Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 9 de octubre de 2017

Impulsor...

Lasher ha regresado aunque sea en poema... 

Lestat de Lioncourt 

Susurra de nuevo el encantamiento.
Oscuros sortilegios surgieron de tus labios...
Y estos jamás los pude olvidar.

Eras tú, era yo y el círculo de piedras.
Llévame hasta ese momento otra vez.

Ilusas fueron tus predecesoras...
Muertas todas por su ambición y poder.
Pero yo las amé, las amé a todas.
Una a una las acompañé hasta la última hora.
La misma hora que ahora está llegando.
Suena en el reloj del salón la media noche.
Ora por las almas antiguas y venideras...
Rowan ya es la puerta.

Soy el Impulsor. Soy el Hombre. Soy Lasher.
Soy por quien veréis este atardecer
y comprenderéis lo que os quise hacer entender...
Yo no era un demonio, yo no era un fantasma...

Taltos... Macho Taltos... dispuesto a procrear con brujas.

sábado, 26 de agosto de 2017

Mírate, Mírame

Lasher, poema y nada más.

Lestat de Lioncourt 

Mírate. Mírate bien.
Mírate más allá del espejo
y observa tus arrugas,
las ojeas que han salido
esta noche, como las anteriores,
junto a tu mirada triste.

Ya lo sabes, lo notas.
Te estás haciendo viejo
y aún no te subyugas.
Has aprendido de lo vivido
y de cada uno de los errores
pero cada día es un quiste.

Mírame. Mírame bien.
Yo sigo igual sonriendo
esperando que tomes mi mano,
dejando que la música suene
y esperando mi momento.
Un momento que aún no llega.

Me conoces, pero no.
He estado siempre viviendo
pegado a tu sombra, a tu lado.
Agitando las nubes, haciendo que llueve,
y dejando en ti miles de tormentos.
La familia tiene mi huella.


martes, 15 de agosto de 2017

Julien Mayfair

Julien vs Lasher...  ¡Ah! Tentación.

Lestat de Lioncourt 

—Hay verdades disolutas como una pipa cargada de tabaco y una taza de chocolate humeante. Verdades que provocan cáncer de nostalgia y un agujero en la sien de un revolver que nunca llegó a dispararse. Certezas que no se confirman, pero que están ahí acariciando el vello de tu nuca y sonriendo como la chica más bonita del baile y que nadie quiere sacar a bailar, pues para ellos y sus cánones no es suficiente. Realidades como el golpe que un terrón de tierra que cae sobre tu propio ataúd mientras lo contemplas. Tú, yo y cualquiera somos verdades y podemos ser tóxicos como beneficiosos—. Decía aquello convencido de cada una de sus palabras. Sobre todo, porque se giró hacia mí y me observó sin pudor alguno, sin miedo, sin orgullo y tampoco sin necesidad de mostrar cierta fragilidad. Era él mismo. Su alma resplandecía tras sus ojos profundamente azules y que mostraban ya alguna arruga, así como su cabello estaba cada vez más cano.

No recuerdo la edad que podría tener por ese entonces, pero creo que ya rozaba los cuarenta. Su cabello rizado, bien peinado siempre y con corte a la moda, era una marea de colores. Su cuerpo era flexible aún, pero se hallaba laxo sobre el sillón como si estuviese muerto o careciese de emoción, aunque su sonrisa mostraba todas y su voz la propulsaba más allá de su cuerpo, de su figura, de su innegable hombría a pesar de sus coqueteos con hombres y grandes pasiones a escondidas de una sociedad aún anclada en creencias católicas llenas de misoginia y homofobia. Él era un héroe entre muchos hombres, un símbolo para la familia y un ejemplo para sus hijos. Él era Julien Mayfair y estaba explicando lo tóxico que podía ser pese a que muchos lo amaran.

Era la divina tentación para cualquiera, sobre todo para alguien que ansiaba tener un cuerpo y estaba anclado en un no-existir, en un no-vivir, observando a los demás disfrutando de su existencia, de su vida y, en definitiva, de “ser”. Yo no era nada salvo una sombra, un viento entre las ramas o un hombre bien vestido, con cierta belleza, caminando por el jardín de la mansión de First Street.

Me quedé dubitativo aunque siempre he mostrado una personalidad juguetona, algo infantil, pero sólo es una muestra y no una realidad. Me senté en su cama sin apartar los ojos de encima de su cuerpo, de la forma elegante que se llevaba la pipa a los labios y daba una calada. Él sabía que podía morir en cualquier momento, él sabía que sus poderes tenían un límite, él se sabía distinto e igual a los demás hombres y mujeres de la familia.


Abrí la boca como para decir algo, pero finalmente guardé silencio. Era mejor no decir nada. Sólo lo dejé pasar.

sábado, 29 de julio de 2017

Amor... ¿Qué es el amor?

Un nuevo recuerdo de Lasher. 

Lestat de Lioncourt 

El humo de la pipa se extendía por todo el pasillo endulzando el ambiente con su detestable aroma. Sus pasos sonaban sosegados, elegantes y contundentes; podría decirse que pisaba con la misma fuerza que sus ojos azules. Algo en él había cambiado y yo podía apreciarlo. Estaba más decidido que nunca averiguar la verdad. Ya no era un niño al cual usar como títere, sino un adulto con algunas canas otorgándole una nota de distinción a su enrizada cabellera negra bien peinada. En el regazo de su brazo izquierdo llevaba un ramo de rosas recién abiertas y poseía un hermoso papel color negro con un lazo tan rojo como los pétalos de estas. El traje era nuevo y le sentaba como un guante, pues su sastre era el mejor de toda la ciudad.

Al llegar al hall de la mansión se colocó la pipa entre sus labios, la pellizcó con sus dientes, y buscó su juego de llaves para cerciorarse que la llevaba, así como tenía la cartera en el interior de su americana. Después abrió la puerta y se marchó dando un suave portazo. El sol incidió rápido en su rostro y él sonrió tomando la pipa con la diestra, echando el humo por la nariz y posiblemente pensando en ese amante que tanto le reconfortaba.

Decía que le hacía sentir vivo. Eso decía. “Vivo”. ¿Acaso alguna vez estuvo muerto? Tal vez lo estuvo en su conciencia. Discretamente había cambiado sus sentimientos hasta que al final había estallado todo como cuando la dinamita abre la entrada de una mina. Supongo que eso podía explicar que se escapara temprano del trabajo en algunas ocasiones y no regresase pronto para almorzar.

Me situé a su lado y caminamos juntos por el jardín. Pude escuchar como tarareaba el último vals que habíamos bailado. Digo habíamos porque usé su cuerpo y fue espectacular, pues creo que deslumbramos en el salón de baile a todas las damas presentes. Claro que él no había sido plenamente consciente, pero la melodía se había quedado de algún modo adherida a su alma.

—¿Por qué lo amas?—pregunté con cierta curiosidad.

—Otra vez tú con tus preguntas estúpidas—respondió enseriando sus facciones.

—¿Por qué te molesta decirme lo que ocurre?

—Impulsor, dices que amas a la familia y no puedes entender esta clase de amor—dijo sin siquiera mirarme.

Tenía ya más de sesenta años, aunque no estaba seguro si ya había cruzado los setenta. A mí eso no me interesaba, pues el tiempo que tenía con él lo bebía a grandes sorbos hasta emborracharme.

—Es porque a mí nunca me han amado.


Mi respuesta hizo que girara el rostro y me observara minuciosamente durante unos segundos. Creo que sintió lástima por mí, pero pronto suspiró y volvió a sonreír oliendo las rosas. Sabía que estaba pensando en ese muchacho de rostro dulce y piernas demasiado largas. Lo envidié. Envidié que pudiese saber lo que es amar y me juré que al regresar amaría, pero finalmente no logré más que un nuevo calvario.  

lunes, 24 de julio de 2017

Adiós

Lasher y Julien eran compañeros inseparables porque el primero era parásito del otro.

Lestat de Lioncourt

—Nunca pensé que todo pudiese acabar así.

Su voz sonó ensombrecida por la medicación que le ofrecían para los agudos dolores en sus huesos. Llevaba en la cama algunos días sin siquiera moverse para poder asearse correctamente. Sus ojos azules se veían apagados y sus cabellos canos no resaltaban tanto, pues su piel estaba más pálida e incluso fría. Sin embargo, tuvo que hablar.

—¿Así como?—pregunté.

—De este modo.

Intentaba de forma absurda incorporarse en la cama, pero no era capaz. Estaba demasiado débil. Sus manos tenían ya manchas en la piel debido a la edad, aunque no me había fijado en eso hasta ese momento. Parecían más huesudas y débiles, pues incluso temblaban. Había perdido demasiado peso y parecía un cadáver en comparación con el hombre elegante, sofisticado, soberbio y digno que siempre se paseaba por las calles de Nueva Orleans sintiéndose dueño de este pedazo de tierra. Ya no había poder, pero seguía su belleza en algunos gestos y también en su forma suave de hablar.

—Te mueres.

Sentencié con congoja. Las nubes comenzaron a unirse entorno a la avenida, subiendo hacia la calle y quedándose sobre la vivienda. Pronto se fueron convirtiendo en un mar tumultuoso y agitado. El viento empezó a mecer las ramas de los árboles. Las palmeras cercanas a la piscina se movieron descontroladas por la ventisca y los arbustos empezaron a perder sus flores.

—Me muero. Ya me libraré de ti y de todo este tormento—sentenció.

—No puedes morirte—negué.

Si él se moría, ¿qué sería de mí? ¿Qué sería de la familia? No podía morirse. Si se marchaba parte del legado se dilapidaría convirtiéndose en sólo recuerdos.

—No soy eterno. Todos tenemos un tiempo limitado en este mundo.

—No puedes.

Seguía negando su partida, aunque tenía razón. Eran ya más de ochenta años. Había vivido un siglo extraño de grandes cambios y progresos. Todavía lo recordaba en la vieja vivienda familiar observando los enormes tomos y deseando alcanzar las distintas baldas. Ya no estaba ese niño inquieto, ni el joven atractivo o el maduro hombre de negocios. Sólo quedaba un pobre viejo aquejado por la enfermedad del tiempo.

—No seas terco. Ya déjame en paz—dijo con amargura.

—¡No puedes! ¡No puedes!—vociferé.

—Llévame hasta la ventana.

—¡No!


Al final lo hice. Llevé su cuerpo a la ventana para que pudiese contemplar como la lluvia comenzaba caer en un aguacero intenso. Después soltó su último aliento mientras los pasos rápidos y preocupados de Mary Beth sonaban por la escalera.  

miércoles, 24 de mayo de 2017

Poema III

Lasher nos dejó este poema.

Lestat de Lioncourt


Abre, soy el demonio.
Deja que meza tu alma.
Susurraré en tu cuello,
lameré tus heridas
y consolaré tus recuerdos.

Los remordimientos dormirán,
el dolor no te dominará
y volverás a ser inocente.
De nuevo te amarán.
Yo lo haré, yo lo haré.

Alza tus manos hacia mí
y sonríe indolente.
Estoy aquí para servirte
y para hacerte fuerte.
Serás mi rosa de abril.

Amor mío, bruja mía.
Retuerce tu cuerpo
y abre el nido de tus piernas.
Seré oportuna golondrina llamando
a tus empañados vidrios rotos.

Abre, soy el Impulsor.
El hombre de tu cama
y el galán de tu jardín.
Besaré tus viejas cicatrices

y consolaré a tu cordura.

lunes, 22 de mayo de 2017

Muerte y melodía

Este momento se deja entrever en los libros, pero nada más.

Lestat de Lioncourt

—No deberías hacer esa fiesta—dije.

Mi voz sonó gruesa, muy varonil, pero extremadamente débil. Tenía los ojos fijos en ella y no podía apartar la mirada. Era como ver una magnífica ilusión de una sirena recién salida de las aguas. Estaba desnuda mostrando su cuerpo de forma indecente, paseándose por la habitación, intentando concentrarse en qué vestido usaría. Había decenas en la cama. Tenían todos cortes provocadores y extremadamente seductores.

Sentí que me ahogaba, aunque eso era imposible. Yo sólo era un espectro sin cuerpo intentando acapararla. Una congoja extraña subía en mi garganta recordando la discusión de Carlotta con Lionel. No podía dejar de imaginar o siquiera pensar que ambos estaban tramando algo extraño. No obstante no pude escuchar demasiado porque ella giró su rostro, me miró y encendió la radio. Maldita radio.

—Eres un absurdo—contestó—. ¿Acaso no te gusta la dichosa música?—preguntó girándose hacia mí.

Su madre había muerto hacía algún tiempo, también Julien. Las personas que amaba me abandonaban. Su pequeña hija, Antha, estaba sentada en el pasillo jugando con una muñeca de trapo. Ella la hacía bailar tomándola de sus pequeños brazos y entretanto Evelyn suspiraba cansada. La hija que había tenido con Julien estaba en su mansión a cargo de una niñera, aunque ya tenía edad suficiente para defenderse sola. Sabía que venía a la fiesta arrastrada por Stella, por el amor y la confianza que ambas se tenían. Ambas brujas estaban enamoradas y deseosas de volar libres, pero a la vez sentían la fría y fuerte losa de la familia.

—Me gusta, pero tengo un mal presentimiento—aclaré.

—Tú eres el mal presentimiento, Impulsor—me reclamó frunciendo el ceño.

—Creí que me admirabas y querías... —dije con la voz temblorosa.

—Creíste mal—dijo enérgica—. Ya estoy cansada de luchar con la familia y de intentar sobrevivir en este mundo de gente absurda y cínica. Por favor, déjame en paz. ¡Necesito despejarme en esa fiesta!—acabó gritando provocando que Evelyn diese un respingo al otro lado de la puerta.

—Stella...—mi voz sonó igual que la de Julien cuando se moría. Era idéntica.

Aún usaba su aspecto cuando me aparecía para caminar por las avenidas. Ese garbo jamás lo tuve yo ni vivo ni muerto. Sus ojos eran dos zafiros azules, como los de Stella, y su sonrisa la de un diablo encantador. Pero mi apariencia en ese instante era el del hombre que fue quemado en la hoguera. Aunque, ¿alguna vez fui un hombre? Siempre fui un monstruo.

—Esfúmate por ahora, Impulsor.


No debí hacerle caso. Una hora más tarde murió. Lionel disparó a su pequeño cráneo y ella cayó desplomada en el suelo. La música sonaba logrando que no pudiese asistirla. Cayó frente a mis ojos, pero también frente al hombre de Talamasca que fue a visitarla, su propio hermano que la disparó y todos los restantes familiares y amigos. Aquello fue demasiado terrible. La pequeña Antha también asistió a esa muerte y quedó por siempre marcada.  

martes, 25 de abril de 2017

Mary Beth Mayfair

Bueno yo a ella no la conocí, pero sí al fantasma de Julien. Asumo que no era tan mal hombre, sin embargo lo quiero mejor lejos.

Lestat de Lioncourt 


Fuera diluviaba. Era la segunda noche en la cual llovía de ese modo. Temía que fuese el advenimiento de una tragedia. Las veces que Nueva Orleans se cubría de ese modo, que sentía la furia huracanada de una tormenta en sus calles, alguien en mi familia moría. Aún era joven, pero recordaba como había llovido cuando mi abuela partió en busca de una paz distinta, nueva y dulce. Ya no tendría que escuchar a los músicos entonando como grillos canciones absurdas para mantener a raya al Impulsor.

Estaba apoyado en la chimenea de mi habitación encendiéndome una pipa. Sobre mi despacho había una taza de chocolate caliente y algunos folios amontonados. Mi letra esa noche era casi ilegible. Tan sólo eran palabras sueltas llenas de reproche. Me culpaba a mí mismo de todo lo que estaba sucediendo en la habitación opuesta a la mía. El pasillo se escuchaba algo intranquilo. Una enfermera iba y venía buscando al servicio para conseguir toallas limpias. El doctor cerraba de inmediato la puerta y se acercaba a la cama de mi hermana. Podía escuchar en las habitaciones restantes a mis sobrinos llorando. Debí ir a buscarlos, subirlos a mis piernas y confesarles que todo lo que iba a ocurrir era un milagro.

Entonces di una calada a mi tabaco y me acerqué a mi silla, di un sorbo al chocolate y me dije a mí mismo que era un condenado a muerte. La niña que pronto saldría de su vientre, llorando y agitándose como un pescado recién capturado, era mía y fruto de un incesto. Aún así sabía por Lasher que no era la primera vez que eso sucedía.

Miré a mi alrededor cuando lo sentí muy cerca de mí. Sonreía satisfecho. Había logrado que yo me condenase al infierno. Aún así yo no le increpé esta vez. Tan sólo eché mi espalda hacia atrás y pensé en mi madre, mi abuela, los libros de la biblioteca de la vieja casa cercana al pantano, la primera vez que asumí el riesgo de coquetear con “el diablo” y bailar con él pagando el precio más caro...

—Ve a ver a tu hija—me susurró en un tono que podría decirse dulce, pero también demasiado burlón.

—¿Cómo has logrado que hiciese tal cosa?—pregunté tembloroso—. Ni siquiera me atraen las mujeres... Siento un profundo respeto por ellas, pero...

—Deja de buscarle sentido a todo y ve a verla. Madre e hija te necesitan—respondió marchándose.


Me quedé allí unos minutos hasta que un relámpago me sobresaltó y escuché con más fuerza el llanto de mi hija. No dudé en ir a verla. No dudé en asumir mi condena otra vez.

miércoles, 5 de abril de 2017

Verdades

Por eso amo a esta mujer, aunque no como muchos pretenden creer. Lo confundí una vez, pero no más. 

Lestat de Lioncourt 


La verdad no es fácil de admitir aunque a veces sea lo único que nos mantenga en pie. Es contradictorio, pero ocurre. Vivimos en una época donde la mentira es demasiado tentadora y se toma como placebos para el inminente dolor. Nuestra sociedad está intoxicada por lo que ocurre a su alrededor y prefiere dejar de pensar, olvidar lo que realmente ocurre más allá de sus narices, con tal de sobrevivir en un ambiente hostil e imposible. Sin embargo, se lucha continuamente por descubrir y usar esa verdad como símbolo. No importa cuánto o cómo se logre, pues a veces los medios no son los más correctos o propios, pues lo único que se desea es sacar la cabeza de esa brea que impide respirar sin rezumar odio, violencia, venganza o miseria.

Durante muchos años intenté admitir todo lo que me ofrecía esta vida. Una vida plácida pese a la lucha constante de la mujer que me cuidó y crió como si fuese mi propia madre. Pero luego me di cuenta que la mayoría de aquello que conocía era una mentira tras otra ocultando una verdad incómoda que me haría sufrir un calvario. Mi único mal fue nacer, igual que el de otras mujeres en mi familia. No digo que hayamos tomado decisiones incorrectas, sino que alguien tomó esas decisiones indebidas hace demasiado tiempo y aún resuenan sus pasos entre la galería de nuestras propias almas.

Un simple baile impetuoso, lleno de libertinaje, en unas viejas rodas hizo que un fantasma se presentara ante una antepasada y esta decidiera vengarse, de forma tal vez algo infantil e indebida, del hombre que la había marcado y hecho madre sin tomar luego responsabilidad alguna. Supongo que eso fue el inicio del fin, como se suele decir, para decenas de generaciones. Después su hija siguió el camino torcido y decidió por fin asentar los trucos sucios de aquella criatura. Otros lo adoraron como si fuera el demonio. Digo otros porque también hubo un hombre, aunque este intentó combatirlo a sus espaldas y de nada le sirvió. Ese hombre fue Julien Mayfair. Intentó corregir el camino y cambiar el rumbo de la familia, pero fue imposible. Cuando murió en el alfeizar de su ventana, observando el jardín donde su descendencia moriría o acabaría enloqueciendo, lo sabía. No había hecho demasiado, pero lograría regresar como espectro para ser parte de una pieza más de un rompecabezas extraño.

Me costó años saber la verdad. Conocer los orígenes de mi familia fue duro, pues supe que mi verdadera madre estuvo viva y sedada para que no me buscara. La tachaban de loca cuando todos sabían, sin excepción alguna, que esa criatura existía y que muchos en Nueva Orleans, la ciudad donde residíamos, lo llamaban “El Hombre”. Mi propio marido lo vio desde que era un niño y conocía bien sus rasgos. El mismo que era familiar mío sin saberlo. Sí, éramos primos y cumplimos con una tradición de incesto que sucedía desde antaño: los Mayfair se casan con Mayfair.

Actualmente he sido madre de dos monstruos, aunque la mujer que yació en mi vientre la considero más un ángel que un demonio. Ese espectro se apoderó de mi hijo y lo hizo nacer con una genética distinta a lo habitual. Se quedó con su cuerpo y se llamó así mismo Lasher. Intenté protegerlo únicamente porque un instinto animal surgió de mis entrañas: tenía que salvar el fruto de mi vientre. Fui una estúpida. Recurrí también a la ciencia. Amaba la ciencia. Soy una científica y vivo por las innovaciones. Creí que él podía aportar algo nuevo y busqué la verdad en su genética. De nuevo una estupidez tras otra. Mi marido estuvo a punto de morir, además lo consumía la soledad, cuando yo me marchí y por otro lado esa criatura me violó y sometió a sus caprichos. Incluso me hizo gestar una hija suya tras varios abortos.

Ya no puedo ser madre. Ambas criaturas yacen bajo las raíces de un viejo roble. Mona Mayfair, que era prácticamente una niña cuando la conocí, se hizo con la principal heredera pero no sirvió de nada. Ella también cayó en esa genética extraña y tuvo una hija con mi propio marido, fruto de un desliz por su parte debido a mi estupidez, y también varios abortos que he ocultado incluso a mis familiares más próximos. En estos momentos sus nietos, los nietos de Mona y Michael, donan su genética y colaboran conmigo intentando hallar soluciones a pacientes que vienen buscando prácticamente la inmortalidad.


Si mis pacientes supieran la verdad caerían en la locura. Por eso quizá no buscan más allá de la fachada icónica de este Hospital Mayfair. Tal vez por eso no contemplan el dolor en mi mirada. Sí, quizá.  

martes, 4 de abril de 2017

A ti

Julien me caía bien pero a la vez me daba miedo... 

Lestat de Lioncourt 


—Nunca entendí bien tu doble rasero. Tu doble vara de medir.

Aquella voz me despertó en mitad de la noche. Me quedé sentado en el centro de la cama y miré hacia el rincón donde solía aparecer. Sí, allí estaba. Me miraba como de costumbre con una pose relajada y un elegante traje de fiesta. Hacía años que había abandonado el aspecto de hombre de otros siglos para otorgarse el capricho de vestir como yo lo hacía.

Sus ojos castaños, con pequeños toques color miel, se volvían sagaces en ocasiones y parecían mostrar quien era realmente. Mis manos se colocaron sobre el vientre y después se relajaron quedando a ambos lados del colchón.

—¿Qué quieres ahora, impertinente?—pregunté con la voz aún tomada por el sueño.

—Tu madre pronto morirá y la sucederá tu hermana, pero es débil. Ambos lo sabemos—decía apoyado en la pared de la ventana, para luego acercarse a la cama y sentarse en la orilla muy cerca de la cabecera. Sus largas manos fantasmales acariciaron mi mejilla y rieron bajo para luego aplaudir al aire—. Tú serás su verdadero sucesor, la verdadera bruja.

—Deliras—respondí saliendo de la cama.

Me era insoportable tenerlo allí. Si bien, era cierto. Sería quien la sucediese en las sombras. Me convertiría el protector de mis hijos, nietos y todo aquel que entrase a formar parte de la familia. No permitiría que él hiciese algo en contra de nuestras vidas. Juré aquella noche que acabaría con el suplicio de tenerlo como aliado y enemigo al mismo tiempo.

—Amo a todos—murmuró.

—Pero te amas más a ti y a tu diabólico plan. Yo sé que no eres un demonio. Sólo eres un pobre fantasma estúpido del que me libraré algún día—contesté digno.

Eso le enfureció. Provocó que se incorporara y caminara hasta donde me hallaba, para arrojarme a la cama mientras me besaba furioso. Mis manos iban en contra de las suyas, pues sabía que quería hacer su voluntad. Su lengua parecía tan real como la de cualquiera de mis amantes y a mis casi cuarenta años estaba harto. No quería formar marte de esos juegos. Ansiaba la libertad.


Nunca la hallé. No hasta ahora. Por eso observo su tumba desde la ventana y escribo a ratos en tus documentos, Michael. Ya estás haciéndote viejo. Posees más de sesenta años y un día morirás, como todo en esta vida. Un día te hallarás a mi lado de otro modo y te diré que te quiero, te admiro y detesto verte sufrir.  

viernes, 24 de marzo de 2017

Somos

Lasher y sus poemas raros. No le hagan caso.
Lestat de Lioncourt


Mírate, míranos, bailando juntos al fin.
Mírate, míranos, sonriendo a la muerte.
Danza hasta que te duelan los pies.
¿Y tus zapatos? ¿Dónde los dejaste?
¿Allí donde la verdad y el honor?
El lugar donde se cruza la maldad y el bien.

Honestamente, querida. No me importa.
Bailemos descalzos si quieres.
Seamos dos bestias brincando en los jardines.
Este paraíso no nos pertenece.
Este mundo, ruin y apático, es de otros.
Pero aquí la mala hierba siempre crece...
¿Y qué somos nosotros? ¿Jazmines?

Alza tu vista y sonríe maliciosamente.
Sé el gato socarrón que eres
y saca esas uñas retorcidas.
Marca tu territorio, amor mío.
Muéstrate como buenamente desees.
Convertiremos el infierno en algo frío.
Seremos la fiebre de un ángel condescendiente.

Somos la vida, somos la muerte.
Somos la danza.
Mírate, mírame, míranos...
Ya echada la suerte.
El juez dictaminó sentencia.  

martes, 28 de febrero de 2017

Mardi Gras

Ryan Mayfair es un hombre recto y aún así también sufrido, sensible y honesto. Desearía que leyerais esto.

Lestat de Lioncourt


Martes de Carnaval... martes de perdición y crespones negros en mi corazón. Eso es todo. Han pasado algunos años, incluso más de una década, y revivo cada carnaval el mismo calvario. No importa realmente el tiempo que haga que se fue, como si no importase nada, sino lo que dejó atrás. Dejó un corazón roto, una incógnita, un hijo desecho y una familia hundiéndose en el fango. Murió a manos de un monstruo mientras todos intentaban atrapar collares de perlas de plástico con diferentes colores.

Me marcho a la casa en la playa, lejos de una ciudad llena también de recuerdos, para sentir la arena bajo mis pies y observar como las olas vienen y van. Pienso que está todavía ahí. Ella recorre esas arenas perfectas observando el horizonte, llenando sus pulmones de sal y dejando que sus cabellos los agite la brisa. Puedo incluso verla. Con esa blusa blanca, algo ancha, y unos jeans ligeramente ajustados. Amaba su sonrisa, aunque en los últimos años parecía forzada. Gifford tenía cuarenta y seis años y me dio gran parte de su vida, más de treinta años, con la firme intención de ser feliz y hacerme feliz.

En ocasiones me pregunto cómo se sentiría al saber que Alicia, su hermana, también murió aguardando salvarse en un hospital. Igual que murió su marido, pero este fue por la bebida. Ambos fueron presas de sus malos actos, aunque Alicia tuvo el mismo verdugo que Gifford. Las hijas de Laura Lee, nietas de Evelyn Mayfair, les fue tan mal como a la pobre Stella Mayfair. Muertas jóvenes, con grandes sueños y personas que las amaban.

Antes no creía en fantasmas. Era el hombre más recto de la familia. Jamás pensé que pudiese creer en criaturas extrañas, como lo son los Taltos, y los espíritus, como es el de mi propio ascendiente llamado Julien. Tío Julien recorre aún First Street con la elegancia que le corresponde. He podido ver en sus ojos un mar de penas que me engulle, aunque luego sonríe y parece estar en paz. Quiero creer que ella está en paz. Deseo pensar que algún día aparecerá por esta playa antes que yo cometa una locura. Llevo años soportando un dolor terrible y estoy vivo es porque deseo ver los nietos que me dará Pierce, nuestro hijo. Se casó hace unos años y aún no he tenido la suerte de cargar un bebé. También me ata Mona. Quiero volver a verla. Dicen que volvería, pero a la vez sé que me mintieron. Ella no regresará.


La vida parece un mal sueño con música de fiesta, de fiesta de carnaval donde el dios Momo se burla de mi desgracia.   

domingo, 25 de diciembre de 2016

Winter Things

Feliz cumpleaños Lasher...
Lestat de Lioncourt


—Todo ha acabado.

Su voz taladró mi cabeza, perforando con fuerza mi cerebro, mientras me decía que eso significaba que quizá la muerte venía a buscarme. Deseaba morir. Sentía un dolor horrible en las caderas y un vacío horrible en mi alma. Algo había salido mal. Aún recordaba los alaridos, el parto frente a la puerta en el hall de entrada y los golpes de Michael intentando que abriese. Como si fuese una pesadilla. Todo parecía haber venido de una de esas torturas bíblicas de Dios a los hombres, de esas que nadie cree.

—Rowan....

El trino de las aves denotaba que había finalizado la noche. Me preguntaba si realmente seguía con vida o me había convertido en un fantasma, como la mayoría de nuestros familiares. Los pasos sobre la madera hacían vibrar mi cuerpo, así como mi alma. Sabía que había un peligro ahí fuera, pero no era capaz de abrir los ojos.

Podía percibir presión en mis senos de vez en vez, unas manos enormes acariciando mi vientre y el calor que desprendía otro cuerpo. No obstante, no era capaz de averiguar qué era. Gemí, creo que lo hice, entre el dolor y el placer. Mis piernas se agitaron como unos pobres peces fuera del agua y mis dedos acariciaron la rugosidad del suelo.

Al final, algo me incorporó y me llevó hasta el sofá. Pude aspirar bien el aroma de su cuerpo, el cual me brindó un deseo que corrompió cualquier otra sensación o sentimiento. Quise palpar esa figura con la misma pasión que lo había hecho hacía meses a mi reciente esposo. Mis ojos se abrieron cuando noté el mullido asiento del mueble.

—Madre, madre...—decía con una sonrisa tan similar a la suya, pero con una boca idéntica a la mía. Sus ojos tenían la belleza de los de Michael, pero la suspicacia de los mismos que veía cada mañana al mirarme al espejo.

—¡Quién eres tú!—grité aturdida—. ¡Mi bebé!—chillé palpando mi vientre mientras notaba que estaba desnudo, así como yo tenía mal acomodada la ropa. No estaba mi hijo en mi vientre, lo cual me decía que había parido—. ¡Dónde está mi hijo!

—Yo soy tu hijo—advirtió—. Soy tu regalo de Navidad, madre.

El resto de la historia ya es vieja y conocida. Han pasado más de dos décadas y sigo sintiendo miedo, preocupación y un deseo extraño de proteger todo lo que él era. Sabía que era un monstruo, sabía quién fue en otro momento, comprendí entonces que Lasher, el ser que estaba frente a mí, había ocupado el cuerpo de mi hijo. Si bien, no dejaba de ser mi hijo. Era mi criatura. No tenía mucho más en este mundo. Pensé que si dejaba que el resto de la familia, la comunidad científica y el mundo entero se enteraba de este suceso, quienes podrían señalarlo de milagro o maldición, podría acabar con él y conmigo en alguna institución. Sería usada como si fuera un alienígena y él, él podría ser convertido en objeto de laboratorio y vivisección.

Reconozco que quedé impresionada, pero no iba a permitir que lo destruyeran. Conservaría a mi hijo, del mismo modo que le permitiría vivir. Sería yo quien lo investigara, yo quien lo protegiera, yo quien hiciera de madre y compañera. Además, su aroma me confundía. Parecía un ángel, su perfume era atractivo y el deseo me envolvía por completo.  

jueves, 17 de noviembre de 2016

Revólver

Comprendo su dolor, lo comparto. Perder a un hijo o alguien querido es horrible.
Lestat de Lioncourt 




Un disparo directo. Sin titubeos. Un disparo que destruyó a ese ángel puro y bondadoso del poema que la anciana Evy recitó una y otra vez cuando era una niña, recostada en la cama de Julien y esperando que el gramófono siguiera funcionando para que Lasher, ni ningún otro espíritu, pudiese escuchar tal información. El edén se salvó, ¿pero a qué precio? Lloré amargamente abrazada al cuerpo sin vida de mi hija, la rodeé como quien rodea una tabla en medio del océano helado con el fin de salvarse, y rogué porque me mirase de nuevo, con aquellos profundos ojos de cielo, y me hablase dulcemente como lo había hecho durante todo nuestro cautiverio.

Parecía una muchacha más, pero con unos rasgos tan similares a mí que me dolía. No obstante, esos ojos eran los de Michael, los mismos que heredó ese maldito desgraciado, y que permanecieron abiertos como si aún pudiese verme. Era una muñeca rota, un ángel caído, yo era la asesina que había disparado destruyendo el único brote tierno y bondadoso que pude dar a este mundo.

Me había salvado la vida dos veces, en aquel bosque y en esa cama con su leche de mujer Taltos, y yo se la había arrebatado. Yo, su madre. Era un monstruo y debí haberme pegado un tiro de inmediato, pero Michael me rodeó con sus brazos gentiles y sus manos curativas. Decidió alejarme del cuero con cuidado y después, con solemnidad y algo de ternura, la tomó a ella evitando llorar. Algo le decía a él que debía hacerlo porque se merecía amor y virtudes provenientes de esta miserable vida.

Su historia terminó con capas de tierra y abono, en nuestro jardín, y junto a su padre, hermano y verdugo. Me arrodillé frente a la tierra removida y tarareé una canción infantil. Sentí que podían escucharme y deseé que ambos estuviesen en paz, tal y como decía el poema, mientras todo mi cuerpo temblaba por un frío extraño.

Al girarme, hacia el porche, vi a Julien de pie observando todo. Tenía su característico mil rayas azul, el cabello rizado canoso bien despejado de su frente, esos poderosos ojos azules similares a los de mi marido, los míos y los de tantos Mayfair, y con una sonrisa de alivio. Parecía aliviado, pero sinceramente sabía que parte de él seguía preguntándose qué eran realmente esas criaturas. Lasher sólo había contado su historia, pero no la clase de criatura que era. No sabía lo que era.


Entramos dentro, nos sentamos en la mesa de la cocina y él me hizo té. Hablamos. Él sonreía igual de aliviado que el fantasma que nos rondaba, el cual incluso se sentó en la mesa sin decir palabra, y después quedamos a solas. Durante horas, hasta el amanecer, permanecimos conversando y luego me apagué. ¿Por cuánto tiempo me apagué? ¿Por cuántos días? Sólo sé que vi el espíritu de Aaron aferrado a las verjas, despidiéndose y sonriendo amablemente como siempre, como si aún siguiese vivo. Nunca lo he confesado, ¿cómo podría? Ahora me atrevo tras décadas de aquello. Soy una mujer que camina hacia la senectud, pero aparento aún cierta juventud debido a tejidos obtenidos de los Taltos... ¡Ah! ¡Pero esa es otra historia!  

martes, 15 de noviembre de 2016

El amor por Stella

Más de los escritos de Lasher. Podemos comprender mejor a este ser, ¿no? Al menos yo estoy estudiando sus palabras.

Lestat de Lioncourt 


A veces ni siquiera se maquillaba como las desvergonzadas muchachas de su época. Tenía la cara lavada. Su mejor joya eran sus enormes ojos azules, llenos de luz de vida. Iba siempre vestida a la moda más actual, con un corte de pelo llamativo y una sonrisa encantadora. Pocos sabían el tormento que vivía su alma. Creo que sólo yo era capaz de leerla sin necesidad de palabras. Sus gestos, su forma de caminar, y sus palabras la delataban ante mis ojos expertos. La conocía desde la cuna, cuando fue mecida por primera vez por mis propias manos.

Stella era fuerte, decidida, y en sus eventos sociales vestía con glamour de Hollywood. Jamás he visto a una mujer mejor maquillada, con una forma tan elegante y desenfrenada de caminar, así como unas ganas inmensas de cubrir sus heridas con un par de canciones y unas copas. Odiaba a su hermana, pero a la vez surgía en ella la necesidad de acercarse por pena, por necesidad y por mil motivos que ni ella comprendía.

Las fiestas Mayfair cobraron un nuevo sentido tras su aparición. Eran mucho más alegres, se despilfarraba comida y bebida, no siempre estaban invitados todos los familiares y gente ajena al círculo, nuestro pequeño árbol familiar de raíces algo podridas, estaban fuera atónitos ante la desvergüenza de muchos en la piscina, el jardín e incluso el tejado.

La música me hacía bailar como un imbécil. Iba de un lado a otro dando palmas, saltando sobre los sillones y gritando que la vida era maravillosa. Reía, o al menos lo intentaba, mientras ella alzaba su copa y brindaba por su hija, sus amantes, Evy e incluso por los pomos de las puertas. Una noche todo se silenció tras un disparo. No pude detener la bala, ni contener a su hermano Lionel. Ella cayó a plomo mientras el revólver aún humeaba. Se quedó allí paralizado esperando que lo detuvieran, con los ojos llenos de lágrimas y el dolor destruyendo su corazón. Él era el autor material del crimen, pero la cooperadora necesaria e inductora era Carl.

De inmediato empezó a llover. Primero fue una lluvia fina, pero luego se convirtió en una tormenta que pilló sorpresivamente a viandantes y fiesteros en el jardín. Llovía con tanta fuerza que parecía un huracán con epicentro en la propia casa. Eran mis lágrimas. Había muerto mi bruja, mi adorada Stella, dejando atrás a una niña indefensa en manos de una auténtica criminal.


¿Y quién era yo en todo esto? “El Hombre”. Un ser que había amado a Stella Mayfair desde su concepción. Ella, tan hermosa, tan parecida a Julien y tan diferente a la amargada de su madre. Mi loca aventurera, mi niña adorada. Las fiestas se terminaron, el mobiliario que tanto amaba se ocultó en el desván y poco a poco se olvidó su nombre.  

domingo, 13 de noviembre de 2016

Emaleth

Aquí el motivo por el cual Lasher llamó Emaleth a su hija. 

Lestat de Lioncourt 



No recuerdo cuantos abortos tuvo, aunque creo que carece de importancia en nuestro relato. Sólo sé que ella logró sobrevivir y hacer importantes preguntas aún sin salir del confortable hueco en el vientre de Rowan. Era mi hija, pero también mi hermana. Tal vez esto escandalice a más de uno, pero los animales copulan de ese modo, engendran y nacen nuevas descendencias sin sentirse atados a una extraña moralidad. Inclusive es algo común, casi como una vulgar tradición, que ocurre en la familia.

Decidí llamarla Emaleth. Es un nombre con significado. Una vez tuve una hermana, la única que lloró mi muerte y sufrió terriblemente porque yo fuese expuesto como un monstruo. Era una bruja poderosa, pero no tenía ni voz ni voto en una familia de miserables. Me enviaron al sacrificio creyendo que me darían amor, besarían mi alma llena de heridas y me llamarían hijo, nieto, sobrino...

Nunca conocí a mi hija. Aunque soñaba con ella. Ella fue el propósito por el cual secuestré a mi propia madre, permití que hiciese algunas pruebas científicas y médicas, y me odiase para siempre. Su odio iba envuelto en dolor, miseria y asco. No obstante yo buscaba ese amor puro que una vez tuve. Quería tener una mujer de mi propia especie y marcharnos lejos. Sólo quería ser el santo que vio mi hermana, no el monstruo envuelto en llamas.

Solía cantar para ella en profundos y rápidos silbidos, los cuales parecían ser el viento moviendo las ramas. Era hermoso, glorioso, maravilloso... ¡Una sinfonía sin fin! Ambos nos uníamos, aunque ella estuviese todavía en el vientre materno, y Rowan me miraba desencajada. Mi voz era la voz del Diablo y así tituló mis memorias mi madre, mi inusual compañera y la madre de mi hija.


No soy un diablo, sólo soy un pobre niño perdido...  

sábado, 12 de noviembre de 2016

Tóxico

Lasher y Julien eran un dueto sólido, pero sólo porque Lasher se empeñaba en ello.

Lestat de Lioncourt 




Ella estaba atada a la cama, supuestamente agotada, y yo no podía pedirle nada más. Había sido el peor de los hijos. No obstante, mi ambición me cegaba tanto que me impulsaba a seguir un camino cruel para la mujer que me trajo al mundo. Me senté en el despacho que hacía de improvisado salón, frente al televisor, y vi las noticias. Habíamos alquilado aquel edificio de oficinas hacía ya unos meses, pero no recordaba la fecha exacta. De inmediato entré en pánico. No sé qué es lo que me alertó realmente, pero me di cuenta que estaba perdiendo mis preciados recuerdos.

Salí de allí descalzo, y con el pelo enmarañado, siendo aún un mes frío. Me aproximé a la tienda de útiles escolares, artísticos y de oficina. Entré nervioso, sudoroso y sintiendo mi portentoso corazón latiendo con una fuerza descomunal. Agarré varios bolígrafos, cuadernos, folios en blanco y unas carpetas que parecían de buena calidad. Llevé todo al mostrador y lo pagué en efectivo. No sé cuánto me gasté, pues ni siquiera me detuve a pensar si era mucho dinero o poco. Después regresé al apartamento y comencé a escribir.

Podía escuchar su voz. Estaba allí mismo. No sabía cómo era posible, porque él estaba muerto y a tantos kilómetros que no podía ser. Sin embargo si cerraba los ojos lo veía. Era posible ver a Julien de pie, frente a mí, con su hermoso pelo nevado, su mil rayas de sastre y con unos mocasines lustrosos. Tenía unos ojos azules hermosos que me recordaban a los míos, pues ahora él era parte de mi familia o quizá lo era yo. Atormenté a ese hombre durante años y ahora quería que me amara, que me ayudara, que pusiera fin a mi desmemoria. Estaba olvidándolo.

—¿Recuerdas cómo te reíste de mí cuando mi hija quemó mi libro?—preguntó apoyándose en un elegante bastón que llevaba en su mano derecha. No parecía viejo, aunque lo era.

Estaba alucinando, tal vez por la fiebre. Sabía que no era real, pero yo discutiría con él. Necesitaba recordar ese acento ligeramente francés. Aquel hijo de un irlandés y una de mis brujas, el proyecto más maravilloso en el que jamás me vi involucrado, había sido custodiado desde los tres años por mí, mi ambición y afecto.

—¡Lo siento!—grité lamentándome.

—Ese libro te hubiese ayudado ahora—dijo golpeando ligeramente el suelo con el bastón.

—Ayúdame tú—murmuré con los ojos llorosos.

—Mataste a Richard—no fue una pregunta, afirmó. Eso era terrible.

Sabía que hacía poco que había atacado al hombre que amaba, a la única persona que le fue fiel hasta el fin de sus días. Ese pobre hombre se aferró a una vieja tienda, con una trastienda minúscula, donde recordaba cada momento vivido junto a Julien. Yo lo maté. Maté a ese buen hombre.

—¡Estaba hablando demasiado a ese hombre de Talamasca!—me excusé.

—¡Mataste a mi Richard!—dijo con una mueca en su rostro terrible. Parecía un monstruo.

—¿Para qué te servía vivo? Ahora ambos podéis encontraros en ese otro lado.

—Con que esas tenemos, mon fils, espero que te vaya bien sin memoria—sentenció—. Michael acabará contigo y ni siquiera sabrás el motivo—sonrió deleitándose con una imagen que aún no había sucedido—. Morirás a manos de tu padre, como la primera vez.

—¡Michael me querrá!—dije casi sin aliento, pues había entrado en un ataque de ansiedad.

—Es un hombre demasiado bondadoso como para aceptar a un monstruo por hijo.

Nada más escuchar esas palabras caí a plomo sobre las baldosas. Al despertar no recordaba mucho de la vida junto a Julien. Sólo al niño de cabellos negros e impresionantes ojos azules que fue, así como el último romance que tuvo. Podía verlo dichoso con aquel muchacho entre sus brazos, sentado sobre sus inquietas piernas, mientras él tarareaba una canción escuchada en algún burdel. Ambos hacían una bonita pareja, aunque el chico parecía una damita con ese elegante vestido y aquel maquillaje cubriendo su joven rostro.

Vino a mi memoria una de tantas peleas que tuvieron, aunque eran cortas y sólo estaban molestos unas horas. Richard deseaba exclusividad, pues había dejado atrás demasiadas cosas para amar a Julien. Él ni siquiera se inmutó. Amaba demasiado a ese muchacho, era su luz y su fuerza, pero yo le exigía estar con mujeres y tener descendencia. Usurpaba su cuerpo, me movía por las calles y las casas de la ciudad, tomando a mujeres para que fueran parte de mi legado. Él lo tomó entre sus brazos, lo pegó contra su pecho, y dejó que aquella fierecilla le abofeteara hasta que se casó.


Era lo único que recordaba de Julien. Eso y su libro ardiendo. ¿Por qué lo quemaron? Ya ni siquiera sabía porqué lo hicieron.  

viernes, 11 de noviembre de 2016

Dulces recuerdos

Julien Mayfair es un hombre que no me sorprende ya, pero a veces me enternece pese a todo.

Lestat de Lioncourt


Quedé sin ilusiones. Una vida como la mía, sujeta a mentiras y problemas de todo tipo, termina degradándose y convirtiéndose en un pozo oscuro. La perversión siempre va unida de la mano de las necesidades de verdadero afecto. Jamás creí que pudiese tener la más mínima oportunidad de ser feliz en un mundo como el mío. El afecto venía por parte de mis hijos, pero a veces se diluía en el fondo de un vaso de whisky con hielo.

Para soportar el sufrimiento de una vida impía me sentaba por las noches en mi despacho, sacaba algunos folios en blanco, mi hermosa estilográfica y colocaba mi disco favorito en el Victrola. Dejaba que la música envolviera la habitación acariciando cada rincón, mientras él bailoteaba bajo la luz tenue de mi lámpara.

Entonces, una noche cualquiera, apareció en mi vida. Estaba en uno de esos locales de mala muerte que solía acudir, con o sin Lasher, para festejar un negocio que se había cerrado con éxito. Me había hecho con una pequeña fábrica que convertiría en fundamental para la industria local, después la vendería y el dinero lo invertiría en el fondo de la heredera Mayfair. Ese fondo ayudaría a Stella en un futuro. Ella sería la gran heredera, pues su madre no era más que una pobre infeliz. Mary Beth no sabía moverse en el mundo de los negocios, además su marido era sólo un estúpido alcohólico lleno de problemas.

Richard, así se llamaba, se convirtió en la pieza fundamental en mi vida. Él me ayudaba a olvidarme de todos los problemas que caían sobre mis hombros. Mi mujer decidió abandonarme, mis hijos estuvieron a punto de darme la espalda y Lasher era cada vez más exigente. Estaba en un periodo delicado. Sabía que no me quedaban muchos años más. Había cumplido ya los sesenta años y llevaba demasiado tiempo alargando mi vida, postergando mi marcha de los negocios y evitando que alguien más joven quedase bajo las garras despiadadas de ese fantasma.

Quise protegerlo. Nada más verlo deseé retenerlo entre mis brazos y no soltarlo jamás. Me convertí en un hombre lleno de celos que cuidaba con caprichos, atenciones y dulzura a un muchacho que en cualquier momento podía ser destruido por la rabia incontenible de un monstruo hecho de sombras, ambición y refrescante lluvia.


No dejé de sentarme en el despacho, pero esta vez mis memorias tenían un matiz distinto. Los niños correteaban por la sala, aún eran muy pequeños para comprender la importancia de mis memorias, y él bailaba ensimismado en los ritmos de aquella melodía tan sugestiva. Mis pensamientos estaban con aquel muchacho, delgado de cintura ligeramente estrecha, que me había hecho caer a los infiernos del deseo, de un amor demasiado apasionado como para dejarlo escapar, pese a rondar los setenta y ser un anciano en comparación con sus carnes de apenas veinte años. Él desconocía la verdad, sólo sabía que era un caballero fuera de la cama y una bestia sobre el colchón. Nos amábamos, nos codiciábamos, y eso era lo que yo quería que supiera. Jamás deseé que supiera que estaba con un poderoso brujo que era capaz de asesinar mediante el fantasma que contaminaba su vida.  

¿Cuántas cosas quedaron cuando desaparecí? Quizá mi amor por él, por Stella y el dinero que amasé. 

jueves, 10 de noviembre de 2016

Mi historia, mi momento.

Lasher aparece de nuevo para recordarnos todos los pecados que cometemos.

Lestat de Lioncourt 



Llegó mi momento. Ese momento que siempre aguardé. Realmente tenía razón. Volví a la vida mientras otros sólo eran olvido, huesos en un ataúd o simplemente cenizas. Nadie pudo esperar que yo me detuviese. No importó el tiempo, tampoco los caprichos que tuve que cumplir a modo de genio de la lámpara maravillosa. Nada importó en realidad. Pude hacerlo, y eso es lo único que merece cierta relevancia.

Elegí metódicamente cada pedacito del árbol familiar, planté la semilla del orgullo y la traición, hice que se regara con pasión libidinosa e incestuosa, podé lo podrido o insignificante, y dejé mi huella en el árbol tallando mi apodo: Impulsor.

Cuando me marché de First Street, siendo la oveja negra de un rebaño cuidadosamente seleccionado, sentí que mis pies volaban sobre el asfalto y que mis monstruosas manos eran hermosas, pues sostenían a mi madre. Ella era la bruja elegida. No se comportó como la primera, aquella que me tuvo entre terribles dolores hacía siglos. No me apartó, no me rechazó. Ella me abrazó pensando en lo portentoso que era, en las posibilidades que le traería a la ciencia y en un amor irracional. Yo era su verdadera familia, a quien debía proteger. Ilusa.

Ambicionaba volver al lugar donde fui destruido, pero a la vez invocado. Sabía que ese círculo siempre estaría en mi código de ADN. Era como un lugar especial que todo ser como yo conocía. No era un secreto para mí, pero quizá sí para los humanos. Donnelaith silbaba en mis recuerdos y se agitaba como las grandes ramas de un fresno.


Pero no es sólo mi historia, aunque soy el protagonista. Debo abrir paso a todos aquellos que quisieron detenerme, al amor peligroso que se vivió en distintos puntos de este país miserable, a las canciones y poemas que envolvieron mis escasos días y, como no, a la orden de sabios que se condenaron unos a otros. Es el tiempo de gozar de una verdad pútrida.  

Soy la sombra que al final ofreció luz a vuestra oscuridad...

lunes, 31 de octubre de 2016

No soy el diablo.



Digamos que entiendo las razones por las cuales él manipuló a la familia. Todos deseamos tener una segunda oportunidad. No obstante sus métodos fueron terribles.

Lestat de Lioncourt 

No soy el diablo,
pero llevo su piel.
No soy un espíritu,
pero llevo su estigma.

Viejos sabios lo intentaron,
lo recuerdo bien.
Ellos quisieron acabar conmigo,
pero soy demasiado peligroso.

Esa esmeralda que cuelga de tu cuello...
¿Sabes lo mucho que me costó?
¿Entiendes que fue un regalo envenenado?
Puedo hacer lo terrible infinitamente bello.

Soy el árbol de la vida y la muerte,
fruto prohibido, invocación errónea.
He luchado con lo imposible para verte,
pues te elegí antes de nacer.

No soy el diablo,
pero llevo su piel.
No soy un espíritu,
pero llevo su estigma.

¿No me tienes miedo, cariño?
Probablemente estés ante un monstruo.
Un hombre distinto a lo conocido.
¿No quieres huir, vida mía?

Deberás ser inmensamente fuerte
porque tendrás que calmar mi sed,
sosegar mi locura y abrazarme.
Seré tu hijo, acúname y ámame.

Ahora todo parece oscuro,
quizá lo sea realmente.
¿Pero y si es un nuevo truco?
¿No habías pensado en ello?

No soy el diablo,
pero llevo su piel.
No soy un espíritu,
pero llevo su estigma.


Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt