Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 5 de abril de 2017

Verdades

Por eso amo a esta mujer, aunque no como muchos pretenden creer. Lo confundí una vez, pero no más. 

Lestat de Lioncourt 


La verdad no es fácil de admitir aunque a veces sea lo único que nos mantenga en pie. Es contradictorio, pero ocurre. Vivimos en una época donde la mentira es demasiado tentadora y se toma como placebos para el inminente dolor. Nuestra sociedad está intoxicada por lo que ocurre a su alrededor y prefiere dejar de pensar, olvidar lo que realmente ocurre más allá de sus narices, con tal de sobrevivir en un ambiente hostil e imposible. Sin embargo, se lucha continuamente por descubrir y usar esa verdad como símbolo. No importa cuánto o cómo se logre, pues a veces los medios no son los más correctos o propios, pues lo único que se desea es sacar la cabeza de esa brea que impide respirar sin rezumar odio, violencia, venganza o miseria.

Durante muchos años intenté admitir todo lo que me ofrecía esta vida. Una vida plácida pese a la lucha constante de la mujer que me cuidó y crió como si fuese mi propia madre. Pero luego me di cuenta que la mayoría de aquello que conocía era una mentira tras otra ocultando una verdad incómoda que me haría sufrir un calvario. Mi único mal fue nacer, igual que el de otras mujeres en mi familia. No digo que hayamos tomado decisiones incorrectas, sino que alguien tomó esas decisiones indebidas hace demasiado tiempo y aún resuenan sus pasos entre la galería de nuestras propias almas.

Un simple baile impetuoso, lleno de libertinaje, en unas viejas rodas hizo que un fantasma se presentara ante una antepasada y esta decidiera vengarse, de forma tal vez algo infantil e indebida, del hombre que la había marcado y hecho madre sin tomar luego responsabilidad alguna. Supongo que eso fue el inicio del fin, como se suele decir, para decenas de generaciones. Después su hija siguió el camino torcido y decidió por fin asentar los trucos sucios de aquella criatura. Otros lo adoraron como si fuera el demonio. Digo otros porque también hubo un hombre, aunque este intentó combatirlo a sus espaldas y de nada le sirvió. Ese hombre fue Julien Mayfair. Intentó corregir el camino y cambiar el rumbo de la familia, pero fue imposible. Cuando murió en el alfeizar de su ventana, observando el jardín donde su descendencia moriría o acabaría enloqueciendo, lo sabía. No había hecho demasiado, pero lograría regresar como espectro para ser parte de una pieza más de un rompecabezas extraño.

Me costó años saber la verdad. Conocer los orígenes de mi familia fue duro, pues supe que mi verdadera madre estuvo viva y sedada para que no me buscara. La tachaban de loca cuando todos sabían, sin excepción alguna, que esa criatura existía y que muchos en Nueva Orleans, la ciudad donde residíamos, lo llamaban “El Hombre”. Mi propio marido lo vio desde que era un niño y conocía bien sus rasgos. El mismo que era familiar mío sin saberlo. Sí, éramos primos y cumplimos con una tradición de incesto que sucedía desde antaño: los Mayfair se casan con Mayfair.

Actualmente he sido madre de dos monstruos, aunque la mujer que yació en mi vientre la considero más un ángel que un demonio. Ese espectro se apoderó de mi hijo y lo hizo nacer con una genética distinta a lo habitual. Se quedó con su cuerpo y se llamó así mismo Lasher. Intenté protegerlo únicamente porque un instinto animal surgió de mis entrañas: tenía que salvar el fruto de mi vientre. Fui una estúpida. Recurrí también a la ciencia. Amaba la ciencia. Soy una científica y vivo por las innovaciones. Creí que él podía aportar algo nuevo y busqué la verdad en su genética. De nuevo una estupidez tras otra. Mi marido estuvo a punto de morir, además lo consumía la soledad, cuando yo me marchí y por otro lado esa criatura me violó y sometió a sus caprichos. Incluso me hizo gestar una hija suya tras varios abortos.

Ya no puedo ser madre. Ambas criaturas yacen bajo las raíces de un viejo roble. Mona Mayfair, que era prácticamente una niña cuando la conocí, se hizo con la principal heredera pero no sirvió de nada. Ella también cayó en esa genética extraña y tuvo una hija con mi propio marido, fruto de un desliz por su parte debido a mi estupidez, y también varios abortos que he ocultado incluso a mis familiares más próximos. En estos momentos sus nietos, los nietos de Mona y Michael, donan su genética y colaboran conmigo intentando hallar soluciones a pacientes que vienen buscando prácticamente la inmortalidad.


Si mis pacientes supieran la verdad caerían en la locura. Por eso quizá no buscan más allá de la fachada icónica de este Hospital Mayfair. Tal vez por eso no contemplan el dolor en mi mirada. Sí, quizá.  

viernes, 10 de marzo de 2017

Paraíso

Ashlar y Morrigan eran una gran pareja, al menos así me pareció. No los conocí con vida, si bien sé que eran el uno para el otro.

Lestat de Lioncourt



Lluvia de odio ácido arrebatando tu felicidad,
la cual fue nuestra por unos instantes
mientras me llamabas “querido amante”.
Te convirtió en un ser envenenado de frivolidad.

Y tú dices ser mi salvador.

Lluvia de sentimientos cayó sobre tu rostro,
lluvia de dolor y angustia que penetró como daga
más allá de los infiernos y sus monstruos.
Te convirtió en un alma frustrada y encerrada.

Y tú dices ser mi gran amor.

Una ventana al paraíso de sueños rotos,
primaveras olvidadas y alas cenicientas...
Las mismas que cargas en tu espalda; no mientas.
Esas que te anulan desde tiempos remotos.

Y tú dices ser de mis mejillas su color.

«Quedó sumergida en ese poema como si fuese un mar bravío. Sus enormes esmeraldas parecían opacas, más frías y oscuras que nunca. En ese momento no parecía una mujer, sino una de las muchas muñecas que yo coleccioné en el pasado. De esas hermosas y primorosas niñas eternas que yo fabricaba para mantener la ilusión en los corazones de los niños.

Deseé sostener su mano, pero lo vi inútil. Algo en ella se quebró. Tal vez todos esos sueños que creía poder alcanzar la sepultaron demasiado rápido. Tan rápido como un suspiro en mitad de una noche turbia.

Las olas rompían contra las rocas y la espuma llegaba a la orilla dorada donde estaba sentada, desnuda y con los dedos enterrados en la arena. Recitaba una y otra vez esos versos y de vez en cuando decía con firmeza que ella era mi reina, que yo sería su rey y este sería nuestro reino sucediese lo que sucediese.

Creo que vio el final de los días más allá de aquel rojo atardecer. Lo vio. Pudo ver en sueños lo que ocurriría. El paraíso se convertiría en infierno, nuestros hijos no serían la salvación de un pueblo sino sus verdugos, y nosotros seríamos testigos de dolor y miseria. Ella lo pudo ver, igual que su tatarabuela pudo ver el final de un camino emprendido tras un baile entre las mágicas rocas de un rincón perdido.


Por mi parte, sólo entoné una vieja canción sin letra. Era sólo un murmullo en el viento. Se recostó en mi torso desnudo, como si fuese Adán y ella Eva, y le dije que nada turbio nos alcanzaría. Mentí. Ella sabía que mentía. Aún así en ese momento se echó a reír y acarició su vientre lleno de vida. Debíamos creer esa mentira antes de hundirnos en la miseria. Debíamos tener fe.»

viernes, 6 de enero de 2017

Gigante

Gigante era, pero en todos los sentidos.

Lestat de Lioncourt 

Veía como dormía, allí acostado en aquel enorme sofá, y algo en mí me reconcomía. Jamás había permitido que se sintiese tan angustiado y desdichado. Frotaba mis toscas y deformes manos entretanto clavaba mis horripilantes ojos, de pobladas y cortas pestañas, en su bondadoso rostro de gigante. Era como Gulliver recostado en la playa, pero esta era color negro perla. Me acerqué un poco más suspirando, agarrando la chaqueta abandonado en el respaldo de una de las sillas, para taparlo.

—Ah...—dije mis pobladas y disparejas cejas. Animé mi rostro con una mueca aún más horrible que la habitual y luego me senté. Estaba cerca de la hoguera que palpitaba sobre gruesos troncos de leña—. Mírate, Ashlar—comenté tomando la mano del brazo que colgaba del gran sofá—. Tan hermoso, tan perfecto, tan seductor, bondadoso y estúpido. ¿Acaso creías que iban a aceptar a monstruos junto a ellos?—me encogí de hombros y suspiré con pesar.

Los brujos se habían ido hacía algunas horas dejándolo sumido en tristeza. Habíamos ido a tomar algo a un bar. Como de costumbre él pidió leche caliente, yo whisky solo con dos cubitos de hielo naufragando en la inmensidad de la bebida. Él permaneció de pie largo rato, frente a la barra, sin saber si pedir otro vaso de su bebida. Yo había trepado hasta un taburete, aunque finalmente fue él quien me subió con una sonrisa tan bondadosa como melancólica.

—Se han ido—anunció.

—Lo supuse—respondí.

—Los extraño—admitió algo que veía en esos ojos azules que tanto amaba.

Jamás fui capaz de confesar mi amor hacia él, aunque sabía que yo siempre le defendería y querría a mi modo. Pero el amor, no. Hablar de amor era difícil y más cuando eres un enano deforme, de una tribu de degenerados, que amarían ver muerto a tu compañero. Sin embargo, estuve a punto de decirlo en aquel bar abarrotado de hombres y mujeres humanos.

—Samuel...—dijo confrontando la desafortunada noche con lágrimas a las que podía darles nombre, rostro y dirección.

Rowan Mayfair y su marido, Michael Curry, habían desaparecido de su vida del mismo modo que habían llegado. Se convirtieron en dos estrellas fugaces. Entonces él, ese enorme hombre de negocios, cayó en un sufrimiento terrible.

—No te quieren. Si te quisieran no se habrían largado—comenté cruel.

No obstante, allí estaba. Había tomado su mano entre la mía acariciando sus dedos. Sabía que se iría en busca de esos dos imbéciles. Me dejaría solo. Se olvidaría al fin de su desafortunado amigo.


—Te amo—pronuncié volviendo a la realidad—. Y nunca te darás cuenta, ¿verdad, gigante?  

martes, 3 de enero de 2017

La muerte de un ángel

La muerte siempre se lleva parte de nosotros, de los que nos quedamos aquí, pero deja un poco de aquellos que se marchan.

Lestat de Lioncourt 


Él estaba muerto. El hombre que intentó salvar a mi madre y a la familia múltiples veces, como si fuese un ángel de la guarda, yacía en una fría camilla metálica listo para hacerle una autopsia innecesaria. Todos habían visto como el conductor de un coche, a toda velocidad, había arremetido contra él en un paso peatonal y después, como si de una novela negra se tratase, echó hacia atrás el vehículo y lo remató estando en el suelo. El conductor fue detenido a las escasas horas y aclaró que fue contratado para tal fin: matar a Aaron.

Mis hijos habían muerto. Él resultó ser un auténtico monstruo buscando la absolución. Un ser que jamás fue amado y que vivió una vida llena de tormentos, la cual se prolongó en el tiempo gracias a una antepasada común. Calculé bien los datos, aunque no tenía pruebas fehacientes, y supuse que la familia de su padre también lo fue de Deborah. Ambos teníamos el mismo árbol genealógico. Fue escalofriante. Sobre todo saber que había estado aguardándome y haciendo todo lo posible porque yo naciese. Incluso mató al padre de Michael, mi suegro, cuando él sólo era un adolescente. Un crimen horrible. Ella fue asesinada por mis propias manos. Era un ángel, pero me asustó. Me salvó la vida, pero yo no podía soportar la sola idea de su genética. Una hija fruto del incesto, la desesperación y el horror. No podía soportarlo.

Michael estuvo a punto de morir. Su corazón había fallado y casi se ahoga. No estaba allí para tomar su mano ni para soportar la tristeza de sus ojos. Había estado atada, aislada y amordazada día y noche. Pocas eran las veces que estaba libre de ataduras, pero me encontraba tan débil que no podía hacer nada más que comer la escasa comida que mi propio hijo, mi verdugo, me traía.

Había quedado sumida en la locura, en miles de pensamientos que iban y venían, pero me despertó esa muerte. Una muerte que no fue anunciada, sino que pude sentir con cada fibra de mi cuerpo. Vi a Aaron cruzar el jardín, contemplar con tristeza la casa como si estuviese viendo aún a mi madre sentada en el porche, sacudió la cabeza y desapareció. Su espíritu vino una vez más a este lugar maldito para despedirse. No hizo falta que nadie me intentase hablar. De inmediato me incorporé y recobré el sentido. Como si hubiese estado dormida desperté para dar una noticia tan terrible.


Creí que nunca iba a vivir algo tan doloroso. Supongo que la figura de Aaron, en cierto modo, se convirtió en la de un padre para mí. Por eso, cuando tuve frente a mí al culpable de su asesinato, no impedí su muerte. Disfruté viendo como moría a manos de otro monstruo, pero este demasiado bondadoso para un mundo tan despreciable. Jamás pagaré a Ashlar todo lo que hizo por mí, ni siquiera cuidando a la escasa descendencia que ha sobrevivido. Nunca.  

lunes, 2 de enero de 2017

Un monstruo entre hombres

Monstruo no me parece, pero su genética quizá... 


Lestat de Lioncourt




Acababa de terminar la entrevista de trabajo con la nueva secretaria. La anterior no duró demasiado en su puesto. Era demasiado joven, demasiado hermosa, demasiado inteligente y demasiado dulce. Cualquier hombre se sentiría atraído ante la idea de tener a una mujer similar a su alcance, la cual se sonrojaba con cualquier simple halago hacia su trabajo y disposición. Era una chica demasiado alegre y con una personalidad intensa.

Hacía tan sólo unas noches me quedé demasiado tiempo en el despacho. Cerraba la contabilidad navideña. Como si fuese un Santa Claus moderno revisaba la lista de los distintos comercios que habían adquirido nuestros productos. Observaba cuál era la muñeca más vendida, el rompecabezas más codiciado entre los más pequeños de la casa y algunos juguetes de colección, los cuales posiblemente habían sido comprados por adultos para adultos. Ella se había negado a marcharse dejándome solo en una oficina vacía, algo lóbrega, y en pleno festejo navideño.

Esa misma tarde la había escuchado discutir con su pareja. Creo que él le recriminaba el pasar demasiadas horas trabajando, pero teniendo en cuenta las fechas en las que estábamos era bastante común. Desde octubre hasta diciembre la fábrica no dejaba de producir, la centralita echaba humo y muchos comercios pedían reposición porque mis juguetes, aunque no tenían demasiada publicidad, los codiciaban niños y adultos.

Era su hora libre, estaba frente a la cafetera, y no paraba de hablar alto por el móvil. Decía algo de su vida, su trabajo y su gran sueño. Siempre había soñado trabajar para una importante empresa, cobrar un buen salario y hacerlo con dignidad. Tenía un brillante historial académico, había estudiado empresariales y tenía algunos cursos extra. Cuando la contraté como secretaria se alegró, cuando alguien de su posición social y estudios jamás hubiese aceptado tal puesto. No obstante, creía firmemente en las viejas historias que se contaba del fundador de mi empresa.

—Estoy en una empresa maravillosa, Charles—dijo—. ¡Es mi oportunidad! Quiero conocerla desde el puesto más básico hasta ser parte imprescindible de alguno de los departamentos. ¡Comprende!—exigía frustrada mientras echaba un poco de café en su leche—. ¿Me vas a dejar?—preguntó dejando la jarra de cristal en su lugar—. ¡Me vas a dejar! ¡Sólo he hecho seis horas extra esta semana! Sí, eran necesarias—frunció horriblemente su ceño y añadió—. No como tú en mi vida—colgó, guardó el móvil en el bolsillo de su chaqueta y se tragó las lágrimas con un trago de café.

—Debería marcharse a casa—dije interviniendo al fin.

—Señor Templeton—murmuró sorprendida—. Su bisabuelo decía que...

—Sé lo que decía. Decía que el trabajo duro y los sueños van de la mano, pero debería ir con su pareja. Son fechas para estar con quienes se ama—respondí.

—No, él no me ama—dijo soltando la taza mientras me miraba a los ojos—. Si me amara no me trataría como un objeto, me trataría como una mujer. Una mujer no es un objeto—comentó acercándose a mí para tomar mis manos entre las suyas—. Muchas gracias, es usted un jefe admirable. Trabaja más duro que todos nosotros y siempre está contratando gente muy diversa. Sus muñecas son increíbles y no sólo las adquieren niñas. En sus catálogos los niños juegan con muñecas asumiendo su papel de padre. Me recuerdan a mi hermano cuando jugaba conmigo y mis amigas. Ahora él es arquitecto, diseña casas hermosas y familiares, porque desea recrear ese ambiente familiar que nosotros hacíamos jugando con sus juguetes... The Boy Blue es una empresa que pertenece a mis mejores recuerdos infantiles. Se lo agradezco a su abuelo y a su padre, pero también a usted.

Esas palabras me conmovieron, igual que la tibieza de sus manos. Ella no sabía que no existía ningún antecesor en mi cargo. Había vivido solo, sin familia ni amigos, durante siglos. Mi familia había muerto por mi culpa, ya que quise que el Dios humano nos bendijera y aceptara. Si bien, sólo traje división y muerte. Aún, en algún rincón de Escocia, me tienen como un santo y rezan porque regrese. Sin embargo, sólo soy un monstruo que busca realzar la inocencia infantil para recordársela a los adultos y obligar a los niños a mantenerla.

Aparté mis manos lentamente y ella me sonrió con timidez. Noté un sonrojo muy tímido en sus mejillas. El mismo sonrojo que horas más tarde tenía al entrar en mi oficina. Entró sin llamar, pues la puerta estaba encajada, y me pilló jugando con un tren. No llevaba mi americana, las mangas de mi camisa estaba mal recogida y mi corbata algo desanudada.

Muchas veces juego a solas comprobando que todas las piezas son duraderas y funcionan tal y como decimos. Se echó a reír, se sentó a mi lado y me pidió poder jugar conmigo. Nos convertimos en niños de un momento a otro. Hacía muchas navidades que ella no era tan feliz, al menos eso me comentó.

En algún momento nuestros dedos se chocaron otra vez, pero en esta ocasión por simple descuido. Finalmente olvidé que era un monstruo y la besé. Besé esos labios pintados con un labial color guinda, coloqué mis manos lejos del mando del tren para empezar a desabrochar su camisa celeste, y ella no dudó en tomarme del rostro. Esos dedos eran como pétalos de rosas rodando por mis pómulos.

Su blusa cayó al suelo dejando ante mis excitados ojos el sostén de encaje blanco. Eran hermosas magnolias que apenas cubrían su piel de leche y sus pezones rosados. Ella de inmediato se soltó el cabello negro, cayendo sobre sus hombros y rozando su espalda. Sus ojos profundamente oscuros me mostraban una erótica alma. Algo en mí despertó y me hizo caer sobre ella como un animal salvaje sobre su presa. Rió de forma fresca y luego gimió al percibir mis dientes sobre su cuello. Mis dedos viajaron rápidos sobre su falda, para subirla sin problemas. Sin embargo, me apartó para levantarse y quitarse las restantes prendas.

—No quiero que piense que esto lo hago por mejorar en mi puesto, sino porque le deseo. Es un hombre maduro y encantador... aunque sólo me saque unos años—dijo creyendo que sólo tenía treinta años, pero en realidad tengo más de tres mil. Ni siquiera yo soy capaz de recordar la edad que tengo.

Con sumo erotismo se quitó la falda, dejándola caer hasta sus elegantes tacones de aguja, después se quitó el sujetador provocando que salivara al imaginarlos repletos de leche, y por último bajó sus bragas, las cuales iban a juego con su restante lencería. Tenía el monte de venus libre de cualquier vello y una pequeña raja que ocultaba una cálida abertura. Mi erección ya era algo notable bajo mi pantalón, por eso ella se arrodilló.

—¿Deseas que me deje las medias y los tacones?—preguntó acariciando sutilmente mi bragueta.

—Elisa...—jadeé agarrándola de la muñeca para detener esas caricias. Aparté la mano, bajé la cremallera y me incorporé.

Mi destacada altura la dejó en silencio. Arrodillada mis más de dos metros la hacían sentir muy pequeña, igual que alguna de mis muñecas, porque sólo alcanzaba a duras penas el metro cincuenta. Mi miembro, frente a su boca, la dejó pensativa pero no dudó en besar el glande y lamer sutilmente desde la base hasta el prepucio, donde se detuvo a mordisquear esa piel sobrante que iba retrayéndose. Finalmente comenzó a succionar aferrándose a mis caderas. Mis largos cabellos negros cubrió mi rostro, mientras dejaba que ella disfrutara de aquel acto tanto como yo lo hacía.

Si bien, no me pude contentar con aquello. No quería tan sólo ser un observador más. Agarré su nuca con mi mano derecha y con la izquierda sostuve mi sexo por la base. Ella abrió los ojos algo asombrada cuando empecé a penetrar con fuerza, sacando casi todo el miembro hasta volver a enterrarlo por completo en su garganta. Llevaba un ritmo algo rápido y perverso, sus pezones se irguieron sólo por esa sensación de dominación y sus muslos se empaparon con sus fluidos. No tardé mucho en levantarla para llevarla hasta la mesa, donde la recosté para mordisquear sus pezones. Succionaba igual que un niño pequeño la leche materna, una leche que no existía pero que en mi imaginación era deliciosa. Mis enormes manos hicieron presa su estrecha cintura. Sus gemidos eran cada vez más elevados y mi sexo se rozaba sobre su húmeda entrada.

—Señor Templeton—dijo apoyando sus manos sobre mis inmensos hombros, pero de nada le sirvió. Pronto le di la vuelta para morder sus glúteos, lamer su estrecha entrada y subir con mi lengua hasta su nuca. Allí, en esa delicada zona, la mordí al mismo tiempo que la penetraba.

Un alarido de placer surgió de su garganta llevándola al orgasmo. Si bien, no me detuve. Jadeaba cerca de su oído, pronunciaba palabras algo malsonantes y sucias, entretanto mis manos se dirigieron a sus senos para exprimirlos como si fueran naranjas de zumo. Sus piernas estaban tan temblorosas que no hubiese podido quedarse en pie, aunque ni siquiera llegaba al suelo. Eché a un lado algunos documentos, casi arrojándolos al suelo, para colocarla de lado dejándola con las piernas cerradas. El roce era delicioso, incluso parecía virgen. Sus ojos se cerraban mientras gemía desinhibida, pues no había nadie más en aquella planta.

En cierto momento salí, coloqué por completo su espalda en la mesa y dejé que me echara una mirada de lujuria demasiado provocadora. Me hundí entre sus muslos, lamiendo sus fluidos y acariciando con deseo su clítoris. Empecé a succionar y lengüetear abriendo bien sus piernas, pues quería cerrarme los muslos debido al placer. Sus manos se colocaron en sus pezones retorciéndolos mientras la observaba desde aquella privilegiada posición. Finalmente me erguí como un coloso y la penetré arremetiendo con codicia y maldad, llevándola de nuevo a un orgasmo junto con la sensación de mi cálido esperma bañando su estrecha entrada. Los músculos de su vagina me acapararon exprimiendo cada gota de esa gloriosa leche, y toda ella vibró. Vibró por los espasmos de placer, pero también por los espasmos de la muerte.

Al salir de ella mi monstruoso crimen había acabado. Su cuerpo estaba yermo y un hilo de sangre salía de su nariz, así como también de su boca. Muerta. Estaba muerta. Había sufrido una rápida gestación y aborto de un Taltos, un monstruo igual que su padre.


Me deshice del cuerpo antes que nadie supiese la verdad. No obstante, antes la limpié con cuidado y acomodé sus prendas. La llevé en brazos hasta el garaje, para llevarla a un páramo alejado de la ciudad. Allí la enterré besando sus labios, llorando su muerte. Me dejé llevar. Olvidé que era un Taltos y que mi simiente la mataría. Al regresar eliminé las pocas imágenes donde se nos veía, a ella muerta en mis brazos, para luego echarme a llorar en mi despacho. El mismo despacho donde me despedía de su sucesora, una chica joven y alegre como ella...  

domingo, 1 de enero de 2017

Juguetero

Sólo pude conocer lo que quedó de él, de su historia, pero os prometo que vale la pena.

Lestat de Lioncourt 




La nieve caía, como habían caído cientos de sueños muertos en mi alma. Cubría todo con un manto encantador. Aún las luces navideñas plagaban la ciudad y los numerosos establecimientos todavía estaban cerrados, pues intentaban poner en marcha una nueva estrategia para alentar el consumo tras estas semanas de locura. Cientos de niños en la ciudad, por no decir miles, jugaban con las muñecas, peluches y juguetes motorizados que se habían ideado en mi empresa y fabricado con todo el amor, respeto y deseo para ellos.

Al girarme, encontrándola a ella allí sentada sobre mi mesa, sonreí. Había sacado a mi hermosa Bru de su escaparate. Nadie iría hoy al museo para poder contemplarla. Pocos sabían que esa muñeca me pertenecía hacía más de un siglo. Todos creían que era de mi antepasado, el cual fundó la empresa buscando ser más económico y por ende poder llenar los brazos de los niños con juguetes educativos, duraderos y baratos.

Ella me miraba con sus hermosos y profundos ojos de vidrio, como si pudiera hablar recriminándome la tristeza en los míos, mientras yo deseaba acariciar sus escasos mechones y sus mejillas llenas aún tan coloridas. Ya no tenía la belleza de otras épocas. Ni siquiera parecía la muñeca que una vez fue. Parecía un trapo bien arreglado y colocado en mi mesa. Si bien, yo la seguía viendo igual de hermosa. ¿No es eso el amor? Los cuerpos humanos se estropean y aún así se siguen amando las parejas.

Yo no soy humano, aunque lo aparente. Mis empleados me rodean, me saludan, me besan, me estrechan la mano y discuten conmigo como si fuese uno de ellos. Jamás lo he sido. Sin embargo, esa noche fría deseé serlo, como casi siempre, porque quería tener una familia con la que celebrar el principio de un año y una década que decían que sería prodigiosa. Me eché a llorar, lo recuerdo. Cubrí mi enorme rostro con mis enormes manos de dedos largos y blanquecinos.

Hacía tanto que no me fundía en un abrazo cálido y amistoso, ni en unos labios apasionados o entre las sábanas de una mullida cama. Estaba maldito. Nadie lo sabía. Era el único. No había más seres como yo en este maldito mundo. Todo mi culpa. Todo por adorar a un Dios humano. Todo por ser el ser que fui. Todo por nada.


Mi nombre es Ashlar Templeton y así se inició mi historia, la historia que se vincularía a una familia ya bastante conocida. Permitan que les narre parte de este dolor, de este pequeño pedazo de dolor, ocurrido en Nueva York un frío invierno.  

jueves, 22 de septiembre de 2016

Lo que yo recuerdo

Ashlar no lo conocí, pero hay documentos suyos para publicar.

Lestat de Lioncourt


En la Cata Magna de Talamasca rezaban numerosas normas, las básicas eran tan sólo diez; sin embargo, como en toda institución, las normas van modificándose y añadiéndose con el paso de los años. Habían pasado siglos desde que los primeros muros de las principales sedes se alzaron, llenaron de información y libros prohibidos, para investigar a los diversos seres que allí podían tener asilo.

Los conocía bien. Sabía que estarían deseando de volver a cruzarse en mi camino; pero decidí esquivarlos todo el tiempo y convertirme, frente a los humanos, en un hombre de negocios con cierto carisma, amor a los inventos y una desmesurada curiosidad hacia la nueva tecnología. No me aislé del mundo, no me oculté como muchos otros seres sobrenaturales hicieron. Detestaba la soledad y era para mí una profunda herida en mi alma.

Acepto que he tenido momentos de gloria, pero también me he derrumbado. Ellos pudieron ayudarme; sin embargo, decidí apartarme corriendo los riesgos de vivir plenamente. Rogar a viejos amigos, cuando la mayoría ni siquiera sabían ya que era un Taltos, era un peligro. Desconocía si la afabilidad de sus viejos miembros, la bondad de sus pasadas acciones, y la aportación que habían realizado a la memoria colectiva seguía ahí.

Cuando recorría las calles de Nueva York, con aquel imponente gabán negro, pensaba en mi fortuna. Las riquezas que había acumulado, como los míticos dragones, y que no disfrutaba porque no tenía descendencia. Imaginaba mi vida como humano, simple y dichoso, trabajando en las oficinas de cualquier empresa. Sí, viviría con estrés, y, posiblemente al borde de un ataque de ansiedad; pero al llegar a casa mi pareja se abrazaría a mí, besaría mis labios y me haría feliz contándome las aventuras que ella, o él, habían tenido por esta jungla de asfalto.

En ciertas ocasiones, como las fiestas más celebradas o cotizadas por todos, me sentía más vacío y solitario. No obstante, cumplía una función hermosa para la mayoría de niños. Era como Santa Claus. Fabricaba hermosos juguetes en mis fábricas, resistentes y baratos, que todo el mundo podía adquirir. Ni siquiera los catalogaba para niños o niñas, adultos o pequeños. Todo el mundo podía jugar con un cochecito, una pequeña y elegante muñeca, un tierno peluche o un rompecabezas inmenso. Quería unir a las familias, hacer felices a los niños, y sentirme querido de algún modo. Si la gente amaba mis proyectos, en cierta medida, me amaba a mí.


Un día, como otro cualquiera, vino a mi mente la frase de Talamasca: Vigilamos, y estamos siempre presentes. Me cuestioné si no había hecho lo mismo. Vigilaba a la sociedad, siempre estaba presente, y no formaba parte de ella como hombre, sólo como empresario. Me carcajeé y sentí que había acondicionado esa frase a mi vida.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Compañía

Se encontró en uno de los despachos de Ashlar Templeton. ¡Disfrutad!

Lestat de Lioncourt 



Dormía. Estaba allí, echado en mi cama y arropado con las mantas que había pedido para él. Sobre una de las sillas del salón estaba su chaqueta, algo desgarrada y manchada de sangre. Samuel negaba una y otra vez mientras nos veía desde el pasillo. Yo no sabía bien por qué estaba ayudando a ese muchacho, aunque en el fondo recordaba todo lo bueno que había hecho Talamasca por mí ,y, por supuesto a los dos brujos que habían cautivado mis pensamientos. Cabía la posibilidad de poder estar en contacto con Taltos. Si había surgido uno del vientre, ya yermo y débil, de esa mujer significaba que podía caber la posibilidad de otro dentro de esa familia. Si bien, sólo podía verlo a él.

Me pregunté por qué tantas pericias había pasado. Cuántos años había vivido bajo el techo de la Orden de Talamasca hasta que le dieron una misión tan suicida; la cual, al parecer, estaba siendo desastrosa y le habían pedido prácticamente que se detuviera. Querían lejos de la familia a Yuri Stefano y su jefe, aquel tal Aaron Lightner.

—Nos estamos metiendo en un lío y nuestras vidas ya son complicadas—dijo desde la sala; sirviéndose un whisky. Pude escuchar el tintineo de los hielos y la botella de cristal abriéndose, para verter su contenido etílico de forma abrupta y desmedida como siempre.

—Tú eres quien le ha salvado la vida—respondí saliendo de la habitación.

—¿Qué querías que hiciera?—contestó tras un largo suspiro—. ¿Dejarlo morir a manos de enanos deformes?—dijo con cierto sarcasmo mirándome a los ojos—. Odio a mi gente. De verdad, los odio. No voy a permitir que maten a un inocente.

—Entonces, ¿cuál es el problema?—dije sin perder detalle a su pequeña mano que aproximaba el vaso a sus labios, algo gruesos y de dientes ligeramente torcidos—. Dime, Samuel—murmuré inquieto.

—Tú lo sabes, Ash—chistó y dio un trago.

—¡Ah! ¡Enano del demonio!—exclamé en voz baja mientras tomaba asiento en aquel sofá.

—¡Ah! ¡Gigante maldito!—respondió.

Ambos nos miramos echándonos a reír. Él me sirvió un vaso de leche fría con hielo, me lo aproximó y se sentó junto al fuego. Se quedó allí mirando como se consumía la leña. No sé en qué pensaba, pero podía ver ciertos celos. Siempre habíamos estado juntos. Éramos él y yo, dos proscritos. Los enanos lo odiaban tanto como a mí. Éramos la cara y la cruz de una misma raza y en medio, como no, los brujos.

Pasada una hora él se marchó. Según me dijo tenía negocios pendientes. Posiblemente era una partida ilegal de cartas. Por mi parte me fui al dormitorio, miré la herida de Yuri y acaricié sus cabellos azabaches. Ese gitano tenía un espíritu tan limpio y libre que me entusiasmaba. Hacía mucho tiempo que no veía una belleza tan exótica y agradable. Era un hombre joven, de unos treinta años, y yo un milenario Taltos que comenzaba a tener canas.


Me recosté al lado del chico, lo abracé por la cintura y aspiré su aroma. Si algo malo pasaba, fuese lo que fuese, no quería morir solo. Deseaba tener contacto con algún brujo poderoso o al menos fallecer amando a ese chico. Porque fueron tan sólo unas horas, pero algo en mí se movió por dentro. Quizá fue un oscuro secreto que llevaba siglos allí formándose y estalló cuando el apareció. Nunca lo olvidaré. No podré olvidar ese olor corporal, esa piel cálida y esa forma de respirar profunda dejándose llevar por el cansancio y la fiebre.

sábado, 25 de junio de 2016

Reproches.

Michael transcribió esto hace unas noches recordando a Mona y yo lo comparto. Me pregunto dónde estará.

Lestat de Lioncourt 



—Hace tiempo que no hablamos—dije sentándome en el borde de los pies de su cama.

Un aparato controlaba sus constantes vitales y otro la alimentaba. Llevaba algunos días en el hospital y yo no había tenido tiempo para poder verla. Mi trabajo me absorbía demasiado y me encontraba en mitad de cinco proyectos importantes en la ciudad. La restauración de mansiones y edificios antiguos era algo arduo pero gratificante. Yo necesitaba tener la cabeza despejada tras todo lo ocurrido en mi matrimonio, mis amigos y mi familia.

—¿Acaso importa?—preguntó.

Tenía los ojos turbios de haber llorado. Sus mejillas aún estaban manchadas por sus lágrimas. Quise besarla estrechándola contra mí, pero sabía que podía ser rechazado.

—Sé que aún estás molesta por el desenlace que tuvo tu maternidad—susurré apartando un mechón de sus cobrizos cabellos.

—Bonitas palabras para decir que ese hombre se llevó a mi hija—respondió sin rodeos en un tono lleno de rabia.

—Ella quiso irse—aseguré—. Nadie podía ni debía retenerla—añadí.

—¿No?—dijo incorporándose mientras me miraba con furia contenida—. Pudiste—dijo arrugando su nariz salpicada de pequeñas pecas—. Él te pidió permiso con la mirada. ¿Quién era?

—Un hombre de su misma raza—contesté—. Él era un Taltos.

Él era Ashlar Templeton, un empresario de éxito que vivía en Nueva York, y que poseía más de dos mil años. Su pueblo se había visto mermado por la estupidez humana. Estábamos de algún modo estrechamente vinculados con su pueblo, o más bien con sus descendientes, porque teníamos sus genes. Provenía de una isla que había desaparecido, pero lograron sobrevivir y viajar hasta tierras de Irlanda donde vivieron en paz algunos siglos hasta la aparición del hombre. El hombre lo cambió todo. Ellos eran pacíficos y bondadosos, pero los seres humanos desean destruir lo diferente. Aún así hubo brujas que tuvieron hijos con Taltos aunque algunas perecieron en el parto. Había seres humanos que los amaban, cuidaban y protegían pero también aquellos que los cazaban para sacrificios a un Dios indolente.

Nuestra hija, Morrigan, era un Taltos. Había nacido fuera de mi matrimonio y ella la había ocultado durante algunos días para que Rowan, mi mujer, no entera en pánico. El primer contacto que tuvimos con una criatura como esa fue con nuestro hijo, el cual era la reencarnación de un fantasma de un Taltos asesinado en sacrificio. Lasher no era Ashlar, como tampoco era Morrigan o Tessa, un Taltos hembra que conocí poco antes de su muerte.

—¿Quieres decir que estará mejor con un Taltos que con su madre?—preguntó.

—Se comprenderán y no se sentirán solos—respondí.

—Claro...—masculló.

—Posiblemente tendrán descendencia y terminarán regresando para confesarte que son felices—era mi esperanza.

Ashlar había desaparecido. Su empresa había cerrado tras dejar una cuantiosa suma a sus empleados. Su edificio y todos los demás vienes habían sido vendidos. Él desapareció sin dejar rastro en días.


—Michael, los Cuentos de Hadas no existen—susurró cansada—. Quiero dormir, vete.  

lunes, 18 de enero de 2016

Inocencia del Pueblo

Ashlar dejó muchos mensajes antes de morir. Mensajes de audio en su mayoría. Oberon los está rescatando.

Lestat de Lioncourt 

El mundo cayó. Cayó como si fuera una torre inmensa de naipes, piezas amontonadas de dominó o un rompecabezas que no pudo resistir a no estar completo. Los sueños volaron para no volver, igual que el humo de las poderosas industrias. Sin embargo, quedó la contaminación de la libertad, de las alas que una vez impuse a cada uno de mis hijos, y por ese motivo muchos que se volvieron en mi contra también lo hicieron contra los intrusos.

No pudimos ser los héroes que pretendíamos. Nos convertimos en seres grotescos. Volvimos a sentir el terror. Regresó el pánico extremo. Nuestros huesos se congelaron junto a nuestra verdad. El mundo se convirtió en un desierto de arenas movedizas, cuando nosotros queríamos un paraíso. Quizás ese poema también hablaba de nosotros. Tal vez debimos ser violentos por una vez, actuar en la raíz del problema, y no ser tan flexibles. El mundo se cubrió de lágrimas.

Mi amor, mi ángel pelirrojo, te vi yaciendo junto a mí. Sentí el frío helando mi cuerpo y el veneno paralizando mi corazón. El mundo caía. Todo se volvía oscuro, amor mío. Todo se convertía en vacío. Ruinas. Ruinas éramos y seremos. Un pasado glorioso que se convirtió de nuevo en una leyenda que se cuenta a los niños para meterles miedo. Horror y tragedia, Romeo y Julieta, para una epopeya demasiado breve. Sólo tuvimos dos actos... tan corta fue la historia...

Inocencia interrumpida, sueños de libertad, ¿eres tú?
Meces mi vieja cuna, enloqueces por completo mis manos
y termino escuchando el rechinar de las olas como un violín.

Delicadas hojas de otoño, flores de invierno y tierra cuarteada
¿Esperas las terribles lluvias de mis amargas lágrimas?
No, no soy yo. No, no soy quien está en la noche sin fin.


Taltos, hijos míos, Pueblo secreto... ¿dónde está nuestra luz?

viernes, 25 de diciembre de 2015

Navidad para todos.

Regalos y bondad... a veces nos olvidamos de ello. Algo que  me ha hecho llegar los Mayfair.

FELIZ DÍA DE NAVIDAD.

Lestat de Lioncourt


El hospital estaba silencioso. La mañana de Navidad era como otra cualquiera. El único murmullo que se escuchaba era el metálico de los distintos utensilios, carros de limpieza y montacargas. Las enfermeras se hallaban en su lugar de descanso, algo adormiladas con un café en la mano, mientras los vigilantes de seguridad mantenían sus ojos fijos en las diversas cámaras de seguridad. Los pacientes aún no se habían incorporado, pero algunos empleados comenzaban a trabajar en su nuevo turno, y otros tomaban duchas calientes para salir de allí hacia sus hogares.

Los niños de la planta de pediatría dormían en sus camas, las cuales tenían colores divertidos y se hallaban en habitaciones cargadas de fantasía. Sin embargo, un hospital era un hospital aunque el Mayfair pareciese más un hotel, un spa o una sala de juegos. Aquellos niños estaban allí, privados de celebrar las fiestas como merecían, y soñaban con despertar en sus cómodas camas junto a sus familiares.

Una furgoneta llegó aparcando en la acera aledaña al hospital. Un joven, de unos veinte años, bajó con sus impresionantes dos metros de altura. El joven vestía un impecable traje hecho a medida en color gris humo, pero su camisa era de un rojo llamativo y su corbata verde abeto, colores indiscutibles de la navidad. Junto a él aparecieron dos mujeres, una rubia e impresionante enfundada en un traje de elfa, y otra una sofisticada mujer de negocios con un traje oscuro aunque con algunos detalles festivos en su cabello, como apliques, en su cabello rojo fuego, con forma de muérdago.

Ellos eran los descendientes de Ashlar y Morrigan, los Taltos que revolucionaron a la familia Mayfair. Solían trabajar y vivir en aquellas instalaciones, aunque poco a poco habían retomado el legado paterno. Oberon amaba los negocios, pero también la diversión. Miravelle disfrutaba de comprobar los juguetes que su hermano diseñaba con los diversos expertos en la materia, con los numerosos jugueteros que eran como elfos de Santa Claus para ella, y Lorkyn disfrutaba de contabilizar las ventas y beneficios.

Habían regresado a su hogar, donde todavía vivían gran parte del tiempo, con un camión repleto de juguetes que ni siquiera podían encontrarse en las tiendas. Tecnología de vanguardia mezclado con la fabricación artesanal. Los niños disfrutaban de aquellas muñecas, osos de peluche y juguetes para el aprendizaje.

—Señor Templenton, ¿desea que descarguemos el camión ya?—preguntó uno de sus trabajadores, que había manejado el vehículo hasta la puerta del hospital desde la fábrica.

—Haga bajar a sus compañeros y descarguen—dijo mirando el edificio con las manos metidas en los bolsillos.

¿Cuántas veces había hecho eso su padre? Muchas veces. Él lo sabía porque los recuerdos de su padre vivirían en su corazón, agitaban su alma y le perseguían en las noches. La bondad de Ashlar siempre estaba presente y le provocaba cierta congoja. Deseaba ser como él. Ansiaba tener su magnetismo en los negocios, su inteligencia y bondad. Ellas también deseaban tener algo de su madre y su padre. Querían tener la fuerza necesaria para mantenerse unidos, pues era el mayor sueño de ambos.

No tendrían una isla caribeña, pero Nueva York podía ser su isla y Nueva Orleans un oasis. La empresa estaba siendo todo un éxito y pronto tendrían diversas sucursales. Si habían ido al hospital era para agradecer a la familia su apoyo, así como demostrarle a los niños que Santa Claus puede venir aunque sea en un camión.

Rápidamente los empleados desfilaron junto a ellos hasta las diversas habitaciones, dejando los regalos con sus tarjetas correspondientes. Era sólo las siete de la mañana. Todavía el cielo estaba oscuro. Los pequeños intentaban descansar, aunque el nerviosismo lo tenían alerta. Por ello no tardaron demasiado en despertar, abrir los regalos como auténticos salvajes y gritar de emoción.


Rowan acudió rápidamente ante el revuelto de los empleados y niños, pero no riñó a los tres jóvenes Taltos. Simplemente sonrió satisfecha. Era Navidad y aquella travesura era algo lleno de amor y bondad. La oscuridad del jardín se había despejado y ahora brillaba el sol de un invierno distinto a los demás.  

viernes, 6 de noviembre de 2015

Dos mundos

Ashlar dejó ésto en el cuerpo de su mujer, minutos antes de morir.

Lestat de Lioncourt


Con un simple gesto, un beso, me enamoré de ti y te hice tantas promesas como las estrellas del firmamento. Me dejé llevar por tu erótico perfume de mujer. Puede que haya tenido otras mujeres entre mis brazos, sólo tú eres la que decidí tener para llegar al fin de mis días. Las olas de la playa acariciaron nuestros cuerpos y la arena cubrió la desnudez. Nos calentamos en un mundo frío, inhóspito y culpable de tantas plagas. Eras tan inocente, bella y salvaje como un animal en mitad de la naturaleza, imposible de retenerte demasiado tiempo y de contentar tu alma libre con cualquier palabra vacía. En mi corazón había un vacío terrible, pues la soledad me estaba matando cada esperanza y tú lograste reanimarlas con tus dulces ojos verdes.

Mi seriedad, palabras tajantes y la forma estricta de llevar algunos hábitos de mi vida te destruían. Me mirabas cansada y harta de tantas miserias, secretos y silencios. Pedías respuestas a tus celos y yo sólo sabía besar tu frente, pegarte contra mi pecho e intentaba con todas mis fuerzas ofrecerte el consuelo que ni siquiera yo podía tener. Había amado a otras, era cierto, pero decidí quedarme contigo. Me encendía con tu rabia y te convertías en fuego junto a mí. No puedo olvidar tus besos apasionados bajo la llovizna. Eras salvaje tempestad, y yo tormenta eléctrica. Pero no queda nada. Permitimos que nos asesinaran por salvar lo mejor de ambos mundos, de tu pasión y mi sinceridad, que eran nuestros hijos.

Miles de sueños se enterraron en aquella arena, como si fueran huevos de tortuga que esperan el momento adecuado para ofrecer una oportunidad al mundo. Las olas acariciaron nuestros cuerpos hasta convertirse en golpes, tan terribles como la realidad que terminó arrebatándonos las noches, amaneceres y mañanas cálidas. En la playa aún pueden escucharse el eco de las conchas, pero no de nuestras voces. Es como si jamás hubiésemos estado allí. Nos hemos convertido en polvo de estrellas, esas mismas que podía contar sobre tu piel y que se convirtieron en metáfora absoluta de mis estúpidas esperanzas.

Ahora quiero llorar junto a ti, abrazarte para que no sufras la soledad de éste frío invierno que nos destroza. Ésta es la última carta. Te ves tan débil, ya casi te apagas, y yo estoy empezando a dejar de notar mis dedos. Dejaré éste papel entre los bolsillos de tu falda, acariciaré tus cabellos una vez más y te convertirás en mi muñeca mágica, en esa que podía sonreírme cuando hablaba de esperanza. Tú, mi niña dormida, te llevas un pedazo terrible de mi corazón y mi alma.


Siempre me recordarás a mi tierra natal, a la vida que una vez quise volver a tener, y a la que nunca quise rechazar. Te secuestré porque no podía fingir mis deseos de vivir junto a ti, de tenerte en mi cama y en mi corazón. Tus ojos siempre serán la esperanza que nuestros hijos llevarán en sus apasionadas venas de soñadores, inventores de historias y amantes de la verdad. Amor mío, lo hicimos bien. Creo que lo hicimos bien.  

sábado, 26 de septiembre de 2015

Hijo mío

Comprendo ahora las lágrimas de Oberon. Éste diario personal cuenta cosas que uno desconocía en esos momentos.

Lestat de Lioncourt 

Me encontraba enfermo, pero desconocía los motivos. Creía que llegaba al final de mi vida, como si aquello fuese posible para un Taltos que todavía podía considerarse joven, activo y dispuesto a seguir construyendo nuevas victorias para nuestro pueblo. Desconocía que uno de mis hijos, Silas, me estaba envenenando. Oberon se sentó aquel día en el gran comedor, llevaba un bol de helado de yogur blanco entre sus manos, y parecía dispuesto a conversar conmigo durante horas.

Él era el más parecido a mí y a su madre, la cual descansaba en el gran dormitorio intentando disuadir sus celos, ahuyentar sus miedos y defender sus pequeños sueños rotos. La leche que estaba frente a mí contenía veneno, pero lo desconocía. Mi hijo pequeño, el menor de todos, observaba el vaso con cierta aprensión y entonces, con cierto temor, me confesó la verdad.

—Te está matando—dijo clavando su cuchara en el cuenco—. Silas, te está matando.

—Es rebelde, eso es todo—susurré llevándome el vaso a los labios.

De inmediato, Oberon se levantó y me arrebató el vaso. Éste cayó al suelo, estallando en mil pedazos y provocando que las baldosas se mancharan. Eran baldosas negras, como la propia noche, y aquella leche era como un blanco presagio. El presagio de mi muerte, mi fin, como si fuese la espuma del mar de mi vieja isla de la cual tuve que huir.

—¡Te está matando! ¡Literalmente te está matando!—gritó agarrándome del brazo—. Padre...

No sé porqué reaccioné así, quizás porque Silas era mi primogénito. Lo abofeteé e intenté que mantuviese el control. Me miró con los ojos llenos de lágrimas y jadeó intentando controlarse.

—La leche lleva veneno, pero si tanto lo amas sigue aceptando sus atenciones—comentó.

Jamás hubiese creído esas palabras, pero mis manos temblaron. Por primera vez me sentía fatigado a la hora de imponer disciplina. Caí hacia atrás, en el respaldo, y miré su cuenco. Él lloraba, pero no le miraba. Me agarró del brazo con fuerza arrugando mi camisa de algodón azul celeste y luego huyó.


Aquella noche no lo pude volver a ver. Llegaron aquellos canallas arrebatándonos la tranquilidad. El mundo cambió demasiado pronto. Comprendí que mis hijos me deseaban muerto y que tenía que actuar, si bien lo hice demasiado tarde. El mundo nos quería en silencio.  

viernes, 14 de agosto de 2015

Danzando en la eternidad

Ashlar y yo no nos conocimos. Bueno, yo lo conocí pero de cuerpo presente. Recuerdo las lágrimas de Mona frente al cuerpo de su hija y del hombre que se la llevó, aquel gigante tan similar y distinto a Lasher que condenó a los Mayfair.

Lestat de Lioncourt


Recuerdo nuestro primer abrazo como si fuese hoy mismo. Tan salvaje, como un animal en plena naturaleza, esperando alcanzar la plenitud de un valle nuevo. Conquisté tus tiernos labios demasiado pronto y te arranqué del mundo guardándote entre mis brazos. Desnudé mi alma junto a la tuya, bañé de caricias cada recoveco de tu cuerpo y tú cediste tan rápido a mis deseos que la locura nos convirtió en dos monstruos hambrientos. Teníamos hambre de amor y sed de lujuria. Tu cuerpo me alimentó como yo alimenté el tuyo.

No olvido la primera vez que besé tus rosados pezones, deslizando mi lengua con cuidado y deseo, mientras apretaba con fuerza mis labios. Tus piernas cedieron rápidamente, abriéndose húmedas bajo los pliegues de la falda de aquel vestido primaveral. Mis manos, suaves y grandes, se deslizaron por tus rodillas hasta tus muslos, de tus muslos a tus ingles y de éstas a la cálida vagina que tanto codiciaba. Mi dedo índice estimulaba tu clítoris mientras tú temblabas. Inexperta, pero conocedora de miles de pecados, decidiste gemir buscando mi sexo.

Bajé mi cremallera y te ofrecí mi miembro, para alimentar tu boca con mi cálida leche. Gemiste, temblaste, bebiste y te convertiste así en mi amante. Pero no fue la primera vez que probaste de mi manantial, ni yo me quedé atrás. En aquellos cómodos asientos, de esa limusina tintada, te hice mía repetidamente. Te permití ser mi amazona, que cabalgaras sobre mi sexo, y despeinaras mis largos cabellos negros. Tú, salvaje pelirroja, te convertiste en un animal seductor con unos ojos enormes e insaciables.


Y allí, en aquel lugar pequeño y confortable, tuvimos a nuestro primer hijo mucho antes de llegar a las ruinas donde conmemoramos nuestro amor. Esas piedras en círculo, alzándose en silencio, nos contemplaron y bendijeron. Después el aeropuerto, los océanos, la playa, los hijos, los celos y el desastre. Ahora sólo queda silencio. Un silencio terrible mientras siento el frío que nos congela y nos mata.   

jueves, 30 de julio de 2015

Libertad

Oberon es uno de esos Taltos que conocí. Lamento que esté así.

Lestat de Lioncourt


Aún lloro a escondidas. Cuando pienso en todo lo que pudimos tener, en lo que se logró y se perdió, me siento un inútil. Quizás pude haber muerto, pero debí ser más rebelde y fuerte. Dejé que mi mundo se derrumbara y que mis padres, aquellos a los que le debo la vida, quedaran enterrados en hielo. Puedo escuchar la voz seria y amable de mi padre, observar sus ojos bondadosos y su sonrisa calmada, mientras intentaba inculcarme los valores de un hombre de negocios serio, inteligente y con deseos de progresar en un mundo salvaje.

Todo lo que nos ofreció se desvaneció. Muchos de mis hermanos eran codiciosos. Ellos deseaban el trono. Querían ser los dioses de una isla perdida en medio del Caribe. Yo sólo deseaba nadar en sus aguas cálidas, caminar bajo el sol y tomar leche fresca. Era algo que mi padre solía hacer. Él lloraba en las noches, como yo, junto a mi madre. Deseaba que ella comprendiera que el pecado que habían cometido era por amor, no sólo por un deseo insano de salvar una estirpe condenada. Sin embargo, en las mañanas podías verlo pasear por aquella larga lengua de arena dorada. Yo salía a su encuentro, caminaba a su lado, mientras él me narraba miles de historias y cantaba conmigo dejando que el viento soplara con fuerza creando pequeñas olas bravas, libres y únicas.

Quiero volver a ser libre lejos de los muros de éste frío edificio. Me conozco cada cuadro, cada sala, cada espacio en la estantería y las insufribles vistas a los hermosos jardines que hay para los pacientes. Detesto la bata de médico. Odio tener que estudiar sobre los avances científicos. Me amarga tener que llevar un control extremo sobre mi crecimiento, mis conocimientos y mi genética. Estoy harto de ser un Mayfair de segunda clase. Soy un experimento genético para Rowan. Me mira con frialdad, pero a la vez me muestra un amor extraño. No logro comprenderla. Creo que no deseo comprender nada de lo que ella pueda decirme. No quiero sentir afecto, pero a la vez sé que los quiero a mi modo. Sólo deseo volver a casa, a la larga lengua de arena, y contemplar un nuevo atardecer junto a mi padre.


Hubiese deseado que viese que éste maldito idiota, un cínico joven y estúpido, se ha convertido en un milagro para muchos pacientes. Gracias a los conocimientos adquiridos he salvado vidas, pero la mía está todavía destruida. Jamás seré libre de nuevo. Nunca podré volver. Jamás podré hablar con mis padres. Mis hermanas no me entienden. Me siento solo.  

viernes, 17 de julio de 2015

Amor a la inocencia

La inocencia la perdemos poco a poco y es buena recordarla. Un texto de Ashlar donde nos recuerda que debemos recuperarla. 

Lestat de Lioncourt


Ella era todo lo que tenía. Su cara de porcelana cobraba vida si yo lo imaginaba. Podía contemplar aquellas mejillas llenas, esa boca dulce, esa mirada encantadora y sus cabellos dorados como si fuera una amiga. La sostenía entre mis brazos y susurraba todo mi cariño, mi corazón y mis deseos. Era una especie de pacto secreto con el mundo, pues guardaba en ella la añoranza y la escasa ilusión que poseía por la vida.

Aquella muñeca me recordó que existe la inocencia en los más débiles. No hay nada más débil que un niño, al cual hay que proteger y cuidar hasta que alcanza la mayoría de edad. En nuestro pueblo eso es impensable. Nacemos para convertirnos en adultos muy rápido, sin necesidad de juegos y aprendizaje previo. Venimos programados como los grandes ordenadores de hoy en día y alcanzamos la madurez con una celeridad asombrosa, pero aún así guardamos la llama de la inocencia y los juegos siguen ofreciéndonos satisfacción hasta llegar a la tumba.

Vi a muchos morir jóvenes. Algunos eran mis hijos. Recuerdo todos sus nombres. No puedo olvidarme de sus miradas, sus sonrisas, el tono peculiar de sus voces cuando se unían en canciones hermosas que hablaban de grandes inventos, momentos de paz y también de miedo. Eran mis hijos. Ellos se convirtieron en mi orgullo y mi más preciada pertenencia. Y con ellos el valle se tiñó de rojo, de un rojo espeso como terrible.

Puse a las muñecas que fui adquiriendo, que yo mismo ayudé a diseñar, el nombre de mis hijos. Eran pequeños tributos a su inocencia, al amor incondicional que tenían hacia mi y la fe que depositó mi pueblo. La misma fe y amor que destruí al dividirlos convirtiéndolos en feroces enemigos.


Por ello cuando conocí a la bruja comprendí que ambos siempre tendríamos algo que nos uniría: el dolor. Ella había visto a sus hijos morir. Sabía que era verse privada de abrazar aquello que germina a tu alrededor. Padecía por Emaleth, su hija asesinada con sus propias manos debido al miedo que nuestro pueblo le despertaba, y también por Lasher, el Taltos macho que estuvo a punto de destruirla. Lamentaba que la historia hubiese sido tan cruel para los cuatro, incluyendo a su esposo Michael, pues hubiese deseado algo distinto mucho más pacífico, con proezas científicas y un amor incondicional por la vida. Pues ella siempre odió que se experimentara con la vida si no era para rescatarla de la muerte. Se sentía semilla del mal y fuente seca. Por eso mismo le ofrecí a Bru para que no olvidara que era inocente y que mi amor siempre sería puro hacia ella. Tan puro como el amor de un hijo hacia una madre.  

viernes, 12 de junio de 2015

Esperanza

Ashlar Templeton era un hombre de negocios. Como he dicho muchas veces no lo conocí, pero para mí era un hombre. No hace falta ser humano para ser humano, hombre y testigo de la humildad. Para mí, como para muchos, la humanidad es un sentimiento y no sólo un envase. 

Lestat de Lioncourt


La nieve se acumulaba en las calles y el frío parecía instalarse en el corazón de aquellos que, sin piedad, veían a los mendigos aterirse en las aceras. Los grises y firmes edificios se lazaban como gigantescas prisiones de sueños, esperanzas y decisiones erróneas. El fuego de la chimenea crepitaba y mi taza de leche caliente calentaba ligeramente mis largos dedos. Mis ojos, siempre soñadores e inquietos, observaba la miseria con desesperación. Con un impulso irresistible fui hacia el interfono y pedí, casi de inmediato, que repartieran mantas y café caliente entre los mendigos de la zona.

Mi traje impecable negro y mi sobria corbata color borgoña me daban un aire ilustre, digno y severo. Sin embargo, en mi corazón había ilusiones similares a las de un niño. Traje que no echo en falta, pero reconozco que no puedo olvidar los días fríos y la soledad que me aislaba en aquel despacho gigantesco y lóbrego para un ser como yo.

Las palmeras se alzan ahora frente a mí, la arena dorada y fina lo cubre todo, el rugir de las olas del mar contra las rocas es incesante y el sol calienta mi piel otorgándome un bronceado que hacía siglos no recordaba tener. Camino por la orilla casi desnudo, tan sólo vestido con un pantalón blanco de algodón y una camisa de lino abierta. Mi pelo largo y negro, pese a mis patillas blancas como la nieve de Nueva York, se mueve salvaje. Tengo una mirada distinta, sueños distintos, esperanzas distintas y un amor que calienta mi corazón provocando que me sienta afortunado.

Frente a mí ella recoge conchas y las contempla con curiosidad. Las conoce, sabe que son, pero jamás había tenido unas en sus manos. Es una niña, pero a la vez una mujer que ya me ha dado varios hijos. Intento que deje atrás el dolor y la culpa, así como sus terribles celos cuyos motivos son demasiado firmes. Es cierto que amé a Rowan Mayfair, pero ella fue elegida por el destino para que la amara y protegiera.

Puedo ver el cielo azul, tan intenso como mis propios ojos, mezclarse con el verde frondoso de la selva cercana, tan similar a su mirada. Dos de nuestros hijos nadan entre las olas salvajes y ríen sintiendo la libertad del paraíso. Pero, ¿durará el paraíso? Espero que sí. No quiero temer más. No deseo sufrir. He dado todo, he abandonado mi poder y mi moderno trono, por una vida nueva más sencilla.


No importa los bienes que poseas, sino el amor que obtengas. Deseo amar y ser amado. Quiero soñar de nuevo como si fuese un niño. Necesito dormir entre los brazos de una mujer que me ame. Necesito que nuestra taza prospere lejos del horror y la barbarie de otras razas cuya humanidad está en entredicho.   

domingo, 24 de mayo de 2015

Soledad y amor

El amor no es sólo importante para los vampiros, sino para todos. Ashlar era un Taltos y lo sabía bien.

Lestat de Lioncourt


Conozco bien la soledad y su estigma. He observado el mundo durante siglos guardando el dolor en mi alma, yaciendo cada noche en una cama vacía de calor y recuerdos, mientras mis ojos se cerraban soñando con una mano amiga, un abrazo sincero y un beso apasionado. Derramaba lágrimas amargas y dejaba que mi corazón se quebrara. Mis brazos temblaban mientras murmuraba el maleficio de mi antigua compañera.

Puedo verla aún ardiendo, gritando y mirándome. Igual que aún puedo sentir las manchas de sangre en mi piel, fruto de una terrible disputa, mientras mis hijos yacían a mi alrededor decapitados y asesinados por sus propios hermanos y amigos. Todos los que allí murieron los amaba. Todos eran mi familia. Quedé vacío. Pocos sobrevivieron y los que lograron salvarse abrazaron un Dios sordo, mudo y nefasto para los nuestros. Era el Dios de los hombres, pero no de los Taltos. Podía haber creado el mundo, pero nosotros no éramos sus hijos.

Jamás he entrado en una iglesia con el corazón lleno de paz. Siempre he tenido miedo. Miedo a los ojos de Dios, los ojos de sus creyentes y la fiereza del fuego de otras épocas que provocaban la muerte de los nuestros. Quise encontrar amor en él, pero tan sólo encontré rechazo. Después, reflexionando, me di cuenta que no era Dios el monstruo, sino sus hijos. Los hombres son monstruos si se les educa en el odio. Por eso intento salvar al mundo del odio, la soledad y la miseria. Busco calmar el dolor con la belleza del juego, la inocencia y la virtud que poseen los niños.

Si salvas a los niños salvas al mundo. Por eso, pese a mi dolor, intento salvar mi alma con la bondad de un santo, aunque jamás me consideré tal. La religión no me hizo bien, pues sus dirigentes están equivocados. Yo también lo estuve. Hay que saber amar como ama un niño. Quizás Dios ama así. Tal vez el amor es eso: inocencia y sueños.



sábado, 4 de abril de 2015

Mi verdad

Ashlar no era un monstruo. Creo que sólo intentaba sobrevivir, como cualquier otro. Llevaba consigo una carga que no era suya, pues él sólo buscaba la felicidad de los suyos. 

Lestat de Lioncourt


He aprendido que el mundo se acaba, pues el ser humano está dispuesto a destruirse dentro del círculo vicioso de la codicia. Cuando más poseen más desean, cuando menos riquezas tienen en sus manos más felices llegan a ser. He visto sonreír a niños con tan sólo unos zapatos nuevos, pero en éstos tiempos muchos arrojarían esos zapatos por la ventana si no poseen una marca de renombre. Decidí apostar por ser parte de ese círculo, aunque intentaba implicarme en la autestirdad y la bondad de otras épocas.

La soledad me consumía. Muchos creen que el dinero, el poder y las posibilidades de ir dónde uno desea, cuándo y cómo, es sin duda el origen de la felicidad. Pero yo, un ser que creía ser el último de un mundo que llegamos conquistar y comprender, me sentía lleno de una tristeza irrevocable. Como si fuese un niño intentaba alejar el espanto de la muerte, de una eternidad vacía y de unas manos monstruosas que se vieron salpicadas con la sangre de sus propios descendientes. Observaba las vitrinas llenas de ojos ilusos, aunque apagados de toda vida, sonriéndome en sus pequeños cuerpos y alzando una belleza que perduraba pese a las décadas. Mi colección de muñecas era, sin duda alguna, la fuente de mi felicidad.

Ellas sabían mi secreto. Solía conversar con aquellos juguetes como si poseyeran alma. Les di un nombre, una historia, unos sentimientos y unos cuidados propios de unos hijos. De entre todas ellas destacaba Bru, la primera y la más maravillosa. Tenía el cabello estropeado, por el paso de los años, pero poseía una belleza mágica y unas cualidades indescriptibles. Me sentaba frente a ellas, contaba mi terrible día mientras daba sorbos a un enorme vaso de leche, y sollozaba por el dolor que sentía ante lo que contemplaba día tras día desde mi despacho.

No me servía tener un museo del motor, unos grandes jardines, mansiones desperdigadas por todo el mundo, grandes inversiones, una empresa juguetera que tenía raíces en todo el mundo y millones de trabajadores orgullosos de pertenecer a mi imperio. Volvía ser el rey de un mundo de muñecas. Un rey sin reino, pero sí con súbditos fieles que siempre recordarían su paso por la historia del mundo. Ante todos los humanos era un hombre de belleza y cualidades admirables, pero en realidad era un monstruo de leyenda que hubiesen capturado, diseccionado y expuesto en su propio museo.

Recordaba las últimas palabras de mi último y gran amor, aquella hembra cuyo nombre aún me hiere. Vi en sus ojos el dolor, en las llamas la verdad y en sus palabras una sentencia de muerte terrible. Moriría solo. Ella me lo había dicho. Me arrebató el aliento el saber que quedaría destruido. Sería el rey de mi propia miseria. Sin embargo, seguía con la esperanza depositada en un posible futuro, en un encuentro con una hembra o un macho de mi especie.

El Dios humano parecía bondadoso, pero sólo trajo miseria a mi pueblo. Quise ofrecerles la redención, olvidando que nosotros teníamos nuestro propio paraíso. Acepté que me golpeara la estupidez, la sinrazón, la hipocresía y la inmoralidad. Me convirtieron en santo de una religión que aborrezco y temo. El ser humano, el hombre como bien se llaman ellos, me mostró su lado más cruel y aún así no los odié. El verdadero culpable fui yo. No comprendí que no podíamos vivir entre ellos, ser como ellos y tener sus costumbres, así como sus religiones. Sin embargo, terminé convertido en un empresario de éxito, nombrado en cientos de revistas y periódicos, llamado soltero de oro, tachado de hombre recto y bondadoso centrado en las obras sociales y en la ayuda al prójimo. Me convertí en un Mesías urbano. Fui el símbolo de muchos creyentes, pero en realidad no creía en nada. Ya no tenía esperanzas.

Entonces, cuando ya creí que el mundo me daba la espalda hacia un silencio perpetuo, los brujos vinieron con su amistad y la historia de unos Taltos que nacieron del vientre de la mujer. Ella era hermosa, fuerte, capaz de matar con sólo desearlo y él tenía el poder del arrojo, la pasión, la bondad en sus ojos azules y la culpa en sus hombros. Los amé. Creo que ellos también me amaron. Y finalmente, tras un largo encuentro, comprendí que ellos guardaban ciertos secretos que no sabían confesar. Había otra hembra. Una hembra que me llevé para mí. Una hembra tan similar a mi gran amor. Una mujer que me amó y que quedó debilitada por todos los hijos que me ofreció, los mismos que intentamos proteger y que acabaron deseando nuestra muerte.


He aprendido que los sueños deben intentar cumplirse, que las religiones pueden ser peligrosas y que no hay que rendirse jamás. También he comprendido que no todo sale como uno desea, pero siempre merece la pena intentarlo porque a eso llamamos vida.  

sábado, 14 de febrero de 2015

El amor de un Taltos

Ashlar estará congelado, pero Morrigan sigue siendo su amor.

Lestat de Lioncourt


El tiempo no logró derrumbar mis escasas fantasías. Viví en una condena que parecía no tener principio ni final. Me merecía los besos y caricias de la soledad, el frío de las sábanas en la cama vacía y el dolor incesante de saber que era el último. Lloraba contemplando los copos de nieve cayendo sobre las heladas aceras. Observaba el rostro de ajada porcelana, tan frágil, de aquella muñeca. Hablaba con ella de mi tortura, el juego cruel del destino y la desdicha de mil años sin compañía.

Pero, entonces, se obró el milagro. Un milagro que hizo que el mundo volviese a girar sin miedo. Las viejas costumbres empezaron nuevamente, como si fuese una obra de teatro mil veces ensayadas, y creí morir en sus brazos junto a su tierno y joven cuerpo. Aquellas pestañas se abrieron como las alas de una mariposa, tan tupidas como rojizas, mientras sus ojos, de un verde profundo, me ahogaron.

Fue hermoso conocerla, pues era como ver caer una estrella fugaz. Su cuerpo de mujer era atractivo y parecía vestido de lujuria salvaje. Sus manos se movían inquietas y mi boca se convirtió en la mejor arma para desnudar sus pechos. La contemplé como quien contempla una diosa. Decidí huir mientras nuestras bocas se mezclaban, nuestro ardía en mitad de un paraíso con nombre de infierno y la ropa sobraba. Un estallido de sensaciones, hormonas y recuerdos nos cubrieron provocando que el amor surgiera uniendo nuestros corazones. ¿Quién nos hubiese dicho que se helarían?

Los pétalos de flores cayeron sobre nuestras cabeza en una boda salvaje. La celebración más extraña y solitaria, pero llena de simbolismo. Nuestros hijos vinieron pronto. Nos sentimos dichosos. Vimos como caminaban y bailaban a nuestro alrededor. La leche de tus pechos se derramaba. ¡Y pensar que ellos serían nuestro mayor delito! Una familia convertida en polvo, recuerdos y tinta.


El amor que te profesé era eterno, como eternos seremos en los recuerdos guardados en el corazón de los que nos amaron. Nuestras manos por siempre estarán unidas. Jamás nos separaremos. Te amé con la humildad de un hombre solitario y con la bendición de un santo.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt