Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 19 de septiembre de 2016

Todo está claro

Pobre Goblin y pobre Quinn.

Lestat de Lioncourt 

Aún puedo escuchar las historias que contaba la Gran Ramona sobre la locura de Manfred Blackwood, el loco, cuando era tan sólo un niño. Me sentaba en sus faldas y me hacía prometer que jamás cruzaría el pantano, pues había innumerables peligros, para confirmarlo. Mi abuela, Sweetheart, me miraba con ojos amorosos mientras terminaba de hornear alguna de sus tartas de manzanas, arándanos o peras. Mi abuelo Pops estaba fuera, con la azada, haciendo su trabajo habitual para plantar los limoneros o arar los huertos, junto con los muchachos que eran descendientes de los viejos esclavos. Jasmine era también muy joven, una adolescente, y solía estar por la cocina hablando de su sueño de ir a la mejor universidad.

Todavía puedo. Es algo que no me arrancará jamás el tiempo. Mi dulce y típica vida de chico de campo, el cual era incorregible para llevar al colegio. El motivo, el único y especial motivo, que existía era que yo poseía un “amigo imaginario”. Él se parecía a mí, pero sus actos eran menos bondadosos con el resto de la familia; pues para mí los empleados de la granja eran familia.

Tenía diez años cuando correteaba por el pasto persiguiendo luciérnagas. Era una noche de verano muy tórrida. Mi madre había llegado tras meses sin dar señales de vida. Mi abuelo lloraba en su habitación y mi abuela, que siempre estaba atenta a mí, contenía sus ganas de llorar sentada en la terraza junto a mi tía Queen. Tía Queen era una mujer muy fuerte, aunque era mayor que todos en la casa, y siempre aparecía para tomarse unas merecidas vacaciones.

Ese día noté algo distinto. Ella decidió que viviría con nosotros para siempre, porque estaba cansada de viajar. Debí hacer caso a mi instinto y a todo lo que pude ver en su aura; pero yo era un niño. Goblin, como así llamaba a ese amigo imaginario, no paraba de saludarla e intentar que lo mimara igual que a mí. Ella lo ignoraba, como no. Todos lo ignoraban como si no existiese. En las primeras ocasiones se ponía a llorar, pero con el paso de los años sólo sentía rabia, ira, impotencia y dolor. Podía ver esos sentimientos reflejados en sus ojos tan similares a los míos. Él se parecía a mí en todo, salvo que yo era un niño y él un fantasma.

Años más tarde he comprendido todo lo que ocurría. Goblin era mi hermano gemelo muerto a las pocas horas de nacer. Él tomaba más fuerza con las visitas de mi madre. Todos en la casa, incluyendo a varias personas del servicio, podían verlo. El motivo era evidente. La mayoría de nosotros descendíamos de los Mayfair, una poderosa familia de brujos. Manfred Blackwood no era mi antepasado, sino su amigo de juergas llamado Julien Mayfair. Ambos hicieron un pacto para que Julien tuviese relaciones con la nuera de Manfred, pues su hijo era incapaz de mantener relaciones, y por ende descendencia. Ambos hijos eran fruto de un engaño a la pobre mujer, la cual jamás supo que no era su marido quien se disfrazaba, con máscaras y ropa estrafalaria, para la concepción. Los antiguos esclavos tuvieron vínculos con los Mayfair, pues hay una rama negra en la familia, y estos tuvieron contacto con nosotros porque Manfred los contrataba como hombres libres. Finalmente todo fue encajando. Incluso encajó el hecho de poder oler a los Taltos, unas criaturas similares físicamente a los humanos.

Siempre creí que imaginaba las miradas de tía Queen, miradas de miedo y odio, hacia Gawain, como realmente se llama mi hermano. Esas miradas que un día se convirtieron en motivo, más que suficiente, para matarla por parte de ese espíritu burlesco que, con el paso de los años, acabó siendo cruel.


domingo, 5 de junio de 2016

Fantasma

Lo de Goblin es algo que no puedo comprender del todo... bueno sí. Amaba a su hermano de muchas formas, pero que Quinn no se diese cuenta que era su hermano...

Lestat de Lioncourt 


Hacía días que mi abuelo había fallecido y no podía olvidar los momentos previos a conocer la noticia. Esas manos fantasmales recorrían mi cuerpo y mi figura se doblegaba ante sus deseos. Aún podía escuchar el sonido de la ducha golpeando los azulejos, baldosas y la cerámica la bañera. Incluso sentía el vapor del agua calentando mi piel ascendiendo hacia el techo mientras el espejo se enturbiaba. Todo era un sueño vívido demasiado terrible porque la tristeza de la muerte de mi abuelo se mezclaba con la excitación extraña de esos momentos.

Desde que tengo memoria él ha estado junto a mí. Jamás ha hecho algo como aquello. Fue horrible saber que conocía con detalle mis bajos instintos. Hizo que me pegara a la pared del baño y abriese las piernas sin pudor igual que una fulana bien entrenada. El agua empapaba mis rizos provocando que se pegaran a mi rostro y nuca, mientras él me agarraba de las caderas y me hacía sentir su miembro invisible. Me hizo gemir. Logró que gimiera su dichoso nombre.

Tumbado en aquella cama completamente desnudo, sofocado por el calor y los recuerdos, noté su presencia. Siempre estaba ahí, pero a veces incluso percibía donde miraba. Sus ojos se clavaron en los míos mientras se hacía ver tomando forma. Su piel lechosa, sus ojos azules y su cabello negro era tan idéntico a mí como el resto de sus rasgos. Era como ver a un gemelo perverso buscando en su igual a un amante. Pero, ¿yo que era? Yo era la fulana de ese hermano, amante de un incesto, que necesitaba ser correspondido.

Sin pensarlo mucho abrí mis piernas invitándole en silencio. Mi mano derecha comenzó a deslizarse de mi torso hasta mi vientre y de mi vientre hasta mi pene. Agarré con fuerza mi miembro y comencé a estimularme sintiendo el extraño peso de Goblin, como así lo he llamado siempre, sobre el colchón y luego sobre mí.

Se personó vestido pero en un pestañeo estaba desnudo impulsándose fuerte entre mis piernas. Notaba como esa energía pavorosa pulsaba con fuerza mi próstata. Su lengua viscosa e invisible se hundía en mi boca y prácticamente me arrebataba el aliento. La cama se movía suavemente por cada impulso. Mis piernas se abrían cada vez más y pronto mi espalda se arqueó dejando que sólo me apoyara en el colchón por mis hombros y talones. Él me levantaba de aquellas sábanas revueltas, de ese colchón vencido y de una cama que jamás había creído que la usaría para un acto tan ruin.

Dejé de masturbarme para aferrarme a las sábanas, pero él me liberó para girarme de un solo golpe. Noté como me pegaba el rostro a la almohada y me penetraba de nuevo con una furia increíble. Parecía querer marcarme a fuego como de su propiedad. Incluso notaba sus dedos fantasmales envolviendo mi sexo con deseo. Finalmente cerré los ojos dejándome llevar como cualquier puta y grité algunos gemidos porque el placer me cegaba. Cuando llegué a la eyaculación escuché su risa jactándose de lo que había provocado mientras se desvanecía.


¿Qué era yo? ¿Un divertimento? Posiblemente. Él se divertía haciéndome experimentar aquello.  

lunes, 16 de noviembre de 2015

Goblin quiere a Quinn

Goblin y sus escritos en el ordenador de Quinn. ¡Los he podido rescatar! Extraño a mi hermanito...

Lestat de Lioncourt


Tu dolor es mi dolor.
Tus lágrimas son mis lágrimas.

Soy la Alicia a través del espejo.
¿Recuerdas ese cuento?

Oh, lo recuerdas.
Tanto miedo, tanto dolor, tanta mentira...

¡Crueldad! ¡Crueldad!

Pues así vivo, rodeado de ciegos que dicen no ver y de sordos que escuchan demasiado bien lo que ocurre tras la pared. Vivo entre miseria, basura de sentimientos, y estercolero de penas. Estoy aquí, parado frente a ti, y tú no quieres verme. Me temes, pero me necesitas. Me necesitas y me amas. Sé que me amas. Algo en ti te dice que me observes con cariño y piedad, pero ¿existe la piedad en mi corazón? ¿Tengo corazón? ¿Quién soy? ¿Sabes quién soy? Soy tu reflejo, juego contigo desde hace tiempo y quiero ser como tú. Deseo que me muestres qué es la vida y porqué todos parecen disfrutarla, aunque yo no sé porqué me prohibieron saborearla. ¿Cuál es el motivo? ¿Acaso no merecía ser como tú? ¡Oh! ¡Dolor y miseria! ¡Miseria!

Lloro... estoy llorando... mírame... ¡Lloro y tiemblo!

Necesito sentir el sol calentando mis mejillas, dándoles color, mientras el sudor corre por mi piel y me siento libre de ir donde desee. Pero no puedo. No puedo salir de ésta ciudad. Ésta casa es mi lápida, la piedra angular de mi tristeza y drama. Jamás sé lo que ocurre. Me desvanezco y tiemplo. Te necesito tanto como tú a mí. Hazme caso, por favor, si crees en Dios sé bondadoso y apiádate de mí. ¡No quiero dañarte! Pero te envidio tanto... Desearía saber como se siente el roce de la camisa de algodón sobre nuestro frágil cuerpo, el perfume refrescante en nuestro cuello y esos besos cálidos de tu abuela. ¡Oh! ¡Maldito seas!

Perdóname... No quería decir eso... ¡Perdóname! Yo no quería decir eso. Lo siento mucho. Lamento haberte dicho algo tan terrible. Yo no soy malo. No quiero ser malo. Nunca quise hacerte daño. Necesito comprender. Debo comprender. Por favor, créeme.

¡Goblin te ama, Quinn! ¡Quinn! ¡Quinn! ¡Yo soy Goblin! ¡Soy Goblin! ¡Goblin! ¡Te amo, Quinn! ¡Quinn, tú me amas! ¡Yo sé que me amas! ¡Amor, Quinn! ¡Quiero amor! ¡Amor! ¡Sólo quiero amor! ¡Compadécete de mí! ¡Quinn! ¡Quinn! ¡Oh, Quinn!

Soy el niño que falta en la cuna.
El ave que arrulla en la noche.

Mírame, mendigo tus abrazos,
aunque seas mi asesino, hermano.

Soy el espíritu que besa la luna
y que codicia el camafeo de tu broche.

Mírame, mendigo tu amor...

aunque no me tiendas tu mano.  

jueves, 10 de septiembre de 2015

Tú y yo

Goblin me recordó mucho a Amel cuando codiciaba la sangre, pero también codiciaba algo más. Quizás él deseaba tener un cuerpo.

Lestat de Lioncourt 


Tú. Tú y la oscuridad. Tú y el amor. Tú y la vida. Tú y la sangre. Sólo tú. Tú y nadie más. Pensabas que eras especial, único, maravilloso, perfecto y gentil. Tú eres mi asesino, mi hermano, mi único amigo y el capricho por el cual yo sigo aquí. Mírame. Somos iguales. Soy tu reflejo perverso, ¿o quizás eres tú el más perverso de los dos?

Mírame. Lee la pantalla y mírame. Estoy aquí encerrado en un mundo distinto y frío, tan frío como la frivolidad de tus elegantes paseos por la ciudad. A ti te dieron todo, pero a mí sólo me ofrecieron un último beso antes de meterme en una pequeña tumba. Sólo soy huesos, Quinn, y tú tienes una vida por delante. ¡Una vida eterna! Te odio. Maldigo todo lo que eres, pero a la vez te amo. Es un vínculo que no podemos romper. Tú y yo somos lo mismo, pero a la vez somos algo distinto. Me duele.

Tal vez no tengo un cuerpo, pero poseo sentimientos. Soy un alma errante por medio del pantano. Escucho el chapoteo de los caimanes, esos que tanto adora la perversa y sentimental de tu creadora, los cuales devoraron el cuerpo de nuestra madre. Ella sí me quería. Tú me despreciabas. Tú me odiabas. Tú eres peor que yo. Ni siquiera te diste cuenta que ésto podía ocurrir. He decidido irme con ella, con esa mujer que me abraza y me llama angelito, porque tú eres un demonio y vivir a tu lado es un infierno.


Sólo quería que me amaras como yo te amaba, pero tú sólo buscabas excusas para alejarme. ¿Qué mal te hice yo? Sólo te tenía a ti y tú tenías todo. Eres un privilegiado. Yo sólo soy un mendigo. Te odio, te odio, te odio y te odio. Te odiaré siempre, pero a la vez te amaré porque somos lo mismo. Somos el uno para el otro. Hoy me voy, te dejo libre, pero recuerda mi presencia pues yo jamás te olvidaré a ti.  

martes, 9 de junio de 2015

Goblin...

Quinn es un chico extraño con una excelente educación, pero aislado en un pantano. Siempre intenté imaginarme su infancia, pero es imposible. Estaba enjaulado en sí mismo y cuando abrió las alas su hermano intentó quitárselas. 
Lestat de Lioncourt 


Si tuviese que hablar de mi infancia diría que fue triste y miserable. Jamás tuve un verdadero amigo. Siempre estuve aislado por mis capacidades psíquicas, las cuales se veían como una enfermedad mental y provocaban que el resto se apiadara de mí como si fuese un deficiente. Aquella tara era un don, el cual me convertía en un privilegiado y yo no lo sabía.

Recuerdo esos ojos azules, tan similares a los míos, clavándose en mi nuca y también en mi propia mirada. Me observaba como quien observa un reflejo y guardaba un secreto que jamás deseó desvelarme. Sé que él lo sabía. Su ira y su rabia, además de la impotencia y el amor, demostraron que siempre lo supo. Él no sabía explicarlo, pero comprendía que nuestro vínculo era mayor que el de un amigo imaginario.

Fue Goblin. Mi Goblin. Así lo llamé mucho antes de saber que Goblin es un duende travieso. Él lo era. Me divertía cuando era muy joven. En sí fue mi maestro y me mostró secretos inalcanzables para un niño de mi edad. Pero pronto él quedó como una marioneta rota, una sombra perversa, y un borrón en medio de mi habitación. Me convertí en su maestro. Intenté que comprendiera mi mundo, pero era imposible. No quería marcharse, pero tampoco era capaz de adaptarse a los cambios que se avecinaban. Detestaba tenerme lejos y parecía desvanecerse porque su vinculación era con mi hogar, nuestro hogar, pero eso no lo supe hasta mucho después.

Debería odiarlo. Durante un tiempo detesté a ese reflejo perverso que terminó convirtiéndose en mi enemigo, pero es imposible. Cuidó de mí y fue mi guía. En ocasiones se convirtió en mi única compañía. Creí haberme vuelto loco, aunque en el fondo sabía que era tan real como la lluvia o las caricias del viento. Algo en mí pedía un milagro y él era ese milagro.

Fui su asesino. Maté a mi hermano y no lo sabía. Yo destrocé su vida para salvar la mía. Fue una lucha brutal entre dos seres que intentaban mantenerse a salvo en el vientre materno. Me convertí en un monstruo mucho antes de estar en mi cuna. Él murió para salvarme a mí, del mismo modo que dio su tiempo a mi lado para proteger el único vínculo que deseaba mantener. Cuidó mis pasos, pero también me llenó de temores y lágrimas. La soledad fue terrible, aunque fue peor saber la verdad.

Garwain, mi temido Goblin, me odió cuando le di la espalda para desarrollar una vida libre, feliz y entusiasta. Se vio apartado y olvidado. Su vida se desvanecía y yo prevalecía como siempre, alimentándome de la vida de otros. Me convertí en un vampiro, pero él se transformó en un ser envidioso de mi vida eterna. Me atacó, mató a mi querida tía abuela y me mostró la verdad que todos guardaban.

No era el único que podía verlo. No era el único que sabía de él. No era el único que escuchaba sus lamentos. No era el único. Él era mi otra mitad, mi pasado, el guardián y la bestia. Él era el secreto, la verdad y el dolor. Mi única esperanza es que su alma descansa en paz y yo he descifrado el enigma.

miércoles, 7 de enero de 2015

Mi reflejo

Quinn le hizo algo a Goblin. La verdad es que no tenían culpa. 

Lestat de Lioncourt


Recuerdo como me miraba. Esos ojos tan similares a los míos con esa sonrisa pérfida. Era todo el dolor y oscuridad que yo jamás quise aceptar que tenía. Su aspecto era llamativo, pues era el mismo. Usaba mis prendas favoritas, a veces incluso lucía las mismas con una elegancia que me abrumaba. Quedé impactado cuando sus manos recorrieron mi cuerpo y sus labios rozaron mis mejillas. No supe huir.

Desconozco si me amaba tanto como para odiarme. Durante años estuvo perdido, a oscuras, por mi marcha a lugares donde parecía que jamás llegaría. A mi regreso me dio la espalda, me hundió en palabras crueles y me atacó. Yo, lo único que tenía, le había abandonado. Era lógico que reaccionara de ese modo. Sin embargo, no sabía quien era.

Cuando era pequeño intentaron confundirme. Siempre estaban las palabras amables y baratas de «Es tu amigo imaginario», pero se descubrió que todos podían sentirlo o verlo. Aquello me torturó. Me dolía que muchos pudiesen haberlo visto y me tacharan a mí de enfermo.

No son pequeñas mentiras piadosas. Son mentiras que hieren. No me lo esperaba de ellos. Me dolió. Sin embargo, perdoné porque en mi corazón estaban todos y cada uno. Hicieron aquello por bondad y no por maldad. Si bien, no fue lo único que guardaron.


Goblin era Gawain Blackwood, mi hermano gemelo. Un hermano que murió al poco de nacer. Alguien que dio su vida para que yo viviera. Yo me desarrollé dejándolo a la sombra. Fue terrible. Cuando lo supe quise morirme. Comprendí entonces todo. Él sí me amaba, pero le di la espalda. Quizás era quien más me quería en esa casa. Pero a la vez me odiaba porque conseguí una vida, cosa que él perdió para siempre. Debería odiarlo porque él mató a tía Queen, pero hace mucho tiempo que he perdonado ese acto bárbaro y sin sentido. Era mi hermano, un niño asustado por siempre en medio de la oscuridad.  

martes, 6 de enero de 2015

Un hermano

Quinn no sabía quien era Goblin, pero el saberlo fue la gota que colmó el vaso.

Lestat de Lioncourt


Cuando vives solo toda tu vida te acostumbras a la soledad asfixiante de las grandes ciudades, aún así deseas regresar a tu remanso de paz donde eres apreciado y querido por tu familia. Vivía entre fantasmas, recuerdos apolillados, memorias rotas, mis abuelos y el personal que cuidaba aquel lugar como si fuese todavía el negocio que fue cuando yo era un niño. Mi madre jamás me amó. El rechazo fue continuo y doloroso.

Jamás fui un niño normal. Tenía un amigo “imaginario” que en un principio me enseñó todo lo que él sabía, pero que poco a poco quedó convertido en un bufón. Desconocía su origen, pero su rostro era el mío y la luz de sus ojos era la misma. Él me hablaba con un ímpetu casi demoníaco. Ejercía sobre mí cierta influencia. Pero su rostro era como la porcelana y sus abrazos eran reales. Podía sentir sus besos, sus caricias y su voz propagándose por toda la casa. Allá donde yo iba él aparecía.

Nadie me quiso decir el motivo del odio de mi madre hacia mí. No tuvieron el coraje de contarme la verdad. Guardaron el secreto. Ni mi tía ni mis abuelos fueron capaces de hablar de aquello. Algo tan doloroso y trágico para una madre como la muerte de un hijo.

No nací solo. Nací con un gemelo. Gemelo que se desarrolló mal debido a problemas en el embarazo. Algunos mueren antes de nacer, pero él murió después de unas semanas. Mi madre me veía como un monstruo que se había alimentado por él y por su hermano. Era un engendro. Jamás me convertí en su hijo. Siempre sería el monstruo que acabó con la vida de su angelito.

Mi hermano jamás me abandonó. Ese fantasma ocasionalmente amistoso era él. Él me hablaba como si aún pudiera disfrutar de una vida que yo le arrebaté al seguir viviendo. Ella lo atraía. Se hacía fuerte a cada paso. Llegó entonces a un momento que me hizo llorar. Un llanto amargo.

Siendo vampiro comprendes que eres un asesino. Cuando supe aquello y vi su odio brillar en sus ojos lo supe. Supe que tenía que matarla. Comprendí que no había otra forma de ser libre. Le rompí el cuello y la tiré a los caimanes. Después me ayudaron a liberarme de mi hermano. Fue un vampiro al cual le conté mi historia con gran detalle y una Mayfair, de los Mayfair negros, que había sido convertida también en uno de los nuestros. Ella murió liberándome, pero su muerte no fue en vano. Yo me sentí libre al fin y supe que era vivir sin una sombra burlona que viene y va.



sábado, 14 de junio de 2014

Entrevista con "el Duende" de Blackwood Manor

De nuevo regresan las entrevistas de David y ésta vez le tocó a Goblin. ¿Habrá dicho algo? ¿Lograremos saber algo más?

Lestat de Lioncourt 


Durante semanas había estado dudando de su cordura. Sin embargo, acabó aceptando que algo en él no se completaría jamás si no lograba una respuesta firme. Quería contactar con ella y si no era posible, pues a veces los muertos no desean hablar, lo haría con él, la persona que ayudó a descansar. Alterar la paz de los muertos tenía duras consecuencias, sin embargo no se detendría.

La noche anterior había pedido a uno de sus hombres de confianza, de esos jóvenes que él había salvado de sí mismos, para que comprara una pequeña tabla de madera de olmo o roble. Deseaba que estuviera lisa, sin inscripciones, así como le rogó que comprara ciertos punzones para poder tallar en ella. David sabía construir Ouijas desde muy joven, las había usado para contactar con muertos y demonios. El juego no era sencillo y a veces tenía resultados ciertamente desagradables. Tentar a la suerte no era más que danzar con el diablo en su propio terreno.

Cuando tuvo los materiales en su poder se encerró en el garaje de la mansión donde Louis solía descansar. No era tan fastuosa como la nueva vivienda de Lestat, pues sólo era una pequeña mansión perdida cerca de los pantanos, con el zumbido típico de los insectos y el olor, en ocasiones, desagradable de las aguas que allí quedaban estancadas.

Durante horas estuvo perfeccionando el tablero, dándole los detalles oportunos, para que la llamada fuera perfecta. No debía olvidarse siquiera una letra, una forma de respuesta rápida y los números. Todo estaba colocado y dispuesto como debía. Al terminar su obra la contempló con cierta fascinación y sensación de peligro. Después, cuando se hubo recuperado del pequeño esfuerzo, fue a su despacho tomando la carpeta que había robado de Talamasca, algunas anotaciones, una fotografía de Merrick y una grabadora.

Sí, quería contactar con Merrick a toda costa.

Cuando regresó al garaje lo vio a él, apoyado en el viejo Mercedes de ruedas desgastadas, con su semblante serio y el ceño fruncido. Louis era maravilloso en sus proporciones, poseía unos pómulos marcados, unos labios carnosos y unos ojos profundos del mismo color que los de ella. Siempre que lograba detenerse cinco minutos para verlo, aunque fuera de pasada, sentía la fuerza que emanaba de su interior como si fuese un gigantesco, y grotesco, animal salvaje a punto de caer sobre su presa. La camisa de blanco y pulcro algodón estaba bien planchada, con todos sus botones cerrados, y hacía resaltar su chaleco verde prado, con estampados en tono cacería, y sus pantalones de vestir negros. El cabello caía ondulado, algo encrespado, pero con la frente limpia. No parecía feliz, pero tampoco disgustado.

—¿Dónde vas?—aquella pregunta le sorprendió, pues jamás solía interesarse demasiado por sus asuntos.

—Necesito hablar con ella—respondió apretando el asa del maletín que contenía todo, absolutamente todo. La Ouija estaba en uno de los compartimentos, junto a las anotaciones, la grabadora y documentación.

—¿Para qué? Está muerta. Deja a los muertos en paz—su ceño se frunció mientras su cabeza se ladeaba hacia la derecha—. ¿No has aprendido nada? David, deberías ser más sensato. ¿Dónde está el hombre que yo conocía?

—Aquí, frente a ti, completamente abrumado y desesperado. Necesito saber que pasó con...

—Con el gran amor de tu vida—finiquitó aquella frase apartándose del vehículo—. Yo también la amé, lo sabes, y creo que fue a la última cosa que amé antes de ser lo que soy. No quiero decir que no te ame, pero ella se llevó mi pasión.

—También la mía—respondió rápidamente—. Deja que me marche.

—No te lo estoy impidiendo, pero te aviso que los muertos no tienen siempre respuestas agradables—susurró echando a caminar, con bastante elegancia, hacia la puerta de acceso a la vivienda—. Éxito en tu empresa... mi querido David.

Había sido el director de la orden de detectives de lo paranormal llamada Talamasca, la cual existía desde los tiempos de los templarios. Ella era su discípula, su mejor alumna, su amante y su compañera de secretos. La había cuidado desde que era una muchacha enclenque, con las piernas delgadas y los huesos de los hombros marcados. Tenía el rostro de una muñeca de porcelana, el cabello negro y espeso, su piel tostada y unos ojos llenos de secretos. La amó con aquel vestido de flores, descalza y desesperada por saber la inquietante verdad de los amigos del más allá que la llamaban. Una Mayfair desgraciada, sin dinero ni fama. Era de los Mayfair negros, no de los ricos que vivían de forma pomposa y alarmante tras las verjas de First Street o la Calle Amelia.

David se envalentonó y mientras sacaba el vehículo del garaje suspiró, las ruedas chirriaron y conectó la radio. El canal de jazz empezó a envolver el silencio. Sintió como ella estaba detrás, aunque era una sensación absurda ya que ella había desaparecido sin dejar rastro alguno. No, su Merrick no volvería jamás. Aquello era perder el tiempo, seguro, pero aún así quería intentarlo una vez más. Las manos blancas, tan frías como el hielo, acariciaban el volante mientras las luces de los faros del vehículo iluminaban el camino hasta Blackwood Manor.

Tarquin Blackwood no se encontraba en la propiedad, lo sabía bien, pero sabía que si rogaba a los habitantes de la mansión, como a veces hacía, quizás le dejaban estar en el cementerio. Optaría por decir el nombre de su antigua orden, alegar que deseaba asegurarse que las cosas se habían hecho correctamente y las almas no sufrían, para poder acceder al cementerio que había en la propiedad.

Nada más llegar iluminó la fachada las luces del vehículo, provocando que Jasmine apareciera en la puerta. Vestía una bata rosa, mal anudada pues se veía su camisón blanco, y unas zapatillas de felpa que parecían cómodas. Su elegante figura quedaba reducida a la de una mujer somnolienta, que posiblemente estaba en la cocina tomando un aperitivo nocturno y pensando en dónde podía estar Tarquin, Mona, Tommy y Nash. Ahora esos cuatro eran vampiros, y tres de ellos estaban ligados a una misma estirpe.

—¿Quién es?—preguntó.

—Soy amigo de Lestat—dijo bajando del vehículo—. También soy miembro de Talamasca. Seguro que recuerda a mi organización—comentó caminando hacia ella.

—Sí, sí que la recuerdo. Usted es de esos detectives de lo oculto, como la señorita que estuvo aquí ayudando a Quinn y ese viejo chiflado que a veces le acompañaba—tomó aire y lo soltó rápidamente, pues se encontraba algo incómoda—. ¿Qué desea?

—Inspeccionar el cementerio. Mi compañera perdió aquí la vida, cosa que estoy seguro que desconocía, y su cadáver, así como espero que también su alma, descansan en el cementerio de Saint Louis—aquello la conmocionó, pues como él decía desconocía por completo que había ocurrido con Merrick—. Ella fue mi pareja durante años. Mi vida y su vida estaban ligadas. Aunque parezco joven, pues no debe echarme más de treinta, soy algo mayor—la voz de David se volvió susurros, la gravilla dejó de sonar y él quedó a poca distancia de la mujer—. Por favor.

—Sé que Quinn ya no es el mismo muchacho que me sedujo, me llevó a su habitación y me hizo concebir a mi único hijo. No lo es—dijo en confidencia—. Es algo atemporal. No ha envejecido y tampoco Mona. Ese milagro... He visto el libro que habla de él, de ella, de ese amigo suyo y de ciertos misterios. No he querido seguir leyendo porque me he asustado y he sentido que he convivido con un monstruo. ¿Lo he hecho?—preguntó abrazándose a sí misma—. ¿El padre de mi hijo es un monstruo?

—Monstruo es aquel que no ama y ni ha amado. Él ama y amó, sigue amando y amará—respondió—. No puedo desvelar mayor misterio que lo narrado en los párrafos de ese libro, aunque son algunos más y si los consigue, cosa que posiblemente ocurra, no sabrá siquiera un tercio de la verdad.

—Algo me dice que no es humano y usted tampoco—eso hizo que el rostro de David se animara unos segundos, pero también se llenara de preocupación con una mirada asustadiza.

—Fui humano. Tuve otra apariencia—explicó brevemente—. Era un anciano cuando conocí a Lestat, pero mi alma se desprendió de mi cuerpo porque un ladrón me lo robó. Ese ladrón era un antiguo miembro de la orden, la misma a la cual consagré mi juventud y mi vida por completo. Cuando pude recuperar el aliento era joven, tenía éste cuerpo y unos ojos radicalmente distintos. Me convertí en un hombre de tez morena, ojos cafés y pelo negro sin una cana—la tomó de los brazos para que no se fuera, intentando que no huyera, pues quería hablar con ella con total sinceridad—. Míreme, no soy un monstruo.

—¿Y qué es?—preguntó con nerviosismo.

—Un concepto distinto a lo que puede ser un hombre mortal, pero no soy una bestia demoníaca proveniente de las alcantarillas del infierno—explicó—. Jamás la dañaría.

—El cementerio está por ese sendero, allí encontrará lápidas cuyos nombres se han borrado ya—dijo apartándose para entrar dentro de la vivienda, cerrar con doble vuelta de llave y echar las cortinas.

David guardó silencio mientras los pasos se alejaban, pues escuchaba el murmullo de un padre nuestro y alabanzas a la Virgen María, San Miguel Arcángel y varios santos locales. Aquella vivienda le recordaba a sus propiedades en Inglaterra, alejada de cualquier ruido y llena de campos verdes. Cuando no vivía con sus viejos compañeros, ya que tenía algunos meses de retiro para descansar en cuerpo y alma, iba a las viejas propiedades de su abuelo, las cuales no pisó su padre por discordancias con él. Allí se preparaba un whisky, encendía la chimenea y se sentaba a leer el periódico. Era tan simbólico todo y tan parecido que comprendió porque Tarquin a veces dudaba el marcharse de allí.

El sendero se hizo eterno, aunque no le llevó más de unos minutos. Decidió caminar a velocidad normal para no escandalizar más a la mujer, la cual lo observaba con intriga.

Las almas estaban allí, algunas paseaban con las manos en los bolsillos y otras simplemente observaban su tumba. Eran obreros, viejos guardeses de la finca y algunos niños que habían nacido para morir a temprana edad. Tomó asiento en una de las lápidas, la que aún conservaba cierta oscuridad debido al incendio de hacía más de una década. Colocó la Ouija sobre ella y sacó la pequeña flecha.

Invocó a los espíritus, habló de forma solemne y rezó porque estuvieran tranquilos en aquella conversación. Era un diálogo con una tabla, pero quien movería con cuidado, o quizás no, la flecha de madera sería sin duda alguna Goblin. Él lo estaba invocando con sus poderes, aunque sabía que no debía sentirse rencoroso en ningún momento. Merrick lo había liberado. Quería hablar con ella, pero antes necesitaba saber si él estaba dispuesto a darle datos. Posiblemente no tendría vínculo con el mundo, pero él sí. Ella había decidido morir, él no.

El tablero pronto comenzó a temblar, igual que los guijarros cercanos a la tumba, un aire agradable, algo dulzón, se levantó y el zumbido de los insectos se intensificó. Las ramas, de un olmo cercano, se agitó como si alguien lo intentara tumbar y el roble, el cual estaba situado al principio del cementerio, también se movió como un gigante alzando sus enormes brazos a la nada nocturna.

—¿Estás ahí?—preguntó colocando la flecha sobre el tablero y uno de sus dedos cerca.

La energía traspasó su cuerpo, se agitó, y rápidamente erizó el vello de su nuca. La respuesta no se hizo esperar y con un “Goblin quiere a Quinn”. David tragó saliva y miró el tablero iniciando una nueva pregunta.

—¿Estás tranquilo?—quería saber su estado para continuar.

La respuesta fue un “Sí” y eso hizo que él respirara con menos angustia, aunque los vampiros ya no necesitan de algo tan común para la vida.

—¿Recuerdas a Merrick?—susurró con una leve sonrisa esperando otro sí, pero tuvo algo distinto.

De inmediato la flecha se volvió loca y sólo señaló letra por letra “Quinn peligro” repitiéndolo hasta en tres ocasiones.

—Dime ¿estás con Merrick?—preguntó, pero obtuvo la misma respuesta—. Goblin, ayúdame por favor—murmuró notando entonces a pocos milímetros el rostro difuso, en forma de humo, del joven Garwain Blackwood, conocido por todos como Goblin, tan similar al de su hermano. David no se asombró por ello, pero sí se percató de la expresión de terror—. Goblin...

—Tú no eres Quinn—escuchó su voz en su cerebro, una reproducción exacta a la voz de su hermano—. ¡Quiero a Quinn! ¡Peligro! ¡Goblin quiere a Quinn!

—Lo sé, lo sé—susurró alzando las palmas de sus manos mientras notaba, algo estupefacto, como tomaba forma material—. ¿Podemos hablar?

—Dile que le quiero. Dile que me perdone. Goblin quiere a Quinn. Goblin es Garwain—sus ojos azules, de un tamaño gigantesco y de una expresión algo felina, estaban llenos de lágrimas—. Yo no maté a tía Queen—dijo golpeándose el pecho—. ¡Goblin quiere a Quinn!

—Se lo diré—dijo tomándolo de los brazos, como si fuera un ser de carne y hueso—. ¿Y Merrick?

—¡Dile te amo a Quinn!—en ese momento su expresión se volvió aún más tétrica y temerosa, desapareciendo mientras el viento paraba en seco.

—Sí... Goblin—susurró completamente agotado.

No entendía porque hablaba de peligro, pero había negado el asesinato de la tía de ambos. Era la hermana de su abuelo, una mujer muy interesante y vital. Si él no había sido posiblemente lo habría hecho Rebeca, pero ella había desaparecido tras la muerte de Patsy. Nada tenía sentido. Goblin parecía asustado y alguien se lo había llevado, como si lo arrastrara. David rápidamente sacó la grabadora, comenzó a dejar anotaciones sonoras e intento descifrar los murmullos que se daban aún, como si fueran eco, entre las ramas de los árboles y la brizna de hierba. Si bien, fue imposible y dio por finalizada su visita al cementerio Blackwood.



jueves, 7 de marzo de 2013

Lo imposible - Parte 9 - I


Parte 9 - I
No te metas con un Mayfair



Aquella noche tan sólo había empezado, sabía que Mona regresaría pero no que ocurriría las desgracias que sucedieron. Louis descansaba al fin a mi lado acariciando mi pecho, mis brazos lo rodeaban y mi mente se sumergía en sueños agradables de viajes alocados buscando tan sólo placer y ambicionando diversión.

Soñaba con la hermosa Toscana. Las casas vestidas de blanco, y otras de muros de piedra, iluminadas con pequeñas bombillas en porches y azoteas cubiertas por mesas con manteles resplandecientes, pequeñas viandas y vino de la tierra. Cuestas eternas y bajadas agradables que provocan que el camino sea serpenteante hasta los viñedos tan increíbles de la zona. El mar cerca bramando con aguas nocturnas que durante el día son traslúcidas y dejan ver la arena fina y dorada.

Sentí una presencia que se adentraba en la habitación, y su aroma dulzón me hizo apretar con desesperación a Louis. Sabía que era Mona y esperaba que hiciese su berrinche para responder sus lloros, si bien sus pasos se alejaron rápidamente hasta el pasillo.

Abrí los ojos girando mi rostro hacia el sobre que ella había depositado. Me incorporé acomodando a Louis sobre mi almohada, pues no quería que despertase. Él estaba agotado aunque parecía sumamente feliz. El anillo resplandecía en su mano y parecía que iluminaba su rostro.

Tomé el sobre y lo rajé por un canto gracias a mis largas y afiladas uñas. Mis ojos se deslizaron por las líneas de una nota que rápidamente cayó sobre mi pecho. La letra era de ella, pero eso ya lo sabía debido al perfume que desprendía su cuerpo y también a la presencia que se sentía en el piso inferior.

“Jefecito hermoso y primoroso... no te cases por favor.
Con cariño, Mona.”

Dentro del sobre había una fotografía de ella desnuda sobre su cama. Recordé entonces el error que cometí, aunque fue placentero navegar dentro de ella sintiendo el calor de sus muslos apretándome. Sus manos recorrían su cintura, caderas y largas piernas. Pero no podía olvidar tampoco el dolor que me transmitía Louis, así como tampoco podía dejar de pensar en el dolor que estaba causando a Tarquin.

Bajé rápidamente de la cama y corrí escaleras abajo para hablar con ella. Debía explicarle que todo fue un error, que ambos teníamos mucho más que perder y que ganar... necesitaba pedir perdón por no detenerla ya que había arruinado ambos matrimonios por una calentura.

La hallé en uno de los salones vestida con un simple vestido azul pavo real, el cual se hallaba con la espalda totalmente abierto, poseía una falda de vuelo con un lazo a un lado en un tono levemente más oscuro y un escote bastante sugerente. Sus cabellos estaban sueltos y llenos de lazos, como la describió mi hermanito una vez, sus labios tenían un cálido labial rojizo y sus mejillas tenían reflejos ocres que resaltaban sus facciones finas. Tenía maquillaje también en los párpados y las pestañas, tan pobladas como siempre, pintadas y rizadas hacia arriba. Era hermosa, realmente cualquier hombre se volvería loco deseando palpar bajo sus faldas.

Me armé de valor tomando con firmeza entre mis dedos su nota y la imagen. Ella se giró suavemente con una tímida sonrisa, la cual resultó terriblemente seductora. Cualquier hombre se habría arrojado a besar sus pies, acariciar sus frágiles tobillos para acto seguido arrojarla a uno de los sofá de tres piezas, levantar sus falsas y bajar su ropa interior hundiendo su lengua en su sexo. Cualquier hombre habría sucumbido y yo tuve que hacer memoria de porque quería echarla de mi vida, de las lágrimas de Louis y de nuestro futuro. Pero sin duda, dudaba hacerlo cuando parecía sacada de un cuadro renacentista hecho para perturbar a cualquier hombre.
Quedé frente a ella tragando saliva y esperando que no se tomara a mal mis acciones. Pensé en Tarquin, el cual estaría posiblemente llorando amargamente. Mi estúpido y pobre hermano, ¿qué hice? Creé un monstruo como consorte.

Con rabia y el ceño fruncido rompí en mil cachitos su fotografía, la nota y seguramente sus sueños. Acto seguido tiré todo aquel confeti a sobre ambos algo airado.

-Haré lo que quiera, ¿entiendes? Tú no puedes impedirme nada. Sólo eres una niña encaprichada porque no te dan el sexo que quieres. ¿Sabes qué? Compra un libro a Quinn para que aprenda a darte ese sexo brusco que tanto ansías... pero a mí déjame en paz Mona. No quiero problemas de momento con Louis.

Pensé que debía ser estricto para hacerme entender, pues era así como a veces entendía. Era una niña que quería jugar con mi bragueta y yo era un hombre que en esos instantes quería tenerla subida.

-¿Como te atreves! -le propino una fuerte bofetada indignada por tal acción- ¡Tú no puedes casarte, idiota!

-¿Y quién lo dice?-preguntó furioso en un murmullo añadido siseante-. ¿No te casaste tú? ¿Por qué yo no tengo ese derecho? Vete a la mierda Mona- repliqué propinándole una fuerte bofetada-. Pobre Quinn... y pensar que estará llorando ¿a caso no te da pena? A mí me han entrado miles de remordimientos.

-Eres realmente un maldito idiota. ¡El mayor de todos los idiotas!-exclamó llevándose la mano derecha a la boca mientras le temblaba. Ahí reconocí a la niña que estreché entre mis brazos, la muchacha que quería que la amaran por siempre y ser Inmortal. Una niña que había vivido encerrada en un mundo donde todo se le negaba y todo se le ofrecía. La caprichosa, la necesitada y la dulce- pero si fuese Rowan no pensarías dos veces- prosiguió dando un leve suspiro- en ir con esa frígida zorra mal trecha -gruño furiosa apretando sus puños-. Pero no pensaste en ello esa noche ¿verdad? -sonrió perversa llevando su mano derecha a mi torso, el cual estaba desnudo. Después de haber estado con Louis en la bañera tan sólo logré ponerme el pantalón pensando en el servicio, el cual haría ronda para asegurarse que estuviésemos protegidos del sol-. Espero no descubra Louis lo nuestro, sería una lástima ¿no crees?

-No hay nada nuestro Mona-dije mostrando los dientes con una expresión fiera-. Louis sabe, ¿o crees que puedo ocultar algo así? Y aún así me ama y se ha quedado a mi lado.

-¿Sabe?-enmarcando su finísima ceja derecha-. Bien, entonces alguien deberá saber que te casas- se acercó apresurada el teléfono inalámbrico que poseíamos y apurada marcó- ¿Dolly Jean? Hola... ¿cómo estás? Soy Mona- una sonrisa de zorra pretenciosa se formuló en sus labios y yo ardía de ira- Oye una pregunta ¿Rowan está en casa?-me miró observándome con el rabillo del ojo paseándose cual chica que hace la calle. Sus tacones altos golpearon con fuerza el parquet y a mí me hirvió la sangre- ¿Serías tan amable de comunicarme con ella? Es de suma importancia.

No podía creer que me hiciese esa jugarreta. Yo mismo quería decirle la verdad a mi amante, hundirme en sus pechos y besarlos mientras la preparaba para la dura y fría verdad. Si bien, no pensaba dejarla a un lado. Ella seguiría siendo mía, del mismo modo que era de Michael.

Me moví rápidamente y le quité el teléfono estrellándolo contra el suelo. Miles de trozos de la carcasa, chips y tornillos se alzaron hacia el techo rebotando contra las paredes y muebles cercanos. La miré como un animal enfurecido y estuve por quebrar todos sus huesos.
-¿Con quién crees que juegas?-pregunté agarrándola de ambos brazos-. Mona, deja de jugar... ¡déjame en paz!

Con tanto alboroto Louis acabó por bajar y unirse a nuestro encuentro. Allí en la suave penumbra de la habitación todo se podía malinterpretar. Él sólo llevaba la sábana blanca envolviendo su cuerpo, que aunque masculino tenía un toque sensual muy digno de una hembra. Sus cabellos estaban algo revueltos y aún algo húmedos.

-Lestat ¿qué hace esa zorra aquí? -se aceró a mí rubio mirándome entre dolido y enojado.

-¿Crees que te libraras con facilidad de mi verdad? -sonrió una vez mas dando gala de su perversidad Mayfair-. Seré tú peor pesadilla Lestat, no por nada soy descendiente de Julien -me observo fieramente deshaciendo mi agarre-. Se feliz mientras puedas jefecito -sonrió enfatizando las últimas palabras, saliendo de la habitación mostrándose altiva siendo sus tacones él único sonido que se escuchaba por el lugar dirigiéndose a la salida aporreando con toda su fuerza la puerta. Ésta vibró y como si fuese cruzada por un relámpago todos los cristales, los cuales eran un hermoso mosaico de colores, estallaron-. ¡Lo siento! ¡Creo que se me fue la mano!-soltando una fuerte y cruel carcajada en dirección a la calle.

-¿Me crees ahora, Louis?-dije histérico a punto de saltar sobre la puerta y cruzarla. Quería golpear su rostro aniñado otra vez para demostrar que conmigo no se jugaba-. Me trajo un sobre con un desnudo suyo rogándome que no me case... intentando seducirme de nuevo- desconocía como se había enterado tan rápido, pero seguramente la mente de Louis no era rival para sus trucos. Me giré hacia él y lo miré entre confuso y dolido-. La he parado ahora, pero no sé cuanto la pararé... ha jurado venganza ¿qué clase de venganza puede hacer? Ya ni sé si hablar con Quinn.

En ese preciso instante Julien apareció tras Louis. Su rostro serio tenía una sonrisa temible. Miraba la escena como quien no le importaba nada, ni siquiera el destrozo que había hecho su descendiente. Me acusaba a mí como el culpable de todo mal, pues para él yo tenía la culpa y ella era un borreguito.

-¿Ves por qué siempre debes pensar las cosas antes de hacerla?-no era un regaño, pero yo lo tomé así-. Esa niña está loca y desquiciada, pero debe haber una forma de detenerla. Temo que quiera hacerte algo peor- me garró del brazo mientras yo estaba estático escuchando a Oncle Julien.

-Te has metido con una Mayfair, mon ami Lestat- enunció con un acento francés perfecto-. Mon fils espero que salgas bien librado que ésta es una bruja aún más poderosa que Rowan. Y ciertamente, debiste pensarlo dos veces.

Stella también hizo su aparición con su sedoso cabello negro bien peinado, sus enormes ojos oscuros se clavaron en mí y sonrió socarronamente. Hubiese deseado que fuese aún de carne y hueso para dispararla yo mismo con un revolver recreando como la mató su hermano Lionel.

-Pobre Lestat, cree que es fácil librarse de un Mayfair, oncle Julien.

-Julien, vete de aquí de una buena vez-dije alejándolo de ambos fantasmas-. Bruja, o no, ella no es quien para decidir si me debo de casar -acaricié los cabellos de mi amante intentando sosegarse y pensar una solución-. No olvides que Quinn también es de tu familia ¿a caso no vas a ayudarlo? Si sólo vas a estar aquí para molestar lárgate... ¡largaos!-grité a ambos mientras soltaba del abrazo a Louis y tiraba de él hacia la puerta de la mansión. Si ellos no se iban nosotros por supuesto que sí.

-¿Con quién hablas? -miró a su alrededor buscando a alguien, pero ahí desgraciadamente para mí sólo estábamos nosotros dos ante sus ojos. Si bien, en cuanto se percató que intentaba huir de allí gritó-¡Espera, no tengo ropa!

Louis podía ver a Claudia y a Nicolas, en ocasiones también a Goblin ya que había regresado, pero el resto para él eran silencio. No había nada ni nadie a su alrededor. Lo único que tenía como cierto Louis es que lo arrastraba.

Ambos fantasmas se voltearon hacia el televisor mientras los miraba con inquina. Quería huir, pero si tenía que esperar a que Louis decidiese su vestuario e hiciese las maletas, con total parsimonia, tardaríamos horas. Stella levantó el brazo con el puño cerrado en dirección al aparato electrónico, el cual se encendió súbitamente mostrando un vídeo pornográfico donde salía junto a Mona.

-No nacimos humanos- enunció Julien girándose hacia mí-. Nacimos Mayfair- ella se dedicó a sonreír apoyándose en uno de los hombros de su fantasmagórico acompañante.

Louis se quedó mirando la televisión y en cuanto vio como dejaba que ella comenzara a chuparme, del mismo modo que yo echaba hacia atrás mi cabeza rindiéndome y concentrándome en mi respiración para durar más en ese delicioso acto, se quedó desnudo porque soltó sus sábanas para tapar sus oidos mientras cerraba sus ojos.

-¡Apágalo!-gritó histérico con el corazón roto y la voz destrozada por la rabia.-¡Apágalo! ¡Apágalo, Lestat!

Quedé atónito porque aquella cámara había viajado en el bolso de Mona. Sin duda, ella había premeditado aquello por si algún día la rechazaba. Fue tan fría de grabarnos sucumbiendo en un acto lleno de frenesí. Stella elevó el sonido al levantar su mano mientras Julien dejaba en el suelo mi camisa destrozada, la que él me había regalado como muestra de afecto.

Louis había estado horas en un gran almacén eligiendo la tela, el corte y el color que mejor me sentaba. Fue un regalo hecho con deseo de hacerme sentir importante para él, pues habíamos discutido por otra de mis conquistas y le hice creer que sólo eran celos insensatos. Lloró horas en el suelo deprimido pensando que había juzgado mal mis actos, pero la verdad era distinta. Reconozco que disfruté el ver como lloraba y también gocé colocándome aquella camisa. Era mi victoria inmerecida, del mismo modo que fue victoriosamente arrancada de mis brazos y puesta luego en el piso de mi mansión ante los ojos cerrados de Louis.

-Pobre de ti Lestat, elegiste a la peor de las Mayfair.

Gracias a mis poderes logré que aquel plasma, el cual había comprado para mis invitados, explotara.

-Ya Louis, ya pasó todo... escúchame- si bien, sabía que no era así, pues la guerra comenzaba.

Ver esas imágenes bastaron para destrozarlo de nuevo, su cuerpo convulsionaba en espasmos provocados por su llanto ahogado. Temí que me alejara, abofeteara y huyera escaleras arriba. La casa no era segura, teníamos que huir. El resto de inmortales se hallaban cazando, muy seguramente, aunque Mael parecía estar reunido de aquel hombre, el coloso de aspecto sosegado, en las cuadras. El cual, por la descripción de Marius en su historia juraba que era Avicus.

-Sácame de aquí... -y contra todo posible pronóstico suplicó aquello-. ¡Lestat, ya no me importa nada! ¡Quiero irme lejos de aquí y contigo!



Stella encendió la radio siendo ésta vez las voces y gemidos roncos que yo ofrecía los que se escuchaban "seras mi puta predilecta" me observó cuando esa frase se hizo eco, mientras Julien se paseaba por la habitación triunfal.

-Stella, servirán todos los televisores de la casa ¿probamos?-preguntó con una sonrisa para nada agradable- Probemos-dijo alzando los brazos encendiendo todos y cada uno, y por supuesto todos al máximo volumen sinconizándolos al mismo tiempo.

-¡Eso se lo dices a todas!-no estaba seguro si aquel grito fue una pregunta o una afirmación, pero sin duda estaba molesto.

-¡Ya basta!-grité provocando que tomara a Louis en mis brazos junto a las sábanas, echara a correr lejos de allí abriendo la puerta y clavándose en mis pies los cristales que Mona había hecho estallar minutos atrás. Corrí sobre la nieve dejando que mis huellas de sangre mancharan todo el jardín mientras se alzaba al fin mi cuerpo, junto al de mi amante, por los aires. Intentaba pensar donde podíamos refugiarnos, pero no tenía idea-. Te juro que no es lo que crees Louis, eso es pasado.-le decía mientras le abrazaba con fuerza-. Louis, por favor deja que te explique cuando descendamos.

Miré hacia atrás para ver la casa completamente iluminada. Mael, como había pensado cabalgaba llegando a la entrada. Julien había adoptado la forma de Rowan situándose en la verja.

-No creí en Mona... No quise creer...-su voz sonaba idéntica pero el milenario vampiro no la veía, por lo tanto supe que era una ilusión.

-¿De qué quieres hablar? ¿De que para ti todas son tus putas predilectas? ¡Eres un cínico, decías que yo era el único!- no forcejeaba para soltarse porque era demasiado riesgo, pero apenas sus pies tocaron tierra lejos de todo, y de todos, se alejaría lo más rápido posible.

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt