Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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domingo, 28 de agosto de 2016

Arte neoclásico

Con sinceridad... Marius se la está jugando. Yo soy Armand, Pandora o Daniel y le hago correr hasta el otro extremo del universo. 

Lestat de Lioncourt 



—¿Qué estás buscando, Marius?—sin levantar el rostro del libro que estaba leyendo.

Allí estaba con ese aspecto de escultura neoclásica de rostro de efebo pese a sus más de treinta años, con sus dorados cabellos rizados encantadoramente revueltos sobre su frente y sus prendas cómodas de hombre moderno. Parecía una imagen tentadora sacada de algún relato fantástico, pero era algo más que una mera ilusión de un cuento de hadas o la imaginación de un loco. Sonreía suavemente saboreando tal vez las mieles de la victoria. Pandora me había humillado horas atrás y fue por su culpa. Siempre tan entrometido como yo lleno de orgullo herido.

—¿Buscas el ego pisoteado por tu desdichada mujer? Pobre Pandora... jamás dejará de amar a un cobarde que se refugia en ira y violencia—susurró antes de mirarme con esos penetrantes ojos azules. Sonrió dulcemente como si fuese un bondadoso muchacho y descruzó sus piernas, se levantó del asiento y dejó el libro sobre una mesa alta que únicamente sostenía un encantador jarrón cargado de flores silvestres.

—¿Por qué le dijiste a Pandora algo que ocurrió hace milenios? ¡Por qué!—grité apretando los puños.

—¿Qué cosa? ¿Tus juegos con sus esclavas o el descaro coqueteo con aquella dulce adolescente que vendía frutas en el mercado?—me miró impávido.

No me temía. Ese maldito desgraciado sabía que no podía siquiera golpearlo sin que los rumores llegaran hasta Pandora y esta se lo contara a Lestat, así como a toda la tribu, dejándome como un desgraciado. Me tenía acorralado. Sabía que todos adoraban a ese maldito lisiado que ya no lo era por obra y gracia del mismo científico chiflado que logró darle un hijo a Lestat, devolverle la visión a Maharet o indagar profundamente en nuestra genética.

—Marius, estoy esperando tu respuesta—dijo acercándose a mí con la elegancia de otra época.

Maldije a ese esclavo venido a más, como también a su belleza tentadora y esa forma de expresarse tan abrumadora. Era como estar bailando con el Diablo sin saber siquiera si te ama o te odia. Sabía que me apreciaba, pero a la vez gozaba contemplar como me volvía una bestia intransigente y furibunda.

—¿Te han dicho alguna vez que cuando te molestas se notan las líneas de expresión de tu cara y eso te convierte en un ser mucho más humano? Un ser humano por completo con sus expresiones, sentimentalismos y necesidades—comentó frente a mí, a sólo un paso, antes de tomarme del rostro deslizando sus fríos y suaves dedos por mis facciones.

—¿Qué pretendes?—pregunté sosteniéndolo de inmediato por los brazos, por encima de los codos, mientras le miraba con cierta incredulidad.

—No lo sé—respondió.

—¿No lo sabes?—dije apartándolo para moverme por la habitación como un animal enjaulado.

—¿Tendría que saberlo?—dijo sin mover ni un músculo.

Se sentía la tensión. Podía cortarse el aire con un cuchillo. Mis ojos de vez en cuando reparaban en su rostro y me quedaba absorto en su piel tenue, lechosa y seductora. Parecía un muchacho. Las pequeñas arrugas que se habían formado en su cara se habían borrado con el paso del tiempo y sus labios parecían más carnosos. Ante mí tenía el David de Miguel Ángel convertido en un ser que caminaba y respiraba, que sentía y codiciaba, y que siempre buscaba el modo de llevarme a la ruina.

—Quizá siempre te he deseado, Marius.

Esas palabras rebotaron en mí logrando que todo mi cuerpo temblase de ira y deseo. Quise lanzarme sobre él como un animal salvaje arrebatando su ropa, lamiendo su figura y hundiendo mis manos en sus rizos. Pero me contuve entretanto él sonreía de forma deliciosa. Parecía invitarme igual que un enorme pastel frente a un niño que lleva semanas queriendo un pedazo. ¿Me atrevería a tocarlo y hundir mis dedos en él para llevarlo a mi boca? ¿Sería capaz de degustar lo prohibido? ¿Acaso no era el amante predilecto de mi buen amigo Avicus? Lo era. Maldita sea. Lo era. Sabía que dejarme llevar por el deseo me haría caer en un gran problema.

Entonces me di cuenta que comenzó a caminar hasta una pequeña bolsa. Era un maletín muy masculino y elegante. Tenía la boquilla metálica, la anchura idónea para transportar artilugios médicos y al notar que sacaba un estetoscopio comprendí que era de Fareed. Ese dichoso médico y científico hindú había estado allí y posiblemente se encontraba muy cerca. El maletín estaba sobre un mueble alargado de color caoba, el cual se usaba para guardar correspondencias y diversos archivos importantes. Sobre él había diversos sellos, sobres y plumas, pero pronto estaría diverso material médico hasta que dio con lo que quería. Era una caja metálica minúscula de donde sacó un pequeño tubo.

—Ha logrado que no necesite frío estas maravillas—comentó—. Aunque no sé si te atrevas a probar cuan flexible puedo ser—dijo girándose con una jeringa mientras subía su suéter fino estilo marinero. Tenía una ropa muy occidental de hombre cuidado y adicto a la moda. Estaba seguro que Gregory le ayudaba a elegir sus prendas para pasar desapercibido, pero eso no era siquiera importante en ese momento o en algún otro—. Mírame... ¿no me deseas?—clavó sus ojos en los míos del mismo modo que enterraba la aguja en su vientre plano algo marcado. Sus pupilas se dilataron debido a la fuerte dosis que se había aplicado mientras contenía el aliento.

No sé por qué lo hice pero me lancé a la aventura. Me acerqué a la caja tomando una de las jeringas, desencapuché la aguja y logré tomar la dosis idónea para mí. Cada vampiro sabía cuál sería la precisa gracias a unos análisis exhaustivos que había hecho ese maldito demonio. Rápido sentí cierto hormigueo por mi columna y el deseo bullir más allá de la ira que ya poseía.

Había decidido usar túnica nada más entrar por las puertas de la vivienda. Atrás estaba el elegante traje Victorio & Lucchino de chaqueta borgoña que había arrastrado desde mi hotel hasta la entrada del edificio. Allí sólo tenía una túnica color vino de la cual me deshice mientras él hacía lo mismo con cada una de sus prendas, pero cuando terminó desnudo, antes de ser rodeado por mis brazos, me ofreció el cinturón con un gesto lleno de respeto y necesidad. Sus ojos brillaron como dos llamaradas entretanto su miembro tomaba forma sólo de imaginarse siendo sometido.

No dudé en acapararlo besando su rostro con cortos pero apasionados besos, en hundir mi rostro en su cuello y lamer sus clavículas arrebatándole el cinturón de entre sus dedos. Él jadeaba mientras su cuerpo tomaba cierta temperatura, salvo sus manos que seguían frías y se dirigían más allá de mi vientre. Su mano derecha acariciaba mi glande aún envuelto en su sensible piel, para de inmediato tirar de esta con un ritmo suave desde el inicio hasta la base. Mis ojos se cerraron gozando de ese movimiento tan delicioso y mis piernas tiritaron por un segundo, pero volví en mí y lo aparté empujándolo hacia el diván donde había estado leyendo.

Él me miró deseoso y yo le hice arrodillarse ante mí. Doblé bien el cinturón e hice que este rozara su mandíbula y bajase por el torso hasta su ombligo. Su sexo se movía suavemente inclinado hacia la derecha. Tenía un hermoso y rosado glande que pedía ser atendido aunque fuese con sus dedos, pero él se mantenía firme esperando mis órdenes. Temía hacer algo que le despreciara y le dejara allí, arrojado sobre las baldosas de mármol, deseando un poco de satisfacción y sosiego para su lujuria.

Decidí tomar asiento en el diván recargando mi espalda en la pared contigua, de hermoso papel pintado color ocre, mientras blandía mi improvisado látigo. Él de inmediato supo lo que hacer. Se subió sobre mis piernas recostando su torso, algo menos ancho que el mío, elevando sus glúteos y ofreciéndome de ese modo una imagen demasiado erótica. Mis manos rozaron sus muslos desde la canilla pasando por la pantorrilla y llegando al interior de estos. Él jadeó al percibir mis dedos palpando ligeramente sus testículos. Podía notar su miembro aplastado por su peso contra mis piernas y eso logró que formalizara el juego. El primer golpe le sacó un quejido, el segundo gritó porque le ofrecí mayor violencia, pero los siguientes fueron una mezcla de placer y dolor a partes iguales. Blandía el cinturón de cuero con mi diestra mientras la zurda se introducía en su boca. Flavius comenzó a lamer mis dedos, chuparlos y codiciarlos como si fuese mi virilidad. Sus ojos se cerraron gozando aquello como una perra bien entrenada hasta que los saqué para introducirlos en su estrecha entrada. Sus jadeos y gemidos despertaban en mí una bestia que clamaba por permanecer dormida, pero no pude evitarlo. Finalmente cedí.

Coloqué su hermosa figura, esa estatua de carne y piel, frente a mí de rodillas e hice que lamiera el fruto prohibido que guardaba para él. Aquel manjar provocó que salivara logrando una erección aún más formidable. Su lengua parecía experta o quizá llevaba demasiado tiempo codiciando cada centímetro de esta.

En mitad de un arranque de lujuria acabé aplastándolo contra el suelo, dejándole pegado al mármol, para acabar entrando en él sin compasión alguna. Mi miembro se enterró como una daga ensanchando su estrecho camino al Olimpo. Cada milímetro se aferraba a mi miembro y mis testículos golpeaban con fuerza. Podía escuchar perfectamente sus gemidos y alaridos clamando que fuese tan brusco como dominante. Coloqué mi pie derecho sobre la cruz de su espalda y penetré furibundo mientras él intentaba mover las caderas para que el roce de ambos fuese aún más caliente.

—Marius... —murmuró con aquella boca enrojecida sutilmente abierta como la de un pez moribundo sobre las tablas del piso de un barco. Sus rizos se pegaban al sudor sanguinolento que ya le cubría como una deliciosa pátina.

Mi posición cambió y mi pie dejó de estar aplastándole, deseaba ver su rostro y comprobar cuánto me deseaba. Di un par de pasos hacia atrás masturbándome al observar aquel glorioso espectáculo. Mis manos se pasaban deseosas sobre mi glande entretanto aplastaba mis testículos con la otra. Acabé sentándome en el diván llamándolo con la voz ronca. Él se incorporó tembloroso y subió sobre mis piernas comprendiendo bien mis deseos, como si ambos compartiéramos la misma terrible fantasía.

Su rostro estaba enrojecido y sus manos se clavaron en mis hombros como si fueran las garras de un animal. Cada movimiento de sus caderas era como alcanzar la gloria. Mi virilidad se hundía por completo y él temblequeaba mirándome a los ojos, apoyando su frente contra la mía y sonriendo satisfecho porque estaba siendo mío. Sabía que llevaba años buscando algo más que mi enfrentamiento, pero jamás sospeché que su deseo fuese tan humano.

No dudé en besar sus labios acaparando su boca y dejando que mi lengua se enloqueciera en el mismo instante que se detuvo, vibró de pies a cabeza y eyaculó manchando mi vientre y torso como así mismo. Acabó abrazándome moviendo sutilmente sus caderas esperando que yo hiciera lo mismo. Aguardé casi un minuto tras notar las contracciones de su estrechez, sus movimientos de pelvis, sus jadeos y palabras sucias que eran como miles de poemas clavándose en mi alma, enterrándose igual que lo hicieron sus uñas, logrando que mi mente volara.

Acabé todo aquello mirándole a los ojos escuchando como recitaba un poema erótico. Nuestras miradas eran clave y llave de una perversión inusitada. Podía contemplar sus mejillas rojas como manzanas maduras y notaba su respiración agitada. Apenas podía hablar, pero lo hacía sólo para excitar algo más que mi cuerpo: mi alma.

—Llévame al pasto y hazme tuyo. Deja que las estrellas iluminen el camino hacia mis muslos. Permite que beba de ti el elixir, mi dios. Quédate conmigo porque hoy ya no huyo. Salvaje, entregados, arañados y cansados. Tú y yo. Amándonos en un mundo perverso, indómito y azumbrados—decía mientras se contoneaba aún dejando que mis fluidos se extendieran dentro de sus entrañas—. Mírame, ¿no te parezco una escultura tan magnífica que deseas pintarme con tus dedos?—dijo tomando mi mano derecha para mancharla con el semen que había manchado ya ambos. Estaba ya frío, pero igual de pegajoso, pero no le importó llevarlo sobre sus pezones para que los acariciara.

—Tú amas a Avicus—respondí.

—Y tú supuestamente adoras a Armand, pero yaces con su creación—dijo sonriendo perverso.

—Mi mujer es tu amiga—murmuré.

—Ahora llamas mujer a Pandora... pero ella te llama viejo desamor—comentó apretando suavemente sus muslos contra mis caderas—. ¿Cómo me llamarás a mí? ¿Qué seré? ¿Conseguiré ser algo más que tu puta griega?

—Serás mi consuelo cuando esté cansado de otros mundos—dije riendo bajo.

—Conseguiré enamorarte hasta desear que te arranquen el corazón—respondió levantándose indignado con las piernas aún débiles.


Noté como sin pudor alguno se marchó dejando atrás sus prendas y a mí, su amante, satisfecho. Pude ver sus glúteos aún rojos debido al cinturón y como el semen corría libremente por sus muslos hasta las rodillas.  

sábado, 16 de julio de 2016

Dominación

Yo sólo digo que esto no es como me lo había contado Quinn...

Lestat de Lioncourt


Estaba frente al espejo de nuevo mirando todas mis viejas cicatrices, esas que ni el tiempo ni la sangre pudieron borrar, pasaba mis dedos por lo que parecían pequeños arañazos sobre mi escaso busto y los deslizaba llevándolos hasta mis caderas marcadas. Cerré los ojos aspirando fuertemente el aire cargado de la habitación. Olía a sábanas limpias, perfume francés caro, fragancia masculina de última moda en Italia y a él. Olía a él. Podía respirar su piel aún pegada a la mía, calentándome pese a lo mortecino que podía ser su abrazo, intentando no pensar en la mezcla de sentimientos que siempre sufro cuando lo hace. Quería huir. Deseaba desaparecer de inmediato como si fuese una pompa de jabón estallando o una mota de polvo que se pierde en la inmensidad de la superficie de un mueble viejo, apolillado y a punto de ser tirado a la basura.

Jamás me sentía conforme ni a salvo. Era una sensación horrible la que podía transmitir a otros. Siempre era la incógnita absoluta, la muerte misma disfrazada de vida jugueteando con los dorados rizos de un recién nacido. Era todo eso y más. Porque también era la furia de una tormenta eléctrica, un vendaval en una zona costera, un grito de terror en la noche, el chapoteo de un caimán en un pantano de aguas densas y peligrosas, los tacones de una mujer desesperada y la verdad en los labios de un cadáver a punto de ser incinerado. Veneno, sed y rabia.

—Petronia—escuché su voz con nitidez pese a que fue sólo un susurro y acabó provocando que un escalofrío recorriera toda mi columna vertebral, levantando incluso el vello de mi nuca y logrando que saliera de mi ensimismamiento.

—Maestro—dije aún con mis ojos oscuros fijos en los míos, en ese reflejo extraño que ofrecía al espejo, mientras él se posicionaba tras mi espalda colocando sus sedosas manos oscuras sobre mis estrechos hombros—. ¿Qué quieres de mí?

Su boca cálida se colocó en el lado izquierdo de mi cuello, deslizándose hacia mis clavículas y quedándose en mi hombro. Podía aspirar de nuevo con claridad su aroma mucho más masculino que el mío, un aroma corporal que me enloquecía y dominaba de algún modo.

—Deseo tantas cosas de ti—musitó deslizando sus manos por mis brazos hasta mis codos, agarrándome de una forma algo perversa, entretanto rozaba sus colmillos en mi cuello. Quería que notara que le pertenecía como algo más que una mercancía, como si mi alma la hubiese vendido a ese demonio de piel oscura y voz profunda, logrando que mi corazón latiera como el de un cervatillo asustado porque sabe que el cazador está cerca.

—Maestro...—murmuré quedándome quieto esperando sus siguientes acciones como si esperara que me rompiera en mil pedazos, igual que a un frágil cristal, pero no lo hizo. Sólo se detuvo a mirarme a través del espejo. Mis pezones se habían endurecidos y mi mentón temblaba.

—Tengo un regalo para ti—dijo—. He vuelto a tener cierto contacto con ese joven vampiro y he logrado tener acceso de nuevo a cierto medicamento en proceso de investigación—murmuró soltando mi brazo derecho para meter su mano en su chaqueta blanca de lino italiano. Al sacar la mano vi un inyectable que rápidamente se enterró en mi nalga derecha—. Sólo deja que te haga efecto—musitó tirando jeringa vacía al suelo, cerca de mis pies, para luego colocar la mano sobre mi braga de fina lencería negra. Sólo me ponía esos atuendos absurdos para él porque para mí no significaban nada. Odiaba ser femenino y jugar con mi dualidad, pero él parecía recrearse satisfaciendo su parafilia.

Sus dedos acariciaban los delicados encajes de flores silvestres y sus hermosas hojas, iban hasta las ingles y después a la parte superior de la fina goma, mientras yo sólo miraba atentamente y con perversidad sus dedos. Un jadeo se escapó de mis labios y una pequeña erección apareció debido a los efectos del medicamento. Soltó mi brazo izquierdo y se ayudó de ambas manos para bajar la prenda íntima hasta mis tobillos. Después se arrodilló frente a mí besando mis ingles, mi vientre plano y mis caderas. Yo simplemente temblaba como una hoja.

—Maestro—dije colocando mis manos sobre sus cabellos espesos y negros, tan rizados como los de cualquier hombre de su raza, antes de sentir su lengua lamiendo mi pequeño glande y sus gruesos labios rodeando mi miembro—. Arion... —gemí moviendo suavemente mis caderas. Las suyas no se situaron sobre mis caderas, salvo la zurda. La mano derecha se introdujo en la pequeña overtura que era mi atrofiada vagina. Yo no dudé en mirarnos al espejo sintiéndome por primera vez bendecido por esas acciones que estaban empezando a destruir mi escasa cordura.

En ese momento Manfred entró sin avisar y en vez de marcharse se quedó ahí, mirando como era domado por la boca de mi milenario amante, acabando por apoyarse en el marco de la puerta. Arion se incorporó en ese instante y se autoinyectó con trona jeringa similar a la mía. En menos de diez segundos, el escaso tiempo que me permitió para poder recuperar el aliento y bajar su cremallera, me vi arrojado sobre la cama con las piernas abiertas. Sin embargo, le pareció una postura poco apropiada, poco digna de su extraño esclavo, y acabó por girarme dándome una visión fabulosa al poder tener el espejo frente a nosotros. Estaba en una posición grotesca, absolutamente sumiso, cuando entró entre mis nalgas y comenzó a profanarlas con un ritmo tosco que me enloquecía. Acabé apoyando mi torso sobre el colchón y mis manos, grandes de dedos largos, tiraban de las sábanas hacia mí.

—Manfred, ayúdame—dijo con voz dominante logrando que nuestro compañero, nuestra horrenda creación, se moviera bailoteando hasta nosotros—. Túmbate debajo y haz lo que quieras con sus pezones. Tómate esto como una dulce venganza—musitó—. Y tú, pobre de ti si te vengas de él—añadió agarrándome de mi trenza para tirar de mi cabeza hacia atrás. Mi nuez, casi invisible, se marcó mientras mis ojos se entrecerraban.

Rápidamente Manfred se tumbó bajo mi cuerpo, levantándome del colchón y logrando hundir su rostro entre mis pequeños pechos. Sus pezones fueron todo suyos. Los lamió, succionó, mordió y bebió sangre de ellos mientras Arion me dominaba. Yo sólo podía gemir desquiciado clamando a los dioses que ya habían muerto sepultados por el orgullo y la necedad del hombre, por otras prácticas más irriosrias que creer en los espíritus de los bosques o los mares, entretanto escuchaba a mi maestro gruñir como si fuese el propio Minotario encerrado en los pasadizos de un terrible laberinto. Y era eso, un laberinto. Un maldito laberinto de sensaciones.

Al cabo de unos minutos acabé eyaculando manchando mis sábanas de blanco algodón, Arion no se quedó atrás y Manfred se alejó para echar a correr lejos por si me recuperaba de aquella terrible sugestión. Él, mi maestro y amo, me giró para verme a los ojos como si fuese un Titán y yo un miserable bajo su poder.

—Tú eres mi mujer, mi hombre, mi artista, mi gladiador, mi empresaria y la locura misma. Sin embargo, has olvidado que yo soy quien te domina, quien tiene aquí el bastón de mando, y espero que con esto quede claro que no puedes hacer todo lo que tú desees. Sigues siendo mi esclava en La Sangre—dijo antes de bajarse de la cama y retirarse a descansar leyendo sus dichosos libros sobre ajedrez.


Yo quedé allí recostado mirando de reojo mi reflejo y sintiéndome completo, pero terriblemente hundido por su trato grotesco. Aún así ansiaba otra vez, quería volver a llamar su atención de ese modo, porque al fin había tomado otra vez el territorio que tanto le pertenecía.  

miércoles, 3 de febrero de 2016

El despertar del instinto

Oberon está mostrando su faceta más apasionada, o más bien, más desesperada. Se ha dado cuenta que las mujeres sólo les causa perjuicios y ha optado por algo que le da placer sin problemas. 

Lestat de Lioncourt


Cayó sobre él como una sombra. Sus impulsos primarios estaban cada vez más a flor de piel. Había intentado controlarse desde hacía algún tiempo, pero la necesidad de afecto y contacto hicieron mella en él. Cada día era una muesca más en las paredes invisibles de su joven alma, las cuales terminaban siendo surcos de feroces garras que desgarraban por completo su escasa paz. En los últimos días había percibido un cambio en sus deseos, enfocándose en aquel joven enfermero. Desde el primer día sintió que todo su cuerpo se tensaba y que su alma pedía, irremediablemente, que se concentrara en cada gesto.

Oberon había sufrido un abandono tras otro. Encerrado en aquel hospital sin remedio, como si hubiese caído sobre él una terrible maldición sólo por nacer, se sentía como un animal enjaulado. Realmente, eso era. Un monstruo de circo, un ser excepcional, al cual mantenían prácticamente aislado durante gran parte del día ofreciéndole atenciones, pero no cariño. ¿De qué servía las conversaciones banales enfocadas a sus recuerdos? ¿Para qué quería saber sobre el mundo exterior en las noticias de las once? ¿O porqué tenía que soportar que algunos tomaran pruebas de tejidos y le inspeccionaran como si fuese el mismísimo Gulliver? Sabía que era un ser extraordinario, el único espécimen macho que quedaba sobre la faz de la Tierra, que podía ser el eslabón perdido o un puente hacia una mejora genética para curar ciertas enfermedades, envejecimiento prematuro y diversas molestias que vienen con la edad.

Observar a ese muchacho, día tras día, se había convertido en su momento favorito. Podía espiarlo desde la pequeña ventana de su puerta, colocando sus largos dedos en el marco de ésta y deseando atravesar el pasillo para retenerlo entre sus brazos. Se había fijado en cada íntimo detalle como sus manos cuidadas, sin vello alguno en sus nudillos, y de uñas con manicura. También, por supuesto, en lo bien planchadas que estaban sus camisas blancas de cuello almidonado y su sonrisa limpia, sin atisbo de maldad, cuando salía o entraba de su vestuario. Podía incluso aspirar su suave y fresca colonia masculina, muy elegante y algo clásica para ser un joven de no más de veinticinco años.

Aquella tarde logró salir sin permiso, paseando por la galería. Ocasionalmente colaboraba con pacientes infantiles, conversando y jugando con ellos como si fuese parte del grupo de enfermos. Oberon seguía teniendo el corazón de un niño, pues los Taltos eran infantiles y amantes de las bromas. Pero aquella tarde, casi a punto de caer la noche, no había salido a leer cuento alguno o a soportar que las pequeñas pintaran su rostro con rotuladores. Él se había quedado oculto, en mitad de ese angosto pasillo, a la salida del joven.

El chico no lo esperaba y por ello ni gritó. No pudo más que contener el aliento antes de ser besado salvajemente por el Taltos. Las gigantescas manos desabrocharon su camisa, casi arrancándola de cuajo, mientras el enfermero luchaba por mantener la calma. Sin embargo, acabó cediendo colocando sus manos sobre el suave, y lechoso, rostro de Oberon.

El sexo con hombres no estaba limitado, ni provocaba daño alguno. No moriría aquel humano. Sólo ocurría con las mujeres. Podía estar libre de todo pesar, pues aquel acto pueril, filmado por las cámaras del pasillo, sólo tendría consecuencias de propagarse las imágenes entre los empleados.

Aquellas dos bocas se secuestraban mutuamente, los cuerpos quedaron ligeros de ropa y finalmente el muchacho quedó con el torso pegado a una de las pulcras paredes. Su pantalón cayó hasta sus tobillos, igual que su ropa interior, para finalmente ser penetrado con rabia y deseo. La lasciva lengua del Taltos acariciaba la nuca y el cuello del muchacho, sus cabellos dorados quedaban arremolinados en el puño izquierdo de la criatura, y sus glúteos sintiendo los azotes de aquella gigantesca mano. El ritmo se volvió sofocante, las palabras eran pura lujuria y Oberon dominaba con su impresionante altura, su destacada fuerza y sus desesperados instintos.

El delgado cuerpo del joven ni se movía, estaba siendo dominado por aquella imperiosa necesidad, y sus piernas temblaban casi sin poder sostenerse. Su miembro se rozaba contra la pared, logrando cierto alivio, mientras sus manos se extendían abiertas, hacia el techo, y a veces sus dedos se movían intentando mantener el equilibro y lograr apartarse, aunque fuese unos milímetros, del muro. El macho Taltos rugía cerca de su oído derecho, murmuraba tormentos placenteros y retorcidos, mientras él sólo rogaba, en voz quebradiza, que lo dominara aún más.

—Te daré de mi nutritiva leche—musitó saliendo de él, para empujarlo y arrodillarlo al suelo.

Durante unos segundos le miró a los ojos, tan claros como los suyos, y sonrió sutilmente satisfecho. Agarró mejor el cabello del joven, por el flequillo y con fuerza, mientras abría la boca y sacaba su lengua. Oberon no dudó en abofetearlo duramente, escupir en su cara y echarse a reír como un demonio. Pero acabó colándose en su boca, moviendo la cabeza de su frágil amante como si fuese un muñeco de ventriloquia, y salió de él para observarlo nuevamente. Tenía las mejillas encendidas, el sudor corría libre por su frente, y había lágrimas. Estaba llorando por el placer y el dolor ejercido contra él. Decidió colocar su glande entre sus labios y eyaculó, echando la cabeza hacia atrás y dejando que un largo gemido fuese arrancado de su garganta.


Las hembras traían complicaciones, los enfermeros eran fáciles de seducir cuando comprenden bien las reglas de tu juego.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt