Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 27 de septiembre de 2017

Abrazados

Arion y Petronia... He conocido a Arion estos últimos meses y admito que es un hombre encantador.

Lestat de Lioncourt 

—Están quemando jóvenes en Brasil.

Había descargado la aplicación para móviles de última generación, pues el portátil de Mona se encontraba sin batería. Quería escuchar la dulce voz de Benjamín exclamando que nos protegiésemos porque había ocurrido otro desastre. Desde hacía dos noches las quemas eran algo habitual, aunque se iniciaron hacía una semana. Todo había estado en calma, o al menos eso parecía, hasta que algo o alguien desencadenó una tragedia.

Noches atrás había escuchado una voz, era como un murmullo. Me habló en griego y fue sumamente extraño. Las palabras usadas eran similares a las que usaban mis amos y por un momento creí que se trataba de un recuerdo. Después desapareció. Horas más tarde las quemas comenzaron a ser una tónica habitual en las zonas más salvajes de Brasil. Las distintas comunidades de vampiros jóvenes estaban siendo destruidas. No había lugar donde esconderse.

—Deja de escuchar esa radio, por favor—dijo incorporándose de su mesa de trabajo para tomar mi teléfono y arrancarme los auriculares. Supe que estaba a punto de hacerlo estallar, pero sólo lo dejó sobre el tablero de ajedrez.

Manfred se quedó en silencio. Él también quería saber qué sucedía ahí fuera, pero en Nápoles todo parecía estar bien.

—Tarquin y Mona han salido hoy y estoy preocupado—confesé provocando que el viejo loco suspirara y se incorporara como si se dirigiese a buscarlos, aunque en realidad sólo decidió dejarnos a solas en la habitación.

—Aún no ha ocurrido nada en Europa—me comentó Petronia antes que escuchásemos las pisadas de Manfred por el pasillo central para ir hasta su recámara.

—¿Y si ocurre? ¿Qué crees que estará sucediendo?—pregunté desconsolado y desconcertado. En todos mis milenios sólo había visto una quema similar y había sido provocada por Akasha. Ahora no teníamos una Akasha, ¿qué pasaba?

—No lo sé...—murmuró.

—Estás reviviendo lo que ocurrió con el Vesubio.

Acerté porque sus ojos se llenaron de lágrimas sanguinolentas y sus manos se aferraron a mis brazos. Rápidamente me habló con la voz trémula intentando parecer firme.


—Arion, abrázame—me pidió—. No me sueltes—. Rogó como el niño que ruega un poco de afecto a su padre o que le cumpla un deseo una estrella—. Hazlo tan fuerte que me duela. Necesito saber que sigo viva, que no he muerto y no lo haré.  

lunes, 18 de septiembre de 2017

Salvaje

Quinn, la cagaste. Te quiero mucho hermanito, estés donde estés, pero la cagaste. Admitamos que Petronia era una criatura marcada y tú un niño bien.

Lestat de Lioncourt 


—¿Por qué eres así?

Esa pregunta hizo que me girara. Había dado un fuerte golpe a su rostro con la mano abierta y lo había arrojado al suelo una vez más. No podía evitarlo. Sentía una rabia inmensa y una impotencia tan enorme que era incapaz de controlarme. Era mi culpa, pero sobre todo era la suya. Él debió seguir mis instrucciones.

—¿Así cómo?— Miraba su rostro lleno de lágrimas sanguinolentas, inútiles lágrimas por cierto, con el ceño fruncido y un deseo atroz de cruzarle de nuevo el rostro. Incluso quería patearlo.

—¡Sólo sabes imponerme tu violencia!— Pude ver que se incorporaba mientras vociferaba. Era un idiota como cualquier otro, pero ese idiota lo había creado yo. Había dado la vida eterna a Quinn porque creí que se la merecía, pero me equivoqué.

—¡Cuál violencia, imbécil! ¡Has destrozado a una mujer! ¡Te dije que no la mataras! ¡Si te he golpeado el rostro es por impotencia! ¡Recuérdala! ¡Muerta con su traje de novia! ¡El traje de novia empapado en sangre y dolor! ¡Maldita sea, Quinn!

Mi voz sonaba desgarrada por la pena, por lo patética que era la situación, por la violencia extrema que sentía en cada segundo que se asesinaba con la aguja del reloj y mis ojos, mis ojos castaños, eran puras llamas. Estaba desatada y nada ni nadie podía controlarme. Arion me miraba y negaba suavemente. Sabía que no debía acercarse a mí, pues ni él podía contener tanto dolor y miseria. Manfred lloraba en un rincón por ella, por el muchacho y por mí. Lloraba por toda la situación que había ocurrido y la que estaba por ocurrir.

—¡Soy demasiado joven e inexperto!

—¡Todos lo hemos sido y no por ello hemos desperdiciado la sangre o la vida de nuestras víctimas!

—Quiero llorar...—dijo tras un quejido.

—¡Todo lo arreglas llorando!—grité.

—Eres una criatura demasiado cruel—balbuceó llevándose las manos al rostro. Sus manos son hermosas, su rostro es hermoso, pero odio esos gestos de fracasado que muestra tan seguido.

—Crueldad es que te desprecie tu propia madre y te venda al circo romano con tan sólo unos años de vida, que te eduquen para comprender que cada vez que sales a la arena puedes terminar sin vida y luego, cuando eres una bestia sangrienta y nadie te puede destruir, te vendan a un prostíbulo y te aten como a un perro para que te violen bravucones sin escrúpulos. ¡Eso es violencia!

Mi vida no había sido un camino de rosas, sino de zarzas. Él había vivido entre algodones debido a que sus abuelos, su tía y todos los de esa casa lo adoraban. La única que lo odiaba era su madre, la cual había hecho que sufriese cierto abandono. No obstante, tenía las atenciones de los demás los cuales lo trataban como un tesoro. Incluso ese fantasma, esa criatura idéntica a él, lo rondaba como si fuese un príncipe y lo protegía con fiereza. No lo había visto jamás, pero sí sentido. Sólo lo pude contemplar en los recuerdos de Quinn al beber de él.

—Petronia...—susurró compungido intentando echar sus brazos hacia mí.

—Violencia es que te señalen por tener ambos sexos y te escupan en los puestos de abastos cuando pides un poco de fruta al tendero. ¡Aún llevando dinero!—exclamé lo último. Él no entendía la violencia patriarcal de una sociedad machista, la cual era mucho peor que la actual. Aún así había un dios grecorromano que poseía ambos sexos, pero a pesar de ello era una criatura horrenda a la cual maltratar o seducir por curiosidad.

—Petronia...

—Olvídame. Vete con Arion. Él te sabrá comprender mejor que este monstruo—dije marchándome.


Arion decidió hablar con él largo y tendido. No sé bien qué le dijo, aunque algo vislumbré en sus memorias dadas a conocer como “El Santuario”.  

martes, 11 de julio de 2017

Secretos

La amistad es así, ¿no? Tú me cuentas y yo te cuento.

Lestat de Lioncourt 

—Sinceramente, no sé como lo logras.

—Es fácil cuando eres un Mayfair.

Habíamos tenido esa conversación en varias ocasiones. La última fue aquella noche. Fue poco antes que todo empezase a ser más truculento alrededor de nuestras vidas. Dejamos de hablar de ello, por supuesto. También nos olvidamos de las apuestas demasiado cuantiosas. Ya teníamos cierta edad y no nos conformábamos con una vida cómoda, pero tampoco deseábamos arriesgar la escasa tranquilidad y felicidad que ambos teníamos. Creo que fue poco antes de marcharse a Italia, concretamente a Nápoles, cuando se desencadenó una profunda charla que aún hoy recuerdo.

Parecía entusiasta con su última conquista. Era una joven de la calle que ejercía el oficio más antiguo del mundo. Había venido de Gran Bretaña, era irlandesa, y poseía una belleza increíble. No hablé jamás con ella, pero la sonrisa maliciosa que tenía en sus labios cuando se acercaba a él tras las partidas de poker jamás me agradó. Era como si supiera que sería traicionado.

Por mi parte me hallaba envuelto en diversos amoríos. Todos sabían que era un hombre que no tenía miedo a conquistar una cama tras otra. Me revolcaba con cualquiera según las suposiciones de los que creían conocerme. Pero era falso. No lo hacía yo. Era el Impulsor, ese que llamaban “El Hombre”, quien manejaba mi cuerpo y lograba hacer tales pericias. En realidad era un amante adorador de los libros, las tazas de chocolate caliente y los bailes tranquilos. También me perdía el juego pero sólo por la adrenalina del momento. Él era quien bebía, fumaba el triple que yo en mi hermosa pipa y se dejaba la piel en las relaciones amatorias. Al menos lograba ocultar mi verdadera sexualidad en un tiempo donde todo se veía prohibido.

Apenas se estaba eliminando la esclavitud. Por mi parte jamás fui un esclavista nato. Siempre había ofrecido algunos billetes a mis empleados. Para mí era ingrato no darles algo del beneficio que adquiría día tras día gracias a sus manos y el sudor de su frente. Así que no se podía exigir demasiado a una sociedad que veía la mano de obra infantil como algo normal y la mujer como alguien sometida al marido. Tenía que aparentar y ese maldito fantasma lo hacía por mí.

—Los Mayfair sois extraños. Jamás he visto a un hombre como tú en vuestra familia. Son las mujeres quienes llevan el peso del apellido. Tu hermana, por ejemplo, no parece muy por la labor y tú asumes el riesgo. Es muy extraño—opinó recostado hacia atrás en la silla.

Manfred jamás fue atractivo. Ni siquiera en aquella época. Era un hombre de entorno a los cuarenta años, con alguna entrada, ojos pequeños que parecían canicas y una boca generosa. No, definitivamente no era el canon de belleza griego. No obstante conseguía amantes desde antes que enviudara, pero él siempre las rechazó. Por aquel entonces se dejaba querer. Estaba solo, arrepentido y buscaba una mujer que pudiese cuidar de sus hijos. Un error garrafal si me lo preguntan.

—Te contaré algo ahora que estamos a solas—dije notando que nadie nos escuchaba. Estábamos en una pequeña habitación, con un par de copas de más, las cartas regadas sobre la pequeña mesa y el sonido de los cánticos de los borrachos a nuestras espaldas tras una puerta mal encajada. Me sentía en ese momento libre y cómodo para decirlo—. Hay un espíritu o fantasma que nos acompaña. Él dicta las normas. Quien lo ve queda a su cargo y le ayuda a enriquecer a la familia. Mi hermana es una pobre desdichada que jamás lo ha visto y yo sí. Lo veo desde siempre. Con tres años asumí mi papel y hace tiempo que tengo las manos manchadas de sangre. No soy un hombre honesto y además hago trampas. Él me ayuda, Manfred. Eso es todo.

—Te diría que estás loco, pero he visto fantasmas rondando por las viejas vigas de las distintas alcobas que he visitado con mis jovencitas—respondió—. Y también he visto un monstruo distinto. Uno hermoso y que camina por la tierra aunque juraría que está muerto.

—¿Un monstruo?—pregunté con intriga.

—Un vampiro.

Ambos nos miramos durante algunos segundos y sentí que mi corazón se aceleraba tanto como el suyo. Sonaban como tambores de guerra.

—Ella me dio la fortuna que poseo a cambio de hacerle un Santuario para descansar de su compañero. De vez en vez necesita alejarse de la criatura que lo hizo. Y digo lo hizo porque a veces es hombre y otras veces es mujer. Me resulta confuso darle un género o un sexo—dijo asumiendo que podía tacharlo de loco como hacían todos, pero no fue así.

—Ni una palabra del Hombre a nadie—dije.


—Lo mismo te digo de Petronia.  

sábado, 16 de julio de 2016

Dominación

Yo sólo digo que esto no es como me lo había contado Quinn...

Lestat de Lioncourt


Estaba frente al espejo de nuevo mirando todas mis viejas cicatrices, esas que ni el tiempo ni la sangre pudieron borrar, pasaba mis dedos por lo que parecían pequeños arañazos sobre mi escaso busto y los deslizaba llevándolos hasta mis caderas marcadas. Cerré los ojos aspirando fuertemente el aire cargado de la habitación. Olía a sábanas limpias, perfume francés caro, fragancia masculina de última moda en Italia y a él. Olía a él. Podía respirar su piel aún pegada a la mía, calentándome pese a lo mortecino que podía ser su abrazo, intentando no pensar en la mezcla de sentimientos que siempre sufro cuando lo hace. Quería huir. Deseaba desaparecer de inmediato como si fuese una pompa de jabón estallando o una mota de polvo que se pierde en la inmensidad de la superficie de un mueble viejo, apolillado y a punto de ser tirado a la basura.

Jamás me sentía conforme ni a salvo. Era una sensación horrible la que podía transmitir a otros. Siempre era la incógnita absoluta, la muerte misma disfrazada de vida jugueteando con los dorados rizos de un recién nacido. Era todo eso y más. Porque también era la furia de una tormenta eléctrica, un vendaval en una zona costera, un grito de terror en la noche, el chapoteo de un caimán en un pantano de aguas densas y peligrosas, los tacones de una mujer desesperada y la verdad en los labios de un cadáver a punto de ser incinerado. Veneno, sed y rabia.

—Petronia—escuché su voz con nitidez pese a que fue sólo un susurro y acabó provocando que un escalofrío recorriera toda mi columna vertebral, levantando incluso el vello de mi nuca y logrando que saliera de mi ensimismamiento.

—Maestro—dije aún con mis ojos oscuros fijos en los míos, en ese reflejo extraño que ofrecía al espejo, mientras él se posicionaba tras mi espalda colocando sus sedosas manos oscuras sobre mis estrechos hombros—. ¿Qué quieres de mí?

Su boca cálida se colocó en el lado izquierdo de mi cuello, deslizándose hacia mis clavículas y quedándose en mi hombro. Podía aspirar de nuevo con claridad su aroma mucho más masculino que el mío, un aroma corporal que me enloquecía y dominaba de algún modo.

—Deseo tantas cosas de ti—musitó deslizando sus manos por mis brazos hasta mis codos, agarrándome de una forma algo perversa, entretanto rozaba sus colmillos en mi cuello. Quería que notara que le pertenecía como algo más que una mercancía, como si mi alma la hubiese vendido a ese demonio de piel oscura y voz profunda, logrando que mi corazón latiera como el de un cervatillo asustado porque sabe que el cazador está cerca.

—Maestro...—murmuré quedándome quieto esperando sus siguientes acciones como si esperara que me rompiera en mil pedazos, igual que a un frágil cristal, pero no lo hizo. Sólo se detuvo a mirarme a través del espejo. Mis pezones se habían endurecidos y mi mentón temblaba.

—Tengo un regalo para ti—dijo—. He vuelto a tener cierto contacto con ese joven vampiro y he logrado tener acceso de nuevo a cierto medicamento en proceso de investigación—murmuró soltando mi brazo derecho para meter su mano en su chaqueta blanca de lino italiano. Al sacar la mano vi un inyectable que rápidamente se enterró en mi nalga derecha—. Sólo deja que te haga efecto—musitó tirando jeringa vacía al suelo, cerca de mis pies, para luego colocar la mano sobre mi braga de fina lencería negra. Sólo me ponía esos atuendos absurdos para él porque para mí no significaban nada. Odiaba ser femenino y jugar con mi dualidad, pero él parecía recrearse satisfaciendo su parafilia.

Sus dedos acariciaban los delicados encajes de flores silvestres y sus hermosas hojas, iban hasta las ingles y después a la parte superior de la fina goma, mientras yo sólo miraba atentamente y con perversidad sus dedos. Un jadeo se escapó de mis labios y una pequeña erección apareció debido a los efectos del medicamento. Soltó mi brazo izquierdo y se ayudó de ambas manos para bajar la prenda íntima hasta mis tobillos. Después se arrodilló frente a mí besando mis ingles, mi vientre plano y mis caderas. Yo simplemente temblaba como una hoja.

—Maestro—dije colocando mis manos sobre sus cabellos espesos y negros, tan rizados como los de cualquier hombre de su raza, antes de sentir su lengua lamiendo mi pequeño glande y sus gruesos labios rodeando mi miembro—. Arion... —gemí moviendo suavemente mis caderas. Las suyas no se situaron sobre mis caderas, salvo la zurda. La mano derecha se introdujo en la pequeña overtura que era mi atrofiada vagina. Yo no dudé en mirarnos al espejo sintiéndome por primera vez bendecido por esas acciones que estaban empezando a destruir mi escasa cordura.

En ese momento Manfred entró sin avisar y en vez de marcharse se quedó ahí, mirando como era domado por la boca de mi milenario amante, acabando por apoyarse en el marco de la puerta. Arion se incorporó en ese instante y se autoinyectó con trona jeringa similar a la mía. En menos de diez segundos, el escaso tiempo que me permitió para poder recuperar el aliento y bajar su cremallera, me vi arrojado sobre la cama con las piernas abiertas. Sin embargo, le pareció una postura poco apropiada, poco digna de su extraño esclavo, y acabó por girarme dándome una visión fabulosa al poder tener el espejo frente a nosotros. Estaba en una posición grotesca, absolutamente sumiso, cuando entró entre mis nalgas y comenzó a profanarlas con un ritmo tosco que me enloquecía. Acabé apoyando mi torso sobre el colchón y mis manos, grandes de dedos largos, tiraban de las sábanas hacia mí.

—Manfred, ayúdame—dijo con voz dominante logrando que nuestro compañero, nuestra horrenda creación, se moviera bailoteando hasta nosotros—. Túmbate debajo y haz lo que quieras con sus pezones. Tómate esto como una dulce venganza—musitó—. Y tú, pobre de ti si te vengas de él—añadió agarrándome de mi trenza para tirar de mi cabeza hacia atrás. Mi nuez, casi invisible, se marcó mientras mis ojos se entrecerraban.

Rápidamente Manfred se tumbó bajo mi cuerpo, levantándome del colchón y logrando hundir su rostro entre mis pequeños pechos. Sus pezones fueron todo suyos. Los lamió, succionó, mordió y bebió sangre de ellos mientras Arion me dominaba. Yo sólo podía gemir desquiciado clamando a los dioses que ya habían muerto sepultados por el orgullo y la necedad del hombre, por otras prácticas más irriosrias que creer en los espíritus de los bosques o los mares, entretanto escuchaba a mi maestro gruñir como si fuese el propio Minotario encerrado en los pasadizos de un terrible laberinto. Y era eso, un laberinto. Un maldito laberinto de sensaciones.

Al cabo de unos minutos acabé eyaculando manchando mis sábanas de blanco algodón, Arion no se quedó atrás y Manfred se alejó para echar a correr lejos por si me recuperaba de aquella terrible sugestión. Él, mi maestro y amo, me giró para verme a los ojos como si fuese un Titán y yo un miserable bajo su poder.

—Tú eres mi mujer, mi hombre, mi artista, mi gladiador, mi empresaria y la locura misma. Sin embargo, has olvidado que yo soy quien te domina, quien tiene aquí el bastón de mando, y espero que con esto quede claro que no puedes hacer todo lo que tú desees. Sigues siendo mi esclava en La Sangre—dijo antes de bajarse de la cama y retirarse a descansar leyendo sus dichosos libros sobre ajedrez.


Yo quedé allí recostado mirando de reojo mi reflejo y sintiéndome completo, pero terriblemente hundido por su trato grotesco. Aún así ansiaba otra vez, quería volver a llamar su atención de ese modo, porque al fin había tomado otra vez el territorio que tanto le pertenecía.  

lunes, 20 de junio de 2016

Humanamente soy así.

Admito que amaría conocer a Petronia. Estoy seguro que no me llevaría mal con ese "monstruo". Para mí me parece valiente porque ha seguido defendiendo la verdad, su verdad, más allá de lo que otros puedan creer. 

Lestat de Lincourt 



—Ya carezco de la ingenuidad que poseía cuando era joven. He dejado atrás la inocencia para adentrarme en el dolor y la amargura aceptando la realidad que me ha tocado vivir. De nada vale soñar cuando es imposible cambiar la verdad que cargas como un estigma pesado. Sólo codicio deseos, o pequeños cambios en mi preciado mundo, cuando son posibles o creo que puedo alcanzar la meta. Quizá muchos dirán que soy un ser descontento, pero sólo soy realista—dije en voz alta dictándole a Manfred. Quería dejar constancia de mis sentimientos de una buena vez.

—Petronia, ¿crees que es bueno empezar así tus memorias?—preguntó dejando sobre el folio el bolígrafo entretanto se reclinaba en la silla y me observaba de soslayo.

—Agarra de nuevo el bolígrafo o te lo comes—contesté.

Rápidamente volvió a la postura inicial de escritura mientras pensaba la forma en la cual proseguir. Tenía que contar lo que sentía sin hundirme en la angustia. Así que simplemente me senté a su derecha, usando un pequeño taburete que me ayudaba como mesa auxiliar cuando trabajaba, y apoyé la cabeza en su hombro.

—No soy lo que todos ven. Ni siquiera soy lo que yo quiero ver. Simplemente este monstruo respira esperando que un día alguien, además de su creador, se de cuenta que ama. Sí, poseo bondadosos sentimientos, pero pocos quieren aceptarlos. De hecho, creo que nadie acepta que yo los tenga—él paró dejando de nuevo el bolígrafo sobre el papel, se giró hacia mí y me abrazó besando mi frente. Fue un gesto íntimo y tierno que pocas veces aceptaba.

Cerré los ojos imaginando mi vida de haber sido un hombre normal. Pensé en mi trabajo labrando el campo, pescando o simplemente marchando a la guerra. Nadie me hubiese golpeado, abusado de mí o lanzado contra otro gladiador. Sonreí dibujando en mi mente hijos que no tuve, un mujer a la que amar y un amante masculino al que visitar porque mi sexualidad sí que está definida. También, claro está, me he imaginado como mujer. He aceptado la condición de ese género mil veces en mis fantasías y también poseía familia, una vida digna y momentos agradables. Quizá jamás habría acabado siendo un vampiro, pero al menos habría sido absolutamente feliz. 

Sabía lo que era. Me habían negado desde nacimiento tener un género. Era una hidra con dos géneros que acabó entre gruesos barrotes llorando. Si ya es terrible sentirte despreciado aún lo es más tener que asumir ese dolor siendo esclavo.

Admito que durante siglos en mi despertar deseé ser mujer, pero luego me di cuenta que sólo quería serlo para parecer frágil frente a Arion y conseguir así su amor. Es algo que tengo que aceptar. Mi lado masculino es el más cómodo, con el que más me identifico, pero tengo que combatir la verdad y asumir que no soy ni lo uno ni lo otro. Ahora a todo lo que vivo lo llaman intersexualidad, pero la verdad es que ya estoy cansado de luchar para comprender qué demonios soy. En estos momentos sólo quiero sentir algo de amor y paz. 

Me eché a llorar en silencio y él me rodeó con firmeza. Podía notar la tela de su chaqueta acariciar mis mejillas, su suave colonia golpeaba mi nariz, mientras escuchaba su voz tararear bajo viejas canciones que a veces ponía en el gramófono de la sala. Sé bien que me quiere aunque no me comprenda del todo. El único que logra comprenderme con todas las malditas consecuencias es Arion y justamente no estaba. Hacía algunos días que se había marchado mi maestro porque quería que mis camafeos se vendieran por todo el mundo. Yo sólo quería fabricarlos para él, pero tenía razón que podía ser un buen negocio otra vez justo ahora que volvían a estar de moda para los modistos en las pasarelas más sofisticadas.

—¿Quieres seguir tus memorias?—preguntó.

—Más tarde... ahora sólo abrázame—dije—. Pero como me eches esto en cara dentro de unos días, o incluso dentro de unos años, soy capaz de partirte en dos como una ramita seca—advertí incorporándome para advertirlo mirándole a los ojos, después volví a recostarme sintiendo la calidez de su abrazo.



miércoles, 30 de diciembre de 2015

Dulce familia, amarga sociedad y maldita evolución.

Yo también me pregunto dónde está ese niño bonito. No te preocupes, Manfred, que aparecerá. 

Lestat de Lioncourt


Cada momento es diferente. Cambiamos cada noche sin que nos demos cuenta. Cuando despertamos hemos mutado. Modificamos nuestro espíritu y nuestro cuerpo. Hay algo en nosotros que evoluciona, para bien o para mal, convirtiéndonos en monstruos más o menos perfectos. Sin embargo, cuando contemplo el mundo no puedo evitar sentir que estamos fracasando. Hemos fracasado como especie. No hablo de los vampiros, sino de la humanidad. Los vampiros estamos involucrados en la humanidad, somos parte de ella y formamos una pieza importante en la sociedad. No podemos sentirnos al margen porque hemos descubierto que no estamos muertos, sino muy vivos, y porque nos movemos entre el resto de la gente. Quizás somos alimañas que vivimos a costa de otros, de la gran mayoría, como si el resto fuese rebaño y nosotros unos lobos convertidos en pastores.

He intentado en vano que los momentos perduren, pero siempre se marchitan como si fueran ramos de flores. Veo como se van pudriendo los ideales, los sueños, las lágrimas derramadas se van secando y las ilusiones se dispersan en el aire como si fuesen flores de dientes de león. Puedo verlo, pero también puedo sentirlo en lo más profundo de mi alma. Quizás debería romper a llorar, aunque no siempre lo hago. A veces me contengo y me echo a reír. Río porque sé que hay más oportunidades. Cada anochecer es una oportunidad de cambiar el destino, de involucrarme con un mundo que cree que he muerto y que sólo era un maldito demente.

Sólo pensar que mi mujer no sabía siquiera mi nombre real, ni mis orígenes y tampoco de dónde venía mi fortuna. Me convertí en un gran actor en mitad de una obra de teatro excelente, donde todos tenían su papel predestinado y eran parte de un elenco de lujo. Sin embargo, la situación se fue de mis manos y empecé a sentirme como marioneta. Y me odié. Odié sentirme marioneta. Me derrumbé cuando ella murió, intenté levantarme y conseguir el amor en otros brazos. Fracasé. Sólo pude llorar su muerte y arrepentirme de llenar el hueco de su cama. Tanto así que tuve que recurrir al monstruo que tanto apreciaba, el mismo que venía en mis pesadillas y sonreía a los pies de mi cama como un ángel macabro, para que me ayudara.

Todavía puedo oler la sangre derramada en el suelo, como el olor penetrante de la tierra mojada tras un aguacero, y escuchar sus gemidos y quebrantos. Aún puedo ver el gancho clavado en su espalda y cómo se movía, igual que el péndulo del reloj del salón. En ocasiones me llevo mis manos arrugadas a la cara, lloro lágrimas sanguinolentas y me digo a mí mismo, como si eso me consolara, que fue lo mejor. Lo mejor... Mis hijos habían sufrido por ella, mi hija dejó de escribir por sus burlas, mi hijo no superó jamás sus palabras duras y tuve que escuchar sus mentiras repitiéndose como las campanas que llevan al recogimiento, a la oración del Domingo, día tras día. Ni el alcohol aliviaba mi dolor, mi locura, mi amargura y la frustración que se enraizaba en mi corazón convirtiéndose en una sombra alargada.

Las luces de navidad parpadean en los escaparates. Recuerdo cuando la navidad era distinta, como el recogimiento en éstas fechas era aún mayor y la familia era lo importante. Ahora puedes felicitar a otros sin enviar una carta o una postal navideña. Sólo tienes que tener un aparato de esos modernos e inútiles para mí, un teléfono móvil con conexión a Internet, y ahí llegarán tus palabras donde quieras que estés. Ya no existe el calor de los abrazos, las largas conversaciones en las cenas o las canciones que avivaban la leña. Muchos están pendientes de las notificaciones de sus redes sociales y no de lo que otros quieren. La familia para mí era importante. Todo lo hice por ellos. Me sacrifiqué por tener una familia, sacrifiqué mi cordura por ellos, alimenté el deseo de la inmortalidad con tal de protegerlos y nada. Él se convirtió en lo que soy yo y ahora ni siquiera sé dónde está.


¿Dónde estará el niño bonito de los Blackwood? Su hijo está por ir a la universidad. ¿Y dónde está él? ¿Dónde está el chico de los ojos azules y la voz tierna? ¿Y el intelectual sensible que lloraba junto a mí por su destino? No lo sé. Hace tiempo que no sé de él. Temo por él. Era mi familia, aunque no tuviese mis genes. Él era mi familia. Me convertí en lo que soy para protegerlos aunque fuese desde lejos. ¿Y dónde está Tarquin Blackwood? Dónde...  

jueves, 11 de junio de 2015

La coraza

Petronia no la conocí personalmente, pero me parece un ser muy interesante. Espero poder conocerla y poder conversar con ella... algún día...

Lestat de Lioncourt


Si tuviese que hacer memoria de todas las cicatrices que tengo, de esas que todavía están abierta, descubriría que no queda recoveco en mi alma para tanto dolor. Pero el dolor me ha hecho fuerte. He logrado surgir de la nada reconstruyendo cada trozo de mi muralla, pero creo que a veces la he hecho demasiado alta y he impedido que otros me acompañaran. Otros como él.

Puedo sentir su presencia sosegada, con una mirada comprensiva y una sonrisa tibia que puede llegar a provocar miles de reacciones en mí. Sólo quiero llorar en sus brazos, pero no soy capaz de derrumbarme sin sentirme miserable. Él parece haber superado la miseria de una vida dura y deleznable, pero para mí sigue siendo un mar donde naufragar. Puedo notar todavía los grilletes en mis pies, el recinto del circo jaleando sin piedad que destroce el cráneo de un rival y el sol incidiendo sobre mi espada. Viene a mí el sabor de mi propia sangre, un sabor deleznable, mientras el sudor corría por mi frente. También me aterra el sonido de los jadeos de aquellos que me usaban como si fuese un mero objeto. Sin embargo, él parece haber olvidado los grites y el dolor, la soledad, los latigazos y la escasa piedad que otros parecían tener con los esclavos. Tuvo mejor vida que yo, pues sus amos no fueron crueles ni salvajes, pero comparte conmigo el destino y vio como aquel gigante, de cenizas y lava, se cobraba miles de almas. Tal vez él es el fuerte y yo la débil, pero aquí sigo luchando contra los fantasmas y las sombras del pasado.

En estos momentos me encuentro sentada en mitad de la biblioteca, con los balcones abiertos para apreciar el aroma de las flores de un jardín cercano, mientras el acaricia las piezas de su elegante tablero de ajedrez. Manfred no está. Estamos a solas. No hay nada que hablar. Él sabe lo que siento, pues no hace más de diez minutos que me ha pedido que me una a él, me siente sobre sus piernas y busque sus brazos. Sin embargo, no quiero doblegarme hoy. No deseo demostrar que hoy, como ayer, necesito que él escuche mis sollozos. Me haré la fuerte una vez más. Al menos lo intentaré un par de horas... Quizás no soy un monstruo, ni un demonio o una cruel arpía. Puede que siga siendo una mujer deseando ser tratada como una dama y no como un engendro. Él es el único que llegó a hacerlo. Tal vez por eso sigo a su lado, pues sigue mirándome con esos ojos compasivos y comprensivos.


sábado, 23 de mayo de 2015

Juego de cartas

Muchas veces hemos escuchado a Manfred contar su historia a lo largo de estos años... Bueno, parte de ella. Ahora Petronia toma la palabra.

Lestat de Lioncourt

Observaba el juego con atención y lograba ver como él movía sus dedos, largos y algo retorcidos, por la punta de las cartas. No era descarado. Sin embargo, había marcado el ritmo y sabía cuales eran las demás que los otros pobres diablos tenían frente a sí. Un truco viejo, pero efectivo. Aquel hombre, de aspecto enclenque, era hábil. No podía dejar de observarlo. No tenía un rostro atractivo, pero tampoco era un demonio retorcido. Su mirada era bucólica y poseía una boca carnosa. Me pregunté qué era lo que haría para conseguir sus sueños. Quería saber si su alma estaba en venta.

Me senté en la mesa cuando el último imbécil fue desplumado. Los otros también se marcharon, permitiendo así que nos quedáramos a solas. Él y yo. Dos hombres en mitad de un tugurio cerca de un viejo muelle. No era de aquí, pero tampoco sabía de dónde podía ser. Parecía un vagamundo que recorría las ciudades buscando un poco de dinero y optimismo. Sin embargo, era adicto a las tragedias.

—¿Cuál es tu nombre?—pregunté—. No juego con gente cuyo nombre no recuerdo. Si tengo que hacer mofas de tu suerte quiero hacerlo con tu nombre en mis labios—dije tomando la baraja entre mis manos. Se las arrebaté antes que él pudiese decir nada—. Y si no te importa, jugaremos con mi baraja y no con la tuya. Y nada de contar cartas, marcarlas o intentar leerlas en la taza de café que tienes ahí.

—Muy listo—dijo con una sonrisa—. Conoces mis trucos sucios porque tú también los usas.

—No. No los uso—respondí riéndome mientras intentaba ocultar mis colmillos—. Soy un demonio y los demonios conocemos a todos los miembros de nuestra parroquia.

—Comprendo...—murmuró inclinándose hacia delante—. ¿Y no querrías ser mi socio?

—Vaya... no me has dicho tu nombre, pero quieres ser mi socio—dije dejando las cartas a un lado—. El mío es Petronia.

—Una mujer...—dijo echándose a reír—. Con esa voz juraría que eras un hombre, pero ahora puedo ver bien tus rasgos. Una mujer muy...

—Soy un hombre y una mujer, la dualidad perfecta, y te diré una cosa maldito idiota... No te atrevas a coquetear conmigo ni a pensar que te dejaré a ti ser mi jefe—comenté antes de agarrarlo del cuello de la sucia y arrugada camisa negra que llevaba—. Atento, idiota. ¿Quieres venderme tu alma a cambio de una vida cómoda que te de la mujer que sueñas? ¿Quieres vivir despreocupado hasta que tus viejos huesos den con el ataúd?

—¿Qué tengo que hacer?—preguntó intentando zafarse de mis huesudas manos.

—Ser mi peón durante las mañanas... los demonios vivimos en la noche—dije inclinada sobre la mesa, provocando que mis dientes aparecieran aunque sólo él podía verlos. Noté en su rostro una expresión de horror. Se echó hacia atrás y yo lo solté—. Piénsalo...

—Manfred. Llámame Manfred—dijo de inmediato.

—Manfred Blackwood, ¿te parece bien el nuevo nombre que tendrás maldito piojoso?—pregunté levantándome de la mesa.

—Sí, me parece correcto.  

martes, 21 de abril de 2015

Miedos

Manfred está desesperado. Comprendo perfectamente sus sentimientos. Ojalá todo haya ido bien para aquellos que conocemos.

Lestat de Lioncourt


Estoy sentado en silencio desde hace un buen rato. Intento preguntarme a mí mismo si todo ha pasado, pero temo darme una respuesta que no deseo. Fuera he visto a muchos arder hasta no quedar nada más que un charco humeante. He escuchado tantas frases inconexas, el dolor mismo retorciéndose como las ramas vencidas de un viejo oak de mis viejas tierras, y el murmullo del silencio que queda tras el penetrante olor del fuego.

Creo que mi vida, como la de muchos otros, ha quedado ligeramente truncada. Esos años felices, apacibles inclusive, han finalizado. Ya se conoce la verdad que yace oculta en cada una de nuestras venas. Una verdad que nos convierte en marionetas. Y, sin embargo, me siento igual que siempre. Lloro por todo lo que he amado, pero también por aquellas cosas que ya no podré amar como antes.

En mis manos viejas, achacosas por el paso del tiempo antes que el reloj se parara al fin, está esa vieja fotografía. Su sonrisa es dulce, casi celestial, y creo que sus ojos muestran una inocencia infinita y un carácter salvaje. Ella era firme, dura e inteligente. Jamás se dejó doblegar por nada ni nadie. Murió luchando. Y yo, pese a tenerla siempre en mi memoria, no fui capaz de hacer lo mismo. No quise irme de éste mundo. Deseé permanecer y al hacerlo he visto el dolor yacer al lado de unos y de otros, tocarlos con el fuego y maldecirlos con murmullos de sacrificio, odio y miseria.

Terminé huyendo de aquel palacio napolitano. He dejado los hermosos y lustrosos suelos de mármol blanco, las bóvedas pintadas con frescos que representaban a rechonchos ángeles y dioses de otras épocas, olvidé que es contemplar las columnas perfectas, y robustas, de aquellos pasillos y todas las esculturas que permanecían mudas, e impasibles, frente a mis pasos achacosos.

Estoy en una vieja capilla olvidada en algún punto inexacto del mundo. Opté por correr, volar por los aires y buscar un lugar donde yacer unos días. Días que se han convertido en meses. Salgo a cazar algunos animales, pero nada más. Posiblemente en unos días decida salir, observar las estrellas y buscar a los que amé y aún amo.

Mi nombre no ha sonado en la radio. Ese dichoso muchacho no recuerda siquiera mi paso por el mundo. Hay un listado enorme de inmortales que han desaparecido y otros que están siendo buscados. Quizás debería contactar con él. Desearía volver a ver a Quinn y decirle que me alegro de ver que está sano y salvo.


Mientras, como siempre, lloraré mis penas en silencio y buscaré sacar fuerzas de los recuerdos de mi encantadora Virginia.  

jueves, 5 de febrero de 2015

Bondad y malicia

Tarquin de nuevo nos habla de sus sentimientos, pero esta vez profundiza más en ese hecho tan terrible. Estoy seguro que todos amarán este escrito.

Lestat de Lioncourt


Sentí el placer de matarla. El orgulloso placer de ver su cuerpo hundiéndose en el fondo del pantano. Los caimanes fueron rápidamente a darse un festín. Su cuerpo se enfriaba, pero pronto no quedó siquiera los huesos para recordarla. Mis manos estaban metidas en la chaqueta y mi rostro parecía impávido, sin vida y sin sentimiento alguno. Al fin había alcanzado ese tétrico sueño, ese deseo insaciable, que me corrompía y torturaba desde hacía demasiado. Una ligera sonrisa se formuló en mis labios, pero mis ojos empezaron a estallar en enormes carcajadas. En ese momento lo disfruté. Disfruté de como se perdía el último resquicio de mi madre. Mi lado oscuro, ese que tan pocas veces dejo libre, se apoderó de mí por completo.

El zumbido de los mosquitos a mi alrededor, el viento soplando suave entre las ramas y la hierva crecida, el zambullido de los caimanes y mi propio corazón, el cual latía muy lento con la sangre de mi última víctima. Todo era un marco encantador. Un lugar idílico. A mis espaldas estaba el santuario, ordenado construir por Manfred Blackwood para quien sería nuestra madre y padre en un nuevo mundo de tinieblas, con su aspecto actual, mucho mejor que el antiguo, lleno de lujos y comodidades. Estuve por entrar en el Santuario, sentarme cómodamente a leer y, de vez en cuando, echar un vistazo a las oscuras y densas aguas donde desapareció el decrépito cuerpo de mi madre.

Aquella noche había descubierto el último misterio de aquel lugar. Era la última pieza. Conocí varios terribles secretos, a cual más horrible, pero el peor de todos fue saber que aquel fantasma, ese espíritu que siempre me había acompañado, era mi hermano gemelo fallecido poco después de nacer. Ella lo había atrapado en este plano, con su dolor y sus quejas, provocando que ni él ni yo descansáramos. Me lo había ocultado. Había hecho oídos sordos a mi dolor y al pecado que cometía a diario. Muerta ya no haría más daño, no me mentiría y tampoco me escupiría a la cara que soy un asesino.


Entonces, en aquel reducto de paz y gloria, sentí que debía regresar. Algo me pedía que volviese al lugar que fue mi hogar, mi corazón y mi alma. Ese sitio donde aprendí a tocar la armónica, escuchar las voces de los difuntos, sonreír ante los pasteles de la Gran Ramona o simplemente leer. Leer como me había dicho Nash, mi tutor, pues una cosa es leer y otra es hacerlo desde lo más profundo del corazón. Necesitaba volver, involucrarme con ellos y sus vidas, para sentirme bueno otra vez.  

domingo, 25 de enero de 2015

Amistades extrañas

Petronia ha querido hablar de Manfred. Hay amistades raras y luego esta...

Lestat de Lioncourt


Un golpe del destino. Uno tras otro. Como si fuera un combate a muerte y yo fuera el muerto. El que caerá en la arena abatido, sin aliento, sin tiempo y sin destino. Eso fue. Un golpe que se convirtió en soplo de aire fresco. Uno que no me tumbó, pero me hizo cambiar. Golpe tras golpe, portazo tras portazo, llegué a convocar a la caja de Pandora y la abrí. Comprendí entonces que necesitaba mi espacio, mi mundo, mi verdad y mi divertimento. Él sería mi marioneta, mi experimento, mi verdad y mi secreto. Fue un golpe, como he dicho. Nada más que un golpe.

Era un alma perdida. Ni sé porque ayudé a ese inútil. Quizás porque siempre me sentiré culpable por todo lo ocurrido con el Vesubio y Pompeya. Vi arder a cientos, mi mundo quedó sepultado bajo capas de lava ardiente y se ocultó durante siglos al ojo humano. Era como si todo lo que había vivido quedase perdido, como un vestigio de un sueño que nunca debió existir. Entonces, tal vez, por eso no me negué a colaborar con un inútil que se ahogaba en los charcos de Nápoles.

Ese estúpido e inocente muchacho se convirtió en un hombre, rico, poderoso, con el nuevo mundo bajo sus pies y una enorme mansión donde hacer de las suyas con su encantadora mujer. Yo sólo necesitaba un lugar donde mantenerme oculta de Arion, mi maestro, durante algunos días al año. La convivencia entre mortales es tirante cuando pasan los siglos, se vuelve monótona, y yo no quiero dejar a quien ha sido, y será, por siempre mi nexo de unión con mi lado mortal, soñador y vivaz. No deseo dejarlo, pero me canso. Él me dio ese golpe de efecto, ese soplo de aire fresco, aceptando que me quedase en sus nuevas tierras y de ese modo, como no, vincularnos para siempre.

Recuerdo la noche en la cual apareció. Estaba más viejo que nunca. Apestaba a muerte. Pude ver el miedo en sus ojos. Balbuceaba algo de un pacto nuevo. Él se quedaría a mi lado, haciéndome compañía y siendo los ojos donde yo quisiera, a cambio de una vida inmortal plena. No quería morir, pues sabía que iría derecho al infierno sin su Virgnia, su primera y única mujer.


Debí rechazarlo, pero me pudo el sentimentalismo barato. Y por eso, ahora, soporto a dos idiotas jugando al ajedrez.  

Esas lágrimas aún las recuerdo

Tarquin hablando sobre Manfred... seguro que están llorando.

Lestat de Lioncourt



He experimentado muchas cosas extrañas en mi vida. Tantas cosas que ya ni siquiera recuerdo bien cual de ellas ha sido la mayor de todas, pero la que mayor huella me dejó fue aquel anciano llorando por mí, por la vida que me iban a quitar de un plumazo y por los sueños que no cumpliría. Lloraba por mí de una forma tan auténtica que me conmovió noches después, cuando todo pasó y pude comprender que todo se había acabado. Algo en mí había muerto para siempre y él lo sabía. Comprendía bien el proceso porque él lo había vivido tiempo atrás.

Fue un acto salvaje y cruel. Un acto que no esperaba. Sabía que debía enfrentar a mis miedos, dejando de ser un cobarde, porque tenía defender lo que creía que era mío. Mi juventud, o más bien mis hormonas adolescentes, no me permitió razonar y recapacitar. Me metía en la boca del lobo. Y el lobo aullaba con furia. Una furia que no pude controlar y que, por si fuera poco, fue parte de un espectáculo terrible para aquel viejo.

Desde que era un niño, cuando aún ni siquiera era capaz de pronunciar bien su nombre, me enseñaron su retrato. Aquellos ojos parecían consternados por el dolor, sus arrugas parecían papel de cartón mojado y esas canas, esas malditas canas en el poco cabello que tenía, me recordaban al precio que se debía pagar por la edad. Todos decían que enloqueció el día que su mujer, Virginia Lee, fue enterrada. Había una nube de misterio entorno a él. Muchos fantasmas se aparecían en aquella mansión, pero ninguno era Manfred. El viejo Manfred, del que poco sabían sus orígenes o sus últimos pasos. Se decía que tomó un bote, remó por el pantano y se perdió. Algunos decían que el demonio con quien hizo un trato se lo llevó y otros que los caimanes tuvieron un gran festín que duró días. No era un demonio, sino un vampiro. Y yo conozco bien a ese vampiro, pues es el mismo que me hizo lo que soy y que otorgó dolor, sufrimiento y rabia a ambos en el momento crucial.

Cada lágrima que vertió por mí fue como un poema de amor. Él me quería como si fuese un descendiente suyo, pero en realidad ¿no era descendiente de Julien? Ese fantasma que me había invitado a galletas y chocolate, que recitó para mí aquel viejo poema y rió encantador mientras me negaba mi futuro matrimonio con la hermosa Mona, la misma Mona que ahora yace a mi lado convertida en un monstruo al igual que yo. Pero, ¿entonces por qué mi forma de ser es tan similar a la suya? ¿Por qué soy tan sentimental? ¿Es que hay algo que no sepa? ¿Quizás mi bisabuela era su hija y por eso mi bisabuelo era incapaz de tomarla como amante? ¡Quién sabe! Soy incapaz de formular la pregunta porque quizás no quiero saberlo. Tal vez es demasiado enredo para mí. Un árbol extraño, tan extraño, que me tortura. Un árbol cuyas raíces se pudren en el pantano donde ambos desaparecimos y nos convertimos en vampiros... vampiros en Nápoles, entre mafiosos y novias muertas empapadas en sangre. Novios de la oscuridad, la tristeza, el placer y la sofisticación.


Y todo por unos camafeos... unos insólitos camafeos... un pantano... una gran suma de dinero y un misterio que aún me provoca náuseas.  

lunes, 12 de enero de 2015

El pozo de mi paciencia

Petronia y Rebeca no eran buenas amigas... más bien una mató a la otra. 

Lestat de Lioncourt


Recuerdo a esa mujer como si fuese hoy el mismo día en el cual sesgué su vida. Acepto que no suelo ser así. No me gusta recrearme. La tortura no es mi estilo. Bueno, al menos ese tipo de torturas. Para mí una muerte a golpes es mucho mejor, pero reconozco que ella había tocado partes oscuras de mi alma. No permito que toquen lo que es mío o que destrocen mis tratos. Ella lo estaba haciendo. Estaba provocándome. Provocando que actuara. Se lo dije a Manfred cuando nos vimos en aquel viaje, sin embargo todos los hombres son iguales. Pocos piensan con la cabeza cuando las piernas se cansan en la cama, los besos de una mujer son intensos y sus pechos están colmados de perfume barato. Maldita zorra...

Puedo usar mi cuerpo a mi antojo. Cualquiera podría verme dos veces y no creer que soy el mismo ser. Mi dualidad es perfecta. Soy el hombre más frío, calculador y arrogante que puedas encontrar... o la mujer tímida, algo sensual y profesional que te topes de frente. Mis pechos pueden ocultarse, mi pose masculina realzarse y mis ojos convertirse en dos esferas oscuras totalmente distintas. He aprendido. A base golpes, pero he aprendido. La vida es eso: golpes.

Ella era muy distinta frente a Manfred que frente a otros. La pude conocer en aquel viaje. Se deshacía en halagos. Mi trabajo le interesaba tanto como mi entrepierna. Él ni siquiera se fijaba en sus contoneos cuando una baraja de cartas estaba frente a él. Siempre apostando fuerte. Siempre intentando ganar más de lo que se puede. Así lo conocí y así siguio siendo. Sigue apostando hoy en día, pero no más allá de las monedas que roba a los imbéciles a los cuales les arranca parte de su vida.

Cuando me vio como mujer me trató con la punta del pie. Fue bastante desagradable. Me miraba por encima del hombro porque tenía más busto, más curvas, ojos más claros y piel más canela. Ella se creía la diosa de la fortuna y del amor. Se regodeaba en los regalos que Manfred le hacía gracias a un trato que aún prevalecía entre ambos. Todo por ese dichoso santuario. Todo porque él me cayó en gracia. Es raro que alguien me caiga bien y él, pese a todo, me agradaba y me sigue agradando. No lo entiendo, pero esa no es la cuestión. Ella se creía la mujer de ese pobre desgraciado que aún lloraba por su difunta esposa.

Un día se apareció en la pequeña isla pantanosa que me cedió. Empezó a llorar y balbucear. Me hablaba de como había tratado esa mujer a sus hijos. Pude ver la ira y la decepción en su rostro. Tenía más de un motivo para usarlo en contra de esa zorra. ¿Y adivinen qué pasó? Bueno, no adivinen ya que lo saben.

Pedí que la trajera ante mí y cuando la tuve le di una buena paliza. No la maté. Decidí dejarla viva y colgada de un gancho como si fuera carne de matadero. Allí la despellejé, torturé, arranqué la lengua y traté como la debería de haber tratado la vida. Ella, que tenía todo lo que una mujer desea, se comportaba como una vulgar arpía tratando a otros como escoria. Odio a ese tipo de gente.

Cuando era una niña no tenía nada. Ni siquiera puedo decir que era una niña. Siempre fui un pequeño monstruo... como mucho... un error de la naturaleza, un monstruo, un ser... Ella tampoco tenía mucho, pero era hermosa y lista. Detesto que las mujeres que tienen poder lo desaprovechen. Las detesto.

Aquella noche volví a Nápoles arrojándome a los brazos de mi creador. Arion me recogió como si fuera un frágil nardo. Besó mis pómulos, acarició mis párpados con sus labios y dejó un último beso en mi frente. Sentí su amor. Supe desde el primer día que él sería mi amor más sincero y puro. Comprendí que ningún hombre me amaría como él. Acepté eso del mismo modo que acepté que él me amaba tal cual era. Manfred amaba así a Virginia, pero no a Rebeca. Rebeca que yacía en el fondo del pantano después de ser torturada. La misma mujer que me trató con desprecio cuando intenté ser un igual.


Yo soy Petronia... y a mí nadie me mira por encima del hombre. Quedan advertidos.  

martes, 25 de noviembre de 2014

La voz lo pedía

Arion y petronia no salieron en Prince Lestat, pero también sufrieron las consecuencias. Aquí un breve fragmento. 

Lestat de Lioncourt


Ese día no podré olvidarlo jamás. Está marcado a fuego en mis recuerdos. Una voz comenzó a balbucear. Primero fue torpe, después se comunicó de forma más coherente. En un principio pensé que era posiblemente un inmortal intentando mantener contacto, perdido y abrumado tras un largo sueño. Después me di cuenta que no era así. La voz surgía de mi interior y bramaba. Creí volverme loco. Sus ideas eran descabelladas. Si me mantuve coherente, firme ante la situación, fue por mi elaborado trabajo.

Crear camafeos y piezas de orfebrería, delicadas y únicas, me confiere cierta espiritualidad con mi trabajo y con una alta concentración. Cada detalle, que son ocasionalmente pequeños esbozos en un papel arrugado, es irrepetible. Petronia aprendió de mí. Mi habilidad quedó sumada a la suya y finalmente logramos conquistar el cuello de cientos de mujeres, así como sus manos enjoyadas y sus hermosas orejas. Si bien, no eran las únicas seducidas por la belleza de cada una de las piezas. Había hombres que compraban camafeos aunque no los lucieran, muchos lo usaban en pequeños gemelos y había varios que decidían exponerlos en vitrinas como verdaderas obras de arte.

Yo no cedí a la voz. Ni siquiera me importaba su insufrible zumbido. Llegué a no escucharla durante meses. Si bien, una noche tras abandonar mi despacho, con un suculento acuerdo entre mis manos, llegué a casa y encontré el desastre. Petronia perseguía a Manfred arrojándole los caros jarrones de china, los magníficos cuadros renacentistas que colgaban de las numerosas habitaciones y él sólo chillaba mi nombre. Los sirvientes habían huido espantados. Las discusiones se habían elevado en muchas ocasiones, pero jamás vi algo similar.

—¡Vas a morir! ¡Jamás debí crearte! ¡Morirás en mis manos! ¡Te drenaré y luego haré que combustiones!—exclamó Petronia.

De inmediato arrojé el maletín a un lado, me deshice del abrigo e intenté mediar. Corrí tras ella agarrándola de los brazos, pero se liberó con un fuerte empujón. Ella estaba usando todas sus fuerzas, así que decidí usar yo las mías.

—¡Quieta! ¡Pese a todo quieres a Manfred! ¡No le hagas daño!—grité escuchando los sollozos y lamentos de nuestro compañero.

—¡Aparta tus manos de mí!—dijo al notar que nuevamente la atenazaba, pero esta vez era un agarre casi imposible de soltar.

—¡Arion ayúdame!—decía con el rostro bañado en lágrimas sanguinolentas. Sus escasos cabellos canos estaban revueltos, la ropa estaba arrugada y rota, y sus ojos eran dos esferas de amargura. Tenía miedo. Creo que incluso temblaba.

—¡Él me lo pidió!—rugió apartándome de forma violenta. No fue sólo un empujón sino que también me pateó. Su furia era inmensa.

El empujón me había hecho caer sobre una vitrina. Los cristales se clavaban en mi espalda, nuca, rostro y manos. El ruido de cada uno penetrando en mi carne dura aún lo recuerdo. Sonaba a un cuchillo clavándose en un trozo de filete. La habitación se empapó de mi olor a sangre, la cual empapaba mi camisa de blanco algodón.

—¡Miente! ¡Yo no pedí eso!—recalcó Manfred.

—¡Tú no! ¡La voz! ¡Lo haré porque él me lo pidió!—su voz sonó distinta. Era como si dos seres hablasen a la vez.

Supe entonces que no había mayor remedio que atacarla. Me tiré sobre ella forcejeando y comencé a drenar sus venas hasta el borde de la muerte. El Loco nos miraba sin saber qué hacer, pero bastó una mirada mía para comprender que ya no podía vivir con nosotros. No de momento.

Los pasos ligeros de Manfred por el pasillo, sobre las losas de mármol blanco y negro, retumbaban en mi cabeza junto al fuerte corazón de Petronia. Estaba ejerciendo sobre ella todas mis fuerzas. Mis manos atenazaban sus muñecas hasta quebrarlas, sus delicadas manos de dedos largos parecían ceder a una muerte inminente. Su rostro, hermoso como siempre, dejó de tener un aspecto temible y se asemejaba más a una hermosa muñeca de porcelana. La camisa que llevaba, violácea, quedó manchada por mi sangre. Los cristales se enterraban más en mi cuerpo, las cicatrices ya eran más que evidentes. Sus ojos empezaron a tener un aspecto vidrioso, sin vida, y en ese momento supe que todo había pasado. Ella al fin se había calmado. Estaba completamente confusa por lo que había ocurrido, la tomé entre mis brazos y la pegué contra mí. Lloré amargamente mientras le ofrecía mi cuello y ella bebía de nuevo. La voz nos hablaba y era terrible. Recriminaba nuestra discusión y que, de ese modo, el Loco hubiese huido. Las noches siguientes fueron baños de sangre y fuego. Juntos matamos a cientos, cediendo ante la voz durante algunas noches, pero entonces la dejamos de oír nuevamente y decidimos hacer como si nada hubiese pasado.


Actualmente todo ha vuelto a la normalidad, pero el Loco no ha querido regresar. Teme que ocurra otra desgracia. Ella ha decidido apartarse unos días en el viejo santuario donde yacía noche tras noche en los viejos tiempos, cuando se cansaba tanto de mí como de discutir conmigo. En cuanto a mí he regresado a mi oficio y ruego que jamás suceda algo como aquello. No quiero volver a mancharme las manos de la sangre de mis iguales.  

jueves, 23 de octubre de 2014

Vivo para amarte

Manfred nos sorprende con estas declaraciones, aunque ya sabíamos que su pasado tenía que ver con Petronia y sus trapicheos. Sin embargo, hoy habló más claro que nunca. 

Lestat de Lioncourt 

Si tuviera que hablar del amor creo que no sería el indicado. No creo que sea decente que un caradura como yo hable de algo tan puro. Sin embargo, he amado. Aunque parezca que sólo viví para codiciar, no fue así. Amé. Amé de forma desesperada, cómplice y abrumadora. Me sentía polvo, humo, y nada cuando ella me miraba a los ojos con esa bondad que me seducía hasta perder el juicio. Era tan cándida cuando la conocí, tan fuerte y hermosa que no pude resistirme. Quise para ella todo lo que no tenía. Sin embargo, siempre he sido un monstruo codicioso y jamás acepté cualquier cosa entre mis manos, así que mucho menos iba a aceptar que ella tuviese las manos vacías.

Hice mil trucos, peripecias, mentiras, juegos imposibles, estafas, cientos de triquiñuelas rápidas en pequeños golpes del destino. Pero un vampiro hizo que cambiara mis cartas trucadas, mis mentiras, las estafas de licores mal destilados y el caminar de un lado a otro complemente ansioso de poder. Quería tener prestigio, poder, dinero y un futuro que ofrecerle a la mujer que tanto amaba. Vendí mi alma diablo. Así de sencillo. Para mí ese vampiro representaba al mismísimo diablo.

Unos dicen que lo han visto por la ciudad, caminando en busca de seres concretos, otros que no existen y varios tienen pavor a pensar que siquiera pudiera materializarse frente a ellos. Este demonio tenía un aspecto extraño. No era ni un hombre ni una mujer. Carece para mí de género. Aunque sé que se siente una mujer con un poder para nada magnánimo. Sabe ofrecer lo que deseas a cambio de tratos imposibles. Te da todo lo que tú quieres. Si deseas dinero te llena los bolsillos, si deseas la inmortalidad te la ofrece como si fuera un caramelo.

Virginia jamás supo la verdad. Mentí sobre mi pasado y le ofrecí un futuro que creí perfecto. Pero no siempre se puede comprar todo. Reconozco que rogué a Petronia que la salvara. Quería ser eterno junto a ella. Deseaba que fuera una mujer tan hermosa y fuerte por los siglos de los siglos. Sin embargo, la dejó morir. Me dijo que no podía hacer nada. Comentó que ella no soportaría la eternidad, aunque era posible que yo sí lo hiciera. Si bien, no quería vivir sin ella.

La enfermedad se la llevó. La marchitó. Hizo que se convierta en polvo. Lloré durante días sobre su tumba. Acepté que mi vida había cambiado. Dejé que los juegos volvieran, los líos de faldas, las mujeres baratas, las mentiras, las triquiñuelas para conseguir una buena mano y me dejé ir. Recuerdo que tenía un viejo amigo, Julien Mayfair, con el que solía beber hasta bien entrada la mañana. Él me decía que debía dejarme llevar, pero que nunca olvidara quien era. Le hice caso. Recordé quien era.

Intenté amar por encima de todo a Rebeca, pero era imposible. Cuando has amado tanto entierras tu corazón con el cadáver de tu esposa. No había nada más que oscuridad y ambición en mi corazón. Quería sentirme joven, pero no atado a una mujer como ella. Empezó a tratar mal a mis hijos, a mis esclavos que eran como parte de mi familia, a mis viejos conocidos y a todo aquel que le recordaba que nunca sería Virginia.

Petronia hizo un nuevo trato conmigo. Decidió que podía acabar con ella, mi gran problema, y que si quisiera sería eterno. Me decía que no había mayor tortura para salvar tu alma que sufrir como sufríamos todos... y más eternamente. No quise escucharla, pero le ofrecí a Rebeca y su dolor. Ella la destrozó, hizo que su cuerpo fuera parte de la alimentación de sus caimanes y después me pidió que no regresara a aquel santuario que yo le construí.

Sí, uno de sus tratos era comprar esas tierras, hacer un santuario y dejar que se alimentara de los obreros que allí habían trabajado. Un lugar de descanso para su alma, según ella, y para sentirse libre. Allí murió Rebeca y parte de mi inocencia, si es que aún tenía inocencia.

Mi historia es una historia de amor. Un relato crudo de lo que provoca perder el amor. Creo que perdí todo lo que era el día que supe que Virginia moriría. Nunca quise creer que pasaría. Jamás quise aceptarlo. Me sentí dolido, perdido y hundido. Creo que aún sigo perdido. No encuentro muchas esperanzas, pero me fascina la noche. Aprendo cada vez más del mundo. He visto cosas maravillosas. Estar vivo es sufrir, sufrir por recordarla y recordarla significa provocar que viva por siempre.


Creo que sólo acepté vivir por siempre para jamás olvidarla.  

martes, 14 de octubre de 2014

Volveré siempre a tus brazos

Admiro la determinación de Mona y la caballerosidad de Tarquin. Mi hermanito es todo un hombre ya. Ella sigue siendo mi brujita y una arpía muy sensual. 

Lestat de Lioncourt

“¿Qué hace un joven cuando lo tiene todo? Incluso la vida eterna. Posiblemente algunos terminarían arrepentidos de poseer una vida perfecta, pues puede llegar a ser terriblemente agotadora. Pero mi vida no es perfecta. Aunque esté compuesta por perfectas piezas, no lo es. Mis deseos de conocimiento son tan terribles como los de Lestat en el pasado. La única diferencia entre mi buen amigo y protector, pues lo considero algo más que un simple compañero y como él dice somos hermanos, es que yo poseo una compañera de la cual no deseo separarme y aún así lo hago. Quizás he tomado el ejemplo de Petronia y Arion, mis padres inmortales, para mantenerme en contacto con ella y poder vivir de ese modo un idilio perdurable entre los nuestros. Cuando estoy algunas noches lejos de ella, ausente en el viejo santuario que construyeron en nombre de Petronia, regreso con una pasión inusitada.

No me aterra vivir para siempre, ni ser rico, ni tener cierto atractivo y tampoco me obligo a pensar en qué será de aquellos que amo cuando no sean más que polvo, cenizas y viejas letras en cartas que terminen siendo ilegibles. Sólo disfruto. Me dejó llevar por el jardín salvaje de Lestat. Para mí es un edén. Hay frutos muy agradables y otros venenosos, pero me siento libre. Desde que Goblin no estropea mis planes, y, sobre todo, desde que Maharet me mostró la gran verdad de todos nosotros. Quedé asombrado por la información. Pero sé que no es todo. Quiero saber más, vivir más y ver más.

Esta carta no se la escribo a nadie. Realmente sólo es un trozo cualquiera. He decidido arrancar la hoja de una libreta que compre hace unas noches, he tomado un bolígrafo bastante barato y común, y he decidido escribir lo que sentía en estos momentos. Y lo que siento es un deseo irresistible de ver a Mona. Deseo tenerla entre mis brazos y estrechar su pequeño cuerpo. Hace mucho que no la veo. Creo que ya hace prácticamente una semana. Quiero caer rendido ante el hechizo esmeralda de sus ojos. Sí, eso deseo.

Tarquin Blackwood.”

Mona tenía aquella carta entre sus pequeñas y delicadas manos. Sus ojos habían leído cada línea al menos tres veces aquella misma noche. Ya se había aprendido cada renglón. Aquello le recordaba a los interminables e-mails que recibía en el hospital, los cuales terminó por no poder contestar debido a su precaria salud. Era la letra de su noble Abelardo.

Había viajado desde las coquetas y multitudinarias principales avenidas de New Orleans. La ciudad parecía no querer descansar. La oscuridad penetraba en cada rincón, pero a su vez las luces de neón centelleaban como gigantescas luciérnagas. Los insectos aún sonaban intentando no morir en un otoño que se les había echado encima. Los jardines parecían llenarse aún, a pesar de los ligeros cambios de temperatura, y los locales más habituales se llenaban de millones de voces. Decidió que sus tacones ya habían sonado demasiado por el asfalto de las diversas calles, y claro está, su apetito también estaba saciado.

Así que, como si de una novia fugitiva se tratara, caminó por algunas calles desiertas buscando transporte. Llevaba un traje blanco, ligeramente vaporoso, que a penas cubría sus piernas. Traje que contrastaba con la americana negra que cubría sus hombros, la cual había robado a su última víctima, y que evitaba que la humedad calara en sus huesos. Los vampiros pueden estar muertos, pero siguen sintiendo los cambios del clima.

Tras unos minutos encontró un taxi varado en una sucia acera. Se subió indicándole la dirección de la mansión de los Blackwood y se acomodó en su asiento de piel negro. Miraba por la ventanilla los viejos edificios, las mansiones señoriales, los monumentos, las banderas que se alzaban gloriosas como si pudiesen mantener la paz de la nación con sólo hondear y los balcones cubiertos aún de diversas flores. Sonreía pensando en sus pequeñas victorias. Ahora tenía mayor dominio de sus poderes, así como un control absoluto de sus cuentas y de ciertos asuntos. Julien estaba de su lado y no sospechaba de sus futuros planes.

Mona se regodeaba orgullosa de su estrategia. Pronto todos sabrían que pretendía hacer. No iba a dejar que Julien dominase la familia desde las sombras, como había hecho siempre, pues ella quería recuperar parte de su poder. Ella no se echaría atrás. Había decidido no hacerlo. El regreso del cabeza de familia, de uno de los brujos más fuertes de la familia, no iba a ser problema sino algo beneficioso.

Noches atrás había mantenido una seria discusión con el nuevo Julien. Ese hombre que paseaba por las avenidas como si aún fueran los años veinte. Bien vestido, con el cabello cepillado como todo un caballero y con un reloj de bolsillo que siempre miraba fascinado. No necesitaba apoyarse en un bastón. Había regresado como un hombre maduro, de aspecto atractivo y sonrisa cautivadora. Disfrutaba sin duda de esa segunda oportunidad concedida por el demonio, con una magia tan oscura y densa que ningún otro sería capaz de imitarla. Pero ella no iba a limitarse a observarlo y aceptar sus imposiciones. Quería negociar. Así que lo citó en la casa de la calle Amelia, donde vivió toda su infancia y perdió rápidamente su inocencia.

Julien se conmovió al subir al ático donde había estado encerrada Evelyn. Recordó con exactitud como la encontró, sus ojos tristes y su aspecto famélico. Habló sin cesar de lo crueles que eran todos con ella. Se alegró que su vida hubiese sido larga y le comentó que había logrado recuperarla. Pero eso no le interesaba a Mona. Amaba a su abuela, pero no quería saber nada en esos momentos sobre su bondad, su inteligencia y su poder. Para Julien sería importante, si bien para ella carecía de importancia.

Ella fingió escucharle, sonreía con la historia que le contaba y cuando más ensimismado estaba, contándole fascinado los nuevos poemas que recitaba Evelyn, lo besó. Aquel galante caballero era un vividor. Y aunque parecía enamorado, o más bien perdidamente enamorado, de su abuela podía jugar con él hasta hartarse. Nadie decía que no a sus besos. Ningún hombre se resistía al toque encantador de sus manos. Cualquiera hubiese jadeado dichoso al escuchar el cierre de su bragueta bajarse, mientras esos dedos hábiles se colaban para estimular su miembro. Julien cayó en la trampa.

Los besos eran encendidos. Sus manos jugaban con el borde del vestido rubí que le hacía una cintura diminuta. Ella le arrancaba la corbata y desabrochaba el chaleco, para luego hacerlo caer al suelo quitándole la camisa. Y allí, en aquel ático, él abrió sus piernas y palpó el escaso vello pelirrojo de su sexo. Mona jadeó abriendo bien sus piernas, aceptando el erecto miembro de su bisabuelo y patriarca. Movió sus caderas como una serpiente de cascabel y cuando él eyaculó liberándose de las cadenas de Evelyn, de su amor sincero, ella rió bajo lamiendo sus labios. Tenía lo que quería. Podía jugar con él cuanto quisiera. Dominar a Julien significaba tener poder sobre todos. Y él ni siquiera se había percatado, o eso parecía.

Despertó de sus recuerdo cuando el taxi paró su motor. Sin percatarse se había excitado hasta tal punto que tenía las mejillas sonrojadas. Rápidamente pagó con un buen fajo de billetes, cortesía de su víctima, y bajó caminando por el estrecho sendero hasta la cancela de aquella gigantesca propiedad. Pudo haber llamado, avisando así de su presencia, pero no sintió allí a Tarquin.

Quería contarle todo lo que había descubierto. Ansiaba por contarle los planes que iba a deshacer de inmediato. Sin embargo, omitiría ciertos detalles de los cuales no estaba especialmente orgullosa. Amaba de todo corazón a ese vampiro. Él había sido su único y verdadero amor. La conoció cuando ya estaba enferma, casi muerta, y no dudó en amarla aunque sólo fuera flor de un día. No le importó sostener su mano moribunda y jurarle amor eterno. Tarquin era la promesa de una vida eterna, intensa y salvaje. Comprendía que él tuviese asuntos pendientes, dejándola atrás a veces, pero a su vez lo deseaba a su lado continuamente. La soledad le hacía trazar planes cada vez más descabellados. A su lado era más centrada, olvidaba su venganza y cualquier dolor que se clavara en su pecho.

Colocó sus manos sobre las verjas y apoyó su frente en uno de sus huecos. Deseaba encontrarlo allí, pero no estaba. Si bien, sintió cerca su presencia. De inmediato miró hacia el otro lado de la propiedad. Había un embarcadero y sabía que su noble Abelardo se encontraba quizás en el santuario. De inmediato tiró la chaqueta al suelo, se alzó por el cielo nocturno y viajó rápidamente hasta aquella pequeña propiedad, la cual servía de descanso y lugar de recreo.

—Quinn... —dijo encontrándolo en mitad de la pequeña isla.

Tenía las manos metidas en los bolsillos de su traje. Era un traje hecho a medida, con telas caras, y parecía un príncipe. Su chaleco era azul, del mismo tono que sus enormes y profundos ojos, y la corbata era en el mismo tono. Poseía un encanto irresistible. Ella se descalzó y se abalanzó entre sus brazos.

Tarquin no dudó ni un instante en atraparla, permitiendo que ésta lo besara. Sus labios eran candentes y sin duda el paraíso. Nunca amaría a otra mujer que no fuese ella. Mona era en sí su único y verdadero amor. Un amor que surgió cuando apenas poseía dieciocho años y que se había alargado en el tiempo. Era un hombre clásico y su historia parecía sacada de una novela romántica, o un cuento de hadas.

—Yo también te extrañé—susurró—. Oh, Mona... —la estrechó con fuerza, casi rompiéndola, mientras deslizaba sus manos por su espalda.

Estar en sus brazos era encontrar al fin el hogar. En él se reflejaba el amor y la paciencia que jamás tuvieron con ella. Él era firme y optimista, siempre buscando el lado bueno y la esperanza para todo. Incluso tenía esperanza para ella. No podía dejar de pensar que era una mujer con suerte. Cuando lo conoció quedó fascinada por sus rasgos, su personalidad torpe y el modo gentil en el cual la trataba. Durante semanas le habló a todo el mundo del chico del hospital. Su tío Michael parecía tranquilo porque al fin había encontrado a alguien especial, dejando a un lado sus tontos juegos con los diversos primos que poseía.

El besó su frente de inmediato. Parecía darle la bienvenida al fin. La tomó del rostro y la miró a los ojos perdiéndose en aquel tono esmeralda. Ella hechizaba sin necesidad de sus conjuros y poderes. Siempre había sido una bruja hermosa que era capaz de enamorar a cualquier príncipe. A él lo enamoró sin necesidad de hechizos, pues le abrió el corazón y fue sincera. No importaba su pasado. Sólo importaba su presente.

El presente de Mona era ser uno de los vampiros más fuertes que había creado Lestat. Era inteligente y escurridiza. Sabía como aprovecharse de sus encantos. Pero jamás los había usado con él. Nunca se había distinta a como realmente sentía frente a su noble Abelardo.

Ambos decidieron entrar en la vivienda de madera. Los escalones crujieron ligeramente y al entrar dentro ella sintió el agradable confort de una casa común. El suelo de mármol, la chimenea calentándolo todo, la seda y el oro por todas partes así como los numerosos libros que se acumulaban cada vez más en el escritorio de la sala principal. Suspiraba sólo con estar allí. Él la tomó en brazos y subió con ella hasta la segunda planta.

Arriba tan sólo había una cama y un par de armarios bajos, así como un espejo ovalado y un tocador. Era una habitación amplia, con hermosas vistas al pantano y que aún rezumaba cierta oscuridad. En ese lugar Petronia, su creadora, había matado, no si antes torturar hasta lo indecible, a la amante de su antepasado, Manfred. Pero ellos no veían una sala de tortura, sino una cama amplia y mullida donde descansar juntos.

Tarquin había esparcido flores silvestres sobre la pulcra cama de seda blanca. Recostó su cuerpo con cuidado y se quedó de pie contemplándola. Era hermosa. Parecía un ángel en medio de una nube cargada de flores.

—¿Qué piensas?—preguntó de pronto.

—Que eres hermosa y soy afortunado—respondió quitándose la chaqueta para dejarla en el perchero.

Ella se incorporó mirándolo a los ojos mientras se deshacía del vestido. El mismo que arrojó a su cabeza quedando prácticamente como un turbante mal hecho. Él rió. No podía contener la risa ante aquel acto tan erótico e impulsivo. Rápidamente le siguió el juego quitándose la ropa. Ambos se deshacían de las ataduras de cada trozo de tela.

El primer beso fue suave. Parecían dos huérfanos perdidos en una isla paradisíaca donde sólo podían escuchar el zumbido de los insectos, el agua estancada siendo movida por los caimanes y las sábanas crujiendo bajo sus cuerpos. Un beso tierno que precedió a otros llenos de intensidad. Se devoraban mientras sus manos acariciaban sus figuras. Caricias íntimas, pequeños cosquilleos tan sólo, que lo perturbaban.

Rápidamente atacó a su pecho derecho rodeándolo con su boca, apretándolo con sus labios y lamiéndolo con su lengua. Succionaba y mordía el aro de color rosado, casi pálido, de aquel cuerpo de piel lechosa extremadamente sensible. Mona echó hacia atrás su cabeza hundiéndola en los almohadones, abrió ligeramente sus piernas y él se acomodó entre ellas. Las caderas de la pelirroja se movían invitándolo a ser rudo, pero él era siempre un caballero.

Dejó de jugar con el pezón, comenzando a tener interés en los pliegues de sus senos. Lamía estos mientras deslizaba sus dedos, largos y rápidos, por sus costados hasta su cintura. Ella le miraba ensimismada con los labios rojos, las mejillas rosadas y las manos pegadas a sus cabellos ondulados.

—Quinn...—susurró entre bajos jadeos.

Él la observó alzando el rostro, para de inmediato callarla con un beso apasionado. Siempre amaría esos labios carnosos enmarcados en un rostro prácticamente infantil, el cual le daba un aspecto inocente y tierno. Ella tenía dieciocho años y él veintiuno, serían jóvenes eternos de aspecto prácticamente celestial. Nunca morirían. Siempre disfrutarían de esa piel sedosa y esos ojos llenos de pasión, sin arrugas ni defectos de la edad.

Tarquin finalmente colocó sus manos sobre las caderas, sin moverlas ni un ápice, para inclinarse entre ellas y besar su vientre bajo su ombligo. El fino hilo de cabellos pelirrojos que tenía sobre su monte de venus era suave, casi sedoso, y por supuesto también lo besó. Con cuidado introdujo su lengua comenzando a practicar sexo oral. Ella abrió temblorosa sus piernas, dejando los brazos de su amante bajo sus muslos, mientras sus manos iban directamente a los cabellos negros, suaves y rizados que él poseía. Su lengua era hábil y la enloquecía. Comenzaba a calentarla como si un fuego imposible se hubiese encendido en su interior. Sus pechos se movían agitados, como su respiración. A pesar de no necesitar siquiera respirar en condiciones normales, pues estaban muertos, ella boqueaba esperando calmar el calor que empezaba a provocar que sudara. Pequeñas gotas sanguinolentas cubrieron su rostro pecoso y también su cuerpo de leche. Él también sudaba, pero en menor medida.

En cierto momento, en medio de ese placentero sexo practicado con su lengua, ella gimió alto agarrando sus pechos, juntándolos, para empezar a masajearlos mirándolo de forma erótica. Él se detuvo masturbándose, deleitándose al fin con esas expresiones tan lascivas. Entonces, fue ella quien atacó. De improvisto se lanzó a las caderas de Tarquin, agarró su costado derecho, besó suavemente sus labios y se inclinó para comenzar a succionar su miembro mientras su mano diestra acariciaba sus testículos. Él echó la cabeza hacia atrás con un gemido largo que le dejó con la boca abierta y los ojos casi en blanco. La traviesa y adiestrada lengua de Mona lo hechizaba. Ella recorría todo su miembro, desde el glande hasta la base, tirando de aquella sensible piel. Y, cuando menos lo esperaba, se apartó y colocó su espalda contra su torso sutilmente marcado por una musculatura dura, como la de cualquier vampiro, quedando entre sus brazos.

Ella se penetró. Decidió que era el momento oportuno y la postura perfecta. Quedó de espaldas a él, con el rostro girado, mientras que Tarquin la tomaba de los pechos apretándolos con fuerza. Logró besarla mientras ella colocaba su zurda tras su nuca y la diestra entre sus piernas, acariciando su clítoris, sin dejar de mover sus caderas suavemente, en círculos, penetrándose con un ritmo erótico que le arrancaba a ambos leves gemidos.

Los segundos pasaban, marcados por el reloj de péndulo de la parte inferior de la construcción, y el ritmo aumentaba. La cama comenzó a quejarse. Aquella postura empezó a ser incómoda y ella quedó recostada en la cama, de espaldas a él con las nalgas alzadas. De inmediato sonrió viéndola, acarició sus redondos glúteos y la penetró. El ritmo era rápido y fuerte desde la primera embestida. Ella se había agarrado a las sábanas, pero la cama se movía sobre aquel suelo de mármol blanco. El colchón parecía salirse de su lugar. El cabello de Mona quedaba pegado a su espalda y él gruñía como una bestia. La azotaba dejándole marcada su enorme mano durante segundos, pero la marca se borraba. Entre gruñidos, jadeos y largos gemidos llegaron al éxtasis más pleno.

Ella cayó hacia delante, con su rostro entre las almohadas, y él salió para echarse a su lado. Se fundieron en un abrazo que los consoló durante más de unos minutos. Los besos eran suaves, muy tiernos, y el calor, junto al aroma del sexo, bañaba todo. Deseaba decirle la verdad, pero era muy dolorosa. No quería decirle que juegos sucios estaba usando. De momento deseaba que Tarquin fuese ajeno a ese juego. Él no debía saberlo.

—Te amo—dijo de forma sincera.


—Y yo a ti, mi Ophelia.

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt