Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 27 de septiembre de 2017

Abrazados

Arion y Petronia... He conocido a Arion estos últimos meses y admito que es un hombre encantador.

Lestat de Lioncourt 

—Están quemando jóvenes en Brasil.

Había descargado la aplicación para móviles de última generación, pues el portátil de Mona se encontraba sin batería. Quería escuchar la dulce voz de Benjamín exclamando que nos protegiésemos porque había ocurrido otro desastre. Desde hacía dos noches las quemas eran algo habitual, aunque se iniciaron hacía una semana. Todo había estado en calma, o al menos eso parecía, hasta que algo o alguien desencadenó una tragedia.

Noches atrás había escuchado una voz, era como un murmullo. Me habló en griego y fue sumamente extraño. Las palabras usadas eran similares a las que usaban mis amos y por un momento creí que se trataba de un recuerdo. Después desapareció. Horas más tarde las quemas comenzaron a ser una tónica habitual en las zonas más salvajes de Brasil. Las distintas comunidades de vampiros jóvenes estaban siendo destruidas. No había lugar donde esconderse.

—Deja de escuchar esa radio, por favor—dijo incorporándose de su mesa de trabajo para tomar mi teléfono y arrancarme los auriculares. Supe que estaba a punto de hacerlo estallar, pero sólo lo dejó sobre el tablero de ajedrez.

Manfred se quedó en silencio. Él también quería saber qué sucedía ahí fuera, pero en Nápoles todo parecía estar bien.

—Tarquin y Mona han salido hoy y estoy preocupado—confesé provocando que el viejo loco suspirara y se incorporara como si se dirigiese a buscarlos, aunque en realidad sólo decidió dejarnos a solas en la habitación.

—Aún no ha ocurrido nada en Europa—me comentó Petronia antes que escuchásemos las pisadas de Manfred por el pasillo central para ir hasta su recámara.

—¿Y si ocurre? ¿Qué crees que estará sucediendo?—pregunté desconsolado y desconcertado. En todos mis milenios sólo había visto una quema similar y había sido provocada por Akasha. Ahora no teníamos una Akasha, ¿qué pasaba?

—No lo sé...—murmuró.

—Estás reviviendo lo que ocurrió con el Vesubio.

Acerté porque sus ojos se llenaron de lágrimas sanguinolentas y sus manos se aferraron a mis brazos. Rápidamente me habló con la voz trémula intentando parecer firme.


—Arion, abrázame—me pidió—. No me sueltes—. Rogó como el niño que ruega un poco de afecto a su padre o que le cumpla un deseo una estrella—. Hazlo tan fuerte que me duela. Necesito saber que sigo viva, que no he muerto y no lo haré.  

lunes, 4 de septiembre de 2017

Decepción

Ay, Michael...

Lestat de Lioncourt 

Me había sentado en el borde de la cama, permitiendo que ella tomase la iniciativa de acaparar las revueltas sábanas que se enroscaban en su cuerpo de sirena. Tenía los cabellos diseminados sobre la blanca almohada y parecía que había estallado un incendio. Jamás había visto un cabello tan rojo como ese y tampoco una joven con la piel tan lechosa salpicada por decenas de pequeñas pecas. Su nariz era pequeña, pero perfecta en ese rostro de muñeca. Poseía unas largas pestañas rojizas que parecían no ser reales.

No podía dormir. Rowan había desaparecido y ahora tenía que cuidar de una adolescente demasiado precoz, la cual se escabullía a veces para hacer de las suyas. Había escuchado sus andanzas. Sabía ahora que la niña que había visto, con ese hermoso y dulce vestido a juego con sus lazos, era sólo una ilusión. La realidad era que tras ese aspecto había una mujer demasiado fogosa. Yo mismo ya lo había comprobado hacía tan sólo unos días. Fue un acto que debió llenarme de vergüenza, pero sólo logró acrecentar mi deseo. Me sentía avergonzado y tentado a la vez.

Miré mis manos, las cuales ya no tenían la posibilidad de poder ver el pasado o presente por medio del tacto, y fruncí el ceño. Deseaba un cigarrillo, un botellín helado de cerveza y algo de mi música favorita. Sin embargo, tuve algo más que me erizó los vellos de la nuca.

Ella se incorporó de la cama y se pegó a mi ancha espalda. Pude sentir sus pechos libres de sujetador alguno, sus manos rozando mis clavículas y sus labios pegándose en mi cuello. Pronto sus brazos rodearon mi torso y sus dedos hábiles comenzaron a desabrochar la camisa de mi pijama. No lo evité. Por unos momentos me quedé paralizado intentando averiguar como rechazarla, pues algo en mí me exigía que lo hiciese entregándome por completo al deseo.

Por algún extraño motivo mi mente se desconectó, pues mi mano derecha agarró la suya para colocarla dentro del pantalón y ropa interior. Ella jadeó pegando sus carnosos labios en mi nuca, sus dientes mordisquearon el lóbulo de mi oreja derecha y sus senos se aplastaron aún más contra mi espalda. Su mano comenzó a acariciar mis testículos apretándolos para jugar con ellos, pero pronto agarró mi miembro y empezó a tirar de él con cuidado.


Sin embargo, no pude. Justo cuando decidí abalanzarme sobre ella la vi y no pude. No podía repetir algo así. Salí de la habitación como si mi alma la buscase el diablo para llevarla con él y me encerré en el baño. Acabé dándome una ducha helada. No sabía qué me ocurría.  

miércoles, 30 de agosto de 2017

Esperanza

¿Qué podemos hacer con Michael? No quiero decirle lo que sé...

Lestat de Lioncourt 


Habían pasado muchos años. Demasiados. Tal vez más d ellos que siquiera pudiese imaginar. No obstante, volvió a mí el sentimiento lacerante como el de aquella primera noche en la que supimos que ella, junto con Quinn, se habían marchado de Nueva Orleans con unas escasas pertenencias y algo de dinero en los bolsillos. Por supuesto, pocos sabían que ellos eran vampiros o neófitos como suelen llamarlos. Jóvenes para los humanos, pero también para su nueva raza.

Estaba paseando por el centro histórico intentando revisar algunos inmuebles para un nuevo proyecto. Querían que hiciese la reconstrucción de algunos barrios, los cuales aún no se habían hecho tras el desastre de hacía más de diez años. El sudor corría por mi frente, pero me encontraba con fuerzas. Había adquirido un frappé de café en una de las viejas cafeterías de la zona, la cual se había modernizado para no morir con el paso del tiempo y el cambio en gustos de la clientela, para poder soportar el calor tórrido que aún asolaba la ciudad. Y es que Nueva Orleans es así, no se puede evitar.

El olor de las macetas en las ventanas era embriagador. Sobre todo aquellos que habían decidido tener un pequeño huerto de especias con tal de imitar a las nuevas tendencias en televisión. Aunque siempre había existido un amor extraño entre los balcones de esa zona y las flores. El murmullo de la vida se acorralaba en algunas estancias, aunque no en todas, de los edificios que estaban habitables y las calles eran recorridas por decenas de grupos de turistas que miraban con asombro las huellas de aquellas inundaciones mientras se le explicaba el pasado, presente y futuro de los barrios.

Decidí subir por una estrecha y empinada calle que daba a una de las avenidas más dinámicas, que daba a Bourbon Street. Allí, a mitad de esta, había una librería que lleva más de dos siglos instalada. Durante la inundación perdió una fuerte suma económica, pero al ser un referente los vecinos les ayudaron a mantenerla en pie y recuperar la belleza de antaño. Por alguna extraña razón, fuera de la lógica y mi habitual amor por los libros, me detuve. Me acerqué con curiosidad y vi un libro que me llamó la atención y causó estupefacción: Príncipe Lestat.

La portada era negra, las letras eran rojas muy llamativas, y los cantos de este ejemplar también eran rojos como la sangre. Rápidamente di un trago a mi bebida y entré dentro decidido a conseguir un ejemplar. Por supuesto, al salir me sentí entusiasta pensando que sabría algo de Mona y Quinn. Lestat debía saber de ellos, debía citarlos en algún momento y yo, como no, estaba exultante de júbilo. Arrojé en la primera papelera el vaso vacío y acaricié con ensimismamiento la portada. Decidí regresar de inmediato. Eché a correr hacia una parada de taxis cercana al final de la calle, aunque no estoy ya para esos trotes, y pedí con impaciencia que me llevasen a la mansión.

Al llegar Rowan aún no había llegado del Hospital así que tenía la casa para mí solo, a salvedad del fantasma de Julien que apareció por breves segundos caminando por el Hall. Sí, él también estaba deseoso de saber si ella estaba bien. Aunque sé que tal vez él sabía algo más y no quería decírmelo. ¿Cómo se eso? Intuición.

Subí las escaleras con grandes zancadas y me senté en mi despacho. No tardé mucho tiempo en llegar al momento donde una tal Jesse Reeves hablaba sobre la muerte de varios jóvenes en casa de una tal Maharet. Ya había escuchado ese nombre antes y fue en las anteriores memorias, allí donde él aseguraba que Mona y Quinn se habían marchado con esta milenaria mujer en busca de conocimiento. Perdí el aliento. Me temblaron las piernas y comencé a llorar, pero no lo di todo por perdido. Leí hasta el final y mi corazón parecía romperse en mil pedazos. Por supuesto, no le dije nada a Rowan hasta pasados unos días.


Ahora ha salido otro. Otro libro donde se aclaran muchas más cosas, muchos más problemas, muchos más asuntos... ¿debería leerlo? ¿Estará en esas hojas Mona y Quinn? Mi corazón no soportaría saber que se confirma su muerte. No lo soportaría. Todavía mantengo la esperanza.   

martes, 27 de junio de 2017

Bruja

Michael sobre Mona...

Lestat de Lioncourt

Los deseos ocultos que yacían en mi pecho eran tan intensos como su mirada. Podía ver sus ojos verdes seguirme en cada perversa palabra que le profesaba. Mis manos danzaban por su estrecha cintura y sus pechos se movían libres al fin, completamente empapados de sudor y temblorosos por su respiración agitada. Quise morder su cuello como si fuese un vampiro y hundir mi rostro en este para olvidarme del mundo, así como también olvidarme de mí mismo y todas las palabras que le ofrecí a mi corazón enamorado. Estaba embriagado por la locura del momento, por el calor de sus muslos, por la humedad que me ofrecían sus labios y por la verdad que me conferían sus piernas.

Sus largos cabellos de fuego se desparramaban sobre su lechosa piel, la cual parecía haber sido hecha con nieve pura. Su sonrisa era magia pintada en tonalidades cerezas. Sus manos, las manos delicadas y pequeñas de una mujer demasiado joven, se enterraban en mi torso y delineaban mis músculos intentando sujetarse correctamente.

Creí que mi mente se perdía en la oscuridad, así como lo había hecho mi alma. Mis ojos parecían perder color, fuerza y visión. Me sentía como una calavera hueca que acepta el desafío de la Parca, la misma que se concede el nombre de Caronte y me lleva de viaje por la laguna Estigia. Así me sentía. Sí, justo como un muerto a la deriva. Pero no fue así. No lo logré.

Podía notar mi miembro enterrarse en esa pequeña y húmeda abertura, la cual succionaba con fuerza mientras ella me miraba con una pasión desbordada. Ella era toda una revolución para mi sangre, la cual hervía igual que el caldero de las viejas brujas que pertenecían a nuestro linaje. Ante mí tenía una niña hecha mujer, pero no cualquier mujer. Ella era la descendiente de las brujas que no lograron quemar en la hoguera. Su poder era inmenso y, por algún extraño motivo, no me preocupaba morir ante sus caricias.

Galopaba sobre mi vientre haciendo chocar sus caderas, girando en círculos su cuerpo y mostrándose como una sirena perversa. Sonrió para mí, sólo para mí. Pude ver amor, pude ver cariño, pude ver necesidad y también odio. Odio hacia las cadenas que aún me ataban a mi mujer y también a los muros sociales que nos dividían. Si nos hubiésemos conocido en otro momento, en otra época, en otro lugar... ambos hubiésemos sido uno por siempre, pero estábamos en ese salón, en ese tiempo convulso, en esa verdad incómoda y tras un suceso demasiado terrible.


Fui un privilegiado y a la vez quedé maldito. Deshonré a la familia y también mi corazón. No obstante, no puedo jurar que me arrepienta de ello.

domingo, 21 de mayo de 2017

Extraño

Sí, supongo que la palabra "Extraño" podríamos abarcar todo lo sucedido aquí.

Lestat de Lioncourt 



—Vine a ver a Mona.

Estaba en el jardín cortando leña. Ya no iba a hacer falta que cortara más durante unos cuantos meses, pero me gustaba tenerla preparada para cuando llegase nuevamente el otoño. Prácticamente estábamos en verano y la humedad era cada vez más pegajosa. Sentía como la camiseta se pegaba a mi torso y mi rostro se empapaba en sudor.

Él había llegado bajándose de un deportivo. Era uno de esos coches que tenían más de veinte años pero seguían funcionando. No soy muy fanático del motor, pero tenía unas líneas sinuosas y un color muy llamativo. Vestía uno de esos elegantes trajes de firma y una de esas camisas de algodón bien almidonadas en el cuello. Llevaba entre sus manos un magnífico ramo de rosas. Sabía que eran para ella porque todos los días decidía que tenía que insistir. Llevaba así una semana y esperaba que se cansara pronto de preguntar por una muchacha enfermiza a la cual teníamos que cuidar. No podía tener una relación con ella pues la mataría, pues si terminaban teniendo relaciones sin precaución el hijo que tendría sería un monstruo llamado Taltos.

—No está—respondí.

—Ya veo...—murmuró.

—Decidió salir de compras con Rowan—mentí.

Mi mentira era piadosa. Sí se había marchado con mi mujer, pero iban a realizar nuevas pruebas para mejorar su calidad de vida. Tras el parto de Morrigan tuvo varios abortos fruto del incesto con algunos primos. Ella quería repetir el hecho y poder tener un hijo que la condujera hacia su primogénita, la cual era la verdadera heredera de los Mayfair según su testamento en vida.

—Deseo volver a verla, pero vosotros parecéis demasiado herméticos. Parece como si me negaseis poder estar con ella—dijo mirándome a los ojos e intentando averiguar si estaba en lo cierto.

—Es posible—dije dejando el hacha a un lado—. Hay cosas que no comprenderías.

—Entiendo...

—¿Alguna vez has trabajado con tus manos?—pregunté tomando un pañuelo de tela que llevaba enganchado en el cinto y me sequé el sudor del rostro, el cuello y las manos.

Él me miró duditativo, frunció el ceño y negó suavemente. Sus brazos cayeron a ambos lados de su cuerpo de tal forma que sentía que se iban a caer las flores al pasto recién cortado. Eran hermosas y lucían como si acabasen de ser recogidas. Suponía que las había adquirido en algunas de las floristerías cercanas a la mansión, pero eso era acertar demasiado.

—Se nota—dije tras una carcajada bastante profunda.

—A ti parece gustarte—respondió con una sonrisa gentil.

Sus ojos eran muy similares a los míos. Ambos habíamos descubierto recientemente que teníamos el mismo antepasado común: Julien Mayfair. Yo me parecía más al padre de este, pero Quinn era un calco milimétrico del único brujo que logró ejercer presión en una familia matriarcal.

—Es algo que libera mi mente—aseguré quitándome la camiseta empapada en sudor.

Desconocía a cuántos grados estábamos, pero al menos hacía treinta. El sol apretaba porque todavía no era ni medio día. Él me miró algo nervioso y giró su rostro hacia el lado opuesto del sendero.

—¿Realmente debería irme?—preguntó en un murmullo—. Sí, creo que...

—Sí, pero te invito a una limonada antes de marcharme. No acostumbro a ser descortés con quienes nos visitan—dije entretanto le quitaba las flores—. También hay que meterlas en agua o se morirán demasiado pronto.

Entré primero y le hice pasar. Ambos caminamos en silencio hacia la cocina y mientras servía la limonada él puso las flores en un jarrón en el salón. Ella las vería, por supuesto. Agradecería el detalle de inmediato, pero todavía debía estar alejada de ese joven con insuflas de caballero de otra época.

—Toma, la limonada—dije girándome sin pensar que él podría estar aguardando detrás con una sonrisa gentil y demasiado perfecta. Esa misma sonrisa que rápidamente borró cuando la bebida cayó sobre su cara chaqueta y un gesto de frustración cruzó su aniñado rostro.

Rápidamente ambos dejamos todo lo que hacíamos. Solté la jarra en la encimera junto al vaso y él decidió quitarse la chaqueta. Justo en ese momento nos quedamos mirándonos y riéndonos pensando que era una situación absurda. La música del victrola comenzó a sonar haciendo entender que Julien se hallaba jugueteando por la parte superior de la vivienda. Su fantasma seguía con nosotros y él había revelado la terrible verdad.

Tarquin Blackwood en realidad era un Mayfair y yo también lo era. Fui la descendencia de un acto demasiado común entre las monjas de cualquier época y un desdichado que disfrutaba con el sexo más de lo habitual. Una verdad que no nos había acercado demasiado salvo para comprender lo difícil que era saber los verdaderos orígenes.

Entonces ocurrió. La risa dio paso a besos tan intensos como el propio fuego. Ambos ardíamos. Mis manos acariciaban sus caderas y se deslizaban hasta sus glúteos, los cuales apreté con hambre. Él gimió cerca de mi boca y acabó pegándose a la encimera contraria. En pocos minutos estábamos desnudos mordisqueando nuestros cuellos, acariciando las facciones con nuestros labios y manos, entretanto sus piernas se abrían como flores nocturnas.

No era la primera vez que un hombre me ofrecía tal espectáculo, pero sí era la primera vez para él. Pude notar su nerviosismo exacerbado, sus manos torpes al colocarse sobre mis anchos hombros y sus ojos entrecerrados por el miedo, el placer y la necesidad. Mordí uno de sus pezones y lamí su vientre antes de atrapar su sexo. No dudé en succionar. Mi lengua se deslizaba desde la punta hasta la base de su miembro mientras este abría mejor sus piernas. Podía apreciar como temblequeaba y jadeaba hasta llegar a gemir desinhibido. Su pelvis se movía zarandeándose mientras su virilidad llenaba mi boca y se dejaba rozar por mi lengua. Mis labios apretaron la zona cercana sus testículos y él entonces clavó sus uñas. Ahí supe que debía girarlo y pegarlo a mí.

No era tiempo para pensar si estaba haciendo lo correcto o no, si era infiel o realmente estaba pagando el distanciamiento de Rowan en mi vida, y ni mucho menos si él me había atraído desde el primer momento. Sólo sé que bajé mi cremallera liberando mi miembro y rocé con mi glande, aún envuelto en mi prepucio, su entrada. Él dio un respingo y me miró por encima del hombro.

En ese preciso instante lo giré y lo coloqué de rodillas mientras me incorporaba. Él se abalanzó a mi hombría y no dudó en jugar con la fina capa de piel que recubría la punta de este, después mordisqueó el meato y escupió para comenzar a succionar como todo un profesional. Sus mejillas estaban arrobadas y sus labios se enrojecieron pronto. Tenía los ojos llenos de lágrimas por el placer y eso me hizo empujarlo hacia atrás, colocarlo de nuevo a cuatro y penetrarlo sin más juegos. Él gritó de dolor, pero cada embestida adormecía esa sensación para calmarlo ofreciéndole un placer demasiado intenso.

—Eres mío—susurré con la boca pegada a su nuca.

Sentía demasiada presión en mi miembro y mis manos viajaban por su cintura hasta sus costados, de sus costados a su cintura y de esta a sus glúteos para ofrecerle fuertes golpes que enrojecieron su piel. Cada vez iba más rápido con el paso de los minutos y en cierto momento no pude más. Me dejé llevar por la perversidad y lo marqué como mío. La música del victrola no dejó de sonar en ningún momento, aunque mis jadeos y gruñidos junto a sus gemidos lo acallaban momentáneamente.

Al final él también llegó con la última estocada. Sus piernas temblaron y sus brazos fallaron, quedando con el torso pegado a las baldosas del suelo. Por mi parte no me moví. Quedé quieto disfrutando de la sensación de su entrada apretada, pero él decidió apartarme e intentar incorporarse.


Minutos más tarde salía de la mansión con las piernas temblorosas y dejando atrás mi conciencia revuelta. Él todavía era un hombre libre, ¿pero y qué había de mí?

miércoles, 10 de mayo de 2017

Mi otro yo

Michael Curry y Mona Mayfair tuvieron sus más y sus menos... 

Lestat de Lioncourt

Durante algunos días había estado reflexionando sobre lo ocurrido en el salón. Aún recordaba la música sonando de forma estruendosa, precipitándose por doquier, mientras aquel olor tan acogedor se expandía por la vivienda. No sabía bien qué era. Me sentí inducido a bajar por las escaleras y apropiarme de un cuerpo tierno, vulnerable en apariencia, que se abría ante mí como una magnífica flor venenosa.

Cerraba los ojos y podía sentir sus muslos cálidos envolviendo mis caderas, su aliento agitado golpeando la piel de mi cuello y sus uñas arañando mi torso, hombros y brazos. Incluso podía escuchar sus largos quejidos y gemidos acompañados por mi nombre repetido una y otra vez. Sí, aquello parecía un rezo despiadado que me hundía en el pecado más natural. Cualquier hombre se hubiese sentido atraído por esos cantos de sirena.

Aparté mis gafas de lectura y apreté el hueso de mi nariz. Me sentía sofocado, con la vista borrosa y con deseos de fundirme con la cama. Quería alejarme de esos pensamientos y poder soñar con mi esposa, la cual llevaba meses desaparecida. No debía pensar en aquella chiquilla que me hacía sentir impropio y salvaje.

Decidí dejar de pensar y marcharme. Sin embargo, nada más cruzar la puerta de mi despacho y descender por las escaleras, pues quería ir a mi dormitorio, la encontré de pie apoyada en la balaustrada que iniciaba el descenso hacia el piso inferior. Tenía los pies desnudos, un camisón minúsculo y el pelo alborotado. Sus ojos, como siempre, eran de un verde intenso que parecía ser puro fuego.

Bajo esa ropa que dejaba tan poco a la imaginación se hallaban dos pequeños pechos, una cintura estrecha y un pubis depilado. Apenas era una niña y yo ya alcanzaba los cuarenta años. Supongo que mi cara de asombro no la desconcertó, pues parecía estar a la expectativa. Se acercó en silencio y colocó sus manos sobre mis pectorales, subiéndolas lentamente hasta los hombros y terminando de puntillas me dio un beso casto en los labios. Todos esos perversos movimientos lograron despertar en mí ese maldito instinto de nuevo.

Mis manos no dudaron en inmiscuirse bajo aquella tela tan fina, palpando así sus glúteos y apreciando que no llevaba ropa interior. Mi boca se abrió con hambre y acabó acaparando la suya, la cual se quedó inmóvil esperando que introdujera mi lengua. Ni lo dudé. Actué. Mis labios presionaron los suyos, mi lengua se movió resuelta y la suya intentó seguir mi ritmo. Rápidamente sus manos se cerraron en puño aferrándose a la tela de mi camisa de blanco algodón. Mi mano derecha se coló entre sus piernas y colé mi dedo índice y corazón en su cálida abertura, la cual parecía ya humedecerse sólo por ese beso que podía escandalizar a cualquiera.

Su clítoris estaba húmedo y yo presioné mis dedos suavemente en un movimiento circular. Su reacción me hizo saber que debía ir más allá, pues separó su boca de la mía y gimió mirándome decidida. Ella quería más. Así que continué con ritmo lento elevándolo despacio hasta llevar una velocidad que le hizo fruncir el ceño, abrir más sus piernas y aferrarse con fuerza. Sin embargo, paré para insertar rítmicamente esos mismos dedos dentro de su estrecha vagina.

Sus pecas se difuminaron porque sus mejillas, así como el conjunto de su rostro al completo, se sonrojó entretanto sus labios se abrían. Tenía una expresión placentera. Sus manos se separaron de mí de forma temblorosa, agarró la falda de su camisón y lo elevó hasta su ombligo. Agachó la cabeza para ver mi mano áspera, de dedos gruesos y toscos estimulándola.

De inmediato me arrodillé. Cada vez estaba más húmeda. Sus fluidos denotaban que estaba extremadamente excitada. Echó su cabeza hacia atrás, pegó su espalda y abrió bien sus piernas. Acerqué mi rostro a su vientre plano, mordí su piel pálida y hundí mi lengua en la abertura de esos labios inferiores. Saqué la mano para abrir bien sus piernas, apoyando ambas en sus muslos, mientras mi lengua saboreaba su clítoris, lamía su vagina lentamente e introducía en su pequeño orificio.

—Michael...—gimió apoyando sus manos en mis hombros logrando que me apartara, la arrodillara y me bajase precipitadamente mis pantalones junto a la ropa interior.

Sus pupilas se dilataron y su boca se abrió intentando tomar aire. Por mi parte simplemente introduje el glande y ella rápidamente apretó su boca entorno a este. Su lengua comenzó a jugar con el meato mientras ocultaba sus dientes bajo sus labios, carnosos y enrojecidos, provocándome una mayor erección. Así que no lo pensé más y la agarré del pelo, recogiendo bien este en una coleta alta, para comenzar a mover mis caderas rítmicamente buscando que mi miembro la llenara. No obstante, acabé incorporándola, pegando su diminuto cuerpo contra la pared, arrancando su prenda a jirones y penetrando violentamente.

No pensaba. No era yo. Estaba completamente ciego de deseo. Ella era una fuente de placer inagotable. Sus gemidos me encendían cada vez más. Sus ojos se cerraron, su cabeza se echó hacia atrás y las palabras más lascivas, pueriles y denigrantes comenzaron a ser plegarias por parte. Sus pies quedaron de puntillas y mis manos la sostenían por las caderas. En cierto momento no pude más y dejé que un corriente formidable la llenara. Ella gimió en un grito de terrible placer para luego caer prácticamente de bruces.

Mi miembro quedó duro en su interior. Ella lograba que la excitación no bajase. Me encontraba tan insatisfecho como antes de empezar siquiera a tocarla. Así que simplemente se tiró al suelo, elevó sus caderas y me ofreció una visión tentadora. Su vagina estaba cubierta de sus fluidos y los míos, enrojecida y algo abierta. Era todo un espectáculo. Por mi parte no lo dudé y me colé de nuevo entre sus piernas arremetiendo una vez y otra. Tardé algo más, pero volví a llegar al orgasmo junto a ella.


Posiblemente muchos opinen que actué mal, que no tenía respeto por mi matrimonio, pero repito que no parecía ser el mismo hombre enamorado de Rowan. A su lado me sentía diferente.  

miércoles, 15 de marzo de 2017

Todo lo puede

Eso dicen, ¿cierto? Que el amor todo lo puede.

Lestat de Lioncourt 

Dicen que el amor lo puede todo. Que el amor no sabe de distancia. He leído mil novelas románticas en lo que va de año. Mis peripecias, las aventuras que te cuento, son nada. Sólo puedo imaginarte a mi lado tomándome de la mano y preguntándome con suspicacia si podemos perdernos por el museo, si hay algún lugar romántico e íntimo donde conversar sobre las desgracias de cada obra. Te veo en cada escultura griega, asoma tu mirada en las pinturas al óleo de los grandes pintores de la historia y te llamo Cleopatra cuando por mí mismo observo las joyas de Egipto.

Vaya donde vaya, de los pasos que de, estoy ahí contigo hablándote bajo y diciéndote que te amo. Soy un idiota. Detesto ver parejas felices tomadas de la mano, tomando un helado y hablando de mil y una ridiculeces. Quisiera decirme a mí mismo que pronto te podré estrechar entre mis brazos y besar esos labios carnosos que tan bellamente pronunciaban mi nombre. Te dejé atrás en cuerpo, pero no en alma.

Estoy cansado de este periplo, pero estoy redescubriendo a cada paso lo que deseo y lo que preciso. Mi maleta sólo tenía unas mudas, un par de mapas y unos libros que hiciese entretenidos los viajes en avión, tren o autobús. Ahora contienen cientos de correos electrónicos que imprimo nada más llegar a un punto con conexión a Internet. Nash dice que el amor en estos tiempos les resta valor a los antiguos, donde las cartas se amarilleaban y llevaban el perfume del amante. Si bien, luego se ríe a carcajadas y me llama “noble caballero”. Es como un padre para mí, pero también es mi confidente y la única persona que cree firmemente en mi amor hacia ti.

Te he intentado llamar al hospital esta tarde. Me han contestado de forma fría y algo desagradable. Dicen que no admiten llamadas en la planta en la cual te hallas. Detesto que sólo puedas leer un montón de letras juntas donde intento expresarme de la forma más adecuada, al menos lo intento. Ansío el momento en el cual nuestros labios puedan juntarse de nuevo y mis manos rodeen tu cintura.

Hoy te he visto en Italia con un vestido vaporoso y veraniego, ibas con una bonita pamela y exigías poder ir a varios museos. Te he visto como si fueras real. Creo que me estoy volviendo loco de tanto que pienso y respiro nuestros recuerdos. Anhelo ver como arrugas tu pequeña nariz pecosa y me riñes por cualquiera de mis torpezas. Deseos que te rías de mis malos chistes y esperes que haga lo mismo de los tuyos.


Mona, ¿por qué el amor duele? A veces lo hace. Me hiere profundamente. Ya va un año sin tu presencia, un año deseándote, un año extrañándote, un año buscándome entre mis sábanas y un año imaginando que puedo besarte... Y aún así, cariño, no me importa. Que el calendario marque lo que quiera porque seguiré amándote hoy y siempre.  

miércoles, 18 de enero de 2017

Volverla a ver sus esperanzas

Palabras elegantes y apasionadas de Michael 


Lestat de Lioncourt

Tuve que aceptar que no era el mejor hombre, ni el mejor padre, ni el mejor marido y ni mucho menos el mejor amigo. Me habían catalogado con altas expectativas debido a mis aptitudes, al carácter bondadoso superfluo y a la paciencia que transmitían mis caricias. Pero también pierdo los estribos y me convierto en un monstruo. Prueba de ello eran las tumbas bajo el roble. Unas tumbas que habían marcado un antes y un después en nuestra apacible vida de casados. Las ilusiones, las cuales se marchitaron como flores tras una helada en plena primavera, se desvanecieron. Todo aquello que teníamos acordado debido a nuestros sueños se dilapidaron convirtiéndose en borrones bajo un millar de lágrimas, las cuales eran tormenta peores que cualquier aguacero golpeando la costa de esta ciudad o de San Francisco.

Me he sentado más de una vez observando el roble mientras Mona estaba en el hospital. Me decía a mí mismo que Morrigan estaría libre, viva y sana. Juraba que posiblemente ya habría sido madre en brazos de un solitario bendecido con su risa, sus hermosas canicas de cristal verdáceo y la poderosa mujer que se agitaba tras cada peca. Era mi hija. Ella, esa mujer Taltos, era mi niña. El único fruto que pude dar a este mundo, la simiente de una equivocación. Mi mujer aún lloraba la muerte de Emaleth, fruto de otro error peligroso, cuando la vio danzar sobre la hierba crecida cerca de las tumbas de otras gentes como ella.

Ocultamos el nombre de Ashlar Templeton a Mona. No queríamos que supiéramos que ese talentoso juguetero, que de un día para otro desapareció en los confines del mundo, era apuesto caballero que atrapó entre sus grandes brazos, temblorosos y firmes, a nuestra hija. Ella palidecía en el hospital por los intentos vanos de encontrarla, cuando sabíamos que ambos habían huido para no ser hallados. Debíamos respetar su decisión, pero la chiquilla que adoraba se moría.

Nunca me sentí más aliviado que en el momento que apareció triunfante, con la mirada llena de vida, aferrada a Tarquin, su prometido en contra de todo y todos, y aquel joven de espesa cabellera rubia. Ya no era sólo una bruja ni una niña. Era una mujer de dieciocho años convencida de todo y todos. Se había convertido en algo más también: un vampiro.

Quedé impactado, pero todo lo que fuese salvarla significaba un avance. Reconozco que Rowan se volcó con ella y en ocasiones llegaba a casa culpabilizándose, fatigada, somnolienta y harta de esforzarse para nada. Rodeada de sondas, cables, aparatos para medir su presión y otros artilugios que la mantenían con vida la hacía caer en el deseo de matarla. Quería que muriera plácidamente, sin dolores y sin preocupaciones, antes que verla marchitarse. Si bien, ella no tomó aquel avance como algo bueno. Aún recuerdo sus gritos diciendo que estaba muerta y debíamos enterrarla.


Han pasado muchos años y aún recuerdo vivamente esos ojos verdes. Ojalá pueda volver a verlos. Se marcharon, como niños tras ser descubiertos en una travesura, y no han regresado. Comprendo que saber que su hija no sobrevivió a sus sueños, similares a los suyos, hizo que se sintiera destrozada. Ella es la protagonista de una historia amarga, pero magnífica si en algún momento, lejos de nosotros, ha logrado ser feliz.

martes, 17 de enero de 2017

Vida en el amor

Algunos creen que decir "Te amo" es todo por romanticismo. Yo amo a muchos. Amar a Rowan es fácil porque los hombres de verdad amamos a las mujeres que luchan por sus sueños, por salvar a otros y comprender este mundo.

Lestat de Lioncourt 


Conocía algunos misterios de este mundo, los cuales me habían sido un fuerte impacto que dejaron cicatrices muy profundas en mi alma. Mi vida cambió radicalmente después de conocer a mi marido Michael Curry y buscar mis raíces más allá de la adopción que ocurrió ya hace más de cuatro décadas. Era una mujer joven todavía, con grandes planes de futuro y una fortaleza extraña que se debía a un duro caparazón. Evitaba mostrar mis verdaderos sentimientos y me había convertido en una figura fría, ligeramente enigmática y decidida a realizar los cambios necesarios para alcanzar algunas metas. En mis manos había sangre, pero no de mis pacientes a la hora de intervenir quirúrgicamente. Había sangre de mis asesinatos provocados por mis poderes en circunstancias penosas.

No soy una santa. No quiero serlo. No deseo que nadie me vea como una mujer buena. Eso sería pueril y barato. Agradezco al mundo en general el haberme hecho como soy. Tengo sentimientos, que muchas veces oculto, y poseo unas habilidades superiores a la de cualquier humano. He decidido hacer con mis poderes psíquicos el bien, no el mal. Desde hace tiempo dirijo mi propio hospital fruto de una herencia descomunal y descompensada. Me convertí en la heredera de una familia llena de misterios, fantasmas, monstruos y dolor. Fue una hecatombe. Muchos lo saben. Mi historia se convirtió en libro y el libro en trilogía.

Hablemos ahora de la sucesora en mi cargo, en el cargo de ser la máxima representación de la familia. Ella se llamaba Mona Mayfair y era mi prima. Una prima de tan sólo trece años asumiendo las responsabilidades de un adulto. Lamento sonar apática y miserable, pero sabía que no iba a llegar demasiado lejos. Sobre todo cuando decidió arrojarse a los brazos de lo único que me sustentaba en esta vida. Logró cautivar a mi marido, el cual cayó como un imbécil, y le dio una hija tan monstruosa como el hijo que yo le ofrecí.

Michael cayó en un extraño bucle de dolor cuando tuvo que asumir que Morrigan, como llamaron a la criatura, se marchara de su lado y del lado de su madre en busca de algo más que una familia. Morrigan era un Taltos como lo era el hombre que se la llevó. Los Taltos se reproducen rápido, crecen aún más rápido y viven durante miles de años si no se ven afectados por enfermedades peligrosas o armas.

Mi vida no fue sencilla desde mi nacimiento, pues fui arrebatada de los brazos de mi madre. Ella fue sedada y tratada como enferma mental muchos años. La madre de Mona Mayfair era una mujer alcoholica, igual que su esposo y su abuela, Evy, no era capaz de corregir a esa maleducada que no lograba dar amor a la pobre niña. Un hogar desecho, en una ciudad demasiado activa y demoledora, dio como resultado a un animal salvaje que no dudó en hacer de las suyas desde temprana edad. Admito que la adoro. Que adoré a esa niña de ojos verdes tan vivos como los mechones rojizos de su cabello, pero estaba enferma debido a los múltiples abortos de Taltos que tuvo.

Desde que conoció a Tarquin Blackwood pareció descender su forma de vivir. Ya no quería encontrar sólo a Morrigan, sino que deseaba aferrarse a un jovencito que se parecía demasiado a Julien Mayfair. Nada más verlo en el entierro de su tía Queen, allí parado de pie sollozante y lleno de amargura, contemplé en sus rasgos y movimientos al líder indiscutible de la familia. Todos sabíamos ya que era un Mayfair, pero hasta ese momento no me di cuenta que sus rasgos eran idénticos.

En ese mismo funeral, a esa misma hora, apareció otro joven que jamás había visto. Creo que nunca pude calificar un encuentro de altamente tóxico y extraño. Era muy atractivo, pero llevaba cubierto sus ojos con unas estridentes gafas con tintado violáceo. Me quedé impactada por sus cabellos rubios alborotados y ondulados cayendo sobre su levita con camafeos por botones. Era como si hubiese salido de una de esas extrañas revistas para jóvenes inconformistas amantes del rock, la moda más extrema y los vampiros. Su piel no era humana. Él no era humano. Pude percatarme de inmediato.

Mi lado científico se avivó. Quería saber qué clase de ser era. Profundizando en esto me enamoré de él pero simbólicamente. Creí que él lo era todo. Pensé que solucionaría mi angustia por no poder darle un hijo a mi marido, por verme cada vez más vieja y frágil. Ashlar Templeton, el Taltos que se llevó a Morrigan, me dijo que yo era femenina; porque lo femenino no era tener hijos y haber jugado con muñecas cuando se es muy joven sino sentirse mujer. Lestat, como así se llamaba este hombre de aspecto no mayor a los veinte años, me hizo sentirme deseada y eso me agitó. Todas mis hormonas se agitaron. Incluso cuando supe que Mona era un vampiro ahora, gracias a él, siguieron agitadas. Quise ser uno de esos monstruos milenarios con colmillos y adictos a la sangre. Dejé atrás todo lo que soñaba en este mundo por ser parte de ese selecto club. Fui estúpida.

Cuando Lestat me rechazó regresé a casa. Entré en la vieja mansión de First Street, me senté en el sofá en el cual suele aparecerse Julien, y suspiré. Michael estaba despierto. Se encontraba en la cocina bebiendo una cerveza y garabateando algunos pensamientos en su libreta. A veces lo hacía. Los días más ocupados, debido a las reformas y los nuevos proyectos en su empresa de arquitectura, se los pasaba en aquella enorme mesa de madera escribiendo sobre proporciones, tipos de madera o la forma más precisa para recuperar la belleza desgastada de alguna mansión sureña.


En el momento que rompí a llorar como una tonta él vino, corrió a mí como si fuese un héroe y me habló dulcemente al oído. No me lo merecía. Él mismo vio como jugueteaba con aquel monstruoso y seductor ser. Él mismo sabía que había ido en busca de Lestat para ser uno de los suyos. Pero no le importó. Me perdonó. Como perdonó la vez que le abandoné para salvar a Lasher, nuestro extraño hijo, y los gritos de horror cuando regresé. Esos gritos fruto de un trauma severo debido a las múltiples palizas y sometimiento que me ofreció Lasher. Yo, por mi parte, admití sus errores con Mona para después ver como él lo hacía con Ashlar y con Lestat. Deseaba sentirme amada por alguien más que Michael, al cual no le podía dar hijos. Él siempre quiso hijos. Si bien me di cuenta esa noche que lo único que le interesaba en esos momentos era mi felicidad. Me sentí estúpida y poco a poco he olvidado muchas cosas. Sólo me he permitido quedarme con el amor intenso de Michael. 

lunes, 14 de noviembre de 2016

Mi tesoro

Admito que Mona me maravilla en ocasiones.

Lestat de Lioncourt 


He logrado en apenas unos años tener recopilada toda la información sobre los miembros de la familia, clasificándolos cada uno en una carpeta encriptada y añadiendo diferentes descripciones en sus respectivos oficios, personalidad o vicios. Como si fuese una pequeña ladrona amontono un pequeño tesoro de valor incalculable. Nadie podía desenmarañar el terrible entuerto que era saber quién era primo de quién, hermano o sobrino. Todos sabíamos que éramos familia, ¿pero se sabía cuántas veces se cruzaba en nuestra genética Julien Mayfair? Él era el epicentro de una línea de sangre muy importante dentro de la familia, pero también en Nueva Orleans. Se creía que muchos de los nacimientos, así como embarazos no llevados a término, poseían relación con los Mayfair y, en concreto, con Julien.

La vida de este hombre fue muy distinta a la de cualquier miembro masculino de la familia, al menos hasta ese momento. Los hombres no solían tener voz en las reuniones y decisiones familiares. Era una familia profundamente matriarcal, donde el hombre era un mero adorno y las mujeres decidían todo. Él cambió el rumbo de la situación e impulsó una de las empresas familiares más reconocidas de la ciudad: el despacho de abogados Mayfair and Mayfair. Desde ese edificio, localizado en el centro de la ciudad, se dictamina cómo repartir la herencia que él multiplicó en diversas ocasiones gracias a compras y ventas de inmuebles, fábricas o acciones. Creo que durante años fue el mejor empresario que tuvo Estados Unidos de América. Sin duda alguna un hombre peculiar, pero sobre todo un fantasma muy particular.

Sonará extraño, pero soy capaz de ver y oír fantasmas desde mi más tierna infancia. Supongo que es parte de los motivos principales por los cuales no creo a los adultos, no confío en la mayoría de la familia y suelo ser bastante suspicaz. Me estoy ganando a pulso el apodo de impertinente, aunque sólo respondo a estímulos que me ofrece este mundo lleno de sombras, fantasmas y soledad. Mi madre siempre se encuentra ebria y mi padre no sabe qué es estar sobrio. Mi abuela me aprecia, pero se lleva días, incluso meses, sin hablar. Vivo rodeada de sombras para quienes no soy importante. Tía Gifford era distinta, pero su marido Ryan es insoportable. Ahora que es viudo está aún más obsesionado en mantenerme a salvo. Mi madre se encuentra hoy en el hospital. No creo que sobreviva. Si se muere mi padre también se morirá, porque aunque es un borracho sin cura su único motivo para seguir en este mundo es ella.


Hace unos meses que vengo observando a un nuevo miembro de la familia. He hecho averiguaciones y es un auténtico Mayfair, no obstante no puedo decirlo a viva voz o me tomarán por loca. Michael Curry es un descendiente de Julien, pero él no lo sabe. Se casó con Rowan Mayfair, la cual tiene tanta mezcla con el viejo dandy como yo. Me gustaría decir que ella me cae muy bien, pero ha sido muy estúpida. No sé qué pretende marchándose con ese monstruo y no quiero saberlo. De momento yo cuidaré de ese hombre y recuperaré su optimismo. No puedo soportar ver a un hombre como Michael tan hundido.  

lunes, 5 de septiembre de 2016

A él.

Estos son los pensamientos de mi hijo Viktor hace unos años... ¡Ah!

Lestat de Lioncourt 





He leído sus pensamientos, acciones y cientos de detalles que mi padre ha arrojado sobre persona. Urdí mis pensamientos, buenos y malos, hacia Louis desde que tengo uso de razón; pues mi madre siempre se esmeró en ofrecerme todo la educación, así como pequeños caprichos, porque yo era su tesoro, su único hijo, el pequeño eslabón en una cadena y el culmen de una búsqueda que se había iniciado cuando era joven, indefensa en muchos aspectos y demasiado soñadora. Nunca evitó que yo supiese toda la verdad. Así que me sentaba en mi pequeño e iluminado escritorio, ponía los libros de mi padre, así como los de sus compañeros inmortales, frente a mí y decía ir a las páginas que yo mismo marcaba para releer una y otra vez frases que me diesen una ligera idea, aunque fuese demasiado sencilla, sobre cómo pensaba mi padre y la forma en la cual pronunciaba cada palabra.

Sabía que Louis tenía un acento francés que no podía negar, pero mi padre a veces tenía uno más neutro debido a sus viajes y que solía conversar con más gente, influyéndose y moldeándose continuamente. Me preguntaba cómo sería esas discusiones, casi eternas, que ambos tenían frente a Claudia y los ojos de esa niña, los ojos de una mujer adulta, deleitándose con la rabia y los celos de ambos. Incluso meditaba sobre las normas que Marius parecía haber impuesto basándose en la lógica y experiencia recaudada durante siglos. Podía imaginar el olor a pantano cuando Tarquin Blackwood entró en escena como un príncipe de sangre azul, aunque casi todos los príncipes destiñen y muestran un monstruo hambriento. Él lo tenía, pero lo vi justificado.

Conforme crecía los libros parecían insuficientes. Con diez años, aproximadamente, llegó a mi poder Cántico de Sangre. Fue el último. Mi padre dejó de comunicarse. Con la historia de Mona todo se perdió. Pude conseguir otra, no muy distinta, que estaba vinculada con la familia de la joven pelirroja, aunque fue amargo saber todo sobre ellos porque comprendí aún más su dolor, desasosiego y problemas de unos con otros. Lloré. Creo que lloré durante algunas noches. Entonces me percaté que puedo ser tan sensible como mi padre, pero no entro a lo blasfemo cuando se molesta. Mi padre tiene un carácter pésimo a veces tan similar como el de Marius. Yo soy más calmado y me preguntaba si tenía que ver con la sangre o simplemente había salido a mi abuela, la cual parecía siempre distante cuando debía actuar de forma apasionada.

Tenía diecisiete años, casi dieciocho, cuando fui al despacho de Fareed exigiendo conocer a mi padre. Él me miró, suspiró, miró a Seth y este me echó fuera de la habitación donde terminaban de analizar mis últimas muestras de sangre y ADN. Pronto iba a cumplir dieciocho años y estaba dispuesto a llamar la atención. De no ser por las Quemas, por esas horribles Quemas, habría lanzado un libro al mercado llamándome el “Hércules del Zeus vampírico” o algo así. ¿Acaso no era el enviado de un “dios” por muy oscuro que fuese? ¿Acaso no era una mezcla entre ese “dios” y una pobre mortal por aquel entonces? Podría ser un prodigio de la ciencia, pero me gustaba la forma pomposa, y ocasionalmente desacertada, que tenía mi padre para hacerse notar.


Supongo que si escribo todo esto en mi portátil es porque necesito desahogarme. Esta noche iba a conocerlo y no ha dado señales de vida. Dicen que está ocupado con unos asuntos, que pronto vendrá y que quizá mañana aparecerá abrazándome, agarrándome del rostro y diciéndoles a todos con orgullo, y algo de egocentrismo, que somos idénticos.  

martes, 3 de mayo de 2016

El precio del saber

Una hoja que hemos encontrado entre las ruinas de la biblioteca de Maharet. Espero que os guste y que os haga recordar el final del penúltimo libro en el que yo tuve importancia, como también la tuvo dos jóvenes vampiros que hoy están desaparecidos.

Lestat de Lioncourt


—¿Cuántos siglos tienes?—preguntó Mona quedando a su altura.

Era un hombre extraño de piel similar al mármol. Sus cabellos oscuros endurecían aún más las facciones delicadas de su rostro. Posiblemente fue creado cuando contaba con algo más de veinte años. Llevaba un suéter negro de cuello de cisne y un gabán negro que llegaba hasta algo más de las rodillas. Sus botas estaban manchadas de barro y tenía algún hierbajo pegado, igual que el borde de los tejanos desgastados y oscuros. Parecía un hombre bondadoso porque sonreía a cada paso que daba, aunque las apariencias siempre engañan.

—Hablemos mejor de milenios—dijo echándose a reír.

—Mona, Khayman es el vampiro más antiguo que existe—contesté—. He leído todos los libros de Lestat y sé que eres un guerrero poderoso, pero también alguien que busca la paz continuamente. Me parece increíble la forma en la cual te sublevaste buscando la verdad y haciendo caso a tu corazón—expliqué con las manos en mis pantalones mientras caminábamos por aquella jungla.

—Pues dime cuántos milenios. Tengo curiosidad y quiero saber todo lo posible sobre lo que somos—comentó agarrándose a su brazo—. Lestat ha hablado maravillas sobre Maharet y dice que ella nos puede ayudar, ¿es cierto?

—Maharet es mi compañera, mi amiga, mi hermana, mi amante y la mujer más bondadosa que conozco. No he tenido la suerte de cruzarme a otra como ella aunque su hermana también era fuerte y bondadosa, pero ahora parece no estar en este mundo aunque siempre la acompaña—sus ojos se entristecieron igual que sus labios y pude comprobar que se sentía culpable—. Quizá podáis hablar con David Talbot y mi descendiente Jesse... ¡A veces vienen! Es fabuloso tener visitas. Thorne estará encantado de hablar con vosotros. Es un buen hombre, ¿sabéis? Fue un guerrero vikingo que...

Entonces se detuvo apartando a Mona de su brazo y a mí de su lado. Se adentró en silencio por la densa jungla perdiéndose de nuestra vista en cuestión de segundos. Entonces apareció como de la nada, del mismo modo que se había marchado, con una mujer de ojos azules colgada de su brazo. Tenía su hermoso cabello pelirrojo cubierto de hojarasca, la piel sumamente blanca y una boca rosácea muy carnosa.

—Mekare, Mekare... no debes escaparte—decía pasando su brazo entorno a sus hombros—. Mekare, escúchame. Por favor, Mekare—ella estaba absorta con algunas luciérnagas e insectos que se movían a nuestro alrededor.

Sentí miedo. Ella era la “Reina” de todos los vampiros, quien supuestamente debía dirigirnos, y estaba en otro mundo. Khayman no había mentido y Lestat no nos había confirmado lo que sospeché tras leer una y otra vez “La Reina de los Condenados”. ¿Así quedábamos tras cinco o seis milenios? Porque en ese momento no recordaba con exactitud la fecha de inicio de esta bendición terrible y preciada a la vez.


Quise volver a casa igual que Dorothy pero el suelo no tenía baldosas amarillas para seguir, el Espantapájaros y el Hombre de Hojalata parecían querer perdernos aún más por aquella jungla hasta llegar a casa de la bruja... la cual no era otra que una mujer rodeada de libros, recuerdos y tristeza. Sabía que allí comprendería bien lo que éramos, pero hasta ese momento no supe el precio al pecado del conocimiento. Entendí por qué Lestat no quería aprender a su lado pues era ver la miseria de una venganza cruel, el dolor que había causado en una familia y la verdad más amarga sobre lo que éramos y seríamos.  

jueves, 7 de abril de 2016

Amsterdam ciudad de vampiros.

Mona y Tarquin no dan señales de vida, pero este escrito ha llegado a mi poder ¿por qué? ¿Para qué? ¿A cuenta de qué?

Lestat de Lioncourt


—¿Por qué lo has hecho?—preguntó entrando de improvisto en la zona de mi despacho.

Habíamos comprado un pequeño loft en Amsterdam cuando las quemas se propagaron por todo el mundo. Durante algunos días estuvimos caminando por el campo, tal y como pedía el vampiro llamado Benjamín. Para mí no había problema en caminar sin rumbo por caminos polvorientos, enfangados o llenos de maleza. Recordé el zumbido de los insectos cerca de mis oídos, intentando apoderarse de mi sangre y de mi paciencia, en Sugar Devil Island mientras merodeaba aquellas tierras pantanosas y me dejaba guiar por sus misterios, tesoros y fantasmas.

Quise volver a mi vieja granja y recorrer los pasillos de la mansión, observar el retrato de Virginia Lee y acariciar los camafeos de mi tía Queen por última vez. No sabíamos si íbamos a vivir o morir, pero quería recordar todo aquello como si hubiese sido ayer mismo. Necesitaba estrechar a mi hijo, que ya es un adolescente, y decirle que lamento ser un padre ausente que sólo sabe enviar dinero a través de fondos de inversión difíciles de seguir porque se encuentran en paraísos fiscales.

Ella, por el contrario, sólo se quejaba. No quería volver a Nueva Orleans a buscar a Lestat ni a ninguno de sus vampiros más cercanos. Pero yo sé que no era por nuestro viejo amigo, sino porque no quería enfrentarse a Julien Mayfair tras todo lo ocurrido. Había un saco de huesos diseminado por un campo santo y los huesos llevaban el nombre de cada una de nuestras heridas, recuerdos, esperanzas rotas, malos consejos y fallidos intentos de adolescentes rebeldes. ¿Para qué volver allí? Pues por nostalgia como si fuéramos ya unos ancianos deseando llegar al hogar para descansar al fin en una tumba sin nombre, pero ella no se sentía de ese modo. Noté entonces lo distintos que éramos ella y yo y di gracias a Lestat por haberla convertido. Me gustaba apreciar esas diferencias y degustarlas cada noche como si fueran nuevas.

—Ha estado llamando a varias agencias y he tenido que matar a uno de sus espías, ¿tú qué crees?—dije girándome para verla.

Ese rostro dulce parecía sosegado pero su mente elocubraba alguna locura. Sabía que era inquieta y lo supe nada más hablar unas horas. Del mismo modo supe que quería casarme con ella y vivir por siempre atado a su cintura. Estaba preciosa como el primer día que nos vimos y como cualquier otro día. Sus labios tenían un llamativo tono carmesí similar al de su vestido de fiesta. Seductora a más no poder y yo un idiota rendido a al borde de sus tacones.

—Lo dices como si te importara matar ahora—murmuró dando un par de pasos hasta mi silla, para colocarse a horcajadas sobre mí tras subir sutilmente su estrecho vestido.

—No me gusta matar inocentes porque siento mis manos manchadas de sangre—respondí tomándola por la cintura perdido en sus ojos verdes. Podía notar sus manos jugando con la solapa de mi traje, con la punta de mis rizos y con mi pómulos algo marcados. Ella me erizaba la piel como si fuese la presencia del mismísimo Diablo.

—Quinn, no te preocupes más—dijo tomándome del rostro—. No quiero volver, no quiero ataduras, no quiero reglas, no quiero dar explicaciones y sobre todo no quiero verle.

—Mona, cálmate—dije de inmediato—. No te he pedido que vayas a verle ni hagas una visita conmigo a Nueva Orleans.

—¿Vas a volver? ¡Quinn!—se exasperó e incorporó de inmediato dando un par de fuertes taconazos sobre el parquet.

—No te pongas histérica, por favor—me recosté en aquella cómoda silla de cuero, como si fuese un ejecutivo a punto de enviar a la quiebra a la competencia, y la miré como si fuese un regalo divino. Me recreaba en sus curvas y en su forma de agitarse por todo y por nada.

—No estoy histérica...—mintió—. Sé que quieres ver a tu hijo y saber cómo está todo. Desaparecimos sin más y posiblemente algunos no vivan más de unos años más...—bajó sus párpados pensando en Michael, Nash y otros tantos que queríamos. Pero sobre todo lo decía por mí porque yo no toleraba demasiado los funerales ni las despedidas.

—Lo dices por Nash—susurré.

—Sé que él te ama y que tú le quieres a tu modo. Estás muy agradecido con ese hombre.

No se equivocaba. Durante años jamás creí que él me amara, pero ahora cuando ves todo desde fuera, con otra perspectiva, puedes notar el amor fluyendo en sus palabras y en cada uno de sus abrazos. Me deseaba, me codiciaba, me protegía y me dejó libre para que estuviera con la mujer que me arrebató el corazón desde el primer segundo. Nos comportamos como Taltos salvajes en mitad de un ritual de apareamiento y no nos importó en absoluto. No hubo pudor ni tabúes porque no son bienvenidos a un mundo efímero y poco práctico como el que vivíamos. Pero ahora he tenido tiempo de releer mis memorias, de plantearme muchas situaciones y tener muchísimos “Y sí...” en mis labios, en mi mente y en mi corazón.

—Por supuesto que lo estoy. Él ha estado cuidando de Tommy—respondí.

—¿Y qué harás? Dime. ¿Volver? ¿Hacerle saber al monstruo de Petronia que estás vivo?—sus ojos se fijaron en los míos con cierto pavor, ¿o tal vez el pavor provenía de mí?

—No sé si ese monstruo sigue vivo... ¿has visto cuántos están muertos? Dios... salimos vivos por puro milagro—susurré agitándome.

Recordé aquella noche terrible. Habíamos viajado para visitar a Maharet a lo profundo del Amazonas. Durante algunos años estuvimos encerrados en la biblioteca. Sólo salíamos a divertirnos algunas noches, pero la mayoría de ellas las pasábamos leyendo y redactando información para mantenerla a salvo más allá de los libros. Nosotros queríamos una copia de todo lo que allí había y Maharet aceptó si le ofrecíamos parte de la historia que teníamos en nuestro linaje.

Era una mujer comprensiva y deseosa de escuchar buenos relatos que la mantuvieran cerca del mundo real. Khayman solía pasar las noches en silencio escuchando nuestros relatos, riendo de vez en cuando o caminando junto a ella completamente embelesado.

Thorne aplaudía como un niño cada vez que llegábamos al final de una historia y pedía más como el público más entregado. Estaba ciego aún cuando llegamos y al recuperar la vista pudimos contemplar que tenía mirada de niño pese a su tamaño, su inteligencia y su fuerza bruta. Era demasiado inocente.

Mekare no hablaba y de vez en cuando recibía visitas de dos viejos miembros de Talamasca. Quise acercarme a David Talbot, pero había muchos jóvenes en la sala y decir en alto el nombre de Lestat, aunque sólo fuese mentalmente, provocaría una avalancha que no quería. Allí quería ser uno más, un chico cualquiera deseoso de tener información de primera mano.

Una noche nos quedamos a solas con todos vigilado únicamente por Khayman. Los últimos días había estado con los auriculares puestos escuchando viejas canciones de rock. Pude notar que el cantante tenía un tono similar al de Lestat, pero no me atreví a preguntar si era él. Mantuve la distancia hacia el gran guerrero y guardián de Kemet hasta aquel día en el cual le dije que vendríamos pronto, que nos marchábamos a comprar algunas prendas y artículos de artesanía. Él sólo asintió. Horas más tarde una columna de humo surgía de la espesura del Amazonas cuando nos acercábamos, los gritos de horror y contemplar a Mekare en movimiento por la jungla quemando a jóvenes, igual que Khayman, provocó que no descendiéramos ni a recoger nuestras cosas. Huimos de allí.

—¿Ahora llamas milagro a comprarme zapatos?—preguntó echándose a reír mientras se quitaba los zapatos y los dejaba sobre la mesa.

—Ah... eres incorregible—murmuré.

—Admite que acepto usar estos tacones porque son tu fetiche—dijo apoyándose en la mesa dejando que sus pechos se vieran turgentes e insinuantes en aquel escote en forma de gran V. Su piel era tersa y parecía hecha de seda con un aroma dulzón similar al que pude oler en su jardín. Ella era pícara y atrevida, con una inteligencia demasiado viva y una mirada que te ahogaba en miles de emociones.

—Y el tuyo—susurró colocándose junto a mí, sentándose en la mesa dejando sus piernas suavemente abiertas y tomando mi mano derecha para colarla entre ambas. Palpé sus muslos cálidos y el borde de su prenda íntima. Ya no era igual a ser humano, no me excitaba de ese modo, pero jamás negué a tocarla como si fuese un objeto valioso e imposible de ser igualado.

—Estamos hablando de ti y no de mí, mi noble Abelardo—murmuró colocando su frente sobre la mía para luego reír como una niña que hace una travesura.

—¿Crees que debería llamar a casa?—pregunté.

—No—dijo sacando mi mano de entre sus faldas para luego sentarse en mis rodillas—. Si llamas sabrán donde estamos. El dinero ya les dice que estamos vivos, aunque tú mismo has preferido que sólo lo sepa Jasmine y ella sabe cerrar su mente a cualquiera.

—Lestat sufre...

—Lestat sólo sufre realmente si le pasa algo a su rostro, a su madre o a Louis—aseguró tras darme un beso en la mejilla—. ¿Me acompañas? Deseo caminar por la ciudad y olvidarme de esta conversación absurda—se incorporó y tiró de mí provocando que me levantara—. Ah, por cierto, he estado jugando en La Bolsa y hemos ganado unos cuantos millones que me encantaría derrochar en algo lujoso, ¿qué tal un descapotable? Creo que será divertido disfrutar de la velocidad en un coche como ese.

Deseé decirle que no necesitaba un vehículo así para divertirme a su lado, pero sólo me encogí de hombros y decidí escuchar a mi delicioso demonio de cuerpo de mujer y rostro aniñado. Dos jóvenes, casi adolescentes, correteando por una ciudad tan inmensa resultábamos insignificantes y por lo tanto la magia surgía efecto. ¿Y cuál era la magia? Desaparecer ante la mirada de cualquiera.




lunes, 14 de diciembre de 2015

Venus salida de la muerte

Tarquin y Mona forman una pareja especial. Viktor y Rose me recuerdan mucho a ellos.

Lestat de Lioncourt 


—¿Estás molesto?—preguntó tomando asiento a mi lado.

Algunas pequeñas gotas de agua se escurrían por su frente, mejillas y comisura de sus labios. Sus cabellos aún estaban húmedos y olían a mi champú. Sus ojos verdes estaban inquietos y podía leer su alma en ellos. Un alma que parecía satisfecha, orgullosa y feliz. Deseaba atraparla entre mis brazos y llenarla de besos, sin importarme que estuviera desnuda y empapada. Acababa de salir de la ducha, después de relajarse y limpiar los últimos desechos que su cuerpo había producido.

—No—susurré.

Temía llenarla de miedos injustificados, pero tan presentes para mí como las palabras de Petronia y los consejos de Nash. A lo largo de mi vida había tenido varias personas que me habían ayudado, animado o desaconsejado. Monstruos tan humanos como mi creadora, que era de las que creían que las lecciones entran con sangre y dolor.

—Pues estás muy callado—dijo apoyando su pequeña cabeza sobre mi brazo derecho.

—Me preocupa—murmuré.

—¿Qué te preocupa?—interrogó.

—Muchas cosas, Mona—dije rodeándola para sostenerla entre mis brazos. Aún llevaba el traje que había llevado en el velatorio del cuerpo de mi tía Queen, la cual ya yacía en la cripta familiar.

—Podrías decirme qué te ocurre. Soy tu pareja y deberías...

—Me preocupa que algo malo pueda ocurrirte—respondí solventando sus dudas. La tomé del rostro y la miré con cariño.

La amaba. No había duda. Desde que la conocí lo supe. Era como una de esas historias de los libros y películas que solía ver con mi tía, Jasmine y la Gran Ramona. Un chico conocía a la chica de sus sueños y la música sonaba distinta, el mundo poseía un color nuevo y el corazón latía acelerado a su lado. Incluso podía notar que mi vida había cambiado sin moverme del sitio.

—Mi noble Abelardo, ¿qué cosas malas podrían suceder? Mírame. Me habéis salvado la vida, ofreciéndome una oportunidad de oro, y no pienso desaprovecharla. Quizás sea difícil de explicar para mi familia, pero ¿crees que no se alegrarán de saber que ya no estoy enferma y no tienen que estar pendiente de mí?

—Ah... Ophelia—susurré recostándola en la cama, para abrir su toalla y acariciar la espesa, aunque pequeña, mata de vello púbico.

Sus piernas se abrieron, su vientre templó y sus pechos se erguían turgentes. Tenía una figura distinta, mucho más exquisita y femenina que la que yo recordaba. Comencé a besar su vientre, cerca de su ombligo, y deslicé mi lengua hasta sus muslos e ingles. Ella suspiraba, reía y se movía inquieta. Mi lengua retiraba las pequeñas gotas de agua, mientras mis labios rozaban con cuidado cada pedacito de piel.


En aquella cama volvió a la vida, cubierta de pétalos, surgiendo como la Venus de la espuma del mar. Ella, mi compañera, que me hizo ver el mundo desvelando misterios que me aterraban y que acabaron fascinándome.  

martes, 17 de noviembre de 2015

Milagro

Tarquin ha dejado por escrito lo que sintió cuando vio a Mona. Habló alguna vez de todo lo que sucedió aquella noche, pero no de ésta forma tan sincera donde desnuda su alma. He encontrado éste documento en su escritorio, entre diversos papeles. Espero que si sigue con vida, como así deseo, no le importe que lo publiquemos.

Lestat de Lioncourt


La observaba sin pudor. Podía recorrer con mis ojos claros, aunque nublados por las lágrimas, cada trozo de su cuerpo desnudo. Era como la Venus que salía de la espuma del mar. Parecía una diosa pecaminosa, aunque también delicada y necesitada de un amor puro, más allá de palabras extravagantes y abrazos sinceros. Sus labios carnosos, pintados de un labial natural rosáceo, cantaban al deseo. Sus ojos, verdes como la esmeralda que debía llevar colgada de su cuello al ser la heredera de los Mayfair, brillaban bajo la tenue luz de mi habitación. Era una mirada indecente la que yo le ofrecía, pero no le importaba.

Su piel parecía suave, como el terciopelo, y sus pecas, que salpicaban diversos rincones de su rostro, torso y brazos, eran demasiado atractivas. Era una de esas muñecas de porcelana que parecen vivas, pero ella estaba viva y no muerta. Aún tenía aroma a flores y muerte. Unas flores que se hallaban regadas por la colcha, el suelo y sus cabellos. Mi Ophelia había sido rescatada de las aguas del Tártaro, dejando atrás a Caronte, porque la Muerte, en forma de atractivo y rebelde vampiro, le había dado la oportunidad que yo había suplicado entre lágrimas.

No sabía qué decir. El silencio era una daga que nos rompía en dos mitades, aunque siempre lo habíamos sido pese a la unión que habíamos formado nada más conocernos. El amor es como un poderoso pegamento, que une por siempre a las almas y las condena a estar nuevamente unidas. Una deliciosa condena, si me permiten decirlo, porque nos ofreció la felicidad que tanto habíamos rogado.

Dejé que mis lágrimas se liberasen de nuevo, manchando mis mejillas, mientras ella acariciaba con cuidado sus mechones rojizos. Esa bendita pelirroja, esa diosa, deseaba ser abrazada por el idiota que no sabía cómo reaccionar ante aquel milagro. Finalmente me armé de valor, me lancé sobre ella y la cubrí de besos. Era mi Mona, mi dulce Mona, la mujer a la cual había dado mi corazón cuando apenas éramos unos niños caminando por el Edén de éste mundo tan cruel.

La envolví entre mis brazos, sentí el calor de su figura delicada y curvilínea, y me sentí un ladrón. Había congelado las manecillas del reloj, asestado una puñalada al destino y robado al ángel que deseaba tener por siempre en su vitrina. No conocería un ataúd, ni escucharía oraciones de su funeral, sino mi voz recitando poemas de amor. Eso, sin duda alguna, lo conocería como un sacerdote conoce todos los rezos y cánticos de una iglesia en sagrada congregación.



domingo, 16 de agosto de 2015

Crazy angel

Michael y Mona tuvieron ciertos encuentros sexuales, los cuales quedaron reflejados en la historia que se narró sobre los Mayfair. De hecho la hija de Mona, Morrigan, era hija de Michael. Admito que saber eso me da una idea sobre el cariño y deseo que pudo tener Michael hacia ella durante un tiempo.

Lestat de Lioncourt


En aquella biblioteca, la cual rezumaba aún el murmullo de una historia que jamás sería contada correctamente, podía sentir que mi vida discurría con dificultad. Encontraba una ligera mejoría, pero aún así me sentía aturdido y cansado. Mi corazón había sufrido físicamente, pero también el corazón sentimental estaba siendo torturado con su marcha sin despedida. Cada noche tenía que marcharme de la biblioteca para recostarme en una cama vacía, fría y sin su aroma. Había decidido pasar la tarde entre viejos documentos, nuevos proyectos para mi empresa de restauración y ciertas carpetas con archivos que debía enviar urgentemente al correo. El trabajo me aislaba de la soledad, pero también su joven presencia.

Se veía tan tierna recostada en aquel sofá, con aquellas mejillas sonrosadas y llenas. Poseía una boca pecaminosa, pese a su edad, y una mirada salvaje como desesperanzada. Sus largos cabellos pelirrojos caían sobre sus hombros desnudos. El vestido que llevaba ya no era tan infantil como los que usualmente decía elegir de su armario. Parecía algo más adulta, pero seguía siendo prácticamente una niña. Sus pequeños pechos se abultaban bajo la suave tela de algodón blanco. Tenía unas piernas largas y torneadas para su edad y su estatura. Se encontraba descalza, con el cabello revuelto y somnolienta. Una adolescente que florecía como una azucena salvaje.

Me quedé contemplando su nariz salpicada por infinidad de pecas, así como sus mejillas y sus delicados brazos. La observaba con calma y sin preocupación alguna. Ella dormía, disfrutaba de un mundo onírico mucho más placentero que la cruel realidad reinante. Por mi parte intentaba desvanecer mis miedos y preocupaciones contemplando su descanso. No obstante me incorporé para aproximarme a ella. Parecía un ángel que desconocía el pecado y el dolor, pero no era así. Aquella criatura de delicadas proporciones era un pequeño demonio con una inteligencia poderosa, unas artes de seducción demasiado tentadoras y un cuerpo que llamaba la atención a cualquier hombre.

Acabé de pie frente a ella, deslizando mis manos ásperas por sus cabellos, para viajar hasta su escote y palpar sus pequeños pechos. Ella se despertó mirándome ligeramente somonolienta, pero poseía una sonrisa traviesa que iluminaba por entero su rostro. Sin importarle nada, como si ya lo hubiese previsto, remangó ligeramente su vestido mostrándome su sexo desprovisto de ropa interior. A penas tenía algo de vello, y éste era tan pelirrojo como los mechones de su cabeza.

Dudé durante unos instantes qué hacer, pero acabé llevando un dedo hasta el borde de aquel pequeño volcán. Tenía los labios cálidos, pero aún más cálido era su clítoris que acabé tocando. Ella abrió mucho mejor sus piernas recostándose de espaldas en el sofá. Sus caderas se alzaron y yo acabé entre sus muslos.

Besaba su vientre, sus muslos e inglés. Lamía su monte de Venus y la abertura cálida de aquel pequeño tesoro. Terminé por introducir mi lengua y acairiciar, en círculos suaves, su clítoris. También lo lamía rápido y desesperado, pero volvía a los movimientos pausados concentrándome en su respiración agitada. No tardó en llevar sus manos a sus pechos, apretándoslos uno contra otros, mientras sus pezones se endurecían dejándose ver bajo la tela.

Me había jurado que no ocurriría otra vez, pero allí estaba bajándome la cremallera de la bragueta. Podía notar su deseo, del mismo modo que ella notaba el mío. La atraje hasta mí metiendo mis fuertes bazos bajo su cuerpo, pegando así su trasero a mi entrepierna y sus muslos quedaron rodeando mis caderas. Ella sonrió perversa moviendo su pelvis y jadeando suave, muy bajo, como si fuese el ronroneo de un gato. Por mi parte, como no, ejercí cierta violencia girándola contra el sofá, llevándola al borde de ésta y penetrándola con deseo.

Mi miembro era demasiado grueso y ella no estaba acostumbrada. Mis venas rozaban su estrecha vagina, la cual me daba libre acceso. Gemía y lloraba de placer. Su vestido quedó arrugado entorno a su cintura; el cual usaba para sujetarla con la mano izquierda, pues con la diestra la agarraba del pelo tirando de ella hacia atrás. Sus labios, canosos y seductores, se abrían emitiendo largos gemidos que tan sólo me animaban a dominarla con más ahínco.

Al derramarme en su interior ella apretó con fuerza sus piernas, cerrándolas. Me aprisionaba con fuerza, la misma con la que se había agarrado al sofá clavando sus uñas. Tenía los ojos cerrados y la boca abierta, pero su lengua se pasaba por sus labios como si pudiese saborear mi semen. Cuando permitió soltarme mi miembro ya estaba flácido. La solté dejándola sobre el sofá, pero decidió arrodillarse, como si implorara ante un altar, para lamer los restos del semen que aún coronaba mi glande. Percibí entonces como resbalaba de sus muslos unos pequeños hilos de mi esencia, igual que ella estaba terriblemente empapada por haber llegado a un orgasmo extremadamente placentero.

—Yo nunca te hubiese dejado, tío Michael—dijo, apartando de sus labios mi miembro—. Amo tus ásperas caricias—murmuró mirándome a los ojos comenzando a masturbarme.

Reconozco que me erizó los vellos de la nuca y permití que acariciara aquella piel sensible con sus manos, sus labios, su lengua y sus pequeños pechos hasta que nuevamente tuve una lógica erección. Si bien, aquella vez ella decidió que su boca sería suficiente. Cuando la leche cayó en su lengua, llenando aquella diminuta y carnosa boca, ella no dudó en tragarlo mientras jugueteaba con el vello que coronaba mi sexo.

Quedé allí, de pie frente a ella, sin saber qué hacer o decir. Me sentía perdido. Ella tomó una decisión por ambos, pues se colocó bien el vestido y me sonrió como si fuese un dulce ángel. Yo la agarré por la cintura, rodeándola y pegándola a mi torso, pero ella decidió escabullirse hasta la habitación que le había preparado.


Mona fue la única tentación que he tenido y que, a día de hoy, sigue siéndolo. A veces la recuerdo entre mis brazos, completamente dominaba por el placer y la lujuria, pidiendo que moviese mis caderas con un ritmo duro y terrible. Ella siempre será el único capricho que he permitido ofrecerme.  

martes, 11 de agosto de 2015

Viejas conversaciones

Hay que escuchar mejor y comprender las cosas, pero Quinn deseaba todo de forma acelerada.

Lestat de Lioncourt


—La vida no siempre es como creemos, Quinn—dijo Nash desde la puerta, para luego caminar despacio, con un deje bucólico, hasta el sofá de piel marrón. Allí tomó asiento desabrochado su chaqueta y cruzando las piernas con elegancia. Era todo un caballero, un hombre maduro y sensible, y yo codiciaba ser como él. Me imaginaba en un futuro como un hombre distinguido y amable, con grandes conocimientos y una gran capacidad de comprensión. Deseaba ser como él, pero al lado de ella. No podía esperar ni siquiera unas horas para poder volver a ver a Mona Mayfair—. Imaginamos, codiciamos, pero luego todo tiene un tiempo. No puedes precipitarte—me explicaba con infinita paciencia, sentado en aquel viejo sofá.

Parecía un hombre sacado de una de esas sofisticadas películas inglesas. Era demasiado caballeroso, su tono era íntimo y me invitaba a consolarme a su lado. No me hice de rogar. Tomé asiento a su lado, eché la cabeza hacia atrás y suspiré intentando contener las lágrimas.

—La has conocido hoy—explicó—. Sois jóvenes y tenéis toda la vida por delante, ¿por qué precipitar las cosas?—preguntó encogiéndose ligeramente de hombros.

—La amo. Es ella la mujer que deseo a mi lado. Es perfecta—dije apoyándome en su hombro amable y servicial.

No tardó en abrazarme, rodeándome con cariño y permitiendo que finalmente llorara. Lloré porque jamás había deseado tanto algo, porque aquel fantasma burlón la detestaba y temía que la alejara, también lloré porque mi tía parecía negarse a mi felicidad y me dolía el pecho por tantas emociones. Él acarició mis cabellos hundiendo sus dedos largos y suaves, para nada ásperos como habían sido los de mi abuelo Pops, mientras me calmaba con su respiración pausada y la fragancia fresca de su colonia, la cual impregnaba su camisa.

—Si la amas tanto como dices sabrás esperar—fueron sus sabias palabras, las cuales no comprendí en ese momento.


Ahora, tras tantos años, comprendo bien aquella frase, así como el resto que me ofreció durante toda la larga noche en la cual lloré y sufrí. El destino a veces nos depara grandes sorpresas, pero hay que luchar por mantener aquello que queremos. Si bien, luchar no significa precipitarse y dejarse llevar por la inconsciencia.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt