David dio con alguien especial y ha decidido traernos a todos la entrevista. Es una información que deberían apreciar.
Lestat de Lioncourt
Una pequeña y coqueta tienda de
encantadoras muñecas había abierto sus puertas en New Orleans. Eran
productos realmente maravillosos, casi sacados de otro tiempo, con
unos rostros que parecían observarte allá donde estuvieras con sus
impactantes ojos de vidrio. Aquellas muñecas, todas vestidas para la
ocasión, hacían las delicias de todo aquel que pasaba y se fijaba
en sus precios, para nada desorbitados comparándolos con la calidad,
así como en toda la decoración que las realzaba con sus bonitas
pelucas recién peinadas y sus cuellos almidonados. Eran dignas
muestras de la sociedad, pues no sólo eran hermosas sino que poseían
diversos colores de piel, ojos y estilos.
Se aproximaba la hora del cierre, el
atardecer ya había caído y las luces de la tienda comenzaban a
disminuir. Ya no quedaba ni un cliente, pero se estaba terminando de
arreglar algunos paquetes para regalo. Las pequeñas descansaban en
sus respectivas cajas, aunque algunas habían sido sustraídas de
éstas para cobrar, aparentemente vida, en el mostrador y diversas
secciones de complementos.
La puerta se abrió y una alegre música
de pequeñas campanas sonó. Era una puerta fina, como la de esos
viejos negocios, con una vidriera colorida que tenía el logotipo de
la tienda con sus letras negras en relieve. La tienda era “El
paraíso de Bru” y pocos sabían quién era Bru, pero él sí. Él
sabía perfectamente quien era esa jovencita. David quedó asombrado
cuando escuchó por primera vez sobre la tienda y más aún cuando la
pudo contemplar con sus propios ojos una noche.
Bru era el nombre de la primera muñeca
de Ashlar Templeton, un Taltos que se camuflaba ante los humanos como
un carismático empresario. León Casimir Bru era el creador de la
muñeca. Había surgido en la época de oro de las muñecas de
porcelana tras una demanda de cientos de niñas, las cuales querían
verse reflejadas en sus compañeras de juego. Fue la madre de todas
las épocas para ser juguetero y vender encantadoras muñecas de
porcelana. Se mostraba el esplendor de la época victoriana con sus
encajes, bordados, estampados de cientos de colores y hermosos
tocados. No sólo se compraban por parte de las familias adineradas
para sus pequeñas, sino por modistos y personas adultas que las
encontraban fascinantes. Ashlar la encontró en una fría noche,
reconoció su belleza y la adoptó para que aliviara su soledad.
Observando al muñeca comprendió que quería llevar esa magia a
otros y fundó su fábrica de muñecas. Ver ese nombre, Bru, hizo que
sus temores infundados tomaran mayor viveza.
Cuando pudo entrar en la tienda,
vestido de forma impecable con un traje de sastre color chocolate y
una camisa blanca de lino italiano, pudo ver como los dos únicos
empleados estaban rodeando a un gigantesco hombre, cuyos rasgos eran
los de un Taltos nada más ver sus enormes manos sosteniendo la
delicada muñeca, junto a ellos.
—¿Puedo ayudarle en algo?—preguntó
enmarcando sus cejas con una amable sonrisa maquillando cualquier
pensamiento grotesco en él—. ¿Desea algo de la tienda? Estamos a
punto de cerrar—comentó dejando la muñeca en el mostrador—. Si
desea alguna novedad tendrá que venir mañana, pues justo ahora
estaba explicándole a mis empleados que...
—Ashlar—pronunció su nombre
dejándolo callado—, conociste a Yuri que fue discípulo mío y de
Aaron Lightner—dijo dando un par de pasos hacia el frente.
Los profundos ojos azules de Ashlar se
enturbiaron al recordar cada detalle de Yuri, la historia que hubo
antes y después de su aparición, y posiblemente también los
sentimientos que todo eso le transmitían. Tenía el cabello más
corto de como lo describió Lestat, pero era negro y tenía algunas
canas que habían sido intentadas camuflar con tinte. Sus rasgos eran
fascinantes, pues tenía una belleza masculina muy atractiva con unos
labios no muy finos, unos dientes perfectos y blancos, una piel que
parecía elástica a pesar de no ser un Taltos joven. Poseía unas
manos enormes, pero cuidadas. Y su traje era perfecto, por supuesto
de sastre, en color negro con una camisa blanca de algodón sin
corbata.
—Por favor, caballeros, espero que me
disculpen—comentó con una tímida sonrisa—. Tendré que
marcharme, pero en la nota que les proporciono tienen el nombre y
precio de las nuevas muñecas—dijo alejándose de ellos para
aproximarse a David, al cual tomó del brazo derecho, justo por
encima del codo, para presionar suavemente sus dedos y finalmente
hablarle mirándole a los ojos—. Si desea hablar de algo
relacionado con mi pasado, sea lo que sea, estaré dispuesto sólo si
lo hacemos con discreción.
—Por supuesto, conozco el sitio
perfecto—aseguró David sin apartarse, como si lo desafiara.
Por primera vez en mucho tiempo el
antiguo director de Talamasca, David Talbot, se sintió pequeño e
insignificante. Estaba frente a un hombre, o mejor dicho ser, que le
rebasaba en estatura y conocimiento más allá de lo que cualquier
vampiro, o sabio humano, podría tolerar.
Ambos salieron de la tienda, David el
primero, para bajar por la calle en silencio. La noche tenía una
deliciosa brisa veraniega, los vehículos circulaban a sus anchas por
las calles, había luces de neón regadas por toda la calle que daba
a la Avenida Saint Charles.
—Hay una cafetería que abren hasta
altas horas de la noche, sirven un buen chocolate y diversos
pastelillos. Aunque, conociéndolo, con leche sola y fría tendrá
suficiente—aquellas palabras sonrojaron a Ashlar e hicieron que
mirara hacia las fachadas que se alzaban a su lado derecho—. Le
creía bajo el hielo, acompañado de su reina y de pétalos de flores
diseminados sobre sus cuerpos.
—Es una larga historia—susurró—,
pero puedo contársela si tiene tiempo.
—Cuando era mortal podía decir que
le escucharía hasta que el cansancio me venciera, ahora soy un
vampiro y tengo toda la noche, así como toda la eternidad, para
hablar con usted—dijo clavando sus orbes cafés en su gigantesco
acompañante.
Templeton bajó el ritmo de sus
zancadas cuando notó que David lo hacía, para detenerse finalmente
y entrar en una cafetería pequeña, pero muy hermosa. Aún no era el
momento álgido y los empleados se encontraban tranquilos. Dentro de
unas horas, casi hacia la media noche, tendrían numerosos jóvenes
disfrutando de algún aperitivo dulce antes de continuar sus
fechorías, varios insomnes buscando un descafeinado y románticos
empedernidos que deseaban escribir sus memorias frente a una taza
humeante de té, chocolate o café.
Las mesas tenían patas de hierro, pero
una estructura muy hermosa. No eran las típicas mesas de cafeterías
modernas que poseían todas, absolutamente todas, el mismo diseño.
Las sillas eran cómodas y también había pequeños sillones muy
agradables y acogedores. Ellos decidieron tomar asiento en una de las
mesas más apartadas, cerca de una de las gigantescas ventanas y de
los servicios.
—Tome asiento, por favor—indicó
David, tomando asiento a su vez.
—No me ha dicho su nombre ni qué
pretende—comentó sentándose frente al vampiro.
—Mi nombre es David Talbot. Fui
director de Talamasca durante varias décadas, ostenté mi cargo con
amor y eficiencia. Amor a la sabiduría, los misterios y cualquier
miembro de mi orden. Bajo mi tutela estuvo Yuri Stefano, al cual
conoció bien, e hice amistad, desde mi época de novicio, con Aaron
Lightner, el cual fue asesinado—explicó desabrochando el único
botón de su chaqueta que tenía cerrado, el central, para luego
aproximar un poco más la silla hasta su acompañante—. Soy un
vampiro creado por el mismo vampiro que creó a Mona.
—Fascinante, pero usted es... —dijo
arrugando la frente y frunciendo el ceño.
—Joven de aspecto por azares del
destino, pero era ya un anciano cuando Lestat me transformó—los
vivaces ojos de Ashlar se fijaron en la estructura ósea de David.
Aquellos ojos profundos, tan oscuros como el café más amargo,
denotaban que su alma no era joven y que no pertenecía al de un
vampiro que vivió una vida corta. Sus rasgos no eran del todo
ingleses, su piel tenía un ligero tostado y sus labios formaban una
sonrisa casi felina. Sin duda, era un hombre atractivo e interesante
por lo que contaba. Ashlar quería hablar, pero no sabía bien qué
decir y además David continuaba hablando—. Perdí mi cuerpo
original, mi alma se enjauló en éste recipiente mucho más joven y
él le dio la vida eterna. No se preocupe por éste misterio, pues el
de su regreso de entre los muertos es mucho más...
—Interesante—susurró fascinado,
como cuando le presentaban una nueva muñeca y deseaba estrecharla
entre sus brazos—. Tuvo suerte.
—Correcto, mucha suerte—respondió
con un ligero ademán de cabeza.
—¿Y qué quiere de mí?—dijo aún
sobresaltado— ¿Qué desea que le explique?
—¿Cómo volvió?—preguntó—. Es
decir, usted estaba muerto.
—No lo sé—sus palabras sonaron
francas, pues aquel Taltos tenía esa peculiaridad. Era incapaz de
mentir. Sin duda, era uno de esos hombres acostumbrados a dar la cara
por todo lo que hacía o sabía. Podía ocultar la verdad, pero jamás
mentir descaradamente—. Una mañana desperté en uno de mis viejos
apartamentos, el mismo que se había mantenido desocupado durante
años, recostado en mi cama y rodeado de algunos brujos.
—¿Quienes?
David había cambiado su postura
relajada por una más tensa. Había bajado la guardia durante unos
segundos, pues Ashlar propiciaba ese estado. Sin embargo, nada más
oír esa breve historia se sobresaltó.
—No lo sé, eran todos
Mayfairs—explicó.
—¿Qué querían de usted?—dijo
rápidamente intentando averiguar las intenciones de la familia, las
cuales no estaban aún nada claras.
—Me contaron que uno de mis hijos me
envenenó, así como Oberon y mis dos hijas Miravelle y Lorkyn dieron
la noticia de mi muerte a Mona, su compañero y otras personas
cercanas a la familia—relajó su mente para que el vampiro la
leyera si lo deseaba, cosa que no hizo porque sentía que no era
necesario—. También me hablaron de un conjuro especial que me
había devuelto la vida y restaurado mi cuerpo—hizo un breve inciso
y se acomodó en la silla—. Nada más. Se lo aseguro.
—¿Y qué pretende ahora? ¿Qué
desea hacer? ¿Por qué esa tienda?—eran muchas preguntas, pero
todas tenían un objetivo. David sentía que New Orleans era ahora su
hogar, porque fuese donde fuese sólo se sentía cómodo en sus
calles llenas de turistas, artistas de todo tipo y delincuencia. Sí,
era el aroma distinto del aire y el ritmo desenfrenado de algunos
locales lo que le daban vida, y esa vida no la quería perder. Había
cierta quietud en la ciudad y quería que así permaneciera, lejos de
malas influencias y juegos macabros de un brujo con demasiados deseos
de triunfo.
—Soy empresario—se apresuró a
decir—. Siempre he tenido grandes sueños—encogió sus hombros y
observó por el rabillo del ojo a las camareras. Ellas estaban allí
situadas, a corta distancia, murmurando sobre ellos—. Creo en la
justicia y en la igualdad—comentó llevándose la mano izquierda al
torso inclinándose suavemente hacia delante—. Deseo tener aún mis
viejos sueños, si me lo permite, y por supuesto quiero hacerlos
realidad junto a mi frágil, pero fuerte, Morrigan—su mano dejó de
estar abierta, para convertirse en un puño y caer suavemente sobre
la mesa—. Aún no sé nada de ella y el sólo pensar que está
lejos de mí, aterrada o padeciendo Dios sabe qué...
Una de las camareras se aventuró y
caminó hacia ellos. Tenía un movimiento sensual y atractivo, con
unos pechos que llamaron poderosamente la atención del Taltos. La
leche que surgía de los pezones de las mujeres después del
embarazo, y que en su raza podía continuar ofreciéndose durante
años, le hacía desear beber como lo habría hecho un niño. Podía
notar que ella era madre y sus senos contenían leche, por la forma y
porque había una ligera mancha en la camisa, justo cerca del pezón,
que ella no había sabido ocultar.
—¿Qué desean tomar?—dijo con la
pequeña libreta entre sus encantadoras manos.
Ashlar quedó mudo imaginándola junto
a él, ofreciéndole esa leche que tanto le excitaba y entusiasmaba,
y recordó entonces a su hermosa Morrigan con sus pechos llenos de
leche y el sabor de ésta. Estaba por volverse loco, pero contuvo sus
impulsos y mantuvo cierta distancia con la joven.
—Yo no deseo nada, pero mi amigo
necesita un buen vaso de leche fría—David pidió por él, de forma
cortés y atenta, cosa que hizo que se ahorrara algún comentario
sobre la joven. El vampiro había notado esa alteración, pero no
dijo nada.
—¿Desea galletas que acompañen a la
leche?—preguntó escribiendo en el papel el simple pedido.
—No, gracias—respondió Ashlar
bajando sus ojos azules por la figura de la joven, cosa que provocó
en ella cierto escalofrío acompañado con un calor sofocante y
cierto enrojecimiento de sus mejillas.
—Ahora mismo traigo su
pedido—susurró.
—Gracias—dijo el Taltos con una
sonrisa bondadosa antes de ver como ella se giraba, encaminaba sus
pasos y se acercaba al mostrador.
—No sé si Morrigan está viva, pero
conociendo a Julien habrá pedido que se resucite del mismo modo que
lo han hecho con él y con otros—afirmó—. Ésto es una maldita
locura—murmuró sorprendido por tantos acontecimientos que le
hacían sentir mareado.
—Juro por todo lo que he amado y
perdido, así como puedo jurarle que aún siendo un profundo respeto
y amor por Janet, que jamás he pretendido hacer daño al mundo—sus
grandes manos estaban sobre la mesa, casi tocando el servilletero de
metal—. Se lo juro—llevó su mano derecha al brazo de David y lo
apretó.
—Le creo—dijo colocando su mano
derecha sobre la del Taltos y éste se relajó de nuevo.
—Sólo quiero vender mis muñecas a
un precio módico, restablecer mis franquicias, vivir una vida plena
y reconquistar el corazón de mi hermosa pelirroja—regresó a su
posición inicial y suspiró—. Nada más.
—Comprendo, pero ¿no le han dado
órdenes de algún tipo?—precisaba más datos, pero desconocía si
Ashlar podría ofrecérselos.
—No, sólo me dijeron que pronto
podría reunirme con ella si Michael accedía—le miró a los ojos,
cosa que no le extrañó, y parecía rogar que él tuviese alguna
respuesta a esa orden que le habían dado. Una orden de esperar a un
milagro, prácticamente.
—¿Michael Curry?—preguntó.
—Sí, Michael.
—Michael ésta implicado...—todo
comenzaba a cuadrar, aunque no sabía hasta que punto podía
afirmarse que estuviese o no implicado. Al menos, tenía ciertos
conocimientos y debía arriesgarse a conocerlos.
—No lo sé—negó suave—. No sé
nada—añadió sintiéndose perdido, pues hasta el momento al menos
tenía ciertas convicciones y esperanzas. Sin embargo, lo que más le
molestaba es que David parecía acusarlo de tener una información
valiosa, ser cómplice de algo, que él ni siquiera llegaba a
comprender—. Está usted acusándome con el dedo de algo que ni
siquiera sé bien qué es.
—No se altere, por favor, no estoy
intentando agredirle—imploró.
El ligero golpe de tacón bajo de la
camarera les hizo recordar dónde se encontraban. Ella se aproximó
con la bandeja y en ella, colocado sobre un plato de postre, un vaso
de tubo con leche fría y un pequeño sobre con azúcar junto a una
cucharilla y una servilleta doblada.
—Aquí tiene—dijo colocando la
bebida sobre la mesa, justo frente al Taltos.
—Muchas gracias, es usted
encantadora—la voz de Ashlar sonó sedosa y tranquila, aunque
quizás era sólo para demostrar cierta calma frente a ella. Tal vez
no deseaba que se apreciara que ambos discutían.
—Y usted un hombre muy
caballeroso—respondió antes de marcharse.
—Ahslar—David le llamó la
atención, para que no siguiera con la mirada a la camarera y se
perdiera en sus pensamientos.
—Dígame—dijo tomando el vaso con
su mano derecha para aproximarlo a sus labios.
—¿Sabe Talamasca de su
regreso?—preguntó.
—No lo sé—se encogió de hombros y
dio un largo trago a la leche.
—Entiendo, creo que debo
retirarme—comentó poniéndose de pie.
—Disculpe—Ashlar dejó el vaso en
la mesa, justo en el plato al lado de la bolsita de azúcar que no
usó y la cuchara—. Si consigue hablar con Michael, pues para mí
ha sido imposible, ¿podría decirle que no fue mi intención que
Morrigan terminara muerta? Morrigan significó el fin de la soledad,
un punto de luz en mi vida y por supuesto un sueño—sus ojos se
adueñaron de una tristeza profunda y sus labios soltaron un último
ruego—. Necesito volver a verla.
—Y yo necesito respuestas, pero le
haré llegar el mensaje—le explicó—. Buenas noches, Ashlar
Templeton.
—Buenas noches, David
Talbot—respondió quedando allí con la leche fría y la única
compañía del murmullo de las camareras, la suave radio del local y
las luces diáfanas de la ciudad a lo lejos, tras el cristal de la
ventana.
David se marchó cabizbajo, pero con
cierto optimismo. Si lograba dar con Michael y hablar cinco minutos
con él, aunque fuese cinco minutos, tendría una información
suculenta. Debía regresar a su despacho, describir todo lo que había
ocurrido y archivar aquella pequeña entrevista. La vida de Ashlar
era larga, pudo preguntarle sobre mil cuestiones que quedaron en el
tintero, pero de momento quería centrarse en el presente y éste era
escueto.