Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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viernes, 14 de agosto de 2015

Danzando en la eternidad

Ashlar y yo no nos conocimos. Bueno, yo lo conocí pero de cuerpo presente. Recuerdo las lágrimas de Mona frente al cuerpo de su hija y del hombre que se la llevó, aquel gigante tan similar y distinto a Lasher que condenó a los Mayfair.

Lestat de Lioncourt


Recuerdo nuestro primer abrazo como si fuese hoy mismo. Tan salvaje, como un animal en plena naturaleza, esperando alcanzar la plenitud de un valle nuevo. Conquisté tus tiernos labios demasiado pronto y te arranqué del mundo guardándote entre mis brazos. Desnudé mi alma junto a la tuya, bañé de caricias cada recoveco de tu cuerpo y tú cediste tan rápido a mis deseos que la locura nos convirtió en dos monstruos hambrientos. Teníamos hambre de amor y sed de lujuria. Tu cuerpo me alimentó como yo alimenté el tuyo.

No olvido la primera vez que besé tus rosados pezones, deslizando mi lengua con cuidado y deseo, mientras apretaba con fuerza mis labios. Tus piernas cedieron rápidamente, abriéndose húmedas bajo los pliegues de la falda de aquel vestido primaveral. Mis manos, suaves y grandes, se deslizaron por tus rodillas hasta tus muslos, de tus muslos a tus ingles y de éstas a la cálida vagina que tanto codiciaba. Mi dedo índice estimulaba tu clítoris mientras tú temblabas. Inexperta, pero conocedora de miles de pecados, decidiste gemir buscando mi sexo.

Bajé mi cremallera y te ofrecí mi miembro, para alimentar tu boca con mi cálida leche. Gemiste, temblaste, bebiste y te convertiste así en mi amante. Pero no fue la primera vez que probaste de mi manantial, ni yo me quedé atrás. En aquellos cómodos asientos, de esa limusina tintada, te hice mía repetidamente. Te permití ser mi amazona, que cabalgaras sobre mi sexo, y despeinaras mis largos cabellos negros. Tú, salvaje pelirroja, te convertiste en un animal seductor con unos ojos enormes e insaciables.


Y allí, en aquel lugar pequeño y confortable, tuvimos a nuestro primer hijo mucho antes de llegar a las ruinas donde conmemoramos nuestro amor. Esas piedras en círculo, alzándose en silencio, nos contemplaron y bendijeron. Después el aeropuerto, los océanos, la playa, los hijos, los celos y el desastre. Ahora sólo queda silencio. Un silencio terrible mientras siento el frío que nos congela y nos mata.   

domingo, 24 de mayo de 2015

Soledad y amor

El amor no es sólo importante para los vampiros, sino para todos. Ashlar era un Taltos y lo sabía bien.

Lestat de Lioncourt


Conozco bien la soledad y su estigma. He observado el mundo durante siglos guardando el dolor en mi alma, yaciendo cada noche en una cama vacía de calor y recuerdos, mientras mis ojos se cerraban soñando con una mano amiga, un abrazo sincero y un beso apasionado. Derramaba lágrimas amargas y dejaba que mi corazón se quebrara. Mis brazos temblaban mientras murmuraba el maleficio de mi antigua compañera.

Puedo verla aún ardiendo, gritando y mirándome. Igual que aún puedo sentir las manchas de sangre en mi piel, fruto de una terrible disputa, mientras mis hijos yacían a mi alrededor decapitados y asesinados por sus propios hermanos y amigos. Todos los que allí murieron los amaba. Todos eran mi familia. Quedé vacío. Pocos sobrevivieron y los que lograron salvarse abrazaron un Dios sordo, mudo y nefasto para los nuestros. Era el Dios de los hombres, pero no de los Taltos. Podía haber creado el mundo, pero nosotros no éramos sus hijos.

Jamás he entrado en una iglesia con el corazón lleno de paz. Siempre he tenido miedo. Miedo a los ojos de Dios, los ojos de sus creyentes y la fiereza del fuego de otras épocas que provocaban la muerte de los nuestros. Quise encontrar amor en él, pero tan sólo encontré rechazo. Después, reflexionando, me di cuenta que no era Dios el monstruo, sino sus hijos. Los hombres son monstruos si se les educa en el odio. Por eso intento salvar al mundo del odio, la soledad y la miseria. Busco calmar el dolor con la belleza del juego, la inocencia y la virtud que poseen los niños.

Si salvas a los niños salvas al mundo. Por eso, pese a mi dolor, intento salvar mi alma con la bondad de un santo, aunque jamás me consideré tal. La religión no me hizo bien, pues sus dirigentes están equivocados. Yo también lo estuve. Hay que saber amar como ama un niño. Quizás Dios ama así. Tal vez el amor es eso: inocencia y sueños.



sábado, 4 de abril de 2015

Mi verdad

Ashlar no era un monstruo. Creo que sólo intentaba sobrevivir, como cualquier otro. Llevaba consigo una carga que no era suya, pues él sólo buscaba la felicidad de los suyos. 

Lestat de Lioncourt


He aprendido que el mundo se acaba, pues el ser humano está dispuesto a destruirse dentro del círculo vicioso de la codicia. Cuando más poseen más desean, cuando menos riquezas tienen en sus manos más felices llegan a ser. He visto sonreír a niños con tan sólo unos zapatos nuevos, pero en éstos tiempos muchos arrojarían esos zapatos por la ventana si no poseen una marca de renombre. Decidí apostar por ser parte de ese círculo, aunque intentaba implicarme en la autestirdad y la bondad de otras épocas.

La soledad me consumía. Muchos creen que el dinero, el poder y las posibilidades de ir dónde uno desea, cuándo y cómo, es sin duda el origen de la felicidad. Pero yo, un ser que creía ser el último de un mundo que llegamos conquistar y comprender, me sentía lleno de una tristeza irrevocable. Como si fuese un niño intentaba alejar el espanto de la muerte, de una eternidad vacía y de unas manos monstruosas que se vieron salpicadas con la sangre de sus propios descendientes. Observaba las vitrinas llenas de ojos ilusos, aunque apagados de toda vida, sonriéndome en sus pequeños cuerpos y alzando una belleza que perduraba pese a las décadas. Mi colección de muñecas era, sin duda alguna, la fuente de mi felicidad.

Ellas sabían mi secreto. Solía conversar con aquellos juguetes como si poseyeran alma. Les di un nombre, una historia, unos sentimientos y unos cuidados propios de unos hijos. De entre todas ellas destacaba Bru, la primera y la más maravillosa. Tenía el cabello estropeado, por el paso de los años, pero poseía una belleza mágica y unas cualidades indescriptibles. Me sentaba frente a ellas, contaba mi terrible día mientras daba sorbos a un enorme vaso de leche, y sollozaba por el dolor que sentía ante lo que contemplaba día tras día desde mi despacho.

No me servía tener un museo del motor, unos grandes jardines, mansiones desperdigadas por todo el mundo, grandes inversiones, una empresa juguetera que tenía raíces en todo el mundo y millones de trabajadores orgullosos de pertenecer a mi imperio. Volvía ser el rey de un mundo de muñecas. Un rey sin reino, pero sí con súbditos fieles que siempre recordarían su paso por la historia del mundo. Ante todos los humanos era un hombre de belleza y cualidades admirables, pero en realidad era un monstruo de leyenda que hubiesen capturado, diseccionado y expuesto en su propio museo.

Recordaba las últimas palabras de mi último y gran amor, aquella hembra cuyo nombre aún me hiere. Vi en sus ojos el dolor, en las llamas la verdad y en sus palabras una sentencia de muerte terrible. Moriría solo. Ella me lo había dicho. Me arrebató el aliento el saber que quedaría destruido. Sería el rey de mi propia miseria. Sin embargo, seguía con la esperanza depositada en un posible futuro, en un encuentro con una hembra o un macho de mi especie.

El Dios humano parecía bondadoso, pero sólo trajo miseria a mi pueblo. Quise ofrecerles la redención, olvidando que nosotros teníamos nuestro propio paraíso. Acepté que me golpeara la estupidez, la sinrazón, la hipocresía y la inmoralidad. Me convirtieron en santo de una religión que aborrezco y temo. El ser humano, el hombre como bien se llaman ellos, me mostró su lado más cruel y aún así no los odié. El verdadero culpable fui yo. No comprendí que no podíamos vivir entre ellos, ser como ellos y tener sus costumbres, así como sus religiones. Sin embargo, terminé convertido en un empresario de éxito, nombrado en cientos de revistas y periódicos, llamado soltero de oro, tachado de hombre recto y bondadoso centrado en las obras sociales y en la ayuda al prójimo. Me convertí en un Mesías urbano. Fui el símbolo de muchos creyentes, pero en realidad no creía en nada. Ya no tenía esperanzas.

Entonces, cuando ya creí que el mundo me daba la espalda hacia un silencio perpetuo, los brujos vinieron con su amistad y la historia de unos Taltos que nacieron del vientre de la mujer. Ella era hermosa, fuerte, capaz de matar con sólo desearlo y él tenía el poder del arrojo, la pasión, la bondad en sus ojos azules y la culpa en sus hombros. Los amé. Creo que ellos también me amaron. Y finalmente, tras un largo encuentro, comprendí que ellos guardaban ciertos secretos que no sabían confesar. Había otra hembra. Una hembra que me llevé para mí. Una hembra tan similar a mi gran amor. Una mujer que me amó y que quedó debilitada por todos los hijos que me ofreció, los mismos que intentamos proteger y que acabaron deseando nuestra muerte.


He aprendido que los sueños deben intentar cumplirse, que las religiones pueden ser peligrosas y que no hay que rendirse jamás. También he comprendido que no todo sale como uno desea, pero siempre merece la pena intentarlo porque a eso llamamos vida.  

martes, 30 de diciembre de 2014

Recuerdos del valle

Ashlar... recuerdos del valle. Una lástima que todo eso ya no exista. 

Lestat de Lioncourt



La niebla había avanzado por el valle y cubría una basta extensión. Las copas de los árboles a penas podían distinguirse. El camino, que serpenteaba hasta la aldea, estaba enfangado de las lluvias de noches atrás. La humedad era terrible y el frío calaba los huesos. La fortaleza parecía una montaña, pues sus detalles estaban difuminados, casi perdidos, en medio de aquella neblina. Era un banco de niebla impenetrable que parecía ocultar los escasos tesoros que aún se guardaban entre sus muros.

Donnelaith. El lugar donde sus sueños aún yacían entre las gigantescas piedras. Un lugar santo que le recordaba a la vida, los sueños y la historia más sangrienta que él recordaba. Muchos habían muerto esparcidos en otros lugares de la comarca, pero allí habían revivido hasta alcanzar la paz. El valle de Donnelaith se presentaba misterioso y seductor. Él regresaba a casa tras una expedición de comercio. Al fin el líder, el Rey, descansaría meses junto a los suyos guardando la paz y la gloria entre sus grandes y bondadosos brazos. Su corazón latía y sus ojos se llenaron de lágrimas. Había regresado a casa.

El caballo relinchó inquieto. Quizás había bandidos en el camino, pero no podía negarse a cruzar. Debía regresar al hogar. Allí le esperaba un vaso de leche recién ordeñada, una hogaza de pan y un buen fuego que calentaría sus pies congelados. Sus ojos azules centellearon fieros cuando tocó su espada aún enfundada en el cinto, acarició el mango y apretó los dientes, para después galopar con los dientes apretados y las manos enredadas en las riendas. Los cascos levantaban parte del fango y la hierva que cubría ligeramente el camino. El silencio era espectral, pero él lo rompía como si fuera una espada atravesando el cuerpo de un enemigo.

Llegó a las puertas de la fortaleza. Dos soldados se asomaron entre los muros, observando el caballo y a él con el emblema real en sus ropas. Su rostro, bondadoso, se mostró gentil con una sonrisa llena de felicidad. Rápidamente se abrieron las puertas dejándolo pasar. Dentro, entre los muros de la ciudad, su pueblo ovacionaba al hijo pródigo que regresaba tras semanas de intensas reuniones.


Muchos humanos habían masacrado a su pueblo, pero ahora creían que eran humanos comunes. Podían prosperar. Los negocios se duplicarían. Las ganancias y el trigo rebosarían. Había logrado romper la frontera entre los humanos y los Taltos. De haberlo sabido, que esa apertura sería su fin, se habría echado a llorar en brazos de Jeanette. Sin embargo, tan sólo descabalgó y la besó rogando que la chimenea estuviese encendida.  

domingo, 21 de diciembre de 2014

Bondad, nieve y belleza

Ashlar era bondadoso. En numerosos pasajes sobre este Taltos se puede ver claramente su bondad.

Lestat de Lioncourt


Copo a copo las calles se llenaban de nieve amontonándose por doquier. El tráfico era imposible. En la televisión el hombre del tiempo hablaba sin cesar de las grandes nevadas que se estaban produciendo en ciertas zonas del país. El Estado de New York temblaba de frío y miles de indigentes parecían que tendrían serios problemas, pues los albergues estaban repletos. Desde mi escritorio, en el confortable apartamento que había adquirido hacía años, medité sobre las consecuencias del frío en el mundo. Recordé cuantos de los míos habían perecido al cambiar las tierras cálidas por las húmedas y frías de Escocia. Nos vimos obligados a huir de aquella erupción volcánica y tuvimos que agradecer que ya existiera medio de transporte que cubriera ambas costas.

Acabé llorando como un niño pequeño. Me abracé al prototipo de muñeca que se hallaba cómodamente sentada en mis rodillas. Miré por la ventana con la vista borrosa y suspiré. Tenía que hacer algo. Creo que fue el primer año que hice algo tan espectacular por todos los que se encontraban desahuciados de la bondad humana. Esa bondad que sólo surge en Navidad.

En cientos de ocasiones había realizado donaciones a los albergues de la zona, colaborado con campañas de juguetes para diversas fechas puntuales en el año, donado de forma anónima colchones y mantas, colaborado con la reincorporación al mundo laboral de hombres y mujeres muy cualificados pero en exclusión social y cenado con personas de todo tipo que se hallaban en la calle. Sin embargo, jamás había abierto las puertas de mi hogar a un grupo tan grande de personas. Sí, llamé de inmediato a varios de mis hombres y pedí que hicieran las gestiones oportunas.

El gran salón de juntas se llenó de bollos, café caliente, sopas, té humeante de melocotón, zumos, pasteles de chocolate o manzana, bocadillos y barritas energéticas. También había pequeños paquetes de aseo, mantas y almohadas. Todos ellos tendrían unas noches de hotel gratuitas y los que contaran con oficios interesantes, como artistas o personas que hubiesen trabajo en empresas de transporte, posiblemente optarían a nuevos puestos de trabajo en la nueva fábrica de juguetes educativos que estaba terminando de instalarse en las afueras de la ciudad.

Muchos me tacharon de buen samaritano, algunos incluso me llamaron cristiano de buen corazón, pero nada tenía que ver con la religión o los pasajes bíblicos. Lo único que deseaba era mostrar al mundo que se podía hacer mucho con un poco de esfuerzo. Algunos de mis trabajadores decidieron colaborar de forma desinteresada. Varias personas de la fábrica se acercaron con muñecas que ya no salían del stock, las cuales incluso habían sido retiradas del catálogo, para ofrecerlas a los niños que allí había. Deseaban pagar el importe de los juguetes, pero no lo permití. En realidad, mis muñecas eran suyas aunque les pagase por realizar el trabajo.

Ese día me sentí menos solo, pero aún así mi tamaño destacaba y mis viejos ojos parecían cansados. Abracé a tantos cuanto pudieron abarcar mis brazos. Besé la frente de muchas mujeres y las mejillas de hombres que parecían no tener nada en éste mundo, ni siquiera una pizca de amor. Tuve en mis faldas a niños de todas las edades. Esa víspera de Navidad, ese primer día de invierno, fue para mí especial y mágico. Los siguientes años, con las primeras nevadas, empezaba el ritual. Pedía que recogieran indigentes de las calles, los llevaran a mis apartamentos y les diesen techo, comida y aseo.


Tenía tanto dinero que no me importaba derrocharlo en algo que realmente merecía la pena. No lo hacía por aplausos, sino por el cariño y bondad que obtenía a cambio.  

domingo, 12 de octubre de 2014

Salvadlos

Cuando conocí a Ashlar no tuve el placer de poder conversar con él. Ya era un ser muerto, conservado en hielo y fruto de las lágrimas de los tres hijos que sobrevivieron al desastre. Silas lo envenenó lentamente. No pudo detener aquella locura. Él no se veía capaz de matar a su pueblo. 
Aquí una carta que dejó a Rowan y Michael. Él tenía esperanzas que pudieran salvar algo. 


Lestat de Lioncourt 


Desde lo profundo de nuestros recuerdos, más allá de la vida y la muerte, se puede escuchar el eco del valle. Las almas danzan alrededor de las viejas piedras, las mismas que aún poseen un significado oculto para el mundo. Se alzan gigantescas, gloriosas, cubiertas de una pátina de misterio y belleza. Allí, reunidos bajo las estrellas, aún se pueden encontrar las almas de los que acudieron a celebrar la vida. Irónicamente también fue el lugar donde otros celebraron la muerte, el odio, la miseria y el dolor. Ardieron tantos, pero tantos. Lloraron cientos de niños con cuerpos de hombres, de rostro hermoso y ojos intensos como sus padres. No pudieron calmar sus gritos. Nadie pudo callar la miseria que allí sucedió. El dolor en mi corazón, en el corazón de todo aquel que puede recordar el valle. Siempre iremos al valle estemos vivos o muertos. Caminaremos danzando hacia las tierras que nos acogieron.

Siempre fui el líder. Jamás tuve otra condición. Un macho joven, atlético y sin miedo a imponer nuevos retos. Alguien que desafiaba a todos con la mirada y una sonrisa bondadosa. Quería salvarlos y darles una nueva tierra. Fui quien construyó las balsas, el mismo que inventó miles de objetos. Amaba a mi pueblo y ellos me amaban a mí. Mis queridos hermanos, hermanas, amantes, nietos y restantes familiares. Éramos una gran familia. Nosotros vivíamos un amor puro, intenso y lleno de rituales para mantenernos en paz. Quise hacer lo mismo con mi familia, con mi nuevo pueblo y fracasé.

Hubo sangre, dolor, tragedia y cientos de los nuestros perecieron. Mis hijos, mis nietos y mi legado cayó en manos de desalmados peores que nosotros mismos. Ella dormía. Siempre dormía llena de dolor. Ella, la mujer que amé por última vez, me desafiaba. Juraba que yo amaba a otra mujer, la bruja que conocí en mi periplo buscando una compañera. Me marcó con sus ojos verdes, me juró que no la amaba y eso era falso. Amé a todos en aquella isla tropical. Los amé intensamente.

Era un misterio inclusive para mis hijos. Intentaba ser recto, dedicado, amable con todos ellos ofreciéndoles todo lo que me pedían y jamás pude imponerme ante los nuevos nacimientos. No podía matar la vida que surgía. Había vivido tanto tiempo solo con mi amargura, recordando los ríos de sangre manchando el pasto verde de nuestro valle. No podía. No era capaz. Matar no era lo que yo deseaba. Si mis manos se manchaban de sangre sería ayudando en un parto, no matando al nuevo Taltos.

Quisiera gritar alzando mis brazos a las estrellas. Necesito volver a alcanzar esa chispa de felicidad. Fui feliz. Me sentí dichoso. Jamás dejé de verlos a todos como la esperanza. El pueblo secreto, el pueblo de los Taltos. No nacimos humanos, no éramos humanos. Nosotros, criaturas bondadosas, nos torcimos en algún momento y la maldad se apoderó de todos nosotros. La ambición contaminó a mis hijos, la soledad me abrazó de nuevo y yo abracé a mi amada pelirroja por última vez. Envenenados, torturados por el dolor, y finalmente congelados esperando ser salvados. Mis hijos, mi legado, mi dinero y mis memorias quedaron abandonadas en una isla. Nos convertimos en náufragos de la historia y prácticamente zozobramos ante las costas de un mito que se diluye, y se pierde por siempre.

No me llamen santo. No fui santo. Sólo fui un padre que únicamente pudo llorar la crueldad de sus hijos, pues fue incapaz de contener la rabia y la codicia que germinaba en sus jóvenes corazones.

Rowan... Michael... salvadnos. Salvad lo que queda de mi pueblo.  

martes, 19 de agosto de 2014

Aquellos pensamientos

Ashlar, como saben, ha regresado gracias a un trueque con el demonio de parte de la familia Mayfair, no es el único que ha logrado venir del más allá. Pero, ¿qué es lo que pensó cuando llegaba lentamente la muerte? Pues esto es lo que pensó.

Lestat de Lioncourt

Mis últimos pensamientos en este mundo cálido que se vuelve frío:

La tumba del santo lleva mi nombre, está marcada como el lugar donde yacen mis sagrados huesos. Es un lugar de peregrinación, de fe, de increíble misericordia y yo estoy de pie, vivo, observando la vidriera con mis gigantescas manos acariciando mis mejillas mientras lloro. Lloro por la sangre derramada, sangre de mi sangre, bañando los verdes campos del Valle.

Aún recuerdo como su cabello rojo se mezclaba con el rojo de las llamas, como nuestros hijos se amontonaban en una pira de cadáveres retorcidos, masacrados, llenos de dolor y miseria. Otros, los desconsolados, creían haber llegado a la victoria y sólo se habían adentrado en el más profundo y terrible dolor. La soledad cayó a plomo sobre mis hombros. Me convertí en un maldito, en un despropósito... en el santo. San Ashlar.

¿Y qué tengo de santo? Enterré mi espada en el vientre de mis hijos, decapité a mis hermanos, olvidé lo que era para convertirme en un monstruo sádico luchando por la razón, la fe, la verdad y en realidad sólo luchaba contra la paz que siempre había reinado entre los nuestros. Yo los dividí, los puse contra mí y luego lloré por cada alma que terminó yaciendo horriblemente a mis pies.

Santo, llamadme santo si queréis. Pero yo no soy un hombre bueno, aunque ni siquiera soy un hombre. Mi mundo no es este, ni lo será jamás. Vengo de un lugar distinto, tan cálido como la leche materna. Recuerdo el calor, el cobijo de los brazos de las hembras y el aroma del amor que disfrutábamos todos. El paraíso existía, hasta que se consumió y tuvimos que huir. Huimos a tierras fértiles, que pudiesen darnos el fruto de la paz y yo lo convertí en tierra de pecado, pues la codicia y la ira son pecados peores que tomar el nombre de Dios en vano.

Siempre llevaré conmigo el dolor, la ruina y el desastre. Mi vida es un infierno sin tener que haber descendido a ellos. Dicen que Dios te impone pruebas para demostrar si tu fe es digna de su reino, pero posiblemente hubiese deseado que me tentara el Diablo negándome a su amor, su consuelo y la fe que me impusieron con buenas palabras. Habría dado todo porque ellos volvieran a la vida, alzándose sobre el pasto fresco manchado con su vida, para poder abrazarlos pidiéndoles perdón, besando sus suaves rostros y mirándolos a los ojos, tan parecidos a los míos, para después cantar con ellos alabanzas al amor y no a un Dios colérico que permitió que todo mi pueblo cayera.

Los brujos lo saben, saben que sucedió. Rowan y Michael, tan bondadosos al escuchar mi historia y tan pacientes para no marcharse cuando concluí. Ellos escucharon mis pecados, mi lamentable historia y sintieron en carne propia la tortura que era la soledad y sus miserias. Espero que sepan bien cuánto los amé y llegué a apreciar. También que me perdonen por mi falta de moral. 

Sin embargo, creo que he redimido todos y cada uno de mis pecados. Ella sabe mi pasado y está junto a mí, tomando mi mano, mientras sentimos como el frío merma nuestras vidas. No separa sus dedos de mí, su cuerpo contra el mío, mis manos acariciando su espalda que se va helando. Ese cabello rojo, tan rojo como el fuego y el rojo de Janet, se convierte en escarcha y mis labios se posan en su frente como un último tierno recuerdo de quienes fuimos. Perdóname tú también, como ellos deben haberme perdonado, porque me equivoqué y fallé. El mundo, nuestro mundo, se acaba hoy pero regresaremos. Sé que lo haremos. Caminaremos por el valle todos unidos, tomando nuestras manos y suplicando perdón por nuestros pecados. Pero no lo haremos a un Dios con rostro de hombre, sino a nosotros mismos con nuestras facciones monstruosas. 

No soy santo, sólo soy un Taltos.
Ashlar Templeton.



sábado, 28 de junio de 2014

Entrevista con el Rey Taltos

David dio con alguien especial y ha decidido traernos a todos la entrevista. Es una información que deberían apreciar. 

Lestat de Lioncourt 


Una pequeña y coqueta tienda de encantadoras muñecas había abierto sus puertas en New Orleans. Eran productos realmente maravillosos, casi sacados de otro tiempo, con unos rostros que parecían observarte allá donde estuvieras con sus impactantes ojos de vidrio. Aquellas muñecas, todas vestidas para la ocasión, hacían las delicias de todo aquel que pasaba y se fijaba en sus precios, para nada desorbitados comparándolos con la calidad, así como en toda la decoración que las realzaba con sus bonitas pelucas recién peinadas y sus cuellos almidonados. Eran dignas muestras de la sociedad, pues no sólo eran hermosas sino que poseían diversos colores de piel, ojos y estilos.

Se aproximaba la hora del cierre, el atardecer ya había caído y las luces de la tienda comenzaban a disminuir. Ya no quedaba ni un cliente, pero se estaba terminando de arreglar algunos paquetes para regalo. Las pequeñas descansaban en sus respectivas cajas, aunque algunas habían sido sustraídas de éstas para cobrar, aparentemente vida, en el mostrador y diversas secciones de complementos.

La puerta se abrió y una alegre música de pequeñas campanas sonó. Era una puerta fina, como la de esos viejos negocios, con una vidriera colorida que tenía el logotipo de la tienda con sus letras negras en relieve. La tienda era “El paraíso de Bru” y pocos sabían quién era Bru, pero él sí. Él sabía perfectamente quien era esa jovencita. David quedó asombrado cuando escuchó por primera vez sobre la tienda y más aún cuando la pudo contemplar con sus propios ojos una noche.

Bru era el nombre de la primera muñeca de Ashlar Templeton, un Taltos que se camuflaba ante los humanos como un carismático empresario. León Casimir Bru era el creador de la muñeca. Había surgido en la época de oro de las muñecas de porcelana tras una demanda de cientos de niñas, las cuales querían verse reflejadas en sus compañeras de juego. Fue la madre de todas las épocas para ser juguetero y vender encantadoras muñecas de porcelana. Se mostraba el esplendor de la época victoriana con sus encajes, bordados, estampados de cientos de colores y hermosos tocados. No sólo se compraban por parte de las familias adineradas para sus pequeñas, sino por modistos y personas adultas que las encontraban fascinantes. Ashlar la encontró en una fría noche, reconoció su belleza y la adoptó para que aliviara su soledad. Observando al muñeca comprendió que quería llevar esa magia a otros y fundó su fábrica de muñecas. Ver ese nombre, Bru, hizo que sus temores infundados tomaran mayor viveza.

Cuando pudo entrar en la tienda, vestido de forma impecable con un traje de sastre color chocolate y una camisa blanca de lino italiano, pudo ver como los dos únicos empleados estaban rodeando a un gigantesco hombre, cuyos rasgos eran los de un Taltos nada más ver sus enormes manos sosteniendo la delicada muñeca, junto a ellos.

—¿Puedo ayudarle en algo?—preguntó enmarcando sus cejas con una amable sonrisa maquillando cualquier pensamiento grotesco en él—. ¿Desea algo de la tienda? Estamos a punto de cerrar—comentó dejando la muñeca en el mostrador—. Si desea alguna novedad tendrá que venir mañana, pues justo ahora estaba explicándole a mis empleados que...

—Ashlar—pronunció su nombre dejándolo callado—, conociste a Yuri que fue discípulo mío y de Aaron Lightner—dijo dando un par de pasos hacia el frente.

Los profundos ojos azules de Ashlar se enturbiaron al recordar cada detalle de Yuri, la historia que hubo antes y después de su aparición, y posiblemente también los sentimientos que todo eso le transmitían. Tenía el cabello más corto de como lo describió Lestat, pero era negro y tenía algunas canas que habían sido intentadas camuflar con tinte. Sus rasgos eran fascinantes, pues tenía una belleza masculina muy atractiva con unos labios no muy finos, unos dientes perfectos y blancos, una piel que parecía elástica a pesar de no ser un Taltos joven. Poseía unas manos enormes, pero cuidadas. Y su traje era perfecto, por supuesto de sastre, en color negro con una camisa blanca de algodón sin corbata.

—Por favor, caballeros, espero que me disculpen—comentó con una tímida sonrisa—. Tendré que marcharme, pero en la nota que les proporciono tienen el nombre y precio de las nuevas muñecas—dijo alejándose de ellos para aproximarse a David, al cual tomó del brazo derecho, justo por encima del codo, para presionar suavemente sus dedos y finalmente hablarle mirándole a los ojos—. Si desea hablar de algo relacionado con mi pasado, sea lo que sea, estaré dispuesto sólo si lo hacemos con discreción.

—Por supuesto, conozco el sitio perfecto—aseguró David sin apartarse, como si lo desafiara.

Por primera vez en mucho tiempo el antiguo director de Talamasca, David Talbot, se sintió pequeño e insignificante. Estaba frente a un hombre, o mejor dicho ser, que le rebasaba en estatura y conocimiento más allá de lo que cualquier vampiro, o sabio humano, podría tolerar.

Ambos salieron de la tienda, David el primero, para bajar por la calle en silencio. La noche tenía una deliciosa brisa veraniega, los vehículos circulaban a sus anchas por las calles, había luces de neón regadas por toda la calle que daba a la Avenida Saint Charles.

—Hay una cafetería que abren hasta altas horas de la noche, sirven un buen chocolate y diversos pastelillos. Aunque, conociéndolo, con leche sola y fría tendrá suficiente—aquellas palabras sonrojaron a Ashlar e hicieron que mirara hacia las fachadas que se alzaban a su lado derecho—. Le creía bajo el hielo, acompañado de su reina y de pétalos de flores diseminados sobre sus cuerpos.

—Es una larga historia—susurró—, pero puedo contársela si tiene tiempo.

—Cuando era mortal podía decir que le escucharía hasta que el cansancio me venciera, ahora soy un vampiro y tengo toda la noche, así como toda la eternidad, para hablar con usted—dijo clavando sus orbes cafés en su gigantesco acompañante.

Templeton bajó el ritmo de sus zancadas cuando notó que David lo hacía, para detenerse finalmente y entrar en una cafetería pequeña, pero muy hermosa. Aún no era el momento álgido y los empleados se encontraban tranquilos. Dentro de unas horas, casi hacia la media noche, tendrían numerosos jóvenes disfrutando de algún aperitivo dulce antes de continuar sus fechorías, varios insomnes buscando un descafeinado y románticos empedernidos que deseaban escribir sus memorias frente a una taza humeante de té, chocolate o café.

Las mesas tenían patas de hierro, pero una estructura muy hermosa. No eran las típicas mesas de cafeterías modernas que poseían todas, absolutamente todas, el mismo diseño. Las sillas eran cómodas y también había pequeños sillones muy agradables y acogedores. Ellos decidieron tomar asiento en una de las mesas más apartadas, cerca de una de las gigantescas ventanas y de los servicios.

—Tome asiento, por favor—indicó David, tomando asiento a su vez.

—No me ha dicho su nombre ni qué pretende—comentó sentándose frente al vampiro.

—Mi nombre es David Talbot. Fui director de Talamasca durante varias décadas, ostenté mi cargo con amor y eficiencia. Amor a la sabiduría, los misterios y cualquier miembro de mi orden. Bajo mi tutela estuvo Yuri Stefano, al cual conoció bien, e hice amistad, desde mi época de novicio, con Aaron Lightner, el cual fue asesinado—explicó desabrochando el único botón de su chaqueta que tenía cerrado, el central, para luego aproximar un poco más la silla hasta su acompañante—. Soy un vampiro creado por el mismo vampiro que creó a Mona.

—Fascinante, pero usted es... —dijo arrugando la frente y frunciendo el ceño.

—Joven de aspecto por azares del destino, pero era ya un anciano cuando Lestat me transformó—los vivaces ojos de Ashlar se fijaron en la estructura ósea de David. Aquellos ojos profundos, tan oscuros como el café más amargo, denotaban que su alma no era joven y que no pertenecía al de un vampiro que vivió una vida corta. Sus rasgos no eran del todo ingleses, su piel tenía un ligero tostado y sus labios formaban una sonrisa casi felina. Sin duda, era un hombre atractivo e interesante por lo que contaba. Ashlar quería hablar, pero no sabía bien qué decir y además David continuaba hablando—. Perdí mi cuerpo original, mi alma se enjauló en éste recipiente mucho más joven y él le dio la vida eterna. No se preocupe por éste misterio, pues el de su regreso de entre los muertos es mucho más...

—Interesante—susurró fascinado, como cuando le presentaban una nueva muñeca y deseaba estrecharla entre sus brazos—. Tuvo suerte.

—Correcto, mucha suerte—respondió con un ligero ademán de cabeza.

—¿Y qué quiere de mí?—dijo aún sobresaltado— ¿Qué desea que le explique?

—¿Cómo volvió?—preguntó—. Es decir, usted estaba muerto.

—No lo sé—sus palabras sonaron francas, pues aquel Taltos tenía esa peculiaridad. Era incapaz de mentir. Sin duda, era uno de esos hombres acostumbrados a dar la cara por todo lo que hacía o sabía. Podía ocultar la verdad, pero jamás mentir descaradamente—. Una mañana desperté en uno de mis viejos apartamentos, el mismo que se había mantenido desocupado durante años, recostado en mi cama y rodeado de algunos brujos.

—¿Quienes?

David había cambiado su postura relajada por una más tensa. Había bajado la guardia durante unos segundos, pues Ashlar propiciaba ese estado. Sin embargo, nada más oír esa breve historia se sobresaltó.

—No lo sé, eran todos Mayfairs—explicó.

—¿Qué querían de usted?—dijo rápidamente intentando averiguar las intenciones de la familia, las cuales no estaban aún nada claras.

—Me contaron que uno de mis hijos me envenenó, así como Oberon y mis dos hijas Miravelle y Lorkyn dieron la noticia de mi muerte a Mona, su compañero y otras personas cercanas a la familia—relajó su mente para que el vampiro la leyera si lo deseaba, cosa que no hizo porque sentía que no era necesario—. También me hablaron de un conjuro especial que me había devuelto la vida y restaurado mi cuerpo—hizo un breve inciso y se acomodó en la silla—. Nada más. Se lo aseguro.

—¿Y qué pretende ahora? ¿Qué desea hacer? ¿Por qué esa tienda?—eran muchas preguntas, pero todas tenían un objetivo. David sentía que New Orleans era ahora su hogar, porque fuese donde fuese sólo se sentía cómodo en sus calles llenas de turistas, artistas de todo tipo y delincuencia. Sí, era el aroma distinto del aire y el ritmo desenfrenado de algunos locales lo que le daban vida, y esa vida no la quería perder. Había cierta quietud en la ciudad y quería que así permaneciera, lejos de malas influencias y juegos macabros de un brujo con demasiados deseos de triunfo.

—Soy empresario—se apresuró a decir—. Siempre he tenido grandes sueños—encogió sus hombros y observó por el rabillo del ojo a las camareras. Ellas estaban allí situadas, a corta distancia, murmurando sobre ellos—. Creo en la justicia y en la igualdad—comentó llevándose la mano izquierda al torso inclinándose suavemente hacia delante—. Deseo tener aún mis viejos sueños, si me lo permite, y por supuesto quiero hacerlos realidad junto a mi frágil, pero fuerte, Morrigan—su mano dejó de estar abierta, para convertirse en un puño y caer suavemente sobre la mesa—. Aún no sé nada de ella y el sólo pensar que está lejos de mí, aterrada o padeciendo Dios sabe qué...

Una de las camareras se aventuró y caminó hacia ellos. Tenía un movimiento sensual y atractivo, con unos pechos que llamaron poderosamente la atención del Taltos. La leche que surgía de los pezones de las mujeres después del embarazo, y que en su raza podía continuar ofreciéndose durante años, le hacía desear beber como lo habría hecho un niño. Podía notar que ella era madre y sus senos contenían leche, por la forma y porque había una ligera mancha en la camisa, justo cerca del pezón, que ella no había sabido ocultar.

—¿Qué desean tomar?—dijo con la pequeña libreta entre sus encantadoras manos.

Ashlar quedó mudo imaginándola junto a él, ofreciéndole esa leche que tanto le excitaba y entusiasmaba, y recordó entonces a su hermosa Morrigan con sus pechos llenos de leche y el sabor de ésta. Estaba por volverse loco, pero contuvo sus impulsos y mantuvo cierta distancia con la joven.

—Yo no deseo nada, pero mi amigo necesita un buen vaso de leche fría—David pidió por él, de forma cortés y atenta, cosa que hizo que se ahorrara algún comentario sobre la joven. El vampiro había notado esa alteración, pero no dijo nada.

—¿Desea galletas que acompañen a la leche?—preguntó escribiendo en el papel el simple pedido.

—No, gracias—respondió Ashlar bajando sus ojos azules por la figura de la joven, cosa que provocó en ella cierto escalofrío acompañado con un calor sofocante y cierto enrojecimiento de sus mejillas.

—Ahora mismo traigo su pedido—susurró.

—Gracias—dijo el Taltos con una sonrisa bondadosa antes de ver como ella se giraba, encaminaba sus pasos y se acercaba al mostrador.

—No sé si Morrigan está viva, pero conociendo a Julien habrá pedido que se resucite del mismo modo que lo han hecho con él y con otros—afirmó—. Ésto es una maldita locura—murmuró sorprendido por tantos acontecimientos que le hacían sentir mareado.

—Juro por todo lo que he amado y perdido, así como puedo jurarle que aún siendo un profundo respeto y amor por Janet, que jamás he pretendido hacer daño al mundo—sus grandes manos estaban sobre la mesa, casi tocando el servilletero de metal—. Se lo juro—llevó su mano derecha al brazo de David y lo apretó.

—Le creo—dijo colocando su mano derecha sobre la del Taltos y éste se relajó de nuevo.

—Sólo quiero vender mis muñecas a un precio módico, restablecer mis franquicias, vivir una vida plena y reconquistar el corazón de mi hermosa pelirroja—regresó a su posición inicial y suspiró—. Nada más.

—Comprendo, pero ¿no le han dado órdenes de algún tipo?—precisaba más datos, pero desconocía si Ashlar podría ofrecérselos.

—No, sólo me dijeron que pronto podría reunirme con ella si Michael accedía—le miró a los ojos, cosa que no le extrañó, y parecía rogar que él tuviese alguna respuesta a esa orden que le habían dado. Una orden de esperar a un milagro, prácticamente.

—¿Michael Curry?—preguntó.

—Sí, Michael.

—Michael ésta implicado...—todo comenzaba a cuadrar, aunque no sabía hasta que punto podía afirmarse que estuviese o no implicado. Al menos, tenía ciertos conocimientos y debía arriesgarse a conocerlos.

—No lo sé—negó suave—. No sé nada—añadió sintiéndose perdido, pues hasta el momento al menos tenía ciertas convicciones y esperanzas. Sin embargo, lo que más le molestaba es que David parecía acusarlo de tener una información valiosa, ser cómplice de algo, que él ni siquiera llegaba a comprender—. Está usted acusándome con el dedo de algo que ni siquiera sé bien qué es.

—No se altere, por favor, no estoy intentando agredirle—imploró.

El ligero golpe de tacón bajo de la camarera les hizo recordar dónde se encontraban. Ella se aproximó con la bandeja y en ella, colocado sobre un plato de postre, un vaso de tubo con leche fría y un pequeño sobre con azúcar junto a una cucharilla y una servilleta doblada.

—Aquí tiene—dijo colocando la bebida sobre la mesa, justo frente al Taltos.

—Muchas gracias, es usted encantadora—la voz de Ashlar sonó sedosa y tranquila, aunque quizás era sólo para demostrar cierta calma frente a ella. Tal vez no deseaba que se apreciara que ambos discutían.

—Y usted un hombre muy caballeroso—respondió antes de marcharse.

—Ahslar—David le llamó la atención, para que no siguiera con la mirada a la camarera y se perdiera en sus pensamientos.

—Dígame—dijo tomando el vaso con su mano derecha para aproximarlo a sus labios.

—¿Sabe Talamasca de su regreso?—preguntó.

—No lo sé—se encogió de hombros y dio un largo trago a la leche.

—Entiendo, creo que debo retirarme—comentó poniéndose de pie.

—Disculpe—Ashlar dejó el vaso en la mesa, justo en el plato al lado de la bolsita de azúcar que no usó y la cuchara—. Si consigue hablar con Michael, pues para mí ha sido imposible, ¿podría decirle que no fue mi intención que Morrigan terminara muerta? Morrigan significó el fin de la soledad, un punto de luz en mi vida y por supuesto un sueño—sus ojos se adueñaron de una tristeza profunda y sus labios soltaron un último ruego—. Necesito volver a verla.

—Y yo necesito respuestas, pero le haré llegar el mensaje—le explicó—. Buenas noches, Ashlar Templeton.

—Buenas noches, David Talbot—respondió quedando allí con la leche fría y la única compañía del murmullo de las camareras, la suave radio del local y las luces diáfanas de la ciudad a lo lejos, tras el cristal de la ventana.


David se marchó cabizbajo, pero con cierto optimismo. Si lograba dar con Michael y hablar cinco minutos con él, aunque fuese cinco minutos, tendría una información suculenta. Debía regresar a su despacho, describir todo lo que había ocurrido y archivar aquella pequeña entrevista. La vida de Ashlar era larga, pudo preguntarle sobre mil cuestiones que quedaron en el tintero, pero de momento quería centrarse en el presente y éste era escueto.  

viernes, 23 de mayo de 2014

El valle de Donnelaith

Bonjour 

Ahslar escribió un pema para Rowan, sus raíces y su historia. Aquí lo tienen, espero que lo disfruten. 

Lestat de Lioncourt 


Se alzó el círculo de piedras,
entre ellas la magia y la verdad.
El murmullo de las voces
cantan y juegan con la realidad.

Mira, el fuego ya consume todo.
El reino que se alzó quedó en cenizas
y pronto el mundo dará la espalda
a los gigantes, sus juegos y risas.

¿Dónde está él, el Santo?
Pues frente a ti con las manos abiertas,
el corazón roto y lágrimas en los ojos.
Yo te contaré la historia más cierta.

Se alzarán en el círculo de nuevo
con las caricias, los besos y los nacimientos...
Las brujas volverán con la esencia
y robarán la tristeza de mis pensamientos.

En la catedral, bajo los vidrios tintados,
llora un ser que no era humano.
Por favor, reza por mí desde First Street
y no me niegues jamás tu mano.

¿Dónde está ella, la bruja?
Pues está frente a mí con el jardín edén
y los ojos llenos de lágrimas que desean salir.
Por favor, llévate mi tesoro y no olvides que te amé.





Dedicado a la historia de Donnelaith, el pueblo Taltos y Rowan.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt