Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

Mostrando entradas con la etiqueta fanfiction. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta fanfiction. Mostrar todas las entradas

lunes, 17 de agosto de 2015

Pour Some Sugar On Me

—¡Jamás comprenderás todo lo que siento!—gritó furioso mientras me miraba desde el otro lado de la mesa.

Intentaba controlar mis sentimientos, pero era imposible. En mi interior se libraba una guerra terrible entre lo que debía decir y aquello que deseaba expresar. Él siempre tenía la misma excusa bajo la manga. Decía que no comprendía aquello que sentía, pero era falso. Comprendía bien cada una de sus emociones, sabía leer en sus expresiones y reconocer cuando realmente la pena le asfixiaba.

—¿Realmente lo crees así?—pregunté alzando la vista del periódico.

—¡Así es!—estalló incorporándose de su silla.

Las facciones de su rostro, así como la expresión fiera y erótica de sus ojos, siempre me han parecido dignas del poema “El gato” de Baudelaire. Posee unos ojos de ágata y metal, así como un peligroso aroma que lo cubre provocando que sea elegante y terrible. Las ondulas de su cabello negro caían sobre su exquisita camisa de chorreras negra, la cual tenía unos encajes de rosas muy elaborados. El chaleco de seda verde botella con flores de lis en tono cacería le daban un aire aún más distinguido. Llevaba unos pantalones de vestir que yo mismo le había obsequiado noches antes. Las botas, esas deliciosas botas bajas, de tacón ligeramente alto y puente estrecho las había adquirido en una de las zapaterías parisinas más prestigiosas. Estaba arrebatador. Aquella boca carnosa, ligeramente trémula, mostraba al peligroso enemigo que poseía ante mí y al que llamaba compañero desde el día de su nacimiento.

Siempre me he considerado un sibarita. Admito que lo soy inclusive para elegir a mis víctimas, pero aún más para ofrecerle el Don Oscuro, el regalo siniestro y deseable de la eternidad. No me conformé con algo simple, sino que busqué entre miles al compañero perfecto que secuestrara mi corazón. Me enamoré de él. Reconozco que caí frente a su belleza el primer día que logré contemplarlo. Codicié su aliento, su pose enigmática, el sabor del vino que corría libremente por su garganta y aquellas frases cargadas de simbolismo que pronunciaba alentando a cualquiera a un duelo, una pelea o simplemente a matarlo en un callejón cualquiera.

Comprendía su dolor. Sabía bien qué era lo que ocurría ahora. Estaba celoso, como de costumbre, por todo lo que lograba escuchar sobre mí y sobre mis fanáticos acosadores que me adulaban, imitaban y enardecían como si fuese un santo en mitad de una abarrotada iglesia. Yo era un Dios para miles, aunque seguía siendo el mismo joven intrépido y demente que se exponía a toda serie de riesgos. No había cambiado demasiado. Seguía siendo el mismo pese a mi responsabilidad actual.

—Cálmate, ya estás comportándote como un histérico—dije cerrando el periódico.

—¿Me estás llamando histérico?—lo tenía frente a mí con sus puños cerrados y el mentón apretado.

Me incorporé desabrochando mi chaqueta roja, mi favorita, mientras acomodaba el chaleco negro que llevaba bajo ésta. Mi camisa era más sencilla, pero no así el pañuelo de seda blanco que rozaba mi cuello y mis cabellos dorados, como si fueran hilos de oro, los cuales brillaban con la tenue luz eléctrica de las numerosas lámparas del salón.

—Louis, detente—susurré acercándome a él.

—¿Para qué quieres que me detenga?—preguntó frunciendo el ceño—. ¿Quieres que escuche otras de tus elaboradas mentiras?—frunció el ceño y me miró con esos ojos verdes, tan verdes como peligrosos—. ¡Detén mejor a tus furcias! ¡A todas esas malditas golfas que ríen y aplauden tus gracias! ¡Míralas a todas ellas llenas de deseo porque tú bajes tu bragueta y le concedas el don de tener un hijo tuyo! ¡Maldito seas tú y todos! ¡Malditos sean mis sentimientos!—dijo.

Rompió a llorar. No era nuevo para mí verlo en ese estado. Siempre ha terminado así nuestras discusiones. Él se molesta, yo lo ignoro, termina protestando, deseo consolarlo y huye mientras llora. Pero no permitiría que huyera esa vez. No lo permitiría.

Acabé abalanzándome sobre él, para aplastarlo contra el muro más cercano de mi castillo. Lo acorralé como si fuese un pequeño ratón, para sacar algo de mi bolsillo. Clavé en mi pierna, atravesando mi pantalón oscuro similar al suyo, un par de dosis que Fareed me había hecho llegar, las cuales todavía llevaba en mi chaqueta. De inmediato me corté la lengua. En mi sangre estaba el antídoto a nuestra discusión, a todos los males de nuestra vida en pareja, y éste cayó por su boca calentando su garganta.

Pude escuchar como Amel reía a carcajadas y aplaudía mi idea. Parecía satisfecho con aquella jugada maestra y perversa. Louis de inmediato me besó con las mejillas sonrojadas. La dosis hizo efecto en tan sólo unos segundos. Él se retorcía entre mis brazos mientras mis manos desnudaban su cuerpo.

—Quítate la ropa... —susurró trémulo aferrándose a las solapas de mi chaqueta.

—No necesito quitarme la ropa para satisfacer tus necesidades más pueriles, Louis—susurré cerca de una de sus orejas, para luego dejar suaves besos en sus mejillas y cuello. Él jadeaba completamente perdido.

Sus prendas salían con facilidad y dejaba al descubierto un cuerpo ligeramente tostado por el sol, debido a su exposición a él hacía algunos años, lleno de curvas y con una musculatura muy inferior a la mía. Louis posee una cintura estrecha, aunque quizás es sólo una ilusión debido a la amplitud de sus caderas y a la redondez de sus firmes glúteos. Su miembro estaba sutilmente erecto. Mis uñas, peligrosas como el arma más afilada, acariciaban su sensible piel. Él bajó los ojos y abrió los labios ofreciéndome una imagen extremadamente pornográfica. Sus muslos se abrieron y sus caderas se movieron suavemente.

—Arrodíllate—murmuré empujándolo hacia el suelo, provocando que sus rodillas se flexionaran y su rostro quedara a la altura de mi sexo. Mis testículos empezaban a hincharse, del mismo modo que mi pene se erectaba. Él no dudó en lamer mi glande y lograr que yo gimiera entre suspiros—. Hazlo.

Aquellos labios llenos, tan carnosos y cálidos, me atraparon con un deseo frenético. Su cabeza se movía rápidamente con un ritmo contrario a mis caderas. Lograba entrar por completo en su boca, del mismo modo que salía triunfante. Su lengua arrastraba mi piel, tirando de ésta, mientras mis venas estrangulaban cada milímetro de mi miembro. Él no podía tocarse como le hubiese deseado; pues tenía sus manos en mis caderas, así como las mías sobre sus muñecas impidiendo que las bajara.

A sus pies estaban las prendas que le había ido quitando, pero también mi chaqueta favorita. El calor provocaba que me sintiera agobiado con aquellas prendas de invierno. Fuera la lluvia azotaba los muros del castillo, pero dentro el calor se propagaba con facilidad. Me saqué el pañuelo del cuello, liberando sus manos aunque él no bajó estás de mis caderas. Parecía haber entendido que deseaba ser yo quien proporcionara placer a su cuerpo.

Al tener el pañuelo entre mis dedos lo miré y él hizo lo mismo. Había detenido el movimiento de mis caderas, así como él había parado de succionar mi sexo. Su lengua se paseaba por el glande, rodeándolo suavemente, mientras sus ojos no paraban de apuñalar con deseo a los míos. De inmediato tapé éstos con el pañuelo y lo incorporé girándolo, pegándolo a la pared y penetrándolo con una violencia habitual en mis juegos.

Cada embestida era fuerte y constante. Él gemía como una puta parisina. Sus piernas temblaban, su cuerpo se echaba contra la pared y su rostro estaba perlado de gotas sanguinolentas, así como su espalda y entre sus muslos. Yo también sudaba. El sudor hacía que se pegara el cabello a mi cara.

—Soy tuyo—murmuró con la voz tomada.

—Siempre serás mío y yo seré tuyo.

Él era mi corazón. Si amaba realmente a alguien, además de a mi madre, era a él. Él simbolizaba mi pasado, presente y futuro. Había logrado superar demasiadas dificultades con su imagen rondando mi cabeza, recordándome que debía volver para encontrarlo y tenerlo nuevamente entre mis brazos. Las fuertes y placenteras penetraciones eran sólo un símbolo del deseo insaciable que sentía siempre hacia él.

Louis llegó primero, manchando la pared, y yo llegué tras dos terribles embestidas. Decidí alcanzar la cumbre del placer en su interior, con una mano colocada sobre sus caderas y la otra agarrándolo de sus muñecas. Él tenía la frente pegada a la pared, jadeaba y gemía pese a haber acabado. Su vientre sentía todavía ligeros espasmos y su miembro aún tenía algo de forma.


Tomé la decisión de quitarle la venda, tirando a un lado el pañuelo. Logré que se girara tras salir de su interior. Él me miraba completamente sumiso, esperando que dijera algo a todo lo que había hecho por mí, pero sólo besé suavemente su frente y sus labios.  

No tenía nada que decir. Comprendía su corazón mejor que yo comprendía el mío. Podía notar mis fallos, pero también los suyos. Éramos dos estúpidos condenados a comprendernos demasiado bien, reflejando nuestros miedos y pecados en cada una de nuestras acciones. Él lo sabe, aunque siempre pretende ser indiferente.  

Lestat de Lioncourt

domingo, 19 de julio de 2015

Querubín

Ustedes se quejan de como trato a Louis, pero lo trato muy bien en comparación como trata Marius a Armand.

Lestat de Lioncourt


Había escuchado tantos rumores sobre sus nuevos y profundos sentimientos, los cuales no podía lograr comprender, que me sentía irritado. Jamás me había sentido tan desplazado y olvidado. Ni siquiera me había sentido así por la mujer que compartió conmigo algo más que la inmortalidad, pues compartió conmigo vivencias humanas y el destino mismo hizo que nos tropezáramos una y otra vez. Pandora para mí era importante y sabía que sus sentimientos jamás cambiarían. Sin embargo, los de Armand parecían una jugada de cartas donde yo tenía la peor mano posible.

Gregory decidió hablar conmigo para tratar diversos asuntos. Puso sobre la mesa sus celos, pero también sus quejas. Arremetió contra mí muy duramente hasta dejarme sin habla. Era un ser excepcional y coincido que es uno de los vampiros más directos con los que he tenido la fortuna de hablar. Serio, tranquilo y conciliador me explicó sus dudas, sus miedos y también se opuso a mis coqueteos con quien consideraba su amante, compañera e hija más que una simple escultura en carne, hueso y sangre de una mujer excepcional. Sin embargo, eso no me ofendió. Comprendí sus preocupaciones, pero terminamos conversando de algo muy distinto. Él me aseguraba que Armand le había confesado que ahora estaba comenzando a comprender el amor y a sentirlo realmente. Yo no era el indicado. Ni siquiera se había atrevido a mencionarme en la conversación que tuvo con Gregory. Al parecer el violinista, ese mequetrefe esquelético de encantadores ojos azules, había logrado embaucarlo con la melodía de su siniestro violín.

Me sentí humillado, pero sobre todo olvidado. Él había olvidado mis caricias, mis promesas, mis verdades a medias y las mentiras sutiles que había tenido que ofrecerle para calmar sus miedos. Quise gritar de rabia, aunque tan sólo me mordí la lengua y me marché de la sala dejando atrás mis documentos sobre las leyes vampíricas, tan importantes para la Tribu, así como a Gregory y Landen, el cual estaba allí observándolo todo como si fuese parte del mobiliario.

—¡Amadeo!—vociferé caminando por el largo pasillo de suelos de mármol blanco, cuyas paredes eran hermosos frescos que resultaban sobrecogedores y mostraban pasajes de la biblia, para hallarlo en una de las habitaciones como si fuese un muñeco perfecto.

Me percaté que parecía esperarme regodeándose de mi dolor. Su ligera sonrisa era una burla cruel en aquella boca carnosa. Aquellos ojos castaños, por los cuales sufrí tantos años, me miraban sin inmutarse ni pestañear. Tenía las cejas rojizas perfectamente dibujadas en un rostro relajado, lleno de paz y muy armónico. Sus mejillas tenían un ligero color rosáceo, símbolo de haberse alimentado recientemente. Llevaba unas prendas comunes, muy vulgares, para pasar desapercibido por los barrios más bohemios donde cualquier muchacho, por mal vestido que estuviese, era bienvenido. Tan sólo una camiseta celeste, como el cielo en pleno verano, y unos jeans oscuros eran las prendas que envolvían su esbelto y pequeño cuerpo. Tenía los pies descalzos, pero a su lado estaban las deportivas que había llevado durante gran parte de la noche. Quise agarrarlo de los hombros y agitarlo con rabia, arrojarlo al suelo y golpearlo por esas confesiones tan crueles a Gregory.

—Amadeo...—murmuré apretando los puños e intentando contener mi rabia.

—Armand—respondió sin inmutarse.

—Para mí siempre serás mi Amadeo—respondí cerrando la puerta, para aproximarme a él. Quería mantener una conversación seria y fluida, aunque me encontraba muy exaltado. Él me negaba. Negaba sus sentimientos hacia mí. Eso era un auténtico disparate.

—Soy Armand, Marius—dijo incorporándose para ir a mi encuentro, rebásandome y llegando hasta la puerta. Antes de tomar el pomo, para girarlo y salir de allí, me miró con calma. En sus ojos vi decepción, pero también dolor. El mismo dolor que yo sentía—. Hace tiempo que dejé de ser tu Amadeo, el mismo tiempo que tú dejaste de ser mi amado maestro—bajó los párpados cerrando por un instante sus ojos y luego clavó su mirada en la mía. Era una mirada desafiante. Y yo, como no, acepté ese desafío moviéndome rápidamente hacia él, deteniendo su huida y arrojándolo contra el suelo.

—¡Suéltame! ¡Te recuerdo que estás bajo mi techo!—decía retorciéndose.

Mis manos se convirtieron en terribles garras. Mis fuertes y largas uñas inmortales rasguñaban el tejido barato de aquellas prendas bárbaras. Sus manos intentaban detenerme, al igual que las lágrimas de rabia que empezaron a manchar su rostro de porcelana fina. Él era mío. Podía hacer lo que quisiera con él. Me pertenecía. Era mi pupilo, mi creación, mi compañero, mi amante y por lo tanto podía destrozarlo arrancándole las escasas plumas que quedaran de sus alas. No era libre. Él sería siempre mi Querubín y haría que cantase como un ave herida y enjaulada.

—¡Suéltame! ¡Maldito seas! ¡Déjame!—gritó furioso. Sus colmillos rasguñaban sus hermosos labios y mi lengua lamía sus lágrimas como si fuese un animal salvaje.

En breves segundos no quedaba nada de su ropa, salvo jirones alrededor en un círculo mal dibujado. Sus cabellos estaban revueltos y caían como pequeños ríos de seda, o más bien de lava rojiza, sobre el encantador e impoluto suelo de mármol.

—¿Dónde lo tienes?—pregunté agarrándolo del cuello con mi mano diestra, para apretar así sus cuerdas vocales y evitar que siguiese respirando. Él abrió los labios, al igual que sus ojos. Tenía los ojos como platos, completamente redondos, pues se encontraba descolocado—. Maldita puta barata, ¿dónde tienes los inyectables que te ha ofrecido Fareed? Sé que los aceptaste—rápidamente vi un cambio radical en su rostro, pues sus labios se cerraron y frunció ligeramente su ceño. Colocó sus manos sobre mi brazo y clavó sus uñas traspasado la gruesa tela de mi túnica. Noté como sus piernas se movían inquietas, intentando patearme—. Dime dónde está. ¡Dímelo!—coloqué mi otra mano junto a la anterior y presioné provocando que dejase de resistirse.

Su brazo derecho se estiró sobre el suelo, pero el otro quedó alzado y con su mano aferrada a una de mis extremidades. El dedo índice indicó el escritorio estilo barroco. Era un estilo muy acertado para aquel estudio, en el cual solía reunirse con diversas personalidades de la ciudad. Era un inversor, un sivarita, un hombre de negocios que había conseguido grandes beneficios y que era tan influyente que nadie reparaba demasiado en su edad. Un rico heredero con un gusto fino y caro en su mobiliario. Así que aquella sala, que era donde se sentía poderoso, estaba siendo el lugar donde se encontraría de nuevo a merced del monstruo que yo podía ser.

Coloqué mi mano derecha sobre su rostro, acariciando suavemente sus mejillas y deslizando los mechones que caían sobre su frente. Estaba indignado. Me gustaba esa rabia. Sabía como aplacarla, aunque no tuviese mi viejo látigo a mano. Con la izquierda lo seguía sosteniendo del cuello, aunque con una menor presión.

En un par de movimientos sencillos y rápidos me incorporé, junto con él, para ir hasta el escritorio y sacar esas inyecciones ya preparadas. Faltaban algunas. Sabía que las había utilizado con aquel mequetrefe. Me sentí aún más dolido y humillado. Su cuerpo, su alma y su destino era mío. No concebía que otro pudiese tocarlo. Sin cuidado le inyecté dos de ellas, logrando que gimiera nada más soltarlo.

—Amadeo—susurré al ver como prácticamente se retorcía bajo mi atenta mirada.

Sus manos se deslizaban sobre su pecho estrecho y su marcada cintura. Los huesos de su cadera se notaban gracias al movimiento sutil que estas poseían. Tenía las piernas ligeramente flexionadas y con una abertura lo suficientemente amplia como para ver su entrada. Se llevó un par de dedos a su boca, palpando sus heridos labios y llevó sus dedos a su entrada. Jugaba sólo sin quitarme ojo. Podía ver su odio, pero era incapaz de alzar alguna palabra cruel hacia mí. A penas podía reflexionar sobre lo que ocurría.

Tenía sus pezones rosados muy duros y resaltaban ese océano blanquecino que era su pecho. Las costillas también se marcaban con el ritmo acelerado de su respiración. Gemía y jadeaba de una forma tan erótica que, incluso sin inyectarme aún una sola de aquellas dosis, me hizo desearlo profundamente.

—Dime, ¿serás una perra obediente?—pregunté apoyándome de lado en la mesa. Con el pie derecho le di una pequeña patada, para que me atendiera—. ¿Serás sumiso con tu maestro?

—Sí, maestro—respondió abriendo aún más sus piernas. Aquellos muslos tersos y llenos, tan similares a los de una mujer, parecían desprender un calor excepcional. Su sexo estaba duro y se inclinaba ligeramente hacia la derecha, igual que una flecha que indicaba el camino a seguir—. ¡Maestro!—gimió cuando, por si solo, palpó con sus dedos, índice y corazón, su próstata.

Decidí inyectarme una de las dosis, pero antes me desnudé y me quité las sandalias. Allí, frente a él, sintiendo de nuevo mi virilidad vibrar por la lujuria, quise hacerlo mío sin preámbulos. Sin embargo, deseaba que él aprendiese la lección. Lo incorporé echando mano a su cabello, para levantarlo tirando de su larga melena cobriza, dejándolo de rodillas. Con la zurda lo sujetaba, mientras que con la diestra inpeccionaba su boca introduciendo un par de dedos. Poco a poco hice que parte de mi puño se abriese paso en aquella pequeña boca, la cual no daba más de sí.

Sin escrúpulos ni miramientos penetré su boca. Mis caderas parecían haberse liberado de un terrible sueño, el cual había durado demasiado tiempo. Cada movimiento de mis caderas era fuerte y constante. Si bien, no tardé demasiado en tirarlo al suelo de espaldas, levantar sus nalgas y penetrarlo. Él gemía como una puta cualquiera. Gritaba que era mío, que era mi sumiso y yo su maestro. Después de varios minutos, penetrándolo con rabia y deseo, eyaculé vertiendo mi caliente, así como espeso, chorro de esperma en su interior.

No salí de inmediato, sino que seguí moviéndome en un par de embestidas. Al terminar pude observar como mi esperma caía de sus nalgas hasta sus testículos y se deslizaba por sus muslos. Él se giró y quedó de rodillas observándome completamente frustrado, aunque por si mismo decidió limpiar el estropicio de mi sexo. Cada gota de esperma desperdiciada, que manchaba mi miembro, fue lamida y tragada por Armand.

No obstante, cuando sintió que el efecto se había acabado tomó las riendas de su comportamiento, más racional y menos complaciente. Se levantó, golpeó mi torso con rabia y me dirigió las peores palabras que podía ofrecerme en ese instante.

—Amo a Antoine—dijo con rabia—. Lo amo como tú nunca me has amado. He logrado encontrar la estabilidad que tú nunca me has ofrecido. Permitiste que sufriera y luego alegaste que jamás lo hice. Me calumniaste—sus ojos se llenaron de lágrimas mientras intentaba alcanzar la puerta, aunque yo intentaba detenerlo—. Eres un monstruo... mira lo que has hecho... ¡Y luego te preguntas porqué dejamos de amarte!

—¡Tú no me has dejado de amar!—grité furioso mientras lo retenía entre mis brazos.


—Tienes razón, pero soy mucho más feliz con ese músico que contigo—al decir eso lo solté. La rabia se convirtió en dolor, el dolor en amargura y las amarguras en lágrimas. Él se marchó corriendo de allí, quizás buscando los brazos de su nuevo amante, y yo quedé allí sentado en el suelo llorando por mi estupidez.  

viernes, 12 de junio de 2015

Amor y odio

Ahora entiendo porque Daniel lo buscaba de ese modo...

Armand y sus memorias.

Lestat de Lioncourt

Había deslizado sus gafas hasta la puta de su nariz. Sus ojos, casi violetas, se centraron en los míos. Dudo muchísimo que pudiese ver algo más allá de sus pobladas pestañas. Sin embargo, era atractivo. Aquel delgado y rebelde periodista, el cual era capaz de cualquier cosa por lograr sus objetivos, me cautivaba. Deseaba comprender el mundo a través de su ambiciosa alma. Tenía la intensidad del café en sus labios, el calor del whisky en su piel y el aroma de la nicotina en su ropa junto a su crema de afeitar. Era casi un muchacho. Creo que no llegaba a los treinta cuando decidí convertirlo en mi capricho y mi corazón. Ni siquiera ahora dudo del amor que tenía hacia él, pero sí sobre el que él pudo tener hacia mí.

—¿Por qué?—lanzó aquella pregunta que tanto había esperado.

Pude escuchar un ligero suspiro salir de sus labios precipitadamente. Mis manos no se apartaron de su mandíbula, del mismo modo que sus codos no se bajaron del respaldo de aquel sofá. Notaba como le incomodaba que estuviera sentado a horcajadas sobre él, con aquel traje blanco que me hacía parecer un niño cándido de una vieja postal ibicenca, pero no estaba dispuesto a bajarme. Él tenía la camisa negra arrugada, con la corbata mal anudada y el cabello revuelto. Sus jeans estaban sucios de barro y se había quitado las botas nada más llegar. En su mano derecha tenía un cigarrillo recién encendido y en la izquierda, que movía ligeramente de vez en cuando, un vaso de whisky on the rock.

—Me atraes—dije rodeándole el cuello con mis brazos. Aparté mis dedos de su rostro para jugar con el pelo corto de su nuca.

—Tú a mí no—respondió llevando el vaso de whisky a sus labios, para dar un trago, y luego hizo lo mismo con el cigarrillo—. Te detesto. Eres un maldito hijo de puta que me está jodiendo la vida.

—¿Por eso vienes aquí?—susurré pegando más mi torso al suyo—. ¿Para insultarme y decirme lo malo que soy?—sonreí con inocencia fingida deslizando mis manos por su pecho, desabotonando los pocos botones de su camisa que aún quedaban en su lugar, para luego inclinarme y mordisquear sus pezones—. ¿Vienes a eso?

—Armand...—jadeó apretando el vaso, pero el contenido cayó sobre aquel elegante sofá de cuero negro.

De inmediato le quité el cigarrillo y se lo coloqué en los labios, para que diese otra calada, mientras me quedaba obnubilado por sus labios apretando aquel veneno legal. Mi mano izquierda acariciaba su vientre, bajando peligrosamente hasta su bragueta, mientras intentaba contener mis más bajos instintos. Deseaba beber de él, saborear su sangre y alimentarme.

—Daniel, ¿me respondes?—dije con una ligera sonrisa.

Apagué el cigarrillo echándolo en su copa, dejándola en la mesa de mármol que teníamos a la derecha, mientras él me seguía con la mirada. Bajé su cremallera y saqué su miembro comenzando a masturbar su miembro. Él acabó echando la cabeza hacia atrás dejando que mis dedos hicieran lo que tanto deseaba.

—No lo sé... Sólo hazlo—balbuceó.

Reí bajo quedándome de rodillas frente a él. Con cuidado besé la punta de su miembro, rozando mis labios sobre su glande, para deslizar mi lengua hasta la base de éste. Sus manos fueron a mis cabellos y se enredaron en cada uno de mis mechones, tirando de ellos, mientras le observaba. Él disfrutaba de ese momento como si fuese lo último que fuese a hacer durante su desastrosa vida.

—Armand...—jadeó incorporándose.

Quedó de pie conmigo hundido entre sus piernas. Sus manos se aferraban a mi nuca, mi pelo y mi cráneo. Movía mi cabeza con cuidado, apretaba con deseo y dejaba que mi lengua reptara por cada milímetro de su sexo. Cuando llegó al final me aparté permitiendo que manchara mi rostro. Él de inmediato colocó bien sus gafas para verme y pude notar el deseo electrocutar su cerebro.

—¿Decías?—dije mirándolo a los ojos.


—Te amo.

martes, 19 de mayo de 2015

Discusiones

—¿Por qué?—preguntó entrando en la habitación.

Había interrumpido mi lectura. Me hallaba en aquella hermosa biblioteca que poseía Armand. La biblioteca francesa. Amaba estar en aquel sitio. Me sentía en casa. Era como estar en la biblioteca de mi castillo. Solía estar ensimismado en lectura ligera, sobre todo con mucha acción y algo de misterio, cuando me sentía preocupado con ciertos temas.

—¡Dime!—gritó golpeando con sus puños la mesa.

—¿Qué quieres que te diga?—dije sin dejar de ojear mi novela. Me fascinaba el detective y ese sabor de los años veinte. Era interesante conocer una época que no viví, pues estaba enterrado curando mis heridas tanto físicas como las de mi alma.

—¡Lestat!—cada vez su voz se notaba más furibunda.

—¿Qué?—musité— ¡Eh!—me quejé cuando mi libro salió volando con dirección incierta.

—Dime, ¿por qué?—sus ojos verdes chispeaban. Algo en él se descontrolaba.

—Porque—respondí con una ligera sonrisa en mis labios.

—¡Deja de ser condescendiente conmigo y de burlarte de mí!—gritó aún con un tono enervado.

—Es que no sé cuál es el problema. ¿Ha ocurrido algo que yo no sepa?—dije alzando ligeramente mis cejas—. Si no me aclaras el motivo por el cual estás así... ¿cómo voy a saber responderte?

—¡Has estado coqueteando con Antoine!—gritó—. Creí que habías cambiado... que me querías. Dijiste que tu corazón era mío.

—Correcto. Mi corazón es tuyo, ¿pero dije que cada parte de mi cuerpo también lo era?—en ese momento su rostro pasó de la furia a la decepción, pero nuevamente se volvió colérico. El libro que había caído en el suelo, cerca de una de las estanterías, se incendió hasta quedar reducido a cenizas.

—Entonces es todo—respondió dirigiéndose a la puerta.

—¡Louis! ¡Era una broma!—grité corriendo tras él.

—Una broma... —murmuró girándose con el rostro lleno de lágrimas—. He regresado a tu lado y tú te dedicas a irte con músicos a consolar tu ¿alma? ¿O es tu cuerpo? Dímelo.

—Debo hacerme cargo de él—respondí tomándolo de los brazos, aunque intentó zafarse sin éxito—. Louis...

—¡Lo creaste para sustituirme!—su voz se quebró y las lágrimas se volvieron más gruesas. Me rompió el corazón. Odiaba ver como lloraba, pero a veces me regodeaba esa sensación. Él lloraba por mí. Aún había sentimientos hacia mí.

—No deberías hacerlo llorar—musitó Amel—. Sufre y yo también sufro. Tú sufres—había aprendido que era el dolor. Comprendió a la perfección que era eso hacia mucho. Ahora él podía hablar y expresar ese sentimiento sin dudas.

—Ya sé que sufre—dije sorprendiendo a Louis. Él me miró con el ceño ligeramente fruncido, aunque la sorpresa no evitó que siguiera llorando—. Pero sabes bien que lo hago porque Antoine también ha sufrido. Sólo quería agradecer que confiara en mí. Yo quería salvarlo... como no salvé a Nicolas. Quise darle la oportunidad de amar por siempre la música y una oportunidad magnífica para...

—Para que su arte no se perdiera—añadió él encontrando las palabras exactas—. Nicolas sufrió.

—Sí, él sufrió—dije al borde de las lágrimas. Me aparté de Louis y me abracé a mí mismo—. Sufrió por mi culpa.

—Y él sufre también por tu culpa—miré de reojo a Louis y asentí.

—Sí, igual que Nicolas—esbocé una triste sonrisa y suspiré—. Me regodeo en el sufrimiento de aquellos que me aman. Vaya príncipe soy...

—Maté a cientos porque sufría y quise que experimentaran mi sufrimiento. Pero aún así me habéis aceptado en la tribu y decís que soy vida—explicó—. Tú tienes que saber canalizar tus sentimientos. Yo también debo hacerlo. Aprenderemos juntos.

—Hablas con él—susurró con la voz temblorosa—. Me marcho.

—Louis—susurré intentando detenerlo—. Espera, por favor.

—No dejes que se vaya. Si se va sufrirás más. No sabes vivir sin él. No sabes vivir sin amor. Sin el amor de Louis y el amor de tu madre no sabes vivir. No sabes—aquello no me sorprendió. Yo lo sabía. Si yo lo sabía él podía saberlo.

—Deja que hable a solas con él. Por favor, mantente al margen—dije.

—Sí. Hablaremos después—comentó en un tono conciliador guardando silencio, aunque lo sentía ahí. Era como un dedo tocando mi nuca. Algo que se pegaba a mí.

—¡Louis!—grité saliendo al pasillo, bajando las escaleras y encontrándolo en la planta baja a punto de marcharse.

—Me marcho. No quiero estar aquí, tampoco en tu castillo. Quiero estar solo—dijo abrazándose así mismo.

—No digas tonterías. No sabes vivir solo—susurré.

—Y tú no sabes amar—sus ojos estaban melancólicos y más hermosos que nunca. Deseé besar su boca apasionadamente, pero acabé besándolo con ternura. Mis labios rozaron los suyos y mi lengua se hundió lentamente.

Él no me rechazó. Parecía distraído en su dolor. No siguió el beso, pero tampoco me apartó. Acabé abrazándolo acariciando sus largos cabellos negros, tan ondulados como sedosos, mientras me decía a mí mismo que no tenía remedio.

Con cierto encanto, y supongo que usando mi poder sobre él, lo llevé hacia el salón cercano. Allí entre muebles de otras épocas, tan cómodos como elegantes, nos sentamos observando los numerosos objetos de coleccionista que Armand poseía. Aquel lugar había sido su guarida, pero ahora era sede de muchos recuerdos y un emblema para los nuestros. Gracias a mi poder mental cerré las pesadas puertas.

Mis manos acariciaron su rostro, limpiando sus lágrimas, para luego desabotonar su camisa verde botella. Era verano y sólo llevaba ese atuendo. Pero lo llevaba con una elegancia inusitada. Cualquier otro no sabría llevar una prenda como esa, sin embargo él le daba un estilo único. Su piel lechosa quedó al descubierto, junto a sus pequeños pezones cafés, mientras respiraba agitado. Decidí bajar mis manos por su vientre, jugando con mis dedos por el borde de su pantalón, para desabrochar el botón y bajar la cremallera. Él agachó la cabeza llorando de nuevo. Se sentía sucio.

—Si piensas que voy a cambiarte por él estás equivocado—dije con rotundidad—. Lo creé porque quería que su música me acompañara, pues amo la música. Pero no amo tanto la música como te amo a ti—susurré metiendo mi diestra en el bolsillo izquierdo superior de mi chaqueta. Allí había un pequeño estuche de cuero, de él saqué dos inyectables y sin más clavé una de las jeringuillas a Louis.

—¿Así solucionarás todo?—preguntó con sus mejillas sonrojadas—. Con sexo... tan pueril como siempre...

—¿Esperabas otra cosa de mí?—murmuré riendo bajo.

Me saqué la chaqueta, así como la camisa, y arrojé la ropa al suelo. De inmediato dejé que esas hormonas circularan por mi sangre y me hiciesen sentir la magia del deseo más salvaje. Su boca se convirtió en mi pozo de los deseos. Besaba sus labios con demencia y acabé arrojándolo a la alfombra. Él terminó sin sus impolutos mocasines, sus refinados calcetines negros y su pantalón perfectamente planchado. Por mi parte me bajé los pantalones hasta las rodillas, junto a mi ropa interior, y dejé que mis botas no se movieran ni un ápice.

Mis manos acariciaron sus muslos y aquel miembro ligeramente erecto, el cual se inclinaba ligeramente hacia el lado derecho. Sus ojos me miraban con atención y sus manos se pegaban a mi rostro. Quería atraerme hacia él. Deseaba ser penetrado con mi violencia habitual. Y sin duda eso hice. Abrí sus piernas, me introduje en él y empecé a penetrarlo con fuerza y deseo. Sin embargo, acabé recostado sobre la alfombra, con mi cabello rubio cubriendo parcialmente mi rostro, mientras él se subía a mis caderas y llevaba un ritmo rápido. Mis gemidos eran nada comparados con los suyos. Él temblaba de pies a cabeza como si fuera un virginal muchachito, pero yo me controlaba como nunca. Amel estaba ahí, viendo y sintiendo todo, mientras mis manos, que también eran las suyas, se iban a los pezones de mi viejo amante para pellizcarlos sin piedad.

En algún momento mi mente se desconectó, pero no por culpa de Amel. Él no fue. Siempre me ocurre. Cuando llego a cierto límite mi mente se hunde en el placer y quedo cegado. En pocos segundos llegué al orgasmo final, sin duda era ese dulce cosquilleo. Una sensación similar a un latigazo rompiendo mi columna cruzando todo mi cuerpo. Louis también llegó, pero un poco antes. Finalmente caímos ambos sobre la alfombra. Él me abrazó hundiendo su rostro en mi torso y yo me dije a mí mismo que debía tener más cuidado.


Louis estaba más vulnerable... parecía que mi nuevo estado de líder le había afectado. De igual modo sabía que algo en él había cambiado. Las cadenas ya no estaban. Los únicos grilletes eran los de mis sentimientos mezclados con los suyos.

Lestat de Lioncourt  

lunes, 20 de abril de 2015

El hombre que necesitas

Benji y Armand tienen una relación afectiva muy importante. Para mí, aunque no sé ustedes, salió ganando con la imprudencia de Marius al convertir al muchacho en vampiro.

Lestat de Lioncourt


Sus labios temblaban. Parecía confuso. Había estado toda la noche llorando mientras veía su propia imagen en esas viejas cintas de VHS. Ni siquiera yo existía para él cuando las grabó. Parecía mucho más firme en cada palabra, pero en esos momentos era un conglomerado de sentimientos mezclados, enlazados hasta lo más profundo, y convertidos en poesía para la desgracia. Se había quedado ligeramente vacío tras conocer los verdaderos sentimientos de quien siempre ha amado, pese a todo, y que no ha podido olvidar. Jamás comprenderé como pudo mantener la fe en Marius. Yo jamás habría sostenido sobre mis hombros mi felicidad si dependiese de él.

Estábamos sentados en el salón. El programa había terminado pronto. Sybelle y Antoine se escabulleron temprano para una cacería rápida. No quedaba ya restos de las pertenencias de Louis. A solas, él y yo, soportando el paso del tiempo y del silencio. Sus lágrimas manchaban mi camisa blanca, pero eso jamás me preocupó. Intentaba consolarlo, pero no sabía las palabras adecuadas.

Siempre me pareció cautivador, con una mirada profunda más allá de lo que yo podía comprender, y me perdía en él como si fuese un misterio sin resolver. Tomé la decisión de besar su boca. Mis labios rozaron los suyos sin timidez, mi lengua se hundió abriendo sus dientes y se enredó con la suya. Él no opuso resistencia.

Podía notar como sus manos se convertían en puños, apretando las solapas de mi chaqueta. Mi corazón empezó a bombear como el de un adolescente, cosa que siempre seré y que no me importa ser en lo más mínimo. Sin embargo, me asusté cuando me percaté que podía estar pensando en él. Eso me alteró. Decidí cortar el beso y mirarlo con severidad. Él no lo hizo. Sus párpados estaban cerrados, su boca entreabierta y su expresión era dulce. Poseía unas mejillas sonrojadas muy hermosas, como si fueran melocotones maduros, y sus lágrimas le daban un aspecto similar al milagro de un santo. Un ángel. Sí, un ángel. Todos dicen que parece un ángel y es cierto.

—Benji...—susurró en un ligero murmullo, se acomodó en mi pecho y me abrazó con entrega.

—¿Me amas?—pregunté jugando con algunos mechones de su pelirrojo cabello.

—¿Por qué preguntas esa tontería?—dijo hundiendo su rostro en mi cuello, para dejar suaves roces de sus labios y una escueta lamida.

—Me amas, pero ¿por qué no tanto como a él?—lo tomé del rostro, pues quería ver sus ojos cuando me hablase. Necesitaba ver el verdadero efecto de mis palabras.

—Son amores distintos, pero igual de fuertes. No son comparables. Amo a todos, pero de forma distinta. Y, que no te quepa duda Benji, te amo. Te amo desde que te vi. Amo ese rostro ligeramente redondo, algo infantil como el mío y lleno de sabiduría. Cuando te veo a veces veo un niño, por la ilusión que derrochas, pero también al adulto que habita en ti y que sabe ofrecerme una compañía mucho mejor que cualquier otra—sus dedos desabrochaban mi camisa. Eran rápidos, finos y ligeramente fríos. Tenía la piel algo tostada por la exposición al sol de hace unas décadas, pero eso le imprimía una belleza sofisticada—. ¿No te basta?—preguntó justo antes de ofrecerme una lamida de comisura a comisura de mis labios.

Guardé silencio. Decidí que era mejor no reprocharle nada. Sus manos eran seda. No podía detenerlo. Me quitó la chaqueta, la camisa y el sombrero que ocultaba mi cabello revuelto. Sin mucho cuidado me revolvió aún más el pelo mientras se acomodaba sobre mis piernas.

—Tengo algo que me dio Fareed...—balbuceé cuando noté lo que pretendía—. Pero sólo tengo para uno...

—¿Dónde?—dijo apoyándose en mis hombros.

—En el bolsillo de la chaqueta—respondí—. No pensaba usarlo.

—Aja...—susurró impasible.

Veía dolor en sus ojos, pero también deseo. Una idea rondaba su cabeza. De inmediato agarró mi chaqueta, sacó el inyectable y me pinchó. Un delicioso calor me quemaba. Mis pantalones se abultaron. Él decidió bajar la cremallera y sacar mi miembro, de una proporción algo menor que el suyo. Sus dedos se movían suavemente, pero apretaban mi glande. De inmediato eché la cabeza hacia atrás sin saber controlarme. Él me besó en la frente, las mejillas, los labios y el cuello. Cuando quise darme cuenta se había quitado la ropa y se recostaba en el suelo, boca arriba, mirándome insinuante.

No me controlé. De un arrebato caí sobre él metiéndome en aquel estrecho agujero. Sentía la presión y su atenta mirada. Aquello era el paraíso. Era como beber sangre, pero aún más placentero. Era más cálido e íntimo. Mis manos se apoyaron en el suelo. Las suyas se acomodaron en mis costados y sus piernas se abrieron aún más. Levantaba su cadera, la movía al contrario que la mía, y en algún momento, sin yo desearlo, le llené con mi semen. Él sonrió dulcemente volviendo a besar mi rostro.

—Mi hombrecito... —susurró cerca de mi oreja derecha—. Ahora me has marcado como tuyo y puedo considerarte mi hombre. El único—dijo ayudándome a salir de él.


Me recosté a su lado, lo atraje hacia mí y decidió no decir nada. No sabía como tomar aquellas palabras. ¿Me estaba concediendo una nueva categoría? ¿Había ganado a la sombra de Marius? No quise preguntar. Sólo pensé que Fareed debía darme más de esos inyectables de hormonas.  

Memorias




—Supongo que tengo que aceptar todos los golpes que recibo—dije parando mis pasos a pocos metros de él. Él tenía una revista en sus mano, observaba minuciosamente las fotografías a color de las diferentes noticias artísticas de Francia. La pequeña tienda era acogedora, pero estaba a punto de cerrar. También sentía que se cerraba él a mí, a cal y canto, como si no quisiera entender mis palabras susurradas con desesperación y quebranto—. Es un misterio como mi temperamento sigue vivo junto a mi sonrisa—di un paso al frente y él me miró directamente a los ojos, dejando la revista en su lugar—.Te busco allí donde voy. Observo tu lento y elegante caminar, comprendo cada uno de tus simples movimientos y acepto esas miradas lejanas de reproche, tristeza y cínico placer. Jamás podría apostar por todos tus pensamientos, pero sé que te entiendo mejor de lo que crees. Me odias por todos esos planes desafortunados que hice contigo, por mi estilo de vida y por el carisma que no uso en tu contra—abrí mi chaqueta y acomodé mis brazos en mi pelvis. Miré un segundo hacia abajo, agachando la cabeza como si estuviese vencido, y al alzarla sus ojos parecían tener un brillo distinto. Creo que era el reflejo de los míos—. Ves en mí a un miserable que sólo sabe hacer promesas sin cumplirlas jamás. El fuego que arde en tu alma es tan fuerte como las simples palabras de reproche que me has lanzado sin pronunciarla.

—¿Y aquí es donde debo reír como colegiala y lanzarme a tus brazos?—preguntó sarcásticamente. Sus labios parecían más carnosos que nunca. Eran apropiados para besarlos y callar así sus hirientes palabras—. Dime. Quizás estoy equivocado—se giró por completo hacia mí, acomodando un mechón de sus largos cabellos ondulados, y guardó sus manos en los bolsillos de su americana—. ¿A qué has venido?

—Hoy he venido ante ti porque quiero aceptar que te necesito—afirmé con rotundidad—. En mi memoria siempre estás con una leve sonrisa amarga, extendiendo tus brazos mientras me aceptas a tu lado—. En ese momento, suspiró hastiado, pero me dejó continuar—. Nunca podremos huir uno del otro. Sé que has cruzado un océano para estar cerca, y ser así una estaca en mi perturbado corazón. Y yo, como es costumbre, he salido a tu encuentro completamente desesperado—acabé muy cerca de él, tras una zancada, tomándolo por los brazos. Pude apretar ligeramente mis dedos sobre esos brazos algo delgados, envueltos en aquella americana hecha a medida tan elegante, y le miré a los ojos directamente sin importar que me aplastara con sus esmeraldas—. ¿Alguien reza por nuestro amor para que lo conservemos? ¿Lo haces tú o lo hago yo por inconsciencia?

—¿A qué dios? ¿A uno ciego?—murmuró relajando sus brazos, para acomodarlos entorno a mi cuello. Sus largos y fríos dedos acariciaron mi cuello, y un par de mis mechones, mientras apoyaba sus muñecas sobre mis hombros cubiertos por mi adorada chaqueta roja. Yo decidí tomarlo por la cintura de inmediato—. ¿Vas a mirarme mucho tiempo como si fuese el culpable de todo y tú un corderito? Un cordero de Dios, por supuesto.

—Creí que quien amaba echarle la culpa al otro eras tú—dije con una ligera sonrisa canalla. Él arrugó la nariz y estuvo a punto de soltarse, pero de inmediato lo besé pegándolo contra la estantería.

Hay culpables. No hay inocentes. Todos somos lobos. Todos somos corderos. Sólo hay que aceptar los sentimientos y el destino. Nada más.

Aquel beso fue intenso. Sus manos rodearon mis marcado mentón, apretando dulcemente mis facciones, mientras sus piernas se abrían provocadoras. Mi rodilla derecha acabó rozando su entrepierna y el soltó mis labios para mirarme sin tapujos. Recordaba perfectamente nuestra primera noche. Mis atractivas mentiras y verdades, las sombras del puerto y el deseo contenido. No tenía que decir nada. Estábamos allí bajo la atenta mirada de la joven de la tienda, con París colándose de fondo por la puerta acristalada de la entrada y la suave llovizna que comenzaba a caer. Creo que volví a enamorarme una vez más. Como siempre lo hago. Cada vez que lo tengo cerca caigo de nuevo en su extraña dualidad y sus elaboradas mentiras, tan similares a las mías. Un par de monstruos hermosos en medio de la capital del amor.

—Te amo—dijo abrazándome con fuerza. Dejó atrás ese siniestro muro de indiferencia y extraña fortaleza—. Lo he dicho otra vez, como un maldito idiota, y sin importarme nada. ¿Estás feliz?

—No—respondí provocando que frunciera su ceño—. Yo también te amo—susurré apretándolo contra mí—. Ahora sí. Estoy feliz por mi osadía—me aparté de él, para tirar de su mano y hacerlo caminar bajo la lluvia—. ¡Al carajo todo! ¡Volvamos a ser esos dos caballeros de otras épocas!

—¿Pero tiene que ser bajo la lluvia?—preguntó dejando que la lluvia empapara su rostro.

—¿Por qué no? ¿Temes enfermarte? Oh, vamos... —dije entre carcajadas—. ¡Ya deberías conocerme!

—¿A qué te refieres?—susurró confuso, apretando su paso para aferrarse a mi brazo derecho. Sus dedos se entrecruzaron con los míos y su cabeza se apoyó en mi hombro.

—Hago mil locuras a diario, pero no me arrepiento de ninguna. No. No me gusta—comenté mirando al frente. El paisaje urbano era hermoso, podía decirse que una delicia, y él jugaba nervioso con mis dedos. Siempre mostraba una imagen seductora, elegante y firme. Podía parecer un cordero, un ángel de Dios o un brutal asesino. Tenía su carácter. Conocía todas sus facetas. Esa, sin duda alguna, era la más ilusa. Louis siempre desnudaba su alma sin percatarse, pues conmigo no podía ponerse una máscara. Conocía bien el significado de cada una de sus miradas y sus actos—. Quizás crearte fue la mayor de todas, pues muchos siempre te han catalogado del más débil de todas mis creaciones. Tal vez por eso siempre he intentado protegerte incluso de mí mismo. Pero tú no eres débil. Juegas muy bien tu papel. Eres un asesino astuto. Ahora posees una fuerza maravillosa, Louis—me detuve en mitad de la calle, le tomé del rostro de nuevo y volví a besarlo compartiendo unas gotas de mi sangre. Sus mejillas se ruborizaron y sus ojos se llenaron de un brillo aún más especial que el de minutos atrás—. Para mí eres el más peligroso, pues matas indiscriminadamente como las criaturas más perfectas de nuestro supuesto creador. Eres como una pantera, un león, un lobo o cualquier animal que mata por instinto. Eres un animal de instinto aunque quieras aparentar ser un caballero—dije acariciando sus pómulos con mis pulgares—. Muy similar a mí.

—Instinto—musitó.

—Instinto, cher—repetí.

De inmediato me abrazó salvaje, como un animal herido se lanza a su captor, para besarme con una pasión inconcebible. Me abrió la chaqueta y coló sus manos bajo mi arrugada camisa negra. Palmó mi vientre y el borde de mi pantalón, deslizó sus dedos por mis costados y palpó mis pectorales, mientras su lengua se desenvolvía con furia en mi boca. Paró bruscamente el beso con un mordisco en mi labio inferior, un pequeño sorbo de mi sangre se escapó a su boca, y luego me miró.

—Louis... —balbuceé.

—Llévame a tu maldito refugio y sigamos la discusión allí—chistó bajando sus manos, no sin antes provocarme al arañar mi piel—. Supongo que es lo más sensato. Y, aunque sea un animal de instinto, mi instinto me obliga a ser sensato. No como tú, mon coeur—dijo girándose suavemente mientras caminaba unos pasos frente a mí.

Yo caminaba, es cierto, pero no podía dejar de pensar en sus caricias y su boca compartiendo conmigo tantos secretos.

Al pasar por una calle, sin tránsito alguno de vehículos o personas, ambos alzamos el vuelo, como si fuéramos dos aves migratorias, hacia el castillo. No tardamos más de unos minutos. Al llegar allí lo conduje a mi habitación. En una pequeña nevera, situada a pocos metros de la cama, había un pequeño frasco y una jeringa. No dudé en administrarnos las hormonas como una vez hizo Fareed conmigo. De inmediato nuestras ropas se perdieron y él acabó recostado en la cama, entre los mullidos almohadones y las sábanas revueltas, mientras abría sus piernas incitándome a penetrarlo tan fuerte que el cabezal chocó contra la pared de piedra.

El primer gemido erizó mi piel. Sus manos se aferraron a mis hombros, clavando sus uñas, mientras abría fiero su boca mostrando sus colmillos. Tenía los ojos ligeramente cerrados, pero los míos no perdían detalle. Cada movimiento de mi pelvis era más rítmico, pero también más violento. Sus muslos me contenían con el calor que nunca poseyeron. Su miembro se encontraba duro, envuelto en su suave vello rizado y negro, y se rozaba contra mi vientre. Mis gemidos llegaron a ser tan altos como los suyos y él no dudó en buscar mis labios.

Recordé que la última vez que estuve en una situación similar, en aquel castillo, fue a escondidas con Nicolas. Él no hacía ruido y sólo me empujaba a dejarme llevar. De pie, en un rincón oscuro, de espaldas a mí y con las manos aferradas al muro le hice el amor más brusco que conocía. Louis decidió buscar la comodidad, pero también la perversión de dejar huella en mi cama. Ya no sería igual dormir allí. No podría ver mi lecho desvinculado a ese acto.

Su respiración se agitaba, nuestros corazones bombeaban con fuerza, y cuando quise percatarme él eyaculaba manchando mi vientre. Tuvo unos ligeros espasmos que me provocaron de manera deliciosa. Acabé dentro de él, mientras sus muslos me apretaban entorno a la cadera. Al salir noté como sus piernas temblaban. En realidad, él temblaba de pies a cabeza. Un par de lágrimas mancharon sus mejillas, las mismas que yo lamí notando la sal y la sangre en cada gota.

—Gracias por crear conmigo estas salvajes memorias—susurré cerca de su oído.


Él no contestó nada. Tan sólo me abrazó.

Lestat de Lioncourt   

martes, 14 de abril de 2015

Esperanza

Espero que sean felices. Es lo único que pido. Que Michael haga feliz a Rowan y Rowan a Michael. 

Lestat de Lioncourt

La he contemplado mil veces. Su curvilínea figura queda oculta tras la robusta bata de doctora. Sus cabellos, antaño cortos, siempre están ligeramente recogidos, despejando su frente del largo flequillo, mientras algunos mechones se escapan tras el arduo día de trabajo. Tiene el rostro sereno, casi inexpresivo, mientras ojea los informes una y otra vez. Sus manos, precisas en el quirófano, parecen dudar cuando juega con sus dedos sobre el teclado. Investiga arduamente cada noche, la luz de su despacho jamás se difumina, y el murmullo del motor de la torre de alimentación es continuo. Sus labios quedan manchados por un café solo, sin leche, tan intenso como delicado. Busca los pequeños placeres pese al dolor, la incomprensión y el terror significado de la muerte. Sabe que sus pacientes no siempre tienen cura y que ella, a pesar de todo, no es Dios. Intenta ser benevolente, pero es incapaz de aceptar la ineficacia o la tardanza. Siempre viste pulcra, con colores neutros y sin perfumes fuertes. Jamás se ha pintado los labios, echado algo de maquillaje o alargado sus rubias, espesas y grandes pestañas. No importa si está en casa o en el despacho. Si está perdida en su mundo de medicina, ciencia y trabajo duro jamás la verás perdida, dejando la mesa un segundo o permitiendo que el teléfono suene demasiado tiempo.

Sé cada uno de sus gestos. Tras tantos años he aprendido incluso a diferenciar el sonido de sus zapatos. Instintivamente sé cuando es un buen día, un mal día o un día pésimo. También conozco las palabras que no me dice y aquellas que necesita ocultarme porque cree que es lo correcto. Ella cree que no me importa en lo más mínimo sus pequeñas mentiras, pero las sé todas y me afectan. Sé cuando llora hundida en la miseria de saber que el tiempo pasa, los años fluyen y nosotros seguimos como aquella noche. Esa noche terrible. Nos cambió la vida. Nos dejó sin sueños. Y aún así seguimos juntos, intentando ser tan fuertes como la vivienda misma, y apreciamos el momento como si fuese, pese a todo, a tener una felicidad duradera.

Son los pequeños detalles, esos que no solemos recordar muy seguido, los que nos hace felices aunque nos hundamos. No hay risas de niños, no hay flores en los jarrones y tampoco fiestas exuberantes. Sin embargo, hay vida. Conocemos la vida. Tenemos una intimidad apetecible. Algo en nosotros se mueve y nos altera. Hemos tenido sueños intranquilos en las últimas noches. Ella creía tener una hija. Yo creí poder ser padre. Al despertar hemos aceptado la incómoda realidad. Envejecemos a solas, sin risas, ni fiestas de cumpleaños, ni olores infantiles, ni dibujos mal pintados en la nevera y tampoco hay ojos expectantes que nos miren como si fuésemos héroes.

Llevo en silencio varias horas. La contemplo en su pequeño despacho en ésta inmensa mansión. No hay heredera aún para el legado. Nadie es lo suficientemente fuerte para aceptar un desempeño tan terrible. Los Taltos parecen ejercer un papel fundamental. Ellos no aceptan a otros. No quieren a nadie elegido de la nada. Las mujeres no son tan fuertes como ella, Mona o cualquiera de las antiguas descendientes del glorioso Julien. Nadie es capaz de superar las expectativas.

—Si se puede sacar ADN vampírico, modificar su estructura y crear un hijo, ¿por qué no lo intentamos?—he dicho con cierto libro en las manos. Conozco al autor. Él es Lestat. Ella lo amó, deseó y tuvo entre sus manos. No niego que tengo sentimientos encontrados, pero no puedo controlar los sentimientos que ella posee.

—Michael... —dijo sin mirarme—. Debería ser sincera contigo, ¿no es así?

—Sí, creo que sería lo correcto—contesté cerrando el libro.

—He estado experimentando con nuestros genes, pruebas de tejidos y aquella prueba de semen que te pedí—explicó incorporándose—. No lo he dicho antes porque no sabía tu reacción—dijo.

De nuevo se hizo el silencio. Un silencio que podía tachar de dramático, pero más bien era un silencio crucial. Se aproximó a mí. Llevaba aquella noche los zapatos bajos, aunque con un pequeño tacón que sonaba sobre las baldosas, y un traje poco ceñido, el cual ocultaba del todo con la bata. Ni se había cambiado. Iba igual que en el hospital.

—Hay posibilidades de tener un hijo. Más adelante te diré todos los pasos... No es seguro aún—sus manos temblaban—. No lo llevaré en mi vientre, pero será nuestro.

De inmediato me incorporé, tomándola entre mis brazos, para comenzar a besarla desesperadamente. Mis labios se apoderaban de los suyos, mis manos desnudaban su figura y ella se apoyaba en mis hombros. La felicidad había llegado. El deseo había comenzado. Sabía que un hijo era lo que nosotros siempre teníamos como un anhelo, un pequeño deseo, algo que no se podía olvidar pese a los años. Era inalcanzable, pero en esos momentos se tocaba con la punta de los dedos.

Creo que la vi más atractiva que nunca. Temblaba como una hoja. Parecía una colegiala. Incluso se ruborizó. Me miraba asustada y esperanzada. Podía leer en cada una de sus facciones una absoluta entrega y necesidad. Quería hacerme feliz, pero también sentirse completa. Ella no llevaría el fruto, pero nacería siendo hijo de ambos.

La bata cayó a los pies de sus zapatos negros, su vestido, también oscuro, se abrió con facilidad al deslizar la cremallera. Su ropa interior no era provocadora, pero me excitó. Aquellas pequeñas bragas blancas, de algodón, me recordaron a la inocencia que parecía haber encontrado nuevamente. Tras la copa de su sujetador estaban sus pezones ligeramente cafés, duros y erguidos. Sus pechos eran aún turgentes, pese a todo lo que habían vivido, y su piel era tan suave como siempre.

Sus manos se movían rápidas. Quedé desnudo sin la camisa y con el vaquero bajándose con rapidez. Mis zapatos quedaron junto a los suyos y nuestros cuerpo se pegaron. Besaba lentamente su cuello, notando como terminaba riendo bajo con nerviosismo, mientras mis dedos rozaban su cintura. Caímos sobre el suelo, yo encima de ella, mientras seguíamos besándonos otra vez con esa avidez habitual en los matrimonios jóvenes, pero no en uno que llevaba unos veinte años aguantando las terribles consecuencias de un pasado que no era nuestro.

Sus manos acariciaban mi vientre, jugando con el escaso camino de vello que llegaba hasta mi ombligo, para luego bajar hasta mi entrepierna. Sentí sus dedos apretados entorno a mi glande, para luego deslizarse hasta la base. Ella me miraba con deseo y yo jadeaba intensamente. Quería tenerla. Me endurecía con facilidad al pensar que tendríamos la felicidad que queríamos, estaríamos completos y podríamos discutir sobre algo más que el silencio que en ocasiones se ejercía entre ambos.

Mis dientes rozaron sus clavículas, que se marcaban sutilmente, mientras sus brazos rodeaban mis hombros anchos. Sus uñas comenzaron a deslizarse por mis omóplatos, buscando encajarse donde mis costillas y caderas. Sus muslos siempre me parecieron cálidos y torneados, igual que sus largas piernas, los cuales me aprisionaron mientras, sin demasiados preparativos, ella me invitó a entrar con deseo. Lo hice lentamente, sintiendo la presión alrededor de mi miembro.

Acabé hundiendo mi rostro entre sus pechos, mordisqueando y lamiendo los pliegues de éstos, mientras sus caderas se movían junto a las mías. Los gemidos de su boca se escapaban junto a los míos. El sudor empezaba a perlar a ambos pegándonos aún más. Sus piernas se aferraron más a mí, igual que sus uñas. Mis caderas cada vez se movían más rápidas. La observaba con necesidad. Habíamos estado alejados por demasiado tiempo.

Los mordiscos empezaron por su parte. Sus labios rozaban mi cuello, sus dientes rozaban mi piel gruesa y su aliento rozaba mi oreja. Esa respiración agitada me enloquecía. Cada movimiento era más rápido. Mis manos buscaban sostenerla. Sus músculos apretaron aún más mi miembro. Empezaba a llegar a su orgasmo, al igual que yo. Cada movimiento me había llevado al éxtasis. Sus músculos me estaban ayudando a llegar con ella. Mi voz empezó a ser más ronca y mis movimientos más rápidos. Pronto llegué al final, pocos segundos después ella.


No me moví. Me quedé allí. La observaba con ternura y deseo. Ella me miraba confusa y con necesidad. Me abrazó ocultando su rostro en mi pecho. Tenía miedo. Podía notar que temía que no funcionase. Sin embargo, yo siempre he mantenido la esperanza. Esperanza que se avivaba con fuerza.  

viernes, 10 de abril de 2015

Mi primer amor

Él fue mi primer amor, por eso hoy le rindo tributo. A ti, Nicolas.

Lestat de Lioncourt


—¿Por qué eres así?—recuerdo su voz quebrada y sus manos temblorosas agarrándome de la solapa de mi chaqueta—. ¡Dímelo! ¡Dímelo! ¡Maldita sea! ¡Dímelo!

Jamás había amado de esa forma. Nunca tuve la fortuna de sentirme desgraciado al contemplarme en los ojos de otro. Quería limpiar todas sus lágrimas y dejarlo libre, lejos de mi desgracia y mis falsas promesas. Había recitado mil veces la misma oración, como si fuese el rezo a un Dios que todo lo puede. Juré que nos iríamos de aquel pueblo, olvidando sus tierras de labriego y las montañas que aún eran refugio de fieros lobos. Sin embargo, tan sólo era capaz de quitarle la ropa con engaños y abrir sus piernas para disfrutar del calor de su cuerpo.

Esas manos que me acariciaban, haciéndome llegar al cielo, en esos momentos se crispaban y deseaban golpearme. Sus labios, que siempre eran atentos y apasionados, se torcían mientras dejaba que las lágrimas los humedeciera. Sentí una impotencia terrible y deseé besar su boca mil veces. Quise llenar su rostro de pequeñas caricias y besos, como si fuese una imagen sagrada y yo un pobre diablo.

—¡Me juraste que nos iríamos! ¡No quiero besarte a escondidas!—gritó soltándome, para caer de rodillas al fallarle las piernas.

—Nicolas...—dije inclinándome.

Mis manos lo tocaron con cuidado, tomándolo del rostro, secando con cuidado sus lágrimas. Me arrodillé junto a él, sintiendo como el suelo crujía bajo mis rodillas, y juro que quise tener las palabras adecuadas. Sin embargo, sólo podía decirle que le amaba.

—Te amaré ahora y siempre. Yo sé que éste amor será eterno—apoyé mi frente contra la suya—. Pero si mi familia lo supiese... morirías. Mis hermanos me han ofrecido sus más dulces caricias, ya los conoces. Unas caricias que me han destrozado las costillas y dejado sin caminar correctamente durante semanas—deslicé mis dedos por sus cabellos castaños y le robé un beso.

Aquel beso fue amargo. Sin embargo, comprendí que debíamos irnos. Tenía que dejar a mi madre, absolutamente moribunda, para poder vivir. Era mi tiempo. Tendría que hablar con ella. Mi corazón se rompía en mil pedazos y Nicolas, en esos momentos, estaba a punto de marcharse de mi vida. No podía permitir que me arrebataran a la única persona, además de mi madre, que me había comprendido.



lunes, 6 de abril de 2015

Ese odio tuyo...

—Deja de mirarme así—dijo ocultándose tras el grueso ejemplar que había adquirido la noche anterior—. ¿No tienes nada mejor que hacer? Como salvar al mundo de tu existencia.

—No—negué suavemente con la cabeza, me senté en el sillón frente a él y crucé las piernas con elegancia. Mis botas estaban llenas de fango, mi camisa se encontraba algo deshilachada y el chaleco era un desastre. Tenía el cabello suelto, como si fuese la melena de un león, y mis ojos, casi violáceos, brillaban con los matices de un diamante.

—Lástima... —murmuró cerrando el libro, dejándolo sobre la mesa anexa al sofá y me miró desafiante. Tenía los ojos tan verdes como los de un gato negro. Siempre pensé que eran tentadores. Dos perfectas esmeraldas cargadas de desasosiego y cinismo. Esos labios, tan carnosos, estaban colocados en una boca que se torcía con cada uno de mis devaneos—. Las putas estarán triste porque no has ido a verlas, aunque mírate. ¿Cómo te atreves siquiera a seguir así vestido?

—¿Qué tiene de malo? Sólo estuve cabalgando por la plantación—dije frunciendo el ceño—. ¿Acaso no luzco espectacular pese a todo?

—Claro... he oído que las mujeres pierden el juicio por los golfos sin remedio como tú—contestó con una sonrisa frívola, imitando a la mía, para luego mover las manos como si tocara el piano—. Descarados, orgullosos, intérpretes de canciones de taberna y sin modales—dijo formando dos puños con sus manos—. Eres incorregible. No te soporto...

—¿Deseas que te confiese un secreto?—murmuré inclinándome hacia delante—. Yo a ti tampoco te soporto—susurré.

Noté como hizo un leve gesto de disgusto, pero cambió el gesto para mostrarse tranquilo y digno. No dijo nada más. Regresó a su lectura, aunque lo notaba incómodo. Sabía que si le confesaba el amor que sentía por él, ese que notaba tan mutuo e íntimo entre los dos, quedaría desarmado mostrando todas mis cartas.


Lestat de Lioncourt   

sábado, 28 de marzo de 2015

Celebración

No estoy celoso, pero yo también puedo hacer que Rowan pierda la cabeza... 
En fin, un relato de Michael y Rowan... unas memorias. 

Lestat de Lioncourt


Hacía rato que había oscurecido. Eran más de las diez de la noche. El reloj era incapaz de detenerse. Las manecillas estaban prácticamente matando el tiempo. La cena se enfriaba sobre el delicado mantel de lino, las velas estaban prácticamente consumidas, la tarta era un complemento dulce que no apetecía y el champán parecía todavía tener la esperanza de ser descorchado. Frente a esa cena estaba él, esperando como siempre. Otra vez. Una noche más las obligaciones habían podido a una cena. Su espera era innecesaria. No importaba cuál era el motivo, simplemente era el hecho de haber sucumbido de nuevo a una ilusión banal. Ella no había regresado a casa, pero ni siquiera había avisado. Rowan estaba más interesada en el Hospital Mayfair que en su matrimonio. Siempre fue así. Su mente siempre estuvo perturbada por el dolor y el pánico a ser una asesina, pero él sabía que no era cierto. Jamás la juzgó de ese modo.

Él había terminado sus obligaciones, y ella parecía estar siempre obsesionada con las suyas. A veces creía que era sólo una excusa. Decidió telefonear, pues tomó la decisión de ir a buscarla. Pidió que sacaran la limusina del garaje donde la guardaban y fuesen a por él. No quería conducir, pues ni siquiera deseaba mirarse al retrovisor.

Eran algo más de las once cuando llegó al hospital. Aguardó unos minutos, observando la imponente fachada, para luego ver a Oberon de pie, mordisqueando un donut de glaseado blanco con un cartón de leche en la otra mano. No hizo caso a sus ojos curiosos, tampoco a su bata y su indómita figura tan alta como siniestra.

Hacía dos décadas que había ocurrido la gran tragedia. Ese hijo, tan esperado, se convirtió en un monstruo que terminó sembrando el dolor. Realmente el paraíso, ese Edén que tardó en germinar, estaba siendo destrozado por la inconsciencia des un monstruo, un ser, que era similar en características a ese muchacho, ese que bebía inocente aquel cartón y parecía tan sólo un joven médico que miraba con curiosidad las acciones de quien era su “abuelo”.

Salió del vehículo, entró en el hospital ofreciendo un ligero ademán al Taltos y se internó por los pasillos buscando a su mujer. Se creía en su derecho. Hacía diez años que ella ya no tenía esas terribles pesadillas. Tardó en reponerse, pero al fin lo había logrado. Eran diez malditos años de noches tranquilas. Habían superado todo y conseguido volver a ser un matrimonio. ¿Por qué ella no lo veía igual? Diez años sin Lasher sonriendo burlón a los pies de su cama.

Giró hacia la derecha de un profundo pasillo, se colocó frente a la puerta barnizada de blanco. No llamó. Tomó el pomo y lo giró. Entró en el despacho, y se quedó allí de pie observando sus informes. Ni siquiera había prestado atención a la ligera corriente de aire que había entrado en la habitación.

Tenía el rictus serio y mostraba cierta preocupación. Usualmente siempre observaba de ese modo sus interminables semblantes. No se detenía demasiado en cada hoja, pues sólo firmaba las altas que ya había concedido, así como otros documentos para pruebas médicas que ella misma había pedido el día anterior. Ni siquiera se detuvo un instante. Continuaba pasando y firmando hojas y hojas de informes. A veces ser la directora del hospital Mayfair era demandante y estresante.

—Oberon, por favor, ve por los informes de Pediatría—mencionó confundiéndolo. Ni siquiera había reparado que aquel hombre, el de la puerta, era mucho más fornido y no tenía ese sutil aroma.

—Está cenando, almorzando o lo que quiera que sea ese grasiento donut y ese litro de leche—explicó cerrando la puerta tras él—. Cosa que nosotros deberíamos haber hecho hace más de una hora—no la miraba serio, pero sí preocupado. Estaba frente a la mujer que amaba, la misma que tenía ojeras y el cabello revuelto—. Enfermarás si sigues así.

—Michael, dile a Oberon que suba ahora mismo. Necesito esos informes con urgencia—respondió sin prestar mucha atención lo demás—. En diez minutos termino y nos vamos—continuó apresurada firmando y viendo, con el rabillo de sus enormes ojos grises, el reloj sobre su escritorio.

—Puedes continuar con eso mañana. O puedes permitir que Oberon tome tu lugar—respondió acercándose a ella—. Has logrado que estudie neurocirugía, pediatría y psiquiatría. Es tan brillante como tú, pero lo sigues usando de chico de los recados. Rowan... hoy es un día especial y estás aquí encerrada, ¿esperando a qué?

—Oberon es el jefe de Pediatría, por ello le pido esos informes—respondió, sin reparar en nada más.

Los pasos acelerados de Oberon por el pasillo, tras su dosis de energía, sonaron precipitadamente cerca de la puerta. No llamó, pues él sí quería descansar. Llevaba dos días sin siquiera cerrar los ojos. Miravelle le esperaba en la habitación que compartían. Deseaba tener un momento de calma. No quería ser como su padre, encadenado al trabajo y tan serio, como gris, para acabar muerto.

Apoyó su frente, junto con su rebelde flequillo negro, sobre la puerta. Pensó en huir. Podía hacerlo. Sin embargo, Ryan, y todos los Mayfair, les echaría el guante antes de salir de New Orleans. Además, no tenía acceso a los bienes de su padre ni se marchaba de la familia. Odiaba con todo su corazón aquello. Detestaba saber que aquel lugar sería su lápida, su ruina, su mundo... el laberinto donde él, un Taltos, sería el Fauno encarcelado por una bruja.

Se apartó unos instantes, pues con su agudo oído logró escuchar la discusión. Temía que se elevara el tono. No quería ver discutir a otra pareja como ocurría con Morrigan y Ashlar, sus padres, y tampoco quería que esa discusión terminara como una tormenta sobre él.

—Los informes—dijo entrando, para dejarlos sobre la mesa. Una vez hecho eso, tomó un bote de su bata, que no era otra cosa que yogur líquido natural, para beberlo de un solo trago mientras salía de allí.

Michael sólo los observaba. Primero a él, luego a ella y por último a los informes. No saldrían de allí en horas. Estaba empezando a perder la paciencia. Sin embargo, sólo guardó sus sentimientos y

—No están firmados...—dijo dando un carpetazo. Se echó hacia atrás en la silla, y se incorporó con molestia. Llevaba un pantalón gris y una blusa a juego, pero su bata cubría gran parte de su figura y la hacía imposible de descifrar. Llevaba unos tacones no muy altos, pero al moverse hacia la puerta sonaron con fuerza. Había tomado entre sus manos los documentos. Quería arrojárselos a la cara a Oberon, pues no permitía que no cumpliese su trabajo.

El Taltos se había escabullido hasta su dormitorio. Allí estaba Miravelle recostada leyendo una revista de moda y complementos. Su otra hermana, mucho más salvaje, había ido al campo de tiro y aún no estaba de regreso. Lorkyn vivía apartada de ambos, llevaba la administración y las subvenciones. No quería trato con otros. Miravelle era recepcionista. Ella no quería trabajo pesado con informes, pero sí atender a otros. Tan distintas y tan deseables. Oberon había huido para sentir los brazos de su hermana, la cama bajo su cuerpo y la sensación placentera de al fin, pese a todo, descansar. Pero Rowan iba hacia allí dispuesta a que siguiese trabajando. Tras ella iba Michael.

—Puede hacerlo más tarde...—murmuraba con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta.

Ella se giró ligeramente, para tomar contacto visual con Michael, frunciendo el ceño con desaprobación. Acabó tomando una pluma del bolsillo de su bata, las cuales a penas se veían en el bolsillo, y se dirigió hacia la habitación del joven macho Taltos.

Los pasillos parecían interminables, pero pronto llegaron a la planta indicada y la puerta tras la que se encontraba Oberon junto a Miravelle. Ambos estaban tumbados en la cama disfrutando del silencio y del aroma que desprendían. De inmediato abrieron la puerta y cuando, Oberon, la vio aparecer gruñó bajo. Estaba en los brazos de su hermana, siendo besado y consentido. Él quería estar con la hembra y no pasearse ni un minuto más por los pasillos.

—¿Qué?—masculló—¿Vienes a darme con el látigo porque no fui un buen esclavo?

—Si hicieras bien tu trabajado no tendría porque venir a buscarte—respondió seria, entregado los documentos—. Los necesito firmados, hoja por hoja. Conoces el proceso no es la primera vez que lo haces, por favor.

—No, no es la primera vez. Sin embargo, llevo dos días sin dormir y ni siquiera sé ya como firmar todos esos documentos. ¿Por qué no admites la maldita firma electrónica? Modernízate. Moderniza este lugar. El trato humano, si es que lo hay, que quede con los pacientes y no con los informes—ni movió un músculo. No pensaba moverse. Tenía náuseas y se sentía agotado. Aquello era el infierno. Deseaba gritarle que era una explotadora y su compañera, en pediatría, una maldita bruja sin escoba.

—Oberon, puedo leer tus pensamientos ahora mismo...—murmuró alzando suavemente sus cejas, para luego volver a fruncirlas—. Por favor, haz lo que te he pedido—. En su tono de voz comenzaba a enojarse y desesperarse. Detestaba ese carácter tan similar al de Mona, por lo que si continuaba de esa forma perdería la compostura.

—¿Quién te dio permiso a leer mis pensamientos? ¿Mi padre? Ay, no... espera... que está muerto—dijo con una sonrisa cínica—. Los tendrás mañana. Son de altas, Rowan, altas que ya se han dado verbalmente y que los pacientes saben que podrán salir el próximo lunes. No se necesita ahora mismo. Puedo hacerlo mañana sábado—se incorporó en la cama, pero no salió de ella ni de los brazos de su hermana—Además, si no te vas a casa Michael se buscará a otra que le caliente la cama. ¿Verdad abuelo?

Michael sólo apretó los puños y suspiró exasperado. Ella no era la única en esa habitación que estaba por perder los papeles. Rowan al escuchar aquel comentario, entró del todo en la habitación, se acercó a él y lo abofeteo. Terminó por hacer explotar una vena en su nariz, le observó llena de furia. Había hecho lo último inconscientemente, pero ya no podía controlar ni su mal carácter ni sus poderes.

—¡Me golpeas porque sabes que es cierto!—gritó, mientras Miravelle lo abrazaba e intentaba limpiar su herida.

—Rowan, deja esos informes para otro momento—dijo tomándola de los hombros por detrás.

—Si no fuera por mi estarías muerto y congelado como tus padres—hizo una breve pausa para contener su dolor. La muerte de Ashlar significó algo terrible para todos, al igual que la muerte de Morrigan. Jamás pudo explicarse. Michael nunca pudo tener una última conversación con su hija. Aquello fue terrible para todos. Aún así lo que decía era cierto. Ella se encargó de los tres y los rescató de aquella isla—Así que ten mas respeto—concluyó.

—Que bien... ahora amenazas.... Michael, échale un polvo que lo necesita—murmuró con una ligera sonrisa burlona.

El enfado de Rowan aumentaba, y antes de hacer alguna locura decidió lanzar los informes a su cara. Un rostro con unos rasgos tan similares a los de su padre, pero con algunas facciones de Michael. Sin embargo, era irreverente y descarado como su abuela y su madre. Morrigan y Mona siempre fueron dos bestias salvajes decididas a decir lo que pensaban, sin necesidad de ser sutiles. Deseaba arrancarle la lengua por su mal comportamiento, por cada una de sus palabras, pero se contuvo.

—Rowan...—la tomó de los brazos, la atrajo hacia él y la abrazó besando sus mejillas—. Vamos a casa, pues es tarde.

—Firmarás todos y cada uno por ambos lados, antes de las siete de la mañana.

—Lo hará, pero permite que descanse—dijo abrazándolo. Miravelle tenía una voz dulce, una mirada aún más dulce, y poseía un aura taimada que sus hermanos no poseían.

—Vámonos—dijo sosteniéndola. No la dejaría. Michael quería marcharse de una vez.

—Y si no puedes con este trabajo, será mejor no sigas—le dedicó una fría mirada retirándose por el pasillo dejando atrás a su marido.

—Lleva dos días trabajando, tiene la edad de un adolescente prácticamente... no esperes demasiado—decía con las manos metidas en el bolsillo—. Piensa que necesita unas vacaciones. Han estado aquí recluidos por casi veinte años. Me preocupa que puedan enfermar.

Rowan lo ignoró dirigiéndose a su oficina, pero se detuvo frente a su escritorio tratado de calmar su furia. Él seguía tras ella. Ambos eran polos opuestos en ese momento, como casi siempre.

—Podríamos ir a casa, calentar la comida y tomar un poco de champán... aunque si prefieres tengo vino—murmuró—Compré un Rioja Gran Reserva del 2009...

Deseaba romper esa tensa calma, cambiar la conversación, dirigir cada palabra hacia otro punto y sosegar esa rabia.

—Vamos—respondió derrotada, tomando su bolso y apagando el ordenador.

Los pasos de ambos sonaron por los pasillos. Las enfermeras se despedían con una agradable sonrisa. Aquello parecía más un hotel que un hospital, pues había sido construido con la idea de auténtico confort. No olía antiséptico, sino a un agradable aroma mezclado con la fragancia de los Taltos. Durante el viaje no habló, tan sólo se dedicó a mantenerse a su lado rodeándola. Deseaba tenerla pegada a él, como hacía tiempo, encontrando en su mirada pasión y no sólo cansancio y molestia. Ella recostó su cabeza en el hombro derecho de Michael, cerró los ojos y entrelazó sus manos con las de él. Michael jugaba con sus dedos, pero soltó sus manos para rodearla por la cintura, colando sus manos bajo la bata que aún llevaba. Hacía semanas que desconocía que ocultaban sus ropas. Más bien hacía más de dos meses que ni siquiera era capaz de hacer algo más que contemplarla malhumorada, cansada y agobiada.

—He descuidado mucho mis obligaciones como esposa Michael. A veces creo Oberon tiene razón, y me dejarás por otra más joven. Una que te de hijos y no monstruos como yo. He descuidado hasta inclusive a Hazel.

Hazel era ese milagro genético. Una niña que al fin habían podido tener entre sus brazos. A él no le importaba quien era su padre, pues para Michael la niña era suya. Cuidaba a la pequeña cada día al volver de la empresa que tenía en la ciudad, la cual cada vez tenía mayores colaboraciones con otras importantes por todo el país. Sin embargo, sus obligaciones como padre jamás estaban desatendidas, ni las de dulce y atento esposo. Ella no era así. El trabajo la absorbía porque era una forma de no pensar, de no sufrir, de no padecer... Trabajar, para Rowan, era su medicina y su forma de canalizar el dolor.

—Por ese motivo has terminado perdiendo el juicio—murmuró recostando su espalda en el respaldo, permitiendo que sus largas piernas se estiraran sobre la moqueta de la limusina—. Rowan, siempre te espero... jamás te cambiaría porque no podría arrancarme el corazón.

Observó el rostro de quien era el hombre de su vida. Sólo a él le había dado por entero su corazón. Tenía unas facciones duras, pero hermosas. Era el rostro de un hombre irlandés, curtido así mismo, pero con unos ojos que aún levantaban cierta ternura y esperanza. Acabó llevando la diestra a una de sus mejillas acariciándola. -Michael...—susurró con sensualidad, para finalmente acabar devorando sus labios como aquel primer encuentro entre ambos.

Él se perdió por unos segundos en sus ojos grises, sus manos acariciaron su cintura y subió hasta sus pechos apretándolos. Sintió que su cuerpo cedía ante el deseo. De inmediato, sin poder contenerse, la recostó en el asiento y le abrió la blusa, sacando sus pechos, para mordisquear los pliegues cálidos de éstos, sus pezones y el canalillo. Sus dedos, hábiles aunque desesperados, buscaban abrir el botón de su pantalón para bajarlos y deshacerse de ellos. La quería desnuda bajo su cuerpo. Necesitaba que la tapicería de la limusina se pegara a la espalda de Rowan y se convirtiera en una segunda piel, así como la suya.

Rowan estiró la mano torpemente hasta dar con el botón de cierre de la ventanilla del conductor. No deseaba oídos indeseados, ni ojos y tampoco murmullos que rompieran ese momento. Rápidamente agarró la camisa blanca, de impecable algodón, que llevaba Michael, para tirar de ésta y hacer estallar todos los botones. Éstos salieron despedidos desperdigándose por todo el vehículo, los cuales incluso impactaron contra los cristales de la limusina. Sus manos bajaron por su torso, marcado aún hoy por el esfuerzo físico que hacía pese a sus problemas de salud, y las deslizó hasta el borde de su pantalón. Allí abrió el cinturón, el botón del broche del pantalón y el cierre, para palpar su miembro por encima de la ajustada y negra ropa interior. Percibió que ese miembro ya estaba despertando, lo cual provocó que apretara sus dedos entorno a él y lo acariciara con mayor deseo. Su vagina se humedecía y calentaba. Sentía un ligero calor que subía de entre sus piernas hasta sus pezones, los cuales estaban ya duros por los mordiscos y cuidados de Michael.

Su barba bien cuidada rozaba su torso. Hundía su lengua entre sus senos, mordía su vientre y subía hacia sus clavículas. No dudó en agarrar con firmeza su mano derecha con la suya diestra, para llevarla dentro de su pantalón que había logrado desabrochar. Dentro, incluso en el interior de su ropa, despertaba su grueso miembro que tanto anhelaba su contacto.

—Michael... —murmuró, entre jadeos, masajeando su miembro. Pero acabó sacando sus manos de su ropa interior y jaló hacia abajo todo lo que le cubría, del mismo modo que ella retiró su pantalón y bata de médico.

Desnuda bajo su cuerpo, con aquella estrecha cintura que acentuaba sus caderas y mostraban unos muslos ligeramente gruesos, pese a su delgadez, se sintió excitado. Pese a los años ella seguía siendo más joven, tenía un cuerpo cuidado y mantenía una piel de seda. La deseaba. El calor le hacía sentirse sofocado. Abrió sus piernas, se acomodó entre ellas y entró sintiéndola estrecha. De inmediato gruñó satisfecho cerrando sus ojos. Su mirada azulada se perdió, igual que su mente. Sólo podía murmurar su nombre inquieto. Más de dos meses sin sexo, disfrutando del recuerdo tan sólo, y cuando volvió a mirarla lo hizo desesperado. Sus ojos eran dos bolas azuladas de pasión y sus caderas comenzaron a moverse, mientras colocaba sus muslos rodeando sus caderas.

El cuerpo de Rowan reaccionó, pues al sentir aquella estocada se revolvió entre sus brazos por el placer, aprisionando dentro de ella su miembro. Ya había olvidado el éxtasis y ardor tan delicioso del cual era presa al hacerlo con él; y, sin embargo, tenía un aroma parecido al de un macho Taltos que le hacía perder la razón. No sabía como negarse y mucho menos como alguien podría negarse a ello.

Podía mover el cuerpo de su mujer como desease. Seguía manteniéndose fuerte, buscando permanecer como cuando era joven. Su musculatura seguía siendo bastante evidente y ella era delgada, muy delgada. Jamás engordó tras tantos años. Seguía siendo frágil en apariencia y ligera para mover bajo su cuerpo, mucho más pesado. Él se movía entre sus piernas como un macho Taltos. Buscaba llegar al límite y satisfacerse, pero también acariciaba y mordía de forma tierna deseando que ella siguiese gimiendo.

—Michael—lanzó un chillido agudo de placer, al tocar ese punto con el cual perdía la cabeza y el control. De inmediato rasguñó su espalda, enterrando sus uñas, gritando por más. Su cabello estaba revuelto sobre el asiento, rozaban sus senos y se pegaban a su frente. Tenía el rostro congestionado por el placer y perlado por el sudor.

Él continuó golpeando con su glande ese pequeño punto. La miraba furioso, con sus ojos encendidos. La pasión que había contenido siendo amable, con esa paciencia y caballerosidad, se había roto. En esos momentos seguía siendo el hombre que buscaba llegar al límite, saborear su cuerpo como si fuese un Taltos y hundirse en el deseo mientras ella lo rasguñaba. Se contenía para no dañarla, pero le ofrecía un sexo salvaje al que la tenía acostumbrada.

El ruido de los testículos golpeando, cada vez con mayor violencia, podían escucharse con facilidad cuando ella quedaba sin aire para poder gritar, gemir o pedir aún más. Las gigantescas manos de Michael estaban sobre sus caderas, apretándolas con furia y levantándolas de vez en cuando. Pero, por supuesto, sus manos acabaron en otros lugares más placenteros. Su derecha tomó su cuello, tras la nuca, para levantar su cabeza y poder besarla. La zurda buscó meterse entre ambos cuerpos, para acariciar su clítoris y sentir la tremenda humedad que ella tenía.

En algún momento ambos perdieron la conciencia. El ritmo era salvaje. Podían parecer prácticamente dos Taltos copulando en mitad del círculo sagrado de piedras. Ella gemía. Él gruñía. Pero eran tan sólo dos brujos con un poder innegable. Podían leerse las mentes, pero en aquellos momentos sus cerebros habían colapsado.

Cuando la limusina llegó frente a la mansión donde aún permanecían, esa que había sido reconstruida por Michael y ocultaba bajo el árbol, aquel imponente árbol, los restos de los Taltos, ellos llegaron al paraíso. El edén no se había perdido, sino que se concentró en los asientos de una limusina. Las piernas de Rowan temblaban, Michael estaba empapado en sudor igual que ella y el chófer no sabía si comunicarles que habían llegado al destino. Pasarían largos minutos en los cuales ambos, Michael y Rowan, intentaron en vano recuperar el aliento y vestirse lo más decente posible.


Al bajar de la limusina, Michael, la tuvo que tomar entre sus brazos y cruzar la cancela, caminar por el pasillo de adoquines hasta la entrada y subir las escaleras hacia el dormitorio. Pudo tomar el ascensor, pero prefirió no hacerlo. Los cuadros parecían observarlos meticulosamente. Las pinturas cobraban vida en esa enorme mansión, los fantasmas seguían rondando y ellos deseándose. El cariño, la pasión y el evidente deseo los seguía vinculando. Puede que el amor dure para algunos unos años, pero si sabe conservar, aunque sea en breves momentos, pueden lograrse milagros.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt