Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

Mostrando entradas con la etiqueta David. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta David. Mostrar todas las entradas

martes, 19 de septiembre de 2017

Merrick

Ay, David...

Lestat de Lioncourt 


Recuerdos amontonados en una caja olvidada, eso es todo. Una caja de zapatos donde oculto cada una de sus fotografías. Intento no tenerlas en mis manos porque siento que me queman o que puedo destruirlas si las miro durante demasiado tiempo. Son memorias del ayer, pero también son recuerdos del hoy. Todo lo que viví me ha hecho ser quien soy, todo lo que ella fue me dejó una huella imborrable en mi alma. Me gustaría verla de nuevo, enfrentar sus ojos verdes y decirle que la amo una vez más aunque no me crea, aunque me odie, aunque no lo merezca y aunque prefiera agachar la cabeza para aceptar mis culpas.

Hace mucho que comprendí que ella era para mí iba a ser un tortuoso calvario, un descenso a los infiernos y un ascenso al pecado. Pero que lo comprendiera no implicaba que dejase de beber de su cáliz, que olvidase sus besos, que reprimiese en mis sueños el abrazarla y no pudiese dejar de sentir que era un traidor al haberla dejado atrás. Ni siquiera sé cuántos amaneceres vieron mis ojos con sus recuerdos en mi retina, con su sabor en mi café y con el deseo de pudrirme entre sus piernas una vez más.

Ahora, después de años de su muerte, me siento en el alfeizar de la vieja ventana donde la observaba. Miro las estrellas, contemplo todas y cada una, y aguardo una respuesta. Sé que hay fantasmas que han regresado a la orden de Talamasca, la misma donde la acogí como algo más que una huérfana, pero sé que ella no lo haría porque es demasiado digna y porque quizá está ahí arriba, perdida sin recordar siquiera su nombre y todo el dolor que yo le regalé.

Nuestra historia está unida a esos puntos de luz, a este universo fallido de hombres déspotas y mujeres subyugadas a sus propios enigmas. Odio y amor, eso es todo, y nosotros estábamos en medio sonriendo defraudados con nosotros mismos.


Merrick... qué hermosa eras, querida mía.  

jueves, 3 de agosto de 2017

El hombre de los misterios

David y su deseo de saber... ¡Ah! Lo amo.

Lestat de Lioncourt 


En más de una ocasión me he preguntado si hay más criaturas no-humanas además de los dichosos Taltos. Esos hombres y mujeres con corazón de niño, ojos sabios y extraños poderes. Aquellos que una vez se alzaron en el mundo para intentar quedar ocultos, satisfechos con su vieja y pacífica religión hermanada con la naturaleza y el amor mutuo, y que lentamente fueron masacrados, olvidados y sepultados como si fueran viejos santos o monstruos terribles.

Recuerdo vagamente la primera vez que Aaron me habló de los Mayfair y del espíritu que se hallaba rondando la familia. Sopesé largo rato si era factible que esa criatura fuese sólo un fantasma. Yo era el experto en lo paranormal, pero la labor de investigación y la paciencia desmesurada era de mi buen amigo.

Pasados unos años el tema volvió a surgir con fuerza. Él se sentó al otro extremo de la mesa de mi despacho y me habló emocionado por haber hallado algunos documentos más, cartas tan sólo, de Julien Mayfair a algunos empresarios que terminaron desapareciendo o muriendo en penosas circunstancias.

No se me puede olvidar la inquietud que tenía en su alma y la insatisfacción de sentir rondar a la muerte, pues ya iba envejeciendo tanto como yo, sin lograr hallar resultado alguno. Y cuando lo halló fue para encontrar la muerte siendo asesinados por traidores a la patria, nuestra patria, la patria de todo sabio de nuestra orden: Talamasca.

Desde entonces he recorrido el mundo escuchando interesantes historias, conversando con fantasmas y también con espíritus que han logrado tener un cuerpo físico. Durante más de dos décadas me he desplazado a las distintas bibliotecas del mundo, he dormido cerca de las pirámides del Valle de Gizeh y he afrontado el reto de marcharme a climas muy adversos, demasiado fríos y húmedos, sólo para contemplar los distintos núcleos vampíricos. No he hallado más criaturas como las descritas por Lestat en su última aventura en Nueva Orlenas.

Aún así creo firmemente que existen más seres extraños ahí fuera. Mis hermanos y hermanas de Talamasca, pues aún los siento como tales, siguen estudiando dentro de su limitada capacidad humana, debido al poco espacio en el tiempo que logran vivir, los misterios de este mundo. Hay algo más que reencarnaciones, fantasmas, espíritus y fenómenos inexplicables. Tiene que haber más.

Sobre todo estoy muy concentrado ahora en Memnoch. Lestat dice que sigue escuchándolo con sus palabras en un tono seductor, aunque a veces se agita, así como solía escuchar y escucha a Amel día a día. Es un espíritu malvado, ¿pero de dónde proviene? ¿Qué pretende realmente? ¿Cómo es posible que creó su propio infierno basado en las distintas religiones? ¿Qué hay de cierto en estas conjeturas? ¿Cuántas almas caen al día en sus manos? ¿Qué ocurre con las que logran salir como hizo Lestat? Diablos, y nunca mejor dicho, me siento tan perdido y a la vez maravillado que mi corazón palpita como un potente tambor.


Ojalá un día sepa todo lo que hay en este mundo, ¿pero qué me pasará entonces? ¿Qué ocurrirá con David Talbot? El tiempo lo dirá.  

martes, 9 de mayo de 2017

Mi poema de Keats

David la cagó, pero supongo que su amor sigue en pie.

Lestat de Lioncourt


Sentado frente a aquel ponche caliente comencé a pensar en ella. El mismo local, gente similar a esa noche, y el ruido del tráfico de fondo mientras sonaba una canción con melodía triste. Nunca presto atención a la letra, pues la música jamás fue algo que me atrajese realmente. Prefiero la poesía porque uno le da la cadencia a las palabras, crea la música con su propia voz y no tiene que tener otra compañía que el silencio que envuelve todo. 

“¡Oh! ¡Quién me diera un sorbo de vino, largo tiempo
refrescado en la tierra profunda,
sabiendo a Flora y a los campos verdes,
a danza y canción provenzal y a soleada alegría!”

Ella era mi poesía de Keats. Podía recitar su nombre mil veces y jamás lo hallaba pueril o deteriorado. Era como esa “Oda a un Ruiseñor”. Sentía que era ese sorbo de vino refrescando mi alma, que era la tierra profunda, y mi corazón danzaba esa canción provenzal llena de sol y energía soñadora. Sí, así era. Ella y no otra. 

He conocido muchas mujeres a lo largo de mi vida, pero ninguna como Merrick. Ese vestido estampado de flores aún me persigue en mis sueños, ¿o debería decir pesadillas? Esos ojos fieros, esa boca carnosa, esas manos indecentes y poderosas. Su alma era la de una fiera y yo intenté domesticarla a base de engaños. Fui torpe, descuidado y absurdo. Olvidé que bajo esa piel tostada había un alma que era demasiado salvaje y que debería dejarla libre. No era presa para este cazador, no era para mí. Pero la codicié. ¿Quién no podía codiciar a esa mujer? Era independiente, fuerte, sincera y muchos decían que era perversa o estaba loca. Loca la volví yo, perversa la convirtió la bebida y la dependencia se evaporó cuando la hice mía. 

“¡De olvido! Esa palabra, como campana, dobla
y me aleja de ti, hacia mis soledades.”

Abandoné su vida como quien abandona un vagón de tren en un andén. Me amó y yo, ¿yo qué hice? La dejé. Dejé que se convirtiera en Penélope esperando. Unos ojos fieros que se fueron apagando y unas manos dispuestas a todo que se doblegaron. La convertí en la sombra de lo que fue y cuando emergió, cuando decidió convertir ese amor profundo en un odio insano, la juzgué. 

“Pero tú no naciste para la muerte, ¡oh, pájaro inmortal!”

Después de un largo rato me incorporé, dejé unos cuantos billetes que pagaban de sobra mi consumición y eché a caminar por las desamparadas calles de aquella ciudad sureña. Nada ni nadie desmerecería la belleza de sus calles, del mismo modo que nada ni nadie arrancaría de mi corazón esos ojos verdes. Merrick era Nueva Orleans, ron y espíritus. Era mi vida y yo fui su tumba. Codicié demasiado cuando no era siquiera digno de ser nombrado en sus labios. Viejo absurdo, eso fui. 

domingo, 12 de marzo de 2017

Fantasmas del pasado

Archivos de Talamasca... ¡De nuevo! 

Lestat de Lioncourt 




El contacto con la muerte para muchos es lejano y desagradable, aunque es algo tan cotidiano como necesario. En nuestro cuerpo hay una continua lucha entre la vida y la muerte. Hay células que mueren cada día y dejan su puesto a otras nuevas. Muchos creen que empezamos a morir desde el momento de la concepción, pues empezamos a restarle tiempo a nuestro reloj biológico. Sencillamente no se puede concebir esta vida sin su contrario. Las apabullantes ciudades llenas de miles de personas tendrán sepelios cada día, las ambulancias recogerán heridos o enfermos cada hora y las funerarias harán caja con el dolor ajeno. Drogas, conducción temeraria, problemas de seguridad en el trabajo, asesinatos o suicidios son tan sólo parte de algunos hijos que posee la muerte.

Nadie quiere morir. Pocos son aquellos que desean realmente que llegue el momento. No obstante, pocos son tan bien los valientes que desean ser inmortales. Hay quienes piensan que se aburrirían y pedirían su exterminio. También están los que sienten que se confundirían terriblemente al verse al espejo sin cambiar ni un ápice. Por eso hay muchos que han rechazado esta idea y han olvidado que la ciencia nos está postergando. Al menos, a los que no son inmortales del mismo modo que nosotros, los vampiros.

Si estoy contándote esto es porque me parece interesante y necesario. Hay cientos de científicos que como Jekyll inyectan y modifican su cuerpo, es decir, experimentan con ellos mismos. Es peligroso, pero a veces la ciencia sólo avanza de este modo. También hay mentes enfermas, o supuestamente enfermas, que pasan años encerrados en centros, que para mí son penitenciarías, para enfermos mentales y da la casualidad que esos monstruos, esos seres terribles y deformes, no son parte de su torturada mente. Son parte de una verdad incómoda y ellos son sensitivos. No siempre es así, pero a veces ocurre.

Hace unos años conocí a un científico al cual se le había tildado de loco. Estaba en su celda rodeado de la nada, del más auténtico vacío, aunque él decía que sus viejos pacientes le visitaban para torturarlo. Había estado experimentando a espaldas de ellos, usando sus cuerpos aún jóvenes y sanos, porque no entendía otra forma de avanzar. Los chimpancés se habían quedado inservibles y las ratas no eran idénticas a los resultados que se podía dar en el cuerpo humano. Ni siquiera los cerdos. Para él era necesario de la confianza y fe ciega de personas enfermas, a las cuales condenó a una muerte más rápida y dolorosa. Los medicamentos probados eran para la tuberculosis y otras afecciones pulmonares serias.

Quería salvar vidas usando el tiempo restante de otras. Condenó a decenas. Y, según él, ellos le visitaban torturándoles. Hablaba en voz baja pidiendo perdón y a veces, que no siempre, gritaba arrepentido por sus malos actos. Sus lágrimas parecían sinceras, igual que sus ojos llenos de miedo. Todos creyeron que su mala conciencia le habían hecho entrar en ese estado. No. No fue su mala conciencia.

Lestat estaba arrojado en la capilla tras el evento con Memnoch y Pandora estaba terminando de escribir sus memorias esa noche. Merodeaba el centro, pues estaba en las afueras de Londres, y escuchaba a los guardias comentar sobre el caso. Si podía inmiscuirme en Talamasca, con una seguridad más elevada, podía rondar los pasillos de la institución como si fuese un joven aprendiz de psiquiatría. Me coloqué una bata blanca y eché a caminar bajo los flexos fluorescentes de los distintos pasillos. Olía a muerte, a insalubridad, pese al aroma predominante de antisépticos.

Al llegar a su celda abrí la ventana y lo vi gimoteando. A su alrededor había varias mujeres, un niño y un muchacho larguirucho. Todos le maldecían y gritaban por su muerte, por la esperanza de vivir algunos años más, por el horror a la hora de llegar el último estertor y este rogaba morirse. Prefería la muerte a seguir vivo.


Los rumores eran ciertos, aunque no como los guardias pretendían creer. Aquel hombre no estaba loco, sino que estaba siendo carne de fantasmas. Se merecía esa tortura y por eso yo no intervine. Sólo observé con mis ojos castaños el dolor y la miseria que habitaban en su alma. Así que se puede decir que la muerte se vengaba de su vida constantemente.  

jueves, 9 de marzo de 2017

Imprudencia

Ah, David...

Lestat de Lioncourt 


—¿En qué demonios estás metido?—preguntó irrumpiendo en mi habitación.

Estaba preparando la maleta. Me iba con Lestat. No podía soportar el saber qué iba a pasar con su cuerpo. Además había sido mi relación con él, así como con Talamasca, la causante o el origen del acercamiento de Raglan.

—En algo demasiado grande para que tú puedas entenderlo—contesté para enfurecerlo y lograr que fuera azotando la puerta. Pero lo único que tuve como respuesta fue una mirada llena de rabia. Me giré con una sonrisa de oreja a oreja y él estuvo a punto de golpearme. Pude apreciar como se crispaban sus ánimos y apretaba sus puños.

—Sí lo entendería, ¿cierto?—respondió—. Simplemente no deseas verme involucrado en una de tus absurdas luchas contra lo racional—comentó abriendo sus manos para colocarlas sobre mis hombros. Apretó sus dedos, como si intentara darme un masaje, y después deslizó sus manos hacia mi pectoral. Me tocaba intentando hacerle a la idea que era real, que estaba aún ahí. Tal vez él había tenido la misma premonición que yo, aunque las suyas eran muy diferentes.

—Aaron, ¿ya me estás llamando alocado?—dije carcajeándome.

—Te estoy llamando absurdo—dijo dándome un par de golpes en el pecho y luego apartarse.

—Se supone que eres mi amigo y deberías...—iba diciendo cuando se giró para recapacitar y buscar alguna palabra que me hiciese cambiar de opinión, pero de inmediato se giró y me enfrentó otra vez.

—¿Apoyarte? ¡Cómo voy a hacerlo!—exclamó—. Puedes morir.

—Al menos moriré haciendo algo interesante y no tras un escritorio, rodeado de viejos recuerdos y ambicionando ser de nuevo el hombre que fui—dije.

—Idiota—chistó dándome un empellón.

Caí de espaldas quedando recostado en la cama. Mi maleta estaba sin terminar a un lado. Aún quedaba que introdujese mi pasaporte, algunas camisas y unos zapatos de repuesto. Por lo demás, ya casi estaba listo para mi última aventura.

—Sí, un poco—contesté carcajeándome—. Admito que soy un idiota, pero mi peor estupidez la cometí con Merrick—mi voz sonó más ronca y pesimista. Siempre pensaba en ella, aunque posiblemente nadie me creería si lo decía.

—Deberías llamarla—dijo.

—No serviría de nada—respondí incorporándome.


Debí hacerlo. Debí llamarla para despedirme correctamente. Sin embargo, mi orgullo masculino y mi estupidez afloraron. No me siento orgulloso de ello. Nunca me he sentido orgulloso de mi estupidez, pues hasta el hombre más viajado y culto puede ser imbécil.  

jueves, 2 de febrero de 2017

Talamasca

David es un ejemplo de hombre de acción.


Lestat de Lioncourt


Supongo que con el paso de los años las experiencias se acumulan en un pequeño desván. A veces sólo terminan cubiertas de polvo, dañadas por la humedad de nuestras viejas lágrimas y destrozadas porque las queremos eliminar y a la vez no sabemos como. Para mí la vida que tuve en Talamasca jamás pude desecharla, pues había logrado hacer a parte del hombre que era. Ese hombre que estaba ahí de pie observando las ruinas de una raza que se había alzado mil veces y arrodillado, que no caído, otras tantas.

Cuando era un niño me permitía jugar con amigos interesantes, los cuales me contaban historias muy extrañas y secretos que los adultos no querían trasmitirme. Eran fantasmas, espíritus y seres de otra dimensión que cruzaban a mi vivienda, se personificaban y me ofrecían consuelo en una mansión demasiado grande, antigua y sofisticada para un niño. Carecía de hermanos, mi madre había muerto cuando tenía pocos años y mi padre me educó de forma estricta.

Me convertí en el joven rebelde e impulsivo que muchos conocieron, ese que se aproximó a Talamasca para comprender mejor sus poderes y a la vez se deshizo de la idea, o más bien de la invitación, por recorrer la selva con unos pocos guías, unos buenos rifles y algunas provisiones. He comido serpiente, lagartos y animales que he capturado sólo por supervivencia. No me ha temblado el pulso para matar a un animal salvaje que quería despedazarme. Pero también he tenido cierto reparo ante la vida de otros.

Llegué a ser director de la Orden de la Talamasca. Un hombre importante en la organización. Era, sin lugar a dudas, en quien más confiaban todos. Los Ancianos confiaban en mí. Tenía correo todos los días explicándome la situación de algunos misterios sin resolver, que estaban siendo olvidados por algunos investigadores o habían quedado sin que nadie los revisara. Daba órdenes rápidas a los jóvenes, ofrecía información a estos y les ayudaba. Ayudé a formar a gran cantidad de novicios, entre ellos Merrick Mayfair, Jesse Reeves o Yuri Stefano. Con Yuri y Merrick tuve la colaboración de mi mejor amigo, el ser que mejor me conocía, Aaron Lightner. Aún lloro su muerte. Me siento un infeliz por no haber ido a verlo en sus últimos momentos, pero todo fue demasiado repentino. Ni siquiera fui a la boda con su amada Beatrice Mayfair.

El misterio siempre ha formado parte de mi vida, así como la aventura. Desde que conozco a Lestat he cambiado mi cómodo despacho por junglas, selvas tropicales, ciudades atestadas de almas, cruceros y viajes por carreteras solitarias. Tal vez del mismo modo que dejé de ser un anciano a ser un joven anglo-indio. Mi piel tostada, mis ojos oscuros, mi prominente estatura y la energía que derrocho se la debo a una aventura intensa contra un viejo miembro de la orden. Raglan James terminó muerto, yo terminé siendo un vampiro. Pero no ha sido la única aventura, ni la única narración, ni el único inmortal que conozco y supongo que jamás llegará a su fin.

No obstante, había algo que no encajaba. No lograba encontrar los orígenes de Talamasca. Me sentía confundido, absorto por los vínculos que había con criaturas que incluso yo desconocía, y dolido. Sí, dolido. Los hombres y mujeres que habían dado su vida por investigar no eran despedidos en sus últimos momentos por ninguno de los Anciano. Ni uno solo. Aquello era terrible. Sentía que nos despreciaban. Ahora lo sé. Lo sé con exactitud.

Digamos que la orden fue fundada por un vampiro milenario que fue Dios de los Árboles y creador de Marius, el fantasma de una bruja que terminó siendo vampira y asesinada por la estupidez humana, y un espíritu que se propuso cambiar el mundo gracias a los consejos de Pandora. Ellos hace mucho tiempo se unieron para poder investigar sobre el propio Amel. Hicieron un pacto y buscaron hombres y mujeres extraordinarios, les dieron un hogar y conocimiento, así como también dinero para la investigación y manutención. Se convirtieron en mecenas del misterio.

Debería decir que me sorprende, pero no. Algo ocurría. Llegué a pensar que era un club secreto de espíritus que usurpaban el cuerpo de jóvenes hasta el final de sus vidas, haciéndolos trabajar para mediar entre el hombre y el otro lado. ¿No es un tanto más descabellado? Absolutamente sí.


En estos momentos estoy en la jungla, frente a lo que fueron las ruinas del templo de Maharet, observando como Jesse coloca un pequeño ramo de flores en un monolito que recuerda a Khayman, Maharet, Mekare y todos los que tuvieron que sufrir para que abriésemos los ojos, despertáramos y comenzáramos a unirnos. Supongo que las aventuras comienzan de nuevo.

sábado, 14 de enero de 2017

Salvadora

Eran esas las personas que trataron a Merrick como lo que era. Ella aceptó el desafío de los espíritus y fantasmas, convirtiéndolos en su familia y aceptando las miserias de estos como propias. Aseguro que bebía ron, entre otras bebidas espirituosas, para olvidar todo lo que podía escuchar, ver, sentir y, en definitiva, percibir más allá del mero contacto. Tuvo una vida dura e injusta desde su nacimiento, tuvo que probar las mieles de la muerte mucho antes de su adolescencia. Creció y maduró a destiempo, por eso jamás pudo ser libre.

No la juzgo por las discusiones, casi eternas y siempre similares, con David. Tampoco la voy a condenar por intentar vivir para siempre, quizás aislada de su auténtica fuerza espiritual, al convertirse en vampiro gracias a mi Louis. Si bien, quiero hablar de su buen corazón al ofrecerse como salvadora de dos vidas, que no de una.

Cuando avisé a Merrick Mayfair sobre un caso extraño en una de las plantaciones de Nueva Orleans jamás pensé, ni por asomo, que todo terminara de un modo tan trágico. Como si de una novela negra se tratara el misterio se puso sobre la mesa, hablamos durante días y aguardamos su llegada. Ella, una mujer de ébano con ojos de poderosas esmeraldas, apareció vestida de blanco como una novia frente al altar. Juro que jamás he visto belleza como la suya. Muchas mujeres podrán sentirse ofendidas por ello, pero aseguro que nunca he podido ver una dama con tanta clase. Se mantuvo firme y fiera ante los ataques de ese fantasma violento, el cual se desveló como el hermano gemelo del joven vampiro al que deseaba ayudar.

Aún recuerdo que cuando dijo que haría un ritual no sospeché que ardería con los huesos del que fue bebé, y en esos momentos espíritu malvado, igual que las maderas acumuladas a sus pies. Pareció no sufrir. Fue como si al fin encontrara la paz. Sospecho que siempre quiso tener a alguien a quien cuidar y amar, sin importarle la sangre o cualquier otro motivo.

Lloré durante horas observando sus cenizas. Había salvado la vida de mi nuevo amigo, así como dado paz al alma de su hermano fallecido con tan sólo unas horas nacido. Mis lágrimas no iban a salvarla, ni resucitarla. Nada iba a volver atrás el tiempo. Si bien, tuve que hacerlo. Lloré como lloran los mortales a sus muertos y me despedí de aquella gran mujer amándola por su gesto, el desafío que vi en sus ojos siempre y la verdad que me entregó cuando fuimos sólo amigos, aunque fuese de un ajustado tiempo en nuestras vidas.


Lestat de Lioncourt

martes, 8 de noviembre de 2016

Esperanza...

Maldito Armand... aunque tiene razón en mantener cierta ¿esperanza? ¿Fe? Quizás es necesario mantenerla.

Lestat de Lioncourt 



Quedé atónito cuando Lestat llegó hasta nosotros con ese aspecto tan poco favorecedor. Había perdido un zapato, sus prendas estaban sucias, le faltaba un ojo y se veía visiblemente alterado. David Talbot de inmediato se comunicó con Maharet, la cual no dudó en trasladarse hasta donde nos encontrábamos. Aunque no fue la única. Muchos milenarios aparecieron asombrados por la narración de Lestat y el velo de la Verónica que había traído consigo.

Al principio balbuceaba, pero luego empezó a contar una historia impresionante sobre una criatura que ya creía mitológica. No era una fábula para que los niños se portaran bien y se marcharan temprano a la cama, sino algo real. Al menos, él lo había visto y no se contradecía ni una vez en su relato. No obstante, no somos crédulos. David intentó hacerle llegar su oposición a creer que existía de verdad dicho ser, el tan temido demonio o enemigo de Dios.

Allí, entre ambos, recordé a Santino frente al fuego contándome la historia de la fundación de la secta a la cual pertenecimos. Las llamas se alzaban hasta el cielo nocturno cargado de estrellas. Las ascuas tenían un aroma que no puedo olvidar. Soy incapaz de borrar situaciones así de mi mente, pues se quedan tatuadas y es imposible que las deje a un lado. En ese momento, recordar aquello, me dio fe.

Santino solía decir que un vampiro es un ser oscuro, criado y alimentado para obedecer a sus instintos asesinos. Somos la muerte misma, pero también seguidores de las sombras. Vagamos por estas, nos involucramos terriblemente con el mundo y arrebatamos la cordura. Hacemos el mal en la tierra para enderezar algunas almas, las mismas que luego juzga Lucifer y son enviadas a Dios o dejadas en el infierno.


Supongo que es una teoría demasiado idílica. No obstante, Lestat contaba algo similar sobre Memnoch. Sí, así se presentaba. Decía que creó el infierno por amor. Aunque él no lo llamaba infierno, sino que le daba la denominación clásica: Sheol. Sus argumentos me convencieron, pero aún más cuando habló sobre la discusión con Jesús y cómo limpió su rostro aquella mujer llamada Verónica. Fue extraño y terrible, pero también maravilloso. De nuevo la fe se instaló en mi corazón.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Inicio complicado

Así es como le conté todo a David... 

Lestat de Lioncourt



—Recuerdo el repicar de las campanas en Auvernia y cómo mi madre se marchaba a misa. Ella iba cada día a rezar con el resto de mujeres—decía mirándome con el único ojo que se había salvado. No quería decirme aún cómo lo había perdido ni dónde había estado. Sólo balbuceaba—. Se reunían bajo la supuesta cada de Dios y aguardaban que las llamaran pecadoras—masculló incorporándose un momento, dando un par de pasos por la sala, para volver al sillón y recargar su espalda por completo en el espaldar del asiento—. El sacerdote jamás aceptó a mi madre como una de sus feligresas, pero no podía evitar que cruzara la puerta y se sentara a un extremo, escuchando así sus discursos y blasfemias—recordé las zonas destinadas a las mujeres. Ellas seguían siendo señaladas como símbolo de Eva, como una alegoría a la maldad y la intransigencia—. Todavía puedo aspirar el olor húmedo del musgo, mientras retozaba en la hierba, y veía llegar a mi madre. Es una imagen renuente que explota en mis recuerdos y me hace sentir cierto miedo. No viene sola. La imaginación es poderosa y aunque jamás vi a un campesino arder, sobre todo a sus mujeres, sí podía fraguar ese símbolo, de poder y miseria, fijándolo en mi alma.

Hizo un leve descanso. Yo anotaba alborotado cada palabra que él pronunciaba. Armand sólo estaba sentado en el sillón, con la cabeza recargada en su mano derecha, cuyo codo se clavaba en el brazo de su asiento, entretanto movía ligeramente su nariz arrugándola. No quise interesarme por sus sentimientos encontrados en esos momentos, tampoco lo hice más tarde. Deseé que aquella expresión quedase ahí, en aquellas cuatro paredes, mientras Lestat sollozaba y farfullaba toda la historia.


—Cuando esa criatura apareció frente a mí no pude dejar de compararlo con las siniestras gárgolas que colgaban de la iglesia, de cualquiera de ellas, y empecé a rezar el rosario que mi madre me había enseñado. Siempre pensé que Dios y el Diablo no existían, que eran meras figuras inventadas para poder alejar el profundo miedo a la muerte. No obstante, ese ser era real y yo temblaba lloroso en un rincón—se arrojó a mis pies y me tomó de las manos—. No tomes notas aún, hazlo en breve. Sólo te estoy dando unos datos de mi vida, de por qué sentí tanto pavor. Por favor...—dicho aquello agachó la cabeza, apoyó su frente entre nuestras manos entrelazadas, y lloró.  

Decidí en ese mismo instante que liberaría mi alma de cualquiera de mis creencias, lo escucharía y creería todo lo que me contaba. Era posible que hubiese visto y sentido todo aquello, aunque sólo fuese un engaño de un monstruo más terrible que nosotros mismos. Aguardé unos minutos antes que se recompusiera y al fin tomase la palabra, así como algo de cordura. Podía ver en sus ojos su agitada alma y sus deseos de ser comprendido, amado y cuidado como nunca lo había exigido. Vi al Lestat más humano. Al hombre, no al Príncipe de la Oscuridad y la tragedia.   

jueves, 20 de octubre de 2016

Raglan

Vamos, que caí como un idiota.

Lestat de Lioncourt 


Hay personas que no merecen siquiera ser recordadas, pero otras se ganan el mérito de ser nombradas alguna vez. Tal vez no son por sus peripecias o su honorabilidad, sino por ser el ejemplo perfecto de aquello que no hay que ser o hacer. Todos tenemos grandes metas en la vida, pero hay cobardes que únicamente quieren vilipendiar y humillar el trabajo de otros.

Raglan James era el clásico imbécil arrogante que siempre quería tener la razón. Viciaba el aire de cada reunión con sus palabras descuidadas y desubicadas. Para mí, como para el resto, era desagradable. No podíamos expulsarlo de la orden, pues su trabajo hasta el momento había sido correcto. Se dedicaba a clasificar los objetos que entraban, custodiarlos hasta su lugar de reposo final y recuperar algunas obras de arte con respecto a los daños que pudiese tener. También desarrollaba ciertas teorías sobre trasmutar de un cuerpo a otro.

Meses antes de ponerse en contacto con Lestat tuvimos que expulsarlo. Fue un momento desagradable. Esta persona estaba perjudicando el buen funcionamiento del grupo. Había robado un objeto valioso usurpando el cuerpo de un compañero, provocando un desastre. Sólo lo hizo con la malsana intención de poder leer sus teorías y proyectos, algo impropio de un hombre de la orden. Talamasca creyó que expulsándolo quedaría todo en orden, pero nos equivocamos.

Julius S. Morgan era un hombre dedicado al estudio de los vampiros. Había regresado del concierto de Lestat, en San Francisco, con abundante información. Para él era importante poder conservarla intentando rectificar algunos datos del susodicho. Además, quería describir con detalle lo que vio. Era un informe que estaba llevándole algunas semanas más de la cuenta, pero pronto lo ofrecería a todos los miembros. Si bien, el señor James estaba extremadamente interesado hasta tal punto que interfirió.


Para nosotros quedó grabado la forma de ser de este cretino. Por eso cuando Lestat cayó en sus malas artes no pude hacer más que desear haberlo llevado al sótano de la Orden, allí donde habían acabado muchos enemigos, para torturarlo hasta la muerte.  

jueves, 8 de septiembre de 2016

Argumentos





—Eres un idiota.

Esas fueron sus primeras y brillantes palabras nada más cruzar la puerta de mi despacho. Me acababa de reunir con mi abogado en Nueva York. Había alquilado una coqueta y discreta oficina para tener ciertas juntas administrativas y de negocios. Poseía inversiones en empresas que buscaban nuevas vías tecnológicas aplicadas a la ciencia, editoriales, empresas teatrales y otros negocios que tenían que ver con la moda y el automovilismo. Por eso mismo no esperaba que mi buen amigo David Talbot apareciera de la nada.

—Gracias por la obvio—respondí alzando mis finas cejas rubias entretanto le sonreía como si fuese un bufón. Me causaba gracia. Siempre se indignaba por todo.

—¡Demonios! ¡Es que ni siquiera te duele admitirlo!—gritó arrojando sobre mi mesa una revista donde se detallaba que iba a explorar la Atlántida. Aunque claro, la mayoría de los lectores tomarían esa información como un “April Fools' Day” adelantado.

—¿Para qué negarlo? Estoy harto de escucharos a todos decirme siempre que sólo cometo irresponsabilidades. ¡Cómo demonios queréis que viva! Estar atado a normas es algo imposible. Siempre ocurren momentos en la vida en los cuales debes actuar fuera de la ley.

—¡No son momentos! ¡Contigo es siempre!—gritó espantado por mi “brillante” idea.

—¡Ah! ¡Ya empezamos a ponernos limítrofes!—dije colocando mis ojos en blanco mientras me recargaba en aquel cómodo sillón de oficina.

Ambos vestíamos como elegantes caballeros con sobrios trajes veraniegos, pues aún ahí fuera el calor era sofocante incluso en las noches, pero nos comportábamos como niños. Estábamos peleando ahí como dos mocosos por un trozo de pastel.

—¡Ni se te ocurra llamarme victimista!—de nuevo gritó. Estaba furioso y eso me encantaba. Verlo así de encendido, con ese rostro de rasgos tan exóticos y esos ojos de un alma vieja, tan vieja como los más de setenta años que tenía cuando cayó en mis alocados juegos de azar con la vida, la fortuna y la casualidad.

—¿No? ¿No puedo?—pregunté sonriendo maliciosamente mientras me incorporaba, daba la vuelta a la mesa y quedaba a su lado— Es cierto que no alcanzas los niveles de Louis o Armand, pero...

—¡Cállate!—dijo agarrándome de los brazos como si quisiera detenerme por completo, congelándome en ese momento, pero yo sólo reí a carcajadas.

—Cállame con algún argumento de peso, David—respondí.


Entonces lo hizo. Me calló con un argumento de peso. Ese argumento fue un beso que provocó que me callara aferrándome a su rostro y permitiendo que su lengua se enredara con la mía. Después, al separarse, me miró a los ojos completamente furioso, tomó su revista y se marchó dando un portazo.  




Lestat de Lioncourt 

miércoles, 31 de agosto de 2016

Orígenes de la verdad

David evidencia su desconcierto sobre lo que ha conocido de Talamasca, ¿y vosotros?

Lestat de Lioncourt 

Cuando dedicas toda una vida a la búsqueda del conocimiento no puedes evadirte fácilmente de tu destino, de aquel que han marcado tus pasos día tras día, con sólo mirar hacia otro lado e intentar un nuevo rumbo. Siempre acabas en el punto de partida intentando afrontar las preguntas que jamás tuvieron respuestas. Esas que ni siquiera intentaste aún cuestionar a otros porque sabes que la solución puede perjudicar a tu alma y al juicio de otros. Te sientas frente a un escritorio e intentas escribir tus memorias subrayando los detalles más importantes y entonces, cuando crees que al menos te has desahogado, un nombre te llena de amargura los labios y lo pronuncias cientos de veces, lo rememoras con amargura y crees que vas a morir ahogado en lágrimas. Ese nombre para mí es Aaron, la historia es mi vida entre los muros de Talamasca y el misterio que me ha seguido siempre, como a la mayoría de miembros de la Orden, es su fundación.

Durante algunas décadas logré vivir en la Orden de Talamasca, donde todos éramos detectives de lo paranormal, sin sentirme confundido con sus reglas y normas básicas. Seguía todas estrictamente porque previamente había roto la legalidad vigente en numerosos países y también algunas espirituales. Había viajado a Brasil y recorrido cada rincón de este enorme país conociendo su cultura, las diversas religiones y los rituales más extraordinarios. El peligro me llamaba poderosamente la atención y amaba internarme en las selvas acompañado únicamente con un guía, unas cuantas provisiones y un rifle por si tenía que defenderme de algún animal salvaje.

Maté algunos animales, es cierto, pero fue para sobrevivir. Podíamos comer su carne, usar su piel y salvarnos de ser devorados por ellos. Era la ley del más fuerte. Los espíritus vinculados con esa tierra no nos atacaban por ello y poco a poco fui amando la verdad que me ofrecía el candomblé hasta convertirme en sacerdote. Esta religión basado en culto de los orixás ya ha traspasado las fronteras de Brasil hacia lugares como Argentina, pero antes sólo podías encontrarlo allí.

Cuando acepté el pertenecer a esta organización ya había comprendido ciertos misterios y por eso no me surgían otros más allá de los archivos que lograba devorar. Allí el conocimiento es gratuito, igual que las numerosas salas. Cuanto más conocimiento tenía más inquieto me volvía hasta que llegó el momento álgido. Comencé a cuestionarme todo. Incluso me cuestioné quienes eran los máximos dirigentes de la Orden de Talamasca.

Creo que sólo me calmé durante unos años, los finales de mi vida, pensando que cuando llegase mi muerte, poco antes del Juicio Final, logrará solucionar este enigma porque ellos se presentarían en mi lecho y me hablarían para consolarme. Yo sabía que debía haber algo paranormal o especial en quienes lo fundaron. No podía ser que simplemente el tejido de esta telaraña fuese tan simple como cargos elegidos en reuniones demasiado secretas y místicas.

Al convertirme en vampiro quedé fascinado con mis nuevos poderes y aquellos que ya tenía. Se intensificó mi radar para encontrar fantasmas y hechos inhóspitos, cosa que no solía suceder con todos los vampiros. Recorrí el mundo realizando algunas biografías de vampiros asombrosos e historias increíbles que aún no he puesto en conocimiento de la mayoría. Si bien, la muerte de Aaron, mi mejor amigo, cuando realizaba su labor de Nueva Orleans provocó que algo en mí se quebrara. Deseaba saber quienes estaban tras los Ancianos de la Orden de Talamasca.

Él murió creyendo que había sido despojado de todos los honores por parte de este grupo tan selecto, pero era mentira. Se habían hecho pasar por ellos para evitar que siguiera investigando sobre unas criaturas fascinantes llamadas Taltos y la familia Mayfair, la cual está maldita para aquellos que investigan profundamente su árbol familiar o los misterios que los rodean.


Ahora, tras la revelación de Amel, he sabido la verdad y no sé si sentirme hundido, privilegiado o confundido. Era Gremt Stryker Knollys un espíritu, el cual provenía del mismo mundo que Amel y Memnoch, Hesketh un poderoso fantasma perteneciente a una ingeniosa bruja germánica, aunque fue asesinada tras ser uno de los nuestros, Tesjamen un vampiro tan antiguo como Avicus, el cual fue iniciado en la sangre por los sacerdotes del culto de Akasha aunque no fueron creados por ella. Es un desafío conocer parte de mis raíces, a quienes veneré sin conocer, a los que forman parte ahora de mi familia y de mis conversaciones más profundas.  

miércoles, 3 de agosto de 2016

Atlantida

OOC:

Es cierto que todos nos hemos sorprendido con eso de la aventura acuática de Lestat con la "Atlántida" de por medio. Pero ya avisó Anne Rice que fue por un sueño, por algo que Lestat ya no puede controlar, donde cientos de almas clamaban un poco de paz debido al sufrimiento que vivían. Creo que darle una oportunidad a los espíritus, de indagar qué ocurrió en un lugar comprometido, podría ser interesante y divertido. 

Para lanzar una piedra a su favor, para animar a los Fans que se sienten molestos con esto, hemos decidido hacer un pequeño fic. 

Gracias por todo.

Lestat de Lioncourt, El Jardín Salvaje.


—¿Por qué deseas ir allí?—preguntó David tomando asiento en aquella gigantesca sala de Nueva York.

Todos estábamos de nuevo reunidos, aunque ahora no teníamos una preocupación tan terrible como la última vez. Solía reunirme en pequeños comités, enviar comunicados por carta, telegrama o correo electrónico. Sin embargo, verlos a todos me emocionó. Los había logrado tentar con una carta donde explicaba minuciosamente lo que yo pretendía hacer.

—He tenido un sueño—dije intentando explicarme.

—¿Un sueño? ¡Qué demonios! ¡Yo a veces sueño con monstruos y no voy a ir a mirar bajo las camas y dentro de los armarios de todas las casas de este mundo!—gritó Benji sorprendiéndome. Él amaba las aventuras, pero al parecer le parecía poco sensato todo aquello.

—Benjamín, calma—susurró Sybelle.

—¿Qué? ¡No puedo! Lo admiro demasiado para aceptar esta locura—explicó moviéndose en su asiento bastante inquieto.

—El joven tiene razón—habló al fin Marius—. Lestat, no es algo que debas hacer.

Marius había tomado asiento muy cerca de Armand y Daniel, como si ambos pudieran ser los leones de un Hércules embravecido. Aquellas dos hermosas bestias se rendían a sus pies deseando ser amados. Armand estaba a la derecha y Daniel a la izquierda, pero a la derecha de este se hallaba Pandora y Arjun que intentaba contener una risa nerviosa.

—Vuestra sensatez me agobia...—chisté.

—Hace tiempo leí un libro sobre ese lugar. Es un mito—comentó Avicus sentado a tres asiento a la derecha de Arjun, muy próximo a Flavius y Zenobia.

—Es posible que existiera igual que existió Pompeya—una tímida voz surgió entre todos los presentes. Me sorprendió que él fuese de los pocos que estaban de acuerdo que ese lugar tenía que estar perdido entre las aguas—. De hecho hay quien afirma que ambas ciudades desaparecieron con pocos siglos de diferencia. Eran ciudades de renombre. Durante siglos se olvidó Pompeya, como si jamás hubiese existido y sólo fuese un sueño borroso, pero ahí tenéis los restos. Además... ¿no había una pareja de vampiros milenarios que provenían de esa zona? Vivieron esa tragedia. Lestat conoció a uno de sus creados... ¿Por qué no los buscamos? Es posible que...—argumentó el antiguo esclavo de Pandora jugueteando con su mano derecha entre sus rizos.

—Yo creo que existió—murmuró David.

—¡David, no ayudas de ese modo!—gritó Louis completamente histérico. Sus ojos verdes reverberaban. Su preocupación la conocía bien. Temía que me pasara algo y no era por las consecuencias sobre todos nosotros. Él siempre temía que algo malo me ocurriera porque no sabía vivir sin mí, quisiera reconocerlo o no.

—Louis, por favor... ¡Puede ser una buena aventura!—David insistió.

—¡Véis! ¡Al final sólo David se apunta!—exclamé dando un golpe sobre la mesa.

—Hijo, ¿por qué te gusta hacer siempre el estúpido?—dijo mi madre situada a mi izquierda— ¡Y tú, no le animes!—gritó sermoneando a David que estaba junto a Servaine, la cual se sentaba a la izquierda de esta.

—Padre, ¿podemos ir Rose y yo? ¡Sería como una Luna de Miel!—mi hijo estaba allí emocionado, como cualquier joven vampiro, demostrando que mi sangre era más poderosa que la sensatez que le habían inducido Faared y Seth a lo largo de los años. Estaba frente a mí, con Rose colgada de su brazo derecho y su madre a su izquierda. Ella no había estado en la anterior reunión, pero en esta había decidido invitarla.

—¡Viktor, de eso nada!—gritó Faared sentado al lado de su mejor creación, Flannery Gilman, la mujer con la que tuve a mi hijo.

—¡Viktor!—exclamó de inmediato Seth mirando al muchacho con cierto disgusto. En esa expresión vi a su madre, Akasha, y eso me llenó de nostalgia.

—¡Seth! ¡Faared!—dijo Viktor bastante molesto porque estaban tomando su decisión como si fuese un niño.
—Seth, deja que mi hijo vaya donde quiera. ¡No te comportes como una madre amargada!—al decir aquello su madre se echó a reír, aunque no fue la única. David también se reía junto con Jesse Reeves.

—Yo digo que es mejor que le dejemos hacer el estúpido. Bueno, más bien los estúpidos. Amel está de acuerdo—intervino Landen acomodando los puños de encaje de su elegante camisa de chorreras. ¡Cuánta elegancia! De verdad Marius le había juzgado mal.

Landen no era el desgarbado que él había descrito ni mucho menos. No era feo y el caro perfume francés que usaba llegaba hasta mi nariz. Parecía un hombre de modales comedidos. Junto a él estaba el fantasma de mi creador, Magnus, siendo testigo de todo y como representante de Talamasca, la oculta tras los ancianos y sus misiones más misteriosas, aunque también se encontraba Tesjamen con esos cabellos blancos y esos ojos de mirada tan profunda.

—Gracias, Landen—dije aliviado.

—No es un piropo—me indicó—. Simplemente creo que es mejor que te demos permiso, que alguien te acompañe y vigile.

—Rhosh, ¿podemos ir?—decía Benedict emocionado.

—¡No!—chistó su rubio y amargado creador. Por un momento vi reflejado a Marius en él, el cual tenía la misma expresión entre preocupación y molestia.

—¡Yo sí voy!—dijo Daniel imitando mi anterior gesto, un golpe en la mesa.

—¡Daniel, por favor!—espetaron al unísono Marius y Armand.

—Iré, descubriré lo que hay allí y haré un libro. Puede que parezca una locura pero estoy conectado a los espíritus. Una oportunidad, por favor. Dejad de burlaros, de sentir miedo y de creer que nada se me ha perdido allí. ¿Acaso no pensáis dar un descanso eterno a todos los que allí estarán aún esperando un momento de tranquilidad? ¿Dónde está vuestra humanidad?—todos guardaron silencio hasta que Bianca sonrió y se levantó tomando la palabra.

—Yo te apoyo, vaya o no contigo. Creo que hay que darle paz a los muertos—expresó antes de sentarse junto a Alessandra que comenzó a aplaudirla. Ah, esas dos mujeres me enamoraban.

—Si necesitas ayuda cuenta conmigo y con tu madre—dijo Sevraine provocando que mi progenitora frunciese levemente el ceño.


—Está decidido. Iré.  

domingo, 24 de julio de 2016

Otra vez II

Esta es la segunda parte de estas memorias de Merrick y David. Disfrutadla. 

Lestat de Lioncourt 

—¿Acaso crees que las visitas de Aaron y sus llamadas las hacía sólo porque surgían de él? No, Merrick. A veces lo llamaba angustiado queriendo saber de ti. Quizá me comporté como un cobarde a tus ojos, pero lo hice siempre pensando en tu futuro. Jamás dejé de pensar en tu futuro—dije agarrando de nuevo la muñeca de aquella mano que una vez me acarició, que incluso rasguñó mi espalda, pero que ahora sólo sabía propinarme bofetadas cada vez más sonoras—. ¿Qué quieres que haga? Ya no puedo cambiar nada, pero te empeñas en restregármelo.


—Pero lo que necesitaba era estar a tu lado. Tus palabras, tus caricias, te necesitaba a ti. No tu maldita ausencia. No a ti preguntándole a secundarios por mí.

Por primera vez en mucho tiempo parecía sentirse débil en una discusión, porque sé que era capaz de revivir cada herida del pasado. Aunque también podría decirse que realidad nunca habían cerrado. Dejó que tomara nuevamente su mano, pero al poco tiempo se encontraba luchando por deshacerse del agarre.

—Nada David—dijo resignada—. La verdad ya no espero que hagas nada más que irte otra vez en algún momento. Porque siempre juegas a lo mismo, a decir que me quieres pero luego huir. Tirar la piedra y esconder la mano.

—¡Huyo por estos dramas!—decía mientras forcejeaba.

El hombre que estaba allí luchando era el de siempre, el que nunca cambió ni cambiará, pero con un cuerpo joven que parecía adaptarse a cada vieja arruga, cada pliegue de mi alma, mientras ella luchaba por huir lo antes posible. Me aferraba a los recuerdos, a las heridas, al deseo común que aún albergábamos y al ruego interno de no volver a meter la pata. Era torpe, como la mayoría, porque era humano pese a los poderes de la inmortalidad. Me sentía débil ante ella porque siempre lo había sido. Quise mil veces huir, pero no podía. Siempre terminaba regresando sobre mis pasos. Ella se había convertido en algo más que un oscuro objeto de deseo.

Sus párpados se levantaron bastante ante esas palabras, pero entonces su ceño se frunció. Sabía que la discusión volvería a instantes atrás donde la furia arrasaba todo.


—¡Entonces por qué sigues aquí!—gritó—. Lárgate como tienes acostumbrado hacer, vete y déjame. O mejor...—dijo mirándome a los ojos como si quisiera matarme—mejor me voy yo y así no tendrás que encontrarme nunca más porque igualmente para ti sólo soy eso ¿No? ¡Un manojo de dramas!

—¡Para!—dije apretando con furia sus muñecas—. Merrick, para de una vez... ¡Para, por favor! ¡Deja de decir estupideces! Sólo intentas arrancarme el corazón cada vez que dices algo así, ¿verdad? Sólo lo haces para torturarme aún más.


La expresión de su rostro se perturbó al sentir esa fuerza sobre sus muñecas, era curioso como aquellas manos le habían protegido en un principio para después abandonarla y terminar de esa manera. Aquellos apretones dolían pero no iba a demostrarlo, ya había demostrado demasiada debilidad por esa noche. Yo sabía que era incapaz de mostrar lo que realmente le ocurría.

—¿Por qué te afecta tanto? Si según tú lo mío es puro drama, siempre subestimándome desde el día en que me conociste.

—¿Yo a ti? Jamás—dije masticando una rabia inmensa—. Siempre creí que llegarías lejos y por eso me aparté. Me aparté porque no quería ser un estorbo. ¿Por qué no te das cuenta, mujer?—intenté no apretar tan fuerte las muñecas, pero no podía. La ira me dominaba.


—¿Por qué haces esto David? —preguntó entonces con una mezcla entre tristeza y rabia en el tono de su voz—.Me dices que no querías ser un estorbo, pero es que para mí nunca lo fuiste. Hablas como si te hubiese recriminado la diferencia de edad, cómo si alguna vez me hubieses escuchado quejándome por eso ¿Por qué es tan difícil entender que te amaba? —apretó sus puños.—Y es frustrante porque sigo teniendo sentimientos por ti, pero cada vez que veo ese nuevo rostro que tienes sólo puedo recordar todo el tiempo que me dejaste atrás.

—¿Acaso crees que esto lo hice porque quería?—pregunté soltándola mientras me acercaba a la mesa para apoyarme de espaldas a esta—. No, Merrick. Esto no lo hice queriendo. Yo ya esperaba la muerte, ¿no lo viste? Sabía que llegaría pronto—dije mirándola directamente a los ojos.


Sé que en ese momento pudo respirar más tranquila al ver que por fin la soltaba, pero por otro lado todavía estaba llena de miles de sentimientos encontrados. Ambos los teníamos. No podía dejar de amarla y detestar todo lo que hacía en ese instante. Quería que dejara de gritar, de hablar, de sufrir y, a la vez, deseaba llegar al fondo de todo para desatar por completo a la bestia y así saber qué pasaba.

—Nadie te obligó a hacerlo David, hablas como si yo te hubiese exigido algo de eso cuando lo único que quería era que me amaras. —seguía mirándome como yo lo hacía con ella—. Yo hubiese sostenido tu mano en tu lecho de muerte si con eso te ibas a quedar conmigo.


—¿Te has planteado lo que suponía para mí verte sufrir porque me moría?—había soltado un largo suspiro sintiéndome cansado—. Merrick, ponte en mi maldito lugar por una vez. Yo contigo lo he hecho aunque no me creas, lo he hecho. Sé todo el daño que te hice y me arrepiento, pero ponte en el mío.


—No te moriste, pero de igual manera me dejaste sola. Solamente que no te quedaste a observar mi sufrimiento. Eres tan valiente —aquellas palabras las había soltado con todo el sarcasmo del mundo, cada palabra que salía de mi boca no hacía más que decepcionarla más—. Al principio me ponía en tu lugar David, pero no puedo hacerlo porque cada vez que intento pensar en algo para justificarte sólo encuentro que tus acciones no tuvieron sentido.


—Porque en realidad no deseas ponerte en mi pellejo—respondí—. Es fácil de ver el miedo cuando sabes que envejeces, que no tienes nada bueno para ofrecer y que la persona que amas puede hacer de su vida un imperio. Ni te das cuenta ni lo harás nunca. Sólo un hombre acabado se habría dado cuenta de algo así.


—Tienes razón, no deseo ponerme en tu pellejo y aunque lo quisiera hacer me resulta imposible entenderte porque claramente tendría que pasar por tu situación—a pesar de todo el revuelo anterior, esas palabras sonaron bastante mecánicas de su boca—. Sinceramente ya no puedo con ésta situación, con tu presencia y tus excusas cobardes. Estoy cansada de todo...

Me acerqué de nuevo a ella tomándola del rostro, mirándola a los ojos como si fuese la primera vez que lo hacía, sintiéndome tan débil como siempre que ella empezaba a llorar o hundirse. Podía ser un cobarde, pero jamás lo había hecho con intención de huir o dañarla. Nunca quise que ella padeciera. No era un maldito desgraciado como otros tantos. Yo aún la quería.


Aunque permitió le tomara del rostro sabía que para ella mis manos eran totalmente diferentes a las cuales se había enamorado. Eran otras que pretendían sostenerla como la primera vez, pero eso era un hecho imposible. No se alejó porque añoraba ese cariño, aunque no fuese igual, pero por otra parte sentía que lo odiaba, que su piel se quemaba ante el contacto ajeno y el ardor se trasladaba por su cuerpo hasta invadir hasta el más recóndito lugar. No dijo una palabra, porque quería absorber un poco de ese silencio, pero tampoco le respondía la mirada, porque no quería ver amor en esos ojos, no quería seguir viendo sentimientos que sólo habían servido para dañarla.

Recordé por un instante a la niña descalza con ese vestido blanco cargado de flores. Pude verla de nuevo parada frente a mí esperando que Aaron dejara de parlotear, como siempre, sobre sus amados Mayfair y la belleza que yo mismo podía contemplar. Una belleza idílica que aún podía ver en ella pese al paso de los años. Me sentí sucio ese día cuando noté que una muchacha, casi una niña, era capaz de despertar oscuros deseos por mi parte. Tan sucios como deseables. Fue terrible darme cuenta que la codiciaba demasiado. Ella fue un regalo envenenado por parte del destino o la vida misma. 

Deslicé mis pulgares por sus mejillas y acabé besando su frente antes de estrecharla contra mí. Rompí a llorar en silencio como un niño extraviado. Sus parpados se cerraron al sentir ese suave contacto en su frente, era un gesto amable y cálido pero en realidad le hubiese gustado haber sentido aquello un tiempo atrás. Percibió mis lágrimas y a pesar de que siempre parecía buscar herirme con sus palabras, le era insoportable verme llorar. Se separó un poco para limpiarme rostro con ambas manos, paseando los dedos por el rastro que habían dejado las lágrimas sanguinolentas que no fui capaz de frenar. Quiso decirme que me amaba en esos momentos, lo supe porque sus ojos hablaban para mí cuando su boca guardaba silencio, pero también se vería obligada a hablar de su odio, de su rabia. Suspiró cansada, cansada de mí, de ella misma, de esas cuatro paredes y posiblemente de la discusión. Acercó sus labios a los míos, fundiéndolos en un infantil roce que duró apenas unos segundos, era lo máximo que podría hacer sin caer en la locura.


—Adiós David.

—¿Esto es un adiós definitivo?—casi no me salían las palabras.

Por un momento me sentí peor que ante mi propio cuerpo en mi funeral. Fue como enterrar otra parte de mí. Una parte que no quería soltar y a la cual me aferraba aunque las discusiones fueran casi eternas. Entretanto ella asintió a mis palabras sin bajar la mirada.


—Ahora soy yo quién debe irse por el bien de ambos.

Al final se estaba rebajando a hacer lo mismo que hice yo, pero de alguna forma ella lo sentía diferente. Porque ésta vez de verdad era necesario para ambos. Yo también lo veía. Veía que era necesario separarnos, pero el egoísmo me podía. Sintió su corazón arrugarse, porque sentía que siempre supo sobre ese final aunque hubiese querido posponerlo un poco más. 

—No. Me niego—dije sosteniéndola de inmediato por la cintura.


En ese momento crucial de mi vida temía más que nunca salir a recopilar información. Temía tener que escuchar que había cometido alguna locura. No quería saber en qué iba a desencadenar todo eso.

—Déjalo ya David. No dificultes más las cosas—no quería seguir escuchando mis ruegos, mis disculpas, porque aunque decía que no significaban nada, era mentira. Como siempre ella decía que no le importaba porque así creía que no veía sus heridas, pero no era así. Su cuerpo tembló al sentir como la tomaba, pues pude notar como le traía recuerdos felices y era irónico como ahora parecían ser más dolorosos que la tragedia misma. 

Sin importarme si se molestaba, si me empujaba o abofeteaba acabé besándola mientras seguía tomándola de la cintura. Odiaba esa discusión y el dolor que nos hería a ambos. Aunque creo que para ella era irritante porque parecía querer frustrar todas sus intenciones. Pudo golpearme, insultarme, quejarse y, sin embargo, terminó optando por dejar que sus labios continuaran con ese contacto. Tomó fuerza y con sus manos sobre mi pecho e hizo presión para alejarme.


—Ya no sigas con esto. Solamente déjame ir —aquello había sonado más como una súplica y se reprendió mentalmente por ello.

Por mi parte simplemente me aparté quedando a pocos centímetros de ella con el corazón hecho trizas, pero sabía que no era el único. Podía notar el daño que me estaba haciendo, después de todo siempre me había mostrado tan transparente ante ella que le resultaba imposible no leer mis sentimientos. Eso también me ocurría con ella como ya he dicho. Podía ver sus sentimientos con claridad. Apartó su mirada de mí y en suaves movimientos terminó por apartarme por completo, yéndose al apenas estar libre de mi agarre.



Dejé que se fuera con la esperanza de su regreso. Esperanza que estuvo ahí hasta el último día. Pero fue una esperanza estúpida llena de vacío. Poco tiempo después, como si sólo hubiese sido un pestañeo tras esa discusión, tomó la opción de morir salvando a un espíritu que llevaba años torturándose. 


jueves, 16 de junio de 2016

David deseó hacer esto recordando a Merrick. 

Lestat de Lioncourt


—¿Alguna vez pensaste que sería tan difícil aceptar un silencio entre ambos?—pregunté con las manos metidas en los bolsillos.

Estaba allí de pie, intentando ser firme y fingir cierto sosiego, esperando que apareciese como otras veces. Sin embargo sabía que no vería sus pies descalzos desplazarse sobre la madera del suelo, ni sus hermosos ojos esmeralda mirarme inquisitiva entretanto su boca se torcía molesta. No estaba allí esa figura casi salvaje de piel morena y ardientes pasiones.

Frente a mí había una vieja fotografía en una mesilla de un salón que muchas veces compartimos. Sobre el regazo del sofá había dejado su viejo vestido blanco lleno de flores, flores tan silvestres como ella misma, y una nota donde pedía perdón de nuevo. Quería volver a sentirla cerca tan obstinada como llena de ira y de amor. Deseaba sostenerla por las caderas notando como sus manos golpeaban con fuerza mis hombros y me gritaba lo estúpido que había sido.

—Es la primera vez que digo una frase sin que me interrumpas—dije con una sonrisa amarga mientras tomaba asiento en un viejo sofá de una pieza.

Me eché a reír porque aún tenía su encaje de la espalda y brazos sobre ese sofá color crema y estampado de flores, ese que muchas veces usó para recostarse frustrada ante mi estúpida perorata sobre el bien, el mal, los espíritus y los límites de tus acciones. Es curioso como los pequeños detalles que antes no echábamos cuenta nos golpean con saña mientras intentamos seguir con la supervivencia más básica, ¿verdad?

—Hoy es tu cumpleaños—susurré—. Ya no recuerdo bien cuales eran tus flores favoritas, pero creo que eran las que nacían libres y fuertes—suspiré apoyando mis codos sobre mis muslos echando mi torso hacia delante mientras me encorvaba como un gato asustado—. Feliz cumpleaños, Merrick—dije clavando mis ojos oscuros en su fotografía.

Habría dado cualquier cosa porque ella regresase como un fantasma. Cientos lo habían hecho. Quizá sólo venían los que aún tenían cosas pendientes o deseaban quedarse para colaborar como antaño. Regresaban más libres, fuertes e intrépidos que nunca. Pero ella no. Yo sabía que ella había huido de este mundo y no regresaría como yo ansiaba. Aún así iba a esa vieja casa donde Talamasca aún tenía su residencia, me sentaba en aquel sillón en plena madrugada y conversaba con la única fotografía que quedaba suya entre aquellos viejos muros. Parecía un joven de rasgos hindúes algo desquiciado pero en realidad era Mr. Talbot, David Talbot, ex-director de la Orden y amante eterno de una mujer cuyos besos eran peores que los de una viuda negra.

—Bien, tengo que marcharme—dije levantándome—. Sé que esta visita ha sido más breve que nunca, pero estoy empezando a perder la esperanza—susurré tomando el marco para besar su imagen. Después me marché.


Recorrí aquel sendero de Oak Heaven como lo haría cualquier bucólico del romanticismo deseando que sus múltiples vicios se lo llevara. Igual que un fantasma. ¿Quién me iba a decir a mí que iba a caer derrocado ante el castigo de tu partida? Sin embargo regresaré como cada año a postrarme como un perdedor, como un maldito idiota, ante tu imagen como si fuese un altar.  

miércoles, 1 de junio de 2016

David Talbot

Nunca he pensado demasiado en las cosas que tenía que hacer o evitar. De hecho, soy impulsivo. Siempre estoy metiéndome constantemente en líos. La verdad es que me apasiona investigar y comprender por mí mismo. No me importa las señales que aparezcan en mi camino, ni las advertencias de los múltiples consejos que puedan darme y ni mucho menos saber que voy a terminar maltrecho. Lo hago. No puedo evitarlo. Yo soy así. Por mucho que los años pasen voy a seguir arrastrando este impulso tan apasionado.

Hace décadas que conocí al hombre más paciente sobre la tierra. Mi amistad con él no le ha traído demasiados beneficios. Yo he perjudicado muchas veces su bienestar y he provocado que se preocupara por mí. Quizás en parte me expongo tanto porque quiero que él se fije en mí como hacen cientos en todo el mundo. Me gusta saber que él está ahí aunque sea en silencio. Es agradable saber que tienes amigos que te quieren y que protegerán tus pasos pese a ser un completo desastre. Admito que lo soy. Soy un desastre.

Recuerdo las primeras noches en su compañía. No dejaba de fijarme en cada uno de sus rasgos y movimientos. Era increíble. Me gustaba ver como se desenvolvía por la habitación intentando comprender todo lo que yo decía. Yo ya era conocido pero él era un pequeño tesoro que sólo yo sabía dónde estaba, cuánto valía y por qué era necesario que nadie más supiese de su existencia. Soy un egoísta en todos los sentidos. Quería acaparar su atención porque pensaba que lo merecía, pero en realidad merecía que me echase de su despacho y diese un portazo tras mi espalda.

Han pasado muchas cosas desde que nos presentamos como dos auténticos caballeros, y es curioso porque yo jamás me he considerado uno. Tantos años que ya no soy capaz de contarlos con facilidad. A veces se me escapan los detalles de ciertos recuerdos, pero no podré olvidar jamás su colonia masculina y su fuerte abrazo. No temió en abrazarme. Un simple humano no puso barrera alguna a estrecharme como si fuese un hermano o un hijo. Creo que me eché a llorar por el sentimiento hogareño que me ofreció. Hacía mucho tiempo que no sentía un abrazo tan fraternal y no pude controlar las lágrimas.

Ahora él ya no es un destacado miembro de la Orden de Talamasca. Por mi culpa perdió su cuerpo, su empleo, su identidad y parte de sus propiedades que poco a poco ha podido recuperar. Podía haber provocado un gran desastre, pero él supo solventar esa difícil situación tras convertirlo en vampiro. Recuerdo que se echó a reír, me dio las gracias y me abrazó con euforia. Tal vez porque sabía que iba a morir después de todo, ya que era un hombre que rondaba los setenta años y los achaques de la edad empezaban a dejarlo tirado como un objeto que no sirve.

En estos momentos lo tengo frente a mí redactando algunas cartas. He pedido que sea mi secretario personal y consejero. Es cierto que no siempre he escuchado sus palabras, que me he enfrentado a sus deseos, que soy un caprichoso y además no pienso demasiado mis acciones. ¡Es cierto! ¡Qué le voy a hacer! ¡Soy así! No puedo evitarlo. Pobre de aquel que intente corregirme porque no lo va a lograr y sólo malgastará su tiempo. Él lo sabe, lo acepta y se ríe ante ello. Acepto que jamás he visto a un hombre tan feliz como él de perseguirme por el mundo gritando: ¡Estás loco! ¡Vas a matarnos a todos! ¡Si lo vas a hacer al menos llévame contigo!


¡Ja! ¡Es increíble! David es increíble. ¿Os he dicho que adoro a ese vampiro? ¡Lo adoro! Creo que es mi mejor amigo y la conciencia que nunca tuve. Tal vez soy el Pinocho de ese Pepito Grillo.


Lestat de Lioncourt 

----

Todos tenemos un David Talbot y yo tengo uno desde hace 13 años. Fue extraño como nos conocimos y sé que muchas amistades van y vienen. Él me ha aceptado en mis momentos de euforia, en mi ratitos de pena y también me ha acompañado a la aventura de muchos proyectos. Me ha escuchado reír y llorar. Creo que nunca le he dado como se debe las gracias. Es cierto que siempre me acuerdo de él cuando me pasa algo bueno o malo, que corro a buscarlo y le pido consejo aunque ya sepa que me va a decir que no lo haga o que es una tontería. Lo hago porque necesito escuchar su voz o leer sus palabras. Todos necesitamos a nuestros amigos y más aún si estos han estado a tu lado en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad y sin tener que tener una relación de matrimonio... Porque los matrimonios discuten y los amigos pueden ser un "matrimonio" pero los matrimonios pueden divorciarse y yo no querría dejar atrás a alguien tan valioso para mí. 

Estos últimos años han sido muy complicados para mí. Los últimos meses lo han sido aún más. Tengo muchos problemas que no cuento salvo a mis mejores amigos... Él siempre está ahí entre ellos. La verdad es que puedo contar a mis buenos amigos con los dedos de las manos. Sólo son seis. Luego están los amigos que son unos pocos más y el resto son conocidos. No tengo muchos amigos porque la vida no tiene mucho tiempo y no me gusta malgastar mi tiempo en personas que no lo valen, en gente que no tiene paciencia o que no sabe apreciar mi compañía. Ellos se merecen todo mi tiempo y el mejor de mis esfuerzos. 

Este texto en concreto está dedicado a uno de ellos pero también quiero dedicárselo un poco a esos amigos que tanto quiero. Gracias chicos por todo. Gracias Rose, Merrick, Mekare y Xanxus por el apoyo de estas semanas. Pero sobre todo gracias a ti Javi.   

martes, 31 de mayo de 2016

Pedazo de cielo

Creo que todo hombre vende su alma por un trozo de cielo, pero este termina siendo el mismo infierno. Yo conocí el infierno hace algunos años y aún no me arrepiento. No puedo arrepentirme de tocar esa piel morena mientras deslizaba peligrosamente mis manos por sus caderas amplias de mujer negra. Sin duda alguna me enamoré perdidamente de ella mucho antes que fuese una mujer. Era sólo una niña pero su alma tenía la sabiduría y la madurez de una mujer apasionada. Guardé mis instintos más primarios y horribles durante mucho tiempo encerrados en un cajón lleno de frustración, deseo, rabia, pasión y fantasmas. Sí, fantasmas. Espíritus que me recordaban que estaba siendo tentado por una mujer que jamás podría tener ni retener por unos unos minutos. Ella como el fuego porque quemaba sólo con su recuerdo y como océano más profundo porque te ahogaba sólo con un beso en la mejilla.

La recuerdo descalza, con el pelo enmarañado y ese vestido blanco de estampados de flores de mil colores. Esos ojos verdes fueron mi perdición. Malditas esas esmeraldas que parecían ser lo único que tenía en ese rostro de muñeca perfecta. Supe que sería hermosa con el paso de los años y que yo debía protegerla. Cualquier desalmado, mucho peor que yo, la destruiría con tal de contar una conquista en una selva oscura de suave piel. Era pantera y a mí las panteras siempre me dieron cierto respeto hasta que una casi me mata.

Intenté que tuviese los mejores estudios y se centrase en una vida menos extraña, con horarios definidos y un trabajo estable. Sin embargo, decidió ser de Talamasca, la Organización de Detectives de lo Paranormal a la que pertenecía. Me sentí feliz porque tomase esa decisión, pero a la vez sabía que no sería feliz y yo me sentiría arrastrado por los demonios que controlaba a duras penas.

Muchos creerán que contar su historia fue suficiente. Ese libro donde hablo de ella y de como me conquistó no es nada. Sólo son páginas llenas de frases que ocultan una pasión desbordada. Se vengó de mí porque cuando se entregó a mis bajos instintos, a los bajos instintos de cualquier hombre, la rechacé alejándome de ella con la excusa más barata que pude hallar.


Había vendido mi alma al Diablo. Ella poseía cada hilo de la estopa de mi alma. Sabía que me condenaría por siempre sólo por amarla de forma cobarde. Porque lo soy. Soy un cobarde. Amo entregarme a las aventuras más difíciles y me enfrento a enemigos invisibles, pero luego no tengo agallas de amar sin barreras. Quizás en esos momentos era viejo y estúpido, como todos los viejos lo son, pero ahora que soy un vampiro no tenía excusa. Podía haber convertido mi mente en un refugio nuevo para empezar a ser joven más allá de mi físico y vivir una aventura de amor apasionado, pero no tuve agallas y ahora ya es tarde. Ella no está. Ella se fue y se llevó parte de mi alma.  

domingo, 22 de mayo de 2016

La Voz de la Tribu: Contacto

Una de fantasmas... ¡La Voz de la Tribu!

Lestat de Lioncourt


La radio estaba preparada. Todo lo que hacía falta para su emisión, con un equipo mucho mejor que en meses atrás, había funcionado correctamente en las diversas sesiones que se habían realizado semanas antes pero algo fallaba. Había un ruido extraño cuando Benjamín probaba el micrófono para empezar la grabación y la emisión en directo. Pidió a sus dos músicos que no tocaran ni uno solo de los instrumentos.

De inmediato se dirigió a la puerta e intentó abrirla pero no pudo. El pomo no giraba y ni él con toda su fuerza podía hacerlo girar. Fuera estaba David Talbot esperando entrar pata tomar su asiento y Daniel Molloy que estaría como siempre asistiendo a las llamadas. Él tenía que empezar la grabación y había algo extraño en la sala, además ahora ni siquiera podía salir. Aquello le puso particularmente nervioso. Sybelle se aferró de inmediato a Antoine intentando calmar sus nervios, pero terminó rompiendo a llorar. Estaban atrapados a no ser que rompieran las ventanas con algunas de las sillas u objetos que se hallaban desperdigados por la habitación.

Se giró hacia la mesa que solía ocupar y vio una figura que tomaba forma. Frente a los tres estaba ocurriendo un pequeño “milagro” y no sabía en qué podía terminar todo aquello. Tomó la decisión de caminar con calma y cautela hasta la mesa para al fin ver a un joven delgado, de unos treinta años, de ojos profundos y claros con unos labios amables. No parecía violento, pero se había manifestado con una fuerza indecible.

—No puedo mantener mi cuerpo mucho tiempo después de haberte obligado a estar aquí a solas conmigo, aunque lamentablemente también están tus músicos. No quiero la intervención de personas cercanas a Talamasca pues no quiero que mi historia de nuevo los salpique—dijo.

Su voz era suave y su acento era una mezcla extraña entre el americano más sureño y un inglés británico muy cerrado. No sabía si aquel espectro fue un vampiro, pero sabía que debía cercano a la Orden cuando había dicho eso. Sopesó durante unos segundos quién podría ser, si bien no conocía a todos los miembros de Talamasca y no solía husmear demasiado en sus archivos salvo si Talbot hacía referencia a ellos.

—Mi nombre es Stuart Townsend—confesó—. Y la radio ha sido tomada por mis poderes. Actualmente estoy emitiendo sin la aprobación de su titular ni de miembro alguno de su equipo—Benji de inmediato miró los aparatos y notó que estaban encendidos. Realmente estaba emitiendo en directo—. Fui asesinado por Lionel Mayfair y no por Lasher Mayfair. Mi asesinato fue perpetrado por celos y la influencia de Carlotta Mayfair—añadió mientras parte de su cuerpo se deshacía frente a los ojos de los tres asombrados vampiros—. Me ha costado algunos años poder acercarme a la radio. He viajado gracias a los cables de alta tensión y diversos trucos que no tienen importancia ahora. Sólo vengo a confesaros que Lasher ha vuelto a ser el Hombre de los Mayfair, que son tan peligrosos como en mi época y posiblemente alcancen un nivel superior en sus poderes. Ningún vampiro deberá acercarse de nuevo a la familia porque Julien Mayfair así lo desea—miró a los oscuros ojos de Benji y sonrió—. No estoy en paz, nunca lo estaré, pero al menos he podido dejar claro quien es mi asesino. Me mataron porque no querían que investigara sobre el Hombre ni sobre Stella—suspiró largamente, bajó despacio los párpados y dejó cerrado los ojos—. Pobre mujer... murió asustada... —dicho aquello desapareció y la puerta se abrió.

David hizo girar el pomo para entrar después de haber sentido ciertas perturbaciones, aunque no había escuchado el programa porque estaba más atento a lograr abrir la puerta que a saber si la emisora estaba ofreciendo algún programa.

—Stuart Towsend no quiere que se investigue más a la familia Mayfair y no fue asesinado por Lasher, lo fue por Carlotta y su hermano—dijo sin girarse para ver al viejo director de la Orden que observaba la sala con cierta inquietud.

—Es la segunda vez que se aparece desde su muerte...—recordó. La otra vez fue para advertir a un compañero sobre los peligros que entrañaba acercarse demasiado a Stella, compañero que terminó muerto de un “supuesto” infarto mientras regresaba a la sede de Londres—. Quizá hemos revuelto demasiado las cosas por allí y los archivos han podido atraer su atención.

—Como sea... deja de investigar—contestó Benji—. No quiero líos. No ahora. Quizá más adelante podamos hacer algo.


La emisión ya había sido cortada y nadie se atrevía a tocar los aparatos. Ese programa fue el único que dieron en toda la semana. Sybelle se encontraba angustiada porque había podido sentir las emociones de aquella alma atrapada entre dos mundos, lo cual la alteraba de sobremanera, Antoine simplemente quería alejarse de la habitación porque pensó en todos los jóvenes vampiros que ahora estaban en la misma situación que Stuart. El resto necesitaban revisar los archivos para encontrar contenido que no estuviera relacionado con la Orden ni los Mayfair para no llamar de momento la atención de la familia de brujos y sus fantasmas.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt