Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 9 de octubre de 2017

Impulsor...

Lasher ha regresado aunque sea en poema... 

Lestat de Lioncourt 

Susurra de nuevo el encantamiento.
Oscuros sortilegios surgieron de tus labios...
Y estos jamás los pude olvidar.

Eras tú, era yo y el círculo de piedras.
Llévame hasta ese momento otra vez.

Ilusas fueron tus predecesoras...
Muertas todas por su ambición y poder.
Pero yo las amé, las amé a todas.
Una a una las acompañé hasta la última hora.
La misma hora que ahora está llegando.
Suena en el reloj del salón la media noche.
Ora por las almas antiguas y venideras...
Rowan ya es la puerta.

Soy el Impulsor. Soy el Hombre. Soy Lasher.
Soy por quien veréis este atardecer
y comprenderéis lo que os quise hacer entender...
Yo no era un demonio, yo no era un fantasma...

Taltos... Macho Taltos... dispuesto a procrear con brujas.

sábado, 16 de septiembre de 2017

Últimas horas

Julien y Richard... ¿Acaso no es amor? Yo diría que es el más puro.

Lestat de Lioncourt 


—Te pondrás bien.

Había despertado después de horas dormitando. La noche había sido agitada debido a la irrupción del Hombre en la habitación. Él, como siempre, apareció para intentar consolar su miserable existencia acompañándome de forma sentimental y arrojando contra mí toda una perorata de amor falso, como las perlas baratas que un hombre tacaño adquiere para sus ilusas amantes.

Richard estaba vestido de forma varonil, dejando atrás el maquillaje, las medias de red, los bonitos y sofisticados tacones o el sujetador con relleno. Ante mí había un muchacho de tez clara con mejillas de color de los duraznos maduros y una boca carnosa, algo trémula, que no dejaba de murmurar que me amaba sin decir siquiera palabra alguna. Tenía unos ojos tan profundos que a veces me ahogaba en ellos como ocasionalmente lo hacía Lasher en el whisky, el ron o cualquier vino barato cuando nos obligaba a ir al puerto a disfrutar de las tabernas y las putas que allí se arremolinaban. Mujeres que eran como abejas en un panal de miel, zumbando de un lado a otro, buscando un hombre que las mantuviese esa noche en sus camas y dejasen un buen fajo de dinero en las mesillas de noche de los moteles más baratos y nauseabundos que puedas imaginar.

—Eres un iluso—respondí sintiendo la boca pastosa debido al medicamento.

—Siempre te he visto superar cualquier problema con tus empresas, solventar cualquier enfrentamiento y te has burlado de tus años. Lo lograrás.— Decía aquello convencido. Estaba absolutamente convencido que no me moriría. Él creía que podría luchar contra el mundo entero y salir victorioso cual Alejandro Magno, pero no. Ya tenía ochenta y cuatro años aunque él ni siquiera lo podía imaginar ya que jamás había aparentado mis años, pero aquella caída había hecho que mi vida se convirtiera en un infierno.

—Ni siquiera te he dicho jamás mi edad—dije con una sonrisa cargada de coquetería.

Mi cabello negro y rizado, muy rizado, ya no existía y en su lugar había una cabellera cana. Mis ojos era lo único que aún conservaba como cuando era un muchacho, unos ojos azules inquietos y llenos de preguntas. Apenas tenía arrugas, pero se podía intuir que no era un cuarentón ni un cincuentón.

—Ni lo necesito. La edad son cifras que no me interesan—dijo tras una fresca carcajada.

Suzette Mayfair, mi esposa, me odió muchísimo por mis infidelidades. Yo la amé de forma egoísta, pues nunca la amé como a una mujer sino como una compañera. Amé su temperamento, su belleza, sus virtudes y el amor que desprendía hacia nuestros hijos. No obstante, jamás pude amarla como amé a Richard.

—Sabes que siempre te he sido fiel a mi mod.

—Sí, a tu manera—susurró buscando mi mano derecha para tomarla entre las suyas. Estaba sentado casi al borde de la cama, pero se acomodó un poco en esta para estar muy cerca de mí—. Siempre has hecho las cosas a tu manera.

—¿Y eso no te ha hecho sentir jamás traicionado?

—Me has dado los mejores años de mi vida, pues a tu lado he aprendido demasiadas cosas. — Sentí un extraño deseo de desnudarlo y hacerle el amor, pero apenas tenía fuerzas esa mañana.


Me quedé mirándolo y recordé a Victor Gregoire, el mestizo oficinista que había trabajado para mí y que el Hombre mató, sentí miedo por un momento porque ese espíritu pudiese matarlo cuando yo me muriese debido a sus celos insanos. Aún así no dije nada y sólo dejé que las lágrimas surcaran mi rostro mientras lo miraba agradecido por todo el amor que me ofreció aunque no me merecía siquiera una caricia de sus virtuosas manos.  

jueves, 24 de agosto de 2017

Todo tú

Admitamos que Julien tenía labia. 

Lestat de Lioncourt 

Inesperadamente al abrir la puerta de su apartamento, pequeño y para nada diáfano, encontró aquellas flores sobre el escritorio que usaba para comer y estudiar algunos libros que lograba adquirir con gran esfuerzo. Las flores eran frescas y reconocí la banda lavanda de su floristería favorita. Junto a las flores había una nota doblada que dudó durante unos segundos en tomarla y leerla. Al final, lo hizo.

Reunió fuerzas, respiró profundamente y se encaminó al escritorio para tomarla. Eso sí, primero acarició algunos pétalos de las diversas flores que allí estaban reunidas, en un ramo heterogéneo y abundante. Después agarró la nota y se sentó a leerla. Sus manos temblaban, las letras se emborronaban mientras leía y acabó llorando. Algunas lágrimas salpicaron el papel, pero este se reproducía una y otra vez con la voz del hombre que le había robado el corazón, por no decir el alma y todos sus pensamientos cuerdos.

«Desnudé tu alma más allá de la primera capa, inoculé tu recuerdo en cada pensamiento y dejé que el virus nos contaminara a los dos. La droga del amor se convirtió en lo único que teníamos para combatir los malos momentos, la tortura de una sociedad ciega y convulsa en años difíciles, oscuros e imposibles para que germinara cualquier sentimiento que no fuese odio, decepción, soledad y desarraigo. La sociedad que yo conocía no era la misma en la cual naciste, la diferencia era abismal entre ambos y aún así me tomaste de la mano, me sonreíste y decidiste manchar de carmín mi boca; la misma boca con la cual te he recitado canciones como si fueran poemas, te he dicho reproches para que te embravecieras y he confesado el tormento que sentía cuando te hallaba lejos de mis brazos, del borde de mi cama o no escuchaba tus tacones marcando un compás casi sagrado.

Aquí me tienes con los brazos abiertos, el alma en un puño y las lágrimas convertidas en flores. Me tienes de rodillas, rogándote que me creas, porque tal vez no soy el mejor de los hombres, ni el perfecto amante y ni mucho menos el honesto hombre de negocios que todos ven. Tras mi fachada de hombre con carisma, de soberbio y filibustero hay un pobre diablo que sólo piensa en tu sonrisa, en el encanto de tus pensamientos y en la pasión de tu mirada.


Me tienes en tus manos suaves y perfumadas. Lo sabes. Me tienes ahí, al alcance de tus dedos y a un sólo “te quiero”. »

martes, 15 de agosto de 2017

Julien Mayfair

Julien vs Lasher...  ¡Ah! Tentación.

Lestat de Lioncourt 

—Hay verdades disolutas como una pipa cargada de tabaco y una taza de chocolate humeante. Verdades que provocan cáncer de nostalgia y un agujero en la sien de un revolver que nunca llegó a dispararse. Certezas que no se confirman, pero que están ahí acariciando el vello de tu nuca y sonriendo como la chica más bonita del baile y que nadie quiere sacar a bailar, pues para ellos y sus cánones no es suficiente. Realidades como el golpe que un terrón de tierra que cae sobre tu propio ataúd mientras lo contemplas. Tú, yo y cualquiera somos verdades y podemos ser tóxicos como beneficiosos—. Decía aquello convencido de cada una de sus palabras. Sobre todo, porque se giró hacia mí y me observó sin pudor alguno, sin miedo, sin orgullo y tampoco sin necesidad de mostrar cierta fragilidad. Era él mismo. Su alma resplandecía tras sus ojos profundamente azules y que mostraban ya alguna arruga, así como su cabello estaba cada vez más cano.

No recuerdo la edad que podría tener por ese entonces, pero creo que ya rozaba los cuarenta. Su cabello rizado, bien peinado siempre y con corte a la moda, era una marea de colores. Su cuerpo era flexible aún, pero se hallaba laxo sobre el sillón como si estuviese muerto o careciese de emoción, aunque su sonrisa mostraba todas y su voz la propulsaba más allá de su cuerpo, de su figura, de su innegable hombría a pesar de sus coqueteos con hombres y grandes pasiones a escondidas de una sociedad aún anclada en creencias católicas llenas de misoginia y homofobia. Él era un héroe entre muchos hombres, un símbolo para la familia y un ejemplo para sus hijos. Él era Julien Mayfair y estaba explicando lo tóxico que podía ser pese a que muchos lo amaran.

Era la divina tentación para cualquiera, sobre todo para alguien que ansiaba tener un cuerpo y estaba anclado en un no-existir, en un no-vivir, observando a los demás disfrutando de su existencia, de su vida y, en definitiva, de “ser”. Yo no era nada salvo una sombra, un viento entre las ramas o un hombre bien vestido, con cierta belleza, caminando por el jardín de la mansión de First Street.

Me quedé dubitativo aunque siempre he mostrado una personalidad juguetona, algo infantil, pero sólo es una muestra y no una realidad. Me senté en su cama sin apartar los ojos de encima de su cuerpo, de la forma elegante que se llevaba la pipa a los labios y daba una calada. Él sabía que podía morir en cualquier momento, él sabía que sus poderes tenían un límite, él se sabía distinto e igual a los demás hombres y mujeres de la familia.


Abrí la boca como para decir algo, pero finalmente guardé silencio. Era mejor no decir nada. Sólo lo dejé pasar.

sábado, 29 de julio de 2017

Amor... ¿Qué es el amor?

Un nuevo recuerdo de Lasher. 

Lestat de Lioncourt 

El humo de la pipa se extendía por todo el pasillo endulzando el ambiente con su detestable aroma. Sus pasos sonaban sosegados, elegantes y contundentes; podría decirse que pisaba con la misma fuerza que sus ojos azules. Algo en él había cambiado y yo podía apreciarlo. Estaba más decidido que nunca averiguar la verdad. Ya no era un niño al cual usar como títere, sino un adulto con algunas canas otorgándole una nota de distinción a su enrizada cabellera negra bien peinada. En el regazo de su brazo izquierdo llevaba un ramo de rosas recién abiertas y poseía un hermoso papel color negro con un lazo tan rojo como los pétalos de estas. El traje era nuevo y le sentaba como un guante, pues su sastre era el mejor de toda la ciudad.

Al llegar al hall de la mansión se colocó la pipa entre sus labios, la pellizcó con sus dientes, y buscó su juego de llaves para cerciorarse que la llevaba, así como tenía la cartera en el interior de su americana. Después abrió la puerta y se marchó dando un suave portazo. El sol incidió rápido en su rostro y él sonrió tomando la pipa con la diestra, echando el humo por la nariz y posiblemente pensando en ese amante que tanto le reconfortaba.

Decía que le hacía sentir vivo. Eso decía. “Vivo”. ¿Acaso alguna vez estuvo muerto? Tal vez lo estuvo en su conciencia. Discretamente había cambiado sus sentimientos hasta que al final había estallado todo como cuando la dinamita abre la entrada de una mina. Supongo que eso podía explicar que se escapara temprano del trabajo en algunas ocasiones y no regresase pronto para almorzar.

Me situé a su lado y caminamos juntos por el jardín. Pude escuchar como tarareaba el último vals que habíamos bailado. Digo habíamos porque usé su cuerpo y fue espectacular, pues creo que deslumbramos en el salón de baile a todas las damas presentes. Claro que él no había sido plenamente consciente, pero la melodía se había quedado de algún modo adherida a su alma.

—¿Por qué lo amas?—pregunté con cierta curiosidad.

—Otra vez tú con tus preguntas estúpidas—respondió enseriando sus facciones.

—¿Por qué te molesta decirme lo que ocurre?

—Impulsor, dices que amas a la familia y no puedes entender esta clase de amor—dijo sin siquiera mirarme.

Tenía ya más de sesenta años, aunque no estaba seguro si ya había cruzado los setenta. A mí eso no me interesaba, pues el tiempo que tenía con él lo bebía a grandes sorbos hasta emborracharme.

—Es porque a mí nunca me han amado.


Mi respuesta hizo que girara el rostro y me observara minuciosamente durante unos segundos. Creo que sintió lástima por mí, pero pronto suspiró y volvió a sonreír oliendo las rosas. Sabía que estaba pensando en ese muchacho de rostro dulce y piernas demasiado largas. Lo envidié. Envidié que pudiese saber lo que es amar y me juré que al regresar amaría, pero finalmente no logré más que un nuevo calvario.  

lunes, 24 de julio de 2017

Adiós

Lasher y Julien eran compañeros inseparables porque el primero era parásito del otro.

Lestat de Lioncourt

—Nunca pensé que todo pudiese acabar así.

Su voz sonó ensombrecida por la medicación que le ofrecían para los agudos dolores en sus huesos. Llevaba en la cama algunos días sin siquiera moverse para poder asearse correctamente. Sus ojos azules se veían apagados y sus cabellos canos no resaltaban tanto, pues su piel estaba más pálida e incluso fría. Sin embargo, tuvo que hablar.

—¿Así como?—pregunté.

—De este modo.

Intentaba de forma absurda incorporarse en la cama, pero no era capaz. Estaba demasiado débil. Sus manos tenían ya manchas en la piel debido a la edad, aunque no me había fijado en eso hasta ese momento. Parecían más huesudas y débiles, pues incluso temblaban. Había perdido demasiado peso y parecía un cadáver en comparación con el hombre elegante, sofisticado, soberbio y digno que siempre se paseaba por las calles de Nueva Orleans sintiéndose dueño de este pedazo de tierra. Ya no había poder, pero seguía su belleza en algunos gestos y también en su forma suave de hablar.

—Te mueres.

Sentencié con congoja. Las nubes comenzaron a unirse entorno a la avenida, subiendo hacia la calle y quedándose sobre la vivienda. Pronto se fueron convirtiendo en un mar tumultuoso y agitado. El viento empezó a mecer las ramas de los árboles. Las palmeras cercanas a la piscina se movieron descontroladas por la ventisca y los arbustos empezaron a perder sus flores.

—Me muero. Ya me libraré de ti y de todo este tormento—sentenció.

—No puedes morirte—negué.

Si él se moría, ¿qué sería de mí? ¿Qué sería de la familia? No podía morirse. Si se marchaba parte del legado se dilapidaría convirtiéndose en sólo recuerdos.

—No soy eterno. Todos tenemos un tiempo limitado en este mundo.

—No puedes.

Seguía negando su partida, aunque tenía razón. Eran ya más de ochenta años. Había vivido un siglo extraño de grandes cambios y progresos. Todavía lo recordaba en la vieja vivienda familiar observando los enormes tomos y deseando alcanzar las distintas baldas. Ya no estaba ese niño inquieto, ni el joven atractivo o el maduro hombre de negocios. Sólo quedaba un pobre viejo aquejado por la enfermedad del tiempo.

—No seas terco. Ya déjame en paz—dijo con amargura.

—¡No puedes! ¡No puedes!—vociferé.

—Llévame hasta la ventana.

—¡No!


Al final lo hice. Llevé su cuerpo a la ventana para que pudiese contemplar como la lluvia comenzaba caer en un aguacero intenso. Después soltó su último aliento mientras los pasos rápidos y preocupados de Mary Beth sonaban por la escalera.  

domingo, 23 de julio de 2017

Infierno

Oberon y su visión de lo ocurrido en la isla.

Lestat de Lioncourt 

Había escuchado la última discusión de la mañana. Mi madre había gritado de nuevo a mi padre mostrándose iracunda, salvaje, desenfrenada y para nada dialogante. Ella tenía una verdad y esa verdad era la única. Él simplemente permaneció de pie, con las manos colocadas sobre la mesa con las palmas extendidas y el rostro en un rictus que no supe comprender. Parecía pedir paz y que le escuchase, pero lo hacía en silencio absoluto. Supongo que jamás pensó que la convivencia fuese tan difícil, sobre todo cuando te despiertas cada día con un insulto nuevo, un golpe sobre la mesa o un jarrón estrellándose muy cerca de su cabeza.

La playa estaba tranquila. La arena dorada y fina se extendía sobre varios kilómetros y apenas había oleaje. Pude ver una bandada de aves tropicales cruzando el cielo entre las escasas nubes. El calor empezaba a provocar que el sudor apareciera en mi frente y mis largos cabellos negros hondeaban suaves por la brisa. Apenas llevaba unas bermudas blancas y unas sandalias de cuero marrón. Parecía un náufrago intentando hallar los restos del barco.

No muy lejos estaba el muelle donde teníamos las potentes lanchas a motor para ir a la siguiente isla, donde conseguíamos los productos necesarios para mantenernos vivos. Pero justo estaba huyendo de allí, porque a diez metros se hallaba mi “hogar” y era un auténtico infierno. Al otro extremo de la isla se hallaba mi lugar favorito, el cual era un pequeño acantilado. Me gustaba sentarme al borde y poder ver las olas golpeando la roca erosionándola como hacía desde la formación de la isla.

Necesitaba ir allí para despejarme, pero algo me detuvo. Un grupo de mis hermanos estaban colocados en círculos hablando de venganza contra nuestro padre. Ellos decían que él nunca había sido un buen gobernante y que sus imposiciones eran devastadoras para nuestra especie, la cual debía ser líder por encima de los humanos. Me quedé callado observándolos y ellos hicieron lo mismo al percatarse que estaba allí.


Tuve que huir. Se incorporaron rápido y vinieron hacia mí para poder callarme. Corrí cuanto pude y lo hice en dirección al infierno del cual surgía. Gritaba el nombre de mi madre y el de mi padre. Después no recuerdo mucho más. Sólo sé que poco después supe que ambos estaban muertos y yo me veía condenado a las órdenes de un mafioso local. El sueño del Pueblo Secreto se dilapidó y sólo quedó ruinas.  

martes, 11 de julio de 2017

Secretos

La amistad es así, ¿no? Tú me cuentas y yo te cuento.

Lestat de Lioncourt 

—Sinceramente, no sé como lo logras.

—Es fácil cuando eres un Mayfair.

Habíamos tenido esa conversación en varias ocasiones. La última fue aquella noche. Fue poco antes que todo empezase a ser más truculento alrededor de nuestras vidas. Dejamos de hablar de ello, por supuesto. También nos olvidamos de las apuestas demasiado cuantiosas. Ya teníamos cierta edad y no nos conformábamos con una vida cómoda, pero tampoco deseábamos arriesgar la escasa tranquilidad y felicidad que ambos teníamos. Creo que fue poco antes de marcharse a Italia, concretamente a Nápoles, cuando se desencadenó una profunda charla que aún hoy recuerdo.

Parecía entusiasta con su última conquista. Era una joven de la calle que ejercía el oficio más antiguo del mundo. Había venido de Gran Bretaña, era irlandesa, y poseía una belleza increíble. No hablé jamás con ella, pero la sonrisa maliciosa que tenía en sus labios cuando se acercaba a él tras las partidas de poker jamás me agradó. Era como si supiera que sería traicionado.

Por mi parte me hallaba envuelto en diversos amoríos. Todos sabían que era un hombre que no tenía miedo a conquistar una cama tras otra. Me revolcaba con cualquiera según las suposiciones de los que creían conocerme. Pero era falso. No lo hacía yo. Era el Impulsor, ese que llamaban “El Hombre”, quien manejaba mi cuerpo y lograba hacer tales pericias. En realidad era un amante adorador de los libros, las tazas de chocolate caliente y los bailes tranquilos. También me perdía el juego pero sólo por la adrenalina del momento. Él era quien bebía, fumaba el triple que yo en mi hermosa pipa y se dejaba la piel en las relaciones amatorias. Al menos lograba ocultar mi verdadera sexualidad en un tiempo donde todo se veía prohibido.

Apenas se estaba eliminando la esclavitud. Por mi parte jamás fui un esclavista nato. Siempre había ofrecido algunos billetes a mis empleados. Para mí era ingrato no darles algo del beneficio que adquiría día tras día gracias a sus manos y el sudor de su frente. Así que no se podía exigir demasiado a una sociedad que veía la mano de obra infantil como algo normal y la mujer como alguien sometida al marido. Tenía que aparentar y ese maldito fantasma lo hacía por mí.

—Los Mayfair sois extraños. Jamás he visto a un hombre como tú en vuestra familia. Son las mujeres quienes llevan el peso del apellido. Tu hermana, por ejemplo, no parece muy por la labor y tú asumes el riesgo. Es muy extraño—opinó recostado hacia atrás en la silla.

Manfred jamás fue atractivo. Ni siquiera en aquella época. Era un hombre de entorno a los cuarenta años, con alguna entrada, ojos pequeños que parecían canicas y una boca generosa. No, definitivamente no era el canon de belleza griego. No obstante conseguía amantes desde antes que enviudara, pero él siempre las rechazó. Por aquel entonces se dejaba querer. Estaba solo, arrepentido y buscaba una mujer que pudiese cuidar de sus hijos. Un error garrafal si me lo preguntan.

—Te contaré algo ahora que estamos a solas—dije notando que nadie nos escuchaba. Estábamos en una pequeña habitación, con un par de copas de más, las cartas regadas sobre la pequeña mesa y el sonido de los cánticos de los borrachos a nuestras espaldas tras una puerta mal encajada. Me sentía en ese momento libre y cómodo para decirlo—. Hay un espíritu o fantasma que nos acompaña. Él dicta las normas. Quien lo ve queda a su cargo y le ayuda a enriquecer a la familia. Mi hermana es una pobre desdichada que jamás lo ha visto y yo sí. Lo veo desde siempre. Con tres años asumí mi papel y hace tiempo que tengo las manos manchadas de sangre. No soy un hombre honesto y además hago trampas. Él me ayuda, Manfred. Eso es todo.

—Te diría que estás loco, pero he visto fantasmas rondando por las viejas vigas de las distintas alcobas que he visitado con mis jovencitas—respondió—. Y también he visto un monstruo distinto. Uno hermoso y que camina por la tierra aunque juraría que está muerto.

—¿Un monstruo?—pregunté con intriga.

—Un vampiro.

Ambos nos miramos durante algunos segundos y sentí que mi corazón se aceleraba tanto como el suyo. Sonaban como tambores de guerra.

—Ella me dio la fortuna que poseo a cambio de hacerle un Santuario para descansar de su compañero. De vez en vez necesita alejarse de la criatura que lo hizo. Y digo lo hizo porque a veces es hombre y otras veces es mujer. Me resulta confuso darle un género o un sexo—dijo asumiendo que podía tacharlo de loco como hacían todos, pero no fue así.

—Ni una palabra del Hombre a nadie—dije.


—Lo mismo te digo de Petronia.  

lunes, 26 de junio de 2017

Felicidad

Felicidad... qué fácil suena ese título y qué difícil debió ser para Julien escribir esto.
Lestat de Lioncourt


Nos hicieron creer que el amor era cosa de locos y que la felicidad era demasiado breve, frágil y difícil de alcanzar. Nos llenaron el alma de objetos inútiles, frases grandilocuentes e insensibles momentos de consumismo descerebrado. Caminamos por los infiernos de esta ciudad bebiendo de cada botella pensando que el alcohol lograría cicatrizar nuestras almas, así como ayuda a cicatrizar las heridas. Nos evadíamos en las miradas que provocábamos y nos reíamos de nuestro patético destino. La muerte estaba siempre presente rezando oraciones. Nos conformamos con un momento, pero este se alargó en el tiempo y nos dimos cuenta que nos habían mentido.

No es tan difícil ser feliz, del mismo modo que el amor no es pura locura. El amor a veces es lo único que hace falta para unir dos almas que zozobran en un mar injusto, lleno de pecados que son llorados por ángeles egoístas y de miradas impías. Mírate ahora, lee mis líneas y suspira una vez más. ¿Recuerdas el tono de mi voz cuando te pedía disculpas? Apenas lo hice en un par de ocasiones, pero fue porque realmente las merecías. ¿Vienen a tu mente las palabras de amor que te regalé la primera vez? Por supuesto, así como las últimas y las más cotidianas. Cierra los ojos, recupera el aroma de mi colonia y sonríe una vez más. ¿Eres dichoso ahora? Tal vez no en estos momentos, pues el duelo es reciente. Sin embargo, estoy ahí. No sé como explicarte las cosas que nunca pude, pero sólo créeme. Estoy ahí, estoy aquí.

Todo lo que nos hicieron creer es basura. Los grandes miedos que ambos vivimos debieron ser dilapidados al grito de libertad. Sin embargo, la sociedad nos llenaba de miedos. Pero no debíamos temer, pues nada teníamos que perder y sí mucho que ganar. Debimos romper los preceptos sociales y decirles a todos que su cultura del odio, de la normalidad y la honra, eran fruto de un Dios egoísta y una religión pueril de sádicos engreídos.

Dios dijo que nos amásemos y lo hicimos. Dios dijo que debíamos perdonarnos y lo hicimos. Dios dijo tantas cosas, Richard. Si bien, ¿merecemos ser llamados hijos de Dios? Mejor te lo planteo de otro modo... ¿Crees que merece Dios ser nuestro creador, padre todopoderoso y guía? No. No lo merece. No merece este amor tan puro, pues es más puro que el batir de alas de sus ángeles. Tal vez nunca fui tan cursi como ahora, pero tal vez me arriesgo porque no me estás viendo escribiendo estas líneas, completamente tullido y desesperado porque se que me muero.

Hoy has venido tan hermoso y encantador como siempre. Has sonreído como si el día no estuviese nublado. Te has sentado a mi lado, has tomado mis manos y te has engañado a ti mismo. Sabes que físicamente nunca te he sido fiel, pero mi alma te ha pertenecido desde la primera vez que nos vimos. Sin embargo, has negado incluso eso. Has enterrado en el jardín todo lo que no querías de mí para quedarte con lo puro, con lo bueno, con lo necesario, con lo que tú y yo teníamos.

¿Cuántos años? Creo que son más de diez. Eras apenas un niño y ahora puedes considerarte todo un joven apuesto, con dotes empresariales y un sueño demasiado honesto entre tus manos. Y yo me he convertido en un anciano al borde de la muerte. El gran Julien Mayfair se apaga y su verdadero amor no podrá llorar en su funeral como una de tantas viudas. ¿Lo crees justo? Yo no. No lo veo justo, cariño.


Aún así esta carta está escrita con los pocos alientos y fuerzas que tengo. Tal vez me marche mañana, pasado mañana o dentro de tres días. Sin embargo, mi fin está cerca. Sólo quería tener agallas para decir todo lo que no te dije. Ahora simplemente se libre y feliz. Por favor, hazlo por todos esos llantos que te hice pagar por mi estupidez.  

miércoles, 21 de junio de 2017

La bruja de ébano.

Hace unos días fue el cumpleaños de Merrick. Con atraso, aunque siempre llega, el regalo que estaba esperando por parte de Aaron.

Lestat de Lioncourt 


Me hallaba de pie frente al camino serpenteante entre los viejos robles de la finca. A lo lejos la mansión se veía como antaño, aunque algo desmejorada por el huracán de hacía unos meses y la escasa reconstrucción tras este. Había quedado afectado el techo y al poner otro nuevo, sólo en algunas partes, quedó algo extraño. Aún así lucía tan bella y firme como hacía unas décadas. El porche se veía tranquilo y dentro no había nadie. Era como una ilusión que se desvanecía ante mis ojos. Quise llorar, pero no lo consentí.

Apoyé mejor mi mano en el bastón y erguí mi porte de distinguido caballero británico. Mis ojos bordearon cada pequeño escalón y pude ver de soslayo, aunque no sé si sólo fue mi imaginación, sus pies oscuros subiendo apresuradamente hasta la vivienda. Había sentido su aroma, su cercanía, pero no estaba del todo seguro. Nunca estoy seguro. Con los espíritus y fantasmas uno no puede estar seguro jamás.

No obstante me aventuré a seguir por el sendero a paso firme y entré en la vivienda tras escuchar como crujían los escalones bajo mis pies. No soy un hombre muy corpulento, lo advierto. Si bien, quería ver si ella estaba allí. Merrick aseguraba que sí. Que su abuela se hallaba en la vivienda. Decía que venía a visitarla para explicarle que yo corría un gran peligro.

Al entrar la vi sentada en la mesa. Se veía mucho más joven, delgada y serena que la última vez. No era esa mujer moribunda que yacía en la cama explicándome que necesitaba que me hiciese cargo de su nieta. Era una mujer negra de piel lozana y ojos intensos, su sonrisa era dulce pero inquietante, y al verme hizo aparecer un puro que se llevó a la boca mientras me regalaba una mirada muy intensa. No sentí miedo. Era como mirar a la muerte a la cara, pero a la vez sabía que era amiga y no enemiga.

—Si sigues cerca de los Mayfair terminarás muerto—esa frase ya la había escuchado alguna vez. Mucho antes que me concediera la potestad de Merrick lo había hecho—. Lo sabes.

—Moriré sabiendo—respondí.

—Como el gato—dijo estallando en carcajadas.

Esa mujer de ébano podía ser peligrosa, pero a mí me resultaba entrañable. Sus ojos me recordaban a los de Merrick, aunque los suyos eran verdes esmeralda. La hermosa mulata que yo había educado como a una hija, dándole mi amor y mis preocupaciones, simplemente me hizo una encerrona para que su abuela me hiciese desistir. Malditas brujas. Sabían demasiado.

—Mira, negra—dije con acento propio de Nueva Orleans—. No juguemos a juegos. Dime lo que ocurre y luego si quieres bailamos sobre mi propia tumba.

—Ocurre que dejarás sola a mi niña y el único que podía controlarla ahora tiene colmillos—me sorprendió que supiera que David Talbot, mi viejo amigo, ahora era un vampiro. Si bien, los espíritus son inteligentes y pueden tener información gracias a lo que ven y oyen tras los muros de las casas. Tal vez por eso David siempre dijo que las paredes oyen, ven y saben más de lo que podemos siquiera imaginar—. Ocurre que ese idiota de bragueta floja y palabras dulces le ha roto el corazón y tú, como buen padre, tendrías que quedarte a su lado ayudándola a seguir adelante. Debe ser una bruja poderosa. Pero si tú te vas y la dejas sola es capaz de hacer alguna locura.

—Tontería, negra—respondí.

—No me hagas caso. En menos de unos meses vas a morir. Veo la calavera en tu rostro—susurró antes de desaparecer volcando la silla y la mesa donde había estado.


Me quedé allí de pie apoyado con ambas manos sobre el bastón y sentí que el mundo entero se caía sobre mis hombros. Tenía miedo. No miedo a la muerte, pero sí miedo a lo que Merrick pudiese vivir. Era mi pequeña. Jamás se lo había dicho con palabras, aunque sabía que ella como Yuri comprendían que para mí eran mis hijos.  

lunes, 22 de mayo de 2017

Muerte y melodía

Este momento se deja entrever en los libros, pero nada más.

Lestat de Lioncourt

—No deberías hacer esa fiesta—dije.

Mi voz sonó gruesa, muy varonil, pero extremadamente débil. Tenía los ojos fijos en ella y no podía apartar la mirada. Era como ver una magnífica ilusión de una sirena recién salida de las aguas. Estaba desnuda mostrando su cuerpo de forma indecente, paseándose por la habitación, intentando concentrarse en qué vestido usaría. Había decenas en la cama. Tenían todos cortes provocadores y extremadamente seductores.

Sentí que me ahogaba, aunque eso era imposible. Yo sólo era un espectro sin cuerpo intentando acapararla. Una congoja extraña subía en mi garganta recordando la discusión de Carlotta con Lionel. No podía dejar de imaginar o siquiera pensar que ambos estaban tramando algo extraño. No obstante no pude escuchar demasiado porque ella giró su rostro, me miró y encendió la radio. Maldita radio.

—Eres un absurdo—contestó—. ¿Acaso no te gusta la dichosa música?—preguntó girándose hacia mí.

Su madre había muerto hacía algún tiempo, también Julien. Las personas que amaba me abandonaban. Su pequeña hija, Antha, estaba sentada en el pasillo jugando con una muñeca de trapo. Ella la hacía bailar tomándola de sus pequeños brazos y entretanto Evelyn suspiraba cansada. La hija que había tenido con Julien estaba en su mansión a cargo de una niñera, aunque ya tenía edad suficiente para defenderse sola. Sabía que venía a la fiesta arrastrada por Stella, por el amor y la confianza que ambas se tenían. Ambas brujas estaban enamoradas y deseosas de volar libres, pero a la vez sentían la fría y fuerte losa de la familia.

—Me gusta, pero tengo un mal presentimiento—aclaré.

—Tú eres el mal presentimiento, Impulsor—me reclamó frunciendo el ceño.

—Creí que me admirabas y querías... —dije con la voz temblorosa.

—Creíste mal—dijo enérgica—. Ya estoy cansada de luchar con la familia y de intentar sobrevivir en este mundo de gente absurda y cínica. Por favor, déjame en paz. ¡Necesito despejarme en esa fiesta!—acabó gritando provocando que Evelyn diese un respingo al otro lado de la puerta.

—Stella...—mi voz sonó igual que la de Julien cuando se moría. Era idéntica.

Aún usaba su aspecto cuando me aparecía para caminar por las avenidas. Ese garbo jamás lo tuve yo ni vivo ni muerto. Sus ojos eran dos zafiros azules, como los de Stella, y su sonrisa la de un diablo encantador. Pero mi apariencia en ese instante era el del hombre que fue quemado en la hoguera. Aunque, ¿alguna vez fui un hombre? Siempre fui un monstruo.

—Esfúmate por ahora, Impulsor.


No debí hacerle caso. Una hora más tarde murió. Lionel disparó a su pequeño cráneo y ella cayó desplomada en el suelo. La música sonaba logrando que no pudiese asistirla. Cayó frente a mis ojos, pero también frente al hombre de Talamasca que fue a visitarla, su propio hermano que la disparó y todos los restantes familiares y amigos. Aquello fue demasiado terrible. La pequeña Antha también asistió a esa muerte y quedó por siempre marcada.  

miércoles, 10 de mayo de 2017

Mi otro yo

Michael Curry y Mona Mayfair tuvieron sus más y sus menos... 

Lestat de Lioncourt

Durante algunos días había estado reflexionando sobre lo ocurrido en el salón. Aún recordaba la música sonando de forma estruendosa, precipitándose por doquier, mientras aquel olor tan acogedor se expandía por la vivienda. No sabía bien qué era. Me sentí inducido a bajar por las escaleras y apropiarme de un cuerpo tierno, vulnerable en apariencia, que se abría ante mí como una magnífica flor venenosa.

Cerraba los ojos y podía sentir sus muslos cálidos envolviendo mis caderas, su aliento agitado golpeando la piel de mi cuello y sus uñas arañando mi torso, hombros y brazos. Incluso podía escuchar sus largos quejidos y gemidos acompañados por mi nombre repetido una y otra vez. Sí, aquello parecía un rezo despiadado que me hundía en el pecado más natural. Cualquier hombre se hubiese sentido atraído por esos cantos de sirena.

Aparté mis gafas de lectura y apreté el hueso de mi nariz. Me sentía sofocado, con la vista borrosa y con deseos de fundirme con la cama. Quería alejarme de esos pensamientos y poder soñar con mi esposa, la cual llevaba meses desaparecida. No debía pensar en aquella chiquilla que me hacía sentir impropio y salvaje.

Decidí dejar de pensar y marcharme. Sin embargo, nada más cruzar la puerta de mi despacho y descender por las escaleras, pues quería ir a mi dormitorio, la encontré de pie apoyada en la balaustrada que iniciaba el descenso hacia el piso inferior. Tenía los pies desnudos, un camisón minúsculo y el pelo alborotado. Sus ojos, como siempre, eran de un verde intenso que parecía ser puro fuego.

Bajo esa ropa que dejaba tan poco a la imaginación se hallaban dos pequeños pechos, una cintura estrecha y un pubis depilado. Apenas era una niña y yo ya alcanzaba los cuarenta años. Supongo que mi cara de asombro no la desconcertó, pues parecía estar a la expectativa. Se acercó en silencio y colocó sus manos sobre mis pectorales, subiéndolas lentamente hasta los hombros y terminando de puntillas me dio un beso casto en los labios. Todos esos perversos movimientos lograron despertar en mí ese maldito instinto de nuevo.

Mis manos no dudaron en inmiscuirse bajo aquella tela tan fina, palpando así sus glúteos y apreciando que no llevaba ropa interior. Mi boca se abrió con hambre y acabó acaparando la suya, la cual se quedó inmóvil esperando que introdujera mi lengua. Ni lo dudé. Actué. Mis labios presionaron los suyos, mi lengua se movió resuelta y la suya intentó seguir mi ritmo. Rápidamente sus manos se cerraron en puño aferrándose a la tela de mi camisa de blanco algodón. Mi mano derecha se coló entre sus piernas y colé mi dedo índice y corazón en su cálida abertura, la cual parecía ya humedecerse sólo por ese beso que podía escandalizar a cualquiera.

Su clítoris estaba húmedo y yo presioné mis dedos suavemente en un movimiento circular. Su reacción me hizo saber que debía ir más allá, pues separó su boca de la mía y gimió mirándome decidida. Ella quería más. Así que continué con ritmo lento elevándolo despacio hasta llevar una velocidad que le hizo fruncir el ceño, abrir más sus piernas y aferrarse con fuerza. Sin embargo, paré para insertar rítmicamente esos mismos dedos dentro de su estrecha vagina.

Sus pecas se difuminaron porque sus mejillas, así como el conjunto de su rostro al completo, se sonrojó entretanto sus labios se abrían. Tenía una expresión placentera. Sus manos se separaron de mí de forma temblorosa, agarró la falda de su camisón y lo elevó hasta su ombligo. Agachó la cabeza para ver mi mano áspera, de dedos gruesos y toscos estimulándola.

De inmediato me arrodillé. Cada vez estaba más húmeda. Sus fluidos denotaban que estaba extremadamente excitada. Echó su cabeza hacia atrás, pegó su espalda y abrió bien sus piernas. Acerqué mi rostro a su vientre plano, mordí su piel pálida y hundí mi lengua en la abertura de esos labios inferiores. Saqué la mano para abrir bien sus piernas, apoyando ambas en sus muslos, mientras mi lengua saboreaba su clítoris, lamía su vagina lentamente e introducía en su pequeño orificio.

—Michael...—gimió apoyando sus manos en mis hombros logrando que me apartara, la arrodillara y me bajase precipitadamente mis pantalones junto a la ropa interior.

Sus pupilas se dilataron y su boca se abrió intentando tomar aire. Por mi parte simplemente introduje el glande y ella rápidamente apretó su boca entorno a este. Su lengua comenzó a jugar con el meato mientras ocultaba sus dientes bajo sus labios, carnosos y enrojecidos, provocándome una mayor erección. Así que no lo pensé más y la agarré del pelo, recogiendo bien este en una coleta alta, para comenzar a mover mis caderas rítmicamente buscando que mi miembro la llenara. No obstante, acabé incorporándola, pegando su diminuto cuerpo contra la pared, arrancando su prenda a jirones y penetrando violentamente.

No pensaba. No era yo. Estaba completamente ciego de deseo. Ella era una fuente de placer inagotable. Sus gemidos me encendían cada vez más. Sus ojos se cerraron, su cabeza se echó hacia atrás y las palabras más lascivas, pueriles y denigrantes comenzaron a ser plegarias por parte. Sus pies quedaron de puntillas y mis manos la sostenían por las caderas. En cierto momento no pude más y dejé que un corriente formidable la llenara. Ella gimió en un grito de terrible placer para luego caer prácticamente de bruces.

Mi miembro quedó duro en su interior. Ella lograba que la excitación no bajase. Me encontraba tan insatisfecho como antes de empezar siquiera a tocarla. Así que simplemente se tiró al suelo, elevó sus caderas y me ofreció una visión tentadora. Su vagina estaba cubierta de sus fluidos y los míos, enrojecida y algo abierta. Era todo un espectáculo. Por mi parte no lo dudé y me colé de nuevo entre sus piernas arremetiendo una vez y otra. Tardé algo más, pero volví a llegar al orgasmo junto a ella.


Posiblemente muchos opinen que actué mal, que no tenía respeto por mi matrimonio, pero repito que no parecía ser el mismo hombre enamorado de Rowan. A su lado me sentía diferente.  

martes, 25 de abril de 2017

Mary Beth Mayfair

Bueno yo a ella no la conocí, pero sí al fantasma de Julien. Asumo que no era tan mal hombre, sin embargo lo quiero mejor lejos.

Lestat de Lioncourt 


Fuera diluviaba. Era la segunda noche en la cual llovía de ese modo. Temía que fuese el advenimiento de una tragedia. Las veces que Nueva Orleans se cubría de ese modo, que sentía la furia huracanada de una tormenta en sus calles, alguien en mi familia moría. Aún era joven, pero recordaba como había llovido cuando mi abuela partió en busca de una paz distinta, nueva y dulce. Ya no tendría que escuchar a los músicos entonando como grillos canciones absurdas para mantener a raya al Impulsor.

Estaba apoyado en la chimenea de mi habitación encendiéndome una pipa. Sobre mi despacho había una taza de chocolate caliente y algunos folios amontonados. Mi letra esa noche era casi ilegible. Tan sólo eran palabras sueltas llenas de reproche. Me culpaba a mí mismo de todo lo que estaba sucediendo en la habitación opuesta a la mía. El pasillo se escuchaba algo intranquilo. Una enfermera iba y venía buscando al servicio para conseguir toallas limpias. El doctor cerraba de inmediato la puerta y se acercaba a la cama de mi hermana. Podía escuchar en las habitaciones restantes a mis sobrinos llorando. Debí ir a buscarlos, subirlos a mis piernas y confesarles que todo lo que iba a ocurrir era un milagro.

Entonces di una calada a mi tabaco y me acerqué a mi silla, di un sorbo al chocolate y me dije a mí mismo que era un condenado a muerte. La niña que pronto saldría de su vientre, llorando y agitándose como un pescado recién capturado, era mía y fruto de un incesto. Aún así sabía por Lasher que no era la primera vez que eso sucedía.

Miré a mi alrededor cuando lo sentí muy cerca de mí. Sonreía satisfecho. Había logrado que yo me condenase al infierno. Aún así yo no le increpé esta vez. Tan sólo eché mi espalda hacia atrás y pensé en mi madre, mi abuela, los libros de la biblioteca de la vieja casa cercana al pantano, la primera vez que asumí el riesgo de coquetear con “el diablo” y bailar con él pagando el precio más caro...

—Ve a ver a tu hija—me susurró en un tono que podría decirse dulce, pero también demasiado burlón.

—¿Cómo has logrado que hiciese tal cosa?—pregunté tembloroso—. Ni siquiera me atraen las mujeres... Siento un profundo respeto por ellas, pero...

—Deja de buscarle sentido a todo y ve a verla. Madre e hija te necesitan—respondió marchándose.


Me quedé allí unos minutos hasta que un relámpago me sobresaltó y escuché con más fuerza el llanto de mi hija. No dudé en ir a verla. No dudé en asumir mi condena otra vez.

miércoles, 19 de abril de 2017

POEMA II

Poema II
Bajo derechos de autor

Lestat de Lioncourt


La muerte comenzó a danzar
mucho antes de tener zapatos.
La verdad comenzó a llorar
antes de ser pronunciada por mis labios.

Los ángeles dejaron de rezar
antes que Dios nos diese la espalda.
La tristeza comenzó a morar
antes que la alegría se marchase.

No intentes continuar con el poema,
no intentes siquiera comprender.
Sólo siente la lamentable condena
de estar muerto en vida y morir sin fe.

En esta casa, bajo sus cimientos,
hay una historia que no se cuenta.
Hay lamentos que no son callados
y hay escaleras para los que regresan.

En este jardín, bajo sus árboles,
hay un par de jóvenes muertos.
Flores aromáticas más suaves
que las carnes que se van pudriendo.

No intentes continuar con el poema,
no intentes siquiera comprender.
Sólo siente la lamentable condena
de estar muerto en vida y morir sin fe.


miércoles, 5 de abril de 2017

Verdades

Por eso amo a esta mujer, aunque no como muchos pretenden creer. Lo confundí una vez, pero no más. 

Lestat de Lioncourt 


La verdad no es fácil de admitir aunque a veces sea lo único que nos mantenga en pie. Es contradictorio, pero ocurre. Vivimos en una época donde la mentira es demasiado tentadora y se toma como placebos para el inminente dolor. Nuestra sociedad está intoxicada por lo que ocurre a su alrededor y prefiere dejar de pensar, olvidar lo que realmente ocurre más allá de sus narices, con tal de sobrevivir en un ambiente hostil e imposible. Sin embargo, se lucha continuamente por descubrir y usar esa verdad como símbolo. No importa cuánto o cómo se logre, pues a veces los medios no son los más correctos o propios, pues lo único que se desea es sacar la cabeza de esa brea que impide respirar sin rezumar odio, violencia, venganza o miseria.

Durante muchos años intenté admitir todo lo que me ofrecía esta vida. Una vida plácida pese a la lucha constante de la mujer que me cuidó y crió como si fuese mi propia madre. Pero luego me di cuenta que la mayoría de aquello que conocía era una mentira tras otra ocultando una verdad incómoda que me haría sufrir un calvario. Mi único mal fue nacer, igual que el de otras mujeres en mi familia. No digo que hayamos tomado decisiones incorrectas, sino que alguien tomó esas decisiones indebidas hace demasiado tiempo y aún resuenan sus pasos entre la galería de nuestras propias almas.

Un simple baile impetuoso, lleno de libertinaje, en unas viejas rodas hizo que un fantasma se presentara ante una antepasada y esta decidiera vengarse, de forma tal vez algo infantil e indebida, del hombre que la había marcado y hecho madre sin tomar luego responsabilidad alguna. Supongo que eso fue el inicio del fin, como se suele decir, para decenas de generaciones. Después su hija siguió el camino torcido y decidió por fin asentar los trucos sucios de aquella criatura. Otros lo adoraron como si fuera el demonio. Digo otros porque también hubo un hombre, aunque este intentó combatirlo a sus espaldas y de nada le sirvió. Ese hombre fue Julien Mayfair. Intentó corregir el camino y cambiar el rumbo de la familia, pero fue imposible. Cuando murió en el alfeizar de su ventana, observando el jardín donde su descendencia moriría o acabaría enloqueciendo, lo sabía. No había hecho demasiado, pero lograría regresar como espectro para ser parte de una pieza más de un rompecabezas extraño.

Me costó años saber la verdad. Conocer los orígenes de mi familia fue duro, pues supe que mi verdadera madre estuvo viva y sedada para que no me buscara. La tachaban de loca cuando todos sabían, sin excepción alguna, que esa criatura existía y que muchos en Nueva Orleans, la ciudad donde residíamos, lo llamaban “El Hombre”. Mi propio marido lo vio desde que era un niño y conocía bien sus rasgos. El mismo que era familiar mío sin saberlo. Sí, éramos primos y cumplimos con una tradición de incesto que sucedía desde antaño: los Mayfair se casan con Mayfair.

Actualmente he sido madre de dos monstruos, aunque la mujer que yació en mi vientre la considero más un ángel que un demonio. Ese espectro se apoderó de mi hijo y lo hizo nacer con una genética distinta a lo habitual. Se quedó con su cuerpo y se llamó así mismo Lasher. Intenté protegerlo únicamente porque un instinto animal surgió de mis entrañas: tenía que salvar el fruto de mi vientre. Fui una estúpida. Recurrí también a la ciencia. Amaba la ciencia. Soy una científica y vivo por las innovaciones. Creí que él podía aportar algo nuevo y busqué la verdad en su genética. De nuevo una estupidez tras otra. Mi marido estuvo a punto de morir, además lo consumía la soledad, cuando yo me marchí y por otro lado esa criatura me violó y sometió a sus caprichos. Incluso me hizo gestar una hija suya tras varios abortos.

Ya no puedo ser madre. Ambas criaturas yacen bajo las raíces de un viejo roble. Mona Mayfair, que era prácticamente una niña cuando la conocí, se hizo con la principal heredera pero no sirvió de nada. Ella también cayó en esa genética extraña y tuvo una hija con mi propio marido, fruto de un desliz por su parte debido a mi estupidez, y también varios abortos que he ocultado incluso a mis familiares más próximos. En estos momentos sus nietos, los nietos de Mona y Michael, donan su genética y colaboran conmigo intentando hallar soluciones a pacientes que vienen buscando prácticamente la inmortalidad.


Si mis pacientes supieran la verdad caerían en la locura. Por eso quizá no buscan más allá de la fachada icónica de este Hospital Mayfair. Tal vez por eso no contemplan el dolor en mi mirada. Sí, quizá.  

viernes, 24 de marzo de 2017

Somos

Lasher y sus poemas raros. No le hagan caso.
Lestat de Lioncourt


Mírate, míranos, bailando juntos al fin.
Mírate, míranos, sonriendo a la muerte.
Danza hasta que te duelan los pies.
¿Y tus zapatos? ¿Dónde los dejaste?
¿Allí donde la verdad y el honor?
El lugar donde se cruza la maldad y el bien.

Honestamente, querida. No me importa.
Bailemos descalzos si quieres.
Seamos dos bestias brincando en los jardines.
Este paraíso no nos pertenece.
Este mundo, ruin y apático, es de otros.
Pero aquí la mala hierba siempre crece...
¿Y qué somos nosotros? ¿Jazmines?

Alza tu vista y sonríe maliciosamente.
Sé el gato socarrón que eres
y saca esas uñas retorcidas.
Marca tu territorio, amor mío.
Muéstrate como buenamente desees.
Convertiremos el infierno en algo frío.
Seremos la fiebre de un ángel condescendiente.

Somos la vida, somos la muerte.
Somos la danza.
Mírate, mírame, míranos...
Ya echada la suerte.
El juez dictaminó sentencia.  

miércoles, 15 de marzo de 2017

Todo lo puede

Eso dicen, ¿cierto? Que el amor todo lo puede.

Lestat de Lioncourt 

Dicen que el amor lo puede todo. Que el amor no sabe de distancia. He leído mil novelas románticas en lo que va de año. Mis peripecias, las aventuras que te cuento, son nada. Sólo puedo imaginarte a mi lado tomándome de la mano y preguntándome con suspicacia si podemos perdernos por el museo, si hay algún lugar romántico e íntimo donde conversar sobre las desgracias de cada obra. Te veo en cada escultura griega, asoma tu mirada en las pinturas al óleo de los grandes pintores de la historia y te llamo Cleopatra cuando por mí mismo observo las joyas de Egipto.

Vaya donde vaya, de los pasos que de, estoy ahí contigo hablándote bajo y diciéndote que te amo. Soy un idiota. Detesto ver parejas felices tomadas de la mano, tomando un helado y hablando de mil y una ridiculeces. Quisiera decirme a mí mismo que pronto te podré estrechar entre mis brazos y besar esos labios carnosos que tan bellamente pronunciaban mi nombre. Te dejé atrás en cuerpo, pero no en alma.

Estoy cansado de este periplo, pero estoy redescubriendo a cada paso lo que deseo y lo que preciso. Mi maleta sólo tenía unas mudas, un par de mapas y unos libros que hiciese entretenidos los viajes en avión, tren o autobús. Ahora contienen cientos de correos electrónicos que imprimo nada más llegar a un punto con conexión a Internet. Nash dice que el amor en estos tiempos les resta valor a los antiguos, donde las cartas se amarilleaban y llevaban el perfume del amante. Si bien, luego se ríe a carcajadas y me llama “noble caballero”. Es como un padre para mí, pero también es mi confidente y la única persona que cree firmemente en mi amor hacia ti.

Te he intentado llamar al hospital esta tarde. Me han contestado de forma fría y algo desagradable. Dicen que no admiten llamadas en la planta en la cual te hallas. Detesto que sólo puedas leer un montón de letras juntas donde intento expresarme de la forma más adecuada, al menos lo intento. Ansío el momento en el cual nuestros labios puedan juntarse de nuevo y mis manos rodeen tu cintura.

Hoy te he visto en Italia con un vestido vaporoso y veraniego, ibas con una bonita pamela y exigías poder ir a varios museos. Te he visto como si fueras real. Creo que me estoy volviendo loco de tanto que pienso y respiro nuestros recuerdos. Anhelo ver como arrugas tu pequeña nariz pecosa y me riñes por cualquiera de mis torpezas. Deseos que te rías de mis malos chistes y esperes que haga lo mismo de los tuyos.


Mona, ¿por qué el amor duele? A veces lo hace. Me hiere profundamente. Ya va un año sin tu presencia, un año deseándote, un año extrañándote, un año buscándome entre mis sábanas y un año imaginando que puedo besarte... Y aún así, cariño, no me importa. Que el calendario marque lo que quiera porque seguiré amándote hoy y siempre.  

viernes, 10 de marzo de 2017

Paraíso

Ashlar y Morrigan eran una gran pareja, al menos así me pareció. No los conocí con vida, si bien sé que eran el uno para el otro.

Lestat de Lioncourt



Lluvia de odio ácido arrebatando tu felicidad,
la cual fue nuestra por unos instantes
mientras me llamabas “querido amante”.
Te convirtió en un ser envenenado de frivolidad.

Y tú dices ser mi salvador.

Lluvia de sentimientos cayó sobre tu rostro,
lluvia de dolor y angustia que penetró como daga
más allá de los infiernos y sus monstruos.
Te convirtió en un alma frustrada y encerrada.

Y tú dices ser mi gran amor.

Una ventana al paraíso de sueños rotos,
primaveras olvidadas y alas cenicientas...
Las mismas que cargas en tu espalda; no mientas.
Esas que te anulan desde tiempos remotos.

Y tú dices ser de mis mejillas su color.

«Quedó sumergida en ese poema como si fuese un mar bravío. Sus enormes esmeraldas parecían opacas, más frías y oscuras que nunca. En ese momento no parecía una mujer, sino una de las muchas muñecas que yo coleccioné en el pasado. De esas hermosas y primorosas niñas eternas que yo fabricaba para mantener la ilusión en los corazones de los niños.

Deseé sostener su mano, pero lo vi inútil. Algo en ella se quebró. Tal vez todos esos sueños que creía poder alcanzar la sepultaron demasiado rápido. Tan rápido como un suspiro en mitad de una noche turbia.

Las olas rompían contra las rocas y la espuma llegaba a la orilla dorada donde estaba sentada, desnuda y con los dedos enterrados en la arena. Recitaba una y otra vez esos versos y de vez en cuando decía con firmeza que ella era mi reina, que yo sería su rey y este sería nuestro reino sucediese lo que sucediese.

Creo que vio el final de los días más allá de aquel rojo atardecer. Lo vio. Pudo ver en sueños lo que ocurriría. El paraíso se convertiría en infierno, nuestros hijos no serían la salvación de un pueblo sino sus verdugos, y nosotros seríamos testigos de dolor y miseria. Ella lo pudo ver, igual que su tatarabuela pudo ver el final de un camino emprendido tras un baile entre las mágicas rocas de un rincón perdido.


Por mi parte, sólo entoné una vieja canción sin letra. Era sólo un murmullo en el viento. Se recostó en mi torso desnudo, como si fuese Adán y ella Eva, y le dije que nada turbio nos alcanzaría. Mentí. Ella sabía que mentía. Aún así en ese momento se echó a reír y acarició su vientre lleno de vida. Debíamos creer esa mentira antes de hundirnos en la miseria. Debíamos tener fe.»

jueves, 19 de enero de 2017

Soy recuerdos



Oberon me pareció un poco cínico, pero amo a los que son como él. Todo un caballero y un hombre lleno de dolor.

Lestat de Lioncourt 



Hace años que esto ocurrió. Sin embargo, aún recuerdo el sistema operativo que tenían los viejos ordenadores de la sala de informática, así como el olor a playa penetrando por la ventana e instalándose en la habitación como en cualquier otra. Las noches se hicieron eternas en ese lugar. Aguardaba un rescate que no ocurría mientras buscaba en Internet diversa información acerca de la familia de mi madre, pues necesitaba contactar con ellos de forma urgente. Había enviado algunos e-mails al Hospital Mayfair, justo en el buzón de sugerencias del paciente. Oculté los datos mediante claves no muy difíciles de averiguar para Rowan, pues eran menos anagramas y diversos juegos de palabras. Pero nadie vino.

Mis hermanos morían, mis padres estaban muertos, y sólo podía tener la esperanza de seguir siendo alimentado con un vaso de leche al día. Un único vaso. ¿Sabéis qué es eso para un Taltos? Apenas una gota de lluvia en el desierto.

Sigo reviviendo los últimos momentos de mi padre, pero los más felices fueron cuando viajamos en helicóptero por primera vez. Jamás había visto uno aunque sabía como se viajaba en él y el sonido de sus hélices. Esos viajes a San Francisco, París, Londres, Madrid... viajábamos hacia una isla cercana y después despegábamos hasta los confines del mundo. También había travesías en barco y barcas motorizadas. Aquella isla era nuestro hogar, el lugar donde regresar cargados de recuerdos de aventuras deliciosas, apasionantes y necesarias para nuestro desarrollo cognitivo.

Nací en el Caribe, cerca de arenas blancas llenas de conchas hermosas y de palmeras cargadas de coco. No soy un hombre de vivir en una ciudad como Nueva Orleans. Aquí me siento alejado de quien soy. Camino por la calle y observo a los hombres sin alma, sin fuerza, sin sueños y no me reconozco en ellos. Quizá busco a mi padre en todos ellos. Tal vez los empresarios jugueteros no siempre tienen la ilusión de un niño, ni la mente ágil y tampoco la bondad de un santo sin templo.

Miro mis uñas azul eléctrico gracias a perfecta manicura y deseo agarrar las estrellas, pese a saber que son lejanas. Quizá más lejanas de mis recuerdos sobre mi madre. Todavía puedo oler su fragancia como si me abrazara llorosa, asustado y llena de ira. Aún puedo sentir como vibraba lo salvaje bajo su pecho y como emanaba de este la leche más deliciosa que he probado.

Sé que Rowan no vino antes a buscarnos porque no creyó que la situación era tan grotesca. Pensó que simplemente era una trampa de Ashlar para volver a verla, conversar y plantear nuevos proyectos. Nunca sospechó que realmente estaba muerto, igual que Morrigan. Pude ver en sus ojos dolor, rabia e indignación. También un profundo respeto hacia mí, pero también miedo. Sé que me teme porque soy un hombre Taltos, un macho de mi especie. Mis hermanas para ella son inofensivas. Una de ellas incluso le recuerdan a su hija Emaleth. Supongo que por eso nos cuida. Quiere resarcir su pena, lamer sus heridas, aceptar sus errores y tener una nueva oportunidad.


Yo sólo puedo mantenerme sentado frente a este ordenador con los ojos llorosos. Lloro por lo que no fue y por lo que tuvimos. Lloro por mi padre y mi madre. Lloro por los errores cometidos por mis hermanos. Lloro por la maldad de los hombres y su codicia que aplastó a mis hermanos, mis recuerdos, mi vida y a mí mismo.  

lunes, 16 de enero de 2017

Abandóname

Se lo tuvo que decir Stella... ¡Se estaba volviendo como Carl! 

Lestat de Lioncourt

Jamás me había sentido de ese modo. Había dejado constancia de mi negativa ante el hecho que Mona Mayfair, una de mis descendientes más poderosos, se convierta en vampiro. Estaba absolutamente seguro que esa nueva vida no era para ella. Quería volver tras nuestros pasos e impedir que se enamorara perdidamente de Tarquin Blackwood, otro de mis descendientes pese a no llevar mi apellido. Admito que él es muy parecido a mí físicamente y posee una bondad absurda, pero no era el momento ni la situación que ella merecía. Prefería verla marchitarse, uniéndose a nosotros los fantasmas de la familia, antes que convertida en un monstruo.

Usualmente me aparecía para ella. Me sentaba a los pies de su cama y teníamos largas conversaciones. Podía ver en sus hermosos ojos la tristeza y la dureza de una vida dedicada a no ser escuchada ni amada, pero sí usada casi como criada. Ella había cuidado a mi hermosa Evy, su bisabuela, que apenas hablaba y cuando lo hacía era para sentenciar a más de uno en esta vida.

Tendida en la cama, con esos hermosos cabellos de fuego y esa piel tan pálida cubierta de pecas, parecía una muñeca aguardando el momento de cobrar vida. Una vida que se escapaba de entre sus dedos. Podía observar el gotero bajar hasta su intravenosa y como los médicos iban y venían, entre ellos mi otra descendiente Rowan Mayfair, que se preocupaba por sus análisis y comodidad de la joven.

Ocasionalmente el padre Kevin Mayfair venía a verla. Rezaba el rosario con ella y le aseguraba que había un lugar mejor. A mí me obviaba. Sé que me podía ver ese maldito pelirrojo mea pilas, pero hacía como si yo no existiera. Quizá porque le imponía demasiado respeto o tal vez porque si me sentía tras él, observando su ancha espalda, no era capaz de mirar con apetito a una pobre muchacha enferma.

—Tío Julien—dijo aquella noche en la que estaba a punto de marcharse.

—Ya no soy tu tío—respondí molesto sin hacer acto de presencia de mi físico fantasmagórico.

—Oh, vamos... Sabes que es mejor que pueda vivir para siempre cumpliendo mis sueños, viviendo la vida que no he vivido. No puedes ser tan egoísta—susurró lo último como si temiese mi reacción.

Entonces aparecí frente a ella con uno de mis elegantes y sofisticados trajes hechos a medida, con el reloj de plata en mi bolsillo y el bastón en la diestra. Aparentaba unos cuarenta años. El cabello oscuro estaba ligeramente canoso, bien peinado y parecía las ondas que deja sobre la arena las olas del mar. Tenía un aspecto pulcro y gallardo, el cual no se puede comparar con el imbécil de Lestat.

—Dejas la familia—dije golpeando suavemente el césped crecido de aquel trágico cementerio—. Mira como quedó Merrick... ¡Ah, pero ella se involucró mucho antes en todo esto!

—No voy a morir—su sonrisa era la de una niña, no la de una mujer. Parecía tan ilusionada y segura que sólo pude apartar mis ojos azulados de los suyos, los cuales parecían el mismo césped que pisábamos ambos.

—Me dejas, me dejas... —respondí con congoja—. Quería estar a tu lado como ocurre con Stella. Nos abandonas. ¿Qué será de ti sin que yo pueda cuidarte?

—Tengo a mi Noble Abelardo—respondió orgullosa—. Además, voy a tener los conocimientos más antiguos sobre vampirismo.

—¿Y qué hay de los conocimientos antiguos de los brujos de tu familia?—pregunté ligeramente indignado.

—Los sé todos gracias a ti.

Escuché como soltó una risa fresca y se aproximó hasta mi aparición. Entonces hizo algo que hacía mucho tiempo no intentaba. Colocó sus manos sobre la mano de mi bastón. Sólo podía sentir el calambrazo de mi energía, pero no mi vieja piel. Ambos nos miramos con amor y desconsuelo, para luego desaparecer.

Stella me aguardaba en la habitación que habían preparado para Lestat. Estaba hermosa esa noche. Vestía con aquel bonito vestido blanco y el cabello negro con hermosos lazos. Sabía que usaba su etapa más feliz, aquella que vivió cuando era una niña, para recordar los buenos tiempos que habíamos vivido.

—Se marcha—dije apenado.

—Sí, se marcha. Me alegra que se vaya. Deja de ser tan cascarrabias. Te estás convirtiendo en algo similar a Carl—decía bailando por la habitación con su falda del vestido ligeramente remangada en el borde. Movía sus zapatos de charol de un lado a otro en pequeños brincos y arrugaba la nariz. Se divertía.

—Mujeres...—siseé—. Jamás os entendí del todo.

—Ni te hacía falta, tío Julien. Tenías a Richard para consolarte ante tu falta de comprensión, ¿o mejor interés?—dijo deteniéndose para luego echarse a mis brazos.


—Oh, diablillo—suspiré.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt