Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 9 de mayo de 2016

Silencio en la oscuridad II

Segunda parte del Archivo de Talamasca. 


Lestat de Lioncourt



La vivienda había tenido problemas de venta porque el padre de la familia se había suicidado días antes del desalojo. Decidió quitarse la vida tras tomar una gran cantidad de pastillas, que en un primer momento no le hicieron efecto, y colgarse del techo en aquella estancia en la que todos compartían horas de televisión, lectura o conversación en terribles días de lluvia mientras los niños correteaban de habitación en habitación.

La tormenta se intensificó convirtiéndose en un viento salvaje que azotaba con furia la ciudad. Sin embargo, el verdadero caos parecía revolotear por el polvo acumulado de la estancia. En medio del sonido de la tormenta se podía escuchar un murmullo. Alguien se movía por la habitación arrastrando los pies y rezando un padre nuestro al que le faltaban algunas frases. Daniel era incapaz de ver el espíritu, pero lo sentía cerca casi respirando al lado de su nuca. David podía contemplarlo a la perfección.

Era un hombre joven de casi cuarenta años, corpulento y de ojos oscuros. Las ropas que llevaba era un pijama simple de color azul marino con botones cuadrados de color negro. Estaba descalzo y el pelo lo tenía revuelto. Parecía que no podía dormir. Él era el hombre que se había suicidado en aquellas cuatro paredes. Su familia no lo vio venir. Nadie de su barrio sabía las deudas que acumulaba. Para él, un hombre que jamás había debido dinero, era una vergüenza haberse quedado desempleado y no poder pagar lo que el banco pedía. No pudo pedir siquiera un aplazamiento de un par de meses, pues la orden de embargo era firme y ni siquiera pagando una pequeña porción de la deuda, gracias al dinero prestado de su padre, evitaba su triste final.

David Talbot se interesó por la vivienda cuando Daniel Molloy decidió investigarla. Una noche pasaron frente a la casa deshabitada y los ruidos del interior llamaron la atención al inquieto periodista. Posiblemente era su deseo de conocer, comprender y aportar datos lo que había provocado que estuviese en esa situación buscando dios sabe qué. David rogó a su amigo que no fuese a investigar solo, que ya irían en otro momento, pero el joven desoyó a su compañero y dos noches más tarde se personó en la vivienda derribando la puerta trasera.

La investigación fue rápida. En el ordenador de su compañero estaban todos los datos necesarios, pero aún así rogó a un contacto de Talamasca en la zona que le enviara lo que él poseyera. Sólo tenían un par de referencias más y eran alarmantes. En ese lugar había existido una finca donde se habían matado a numerosas personas. Todo el barrio era un semillero de poltergeist y posiblemente había influido ese hecho. Algunos vecinos tenían sueños terribles que provocaban angustia, tristeza e incluso depresión. Varios se habían marchado por incendios fortuitos en su vivienda que no tenían explicación alguna, otros se fueron cuando vieron a sus hijos jugar con un amigo imaginario que les pedía que se dañaran entre ellos y tras un veredicto de un experto decidieron huir, también el único cura que vivía cerca, debido a la proximidad de la iglesia, desapareció un día y todavía está siendo buscado por las autoridades locales aunque su caso ya tiene más de dos años.

El suicidio de Fred, como se llamaba la víctima de aquella mala gestión económica, supuso una nota más para un archivo cubierto por la duda de las afirmaciones de los vecinos. Algunos datos no habían sido corroborados y otros aún no eran siquiera descrito salvo por un número de la vivienda, una referencia breve a la peligrosidad de los hechos y nada más.

David no estaba allí para investigar sino para arrancar de la zona a Daniel y arrastrarlo hasta donde estuvieran seguros. Pero el hecho de ver a aquel hombre allí merodeando provocó que su curiosidad también despegara.

—Daniel, no hagas nada. Quiero que te quedes quieto—dijo girándose suavemente hacia el viejo inquilino.

David empezó a intentar llamar la atención del fantasma. Comenzó una conversación trivial y finalmente logró que este se girara hacia él. El rostro pálido y demacrado le alarmó. Aquello era sólo un truco de un ser mucho más poderoso. El espíritu maligno que había estado desde siempre en esa zona, cubriendo de dolor y desgracia todo, se había apropiado de la imagen de aquel hombre derrumbado. Posiblemente incluso había absorbido su energía cuando llegó su hora.

De inmediato sacó una reliquia y la arrojó al suelo hablando en un idioma desconocido para Daniel. El sacerdote del Candomblé volvía a hacerse con la situación. La furia y rapidez de esas palabras parecían balas, pero a la vez invitaba a bailar de forma desenfrenada a su alrededor. Sacó un pequeño saco de especias que olían bastante mal mezclada con cenizas. Arrojó aquello a sus pies y tiró otro amuleto. El espíritu se agitó con rabia y arrancó algunos de los tablones provocando que la lluvia penetrara en la vivienda. Los escasos enseres rodaron por la habitación y la luz se hizo dentro de la casa aunque hacía meses que no había interruptor alguno que funcionase, pues la compañía eléctrica había dado de baja sus servicios. Daniel logró ver el espectro durante unos segundos y lo que vio no fue un afligido padre de familia. El espíritu ahora era un monstruo sin forma con cientos de ojos rojos por toda su figura.

El viejo hombre de Talamasca, una de las creaciones más poderosas de Lestat, sacó de su bolsillo derecho un frasco de agua bendita y lo arrojó pronunciando esta vez en latín mezclado con las extrañas palabras, las cuales provocaron incluso terror en Daniel aunque no las podía traducir, en dirección hacia la masa oscura que se movía siniestramente por la habitación. Después de un estallido de energía, de volver a quedar todo a oscuras, el silencio vino de nuevo en la vivienda. David agarró a Daniel de un brazo para levantarlo y este a duras penas agarró la ropa que estaba sobre la silla. Ambos salieron disparados de la casa.


No había eliminado esa extraña energía, pero durante algunos minutos quedaría consumida por el ritual que había practicado David. Era sólo una estrategia para salir de allí e informar a Talamasca que se personara en la zona con sus mejores hombres.  

domingo, 8 de mayo de 2016

Silencio en la oscuridad

Este Archivo no ha sido revelado por David ni por Daniel, sino por un tercero. Aún desconocemos quién ha podido filtrarlo pero me han asegurado ambos que es cierto.

Lestat de Lioncourt




La tormenta arrasaba la ciudad y el fuerte viento estaba destruyendo algunos árboles que se doblaban con facilidad. Las ramas caían a los pies de los gruesos troncos y los vehículos empezaban a hacer sonar sus alarmas porque algunas caían sobre ellos. El sonido de los cristales rotos, las tejas levantadas y las sirenas de los bomberos se repetía una y otra vez. Él estaba refugiado en el interior de aquella vieja vivienda vacía hacía tantos años. Las ventanas estaban selladas por gruesos tablones de madera tanto en el interior como en el exterior.

Se cubría a duras penas con una manta vieja y sucia que había encontrado dentro. Su ropa, que estaba empapada, la había dejado sobre un par de sillas que aún aguardaban a sus dueños. Era una de esas casas que han sido arrancadas de manos de sus dueños para quedar en manos de los bancos, tan miserables como ruines tras estafar con los créditos de las hipotecas. Fuera la tormenta seguía, pero dentro todo parecía demasiado sosegado. Su cabello rubio estaba revuelto sobre su frente y sus ojos violetas perdidos en mitad de la nada.

El sonido de la puerta le alertó y prestó atención al sonido de los pasos, al corazón de la bestia que se aproximaba y al aroma de su perfume masculino. Cuando atravesó la primera estancia sonrió para sí y cerró los ojos agotado. Sabía que era él y que había ido hasta allí en busca de su “discípulos” de estos asuntos tan peculiares.

—David, no tienes por qué hacer de mi niñera todo el tiempo—dijo relajando su cuerpo que hasta el momento se había mantenido en una tensión insufrible.

—Si algo malo te pasara tendría muchos problemas—explicó.

—No me pasará nada malo, David—abrió los ojos y lo miró aguantándose la risa.

Su carísimo traje Armani estaba hecho un desastre, tenía el pelo encrespado y revuelto, los zapatos estaba llenos de fango y goteaba formando un pequeño charco donde se había detenido.

—Has empezado a investigar en una zona que puede comprometer tu vida—dijo sacándose la chaqueta para dejarla contra el respaldo de una de las sillas.

La camisa blanca transparentaba ligeramente y dejaba ver su cuerpo marcado por un entrenamiento que él no había realizado. Aquel cuerpo esculpido con detalles de Adonis no era suyo, pero al no encontrar dueño y perder el propio decidió obsequiarse con esa musculatura casi perfecta.

—Ya empezamos con las reglas, ¿verdad? El genio de los fantasmas, el playboy de Talamasca, viene a salvarme el culo porque cree que voy a morir. He salido de cosas peores—respondió abrigándose mejor con aquella manta que olía a polvo y humedad.

—Memnoch era un espíritu, estoy seguro, y ese acaba casi con la vida de Lestat—le reprendió sacándose la corbata.

—Ah, pero yo no voy a dejarme engañar de ese modo—susurró antes de notar algo extraño en el ambiente.

—Daniel, no eres el más listo ni el más entrenado—dijo percatándose él también que algo los observaba.

—¿Y tú sí?—preguntó.

—Yo tampoco, Daniel—musitó en tono bajo.


La vivienda había tenido problemas de venta porque el padre de la familia se había suicidado días antes del desalojo. Decidió quitarse la vida tras tomar una gran cantidad de pastillas, que en un primer momento no le hicieron efecto, y colgarse del techo en aquella estancia en la que todos compartían horas de televisión, lectura o conversación en terribles días de lluvia mientras los niños correteaban de habitación en habitación. 

domingo, 13 de marzo de 2016

No toda la literatura sobre demonios es falsa. ARCHIVO TALAMASCA

Daniel y David de nuevo se enfrentan a un misterio que es parte de lo "habitual".

Lestat de Lioncourt

—David, he encontrado este archivo entre los que tomamos de tu despacho—dijo entrando en mi apartamento.

Hacía días que le había dado mi llave. Decidí instalarme en Nueva York porque estaba cerca de una de las sedes más importantes, aunque seguía viviendo la mayor parte del tiempo en la jungla. Odiaba el ruido nocturno de las cientos de almas noctámbulas que buscaban perversión o salvación en las calles de la manzana podrida donde me ocultaba. Lejos de los gruesos muros de ladrillo y hormigón había un incesante enjambre que iba y venía, como si no tuvieran nada mejor que hacer, con sus pensamientos cotidianos y sus individuales desgracias.

—¿Qué tiene de especial? ¿Algo sobre el tema que estamos indagando?—pregunté de pie cerca de uno de los archivadores de metal que había conseguido hacía unos días.

—Habla de algo que es pura ficción…—comentó cerrando la puerta, para luego adentrarse en mi apartamento.

Era un piso pequeño con tan sólo tres habitaciones. La cocina había terminado enterrada en documentación y el dormitorio estaba completamente aislado. Realmente lo único funcional era el salón con la pequeña chimenea y el cómodo sofá de cuero negro. Allí donde mirabas veías libros, documentación y varios ordenadores. También tenía algunos cuadros que me recordaban los viejos tiempos en los cuales era humano, desconocedor de la historia en la cual me iba a ver involucrado, y alguno que había adquirido por ayudar a artistas callejeros con cierto talento.

Él vestía informal, pero yo no. Seguía vistiendo el típico traje que siempre me acompañó a lo largo de mi vida y un gabán café que cubría casi toda mi figura. Acababa de llegar de las frías aceras hacía tan sólo unos minutos y estaba a punto de marcharme cuando él interrumpió mi búsqueda. ¿Qué buscaba? Cierta información sobre iglesias en Nueva York. Deseaba visitarlas para fotografiar sus vidrieras e indagar sobre la procedencia de cada una de ellas. Algo había en esa ciudad que no me gustaba. Los espíritus estaban inquietos y no paraban de mencionar el nombre de alguna de ellas.

—Mira…—dijo tendiéndome la carpeta.

Tenía el pelo revuelto y la sudadera mal cerrada. Sus pantalones vaqueros parecían descuidados y sucios, pero así era la moda y a él parecía fascinarle. Yo jamás usaría una ropa como esa aunque reconozco que en él cualquier cosa quedaba bien, como si su figura hubiese sido esculpida para mantenerse a lo largo de los siglos.

—¿Qué tiene de peculiar?—pregunté leyendo las primeras hojas.

—Habla de un hombre que vendió su alma por permanecer joven eternamente. Su alma se selló en un cuadro y toda la maldad consumía el retrato—comentó señalando algunos datos que se podían leer a lo largo del informe.

—¿Y?—dije mirándole a los ojos.

—¡Es un libro de Oscar Wilde!—gritó.

—¿Acaso crees que sus datos son falsos?—le lancé una mirada que provocó que se quedara helado—. No lo es. No lo son. Oscar Wilde conocía a varios investigadores de lo paranormal y a veces jugaba con ellos a las cartas—miré los documentos amarillentos y casi destruidos por el moho y sonreí—. Tal vez debamos quedarnos con esto ¿no? Investigarlo a fondo.

—¿No es un mito? ¿No lo es? ¿Existió ese joven?—dijo inquieto.


—¿Existió? Existe, Daniel—respondí. 

lunes, 29 de febrero de 2016

Tras los pasos del demonio

Daniel y David again... ¡Si es que no tienen nada mejor que hacer que tentar a la suerte!

Lestat de Lioncourt 


Habían pasado varios años desde que Memnoch se había aparecido ante Lestat arrancándole la soberbia y sus vacías creencias, arrojándolo a la desesperación y el horror, marcándolo para siempre de algún modo y provocando que muchos que eran incrédulos se desesperaran por aferrarse a una fe impropia de un ser que siempre fue maldito, desterrado y olvidado ante los ojos de Dios. Las décadas caían como centurias debido a los acontecimientos que habían derrumbado los cimentos de nuestro mundo. Nos convertimos de nuevo en seres desesperados por conseguir información y aceptar la nueva realidad tal cual se vivía en las calles, las cuales se habían convertido en improvisados infiernos y crematorios.

Me sentía seguro junto a David Talbot pero la seguridad es muy frágil, sobre todo después de lo ocurrido. Marius aún temblaba recordando las horribles quemas alzándose por doquier y el peligro que yo, como vampiro joven, corría. Además había sido amenazado y era consciente que en cualquier momento podía acabar carbonizado. Sin embargo ya había visto la muerte de cerca, tan cerca como estaba del escenario de Lestat el día que Akasha despertó. Puedo escuchar aún el rugido de la guitarra mientras el irreverente Príncipe de los Vampiros aullaba desesperado sus canciones. Es imposible olvidarlo. Ese concierto marcó un antes y un después en mi vida, al igual que lo hizo Louis, Armand y Marius.

He caminado por los senderos de la locura como para dejarme hundir con facilidad. Me gusta surgir como una llama en mitad de la noche y sobrevivir pese al dolor de las heridas, ya sean físicas o mentales, porque no he nacido en las tinieblas para convertirme en un mero observador. Ahora quiero ser algo más que un periodista. Deseo indagar más allá de lo prohibido y lo lícito. Por eso esa noche caminaba a su lado.

Íbamos en busca de libros prohibidos por la Santa Inquisición y que fueron salvados gracias a la Orden de La Talamasca en su pequeña sede en Toledo, España. Aquellas calles empinadas y empedradas no tenían nada que ver con las neoyorkinas ni con ninguna otra que yo hubiese pisado jamás. Había ruido de tráfico incluso siendo más de las doce de la noche y se podía encontrar algún bar abierto.

—¿Alguna vez habías venido a España?—pregunté a David—. Yo estuve en Madrid pero es muy distinto.

—No estamos en la zona más poblada de la ciudad, sino en su periferia. Deberíamos trasladarnos a una pequeña casa rural donde nos esperan. Tengo las llaves del vehículo de alquiler que dejaron para nosotros en el hotel—explicaba mientras caminaba a mi lado con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el maravilloso paisaje urbano.

Ningún edificio se parecía a otro e incluso había construcciones bastante antiguas. Gozaba de ese momento como nunca antes. El aroma a las flores invernales era agradable e incluso el frío. Los hermosos edificios antiguos se repetían uno tras otro con sus enormes portones de madera y hierro forjado, así como las plazas cargadas de árboles de tronco grueso y brazos desnudos, y las luces tintineando en las ventanas con el murmullo de la televisión en un idioma que no solía usar.

—¿Ese libro es importante?—pregunté—. Hablo del “Demonio”. Nunca había escuchado nada sobre un libro como ese.

—Está forrado con piel humana—comenzó a explicar—. Fue escrito en unas horas y posee unas cien hojas. No hay dibujos. Sólo letras precipitadas una tras otras con un complejo relato sobre el demonio—dijo parando frente a un BMV de color negro.

—¿Y qué tiene de especial? Muchos libros eran forrados con piel humana—dije.

—Piel humana de niños recién nacidos. El Abad usó a dos gemelos que había tenido con una monja, matándolos previamente y usando sus pequeñas y delicadas pieles. Después narró como el demonio se presentó ante él para hablarle del bien y del mal, de Dios y el Diablo, así como mostrarle los infiernos y los cielos. Posee una narración rica, concisa y similar a la que Lestat hizo en su día—abrió la puerta del piloto y yo hice lo mismo con la contraria—. Mi padre me habló del libro hace mucho tiempo y estando en Talamasca supe que no había sido quemado. Es un libro que aquellos que amamos las ciencias ocultas, la demonología o las historias truculentas conocemos muy bien.

—Quieres revisarlo por si tiene que ver con el ser que se presentó ante Lestat…

—Así es. Nos llevará varios días descifrar cada metáfora y los distintos Evangelios citados en la obra. Pero con calma y entrega podemos lograrlo—confesó girando la llave para encender el motor.

Era emocionante saber que podíamos colaborar con las investigaciones. Ahora Talamasca no era un sitio vetado. Todos los miembros de la Orden conocían bien los detalles de su formación y la verdad que se había ocultado durante siglos. Habíamos logrado entrar en la institución sin tener que hacerlo a hurtadillas, ni en contra de las temibles leyes que Marius solía imponer junto al resto de Milenarios, o simplemente comprando el silencio de algún miembro a cambio de información privada y personal.

El traslado a la vivienda, en mitad del campo y cerca de una abadía, fue silenciosa. El silencio siempre imperaba entorno de David. Quizá porque estaba tan desesperado en tomar el libro entre sus manos o quizá preocupado por Jesse Reeves, la cual había quedado aislada en el Amazonas con los trabajos de reconstrucción de la vieja biblioteca de Maharet, que no abrió la boca. Yo decidí encender mi teléfono móvil y encender el Spotify. Escuchaba canción tras canción dejando que la música intoxicara cada una de mis neuronas. De vez en vez tamborileaba mis dedos sobre el salpicadero o contra mis muslos.

El vehículo se desvió por un camino polvoriento lleno de baches y acabamos aparcados muy cerca de la entrada principal. Dentro nos esperaban dos hombres de Talamasca. Ellos vivían en la abadía que había sido reconstruida para la Orden. Allí estaban con la docena de libros apilados unos contra otros.

—¿Tienes el del Demonio? Es el primero que quiero leer—dijo directamente nada más sentarse en una de las sillas vacías.

—Señor Talbot, deseo decirle que es un honor estar en tu presencia—comentó sentándose frente a él. Era un hombre grueso, mal afeitado, de ojos pequeños muy oscuros y piel ligeramente tostada. Olía a vino y queso porque habían estado consumiendo algo de cena mientras llegábamos a su encuentro. Casi no quedaba pelo en su cabeza pero la tenía proporcionada y se veía aseado—. Mi nombre es Juan.

—El mío es Pedro, señor Talbot—dijo tomando asiento también frente a David.

Yo no me senté. Decidí revolotear por la habitación a espaldas de aquellos dos hombres. El tal Pedro era joven, casi de mi edad física, y tenía los ojos verdes aceituna. El cabello rubio mal peinado me recordaba al mío, pero era mucho más delgado y sus ropas más formales. Noté que había estado descansado en el sofá cercano a la ventana y por eso estaba con la ropa algo arrugada, el pelo revuelto y cierta somnolencia.

—El mío es Daniel—dije sin que hiciese falta.

—También es un placer conocerte, Daniel—comentó Pedro.


David estuvo leyendo aquellos documentos durante varias horas. Después, aunque los hombres se negaron en un principio, metió todos los libros en cajas y las introdujo en el maletero del coche. Seguiríamos leyendo todo en el hotel. Las noches siguientes serían terribles pero entretenidas. 

lunes, 8 de febrero de 2016

Archivo Talamasca: Cuentos marinos

Este Archivo de Talamasca está dedicado a un tritón que ha decidido cantar para nosotros... Un tritón que ha inspirado el vivo recuerdo de este momento.



Lestat de Lioncourt





Permití que empaquetara conmigo algunos documentos importantes. Desde que todo salió a la luz, como si un faro al fin enfocara el rumbo de la Organización de Talamasca, comenzaron los acuerdos entre investigadores, vampiros y otros seres que iniciaron trámite de escribir su historia, fuese cual fuese, inscribiéndola en los numerosos archivos. La informatización había sido todo un éxito desde hacía varias décadas. Durante años muchos investigadores jóvenes se dedicaron a recuperar vieja documentación, carpetas que estaban perdidas en los cajones del olvido, e incluirlas en casos abiertos, cerrados o dudosos. Daniel no pertenecía a la Orden, pero en realidad yo tampoco era partícipe. Aún así ambos estábamos en mi viejo despacho, tomando mis apuntes olvidados e inútiles.

Allí había documentación referente a casos que ya se habían solucionado, algunos con un final bastante mediocre y para nada paranormal. También existían joyas que habían sido pasados por alto, pues no pertenecían ni a fantasmas, ni a Taltos y ni mucho menos a vampiros. Eran monstruos de leyendas que poco o nada se creían como reales. Sin embargo, ahí estaban sobre mi mesa.

Un viejo miembro de la orden, que era sin duda bastante joven cuando desaparecí, nos observaba desde el marco de la impresionante puerta de entrada al despacho. Sus cabellos eran canos, su rostro parecía cansado y sus manos temblaban ligeramente por el parkinson. Sin embargo, en sus ojos veía interés y fascinación hacia nosotros, criaturas oscuras y terribles.

Recordaba bien la primera vez que lo vi. Se personó en mi despacho con una sonrisa radiante, el cabello negro revuelto y unos ojos azules muy intensos. Decía que se llamaba Jack, sólo Jack. No le gustaba cargar con un apellido de un padre que no le aceptaba, pues no era el típico niño modélico y no sería el joven neurocirujano que tanto ambicionaba su familia. Él quería poner al servicio de Talamasca todos sus poderes metales. Admiré su confianza y empatía, así como su valor y paciencia.

—¿Sirenas?—dijo el joven Molloy. Prácticamente se carcajeó al leer el título, con mi estilizada caligrafía, provocando que me girara rápidamente hacia él y se lo arrebatara—. ¿Crees en sirenas?

—¿Cómo puedes no creer en sirenas cuando sabes que existen fantasmas, espíritus más antiguos que este maldito mundo, Taltos y vampiros? Inclusive tú eres un vampiro—respondí mirándolo a los ojos.

—Un vampiro muy incrédulo—murmuró el anciano.

—No lo soy. Las sirenas son de cuentos de hadas...—susurró francamente sorprendido porque ambos creyéramos en esos cuentos de marineros.

Sin embargo, algo en él surgió como una llamarada que lo terminó quemando. Abrió la carpeta y se sentó en una de las simples, y algo incómodas, sillas de mi viejo despacho. Sus ojos violáceos se hundieron en las líneas como si fuese un mar revuelto y comenzó a leer.

La historia era simple. Era algo común y vulgar. Sin embargo, era real. Los datos podía buscarlos en las hemerotecas de cualquier biblioteca de Escocia. Al menos, la primera de todas; pues solíamos colocar las noticias desde la más reciente a la más antigua.

Corría el invierno del año 1973. Era un enero frío, lluvioso y desapacible. Sin embargo, una mañana el tiempo pareció amainar y permitir la pesca en la costa. Un marinero de Thurso salió con su bote para poder conseguir algunos peces, aunque fuese para la, simple y mediocre, cena tras semanas sin poder llevar nada a la mesa. El cielo estaba despejado, no se avecinaba tormenta, y los días siguientes permanecieron igualmente tranquilos. Sin embargo, el bote no regresó. Sólo algunos tablones pudieron hallarse una semana después en la costa contigua, la costa de Kirwall.

Durante semanas se pensó que había podido haber un hundimiento del bote por causas desconocidas, no naturales, pero no se esperaba que casi un mes después el mar escupiera su cadáver en avanzado estado de descomposición, casi sin ropa y con gran parte de los intestinos, miembros y rostro mordidos por una criatura marina. Se encontraron en la misma playa donde solía pasear con su esposa y su hijo pequeño.

La autopsia que se realizó al marinero, para saber qué clase de animal había sido, reveló algo escalofriante. Los dientes eran muy similares a los de cualquier humano. No eran de un pez, ni de otra criatura que pudiese encontrarse en los fondos marinos. Aquello provocó que cundiera el pánico y las televisiones locales, así como muchos periódicos, se personaron en la playa, así como en la vivienda del marinero, para informarse de cómo era la historia.

Algunos medios, no todos, se hicieron eco de historias similares que venían ocurriendo en toda Escocia desde hacía más de cinco siglos. También había algunas de otras partes de Reino Unido, Noruega, Suecia, Finlandia, Francia o Irlanda. Cientos de cuerpos, con miles de historias similares o dispares, habían sido escupidos en las diversas costas con dentelladas similares. Por supuesto, también había ocurrido en el Mediterráneo y no sólo en el océano Atlántico. Poco a poco se desvelaron historias en todo el mundo. El pánico cundió. Sin embargo, cientos de voces, sobre todo políticas, llamaron a la calma y empezaron a pagar a periodistas para que olvidaran la noticia. Y así sucedió. La noticia cayó en el olvido.

No obstante, si preguntaban a los marineros, los más ancianos, podrían decirte con una sonrisa amarga en los labios, y con los ojos llenos de horror, que podían ser las hermosas criaturas del mar. Esas hermosas criaturas que endulzan tu oído con su voz, de indistinto sexo y de gran belleza, que llamamos sirenas o tritones.


Daniel cuando acabó de leer me miró sorprendido, cerró la carpeta y la colocó junto a las demás. Estaba seguro que su corazón empezaría agitarse aún más cuando caminara cerca de una playa, al observar una puesta de sol en las numerosas películas que todavía decide ir a ver, o cuando decide salir a navegar con alguna de las embarcaciones que posee Armand. Sí, ya no sería igual. Algo en él había cambiado. Las sirenas podían existir, era un hecho. Los Cuentos de Hadas, la mitología más clásica, puede ser real pues los océanos y mares son a día de hoy todo un misterio.  

domingo, 31 de enero de 2016

Máscaras de piel

Archivo Talamasca que no podía faltar. ¡Bienvenidos al terror!

Lestat de Lioncourt




Eran más de las dos de la madrugada cuando la puerta sonó en varias ocasiones. Eran los nudillos desnudos de David Talbot. Sabía que sólo él podía interrumpir mis horas muertas. Últimamente me estaba ayudando a encauzar mi vida, al igual que otros compañeros estaban ayudándome a ser el reportero pegado a la noticia. Él quería que fuese su compañero, o más bien su sombra, en diversas investigaciones paranormales que todavía hoy no tenían solución alguna.

Durante varios meses habíamos seguido nuevas pistas que iban dejando fantasmas, o espíritus, sobre lo que estaba por venir. Todos ellos parecían inquietos, muy temerosos, desde la destrucción de tantos vampiros jóvenes, y no tan jóvenes, hacía tan sólo un par de años. Pero, ésta vez era distinto.

Nada más abrir la puerta, con algo de apatía, me dejó entre mis manos unos documentos. Eran viejos, estaban algo amarillentos, y la carpeta parecía haber sufrido algunos desperfectos por la mala conservación en los archivos subterráneos de la Orden de la Talamasca. La Orden paranormal poseía numeroso inventario que a veces caía en el olvido.

—Son crímenes sin resolver—explicó—. Ya el asesino no actúa, pero pensé que serían de tu agrado. No créemos que fuese nada paranormal, por eso no se guardó en el archivo oficial. Está algo destruido, pero las letras aún se pueden leer.

—¿De qué época es?—dije acariciando el canto ligeramente grueso, y destruido, de aquella carpeta. Era marrón, algo deshilachada en los bordes, y parecía tener diverso material. No me atrevía a abrirla. Sentía que era la caja de Pandora.

—Años veinte y cuarenta. El último crimen sucedió en 1943—dijo señalando el final de la carpeta, donde estaba la fecha en bolígrafo de tinta azul.

—¿De qué se trata?—la curiosidad comenzó a roer parte de mi alma, perforándola y llegando su esqueleto que ya temblaba impaciente.

—Lee y disfruta. Posiblemente no puedas olvidar estos crímenes jamás—contestó apoyando sus manos en mis hombros—. Quizás puedas escribir un artículo o algo interesante. Sé que puedes. No hagas que se olvide.

Segundos después se colocó mejor su gabardina, salió de mi habitación y bajó los escasos escalones hacia la planta baja del edificio. Había decidido vivir en aquella ciudad perdida de rascacielos, corrupción, noches de música en antros de moda, taxis amarillos y canciones de Sinatra. Estaba en Nueva York, la ciudad que parecía más viva de noche que de día, disfrutando de la vida y él me traía crímenes. Era como un pájaro de mal agüero, pero agradecía que lo hiciera. Tenía un blog en Internet y debía llenarlo de contenido interesante.

Nada más escuchar la puerta de la calle cerrándose, como si hubiese dado alguien un fuerte portazo, cerré la de mi habitación y encendí la luz del flexo. Necesitaba algo más que la luz taciturna de la lámpara principal. Quería leer como hacían los mortales: con buena luz. Aunque, honestamente, no hacía falta.

Al abrir la carpeta pude percibir perfectamente el polvo, la humedad y el moho donde se había guardado las últimas décadas. El título era llamativo, estaba en la primera hoja, y parecía que tenía gancho para usarlo en mi propio artículo: Máscaras humanas en Venecia.

El primer crimen ocurrió en la plaza de San Marcos. Este lugar es conocido mundialmente y siempre ha sido codiciado por los turistas. Las fechas eran del Carnaval de aquel año, del año 1921. Una máscara apareció colocada en una escultura, de las numerosas que puedes hallar por Venecia. Era, en concreto, en una de las columnas con leones que allí se encuentran. Uno de éstos tenía la máscara adherida a su rostro. Un trabajador, de mediana edad, de los equipos de limpieza, los cuales duplican sus esfuerzos en las fiestas, la halló pensando que estaba hecha con papel maché y otros productos que le daban un realismo casi macabro. Sin embargo, al tomarla entre sus dedos se dio cuenta que era piel humana. La policía llegó a la zona poco después, la acordonó e investigaron. El rostro era de una joven desaparecida un año antes.

La siguiente fue encontrada a los pies del Neptuno de la escalinata de los Gigantes, en uno de los palacios ducales de Venecia, un año más tarde. También era de otra joven, la cual había desaparecido por fechas similares en 1921. Entonces, y no antes, se habló de asesino en serie. Sin embargo, el caso se mantuvo oculto por miedo a las pérdidas económicas que se hubiesen precedido al hacerse eco los periódicos nacionales e internacionales.

El caso era extraño. Las pieles habían sido arrancadas con técnicas de taxidermista y maquilladas con grand estilo. Representaban a polichinelas, un personaje primordial en el Carnaval Veneciano. Muchos rogaron que sólo hubiese dos casos, pero una tercera joven había desaparecido días atrás. Al año siguiente ya sabían que aparecía una nueva máscara. Así ocurrió durante más de dos décadas.

Los cuerpos, mutilados o no, jamás fueron encontrados. Ni siquiera la última joven que desapareció en 1943. Todas eran muy hermosas, poseían un canon similar en sus rasgos. Eran chicas de ojos claros, piel clara y cabello negro. Sus rostros eran suaves, muy dulces, y pequeños. No eran altas, sino más bien de estatura media. Así que el asesino, fuese quien fuese, tenía unos gustos.

Jamás se encontró a las muchachas y jamás se supo quien era el criminal. Nadie, jamás, habló. No se vieron testigos de quien colocaba esas horribles máscaras ni de la sustracción de las muchachas, algunas que ni siquiera habían salido esa noche de sus casas. Todas tenían entre dieciséis y veinte años, justo en la flor de la vida. El país jamás cayó conmocionado, pues nunca se alertó a la población que vivió ajena a algo tan macabro.


Al terminar de leer sentí náuseas e indignación. No comprendía como se podía estar tan ciego. Deseé escribir un artículo y finalmente he decidido narrar la historia, como bien he creído, en éstas líneas.  

martes, 8 de diciembre de 2015

Archivo Talamasca - Grabadora

La vieja grabadora de Daniel Molloy vuelve a sus manos.


Lestat de Lioncourt


Habíamos bajado a la bodega de una de las sedes más antiguas de Talamasca, la de Londres, y estábamos revolviendo entre viejas cajas fuertes. Había objetos valiosos, algunos ligeramente restaurados y otros completamente destruidos por el paso del tiempo. Acumulaban tesoros, como las urracas, y él conocía donde estaban todos y cada uno. Poseía una mente brillante, pero también una memoria increíble.

Por mi parte, como no, merodeaba observando los numerosos lienzos que allí se amontonaban acumulando polvo. Uno de ellos era de Marius. Me quedé con los ojos clavados en la imagen de Armand, su querido Amadeo en aquella dulce época veneciana, y sentí un extraño escalofrío recorrerme por toda la columna vertebral. Era como una tarántula que se movía lentamente, por cada vértebra, recordándome que yo ahora era parte de esa historia, de ese ser que se mostraba como un ángel y de su desesperanza. Tomé aire aspirando el aroma a cerrado, polvo y humedad. Sentí que era un desperdicio que algunos objetos se convirtieran en mera tramoya de una historia que no podía contarse, algo que me desesperaba, y cuando me giré para comentarle algo lo vi mirándome con meticulosidad.

—Estás juzgándonos—comentó—. Pero confía en nosotros, por favor.

—¿Nosotros? ¿Vuelves a ser parte de ésta Orden?—pregunté metiendo mis manos en los amplios bolsillos de mis tejanos—. Explícate.

—Posiblemente, no lo sé—se encogió de hombros y se echó a reír—. No como antes, por supuesto, pero si puedo ayudar lo haré. Ellos me dejan bajar aquí, aceptan mi colaboración, y yo acepto la suya—mientras hablaba me percaté que tenía una caja, algo dañada, entre sus manos.

Era una caja de cartón gruesa, posiblemente de hacía más de veinte o treinta años, con las esquinas rotas y cubierta con una ligera capa de polvo. Me acerqué a él, acaricié la caja y la levanté. Él nunca veía mal mis decisiones, aunque fuesen improvisadas y demasiado temeraria. La tapa quedó entre mis dedos, pero rápidamente cayó al suelo. No dudé en tomar el objeto que contenía con los ojos llenos de lágrimas.

—¡Mi grabadora!—exclamé.

—Y tus viejas cintas—afirmó.

Rápidamente la puse sobre una pequeña mesa metálica, la cual poseía unas minúsculas ruedecillas chirriantes, y al dejarla allí sentí mi corazón agitarse. Volvía a ser un muchacho estúpido, ligeramente alcoholizado y con los pulmones llenos de tabaco. Sí, volvía a ser el idiota buscavidas de siempre. Por unos segundos David Talbot dejó de existir, su elegante figura ya no estaba y tampoco su amable tono de voz hablándome sobre cómo habían dado con ella. No. No había nada ni nadie allí, tan sólo ella y yo.

Las cintas también estaban, con la voz de la mala conciencia de Louis, cargadas de una información que transcribí durante algunas horas y que me costó lágrimas, sudor y la cordura. Había vuelto a dar con ellas, encontrándome cara a cara con mi pasado, y me sentí mareado. Jadeé un par de veces, me sequé las lágrimas con el puño de mi blanco suéter, y me eché a reír.

—Gremt las consiguió hace años—dijo, después de percatarse que antes no lo había escuchado.

—Estas y las viejas cintas de otros periodistas, de los que estuvieron en el concierto, podrían ser una crónica viva de todo lo sucedido durante esos años—comenté acariciando con cariño sus botones—. ¿Podríamos escucharlas?


David me lanzó entonces un paquete de pilas, se sentó en una de las sillas que allí se hallaban y me miró condescendiente. De inmediato las coloqué e hice sonar aquellas cintas, las hermosas cintas que había conseguido de aquella historia tan impresionante como falsa. Louis había mentido demasiado, pero el sentimiento era cierto. Sólo cuando hablaba de Claudia, de aquella pequeña que le rompió el corazón, se sinceraba.  

lunes, 23 de noviembre de 2015

Movimiento en los espíritus - Archivo Talamasca

David Talbot y Daniel Molloy nos traen algo más sobre lo que está ocurriendo ahora, en la Tribu.

Lestat de Lioncourt


Corríamos por la ciudad. No lo hacíamos a la velocidad de un ser humano. Jamás me había sentido tan libre. Nunca había probado mis poderes de ese modo. Creo que jamás me había percatado que poseía tales habilidades. Por primera vez me sentía unido a lo que era. Había dejado atrás los deseos desenfrenados de entrar en locales de poca monta y dejarme llevar por la estruendosa, aunque atractiva, música que me hacía bailar durante horas. Vestía ropa cómoda, algo ajustada, y oscura. Él me había pedido que fuese su sombra, o al menos algo similar, porque quería que le acompañara hasta uno de los cementerios más populares de París.

Un París que parecía una bomba de relojería. Las calles se habían llenado de muertos por las políticas del presente y pasado gobierno, por financiaciones que rallaban lo ilegal a organizaciones terroristas, y porque se había fabricado una nueva guerra que dividía, clasificaba y hacía que los buenos fueran muy buenos y los malos terribles. La lluvia caía precipitándose con rabia. El viento agitaba las húmedas banderas a media hasta, las luces seguían tiritando y en algunos locales se escuchaba un himno, lleno de símbolos que alentaban a una pureza de sangre inexistente en una sociedad actual, que unía almas.

Cada pisada era como una liberación. Me sentía libre. Él parecía no disfrutar de aquellos movimientos limpios, medidos y sigilosos. Los míos eran más patosos. Yo parecía un bebé que recién caminaba en comparación con él, un hombre atlético y que se comprometía con la carrera a contra reloj que estábamos teniendo.

Benjamín difundía algunos mensajes en la radio. Hablaba de diversas informaciones que habían llegado de La Orden de Sabios de Talamasca. La Talamasca de David Talbot era muy distinta a la actual, pues habían crecido las medidas de seguridad y ahora realmente la gobernaban humanos para humanos, aunque en las sombras seguían aquellos seres poderosos que se encargaron de engrandecerla y conservarla.

“Queridos hermanos. Se están viviendo cambios. Actualmente no podemos hablaros con claridad de todo lo que está sucediendo. Los espíritus parecen intranquilos. Quizás se está abriendo otra brecha en ésta realidad, la que todos compartimos, y están apareciendo espíritus que desconocíamos. No tengáis miedo. Ahí fuera hay un grupo de talentosos hombres, mortales e inmortales, que están recabando información para todos ustedes. Repito, somos una Tribu y la Tribu se está moviendo. No temáis.”

Se escuchaba el violín de Antoine y el piano de Sybelle. Podía imaginarlos juntos tocando hasta el delirio. Allí estaba Marius, reunido con Armand, mientras Gregory paseaba por las habitaciones conversando con algunos jóvenes vampiros amigos nuestros. Pero ¿y Lestat? Hacía días que no aparecía, ni hacía reuniones y parecía desaparecido. No preguntaba por él, no quería parecer nervioso porque el líder no estuviera y, por supuesto, no deseaba que mi ansiedad preocupara al resto. Sin embargo, mis dudas se resolvieron.

Allí, bajo la fina llovizna, se hallaba Lestat junto a su replica perfecta. Lestat de Lioncourt y Viktor, su hijo, se hallaban de pie vistiendo ropas similares. Viktor era más pulcro, llevaba el pelo recogido y era ligeramente más alto y ancho. Lestat era un poco más menudo, su cabello estaba revuelto y poseía ligeras vetas blancas que hablaba de su exposición al sol de forma reiterada. Ambos llevaban chaquetas rojas con solapas negras, camisas blancas de algodón y jeans desgastados con unas botas elegantes, aunque cada cual llevaba unas botas distintas. Las de Viktor eran más sofisticadas, las de Lestat eran las de una estrella del rock trasnochada.

—Buenas noches, amigo—dijo David abrazándose a él con fuerza y ánimo.

—Buenas noches, David—contestó con tono jovial, como si nada pasara, mientras su hijo parecía inquieto—. Seth me ha enviado con Viktor como escolta, ¿te puedes creer? Mi hijo es quien vigila que no me meta en líos—se echó a reír, pero su risa no era del todo libre. Parecía preocupado. En ese momento me di cuenta que estaba tenso.

—¿Por qué nos has reunido aquí?—pregunté—. ¿Por qué he tenido que venir yo?

—Porque alguien tenía que acompañar a David y él se fía de ti—dijo Viktor. Su voz era tan similar a la de su padre que sentí un ligero escalofrío, pero no tenía acento francés. Poseía un acento que no era de ninguna parte, un acento de miles de países, aunque con un cierto desdén norteamericano. No podía diferenciarlo del todo.

—Podemos discutir todo en el café, por favor—movió suavemente su cabeza señalando una pequeña y coqueta cafetería.

Estaba arrebosar de personas. Sin embargo, parecía que no le importaba que otros escucharan nuestra conversación. Había varios vampiros jóvenes no muy lejos, podía sentir sus miradas y sus deseos de leer mi mente. Por supuesto, como no, tenía la mente cerrada y supongo que el resto también.

Nos movimos hacia el interior y allí, rodeados del aroma a café recién hecho y de distintas viandas, nos sentamos. David pidió un ponche, Lestat hizo lo mismo, Viktor optó por chocolate caliente y yo decidí pedir un café solo. Los cuatro calentaríamos nuestras manos con las tazas y emularíamos que podíamos digerir la bebida. La camarera fue rápida y su sonrisa parecía amarga. Era normal que todos estuvieran tensos por los atentados.

—Hace días que Amel está inquieto—dijo rompiendo el silencio.

—¿Inquieto?—preguntó de inmediato David—. Especifica.

—Sucedió hace unas noches. Teníamos nuestra habitual conversación tras la muerte de una de mis víctimas. Había decidido matar a un estúpido que se pavoneaba imitándome, intentando que todos creyeran que era yo—sonrió ligeramente acariciando la taza y se la acercó a la boca—. Como si eso fuese posible, pues ni siquiera Viktor es capaz de imitarme.

—No soy tan descarado ni irresponsable—contestó su hijo provocando que él bajar la taza y se echara a reír—. Ríete, pero incluso lo dice Seth.

—Seth tiene razón—respondió—. La cuestión es... —se quedó pensativo, como si escuchara a esa voz, para luego continuar—. Oh, sí. Empezamos a conversar sobre mis viejas vivencias y finalmente acabamos hablando de Memnoch. No sé porqué, pero se tensó.

—Sigues creyendo que era un espíritu. Ahora lo crees firmemente—murmuró David.

—Así es. Lo creo—indicó.

—¿Y por qué? Decías que era el diablo...—interrumpí.

—Así se presentó y así me hizo creer, pero pienso que son espíritus que encuentran pequeñas brechas en la oscuridad, esa oscuridad donde viven, y quieren entrar en nuestro mundo. Es como una enorme grieta. Creo que algo, no sé qué es, está sucediendo e intranquiliza a Amel. Puede que tenga que ver con Memnoch y ese lugar, el lugar donde me llevó—susurró lo último sin saber decir un lugar en concreto, pues no lo había.

Entonces Viktor recibió un mensaje y miró a su padre, éste lo observó durante unos segundos como si pudiesen hablar en una lengua inventada, como los gemelos, y ambos se incorporaron. Tenían que irse. Se despidieron rápidamente de nosotros y David fue tras ellos, dejando un par de billetes como propina y pago, mientras yo me quedaba allí sentado, pensando en todo lo que habían dicho y meditando sobre los pasajes de la aventura de Memnoch. En aquellos días yo estaba loco, perdido, desestructurado y hundido. Fueron días terribles. Armand estuvo a punto de morir y Mael estaba desaparecido desde entonces. Algunos decían que el celta estaba muerto, pero Marius decía que no era posible.

—¡Daniel!—gritó desde la puerta David—. ¡Vamos!


Me levanté y fui hacia la puerta acomodándome la sudadera. Ni siquiera me había bajado la capucha, me di cuenta cuando quise subirla al percibir que seguía lloviendo. David Talbot me rodeó con su brazo derecho, pasándolo por encima de mis hombros, para luego pegarme a él intentando darme algún consuelo. Necesitaba ver a Marius. Quería hablar con quien tenía como maestro y vínculo, pero también necesitaba hablar con Armand sobre Memnoch. Yo sabía que David y yo nos trasladaríamos de nuevo hacia Nueva York, donde estaba el resto.  

domingo, 18 de octubre de 2015

Emisión 9: Talamasca

La Voz de la Tribu hoy trae un especial Talamasca. Disfruten.

Lestat de Lioncourt


Todo estaba preparado para la conexión de la noche, pero algo ocurrió. Fuera una terrible tormenta se apoderó de la ciudad. Los cortes de energía eran bastante persistentes y los generadores sólo podían iluminar parte del edificio. En la sala inferior, cerca del jardín, se hallaba Benjamín maldiciendo al tiempo. La segunda planta estaba acordonada de inmortales. No sólo estaban los vampiros habituales, sino que se encontraban algunos fantasmas y vampiros poco usuales. Gremt había aceptado estar allí, con algunos fantasmas de vampiros para dar su testimonio, sin embargo la noche estaba siendo desapacible.

—Benjamín, debes venir—dijo Antoine abriendo de improvisto la puerta—. Al parecer Armand ha logrado que los generadores funcionen, pero sólo para poder emitir un pequeño comunicado—explicó alejándose del marco de la puerta, echando a correr suavemente hacia la escalera de caracol de escalones de mármol forrados en una tupida alfombra roja, para luego esperarle al principio de ésta y observarle con inquietud.

El joven vampiro se colocó bien su sombrero, acomodó su americana negra y desabrochó el primer botón de su camisa de lino gris. Sus mocasines resplandecían bajo el dobladillo de su elegante pantalón negro.

Allí arriba se encontraba la élite de la Talamasca. Una élite secreta, la cúpula de Ancianos, rodeado de sus alumnos más aventajados. Ellos no iban a conversar aquella vez, Magnus no había decidido acudir para dar testimonio sino para ofrecer apoyo. Raymond Gallant también estaba allí, junto a otros hombres de Talamasca que habían sido reclutados tras su muerte. Muchos de ellos estaban encapuchados, habían decidido ocultar su identidad. Si bien, David Talbot lloraba.

El bueno de David, aquel hombre que siempre había estado a las órdenes de sus superiores hasta ser un buen director de la orden, se había echado a llorar como un niño. Desde que había sido convertido en vampiro no había vuelto a ver a su amigo. Fue poco después de cambiar de cuerpo, consiguiendo uno más joven, que no conversaba de tú a tú con Aaron. Él estaba allí, con un traje color chocolate con una corbata en tono vainilla y una camisa blanca. No llevaba chaleco, algo no muy habitual en él, pero sí tenía esos ojos profundos y su rostro ligeramente rejuvenecido.

—Deseo permiso para emitir un comunicado urgente—explicó Gremt.

—Adelante—dijo encendiendo los micrófonos mientras la suave melodía de Sybelle llegaba a todo el mundo, suavemente como una nana.

Ella estaba alrededor de su elegante piano de cola negro, con un vestido de lentejuelas blanco que le daba el aspecto de una sirena cubierta de delicadas escamas, mientras que Antoine tomaba su posición con el violín. Intentaban relajar a los oyentes, así como a los participantes de aquella extraña emisión.


—Bienvenidos, seres de todas las categorías morales y físicas, soy Gremt. Lamento no dar mi entrevista como debería, usurpando el puesto de Benjamín Mahmoud y su compañero David Talbot. Deseo dar las gracias a Armand por acogernos en su refugio, ofrecernos un generador en ésta noche de perros y ser tan amable con todos nosotros. También quiero agradecer a Daniel Molloy, el cual está tomando nota de todo lo que está ocurriendo—hizo un inciso breve y miró a todos los presentes, como buscando apoyo para lo que iba a decir—. Amel y yo no éramos los únicos espíritus que escapamos de una grieta, llegando a éste mundo desde otro más oscuro y temible. Como bien sabéis Lestat empezó a sospechar que Memnoch proviene del mismo lugar que nosotros—dijo acomodando las ropas reales que llevaba. Parecía tan real como cualquier ser humano. Nadie podía jurar que era pura energía—. También hemos conocido los casos de Taltos que dominaban a generaciones enteras para recuperar su cuerpo o fantasmas temibles que mataban a otros por placer—cerró los ojos y suspiró—. Ésta tormenta no es común. Algo está ocurriendo entre nuestros mundos. Lestat se reunirá con nosotros en unos días y podremos llevar a cabo un planteamiento más adecuado. Sólo les pedimos paciencia para esclarecer los hechos y cómo podrían afectarnos—dicho aquello se incorporó, provocando que el resto también lo hiciera, para marcharse de allí tras estrechar algunas manos y ofrecer algunos gestos de apoyo llenos de cariño.  

domingo, 20 de septiembre de 2015

Informaciones

De nuevo un Archivo Talamasca que nos mueve en otro plano, en el plano que estamos indagando ahora mismo: nuevos seres, nuevos tipos de vida.

Lestat de Lioncourt


Allí estaba él. Sentado como de costumbre en aquel sillón de espalda alta, con orejas y fuertes brazos. Aquel mueble tenías las patas de madera talladas con garras, como las de unos fieros leones, y su tapizado negro le ofrecía un aspecto temible, pero a la vez muy atractivo. Era cómodo, sin duda alguna, y el favorito de David Talbot. Se solía sentar a leer el periódico a altas horas de la noche, tras haber salido a cazar un par de diablos perdidos en ésta jungla que Lestat se empeña en llamar Jardín Salvaje.

Su rostro era sereno. Parecía calmado. Los archivos se apilaban en una mesa cercana. La chimenea estaba apagada, pues el otoño aún no había interrumpido con fuerza. Fuera los árboles se mecían suavemente. La noche era agradable. Todavía se podía salir con una ligera sudadera y disfrutar del sonido de un tráfico insomne. Pero él estaba allí, como cada noche a la misma hora. Después se marchaba, viajaba por los aires y buscaba a su compañera Jesse. Conmigo sólo pasaba unas horas breves, me comunicaba algunas noticias nuevas sobre los vampiros y los restantes seres. A veces, sin que fuese muy seguido, salíamos juntos a buscar emociones, al igual que lo hacía con Lestat, Armand o cualquier otro vampiro. Era extraño.

Me quedé en la puerta, con mis pies desnudos y mi peto sucio. Había estado correteando por la ciudad tras un par de criminales. A veces me comportaba como el desequilibrado que todos recordaban, pero no era así. Volvía a ser el hombre mordaz, de mente inquieta, que quería saber la verdad. Mi pelo revuelto me daba un aspecto algo aniñado, pese a mis casi treinta años. Era responsable de mí mismo, pero a la vez no lo era. Un niño perdido, por así decirlo, en un mundo de vampiros antiguos, tan antiguos como miles de civilizaciones, caminando por ahí fuera mirándonos como objetos frágiles y compadeciéndose de sus miserias, que son también las nuestras. No sé que podía ver él en mí, pero yo sí veía miles de cosas en mí. Siempre crítico conmigo, más que con otros... salvo si ese “otro” es Armand.

—¿Estás solo?—pregunté indeciso.

A veces había espíritus a su alrededor que sólo él podía ver. Entes que parecían torturadas, pero a la vez aliviadas al encontrar en él una fuente de información y paz. Él era solícito, los escuchaba y hacía oír sus voces. No todos podíamos ver a todos los fantasmas. Incluso había vampiros que tenían por imposible contactar con fantasmas y espíritus.

—Sí, ahora sí—dijo con calma—. Estoy intentando entrevistarme con algunos fantasmas y espíritus. Pero todo es en vano.

—¿En vano?—murmuré acercándome a él—. ¿Aún no te han podido aclarar nada sobre el fantasma de Raglan?

—No, pero me han asegurado que sí existen otros seres que no se han puesto en contacto con los vampiros. Al menos, de momento—parecía dispuesto a conversar, pero no me atrevía a indagar.

Tomé una silla, la arrastré hasta donde él estaba y me senté frente a frente. Él parecía observarme con meticulosidad. Habíamos hallado ciertas preguntas a cuestiones ya existentes. Algunas tenían diversos archivos en la Sede Central de Talamasca. El mundo estaba en crisis, pero al menos no era una infundada por una guerra de vampiros. Había tregua. El silencio era ensordecedor. Amel ya no nos torturaba. Sin embargo, las guerras humanas estaban sacando a la luz a otras criaturas, seres que buscaban refugio en tierras más prósperas. David Talbot, que siempre tuvo los archivos a mano, tenía acumulados a su lado informes muy antiguos. Algunos de ellos aún no habían sido informatizados. Gremt le había permitido sacarlos, yo mismo estuve presente en aquella conversación tardía cuando el sol estaba a punto de salir.

—¿Y Jesse?—pregunté recostándome en la silla.

—Está recopilando información que ahora falta en sus archivos, los está logrando gracias a Gremt. Se encuentra reunida no muy lejos de aquí—explicó—. ¿Por qué no me preguntas más sobre mis indagaciones? Tu alma de periodista parece necesitarlo.

—No lo sé. Tal vez espero que tú lo hagas.

Sí, lo esperaba. Más bien lo deseaba. Quería que él fuese quien me desvelase todo como si fuese un truco de magia. Él y su tono agradable, de acento puramente británico y con unos gestos pausados para nada comunes en un hombre joven. Él no lo era, por supuesto. Era el alma de un anciano en el cuerpo de un muchacho, porque eso era pese a su traje a medida y sus cuidadas palabras. Sin embargo, en sus ojos brillaba una chispa que había visto en Lestat. Era la chispa de un hombre inquieto, de la necesidad pura de conocer y comprender. Admiraba a ambos porque se resistían a aceptar el mundo tal y como lo vendían otros.

—Hay hombres lobo, pero no han tenido contacto con nosotros—se encogió de hombros—. Del mismo modo que durante mucho tiempo los Taltos no tuvieron conocimiento de los vampiros y los vampiros de los Taltos. Es el mismo motivo—explicó con calma mientras cruzaba su pierna derecha sobre la izquierda—. He hablado con otros fantasmas de nuevos espíritus, muy similares a Memnoch, Gremt o Amel.

—¿No era el demonio?—dije apretando los regazos de mi silla.

—Según Lestat y otros espíritus, inclusive Amel, opinan que es uno de los suyos. Sin embargo, aún es demasiado pronto para darle un nuevo punto de vista—argumentó incorporándose—. Ya he bebido suficiente por hoy, también he conversado demasiado. Me apetece deambular sin más, ¿quieres acompañarme?


Tan sólo asentí. A él no le importaba mi aspecto ni a mí me interesaba quedarme allí. Quería caminar. Deambular me ayudaba a observar la verdad de las calles. Estar en la ciudad, como si realmente fuese libre, me hacía sentirme en paz.  

Brujos

Daniel ha decidido hablar hoy de brujería, en concreto de Talamasca, Mayfair y el origen de la disputa de Akasha y Las Gemelas. 

Lestat de Lioncourt


La Santa Inquisición los perseguía, la gente inculta les arrojaba piedras mientras que, de espaldas a la muchedumbre, pedían su ayuda, y los nobles, así como los burgueses, se dejaban llevar por las supercherías de aquellos que tanto temían. No importaba realmente el lugar que ocupara en el mundo, pues aquellos dotados de ciertas virtudes se convertían en centro de las miradas, miedo y adulación de la gran mayoría.

Las quemas de brujas se extendieron por todo el mundo “conocido”. Si bien, en los lugares más recónditos se les tenía como ayudantes mágicos, mediadores de los dioses y espíritus, que lograban que la lluvia cayera sobre el poblado o que el monarca recuperara una gran extensión de territorio. Mientras algunos ardían, como Juana de Arco, convirtiéndose ocasionalmente en santos; otros, más afortunados, provocaban cierta admiración en la tribu donde ejercían de consejeros y médicos al uso.

Talamasca se vio perseguida durante varios siglos. Eran señalados como una organización para nada agradable a la vista de aquellos que se creían hombres de bien, seguidores de Cristo y gente santa. Ocasionalmente se dejaban ver alrededor de las quemas de los inocentes brujos y brujas, intentando impedir la masacre y rogando con monedas de oro, e incluso otros bienes más preciados, que dejaran escaparse a las mujeres y hombres que ardían irremediablemente en las ascuas.

Muchos conocerán la historia de la familia más famosa en cuestión de brujería: Los Mayfair. En los archivos de Talamasca podemos ver su vinculación con la orden, el poder ejercido de un espíritu entre ellos y como éste los doblegó hasta cumplir sus propios deseos. También conocerán el origen de Las Gemelas y el enfrentamiento con la antigua monarca de Kemet, el hermoso Egipto antiguo, que se convirtió a ojos de todos en una diosa. Muchos, por no decir todos, conocen el poder que tiene David Talbot, el cual sigue contactando con los espíritus de los muertos y escuchando cosas que nadie más daría crédito. David, el viejo director de la orden y el amigo íntimo de Lestat de Lioncourt, uno de los vampiros más famosos y el más poderoso actualmente.

Cuando era joven creía que las brujas eran las típicas mujeres que se ven en los disfraces de Halloween. Las mismas que morían en las calderas por unos niños entrometidos, aplastadas por una casa en mitad de Oz o que perseguían a las bellas y encantadoras princesitas de Disney. Actualmente no las veo así. Es cierto que me divierto con las películas cargadas de humor de brujas ligeramente feas, que son capaces de hechizarte con canciones pegadizas o que te enamoran pese a su fealdad. Pero no todas las brujas vuelan con escobas, tienen gatos y la piel verde. La mayoría son gente común y corriente. Sobre todo aquellas que usan el vudú, los espíritus o su poder mental para averiguar todo de ti.


Ahora mismo me encuentro frente a varios grandes volúmenes, algo polvorientos y ajados, de registros de familias enteras con poderes psíquicos. Algunas de ellas son activos miembros de Talamasca, colaboradores o viejos enemigos de la orden. Hay quienes ni siquiera pertenecen a un bando u otro, pero son investigados porque hay un espíritu que les ayuda igual que El Hombre con los desdichados Mayfair. Yo, un vampiro, me encuentro fascinado por el poder de gente mortal, común y corriente, que viaja en el metro, descapotables o en moto. Aquellas que pululan por las aceras, hablan con sus teléfonos móviles o aplauden en las atestadas salas de cine de las ciudades más hilarantes. Los mismos que sonríen felices en fotos familiares o se encuentran en las aceras de cualquier ciudad sin nombre. No importa su dinero, ni su origen y tampoco el color de su piel. Tan sólo importa el poder que les hace ser tan interesantes, temidos y poderosos.  

lunes, 3 de agosto de 2015

Archivo Talamasca: Raglan

Los misterios se unen. David y Daniel están unidos en ésta ocasión a desvelar los misterios que hay en el mundo. La próxima semana Gremt estará en la radio.

Lestat de Lioncourt

Por primera vez escuchaba las voces de fantasmas y espíritus. Jamás había tenido la posibilidad de encontrarme con uno de ellos. Nunca había podido conversar con seres tan extraordinarios como temibles. Otros compañeros habían logrado hacerlo, por eso mismo me sentía tan entusiasmado. David se hallaba a mi lado, manteniendo una ligera, aunque tensa, sonrisa. Podía notar en él cierta expectación, aunque también dudas y deseos. Creo que jamás he visto a un hombre tan apiadado por el sufrimiento que contemplaba. Aquel ser se lamentaba en un extremo de la vieja biblioteca de la antiquísima mansión de los Talbot en el norte de Inglaterra.

—Ocurrió todo tan rápido...—murmuró abrazado así mismo,

No podía ver bien su rostro, pero escuchaba con nitidez su voz. Apenas apreciaba su boca, pues la oscuridad era persistente. Tan sólo estaba encendida la lámpara de metal del escritorio, la cual iluminaba una serie de documentos escritos con una rubrica frenética y poco más. La pluma estaba en el suelo, apenas era apreciable pese al poder de mis ojos vampíricos. Aquel ser me turbaba, provocando que no pudiese concentrarme en los detalles.

—Es inquietante encontrarte aquí—respondió David, apartándome del campo visual de aquel ente.

Quedé tras los anchos hombros de mi compañero, el cual me rebasaba en altura por escasos centímetros. Observé por encima de su hombro derecho la imagen desvirtuada de aquel delgaducho espectro. Poco a poco tomó mayor fuerza y apareció ante nosotros como un hombre de unos sesenta años, cabello cano, ojos verdes oscuros y rostro arrugado. Caminaba algo desgarbado, pero con una elegancia típica de hombres que han vivido una vida plena y han adquirido cierta notoriedad en sus círculos.

—Raglan, ¿qué quieres? No permitiré que hagas trucos sucios—expresó con rotundidad.

Ese nombre me sonaba, pero no eché cuenta de quién podía ser hasta que aquel espectro volvió a llorar. Él había sido quien robó el cuerpo de Lestat. Aquel ser delgado, pálido y lleno de arrugas era quien intentó, por todos los medios, quedarse con los poderes y privilegios del cuerpo de quien ahora era nuestro líder.

—Piedad...—murmuró lanzando los papeles a los pies de David—. Quiero pertenecer a la orden otra vez, deseo que dejen de perseguirme los otros espíritus y encontrar la paz. Quiero encontrar la paz...—temblaba horriblemente y se convirtió en un borrón que acabó desapareciendo.

En los papeles se hablaba de otros espíritus, menos amistosos que los conocidos, que estaban intentando atacar para dominar las sombras, esas mismas sombras donde nosotros nos movíamos, para lograr alcanzar un cuerpo y escuchar al huésped, o mejor dicho al propietario, lejos de su cárcel de huesos, piel y carne.

El viejo director de la Talamasca no dijo nada. Tan sólo recuperó los documentos y los dobló. Habíamos ido a su vieja biblioteca porque había sido invitado, por el actual mayordomo, a viajar insistiendo que algo, o alguien, visitaba la mansión sin levantar sospechas ni hacer sonar alarma alguna.

—Hablaremos con Gremt—susurró.

—¿Cuándo?—hablé al fin.


—Él será nuestro próximo entrevistado...  

lunes, 20 de julio de 2015

El misterio de la vida

Este archivo es distinto. Aquí se puede ver algo del proceder que tienen los "Ancianos" de la Orden de la Talamasca. Es simple y a la vez misterioso. 

Lestat de Lioncourt

—¿Qué se supone que estamos haciendo aquí?—preguntó en un murmullo tan bajo que un mortal no podría escucharlo.

—¿Qué te parece que estamos haciendo?—respondió acomodando su corbata de seda negra.

Talbot siempre vestía impecable, como si fuese un hombre de negocios de altos vuelos. Su cabello, algo rebelde, terminaba acomodándose a una imagen impoluta. Sus desafiantes ojos oscuros y dorados eran los de un depredador buscando en mitad de la selva. Se había convertido en el animal de sus pesadillas. Era adicto a los misterios, las historias y secretos que todos ocultaban tras una imagen cuasi irreal de sí mismos. El traje azul marino, casi negro, de Armani se adaptaba perfectamente a su cuerpo y la camisa blanca, de algodón, resaltaba su piel ligeramente bronceada. No era el hombre de más de setenta años que se paseaba por esos mismos pasillos, pero sí tenía la elegancia de una esmerada educación inglesa.

—¿Robar?—dijo Molloy quedando a su altura.

—No, no vamos a robar nada—explicó.

—¿Y a qué hemos venido?—murmuró inquieto.

Era un dueto extraño. La ropa de Daniel Molloy, aquel periodista joven y delgado, era muy distante a la que tenía el viejo director de la orden. Llevaba un peto algo amplio, una camiseta sin mangas gris con un letrero publicitario de una de las discotecas de moda de Brasil. Sus cabellos rubios estaban revueltos y sus ojos grises, ligeramente violáceos, brillaban inquietos llenos de incertidumbre.

—Jesse nos está esperando—respondió.

—¿Qué? ¿Ella también está aquí?—dijo inquieto.

—Se está muriendo un viejo amigo y quiero decirle la verdad. Él te investigó a ti, posee parte de la documentación que necesitamos y deseo que comprenda que es lo que no logró tener durante estos años. Necesito que vea que es cierto lo que ha leído de mí, de Jesse e incluso de ti—giró suavemente su cabeza hacia su compañero y le sonrió—. Tómalo como tu buena obra del mes.

—No es buena idea—una tercera voz se unió a las suyas sorprendiéndoles—. Si vais a hacer algo en Talamasca, ¿por qué no nos avisáis?

Conocía a ese ser. No era un vampiro. No era humano. Era el espíritu que siguió a Amel hasta el plano en el cual se hallaban todos en ese mismo instante. Vestía un elegante traje negro, una camisa gris plateada y una corbata del mismo color que su camisa. Los cabellos los llevaba bien cortados, acomodados en un elegante peinado, aunque rozaban ligeramente sus perfectas cejas negras.

—Porque quizás no queréis ayudarnos—respondió David.

—Gregor ha muerto hace más de media hora—aquellas palabras detuvieron los pasos de David, así como los de Daniel.

Jesse Reeves apareció entonces secándose las lágrimas sanguinolentas y caminando decaída. Se aproximó hasta ellos confirmando la noticia de Gremt, el espíritu que fundó Talamasca junto al creador de Marius y su compañera. Los cuatro quedaron así juntos, en mitad del pasillo, aunque no revueltos. David sintió que su corazón latía acelerado, aunque intentaba calmarse con el perfume suave y refrescante que llevaba Jesse impregnado en su camisa.

—Si te sirve de consuelo le informé de todo lo que habéis encontrado. No olvides que yo también lo sabía—respondió con una ligera y encantadora sonrisa—. Aunque me alegro ver que sigues siendo el mismo, David.

—¿Y qué sucederá con él?—preguntó apartándose de su compañera mientras Daniel observaba todo como si fuese un cuadro, o una de esas películas que tanto le agradaban.

—Digamos que seguirá en Talamasca, pero en un grupo distinto—la sonrisa se ensanchó hasta convertirse en una pequeña carcajada—. Los buenos amigos no se van, David.

—¿Cuidaréis de él?—dijo tomando al espíritu del brazo, lo cual le parecía aún hoy irreal. Era imposible que pudiese ser tan fácil agarrarlo, sentir el latido de aquel corazón virtual y aceptar que sentía al igual que él.

—Siempre lo hemos hecho, pero ahora lo haremos con mayor cuidado—susurró inclinándose hacia Jesse, para depositar un tierno beso en su mejilla, después con un gesto simple se deshizo del agarre de David y se despidió con un ademán de Daniel—. Podéis quedaros a leer archivos si queréis—murmuró caminando por el largo pasillo hasta girar a la derecha, perdiéndose así de la vista de aquel particular trío.

Ninguno de los tres deseó quedarse, aunque sí acudieron a la habitación del anciano. Se despidieron de su cuerpo, pero no así de su alma. El fantasma de aquel hombre bueno y sabio, de un hombre lleno de virtudes, se convertiría en un gran arma para el conocimiento. Acudiría junto a otros hombres de Talamasca que decidieron quedarse en éste plano, acompañando a los vivos y a las diversas criaturas, para seguir informando y llevando la vida que una vez decidieron tener para siempre.


El misterio de Talamasca tan sólo era tal para los miembros de la orden, aunque cuando saliese a la luz el libro todo se descubriría. Muchos no lo creerían, pero la mayoría se sentiría asombrado y perdido. Era extraño para David Talbot, hombre de creencias firmes y de trato cordial, estar nuevamente en aquel lugar sintiéndose un ladrón, inmiscuyéndose en las habitaciones e intentando comprender lo que allí pasaba. Solía pasar desapercibido. Nadie reparaba en él. Sus antiguos conocidos apenas recordaban al hombre que tanto admiraron, salvo por viejas fotografías y escasos recuerdos que todavía conservaban con gran interés. Jesse Reeves había vivido menos entre aquellas salas, pero aún así sentía que su corazón latía como el de una chiquilla cuando recordaba su habitación y los numerosos informes regados sobre su escritorio. Para Molloy aquello era como una excursión escolar, algo para el recuerdo y para mostrar atención por si en algún momento podía usarlo. Él no había vivido allí, pero había conocido a personas de Talamasca durante su existencia vampírica, además tenía una curiosidad despierta sobre los asuntos que solía investigar la orden. Los tres vivieron distintas emociones que conservaron hasta llegar al vehículo que Jesse había usado para aproximarse a la sede. El resto es historia.  

lunes, 22 de junio de 2015

Viejas noticias

La próxima semana tendrán más información sobre este hecho, así como una entrevista a Armand. 
¡La Voz de la Tribu no debe ser callada!


Lestat de Lioncourt

Habían decidido salir del lugar de reuniones habitual. Benjamín se había quedado en el edificio que había adquirido Armand en la ciudad. Se alejaban aceleradamente en un flamante deportivo. Molloy conducía imprudente, como en décadas atrás cuando era todavía un simple periodista, mientras que Talbot intentaba concentrarse en los documentos que había logrado gracias a sus contactos, cada vez más estrechos, con la vieja orden que él mismo había dirigido. El tráfico estaba intratable en algunas manzanas, pero cuando llegaron a las afueras el vehículo parecía una bala recién disparada.

—Cuando llegues a la próxima gasolinera estaciona, por favor—David ni siquiera había despegado su vista de los documentos.

Aquellos papeles eran parte de una historia que conocía de primera mano, aunque no la vivió como vampiro. En aquellos años todavía era un humano, aunque con ciertos conocimientos sobre el vampirismo. Tenía el cabello plateado, el rostro lleno de arrugas, unas manos algo torpes y un cuerpo que comenzaba a sentir el peso de los años. Había sobrevivido a años de entrega a una orden que lo había sido todo, pero en aquellos días las noches se volvieron más intensas y se convirtieron en un espectáculo digno de una película de acción. Los informes sobre vampiros se acumulaban en su pequeño escritorio, Jesse Revees había encontrado el diario de Claudia y tuvo encuentros con su fantasma, y Lestat de Lioncourt aullaba por la radio sus populares éxitos de rock and roll.

—Sí—respondió sujetando con decisión el volante.

El retrovisor mostraba una ciudad de Nueva York en calma, llena de tráfico y luces estridentes. Pronto encontrarían la primera estación de servicio, en la cual abandonarían el coche para seguir su viaje por los aires. Debían visitar San Francisco aquella misma noche. Era necesario reunirse con una vieja compañera que había trabajado para el periódico donde él tenía la columna. Hacía décadas que no había entablado relación alguna con ella. Se encontraba ansioso. Según le había informado poseía algunos documentos sobre los hechos y tenía un problema en su viejo apartamento, del cual no había logrado deshacerse.

La estación de servicio tenía un pequeño restaurante, así como un pequeño supermercado, sólo dos vehículos estaban aparcados. Uno de ellos repostaba, el otro estaba sin ocupantes. El dueño de la gasolinera se encontraba en el interior vigilando a dos jóvenes que habían entrado a comprar algunos refrescos, dos de sus empleados estaban en el puesto del restaurante de comida rápida y otro más, el que se dedicaba al repostaje, se encontraba conversando con la joven que, con cierto descaro, coqueteaba con él acariciando su largo cabello negro.

El flamante deportivo descapotable fue presa de miradas de todos los que allí se encontraban, pero pronto perdieron el interés. David descendió primero, acomodando bien los documentos en una cartera de piel negra, Daniel se acomodó los pantalones y echó el seguro del coche. Ambos echaron a caminar, como si discutieran, se marcharon por la carretera y llegados a un punto, donde sólo eran dos figuras desdibujadas, se abrazaron y se alzaron por los aires.

En menos de unas horas se hallaban en San Francisco. Ella les esperaba cerca del estadio. La reconoció pese a los más de veinte años que no cruzaban mirada alguna. Vestía mucho más formal que en los años ochenta, tenía un elegante traje blanco muy sofisticado. Su cabello, que siempre fue largo y rubio, estaba bastante corto y era de un tono más oscuro. Pero su rostro, siempre enigmático, poseía los mismos rasgos que él una vez había amado en secreto.

—Hellen—dijo con la voz tomada por la emoción del momento.

Ella lo miró incrédula. Había escuchado su voz, la cual se había mantenido joven y vital, pero su aspecto hizo que la sobrecogiera. Aquellos jeans desgastados, esa camiseta blanca ligeramente arrugada y el cabello rubio, revuelto y espeso era la imagen que siempre había tenido. Era un muchacho, el mismo muchacho con el cual conversaba en las arduas jornadas del periódico. El hombre que le acompañaba le suscitaba ciertas dudas. También era joven, atractivo y tenía una mirada sosegada que la calmaba. Sin embargo, era demasiado estirado. Vestía un traje oscuro, con una camisa también oscura y una corbata a juego. Por su aspecto juraba que era un hombre de negocios, un abogado o banquero.

—Él es David Talbot, un amigo que está familiarizado con los problemas de tu apartamento—comentó con una ligera sonrisa—. Me alegra verte tan...

—Vieja. A tu lado me veo vieja—dijo—. Los documentos son estos, no he tenido valor para escucharlos hasta ahora. Son cintas que grabó Eric Levinson, mi prometido por aquellos días.

—¿Por qué no ha sido él quien ha contactado con nosotros?—interrogó tomando la caja, de simple cartón marrón, que le tendía.

—Porque falleció, Daniel—respondió intentando mantenerse entera—. Aquella fatídica noche falleció. Todos dicen que fue un atentado terrorista, otros que fue error en los fuegos artificiales del evento. Sin embargo, aquí se escucha otra cosa—no sabía como calificar las grabaciones—. Otra cosa distinta.

Molloy abrió la caja y vio una cinta de cassette, una vieja grabadora y una cámara de fotografías. También había un sobre, donde supuso que estarían las fotografías que habían tomado. Él revisaba todo aquello mientras Talbot mantenía la mirada con la joven.

—Habla de un ser sobrenatural que provocaba los distintos incendios, los cuales fueron calificados por algunos científicos como muestras irrefutables de la existencia de vampiros. Sin embargo, usted nunca creyó esos informes, pese a haberlos leído y revisado miles de veces, pues le parecía absurdo.

Su tono de voz y su forma de expresarse había logrado llamar la atención de la mujer, aunque aún más al sentir que le había leído la mente o al menos espiado. Ella tembló apretando sus manos y asintió ligeramente.

—¿Su apartamento queda lejos?—preguntó.

—No, sólo a unos diez minutos caminando—dijo observando a Daniel.

Su piel era llamativa. Tenía una piel lechosa que realzaban sus ojos violetas. Aquel pelo rubio, tan revuelto, parecía brillar bajo las luces del alumbrado del estadio. Él había estado allí. Salía en aquel vídeo. Estaba junto a un joven de cabellos rojizos, mucho más pálido que un ser común, y parecían rugir como si fueran animales. También aparecía un hombre de rasgos árabes llevándose por los aires a un muchacho afroamericano. En aquella cinta, narrada con todo lujo de detalles, hablaba de un desastre de proporciones bíblicas. Las fotografías eran reveladoras. Había cientos de seres en llamas gritando a los cielos nocturnos.

—Bien, vayamos—respondió Talbot.

—No. Sé que sois... Os oí en la radio... pensé que era tan sólo teatro... un modo de ganar dinero... ¡No os acerquéis a mí!—balbuceó y echó a correr.

Pronto se perdió entre la multitud. Molloy quedó con su caja entre sus manos y Talbot simplemente suspiró. No podían ayudarla si ella huía de ese modo. Ambos se perdieron también, pero entre calles más desiertas, y decidieron volver a la gasolinera. Tuvieron que parar a mitad de camino, pues amanecía. A la noche siguiente, cuando regresaron a la radio, Benjamín les esperaba deseando escuchar aquel viejo documento sonoro y poder ver con sus propios ojos las fotografías de Armand, Davis y otros inmortales.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt