Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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martes, 2 de febrero de 2016

No muerdas la mano que te da de comer

Imagen encontrada en google y editada por mí para la ocasión. 
Nuevamente viene a mí, en mitad de la madrugada, la inspiración. He decidido acompañar el escrito con una canción que siempre me ha acompañado... me parece erótica y explícita... toda una carta de intenciones.



El azotó el látigo contra el suelo, provocando que la madera crujiera bajo la presión. El siseo rompió el aire con gran impacto e hizo que el muchacho abriera sus adormilados ojos. Tenía el cuerpo marcado por caricias frívolas, pero tortuosas. Cada marca era una medalla, o al menos así debía lucirlas, por su gran actuación. Su alma tembló cuando un nuevo latigazo sonó cerca de su cuerpo, rozando una de sus larguiruchas piernas. Era nieve cubierta de surcos rojizos, como si hermosas flores carmesí brotaran buscando la libertad de llorar sus miserias.

Deseó gritar, pero el miedo le paralizaba. Sintió la garganta seca, adolorida por los anteriores gritos y gemidos, mientras comprobaba que aquel hombre perfectamente vestido, con uno de esos trajes elegantes a medida, se aproximaba. Tragó saliva y apretó los dientes cuando estiró su mano izquierda, para levantar su rostro apretando con sus dedos, gruesos aunque suaves, su mentón. Aquel monstruo era hermoso y él se había convertido en su juguete favorito.

El dedo pulgar de aquel perverso amante acarició la comisura de sus labios, los deslizó por estos y lo introdujo en su boca abriendo la mandíbula. Palmó sus dientes, algo pequeños y blancos, y lo coló hasta su lengua para acariciarla sutilmente. Él lo miró con curiosidad y miedo, y la respuesta de su dueño fue escupir en su rostro, delgado y marcado por la sospecha del inicio de un nuevo juego aún más perverso, y arrojarlo de un sólo golpe al suelo.

El sonido de la cremallera hizo que intentase incorporarse para huir a un rincón, como si eso pudiese liberarlo de aquel agujero oscuro, con hedor a sudor y sangre, cuya única luz era una bombilla que tintineaba y se movía como el camarote de un barco. Estaba asustado, como un animal herido y perdido lejos de su hábitat.

Una honda carcajada surgió de los finos, aunque atractivos, labios de su torturador. El miembro surgió de entre su ropa interior y pantalones. Apareció con su glande grueso y rosáceo, con su cuerpo hinchado y marcado por sus numerosas venas. Recordó el sabor de su semen, espeso y cálido, recorriendo su garganta. Igual que pudo rememorar el momento en el que otros hombres, que lo acompañó la noche anterior, eyacularon sobre él y en su temblorosa boca.

Se acercó a él con rapidez, sin darle tiempo a nada, para acabar de rodillas con el cabello entre los dedos de la mano izquierda de esa mala bestia. El látigo se alzó y comenzó a sentirlo por sus glúteos, hombros, espalda, torso y piernas. Después notó el mango acariciando los pómulos, deslizándose con cuidado como si fuese una sutil caricia, para luego introducirlo entre sus labios. Hizo que lo succionara como si fuese su propio miembro, que deslizara su lengua y se imaginase aquella piel húmeda, caliente y sabor salado.

Comprendió entonces que era adicto y quería ser su mascota, su juguete, su puta y, por supuesto, el elegido para sus sueños de dominio y castigo. Lo hizo mientras apartaba el mango del látigo e introducía su miembro. El muchacho de inmediato se aferró a los pantalones, pero el látigo golpeó sus dedos. Sus ojos se llenaron de lágrimas, sintió que se asfixiaba y que sus labios rozaban prácticamente su vientre. El sonido de los testículos golpeando su mandíbula era placentero y sintió como su miembro se erguía.

En mitad de aquel éxtasis, casi religioso, sintió la explosión de aquella esencia masculina que tanto le satisfacía. Bebió sediento tragando hasta la última gota, lamió el glande y apartó los restos de aquella tortuosa arma de placer. Su amo no esperó a que él acabase, ni siquiera lo tocó, sino que lo tiró al suelo y se apartó.


Las suelas de los mocasines oscuros, pulcros y cuidados, sonaron por las quejumbrosas maderas, la luz se apagó y el se tocó pensando a un nuevo juego. Un juego que alimentara más sus más bajos instintos. Se había convertido en un adicto de aquel sexo bárbaro y ni siquiera conocía el nombre del hombre que podía calificar como su amo, su Alfa y Omega.  

sábado, 31 de enero de 2015

Poesía perfecta

Flavius es uno de esos hombres a los cuales les tomas aprecio. No sé. Es un inmortal que siempre me agradará. Y apenas lo conozco, sólo de oídas. Pero, sin duda alguna, es un gran hombre.

Lestat de Lioncourt


Sus pesadillas la anclaban al dolor, le secuestraban los sentidos y la arrojaban a un mundo que no podía comprender. Recuerdo como lloraba y se aferraba a mí. La calidez de su cuerpo era tentadora, pero aún más tentador era el escuchar de sus labios mi nombre. Me sentía cómplice y totalmente complacido por su cariño y fe. Ella buscaba mis brazos como quien busca agua en el desierto. Era útil. Ella me veía como un buen hombre y para mí ella siempre sería la mujer que me salvó la vida.

Cuando no tienes nada sabes apreciar lo poco que consigues. Yo conseguí su amistad, complicidad y amor sincero. Porque amor no es sólo cuando las piernas de una mujer se abren, sino cuando su pecho tiembla por cada caricia y sus ojos hablan de mundos distintos. Ella amaba la poesía, lo cual la hacía la ama perfecta. Era su esclavo, su hombre fiel y sincero, que caminaba a su lado guardándola de todo mal.

Nos hemos vuelto a ver. Tras tantos siglos. Ella me echó de su lado temiendo que Marius me destruyera. Jamás odié a ese hombre, pero sus celos eran terribles. Cuando nos hemos visto frente a frente, sin cambiar ni un ápice, he sentido como mi corazón se agitaba bajo mi duro pecho. No dudé en extender mis brazos, rodear su pequeño cuerpo y besar su frente en reiteradas ocasiones. Ella, mi señora, la mujer que me compró en aquel mercado, con la que discutí sobre poesía largas horas, y que me buscaba en mitad de las pesadillas me había encontrado de nuevo.

No estaba sola, pero la sentí tan indefensa como siempre. Su fuerza era inmensa, aunque su alma siempre fue delicada ante el sufrimiento de aquellos que ama. Su alma es como un arpa que con cualquier caricia suena. Pues el dolor a veces hace mella en sus cuerdas y provoca que la posea una tristeza insondable, que se ahogue en sus ojos café y surja con palabras suaves como un ligero suspiro. Es fuerte, sabe contener el dolor, pero necesito cuidarla. Y como he dicho: no estaba sola.

Un hindú, de ojos profundos, estaba a su lado sonriendo ligeramente, sintiendo el amor que ambos nos profesábamos. Un hombre distinguido, de grandes modales y caminar elegante. Parecía sacado de un cuento demasiado fantasioso para tener un ápice de verdad. Él comenzó a dar pequeñas palmadas y me sentí de nuevo como en casa. Nadie apartaría a Pandora de mis brazos, del mismo modo que nadie la arrancó de mi corazón. Él lo sabía y lo comprendía.


Aquel momento parecía una poesía perfecta.  

viernes, 23 de enero de 2015

Pasión encendida

Pandora... tan apasionada. Me pregunto si Marius sabía esto y por eso odiaba a Flavius... 

Lestat de Lioncourt

No puedo olvidar sus brazos rodeándome, haciéndome sentir mujer con sus caricias y sus besos. Aquellos poemas inocentes en sus labios parecían encender en mí un fuego que nadie supo encender jamás. Un fuego que ardía cada noche y me consumía con fervor. Él, que con sus enormes ojos oscuros me escrutaban con cariño, parecía perderse en la jungla de mis dedos cuando jugaban con sus cabellos. Cada mechón era sin duda alguna un trozo de tela preciada. Parecía seda. Él por completo parecía un dios esculpido en mármol, pero con el toque suave de la seda y el calor de la carne.

Besé en más de una ocasión aquellos suculentos labios. Me perdí en su lengua y olvidé por completo la decencia. Mis piernas se enredaron con las suyas y mis pechos se pegaron a su torso. Podía sentirme sin ropa bajo las sábanas de lino. Él, que era sólo un esclavo, me convirtió en su prisionera cada noche. Sentía su cuerpo temblar, emocionarse como un niño, por cada muestra de amor que yo convertía en veneno de placer.

Jamás me consideré una mujer seductora, pero podía ver en sus ojos la dicha que sentía al tenerme cerca. Él no movía un dedo por conquistarme, aunque sí hacía todo lo posible por cumplir mis caprichos. Y él era mi mayor capricho. Flavius era sin duda el capricho de cualquier mujer, pues todas deseamos a un hombre que las haga sentir una hembra, un ser salvaje, sobre un colchón en mitad de la noche.

Buscaba con indómita necesidad su miembro entre sus piernas, tomándolo entre mis manos, mientras él intentaba poner cualquier excusa. Sin embargo, mis deseos eran órdenes. Se veía sometido a mi necesidad y al amor que me profesaba. Sus labios se volvían fuego y mi boca era la mejor pira para ser encendida. Mis piernas rodeaban las suyas, apretando mis mulos entorno a sus caderas, y mis mejores movimientos eran como los de una serpiente. Él podía sentir mis uñas arañando su torso marcado y yo podía notar su apetito de hombre, un apetito que sólo mostraba conmigo porque lo llevaba al límite.


Y cuando acabábamos ya no existían pesadillas, ni mundos tortuosos y, por supuesto, la agónica soledad desaparecía. Sólo quedaba nuestro sudor, su flequillo revuelto y mis ganas de tenerlo por siempre secuestrado ante mi mandato. En ocasiones me odié por ello, por obligarlo a darme más de lo que estaba permitido por sus necesidades, pero después lo veía dormido a mi lado y sentía la impúdica necesidad de repetir mi crimen a la noche siguiente.  

Por ti

Flavius era un esclavo, pero no un esclavo cualquiera. Era un buen hombre que prefería las cadenas a verse libre y derrotado.

Lestat de Lioncourt



“Alza tus ojos hacia el cielo, ¿ves la libertad? Pues la libertad física no debe ser tan preciada si tu alma no está dispuesta a convertirse en Ícaro y arriesgar. Mírate, eres el reflejo de miles de poemas que nadie escribió para ti. Obsérvate en los ríos de tus lágrimas ¿y qué ves? Dime, ¿qué ves? ¿Un hombre desarmado? ¿Un ser grotesco? ¿Un inválido? Quizás ves todo y nada. Puede que la oscuridad consuma cada recóndito lugar de tu alma. Dime, ¿a qué esperas? ¿Una invitación? ¿Eres un cobarde? Tal vez... tal vez...

Recuerda el pasado, Flavius, como si fuera un amanecer presente. Quédate ahí inmóvil y respira su esencia. Puedes notar las caricias de las esclavas, los besos bondadosos de tu amo, el júbilo de aquellos que te dieron el don de ser culto y la pasión de los poemas que tanto devorabas hasta conocerlos a la perfección. Sigue la línea de las letras, recita una vez más y despierta. Estamos en el hoy, no en el ayer. Despierta.

Puedes buscarla a ella. Puedes ir tras sus sueños. Herir sus pesadillas. Sumirte quizás en su dolor. Pero jamás podrás ser el hombre que la ame como un hombre. Nunca serás capaz de abrir sus piernas y danzar con ella entre las sábanas llenas de sudor, suspiros y sueños derramados. Nunca. Pandora vuelve a ti. Pandora te recuerda. Tú la recuerdas. ¡Flavius!”

Despertó alzándose del escritorio. Frente a él estaba la última carta que había escrito. Ahora sabía donde se encontraba y con quien. Era un hombre afortunado ese hindú, pero su señora podía necesitarle. Él siempre estuvo dispuesto a darle consuelo, aunque nunca el amor pasional que ella en ocasiones requería. Aquello siempre le dañó. Deseaba complacerla como cualquier hombre, pues mirando bien en su corazón ella fue la única mujer a quien amó.


Tomó la estilográfica y empezó a rasgar en el papel unas nuevas líneas. Aquel sueño debía quedar plasmado, pero nunca de forma tan desordenada. Debía darle sentido. ¿O había perdido también el juicio? Sólo podía decirse así mismo: ¡Pandora! ¡Mi señora! ¡Debemos vernos aunque sea nuestro último encuentro!  

miércoles, 1 de octubre de 2014

Encadenado al infierno de tus manos

Julien viene con unas viejas memorias. No sé dónde se podían haber encontrado, pues pensaba que su hija las había destrozado todas. Pero ya se sabe, los Mayfair son una fuente de misterios inagotable. 

Lestat de Lioncourt 


Podía estar mirando el reloj durante toda la noche y las manecillas parecían no moverse. Era como si el tiempo hubiese decidido pararse en una hora en concreto. La música surgía como el zumbido de un enjambre de abejas, retumbando las gruesas paredes cubiertas de elegante papel pintado, mientras intentaba batirme en duelo con la pluma que acababa de adquirir hacía tan sólo unas semanas. Los cientos de folios en blancos, amontonados uno tras otro, me llamaban poderosamente la atención. Quería escribir sobre mi vida, pero también sobre la vida de aquellos que había conocido. Tenía setenta años. Ya no era un niño. Recordaba bien los amaneceres de otras épocas, en la plantación, donde todo parecía ser más misterioso a la vez que simple. El zumbido de los mosquitos en las noches, junto al cantar de los grillos y cigarras, era ensordecedor. Los animales parecían inquietos a veces, pero en ocasiones la quietud llegaba. El aroma del café surgiendo por doquier, pegándose gustosamente a cada trozo de la casa, en medio de la madrugada cuando el gallo aún no cantaba y los trabajos comenzaban, era algo que no podía olvidar y no quería desperdiciar el momento.

Vino a mí la imagen de un día concreto mientras miraba el reloj. Mi padre hacía tiempo que había muerto. Mi hermana aún era demasiado joven como para preocuparse por los jóvenes que la visitarían para embaucarla, aunque ella quería ser religiosa por empeño propio. La casa estaba en silencio. La noche aún aguardaba fuera. Era principios de otoño. Aún no llegaba la fecha que todos aguardaban para rendir tributo a los difuntos, así que puedo asegurar que podría ser principios de octubre. No podía dormir. Aunque había sido un día duro de trabajo y había malgastado mi escaso tiempo libre, pues siempre encontraba unos minutos de los cuales disfrutar, con numerosos libros, que resultaron ser poco gratificantes debido a su contenido, no podía dormir. Necesitaba una obra clásica en mis manos o caminar. Decidí que me despejaría por los alrededores de la plantación, posiblemente observaría por las ventanas a los esclavos y después me sentaría bajo alguno de los árboles para meditar sobre el rumbo que llevaba mi vida. Una vida postergada a los caprichos de un ser grotesco. Mi madre estaba cada vez más loca, aunque desconocía si alguna vez tuvo juicio alguno.

—¿Dónde vas?—escuché su voz y vi nítidamente su imagen en el porche.

—No te interesa lo que haga o no haga—respondí guardando mis manos en los bolsillos.

—Que risa—susurró cerca de mi nuca, aunque lo veía frente a mí.

—No puedo dormir—dije mirándolo con mis vivos ojos azules, mientras él tomaba una pose elegante.

Juro que si hubiese sido de carne y hueso muchas mujeres se habrían vuelto locas. Sus ropas eran viejas, pero poco después supo usar prendas más actuales y un peinado mucho más sofisticado. Dejó de ser el monstruo de otro mundo para asemejarse más a un amante inquieto, celoso e incluso vanidoso. Si bien, eso es dirigirme rápidamente al final de mi historia con él. En aquellos momentos aún nos estábamos conociendo. Más de sesenta años a su lado pueden darme la razón. Tenía tres años cuando me rozó el cabello con sus dedos y habló íntimamente conmigo. En aquellos momentos sólo contaba con dieciséis años y un arrojo incalculable. Ya había matado al estúpido de mi primo, el cual dilapidaba todo lo que poseíamos, y muchos me veían como un pobre muchacho atormentado. Sí, me dolía haber hecho lo que hice, pero no me arrepiento. Habría destruido a la familia, yo sólo la dividí.

—Puedo ayudarte—dio un par de pasos hacia mí, dejando la barandilla de la escalinata del porche. Sus pisadas no sonaban, pero podía ver claramente como se aproximaban.

—Aquí no—rogué dando un paso hacia atrás, lo cual sólo hizo empeorar mi situación.

Quedé pegado a la pared frontal de la casa, cerca de la puerta, mientras él se acercaba con esa sonrisa seductora. Pronto noté sus manos sobre mi cuerpo acariciando la suave tela de mi camisa de algodón blanco. Los botones fueron desabrochándose, quitando uno tras otro, dejando mi torso delgado y desnudo a su disposición. Hundió su cabeza en mi pecho y comenzó a lamer mis pezones. Podía sentir las caricias, aunque nadie pudiese verlo. Mi pulso se aceleró. El sonido del pantano a lo lejos me inquietaba, el zumbido de los mosquitos traladraba mi cerebro y pronto solté un sutil gemido. Mis manos buscaban donde sujetarse, pues él no era del todo material. Aquel atrevido fantasma lo estaba haciendo de nuevo.

—Te amo—escuché claramente de sus labios, los mismos que aún sostenían mi pezón derecho.

—Sí, sí...—mi mente quedaba aturdida. Sólo quería sentirlo como cada noche. Ningún hombre me ha complacido como él. Nadie ha logrado hacerme gemir de ese modo. Ese demonio sabía como tocarme.

—Eres hermoso, Julien—mi respiración iba en aumento y casi no podía escucharlo, pero algunas frases llegaban a mi mente seduciéndome por completo.

Rápidamente bajé mis pantalones. Me quité la correa a duras penas, desabroché cada botón de mi bragueta y los arrojé hasta mis tobillos. Después, casi sin pensar, me deshice de ellos. Pero no sólo de ellos, también de las sucias botas que me había colocado para dar aquel estúpido paseo. Sus largos dedos se metieron bajo la ropa interior, acariciando primeramente mis caderas, para después deslizar mis calzoncillos hacia abajo. La prenda quedó pisoteada por mis propios pies y las fantasmales punteras de sus botas.

Acabé en el suelo convulsionando por el placer. Gemía como una prostituta barata de los clandestinos burdeles que comenzaban a aflorar por doquier en la ciudad. Mis piernas se abrían y mis caderas se movían nerviosas. Quería atrapar y arañar su torso, deslizar mis manos por sus hombros y hundirme en su boca. Allí, tirado en el suelo de madera ligeramente hinchada por la humedad, me retorcía mientras él embestía con una sonrisa aviesa. Disfrutaba escuchándome gemir. Era su música favorita. Mi hermana no podía verlo, pero yo sí. Yo gozaba de su compañía, a la vez que lo temía. Ese monstruo se apoderaba de mí. Cuando acabó quedé aún caliente, tirado alrededor de mis prendas y con las mejillas sonrojadas.

Él no tenía energía suficiente para permanecer mucho tiempo. Sólo me hacía gozar y se marchaba. Debido a mi juventud necesitaba más, cosa que no podía obtener de un fantasma manipulador. De ese demonio.

Aquella noche tuve suerte. Un joven esclavo merodeaba por la casa, posiblemente buscando algo de fresco lejos de las caballerizas donde descansaba. Miré su rostro moreno, sus ojos oscuros y sus dientes que parecían destacar en medio de la espesa oscuridad. No dudé en invitarlo con la mirada, mostrándome tentador incluso para un hombre, y él accedió como si estuviese bajo un hechizo.

Se acercó a mí bajándose el pantalón y yo abrí mejor mis piernas. Cuando sentí su peso sobre el mío noté cierto alivio. Mis dedos juguetearon por su cuello y rostro. Sus facciones eran muy distintas a las de mi amante fantasmagórico, pero no me importaba. Él solucionaría aquel pequeño problema. Ya había eyaculado, tenía parte de mi semen manchando mi vientre y torso, pero quería más.

—Hazlo, por favor—dije echando mis manos a su cuello, para abandonar ambas sobre sus anchos hombros. No debía ser mucho mayor que yo, pero su cuerpo estaba fortalecido por el duro trabajo del campo—. Te recompensaré bien—murmuré buscando sus labios carnosos, los cuales accedieron a darme un beso mientras me penetraba con brío.

Era tosco. No tan placentero como esas caricias íntimas y espectrales, pero disfrutaba del sabor de sus besos y como enterraba su miembro dentro de mis doloridas nalgas. Mis piernas se abrían y alzaban, mis caderas se movían aún más pareciendo la cola de una serpiente y él jadeaba disfrutando del espectáculo. Era el dueño de todo. Mi abuela había muerto, mi madre era incapaz de llevar la plantación y yo era quien ejercía el poder. Sin embargo, era él quien me dominaba en esos momentos.

—Amo—dijo en un jadeo mientras me tocaba con sus manos ásperas.

—Dime Julien, no amo. Ahora amo no, Julien—mis labios temblaban y mi voz era quebradiza.

La sensación de placer era mayor que el estímulo de dolor, pues su miembro era ancho y su forma de hacerme el amor era salvaje. Las tablas crujían bajo el peso de ambos. Sus manos dejaron de acariciarme para apoyarse a ambos lados de mi cuerpo, un cuerpo que no podía dejar de moverse ni un segundo.

No era la primera vez que recurría a un hombre de carne y hueso después de mis juegos con Lasher. Él provocaba que lo hiciera. Las mujeres no me interesaban en aquel momento. Creo que no me interesaron hasta mucho después, cuando comprendí que debía usarlas para poder tener la descendencia apropiada.

Aquel esclavo quedó clavado en mi interior, llegando al límite, mientras me miraba congestionado por el placer. Mi espalda se arqueó, mis hombros se clavaron en el piso y mis uñas se enterraron en sus hombros. La fuerte sensación de aquel chorro cálido, y espeso, manchando mi interior provocó que yo llegara casi al mismo tiempo. Sin embargo, no dejé de mover mis caderas.

—Dame otro... —dije cuando noté que se apartaba. Quería otro beso de sus labios, necesitaba hundirme en esa sensación tan abrumadora—. Otro beso—balbuceé buscando su boca y él me la ofreció sin oponer resistencia.

Cuando salió de mí me abalancé sobre él, lamiendo su cuello saboreando su sudor, para luego hundir mi rostro en su entrepierna. Lamí su esperma, algo que no me podría dar jamás mi amante, y al incorporarme le miré completamente perdido en la satisfacción.

—Te recompensaré bien—repetí acariciando sus pómulos.

Él se incorporó subiéndose los pantalones para desaparecer. Sabía que había hecho eso porque yo era el amo, por lo tanto poseía poder sobre él, y porque no podía desaprovechar la oportunidad.

Al día siguiente tuvo algo más de comida que los otros, me encargué que incluso le hicieran llegar un vaso de vino después del trabajo. Pocos días después, tras ese incidente, lo busqué en su tienda y lo hice salir para que me ofreciera de nuevo sus servicios. Si no era él sería otro. No podía ocultar mi despertar sexual y la necesidad de contacto con alguien que no fuese un par de mujeres perdidas en sus desenfrenadas locuras.


Si bien, si debo ser justo. Como he dicho antes, jamás nadie me ha hecho vibrar como Lasher. Cuando aparece en mi alcoba, esté acompañado o no, siempre tengo tiempo para sus caricias. Jamás he dejado de disfrutar de él, ni siquiera cuando mi mujer permaneció a mi lado antes de marcharse. Soy un egoísta. Lo deseo todo. Y él aún me desea a mí. Estoy perdido en el infierno y el demonio me tiende su mano.  

miércoles, 16 de abril de 2014

Señora de la pasión

Flavius ha decidido crear un poema para su señora Pandora. Espero que les guste tanto como a mí, pues a mi parecer ha sabido definirla.

Lestat de Lioncourt



Señora de la pasión



En las profundidades de las ruinas,
esas que cubren de polvo tus faldas,
se halla el delicioso aroma de la verdad.

Si alzas tus ojos hasta la cima
verás los viejos panteones saludar.
Tú corazón sigue en aquella ciudad.

Miles de poemas en tus labios
y miles de sueños en tus ojos.

Pandora sin cofre, pero llena de secretos.
Tú eres la dueña del corazón de tantos
y la sonrisa cargada de fuerza que recuerdo.

Apasionada por los extraños retos
y los poemas que encarcelaron a cientos
pero que te hacen vibrar alma y cuerpo.

Miles de poemas en tus labios
y miles de sueños en tus ojos.

Tenías en tus dedos la hiel más dulce
y en tu mirada lágrimas muertas
como la esperanza que lentamente fallecía.

Caminaste por las calles sin amor
pero la pasión jamás se fue de tu lado.
Dueña de la pasión y la valentía.


Yo siempre te respetaré mi señora...  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt