Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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jueves, 6 de julio de 2017

Libertad y amor

Libertad y amor... ¡Arion sabe lo que es!

Lestat de Lioncourt 


—¿Qué ves cuando me miras?—preguntó de pie en mitad de aquella habitación cargada de inmundicia. El olor era insoportable. La comida podrida se almacenaba muy cerca y era la que solían dejarle para alimentarlo. Era como un animal salvaje al que todos temen y a la vez codician.

Su cuerpo era menudo, de cintura estrecha y huesos marcados. Sentía que era demasiado frágil en apariencia, pero dentro había un alma que había sobrevivido al peor de los tratos. Si se había mantenido con vida significaba que era capaz de seguir respirando un poco más. En ella no había conciencia de obedecer, ni el sacrificio de aguantar un golpe más y tampoco los ojos tímidos de una virgen primitiva. Sí había una sobrenatural y melancólica pátina de angustia que aguardaba algo de bondad tras mis puntuales visitas. Desde hacía tres noches aparecía con pan, queso y algo de carne, así como con una bota de vino que saciaba su sed.

—Una criatura temerosa de ser amada—repliqué sacando el pequeño saco de entre mis prendas. Esta vez no había ni pan, ni queso y tampoco otras viandas. Sólo traía monedas de oro para pagar por su libertad.

—¿Realmente ves eso simplemente quieres creerlo?

Sus ojos formulaban más preguntas pues sus dudas eran muchas, pero sólo se atrevió a hacer la más sensata. Había llevado una vida de trabajo y renuncación para sí misma. Un trabajo que consistía en matar a otros en la arena como un auténtico gladiador y en ser la puta de caderas estrechas para cualquiera que abriese sus piernas. El destino era mísero y sarcástico para ella. Aunque no era intrínsecamente un ella. Era un él y era un ella. Ante mí tenía una criatura dotada de ambos sexos y géneros, con una belleza demasiado poderosa y que me hacía caer en la cuenta de lo afortunado que había sido al hallarla. Era, y aún es, fuerte y hermosa criatura de pasado triste y nauseabundo.

—Lo veo—dije lanzándole la bolsa—. Démosle esto a quien te tiene aquí en tan pésimas condiciones. Te enseñaré un oficio, pero sobre todo te enseñaré a ser libre.


Compré su encierro, no su libertad. Su libertad jamás la compré ni le exigí nada a cambio. Sin embargo, Petronia decidió amarme como yo lo hacía. Bien pudo no hacerlo y quedarse sólo en agradecimiento y algo de admiración por mi talento en los negocios. Pero no fue así. Ni siquiera le pedí que eligiera un sexo y una expresión de género. Para mí es en la intimidad una mujer, pero porque siente que me subyuga mucho más ante su belleza idílica envuelta en telas delicadas. Aún así jamás le he obligado. De hecho, he adquirido muchas veces trajes estrictamente masculinos según los cánones sociales y he permitido que se exprese como varón. Es libre de hacer, decir, pensar y vivir como quiera. Del mismo modo que yo soy libre de amar cada cosa que haga, diga o exprese.  

lunes, 24 de agosto de 2015

Cuidado

No conozco personalmente a Petronia, pero creo que es una mujer con un carácter muy fuerte. No me importa lo que digan otros, pues para mí es una mujer. Ella ya juega con sus rasgos y su verdad, aunque reconoce que para Arion siempre desea ser la feminidad en persona.

Una feminidad que puede destrozarte si la molestas.

Lestat de Lioncourt


Es difícil aceptarte frente al espejo cuando posees cicatrices tan profundas. No son cicatrices que otros puedan contemplar y palpar. Son las cicatrices que únicamente tú, al echar un vistazo a tu reflejo, observas con facilidad. Puedes sentir como se abren y aparecen sobre tu torso, en tu vientre, manchando tu cintura o arañando tus piernas. Son las heridas del alma. Un alma vieja, cansada y harta de soportar las mismas acusaciones de una sociedad que aparentemente cambia, pero sólo muda la piel.

Nací hace miles de años. Ya desconozco la fecha exacta, aunque creo que jamás la supe con certeza. El mundo se burló de mí nada más se recogido por los brazos de mi madre, la cual me vio como un monstruo y un castigo divino. Me convertí rápido en un objeto animado que todo el mundo temía, odiaba o sentía indiferencia. Aún no sé como llegué a los quince años.

Sentí los grilletes muy pronto, así como la arena bajo mis sandalias. La rabia, el dolor, el miedo a morir y a vivir me hacían ser formidable. Sin embargo, nadie se compadecía de mí. Era fruto de deseos prohibidos. Llegué a ser la puta favorita de muchos hombres y me marcaron como si fuese ganado. El reflejo en el cubo de agua, donde lavaba mi cuerpo maltratado, veía a la mujer que yo era, aunque para el resto era una quimera.

Siempre me he sentido un monstruo, un ser a medio hacer, pero luego lo contemplo a él observándome con una suave sonrisa en sus labios. Me mira con cariño y cortesía, sin desprecio o deseos deshonestos. Él me mira como miraría un hombre a su mujer, no a una víctima perfecta para retorcer entre sus manos. Arion, mi hacedor, me dio la vida eterna mientras me susurraba que yo podía ser lo que quisiera.

Por eso hoy no soy ni hombre ni mujer. Para él soy una dama, una mujer llena de pasión y sensualidad. Pero para los negocios, esos donde debo de ser un auténtico monstruo, he decidido tomar la pose varonil. Aún hoy las mujeres son despreciadas, o ninguneadas, por un amplio sector de hombres y mujeres. El mundo está cambiando lentamente, pero todavía sólo muda la piel. Hay mucho odio hacia las personas que son como yo, hacia las mujeres y también hacia los hombres. Idealizamos los géneros inculcando valores pésimos y lastres para el alma. Deberíamos ser quienes deseáramos, hacer aquello que no está destinado a un género sino a una virtud o un sentimiento. Todavía los hombres se consideran menos hombres por llorar y las mujeres menos mujeres por poseer carácter. Los valores tradicionales no valen, pero tampoco los modernos. Carecemos de auténtica igualdad o equilibrio.

Ahora me encuentro desnuda frente al espejo. Mis pequeños pechos tienen duros sus pezones cafés, tan minúsculos como atractivos para él, y mis suaves caderas, esas que muchas veces acentúo gracias a las estrechas faldas, se muestran acogedoras. Tengo piernas largas, fuertes y torneadas. Mi vientre en plano y poseo un ombligo casi perfecto. Los brazos, esos que se usaron para levantar escudos y lanzas, están bien formados. Y entre mis piernas ese fatídico monstruo, ese miembro a medio hacer y esa vagina sin sentido. Hermafrodita.


Hoy puedo mirarme a la cara, pero es porque esa herida, aunque esté ahí, va cicatrizando mientras mi corazón se endurece con el resto del mundo. Pero no con él. Con Arion no puedo tener corazón de piedra. Él no se merece ser odiado u olvidado. Él se merece que yo me libere del dolor que todavía cargo. Pobre de aquel que se burle de mi desgracia, pues encontrará la muerte. Seré la quimera que arranque sus corazones con mis garras y los convierta en símbolo de mis lágrimas frustradas. La misma que regresará al nido de sus brazos, pedirá que la rodeen como una niña perdida y la besen como un tesoro perdido en el tiempo.  

jueves, 16 de julio de 2015

Esclavitud

Arion nos habla de sus sentimientos y de como ve el mundo. Creo que tiene mucha razón. Somos esclavos de los bienes materiales.

Lestat de Lioncourt


La esclavitud es un problema que todavía sufre el hombre. Podemos ver en muchos países las cadenas de ésta sociedad corrupta y desigual. Hay quienes trabajan por un poco de pan y agua, como si eso fuese suficiente para sobrevivir en medio de un desierto de dolor y tragedia. Las fábricas de muchos países están llenas de seres humanos que sólo son un número, como si fuera ganado, que fabrica los productos que otros lucen como auténticas piezas de caza. Se llenan la boca hablando de sus costosas prendas de marca, así como rebajas en textiles y zapatos. Los complementos que algunas lucen en sus manos, otros han llorado sangre para acabarlo en una jornada demencial.

Pero no sólo existe ese tipo de esclavitud. Contemplo a jóvenes que no pueden apartar la vista de sus móviles, convirtiéndose en zombies que caminan por calle y dicen que conversan animadamente con aquellos que están lejos. Sin embargo, no son capaces de entablar una charla amena sin siquiera sentirse culpables por no atender un mensaje. Hay también personas que no saben vivir sin sus marcas. Humanos que se convierten en ganado ante una televisión que convierte en deformes sus mentes, que creen todo lo que escuchan gracias a los grandes medios de manipulación y que las noticias de tragedia ya no son lo importante.

He visto el mundo cambiar, como también han cambiado los métodos de esclavitud física y mental. Nos hemos convertido en una sociedad déspota y sin conciencia. Aceptamos el dolor de otros como algo habitual. No lloramos por el sufriento ajeno, pero somos capaces de clamar al cielo cuando uno de nuestros preciados bienes se estropean. Es la sociedad capitalista donde el dinero está sobrevalorada y los sentimientos no valen nada.

Hace muchos siglos que dejé de tener grilletes. Ya no me pesan en las muñecas. No conozco el látigo, pero tampoco conozco el pensar como otros. Decidí que el trabajo me haría honrado y me daría la libertad. Yo, el esclavo y amante de mis amos. Yo, Arion. Yo, el orfebre que dio la libertad a otros y el amor a un único ser. Petronia fue mi regalo, el regalo del destino y la maldad. Ella era un trozo de carne, un mero número, un par de monedas y un saco huesos cuando la tomé entre mis brazos y la llamé amor.

Ella se vuelva en su trabajo porque libera su mente del dolor reinante en éste mundo. No soporta escuchar el llanto de otros. Es demasiado débil en ese sentido, frágil inclusive. Sin embargo, yo sonrío porque ella es el ejemplo perfecto de bondad. Hay quienes jamás creería eso por la imagen que ofreció Tarquin como un símbolo déspota, pero fue ella quien lloró prácticamente en sus brazos cuando reconoció su verdadero rostro. La amo porque sabe valorar los sentimientos y también el trabajo duro que otros realizan. Muestra un lado duro, muy similar al del gladiador que fue, pero su lado tierno, ese que pocos hemos logrado ver, es el que más amo.


Hoy he terminado bocetos de camafeos que ella podrá realizar con las piezas que ella desee, con los materiales que ella necesite, y con los colores que crea apropiados. Son unos hermosos pendientes de Medusa. Sé que ella los amará. Conozco bien sus gustos así como sus defectos, por eso la amo. Amo cada partícula de su ser. Sin embargo, odio saber que muchos tendrán una historia mucho más terrible que la nuestra. Nosotros dos esclavos que lograron ser libres física y mentalmente.  

lunes, 11 de mayo de 2015

Ésta vida.

Flavius logró su pierna, al igual que otros salvaron su vida o su vista gracias a Fareed y la ciencia. Éste es su relato.

Lestat de Lioncourt


La ciencia avanza. Cuando era un niño la medicina era prácticamente magia. Pocas personas eran capaces de sobrevivir a unas fiebres. Perdí una pierna en una cacería. Un jabalí me destrozó el miembro y nada se pudo hacer por él. Los médicos me salvaron la vida, pero parte de ésta quedó truncada. Era un hombre fuerte, saludable y no permití que la muerte se llevase mi coraje.

Actualmente todo es distinto. No puedo dejar de contemplar mi nueva pierna. Parece como si el sol pudiese aún darme de lleno, entrando entre las hojas de las parras, mientras mi amo recitaba algunos poemas y se preguntaba sobre el futuro, el designio de los dioses y la filosofía más actual. Los pensadores y poetas se mezclaban en su mente mientras el aire acariciaba mi rostro, el sudor empapaba mis ropas y me hacía ilusiones con vivir eternamente a su lado.

Admito que si alguna vez amé fue a ese hombre. Amé sus silencios, pero también sus palabras llenas de dilemas. Igual que amé sus cuidados y preocupaciones. El amor se manifiesta de mil formas distintas. Ahora cuando admiro el prodigio de la ciencia le recuerdo a él, compadeciéndose terriblemente por mi destino y sus ojos llenos de lágrimas mientras me abrazaba. Cuando murió lloré por él, porque mi vida sería distinta. Él me daba la libertad, pero yo no sabía ser libre. Había aprendido a vivir en una sociedad distinta, con un comportamiento asumido y una cama, comida y bebida asegurada.

Ahora soy esclavo de algo más que cadenas. Pero gracias a la esclavitud, y al destino en sí, conocí a Pandora y pude tener la suerte de tener una vida plena. Lloro porque temo perder lo que tenemos, pero también lloro porque he logrado alcanzar uno de mis grandes sueños. He destruido esa pieza de artesanía y ahora corro por las calles, bailo en los salones y observo los dedos moviéndose como si siempre hubiesen estado ahí.


En estos momentos estoy junto a Gregory, Avicus y el resto de inmortales. Tengo en mis manos un viejo libro que recopilan poemas de autores clásicos. Ovidio viene a mi mente como un susurro glorioso, delicioso como las viejas uvas que saboreaba lentamente, al igual que los campos y el sabor de la carne cazada con mis propias manos. El murmullo de sus corazones, latiendo casi al unísono, me tranquiliza y crea un ambiente soporífero. Al fin la tranquilidad vuelve. La voz se apaga. El mundo resplandece. La ciencia avanza, la vida continua.  

viernes, 14 de noviembre de 2014

Esclavitud

Benji nos contó un poco de su historia ¿quieres saber cómo es? ¿Qué piensa? Aquí lo tienen. 

Lestat de Lioncourt 


Muchos se sienten hartos en los atascos. La lluvia los deja aislados en sus asientos, soportando la presión del cinturón de seguridad y el claxon de otros vehículos. Sin embargo, ellos no son esclavos de nada. Más bien son más libres que cualquier otro pobre idiota que corretea como rata por las calles. Los suburbios sí está lleno de esclavos del polvo blanco y las pastillas que te envían directamente a un hermoso agujero en el cementerio. El infierno tiene aspecto de nieve, eso es todo.

Recuerdo que era inocente. Mis enormes ojos castaños se habían colocado por primera vez sobre las esponjosas nubes de un cielo distinto, muy distinto, al que yo conocía. El desierto, las calamidades y la escasa educación impartida en mi vieja aula quedaban atrás. Mi padre no sólo lo hizo por dinero, sino también por un mejor futuro. Pensaba que morirme de hambre iba a ser mucho peor. Reconozco que hubiese preferido morir y ser devorado por hienas a sentir las sucias manos de Fox.

Era una hermosa y cara mercancía. Él no quitaba su sucia vista de mi cuerpo. Tenía un buen tamaño, pues podía pasar por un adolescente y no por un niño. Eso era una ventaja, según él. Pero yo nunca entenderé cuál era la maldita ventaja. Sólo veía a un hombre miserable codiciando a un muchacho. Es de enfermos. Creo que los tipos como él no tienen alma. Sin embargo, los hay mucho peores.

Recuerdo a su amigo el policía. Al principio me resistía a él. Mordía, rasguñaba y pateaba en el sucio colchón del motel. Hacía tratos de favor con Fox a cambio de algo de droga, pero la droga dejó de ser un aliciente. Yo empecé a ser el mejor trato. Una noche conmigo era hacer la vista gorda durante varios días. Por eso yo empecé a ser importante para ese imbécil. Su sonrisa de engreído no se quitaba en ningún momento, era como una máscara que estaba firmemente aferrada a su boca. Esa sonrisa significaba que Raven estaba en camino. Ese policía corrupto se deleitaba conmigo.

Como he dicho al principio me negaba en rotundo, después comprendí que si colaboraba podía hacerlos llevar al límite mucho antes. No quería prolongar mi calvario, así que de ese modo empecé a cabalgar en la cama como un auténtico jinete. Mis manos se posaba en sus torsos, mis labios carnosos susurraban cosas indecentes y palabras que ni siquiera comprendía del todo. Ellos abrían su boca para dejarse llevar por lo sucio y clandestino de nuestros encuentros. Cuando apretaba sus húmedos y asquerosos miembros en mi interior, haciéndoles llegar al cielo, veía con mayor claridad el infierno.

El tabaco y el robo de carteras era un entretenimiento. Supongo que fumaba porque ellos lo hacían tras sentirse plenos violando a un muchachito. La nicotina era el olor de la victoria. El robo era para poder conseguir algo de ese polvo para Raven. Cuando estaba completamente drogado ni siquiera me distinguía. Se alteraba en un principio, pero luego era fácil domesticarlo. Él creía que aguantaba más y se veía más masculino, la verdad es que sólo era un pobre diablo.

A veces imagino los últimos segundos de ambos siendo consumidos por Armand. Se convirtieron en mero envoltorio, como los papel de una golosina. Para mí Armand se convirtió en Dybbuk, mi Dybbuk y el de Sybelle. Era hermoso. Jamás he dudado de su belleza. Tenía una estatura similar a la mía, una sonrisa fascinante y cientos de historias que ni siquiera aún me ha llegado a contar. Sospecho que tiene cientos de cosas mejores que hacer que estar con nosotros, pero noche tras noche se sienta a nuestro lado y nos acompaña ofreciéndonos su atento amor.

En estos momentos la radio consume mi tiempo. Estoy frente al micrófono esperando que termine la cuña publicitaria. Varios de los nuestros han reabierto “La Hija de Drácula” y es todo un acontecimiento para los más jóvenes. Un local mítico que destacó en una de las novelas de Lestat. Si supieran que yo no sólo lo he visto, sino que he compartido con él una historia increíble. Supongo que en breve lo inverosímil saldrá a la luz para todos. Pronto el libro contaminará al mundo moderno. Quizás entonces alguien en algún atasco se sienta libre y no enjaulado.

Buenas noches, les habla Benjamín Mahmoud y comenzaremos con las noticias. Pero antes no olviden dar las gracias a la propia noche por estar vivos. ¡Comenzamos!...



jueves, 9 de octubre de 2014

Tu fuerza

Arion, nuestro vampiro orfebre, ha vuelto. Hacía semanas que no se había escuchado su voz murmurar algo desde Nápoles. ¡Ha vuelto! Pobre, ¿podrá con los gritos de Petronia cuando le lea algo tan romántico?

Lestat de Lioncourt


He visto en tus ojos el mundo arder. Conocí el dolor más profundo, la pena más grande y la humillación más profunda. Vi en tus ojos un alma rota, deshilachada, y convertida en una marioneta ajada que no tenía posibilidad alguna de sentirse libre. Tus manos, rotas de dolor, temblaban acariciando la celda inmunda donde te retenían, el cuenco del agua estaba derramado en el suelo como tus lágrimas, y tus ropas gritaban que eras un pobre ser de otro mundo, con una belleza idílica, y un icono de la vergüenza. Siempre tratada como un monstruo, señalada como un ser horrible al cual humillar y, a la vez, temer. Eras una gorgona con una hermosa cabeza que parecía carecer de vida, salvo por esos ojos tan intensos. Creo que la erupción del volcán no fue nada para lo que tuviste que sentir durante años. La impotencia, el dolor, la rabia contenida y las lágrimas que se secaban solas sin una mano amiga que acariciara tus mejillas.

Me postré ante ti, de rodillas, observando esos ojos llenos de vida y sueños rotos. Jamás sé si esos sueños vivieron más de unos segundos, pues el horror era demasiado terrible. Nunca lo sabré. Sin embargo, me quedé asombrado de tu fuerza. Te juré protección. Dije mil veces cientos de palabras. Supongo que no me creías. Estabas en tu derecho. Morías cada noche atada a grilletes, no sabías que era la libertad y yo, un hombre cualquiera, te juraba que te liberaría. Nunca habías tenido alas, ¿por qué alguien te las daría? Era absurdo. Pero mi juramento se hizo cierto y te llené de seda, perfumes, caricias y joyas. Entregué en tus manos un oficio, la llave de tu independencia, mientras te juraba amor eterno.

Me convertí en Cupido para ti, tú fuiste mi Psique. Pues, yo siempre iba de noche e intentaba que no vieras mi verdadero rostro. Un hombre con riquezas, lleno de poder, pero que se ocultaba de todos y sólo iba de noche a tu encuentro. Tan hermosa, cubierta de las mejores sedas y con perlas en tu cuello. No eras el muchacho que mostrabas de día. Ese que despeinado, con las manos manchadas de pintura y pequeñas grietas, tallaba conchas, piedras preciosas, y cualquier material que pudiese ser parte de tus camafeos. Ese mundo se convirtió en tu obsesión, yo en su líder y tú en mi iluminada por la belleza de una vida libre.

Pero el horror te acompañó. Las cenizas cubrieron todo junto a la lava. Tú te salvaste, pero cientos murieron. Quisiste salvar a decenas, pero no te escucharon. Sin embargo, llegaste a mis brazos y yo decidí que jamás huirías de ellos. Aún así te di tus alas, tu poder, la fiereza apareció más que nunca y me sentí satisfecho porque el ser que creé se convirtió en un ángel frente a cientos. El ángel de la muerte más preciada, esa que casi no duele.


Todo por amor. Todo lo hice por amor. Un amor que perdura.   

miércoles, 1 de octubre de 2014

Encadenado al infierno de tus manos

Julien viene con unas viejas memorias. No sé dónde se podían haber encontrado, pues pensaba que su hija las había destrozado todas. Pero ya se sabe, los Mayfair son una fuente de misterios inagotable. 

Lestat de Lioncourt 


Podía estar mirando el reloj durante toda la noche y las manecillas parecían no moverse. Era como si el tiempo hubiese decidido pararse en una hora en concreto. La música surgía como el zumbido de un enjambre de abejas, retumbando las gruesas paredes cubiertas de elegante papel pintado, mientras intentaba batirme en duelo con la pluma que acababa de adquirir hacía tan sólo unas semanas. Los cientos de folios en blancos, amontonados uno tras otro, me llamaban poderosamente la atención. Quería escribir sobre mi vida, pero también sobre la vida de aquellos que había conocido. Tenía setenta años. Ya no era un niño. Recordaba bien los amaneceres de otras épocas, en la plantación, donde todo parecía ser más misterioso a la vez que simple. El zumbido de los mosquitos en las noches, junto al cantar de los grillos y cigarras, era ensordecedor. Los animales parecían inquietos a veces, pero en ocasiones la quietud llegaba. El aroma del café surgiendo por doquier, pegándose gustosamente a cada trozo de la casa, en medio de la madrugada cuando el gallo aún no cantaba y los trabajos comenzaban, era algo que no podía olvidar y no quería desperdiciar el momento.

Vino a mí la imagen de un día concreto mientras miraba el reloj. Mi padre hacía tiempo que había muerto. Mi hermana aún era demasiado joven como para preocuparse por los jóvenes que la visitarían para embaucarla, aunque ella quería ser religiosa por empeño propio. La casa estaba en silencio. La noche aún aguardaba fuera. Era principios de otoño. Aún no llegaba la fecha que todos aguardaban para rendir tributo a los difuntos, así que puedo asegurar que podría ser principios de octubre. No podía dormir. Aunque había sido un día duro de trabajo y había malgastado mi escaso tiempo libre, pues siempre encontraba unos minutos de los cuales disfrutar, con numerosos libros, que resultaron ser poco gratificantes debido a su contenido, no podía dormir. Necesitaba una obra clásica en mis manos o caminar. Decidí que me despejaría por los alrededores de la plantación, posiblemente observaría por las ventanas a los esclavos y después me sentaría bajo alguno de los árboles para meditar sobre el rumbo que llevaba mi vida. Una vida postergada a los caprichos de un ser grotesco. Mi madre estaba cada vez más loca, aunque desconocía si alguna vez tuvo juicio alguno.

—¿Dónde vas?—escuché su voz y vi nítidamente su imagen en el porche.

—No te interesa lo que haga o no haga—respondí guardando mis manos en los bolsillos.

—Que risa—susurró cerca de mi nuca, aunque lo veía frente a mí.

—No puedo dormir—dije mirándolo con mis vivos ojos azules, mientras él tomaba una pose elegante.

Juro que si hubiese sido de carne y hueso muchas mujeres se habrían vuelto locas. Sus ropas eran viejas, pero poco después supo usar prendas más actuales y un peinado mucho más sofisticado. Dejó de ser el monstruo de otro mundo para asemejarse más a un amante inquieto, celoso e incluso vanidoso. Si bien, eso es dirigirme rápidamente al final de mi historia con él. En aquellos momentos aún nos estábamos conociendo. Más de sesenta años a su lado pueden darme la razón. Tenía tres años cuando me rozó el cabello con sus dedos y habló íntimamente conmigo. En aquellos momentos sólo contaba con dieciséis años y un arrojo incalculable. Ya había matado al estúpido de mi primo, el cual dilapidaba todo lo que poseíamos, y muchos me veían como un pobre muchacho atormentado. Sí, me dolía haber hecho lo que hice, pero no me arrepiento. Habría destruido a la familia, yo sólo la dividí.

—Puedo ayudarte—dio un par de pasos hacia mí, dejando la barandilla de la escalinata del porche. Sus pisadas no sonaban, pero podía ver claramente como se aproximaban.

—Aquí no—rogué dando un paso hacia atrás, lo cual sólo hizo empeorar mi situación.

Quedé pegado a la pared frontal de la casa, cerca de la puerta, mientras él se acercaba con esa sonrisa seductora. Pronto noté sus manos sobre mi cuerpo acariciando la suave tela de mi camisa de algodón blanco. Los botones fueron desabrochándose, quitando uno tras otro, dejando mi torso delgado y desnudo a su disposición. Hundió su cabeza en mi pecho y comenzó a lamer mis pezones. Podía sentir las caricias, aunque nadie pudiese verlo. Mi pulso se aceleró. El sonido del pantano a lo lejos me inquietaba, el zumbido de los mosquitos traladraba mi cerebro y pronto solté un sutil gemido. Mis manos buscaban donde sujetarse, pues él no era del todo material. Aquel atrevido fantasma lo estaba haciendo de nuevo.

—Te amo—escuché claramente de sus labios, los mismos que aún sostenían mi pezón derecho.

—Sí, sí...—mi mente quedaba aturdida. Sólo quería sentirlo como cada noche. Ningún hombre me ha complacido como él. Nadie ha logrado hacerme gemir de ese modo. Ese demonio sabía como tocarme.

—Eres hermoso, Julien—mi respiración iba en aumento y casi no podía escucharlo, pero algunas frases llegaban a mi mente seduciéndome por completo.

Rápidamente bajé mis pantalones. Me quité la correa a duras penas, desabroché cada botón de mi bragueta y los arrojé hasta mis tobillos. Después, casi sin pensar, me deshice de ellos. Pero no sólo de ellos, también de las sucias botas que me había colocado para dar aquel estúpido paseo. Sus largos dedos se metieron bajo la ropa interior, acariciando primeramente mis caderas, para después deslizar mis calzoncillos hacia abajo. La prenda quedó pisoteada por mis propios pies y las fantasmales punteras de sus botas.

Acabé en el suelo convulsionando por el placer. Gemía como una prostituta barata de los clandestinos burdeles que comenzaban a aflorar por doquier en la ciudad. Mis piernas se abrían y mis caderas se movían nerviosas. Quería atrapar y arañar su torso, deslizar mis manos por sus hombros y hundirme en su boca. Allí, tirado en el suelo de madera ligeramente hinchada por la humedad, me retorcía mientras él embestía con una sonrisa aviesa. Disfrutaba escuchándome gemir. Era su música favorita. Mi hermana no podía verlo, pero yo sí. Yo gozaba de su compañía, a la vez que lo temía. Ese monstruo se apoderaba de mí. Cuando acabó quedé aún caliente, tirado alrededor de mis prendas y con las mejillas sonrojadas.

Él no tenía energía suficiente para permanecer mucho tiempo. Sólo me hacía gozar y se marchaba. Debido a mi juventud necesitaba más, cosa que no podía obtener de un fantasma manipulador. De ese demonio.

Aquella noche tuve suerte. Un joven esclavo merodeaba por la casa, posiblemente buscando algo de fresco lejos de las caballerizas donde descansaba. Miré su rostro moreno, sus ojos oscuros y sus dientes que parecían destacar en medio de la espesa oscuridad. No dudé en invitarlo con la mirada, mostrándome tentador incluso para un hombre, y él accedió como si estuviese bajo un hechizo.

Se acercó a mí bajándose el pantalón y yo abrí mejor mis piernas. Cuando sentí su peso sobre el mío noté cierto alivio. Mis dedos juguetearon por su cuello y rostro. Sus facciones eran muy distintas a las de mi amante fantasmagórico, pero no me importaba. Él solucionaría aquel pequeño problema. Ya había eyaculado, tenía parte de mi semen manchando mi vientre y torso, pero quería más.

—Hazlo, por favor—dije echando mis manos a su cuello, para abandonar ambas sobre sus anchos hombros. No debía ser mucho mayor que yo, pero su cuerpo estaba fortalecido por el duro trabajo del campo—. Te recompensaré bien—murmuré buscando sus labios carnosos, los cuales accedieron a darme un beso mientras me penetraba con brío.

Era tosco. No tan placentero como esas caricias íntimas y espectrales, pero disfrutaba del sabor de sus besos y como enterraba su miembro dentro de mis doloridas nalgas. Mis piernas se abrían y alzaban, mis caderas se movían aún más pareciendo la cola de una serpiente y él jadeaba disfrutando del espectáculo. Era el dueño de todo. Mi abuela había muerto, mi madre era incapaz de llevar la plantación y yo era quien ejercía el poder. Sin embargo, era él quien me dominaba en esos momentos.

—Amo—dijo en un jadeo mientras me tocaba con sus manos ásperas.

—Dime Julien, no amo. Ahora amo no, Julien—mis labios temblaban y mi voz era quebradiza.

La sensación de placer era mayor que el estímulo de dolor, pues su miembro era ancho y su forma de hacerme el amor era salvaje. Las tablas crujían bajo el peso de ambos. Sus manos dejaron de acariciarme para apoyarse a ambos lados de mi cuerpo, un cuerpo que no podía dejar de moverse ni un segundo.

No era la primera vez que recurría a un hombre de carne y hueso después de mis juegos con Lasher. Él provocaba que lo hiciera. Las mujeres no me interesaban en aquel momento. Creo que no me interesaron hasta mucho después, cuando comprendí que debía usarlas para poder tener la descendencia apropiada.

Aquel esclavo quedó clavado en mi interior, llegando al límite, mientras me miraba congestionado por el placer. Mi espalda se arqueó, mis hombros se clavaron en el piso y mis uñas se enterraron en sus hombros. La fuerte sensación de aquel chorro cálido, y espeso, manchando mi interior provocó que yo llegara casi al mismo tiempo. Sin embargo, no dejé de mover mis caderas.

—Dame otro... —dije cuando noté que se apartaba. Quería otro beso de sus labios, necesitaba hundirme en esa sensación tan abrumadora—. Otro beso—balbuceé buscando su boca y él me la ofreció sin oponer resistencia.

Cuando salió de mí me abalancé sobre él, lamiendo su cuello saboreando su sudor, para luego hundir mi rostro en su entrepierna. Lamí su esperma, algo que no me podría dar jamás mi amante, y al incorporarme le miré completamente perdido en la satisfacción.

—Te recompensaré bien—repetí acariciando sus pómulos.

Él se incorporó subiéndose los pantalones para desaparecer. Sabía que había hecho eso porque yo era el amo, por lo tanto poseía poder sobre él, y porque no podía desaprovechar la oportunidad.

Al día siguiente tuvo algo más de comida que los otros, me encargué que incluso le hicieran llegar un vaso de vino después del trabajo. Pocos días después, tras ese incidente, lo busqué en su tienda y lo hice salir para que me ofreciera de nuevo sus servicios. Si no era él sería otro. No podía ocultar mi despertar sexual y la necesidad de contacto con alguien que no fuese un par de mujeres perdidas en sus desenfrenadas locuras.


Si bien, si debo ser justo. Como he dicho antes, jamás nadie me ha hecho vibrar como Lasher. Cuando aparece en mi alcoba, esté acompañado o no, siempre tengo tiempo para sus caricias. Jamás he dejado de disfrutar de él, ni siquiera cuando mi mujer permaneció a mi lado antes de marcharse. Soy un egoísta. Lo deseo todo. Y él aún me desea a mí. Estoy perdido en el infierno y el demonio me tiende su mano.  

miércoles, 7 de mayo de 2014

Mi señora

Flavius desea dejar esto para Pandora. Además, hoy es su cumpleaños. 

¡Hoy especial de Pandora, Petronia y Benji! ¡No se lo pierdan! 

Lestat de Lioncourt 

Había llegado a la desesperación, justo después de una profunda depresión que me arrojaba a la locura. Caminaba por el mundo meditando mi condición a sabiendas que nunca tendría mejores oportunidades. Iba de la mano de un mercader estúpido, deslenguado y sin verdaderos conocimientos. Yo era un príncipe entre los esclavos, un rey entre los idiotas. Entonces apareciste tú, con tus ojos de esmeralda oscura y tu cabello negro. Querías parecer una señora decente, con poder y sin necesidad de un hombre; querías parecer lo que eras.

—No soy una puta—sentenciaste—. Soy una señora.

—Sus ropas están mal escogidas, tu maquillaje mal aplicado y rebates demasiado—dije cruzándome de brazos.

—¿Y tú paticojo? Yo soy una señora, pero tú tienes el letrero mal escrito—explicaste desafiándome.

Aquello me maravilló. Al fin tenía un reto en mis manos. No sé cómo, cuándo o porqué pero ambos nos miramos en silencio durante unos segundos quedando cautivados por la fuerza ajena, la inteligencia viva y la necesidad que rugían nuestras almas.

—Mi señora...

Juré ser fiel a ti. Acepté que no eras una mujer de la calle, ni una estúpida como cualquier otra. Tan diferente, fuerte y atractiva a los ojos de todos. Me sentía orgulloso de ser tu esclavo y cuando te transformaste en vampiro, tras luchar con ese oscuro ser, deseé servirte para siempre. Tú me diste la oportunidad y yo no la desaproveché. Ahora, tras tantos milenios, sonrío al recordar tus ojos llenos de furia y tu testarudez. Eres sin duda especial, Pandora, pero eso ya lo sabes. Te amo a mi modo, te protegeré de esa misma forma y escucharé cualquier cosa que desees contarme. No me moveré de tu lado si así lo deseas y me volveré a alejar cuando lo pidas. Por siempre serás mi señora y yo te serviré del mismo modo honesto.



domingo, 12 de enero de 2014

Pompeya

Bonsoir

¿Qué sentirían ustedes si hubiesen vivido la tragedia del Vesubio? Arion lo vivió con Petronia y ella se salvó gracias a sus indicaciones. Él la amó desde el primer momento en el cual posó sus ojos en ella y ella quedó a su lado sintiendo la libertad.

Arion nos ofrece este relato dedicado a Petronia. 

Lestat de Lioncourt

Pompeya

Las lágrimas que parecían no querer salir de su hermosos y profundos ojos negros, los mismos que esquivaban mi mirada, provocaban en mi alma un tremendo espanto. Temía que un día te deshicieses en llanto y no estuviera cerca de ti para rodearte alejando las terribles pesadillas que se arremolinaban junto a ti. Eran enormes pájaros negros que graznaban tragedias que ni siquiera eras capaz de comprender. Tan joven y oprimida por una realidad trágica que te arrancaba la esperanza.

Contemplabas el atardecer esperando mi llegada. Me sentaba frente a ti ofreciéndote un nuevo traje que lucir, besando tus manos y rogando que el mundo se detuviese y las horas no transcurriesen tan rápidas. Mi piel oscura contrastaba con la tuya y ambos sabíamos que era el peso de las cadenas sin siquiera mostrarnos las heridas de los grilletes. Yo ya era libre, pero tú aún eras presa.

Cepillaba tu largo cabello negro durante horas y después besaba sus hombros, mejillas y frente. En cada beso te dejaba una promesa. Y cuando pude libertar tu cuerpo sentí que tu alma también lo hacía. Te compré para que fueras mi amiga, confidente de grandes secretos y una hermosa presencia que me alegrara las noches con sólo su mirada.

Fiera, fuerte y tenaz. No te dejabas rendir cuando aprendías un oficio para mantenerte tu misma. Te ofrecí compañeros para que ellos trabajaran para ti por un salario digno. Te di la oportunidad de ser una mujer por completo, pero preferías tener la apariencia de un chiquillo desdeñado hasta que yo aparecía. Entonces te perfumabas, vestías esas hermosas túnicas que yo te compraba y me abrazabas con un cuidado excepcional. Temías hacerme daño y yo temía romperte.

Han pasado milenios y sigo a tu lado. No puedo dejarte a pesar de tu carácter porque recuerdo que temías ser feliz. Aún temes esa felicidad. Creo que nunca has podido ser feliz por completo porque el dolor sigue presente. Aún así cuando te tomo del brazo y miro tus ojos veo la libertad, esa furia incontrolable por alcanzar el éxito y una pasión que me seduce por completo. Me enamoré de la fuerza enjaulada que posees y que liberas en cada uno de tus golpes de genio.

Si tú no hubieses existido o no hubiese tropezado contigo estoy seguro que no hubiese podido vivir tantos siglos. Eres mi complemento porque gracias a ti no tengo un vacío en el pecho. Conocí el amor y lo comprendí cuando besé por primera vez tu rostro.

Tú eres el último resquicio que queda vivo de Pompeya.


Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt