Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 27 de septiembre de 2017

Abrazados

Arion y Petronia... He conocido a Arion estos últimos meses y admito que es un hombre encantador.

Lestat de Lioncourt 

—Están quemando jóvenes en Brasil.

Había descargado la aplicación para móviles de última generación, pues el portátil de Mona se encontraba sin batería. Quería escuchar la dulce voz de Benjamín exclamando que nos protegiésemos porque había ocurrido otro desastre. Desde hacía dos noches las quemas eran algo habitual, aunque se iniciaron hacía una semana. Todo había estado en calma, o al menos eso parecía, hasta que algo o alguien desencadenó una tragedia.

Noches atrás había escuchado una voz, era como un murmullo. Me habló en griego y fue sumamente extraño. Las palabras usadas eran similares a las que usaban mis amos y por un momento creí que se trataba de un recuerdo. Después desapareció. Horas más tarde las quemas comenzaron a ser una tónica habitual en las zonas más salvajes de Brasil. Las distintas comunidades de vampiros jóvenes estaban siendo destruidas. No había lugar donde esconderse.

—Deja de escuchar esa radio, por favor—dijo incorporándose de su mesa de trabajo para tomar mi teléfono y arrancarme los auriculares. Supe que estaba a punto de hacerlo estallar, pero sólo lo dejó sobre el tablero de ajedrez.

Manfred se quedó en silencio. Él también quería saber qué sucedía ahí fuera, pero en Nápoles todo parecía estar bien.

—Tarquin y Mona han salido hoy y estoy preocupado—confesé provocando que el viejo loco suspirara y se incorporara como si se dirigiese a buscarlos, aunque en realidad sólo decidió dejarnos a solas en la habitación.

—Aún no ha ocurrido nada en Europa—me comentó Petronia antes que escuchásemos las pisadas de Manfred por el pasillo central para ir hasta su recámara.

—¿Y si ocurre? ¿Qué crees que estará sucediendo?—pregunté desconsolado y desconcertado. En todos mis milenios sólo había visto una quema similar y había sido provocada por Akasha. Ahora no teníamos una Akasha, ¿qué pasaba?

—No lo sé...—murmuró.

—Estás reviviendo lo que ocurrió con el Vesubio.

Acerté porque sus ojos se llenaron de lágrimas sanguinolentas y sus manos se aferraron a mis brazos. Rápidamente me habló con la voz trémula intentando parecer firme.


—Arion, abrázame—me pidió—. No me sueltes—. Rogó como el niño que ruega un poco de afecto a su padre o que le cumpla un deseo una estrella—. Hazlo tan fuerte que me duela. Necesito saber que sigo viva, que no he muerto y no lo haré.  

lunes, 18 de septiembre de 2017

Salvaje

Quinn, la cagaste. Te quiero mucho hermanito, estés donde estés, pero la cagaste. Admitamos que Petronia era una criatura marcada y tú un niño bien.

Lestat de Lioncourt 


—¿Por qué eres así?

Esa pregunta hizo que me girara. Había dado un fuerte golpe a su rostro con la mano abierta y lo había arrojado al suelo una vez más. No podía evitarlo. Sentía una rabia inmensa y una impotencia tan enorme que era incapaz de controlarme. Era mi culpa, pero sobre todo era la suya. Él debió seguir mis instrucciones.

—¿Así cómo?— Miraba su rostro lleno de lágrimas sanguinolentas, inútiles lágrimas por cierto, con el ceño fruncido y un deseo atroz de cruzarle de nuevo el rostro. Incluso quería patearlo.

—¡Sólo sabes imponerme tu violencia!— Pude ver que se incorporaba mientras vociferaba. Era un idiota como cualquier otro, pero ese idiota lo había creado yo. Había dado la vida eterna a Quinn porque creí que se la merecía, pero me equivoqué.

—¡Cuál violencia, imbécil! ¡Has destrozado a una mujer! ¡Te dije que no la mataras! ¡Si te he golpeado el rostro es por impotencia! ¡Recuérdala! ¡Muerta con su traje de novia! ¡El traje de novia empapado en sangre y dolor! ¡Maldita sea, Quinn!

Mi voz sonaba desgarrada por la pena, por lo patética que era la situación, por la violencia extrema que sentía en cada segundo que se asesinaba con la aguja del reloj y mis ojos, mis ojos castaños, eran puras llamas. Estaba desatada y nada ni nadie podía controlarme. Arion me miraba y negaba suavemente. Sabía que no debía acercarse a mí, pues ni él podía contener tanto dolor y miseria. Manfred lloraba en un rincón por ella, por el muchacho y por mí. Lloraba por toda la situación que había ocurrido y la que estaba por ocurrir.

—¡Soy demasiado joven e inexperto!

—¡Todos lo hemos sido y no por ello hemos desperdiciado la sangre o la vida de nuestras víctimas!

—Quiero llorar...—dijo tras un quejido.

—¡Todo lo arreglas llorando!—grité.

—Eres una criatura demasiado cruel—balbuceó llevándose las manos al rostro. Sus manos son hermosas, su rostro es hermoso, pero odio esos gestos de fracasado que muestra tan seguido.

—Crueldad es que te desprecie tu propia madre y te venda al circo romano con tan sólo unos años de vida, que te eduquen para comprender que cada vez que sales a la arena puedes terminar sin vida y luego, cuando eres una bestia sangrienta y nadie te puede destruir, te vendan a un prostíbulo y te aten como a un perro para que te violen bravucones sin escrúpulos. ¡Eso es violencia!

Mi vida no había sido un camino de rosas, sino de zarzas. Él había vivido entre algodones debido a que sus abuelos, su tía y todos los de esa casa lo adoraban. La única que lo odiaba era su madre, la cual había hecho que sufriese cierto abandono. No obstante, tenía las atenciones de los demás los cuales lo trataban como un tesoro. Incluso ese fantasma, esa criatura idéntica a él, lo rondaba como si fuese un príncipe y lo protegía con fiereza. No lo había visto jamás, pero sí sentido. Sólo lo pude contemplar en los recuerdos de Quinn al beber de él.

—Petronia...—susurró compungido intentando echar sus brazos hacia mí.

—Violencia es que te señalen por tener ambos sexos y te escupan en los puestos de abastos cuando pides un poco de fruta al tendero. ¡Aún llevando dinero!—exclamé lo último. Él no entendía la violencia patriarcal de una sociedad machista, la cual era mucho peor que la actual. Aún así había un dios grecorromano que poseía ambos sexos, pero a pesar de ello era una criatura horrenda a la cual maltratar o seducir por curiosidad.

—Petronia...

—Olvídame. Vete con Arion. Él te sabrá comprender mejor que este monstruo—dije marchándome.


Arion decidió hablar con él largo y tendido. No sé bien qué le dijo, aunque algo vislumbré en sus memorias dadas a conocer como “El Santuario”.  

lunes, 5 de septiembre de 2016

A él.

Estos son los pensamientos de mi hijo Viktor hace unos años... ¡Ah!

Lestat de Lioncourt 





He leído sus pensamientos, acciones y cientos de detalles que mi padre ha arrojado sobre persona. Urdí mis pensamientos, buenos y malos, hacia Louis desde que tengo uso de razón; pues mi madre siempre se esmeró en ofrecerme todo la educación, así como pequeños caprichos, porque yo era su tesoro, su único hijo, el pequeño eslabón en una cadena y el culmen de una búsqueda que se había iniciado cuando era joven, indefensa en muchos aspectos y demasiado soñadora. Nunca evitó que yo supiese toda la verdad. Así que me sentaba en mi pequeño e iluminado escritorio, ponía los libros de mi padre, así como los de sus compañeros inmortales, frente a mí y decía ir a las páginas que yo mismo marcaba para releer una y otra vez frases que me diesen una ligera idea, aunque fuese demasiado sencilla, sobre cómo pensaba mi padre y la forma en la cual pronunciaba cada palabra.

Sabía que Louis tenía un acento francés que no podía negar, pero mi padre a veces tenía uno más neutro debido a sus viajes y que solía conversar con más gente, influyéndose y moldeándose continuamente. Me preguntaba cómo sería esas discusiones, casi eternas, que ambos tenían frente a Claudia y los ojos de esa niña, los ojos de una mujer adulta, deleitándose con la rabia y los celos de ambos. Incluso meditaba sobre las normas que Marius parecía haber impuesto basándose en la lógica y experiencia recaudada durante siglos. Podía imaginar el olor a pantano cuando Tarquin Blackwood entró en escena como un príncipe de sangre azul, aunque casi todos los príncipes destiñen y muestran un monstruo hambriento. Él lo tenía, pero lo vi justificado.

Conforme crecía los libros parecían insuficientes. Con diez años, aproximadamente, llegó a mi poder Cántico de Sangre. Fue el último. Mi padre dejó de comunicarse. Con la historia de Mona todo se perdió. Pude conseguir otra, no muy distinta, que estaba vinculada con la familia de la joven pelirroja, aunque fue amargo saber todo sobre ellos porque comprendí aún más su dolor, desasosiego y problemas de unos con otros. Lloré. Creo que lloré durante algunas noches. Entonces me percaté que puedo ser tan sensible como mi padre, pero no entro a lo blasfemo cuando se molesta. Mi padre tiene un carácter pésimo a veces tan similar como el de Marius. Yo soy más calmado y me preguntaba si tenía que ver con la sangre o simplemente había salido a mi abuela, la cual parecía siempre distante cuando debía actuar de forma apasionada.

Tenía diecisiete años, casi dieciocho, cuando fui al despacho de Fareed exigiendo conocer a mi padre. Él me miró, suspiró, miró a Seth y este me echó fuera de la habitación donde terminaban de analizar mis últimas muestras de sangre y ADN. Pronto iba a cumplir dieciocho años y estaba dispuesto a llamar la atención. De no ser por las Quemas, por esas horribles Quemas, habría lanzado un libro al mercado llamándome el “Hércules del Zeus vampírico” o algo así. ¿Acaso no era el enviado de un “dios” por muy oscuro que fuese? ¿Acaso no era una mezcla entre ese “dios” y una pobre mortal por aquel entonces? Podría ser un prodigio de la ciencia, pero me gustaba la forma pomposa, y ocasionalmente desacertada, que tenía mi padre para hacerse notar.


Supongo que si escribo todo esto en mi portátil es porque necesito desahogarme. Esta noche iba a conocerlo y no ha dado señales de vida. Dicen que está ocupado con unos asuntos, que pronto vendrá y que quizá mañana aparecerá abrazándome, agarrándome del rostro y diciéndoles a todos con orgullo, y algo de egocentrismo, que somos idénticos.  

domingo, 26 de junio de 2016

Tu boca y la mía

Esto es... ¿pasó? ¿En serio? ¡Estas memorias me dejan en shock! 

Lestat de Lioncourt


—Hacía tiempo que no te veía por aquí—dije mientras podaba aquel enorme seto.

Hacía algunos años que Tarquin Blackwood había desaparecido de la ciudad acompañado con Mona. Ambos se habían esfumado como el humo de uno de mis cigarrillos dejando tan sólo el pérfido perfume de la muerte en los cadáveres que habían sido devorados por los caimanes, enterrados en parcelas vacías del cementerio o simplemente abandonados en callejones en posturas indecentes. Yo sabía que eran dos vampiros jóvenes con poderes superiores a los que cualquier chiquillo en las sombras y una sed insaciable. Sin embargo también quería creer que era imposible que desaparecieran para siempre. Tenía fe en volver a verlos.

Aquella noche él apareció de improvisto con las manos metidas en los bolsillos de su elegante pantalón negro. Llevaba las mangas de su blanca camisa de algodón remangadas hasta el codo y dejaba ver su piel suave y blanquecina sin apenas vello, pero con unas venas marcadas debido a la sed. Sus ojos azules, tan profundos como los océanos, recorrían mi figura esperando que dijese algo más que un simple saludo.

—Sí, ha pasado mucho tiempo—respondió.

—¿Y Mona?—pregunté agachándome para hundir mis dedos en la tierra removida intentando comprobar que el sistema de regadío estaba funcionando.

—No lo sé. Hace unos meses nos separamos—dijo.

—¿Y cuál fue el motivo?—me incorporé sacudiendo mis manos para girarme y verlo al fin cara a cara, sin miedo al peligro, porque sentí que necesitábamos tener claras nuestras posiciones al respeto de su fuga—. ¿Te cansaste de ella?

—Ella se cansó de mí—explicó—. Necesitaba cambiar de aires y yo quería quedarme por siempre en Japón. Decidimos recorrer Asia tras las quemas. Queríamos ver algunos países y disfrutar del choque cultural, pero al parecer quería ir a Europa de nuevo e investigar los lugares donde se originó la historia de nuestra familia.

—Claro...

—También es mi familia, Mich. Soy tan Mayfair como el resto de vosotros—comentó sacando las manos de los bolsillos para dejarlas a ambos lados de su cuerpo. Era el mismo muchacho delgado de aspecto celestial y bondadoso que yo había conocido. Sentí que mi corazón daba un vuelco. Yo había envejecido esos años y ya no era un hombre de cuarenta años, sino que estaba alcanzando una época dorada. Estaba a punto de alcanzar la edad de la jubilación, pero detestaba sentirme un trasto viejo y sin alma. Él seguía siendo joven.

—Michael, ¿cómo está Rowan?—preguntó.

—Bien, trabajando—respondí sin muchos ánimos. Nuestro matrimonio era casi una condena para mi mujer. Ella me quería, pero no había pasión. Hacía años que no teníamos relaciones aunque yo me consolaba con poder estrecharla contra mi cuerpo las pocas horas que compartíamos en la cama—. Yo también sigo trabajando.

—¿Y Nash?—murmuró muy bajo.

—Sigue vivo pero es muy viejo—dije—. Tu tío y tu hijo han sido educados por él, como bien sabes, y son unos jóvenes excepcionales. Ambos tienen unas notas excelentes. Jermone hará un máster el próximo año—coloqué mis manos sobre las caderas y esperé que él respondiera.

—Algo de eso sé—contestó—. ¿Podemos hablar dentro?

—Sí, claro—carraspeé—. Ya es tarde para seguir con el jardín, pero no tengo mucho tiempo de hacerlo por las mañanas.

La casa seguía siendo nuestra. Aunque habíamos encontrado una nueva heredera esta no deseaba aquella mansión debido a todo lo que había ocurrido tras sus muros. Todos pensaban que estaba maldita. Supongo que tienen bases sólidas debido a los múltiples fantasmas y asesinatos cometidos bajo su techo. Él la contempló antes de entrar como si intentara averiguar el motivo por el cual no nos mudábamos y después entró conmigo hasta el salón.

—¿A qué se debe tu visita?—pregunté dirigiéndome hacia la cocina para sacar una cerveza fría de la nevera.

Seguía siendo adicto a un trago o dos por las noches, para templar los ánimos. Ese sabor amargo electrocutaba mis neuronas y me hacía olvidar por un instante todo el dolor que tenía que soportar. Supongo que así somos algunos hombres, ¿no? Somos tercos para aceptar que estamos dañados, hundidos y desesperados.

—Quería verte—respondió—. Necesitaba a alguien conocido.

—¿Y ese vampiro amigo tuyo?—dije tomando asiento en el mismo sofá donde él se había acomodado.

—Ocupado—dijo.

—Vaya...

—Siempre me has parecido un hombre atractivo—aquella frase me sorprendió—. Las canas te han aportado una belleza casi idílica muy masculina, seria y curtida—expuso entretanto paseaba sus ojos por toda mi figura—. Yo nunca llegaré a ser un hombre adulto.

—No, no lo serás—respondí sin saber si agradecer o no el halago.

—¿Te siguen atrayendo los cuerpos jóvenes?—preguntó provocando que soltara la lata de cerveza y la dejara en la mesilla aledaña al sofá—. ¿Te atrajeron alguna vez los hombres?

—¿Qué estás intentando?—mascullé confuso. No sabía adónde demonios quería llegar.

—Los vampiros ahora podemos tener relaciones sexuales satisfactorias—comenzó a explicar dejándome atónito—. Mona ya no está en mi vida y no puedo experimentar con ella. Ella es una mujer, Mich. Siempre me he considerado bisexual y jamás he podido tener a un hombre sometiéndome a sus caprichos—su mano derecha se colocó sobre mi torso comenzando a juguetear con el segundo botón de mi camisa, el cual era el primero que cerraba la prenda—. Pensé en ti. Pensé en ti cuando tuve esas hormonas en un pequeño estuche. Supuse que tú podrías satisfacerme debido a tu historial...

—No pienso ser infiel a mi mujer—dije alterado.

—¿Y si te digo que sé que has estado jugando con cierto macho Taltos?—murmuró soltando el botón para comenzar a subirse sobre mis piernas.

Su boca se pegó a la mía y mi lengua se delató sola. Acepté ese beso como si fuese un pérfido encantamiento. Mis manos ásperas comenzaron a desnudar su suave piel. Él jadeó cerca de mis labios cuando detuvo el beso para mirarme absolutamente desvergonzado. Yo me excité tanto que mi miembro empezó a tener forma y él aprovechó eso para abrir mi camisa de un sólo jalón. Hundió su rostro en mi torso y comenzó a deslizar su lengua por mis sensibles pezones, mi abdomen y finalmente la zona baja de mi ombligo. Al final dejé que me sacara el cinturón y bajara mis vaqueros para sacar mi sexo de entre la ropa interior. Pude sentir su aliento golpeando el glande mientras me miraba a los ojos. Me perdí en su mirada llena de lujuria cuando decidió iniciar una masturbación deliciosa con su boca. Como todo hombre sabía como hacerlo para que otro se revolcara de placer bajo ese magnífico toque de su lengua.

Frente a mí estaba una enorme librería y en ella había fotografías de mi mujer recogiendo diversos premios sobre avances en neurocirugía y medicina, los cuales se los concedieron por la prevención de ciertas enfermedades neuronales, así como otras conmigo en nuestra boda o diversas reuniones familiares. Podría haberme detenido cuando miré la estantería repleta de recuerdos pero sólo hundí aquella cabeza con rizos espesos. Dejé que mis dedos se colaran entre sus cabellos y comencé a mover sutilmente la pelvis.

Noté como el vello que coronaba mi pene rozaba su nariz y su aliento ligeramente cálido lo acariciaba. Mi cabeza se echó hacia atrás sintiéndome perversamente desesperado. Él logró apartarse entonces para desnudarse frente a mí. Su cuerpo era delicado para ser el de un hombre. Aunque por supuesto él no podía considerarse un hombre adulto ya que sólo era un muchacho de veinte años cuando fue transformado en un vampiro.

—Ven aquí...—ordené.

—Espera—respondió sacando de uno de sus bolsillos un pequeño paquete. Ahí había una inyección de un líquido espeso que no dudó en inyectar en su brazo derecho, para luego acercarse a mí jadeante. Se subió a mis piernas y rozó su entrada contra mi miembro. Pude percibir con mi glande su estrecha entrada. Entonces lo supe. Comprendí que tenía que penetrarlo. Agarré mi pene desde la base y acerqué la punta a su ano. Él en un pequeño movimiento, similar a un salto, acabó penetrado moviendo sutilmente sus caderas para que yo le ofreciese el placer que tanto ansiaba. No gritó, pero sí gimió afeándose a mí pasando sus brazos por mis hombros.

—Voy a ser tu puta—susurró jadeante cerca de mi boca para lamer mis labios de comisura a comisura—. Tu deliciosa puta—añadió mientras emprendía un ritmo desesperado con sus caderas.

Por mi parte lo agarraba de los glúteos intentando seguir su ritmo. Mi boca se pegaba a su cuello y deslizaba sutilmente mi lengua por este hasta las clavículas. Aquel sofá una vez más estaba siendo usado para un acto impuro. Pronto noté la presencia de Julien Mayfair, nuestro antepasado, paseándose por la estancia. Él ni se inmutó y yo decidí continuar pero con un arranque de pasión. Un impulso nos llevó al suelo y en ese momento salí de él, lo dejé de espaldas y comencé a penetrarlo aferrado a sus caderas. Tarquin gemía mi nombre como una plegaria con su rostro girado hacia mí deseando ver mi rostro bañado por el placer. Las penetraciones cada vez eran más bruscas y mis gruñidos más seguidos. Finalmente eyaculé dentro de él sintiéndome satisfecho y deseado. Él nada más cumplir su objetivo y recibir su premio se abalanzó sobre mí besándome.

—Deja que te convierta en vampiro... —balbuceó.

—No lo sé, Quinn. Dame algún tiempo para pensarlo—susurré abarcando con mis manos su rostro—. Por favor...


De eso hace una semana. Todavía estoy pensándolo. Él ha vuelto a venir esta noche y hemos acabado teniendo sexo en la cama de matrimonio. Jamás había llegado tan lejos con un amante. Ella ya no me ama, estoy seguro, pero yo aún la atesoro porque no puedo vivir sin su aroma... aunque esta sensación se está diluyendo. Quizás es el momento de pasar página.  

lunes, 14 de diciembre de 2015

Venus salida de la muerte

Tarquin y Mona forman una pareja especial. Viktor y Rose me recuerdan mucho a ellos.

Lestat de Lioncourt 


—¿Estás molesto?—preguntó tomando asiento a mi lado.

Algunas pequeñas gotas de agua se escurrían por su frente, mejillas y comisura de sus labios. Sus cabellos aún estaban húmedos y olían a mi champú. Sus ojos verdes estaban inquietos y podía leer su alma en ellos. Un alma que parecía satisfecha, orgullosa y feliz. Deseaba atraparla entre mis brazos y llenarla de besos, sin importarme que estuviera desnuda y empapada. Acababa de salir de la ducha, después de relajarse y limpiar los últimos desechos que su cuerpo había producido.

—No—susurré.

Temía llenarla de miedos injustificados, pero tan presentes para mí como las palabras de Petronia y los consejos de Nash. A lo largo de mi vida había tenido varias personas que me habían ayudado, animado o desaconsejado. Monstruos tan humanos como mi creadora, que era de las que creían que las lecciones entran con sangre y dolor.

—Pues estás muy callado—dijo apoyando su pequeña cabeza sobre mi brazo derecho.

—Me preocupa—murmuré.

—¿Qué te preocupa?—interrogó.

—Muchas cosas, Mona—dije rodeándola para sostenerla entre mis brazos. Aún llevaba el traje que había llevado en el velatorio del cuerpo de mi tía Queen, la cual ya yacía en la cripta familiar.

—Podrías decirme qué te ocurre. Soy tu pareja y deberías...

—Me preocupa que algo malo pueda ocurrirte—respondí solventando sus dudas. La tomé del rostro y la miré con cariño.

La amaba. No había duda. Desde que la conocí lo supe. Era como una de esas historias de los libros y películas que solía ver con mi tía, Jasmine y la Gran Ramona. Un chico conocía a la chica de sus sueños y la música sonaba distinta, el mundo poseía un color nuevo y el corazón latía acelerado a su lado. Incluso podía notar que mi vida había cambiado sin moverme del sitio.

—Mi noble Abelardo, ¿qué cosas malas podrían suceder? Mírame. Me habéis salvado la vida, ofreciéndome una oportunidad de oro, y no pienso desaprovecharla. Quizás sea difícil de explicar para mi familia, pero ¿crees que no se alegrarán de saber que ya no estoy enferma y no tienen que estar pendiente de mí?

—Ah... Ophelia—susurré recostándola en la cama, para abrir su toalla y acariciar la espesa, aunque pequeña, mata de vello púbico.

Sus piernas se abrieron, su vientre templó y sus pechos se erguían turgentes. Tenía una figura distinta, mucho más exquisita y femenina que la que yo recordaba. Comencé a besar su vientre, cerca de su ombligo, y deslicé mi lengua hasta sus muslos e ingles. Ella suspiraba, reía y se movía inquieta. Mi lengua retiraba las pequeñas gotas de agua, mientras mis labios rozaban con cuidado cada pedacito de piel.


En aquella cama volvió a la vida, cubierta de pétalos, surgiendo como la Venus de la espuma del mar. Ella, mi compañera, que me hizo ver el mundo desvelando misterios que me aterraban y que acabaron fascinándome.  

martes, 17 de noviembre de 2015

Milagro

Tarquin ha dejado por escrito lo que sintió cuando vio a Mona. Habló alguna vez de todo lo que sucedió aquella noche, pero no de ésta forma tan sincera donde desnuda su alma. He encontrado éste documento en su escritorio, entre diversos papeles. Espero que si sigue con vida, como así deseo, no le importe que lo publiquemos.

Lestat de Lioncourt


La observaba sin pudor. Podía recorrer con mis ojos claros, aunque nublados por las lágrimas, cada trozo de su cuerpo desnudo. Era como la Venus que salía de la espuma del mar. Parecía una diosa pecaminosa, aunque también delicada y necesitada de un amor puro, más allá de palabras extravagantes y abrazos sinceros. Sus labios carnosos, pintados de un labial natural rosáceo, cantaban al deseo. Sus ojos, verdes como la esmeralda que debía llevar colgada de su cuello al ser la heredera de los Mayfair, brillaban bajo la tenue luz de mi habitación. Era una mirada indecente la que yo le ofrecía, pero no le importaba.

Su piel parecía suave, como el terciopelo, y sus pecas, que salpicaban diversos rincones de su rostro, torso y brazos, eran demasiado atractivas. Era una de esas muñecas de porcelana que parecen vivas, pero ella estaba viva y no muerta. Aún tenía aroma a flores y muerte. Unas flores que se hallaban regadas por la colcha, el suelo y sus cabellos. Mi Ophelia había sido rescatada de las aguas del Tártaro, dejando atrás a Caronte, porque la Muerte, en forma de atractivo y rebelde vampiro, le había dado la oportunidad que yo había suplicado entre lágrimas.

No sabía qué decir. El silencio era una daga que nos rompía en dos mitades, aunque siempre lo habíamos sido pese a la unión que habíamos formado nada más conocernos. El amor es como un poderoso pegamento, que une por siempre a las almas y las condena a estar nuevamente unidas. Una deliciosa condena, si me permiten decirlo, porque nos ofreció la felicidad que tanto habíamos rogado.

Dejé que mis lágrimas se liberasen de nuevo, manchando mis mejillas, mientras ella acariciaba con cuidado sus mechones rojizos. Esa bendita pelirroja, esa diosa, deseaba ser abrazada por el idiota que no sabía cómo reaccionar ante aquel milagro. Finalmente me armé de valor, me lancé sobre ella y la cubrí de besos. Era mi Mona, mi dulce Mona, la mujer a la cual había dado mi corazón cuando apenas éramos unos niños caminando por el Edén de éste mundo tan cruel.

La envolví entre mis brazos, sentí el calor de su figura delicada y curvilínea, y me sentí un ladrón. Había congelado las manecillas del reloj, asestado una puñalada al destino y robado al ángel que deseaba tener por siempre en su vitrina. No conocería un ataúd, ni escucharía oraciones de su funeral, sino mi voz recitando poemas de amor. Eso, sin duda alguna, lo conocería como un sacerdote conoce todos los rezos y cánticos de una iglesia en sagrada congregación.



lunes, 16 de noviembre de 2015

Goblin quiere a Quinn

Goblin y sus escritos en el ordenador de Quinn. ¡Los he podido rescatar! Extraño a mi hermanito...

Lestat de Lioncourt


Tu dolor es mi dolor.
Tus lágrimas son mis lágrimas.

Soy la Alicia a través del espejo.
¿Recuerdas ese cuento?

Oh, lo recuerdas.
Tanto miedo, tanto dolor, tanta mentira...

¡Crueldad! ¡Crueldad!

Pues así vivo, rodeado de ciegos que dicen no ver y de sordos que escuchan demasiado bien lo que ocurre tras la pared. Vivo entre miseria, basura de sentimientos, y estercolero de penas. Estoy aquí, parado frente a ti, y tú no quieres verme. Me temes, pero me necesitas. Me necesitas y me amas. Sé que me amas. Algo en ti te dice que me observes con cariño y piedad, pero ¿existe la piedad en mi corazón? ¿Tengo corazón? ¿Quién soy? ¿Sabes quién soy? Soy tu reflejo, juego contigo desde hace tiempo y quiero ser como tú. Deseo que me muestres qué es la vida y porqué todos parecen disfrutarla, aunque yo no sé porqué me prohibieron saborearla. ¿Cuál es el motivo? ¿Acaso no merecía ser como tú? ¡Oh! ¡Dolor y miseria! ¡Miseria!

Lloro... estoy llorando... mírame... ¡Lloro y tiemblo!

Necesito sentir el sol calentando mis mejillas, dándoles color, mientras el sudor corre por mi piel y me siento libre de ir donde desee. Pero no puedo. No puedo salir de ésta ciudad. Ésta casa es mi lápida, la piedra angular de mi tristeza y drama. Jamás sé lo que ocurre. Me desvanezco y tiemplo. Te necesito tanto como tú a mí. Hazme caso, por favor, si crees en Dios sé bondadoso y apiádate de mí. ¡No quiero dañarte! Pero te envidio tanto... Desearía saber como se siente el roce de la camisa de algodón sobre nuestro frágil cuerpo, el perfume refrescante en nuestro cuello y esos besos cálidos de tu abuela. ¡Oh! ¡Maldito seas!

Perdóname... No quería decir eso... ¡Perdóname! Yo no quería decir eso. Lo siento mucho. Lamento haberte dicho algo tan terrible. Yo no soy malo. No quiero ser malo. Nunca quise hacerte daño. Necesito comprender. Debo comprender. Por favor, créeme.

¡Goblin te ama, Quinn! ¡Quinn! ¡Quinn! ¡Yo soy Goblin! ¡Soy Goblin! ¡Goblin! ¡Te amo, Quinn! ¡Quinn, tú me amas! ¡Yo sé que me amas! ¡Amor, Quinn! ¡Quiero amor! ¡Amor! ¡Sólo quiero amor! ¡Compadécete de mí! ¡Quinn! ¡Quinn! ¡Oh, Quinn!

Soy el niño que falta en la cuna.
El ave que arrulla en la noche.

Mírame, mendigo tus abrazos,
aunque seas mi asesino, hermano.

Soy el espíritu que besa la luna
y que codicia el camafeo de tu broche.

Mírame, mendigo tu amor...

aunque no me tiendas tu mano.  

jueves, 3 de septiembre de 2015

Aprendemos del amor

Nash es uno de esos hombres que he terminado por admirar. Gracias a él Tarquin tiene unos excelentes modales.

Lestat de Lioncourt


Durante años he estado guardando mi más terrible secreto. Jamás he sido del todo feliz. Mi vida se ha basado en la mera contemplación del mundo, aceptando que no encajaba en las paredes preestablecidas que éste me ofrecía. Liberaba mi alma con libros llenos de pasión, conocimiento, verdad y fantasía. Dejaba que mis ojos se deslizaban por cada línea convirtiéndose, como no, en la única droga posible. Me sentía seducido e inquieto. Intentaba olvidar que el hombre que amaba, aquel por el cual hubiese dado mi vida entera, jamás me miraría como algo más que un buen amigo, un compañero indiscutible para las eternas e infernales discusiones sobre literatura clásica, sociedad, historia o los sueños más perversos del hombre moderno.

Londres es una ciudad inmensa, pero se queda pequeña cuando amas de esa forma. Quieres gritar, aunque sólo logras suspirar mientras miras por la ventanilla del autobús. Comprendes que tu vida, la vida que llevas, será tu cárcel, tu tumba, tu secreto y por ende un terrible dolor que calará hasta los huesos. Por eso mismo acepté la petición de una vieja conocida, a la cual admiraba con fervor. Deseaba que fuese el profesor de su sobrino nieto. Acepté de inmediato. Había amado durante veinte años a alguien que nunca comprendería mi terrible secreto. Durante décadas no dejé de tener amantes, pero ninguno sirvió para consolar mi alma.

Creí que había huido. Pensé que había logrado respirar de nuevo. Me sentí liberado nada más llegar a la húmeda, hermosa y misteriosa Nueva Orleans. Sentí un afecto increíble por sus calles abarrotadas, sus viejos y misteriosos edificios y el colorido de su sociedad. Se podía sentir una pasión distinta, pero todo se truncó cuando crucé mi mirada con la suya. Esos ojos azules, como los de un gato persa, permitieron que mi viejo corazón diese un vuelco y se condenara una vez más.

Aquel joven, ligeramente desgarbado, de finos modales y educada sonrisa triste me resultó atractivo. Era tan apetecible que quise retenerlo entre mis brazos, besar sus labios carnosos y hacerle el amor allí mismo. Fue una reacción extraña. Me había olvidado de mi viejo amor en tan sólo unos segundos. Era como si me hubiese percatado que el mundo tenía más belleza, más cosas que ver y sentir, y yo había estado desperdiciando mi tiempo llorando por alguien que no me haría feliz.


Sin embargo, no me arrepiento. Ahora pertenezco a éste país, tan distinto al mío, y a una ciudad llena de misterios que todavía no he logrado desenredar. No pienso marchame ni olvidar el amor que todavía conservo hacia Tarquin Blackwood.  

martes, 11 de agosto de 2015

Viejas conversaciones

Hay que escuchar mejor y comprender las cosas, pero Quinn deseaba todo de forma acelerada.

Lestat de Lioncourt


—La vida no siempre es como creemos, Quinn—dijo Nash desde la puerta, para luego caminar despacio, con un deje bucólico, hasta el sofá de piel marrón. Allí tomó asiento desabrochado su chaqueta y cruzando las piernas con elegancia. Era todo un caballero, un hombre maduro y sensible, y yo codiciaba ser como él. Me imaginaba en un futuro como un hombre distinguido y amable, con grandes conocimientos y una gran capacidad de comprensión. Deseaba ser como él, pero al lado de ella. No podía esperar ni siquiera unas horas para poder volver a ver a Mona Mayfair—. Imaginamos, codiciamos, pero luego todo tiene un tiempo. No puedes precipitarte—me explicaba con infinita paciencia, sentado en aquel viejo sofá.

Parecía un hombre sacado de una de esas sofisticadas películas inglesas. Era demasiado caballeroso, su tono era íntimo y me invitaba a consolarme a su lado. No me hice de rogar. Tomé asiento a su lado, eché la cabeza hacia atrás y suspiré intentando contener las lágrimas.

—La has conocido hoy—explicó—. Sois jóvenes y tenéis toda la vida por delante, ¿por qué precipitar las cosas?—preguntó encogiéndose ligeramente de hombros.

—La amo. Es ella la mujer que deseo a mi lado. Es perfecta—dije apoyándome en su hombro amable y servicial.

No tardó en abrazarme, rodeándome con cariño y permitiendo que finalmente llorara. Lloré porque jamás había deseado tanto algo, porque aquel fantasma burlón la detestaba y temía que la alejara, también lloré porque mi tía parecía negarse a mi felicidad y me dolía el pecho por tantas emociones. Él acarició mis cabellos hundiendo sus dedos largos y suaves, para nada ásperos como habían sido los de mi abuelo Pops, mientras me calmaba con su respiración pausada y la fragancia fresca de su colonia, la cual impregnaba su camisa.

—Si la amas tanto como dices sabrás esperar—fueron sus sabias palabras, las cuales no comprendí en ese momento.


Ahora, tras tantos años, comprendo bien aquella frase, así como el resto que me ofreció durante toda la larga noche en la cual lloré y sufrí. El destino a veces nos depara grandes sorpresas, pero hay que luchar por mantener aquello que queremos. Si bien, luchar no significa precipitarse y dejarse llevar por la inconsciencia.  

miércoles, 22 de julio de 2015

Decisiones

Su tía me recuerda a mi madre. Ellas quieren lo mejor para nosotros, pero a veces se equivocan. Hablo de la tía de Quinn, claro. Aquí un fragmento de sus días de viaje, por no decir más de dos años.

Lestat de Lioncourt


—Deberías quitarte esa absurda idea de la cabeza—decía mientras se miraba en el espejo de su lujoso tocador.

Había alquilado una de las mejores habitaciones en uno de los hoteles más deslumbrantes y céntricos de Londres. Allí me sentía fuera de lugar, aunque no me importaba. Me agradaba el ambiente. Disfrutaba inclusive del frío que hacía en las calles, de la ligera llovizna y las mañanas grises. Sin embargo, mi conciencia no permitía que me callara mis sentimientos. Estaba lejos de ella, de mi hogar, de lo que realmente me interesaba y sólo huía como un cobarde de un monstruo que podía aparecer en cualquier momento.

Tía Queen insistía en que olvidara mi compromiso con aquella joven, con Mona Mayfair, porque creía que no era lo correcto. Pero, ¿qué era lo correcto y qué era lo incorrecto? ¿Acaso ella tenía que decidir todo lo que debía hacer en la vida? Yo entendía sus sentimientos, pero ella no parecía comprender los míos. Me había enamorado y había decidido que sería de mi vida en un futuro.

—Es una joven enferma, su familia tiene trapos sucios que jamás han sido lavados ni lo serán por su posición, y, por lo que sé, no tiene buena reputación—comentó girándose suavemente hacia mí—. Encontrarás a una muchacha que pueda ser de tu agrado—intentaba dulcificar aquel acto dictatorial.

—¿Acaso aceptaste casarte con otro hombre tras la muerte de tu esposo?—aquella pregunta le sorprendió—. Muchos quisieron que cambiaras de idea, te casaras y olvidaras al hombre que murió por hacer el idiota con un deportivo—mis ojos se quedaron clavados en los suyos y pude notar cierta impotencia. Odiaba ser así con ella, pero estaba hartándome—. Por mucho que la odies, por mucho que detestes el saber que me he comprometido en cuerpo y alma con ella, voy a casarme con Mona. Mona será mi mujer. Ella será mía y yo seré suyo, porque nuestros corazones están unidos y lo sabes. No vas a detenerme. Ya no soy un niño. Soy un hombre—me incliné hacia ella, la tomé del rostro y besé su frente—. Buenas noches, tía Queen. Espero que puedas descansar.


Me marché de su habitación y me encerré en la mía. Escribía apresuradamente un e-mail a Mona. Quería que ella supiera que seguía en pie mi decisión. Lucharía por estar con ella y por ser amado por su alma. Había decidido a quién amar y no cambiaría de opinión.  

miércoles, 3 de junio de 2015

Lo que realmente quería

Mona y Quinn siempre me parecerán una pareja encantadora. Por eso creé a Mona. Mona merecía una oportunidad y Quinn ser feliz.

Lestat de Lioncourt

Hay miles de motivos por los cuales podría ser sumamente infeliz. Quizás no soy de ese tipo de mujeres. No me importa haber tenido una infancia deleznable. Tampoco me arrepiento de mis pecados y fallos, pues cada paso sobre las ascuas de mi infierno me han hecho más fuerte. Soy lo que la vida ha moldeado, cincelando cada parte de mi alma, sin importar nada. He recorriendo un largo camino y me he dejado llevar por mis impulsos, mi codicia y también la necesidad de ser amada.

Durante décadas desconocí lo que era el amor, aunque sabía que mi familia me apreciaba de algún modo. Sin embargo, era una niña a la que nadie echaba cuenta. Me había convertido en un hermoso borrón de ojos verdes y cabello rojizo. Crecí demasiado pronto y comprendí que siendo el mismísimo diablo se gana más que siento el ángel que muchos veían. Coqueteaba y jugaba bien mis cartas, escuchaba a los espíritus y sonreía inocente ante la mirada libertina de cualquier hombre. Acepté la pasión, lujuria y desenfreno pero jamás el amor barato de compromisos vacíos. Vacíos como mi corazón hasta el momento en el que yo lo conocí.

Admito que en un primer momento me pareció ridículo y patoso, pero eso le daba un encanto excepcional. Podía ver en sus modales caballerosos, aunque torpes, a un hombre sincero que todavía tenía el encanto de la inocencia, o mejor dicho, el perfume de la virginidad. Creía en el amor puro y demencial de los libros que había devorado en su silenciosa habitación. Su hermano rondaba a su lado, como una replica perfecta, que arrugaba su nariz y torcía el gesto con cada mirada coqueta que yo le lanzaba. Me convertí en un muro entre ambos, la división visible, la herida más certera y la columna a la cual se aferró para sobrevivir a los actos pueriles que le tenía preparada la vida.


En sus brazos volví a ser inocente. Nací nuevamente como si fuese una nueva rosa, una amapola salvaje, que lograba germinar en el lodo del pantano. Creo que empecé a ambicionar algo más que poder y dinero. No quería ser escuchada, sino amada. Cuando me reflejaba en sus ojos podía verme como era realmente, sin tapujos ni dudas. En él encontré lo que realmente deseaba y quería. Por eso lo busqué. Sabía que él me daría la vida que se escapaba de mis manos y podría volver a sentir la libertad perdida. Quería huir del mundo, pero a su lado.  

domingo, 1 de marzo de 2015

Nada ni nadie es mejor que tú.

Tarquin ha decidido sacar nuevamente su vena romántica a pasear. Espero que les guste el texto que comparte con nosotros, aunque es para Mona.

Lestat de Lioncourt


Cada noche despierto con deseos de retenerte entre mis brazos y declararme en breves murmullos. Jamás he podido abandonar este pacto de amor y delirio. He desnudado mil veces mi alma y te he regalado cada verso que he leído, escrito o recordado. Te regalé la inmortalidad tras rogar a un Dios Oscuro, tan tenebroso como yo. Hubiese dado mi alma eterna por una sonrisa y por embriagarte con felicidad.

Tú eres la culpable de mi felicidad. Te culpo por todos los años en los que me he sentido secuestrado por la locura. He sido arrastrado por ti, tus manos y tu mirada. Acabé enloqueciendo por cada uno de tus besos. Mi alma se convirtió en esclava de tus deseos. Tú, amor mío, eras el fuego que iluminaba y calentaba mis noches más terribles. Y ahora, que te veo frente a mí, llena de pasión y descaro siento que vuelvo a caer al borde de tus tacones.

Nunca he podido pensar en mi vida sin ti. Una existencia sin tu voz, aroma y recuerdos sería sin duda vacía. Porque tú, amada mía, eres mi Ophelia y yo por siempre seré el caballero que corre a tus brazos, te saca del agua y aparta los pétalos que caen sobre tu cuerpo. Mi alma es la mitad de la tuya, ambos lo supimos aquel día. Estábamos destinados a convertirnos en uno solo. Compañeros eternos, a salvo del mundo y de la realidad tenebrosa que nos rodeaba. Siempre hemos estado condenados, pero la libertad la hemos saboreado al romper las reglas establecidas el uno con el otro.

Quiero verte salvaje y viva. Deseo observarte como una ninfa de las aguas, surgiendo de entre la profunda oscuridad y calma del pantano, dirigiéndote hacia tierra como si fueras una mística sirena. Necesito tenerte de nuevo otra vez besando mis labios, secuestrando mi aliento y alimentándome con la sangre de tus víctimas. Por favor, amor mío, seamos los demonios que atormentan al mundo y los jóvenes rebeldes que ocasionaron estragos en nuestro paraíso. Nada ni nadie puede compararse contigo. Desde que te conocí te he deseado, necesitado y amado. Nunca puse excusas para amarte ni fronteras para no tocarte. No tengas clemencia y ámame. Te hicieron para mí, pues eres lo que siempre soñé. Soy adicto al sonido de tus tacones y al desorden que provoca tus labios impulsando mi nombre con tu dulce voz.


Mi corazón es tuyo.   

domingo, 22 de febrero de 2015

Tú, tu pasión y la miel de tus labios.

Tarquin siempre tan romántico... provoca que me sienta ¿mal? No logro ser así. Tal vez porque soy un hombre de acción. 

Lestat de Lioncourt

Paraíso es sostenerte entre mis brazos, igual que se sostiene a una flor por el talle, observando tu poderosa belleza en tus ojos verdes. Me siento conmovido por el carmín de tus labios, el cual me atrae como si fuese una pátina de miel y yo una mosca. Siento que he dejado que mi alma se arrastre por el mundo, lamentándome siempre de mi soledad, pero en ti encontré el apoyo necesario para comprender, al fin, que la soledad se puede marchar con el hechizo de tus caricias. Hallé en tu alma a mi gemela.

Tu risa y el sonido de tus tacones, con tu peculiar y provocadora forma de andar, logran que te busque y te encuentre. Me has conmovido con tus lágrimas, sueños rotos, pétalos marchitos y viejas secuelas. Has hecho que deseé ser un caballero incluso en la intimidad, cosa que aún no he logrado. Tu alma es frágil, pero estás cargada de una fuerza que nadie podría esperar.

Te he rezado, como si fueras un ángel, para que tu me bendigas con tu presencia. Apasionada, libre, llena de vida y de oscuridad. En tus manos he encontrado la lujuria que no había en mi vida. Me has dado el aliento que había perdido al nacer. Deseo hacerte el amor con cada palabra que brota de mi boca. Eres poema perverso que aún no creé y canción desesperada que agita mi corazón.


¡Te amo Mona Mayfair!  

viernes, 20 de febrero de 2015

Deseos...

Había regresado a New Orleans con el deseo de festejar el carnaval. Francia era hermosa, pero no tenía sus ritmos demenciales y la fragancia de los pantanos. París podía ser especial para el amor, la pasión desenfrenada y los cabaret, pero no se comparaba con la belleza del Barrio Francés. Las calles, el ambiente, la necesidad de comprender aún más algo que ya no era parte de mí, pues desde hacía mucho era un monstruo, provocó que fuera directo a buscar a mis viejos compañeros: Mona y Quinn.

Me armé de valor, pues la última vez que los vi fue en un terrible altercado. Había escuchado cosas terribles sobre ellos, suponiendo incluso la muerte de ambos. La Voz pudo haberlos arrasado, pero había otros rumores. Un rumor continuo sobre que estaban vivos, ocultos en el Santuario, y que ocasionalmente visitaban First Street y Blackwood Farm. Sobre todo, la vieja mansión Blackwood con su embarcadero al lago y su cementerio privado.

Al llegar a Blackwood Farm me encontré con la agradable sorpresa de hallar a Mon sentada, entre las tumbas del cementerio, observando las lápidas sin nombre. Parecía perdida en un sinfín de pensamientos, cosa que era provable en ella. Siempre meditaba sus siguientes pasos. Era como un gran felino que acecha para lanzarse sobre ti.

—Mona...—dije apoyado en el centenario árbol, aquel que se hallaba allí medio podrido, y que parecía aguardar mi regreso.

Lentamente giró la cabeza observándome a mí, su creador. Creí ver una chispa de felicidad al verme, pero sus ojos verdes se volvieron un misterio desde la primera noche. No podía saber que pensaba ella, pues era demasiado pasional.

—Jefe—fue su única respuesta tras mucho tiempo sin verme. Presentía que aún seguía enojada por haber preferido a Rowan—. Quinn se encuentra en el santuario

—Oh...—dije clavando mis ojos claros en los esmeraldas. Tenía un aspecto suculento, como el de una mártir que está a punto de condenarte al infierno, y sabía que en sus pequeños labios carmín, esa boca tan pequeña, podía ocultar palabras terribles. Sin embargo, fue su generoso escote lo que más me llamó la atención—. Puedo ir a verlo luego, Mona—susurré inclinándome—. ¿Aún me detestas?

Entreabrió la boca tragando su propio veneno, respiro con molestia y llevó la punta de su lengua a sus colmillos. Sabía que se preparaba para hacer como si nada hubiese pasado, aunque por dentro imaginaba mil formas horribles de devolverme el favor por su coraje.

—¿Molesta por qué, Lestat?—fue su respuesta ante la evidente pregunta que calaba y heria su orgullo.

—No sé, brujita—me encogí de hombros, como si no supiese de qué demonios hablaba, pero de inmediato me eché a reír—. Evidentemente sigues molesta, pero tengo la solución a ese problema. Claro, que quizás no te agrade o no desees escucharla—alcé mis cejas y luego fruncí el ceño, para tomar asiento a su lado.

Las lápidas parecían más torcidas y oscuras que nunca. El musgo había trepado por algunas y permitido que ciertos hongos aparecieran. Nadie limpiaba ese lugar, pero estaban allí. Los cuerpos de los difuntos ya sólo serían huesos, sus ánimas habían sido observadas por Quinn durante su infancia y adolescencia, pero yo no veía ni sentía nada en ese momento. Jamás lo hice. Incluso tuve la sospecha que podía surgir de la nada Merrick, con aquel vestido blanco y esos enormes ojos verdes.

—Largo—fue su respuesta levantándose inmediatamente, no deseaba verme pues le enfureció su sola presencia y había jurado a Quinn no pelear más con su creador—. Debo retirarme, no estoy de humor para soportar tus idioteces.

De inmediato me levanté, colocándome a su lado. Su diminuta estatura la hacía suculenta ante mis ojos. Siempre la amé a mi modo. La deseé con todo mi oscuro corazón. Sin embargo, había cosas que no debía mover por el bien de ambos.

—Alto, Mona—susurré tomándola de la muñeca, para colocar su mano en mi bragueta—. Te deseo. He venido a buscarte porque te extrañaba. Ese cabello de fuego, esos ojos y tu veneno... porque no sólo tienes veneno en la lengua, querida mía.

Entonces, con furia, forcejeó liberándose de aquel agarre. Sus cabellos se agitaron por una ráfaga de viento, convirtiéndose en una llamarada cargada de poder y perfume de cerezas. Yo, sin embargo, no sentía ganas de permitirle esos reproches.

—Vete y déjame en paz. No estoy de humor para escuchar tus estupideces de patán. ¿Por qué no te vas con tus putas esas que tanto te agradan?—aquella pregunta me hirió, pero intenté aparentar que estaba firmeza—. Imagino el pirómano y la loca te deben gemir y abrir las piernas de par en par. Me das asco. Largo de mi vista

—Eres una cínica—dije tomándola del mentón, para luego empujarla contra el árbol, pegando mi cuerpo contra el suyo—. ¿Y qué importa si me abren bien las piernas? Lo importante es que te deseo a ti, brujita.

—Que seas mi creador no te da derecho de obligarme a follar contigo. ¡Imbécil!-gritó. Después me propinó una fuerte bofetada, provocando que me echase hacia atrás tocando mi rostro. Con ello logró librarse de mí.

—Está bien, como digas, uno viene a darte un trozo de su oscuro y malévolo corazón, arrastrándose a pedir disculpas, pero tú te atreves a golpearme—comenté apoyado en el árbol mientras la observaba con una sonrisa burlona. Sabía que eso la fastidiaría más que mostrar la furia que contenía en esos momentos—. En fin, me marcho. Descuida que no volverás a verme.

—Me alegro—respondió, llena de júbilo, apartándose lo más rápido que pudo. No quería verlo, aunque deseaba estar en sus brazos odiaba ser mi tercera opción. Al menos, así lo creía.

Ella no era mi tercera opción, pero no podía estar a su lado. Mi hermanito era su pareja y yo debía aceptar que la creé para él y no para mí. Fue algo que tuve que aceptar forzosamente. De inmediato, me sentí frustrado, pues ella era mi mejor creación y me pertenecía. De alguna forma me pertenecía. Eché a caminar apresuradamente, apretando más el paso, hasta que la alcancé. La tomé entre mis brazos, tirándola al pasto mientras la besaba frenéticamente. Su vestido, aunque minúsculo y provocador, quedó reducido a nada. Sólo eran jirones.

—¡Sueltame maldito infeliz!—fue su respuesta, revolviéndose bajo mi cuerpo, con furia, y golpeando mi rostro con todas sus fuerzas.

Sin embargo, yo no escuchaba. No pararía. Metí mi mano diestra entre sus piernas, acariciando su clítoris e introduciendo dos de mis dedos, para comenzar a estimularla. Sentí un cosquilleo que subía por toda mi columna vertebral. La amaba de forma egoísta y la deseaba como cualquier hombre lo haría.

—Eres mía... siempre mía -jadeé como única respuesta.

—¡Ya basta!—gritó furiosa, cerrando sus piernas pues no quería ni siquiera sentir el roce de mi piel contra la suya.

—¡Por qué!—espeté—. Me amas ¿por qué me rechazas?—pregunté furioso—. Deja de hacer como que no sucede nada—chisté abriendo de nuevo sus piernas para lamer su clítoris, hundiendo mi cabeza en su sexo y permitiendo que mis manos sostuvieran sus muslos. Mis dedos se hundieron en su carne, que era mucho más tierna que la mía. Yo parecía una estatua de piedra que caía sobre ella, igual que una gárgola, para someterla a mis necesidades.

Al sentir aquellas caricias obscenas su cuerpo tembló, lleno de placer, emitiendo un fuerte gemido. Esa deliciosa sensación de éxtasis recorrió toda su figura, convirtiendo su furia en deseo. Mi lengua se movía entre sus labios inferiores, su escaso vello pelirrojo rozaba su nariz y su aliento lo hacía contra estos. Mis manos se apretaron a sus caderas, pero pronto acabé llevando y hundiendo su índice derecho en su vagina, mientras seguía mordisqueando, succionando y lamiendo su clítoris.

—¡Lestat!-gimió llena de placer retorciéndose por cada acción. No podía resistirse y mucho menos negarse a si misma a aquellas atenciones.

Mordisqueaba su clítoris y enterraba un segundo dedo. Deseaba escuchar sus gemidos mientras notaba mi miembro duro, completamente erecto, bajo mi pantalón. Me incorporé, la miré con deseo bajando la cremallera y saqué mi miembro.

—Ven, ven aquí y demuéstrame cuanto te gusta.

Hice un corté deliberadamente mi miembro, justo en el glande, para que ella lamiera. Dolía, aunque sabía que salpicado con mi sangre le excitaría aún más. Los vampiros sentimos una atracción irrefrenable hacia la sangre, sobre todo la de un igual. El poder que alberga le da un toque más delicioso y placentero.

Ella gateó hasta mí. Quedó sobre sus rodillas y comenzó a lamer y succionar mi miembro. Mordiendo este hasta hacerlo sangrar nuevamente, mientras se aferraba a mis caderas rasguñando sus costados por debajo de mi camiseta y chupa de cuero, pues iba con mi aspecto de rockero en apuros. Acabó llevando sus manos de vez en vez a su abdomen, acariciando éste.

Eché mi cabeza hacia atrás, mientras sostenía su cabeza entre mis manos. Tocaba el paraíso con la punta de los dedos. Mis caderas se movían lentamente sin dejar de gemir bajo. La dejaría hacer eso unos minutos, para luego dárselo de la forma más brusca y apasionada que existiera. Ella clavó sus colmillos en mi miembro, de nuevo, provocando que emanara con más intensidad la sangre. Estaba succionando y clavando su mirada en la mía, llena de perversidad, haciendo sonar sus labios cada que se alejaba de éste.

Arrugué la nariz, pero al agachar la cabeza y verla sentí que debía hacerlo de una buena vez. La aparté tirándola en el pasto, abrí sus piernas y la penetré apoyando mis manos a ambos lados de su cabeza.

—Brujita... —jadeé cerrando los ojos, mientras hundía mi rostro en su cuello.

Volvía a ser mía.

—Jefe... —dijo como en una plegaria estremeciéndose ante las estocadas y embestidas.

—Brujita, eres mía—susurré enterrando mis dedos en la tierra, mientras movía las caderas con mayor rapidez- Te extrañé... Mona... Mona...

—Lestat... —gemía mi nombre, totalmente fuera de sí, por el placer. Abría sus piernas aún más, buscando que yo tuviese mayor acceso a su confortable interior.

Busqué sus labios mordiéndolos, para beber de ellos, mientras movía más mis caderas. Mi cuerpo se estremecía con el suyo. El calor de sus muslos me torturaba. Ella volvía a estar bajo y mi cuerpo y eso es lo que me importaba.

Besó mis labios lentamente mientras mi apretaba entre sus muslos. Entonces, cerró las piernas para que fuese más difícil salir de ella. Sentí como me apretaba, casi cruzando sus piernas alrededor de mi cuerpo, mientras notaba sus fluidos empapar mi miembro.

—Mona...—jadeé entre gruñidos, justo antes de hundir mi rostro entre sus pechos para mordisquear sus pezones y lamer sus clavículas. En el momento que me sentía ir, me aparté. Como pude me libré de ella y enterré de nuevo mi lengua entre sus piernas, para de inmediato masturbarla otra vez con mis dedos. El pasto alto rozaba mi miembro y este parecía desesperarse por entrar. Quedé de rodillas estimulándola con mi mano derecha, mientras la izquierda pellizcaba sus pezones, azotaba sus pechos y hundía un par de dedos entre sus labios—. Usaré todos tus agujeros hoy, Mona—advertí antes de girarla sin previo aviso, pegué sus nalgas ami miembro y lo enterré en su redondo y prieto trasero.

Colé la derecha entre sus piernas, por el costado, abrazándola con ese brazo, para llegar con mis dedos a su sexo. De ese modo podía estimular su clítoris en cada embestida.

Gritó al sentirme dentro, revolviéndose durante unos instantes por el dolor que se fue atenuado entre la estimulación y el placer de mis caricias. Mi cabeza daba vueltas. Sus nalgas eran tan apretadas como su vagina. Tenía un trasero redondo que era idóneo para azotarlo, cosa que hacía, pero de nuevo cambié de orificio, aunque no de posición, dando tres estocadas finales antes de llenarla con mi simiente. Dije su nombre junto a un te amo, muy sincero aunque desconocía si me creería.

Su cuerpo se estremeció al sentir aquel éxtasis propio del sexo, llegando ella al suyo. De inmediato se apartó y gateó hasta su ropa comenzando a vestirse. Yo tan sólo me quedé contemplándola durante unos momentos, para después tirar de uno de sus brazos. Deseaba retenerla entre mis brazos. Aún tenía el pantalón algo bajado y el cierre también, pero no quería vestirme y huir como estaba haciendo ella.

—¿Dónde crees que vas?—pregunté, pero se alejó ignorándome por completo.

—Mona, ¿qué ocurre?—dije incorporándome, mientras me colocaba la ropa.

—Adiós—respondió apartándose aún más, pues quería huir de mí y de nuestro pecado.

—¡Mona!—grité corriendo tras ella hasta alcanzarla—. Mona... dame una explicación.

—¡Quinn! ¡Quinn!—empezó a llamarlo a gritos, corriendo desesperadamente hacia el embarcadero. Él llegaba.

Mi hermanito estaba allí. Llevaba un gabán negro de tela gruesa, unos jeans desgastados y unas buenas botas. Parecía un señorito refinado. Tenía un jersey gris y una camisa blanca que destacaba gracias a la corbata roja. Sin duda era un hombre atractivo y por siempre eterno, siendo algo más joven que yo en apariencia. Su fuerza era increíble, pese a su juventud, y él me miraba con los ojos azules esperando una explicación que no di en ese momento. Tan sólo salió de la barca y la abrazó. La estrechó demostrándome que yo no era nada ni nadie. Él era su apareja. Él y no yo. Su compañera era Mona y el mío, por supuesto, era Louis. De algún modo siempre sería Louis, pese a mis deseos hacia ella y mi necesidad de poseerla mil veces cada noche.

—Mona... —murmuré apretando los puños—. Buenas noches, hermanito.

—Vete, Lestat—dijo en un tono cortés—. No quiero discusiones. No ahora mismo. No aquí, en mis tierras. Por favor, te lo ruego.

—Ya escuchaste—dijo rodeando a su amado Abelardo, apretando sus pechos contra su brazo izquierdo.

—Quinn... no vine a discutir. Deseaba hablar con Mona en privado, pero ha huido —dije mirándola de reojo. Quería besarla de nuevo, abrazarla contra mi cuerpo y arrastrarla conmigo a París. Debía conocer mis nuevos dominios, la belleza de París y las oportunidades de Europa. Pero Quinn la rodeó y besó su frente, recordando que estaba de más.

—Márchate, por favor, no es tiempo. Nos veremos en unos días, si así lo deseas. Pero ahora, por favor, te quiero lejos de ella, de mi mansión y de todo lo que soy—susurró estrechándola con firmeza. No la dejaría a solas conmigo, aunque sabía que había ocurrido. Sus celos eran evidentes. Él no podía negarlos ni ocultarlos.

—De acuerdo...—susurré.


Me marché de allí. Decidí irme. No quería estar contemplando mi traición y locura hacia él y hacia ella.

Lestat de Lioncourt

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Amor, te conocí cuando usabas a Mona... has vuelto a las andadas. ¡Volvemos a ser Lestat y Mona justo en nuestro segundo aniversario! Gracias por estos momentos que vivimos y los de diversión creando nuestros fics. 

Te amo  

domingo, 25 de enero de 2015

Esas lágrimas aún las recuerdo

Tarquin hablando sobre Manfred... seguro que están llorando.

Lestat de Lioncourt



He experimentado muchas cosas extrañas en mi vida. Tantas cosas que ya ni siquiera recuerdo bien cual de ellas ha sido la mayor de todas, pero la que mayor huella me dejó fue aquel anciano llorando por mí, por la vida que me iban a quitar de un plumazo y por los sueños que no cumpliría. Lloraba por mí de una forma tan auténtica que me conmovió noches después, cuando todo pasó y pude comprender que todo se había acabado. Algo en mí había muerto para siempre y él lo sabía. Comprendía bien el proceso porque él lo había vivido tiempo atrás.

Fue un acto salvaje y cruel. Un acto que no esperaba. Sabía que debía enfrentar a mis miedos, dejando de ser un cobarde, porque tenía defender lo que creía que era mío. Mi juventud, o más bien mis hormonas adolescentes, no me permitió razonar y recapacitar. Me metía en la boca del lobo. Y el lobo aullaba con furia. Una furia que no pude controlar y que, por si fuera poco, fue parte de un espectáculo terrible para aquel viejo.

Desde que era un niño, cuando aún ni siquiera era capaz de pronunciar bien su nombre, me enseñaron su retrato. Aquellos ojos parecían consternados por el dolor, sus arrugas parecían papel de cartón mojado y esas canas, esas malditas canas en el poco cabello que tenía, me recordaban al precio que se debía pagar por la edad. Todos decían que enloqueció el día que su mujer, Virginia Lee, fue enterrada. Había una nube de misterio entorno a él. Muchos fantasmas se aparecían en aquella mansión, pero ninguno era Manfred. El viejo Manfred, del que poco sabían sus orígenes o sus últimos pasos. Se decía que tomó un bote, remó por el pantano y se perdió. Algunos decían que el demonio con quien hizo un trato se lo llevó y otros que los caimanes tuvieron un gran festín que duró días. No era un demonio, sino un vampiro. Y yo conozco bien a ese vampiro, pues es el mismo que me hizo lo que soy y que otorgó dolor, sufrimiento y rabia a ambos en el momento crucial.

Cada lágrima que vertió por mí fue como un poema de amor. Él me quería como si fuese un descendiente suyo, pero en realidad ¿no era descendiente de Julien? Ese fantasma que me había invitado a galletas y chocolate, que recitó para mí aquel viejo poema y rió encantador mientras me negaba mi futuro matrimonio con la hermosa Mona, la misma Mona que ahora yace a mi lado convertida en un monstruo al igual que yo. Pero, ¿entonces por qué mi forma de ser es tan similar a la suya? ¿Por qué soy tan sentimental? ¿Es que hay algo que no sepa? ¿Quizás mi bisabuela era su hija y por eso mi bisabuelo era incapaz de tomarla como amante? ¡Quién sabe! Soy incapaz de formular la pregunta porque quizás no quiero saberlo. Tal vez es demasiado enredo para mí. Un árbol extraño, tan extraño, que me tortura. Un árbol cuyas raíces se pudren en el pantano donde ambos desaparecimos y nos convertimos en vampiros... vampiros en Nápoles, entre mafiosos y novias muertas empapadas en sangre. Novios de la oscuridad, la tristeza, el placer y la sofisticación.


Y todo por unos camafeos... unos insólitos camafeos... un pantano... una gran suma de dinero y un misterio que aún me provoca náuseas.  

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Hermanito

Siempre pensé que te encontraría cuando quisiera. Jamás creí que te perdieras en mitad de la oscuridad. Tus pasos ya no los encuentro, es como si los hubiesen borrado a conciencia para que olvidara tus vibrantes ojos azules. Sin embargo, todo lo que hemos vivido es imposible olvidarlo tan fácilmente. Nadie podrá romper el vínculo que nos unió. Era una hermandad cuasi perfecta que se ha convertido en uno de los pasajes más extraños de mi vida.

Apareciste de la nada con tus gestos torpes, tus ojos ilusos y una juventud cargada de estúpidos pensamientos sobre mi heroicidad. Me amabas sin conocerme, como si fueses un simple mortal. Amabas los libros que yo había escrito, el eco de mi voz en el tiempo convertidos en éxitos de venta. Esos dedos largos, suaves y delicados me hablaban de una esmerada educación. Tu ropa bien elegida, el cabello delicadamente cepillado y tus labios temblorosos decían a gritos que eras sólo un niño dándoselas de hombre.

En mi época los hombres se curtían peleando, cazando, luchando por la supervivencia y aceptando su destino con absoluta resignación. No eran como tú y como yo. Sobre todo no eran como tú. Se habían dedicado a tenerte entre almohadones dándote todo. Cuando te viste indefenso frente al monstruo que alimentaste, porque no dejaste de enfrentarte a él causándole curiosidad y admiración, no pudiste correr ni usar las escasas armas que poseías.

Tarquin siempre serás el chico que vino a visitarme, el muchacho que estaba aterrado por el fantasma de su hermano y que había sido convertido de la forma más bruta que jamás he escuchado. Tu narración me calentó el corazón y provocó que te amara. Tu admiración me hizo estallar en carcajadas unísonas a las tuyas. De haber sabido que te tomaría tanto cariño jamás habría permitido que te fueras.

Quinn... faltan tus flores en el cementerio. Tía Queen está esperándote enterrada allí, con sus pequeños huesos y su elegante traje, igual que tus abuelos. ¿No extrañas la ciudad? ¿No echas de menos el Carnaval y las celebraciones más típicas? Ya hay villancicos y yo no puedo dejar de recordar como llorabas con Noche de Paz. Hermanito, ¿qué te hemos hecho para que no regreses a casa? Dile a esa pelirroja peligrosa y atractiva que se cuelgue de tu brazo, sonría y te diga con suma inteligencia que es hora de volver a casa. Volved. La voz se ha llevado a cientos, pero quiero pensar que vosotros sois tan inmortales como mis recuerdos.




Lestat de Lioncourt 

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Errante en su pasión

Pues otro texto sobre Quinn y su amor. Otra vez nos deja mal a todos. ¡Gracias! 

Lestat de Lioncourt 


Estar lejos de ella era como morir un poco a cada paso. El reloj marcaba las horas como una terrible guillotina. Deseaba encontrarla y derretirse entre sus manos. Ansiaba los besos ardientes de sus labios de carmín. Tienen el color y la sensualidad de un par de cerezas. Son carnosos, sensuales, seductores y terriblemente deliciosos. Sus ojos son dos prados cargados de esperanza. No necesita una esmeralda en su cuello para poseer un par de gemas. Parece una muñeca, pero no sólo por la perfección de su figura. Ella lo parece por lo clara y suave que es su piel, pues parece de porcelana fina. Sus pecas fueron pintadas con buen pulso, dejándolas sobre su nariz y sus mejillas. La pasión baña sus cabellos rojos como el fuego, los cuales se agitan en mitad de la noche como si fuera una llamarada. Tenerla cerca es demencial. Esos vestidos ajustados, cortos y llenos de pedrería, o tan trasparentes que no dejan nada a la imaginación, te vuelve tan enloquecido que pierdes la cabeza con facilidad.

Si tuviera que piropear a una mujer como ella no sabría. Se quedaría tan mudo como la primera vez que sus ojos se cruzaron con los suyos. Esas pestañas tan espesas, rizadas y largas que decían con cada guiño «Ámame». Y él la amó sin límites, sin fechas, sin necesidad de hacer pactos y con el corazón entre sus jóvenes manos. Dejó que lo arrastrara a un mundo lleno de fantasía sin pudor alguno. Su lengua se enredó en la suya y su alma quedó atada. Ambos se marcaron sin necesidad de mordidas y arañazos. Dejaron que sus almas se contaminaran. Por eso, estar lejos es como morir un poco.

Imaginaba sus brazos como si fueran la frontera del paraíso. Solía soñar con su cuerpo de sirena varado en su vieja cama, desnuda por completo sobre un manto de flores y con una pícara sonrisa. Sus largas piernas, bien torneadas y de rodillas perfectas, se abrían brindándole unas vistas tentadoras y peculiares. Su corazón bombeaba como si siguiese siendo un adolescente condenado a amar a la musa que le insuflaba coraje. Quería beber de sus labios, hundirse entre sus senos, mordisquear sus rosados pezones y navegar sobre su vientre plano.

Se sentía Willem van der Decken caminando sin rumbo y sin tocar tierra, pues tierra era su cuerpo y su cuerpo era felicidad. Tenerla a su lado, contemplándola embelesado, era sin duda lo único en lo que pensaba en las largas noches en las cuales decidía escaparse de su lado, recorrer el mundo por su cuenta y aprender a sobrevivir para superarse así mismo. Jamás sería lo suficientemente bueno para Mona. Nunca sería aceptado del mismo modo que lo hubiese sido otro. Él la había condenado; pero en realidad, para él, la había salvado. Aún así, a pesar de las fronteras y la lejanía, cuando regresaba su pasión se desbordaba y la cama reconocía su ímpetu junto a ella.


Las palabras de amor suenan lentas mientras la pasión es frenética. Las piernas se cansan, los amantes pueden quedar dormidos, pero el amor, ese extraño sentimiento, sigue en pie extendiéndose en el alma de ambos hasta llevarlos a la cima del placer.  

domingo, 6 de julio de 2014

Ella, Petronia

Hace mucho tiempo Quinn me contó una historia. Mi hermanito quiso dejar claro que fue algo que descubrió poco a poco, explicó sus emociones, y sin embargo hay cosas que se guarda para sí. Aquí deja unos breves pensamientos. 

Lestat de Lioncourt 


Si hubiese pensado por un instante cuánto iba a cambiar mi vida, o al menos imaginar como sería con todo patas arriba, me hubiese quedado en mi habitación sin hacerme el héroe. Realmente debí quedarme encerrado allí, ajeno a todo y pensando que la vida era simple, aunque maravillosa, y que pronto tendría un futuro mejor con un nuevo tutor. Debí apreciar, sin duda alguna, los placeres que se postraban ante mí. Sin embargo, no lo hice.

Mis abuelos habían muerto recientemente y los sucesos paranormales comenzaban a ser cada vez más agobiantes. Tía Queen hacía oídos sordos a todo, pero a veces me trataba como si fuera un joven atormentado. Ella no quería admitir que podía ver a Goblin, e incluso sentirlo cerca, pero esa es otra vieja historia. Por aquellos días, en los cuales expuse tontamente mi vida, decidí investigar que había más allá del pantano. Pues sabía por historias, aunque no estaba seguro de su veracidad, que además da caimanes y mosquitos tenía que existir un viejo refugio que construyó Manfred. Manfred era mi antepasado, aún colgaba el cuadro de su mujer y el suyo propio en el salón, y se le tenía como un Loco que pagó cara cada imprudencia.

Lo que encontré en ese pantano lo he contado a quien creo es el héroe de tantos, Lestat, y a personas cercanas a la organización de Talamasca. Sin embargo, si debo ser sincero, aún hoy siento que no lo he dicho todo. Me he guardado gestos y sensaciones que aún me impresionan. Creo que no he hablado correctamente de la profundidad de sus ojos, el cinismo y frialdad de su risa, y de lo cálidas que se vieron una vez sus lágrimas. Los tesoros encontrados no fueron nada para aquello que realmente acabé viendo y sintiendo. Descubrí una puerta a la eternidad, la cual no estaba cerrada sino encajada, y que acabé traspasando.

Encontré a Petronia.


Cuando tuve los primeros encuentros con aquel ser creí que se trataba de un hombre, el cual sacaba tajada de tierras que creía mías. Manfred había construido aquel lugar, así que me pertenecía. La pequeña vivienda de dos plantas, con sus horrores incluidos, y aquel monumento funerario hecho de oro. Sin embargo, descubrí súbitamente que sólo jugaba y que era una mujer. Una hembra fuerte entre vampiros, un ser eterno con los ojos tan profundos que eran insondables, y una sonrisa fría pintada en sus labios. Sí, descubrí un monstruo. Pero ese monstruo también me mostró el dolor y un mundo completamente desconocido. No puedo reclamar nada. Ella se convirtió en mi madre.  

jueves, 5 de junio de 2014

Rosa de fuego y nieve

Bonjour

Comenzamos un día más, o mejor dicho noche, con algo especial. Tarquin quería regalar algo especial a Mona y es el siguiente poema. ¡Tengan peidad con éste Romeo!


Lestat de Lioncourt


Deliberada atracción, seducción sin límites,
belleza cargada de misterio y silencios,
eso eres, pues eso has sido siempre.
Dicen que todos tenemos un precio,
pero tus ojos me dicen cuando no me mientes.

Verdes esmeraldas, campos llenos de frescura,
con sin duda el rocío de tus lágrimas
caí preso de la más dulce de las locuras.
Me enamoré de ti, muchos dicen que ciegamente,
pero no estoy loco, estúpido o necio.

Tu piel es nieve salpicada por estrellas,
que bajaron del cielo a besarte,
y quedaron retenidas en tu escote
dejando una seductora y hermosa huella.
Tanta belleza tan sólo pudo ser creada por el arte.

Que la lava de tu pelo caiga sobre la nieve,
que la esperanza de los valles corone tu sonrisa
y que ésta, tan tierna y pícara, sea mi guía
por versos conjugados con nervios y prisa...
Por favor, seré tuyo y tú serás mía.

Fuego, libertad...
eso canta tu voz.


Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt