Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 4 de enero de 2017

Fortaleza

Michael siempre me parecerá un hombre sensato, bondadoso y fuerte pese a todo. 

Lestat de Lioncourt 


Todo lo que sueñas se puede convertir en tu gran enemigo. Un hermoso sueño puede reflejar una terrible historia y convertirse en una truculenta película de terror demasiado real, angustiosa y peligrosa para toda la familia. Jamás creí que sería un hombre aterrado, igual que un niño, mientras intentaba aparentar fortaleza porque las mujeres de mi vida, sobre todo las mujeres, necesitaban de mi apoyo.

Tía Vivian jamás pensó que mi vida se fuese a tirar por la borda de ese modo, aunque se sintió aliviada cuando dejé de compadecerme e intentar conquistar a la mujer que me salvó la vida. Ella obedecía al más puro instinto maternal, algo que incluso poseen las más despiadadas criaturas de la naturaleza. Para mí siempre ha sido mi madre, pues la mía era desnaturalizada y adicta a la bebida como única solución para sobrevivir. Mi padre era un bombero irlandés, no podía darle la vida acomodada y de lujos que ella pretendía tener, y por eso mismo se hundió. No le importó el amor que el profesaba día a día. Cuando quedé huérfano, pues primero murió él en acto de servicio y después ella debido a sus enfermedades, mi tía Vivian se convirtió en la mujer más importante de mi vida hasta la irrupción de Rowan.

Mi mujer, Rowan Mayfair, me necesitaba. Había sido secuestrada por un monstruo terrible que ambos habíamos engendrados. Un ser cuya procedencia desconocíamos. Tenía una genética asombrosa, una capacidad absurda para crecer y desarrollar su cerebro. Si bien, eso no le sirvió de nada. Ni su alma torturada, ni su prodigiosa mente o su belleza lograron evitar no ser asesinado por mis propias manos.

Mona Mayfair, prima de mi mujer y demasiado joven, era tierna pero no inocente. Tierna porque aún creía firmemente en un mundo mejor, en un futuro más digno. Si bien, tenía una forma arrolladora de conquistar aquello que deseaba con las armas de una mujer atractiva, poderosa e inteligente. Era muy precavida, pero como todos cometió un fallo. El fallo fue enternecerse demasiado entre mis brazos, permitir que cayera en la infidelidad entre sus jóvenes muslos y aceptar mi simiente como semilla de una vida igual de grotesca que la que introduje en Rowan. Ella me necesitaba. Necesitaba consolarla y asegurarle que el monstruo que venía no sería igual que Lasher.

Después estaba Beatrice Mayfair, también pariente de ambas, que perdió el nuevo amor de su vida horas después de su boda. Fue horrible. La mujer quedó destrozada al enviudar por segunda vez y de ese modo. Aaron era un hombre de una organización secreta de profesionales dedicado al estudio e investigación de fenómenos parapsicológicos. Una organización que estaba tras los pasos del monstruo que engendramos en su anterior vida, paso por la muerte y segunda oportunidad truncada por mi martillo.

Ryan, Pierce y el resto de hombres de la familia tomaban las noticias con mayor entereza. Estaban más familiarizados de algún modo con la muerte, sobre todo desde que la mujer de Ryan, madre de Pierce, feneciera a manos del animal salvaje que surgió de entre las piernas de mi mujer. Ese dichoso Taltos, porque así se llamaban realmente, destruyó sus vidas pero se aferraron a sus negocios.

Quedé como guardián de la familia. Quizá me convertí, sin quererlo, en el nuevo hombre del jardín. Paseaba en bata por este, observaba las flores y el césped crecido. Si bien, la noticia de un ser similar a mi hijo, muy antiguo, que quería conocernos, o al menos lo requería, me impactó. Sin embargo lo más impactante del suceso fue observar sus modales privilegiados, su sonrisa amable y escuchar su historia. Apoyé moralmente a ese hombre durante algunos días, comprendí su ansia de tener una familia porque yo también quería tener una. Por eso cuando apareció poco después en mi jardín, conociendo de improviso a mi hija Morrigan nacida del vientre de Mona, permití que se la llevara. Decidí que nadie mejor que él comprendería a esa mujer agreste y decidida, perfumada con las hormonas y la belleza de una mujer de su pueblo, su tribu, su raza... Merecía conocer sus orígenes y bailar junto a él eternamente.


Me convertí en un padre que dejaba irse a su hija, en un marido que no podía consolar del todo a su mujer, en un tío que tan sólo podía asegurar a su sobrina que todo saldría bien de algún modo, y en un hombre en una familia cuyas mujeres son fuertes, persistentes, autónomas y a la vez están derrumbadas porque el amor, la salud o simplemente sus sueños se esfuman demasiadas veces.  

jueves, 10 de noviembre de 2016

Mi historia, mi momento.

Lasher aparece de nuevo para recordarnos todos los pecados que cometemos.

Lestat de Lioncourt 



Llegó mi momento. Ese momento que siempre aguardé. Realmente tenía razón. Volví a la vida mientras otros sólo eran olvido, huesos en un ataúd o simplemente cenizas. Nadie pudo esperar que yo me detuviese. No importó el tiempo, tampoco los caprichos que tuve que cumplir a modo de genio de la lámpara maravillosa. Nada importó en realidad. Pude hacerlo, y eso es lo único que merece cierta relevancia.

Elegí metódicamente cada pedacito del árbol familiar, planté la semilla del orgullo y la traición, hice que se regara con pasión libidinosa e incestuosa, podé lo podrido o insignificante, y dejé mi huella en el árbol tallando mi apodo: Impulsor.

Cuando me marché de First Street, siendo la oveja negra de un rebaño cuidadosamente seleccionado, sentí que mis pies volaban sobre el asfalto y que mis monstruosas manos eran hermosas, pues sostenían a mi madre. Ella era la bruja elegida. No se comportó como la primera, aquella que me tuvo entre terribles dolores hacía siglos. No me apartó, no me rechazó. Ella me abrazó pensando en lo portentoso que era, en las posibilidades que le traería a la ciencia y en un amor irracional. Yo era su verdadera familia, a quien debía proteger. Ilusa.

Ambicionaba volver al lugar donde fui destruido, pero a la vez invocado. Sabía que ese círculo siempre estaría en mi código de ADN. Era como un lugar especial que todo ser como yo conocía. No era un secreto para mí, pero quizá sí para los humanos. Donnelaith silbaba en mis recuerdos y se agitaba como las grandes ramas de un fresno.


Pero no es sólo mi historia, aunque soy el protagonista. Debo abrir paso a todos aquellos que quisieron detenerme, al amor peligroso que se vivió en distintos puntos de este país miserable, a las canciones y poemas que envolvieron mis escasos días y, como no, a la orden de sabios que se condenaron unos a otros. Es el tiempo de gozar de una verdad pútrida.  

Soy la sombra que al final ofreció luz a vuestra oscuridad...

sábado, 30 de julio de 2016

Más allá del infierno

No hay nada más erótico que ver a un hombre rendido a sus pecados. Y por cierto, bonitos pecados eran los de Julien. 

Lestat de Lioncourt 





Esperaba siempre apostado en una esquina recargándome de mi lado derecho observando con detenimiento toda la avenida. Mis ojos azules se movían sobre las baldosas contándolas una a una, mirando sus grietas y admirando los zapatos de aquellos que iban y venían. A veces era terrible tener que esperar allí aquellos apurados pies que se movían con destreza en unos elegantes zapatos de tacón. Sin embargo, no me importaba. Jamás me importó gastar mi tiempo en algo así.

Ese día simplemente subí a su apartamento. Ya lo había hecho en otras dos ocasiones. Yo mismo le ayudaba a pagar el alquiler para que no fuese una carga excesiva en su ajustado salario. Por un lado me lo echaba en cara diciendo que no era su querida, por otro me lo agradecía cuando veía que las facturas se acumulaban y no había dios que las pagara. Él sabía que tenía dinero siempre dispuesto para echarle una mano y ayudarle en lo que fuera. No lo hacía para comprar su amor o su deseo, era simplemente porque sabía que el dinero me sobraba y que no lo disfrutaría una vez muerto. Así que los billetes me quemaban en las manos y él los aceptaba a regañadientes.

Cuando subí el último tramo de la escalera escuché el fonógrafo de la compañía Victrola que yo mismo le había comprado en un arrebato de melómano. Aida de Verdi se colaba por aquellos estrechos muros mientras otros vecinos del edificio, menos afortunados en educación, vociferaban sus tragedias. Al llegar a su puerta golpeé con fuerza para que me escuchara. Él no abrió de inmediato la puerta aunque noté como observaba por la pequeña mirilla que yo estaba allí. Al final abrió parcialmente para dejar ver sólo un poco de su dulce rostro.

—Estoy molesto, ¿por qué no te vas con tu mujer?—preguntó con voz ligeramente exasperada.

—Me iría si no hubiese firmado los papeles del divorcio—dije.

—Seguro que no ha sido idea tuya. ¿Qué fue eso de un Mayfair sólo puede estar con un Mayfair?—dijo frunciendo el ceño.

—¿Qué fue eso de no voy a fruncir el ceño porque me saldrán arrugas y sólo tengo veinte años?—mis palabras lograron que perdiera cierta compostura y malhumor. Siempre encontraba las palabras mágicas a las cuales aferrarme para que él se sosegara.

—¿Qué quieres? No tengo ganas de verte—se recargó mejor sobre el pomo de la puerta y suspiró—. Estoy molesto—dijo aceptando lo evidente.

—¿Por qué me esperas entonces con esa lencería que te compré?—pregunté—. Sabías que si no aparecías subiría e intentaría colarme en tu apartamento.

La música paró y noté como Lasher surgía aún bailoteando. No era un melómano cualquiera, pues usaba cualquier melodía, a veces hermosas composiciones musicales y otras autores muy simples, para despistar a un espíritu que me perseguía allí donde fuera.

—Vamos a jugar a las cartas—dijo apoyando sus manos invisibles sobre mis hombros—. No te va a entender nunca, Julien. ¿No ves que es sólo un muchacho? Qué risa...

—Me la puse porque me parece bonita—murmuró sonrojándose mientras se pensaba quitar o no la gruesa cadena dorada que evitaba que pudiese pasar.

—Abre—comenté deseando entrar para poner de nuevo en marcha el gramófono y evitar de ese modo que ese imbécil estuviese parloteando. Quería ponerle una mordaza a ese maldito desgraciado que sólo me aconsejaba de la peor de las formas y me traía terribles dolores de cabeza.

—Está bien...

Cerró de golpe y abrió de inmediato para dejarnos pasar. Lasher se quedó callado porque sabía que había perdido. Siempre perdía. Cuando era estar con Richard se quedaba sin un discurso decente, pero me molestaba que me envolviera como si fuese una soga. Así que simplemente me acerqué al aparato e hice que la pieza comenzara de nuevo.

Él se quedó allí de pie esperando que calificara su endiablada belleza mientras la puerta se cerraba. Cuando me giré para verlo bien tuve deseos de arrancarle aquellos delicados encajes. Llevaba un corsé que habían hecho a medida para él a juego con una lencería de encaje que cubría escasamente su sexo oculto, con cierto ingenio, un liguero y unas medias que se ajustaban perfectamente a sus hermosas piernas. Todo era en un único color, el negro, y el encaje era de aguja porque era el más fino, aunque también el más costoso, que llenaban su cuerpo con elegantes flores salvajes. Su piel quedaba resaltada al igual que su figura.

Era como ver a una mujer sabiendo que tras esa pose casi celestial, de labios pintados de rojo y largos cabellos negros, había un hombre tentándome con cada milímetro jóvenes carnes y prietas nalgas. El pelo lo llevaba suelto y caía en bucles bien formados sobre sus hombros, aunque no todo ese pelo era suyo. De hecho, llevaba peluca porque usualmente tenía un corte algo masculino. Fuera de esos muros pocos habían logrado verlo con esas prendas. Cuando lo veían bajar por la escalera pensaban que era su hermana que había ido a verlo.

—¿Deseas que me ponga también el vestido o me quedo así?—dijo mientras percibía que estaba descalzo.

—Ponte los tacones que tanto me gustan. Esos que te compré hace unos meses—contesté—. Los que fueron un regalo por tu cumpleaños.

Él sólo sonrió echando casi a correr hasta el zapatero que había en su dormitorio. Al regresar lo hizo marcando el paso al ritmo de la música. Lasher sólo bailoteaba de un lado a otro y pronto dejé de pensar en su presencia cuando Richard se acercó a mí, pegándose como una gatita mimosa deseando caricias. Mis brazos lo acogieron estrechándolo contra mí mientras hundía mi nariz en su cuello. Olía al caro perfume francés que a veces se obsequiaba gracias a pequeños contactos con amigas en las perfumerías más elegantes, caras y populares de la ciudad.

—Tu hombre está en casa—dije mientras mordisqueaba su cuello—. ¿Por qué no le das la bienvenida como se merece?—pregunté provocando que se mordiera sus voluptuosos y carnosos labios ensalzados con ese color carmín tan llamativo.

Él simplemente puso sus manos sobre mi torso jugando sutilmente con mi la punta de mi corbata. Sus largas pestañas postizas parecían infinitas y enmarcaban una mirada salvaje. Sonrió suavemente con picardía mientras permitía que mis manos acariciaran su cintura hasta sus caderas marcadas. Era delgado y tenía una belleza sutilmente femenina. Verlo a él era ver a un ángel jugando a ser un demonio tentador. Y, realmente, jugaba muy bien sus cartas.

Dejó de mover sobre mi corbata aquellos dedos, de uñas largas y bien cuidadas, para apoyarlos en mis caderas entretanto se arrodillaba. No tardó en abrir la correa, quitar el único botón de mi pantalón y echar abajo el cierre de la cremallera. De entre mi ropa interior sacó mi sexo ya algo despierto sólo con verlo y olerlo. Mi corazón comenzó a bombear rápido cuando sentí su aliento acercarse a mi glande. Sus labios se posaron con cariño sobre mi miembro ofreciéndole dulces besos que terminaron siendo entregadas lamidas. Me miraba mientras lo hacía quizá recordándome que no había mujer sobre la tierra que lo hiciera mejor.

Suspiré mientra sonreía dichoso. Realmente apreciaba que se comportara tan sumiso conmigo, pero sobre todo me enloquecía notar como poco a poco su destreza se desarrollaba con cada una de mis visitas. Lograba endurecer a un hombre que ya traspasaba la mediana edad, aunque no lo aparentaba, como si fuera un adolescente. Mis manos fueron a su cuello, justo bajo su mentón, cuando empezó a succionar lentamente hasta llegar casi a la base de mi pene. Me manchaba con su labial pero no me importaba. Que dejase restos allí era una marca más que él dejaba por algo más que puro capricho. Al final mi diestra se colocó sobre su coronilla y la zurda lo agarró por la nuca. Él dejó de mover libremente la cabeza para sentir la furia de mis embestidas. Sólo abría la boca para que yo lograra incluso atragantarlo con algunos movimientos bruscos.

Cuando estuve absolutamente duro, dispuesto para él, lo levanté agarrándolo del brazo, hasta casi marcar mis dedos, para arrastrarlo hasta uno de los muros del salón. No era la primera vez que no tenía cuidado al sentirme pletórico. La música acabó y Lasher guardó silencio sólo porque el espectáculo le fascinaba. No tardé demasiado en colar mi mano dentro de sus bragas de encaje para tocar su miembro ya abultado, casi queriendo salir de aquella estrecha tela, mientras con la mano que tenía libre, la izquierda, recogía su cabello para morder su nuca. Él gimió con el tono de una mujer y eso me encendía. Tenía las características que tanto me incitaban en un hombre y las que me enloquecían de las mujeres. Un hombre no sabía seducir de ese modo y tampoco era capaz de gemir tan desesperado.

—Julien... —dijo tembloroso notando mis dientes tirar de su carne, pellizcar con fuerza su piel, patéticamente masticándolo—. Julien... —su voz cada vez se quebraba más sobre todo cuando bajé sus bragas hasta los tobillos e introduje mi lengua en su deliciosa entrada. Aquel agujero se había convertido para mí en la abertura al placer, en la pequeña grieta al paraíso. Cuando mi lengua se colocó dentro soltó un jadeo entretanto curvaba sus piernas y se apoyaba desesperado en la pared, rasguñando el papel pintado que él había elegido para decorar nuestro pequeño nido.

No dudé ni por un momento en sacar mi rostro de entre sus glúteos para morderlos, besarlos y lamerlos mientras colaba un dedo. Él me miraba girando su rostro esperando el momento que llegó cuando me incorporé y lo penetré sintiendo la dulce presión de su recto. Mi glande buscaba golpear justo en el lugar exacto de su próstata y logré hallarlo con cierta facilidad porque ya conocía sus puntos débiles.

—Gime putita—dije agarrándolo del cuello con la diestra mientras mordía uno de sus hombros. Él sólo contestó moviendo sus caderas y abriendo mejor sus piernas. La zurda bajó los finos tirantes de su sujetador para poder moverlo hacia abajo. Deseaba poder pellizcar sus pezones y de hecho acabé haciéndolo entretanto mi boca marcaba la cruz de su espalda, su nuca, sus hombros e incluso sus orejas desnudas debido a las prisas que se había dado al vestirse.

Sus gemidos y jadeos cada vez eran más levados convirtiéndose en la mejor ópera jamás estrenada. Mis gruñidos y gemidos bajos se unían a mis palabras indecentes que le forzaban a estar cada vez más duro. Quitó entonces el apoyo de su mano derecha para poder masturbarse, pero rápidamente agarré ese brazo para echarlo hacia atrás. Quería que llegara al orgasmo sin tocarse, sólo con mis penetraciones.

Tras varios minutos de forcejeo, movimientos duros de pelvis y lenguaje sucio él llegó apretándome contra él, dejándome sumido en un éxtasis casi religioso. Segundos después de notar como eyaculaba salpicando la pared y el suelo, incluso su fina lencería, lo hice yo. Entonces me aparté sofocado para sentarme en el sofá con el miembro aún algo duro y el rostro empapado en sudor, con mi cabello cano revuelto sobre mi frente y mis manos apoyadas contra el brazo del asiento y los cojines.
Él caminó a duras penas porque le temblaban las piernas, lo cual provocó que se cayera y se arrastrara hasta mí. Quedó con su rostro sumergido entre mis piernas lamiendo cada gota de semen que no había llenado sus entrañas.

—Es cierto que ella me ha dejado—dije aún con la voz tomada—, pero también es cierto que no me importa. Tengo en ti todo lo que busco en una mujer y en un hombre—susurré levantando su rostro al sostenerlo entre mis manos—. Tú eres provocación, erotismo puro...


Jamás me interesó qué pudiesen pensar de mí al tener un amante masculino que, para más inri, travestía en un juego peligroso donde los sentimientos estaban a flor de piel y el placer caminaba más allá de la frontera del infierno.  

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Dedicado al pequeño tesoro que he encontrado hace unos días. Logras que quiera volver a cometer pecados por este mundo. 

viernes, 10 de junio de 2016

Comienzo

Admito que David y Aaron hacen un buen equipo, pero yo también lo hago con David. 

Lestat de Lioncourt


—Te veo muy interesado en esos documentos—dije con las manos en los bolsillos apoyado en uno de los muros de carga del edificio.

Habíamos salido a despejarnos. Los novicios teníamos demasiadas ocupaciones en aquellas épocas. La orden era un hervidero de almas que iban y venían investigando determinados sucesos, mezclándose con la población de Gran Bretaña y convencidos absolutamente de todo lo que redactaban en sus pequeños despachos, la biblioteca o pasillos. No todos permanecían entre los grandes muros de este edificio.

—Hace aproximadamente dos semanas los encontré abandonados en la bodega—respondió con aquella carpeta marrón entre sus manos. Estaba husmeando desde hacía más de media hora las hojas amarillas que contenía.

—¿Fue el día que nos enviaron a ordenar las cajas abandonadas cerca de los archivos principales?—pregunté sacando mi pitillera para encendiendo un cigarrillo.

—Exactamente—dijo emocionado.

—Tardaste demasiado en regresar y pensé que me habías dejado abandonado con todo el trabajo por hacer—sonreí dejando que el humo saliera de mi nariz.

—Encontré una historia interesante abandonada hace décadas—dijo.

—¿De qué trata?—pregunté ligeramente interesado.

Aaron jamás me dejaba y era como mi sombra. Desde que nos conocimos nos convertimos en una y carne. Éramos amigos pero parecíamos hermanos. Sentía un gran amor por aquel muchacho de cabellos rubios absolutamente revueltos y de ojos iluminados siempre con una bondad casi mágica. Protegía a mi compañero de lo tangible y lo intangible. Alguna vez vi fantasmas aproximándose a él y no taré en espantarlos. Podía verlos pero era demasiado despistado y solía estar perdido en sus asuntos. Por aquella época era un muchacho de lo más informal y yo un noble que rechazaba la fortuna familiar.

—De una familia excepcional—dijo ofreciéndome dichosa carpeta. De inmediato la tomé entre mis manos y comencé a echarle un ojo con el cigarrillo tambaleando entre mis labios—. Ellos hace tiempo fueron perseguidos por brujería en algunas zonas de Europa—decía mostrando los documentos más antiguos. Algunos tenían cien años y estaban escritos a mano. Los originales, según ponía la hoja, habían sido extraviados—. Varios de nuestros miembros se mezclaron con ellos y acabaron falleciendo posiblemente a manos del espíritu que les acompaña.

—Parece peligroso—murmuré entretanto él recogía la carpeta y la cerraba pegándola a su pecho.

—Se llaman “Mayfair” y es una familia matriarcal. Sólo las mujeres importan. Ellas son las que poseen el poder, las riquezas y mayores beneficios—confesó.

—¿Y los hombres?—pregunté.

—Hasta el nacimiento de un tal Julien ni uno de ellos poseía voz y voto. Ellos sólo se dedicaban a algunos negocios, fiestas, engendrar hijos y visitar lugares de dudosa reputación—su sonrisa me hizo olvidar que podía correr peligro. A decir verdad no podía estar cuidándolo siempre.

—¿Por qué crees que fueron abandonados allí?—pregunté quitándome el cigarrillo de la boca.

—Descuido—respondió encogiéndose de hombros.

—¿Descuido o deseo que ningún otro miembro muriera?—susurré con cierta intriga.

—Quiero investigarlos—aseguró con estoicidad. Mostrar esa fortaleza ante las dificultades es lo que provocó que nos hiciéramos amigos. Era un buen chico y con un deseo inmenso de comprender todo lo que le rodeaba. Era normal que quisiera investigar aquel misterio.

—Envía un informe a los Ancianos y espera noticias—respondí.

¿Cuántas veces me había comunicado con ellos? Muchas. Era un rebelde y me había marchado a Brasil a ser sacerdote del Candomble. Ellos tuvieron que soportar mis correrías y la forma desesperada de encontrar solución o comprensión a mis poderes. Pero David Talbot se había vuelto manso en cuanto conoció el amor. Amaba a mi amigo por encima de mí mismo. Creo, sin duda alguna, que lo amé siempre. Pude enamorarme de muchos, desear a cientos, pero amar sólo a uno. Aaron Lightner era mi debilidad.

—Estoy emocionado. Si aceptan que estudie este caso, David, será el primero—dijo alborotado.

—Va a llevarte toda una vida, pero realmente me hubiese gustado a mí encontrar estos documentos—guiñé un ojo mientras veía un espíritu aproximarse a nosotros. Él y yo nos cruzamos una mirada calma y decidió ir a molestar a otro.

—Tú ya ves demasiados espíritus... ¡Deja algo a los demás!—dijo ajeno a mis trapicheros con los espíritus que rondaban incluso templos del misterio como la Sede en la que vivíamos.



sábado, 31 de octubre de 2015

Abran la puerta

Lasher ha regresado, como no, en éstos días tan señalados...

Lestat de Lioncourt


El viento aúlla murmullos olvidados, palabras cuyo significado han caído en el recuerdo apolillado de un victrola sepultado por mentiras, codicia y sangre, que son el testimonio ciego y sordo de una historia terrible. Los árboles arrastran cada silbido como si los emitiera el diablo. Bajo el tronco, grueso, derecho y limpio de ramificaciones de un viejo roble, tan viejo como los cimientos de la casa que vigila desde sus altas copas. El dondiego alimenta el perfume de la muerte y lo alza hasta los jazmines de la entrada. El camino, sinuoso como el reptar de una serpiente, te lleva hasta los blancos peldaños de la boca del lobo. El demonio quizás está en la casa bailando con una sonrisa vacía y los ojos azul zafiro. Deja que el momento te seduzca y haga temblar su alma con la emoción tóxica de una prostituta.

Siete demonios caminan con ramos de olvidos, clavel chino y laurel entre sus manos. Un cortejo que danza frente a la vivienda, un cortejo que puedes imaginar. La celebración de la muerte y la vida, la cancela abierta y la puerta cerrada esperando ser tocada con sus huesudos nudillos. Cantan para los brujos, los cuales ya estaban seguros que vendrían como cada año, una balada terrible y unísona.

«Demonios. Somos demonios. Abridnos, somos demonios. Demonios que son recuerdos. Seres de otro mundo donde habitan los sentimientos y los pecados capitales que cada generación ha tomado como emblema.»

Demonios convertidos en lluvia, viento y relámpagos. Espíritus que son el viento moviendo las ramas quejumbrosas, agitando las flores del jardín y mostrando la figura enigmática de un hombre joven, apuesto y de mirada desconsolada. Él recuerda su vida, su muerte y la crueldad de su existencia. Aún pide perdón y clemencia. Desea volver.

Yo soy ese hombre. Soy ese hombre. Soy el Impulsor. Soy Lasher. Deseo volver. Quiero ser el santo, el niño del pesebre, el hombre bondadoso, el sacerdote célibe y el hijo pródigo. Soy la oveja negra que desea mudar su piel y dejar de ser el lobo que grita en la oscuridad. Madre, padre... ¡Brujos! Dejad que vuestro hijo vuelva a la vida. Aceptadme en vuestros corazones. Por favor, recordad que os amo. Yo siempre os he amado. He querido a todos y cada uno de vosotros. Madre, madre... ¡Madre!


«Soy el demonio que llora tormentas que lavan tu rostro. Festejo mi dolor, pero no sé manifestar felicidad. Jamás he sido feliz. Compadece a éste pobre miserable y acéptalo como un hijo. Soy tu hijo. Tú me llevaste en el vientre, fuiste la puerta y él la llave.»

sábado, 10 de octubre de 2015

Me quedé

Julien siempre lo ha dicho: Me quedé para cuidarlos.

Lestat de Lioncourt


La lluvia caía sobre la acera cercana. Aspiré el aroma de las plantas empapándose por cada gota. La tierra mojada ascendía hacia mi cálida habitación. Detrás de mi espalda, encorbada sobre el alfeizar de la ventana, se encontraba mi cama. Aquella aliada silenciosa, mullida y caliente, quedó huérfana de mis quejidos, sollozos y malos momentos. Me alejé del bendito sueño de la vida para entrar en la muerte. Pude escuchar como mi corazón se paraba despacio. Mis viejos tesoros, recuerdos podridos por la miseria de mi alma, comenzaron a tener sentido. El murmullo de sus palabras, las de aquel estúpido y engreído fantasma, rondó cerca de mi oído. Él me dijo “te amo” por última vez.

Aquella misma noche supe que la vida era corta y yo había vivido demasiado tiempo. Experimenté un gran cambio en mi época, pude saborear la estabilidad antes de la crisis de los locos años 20, disfruté de los tugurios del muelle y de un Barrio Francés abarrotado de almas bohemias. Nada quedaba del joven bien educado que intenté ser, pues me recordarían por el audaz empresario y cruel amante. Un amante implacable, que disfrutaba de derrochar caricias y mentiras, al que todos tenían en un pequeño altar. Dejé atrás los días de apuestas ilegales, sonrisas pícaras y chocolate caliente junto a un buen tabaco en pipa.

Las horas transcurrieron. La lluvia señalizó mi muerte. Sin embargo, quedé vinculado a mi objeto favorito. Julien Mayfair jamás dejaría desamparados a los suyos. No era capaz de apartarme. No pude cuidar de mi hermana, la cual murió completamente enajenada, pero lograría salvar las almas de mis descendientes. Por desgracia, ni Stella, Antha o Deirdre pudieron ser recuperadas. Ellas ya estaban marcadas. Si bien, mi hermosa Rowan y mi adorada Mona tuvieron la oportunidad de vivir libres, aunque el dolor también las acompañó.

Mi vida por la suya.
Una poesía que decidiría
los pasos en éste mundo de locos.
Mi muerte por la suya.
Un poema por emblema

para sacrificar al monstruo.  

viernes, 9 de octubre de 2015

Más que un simple amigo

Una sentida carta de amistad y respeto de Aaron a David ha sido encontrada por Michael, el cual la ha enviado a una de mis viviendas. Él cree que podía transmitírsela a David. Y sí, lo he hecho.

Lestat de Lioncourt


Querido amigo:

Tal vez jamás recibas ésta carta. Estoy en una encrucijada. Me hallo entre la espada y la pared. Han intentado silenciar mis estudios, los cuales siempre han sido comprometedores. Creo que todavía recordarás como he desperdiciado, según algunos compañeros, mi vida estudiando a los Mayfair. No sólo he indagado en sus negocios y vínculos familiares, sino en sus poderes, ambiciones y persecuciones a lo largo de los siglos. Ahora comprendo mucho mejor a ésta familia y estoy vinculado emocionalmente a ella. He llegado a quererlos, comprenderlos e incluso a admirar a varios de sus miembros.

Me ha llegado un fax hace unas horas. Ha sido demoledor. No puedo transcribir las duras palabras que en la carta se reproducen, pero sí las consecuencias que tendré de seguir investigando por mi cuenta. Los Ancianos me han pedido que pare. Como bien recordarás jamás he sido demasiado obediente. Siempre me he comportado como un hombre justo con mi honor y principios. Creo que ésto va más allá de una investigación superflua. Me he vinculado, como he dicho, a ésta familia y he jurado protegerla. No voy a dejarlos. De hecho me he casado con Beatrice Mayfair hace tan sólo unas horas.

He sabido de ti por medio de los manuscritos que me han ido llegando y ofreciendo. Hay un libro que cuenta como te has convertido en vampiro. David, por favor, ten cuidado. El mundo de la noche no es tan fácil ni tan sencillo. Tú y yo sabemos que los misterios se pueden pagar caro. Quiero que me prometas que te cuidarás, aunque como he dicho no tengo esperanzas con ésta carta. Mis palabras puede que se queden aquí, en un papel doblado y metido en un sobre. Desconozco tu dirección y no quiero investigarte. Si no has aparecido en mi vida, después de aquellos trágicos días, es porque crees que es lo mejor. Acepto tu decisión.

Para mí has sido como un hermano. No he dejado de pensar en ti durante todo el día. He hablado a Beatrice de tu destino, aunque no le he dicho que te has convertido en vampiro. Sólo le he comentado que tuviste que abandonar la orden. Ella se ha sentido profundamente entristecida porque no estuvieras conmigo, siendo mi padrino, pero Yuri lo ha hecho muy bien. ¿Recuerdas a Yuri? Seguro que sí. Ese granuja se ha convertido en un gran hombre y lo quiero como a un hijo.

Sólo quería decirte que te quiero, te aprecio y que espero verte de nuevo algún día. No pierdo esa fe. Siempre he sido un hombre de fe, aunque no posea religión alguna.

Siempre seré tu hermano,

Aaron Lightner  

miércoles, 19 de agosto de 2015

Te recuerdo

Este es uno de los documentos escritos por Lasher, los cuales terminaron en manos de Mona Mayfair y así supo parte de la verdad. Rowan los tenía en su poder. ¿Los recuerdan? Éste es uno de esos documentos.


Lestat de Lioncourt


Te recuerdo. Recuerdo bien tu sonrisa. Recuerdo esa pose seductora. Oh, recuerdo todo. Puedo recordarte, pero los recuerdos se borran y se convierten en borrones amargos. Lloramos juntos, pero también reímos durante horas. Disfruté mucho de tu compañía. Esa sonrisa era la del diablo. Todas las mujeres te amaban, los hombres te admiraban y muchos caían seducidos por tu coquetería. Oh, el humo de tu pipa. ¿Te es familiar ese aroma dulzón? Creo que es el chocolate humeante junto a tus viejos documentos. Tan inteligente, tan desesperado por conocer y viajar. ¡Te odio y te amo! Te recuerdo y te olvido... Olvido demasiado rápido. Mi mente a penas puede pronunciar tu nombre. ¿Cuándo nos conocimos? ¿En qué siglo? ¿Moriste ya? Creo que me odiabas, temías y despreciabas. Pero también me necesitabas y amabas a tu modo, muy a tu modo.

Vi como tu cabello negro y rizado, tan espeso y suave, se convertía en un nido de canas que acabó siendo blanco, como la nieve que nunca viste. Tenías los ojos azules, tan azules como los míos. ¿Tal vez yo los tengo azules porque tú los tenías? Oh, sí. Ahora soy tu descendiente. Ahora soy parte de tu linaje. La puerta y la llave, mis padres, son tus descendientes. ¡Qué lástima! No podemos vernos frente a frente, sonreírnos amargamente como antes, y confesarnos nuestras correrías.

Contemplé tus victorias, pero también tus fracasos. ¡Cuántos sueños! ¡Cuántos ideales! ¡Y qué inteligente! Oh, sí. Te amaba. Amaba mirarte al espejo. Codiciaba tu cuerpo. Elegí tu cuerpo muchas veces. Pude sentir a través de tus manos, escuchar gracias a tus oídos y sonreír al fin gracias a tus labios. Todo era tan real. El mundo era tan hermoso y fascinante... ¡Muy interesante!

Extraño tus camisas de lino, tus sombreros elegantes, ese bastón sofisticado que usabas para añadir a tu pose de caballero, y de seductor de cine, un aire más interesante. Te amé. No sabes cuánto te amé. Jamás supiste cuánto te lloré. Te lloré un día entero, Julien. Viviste más que nadie. Tantos años... ¿cuántos fueron? ¿Setenta? ¿Ochenta? ¿Noventa? No lo recuerdo. Ya no lo recuerdo.

Estoy escribiendo esto para no olvidarte. El gentil, elegante, malévolo, inteligente, cruel y seductor Julien Mayfair. El brujo de los Mayfair. El único patriarca de entre tantas brujas. ¡Tú también fuiste mío! ¿Y yo fui tuyo? Fui tuyo. Era el demonio que te servía, susurraba a tus oídos y reía tus chistes malos. Oh, Julien. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Cien años? Casi cien años...


Te estoy llorando, Julien. Te estoy llorando...  

domingo, 26 de julio de 2015

Un padre sin hijos

El amor de un padre es muy fuerte, como el de una madre. Michael sólo quería entregar ese amor. Comprendo que se sienta terriblemente dolido y decepcionado consigo mismo, pero no podía hacer nada más. Al menos, así lo creo.

Lestat de Lioncourt


Existen miles de personas en el mundo que hubiesen deseado no ser padres. Hay quienes abandonan a sus hijos a su suerte. Muchos reniegan de su paternidad. Pero también existen hombres como yo, los cuales se han visto privados de ese momento de orgullo y felicidad. No he podido sostener a mis hijos entre mis brazos, ni he podido ayudarles a crecer en un mundo cada vez más distorsionado y perjudicial para las futuras generaciones. No habrá un nuevo amanecer para mi apellido.

Hace tiempo tuve que aceptar que la mujer que amaba, esa que me había jurado que jamás me abandonaría, lo hiciese dejando atrás un aborto premeditado. Nunca me preguntó si yo deseaba hacerme cargo del hijo que esperaba. Fue egoísta. Pudo haber tenido a ese pequeño, al cual bauticé como Chris, y ofrecérmelo a mí. Me hubiese hecho cargo en soledad del fruto de mi amor por ella. Pero eso no ocurrió. Ella se vio en su derecho y yo sólo tuve que agachar la cabeza.

Ahora podría decir que he sido padre dos veces, pero he sido padre de dos monstruos. Aunque Morrigan más bien era salvaje, atrevida y necesitaba recorrer el mundo para equivocarse por sí misma. Ella pudo ser mi orgullo, pero se convirtió en un sueño borroso. He sido padre de dos Taltos. Uno era un miserable, un perdedor, un soñador cruel y lleno de dolor que lo convirtieron en un ser retorcido. Él era Lasher. Si bien, Morrigan nació de un error por mi parte. Fui infiel a mi mujer, la cual había sido secuestrada por mi hijo Taltos.

Los Taltos crecen en horas, se desarrollan y tienen personalidad propia. Poseen unos rasgos similares a los de sus padres, una historia común, conocimientos mezclados con necesidades. La historia de su pueblo es aprendida desde el primer momento, sus características más fuertes son sus sueños más básicos.

Los sueños de Morrigan era ser la reina de un mundo en ruinas. Deseaba ir donde el viento la llevase. Olfateaba el aire como un animal salvaje. Se convirtió en una joven hermosa, de fuerte carácter y hermosos ojos verdes. Acepté que se fuera, pero aún así me he preguntado siempre qué hubiese sido de ella de haberse quedado a nuestro lado. Yo habría envejecido aún más, como lo estoy haciendo, y ella seguiría como una chiquilla de dieciocho años.

Está muerta. Sus hijos son su herencia a éste mundo, pero es una herencia terrible. Me he convertido en padre de esos muchachos. Un padre demasiado benévolo. No puedo criticar sus necesidades ni sus sueños. Son mucho más manejables que su madre y menos serios que su padre. Tienen un aire desenfadado, pero son inteligentes. Poseen una inteligencia para nada perversa. Al menos yo no veo la malicia en sus actos.


Sea como sea... soy un padre sin hijos. Un padre que se dice así mismo lo hizo lo mejor que pudo.

domingo, 5 de julio de 2015

Pobre

Lasher es un ser que no he conocido, pero que he oído hablar de él. Por su culpa muchos en Talamasca perdieron la vida. Aquí un oscuro pensamiento que dejó escrito cuando secuestró a Rowan.

Lestat de Lioncourt


Pobre de ti. Pobre de mí. Pobre del tiempo y del lugar. Pobre de todos. Pobre de aquel que una vez me creyó santo y me coronó con todas las gracias. Pobre la cabeza de mi santa madre rodando por el suelo, como si fuese una manzana que acaba de caer del árbol. Pobre del fuego que nos consumió, convirtiéndose en verdugo de una marabunta de inútiles y fieles santurrones sin seso. Pobre de las mujeres que murieron en mis manos. Pobre del amor porque jamás fue rozado por mis labios, ni sentido por mi alma y ni mucho menos rememorado en mis breves relatos. Pobre de los huesos que yacen sepultados, que son los tuyos, y que sólo son la muestra de una vida impía y cobarde llena de amoríos y de sufrimiento. Pobre Orden de sabios de La Talamasca, tan inútiles como curiosos felinos que terminan acorralados, aplastados y convertidos en polvo. Pobre del mundo. Pobre del mar que me separa de Europa. Pobre círculo de piedras. Pobre Deborah. Pobre esmeralda en el cuello de su pobre e insufrible hija. Pobre de mi corazón que no late. Pobre de mis manos que rozan el mundo y el mundo desconoce mi existencia. Pobre la música que me hace danzar. Pobre de la risa que no sé pronunciar. Pobre, pobre, pobre...

Estoy frente a tu tumba. El barco zarpará. El mundo se abrirá para nosotros más allá de éste lugar podrido, de maderas hinchadas y campos baldíos. Ya es hora de irnos de aquí a otras tierras más fértiles, con una mentalidad más abierta y que me pueda ofrecer nuevas experiencias. Me voy con tus Mayfair. Me voy con tu descendencia que es la mía, la que tiene también mis genes y que hará que vuelva a caminar, beber y tener sexo. Sí, tendré sexo. Haré el amor con las brujas abriendo sus muslos cálidos, invadiendo su ardiente vagina y sintiéndome apretado contra sus pechos. Piel con piel, ¿lo imaginas? Yo sí. Puedo imaginarlo. Puedo sentir su cálido aliento rozando mis labios, su húmeda lengua reptando por mi boca y sus ojos vueltos por el placer. Se convertirán en marionetas, lo que siempre han sido, y me darán mi hembra. Y tú, Petyr, sólo serás un pobre infeliz, un desdichado lloroso, que no podrá impedir la conquista de éste mundo.


Adiós. Fuiste un buen enemigo. Un ser digno de mi altura y maldad. Te daría un beso de despedida, pero detesto el sabor de la muerte.  

sábado, 4 de abril de 2015

Mi verdad

Ashlar no era un monstruo. Creo que sólo intentaba sobrevivir, como cualquier otro. Llevaba consigo una carga que no era suya, pues él sólo buscaba la felicidad de los suyos. 

Lestat de Lioncourt


He aprendido que el mundo se acaba, pues el ser humano está dispuesto a destruirse dentro del círculo vicioso de la codicia. Cuando más poseen más desean, cuando menos riquezas tienen en sus manos más felices llegan a ser. He visto sonreír a niños con tan sólo unos zapatos nuevos, pero en éstos tiempos muchos arrojarían esos zapatos por la ventana si no poseen una marca de renombre. Decidí apostar por ser parte de ese círculo, aunque intentaba implicarme en la autestirdad y la bondad de otras épocas.

La soledad me consumía. Muchos creen que el dinero, el poder y las posibilidades de ir dónde uno desea, cuándo y cómo, es sin duda el origen de la felicidad. Pero yo, un ser que creía ser el último de un mundo que llegamos conquistar y comprender, me sentía lleno de una tristeza irrevocable. Como si fuese un niño intentaba alejar el espanto de la muerte, de una eternidad vacía y de unas manos monstruosas que se vieron salpicadas con la sangre de sus propios descendientes. Observaba las vitrinas llenas de ojos ilusos, aunque apagados de toda vida, sonriéndome en sus pequeños cuerpos y alzando una belleza que perduraba pese a las décadas. Mi colección de muñecas era, sin duda alguna, la fuente de mi felicidad.

Ellas sabían mi secreto. Solía conversar con aquellos juguetes como si poseyeran alma. Les di un nombre, una historia, unos sentimientos y unos cuidados propios de unos hijos. De entre todas ellas destacaba Bru, la primera y la más maravillosa. Tenía el cabello estropeado, por el paso de los años, pero poseía una belleza mágica y unas cualidades indescriptibles. Me sentaba frente a ellas, contaba mi terrible día mientras daba sorbos a un enorme vaso de leche, y sollozaba por el dolor que sentía ante lo que contemplaba día tras día desde mi despacho.

No me servía tener un museo del motor, unos grandes jardines, mansiones desperdigadas por todo el mundo, grandes inversiones, una empresa juguetera que tenía raíces en todo el mundo y millones de trabajadores orgullosos de pertenecer a mi imperio. Volvía ser el rey de un mundo de muñecas. Un rey sin reino, pero sí con súbditos fieles que siempre recordarían su paso por la historia del mundo. Ante todos los humanos era un hombre de belleza y cualidades admirables, pero en realidad era un monstruo de leyenda que hubiesen capturado, diseccionado y expuesto en su propio museo.

Recordaba las últimas palabras de mi último y gran amor, aquella hembra cuyo nombre aún me hiere. Vi en sus ojos el dolor, en las llamas la verdad y en sus palabras una sentencia de muerte terrible. Moriría solo. Ella me lo había dicho. Me arrebató el aliento el saber que quedaría destruido. Sería el rey de mi propia miseria. Sin embargo, seguía con la esperanza depositada en un posible futuro, en un encuentro con una hembra o un macho de mi especie.

El Dios humano parecía bondadoso, pero sólo trajo miseria a mi pueblo. Quise ofrecerles la redención, olvidando que nosotros teníamos nuestro propio paraíso. Acepté que me golpeara la estupidez, la sinrazón, la hipocresía y la inmoralidad. Me convirtieron en santo de una religión que aborrezco y temo. El ser humano, el hombre como bien se llaman ellos, me mostró su lado más cruel y aún así no los odié. El verdadero culpable fui yo. No comprendí que no podíamos vivir entre ellos, ser como ellos y tener sus costumbres, así como sus religiones. Sin embargo, terminé convertido en un empresario de éxito, nombrado en cientos de revistas y periódicos, llamado soltero de oro, tachado de hombre recto y bondadoso centrado en las obras sociales y en la ayuda al prójimo. Me convertí en un Mesías urbano. Fui el símbolo de muchos creyentes, pero en realidad no creía en nada. Ya no tenía esperanzas.

Entonces, cuando ya creí que el mundo me daba la espalda hacia un silencio perpetuo, los brujos vinieron con su amistad y la historia de unos Taltos que nacieron del vientre de la mujer. Ella era hermosa, fuerte, capaz de matar con sólo desearlo y él tenía el poder del arrojo, la pasión, la bondad en sus ojos azules y la culpa en sus hombros. Los amé. Creo que ellos también me amaron. Y finalmente, tras un largo encuentro, comprendí que ellos guardaban ciertos secretos que no sabían confesar. Había otra hembra. Una hembra que me llevé para mí. Una hembra tan similar a mi gran amor. Una mujer que me amó y que quedó debilitada por todos los hijos que me ofreció, los mismos que intentamos proteger y que acabaron deseando nuestra muerte.


He aprendido que los sueños deben intentar cumplirse, que las religiones pueden ser peligrosas y que no hay que rendirse jamás. También he comprendido que no todo sale como uno desea, pero siempre merece la pena intentarlo porque a eso llamamos vida.  

jueves, 12 de marzo de 2015

Tú y yo

Octubre del 2013

Permanecía inmóvil, con sus enormes ojos tristes clavados en aquella desafiante mirada. Parecía aturdida, como si estuviese despertando de un terrible sueño. Sus manos fueron directamente a su vientre, las cuales temblaban visiblemente. Sus cabellos estaban sueltos, algo más largo que la última vez en la cual se vieron frente a frente, y algunos mechones rozaban sus perfectas cejas rubias, algo más oscuras que su pelo. Tenía los pómulos marcados, los labios carnosos y escasas arrugas. Parecía mucho más joven que la edad real que poseía, como si los genes de los brujos Mayfair hiciesen un remedio natural ante el envejecimiento, y los años le habían dado un semblante menos frágil. Tenía los rasgos más endurecidos, pero frente a él parecía una hoja vibrando en una rama a punto de ser arrancada por el viento. Su bata cubría su ropa, la cual se limitaba a unos jeans oscuros y una blusa malva.

Él estaba allí, frente a ella, con las manos metidas en los bolsillos de sus impecables pantalones de vestir. No parecía un muchacho rebelde y extraño, pero tenía la misma estúpida sonrisa que hacía más de una década. Sus colmillos se veían a través de sus carnosos labios, muy rosados, de una boca grande pero perfecta para su rostro. El cabello lo tenía alborotado. Sobre su cabeza, como si fuera una corona, estaban sus gafas de cristales violáceos. Sus ojos, salvajes y fieros, parecían brillar con una luz imposible, como si procediera de una divinidad, y las tonalidades azules y violetas restaban belleza a su color natural, el gris. La cabeza de lino blanco estaba algo arrugada, pero bien colocada y destacaba en su americana oscura. Tenía unos mocasines perfectos.

—Te preguntarás cual es el motivo de mi visita—dijo—. Dentro de poco sabrás porqué te abandoné a tu suerte, alejándote de mí y de todo lo que me rodeaba en esos momentos—susurró, intentando acercarse a ella, pero no lo consiguió.

Rowan se alejó pegándose a los archivadores metálicos que tenía tras ella, casi arrinconándose como un gato herido, y cambió la mirada. Una ira súbita recorrió todo su cuerpo y la electrocutó con un poder salvaje. Al fin tuvo agallas de aceptar la realidad.

—¿Y qué cuento me contarás? Dime—su voz sonó ronca, pero sensual. Era la voz de una mujer con experiencia y dolor en las venas. Alguien que había visto tanto como sentido demasiado. No era una chiquilla estúpida que se conformaría con cualquier triquiñuela. Él lo sabía—. ¡Dime!

—En unos meses saldrá a la luz un libro... en aproximadamente un año. Pues aún no puedo asegurar la seguridad de su publicación—se llevó la mano derecha a la cabeza, echando hacia atrás algunos mechones y mirando de arriba hacia abajo a la bruja, la doctora, su amante... Rowan.

—Un libro...—sonrió amargamente y con tiento agarró un jarrón cercano, el cual envió en dirección a su cabeza. Él no dudó en apartarse a tiempo, provocando que estallara contra la pared tras sus espaldas.

—Rowan...

En sus sueños ella había corrido a sus brazos, besado sus labios y permitido que le abriese la blusa. Sus pechos, llenos y cálidos, se verían envueltos en un sutil sujetador de algodón blanco, o quizás negro, llenándolo a la perfección. Su aroma de mujer lo enloquecería, igual que la sangre pulsando en las venas de su cuello. Sus manos, suaves y calientes, se moverían por su chaqueta, acariciando las solapas de ésta, para luego meterlas bajo la prenda y ayudarle a quitársela. Había imaginado sus besos salvajes, su lengua hundiéndose en sus apetecibles labios y los ligeros suspiros de boca en boca. En sus fábulas se veía desnudándola lentamente, como si fuese un maravilloso regalo, mientras ella parecía impaciente, fuerte y femenina. Él la tiraría sobre su mesa, arrojando parte de los papeles al suelo, mientras quitaba sus pantalones y acariciaba ligeramente sus bragas de algodón.

Sí, la deseaba. Había imaginado como era besar sus ingles y muslos, también su vientre y el estrecho canal entre sus senos. Podía incluso sentir entre sus dientes sus pezones, pues los mordisquearía después de arrancarle el sujetador; y, por supuesto, había fantaseado con el sabor de su sexo húmedo, su lengua jugando con su clítoris y sus largos dedos, tan impacientes y marmóreos, jugando a provocar largos lamentos de placer.

No podía imaginar que no yacería entre sus piernas, no sentiría las suyas cansadas, ni sus brazos la rodearían o sus caderas se moverían con desesperación. Ni siquiera había permitido que se acercara. Sin embargo, en sus pensamientos estaban tenerla entre sus brazos, besarla apasionadamente y reconciliarse con su piel cálida. Quería clavar sus colmillos en su cuerpo, perforar su piel y beber de su sangre.

—Vete—dijo seria, aunque por dentro se quebraba.

—Volveré cuando te encuentres más tranquila—susurró, se encogió de hombros y se marchó.


Meses más tarde logró hablar con ella, tenerla cerca... el resto es historia.  

jueves, 26 de febrero de 2015

Temor

Pronto habrá algo más de Lasher, pero de momento dejaremos este texto. Esto es un aperitivo para lo que podrán leer el sábado/domingo.

Lestat de Lioncourt 


No concibo el deseo sin ti. No comprendo la vida sin ti. Eres la cerradura que hizo girar la llave, abriendo la puerta y logrando que yo pasara. No comprendo el mundo sin ti. No quiero ver nuevos días sabiendo que me odias. El odio surge del resentimiento, del desafecto, del dolor, la rabia y la ira. No quiero que tú me odies. No deseo que mueras, pero a la vez sé que quizás sea necesario. Soy el monstruo que no has logrado llamar hijo, el amante que te ata la cama y te observa, el carcelero piadoso que canta canciones para que duermas y el hombre que llora aún por todos sus pecados. No quiero el tormento para ti. No quiero morir. Sólo quiero un igual que nazca de tu vientre, otro ser idéntico, que me haga sostener todavía la esperanza. Si yo vine, ella vendrá. Si yo camino, ella caminará. Si yo crecí, ella crecerá. La esperanza se propagará y la felicidad al fin llegará a mi vida. Aprenderé a reír, madre. Seré libre al fin, Rowan.

Esta noche estoy a tu lado. Te he dejado por tres días en esa pestilente cama. He logrado limpiar tu cuerpo, cambiar las sábanas y dar la vuelta al colchón. Podría libertarte y confiar en que no te irás, pero veo en tus ojos el odio y el dolor. La rabia te alimenta, madre. Veo como tus pechos aún tienen leche, pero tu piel me rechaza. Quisiera abrazarte, rogarte que me amaras como a cualquier hijo, pero sé que me odias tanto como a cualquier hombre. No dejas de pensar en él, en Michael. Ruegas porque él venga a salvarte de las garras del monstruo, y, sin embargo, cuando me miras aún quieres creer que puedo cambiar y ser algo distinto. ¿Es un acto de fe?

Quería reír, pero ahora estoy llorando. Lloro porque al recostarme a tu lado siento frío. No está el amor que creí merecer durante años. Lloro como siempre he llorado. Jamás me libraré de las canciones amargas que hacen un nudo en mi garganta. Me lastima saber que nadie en este mundo me extrañará si vuelvo a desaparecer. Quiero tener una hija y que esa hija camine conmigo hacia el valle. Rowan, el valle. Las piedras del círculo. Allí donde los Taltos bailan. Madre, comprende. Necesito una hembra. Necesito tener una hembra.


Mis lágrimas manchan tu pálida piel. Mis manos se deslizan por tu vientre plano y sin vida. De nuevo ocurrió otra desgracia. Madre, ¿algún día podré tener lo que deseo? ¿Y si estamos condenados a esta situación? Recuerdo como Deirdre sollozaba en cada madrugada buscándote, pero pronto las medicinas la dejaron en un estado de limbo. Yo allí fui su consuelo, su dulce recuerdo, el paraíso y la vida misma. Deseo ser tu consuelo y tu vida. Madre, por favor... el cordero ha regresado al rebaño y quiere que le guíes. Guíame hacia la felicidad y dame de tu vientre el fruto que deseo.  

lunes, 23 de febrero de 2015

El placer de conocerte

Julien y sus líos. ¿Os había contado ya esto? Creo que no. ¡Y el liante soy yo! 

Lestat de Lioncourt


Me sentía abandonado a mi suerte. Para ser sinceros siempre me he sentido insatisfecho. Llegaba a la etapa crucial de todo ser humano. Pasaba de los sesenta, tenía ya demasiadas canas y los típicos achaques de la edad. Daba gracias al virtuoso cutis que había heredado de mi madre. Parecía mucho más joven, aunque sabía bien que la soledad apolillaría mi alma. Mis amantes eran cientos, pero mi cama siempre quedaba vacía. Mi almohada lloraba por ser compartida y mis manos, las de un empresario de éxito y un jugador que apostaba fuerte cada noche, se sentían impacientes. No me atrevía a enamorarme, pues sabía que Lasher no permitiría tal desfachatez por mi parte.

Viví siempre a expensas de sus caprichos. Aquel fantasma dominaba mi vida y lanzaba mis dados. Estaba condenado. Sin embargo, cada noche salía de casa con la pipa en mi mano y deseos insaciables de conquistar una buena mano. A veces, por supuesto, seguía dejando mi cuerpo a Lasher. Él jugaba con mi vida como si fuera un mero juego de azar, pero ¿no hacía yo lo mismo? De algún modo terminamos siendo una hidra.

Llegué al barrio francés. Antes era una marabunta de bohemios desesperados, hermosas mujeres que se ofrecían con una virtud innegable, y hombres de negocios en busca de diversión. No importaba cual era tu estatus social. Allí, en aquella zona de la ciudad, valías lo mismo. Las copas se llenaban de whisky si tenías un par de billetes, las historias iban y venían, las mujeres te adulaban y algunos hombres, aunque no todos, se regalaban con facilidad.

Vestía mi traje de hilo, mi chaleco amarillo de lino italiano, mi sombrero panamá y un pañuelo rojo en el bolsillo. Admito que me sentía elegante, aunque supongo que la elegancia iba más allá de un buen traje y una mirada azul profunda. Sonreía con gentileza, me movía ágil entre los caballeros de los diversos locales, y cuando me acerqué a mi favorito, donde la música era más alegre y los esclavos libres parecían enloquecer, vi a un joven entrar apresuradamente en el local.

Entré tras él, buscándolo. Había visto su rostro tan sólo unos segundos, pero sus ojos me impactaron. Tenía una de esas miradas místicas que tanto me atraen. Parecía un soñador de esos que se pierden en sus propias historias. No fue difícil encontrarlo. Fue directo a la barra.

—Buenas noches—dije.

—Hola—respondió con la vista perdida en el vaso de whisky que colocaban frente a él. La botella vertía su delicioso contenido y sus ojos, claros como los míos, buceaban en el alcohol.

—¿Puedo invitarte a esa copa?—pregunté diciéndome a mí mismo que mis años no se notaban, que podía jugar a ser un galán perfecto y que él caería. Aunque no siempre caían. Hay hombres que no están dispuestos a probar el otro lado de la cama.

—¿Es un truco?—dijo con una encantadora sonrisa—. Ni siquiera se su nombre.

—Julien Mayfair—respondí—. Y ahora que lo sabe, ¿me deja invitarlo?

—¡Mayfair!—exclamó—. Dios santo... sois dueños de media ciudad.

—Vaya, no sé si es un halago o una queja—reí bajo moviendo impaciente mis dedos sobre la barra del bar—. Por favor, Jermone, lo de siempre.

Tenía sed. Una sed terrible. Pero no una sed de alcohol, sino de sexo.

—Uno doble—dijo el joven camarero de piel dorada. Tenía unos ojos negros profundos, un cabello rizado suave y espeso, un cuerpo esculpido con cuidado y poseía una pasión desmedida. Sin embargo, había pasado a otro plano. No quería tener sexo con aquel jovenzuelo, sino con el hombre que estaba a mi lado bebiendo whisky y sonriendo de forma encantadora.

—Eres un habitual—comentó apoyándose por completo en la barra. Su espalda hacía un arco prefecto, tenía unos hombros no muy anchos que deseaba morder y unos labios perfectos para hacerme gemir—. Yo no.

—Me he percatado—sonreí deseando tocar su piel, deslizando mis dedos por su cuello hasta su corbata, para luego rogarle al oído que quería hacérselo allí mismo—. ¿Y cuál es tu nombre?

—Richard, aunque me gusta más Víctor.

Llevaba meses sin tener una nueva presa. Pero, ¿era una presa? Me estaba convirtiendo en esclavo del deseo más bajo. Me imaginaba las escenas más eróticas que ni siquiera había vivido. Sus dientes mordisqueaban mi piel, sus manos me liberaban de la camisa y mi miembro, duro y húmedo por su saliva, se introducía una y otra vez en su interior. Me sentí terriblemente excitado y tentado. Tanto fue así que tuve que hacer acopio de mis fuerzas, y de cierto control mental, para sostenerme en la barra, ocultando una ligera erección.

Di un trago de mi copa y él hizo lo mismo. Incluso alzamos ambos vasos para brindar. Brindamos por una nueva amistad. Me confesó sus planes de abrir una tienda de antigüedades. Incluso me propuso mostrarme algunos muebles, por si me interesaban. Él reía y yo intentaba no buscar su boca. Quería decirme a mí mismo que mi tiempo había acabado, que mis romances eran de un par de noches y que ser serio, manteniendo el interés sobre alguien, era imposible. Si bien, algo en mí rogaba que esa noche se repitiera continuamente.

—Debo irme ya—dijo tras un par de copas. Yo me sentía extasiado y tan sólo había pedido una. Una sola copa. Ni yo me reconocía.

Deseaba estar sobrio, como cuando era joven, para no perder el hilo de la conversación. Podía sentir al espíritu de Lasher molesto, pero no me importunaba demasiado. La música lo descontrolaba y provocaba que se perdiera en mitad de la multitud.

—¿Quieres tomar la última copa en mi casa? Así conoces la mansión y puedes darme consejos sobre las antigüedades que puedes venderme—sonreí llevándome el vaso a los labios, aunque no bebí.

En ese momento rogué que se negara, pues era un negocio que aún estaba en marcha. Sin embargo, él me sonrió aceptando el acuerdo. Sería su primer cliente. El primero de todos. Un cliente que se sentiría satisfecho si se ponía una de las faldas de mi mujer, las cuales aún conservaba, y una de esas blusas ceñidas que apretarían su cintura.

Pagué las copas, salimos fuera y los más de veinte minutos de paseo fueron extraños, aunque excitantes, porque quería tocarlo y sabía que no debía aún. No estaba seguro de hasta que punto yo le atraía. Pero de algo sí estaba seguro y es que lo quería a mi lado, fuese como fuese. No me importaba malgastar una fortuna en él si lograba retenerlo. Tal vez era porque tenía sesenta y años, él tan sólo veinte y veía en su fina figura, de escasa musculatura y dulcemente varonil, algo que no tenía desde hacía mucho. Nunca tuve sueños, pero él era un soñador empedernido. Era dulce, atento y parecía encantador. Sólo había pasado tres horas a su lado y lo quería para siempre atado a mi servicio.

—Puedo darte trabajo—dije mientras sacaba las llaves para abrir la cancela.

—¿Trabajo?—preguntó con algo de sorpresa.

—Sí, para montar esa tienda ¿no deberías tener dinero? Dudo que tengas el suficiente para invertir en muebles, productos para la restauración y el alquiler de un local—comenté girando la llave dentro de la cerradura. La cancela cedió y él pasó junto a mí meditabundo.

—¿En qué podría trabajar?

—Llevando mi papeleo. Tengo numerosos intereses en el algodón, banca, bienes raíces y otras inversiones—expliqué—. Me gustaría estar mejor informado y conseguir mejores tratos de favor. Mis hijos son buenos chicos, pero ninguno ha nacido con mi capacidad de comprender...

—La dureza del negocio—añadió robándome las palabras de mi boca.

—Quiero un joven solícito, que pueda adiestrar y colabore con la familia. Alguien que tenga buena presencia y hambre de triunfo—él se echó a reír cuando dije aquello, pero hablaba muy en serio. Sabía que no era ético contratar a un asistente que entrase a mi despacho con papel, pluma y su miembro duro a punto de atravesarme como si fuese una daga.

—Tal vez me dedique a objetos antiguos diversos, no sólo a muebles. ¿Podría ser posible tener una librería especializada en esta ciudad?—aquella pregunta me fascinó. ¡Libros! Oh, Santo Dios. ¡Libros!

—¿Te gusta la literatura?—dije parándome frente al porche, para girarme y observarlo minuciosamente.

—Y la música—explicó con una de esas sonrisas que derretirían a cualquiera.

—Tengo algunos discos. ¿Crees que mi familia me odiará por poner algo de música y jugar un rato al billar? Tengo una mesa pequeña que podemos usar. Aunque, si quieres, jugamos al poker—quise besarlo de nuevo, pero esta vez sus ojos parecían más tiernos.

Me di cuenta que era manipulable. Tan sólo era un muchacho y yo podía darle forma en todos los aspectos posibles. Quería retenerlo entre mis brazos y hacerlo mío. Mis planes cambiaron. La intensidad de mi deseo no. No desvanecía. No se iba. Debía ser mío en ese momento. Pero, como los lobos vestidos de cordero, debía moverme con sigilo. Él seguía siendo un muchacho estúpido con una sonrisa aún más estúpida y encantadora. Se emocionaba hablando del futuro, el cual estaba muy lejos, y yo deseaba bromear toda la noche.

Él entró junto a mí. Directos a mi despacho. Allí, durante un tiempo, tuve una pequeña mesa de billar. No era demasiado grande. Sólo la usaba para mero esparcimiento personal. No buscaba ser el mejor con el taco, sino olvidarme por un instante de las pesadas cargas de la familia. Él sonrió mirando la mesa, pero supe de inmediato que no sabía jugar.

—Puedo enseñarte—expliqué dirigiéndome a una pequeña mesa, la cual me servía para dejar mis mejores botellas de whisky, y servir un nuevo trago para él—. Toma, es mejor que ese que tomaste en el local.

—No. No quiero emborracharme—dijo mirando con cierta ansiedad el contenido del vaso.

—No lo desprecies—comenté dejándolo entre sus manos—. ¿Qué clase de juerguista eres?

Bebió aquella copa de un trago. Me miró nervioso y dejó el vaso en la mesa auxiliar. Observó las numerosas estanterías, así como la cama de hierro que había cerca. Era una habitación y un despacho. Algo que me enorgullecía. Tras la puerta del fondo, cerca de las estanterías, estaba la habitación donde aún estaban los frascos de mi madre.

—Debo irme. No fue buena idea...—murmuró.

De inmediato me acerqué a él notando un ligero sonrojo en sus mejillas. Tenía unos ojos hermosos, unos labios que temblaban y unas manos que no sabían donde colocarse. Tomé su rostro entre mis manos, acariciando sus mejillas, y él suspiró nervioso. Había seducido a muchos, pero ninguno tan inocente. Él de inmediato abrió la boca, permitiendo que lo besara, y noté como se dejaba vencer.

—¿Me deseas, Víctor?—pregunté cerca de sus labios.

—Sí...—bajo la mirada, igual que haría un niño regañado, y eso me hizo estallar en carcajadas.

—Yo también te deseo, hermoso mío—susurré—. Pero te deseo ver con otra ropa. ¿Harías lo que fuera para satisfacerme?—toqué sus labios con la punta de mis dedos, índice y corazón, de mi diestra.

Sólo asintió. Ni siquiera sabía que había aceptado ser sacrificado como un cordero. Pues él estaba a punto de llorar. Se sentía cohibido y expuesto, aunque sólo habíamos iniciado el juego. Sabía que me deseaba y Lasher se enfurecía por momentos. Si bien, la música sonó rápidamente mientras abría un pesado baúl. Dentro había ropa de mujer que le lancé. Él las miró aún más sonrojado, sobre todo cuando me quedé sirviéndome una copa y esperando que se la pusiera.

—Te gusta que te llamen Víctor, pero para mí hoy serás Victoria—murmuré apoyándome en el billar—. Ven, te enseñaré como se juega.

Tan sólo pudo dar un par de pasos. Sus piernas temblaban, pero se veía extremadamente erótico con aquellas prendas. Mis manos se colaron por debajo de la blusa, subiendo por su vientre plano, para agarrar su torso.

—¿Eres virgen, Victoria?—me excitaba el tan sólo pensar que yo sería el primero.

—Sí...—balbuceó a punto de echarse a llorar.

—No debes estar nerviosa, amor mío, porque esto es como el billar—dije, colocando un taco entre sus manos, para que abriese la partida.

—Julien... ¿voy a ser tu puta de una noche?

Me di cuenta que miraba las bolas moverse pesadamente en todas las direcciones posibles, pero no a mí. También me percaté que se sentía confundido. En ese instante bajé mi cremallera, lo giré y lo puse frente a mi miembro mientras lo arrodillaba.

—Depende de lo complaciente que seas, Victoria—musité.

Con encantadora timidez besó mi glande, apartando mis manos de mi sexo. Tomó mi miembro por la base y comenzó a dejar sutiles besos, mordidas y lamidas. Él jadeaba bajo con los ojos clavados en los míos. Intentaba buscar en mí alguna reacción favorable. La mejor reacción que le pude ofrecer fue penetrar su boca sin previo aviso. Después, con cuidado, salí lentamente para volver a entrar. Hice aquello varias veces. Él parecía enloquecer. Se quedaba sin aire, completamente asfixiado, mientras me miraba embelesado.

—Victoria, te falta carmín—dije apartándola—. Pero por hoy aceptaré que no te hayas arreglado para mí—reí y él, por extraño que pudiese parecerle, también rió bajo.

Creo que se veía solo en una ciudad extraña, un hombre de buena posesión le pedía ciertos juegos sexuales y, además, le daría un trabajo que necesitaba. Aquello le superaba. Quizás había ido al bar a prostituirse, como muchos hacían por ese barrio, pero se comportaba como un niño asustado.

Me aparté subiéndolo en el billar, retirando las bolas y abriendo sus piernas. Hice que me rodeara con sus muslos, cálidos y juveniles. Tenía veinte años. Tan sólo veinte años. Podía ver en su mente lo confuso que estaba. Hasta ese momento no había deseado jugar con su mente, ¿por qué? Porque quitaba encanto a la caza. Pero él estaba absolutamente fascinado conmigo. Sólo había estado en brazos de un par de hombres, con los cuales no llegó a intimar. Sólo fueron besos y caricias indecentes, pero ni uno de ellos le arrancó un sólo gemido.

—Eres una especie de dandy...—susurró embelesado mientras acariciaba sus nalgas—. Mi dandy...

—¿Tuyo? Oh, querida. Aún no me demostraste si puedes hacerme feliz en la cama—sus ojos se aguaron de nuevo. Se estaba enamorando de mi forma de ser, como un flechazo a primera vista, y me sentía cruel al jugar con cada milímetro de su alma. Lo haría mío, jugaría con él y, de verdad que lo deseaba, mantendría a mi lado.

—Haré lo que quieras—dijo entre jadeos. Mi dedo índice se enterró en su entrada, tan estrecha como acogedora, mientras sus nalgas rozaban sutilmente mi miembro.

Sus muslos eran cálidos y suaves. Prácticamente no tenía vello en las piernas. Tampoco tenía demasiada barba, aunque eso cambiaría con el paso de los años. Sus labios, los cuales me parecían más hermosos por momentos, acabaron siendo apretados por mi zurda. Hundí mis dedos en el interior de su boca, acaricié su lengua y él movió sutilmente sus caderas.

Decidí que le daría una primera vez salvaje. Saqué mi dedo e introduje mi miembro. Mi pene se abrió paso en aquel orificio tan estrecho. Él gritó y se retorció de dolor. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero pronto gemía. Se olvidó del dolor en cuanto el placer le bañó. Sus caderas se movían más y más rápidas, sus manos acariciaban mi torso y rogaba que me quitara la ropa.

—Para domesticar a una puta no hace falta desnudarse, Victoria—lancé aquellas crueles palabras, mientras él gemía mi nombre.

Creo que me enamoré de su forma de mover las caderas, tan torpe, y de sus ojos fijos en los míos. Esperaba complacerme. Él se enamoró de mí por mi físico y actitud. No era mi dinero lo que buscaba. Su mente se llenaba de un futuro de besos, mordidas y caricias. Así, que en ese instante, mordí su cuello. Él abrió su blusa esperando que besara su torso, pero lo que hice fue morder sus pezones.

—Júrame que sólo me lo harás a mí, júramelo—era un juramento estúpido, pues yo no era hombre de un sólo amante.

—Te juro tenerte cerca, pero no fidelidad. No eres el único, ¿lo sabías?—dije entre jadeos—. Sólo eres mi nueva puta.

Él lloró entre gemidos aceptando ese trato. Gemía fuerte y desesperado. Cuando llegué al orgasmo él, por supuesto, ya había llegado. Sus piernas temblaban y sus brazos me buscaban. La música ya no sonaba.

Lasher había dejado de estar atento a la melodía para observarnos. En una esquina se encontraba aquel monstruo de ojos cafés, tez blanca y manos gigantescas. Las ventanas se abrieron y luego cerraron, del mismo modo que las puertas. Después de aquello no apareció en tres días, pero no me preocupé.

—No me eches... —dijo aferrándose a mí—. Puedo ser tu mujercita, puedo serlo cuanto quieras.

Sus piernas no podían sostener su cuerpo, sus brazos también estaban cansados, pero sus labios parecían decididos a seguir aquella locura. Me besó el rostro, los labios y el cuello. Yo le miré satisfecho, pues era su presa. Sí, había caído rendido frente a ese jovenzuelo. Quería que fuese mío. El cazador había sido al fin cazado.

—Te daré trabajo, como te he dicho, y en un futuro puedo ser socio, si así lo deseas, para el negocio que desees montar—me quedé acariciando sus cabellos, ligeramente rizados y oscuros, mientras él se sentía satisfecho por mis palabras—. ¿Te estás enamorando de mí?

—Sí, y eso está mal—musitó apoyando su frente en mi pecho.

—Al contrario mon fils... porque es mutuo.


Richard Llewellyn me hizo naufragar por un mundo distinto. Dejé de ser cobarde y entregué todo mi corazón. Durante años fui sólo de Richard. Él me rescató de mi mala vida y la soledad que me rodeaba. Creo que sólo supo mi verdadera edad cuando caí tan enfermo. Yo sólo sé que le usé y acabé enamorado, como cualquier idiota.  

miércoles, 1 de octubre de 2014

Encadenado al infierno de tus manos

Julien viene con unas viejas memorias. No sé dónde se podían haber encontrado, pues pensaba que su hija las había destrozado todas. Pero ya se sabe, los Mayfair son una fuente de misterios inagotable. 

Lestat de Lioncourt 


Podía estar mirando el reloj durante toda la noche y las manecillas parecían no moverse. Era como si el tiempo hubiese decidido pararse en una hora en concreto. La música surgía como el zumbido de un enjambre de abejas, retumbando las gruesas paredes cubiertas de elegante papel pintado, mientras intentaba batirme en duelo con la pluma que acababa de adquirir hacía tan sólo unas semanas. Los cientos de folios en blancos, amontonados uno tras otro, me llamaban poderosamente la atención. Quería escribir sobre mi vida, pero también sobre la vida de aquellos que había conocido. Tenía setenta años. Ya no era un niño. Recordaba bien los amaneceres de otras épocas, en la plantación, donde todo parecía ser más misterioso a la vez que simple. El zumbido de los mosquitos en las noches, junto al cantar de los grillos y cigarras, era ensordecedor. Los animales parecían inquietos a veces, pero en ocasiones la quietud llegaba. El aroma del café surgiendo por doquier, pegándose gustosamente a cada trozo de la casa, en medio de la madrugada cuando el gallo aún no cantaba y los trabajos comenzaban, era algo que no podía olvidar y no quería desperdiciar el momento.

Vino a mí la imagen de un día concreto mientras miraba el reloj. Mi padre hacía tiempo que había muerto. Mi hermana aún era demasiado joven como para preocuparse por los jóvenes que la visitarían para embaucarla, aunque ella quería ser religiosa por empeño propio. La casa estaba en silencio. La noche aún aguardaba fuera. Era principios de otoño. Aún no llegaba la fecha que todos aguardaban para rendir tributo a los difuntos, así que puedo asegurar que podría ser principios de octubre. No podía dormir. Aunque había sido un día duro de trabajo y había malgastado mi escaso tiempo libre, pues siempre encontraba unos minutos de los cuales disfrutar, con numerosos libros, que resultaron ser poco gratificantes debido a su contenido, no podía dormir. Necesitaba una obra clásica en mis manos o caminar. Decidí que me despejaría por los alrededores de la plantación, posiblemente observaría por las ventanas a los esclavos y después me sentaría bajo alguno de los árboles para meditar sobre el rumbo que llevaba mi vida. Una vida postergada a los caprichos de un ser grotesco. Mi madre estaba cada vez más loca, aunque desconocía si alguna vez tuvo juicio alguno.

—¿Dónde vas?—escuché su voz y vi nítidamente su imagen en el porche.

—No te interesa lo que haga o no haga—respondí guardando mis manos en los bolsillos.

—Que risa—susurró cerca de mi nuca, aunque lo veía frente a mí.

—No puedo dormir—dije mirándolo con mis vivos ojos azules, mientras él tomaba una pose elegante.

Juro que si hubiese sido de carne y hueso muchas mujeres se habrían vuelto locas. Sus ropas eran viejas, pero poco después supo usar prendas más actuales y un peinado mucho más sofisticado. Dejó de ser el monstruo de otro mundo para asemejarse más a un amante inquieto, celoso e incluso vanidoso. Si bien, eso es dirigirme rápidamente al final de mi historia con él. En aquellos momentos aún nos estábamos conociendo. Más de sesenta años a su lado pueden darme la razón. Tenía tres años cuando me rozó el cabello con sus dedos y habló íntimamente conmigo. En aquellos momentos sólo contaba con dieciséis años y un arrojo incalculable. Ya había matado al estúpido de mi primo, el cual dilapidaba todo lo que poseíamos, y muchos me veían como un pobre muchacho atormentado. Sí, me dolía haber hecho lo que hice, pero no me arrepiento. Habría destruido a la familia, yo sólo la dividí.

—Puedo ayudarte—dio un par de pasos hacia mí, dejando la barandilla de la escalinata del porche. Sus pisadas no sonaban, pero podía ver claramente como se aproximaban.

—Aquí no—rogué dando un paso hacia atrás, lo cual sólo hizo empeorar mi situación.

Quedé pegado a la pared frontal de la casa, cerca de la puerta, mientras él se acercaba con esa sonrisa seductora. Pronto noté sus manos sobre mi cuerpo acariciando la suave tela de mi camisa de algodón blanco. Los botones fueron desabrochándose, quitando uno tras otro, dejando mi torso delgado y desnudo a su disposición. Hundió su cabeza en mi pecho y comenzó a lamer mis pezones. Podía sentir las caricias, aunque nadie pudiese verlo. Mi pulso se aceleró. El sonido del pantano a lo lejos me inquietaba, el zumbido de los mosquitos traladraba mi cerebro y pronto solté un sutil gemido. Mis manos buscaban donde sujetarse, pues él no era del todo material. Aquel atrevido fantasma lo estaba haciendo de nuevo.

—Te amo—escuché claramente de sus labios, los mismos que aún sostenían mi pezón derecho.

—Sí, sí...—mi mente quedaba aturdida. Sólo quería sentirlo como cada noche. Ningún hombre me ha complacido como él. Nadie ha logrado hacerme gemir de ese modo. Ese demonio sabía como tocarme.

—Eres hermoso, Julien—mi respiración iba en aumento y casi no podía escucharlo, pero algunas frases llegaban a mi mente seduciéndome por completo.

Rápidamente bajé mis pantalones. Me quité la correa a duras penas, desabroché cada botón de mi bragueta y los arrojé hasta mis tobillos. Después, casi sin pensar, me deshice de ellos. Pero no sólo de ellos, también de las sucias botas que me había colocado para dar aquel estúpido paseo. Sus largos dedos se metieron bajo la ropa interior, acariciando primeramente mis caderas, para después deslizar mis calzoncillos hacia abajo. La prenda quedó pisoteada por mis propios pies y las fantasmales punteras de sus botas.

Acabé en el suelo convulsionando por el placer. Gemía como una prostituta barata de los clandestinos burdeles que comenzaban a aflorar por doquier en la ciudad. Mis piernas se abrían y mis caderas se movían nerviosas. Quería atrapar y arañar su torso, deslizar mis manos por sus hombros y hundirme en su boca. Allí, tirado en el suelo de madera ligeramente hinchada por la humedad, me retorcía mientras él embestía con una sonrisa aviesa. Disfrutaba escuchándome gemir. Era su música favorita. Mi hermana no podía verlo, pero yo sí. Yo gozaba de su compañía, a la vez que lo temía. Ese monstruo se apoderaba de mí. Cuando acabó quedé aún caliente, tirado alrededor de mis prendas y con las mejillas sonrojadas.

Él no tenía energía suficiente para permanecer mucho tiempo. Sólo me hacía gozar y se marchaba. Debido a mi juventud necesitaba más, cosa que no podía obtener de un fantasma manipulador. De ese demonio.

Aquella noche tuve suerte. Un joven esclavo merodeaba por la casa, posiblemente buscando algo de fresco lejos de las caballerizas donde descansaba. Miré su rostro moreno, sus ojos oscuros y sus dientes que parecían destacar en medio de la espesa oscuridad. No dudé en invitarlo con la mirada, mostrándome tentador incluso para un hombre, y él accedió como si estuviese bajo un hechizo.

Se acercó a mí bajándose el pantalón y yo abrí mejor mis piernas. Cuando sentí su peso sobre el mío noté cierto alivio. Mis dedos juguetearon por su cuello y rostro. Sus facciones eran muy distintas a las de mi amante fantasmagórico, pero no me importaba. Él solucionaría aquel pequeño problema. Ya había eyaculado, tenía parte de mi semen manchando mi vientre y torso, pero quería más.

—Hazlo, por favor—dije echando mis manos a su cuello, para abandonar ambas sobre sus anchos hombros. No debía ser mucho mayor que yo, pero su cuerpo estaba fortalecido por el duro trabajo del campo—. Te recompensaré bien—murmuré buscando sus labios carnosos, los cuales accedieron a darme un beso mientras me penetraba con brío.

Era tosco. No tan placentero como esas caricias íntimas y espectrales, pero disfrutaba del sabor de sus besos y como enterraba su miembro dentro de mis doloridas nalgas. Mis piernas se abrían y alzaban, mis caderas se movían aún más pareciendo la cola de una serpiente y él jadeaba disfrutando del espectáculo. Era el dueño de todo. Mi abuela había muerto, mi madre era incapaz de llevar la plantación y yo era quien ejercía el poder. Sin embargo, era él quien me dominaba en esos momentos.

—Amo—dijo en un jadeo mientras me tocaba con sus manos ásperas.

—Dime Julien, no amo. Ahora amo no, Julien—mis labios temblaban y mi voz era quebradiza.

La sensación de placer era mayor que el estímulo de dolor, pues su miembro era ancho y su forma de hacerme el amor era salvaje. Las tablas crujían bajo el peso de ambos. Sus manos dejaron de acariciarme para apoyarse a ambos lados de mi cuerpo, un cuerpo que no podía dejar de moverse ni un segundo.

No era la primera vez que recurría a un hombre de carne y hueso después de mis juegos con Lasher. Él provocaba que lo hiciera. Las mujeres no me interesaban en aquel momento. Creo que no me interesaron hasta mucho después, cuando comprendí que debía usarlas para poder tener la descendencia apropiada.

Aquel esclavo quedó clavado en mi interior, llegando al límite, mientras me miraba congestionado por el placer. Mi espalda se arqueó, mis hombros se clavaron en el piso y mis uñas se enterraron en sus hombros. La fuerte sensación de aquel chorro cálido, y espeso, manchando mi interior provocó que yo llegara casi al mismo tiempo. Sin embargo, no dejé de mover mis caderas.

—Dame otro... —dije cuando noté que se apartaba. Quería otro beso de sus labios, necesitaba hundirme en esa sensación tan abrumadora—. Otro beso—balbuceé buscando su boca y él me la ofreció sin oponer resistencia.

Cuando salió de mí me abalancé sobre él, lamiendo su cuello saboreando su sudor, para luego hundir mi rostro en su entrepierna. Lamí su esperma, algo que no me podría dar jamás mi amante, y al incorporarme le miré completamente perdido en la satisfacción.

—Te recompensaré bien—repetí acariciando sus pómulos.

Él se incorporó subiéndose los pantalones para desaparecer. Sabía que había hecho eso porque yo era el amo, por lo tanto poseía poder sobre él, y porque no podía desaprovechar la oportunidad.

Al día siguiente tuvo algo más de comida que los otros, me encargué que incluso le hicieran llegar un vaso de vino después del trabajo. Pocos días después, tras ese incidente, lo busqué en su tienda y lo hice salir para que me ofreciera de nuevo sus servicios. Si no era él sería otro. No podía ocultar mi despertar sexual y la necesidad de contacto con alguien que no fuese un par de mujeres perdidas en sus desenfrenadas locuras.


Si bien, si debo ser justo. Como he dicho antes, jamás nadie me ha hecho vibrar como Lasher. Cuando aparece en mi alcoba, esté acompañado o no, siempre tengo tiempo para sus caricias. Jamás he dejado de disfrutar de él, ni siquiera cuando mi mujer permaneció a mi lado antes de marcharse. Soy un egoísta. Lo deseo todo. Y él aún me desea a mí. Estoy perdido en el infierno y el demonio me tiende su mano.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt