Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 27 de septiembre de 2017

Abrazados

Arion y Petronia... He conocido a Arion estos últimos meses y admito que es un hombre encantador.

Lestat de Lioncourt 

—Están quemando jóvenes en Brasil.

Había descargado la aplicación para móviles de última generación, pues el portátil de Mona se encontraba sin batería. Quería escuchar la dulce voz de Benjamín exclamando que nos protegiésemos porque había ocurrido otro desastre. Desde hacía dos noches las quemas eran algo habitual, aunque se iniciaron hacía una semana. Todo había estado en calma, o al menos eso parecía, hasta que algo o alguien desencadenó una tragedia.

Noches atrás había escuchado una voz, era como un murmullo. Me habló en griego y fue sumamente extraño. Las palabras usadas eran similares a las que usaban mis amos y por un momento creí que se trataba de un recuerdo. Después desapareció. Horas más tarde las quemas comenzaron a ser una tónica habitual en las zonas más salvajes de Brasil. Las distintas comunidades de vampiros jóvenes estaban siendo destruidas. No había lugar donde esconderse.

—Deja de escuchar esa radio, por favor—dijo incorporándose de su mesa de trabajo para tomar mi teléfono y arrancarme los auriculares. Supe que estaba a punto de hacerlo estallar, pero sólo lo dejó sobre el tablero de ajedrez.

Manfred se quedó en silencio. Él también quería saber qué sucedía ahí fuera, pero en Nápoles todo parecía estar bien.

—Tarquin y Mona han salido hoy y estoy preocupado—confesé provocando que el viejo loco suspirara y se incorporara como si se dirigiese a buscarlos, aunque en realidad sólo decidió dejarnos a solas en la habitación.

—Aún no ha ocurrido nada en Europa—me comentó Petronia antes que escuchásemos las pisadas de Manfred por el pasillo central para ir hasta su recámara.

—¿Y si ocurre? ¿Qué crees que estará sucediendo?—pregunté desconsolado y desconcertado. En todos mis milenios sólo había visto una quema similar y había sido provocada por Akasha. Ahora no teníamos una Akasha, ¿qué pasaba?

—No lo sé...—murmuró.

—Estás reviviendo lo que ocurrió con el Vesubio.

Acerté porque sus ojos se llenaron de lágrimas sanguinolentas y sus manos se aferraron a mis brazos. Rápidamente me habló con la voz trémula intentando parecer firme.


—Arion, abrázame—me pidió—. No me sueltes—. Rogó como el niño que ruega un poco de afecto a su padre o que le cumpla un deseo una estrella—. Hazlo tan fuerte que me duela. Necesito saber que sigo viva, que no he muerto y no lo haré.  

lunes, 18 de septiembre de 2017

Salvaje

Quinn, la cagaste. Te quiero mucho hermanito, estés donde estés, pero la cagaste. Admitamos que Petronia era una criatura marcada y tú un niño bien.

Lestat de Lioncourt 


—¿Por qué eres así?

Esa pregunta hizo que me girara. Había dado un fuerte golpe a su rostro con la mano abierta y lo había arrojado al suelo una vez más. No podía evitarlo. Sentía una rabia inmensa y una impotencia tan enorme que era incapaz de controlarme. Era mi culpa, pero sobre todo era la suya. Él debió seguir mis instrucciones.

—¿Así cómo?— Miraba su rostro lleno de lágrimas sanguinolentas, inútiles lágrimas por cierto, con el ceño fruncido y un deseo atroz de cruzarle de nuevo el rostro. Incluso quería patearlo.

—¡Sólo sabes imponerme tu violencia!— Pude ver que se incorporaba mientras vociferaba. Era un idiota como cualquier otro, pero ese idiota lo había creado yo. Había dado la vida eterna a Quinn porque creí que se la merecía, pero me equivoqué.

—¡Cuál violencia, imbécil! ¡Has destrozado a una mujer! ¡Te dije que no la mataras! ¡Si te he golpeado el rostro es por impotencia! ¡Recuérdala! ¡Muerta con su traje de novia! ¡El traje de novia empapado en sangre y dolor! ¡Maldita sea, Quinn!

Mi voz sonaba desgarrada por la pena, por lo patética que era la situación, por la violencia extrema que sentía en cada segundo que se asesinaba con la aguja del reloj y mis ojos, mis ojos castaños, eran puras llamas. Estaba desatada y nada ni nadie podía controlarme. Arion me miraba y negaba suavemente. Sabía que no debía acercarse a mí, pues ni él podía contener tanto dolor y miseria. Manfred lloraba en un rincón por ella, por el muchacho y por mí. Lloraba por toda la situación que había ocurrido y la que estaba por ocurrir.

—¡Soy demasiado joven e inexperto!

—¡Todos lo hemos sido y no por ello hemos desperdiciado la sangre o la vida de nuestras víctimas!

—Quiero llorar...—dijo tras un quejido.

—¡Todo lo arreglas llorando!—grité.

—Eres una criatura demasiado cruel—balbuceó llevándose las manos al rostro. Sus manos son hermosas, su rostro es hermoso, pero odio esos gestos de fracasado que muestra tan seguido.

—Crueldad es que te desprecie tu propia madre y te venda al circo romano con tan sólo unos años de vida, que te eduquen para comprender que cada vez que sales a la arena puedes terminar sin vida y luego, cuando eres una bestia sangrienta y nadie te puede destruir, te vendan a un prostíbulo y te aten como a un perro para que te violen bravucones sin escrúpulos. ¡Eso es violencia!

Mi vida no había sido un camino de rosas, sino de zarzas. Él había vivido entre algodones debido a que sus abuelos, su tía y todos los de esa casa lo adoraban. La única que lo odiaba era su madre, la cual había hecho que sufriese cierto abandono. No obstante, tenía las atenciones de los demás los cuales lo trataban como un tesoro. Incluso ese fantasma, esa criatura idéntica a él, lo rondaba como si fuese un príncipe y lo protegía con fiereza. No lo había visto jamás, pero sí sentido. Sólo lo pude contemplar en los recuerdos de Quinn al beber de él.

—Petronia...—susurró compungido intentando echar sus brazos hacia mí.

—Violencia es que te señalen por tener ambos sexos y te escupan en los puestos de abastos cuando pides un poco de fruta al tendero. ¡Aún llevando dinero!—exclamé lo último. Él no entendía la violencia patriarcal de una sociedad machista, la cual era mucho peor que la actual. Aún así había un dios grecorromano que poseía ambos sexos, pero a pesar de ello era una criatura horrenda a la cual maltratar o seducir por curiosidad.

—Petronia...

—Olvídame. Vete con Arion. Él te sabrá comprender mejor que este monstruo—dije marchándome.


Arion decidió hablar con él largo y tendido. No sé bien qué le dijo, aunque algo vislumbré en sus memorias dadas a conocer como “El Santuario”.  

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Mi dulce maestro

Esto es amor.

Lestat de Lioncourt 

Estaba de nuevo frente al espejo. Era un espejo pequeño que apenas podía abarcar mi rostro. Uno de esos espejos útiles para poder emplearos para el maquillaje y el cuidado facial. Jamás había usado maquillaje alguno y por primera vez había optado por darme algo de rubor y pintar mis labios. Sentía los nervios en la boca del estómago, pero él llegaría pronto.

El hombre que me liberó y me dio la confianza de creer en mí vendría a buscarme, conversaría conmigo sobre mis maravillosos trabajos de orfebrería y me contaría sobre relatos y poemas que yo jamás había escuchado hablar hasta entonces. Él era culto y a veces muy callado, pero yo siempre lograba que hablase algo más cada noche. Un hombre distinto a los aguerridos y endiosados que solían venir a buscarme para adquirir alguna joya para sus mujeres.

Solté el espejo y caminé por la habitación al borde del llanto. Miré de soslayo los productos que había comprado en el mercado y respiraba agitada. Quería llorar a mares, pero me contenía. Nunca me habían tratado como una auténtica mujer, jamás había logrado fortaleza espiritual suficiente para decidir que usar. En aquel momento deseaba maquillarme, pero no siempre era así. Ahora sí lo quería, lo quería para demostrar que podía ensalzar mi belleza. Podía ser tanto un hombre como una mujer, así como también podía ser simplemente una criatura ambigua caminando las empinadas calles cerca de la falda del volcán.

Me solté el cabello, pues lo llevaba en una bonita trenza, y pasé mis dedos por este. Mis ojos se cerraron mientras mi cuerpo parecía caer de golpe. Un golpe seco contra el suelo de tierra de mi taller, pues no había logrado ponerle aún baldosas, donde la muerte podía venir a visitarme.

De repente él entró por la puerta y me miró. En ese momento rompí en llanto corriendo a sus brazos. Me arrojé sollozando porque sentía que merecía a alguien mejor que yo y yo no sabía como mejorar para él. Entonces, mientras escuchaba su corazón, me habló con su voz dulce y gruesa.

—No llores porque no puedas ser lo que otros desean que debes ser para agradarles. Te he dicho que debes hacer las cosas por mero placer y no por imposición—dijo acomodando sus manos sobre mis hombros, para luego tomarme del rostro y encarar mi mirada acuosa.

—Yo quiero hacerlo, pero desconozco como se hace.

—Yo te maquillaré si así lo deseas. Haré lo que quieras para que seas feliz y yo pueda ser feliz a tu lado—susurró.


Ahí supe que siempre sería feliz en sus brazos.  

jueves, 6 de julio de 2017

Libertad y amor

Libertad y amor... ¡Arion sabe lo que es!

Lestat de Lioncourt 


—¿Qué ves cuando me miras?—preguntó de pie en mitad de aquella habitación cargada de inmundicia. El olor era insoportable. La comida podrida se almacenaba muy cerca y era la que solían dejarle para alimentarlo. Era como un animal salvaje al que todos temen y a la vez codician.

Su cuerpo era menudo, de cintura estrecha y huesos marcados. Sentía que era demasiado frágil en apariencia, pero dentro había un alma que había sobrevivido al peor de los tratos. Si se había mantenido con vida significaba que era capaz de seguir respirando un poco más. En ella no había conciencia de obedecer, ni el sacrificio de aguantar un golpe más y tampoco los ojos tímidos de una virgen primitiva. Sí había una sobrenatural y melancólica pátina de angustia que aguardaba algo de bondad tras mis puntuales visitas. Desde hacía tres noches aparecía con pan, queso y algo de carne, así como con una bota de vino que saciaba su sed.

—Una criatura temerosa de ser amada—repliqué sacando el pequeño saco de entre mis prendas. Esta vez no había ni pan, ni queso y tampoco otras viandas. Sólo traía monedas de oro para pagar por su libertad.

—¿Realmente ves eso simplemente quieres creerlo?

Sus ojos formulaban más preguntas pues sus dudas eran muchas, pero sólo se atrevió a hacer la más sensata. Había llevado una vida de trabajo y renuncación para sí misma. Un trabajo que consistía en matar a otros en la arena como un auténtico gladiador y en ser la puta de caderas estrechas para cualquiera que abriese sus piernas. El destino era mísero y sarcástico para ella. Aunque no era intrínsecamente un ella. Era un él y era un ella. Ante mí tenía una criatura dotada de ambos sexos y géneros, con una belleza demasiado poderosa y que me hacía caer en la cuenta de lo afortunado que había sido al hallarla. Era, y aún es, fuerte y hermosa criatura de pasado triste y nauseabundo.

—Lo veo—dije lanzándole la bolsa—. Démosle esto a quien te tiene aquí en tan pésimas condiciones. Te enseñaré un oficio, pero sobre todo te enseñaré a ser libre.


Compré su encierro, no su libertad. Su libertad jamás la compré ni le exigí nada a cambio. Sin embargo, Petronia decidió amarme como yo lo hacía. Bien pudo no hacerlo y quedarse sólo en agradecimiento y algo de admiración por mi talento en los negocios. Pero no fue así. Ni siquiera le pedí que eligiera un sexo y una expresión de género. Para mí es en la intimidad una mujer, pero porque siente que me subyuga mucho más ante su belleza idílica envuelta en telas delicadas. Aún así jamás le he obligado. De hecho, he adquirido muchas veces trajes estrictamente masculinos según los cánones sociales y he permitido que se exprese como varón. Es libre de hacer, decir, pensar y vivir como quiera. Del mismo modo que yo soy libre de amar cada cosa que haga, diga o exprese.  

sábado, 1 de abril de 2017

Tabúes rotos.

Petronia quería publicar esto el 31 de Marzo, Día de la visibilidad Transexual, pero no ha podido ser. Hoy lo haremos. 

Lestat de Lioncourt 



Miré la fecha en el calendario una y otra vez. Sabía lo que hacía. Comprendía bien que estaba desquebrajando mi mente para aceptar que una vez más debía ser visible de algún modo, ¿pero alguna vez fui invisible? Supongo que quise serlo, pero no pude. La sociedad siempre imposibilitó que estuviese en las sombras acomodada, acompañada con mis propios miedos convertidos en demonio y diciéndome a mí misma que podía superarlo.

A veces me siento más cómodo actuando como se supone que debe hacerlo un hombre, pero amo demasiado ir de un género a otro. Mis genitales quedaron en la intersexualidad. Poseo pechos, pero tengo ambos genitales. Mi cuerpo no tiene demasiadas curvas y tampoco me interesan más. Creo que tienen las justas. Unas veces visto más sobrio, otras me coloco colores llamativos e incluso vestidos. Soy algo violento al hablar, muy masculino a la hora de mirar, pero después algo en mí se rompe y saca a la luz la mujer que también soy.

He vivido denegando el género. Es decir, no he usado ni uno ni otro o ambos a la vez. No es una locura, simplemente quedé en la mitad y terminé aceptándome tal como soy. Soy feliz, soy alguien respetado por mi comunidad artística y por el hombre que me ama. ¿Necesito más? Tal vez sí. Necesito que dejen de señalarme. Necesito que dejen de burlarse. Necesito que los doctores dejen de calificarlos como enfermos y de aplaudir ideas retrógradas. Habrá hombres transexuales que jamás acepten la testosterona extra en su cuerpo, esa que se coloca con geles o inyecciones, y habrá mujeres transexuales que jamás usen una gota de maquillaje o nunca cambien sus genitales porque los han amado. Qué más da.

Sin embargo, ahí estoy. Estoy frente a la fecha y noto como Arion me observa. Estoy sin un trozo de tela y me digo que soy una criatura hermosa. He luchado por seguir en pie cuando me han querido aplastar. Ahora les toca a otros seguir librando batallas. La sociedad debe aceptar que cada quien es como es y no hay que imponer estigmas, mentiras biológicas o falsos dioses que hablan de vírgenes que conciben hijos a través de palomas.


Hay que amarse más, respetarse más, desearse más y olvidarse de tabúes. Mi nombre es Petronia, mi género ya no lo sé ni me importa realmente, y mi sexo es una mezcla maravillosa. Amo a un hombre, lo amo con la devoción que muchos tienen a dioses y santos, porque me ha sostenido en los peores momentos. Su color de piel jamás me asustó, a él no le asustó lo diferente que puedo ser cuando la ropa cae al suelo y sus manos recorren mi cuerpo.  

martes, 14 de marzo de 2017

Mentes perversas

Supongo que debemos dedicarle esto a Hazte Oír y a todos los que han muerto en un infierno social que te dice cómo ser, qué sentir, cómo verte en el espejo y que debes agachar la cabeza. Fuerza a todos los que siguen luchando.

Lestat de Lioncourt 



—¿Otra vez?—pregunté al ver sus prendas raídas.

Se había arrancado el vestido que yo mismo había adquirido en una pequeña, aunque prestigiosa, boutique de París. Había viajado hasta allí sólo para conseguirlo. Durante noches pude observar como se ilusionaba por las formas vaporosas de su falda de pliegues, así como por el satén que cubrían ligeramente el torso y ceñía con garbo la cintura. Era negro y resaltaría su piel de porcelana fina. Tenía la espalda descubierta y era muy años veinte. Sabía que lo amaría. Y lo amó, pero duró demasiado poco. Pronto fue destruido.

Su rostro estaba embarrado por las lágrimas, el lápiz de ojos manchaba sus mejillas y sus labios tenía una sonrisa parecida a la de un payaso. Como pudo, con su antebrazo, se había intentado quitar el colorete y el maquillaje tan perfecto que una vez había realzado su divino rostro.

—¿Cuándo sucederá el cambio?—dijo más para sí que para mí.

—La sociedad no está preparada para soportar la verdad—respondí acercándome hasta donde se encontraba. Coloqué mis manos sobre sus hombros y hundí mi rostro en el lado derecho de su cuello. Aspiré su aroma, un perfume caro que también había sido obsequio mío, y rogué porque ese simple gesto calmara su dolor. Fue en vano.

—Jamás lo ha estado, siempre ha tenido prejuicios y muchos de ellos provienen de su religión—contestó apretando los puños hasta dejar blancos sus nudillos.

—Moldean sus mentes, destruyen sus almas, construyen muros invisibles y se creen con la verdad. Si bien, tú eres una criatura perfecta. Te esculpieron para ser una figura adorada por aquellos que realmente encuentran más allá de tus formas, de tu ser, la verdad más pura y maravillosa—respondí.

Y era cierto. La religión era el mayor pecado que podía cometer el hombre. Era un atentado firme hacia su libertad, pero nadie lo veía. Todos seguían creyendo que Dios cumpliría su palabra y los bendeciría al ser iguales. Moldeaban sus mentes, hacían odiar al diferente cuando su mensaje era de amor, y eran esclavos de preceptos caducos y machistas. Todos ellos hablaban de respeto, ¿pero cuál respeto? Escupían a los que como Petronia habían nacido con una mala estrella, la cual les había fortalecido y a la vez puesto demasiadas vallas en el camino.

—Hablan de biología, cuando ni siquiera la biología se centra únicamente en dos sexos—reclamó impotente.

—Sosiega—dije colando mis manos por su cintura. Su cuerpo se hallaba desnudo frente al espejo contemplando sus pequeños pechos, pero a la vez sus dos genitales y sus escasas caderas. Era una especie de símbolo de un dios maldito. Aún así, para mí, era la mayor bendición que existía en mi vida—. Ellos nunca lo entenderán.

—Ni siquiera saben que su religión está basada en la mitología grecorromana—dijo con una risa amarga.

—Petronia...

—Arion, necesito que esta sociedad abra los ojos—parecía que exigía más que pedía en un ruego. Tal vez tras más de dos milenios estaba ya agotando sus fuerzas—. ¿Has visto los delitos de odio? ¿Has visto la muerte de esa pobre chica?—dijo con la voz quebrada—. Aún me duele el suicidio de tantos jóvenes. Y, sin embargo, me toman por alguien impasible y frío. Soy una quimera—rompió a llorar. Odio que rompa a llorar. Algo en mí se quiebra cuando lo hace.

—Eres un ángel—dije de inmediato.

—Soy un monstruo—replicó.


—Entonces eres el monstruo más hermoso que he visto jamás—susurré—. El ser por quien he cambiado y cambiaré todo. La única persona capaz de mantenerme en este mundo consciente—giré su cuerpo y me saqué la chaqueta para cubrir su desnudez. Tenía la piel helada y empezaba a tiritar. No me importaba el maquillaje mal colocado, el pelo revuelto o que el vestido estuviese destrozado. Yo sólo quería que me mirara como en ese momento. Que me mirara con amor y esperanza.  

jueves, 12 de enero de 2017

El amor

Estoy de acuerdo... ¡El amor no es binario! 

Lestat de Lioncourt 




Hace unas noches llegué a la mansión tras una noche extenuante. Las oficinas siempre me parecían tumbas perfectamente decoradas para enterrar el alma. Al menos eso me han parecido siempre. Modernas infraestructuras una iguales que otras, agujeros en poderosos muros de hormigón y luces eléctricas de tubos fluorescentes. Mi hogar era muy distinto. Construido en pleno Nápoles, en uno de los barrios más antiguos e importantes, poseía enormes y vistosas columnas de mármol que sujetaban ambas plantas con el vigor de antaño. La escalera, ligeramente curva, subía hacia la segunda planta donde se hallaban los dormitorios, la inmensa y fastuosa biblioteca, mi taller y un pequeño lugar donde Arion solía perderse durante demasiado tiempo.

Decidí marcharme al dormitorio que compartía con mi maestro. Quería verme ante el espejo. Una vez más me había colocado uno de mis elegantes trajes y complementos de Ermenegildo Zegna. El gabán gris plomo cubría la belleza de un azul delicado y a la vez oscuro, con una corbata en tonalidades cercanas al celeste y pequeños topos blancos. Me sentía elegante, pero a la vez fuera de mi mismo.

Siempre he odiado la ropa binaria. Aunque parezca absurdo creo que amo los trajes, las corbatas y los mocasines y a la vez los detesto. No puedo aceptar de ningún modo vestir siempre de un único género. No soy así y mi ropa grita que tampoco debería serlo. A veces coloco hermosos medallones de camafeo para darle un toque delicado, algo femenino, por los dibujos que ensalzan la belleza de la feminidad. Otras veces son colores que suelen asociarse a la mujer. Pero esta vez no pude salirme de la estricta línea que divide el hombre de la mujer.

Una vez en el dormitorio me quedé observando mi figura, esbelta y de proporciones casi perfectas, ante el espejo de cuerpo entero que Arion adquirió para mí. Según él tenía que aceptar lo que era, mi belleza al cien por cien, y dejar de pensar que mi cuerpo no me pertenecía. Supongo que poco a poco, tras el paso de los milenios, ya he ido comprendiendo que la carne que me da forma no es una cárcel. La única cárcel es la sociedad. Si bien, aún duele.

Me deslindé del vínculo que tenía con mis prendas para quedar ligeramente desnudo, pues la fina y delicada lencería en negro perla apreció sobre mi lechosa piel. Parecía un maniquí. Mis pequeños pechos destacaban demasiado debido a la complexión masculina de mi cuerpo y al deslizar también estas dos inútiles piezas, de encaje y satén, aparecieron los atributos de una mujer y de un hombre.

—El hijo de Afrodita y Hermes—siseé recordando sus palabras.

Por unos instantes me trasladé a un mundo distinto, pero tan real que aún duele. Recordé los latigazos sobre mi piel y los insultos, así como la sensación febril que llegó súbitamente a mí la noche en la que creí que moriría. Dejé de encontrarme en el confort de mi hogar y ya no me hallaba en mi adorada Nápoles, sino nuevamente en la ciudad que destruyó el Vesubio. Pompeya estaba en su apogeo, fuera se escuchaban algunos carros y el pasar de comerciantes hacia sus hogares. Ya había caído la noche, pero los borrachos celebraban una vez más su escaso amor hacia sí mismos. Él estaba frente a mí, prácticamente adorándome, mientras intentaba no sentirme tan pudoroso ni estúpido al estar desnudo ante un hombre como él.

Apareció con su piel negra como la noche, con ojos más profundos que el lago bravío por donde cruzaba Caronete a las miles de ánimas perdidas, y una voz tan profunda y varonil que me sacó de mis cavilaciones cuando habló. Si no recuerdo mal rompí a llorar. La angustia se apoderó de mi garganta y prácticamente caí de bruces, pero él me sostuvo como todo un caballero. Me abrazó, besó mis largos cabellos oscuros y juró que me amaría por siempre.

Únicamente salí de esa vorágine cuando sentí su aroma cerca, penetrante y llamativo, mezclado con su colonia ligeramente especiada. Estaba a mis espaldas y sus manos ya se colocaban en mis caderas. Apartó mis cabellos echándolos a un lado y besó mi nuca. Un ligero cosquilleo recorrió mi columna vertebral, mientras mis manos se pusieron sobre las suyas. Me sentí tan torpe y estúpido que quería que la tierra me tragara.

—Debes aceptarte tal como eres—dijo pegando sus labios a mi oreja derecha, tras apartar mis cabellos hacia el lado opuesto, entretanto sus prendas de invierno, un suéter grueso y unos pantalones de pana oscuros, rozaban mi delicada piel.

—¿Por qué?—pregunté bajando los párpados y dejando que parte de mi pelo cubriera mis andróginos rasgos.

—Porque sólo de ese modo dejarás de sufrir por lo que puedan pensar los demás. No vivas con la sociedad, vive con tu propio cuerpo. Disfruta de quien eres—sus últimas palabras las dijo deslizando sus manos de las caderas a mi vientre, mientras su boca se colaba en la cruz de mi espalda, encajándose también bajo mis omóplatos y caderas. Acabó arrodillado mordiendo mis glúteos y acariciando con mimo mis ingles.

Sus dedos eran como el roce de las plumas de las alas de un ave, pero con la perversidad de un demonio. Tuve que abrir la boca con los labios temblorosos para emitir un ligero gemido. Se había detenido en la tímida abertura de mi sexo femenino, rozando con cierto cuidado mi virilidad. Ambos sexos siempre eran atendidos por sus manos, como si realmente aún me afectara su roce y necesitase llegar al orgasmo.

Recordé nuevamente esa noche. Vino a mí la imagen de sus ojos oscuros clavándose en los míos, enterrándose hasta tocar el alma, con su aliento pegado a mi bajo vientre y su lengua acariciando con mimo mi erección. Dos de sus dedos de una de sus manos me estimulaban preparándome para lo que después ocurriría. Mis manos, torpes debido a los espasmos que sentía recorriendo toda mi figura, se apoyaron en sus anchos hombros y arrugaron la tela de su túnica. En cierto momento, aún no hago memoria de cuándo fue realmente, caí de espaldas con las piernas abiertas. Pude sentir el frío del suelo arcilloso de la vivienda donde me resguardaban, para que los clientes vinieran a violarme desgarrándome el alma.

—Arion—dije en la realidad, lejos de mis eróticos recuerdos, abriendo las piernas y permitiendo que nuevamente él me echase contra uno de los muebles, en concreto contra el tocador, y me abriese las piernas como a una ramera. Sabía como tener el toque brusco y delicado al mismo tiempo, ese que tanto me encendía.

Su mano derecha se colocó en mi garganta como si fuera una gargantilla, apretando ligeramente con sus toscos dedos, la zurda subió mi pierna izquierda al mueble y después bajó su bragueta. Del mismo modo que esa noche, esa en la que las estrellas parecieron bendecir mi camino por este truculento periplo de horrores que llamamos vida, me penetró. Su gruesa y larga virilidad, similar a la de un monstruo insaciable e irascible, me arrancó el aliento abriendo mis ojos de par en par. El tímido espejo que yacía en el tocador, algo más pequeño que aquel que estaba en la entrada, sintió el golpe de mis pequeños senos sobre su reflejo.

—Hermafrotido, así te llaman en las leyendas—murmuró antes de enterrarme sus colmillos, igual que aquel día en el cual el suelo fue nuestro único colchón.

Caí en una espiral deliciosa de gemidos, jadeos, aliento contaminado, manos cálidas y suaves, la confusión habitual de una pentración dificultuosa y los pellizcos bruscos de sus dedos sobre mis pezones. Perdí el conocimiento, el toque con la realidad, entretanto él me usaba como a una muñeca, pegándome a su cuerpo igual que a un tatuaje, mientras buscaba como satisfacer cada parte de mi alma. Cada mordisco, arañazo, palabra sucia y juego de miradas iba enfocada a caldear mi cuerpo hasta la explosión masiva de mis fluidos manchando su sexo y corriendo por mis piernas. Mi pequeña hombría estaba dura, pero no eyaculaba ya que jamás fue productiva, sin embargo él la tomó para jalar entre los dedos de su mano derecha mientras yo caía del todo contra la madera de aquel mueble cargado de perfumes, joyas y recuerdos; esos recuerdos y perfumes que ya yacían en el suelo, sobre la alfombra, esparciéndose como mil estrellas en la noche más larga del año.

De repente quedó dentro arrancándome un último gemido desgarrador. Mis uñas arañaron el tocador hasta hacerme sangre, pues algunas astillas se enterraron bajo estas, mientras él salía resoplando. Me había hecho suyo. Había demostrado una vez más que amaba cada trozo de mi ser. Besó mis hombros, mis costados, mis caderas, mis clavículas y finalmente mis mejillas y párpados. Me besó como besa un hombre a una diosa o a un santo milagroso. Nunca me he sentido sucio o maltratado. Él siempre ha estado ahí para hacerme sentir especial.


—Hombre y mujer, de eso estás hecho, y por lo tanto te da más poder para comprender a la humanidad, su injusticia y belleza unida, por los siglos de los siglos—dijo mientras me tomaba en brazos para recostarme en la cama—. Siempre juegas con ventaja porque tienes un alma fuerte. Jamás permitas que te digan qué debes usar. El amor no siente en binario—añadió lo último con una ligera sonrisa recostándose a mi lado, haciéndome sentir de nuevo minúsculo junto a ese cuerpo labrado por el esfuerzo y los latigazos.  

miércoles, 11 de enero de 2017

Monstruos

Hubiese dado cualquier cosa por conocerla.

Lestat de Lioncourt 



Supongo que debería decir algo al respecto de mis acciones, pues tienen aún consecuencias en la vida de más de una decena de personas. Hay quienes creen que sus mentiras no dañan y por eso cometen los peores actos. Yo jamás he mentido, salvo si llamamos mentir a ocultar mi naturaleza de vampiro. Sin embargo, he influido en vidas difíciles y otras demasiado sencillas.

Nací en un mundo que ya no existe. De hecho, creo que sólo quedan puras historias de su grandeza y miles de ruinas repartidas por todo el mundo. Me siento con orgullo a veces de decir que conocí poetas que ya han caído en el olvido. Aún los recito cuando tallo mis camafeos. Sí, creo camafeos. Me gano la vida ofreciendo al mundo joyas únicas. También distraigo mi mente y calmo mi mal carácter. No obstante, durante años fui un engendro dispuesto a sobrevivir en la arena del circo romano. Era un gladiador. Después fui la puta más codiciada. Me vendieron para que me encargara de aquellos que quisieran los servicios de un ser con ambos sexos.

He dicho que soy un vampiro y todos habrán pensado que soy un monstruo, pero lo fui desde que nací. Al menos lo fui para la gran mayoría, estúpida y ciega, que no dudó en dañarme y usarme como si fuese sólo un objeto. Mi madre me rechazó igual que me rechazó el mundo. El día que mi madre me concibió la naturaleza me jugó la peor de las bromas. No soy ni hombre ni mujer si hablamos de mis genitales. Algo horrible para la mayoría de puertas afuera, porque en las distintas alcobas hacía la delicia de hombres de toda condición.

Una noche apareció uno distinto. Su piel era muy oscura, pero tremendamente suave. Tenía los ojos más intensos que jamás había logrado contemplar, y también eran negros como su piel. El cabello era rizado y muy espeso. Me abrazó como si fuera alguien que merece la pena, me besó la frente y las mejillas, y permitió que llorara como jamás lo había hecho. Después me adquirió y me dejó libre, pero yo quería seguirlo. Era mi dios. No existía otro dios que no fuese él.

La vida es un semillero de tiranos que desean el sufrimiento ajeno porque sus vidas están vacías. He visto a lo largo de la historia como se han alzado cientos de veces el pueblo aplastando a los dictadores, como al final todos se revelan y luchan por lo que es justo. También he visto la estupidez humana y no he podido salvar a los que una vez me humillaron, porque yo no soy un ser vengativo. Traté de salvar a las personas que convivían conmigo en Pompeya. Sí, nací y crecí entre sus calles repletas de belleza. Pese a sus ofensas los perdoné, pues yo no era como ellos. Aún sufro la pérdida de cientos de niños inocentes. Por eso no comprendo a la sociedad actual que sigue generando guerras, aumentando desastres naturales por el negligente uso de los recursos, y no acepten que existen personas distintas a ellos. Es horrible.

Todos somos monstruos desde nuestro nacimiento. Unos lo son por sus acciones y otros lo somos sólo por ser diferentes. Esa diferencia me hizo fuerte. Estoy aquí viviendo en un futuro que cada vez es más caótico y tienen los mismos tabúes que antaño. Tengo que aceptar los lloros de un idiota llamado Tarquin Blackwood, el cual fue criado entre algodones por el dinero cedido a Manfred y cubierto de amor por sus abuelos, los trabajadores de la finca y todo aquel que le ha conocido. Incluso ha tenido el amor fantasmal de su hermano hasta hace unos años.


Si alguna vez nos topamos no temáis. No suelo golpear a todo el mundo salvo que me provoquen. No obstante, me encantaría patear a cretinos y endiosadas criaturas que suelo observar en sus noches. Tened cuidado pues yo no doy segundas oportunidades. Pero no confundamos mis actos con venganza, pues sólo tiro a los caimanes del pantano, el lugar donde habitualmente descanso, si se interponen en mi camino. A veces ni siquiera cruzo una palabra con estos patéticos humanos, pues he llegado a la conclusión que no debo perder mi tiempo con idiotas.

domingo, 18 de septiembre de 2016

En la mitad del huracán

Rompamos barreras, ¿de acuerdo? Lo femenino y masculino son construcciones sociales basadas en religiones y costumbres arcaicas. Arion lo demuestra constantemente. Yo desearía conocerlo.


Lestat de Lioncourt 


—¿De qué hablaste con el caballerito?—preguntó mirándome fiero a los ojos. Siempre ha tenido una mirada salvaje que uno puede sentir terror o una excitación terrible. Por mi parte, por supuesto, siento un apetito que me embriaga, igual que si estuviese alcoholizado, y provoca por inercia que la toque, bese y abrace.

A veces desea que la trate como una mujer, pero en otras ocasiones habla de sí mismo como hombre. Siempre fue una hidra de dos cabezas, más que una medusa que congela a los hombres convirtiéndolos en piedra. Pues, Petronia, siempre se vio como un monstruo mitológico.

—Expliqué las normas que tenemos entre los nuestros y, las cuales, aplicamos—respondí tomando asiento en mi butacón favorito.

Me acomodé en mi asiento reclinándome, y, coloqué mis manos sobre los brazos del mueble, estiré mis piernas y sonreí. Llevaba una camisa blanca ligeramente remangada, abierta un poco en el pecho, y unos pantalones vaqueros tan simples como cómodos. Petronia, sin embargo, llevaba un traje ejecutivo bastante formal y un sombrero; el mismo que terminó quitándose para seguir observándome, mientras caminaba por la habitación, con las manos tras la espalda.

—¿Nada más?—dijo alzando las cejas, para de inmediato fruncirlas.

—También le rogué que cambiara su actitud contigo, pues en realidad tiene una imagen deformada de quien eres—asumí el riesgo de decir algo así. No quería ocultar nada, pues jamás lo he hecho y no iba a comenzar esa misma noche.

—Olvida eso, por favor—se detuvo frente a mí y apoyó sus manos, suaves y cálidas, sobre mi oscuro rostro. Éramos tan distintos, pero tan iguales. Parecíamos una obra de arte—. Ya no me afecta—aseguró mientras agarraba su cintura para que se subiera sobre mis piernas, dejando sus glúteos sobre mis muslos, dejando que su cabello trenzado rozara por un segundo mi torso al inclinarse.

—¿No te afecta?—dije mirando sus ojos, pues posee una mirada que no puedo dejar de observar.

—No como antes—respondió con una sonrisa a medias.

—¿Y cómo te afectaba antes?—pregunté porque quería saber cuál era la dichosa diferencia.

—Aún me duele que algunos se queden observándome porque siento que están juzgándome, apuntándome con sus ojos llenos de hipocresía y riéndose nada más me doy la vuelta. Pero he aprendido que el mundo sigue girando, que va cambiando la forma de ser y actuar—su nariz rozó la mía; después colocó sus manos sobre mis anchos hombros y besó mis labios.

—Tienes esperanza.

—Soy un ser intersexual, Arion—replicó—. Además, mi género jamás ha estado del todo definido. Siempre me sentiré inferior en muchos aspectos porque hay momentos, palabras y símbolos que pueden hacer mella en mi felicidad y paz.

—No eres inferior—dije de inmediato. Odiaba que se clasificara como inferior.

—Como vampiro no, como miembro de la sociedad aún lo soy. Las barreras no se han roto—confesó con algo de dolor en sus pupilas—. Hay imbéciles que se dedican a juzgar a otros, y, a decidir que está bien y qué está mal.


Todo provenía de la moral religiosa y no de verdades científicas o médicas. La mayoría se dejaba guiar por absurdos preceptos religiosos. Petronia podía ser hombre o mujer, según le interesara, y, también podía maquillarse emulando ser un hombre, pues el maquillaje no es símbolo de feminidad aunque así reza la costumbre en algunos países de mentalidad atrasada. Del mismo modo que podía ser una mujer vistiendo prendas puramente masculina, alejándose de todo lo que dictamina la moda y la cultura de la sociedad. Siempre le dije que rompiera las barreras aunque sintiera el peso de una ética desgastada, de unas mentiras podridas e injustas, de una sociedad esclava porque nosotros no éramos injustos, ni podridos y ni mucho menos esclavos.  

viernes, 26 de agosto de 2016

Más allá del arte

El género no debe imponerse, tampoco existe un "género" que deba tener límites. Eso es lo que Petronia ha querido decir en este texto.

Por cierto... Double Trouble tenéis un pequeño gran problema con toda la comunidad LGTBI. Ojalá os caiga la mayor multa posible. 

Lestat de Lioncourt 



Los grandes y lujosos edificios del centro bursátil de aquella gran metrópolis le saludaban como si hubiese regresado a casa. Ese bulevar era el centro neurálgico de la economía de la zona. Grandes bancos, impresionantes bufetes de abogados, joyerías de lujo, interesantes centros de compra de la moda más inusual y prestigiosa, llamativos negocios de todo tipo y restaurantes donde se podía imaginar uno a grandes y opulentos empresarios vendiendo y comprando almas. El mundo empresarial siempre había sido un océano pequeño para un pez como él.

—¿Crees que hacemos bien viniendo hasta aquí?—pregunté a su lado—. Siempre he pensado que mis joyas no son tan impresionantes...

Jamás me había sentido con dudas ante un negocio, pero era increíble lo nervioso que podía estar ante el solo hecho de ser empleado de Harry Winston. Ellos convertían diamantes en sensacionales piezas de arte. Estaba rendido a los pies de semejante paraíso de lujo, belleza y elegancia. La sofisticación de muchas de sus piezas habían hecho suspirar a hombres y mujeres de todo el mundo. Grandes estrellas del celuloide habían lucido en las alfombras rojas sus magníficos trabajos. Y ni que decir de la propia ópera o pasarelas de moda de todo el mundo. Hablar de la firma de joyas era hablar de arte.

—Esta firma de joyas ha decidido contratarte para que diseñes para ellos—respondió seguro de cada una de sus palabras— así que deja de temblar. Ni te reconozco, Petronia—dijo girándose hacia mí para tomarme del rostro con su clásica dulzura. Esos ojos oscuros, tan oscuros como las aguas nocturnas de Sugar Devil Island, se clavaron en mi alma provocando que me aferrara a sus muñecas como si fuera una tabla a la deriva y yo un pobre náufrago—. No es la primera firma que desea tus elegantes camafeos.

—No lo es, no lo es—respondí con una estúpida sonrisa—. Maldición, me estoy comportando como un maldito idiota. Me dan ganas de golpearme a mí mismo—dije antes de lanzarme a su cuello para besar esos labios carnosos envueltos en esa piel suave y tostada.

—Eres un ser perfecto que ha sufrido indecibles calamidades y eso lo refleja tu arte—dijo sosteniéndome del rostro tras aquel beso tan improvisado—. ¿Qué nombre usarás esta vez?

—Petronia—respondí.

—De acuerdo—se apartó de mí y echó a caminar. De inmediato le seguí.

Me sentía orgulloso de mí mismo. Podía usar mi rostro ambiguo, mis ropas algo masculinas, esa mirada de hombre duro y una sonrisa felina similar a la de cualquier mujer dispuesta a todo. No tenía que elegir un género ni una sexualidad. En este mundo moderno yo podía ser hombre, mujer o no ser nada. No comprenderé jamás como nos complicamos tanto la vida intentando etiquetar a cada uno como si fuéramos productos de supermercado. Los mismos productos que parecen que únicamente son aceptados si son los tradicionales o los más conocidos gracias a una publicidad masiva, como si el resto no importara.

Arion parecía satisfecho. Aquel impresionante negro de rasgos suaves y bondadosos estallaba en felicidad. Se sentía orgulloso de mi trabajo y esfuerzo, pues estaba logrando que volvieran a conocerme en este nuevo milenio. Ahora no tendría que esconderme bajo cientos de pretextos, ni llorar aferrado a la almohada. Podía ser duro en los negocios y estos no siempre eran terreno masculino. El mundo estaba cambiando, pero a trompicones. Aún existían estúpidos alfeñiques que se creían dotados de cierta supremacía por su género o sexualidad. Sin embargo, yo ya sé como combatirlos exterminándolos como si no fueran más que motas de polvo moviéndose frente a mi rostro ambiguo.

—Cuando entres ahí no olvides quién eres, qué quieres y que yo siempre estaré aquí por si me necesitas. Seré tu mano derecha, tu hombro en el que llorar, la espada que podrás usar si la tuya cae derrotada... No lo olvides, pues te amo y este amor va más allá de un género o triunfo—dijo antes de abrir la puerta del negocio.


Si he logrado grandes cosas en esta vida ha sido por el apoyo incondicional de Arion y porque he decidido luchar con la fuerza de mil titanes. Todos ellos que alguna vez se burlaron de mí ya están muertos y no lograron nada en sus vidas. Los insultos puede que les sirvieran para gozar momentáneamente de aplausos de otros ignorantes, pero estos cayeron hace tiempo hasta convertirse en silencio.  

sábado, 16 de julio de 2016

Dominación

Yo sólo digo que esto no es como me lo había contado Quinn...

Lestat de Lioncourt


Estaba frente al espejo de nuevo mirando todas mis viejas cicatrices, esas que ni el tiempo ni la sangre pudieron borrar, pasaba mis dedos por lo que parecían pequeños arañazos sobre mi escaso busto y los deslizaba llevándolos hasta mis caderas marcadas. Cerré los ojos aspirando fuertemente el aire cargado de la habitación. Olía a sábanas limpias, perfume francés caro, fragancia masculina de última moda en Italia y a él. Olía a él. Podía respirar su piel aún pegada a la mía, calentándome pese a lo mortecino que podía ser su abrazo, intentando no pensar en la mezcla de sentimientos que siempre sufro cuando lo hace. Quería huir. Deseaba desaparecer de inmediato como si fuese una pompa de jabón estallando o una mota de polvo que se pierde en la inmensidad de la superficie de un mueble viejo, apolillado y a punto de ser tirado a la basura.

Jamás me sentía conforme ni a salvo. Era una sensación horrible la que podía transmitir a otros. Siempre era la incógnita absoluta, la muerte misma disfrazada de vida jugueteando con los dorados rizos de un recién nacido. Era todo eso y más. Porque también era la furia de una tormenta eléctrica, un vendaval en una zona costera, un grito de terror en la noche, el chapoteo de un caimán en un pantano de aguas densas y peligrosas, los tacones de una mujer desesperada y la verdad en los labios de un cadáver a punto de ser incinerado. Veneno, sed y rabia.

—Petronia—escuché su voz con nitidez pese a que fue sólo un susurro y acabó provocando que un escalofrío recorriera toda mi columna vertebral, levantando incluso el vello de mi nuca y logrando que saliera de mi ensimismamiento.

—Maestro—dije aún con mis ojos oscuros fijos en los míos, en ese reflejo extraño que ofrecía al espejo, mientras él se posicionaba tras mi espalda colocando sus sedosas manos oscuras sobre mis estrechos hombros—. ¿Qué quieres de mí?

Su boca cálida se colocó en el lado izquierdo de mi cuello, deslizándose hacia mis clavículas y quedándose en mi hombro. Podía aspirar de nuevo con claridad su aroma mucho más masculino que el mío, un aroma corporal que me enloquecía y dominaba de algún modo.

—Deseo tantas cosas de ti—musitó deslizando sus manos por mis brazos hasta mis codos, agarrándome de una forma algo perversa, entretanto rozaba sus colmillos en mi cuello. Quería que notara que le pertenecía como algo más que una mercancía, como si mi alma la hubiese vendido a ese demonio de piel oscura y voz profunda, logrando que mi corazón latiera como el de un cervatillo asustado porque sabe que el cazador está cerca.

—Maestro...—murmuré quedándome quieto esperando sus siguientes acciones como si esperara que me rompiera en mil pedazos, igual que a un frágil cristal, pero no lo hizo. Sólo se detuvo a mirarme a través del espejo. Mis pezones se habían endurecidos y mi mentón temblaba.

—Tengo un regalo para ti—dijo—. He vuelto a tener cierto contacto con ese joven vampiro y he logrado tener acceso de nuevo a cierto medicamento en proceso de investigación—murmuró soltando mi brazo derecho para meter su mano en su chaqueta blanca de lino italiano. Al sacar la mano vi un inyectable que rápidamente se enterró en mi nalga derecha—. Sólo deja que te haga efecto—musitó tirando jeringa vacía al suelo, cerca de mis pies, para luego colocar la mano sobre mi braga de fina lencería negra. Sólo me ponía esos atuendos absurdos para él porque para mí no significaban nada. Odiaba ser femenino y jugar con mi dualidad, pero él parecía recrearse satisfaciendo su parafilia.

Sus dedos acariciaban los delicados encajes de flores silvestres y sus hermosas hojas, iban hasta las ingles y después a la parte superior de la fina goma, mientras yo sólo miraba atentamente y con perversidad sus dedos. Un jadeo se escapó de mis labios y una pequeña erección apareció debido a los efectos del medicamento. Soltó mi brazo izquierdo y se ayudó de ambas manos para bajar la prenda íntima hasta mis tobillos. Después se arrodilló frente a mí besando mis ingles, mi vientre plano y mis caderas. Yo simplemente temblaba como una hoja.

—Maestro—dije colocando mis manos sobre sus cabellos espesos y negros, tan rizados como los de cualquier hombre de su raza, antes de sentir su lengua lamiendo mi pequeño glande y sus gruesos labios rodeando mi miembro—. Arion... —gemí moviendo suavemente mis caderas. Las suyas no se situaron sobre mis caderas, salvo la zurda. La mano derecha se introdujo en la pequeña overtura que era mi atrofiada vagina. Yo no dudé en mirarnos al espejo sintiéndome por primera vez bendecido por esas acciones que estaban empezando a destruir mi escasa cordura.

En ese momento Manfred entró sin avisar y en vez de marcharse se quedó ahí, mirando como era domado por la boca de mi milenario amante, acabando por apoyarse en el marco de la puerta. Arion se incorporó en ese instante y se autoinyectó con trona jeringa similar a la mía. En menos de diez segundos, el escaso tiempo que me permitió para poder recuperar el aliento y bajar su cremallera, me vi arrojado sobre la cama con las piernas abiertas. Sin embargo, le pareció una postura poco apropiada, poco digna de su extraño esclavo, y acabó por girarme dándome una visión fabulosa al poder tener el espejo frente a nosotros. Estaba en una posición grotesca, absolutamente sumiso, cuando entró entre mis nalgas y comenzó a profanarlas con un ritmo tosco que me enloquecía. Acabé apoyando mi torso sobre el colchón y mis manos, grandes de dedos largos, tiraban de las sábanas hacia mí.

—Manfred, ayúdame—dijo con voz dominante logrando que nuestro compañero, nuestra horrenda creación, se moviera bailoteando hasta nosotros—. Túmbate debajo y haz lo que quieras con sus pezones. Tómate esto como una dulce venganza—musitó—. Y tú, pobre de ti si te vengas de él—añadió agarrándome de mi trenza para tirar de mi cabeza hacia atrás. Mi nuez, casi invisible, se marcó mientras mis ojos se entrecerraban.

Rápidamente Manfred se tumbó bajo mi cuerpo, levantándome del colchón y logrando hundir su rostro entre mis pequeños pechos. Sus pezones fueron todo suyos. Los lamió, succionó, mordió y bebió sangre de ellos mientras Arion me dominaba. Yo sólo podía gemir desquiciado clamando a los dioses que ya habían muerto sepultados por el orgullo y la necedad del hombre, por otras prácticas más irriosrias que creer en los espíritus de los bosques o los mares, entretanto escuchaba a mi maestro gruñir como si fuese el propio Minotario encerrado en los pasadizos de un terrible laberinto. Y era eso, un laberinto. Un maldito laberinto de sensaciones.

Al cabo de unos minutos acabé eyaculando manchando mis sábanas de blanco algodón, Arion no se quedó atrás y Manfred se alejó para echar a correr lejos por si me recuperaba de aquella terrible sugestión. Él, mi maestro y amo, me giró para verme a los ojos como si fuese un Titán y yo un miserable bajo su poder.

—Tú eres mi mujer, mi hombre, mi artista, mi gladiador, mi empresaria y la locura misma. Sin embargo, has olvidado que yo soy quien te domina, quien tiene aquí el bastón de mando, y espero que con esto quede claro que no puedes hacer todo lo que tú desees. Sigues siendo mi esclava en La Sangre—dijo antes de bajarse de la cama y retirarse a descansar leyendo sus dichosos libros sobre ajedrez.


Yo quedé allí recostado mirando de reojo mi reflejo y sintiéndome completo, pero terriblemente hundido por su trato grotesco. Aún así ansiaba otra vez, quería volver a llamar su atención de ese modo, porque al fin había tomado otra vez el territorio que tanto le pertenecía.  

martes, 28 de junio de 2016

La verdad

Hoy se dará visibilidad a la transexualidad e intersexualidad porque son las siglas menos escuchadas en la LGTBI como si "no existieran" o sólo estuvieran de adorno. 

Como bien saben soy hombre transexual. No tengo miedo ni vergüenza de aceptarlo. Hace tiempo lo dejé claro y ahora lo vuelvo a decir con mayor fuerza. Petronia lo llevo yo y espero que acepten este texto con comprensión.

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¡Arion y Petronia! Me encantan. 

Lestat de Lioncourt 


—Soy un monstruo—afirmé.

—No. No veo un monstruo—respondió jugando con uno de los peones que aún se encontraban sobre el tablero. Llevaba horas con esa partida de ajedrez. Parecía ensimismado pero en realidad estaba atento a todo lo que yo hacía o decía.

—Desearía acabar con todo esto—dije jugando con el collar de camafeo que llevaba alrededor de mi cuello.

Fuera la noche parecía agradable ahí fuera, pero dentro de aquella habitación yo sentía que el mundo se caía sobre mis hombros. Yo no era Atlas para soportar el peso sobre la espalda de mi alma hundiéndome contra el suelo como si no importara nada. Ni siquiera podía estar seguro de soportar el silencio que ocasionalmente había entre ambos.

—¿Con qué?—se apartó del tablero y se incorporó.

—Con esto—susurré con la voz quebrada.

—¿Con nuestra relación?—preguntó acercándose a mí. El sonido de sus pisadas eran como clamores de serafines y querubines alrededor de Dios. ¿Yo era su Dios? No, él era el mío. Él era mi Dios porque yo hacía tiempo que deposité mi fe en él y jamás me había defraudado.

—No, Arion. Jamás podría abandonarte...

Me faltaba aire y ánimos. Estaba hundiéndome de nuevo en el lodo. Siempre salía a flote aferrándome a la esperanza, al amor que mantenía ante aquel hombre de piel oscura y rasgos bondadosos, porque si no lo hacía dejaría que mis sueños se murieran cubiertos en brea.

—¿Entonces?—susurró tomándome del rostro.

—Estoy harto de ir de un género a otro—contesté—. Cansado de mostrar una apariencia según me convenga. Me duele verme al espejo y observar algo que no soy. Estoy atrapado en mitad de una línea muy frágil y siento que mi corazón estalla de rabia y miedo.

—¿Y qué deseas hacer? ¿Acaso piensas en destruirte?—noté como rápidamente salía de la calma para adentrarse en unos infiernos cargados de desesperación—. ¡Petronia!

—No. Antes creía que no había solución... —respondí aferrándome a él dejando mis temblorosas manos sobre sus anchos hombros—. Nunca veía una salida a este dolor—dije con la voz quebradiza y las lágrimas aflorando como si fueran un pequeño manantial—. Si me mantuve con vida fue por ti, pero la indignación y el dolor seguían ahí.

—¿Y qué piensas hacer? ¿Dónde piensas llegar?—sus manos eran cálidas y suaves, a pesar de su piel gruesa y algo rugosa, pero aún más cálida era su mirada que parecía rogarme para que yo volviese a la calma. Se entregaba a mí de forma absoluta y yo sólo quería desvanecerme entre sus brazos—. Háblame—exigió en tono dulce.

—Arion han pasado muchos años desde que nos conocemos—puse mis manos sobre las suyas y las coloqué en mis caderas entretanto apoyaba mi frente sobre su torso—. Para ti he sido siempre una mujer—dije tras un breve suspiro lleno de ansiedad—. He permitido que me trataras como una arrancándome a tiras el sufrimiento para envolverme entre tus caricias. Tú has hecho que me sienta cómodo pese a todo, pero es un espejismo porque no lo soy—afirmé con el corazón en la mano mientras lo rodeaba firmemente como si fuese a caerme allí mismo—. Uso una máscara masculina para luchar contra el mundo, aplasto el dolor con determinación y autosuficiencia, pero tú no lo ves. No ves la realidad. No es sólo una máscara. Esa máscara es la realidad—dije al fin.

—Te he aceptado siempre—murmuró—. No entendí jamás que eligieras para mí un género, ¿acaso importa el género tanto como para amar a otra persona?—preguntó antes de dejarme un pequeño beso en los labios.

—Arion...

—Deja que bese tu cuerpo porque sé que el amor puede atravesar la piel y llegar al alma—sus labios rozaron mis mejillas manchándose con mis lágrimas sanguinolentas. Su aroma me arrancaba pedazos de dolor mientras sus manos acariciaban mis costados. Pronto lo tuve pegado a mi cuello y a mis clavículas. Besaba cada parte de mí como si me quisiera bendecir con su amor.

—Deseo contactar con cierto vampiro vinculado con la cirugía y la ciencia que podría ayudarme...—dije al fin.

Había leído las últimas andanzas de “Príncipe Lestat” y si alguien podía ayudarme era el doctor, científico y vampiro hindú llamado Fareed. Este cirujano había sido convertido por el hijo biológico de Akasha hacía algunas décadas. Era un vampiro joven pero poderoso y lleno de experiencia en el ámbito de la medicina. Quería salvar a vampiros y solventar sus problemas. A muchos compañeros, por llamarlos de algún modo, les había ayudado a restaurar sus cuerpos o les devolvió la vista. Yo quería que me convirtiera en el hombre que realmente era. Arion debería aceptar mi verdadera identidad.

—Hazlo. ¿Por qué no deberías?—preguntó arrodillándose para besar mi bajo vientre rozando con su nariz mi ombligo.

—Por miedo a que me dejaras—dije casi sin voz.


—¿Cómo podría dejar al ser que ilumina mis noches?—susurró.  

jueves, 19 de mayo de 2016

Alma


¿Las almas deben tener un género femenino o masculino? Cuando hablamos del alma ¿nos referimos también a un género? Posiblemente tenemos género porque el físico sólo es un envoltorio y quienes somos realmente es un conjunto tanto intangible como tangible. Arion ha decidido compartir esto.

Lestat de Lioncourt 






Estaba cansado de caminar solo sin esperanza de encontrar a alguien con la suficiente valía como para entregarle un bien tan preciado, pero a la vez tan peligroso y oscuro. Me crearon para servir en la eternidad como un igual. Mi viejo amo era un joven que creía que el hombre podía convertirse en un dios y ser reconocido por siempre entre el resto por el arte que creara. Era un literato que se retorcía entre sus manuscritos y me invitaba a descansar junto a su cuerpo. Siempre creyó que su mente era fuerte, pero se equivocó. Me dejó solo.

La soledad penetraba en mi piel hasta llegar a mi alma destruyéndola como si fuese una termita. Sentía que no podía levantar cabeza por mucho tiempo. No quería morir porque amaba la vida aunque tuviese que arrancarle a otros la suya junto a todos sus proyectos, sueños, anhelos y pequeñas esperanzas depositadas en un mundo que ya no existe. A mi alrededor podía sentir la libertad rozando mis rizados cabellos, mi piel tostada y mis ropas. Era como un suspiro delicioso que me impulsaba a caminar aunque estuviera pudriéndome como un tronco en mitad de un lago.

Su presencia me deslumbró nada más contemplar su figura delgada y ágil. Vi a un ser tan consumido como yo lo era y que intentaba por todos los medios sobrevivir. Se aferraba con fuerza a la vida. No lo encontré fácilmente ni en un lugar adecuado. Era un prostíbulo donde los hombres abusaban de los esclavos con impunidad. Al principio no comprendí por qué lo llamaban monstruo, pero luego vi su cuerpo desnudo en la mente de todos aquellos hombres y sentí que debía cubrirlo con el mío a modo de escudo.

Compré su libertad y sostuve su malherida figura entre mis brazos. Aparté el largo cabello oscuro de su rostro y besé sus mejillas hundidas por la mala alimentación. Era asombroso que hubiese durado tantos años en aquel lugar y en mitad del circo, pues había sido usado incluso como gladiador. No sólo tenía una apariencia andrógina sino que poseía ambos sexos, sus ojos eran los de una fiera asustada y su boca parecía herida por el silencio.

Tardó algunos días en confiar y contarme su historia, aunque yo ya la conocía. Me convertí en un santo, un dios y el ejemplo a seguir. Pero en realidad sólo era un hombre enamorado que había concedido la libertad a un espíritu que se debilitaba. Ante mí tomó la apariencia de una mujer, pero frente a los demás era un hombre firme y desafiante. Su corazón siempre ha sido bondadoso porque jamás ha podido dejar de apiadarse por otros, aunque oculta sus sentimientos en una capa de rabia aparentemente incontrolable.


No me importa cuál sería su sexo idóneo, ni que juegue con el género porque jamás se sentirá del todo cómodo en uno y ni mucho menos que sus ojos sean dagas para otros. A mí lo único que me importa es que cuando abrazo a Petronia pueda sentir que su alma es libre, que ha conseguido la paz de algún modo y que desea permanecer a mi lado aunque sea sólo por unas horas.  

viernes, 6 de mayo de 2016

La vida no es una luna de miel.

Petronia y Arion "regresan" de dónde quiera que estuvieran...

Lestat de Lioncourt 


El cielo de Nápoles estaba cubierto de nubarrones densos. La lluvia se precipitaría pronto recorriendo toda la ciudad. Las hermosas vidrieras de la planta superior no tenían la mágica belleza de otras noches y parecían deslucidas debido a la tragedia que se había generado tras ellas. Durante años la vivienda había estado vacía, oscura, carente de recuerdos e incluso carente de belleza. Porque la belleza de un lugar como aquel era la vida que tenía cuando llegaba la noche y las luces se encendían junto a la música y las herramientas eléctrica, de fina precisión y fácil uso, que se usaban para elaborar las joyas más prestigiosas de toda Italia.

Los muebles aún estaban cubiertos de polvo y algunos destruidos por la furia ejercida contra la pared, el suelo o el propio techo. La lámpara de lágrimas de cristal de bohemia se había desplomado en la planta superior, justo en el dentro del hall, mientras que la escalera de caracol parecía invitar a husmear por las silenciosas estancias que permanecían a la espera de sus dueños.

¿Cuándo se convirtió aquel lugar en el paraíso del silencio? ¿Por qué todo se había hundido de ese modo? Un lugar de columnas de mármol, frescos maravillosos, elegantes muebles y bellas cortinas que ahora estaban sucias y algo descoloridas.

La fecha de inicio de la tragedia no era exacta, pero posiblemente había comenzado por el 2011. Un murmullo se hizo presente en la biblioteca, la misma que tenía todos los libros diseminados por el glorioso suelo de mármol, mientras uno de sus habitantes meditaba solo frente al ajedrez. Era como si las fichas le hubiesen hablado. Tal vez el rey del tablero se cansó de proteger a la reina o quizá fue el jinete del caballo que descendió de su montura, clamó a los cuatro vientos que estaba cansado y echó a correr por el aire denso de la estancia. Sea como fuese él lo escuchó primero. Fue un murmullo suave, casi agradable, que acarició sus hombros y nuca hasta hacerlo sentir amado y embriagado.

Tardó en repetirse ese chispazo un par de meses y ocurrió en otro de los habitantes. Las herramientas sonaban como un murmullo bajo en mitad de la noche. Un murmullo que quedó silenciado por su nombre rebotando en su cerebro. Sus ojos oscuros miraron a la nada y luego su corazón se convirtió en un tambor descontrolado, si bien todo quedó en nada y continuó como si no hubiese ocurrido.

Fue a principios del 2012, en pleno invierno, cuando una fuerte ráfaga de viento se coló en sus almas provocando gritos alarmantes del tercer compañero. Los dos colosos que siempre habían estado en paz entre aquellas paredes, al menos en calma los unos con los otros, se convirtieron en guerreros enrabietados. Él, el más joven, se marchó correteando por las calles buscando un refugio y finalmente alzó el vuelo para no volver jamás. Ahora espera una llamada que no llega, una pequeña señal a destiempo, para regresar al lugar que fue su hogar.

Pero esa mansión olvidada ahora vuelve a cobrar vida. Como si se hubiesen puesto de acuerdo, uno como el otro, han regresado tras esa terrible noche donde se lanzaron terribles acusaciones y rompieron su alma una vez más quedando las dos mitades casi destruidas. El mito del andrógino era cierto. Ellos eran almas gemelas que no podían vivir en paz si no estaban juntos.

—Todo está hecho un desastre—susurró quitándose el gabán para luego remangar los puños de su camisa de algodón blanco. Su piel seguía siendo oscura, hermosa y seductora, y destacaba esa noche, como muchas otras, por las prendas elegidas.

—Me pregunto si el resto estará vivo. Y no, no hablo de nuestros sirvientes. Ellos...—cerró los ojos y apretó los puños, para luego girarse y mirarlo a los ojos—. Me pregunto si Manfred y Tarquin están vivos o han sido pasto de las llamas, de la locura que todos sentimos, de la rabia y la desesperación de ese ser... Arion, han pasado casi cuatro años.

—No, han sido algo más de cuatro años—respondió acercándose a esa figura esbelta de trenzado cabello negro. Bajo esas prendas masculinas se escondía un ser distinto y hermoso. Jugaba siempre a desconcertar a todos e incluso él se sentía perdido, desconcertado y abatido cuando le miraba con la perversidad unida de un hombre y una mujer.

—Sea el tiempo que sea, Arion—murmuró dando un par de pasos por la estancia—. No sé si pueda vivir de nuevo aquí.

—Podemos reconstruir todo y hacer del tormento un nuevo paraíso—dijo acercándose a Petronia.

Giró suavemente su cuerpo para que ambos quedaran enfrentados. Por primera vez en algunos años podían contemplar el daño sufrido, los recuerdos revueltos y mutilados como los muebles y obras de arte que les rodeaba, intentando encontrar una tabla que los mantuviese a flote en el hundimiento de sus vidas como si fuese un gigantesco buque en mitad de un inhóspito mar.

—Francamente, yo sólo quiero recostarme en mi vieja cama y sentir que todo el dolor que se ha derramado, el cual no hemos podido controlar, ha desaparecido—susurró en un tono quedo mientras intentaba sosegar su alma—. Me siento aún un monstruo, ¿aunque alguna vez dejé de serlo?—preguntó aferrándose a las solapas de su camisa.

—Nunca fuiste un monstruo. Los monstruos son aquellos que torturaron tu alma y enjaularon tus sentimientos más hermosos porque temían no lograr alcanzar tu belleza. Intenta ser firme, Petronia. Intenta ser quien has sido desde hace siglos y vuelve a las andadas—rodeó su escueta cintura y estrechó aquel cuerpo tan familiar, de fresco perfume y suave piel, contra el suyo mucho más corpulento.

En ese momento Petronia olvidó quién era y qué hacía allí. Dejó que su mente se desconectara para poder sentir con su piel cada roce. Cerró los ojos profundizando en el aroma varonil de su colonia y en el tacto de sus labios contra sus mejillas húmedas. Había comenzado a llorar en silencio y estaba manchando la camisa de Arion, igual que la suya propia que también era de un color claro. Ambos parecían dos hombres que habían logrado huir de una tragedia terrible, tan terrible como las que acontecían aún hoy en otros lugares del mundo. Las guerras seguían existiendo aunque su sociedad volvía a ser una balsa de aceite. Finalmente se entregó por completo a esa dulce sensación y entonces percibió como la mano derecha de su creador desabotonando su camisa, y palpando las vendas que aprisionaban sus pechos hasta el borde de estas. Giró su cabeza hacia la izquierda y permitió que la boca de su amado maestro rozara su piel, hundiera sus dientes en el trapecio y sorbiera parte de su sangre. Sus dedos arrugaron más el cuello de la camisa de Arion y tiró de él sin delicadeza. Abrió sus labios sin pronunciar palabra y soltó un placentero quejido. Los dedos de su amante prosiguieron hasta el vientre, se pasearon por el ombligo y rozaron el vello suave y corto que allí se arremolinaba. Luego, sin permiso alguno otra vez, desabrochó su pantalón e introdujo su mano en la ropa interior comenzando a acariciar su sexo.

—Te toca beber a ti—dijo en un susurro cerca del lóbulo de su oreja izquierda. Petronia sintió como su vello se erizaba como el lomo de un gato asustado y de inmediato se arrodilló frente a él.

Observó aquella figura apolínea aferrándose al cinto de su pantalón oscuro para de inmediato bajarlo. Arrancó con fiereza el cinturón tirándolo a un lado, arrancó el botón y bajó el cierre para sacar su miembro ligeramente erecto. Clavó sus ojos en él una vez más y lamió el glande, para luego sacar sus colmillos y perforar el sexo. Rápidamente aquel pene le ofreció una vigorosa y poderosa sangre que calmó definitivamente todos sus demonios. Sus sensuales labios rodearon el glande, apretando sutilmente, para luego bajar los párpados y disfrutar de las sensaciones que transmitía cada glóbulo rojo. Él gemía bajo aferrado a ambos lados de su cabeza, manteniendo así el rostro de su amante bien pegado a su entrepierna, mientras Petronia temblequeaba.

Pasó algo más de un minuto cuando apartó a Petronia y se lanzó contra su esbelta figura. Sus bocas se cruzaron una vez más cubiertas de sangre. Sus lenguas se hirieron y se ofrecieron un beso sanguinolento tan salvaje como placentero.


Por el resto de la noche permanecieron con la ropa mal colocada y los sentimientos revueltos. Volverían a Nápoles, reconstruirían las ruinas de su vida e intentarían sobrevivir pese a todo. Eran milenarios y podían soportar una nueva tragedia más en su historia.   

viernes, 29 de abril de 2016

De cena: idiotas

Dedicado a los "góticos" que dicen que la cultura de los vampiros sólo es "gótica" y a la administradora de cierto grupo de "fans" que acepta el plagio descarado a diversos autores permitiendo el robo (pues saber una situación comprometedora para tu página y para ti y no actuar en diez días dice muy poco de ti)

Que te vaya bien...

Te lo dedica Petronia y Arion.



Lestat de Lioncourt


Su cuerpo se desplomó como si fuese una pesada escultura de piedra contra el pavimento. El cabello del muchacho se desplazó por su frente y rozó sus oscuras y espesas cejas. Su piel pálida ahora lo era mucho más y sus ojos estaban vidriosos debido a cientos de lágrimas que no logró derramar. El cristal de sus gafas se quebró por el impacto mientras estas eran despedidas lejos de su cara. La gabardina negra envolvía como un sudario todo su cuerpo y sus botas llenas de fango al fin se detenía tras los últimos espasmos. Estaba muerto. No había ni una gota de sangre. Literalmente no quedaba nada de él. Era un cascarón vacío que comenzaba a enfriarse sobre el suelo empedrado de aquella estrecha calle peatonal. La luz de neón del tugurio del que había surgido aún iluminaba sutilmente el callejón, y posiblemente lo haría toda la noche hasta bien entrada la madrugada.

—No has tenido paciencia con el muchacho—dijo una profunda voz masculina tras su estrecha figura.

El monstruo que lo había matado permanecía a su lado observándolo. Miraba su cuerpo como si fuese un montón de desperdicios y se preguntase en qué contenedor debía echar cada resto. ¿Sólo a los restos orgánicos o lo desnudaba para tirar la ropa al contenedor para caridad? Tal vez, sólo tal vez. Sus pensamientos eran un misterio para él y para su compañero.

—No puedo tener paciencia con un inútil—contestó con una voz modulada y ligeramente femenina. Su tono de voz era agresivo por lo directo que podía llegar a ser.

—También mataste hace unas horas a una pequeña mentirosa, ¿por qué?—susurró colocando sus oscuras manos entorno a la estrecha cintura de su compañero. Aquel hombre además de poseer una voz gruesa, pese a lo aterciopelada, era de raza negra y tenía una musculatura soberbia que destacaba incluso bajo su elegante gabardina—. Está empezando a refrescar pese a que ya está llegando el verano.

—Sí, parece que las altas temperaturas destruyen las escasas neuronas de los más jóvenes—murmuró sin apartar sus ojos oscuros del cadáver—. ¿Dónde puedo echar a este payaso? No me apetece viajar con él hasta el pantano.

—Jamás he visitado Nueva Orleans junto a ti—dijo pegando sus gruesos labios al vertiginoso cuello de cisne de su acompañante—. Me gustaría ver ese pantano tan famoso...

—Tal vez mañana... tal vez... —comentó sacando un as de picas de su bolsillo para escribir en él una frase que fuese perfecta para el cretino. Sonrió al ver su estilosa caligrafía y la arrojó a sus pies. La frase decía: No presumas de una cultura que careces.

De inmediato se levantó el sombrero de ala ancha provocando que cayera su trenza para desatarla. Sus largos cabellos oscuros cayeron en suaves ondulas sobre sus hombros, espalda y pecho. Después se giró hacia él, rodeó su cuello apoyando sus brazos en sus amplios hombros y sonrió.

—Ahora quiero ir a algún sitio que me haga sentirme cerca de ti... Mi querido y dulce maestro, ¿dónde me llevarás? Dime, Arion—murmuró dejando escapar una risotada.

Una mentirosa que culpaba a su miserable vida de sus tragedias, cuando sólo son causa de nuestras decisiones y acciones, y un idiota sin cultura ni educación estaban muertos. La sangre corría por sus venas endulzando y calentando cada una de sus arterias. Él sólo había tomado pequeños sorbos de distintas mujeres que decidieron bailar descaradamente con el extraño negro de pies inquietos, ritmo apasionado y mirada profunda. Ellas no sabían que la única criatura que él amaba era un “ángel” cuyo rostro tenía cincelada una cruel sonrisa.  


martes, 5 de abril de 2016

Tres no son multitud

Podemos saber, gracias a Manfred, como es Petronia en la intimidad. También podemos averiguar un poco de Arion.

Lestat de Lioncourt 




—Hacía tiempo que no venía por aquí—dijo mientras se agachaba a introducir la llave en la pequeña ranura de la cerradura, giraba suavemente su muñeca y provocaba que la persiana de metal se izara como una bandera de guerra. Hizo un ruido terrible para los finos oídos de un vampiro, pero para un humano era ligeramente soportable. Después buscó en aquel enorme llavero otra llave dorada, larga y muy dentellada, que abrió la puerta pesada de madera con hermosas vidrieras de colores y luego, con mucha rapidez, desactivó la alarma—. Ha sido toda una sorpresa—añadió encendiendo las luces—. ¿Comprará varias prendas o sólo alguna en especial? ¿Ya vio las hermosas americanas de primavera de nuestro catálogo online? Nos estamos modernizando.

—Trátame de tú—su voz sonó áspera y firme aún en el rellano de aquella puerta.

Al entrar observó las nuevas prendas colocadas cada una en un maniquí sin rostro, pero que rellenaban a la perfección tallas similares a las suyas. La moda cada vez admitía más a los hombres poco corpulentos, muy delgados, y también otros no tan altos o ligeramente obesos. Pero todavía se veían hermosos trajes que sólo un hombre de hombros amplios, como era el caso de Arion, podían llevar y sentirlos como un guante.

—Lo siento, la costumbre—comentó acercándose a la vitrina de los lujosos gemelos—. ¿Deseas ver algunos de nuestros bonitos gemelos?—dijo señalando la estantería.

—Sabes que fabrico mis propios gemelos y son contadas las ocasiones en las cuales compro alguno—dijo paseando sus ojos oscuros por toda la tienda.

—Petri, ¿de verdad crees que necesitas nuevos trajes? Algunos todavía no te los pusiste...—murmuré tras su pequeña espalda.

—Manfred, te he traído como acompañante porque las compras siempre son aburridas, tediosas e insípidas. Si vas a estar quejándote, como estás a punto de hacer, mejor lárgate a corretear jovencitas por las plazas más pobladas de la ciudad. Ve, corre. Seguro que aún hay algún café abierto y muchachitas a las que reírles las gracias cual viejo verde—aquellas palabras fueron certeras y dolorosas, pero no me acobardé.

—No, mejor me quedo—dije.

El comerciante jamás supo la edad real de Petronia. Llevaba vendiéndole trajes desde hacía veinte años y empezaba a sospechar que no era un ser común. Sin embargo lo que sí creía, casi a pies juntillas, es que era un hombre y trataba con un igual. En su mente pensaba que yo era su rico amante que solía acompañarle para pagar todos sus lujos, aunque siempre me echaba en cara mis líos de faldas. En realidad ella siempre me ha atado en corto esperando que no cayera más en brazos de estafadoras como Rebeca. Aunque decir que Petronia es un “ella” es muy aventurado.

—Mira, Manfred, ¿qué te parece?—dijo tras un buen rato observando camisas por su cuenta—. Este gris es muy elegante y he leído en las revistas que se lleva bastante.

—Eres muy pálido—murmuré—. Te sentaría mejor un tono chocolate.

—Son tonos de invierno los oscuros, los más claros son para primavera y verano—aseguró el comerciante—. Tengo una hermosa camisa blanca con rayas finas de color azul azafata con un chaleco de lana del mismo tono a juego con sus pantalones y una americana exclusiva de esta tienda. Los chalecos han vuelto a llevarse y estarán en tendencia algunos años. Es un complemento que estiliza, es elegante y en ti queda muy bien. Recuerdo que te has llevado unos cuantos hace unos años—decía deleitándose con su cuerpo e imaginándose a Petronia sin nada de ropa.

—Siempre acabo llevando colores oscuros—murmuró—. Asumiré el riesgo de llevarme algo oscuro otra vez, pero también quiero algo más... ¿llamativo?—vigilaba todas las prendas sin dejarse convencer con un simple vistazo.

—Los estampados se siguen llevando, igual que el color blanco porque da un tono de atención a chaquetas más oscuras, también tenemos camisas celestes, de mil rayas y desiguales. Sí, desiguales—dijo acercándose a uno de los maniquíes—. Tiene un tono verde más oscuro y otro más suave. El lado derecho es el oscuro y el claro es el izquierdo. Los botones son de nácar muy bonitos, pequeño y poco llamativos.

En ese momento entró en la tienda Arion. Él no solía asomarse por las tiendas cuando nos encontrábamos llenando su armario. Siempre había decidido ser fiel a un estilo y adquiría sus prendas dándoles indicaciones a varios de sus empleados. El empresario se movió rápido para impedirle que entrara.

—Lo siento, sólo se ha abierto para un cliente especial—comentó.

Arion no era estúpido. Si esa tienda se habría para Petronia era porque aquel hombre llevaba deseando saltar sobre él desde hacía décadas, por eso se movió rápido y se colocó al lado de su creación besando dulcemente su cuello.

—Lamento no haber venido en otras ocasiones, ¿puedo elegir contigo?—preguntó estrechándolo por las caderas.

—Celoso...—murmuró bajo mirando las baldosas de la tienda—. No te preocupes, Héctor, es mi marido.

—Suena bien eso de marido—dijo Arion de forma imperceptible para el oído humano.


Creo que fue la última vez que fuimos a “Cortes y confecciones Héctor Lariza”. Aquel pobre iluso no volvió a abrir tan tarde su tienda para Petronia. Sin embargo dudo que Arion se lamente por ello. No obstante creo que Petronia jamás perdonará haber perdido tan buena boutique. Esto es algo que he confirmado esta noche nada más incorporarme. Llevaban dos horas discutiendo. Ella ha roto el tablero de ajedrez y él ha destrozado uno de sus vestidos de noche, después como si nada se han arrancado la ropa y han comenzado a besarse rodeados de todo el desastre que ellos mismos han realizado. A veces me pregunto si Petronia realmente es la única fiera o si en esta casa conviven un par de leones intentando marcar su territorio.

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt