Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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domingo, 23 de julio de 2017

Infierno

Oberon y su visión de lo ocurrido en la isla.

Lestat de Lioncourt 

Había escuchado la última discusión de la mañana. Mi madre había gritado de nuevo a mi padre mostrándose iracunda, salvaje, desenfrenada y para nada dialogante. Ella tenía una verdad y esa verdad era la única. Él simplemente permaneció de pie, con las manos colocadas sobre la mesa con las palmas extendidas y el rostro en un rictus que no supe comprender. Parecía pedir paz y que le escuchase, pero lo hacía en silencio absoluto. Supongo que jamás pensó que la convivencia fuese tan difícil, sobre todo cuando te despiertas cada día con un insulto nuevo, un golpe sobre la mesa o un jarrón estrellándose muy cerca de su cabeza.

La playa estaba tranquila. La arena dorada y fina se extendía sobre varios kilómetros y apenas había oleaje. Pude ver una bandada de aves tropicales cruzando el cielo entre las escasas nubes. El calor empezaba a provocar que el sudor apareciera en mi frente y mis largos cabellos negros hondeaban suaves por la brisa. Apenas llevaba unas bermudas blancas y unas sandalias de cuero marrón. Parecía un náufrago intentando hallar los restos del barco.

No muy lejos estaba el muelle donde teníamos las potentes lanchas a motor para ir a la siguiente isla, donde conseguíamos los productos necesarios para mantenernos vivos. Pero justo estaba huyendo de allí, porque a diez metros se hallaba mi “hogar” y era un auténtico infierno. Al otro extremo de la isla se hallaba mi lugar favorito, el cual era un pequeño acantilado. Me gustaba sentarme al borde y poder ver las olas golpeando la roca erosionándola como hacía desde la formación de la isla.

Necesitaba ir allí para despejarme, pero algo me detuvo. Un grupo de mis hermanos estaban colocados en círculos hablando de venganza contra nuestro padre. Ellos decían que él nunca había sido un buen gobernante y que sus imposiciones eran devastadoras para nuestra especie, la cual debía ser líder por encima de los humanos. Me quedé callado observándolos y ellos hicieron lo mismo al percatarse que estaba allí.


Tuve que huir. Se incorporaron rápido y vinieron hacia mí para poder callarme. Corrí cuanto pude y lo hice en dirección al infierno del cual surgía. Gritaba el nombre de mi madre y el de mi padre. Después no recuerdo mucho más. Sólo sé que poco después supe que ambos estaban muertos y yo me veía condenado a las órdenes de un mafioso local. El sueño del Pueblo Secreto se dilapidó y sólo quedó ruinas.  

jueves, 19 de enero de 2017

Soy recuerdos



Oberon me pareció un poco cínico, pero amo a los que son como él. Todo un caballero y un hombre lleno de dolor.

Lestat de Lioncourt 



Hace años que esto ocurrió. Sin embargo, aún recuerdo el sistema operativo que tenían los viejos ordenadores de la sala de informática, así como el olor a playa penetrando por la ventana e instalándose en la habitación como en cualquier otra. Las noches se hicieron eternas en ese lugar. Aguardaba un rescate que no ocurría mientras buscaba en Internet diversa información acerca de la familia de mi madre, pues necesitaba contactar con ellos de forma urgente. Había enviado algunos e-mails al Hospital Mayfair, justo en el buzón de sugerencias del paciente. Oculté los datos mediante claves no muy difíciles de averiguar para Rowan, pues eran menos anagramas y diversos juegos de palabras. Pero nadie vino.

Mis hermanos morían, mis padres estaban muertos, y sólo podía tener la esperanza de seguir siendo alimentado con un vaso de leche al día. Un único vaso. ¿Sabéis qué es eso para un Taltos? Apenas una gota de lluvia en el desierto.

Sigo reviviendo los últimos momentos de mi padre, pero los más felices fueron cuando viajamos en helicóptero por primera vez. Jamás había visto uno aunque sabía como se viajaba en él y el sonido de sus hélices. Esos viajes a San Francisco, París, Londres, Madrid... viajábamos hacia una isla cercana y después despegábamos hasta los confines del mundo. También había travesías en barco y barcas motorizadas. Aquella isla era nuestro hogar, el lugar donde regresar cargados de recuerdos de aventuras deliciosas, apasionantes y necesarias para nuestro desarrollo cognitivo.

Nací en el Caribe, cerca de arenas blancas llenas de conchas hermosas y de palmeras cargadas de coco. No soy un hombre de vivir en una ciudad como Nueva Orleans. Aquí me siento alejado de quien soy. Camino por la calle y observo a los hombres sin alma, sin fuerza, sin sueños y no me reconozco en ellos. Quizá busco a mi padre en todos ellos. Tal vez los empresarios jugueteros no siempre tienen la ilusión de un niño, ni la mente ágil y tampoco la bondad de un santo sin templo.

Miro mis uñas azul eléctrico gracias a perfecta manicura y deseo agarrar las estrellas, pese a saber que son lejanas. Quizá más lejanas de mis recuerdos sobre mi madre. Todavía puedo oler su fragancia como si me abrazara llorosa, asustado y llena de ira. Aún puedo sentir como vibraba lo salvaje bajo su pecho y como emanaba de este la leche más deliciosa que he probado.

Sé que Rowan no vino antes a buscarnos porque no creyó que la situación era tan grotesca. Pensó que simplemente era una trampa de Ashlar para volver a verla, conversar y plantear nuevos proyectos. Nunca sospechó que realmente estaba muerto, igual que Morrigan. Pude ver en sus ojos dolor, rabia e indignación. También un profundo respeto hacia mí, pero también miedo. Sé que me teme porque soy un hombre Taltos, un macho de mi especie. Mis hermanas para ella son inofensivas. Una de ellas incluso le recuerdan a su hija Emaleth. Supongo que por eso nos cuida. Quiere resarcir su pena, lamer sus heridas, aceptar sus errores y tener una nueva oportunidad.


Yo sólo puedo mantenerme sentado frente a este ordenador con los ojos llorosos. Lloro por lo que no fue y por lo que tuvimos. Lloro por mi padre y mi madre. Lloro por los errores cometidos por mis hermanos. Lloro por la maldad de los hombres y su codicia que aplastó a mis hermanos, mis recuerdos, mi vida y a mí mismo.  

jueves, 28 de julio de 2016

La libertad de un condenado

Espero que Oberon no regrese nunca. Me parece cruel lo que están haciendo con él.

Lestat de Lioncourt 



Hacía varios meses que no venía por aquí y su peculiar olor golpeó mi nariz. Olfateé el aire como un gran danés sacando mis ojos de la pantalla del ordenador portátil que tanto me entretenía. Acabé levantándome apartando mis largos dedos del teclado y mi cuerpo de la mesa. Caminé por toda la habitación intentando calmarme, pero al final la fiera corrió hacia el pasillo del apartamento.

—¡Qué haces aquí! ¿Qué deseas?—pregunté algo furioso—. Dijiste que no le permitirías que nos tratara como animales enjaulados y mírame—dije golpeando la puerta de grueso cristal blindado que nos separaba. Mostraba los dientes como si fuese a saltar a su yugular—. Dime, ¿acaso tienes miedo de enfrentarte con la verdad?—susurré con una pequeña sonrisa descarada.

—Oberon, lamento haberte fallado—contestó colocando sus grandes y ásperas manos contra el cristal—. Os han trasladado algo lejos y yo todavía tengo asuntos pendientes por mi trabajo.

—¿Sabes por qué la perra de tu mujer nos ha traído aquí? ¿Sabes por qué cada uno está en una planta siendo tratado como conejillos de indias? ¿Lo sabes? ¿Te haces una idea de qué es tener que dar tu sangre cada semana, donar esperma cada mes o simplemente tener que soportar que te miren los dientes como si fueras un caballo de carreras?—aquellas preguntas le hirieron. Yo no dejaba de ser un hombre joven que merecía recorrer el mundo, país a país, para disfrutar de una vida de lujos similar a la de mi padre.

—Vi tus planos. Tienes talento como arquitecto—dijo desviándose del tema.

—¿Por qué no me contestas, Michael?—mi rostro tenía una pátina de dolor similar al duelo que había vivido hacía algunos años—. Tú envejeces viendo como yo no. Aunque tu mujer está buscando como ser eternamente joven gracias a mis genes—derramé una lágrimas apoyando la frente contra la puerta acristalada y temblé—. Y veo que surte efecto.

—Ha logrado mejorar mi salud y parar mi envejecimiento, es cierto—dijo introduciendo la clave para poder traspasar la zona.

—¿Te haces una idea de lo duro que es estar aquí?—pregunté—. Nos ha encerrado tras decirnos que seríamos sus ayudantes en un nuevo centro en Nueva York... Mintió.

La puerta se abrió y yo me separé con el rostro lleno de lágrimas, pero él acabó aferrándose a mí sin importar parecer algo menudo y bajito. Mis enormes manos se colocaron sobre sus hombros y después se deslizaron por su ancha espalda. Él hundió su rostro en mi torso para luego hacerlo en mi cuello. Me olfateaba igual que lo haría alguien del Pueblo Secreto. Su cabello era rizado y espeso, tan grueso como sedoso, y ya tenía canas demasiado visibles. Todavía usaba esa barba que le daba un toque muy masculino. En comparación conmigo era todo un hombre y yo seguía pareciendo un hombre joven, igual que el primer día, y lo sería hasta mi muerte al igual que mi padre. Por unos instantes lo recordé tumbado en la camilla descongelándose.

—Padre no hubiese permitido esto—susurré ahogado—. Él nunca hubiese permitido esto.

—Vete—dijo—Vete...—repitió apartándose de mí—. Vete ahora mismo.

—Si me voy...

—Regresa cuando lo creas conveniente. Diré que fue un fallo en la seguridad—sonrió de aquella forma tan bondadosa y yo me marché sin decir adiós.

Vestía una azul eléctrico a juego con mi laca de uñas, un pantalón vaquero ajustado y unas sandalias de cuero muy cómodas. El pelo estaba suelto, algo enmarañado, y parecía un loco acabado de salir de un psiquiátrico. Cuando logré alcanzar la calle tras bajar precipitadamente por las escaleras, casi saltando cada tramo de escalón, sentí que mi corazón palpitaba tanto como el día en el que lo vi por primera vez. Dejaba atrás a mi abuelo, al hombre que amé de una forma grotesca y pura, para al fin hallarme en libertad en mitad de Nueva York. Era el nuevo Tarzán de un mundo de asfalto.

Ahora me encuentro en la India. He viajado como tanto deseaba. Empecé sin tener siquiera unos cuantos dólares en los bolsillos, pero he trabajado duro y he conseguido dinero de mil formas distintas. Es curioso que sea un hombre rico y que no pueda acceder a mis cuentas. Rowan Mayfair sigue buscándome, pero no volveré hasta pasados unos años. Y sólo volveré porque Michael está siendo señalado como el culpable de haber tenido humanidad con un Taltos.


Vivo apasionadamente cada día, desde el amanecer hasta el atardecer, y también muchas noches bailando con gentes de miles de lugares. Comunico mis sueños y recuerdos alrededor de las hogueras. He reído aprendiendo varios idiomas y leyendas de diversas culturas. Pero sobre todo he conocido nuevos poemas, canciones, costumbres y mil oportunidades. En estos momentos entiendo a mi padre cuando él nos hacía viajar algunas semanas para que conociéramos diversas ciudades. Él y Mich siempre están en mis pensamientos.  

sábado, 4 de junio de 2016

Shake it out

Los siguientes párrafos son de un encuentro entre Michael y Oberon. Los Mayfair no sé como verán esto, pero es algo habitual el incesto y los juegos de cama. Aunque el corazón de Michael es de Rowan su cuerpo precisa caricias que no le ofrecen y Oberon es un macho Taltos demasiado joven como para contenerse. 

Recordemos que Michael habla de llevarse mejor con los hombres que con las mujeres cuando son pareja. Hay quizás una clara intención de este en desvelar su sexualidad ¿o sólo es una forma de decir que las relaciones sentimentales nunca fueron su fuerte? ¡Qué se yo! ¡Sólo soy un vampiro! 

He decidido que este tema puede mezclarse bien con estas memorias. De hecho, esta artista es considerada por algunos de mis compañeros como la perfecta para los Mayfair. 


Lestat de Lioncourt





—¿Acaso creías que iba a ser fácil tratarme?—dijo en aquella inmaculada habitación. Él parecía sumido en una paz fría pero todo era una fachada. Había decidido pintar cada muro de su alma con una práctica frialdad porque no quería que viesen que seguía siendo un niño. Sus padres habían muerto en penosas circunstancias y el mundo parecía haber caído sobre él. Ahora tenía la responsabilidad de ser el único macho de su Pueblo Secreto, de una raza de seres superiores aplastadas por guerras internas y la ambición del hombre.

Había escuchado algunas habladurías sobre lo ocurrido con el Padre Kevin. Este había pedido encarecidamente no volver a visitarlo. Cada vez que lo hacía salía agitado y perdido murmurando que iría al infierno. Desconocía los motivos que le llevaban a Oberon a tratar mal a las personas, pero sospechaba que no era un trato cruel el que experimentaba aquel joven sacerdote de cabellos rojizos, ojos de esmeralda y nariz salpicada de pequeñas pecas.

—No, no esperaba menos—contesté sacando un cigarrillo—. ¿Te importa?

—Sí, porque podemos vivir casi eternamente pero también podemos morir de cáncer. No quiero morir, ¿sabes? Y menos pegado a cientos de máquinas. No, gracias—respondió.

—Bien, bien... —dije guardando el cigarrillo y el mechero.

—Abuelito dime tú... —comentó a cantar de forma cínica—. No, dime de verdad ¿qué esperas?—preguntó incorporándose de la cama.

No me impresionaban sus más de dos metros de estatura porque conocía a su padre. Admito que cuando lo veo observo a ese hombre culto, sosegado, lleno de una soledad que le destruía a pasos agigantados y con una chispa de vida grandiosa. Sus ojos claros eran los de Ashlar. Tenía la misma mirada y una sonrisa que podía doblegar a cualquiera. Pero él no era Ashlar. Mi hija Morrigan era salvaje y no tenía escrúpulos a la hora de decirte todo lo que sentía. Se convirtió en una verdadera carga cuando comprendí que era indomable, sin embargo jamás hubiese deseado que muriera y menos congelada. Él estaba ahí como una mezcla perfecta de ambos intentando averiguar qué esperaba de él.

—Que seas como tu padre—respondí—. Ojalá seas un emprendedor amable y carismático. Alguien que pese al dolor no culpa a todos de sus problemas y sabe escuchar—dije.

—Como mi padre...—aquello hizo que su juvenil rostro de hombre casi adulto se consternara. Rápidamente se aferró al cabezal de la cama y tembló como un junco movido por una suave brisa. Sus ojos azules se llenaron de lágrimas y su boca sonrosada se apretó intentando contener un par de suspiros, los cuales se terminaron escapando mientras buscaba donde ocultarse.

Rápidamente me incorporé tomándolo entre mis brazos aunque él rebasaba mi altura. Abracé aquel cuerpo como si fuese el de un niño antes de notar como se arrodillaba y rodeaba mis caderas con sus largos brazos. Impuse mis manos sobre sus cabellos oliendo sus hormonas desatadas. Era un buen hombre, aunque en realidad no dejaba de ser un niño sin infancia, y yo le había hecho llorar. Había logrado que llorara con sólo mencionar a su figura paterna. Él no tenía padre y yo no tenía hijos.

—Estoy aquí porque eres el hijo de mi hija con un buen hombre. Tal vez no fue sensato que desaparecieran del mundo conocido, pero no me arrepiento de haberla dejado marchar. Ahora tengo un nieto que desearía que fuese mi hijo—musité antes de pasar mis dedos por su cuero cabelludo con suaves círculos y caricias. Hundía mis dedos en sus ondulados cabellos, lograba que se perdieran hasta su nuca y luego nuevamente empezaba con la raíz de los mechones próximos a la frente. Era mi forma de calmarlo porque no sabía qué hacer o decir.

El aroma de sus hormonas me golpeaban la nariz continuamente. Controlaba mis impulsos de oler su piel y palpar sus mejillas igual que lo hacía con su padre, madre y sus hermanas. Él temblaba colocando sus manos en mi espalda baja mientras se lamentaba en un silbido. Esas palabras rápidas como un canto ancestral golpeaba mis oídos. No lograba entender qué decía pero pronto me di cuenta que suplicaba.

—¿Quieres que te ame y respete?—pregunté abarcando su rostro con mis manos.

—Quiero amor—dijo antes de colocar su boca contra mi bragueta.

No me había percatado de lo excitado que estaba por su aroma. Siempre intentaba ignorar ese dulzón perfume que lo envolvía haciéndolo tan cálido, apetecible y extraño. Sólo los brujos y otros Taltos podrían sentir ese aroma golpeando una y otra vez las fosas nasales. Oberon también olfateaba, pero lo hacía de forma distinta y vulgar. Abría con fuerza sus fosas nasales contra el cierre de mis pantalones. Definitivamente él no dudó ni un segundo en bajar la bragueta con sus propios dientes para oler mi entrepierna.

Me sorprendí ayudando a bajar mis pantalones hasta mis tobillos junto a mi ropa interior. Sus ojos azules se clavaron en los míos, tan parecidos y distintos, mientras agarraba mis testículos con la mano izquierda mientras con la diestra levantaba mi pene. Con sensual provocación besó mi glande deslizando la piel sobrante con sus dedos. Su lengua acarició el meato sin dejar de mirarme con esas lágrimas salpicando sus ruborizadas mejillas. Por un instante me dije a mí mismo qué hacía. Yo amaba a Rowan y ella era mi vida. Ya le había sido infiel una vez y provoqué un desastre, pero hacía tanto tiempo que un hombre no se arrodillaba ante mí para complacerme que me dejé llevar.

Un tierno beso sobre la punta de mi miembro fue el inicio de seductora caricias con los labios y la lengua. Lengüeteaba mi glande como si fuese un helado y su mano se movía con soltura por toda su extensión. Las venas comenzaban a contener la dureza de ese pedazo de músculo que cobraba vida. Sentía como palpitaba mientras él gozaba con esas miradas llenas de lujuria. No dudó en engullirlo por completo para luego cerrar los ojos como una jovencita virginal. La mano zurda apretó mis testículos con cierta rabia y las mías le agarraron con fuerza ambos lados de la cabeza. En un momento estaba clavándome dentro de él con furia. Sus manos se apartaron de mi sexo y se colocaron en mis caderas, casi clavando sus uñas, permitiéndome que me moviera con rabia dentro de aquella húmeda cavidad.

Cada estocada era más firme y rabiosa que la anterior. Él temblaba mientras soportaba esos terribles juegos. Sin embargo no tardó en liberarse a duras penas y tirarse al suelo mientras se quitaba aquellos simples pantalones de pijama. Su sexo estaba despierto y era ligeramente mayor que el mío, pero lo que él deseaba de mí no era penetrarme. Me miraba como las furcias baratas de un local de alterne. Tenía los ojos nublados por la necesidad.

Aquel gigante estaba pidiéndome que lo sometiera. Sus piernas estaban abiertas mientras su mano derecha hundía dos dedos en su entrada. Él me decía que estaba listo, aunque yo tenía mis dudas. Finalmente aparté su mano, abrí mejor sus piernas y levanté sus caderas para penetrarlo. Sus tobillos quedaron en mis anchos hombros y mis manos se colocaron sobre su pelvis. Rápidamente escuché sus largos y escandalosos gemidos mientras su respiración se volvía dificultosa como la mía.

Sus manos fueron a la parte superior de su pijama para tirar de la obertura, haciendo saltar cada uno de los botones de nácar, y mostrarme así sus pezones cafés tan duros como su miembro. Él estaba allí tocándose por completo. Se masturbaba con la derecha y con la izquierda pellizcaba sus pezones o llevaba un par de dedos a su boca y los mordía sutilmente. Me provocaba. Quería alentarme alimentando así al monstruo que contenía a diario. Me di cuenta que di rápido con su próstata porque temblaba con cada arremetida.

Él llegó antes al orgasmo apretándome con rabia en su interior, pero no tardó en incorporarse y colocar su boca alrededor de mi glande. Con una sola mirada y ese gesto hizo que me viniera en su boca. Él succionó con apetito bebiendo cada gota. Yo acabé recostado en el suelo y él se colocó sobre mí lamiendo mi cuello, acariciando mis pectorales por debajo de mi camiseta y dejando que sus labios silbaran una melodía que parecía un canto al amor, la lujuria y el desenfreno.

—Reconozco que espanté a Kevin con sexo sólo para que tú vinieras a castigarme—dijo como terrible confesión—. Abuelo Michael, mi llave, ¿me abrirás cada anochecer? ¿Alimentarás a este hambriento Taltos?—preguntó antes de girarme el rostro para que le contestara.

—¿Y mi mujer?—susurré casi sin aliento.

—¿Ella te busca entre las sábanas frías de tu cama?


Esa pregunta hizo que me diera cuenta que hacía meses que Rowan y yo no teníamos intimidad. Aquello me preocupó, pero él hizo que perdiera el hilo de cualquier pensamiento cuando mordió una de mis orejas, silbó suave cerca de ella y me ofreció una calma que creí haber perdido. Desde entonces, cada noche, visito a Oberon y lo alimento de esa forma tan erótica y sexual.  

sábado, 26 de septiembre de 2015

Hijo mío

Comprendo ahora las lágrimas de Oberon. Éste diario personal cuenta cosas que uno desconocía en esos momentos.

Lestat de Lioncourt 

Me encontraba enfermo, pero desconocía los motivos. Creía que llegaba al final de mi vida, como si aquello fuese posible para un Taltos que todavía podía considerarse joven, activo y dispuesto a seguir construyendo nuevas victorias para nuestro pueblo. Desconocía que uno de mis hijos, Silas, me estaba envenenando. Oberon se sentó aquel día en el gran comedor, llevaba un bol de helado de yogur blanco entre sus manos, y parecía dispuesto a conversar conmigo durante horas.

Él era el más parecido a mí y a su madre, la cual descansaba en el gran dormitorio intentando disuadir sus celos, ahuyentar sus miedos y defender sus pequeños sueños rotos. La leche que estaba frente a mí contenía veneno, pero lo desconocía. Mi hijo pequeño, el menor de todos, observaba el vaso con cierta aprensión y entonces, con cierto temor, me confesó la verdad.

—Te está matando—dijo clavando su cuchara en el cuenco—. Silas, te está matando.

—Es rebelde, eso es todo—susurré llevándome el vaso a los labios.

De inmediato, Oberon se levantó y me arrebató el vaso. Éste cayó al suelo, estallando en mil pedazos y provocando que las baldosas se mancharan. Eran baldosas negras, como la propia noche, y aquella leche era como un blanco presagio. El presagio de mi muerte, mi fin, como si fuese la espuma del mar de mi vieja isla de la cual tuve que huir.

—¡Te está matando! ¡Literalmente te está matando!—gritó agarrándome del brazo—. Padre...

No sé porqué reaccioné así, quizás porque Silas era mi primogénito. Lo abofeteé e intenté que mantuviese el control. Me miró con los ojos llenos de lágrimas y jadeó intentando controlarse.

—La leche lleva veneno, pero si tanto lo amas sigue aceptando sus atenciones—comentó.

Jamás hubiese creído esas palabras, pero mis manos temblaron. Por primera vez me sentía fatigado a la hora de imponer disciplina. Caí hacia atrás, en el respaldo, y miré su cuenco. Él lloraba, pero no le miraba. Me agarró del brazo con fuerza arrugando mi camisa de algodón azul celeste y luego huyó.


Aquella noche no lo pude volver a ver. Llegaron aquellos canallas arrebatándonos la tranquilidad. El mundo cambió demasiado pronto. Comprendí que mis hijos me deseaban muerto y que tenía que actuar, si bien lo hice demasiado tarde. El mundo nos quería en silencio.  

jueves, 30 de julio de 2015

Libertad

Oberon es uno de esos Taltos que conocí. Lamento que esté así.

Lestat de Lioncourt


Aún lloro a escondidas. Cuando pienso en todo lo que pudimos tener, en lo que se logró y se perdió, me siento un inútil. Quizás pude haber muerto, pero debí ser más rebelde y fuerte. Dejé que mi mundo se derrumbara y que mis padres, aquellos a los que le debo la vida, quedaran enterrados en hielo. Puedo escuchar la voz seria y amable de mi padre, observar sus ojos bondadosos y su sonrisa calmada, mientras intentaba inculcarme los valores de un hombre de negocios serio, inteligente y con deseos de progresar en un mundo salvaje.

Todo lo que nos ofreció se desvaneció. Muchos de mis hermanos eran codiciosos. Ellos deseaban el trono. Querían ser los dioses de una isla perdida en medio del Caribe. Yo sólo deseaba nadar en sus aguas cálidas, caminar bajo el sol y tomar leche fresca. Era algo que mi padre solía hacer. Él lloraba en las noches, como yo, junto a mi madre. Deseaba que ella comprendiera que el pecado que habían cometido era por amor, no sólo por un deseo insano de salvar una estirpe condenada. Sin embargo, en las mañanas podías verlo pasear por aquella larga lengua de arena dorada. Yo salía a su encuentro, caminaba a su lado, mientras él me narraba miles de historias y cantaba conmigo dejando que el viento soplara con fuerza creando pequeñas olas bravas, libres y únicas.

Quiero volver a ser libre lejos de los muros de éste frío edificio. Me conozco cada cuadro, cada sala, cada espacio en la estantería y las insufribles vistas a los hermosos jardines que hay para los pacientes. Detesto la bata de médico. Odio tener que estudiar sobre los avances científicos. Me amarga tener que llevar un control extremo sobre mi crecimiento, mis conocimientos y mi genética. Estoy harto de ser un Mayfair de segunda clase. Soy un experimento genético para Rowan. Me mira con frialdad, pero a la vez me muestra un amor extraño. No logro comprenderla. Creo que no deseo comprender nada de lo que ella pueda decirme. No quiero sentir afecto, pero a la vez sé que los quiero a mi modo. Sólo deseo volver a casa, a la larga lengua de arena, y contemplar un nuevo atardecer junto a mi padre.


Hubiese deseado que viese que éste maldito idiota, un cínico joven y estúpido, se ha convertido en un milagro para muchos pacientes. Gracias a los conocimientos adquiridos he salvado vidas, pero la mía está todavía destruida. Jamás seré libre de nuevo. Nunca podré volver. Jamás podré hablar con mis padres. Mis hermanas no me entienden. Me siento solo.  

sábado, 28 de marzo de 2015

Celebración

No estoy celoso, pero yo también puedo hacer que Rowan pierda la cabeza... 
En fin, un relato de Michael y Rowan... unas memorias. 

Lestat de Lioncourt


Hacía rato que había oscurecido. Eran más de las diez de la noche. El reloj era incapaz de detenerse. Las manecillas estaban prácticamente matando el tiempo. La cena se enfriaba sobre el delicado mantel de lino, las velas estaban prácticamente consumidas, la tarta era un complemento dulce que no apetecía y el champán parecía todavía tener la esperanza de ser descorchado. Frente a esa cena estaba él, esperando como siempre. Otra vez. Una noche más las obligaciones habían podido a una cena. Su espera era innecesaria. No importaba cuál era el motivo, simplemente era el hecho de haber sucumbido de nuevo a una ilusión banal. Ella no había regresado a casa, pero ni siquiera había avisado. Rowan estaba más interesada en el Hospital Mayfair que en su matrimonio. Siempre fue así. Su mente siempre estuvo perturbada por el dolor y el pánico a ser una asesina, pero él sabía que no era cierto. Jamás la juzgó de ese modo.

Él había terminado sus obligaciones, y ella parecía estar siempre obsesionada con las suyas. A veces creía que era sólo una excusa. Decidió telefonear, pues tomó la decisión de ir a buscarla. Pidió que sacaran la limusina del garaje donde la guardaban y fuesen a por él. No quería conducir, pues ni siquiera deseaba mirarse al retrovisor.

Eran algo más de las once cuando llegó al hospital. Aguardó unos minutos, observando la imponente fachada, para luego ver a Oberon de pie, mordisqueando un donut de glaseado blanco con un cartón de leche en la otra mano. No hizo caso a sus ojos curiosos, tampoco a su bata y su indómita figura tan alta como siniestra.

Hacía dos décadas que había ocurrido la gran tragedia. Ese hijo, tan esperado, se convirtió en un monstruo que terminó sembrando el dolor. Realmente el paraíso, ese Edén que tardó en germinar, estaba siendo destrozado por la inconsciencia des un monstruo, un ser, que era similar en características a ese muchacho, ese que bebía inocente aquel cartón y parecía tan sólo un joven médico que miraba con curiosidad las acciones de quien era su “abuelo”.

Salió del vehículo, entró en el hospital ofreciendo un ligero ademán al Taltos y se internó por los pasillos buscando a su mujer. Se creía en su derecho. Hacía diez años que ella ya no tenía esas terribles pesadillas. Tardó en reponerse, pero al fin lo había logrado. Eran diez malditos años de noches tranquilas. Habían superado todo y conseguido volver a ser un matrimonio. ¿Por qué ella no lo veía igual? Diez años sin Lasher sonriendo burlón a los pies de su cama.

Giró hacia la derecha de un profundo pasillo, se colocó frente a la puerta barnizada de blanco. No llamó. Tomó el pomo y lo giró. Entró en el despacho, y se quedó allí de pie observando sus informes. Ni siquiera había prestado atención a la ligera corriente de aire que había entrado en la habitación.

Tenía el rictus serio y mostraba cierta preocupación. Usualmente siempre observaba de ese modo sus interminables semblantes. No se detenía demasiado en cada hoja, pues sólo firmaba las altas que ya había concedido, así como otros documentos para pruebas médicas que ella misma había pedido el día anterior. Ni siquiera se detuvo un instante. Continuaba pasando y firmando hojas y hojas de informes. A veces ser la directora del hospital Mayfair era demandante y estresante.

—Oberon, por favor, ve por los informes de Pediatría—mencionó confundiéndolo. Ni siquiera había reparado que aquel hombre, el de la puerta, era mucho más fornido y no tenía ese sutil aroma.

—Está cenando, almorzando o lo que quiera que sea ese grasiento donut y ese litro de leche—explicó cerrando la puerta tras él—. Cosa que nosotros deberíamos haber hecho hace más de una hora—no la miraba serio, pero sí preocupado. Estaba frente a la mujer que amaba, la misma que tenía ojeras y el cabello revuelto—. Enfermarás si sigues así.

—Michael, dile a Oberon que suba ahora mismo. Necesito esos informes con urgencia—respondió sin prestar mucha atención lo demás—. En diez minutos termino y nos vamos—continuó apresurada firmando y viendo, con el rabillo de sus enormes ojos grises, el reloj sobre su escritorio.

—Puedes continuar con eso mañana. O puedes permitir que Oberon tome tu lugar—respondió acercándose a ella—. Has logrado que estudie neurocirugía, pediatría y psiquiatría. Es tan brillante como tú, pero lo sigues usando de chico de los recados. Rowan... hoy es un día especial y estás aquí encerrada, ¿esperando a qué?

—Oberon es el jefe de Pediatría, por ello le pido esos informes—respondió, sin reparar en nada más.

Los pasos acelerados de Oberon por el pasillo, tras su dosis de energía, sonaron precipitadamente cerca de la puerta. No llamó, pues él sí quería descansar. Llevaba dos días sin siquiera cerrar los ojos. Miravelle le esperaba en la habitación que compartían. Deseaba tener un momento de calma. No quería ser como su padre, encadenado al trabajo y tan serio, como gris, para acabar muerto.

Apoyó su frente, junto con su rebelde flequillo negro, sobre la puerta. Pensó en huir. Podía hacerlo. Sin embargo, Ryan, y todos los Mayfair, les echaría el guante antes de salir de New Orleans. Además, no tenía acceso a los bienes de su padre ni se marchaba de la familia. Odiaba con todo su corazón aquello. Detestaba saber que aquel lugar sería su lápida, su ruina, su mundo... el laberinto donde él, un Taltos, sería el Fauno encarcelado por una bruja.

Se apartó unos instantes, pues con su agudo oído logró escuchar la discusión. Temía que se elevara el tono. No quería ver discutir a otra pareja como ocurría con Morrigan y Ashlar, sus padres, y tampoco quería que esa discusión terminara como una tormenta sobre él.

—Los informes—dijo entrando, para dejarlos sobre la mesa. Una vez hecho eso, tomó un bote de su bata, que no era otra cosa que yogur líquido natural, para beberlo de un solo trago mientras salía de allí.

Michael sólo los observaba. Primero a él, luego a ella y por último a los informes. No saldrían de allí en horas. Estaba empezando a perder la paciencia. Sin embargo, sólo guardó sus sentimientos y

—No están firmados...—dijo dando un carpetazo. Se echó hacia atrás en la silla, y se incorporó con molestia. Llevaba un pantalón gris y una blusa a juego, pero su bata cubría gran parte de su figura y la hacía imposible de descifrar. Llevaba unos tacones no muy altos, pero al moverse hacia la puerta sonaron con fuerza. Había tomado entre sus manos los documentos. Quería arrojárselos a la cara a Oberon, pues no permitía que no cumpliese su trabajo.

El Taltos se había escabullido hasta su dormitorio. Allí estaba Miravelle recostada leyendo una revista de moda y complementos. Su otra hermana, mucho más salvaje, había ido al campo de tiro y aún no estaba de regreso. Lorkyn vivía apartada de ambos, llevaba la administración y las subvenciones. No quería trato con otros. Miravelle era recepcionista. Ella no quería trabajo pesado con informes, pero sí atender a otros. Tan distintas y tan deseables. Oberon había huido para sentir los brazos de su hermana, la cama bajo su cuerpo y la sensación placentera de al fin, pese a todo, descansar. Pero Rowan iba hacia allí dispuesta a que siguiese trabajando. Tras ella iba Michael.

—Puede hacerlo más tarde...—murmuraba con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta.

Ella se giró ligeramente, para tomar contacto visual con Michael, frunciendo el ceño con desaprobación. Acabó tomando una pluma del bolsillo de su bata, las cuales a penas se veían en el bolsillo, y se dirigió hacia la habitación del joven macho Taltos.

Los pasillos parecían interminables, pero pronto llegaron a la planta indicada y la puerta tras la que se encontraba Oberon junto a Miravelle. Ambos estaban tumbados en la cama disfrutando del silencio y del aroma que desprendían. De inmediato abrieron la puerta y cuando, Oberon, la vio aparecer gruñó bajo. Estaba en los brazos de su hermana, siendo besado y consentido. Él quería estar con la hembra y no pasearse ni un minuto más por los pasillos.

—¿Qué?—masculló—¿Vienes a darme con el látigo porque no fui un buen esclavo?

—Si hicieras bien tu trabajado no tendría porque venir a buscarte—respondió seria, entregado los documentos—. Los necesito firmados, hoja por hoja. Conoces el proceso no es la primera vez que lo haces, por favor.

—No, no es la primera vez. Sin embargo, llevo dos días sin dormir y ni siquiera sé ya como firmar todos esos documentos. ¿Por qué no admites la maldita firma electrónica? Modernízate. Moderniza este lugar. El trato humano, si es que lo hay, que quede con los pacientes y no con los informes—ni movió un músculo. No pensaba moverse. Tenía náuseas y se sentía agotado. Aquello era el infierno. Deseaba gritarle que era una explotadora y su compañera, en pediatría, una maldita bruja sin escoba.

—Oberon, puedo leer tus pensamientos ahora mismo...—murmuró alzando suavemente sus cejas, para luego volver a fruncirlas—. Por favor, haz lo que te he pedido—. En su tono de voz comenzaba a enojarse y desesperarse. Detestaba ese carácter tan similar al de Mona, por lo que si continuaba de esa forma perdería la compostura.

—¿Quién te dio permiso a leer mis pensamientos? ¿Mi padre? Ay, no... espera... que está muerto—dijo con una sonrisa cínica—. Los tendrás mañana. Son de altas, Rowan, altas que ya se han dado verbalmente y que los pacientes saben que podrán salir el próximo lunes. No se necesita ahora mismo. Puedo hacerlo mañana sábado—se incorporó en la cama, pero no salió de ella ni de los brazos de su hermana—Además, si no te vas a casa Michael se buscará a otra que le caliente la cama. ¿Verdad abuelo?

Michael sólo apretó los puños y suspiró exasperado. Ella no era la única en esa habitación que estaba por perder los papeles. Rowan al escuchar aquel comentario, entró del todo en la habitación, se acercó a él y lo abofeteo. Terminó por hacer explotar una vena en su nariz, le observó llena de furia. Había hecho lo último inconscientemente, pero ya no podía controlar ni su mal carácter ni sus poderes.

—¡Me golpeas porque sabes que es cierto!—gritó, mientras Miravelle lo abrazaba e intentaba limpiar su herida.

—Rowan, deja esos informes para otro momento—dijo tomándola de los hombros por detrás.

—Si no fuera por mi estarías muerto y congelado como tus padres—hizo una breve pausa para contener su dolor. La muerte de Ashlar significó algo terrible para todos, al igual que la muerte de Morrigan. Jamás pudo explicarse. Michael nunca pudo tener una última conversación con su hija. Aquello fue terrible para todos. Aún así lo que decía era cierto. Ella se encargó de los tres y los rescató de aquella isla—Así que ten mas respeto—concluyó.

—Que bien... ahora amenazas.... Michael, échale un polvo que lo necesita—murmuró con una ligera sonrisa burlona.

El enfado de Rowan aumentaba, y antes de hacer alguna locura decidió lanzar los informes a su cara. Un rostro con unos rasgos tan similares a los de su padre, pero con algunas facciones de Michael. Sin embargo, era irreverente y descarado como su abuela y su madre. Morrigan y Mona siempre fueron dos bestias salvajes decididas a decir lo que pensaban, sin necesidad de ser sutiles. Deseaba arrancarle la lengua por su mal comportamiento, por cada una de sus palabras, pero se contuvo.

—Rowan...—la tomó de los brazos, la atrajo hacia él y la abrazó besando sus mejillas—. Vamos a casa, pues es tarde.

—Firmarás todos y cada uno por ambos lados, antes de las siete de la mañana.

—Lo hará, pero permite que descanse—dijo abrazándolo. Miravelle tenía una voz dulce, una mirada aún más dulce, y poseía un aura taimada que sus hermanos no poseían.

—Vámonos—dijo sosteniéndola. No la dejaría. Michael quería marcharse de una vez.

—Y si no puedes con este trabajo, será mejor no sigas—le dedicó una fría mirada retirándose por el pasillo dejando atrás a su marido.

—Lleva dos días trabajando, tiene la edad de un adolescente prácticamente... no esperes demasiado—decía con las manos metidas en el bolsillo—. Piensa que necesita unas vacaciones. Han estado aquí recluidos por casi veinte años. Me preocupa que puedan enfermar.

Rowan lo ignoró dirigiéndose a su oficina, pero se detuvo frente a su escritorio tratado de calmar su furia. Él seguía tras ella. Ambos eran polos opuestos en ese momento, como casi siempre.

—Podríamos ir a casa, calentar la comida y tomar un poco de champán... aunque si prefieres tengo vino—murmuró—Compré un Rioja Gran Reserva del 2009...

Deseaba romper esa tensa calma, cambiar la conversación, dirigir cada palabra hacia otro punto y sosegar esa rabia.

—Vamos—respondió derrotada, tomando su bolso y apagando el ordenador.

Los pasos de ambos sonaron por los pasillos. Las enfermeras se despedían con una agradable sonrisa. Aquello parecía más un hotel que un hospital, pues había sido construido con la idea de auténtico confort. No olía antiséptico, sino a un agradable aroma mezclado con la fragancia de los Taltos. Durante el viaje no habló, tan sólo se dedicó a mantenerse a su lado rodeándola. Deseaba tenerla pegada a él, como hacía tiempo, encontrando en su mirada pasión y no sólo cansancio y molestia. Ella recostó su cabeza en el hombro derecho de Michael, cerró los ojos y entrelazó sus manos con las de él. Michael jugaba con sus dedos, pero soltó sus manos para rodearla por la cintura, colando sus manos bajo la bata que aún llevaba. Hacía semanas que desconocía que ocultaban sus ropas. Más bien hacía más de dos meses que ni siquiera era capaz de hacer algo más que contemplarla malhumorada, cansada y agobiada.

—He descuidado mucho mis obligaciones como esposa Michael. A veces creo Oberon tiene razón, y me dejarás por otra más joven. Una que te de hijos y no monstruos como yo. He descuidado hasta inclusive a Hazel.

Hazel era ese milagro genético. Una niña que al fin habían podido tener entre sus brazos. A él no le importaba quien era su padre, pues para Michael la niña era suya. Cuidaba a la pequeña cada día al volver de la empresa que tenía en la ciudad, la cual cada vez tenía mayores colaboraciones con otras importantes por todo el país. Sin embargo, sus obligaciones como padre jamás estaban desatendidas, ni las de dulce y atento esposo. Ella no era así. El trabajo la absorbía porque era una forma de no pensar, de no sufrir, de no padecer... Trabajar, para Rowan, era su medicina y su forma de canalizar el dolor.

—Por ese motivo has terminado perdiendo el juicio—murmuró recostando su espalda en el respaldo, permitiendo que sus largas piernas se estiraran sobre la moqueta de la limusina—. Rowan, siempre te espero... jamás te cambiaría porque no podría arrancarme el corazón.

Observó el rostro de quien era el hombre de su vida. Sólo a él le había dado por entero su corazón. Tenía unas facciones duras, pero hermosas. Era el rostro de un hombre irlandés, curtido así mismo, pero con unos ojos que aún levantaban cierta ternura y esperanza. Acabó llevando la diestra a una de sus mejillas acariciándola. -Michael...—susurró con sensualidad, para finalmente acabar devorando sus labios como aquel primer encuentro entre ambos.

Él se perdió por unos segundos en sus ojos grises, sus manos acariciaron su cintura y subió hasta sus pechos apretándolos. Sintió que su cuerpo cedía ante el deseo. De inmediato, sin poder contenerse, la recostó en el asiento y le abrió la blusa, sacando sus pechos, para mordisquear los pliegues cálidos de éstos, sus pezones y el canalillo. Sus dedos, hábiles aunque desesperados, buscaban abrir el botón de su pantalón para bajarlos y deshacerse de ellos. La quería desnuda bajo su cuerpo. Necesitaba que la tapicería de la limusina se pegara a la espalda de Rowan y se convirtiera en una segunda piel, así como la suya.

Rowan estiró la mano torpemente hasta dar con el botón de cierre de la ventanilla del conductor. No deseaba oídos indeseados, ni ojos y tampoco murmullos que rompieran ese momento. Rápidamente agarró la camisa blanca, de impecable algodón, que llevaba Michael, para tirar de ésta y hacer estallar todos los botones. Éstos salieron despedidos desperdigándose por todo el vehículo, los cuales incluso impactaron contra los cristales de la limusina. Sus manos bajaron por su torso, marcado aún hoy por el esfuerzo físico que hacía pese a sus problemas de salud, y las deslizó hasta el borde de su pantalón. Allí abrió el cinturón, el botón del broche del pantalón y el cierre, para palpar su miembro por encima de la ajustada y negra ropa interior. Percibió que ese miembro ya estaba despertando, lo cual provocó que apretara sus dedos entorno a él y lo acariciara con mayor deseo. Su vagina se humedecía y calentaba. Sentía un ligero calor que subía de entre sus piernas hasta sus pezones, los cuales estaban ya duros por los mordiscos y cuidados de Michael.

Su barba bien cuidada rozaba su torso. Hundía su lengua entre sus senos, mordía su vientre y subía hacia sus clavículas. No dudó en agarrar con firmeza su mano derecha con la suya diestra, para llevarla dentro de su pantalón que había logrado desabrochar. Dentro, incluso en el interior de su ropa, despertaba su grueso miembro que tanto anhelaba su contacto.

—Michael... —murmuró, entre jadeos, masajeando su miembro. Pero acabó sacando sus manos de su ropa interior y jaló hacia abajo todo lo que le cubría, del mismo modo que ella retiró su pantalón y bata de médico.

Desnuda bajo su cuerpo, con aquella estrecha cintura que acentuaba sus caderas y mostraban unos muslos ligeramente gruesos, pese a su delgadez, se sintió excitado. Pese a los años ella seguía siendo más joven, tenía un cuerpo cuidado y mantenía una piel de seda. La deseaba. El calor le hacía sentirse sofocado. Abrió sus piernas, se acomodó entre ellas y entró sintiéndola estrecha. De inmediato gruñó satisfecho cerrando sus ojos. Su mirada azulada se perdió, igual que su mente. Sólo podía murmurar su nombre inquieto. Más de dos meses sin sexo, disfrutando del recuerdo tan sólo, y cuando volvió a mirarla lo hizo desesperado. Sus ojos eran dos bolas azuladas de pasión y sus caderas comenzaron a moverse, mientras colocaba sus muslos rodeando sus caderas.

El cuerpo de Rowan reaccionó, pues al sentir aquella estocada se revolvió entre sus brazos por el placer, aprisionando dentro de ella su miembro. Ya había olvidado el éxtasis y ardor tan delicioso del cual era presa al hacerlo con él; y, sin embargo, tenía un aroma parecido al de un macho Taltos que le hacía perder la razón. No sabía como negarse y mucho menos como alguien podría negarse a ello.

Podía mover el cuerpo de su mujer como desease. Seguía manteniéndose fuerte, buscando permanecer como cuando era joven. Su musculatura seguía siendo bastante evidente y ella era delgada, muy delgada. Jamás engordó tras tantos años. Seguía siendo frágil en apariencia y ligera para mover bajo su cuerpo, mucho más pesado. Él se movía entre sus piernas como un macho Taltos. Buscaba llegar al límite y satisfacerse, pero también acariciaba y mordía de forma tierna deseando que ella siguiese gimiendo.

—Michael—lanzó un chillido agudo de placer, al tocar ese punto con el cual perdía la cabeza y el control. De inmediato rasguñó su espalda, enterrando sus uñas, gritando por más. Su cabello estaba revuelto sobre el asiento, rozaban sus senos y se pegaban a su frente. Tenía el rostro congestionado por el placer y perlado por el sudor.

Él continuó golpeando con su glande ese pequeño punto. La miraba furioso, con sus ojos encendidos. La pasión que había contenido siendo amable, con esa paciencia y caballerosidad, se había roto. En esos momentos seguía siendo el hombre que buscaba llegar al límite, saborear su cuerpo como si fuese un Taltos y hundirse en el deseo mientras ella lo rasguñaba. Se contenía para no dañarla, pero le ofrecía un sexo salvaje al que la tenía acostumbrada.

El ruido de los testículos golpeando, cada vez con mayor violencia, podían escucharse con facilidad cuando ella quedaba sin aire para poder gritar, gemir o pedir aún más. Las gigantescas manos de Michael estaban sobre sus caderas, apretándolas con furia y levantándolas de vez en cuando. Pero, por supuesto, sus manos acabaron en otros lugares más placenteros. Su derecha tomó su cuello, tras la nuca, para levantar su cabeza y poder besarla. La zurda buscó meterse entre ambos cuerpos, para acariciar su clítoris y sentir la tremenda humedad que ella tenía.

En algún momento ambos perdieron la conciencia. El ritmo era salvaje. Podían parecer prácticamente dos Taltos copulando en mitad del círculo sagrado de piedras. Ella gemía. Él gruñía. Pero eran tan sólo dos brujos con un poder innegable. Podían leerse las mentes, pero en aquellos momentos sus cerebros habían colapsado.

Cuando la limusina llegó frente a la mansión donde aún permanecían, esa que había sido reconstruida por Michael y ocultaba bajo el árbol, aquel imponente árbol, los restos de los Taltos, ellos llegaron al paraíso. El edén no se había perdido, sino que se concentró en los asientos de una limusina. Las piernas de Rowan temblaban, Michael estaba empapado en sudor igual que ella y el chófer no sabía si comunicarles que habían llegado al destino. Pasarían largos minutos en los cuales ambos, Michael y Rowan, intentaron en vano recuperar el aliento y vestirse lo más decente posible.


Al bajar de la limusina, Michael, la tuvo que tomar entre sus brazos y cruzar la cancela, caminar por el pasillo de adoquines hasta la entrada y subir las escaleras hacia el dormitorio. Pudo tomar el ascensor, pero prefirió no hacerlo. Los cuadros parecían observarlos meticulosamente. Las pinturas cobraban vida en esa enorme mansión, los fantasmas seguían rondando y ellos deseándose. El cariño, la pasión y el evidente deseo los seguía vinculando. Puede que el amor dure para algunos unos años, pero si sabe conservar, aunque sea en breves momentos, pueden lograrse milagros.  

martes, 2 de diciembre de 2014

No siempre soy lo que parezco

Recuerdo a este granuja. Recuerdo lo cínico que fue, lo chulo que se comportó, y luego como se derrumbó llorando. No dejan de ser niños con aspecto adulto. 

Lestat de Lioncourt


Han pasado muchos años desde la primera vez que pasé mi primera noche en este lugar. Muchos han desaparecido, esfumándose como si fuera el humo de un cigarrillo mal apagado, otros han llegado para no marcharse y los recuerdos siguen haciéndome llorar como el primer día. Estas fechas son especialmente terribles para mí. En mi mente hay recuerdos que no son míos, sino de mi padre. Por ello puedo ver la nieve acumulándose en las frías, grises e inhóspitas calles de Nueva York. Es increíble, pero incluso tengo en mis vagos recuerdos el sonido de la nieve crujiendo bajo los mocasines. La suave caricia de una bufanda Burberry en sus mejillas parece que ocurre ahora, sobre las mías, y eso me atormenta.

Navidad. Tiempo de paz y amor. Tiempo en el cual los sueños se hacen realidad. O eso se supone. Sin embargo, sigo buscando los pequeños vestigios de la empresa de mi padre. He adquirido recientemente en Ebay uno de sus juguetes. Es una muñeca muy coqueta, con unas mejillas rellenas y unos labios inocentes. Blue Boy desapareció de la nada. Las fábricas se vendieron por trozos. Los pocos materiales y objetos que quedaban se regalaron a los empleados, todos ellos repartidos en nuevos contratos de trabajo en varias multinacionales. Mi padre no dejó cabo suelto. Nadie podría hablar mal de él. Si bien, se convirtió en leyenda. Las niñas seguían pidiendo sus muñecas, los niños sus pequeños coches y poco a poco la marca resurgió debido a la añoranza de los padres. Ahora muchos coleccionistas buscan algo similar para sus hijos. Quieren una infancia como la suya.

Desconocen que aquel empresario de brillante talento se convirtió en un bloque de hielo, con los ojos cerrados y los brazos rodeando el tierno cuerpo de una hembra joven. Un Taltos. Un ser legendario que vivó durante mucho tiempo entre los hombres, pero que sufrió tanto como cualquier humano. Incomprensión, soledad, derrotas, mentiras, verdades grotescas, horror, sangre, lágrimas, hielo y veneno. Eso es todo. Todo lo que queda de mi padre puedo resumirlo en los recuerdos que rememoro sólo porque no quiero perderlos. No deseo que el tiempo robe lo poco que él me dejó.

Miravelle lleva despierta algunas horas. Baila detrás mía una melodía que escuchó en un programa de televisión. Su camisón de raso rosa parece minúsculo debido a sus largas piernas. Su cabello dorado y espeso cae sobre sus hombros de forma sensual. Mueve sus brazos, contonea sus caderas y vive ajena a algo que me entristeció hace unas noches. Algo que me hizo buscar lo que queda de papá.

Adquirí un libro. Fue impactante volver a saber sobre se vampiro rubio y estúpido. Ese que hizo a la abuelita un vampiro como él. Leí la obra sin mucho esfuerzo. Me imaginaba todo lo que allí ocurría. Pero cuando llegué a cierta parte el libro, que se había pegado a mi mano con fuerza, cayó al suelo. Algo me dijo que los dos jóvenes vampiros que habían muerto en terribles circunstancias eran la abuelia y Tarquin Blackwood, su gran amor. Comencé a llorar olvidando mi sonrisa cínica, mis suposiciones llenas de rabia y mis palabras duras. Me convertí en un niño, aunque nunca lo fui. Quise que mi padre estuviese conmigo abrazándome, diciéndome que la familia no permitiría que nuestro escaso legado se perdiera en el tiempo. Recordé la muerte de mi madre, mi padre, de varios hermanos y la terrible sensación de saber que Rowan jamás nos amaría pese a todo. Me siento agotado, pero sonrío a Miravelle que me mira guiñándome un ojo e intentando que la acompañe en ese sensual baile.


Soy Oberon Mayfair... Soy Oberon Templeton. No quiero olvidar el pasado, mi familia, la verdad y el dolor que siempre me acompaña para no cometer los mismos errores. Soy el Taltos cínico que sonríe pese a todo.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt