Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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domingo, 24 de julio de 2016

Otra vez II

Esta es la segunda parte de estas memorias de Merrick y David. Disfrutadla. 

Lestat de Lioncourt 

—¿Acaso crees que las visitas de Aaron y sus llamadas las hacía sólo porque surgían de él? No, Merrick. A veces lo llamaba angustiado queriendo saber de ti. Quizá me comporté como un cobarde a tus ojos, pero lo hice siempre pensando en tu futuro. Jamás dejé de pensar en tu futuro—dije agarrando de nuevo la muñeca de aquella mano que una vez me acarició, que incluso rasguñó mi espalda, pero que ahora sólo sabía propinarme bofetadas cada vez más sonoras—. ¿Qué quieres que haga? Ya no puedo cambiar nada, pero te empeñas en restregármelo.


—Pero lo que necesitaba era estar a tu lado. Tus palabras, tus caricias, te necesitaba a ti. No tu maldita ausencia. No a ti preguntándole a secundarios por mí.

Por primera vez en mucho tiempo parecía sentirse débil en una discusión, porque sé que era capaz de revivir cada herida del pasado. Aunque también podría decirse que realidad nunca habían cerrado. Dejó que tomara nuevamente su mano, pero al poco tiempo se encontraba luchando por deshacerse del agarre.

—Nada David—dijo resignada—. La verdad ya no espero que hagas nada más que irte otra vez en algún momento. Porque siempre juegas a lo mismo, a decir que me quieres pero luego huir. Tirar la piedra y esconder la mano.

—¡Huyo por estos dramas!—decía mientras forcejeaba.

El hombre que estaba allí luchando era el de siempre, el que nunca cambió ni cambiará, pero con un cuerpo joven que parecía adaptarse a cada vieja arruga, cada pliegue de mi alma, mientras ella luchaba por huir lo antes posible. Me aferraba a los recuerdos, a las heridas, al deseo común que aún albergábamos y al ruego interno de no volver a meter la pata. Era torpe, como la mayoría, porque era humano pese a los poderes de la inmortalidad. Me sentía débil ante ella porque siempre lo había sido. Quise mil veces huir, pero no podía. Siempre terminaba regresando sobre mis pasos. Ella se había convertido en algo más que un oscuro objeto de deseo.

Sus párpados se levantaron bastante ante esas palabras, pero entonces su ceño se frunció. Sabía que la discusión volvería a instantes atrás donde la furia arrasaba todo.


—¡Entonces por qué sigues aquí!—gritó—. Lárgate como tienes acostumbrado hacer, vete y déjame. O mejor...—dijo mirándome a los ojos como si quisiera matarme—mejor me voy yo y así no tendrás que encontrarme nunca más porque igualmente para ti sólo soy eso ¿No? ¡Un manojo de dramas!

—¡Para!—dije apretando con furia sus muñecas—. Merrick, para de una vez... ¡Para, por favor! ¡Deja de decir estupideces! Sólo intentas arrancarme el corazón cada vez que dices algo así, ¿verdad? Sólo lo haces para torturarme aún más.


La expresión de su rostro se perturbó al sentir esa fuerza sobre sus muñecas, era curioso como aquellas manos le habían protegido en un principio para después abandonarla y terminar de esa manera. Aquellos apretones dolían pero no iba a demostrarlo, ya había demostrado demasiada debilidad por esa noche. Yo sabía que era incapaz de mostrar lo que realmente le ocurría.

—¿Por qué te afecta tanto? Si según tú lo mío es puro drama, siempre subestimándome desde el día en que me conociste.

—¿Yo a ti? Jamás—dije masticando una rabia inmensa—. Siempre creí que llegarías lejos y por eso me aparté. Me aparté porque no quería ser un estorbo. ¿Por qué no te das cuenta, mujer?—intenté no apretar tan fuerte las muñecas, pero no podía. La ira me dominaba.


—¿Por qué haces esto David? —preguntó entonces con una mezcla entre tristeza y rabia en el tono de su voz—.Me dices que no querías ser un estorbo, pero es que para mí nunca lo fuiste. Hablas como si te hubiese recriminado la diferencia de edad, cómo si alguna vez me hubieses escuchado quejándome por eso ¿Por qué es tan difícil entender que te amaba? —apretó sus puños.—Y es frustrante porque sigo teniendo sentimientos por ti, pero cada vez que veo ese nuevo rostro que tienes sólo puedo recordar todo el tiempo que me dejaste atrás.

—¿Acaso crees que esto lo hice porque quería?—pregunté soltándola mientras me acercaba a la mesa para apoyarme de espaldas a esta—. No, Merrick. Esto no lo hice queriendo. Yo ya esperaba la muerte, ¿no lo viste? Sabía que llegaría pronto—dije mirándola directamente a los ojos.


Sé que en ese momento pudo respirar más tranquila al ver que por fin la soltaba, pero por otro lado todavía estaba llena de miles de sentimientos encontrados. Ambos los teníamos. No podía dejar de amarla y detestar todo lo que hacía en ese instante. Quería que dejara de gritar, de hablar, de sufrir y, a la vez, deseaba llegar al fondo de todo para desatar por completo a la bestia y así saber qué pasaba.

—Nadie te obligó a hacerlo David, hablas como si yo te hubiese exigido algo de eso cuando lo único que quería era que me amaras. —seguía mirándome como yo lo hacía con ella—. Yo hubiese sostenido tu mano en tu lecho de muerte si con eso te ibas a quedar conmigo.


—¿Te has planteado lo que suponía para mí verte sufrir porque me moría?—había soltado un largo suspiro sintiéndome cansado—. Merrick, ponte en mi maldito lugar por una vez. Yo contigo lo he hecho aunque no me creas, lo he hecho. Sé todo el daño que te hice y me arrepiento, pero ponte en el mío.


—No te moriste, pero de igual manera me dejaste sola. Solamente que no te quedaste a observar mi sufrimiento. Eres tan valiente —aquellas palabras las había soltado con todo el sarcasmo del mundo, cada palabra que salía de mi boca no hacía más que decepcionarla más—. Al principio me ponía en tu lugar David, pero no puedo hacerlo porque cada vez que intento pensar en algo para justificarte sólo encuentro que tus acciones no tuvieron sentido.


—Porque en realidad no deseas ponerte en mi pellejo—respondí—. Es fácil de ver el miedo cuando sabes que envejeces, que no tienes nada bueno para ofrecer y que la persona que amas puede hacer de su vida un imperio. Ni te das cuenta ni lo harás nunca. Sólo un hombre acabado se habría dado cuenta de algo así.


—Tienes razón, no deseo ponerme en tu pellejo y aunque lo quisiera hacer me resulta imposible entenderte porque claramente tendría que pasar por tu situación—a pesar de todo el revuelo anterior, esas palabras sonaron bastante mecánicas de su boca—. Sinceramente ya no puedo con ésta situación, con tu presencia y tus excusas cobardes. Estoy cansada de todo...

Me acerqué de nuevo a ella tomándola del rostro, mirándola a los ojos como si fuese la primera vez que lo hacía, sintiéndome tan débil como siempre que ella empezaba a llorar o hundirse. Podía ser un cobarde, pero jamás lo había hecho con intención de huir o dañarla. Nunca quise que ella padeciera. No era un maldito desgraciado como otros tantos. Yo aún la quería.


Aunque permitió le tomara del rostro sabía que para ella mis manos eran totalmente diferentes a las cuales se había enamorado. Eran otras que pretendían sostenerla como la primera vez, pero eso era un hecho imposible. No se alejó porque añoraba ese cariño, aunque no fuese igual, pero por otra parte sentía que lo odiaba, que su piel se quemaba ante el contacto ajeno y el ardor se trasladaba por su cuerpo hasta invadir hasta el más recóndito lugar. No dijo una palabra, porque quería absorber un poco de ese silencio, pero tampoco le respondía la mirada, porque no quería ver amor en esos ojos, no quería seguir viendo sentimientos que sólo habían servido para dañarla.

Recordé por un instante a la niña descalza con ese vestido blanco cargado de flores. Pude verla de nuevo parada frente a mí esperando que Aaron dejara de parlotear, como siempre, sobre sus amados Mayfair y la belleza que yo mismo podía contemplar. Una belleza idílica que aún podía ver en ella pese al paso de los años. Me sentí sucio ese día cuando noté que una muchacha, casi una niña, era capaz de despertar oscuros deseos por mi parte. Tan sucios como deseables. Fue terrible darme cuenta que la codiciaba demasiado. Ella fue un regalo envenenado por parte del destino o la vida misma. 

Deslicé mis pulgares por sus mejillas y acabé besando su frente antes de estrecharla contra mí. Rompí a llorar en silencio como un niño extraviado. Sus parpados se cerraron al sentir ese suave contacto en su frente, era un gesto amable y cálido pero en realidad le hubiese gustado haber sentido aquello un tiempo atrás. Percibió mis lágrimas y a pesar de que siempre parecía buscar herirme con sus palabras, le era insoportable verme llorar. Se separó un poco para limpiarme rostro con ambas manos, paseando los dedos por el rastro que habían dejado las lágrimas sanguinolentas que no fui capaz de frenar. Quiso decirme que me amaba en esos momentos, lo supe porque sus ojos hablaban para mí cuando su boca guardaba silencio, pero también se vería obligada a hablar de su odio, de su rabia. Suspiró cansada, cansada de mí, de ella misma, de esas cuatro paredes y posiblemente de la discusión. Acercó sus labios a los míos, fundiéndolos en un infantil roce que duró apenas unos segundos, era lo máximo que podría hacer sin caer en la locura.


—Adiós David.

—¿Esto es un adiós definitivo?—casi no me salían las palabras.

Por un momento me sentí peor que ante mi propio cuerpo en mi funeral. Fue como enterrar otra parte de mí. Una parte que no quería soltar y a la cual me aferraba aunque las discusiones fueran casi eternas. Entretanto ella asintió a mis palabras sin bajar la mirada.


—Ahora soy yo quién debe irse por el bien de ambos.

Al final se estaba rebajando a hacer lo mismo que hice yo, pero de alguna forma ella lo sentía diferente. Porque ésta vez de verdad era necesario para ambos. Yo también lo veía. Veía que era necesario separarnos, pero el egoísmo me podía. Sintió su corazón arrugarse, porque sentía que siempre supo sobre ese final aunque hubiese querido posponerlo un poco más. 

—No. Me niego—dije sosteniéndola de inmediato por la cintura.


En ese momento crucial de mi vida temía más que nunca salir a recopilar información. Temía tener que escuchar que había cometido alguna locura. No quería saber en qué iba a desencadenar todo eso.

—Déjalo ya David. No dificultes más las cosas—no quería seguir escuchando mis ruegos, mis disculpas, porque aunque decía que no significaban nada, era mentira. Como siempre ella decía que no le importaba porque así creía que no veía sus heridas, pero no era así. Su cuerpo tembló al sentir como la tomaba, pues pude notar como le traía recuerdos felices y era irónico como ahora parecían ser más dolorosos que la tragedia misma. 

Sin importarme si se molestaba, si me empujaba o abofeteaba acabé besándola mientras seguía tomándola de la cintura. Odiaba esa discusión y el dolor que nos hería a ambos. Aunque creo que para ella era irritante porque parecía querer frustrar todas sus intenciones. Pudo golpearme, insultarme, quejarse y, sin embargo, terminó optando por dejar que sus labios continuaran con ese contacto. Tomó fuerza y con sus manos sobre mi pecho e hizo presión para alejarme.


—Ya no sigas con esto. Solamente déjame ir —aquello había sonado más como una súplica y se reprendió mentalmente por ello.

Por mi parte simplemente me aparté quedando a pocos centímetros de ella con el corazón hecho trizas, pero sabía que no era el único. Podía notar el daño que me estaba haciendo, después de todo siempre me había mostrado tan transparente ante ella que le resultaba imposible no leer mis sentimientos. Eso también me ocurría con ella como ya he dicho. Podía ver sus sentimientos con claridad. Apartó su mirada de mí y en suaves movimientos terminó por apartarme por completo, yéndose al apenas estar libre de mi agarre.



Dejé que se fuera con la esperanza de su regreso. Esperanza que estuvo ahí hasta el último día. Pero fue una esperanza estúpida llena de vacío. Poco tiempo después, como si sólo hubiese sido un pestañeo tras esa discusión, tomó la opción de morir salvando a un espíritu que llevaba años torturándose. 


lunes, 9 de mayo de 2016

Silencio en la oscuridad II

Segunda parte del Archivo de Talamasca. 


Lestat de Lioncourt



La vivienda había tenido problemas de venta porque el padre de la familia se había suicidado días antes del desalojo. Decidió quitarse la vida tras tomar una gran cantidad de pastillas, que en un primer momento no le hicieron efecto, y colgarse del techo en aquella estancia en la que todos compartían horas de televisión, lectura o conversación en terribles días de lluvia mientras los niños correteaban de habitación en habitación.

La tormenta se intensificó convirtiéndose en un viento salvaje que azotaba con furia la ciudad. Sin embargo, el verdadero caos parecía revolotear por el polvo acumulado de la estancia. En medio del sonido de la tormenta se podía escuchar un murmullo. Alguien se movía por la habitación arrastrando los pies y rezando un padre nuestro al que le faltaban algunas frases. Daniel era incapaz de ver el espíritu, pero lo sentía cerca casi respirando al lado de su nuca. David podía contemplarlo a la perfección.

Era un hombre joven de casi cuarenta años, corpulento y de ojos oscuros. Las ropas que llevaba era un pijama simple de color azul marino con botones cuadrados de color negro. Estaba descalzo y el pelo lo tenía revuelto. Parecía que no podía dormir. Él era el hombre que se había suicidado en aquellas cuatro paredes. Su familia no lo vio venir. Nadie de su barrio sabía las deudas que acumulaba. Para él, un hombre que jamás había debido dinero, era una vergüenza haberse quedado desempleado y no poder pagar lo que el banco pedía. No pudo pedir siquiera un aplazamiento de un par de meses, pues la orden de embargo era firme y ni siquiera pagando una pequeña porción de la deuda, gracias al dinero prestado de su padre, evitaba su triste final.

David Talbot se interesó por la vivienda cuando Daniel Molloy decidió investigarla. Una noche pasaron frente a la casa deshabitada y los ruidos del interior llamaron la atención al inquieto periodista. Posiblemente era su deseo de conocer, comprender y aportar datos lo que había provocado que estuviese en esa situación buscando dios sabe qué. David rogó a su amigo que no fuese a investigar solo, que ya irían en otro momento, pero el joven desoyó a su compañero y dos noches más tarde se personó en la vivienda derribando la puerta trasera.

La investigación fue rápida. En el ordenador de su compañero estaban todos los datos necesarios, pero aún así rogó a un contacto de Talamasca en la zona que le enviara lo que él poseyera. Sólo tenían un par de referencias más y eran alarmantes. En ese lugar había existido una finca donde se habían matado a numerosas personas. Todo el barrio era un semillero de poltergeist y posiblemente había influido ese hecho. Algunos vecinos tenían sueños terribles que provocaban angustia, tristeza e incluso depresión. Varios se habían marchado por incendios fortuitos en su vivienda que no tenían explicación alguna, otros se fueron cuando vieron a sus hijos jugar con un amigo imaginario que les pedía que se dañaran entre ellos y tras un veredicto de un experto decidieron huir, también el único cura que vivía cerca, debido a la proximidad de la iglesia, desapareció un día y todavía está siendo buscado por las autoridades locales aunque su caso ya tiene más de dos años.

El suicidio de Fred, como se llamaba la víctima de aquella mala gestión económica, supuso una nota más para un archivo cubierto por la duda de las afirmaciones de los vecinos. Algunos datos no habían sido corroborados y otros aún no eran siquiera descrito salvo por un número de la vivienda, una referencia breve a la peligrosidad de los hechos y nada más.

David no estaba allí para investigar sino para arrancar de la zona a Daniel y arrastrarlo hasta donde estuvieran seguros. Pero el hecho de ver a aquel hombre allí merodeando provocó que su curiosidad también despegara.

—Daniel, no hagas nada. Quiero que te quedes quieto—dijo girándose suavemente hacia el viejo inquilino.

David empezó a intentar llamar la atención del fantasma. Comenzó una conversación trivial y finalmente logró que este se girara hacia él. El rostro pálido y demacrado le alarmó. Aquello era sólo un truco de un ser mucho más poderoso. El espíritu maligno que había estado desde siempre en esa zona, cubriendo de dolor y desgracia todo, se había apropiado de la imagen de aquel hombre derrumbado. Posiblemente incluso había absorbido su energía cuando llegó su hora.

De inmediato sacó una reliquia y la arrojó al suelo hablando en un idioma desconocido para Daniel. El sacerdote del Candomblé volvía a hacerse con la situación. La furia y rapidez de esas palabras parecían balas, pero a la vez invitaba a bailar de forma desenfrenada a su alrededor. Sacó un pequeño saco de especias que olían bastante mal mezclada con cenizas. Arrojó aquello a sus pies y tiró otro amuleto. El espíritu se agitó con rabia y arrancó algunos de los tablones provocando que la lluvia penetrara en la vivienda. Los escasos enseres rodaron por la habitación y la luz se hizo dentro de la casa aunque hacía meses que no había interruptor alguno que funcionase, pues la compañía eléctrica había dado de baja sus servicios. Daniel logró ver el espectro durante unos segundos y lo que vio no fue un afligido padre de familia. El espíritu ahora era un monstruo sin forma con cientos de ojos rojos por toda su figura.

El viejo hombre de Talamasca, una de las creaciones más poderosas de Lestat, sacó de su bolsillo derecho un frasco de agua bendita y lo arrojó pronunciando esta vez en latín mezclado con las extrañas palabras, las cuales provocaron incluso terror en Daniel aunque no las podía traducir, en dirección hacia la masa oscura que se movía siniestramente por la habitación. Después de un estallido de energía, de volver a quedar todo a oscuras, el silencio vino de nuevo en la vivienda. David agarró a Daniel de un brazo para levantarlo y este a duras penas agarró la ropa que estaba sobre la silla. Ambos salieron disparados de la casa.


No había eliminado esa extraña energía, pero durante algunos minutos quedaría consumida por el ritual que había practicado David. Era sólo una estrategia para salir de allí e informar a Talamasca que se personara en la zona con sus mejores hombres.  

miércoles, 12 de febrero de 2014

Un regalo de San Valentín II

Bonsoir mes amis

Arion nos trae la segunda parte del regalo para Petronia. Sí, como él anunció en la página hay una segunda parte. Esta parte la ha hecho en colaboración con Manfred. Ambos quieren regalarle algo especial a Petronia.


Lestat de Lioncourt


Un regalo de San Valentín II

La noche era plácida y agradable, a pesar del frío y de los días de lluvia anteriores. La humedad calaba los huesos pero Nápoles se veía encantadora. La vivienda de Grecia había quedado desalojada por completo. Ya no sentían la necesidad de huir de la ciudad durante mucho tiempo. Los viejos teatros de la ciudad abrían aún representaban lo mejor de sus temporadas de invierno, los cines eran mucho más confortables que los griegos y por supuesto la vieja biblioteca de la ciudad que acumulaban algunos libros incunables que eran sus favoritos. Manfred se hallaba en la sala donde solían jugar y estaba a punto de pedirle que le siguiera.

Quería que estuviera con él por las calles, las cuales parecían un cementerio, para ver alguna obra brillante, descarada y perfecta sin necesidad en uno de mis palcos. Tanto él como Petronia disfrutaban de las joyas más clásicas al teatro más vanguardista pasando por la Ópera y el ballet. Sabía bien que si invitaba al Loco le acompañaría encantado.

—Te veo desanimado—dijo barajando lentamente las cartas desde el rincón.

—He intentado ser amable con Petronia y obsequiarle con uno de mis más hermosas creaciones—comentó llevando su mano derecha a su rostro.

—¡Se puede saber el motivo por el cual me regalas esto!—se escuchó la voz de Petronia a sus espaldas, alzándose hacia el techo bellamente pintado, para caer como lluvia ácida sobre él.

—Es el día del amor y la amistad. No hay nada ni nadie que ame más que a ti—dijo con simpleza girándose hacia ella—. ¿Debería tener otro significado?

Ella guardó silencio mirándolo con furia ciega. Su mentón estaba apretado y sus pómulos se veían más marcados que nunca. Por su pose parecía más un hombre airado que una mujer. Sí, parecía uno de esos muchachos que aún se peleaban a la salida de los bares. Ella parecía un hombre rudo, violento y desconsolado. Pero en sus ojos estaba el brillo femenino de la rabia, sus labios eran seductores aunque tuvieran una mueca indescriptible de rabia y sus manos sostenían con delicadeza la joya. Ella jamás haría daño a un camafeo o joya. No. Ella no era así.

—¡No quiero tus regalos!—respondió devolviendo de forma brusca el camafeo.

—Este anillo te pertenece—susurró con una suave sonrisa en sus labios—. Está hecho a medida de tu dedo y es tu rostro. Es la imagen de tu rostro en un pequeño anillo. Si lo miras bien verás que eres tú.

—¡Cómo te atreves!—gritó furiosa.

—¡Me atrevo porque te amo! ¡Y sé que tú me amas aunque te resistas a creerlo! ¡Eres tan mía como este palazzo! ¡Soy tan tuyo como tus propias manos!—ella le abofeteó al escuchar aquellas palabras pero él la tomó de los brazos, la aproximó hacia él y la besó.

Manfred miraba todo como siempre. Los observaba en silencio dejando a un lado sus cartas. Decidió que había visto suficiente por aquella noche. Se acomodó los cabellos grises y se colocó el sombrero para marcharse. Arion forcejeaba con Petronia. Ella se resistía a darle muestra alguna de afecto delante del viejo.

Cuando logró zafarse de él lo abofeteó duramente y lo miró igual que un animal herido. Manfred ya bajaba las escaleras de mármol con pasador de madera. Ella estaba a punto de echarse a llorar por la rabia y la ira que la consumía. No tenía derecho a besarla frente a Manfed y menos a regalarle nada para ablandar su corazón.

—¡Te odio!—le escupió rabiosa a punto de pegarle un puñetazo, pero él detuvo ese puño sosteniéndola entre sus brazos.

—No—murmuró acariciando sus cabellos con ternura.

—¡Sí!—gritó revolviéndose.

—No me odias porque siempre regresas. No me puedes odiar porque sabes que en mis brazos siempre hallarás el hogar—después de esas palabras se hizo un silencio inquietante, ella logró alejarse unos pasos mirándolo con asombro y odio. Sabía que era así pero no se doblegaría ante un anillo de camafeo y bonitas palabras.

—¡No soy tu propiedad!—dijo en respuesta.

—Ambos nos pertenecemos—se encogió de hombros y se echó a reír como si aquello fuese divertido.

—¡No!—respondió tajante.

—Sí—se movió con velocidad y la besó en la mejilla—. Sí.

—¡No!—le abofeteó de nuevo, pero esta vez le quitó el anillo y se lo puso—. Pero el anillo me lo quedo porque no voy a permitir que otra lleve mi imagen en su dedo. Con permiso querido maestro—aquella frase era con amor, pero llevaba un tono sarcástico para camuflar sus verdaderos sentimientos.

Él conocía bien a Petronia y sabía que no podía rechazar ciertos regalos. Comprendía su amor hacia el arte, su exquisita fascinación por el detalle y los buenos trabajos en ese ámbito. Hubiese deseado que ella se quedara a su lado después de la discusión, besar sus labios y hacerla suya. Sentía un deseo irresistible por tocar su delicada piel de porcelana y percibir como se estremecía con el tacto de sus dedos. Quería contemplarla con las mejillas coloreadas como si se hubiese maquillado y con sus ojos profundos, radiantes y desesperados por sentirlo junto a ella. Sentía la osadía de palpar entre sus piernas, hundirse en su figura y hacer que gritara por motivos muy distintos a cualquier discusión. Sin embargo se mantuvo sereno, firme y con los ojos puestos en el largo pasillo.


En la puerta del final, cerca del salón donde solían deleitarse con las vistas más sobrecogedoras de la ciudad, se hallaba inclinada sobre la mesa, con el cabello recogido en una trenza y una pose poco femenina. Ella seguiría trabajando toda la noche y quizás mirando su mano con aquel obsequio. Él la dejaría trabajar hasta que se sintiera agotada, para luego acercarse y besar su sienes rogando alguna caricia como si fuese a querer ofrecérsela sin discusiones o malas miradas.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt