la masacre de miles, la pobreza de millones y millones de personas, el hundimiento de la economía y un malgasto innecesario de dinero de los diferentes países en algo que podía ser invertido en cultura, sanidad o cualquier otra cosa menos lesiva—se movió entonces por la habitación y suspiró largamente antes de apoyarse en la chimenea—. El mundo es una bola de odio.


—Lo haré, pues no pierdo nada con intentarlo.  

martes, 11 de abril de 2017

No abras V

La conciencia tranquila era algo que existía en esta sociedad pese a las bombas, los niños moribundos en la frontera de Gaza o Siria, los ataques terroristas perpetrados por las distintas religiones, los campos de concentración y exterminio que aún se daban pero que se llamaban de maneras más bucólicas o idílicas, del odio al diferente, de las hambrunas o las guerrillas disparando balas en zonas como Kenia. Todo era conciencia tranquila. Era fácil de tenerla. Donas algo a la parroquia, a una ONG o adoptas a un animal para evitar su maltrato y te crees alguien con conciencia. Muchos no alzan la voz, no van a manifestarse por sus derechos porque creen que les pueden arrebatar otros. Pobres ilusos. Si dejan que los pisoteen seguirán haciéndolo. Hablan de violencia en una manifestación contra el saqueo prolongado de los gobiernos, la corrupción que agita al sistema judicial y al Estado, o de humillaciones a víctimas de atentados terroristas cuando quienes murieron fueron dictadores o aliados de estos con las manos manchadas de sangre.

Pero todo se soluciona con un poco de deporte, programas de entretenimiento con un fin poco lícito donde se habla de la vida de los demás y tertulias baratas sin sentido que señalan como enemigo a los revolucionarios de hoy. Se callan conciencias cambiando de canal para no ver bombardeos, para no escuchar lo que dijo el presidente de este o aquel país, y uno no se informa de lo que ocurre cera de sus fronteras. La callada de conciencias, la manipulación para que no se piense por uno mismo y se pierdan las energías, es tan fuerte que no se puede detener.

La revolución y los revolucionarios son mínimos frente a los opresores. Cientos de mentes son oprimidas gracias a las redes sociales y medios de comunicación. La publicidad imperante con su habitual machismo encubierto, odio a lo diferente y exigencias de ser único usando una marca o un modelo “x” de electrodoméstico o tecnología de vanguardia. Ante mí tenía una sociedad vacía y pueril que no se movía por nada si no sentían el daño cerca o en su propia piel. De esas que hablan sólo de terrorismo cuando ocurre en occidente y de terrorismo religioso cuando lo comete el islam.

—Mi conciencia está limpia—dije una pequeña mentira—. ¿Acaso crees que no es así?

—Por supuesto que no lo creo. Tú no eres como la mayoría. Tú has nacido en una época distinta donde se actuaba más y se decía menos. Eres un hombre de acción y no de palabras. Testimonio fiel a aventuras que no se pueden describir con facilidad. Por supuesto que no, Lestat. Vives en una guerra abierta a los sentimientos encontrados hacia la humanidad. Quieres mantener cierta esperanza porque ves que son capaces de cosas increíbles, pero también deleznables. Ambos lo sabemos muy bien—decía mientras se incorporaba para acercarse a mí y quedar a mis pies, como si implorara. Me pareció curioso y hasta burlesco que hiciese algo así, pero comprendí que estaba desesperado. Su aroma era tan penetrante que me sentí mareado, también la energía que destilaba. Era algo extraño. Podía jurar que no era real, pero lo tenía ante mí. Era capaz de tocarlo y aún así no lo hacía. Temía descubrir que realmente existía y que había negado su existencia con la osadía de un maldito imbécil.

—Digamos que te ayudo—contesté—. ¿Cómo podría hacerlo?

—Ve a la radio de Benji y háblales. Cuéntales cómo el mundo se está acabando. Influye en sus conciencias—se aferró a mi brazo derecho y se echó a llorar. Era la primera vez que veía como lloraba de ese modo. Sus lágrimas parecían sinceras y cálidas—. Llevo siglos, por no decir milenios, viendo como se matan y no puedo detenerlos. No puedo. Estoy harto de encontrarme con almas en pena... Me asfixio. Cada vez son más jóvenes por uno y otro motivo. Sálvalos, haz que se vayan luchando y se irán en paz.

—Con que es eso—murmuré—. Tienes exceso de trabajo debido a su mal comportamiento.


—Tengo exceso de dolor, Lestat.

lunes, 10 de abril de 2017

No abras IV

Sus palabras hicieron eco en mi mente y revotaron hasta el pequeño lugar donde se hallaba Amel. Ambos guardamos silencio un largo rato. Recordamos nuestras hazañas, pues ahora sabía que la habíamos vivido de la mano, y suspiramos largamente. Tal vez tenía razón, pero seguía dudando sobre Memnoch y los mensajes que siempre recibía por su parte. Desde el principio, hace ya más de dos décadas, él se presentó como una abominación para luego demostrarme, a su modo y criterio, que en realidad estaba de nuestro lado porque Dios nos daba la espalda. Ahora exigía que apoyase de nuevo otra de sus consignas. Una de tantas. Ya me había dado unas cuantas que pueden leerse en el libro donde David Talbot, mi buen amigo, decidió recopilar todo lo que yo había vivido con el demonio. Fue agotador mentalmente para mí, pero también para él y para cualquiera que leyese uno de los miles de ejemplares vendidos hasta la fecha.

Por un instante me vino a mi mente los ojos de Tarquin Blackwood. Hacía demasiado que no sabía de él. Creyó en mí sin dudar ni un segundo de mis habilidades y nunca cuestionó mis palabras. Desconocía su paradero o si realmente había sobrevivido a los ataques. Amel nunca se pronunciaba acerca de eso. Daba por hecho que no podía exigir nada a cambio. Tendría que vivir con la duda hasta que alguien pudiese darme datos ciertos. Por supuesto podía preguntarle a Memnoch, ¿pero sería correcto? ¿Me diría la verdad? Jamás. Me crucé de brazos y miré al caído, como así exigía que le reconociese, para luego girar mi rostro hacia las llamas.

—Estás a la defensiva—dijo.

—No—negué en rotundo.

—Tienes los brazos cruzados, esquivas la mirada y aprietas la mandíbula—contestó con un tono de voz divertido—. Ah, viejo amigo...

—¿Quién te dijo que soy tu amigo?—pregunté bajando los brazos para aferrarme al sillón y mirarlo fijamente, como una fiera absolutamente salvaje, a los ojos.

—Eso creía, pero tienes razón. No debo de dar nada por hecho—dijo encogiéndose de hombros—. Lestat, ¿podemos hablar o seguirás jurándome odio eterno?

—Odio eterno no suena mal—respondí.

—Tú no odias.

—Tienes razón, más bien rechazo y nada más—contesté provocando que se riera.

—Lograrás que me duela el estómago y la mandíbula de reír. Eres muy cómico cuando quieres—comentó negando suavemente con la cabeza para luego apoyar su mentón bajo el dorso de su mano derecha. Estaba entretenido con mis expresiones algo simples e infantiles, pero yo estaba a punto de estallar.

—Supongamos que te escucho y me creo tu mensaje, ¿qué pasaría luego de emitirlo? ¿Qué ganas?—pregunté de inmediato.


—Oh...—rápidamente se puso serio—. No lo sé. Supongo que la conciencia tranquila por haber hecho todo lo posible para detener toda esta locura y odio.  

domingo, 9 de abril de 2017

No abras. Parte III




No sabía si era muy atrevido empezar por las frases típicas, pues él no era el típico visitante ni el típico amigo. Sólo decía ser el rey de un nuevo imperio creado por Dios para él, o más bien cedido, para que diese justicia a las pecaminosas almas que allí se daban cita. Aún así hice un ademán para que entendiese que entrase y tomase asiento en el sillón frente al mío. Era el sillón de Louis y se me haría extraño ver a otro ocupando su lugar. Amel estaba en completo silencio.

El sonido de los pasos de las botas de Memnoch sobre las baldosas era pesado. Parecía estar cansado de viajar. En realidad, parecía uno de esos motoristas que viajan kilómetros y kilómetros para las típicas concentraciones, donde ocupan un lugar destacado en la manada y hablan sobre Dios como un compañero más de viaje. Echó hacia atrás algunos mechones incómodos en su rostro y se sentó al mismo tiempo que yo lo hacía.

Comprobé entonces que llevaba una camiseta de mangas cortas negra, un chaleco de cuero sin mangas también del mismo color y unos pantalones algo entubados que cubrían sus largas piernas. Realmente parecía uno de esos macarras amantes de la libertad, los cuales eran muy afines a mí en muchos aspectos. Sus brazos estaban cubiertos de tatuajes que mostraban distintos rostros, hechos históricos y monstruos bíblicos. Sonrió cuando se percató que estaba perdido en algunos de esos magníficos dibujos de tinta.

—Dios tiene iglesias, yo tengo mi cuerpo—expresó.

—¿A qué has venido? Ya te dije que no pienso irme contigo ni hacer lo que me propones—respondí de inmediato como si un resorte me hubiese impulsado a hacerlo.

—Te enseñé el cielo y el infierno para que lo narraras, también te seguí molestando porque conocía la verdad que ya conoces. Esa verdad que murmura en tu mente y comparte sus emociones, sentimientos y conocimientos—dijo apoyando bien su espalda en el respaldo y apoyando los codos en los brazos del asiento—. Y digo conocimientos porque pueden ser ciertos, falsos o tener sus luces y sombras. No lo sabemos hasta que los ponemos en práctica, algo a lo que estás muy acostumbrado—rió bajo y negó suave con la cabeza provocando que viese en él a un joven más que a un ser tan antiguo como decía ser—. Me gusta el título del libro, pero no soy el diablo. Dije que se me considera, pero no lo soy. Sigo siendo un caído, aunque no del todo. Ya sabes que Dios no me tiñó las alas de negro... ¡Oh! Bueno, no he venido a hablar de mí o de ti. Tampoco he venido a hablar de Amel—dijo inclinándose hacia delante mirándome a los ojos y provocando que sintiera un escalofrío por toda la columna vertebral.

—Dime—susurré.

—He venido para que me ayudes a decirle al hombre que pare. Ya está bien. Necesito que alguien les diga la verdad sin divagaciones ni metáforas que no van a ninguna parte. Estoy muy cansado de ver tanto odio y violencia engendrada en cada uno de sus actos—masculló lo último echándose de nuevo hacia atrás para llevarse las manos al rostro y frotarlas. Aprecié entonces que llevaba las uñas pintadas de negro y eso me hizo sonreír de lado. Realmente estaba usando un disfraz, ¿cierto? Me preguntaba cuál sería su verdadero rostro.

—¿Crees que yo puedo hacerlo?—pregunté con una sonrisa socarrona.


—No conozco a nadie más que pueda hacerlo.  

sábado, 8 de abril de 2017

No abras parte I y II

NO ABRAS 



PARTE I


Sentado frente al televisor comencé a ver la masacre que ocurría al otro lado del mundo. Observé como un gas silencioso se llevaba la vida de decenas de personas, donde casi una treintena eran niños, y entonces comprendí la furia intensa que había en Akasha. Ella, tan poderosa, frente a un pequeño televisor que escupía terribles masacres en otros puntos del mundo, diciéndole que todo aquello era lo que el ser humano actual creía correcto y que lastimosamente nadie detenía. Era lógico que se alzara para aplastarlos como si fueran insectos asquerosos que destruyen sus cosechas.

Amel gimió de dolor. Pude apreciar que todo aquello le horrorizaba. El mismo espíritu que una vez azotó a gran parte de los vampiros, la mayoría jóvenes, logrando que los más antiguos destruyeran vidas inocentes. Ese mismo. Gemía de dolor ante las imágenes que la televisión nos mostraba.

Me llevé las manos al rostro absolutamente horrorizado. Temblé de pies a cabeza y eché mi cuerpo hacia atrás. Estaba tan consternado que no sabía cómo aceptar todo lo que veía, pues era tan terrible que deseaba creer que era una película o un error. Pero no. El error era esa guerra, como tantas otras que azotan aún otros lugares escondidos en África, y Francia estaba participando en ella. No lo hacía porque hubiese sufrido el “terrorismo” de cuatro fanáticos, sino porque habían sido colonia después de la II Guerra Mundial y habían osado ser libres. Ahora requería de nuevo ese espacio para los hidrocarburos. Todo era el petróleo.

Giré mi rostro hacia un pequeño calendario que Rose había hecho con hermosas instantáneas de cuando era una niña, añadiendo algunas de Viktor, antiguas de Mojo y varias de Louis. Era un hermoso regalo demasiado práctico que no dudé en colgar en un lado de mi sala de descanso. Observé la fecha y suspiré. Ya era casi pascua. La Semana Santa comenzaba en unos días. Pronto miles de personas recordarían a su mártir y entonarían canciones, vítores y consignas por un hombre que fue injustamente condenado. Muchos de ellos odian ahora al diferente, tienen miedo al musulmán, y señalan Siria como un foco de terrorismo radical. La mayoría se ha olvidado de la guerra santa emprendida por los cristianos, de la expulsión de musulmanes y judíos de tierras españolas despojándolos de todo, de la humillación que se hizo con ellos al obligarlos a ver reducido su territorio en el conflicto de Israel y Palestina, y otras tantas cosas que no tienen disculpa.

Sentí que volvíamos a la época medieval, esa que ni yo mismo viví, donde se castigaba al musulmán e incluso a quien tenía rasgos árabes. Se decía que era un infiel, se le condenaba a ser expulsado como se expulsan a muchos indocumentados y se les humillaba o aniquilaba. Igual que en aquellas épocas se usaba el fuego ahora se usa un gas silencioso. Las guerras por fe pasaron a ser guerras por petróleo, pero se camuflan bien y la ciudadanía estúpida lo cree de ese modo.

Entonces unos golpes en la puerta. Unos que hicieron que me incorporara de inmediato. Nadie llamaba así y menos a esas horas. Louis tenía llave de ese pequeño apartamento en París. Era su propio refugio. Habíamos decidido trasladarnos algunas noches a la ciudad, pero él se había marchado porque quería revisar varias de sus empresas en persona.

Un olor vino a mis recuerdos y agitó aún más a Amel. Este no hablaba, sólo farfullaba palabras ininteligibles debido al dolor de las imágenes de guerra. Sin embargo, habló pronunciando un nombre que me heló la sangre: Memnoch.

—Memnoch. No abras. Es Memnoch. Aunque él puede entrar en tu morada sin que lo atiendas—dijo sorprendido y asustado.



PARTE II


Me sorprendió que Amel pudiese saber quién era. Había intentado por todos los medios que me proporcionara cierta información sobre lo ocurrido en aquellos días tan aciagos. No logré nada. Él decía que no podía confirmarme que fuese un espíritu tan fuerte, o incluso más, que él. Por mucho que busqué en viejos libros e informes de Talamasca no hallé nada. Sólo había una carpeta minúscula en uno de los archivos online de la Orden. Allí había algunas imágenes de la capilla donde decidí descansar, sendas indicaciones de lo ocurrido en días posteriores y reseñas al libro que también podía adquirirse de manera gratuita en diversos enlaces.

Ese monstruo surgido de mis pesadillas y cavilaciones juveniles ya no me impresiona o aterroriza. Únicamente me desconcierta. Aquella noche sentí que todo podía tener un final cierto y decidí encaminarme hasta la puerta.

Al girar el pomo y tirar de esta hacia mí encontré a un joven de aspecto similar al que una vez conocí. Sus cabellos eran más claros, su tez algo más rosada y parecía que tenía un rostro algo más viril. Había cambiado su imagen, pero la esencia la sentí idéntica. Tragué saliva mientras él me observaba en silencio. No sabía si era por decoro o porque todavía rumiaba su presentación a esas horas en mi vivienda.

—No lo dejes pasar. No lo invites. Aunque él lo hará de todas formas, pues ya lo conoces—susurró Amel.

—No, no lo conozco—dije en voz alta—. Sólo conozco lo que él ha querido venderme.

—¿Ahora soy un vendedor a domicilio?—preguntó socarrón sin perder detalle de mis facciones—. Eres más fuerte y eso resulta muy atractivo para mí—confesó estirando su brazo derecho hasta mi cuerpo, para alzar un poco su mano hasta mi rostro y palpar mi mejilla—. ¿Recuerdas mi discusión con Jesús?

—Con el supuesto Jesús—indiqué sin apartar sus dedos. Parecían reales, pero ya había estado con otros espíritus que parecían de carne y hueso. Pude ver en él cierta luz y poder que en aquellos días, en los cuales no me fijaba tan detalladamente en esas cosas, no vi.

—Vengo para conversar—dijo.

—La última vez dijiste eso y quisiste retenerme en tu supuesto Sheol—contesté dando un paso atrás.

—Hay más guerras, más hambre, más pobreza, más miseria, más dolor, más angustia y un nuevo líder. Un líder que podría solucionar todo con un golpe maestro sobre la mesa—indicó—. Vengo porque quiero que cambies a otros. La vida te ha cambiado sustancialmente. Ya no eres el mismo. Tienes nuevos poderes y mayor sabiduría. Has aumentado tu potencial y miles de vampiros en todo el mundo te adoran como si fueras un dios—susurró entrando en el apartamento y cerrando la puerta.

Tal como dijo Amel pasó sin que lo invitara. Miró los cuadros, admiró cada trazo y sonrió para sí. Después deslizó sus ojos por las distintas estanterías repletas de libros y se dio cuenta que era un apartamento pequeño, pero sencillo. Un lugar acogedor para pasar los días ensimismados o ensoñando en cada pequeño mundo que es uno de los cuidados ejemplares que Louis conservaba desde hacía años.


—Conversemos entonces—dije.  

domingo, 2 de abril de 2017

El mensaje de Malaquías

¿En serio pasó? ¡Memnoch, lejos de Viktor!

Lestat de Lioncourt


—Malaquías, ¿eres tú?—pregunté sorprendido.

Estábamos en mitad de Nueva York. Ambos sujetábamos uno de esos vasos térmicos baratos llenos de café. Nuestros ojos se enfrentaron como si fuéramos dos mundos opuestos que se atraen demasiado. Mis labios se abrieron en señal de sorpresa, pero no hubo gesto alguno por su parte. Una ligera brisa corrió entre ambos como un pequeño desnudo corre sobre la arena dorada de alguna playa caribeña.

—Memnoch...—pronunció con cierta dulzura mi nombre, algo que me trajo recuerdos—. Justo estaba buscándote.

—Ah, no—dije retrocediendo unos pasos—. ¿Tengo que interceder entre tú y Dios por un alma en pena en este lugar?—indiqué—. Bien sabes que la Tierra es el purgatorio de las almas, donde estas se reciclan y purifican, mientras que Satanás o Dios aguardan mi sentencia final.

—También es el lugar donde nacen—me interrumpió—. Pronto nacerá un alma extraordinaria. Deberías buscarla.

—Un alma extraordinaria, ¿qué tiene de extraordinaria?—pregunté antes de dar un trago a mi café sin azúcar. Nunca he dejado de pensar que el café con azúcar es desagradable. El café debe ser intenso y amargo, ¿para qué deseas algo dulce? Para eso adquiere un chocolate.

—Oh, eso lo tendrás que ver por ti mismo—dijo con una risa fresca—. Te llevarás una sorpresa.

—¿Acaso es otro futuro asesino a sueldo como Toby O'Dare?—contesté alzando una de mis perfectas cejas.

Ante los demás éramos dos hombres bien trajeados, él de mediana edad y yo ligeramente joven para ser un empresario de relevancia. Sujetábamos elegantes maletines de piel, los cuales parecían contener importantes documentos, y llevábamos ese café que parecía calentarnos en una mañana de primavera demasiado agradable. Pero la verdad es que él era un ángel guardián y yo el arcángel que aún protegía este nuevo reino.

—Depende de como lo veas—me guiñó un ojo y rió bajo—. Sólo diré que su padre ya te atrapó el corazón al sentirte comprendido. Digamos que será el hijo de un buen amigo quien nazca—comentó moviéndose hacia mi posición, rebasándome y dejándome allí de pie como una estatua de sal.


De ese modo supe que Lestat tendría un hijo. Malaquías, el ángel que finalmente condujo a Toby O'Dare a su propia absolución, me estaba exigiendo que siguiera los pasos de Viktor Lioncourt.  

martes, 21 de marzo de 2017

El ser humano da asco

Memnoch ha hablado... 

Lestat de Lioncourt

El ser humano parece despojado de todo. Insensible e impasible a las tragedias. Al menos, cuando las tragedias tienen un idioma diferente, ocurren en países “tercermundistas” y en pueblos de etnias distintas a la suya. Pero todo difiere y se magnifica cuando su color, idioma o posible nacionalidad les invita a ponerse en lugar del otro. No se han dado cuenta que bajo lo superfluo, que es la religión o el color de piel, yace un ser indefenso y propenso al sufrimiento. Somos mártires de malas decisiones, de momentos equivocados y de la mala fortuna. Porque la mala fortuna existe ya que es una cadena de sucesos que no podemos controlar y que, en cierto sentido, tampoco deberíamos hacerlo. Es el orden natural, por así decirlo, que tiene el mundo de recordarnos quienes somos.

Frente a la barbarie muchos miran hacia otro lado. Aprietan los puños y tuercen sus labios con una sonrisa macabra. Intentan ignorar. Incluso ponen la música actual más llamativa. Bailan al son de las noticias manipuladas de última hora, pues la verdad es demasiado dolorosa. Se insensibilizan recordándose unos a otros que “fue lejos”, “no los conocía”, “su religión es salvaje” o “son países poco democráticos”. Inyectan el virus de la ira para incluso cargar contra las víctimas, así como del machismo, la homofobia más clásica y toda clase de motivos que les alientan a sentirse “a salvo” y “buenas personas”. Se olvidan que ellos son posibles víctimas por cualquier otro hecho. La violencia no libera a nadie, sólo los encadena como si fueran presos en una enorme cárcel.

Han arrasado la tierra con bombas, talado el Amazonas, encerrado a animales “para evitar su extinción y exponerlos como payasos circenses” buscando “sensibilización” y “amor” hacia estas criaturas, aplauden las nuevas construcciones de fábricas, usan el coche para un desplazamiento de cinco minutos y el deporte únicamente se hace por “moda” y no por mejorar la salud. Visten ropa con publicidad y se burlan de otros que carecen de ella, lo cual demuestra lo estúpidos y vacíos que están. Colapsan redes sociales con vídeos virales de niños discutiendo hasta llegar a los puños, en vez de paralizar su difusión y buscar soluciones a la violencia en las aulas. Violencia que siempre estuvo ahí, pero que ahora es cada vez más palpable gracias a las cámaras en los móviles que no debería tener un niño o un adolescente. Creen que son mejores por el uso de la tecnología, pero no son capaces de distinguir aves, plantas, sentimientos o libros que dicen haber leído... Las películas de moda son cada vez más vacías, fáciles de digerir para mentes frágiles y sencillas, porque la política les ha mermado y aniquilado. La cultura, la educación y el sentimiento patriota están afianzados como un puñetero virus que les dice que las fronteras son necesarias, que el odio es normal y que hay que mirar con ojos sospechosos a quien viste mal. Si bien, ¿les ha robado miles de millones el mendigo que vive en una sucursal o quien trabaja como director general? Ahí está la clave. Las cárceles están abarrotadas de chicos que fueron juzgados como delincuentes siempre, por su raza o sus orígenes, y que para buscarse la vida en esta jungla podrida, llena de flores nauseabundas, decidieron ser el animal más venenoso y llevarse lo que era de otro. El reparto de la riqueza cada vez va a peor. Ricos cada vez más ricos, pobres cada vez más miserables y os hablan de la clase media mientras aplaudís como focas.

Eso es el ser humano. Eso es lo que sois. Si esperabais de mis labios algo agradable, lo siento. El optimista, el soñador, el crédulo que lucha por vosotros es Lestat y no yo. Yo soy su polo opuesto, su némesis. Y su némesis está harto de haber caído por vosotros. Caí por defender que deberíais tener conocimiento, verdades, y libertad. ¡Al infierno con todo! La oscuridad que hay en vosotros es tan grande que ni la luz de mi conocimiento, ni mis verdades, harán nada. ¿Qué sucederá después de todo esto? Ira porque pretenderéis creer que no sois así. Frustración porque pensaréis que no hay cambio posible. Humillación al ser descritos de este modo. E insultos. Me insultaréis. Vendréis a mí y me escupiréis a la cara que soy el demonio y como tal os miento, os intento poner en vuestra propia contra porque ese es mi juego. Sois tan estúpidos, miserables y aberrantes que me dais asco.


Esto es libertad de expresión y no vuestras pancartas contra los gays, transexuales, negros o árabes. Esto y no vuestras revistas sensacionalistas. Esto y no vuestra propaganda política innecesaria. Esto y no vuestra ropa de marca que sólo grita que os gusta pagar mucho dinero por ropa cosida por manos infantiles. Imbéciles, desgraciados, simios mal evolucionados... ¡Eso sois!  

martes, 7 de marzo de 2017

Querido príncipe...

Ya empezamos...

Lestat de Lioncourt 

—¿Cuánto cuesta este ejemplar?—dije llevando hasta el viejo mostrador colmado de folletos, tarjetas de felicitación y marcadores de página de diversos materiales. El libro era “Príncipe Lestat” y había aguardado algunos meses para adquirirlo. No deseaba verme demasiado ansioso por tenerlo.

Tras el mostrador había una elegante mujer de unos cincuenta años, con las manos algo arrugadas y manchadas por la edad. Sus ojos eran color miel, muy llamativos, debido al reflejo de luz de las diversas lámparas fluorescentes del pequeño local. Llevaba un suéter simple verde botella de cuello alto y punto pequeño. Estaba allí de pie observando a sus clientes ir y venir.

Sonrió cuando me vio entrar y casi aplaudió que decidiera adquirir un libro. Estaba en el montón de viejas novedades, esas que son desplazadas tras más de un año en la tienda. No obstante, se encontraban mucho más visibles que porquerías literarias de otros supuestos “grandes autores”.

—El económico de bolsillo 15,90 euros, encuadernación dura 22,50 euros—respondió.

—Me llevo uno—dejé el de pasta dura y moví inquieto mis dedos por el ejemplar.

—¿Desea que lo envuelva para regalo?—preguntó tomando este para pasarlo por el lector de códigos.

—No—dije—. Es para mí.

—Está bien—rió bajo y metió el libro en una simple bolsa de papel con el logotipo de la tienda—. Aquí tiene—añadió ofreciéndome esta.

—Gracias, pase un buen día—comenté antes de encaminarme para la puerta de madera y cristal de la entrada principal.

—Igualmente, no olvide en venir si desea algún libro nuevo o de segunda mano—dijo antes de dar la bienvenida a un nuevo cliente, el cual se llevaba otro de tantos libros.

—¡Por supuesto!

Una vez en la calle encendí un cigarrillo y di una honda calada. Llevaba conmigo las memorias de un viejo desdichado, alguien que creyó que era más listo que el mismo diablo. Reí bajo levantando las solapas de mi chaqueta de cuero con tachuelas y eché a caminar a paso apurado.

Al girar la esquina desaparecí para ojos mortales y sólo quedó el aroma a cigarro. Un cigarrillo que cayó al suelo y quedó allí como único testigo. La colilla se consumió por completo y fue desplazada por el viento.


Por mi parte caminé por un viejo sitio. Uno lleno de ánimas y fuego. Pude haber leído antes el libro, pero quería olvidarme de él y aparentar sosiego. Si bien, era Lestat. Aunque admito que cuando al fin lo leí me carcajeé. Ahora cree que sólo soy parte de un mundo espiritual distinto. ¡No! Soy Lucifer. Únicamente está confundido al creer que también soy Samael.

jueves, 23 de febrero de 2017

Yo soy

Memnoch me envió esto...

Lestat de Lioncourt 


Cuan insolente es el mundo y cuan insolente es la vida. Se precipita todo sobre un pobre idiota y se ajusticia. Jamás abandoné la fe y mis creencias las cuales se fundían en un sólo sueño. Puede que me tachen de iluso, pero creía firmemente que pronto el mundo cambiaría y dejaría de ser tan enfermo. La venganza era la mano de los justos, no de aquellos que cumplían órdenes para masacrar en nombre de sus privilegios y obscenos deseos de poder. El amor era necesario y la única fuente del verdadero cambio. La destrucción del ecosistema debía acabar. Los demonios de este mundo tenían que doblegarse ante mí y comprender que estaban destruyendo nuestro único medio de vida. 

Existen dos lugares donde surgen las almas atormentadas. Una es “El infierno” y la otra región es “El sheol”. En el infierno están los demonios surgiendo del vientre de sus madres, pero el aire es pútrido y la comida escasa. El sheol es el lugar donde van a parar las almas que no quiere Dios, pero que tampoco detesta tanto como para enviarlas al infierno, o surgen espectros poderosos que codician vivir y poder observar el otro plano. El otro plano es la realidad en la cual viven los humanos y el resto de bestias.

Hace años me personé ante ti. Intenté que todos pudieran ver cuál era el origen de sus pecados. El creer firmemente en Dios, en catalogar lo bueno y lo malo según unas leyes arcaicas y podridas, el no escuchar a tus hermanos cuando rezan diferente, las balas vacías de honor, el grito desesperado de un niño hambriento rogando un trozo de pan, la mentira justificada porque está en escrituras sagradas o el dolor miserable de una muerte temprana por odio. Quise que vieses el dolor de cerca, que te rodeara como una capa, y te olvidaras por un momento de tu imprudencia, impaciencia y locura habitual. Deseaba que entendieses hasta que punto el mundo es miseria. 

Sólo he obtenido descrédito. Dios no existe, el diablo tampoco. Según tú sólo soy un espíritu marginado que busca llamar la atención. Según la Biblia, y otros libros religiosos, soy un traidor. Según los incultos soy Satanás, cuando en realidad él es un Dios Oscuro y opuesto a mi creador. Para mí sólo era el hijo favorito de Dios hasta que hice demasiadas preguntas, lo cual fue tomado por insolencia, y por eso se me castigó a estar en el viejo paraíso consolando almas e impartiendo criterios justos para salvarlas. Si bien, jamás se me dio consejo alguno para hacer mi labor. Aquí estoy. Estoy esperando a que quieras volver a verme. 

Por favor, si regresas, esta vez escucha mejor. 

viernes, 23 de diciembre de 2016

My only wish

Sigo sin creerme que "él" sea Lucifer.

Lestat de Lioncourt 


Debido a la contaminación lumínica habitual, aumentada por la típica de las fechas, era imposible ver las estrellas. Los edificios parecían grandes monumentos al ego de sus propios arquitectos. Las empresas aún tenían los despachos iluminados, pese a ser ya algo tarde. Era el día que se celebraba la Noche Buena, una fecha especial en el calendario de todo creyente y también de aquellos que desean reunirse con la familia. Las avenidas estaban colapsadas por el tráfico urbano, vehículos y peatones habían asaltado las tiendas, comercios y distintas empresas de servicio. El consumismo era tal que me provocaba cierto mareo. El estrés se elevaba más allá de las pequeñas nubes acumuladas próximas a las chimeneas de la industria pesada de las afueras.

Cerca de un cajero de un banco cualquiera, apoyado contra la pared empapelada con cartelería habitual de estas fechas, me hallaba observando el ir y venir de mujeres, hombres y niños. Las risas y las miradas furtivas, llenas de una ilusión extraña por el ruido del papel de regalo y el brindis de la cena, me desconcertaba. La última vez que había descendido era todo menos ruidoso y plástico.

Una pequeña niña se detuvo en mitad de la gran masa, su madre estaba hurgando en su enorme bolso, y ella me miró. Sus enormes ojos azules me hablaron de una bondad y una ilusión que pocos sostenían ya. Dio dos pasos hacia el frente y me sonrió. Para mí fue como ver a un querubín intentando llamar la atención sin necesidad. Devolví de inmediato la sonrisa sin pensarlo siquiera.

—Mira mamá, un ángel—dijo regresando a su lado, tirando insistentemente de ella, por el borde del chaquetón oscuro que vestía.

—¡Sólo es un vagabundo!—espetó sin molestarse demasiado.

—¡Pero tiene alas!—insistió.

—¡María, no tiene alas! ¡Sólo mugre y sabrá Dios si alguna enfermedad!—dijo tomándola en brazos para apresurarse, caminando con un repiqueteo por entre los grupos de jóvenes cargados de bolsas de regalos, adultos deseos de llegar a casa y tomar algo caliente, compañeros de trabajo algo ebrios o con posibilidades de estarlo en breve... Esa mujer parecía odiar todo lo que fuese la pobreza, pero luego regalaba ropa usada a la iglesia una vez al año para limpiar su conciencia.

—Un ángel...—dije llevándome a los labios el cigarrillo que había empezado a fumar nada más llegar a mi puesto habitual.

—Bueno, eso eres—insistió una voz—. ¿Y mis diez almas?

—Ah... estoy de vacaciones—contesté frunciendo el ceño—. ¿Qué deseas? ¿Acaso no llegó mi tarjeta de felicitación por tu cumpleaños? Ah, espera... Naciste en Agosto y aún no la eché al buzón—dije riendo bajo mientras mantenía el filtro cerca de mis labios.

—Ah, deja de burlarte. Los seres humanos festejan mi nacimiento.

—Bueno, técnicamente el de tu hijo—dije encogiéndome de hombros—. Mi hermano el poderoso Jesús...

—¿Eso ha sido una burla?—la voz se escuchó esta vez algo molesta, por lo decir arritada.

—Dios Padre, todopoderoso, misericordioso y lleno de virtudes se está molestando con su hijo Lucifer... otra vez—murmuré tirando la colilla al suelo, para luego pisotearla y quedarme allí mirando las luces tintineando.

—¿Por qué no regresas al cielo?—preguntó.


—Porque no admito mi derrota, ya que aún tengo planes—respondí apartándome de aquella esquina para desaparecer a la vista de todos. Fue sencillo, pues todos siempre intentan apartar la mirada de los mendigos y sin techo que se arremolinan en las calles.  

jueves, 1 de diciembre de 2016

Ni olvido ni perdón.

Cagada nivel Marius...

Lestat de Lioncourt 


—No debiste—dije furioso apretando los puños.

Benjamín dormía ya. Las fuerzas se habían dilapidado entre largas horas a la luz de un candil leyendo las viejas historias que yo acumulaba. Aquellos libros viejos, de hojas amarillas y letras manuscritas, habían sido su mejor regalo para su nueva andanza en este mundo. Ya no era mi niño, no era mi ángel de rostro redondo y negros cabellos rizados. Era un vampiro. Un inmortal que caminaría por este mundo hasta el fin de los tiempos.

—Ya te he dicho que lo hice por amor. El mismo amor que tú me enseñaste—respondió taimado. Parecía envuelto en un aura celestial, por no decir divina.

Lestat estaba catatónico aún. La rabia me carcomía desde hacía semanas. Las palabras de Santino retumbaban en mi memoria como una explicación cruel a su modo de salvarme. Me aferré a mis brazos, entregándome a un abrazo sincero y personal, mientras él permanecía de pie frente a mí con aquel arrogante porte. Parecía uno de esos empresarios de mundo, uno de esos hombres que caminan por las ciudades mirando a todos por encima del hombro. Yo incluso me encontraba descalzo, con unos pantalones deslavados y llenos de barro, observándolo igual que una fiera a punto de salvar a la yugular.

—No te hagas el digno—comenté tras una ligera risotada. No creía nada.

—Amadeo...—dijo dando un paso hacia mí.

—¡Armand!—exclamé.

—Siempre serás mi Amadeo.

Sé que quería apelar a lo que fuimos y ya no éramos. Deseaba ablandar mi corazón, enterneciendo mi alma y sofocando así mi furia. No. No iba a lograrlo. Recordaba la noche densa y oscura en el paseo marítimo después que Akasha feneciera. No iba a permitirle salirse airoso.

—¿Tu Amadeo?—alcé ambas cejas y luego fruncí el ceño—. Ese muchacho murió tras ser torturado peor que a un animal que acude al matadero—prácticamente siseé—. El mismo que tú no te dignaste a salvar.

—He cambiado—llegó a decir de nuevo.

No podía creer. De nuevo apelaba al sentimentalismo barato. Quería que creyera que alguien como él, que no había cambiado en más de cinco siglos, lo haría en tan sólo unas décadas. No era aquel niño estúpido rescatado de un burdel. Ya no.

—Los que son como tú no cambian—le escupí con rabia—. No te mientas.

—Benji y Sybelle eran demasiado frágiles para este mundo.

Benji había soportado ser adquirido como si fuera un objeto de bazar en un país exótico. Era un esclavo para el comercio de drogas y el robo de carteras en el metro y las calles de New York. Ante todos era un niño perdido, pero la verdad es que ya caminaba hacia un adulto astuto imposible de detener. Sybelle se hizo fuerte y libre cuando maté a Fox, su hermano y carcelero, logrando que así ambos supieran que era respirar un aire que no estuviera viciado de odio, violencia y horror. ¿Cuál fragilidad? Sólo quería poner una línea divisoria entre ambos.

—¿Te has planteado que podría ocurrir lo mismo que con Daniel?—pregunté intentando no perder las formas. Mis largas uñas se enterraban con fuerza en mis brazos. Me sentía rabioso.

—Daniel es una excepción. Además estoy cuidándolo por ti.

¿Una excepción? Perdió el poco juicio. Aquel hermoso periodista cayó en la locura súbitamente tras convertirlo. No sé qué vio en mi sangre o si mi sangre era tan tóxica y perversa que lo magulló. Ansiaba ser un vampiro y tras serlo quedó encerrado en una marejada de miedo, odio, violencia y jucios insanos.

—Es curioso que cuides a mi creación, pero no tuviste agallas de hacerlo conmigo—chisté.

No eran celos. O quizá sí lo eran. No lo sé. Simplemente recuerdo que quería que él sufriera por todo lo que había hecho. Deseaba que llorara frente a mí como frente a la caída de su magnífico Imperio Romano. Necesitaba verlo como un cristiano a punto de ser devorado por los leones del circo.

—Ya no se puede cambiar el pasado—murmuré destensando mis músculos y tomando asiento junto al cuerpo de Benji. Él seguía dormido, hundido en un sueño profundo, que le hacía verse aún más hermoso. Era mi pequeño y él lo había mancillado.

—No, ya no—dijo rindiéndose al fin ante mis palabras con un ademán extraño. Su rostro parecía cubierto de un dolor intenso. Me sentí Marco Junio Bruto clavando el puñal que acabó con Julio Cesar. Como si hubiese comprendido que no había motivos para el engaño. Nadie allí le iba a creer—. Ni siquiera aunque pidas tantas disculpas como granos de arena hay en la playa más cercana.

—Querubín...


—No, diablo—dije apoyando mi mano sobre los sedosos cabellos de Benjamín.   

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt