Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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sábado, 6 de mayo de 2017

Jesse

Jesse y Mael... las familias no siempre se construyen por la sangre.

Lestat de Lioncourt

—Te doy una moneda por tus pensamientos—comenté antes de sentarme a su lado.

Hacía más de diez años que nos conocíamos. Para mí era alguien muy especial. Todos tenemos momentos buenos y malos, pero pocas veces compartimos ambos a la vez con quienes amamos. Ella era muy reservada y lo noté desde el principio. No obstante, siempre me preocupé por su bienestar. Era como el padre que no pudo disfrutar al quedar huérfana cuando era una adolescente.

—Sería muy fácil para ti revolver en ellos—respondió tras una fresca risotada.

—¿Qué haces aquí?—pregunté sentándome a su lado en el alfeizar de la ventana.

Había regresado a su viejo apartamento en Londres. Hacía años que ya no vivía allí. Incluso lo había abandonado por formar parte de Talamasca. Sin embargo, se coló en el edificio y se sentó en aquella vieja ventana para contemplar la ciudad desde otro punto de vista. Un punto de vista más mágico y sensible.

—Deseaba venir aquí antes de volver con Maharet. Quería despedirme de mis orígenes en la ciudad, pues teniendo en cuenta todo lo que hemos vivido no debería volver más por aquí. Si lo he hecho ha sido por nostalgia, pero ya no hay lugar para mí en Gran Bretaña—se encogió de hombros y terminó cruzándose de brazos.

Llevaba un jersey rojo como sus cabellos, como los cabellos de su antepasada Maharet. De hecho, estaba tejido con el pelo de la mujer que tanto admirábamos, queríamos y cuidábamos a nuestro modo. Los ojos verdes de Jesse se movían inquietos por los tejados y buscaba viejas referencias que una vez tuvo como familiares, pero ahora parecían ajenas.

—Es bonito—dije aquello con referencia a sus pensamientos, a su adiós. Un adiós enorme en un silencio que lo hacía empequeñecerse.

—¿Y tú? No me digas que pasabas por aquí—contestó echándose a reír.

—Vine a buscarte—respondí girando mi rostro hacia el suyo. Nos miramos cómplices y sonreímos.


Realmente extraño eso de ella. Extraño esa sonrisa. Si volviese a dar señales de vida sería para volver a verla y regresar a esos momentos cómplices. Pobre Jesse, seguro que ahora está intentando ser más fuerte que nunca. Ojalá lo logre pronto y no tenga que vivir durante años con el dolor de la herida abierta.  

domingo, 30 de abril de 2017

Perdón

Bueno, alguien que sabe pedir disculpas y no como Marius... ejem... Avicus es un gran hombre.

Lestat de Lioncourt


Ya ni siquiera recuerdo cuántos años han pasado desde la última vez que nos vimos. Creo que han sido más de mil años. Sin embargo, sigo recordándote como si hubiese ocurrido ayer. Tal vez debí detener tus pasos hacia la puerta, los cuales se escucharon pesados y cansados, pero no lo hice. Estaba seguro que el tiempo nos pondría a los dos en el mismo camino otra vez. Creía en ese destino. Pensaba que cambiaríamos para bien con las experiencias y las consecuencias que estas tendrían sobre nosotros, pero me equivoqué. Sólo permití que una enorme montaña nos dividiera por siempre.

También me siento un estúpido por no haber acudido a la anterior reunión. Si hubiese estado allí presente cuando Akasha despertó y se paseó frente a vosotros, ignorando vuestras necesidades e imponiendo sus principios éticos, habría sido de gran ayuda para apoyarte en tan duros instantes. Supe que te sentías culpable por no haber protegido correctamente a Jesse Reeves, la descendiente de Maharet y Khayman, pero también que te enorgulleciste al comprobar que se convirtió en una inmortal impresionante.

He sabido de ti gracias a otros, pero dudo que tú supieras de mí. Vivía y vivo encerrado en libros. Me he dado cuenta que tenías razón. Los libros son importantes, pero no es lo único. Debía salir fuera y conversar, convivir con otras mentes y aceptar lo diversas que son. No tomé punto medio, sólo acepté la imposición de Marius sobre ser un sabio voraz. Creí que la sabiduría estaba únicamente en los libros y tú la rechazabas únicamente porque provenía de un romano.


Supongo que más vale tarde que nunca para pedir disculpas, pues al menos me quitaré un peso de encima. Sí, Mael. Sé que quizá no estés vivo, o que tal vez si vives no quieras saber de mí, pero tenía que hacerlo. Me vi comprometido a esto. No espero una respuesta. No es la primera vez que escribo mis dudas sobre este hecho. Aún así aquí están de nuevo en un pedazo de papel escrito en una cafetería cualquiera de Suiza.  

lunes, 24 de abril de 2017

Matirarca

Bueno... comprendo todo lo que aquí sucedió, pero yo no tuve la culpa.

Lestat de Lioncourt


—¿En qué piensas?—preguntó tras un rato en silencio sentada a mi lado.

Ambos estábamos frente a la hoguera. Habíamos encendido la chimenea aunque ya era primavera. Pronto dejaríamos de hacerlo y el olor a leña quemada desaparecería del ambiente hogareño. Sin embargo, vivíamos en las montañas y aún hacía algo de frío en las noches.

Fuera el viento azotaba las copas de los árboles y generaba un murmullo intenso. Podía verlos agitándose como gigantes espantados por una fuerza invisible. Los colores ocres del otoño, así como la desnudez del invierno, habían desaparecido. Incluso los pinos parecían más fortalecidos y puntiagudos. La tierra se había llenado de arbustos florecidos y el río ya corría libre, pues las temperaturas habían aumentado y se había logrado descongelar. La vida fluía, como quien dice.

Nosotros estábamos ahí detenidos. Seguíamos siendo jóvenes eternos. Ella tenía miles de años, yo algo más de dos mil. Su largo cabello rojizo rozaba su delgada cintura y su rostro era blanco como la nieve. Esa noche no había bajado a la ciudad para conseguir una víctima, así que estaba ciega. No tenía ojos, por eso tenía puesta una venda ocultando sus cuencas vacías. A mí esa visión no me afectaba, pues la amaba tal y como era.

—No lo sé—respondí tras un largo silencio.

—Algo carcome tu alma—comentó como si pudiese ver más allá, como si su ceguera le hubiese dotado de poderes sobrenaturales para ver el aura de quienes la rodean.

—Probablemente, pero no sabría decirte en concreto qué es lo que sucede—susurré a media voz tras un carraspeo—. Sólo es una sensación extraña que devora mi alma y alimenta mis malos pensamientos.

—Mael, conmigo puedes contar—dijo apoyando su cabeza en uno de mis hombros.

—Jesse está creciendo rápido—comenté de improvisto—. Ha decidido un camino difícil. Temo que uno de esos espíritus cruentos la atrape, la torture y... No deseo que la historia se repita. También está expuesta a que sepa la verdad acerca de nosotros.

Sí, todo era ella. Había perdido muy joven a sus padres y Maharet se había propuesto cuidarla. Yo asumí un papel paternal. La protegíamos, pero había dado un último estirón. La adolescencia ya había quedado atrás. No podíamos hacer nada. Detenerla sería un error, pues sería cortar sus alas.

—No cambiaría nada. No cree en vampiros—dijo risueña.

—Una cosa es no creer sin ver, otra cosa es ver y al fin comprender—aseguré.

—En eso tienes razón. Sin embargo, aún es joven—confesó arrugando suavemente la nariz, para luego incorporarse y dejarme un beso tímido en mi mejilla.

—Ayer vi algo extraordinario y horrible a la vez—dije.

—¿Qué viste?—preguntó con gran interés.

—Un libro—contesté con simpleza para luego explicarme mejor—. Un libro llamado “Entrevista con el vampiro”. Maharet, en ese libro aparecen datos que siento que son reales. No es como esos libros de ficción barata.

—Esperemos que nadie haya roto el silencio.


Pero lo rompieron. Louis de Pointe du Lac rompió el silencio, aunque el grito mayor lo pegó Lestat en la radio, televisión y por supuesto con sus memorias. Todo lo que nos rodeaba, el misterio de nuestra existencia, quedó en manos de cualquiera que quisiera un poco de diversión “sana” con un compañero de papel.  

domingo, 29 de enero de 2017

Desesperación

Avicus es un hombre con suerte, ¿no creéis?

Lestat de Lioncourt 


Recuerdo que Gregory estaba demasiado ocupado cuidando al joven que encontró en el concierto, al cual accedió a ir sólo para enfrentarse a Akasha como hizo milenios atrás, que acabó negando en rotundo el aproximarse a Las Gemelas Pelirrojas en aquella primera gran reunión. Siempre había soñado con acercarse a ellas, arrodillarse ante ambas e inclinarse a besar sus pies. Él era el culpable de la ceguera de Maharet y el problema de habla de Mekare. Era un soldado y cumplía órdenes, aunque para él siempre fue algo monstruoso.

Sin embargo, me hallaba en una de nuestras hermosas bibliotecas, sentado en un cómodo sillón frente a la chimenea, leyendo uno de tantos libros. Si mi memoria no me falla estaba ojeando una vez más Moby-Dick de Herman Melville. Hacía décadas que no lo tomaba entre mis manos y disfrutaba como un niño, pero había leído sobre nuevos avistamientos de cachalotes blancos en las costas chilenas y algo en mí hizo que leyera. Me hallaba casi en el desenlace de una aventura motivada por la desesperación, sueños imposibles y metas inalcanzables cuando Flavius entró.

—Debes escuchar la radio—dijo de improvisto.

—Estoy leyendo—murmuré bajando el libro para verlo bien.

Levaba un suéter azul marino con el cuello de tortuga, unos jenas gruesos desgastados y las simples zapatillas para estar por casa. Su rostro estaba algo más pálido que de costumbre y tenía como una pequeña telilla de miedo en la mirada. Se acercó a mí con su móvil de alta gama y colocó en mi oreja derecha uno de sus auriculares de botón.

“No sé qué está pasando. Acaba de llamar un chico desde el corazón de Brasil. Se encuentra encerrado en un motel barato, por lo que dice, algo herido y angustiado. Hace unas horas un individuo, alto y muy pálido, apareció en la puerta de la discoteca donde se hallaba y todo se volvió un infierno de llamas. Hemos perdido la conexión con él. Si bien dice que tenía rasgos árabes y era de complexión delgada. Pero, sobre todo, hay que recordar que es un inmortal bastante viejo con dominio del fuego. No quiero ser alarmista, pero es posible que se trate de otra quema indiscriminada acometida por el mismo sujeto de hace unas noches.
Sybelle tocará para vosotros en este pequeño inciso, mientras intento contactar con el número que aparecía en mi pantalla. Por favor, quedaos atentos. Algo malo está pasando.”

—¿Qué es eso?—dije apartándome de inmediato el auricular—. ¿Qué es?

Sabía lo que era ser quemado en plena noche, justo cuando intentaba acallar la sed. Quedé reducido a una figura negruzca y débil. De no haber sido por Mael habría muerto. El dolor de las heridas aún los recordaba bien tras pasar más de dos milenios. Un sentimiento de impotencia, dolor, desesperación y añoranza, por la vida que tuve con Mael, se mezcló con fuerza en mis latidos y me incorporé llorando.

—Hay que decirle a Gregory—comentó—. Él quizá deba hacerse oír.

—Él no quiere ser el líder de nada, nosotros no debemos interrumpir...

—¿En las vidas de los jóvenes? Necesitamos que él hable con Fareed y Seth. Tal vez ellos sepan como detener a ese desgraciado. Oh, vamos. ¿Me estás diciendo que no sientes dolor ni impotencia ante esto?—los ojos de Flavius se llenaron de lágrimas, muy similares a las mías, y acabé abrazándolo.


El libro cayó al suelo, pero nosotros nos mantuvimos firmes. Hablamos de inmediato con Gregory, el cual ya sospechaba que algo no iba bien. Mientras caminaba por la ciudad, aquella misma noche, había escuchado la información en la aplicación que tenía para su móvil.  

lunes, 19 de diciembre de 2016

O Christmas Tree

Mael podría ser salvaje, pero también era alguien que sabía consolar. Yo también creo que sigue vivo, aunque sea en nuestros corazones. ¿Adónde estará? 

Lestat de Lioncourt

—¿Alguna vez te has sentido solo?—interrumpió el silencio que ambos habíamos formulado.

Ella tenía sus manos, de largos dedos finos de color marmóreo, sobre mi larga cabellera rubia pajiza. Trenzaba pequeños mechones, casi insignificantes, como si fueran espigas de trigo. Hacía aquello con parsimonia mientras el fuego caldeaba la habitación. Era una casa situada en una montaña, excavada en la roca, y sin luz eléctrica. Llevaba viviendo allí algunos años cuando yo la conocí.

Fue extraño. Paseaba por el bosque acariciando las cortezas de los árboles, como ella acariciaba mis cabellos en ese momento, preguntándome adónde fue toda mi cultura y si mi familia me recordó incluso después de la muerte. Un raro presentimiento caló hondo en mi pecho y noté como otro inmortal me observaba. Me giré y no vi nada, pero pronto salió de entre los matorrales una hermosa mujer como si fuese un animalillo salvaje. Por su cabellera pensé que era la representación de un zorro astuto y vivaz, pero al ver sus ojos sentí un escalofrío. No tenía ojos. Carecía de globos oculares, pues sus cuencas estaban vacías.

Después supe que Akasha había hecho tal atrocidad y ella conseguía ojos de hombres y animales, para así poder ver el mundo que la rodeaba. Aún así era diestra correteando por el bosque y olfateando el mundo igual que un sabueso. Era una mujer ligada a la naturaleza, vinculada como una hija y una madre. La admiré desde el primer momento en el cual la vi con ese manto rojizo lleno de minúsculas ramitas y diminutas hojas. Sus manos olían a musgo y su vestido a arcilla.

La noche era oscura como la pesadumbre de un viejo solitario, pero la luna se alzaba entre las hermosas y frondosas copas de los árboles. Las estrellas brillaban con fuerza. Hacía frío, pronto nevaría. Era prácticamente invierno y el infierno blanco se acercaba.

—¿Solo?—dije abriendo los ojos para ver el fuego, y luego girarme hacia ella.

Había estado ensoñando con nuestro primer encuentro, hacía más de diez años. Un encuentro fortuito que me había hecho vibrar y aún hoy, tras tantos años, lo sigue haciendo.

—Sí, como si necesitaras estar al lado de otro, aunque no hubiese conversación o esta tuviese largos espacios de silencio—explicó.

Esa noche aún no había robado un par de orbes para su cara de hermosos rasgos. Tenía las mejillas marcadas y algo sonrosadas, pese a que no se había alimentado correctamente. Vestía uno de sus largas túnicas verdes con un pequeño cinturón. Sus pies estaban cubiertos de trapos viejos, no tenía zapatos. Era una ermitaña que enviaba cartas cada semana a sus descendientes, la cual pronto se volvería adicta al mundo moderno y a la tecnología. Eso sería cuando tuvo que aparecer con mayor frecuencia para proteger a Jesse.

—No.

—Quizás...—murmuró acomodando sus manos sobre mis hombros—. Olvídalo.

—Tal vez sientes esa profunda necesidad de compañía porque tu hermana no está—dije directo—. Buscas en otros la compañía adecuada, alguien que entienda tus gestos y caricias. Necesitas que aprecien tu silencio y tus palabras—susurré girándome suavemente hacia ella. Vi en su expresión pena y necesidad. Estaba a punto de echarse a llorar, pero permaneció entera.

Había numerosas cartas de navidad sobre la mesa. Ella tenía alquilado un número postal donde todos enviaban sus cartas, tarjetas, postales y diversa documentación. Ella leía con pasión cada nota. Incluso era capaz de cantar las buenas noticias. No conocí jamás a una mujer más bondosa y entregada a su familia, aunque estos eran descendientes lejanos de su hija. Creo que lo hacía por ella. Por esa niña que no pudo sostener en sus brazos más de unas semanas. La misma criatura que nació de un acto ruin, pero que unió las vidas y almas de dos seres profundamente apasionados.

Sí, conocía a Khayman. Él venía de vez en cuando con sus trajes caros o prendas de cuero. Sus calzados llegaban destrozados por la caminata, pese a que podía volar como las aves o los murciélagos. Se acercaba a ella, besaba sus mejillas y le contaba lo que había descubierto de la familia. Esa Gran Familia Humana que tanto amaba. Después se iba, encomendándome a mí su compañía.

—Sí, quizá—contestó con una sonrisa bondadosa, para seguir trenzando algunos mechones más—. No obstante, creo que es porque sé que ella está ahí fuera... y...

—Y sufre, como tú—murmuré en tono quedo—. Sufres porque quieres encontrarla.

—Y tú, Mael, ¿por qué sufres?—preguntó echando sus brazos sobre mis hombros, para luego besar mi mejilla. Esperaba una pronta respuesta.

—Yo ya no sufro—mentí para que ella no notase mi dolor, pero creo que se hundía en la brea que era mi alma—. Hace tiempo que dejé de hacerlo.

—Es mentira, ¿sabes que conozco y comprendo todos tus gestos?—me dijo.

—Ah... mujer...—dije riéndome porque me había agarrado con una mentira en mis labios— ¿Cómo eres tan observadora?—pregunté girando mi rostro de nuevo hacia el fuego—. Digamos que sufro porque aún intento llenar el vacío que quedó tras la muerte de mi cultura, mi religión y mi compañía junto a Avicus. He ido llenando mis bolsillos de experiencias, de hermosas conversaciones contigo, pero...

—Falta—intervino.

—Sí, pero admito que es grato estar frente al fuego junto a ti. Es una época relevante para los celtas, aunque ahora se convirtió en el nacimiento del Dios cristiano entre los humanos. No quiero pasar estas fechas solo—me abracé mejor las piernas y suspiré. Me sentía perdido entre ese mar de gente insolente que eran las ciudades. Cuando bajaba por la colina y me perdía por los pueblos, los centros urbanos y finalmente entraba en tiendas o avenidas muy pobladas sentía pánico. La gente ya no amaba, no sentía, no deseaba de corazón... Todo era muy plástico y barato.

—Ya está, terminé—dijo agarrando el espejo que había sobre sus faldas, para dármelo y permitirme observar su obra.

—¡Ah! ¡Parezco un elfo de cuento de hadas!—me eché a reír a carcajadas apreciando ese trabajo. Incluso había colocado pequeñas ramitas y trozos de su cabello rojizo como ataduras. Parecía un elfo guerrero al cual le faltaba el arco y las flechas.

—A mí me pareces un hombre muy bondadoso—susurró cerca de mi oreja derecha, provocando que me sonrojara.  

martes, 6 de diciembre de 2016

Marius

Avicus y Mael eran una pareja extra...

Lestat de Lioncourt 


Conocí a Marius a través de los relatos de mi criatura, el ser al que le insuflé esta vida eterna y logré salvar de su propio dolor. Mael me arrastró hacia el bosque. Decía que no merecíamos ser dioses ni vivir encerrados para satisfacer la curiosidad del hombre. Comprendió que lo divino iba más allá de la corteza de un árbol, más profundo que la brizna de hierba de los valles y por debajo de la superficie húmeda de las cascadas. Hablaba de una fuerza cósmica entre las estrellas, la naturaleza y el centro de este mundo. Decía que había algo más, pero que no éramos nosotros. Se volvió un hombre silencioso y pensativo. No obstante jamás se atrevió a llamar ignorantes a otros druidas y celtas que nos topábamos por los caminos.

Cruzamos océanos y mares, nos trasladamos a Italia y desde allí caminamos entre los bosques. El camino estaba siendo arduo. Él quería ver el mundo. Deseaba tener contacto con otros pueblos que no fuesen los romanos. Quería saborear en el ambiente los distintos léxicos, los sueños de los más pobres y de los opulentos. Era un hombre que ansiaba conocer ciudades sólo para maldecirlas. Tenía razón cuando decía que estos mares de gente, que la sociedad de las metrópolis, no valía nada comparado con un árbol centenario que da aire, sombra y vida.

Me había hablado de un romano, un hombre atlético y poco entrenado en la cultura celta, que despreció sus cuidados y aquellos conocimientos que él le entregó. Había desnudado su alma, su cultura, su religión y todo lo que era su pueblo ante un hombre que tenía la mitad de la sangre de una mujer de su pueblo. Pero la sangre que tenía Marius, como así se llamaba, no era lo suficientemente vinculante con las supersticiones y creencias que este le ofreció como un maravilloso regalo.

—Háblame más de ese tal Marius—dije una vez sentado frente a una hoguera que habíamos hecho con ramas secas. Estábamos en una gruta, la cual había sido deshabitada hacía demasiado tiempo.

—¿Para qué? Ya sabes todo. Era un idiota, una persona que no escucha a otros y un maldito bastardo que quiso comprar su libertad con vino y putas—dijo molesto.

Sus ojos azules brillaban como las llamas que danzaban sobre los pedazos de madera, su cabello parecía blanco en vez de rubio debido a los reflejos del fuego, y sus manos se acercaban afanosamente para retirarlas horrorizado. Quizá recordaba como echaron a la hoguera al vampiro que creó a Marius, pero también pensaba que podía pensar que algún día él podría arder del mismo modo.

—Tengo curiosidad...

—Maldita curiosidad la tuya—chistó—. Mejor háblame de ti, de tu cultura.

Sonreí cuando me dijo que hablase de mí, pero me quedé callado. Sólo podía decirle sobre mis guerras, el duro entrenamiento militar y el terrible dolor que sentía ahora cuando pensaba que había asesinado inocentes, hermanos, seres que simplemente resguardaban su grano y sus tierras ante el ejército de lejanas tierras. No. No me sentía orgulloso.


Por eso sólo me aferré a él, besé sus mejillas y me quedé observando el fuego toda la noche hasta el amanecer. Antes que el sol despuntara estábamos bajo varios metros de tierra, a los pies de la montaña donde habíamos pasado las últimas horas calentándonos.  

lunes, 5 de diciembre de 2016

Historia de mis días y noches.

Veo respuesta de Pandora o Mael... Veo nuevo golpe a su ego.

Lestat de Lioncourt 


Aprendí que era vivir de forma independiente a las ideas de mi padre desde temprana edad. Él deseaba que fuese un hombre aguerrido, dispuesto a llevar en su cinto una espada y una mirada parecida a la de un animal herido. El coloso que tuvo con una mujer celta, ese cuyos genes eran un prodigio, se negaba a sacrificar su vida en la milicia. No quería vivir en campamentos poco higiénicos, ni afilar espadas o cabalgar a la batalla. Deseaba una vida tranquila, juiciosa y llena de privilegios arrancados del saber y la autosuficiencia.

Me hice historiador, pintor y pensador. La pintura no era en sí un oficio, pero sí redactar las nuevas y viejas costumbres que pertenecían a nuestra vida diaria. Los hombres más poderosos se sentaban a debatir con mi padre, narraban lo visto en otras tierras y me miraban como si fuera un monstruo con buenos modales. Era un chiquillo y ya rebasaba en altura a muchos de sus soldados. Muchos decían que Apolo se sentaba en la mesa ocultando sus dramáticas flechas.

Mi hermano mayor era distinto. Él era tosco, algo más bajo y muy ancho de hombros. En cuanto cumplió la edad mínima para entrar a la milicia comenzó su adiestramiento. Era sólo un niño. No dejaba de repetir las consignas militares y de beber, comer y practicar el sexo con los esclavos hasta el hartazgo. Sin duda él era el hijo favorito, yo era el hijo extraño que tuvo a cuenta de un desliz. Sin embargo mi padre no hacía diferencias y terminó apoyándome inculcando que debía ser el mejor historiador. Él no podía tener un hijo cualquiera, sino el mejor.

La rabia y la desesperación paterna vino cuando no tomaba la decisión de engendrar hijos, asentar la cabeza con una buena mujer y ofrecerle al mundo mis frutos. Me negaba. No quería dejar los placeres banales, las fiestas nocturnas y el disfrutar de mis viajes en soledad por las prósperas ciudades colindantes. Roma era un imperio, un coloso, y yo la amaba demasiado. A veces le decía que sólo con Roma me desposaría.

No obstante terminé fijándome en una muchacha. Era demasiado joven para ser mi mujer, así que pedí su mano para futuras nupcias. Su padre comprendió mi estrategia. Quería seguir viviendo ciertas juergas y aventuras, cosa que le parecía indigno en un hombre de mi edad y alcurnia. Su hija era su tesoro y me juró que no sería mi amante. Aunque admito que conté otra historia en mi libro, pues no quería parecer un auténtico perdedor. No pude tener su bendición y no debía tener su corazón.


Pasaron los años, volví a ver a esa hermosa niña convertida en una dulce mujer llamada Lydia, pero el destino me deparaba estar alejado de ella no sólo por la distancia, la edad y el odio visceral de su padre. Estaríamos distanciados por la noche y el día, pues me convertí en un monstruo por culpa de un celta.  

domingo, 4 de diciembre de 2016

Romano

Bueno... ahora sabemos los motivos y los hechos que llevaron a Mael a tener a Marius encerrado.

Lestat de Lioncourt



Fue horrible. Los dioses se calcinaron aquella noche. Era como si el fuego y el sol hubiesen podido penetrar tras la oscura y rugosa corteza de los árboles. Gritaban. Recuerdo esos terribles alaridos como si fueran aullidos de lobos hambrientos. Salí de mi choza, mi amante se quedó tumbado sobre las pieles y yo corría únicamente con la túnica más vieja que tenía. Mis pies dolían, pues no llevaba zapatos y me golpeaba con las piedras del camino.

Vi como ardía uno de los árboles, el más imponente de todos. Creí que habían sido los romanos, pero ni siquiera ellos eran capaces de hacer cosas de semejante calaña. Ellos carecían de dioses propios, habían aceptado grandes leyendas y verdades de otras tierras. No lo harían.

Pronto los gritos pararon pese a que se había formado una cadena entre los guardias de los Dioses. Una cadena que servía para pasar cubos de agua helada, proveniente de un río cercano, de mano en mano hasta el fuego. Un fuego terrible. Un fuego que se llevaba todo consigo.

El silencio fue horrible. La sensación de vacío que sentí lo fue mucho más. Perdí el equilibrio llorando. No obstante uno volvió a llorar. Eran gemidos de dolor y amargura. Sin miedo me intenté incorporar, pero al final fui gateando hasta la entrada a su templo, un gigantesco roble, y entré. Allí vi una criatura quemada, muy frágil, y con unos ojos castaños tan intensos como peligrosos.

—Tienes que buscar un nuevo dios al que yo le proporcione mi sangre, pues sólo de ese modo podrá sobrevivir vuestras creencias, vuestro saber, vuestro poder... vuestra verdad—susurró sentándose en el suelo, quedando algo encogido—. Te conozco desde que eras un niño. Tu corazón es bondadoso y tú podrás hacer la elección correcta. Busca a un hombre culto, atractivo y fuerte. Búscalo.


Salí de allí con el mensaje de nuestro dios. Me erguí decidido alzando los brazos y elegí a mi primo para que me ayudara. Pedí algo más que cultura, belleza y fortaleza. Exigí que fuera alto y descreído. No quería que estuviera contaminado por las extrañas religiones que nos rodeaban, pues sabía que había hombres que se burlaban de la religión y vivían aferrados únicamente a su razón. Ese hombre, ese único hombre, tuvo que ser Marius. Que yo recuerde no pedí a mi primo terquedad y egoísmo.   

sábado, 3 de diciembre de 2016

Crónica de una venganza: Sangre y Oro

David fue quien escribió las memorias de Marius... pero no el culpable que estas sean así.

Lestat de Lioncourt


Había sido invitado a una reunión en el nuevo hogar de Marius, el cual estaba establecido en una región gélida, casi sin vida, donde la mayoría del mundo consciente jamás pasaría más de unas horas alrededor de un manto de hielo y nieve. Había ordenado construir un fortín donde sus bellas obras se guardaban en perfectas condiciones evitando ese clima tan frío, húmedo e insoportable. La vivienda ya existía cuando Akasha atacó, pero tuvo que ser reformada tras el ataque al lugar donde él había diseñado un bunker para resguardar a ambos Padres Inmortales.

Me desplacé hasta allí junto con Maharet. Ella debía reunirse a petición de Marius porque creía conveniente un juicio rápido e íntimo a Santino, el cual se había personado voluntariamente junto con Armand y Pandora. Ambos tenían un conflicto de siglos a sus espaldas, pero habían colaborado en los últimos años para ocultar pruebas de nuestra existencia. La colaboración más evidente vino cuando Armand intentó suicidarse. Santino siempre amó al querubín que en su día el demonio que pintaba ángeles, ese que fue su enemigo en aquella época de esplendor veneciano, y esto no lo toleraba el genio. Como tampoco aceptaba que Pandora fuese amiga de un engendro que decidió quemar sus obras, sus pupilos, su rostro y todo lo que tenía por una rencilla con su secta.

No obstante una noche, antes del juicio, él decidió contar su vida a Thorne. Thorne era un vikingo al que le fue concedida la inmortalidad por parte de Maharet, la cual se llevó una sorpresa mayúscula al verlo entrar en la sala y ejecutar a Santino. Sí, esa famosa escena. Yo estaba en el salón con Daniel Molloy. El periodista se encontraba sumido en la locura y Marius decidió cuidarlo ofreciéndole a su mente un trabajo minucioso y creativo.

Recuerdo los gritos provenientes de Santino, llenos de horror, así como el sollozo amargo de Maharet o Armand. Marius había cometido una fechoría al inducir a Thorne en un odio visrceal hacia un vampiro que sólo se defendió de un ataque a su religión, a sí mismo y a todo lo que creía. Marius no fue un santo, tampoco lo era ahora. Durante siglos cazó a otros vampiros para destruirlos porque su fe le parecía infecta e indigna. Everard Landen, que hasta esa fecha se daba por desaparecido, y Santino atacaron el palacio de Venecia... ¿pero cuántos vampiros mató Marius? Además, ellos quisieron conversar primero con este. Las rencillas entre opuestos, entre seres egoístas y viscerales, siempre acaban mal.



miércoles, 5 de octubre de 2016

La verdad tras la reina.

Mael explicó cómo conoció la verdad sobre Akasha. Yo también hubiese creído a Maharet.

Lestat de Lioncourt


El imbécil orgulloso de Marius la adoraba, pero a mí no me traía buenas sensaciones pese a toda la dramática historia, de lucha y honor, que decían que poseía a sus espaldas. Mis ojos merodeaban cada uno de sus rasgos, escudriñaban en sus ojos hieráticos, y me alejaba para contemplarla sentada en su trono de oro, junto a su consorte, mientras percibía como mi viejo compañero de penurias, Marius, admiraba su belleza codiciando su amor. Yo no lograba amarla como a una madre abnegada por todas sus criaturas. Avicus me habló de ella, de la transformación que le dio a su vida. Él era un guerrero que habían convertido contra su voluntad, el cual llevaron hasta el reino vecino, el antiguo Kemet, para que ella diese el visto bueno. Se incorporó de su trono, caminó hacia él y le otorgó nuevos poderes a través de su poderosa sangre.

No fue hasta que conocí a Maharet, tras alejarme de ambos, cuando ella me confió la verdadera historia. Todo encajaba a la perfección. Acababa de salir de Venecia. Marius me había dado acogida en su casa y yo, como no, le había advertido que aquel muchacho, de hermosos cabellos cobrizos y maravillosos rasgos faciales, le traería grandes problemas y haría que vertiera miles de lágrimas. Caminaba cerca de lo que hoy es San Petesburgo. Había casi medio metro de nieve. Mis pies se congelaban, sentía en mi rostro como se cortaba con miles de navajas en cada bofetada que me ofrecía el viento, y, como no, me empeñaba en proseguir bajo aquella nevada.

Ella salió a mi encuentro. Sus cabellos rojizos ondearon en el aire como si fuera un fuego para calentar mis manos. Sin decirme nada, sólo con gestos, me hizo seguirla hasta una pequeña cueva que tenía por casa. Estaba aislada del frío, el fuego crepitaba en una hoguera y me regaló ropas secas, cálidas y casi de mi medida. Noté que toda ella estaba tejida por su inmenso telar, pero no supe cuál era el producto hasta que la vi arrancarse mechones de pelo y unirlos a sus obras. Quedé fascinado.

—Me llamo Maharet—dijo moviendo rápidamente sus dedos por su telar. Parecía una araña construyendo una inmensa tela de araña, pero en realidad sólo hacía una manta gruesa para pasar los peores días del invierno—. ¿Qué haces por aquí?

—Viajo. Quiero conocer el mundo y comprender lo que somos—expliqué notando que era vieja, pues tenía una presencia que no había captado en ningún otro vampiro, ni Eudoxia o Avicus.

—He visto que conoces a Akasha, pero no la verdad. Siéntate, acomódate junto al fuego, y te contaré lo que esa tirana logró hacerle a mi familia—susurró.


Durante horas me contó su infancia, como su madre la había educado, para finalmente hacerme ver lo que había ocurrido. Ella me habló del dolor que había atravesado su piel, así como la piel de su hermana, hasta su alma. Explicó las leyes que impuso la soberana Akasha, como Enkil sólo era un pelele y que ella se creía una diosa. No la interrumpí. Cuando finalizó su relato hasta aquella misma mañana me incorporé, caminé hacia ella y besé sus mejillas. La amaba por su entereza, su sabiduría y el poder que transmitía aunque ella sólo quería sobrevivir.  

sábado, 2 de julio de 2016

Idiota

Avicus fue un idiota y ahora lo reconoce, ¿aparecerá Mael? Lo dudo.

Lestat de Lioncourt


—¿Por qué te vas?—pregunté como un estúpido.

Parecía un niño estirando mis brazos hacia una estrella lejana. Él ya no me pertenecía. Realmente no me perteneció por completo porque los seres salvajes no tienen dueño, ni tierra donde echar raíces y tampoco sentimientos que los aten.

—¿Por qué debo quedarme? ¿Acaso no lo ves? Aquí sobro—respondió encogiéndose de hombros mientras envainaba su espada y terminaba de empaquetar algunas de sus pertenencias. Sólo eran unos pocos libros, unas dagas, algo de ropa y unos animales de madera que él mismo había tallado.

—Mael...—dije su nombre con preocupación mientras lo asechaba desde el marco de la puerta.

—Ah... aún recuerdas mi nombre—dijo girándose un momento para luego regresar a su labor—. Pensé que ya habías olvidado como me llamo, e incluso creo que he llegado a pensar que se te ha olvidado tu propio nombre y tu honor, porque sólo sabes pensar en ella y llamarla entre delirios de amor.

Entré en la habitación, caminé hacia él y le tomé de los hombros perdiéndome un segundo en sus ojos mientras temblaba. Agaché la cabeza comprendiendo lo que me había dicho. Acepté yo era quien estaba equivocado pero no podía pronunciarlo. Me sentía agotado y hundido.

—Eso no es cierto...

—Ni siquiera te atreves a decirme eso mirándome a la cara—respondió apartándome—. No puedes negarlo.

—Mael...—sentí que sería la última vez que pronunciaría su nombre con él frente a mí. Su mirada estaba llena de ira.

—Avicus, todo ha terminado—aseguró.

—Me niego, ¿entiendes?—murmuré casi sin voz. Estaba a punto de desmoronarme y él no lo veía.

—Oh, sí—dijo tras una risotada—. Intentas retenerme quizá porque tu conciencia no estará tranquila jamás ya que sabes que yo valgo mucho más que ella.

—¿Por ser hombre?—interrumpí ligeramente molesto.

—No, no tiene nada que ver que sea un hombre—respondió tomando sus bártulos para echárselos al hombro y salir de la habitación.

Decidí seguirlo por toda la estancia, hasta el salón y del salón al pasillo de la entrada. Allí lo tomé del brazo derecho para detenerlo, pero él se sacudió como si fuese un gato acorralado. Tuve que apartarme un par de pasos cuando me enfrentó con una mayor rabia y algo de rencor.

—¿Y por qué eres mejor?—pregunté. Deseaba saberlo, pero algo en el fondo de mi alma me decía que ya lo sabía. Él era mejor porque me amaba por encima de si mismo. Yo era más importante que su propia vida.

—¡Demonios!—gritó mirando al techo de la habitación como si clamara a los dioses que una vez veneró. Los mismos dioses que yo representaba— ¿No lo ves?—preguntó antes de tomar el pomo de la puerta entre los dedos de su mano derecha.

—No, explícate—dije para ganar tiempo.


—Me voy—contestó—. Supongo que algún día, sea el que sea, te darás cuenta porque te decía que yo era mejor. Cuídate e intenta ser feliz—esa frase la llevo conmigo como si fuese una maldición. No he sido del todo feliz porque su recuerdo me ha impedido serlo—. Yo intentaré mantenerme ahí fuera rodeado de miseria y soledad. Tranquilo, soy un guerrero. Los guerreros no caemos con tanta facilidad.  

domingo, 12 de junio de 2016

Amistad

Amistad entre seres... un pequeño escrito de Daniel para que recordemos que hay que estar unidos.


Lestat de Lioncourt


Los problemas de carácter afectan tanto a humanos como a todo tipo de criaturas. “La Tribu” como así fue denominada por Benjamín y que se extendió más allá de los vampiros y humanos, añadiendo también a los espíritus y fantasmas, nos recuerdan que cada uno es único. No existen dos seres idénticos en su carácter, aunque hemos encontrado similitudes entre los nuestros. Es posible encontrar características que generan una pequeña balanza positiva o negativa. En definitiva, podemos encontrar compatibilidades o destruirnos.

La relación de amistad más extraña que existe en nuestra tribu proviene de los nexos, o lazos, de unión de Marius Romanus y Mael. Ambos se conocieron cuando Marius decidió visitar Hispania como historiador. Cierta noche, en una taberna cualquiera, fue secuestrado tras ser drogado. Allí conoció profundamente sólo a un celta que entraba en su celda y le hablaba sobre su cultura, algo que Marius no deseaba conocer ni siquiera de forma superflua pese a ser hijo de una esclava celta. El druida intentó que comprendiera los múltiples motivos por los cuales él estaba encerrado, necesitaba seguir vivo, tenía que escuchar sus historias y asimilar que no volvería a ser el hombre libre que tanto amaba ser. Después de huir en plena ceremonia de conversión ambos creyeron que no volverían a verse, pero no fue así. Años más tarde, ambos ya como vampiros, se encontraron y decidieron unir fuerzas junto al Dios del Árbol que acompañaba a Mael. Fueron tiempos difíciles de lucha contra vampiros que creían en una religión abominable. Tras décadas compartiendo compañía Marius abandona Constantinopla y Mael se separa también de Avicus debido a que este ha encontrado una compañera, alguien que le fascina más que su propia creación, y aún así Marius y Mael vuelven a encontrarse un par de veces más.

Es una relación de supervivencia, de mutuo conocimiento y también de cariño aunque ambos lo nieguen. Sin embargo, el fuerte carácter de ambos impiden que sean los típicos amigos sociables que se apoyan en todo. Difieren siempre y se llevan la contraria como si eso fuese lo que mantuviese la chispa. Pero hay amistades profundas que no tienen este contenido tan explosivo, aunque uno de ellos siempre está metiéndose en problemas y el otro ayudándole a solventarlos no sin antes comportarse como si fuese su padre. Lestat de Lioncourt y David Talbot se conocieron tras el concierto de Akasha, aunque el director de la Orden de la Talamasca ya conocía bien quien era. Y es que pocos podían negar conocer al vampiro más famoso de los últimos tiempos. Han sido varias aventuras donde hemos visto un equipo fabuloso, pero también sus diferencias. No obstante no es una amistad explosiva como la del romano y el celta.

También hemos encontrado amistades profundas entre mujeres. No podemos olvidar la fascinación, respeto y amor que despertó Maharet en Pandora. Ella admiró su bondad, su discreción y laborioso trabajo que hizo siguiendo a su familia desde el primer momento. Aquello sobrecogió a la primera creación de Marius y logró que fueran amigas. Cuando Maharet murió fue un terrible impacto para Pandora. Aunque seamos sinceros incluso fue un momento trágico para Gabrielle ya que también la conocía. Pocos podían decir que no eran amigos de Maharet o no la querían. Hay seres que tienen un don especial para llamar la atención de todos por su amabilidad y bondad.

La amistad entre espíritus y vampiros es un hecho igual que la amistad entre vampiros y humanos, aunque esta última es más peligrosa y mucho más frágil. Existe dos Talamasca. Una Talamasca es la visible, aquella que se presenta con una elegante tarjeta y te piden que les cuestes los fenómenos que suceden a tu alrededor. Después está la otra que está formada por espíritus, fantasmas y vampiros que siguen informando y colaborando con los primeros sin que estos lo sepan. Son fuertes vínculos de respeto.


En definitiva, la amistad existe pese a que algunos tienen un carácter casi imposible de soportar.  

sábado, 11 de junio de 2016

Discusión

Marius y Mael discutiendo cuando la Reina... ¡Ja!

Lestat de Lioncourt 

—Siempre diciendo estupideces—argumentó.

—Aquí el único imbécil eres tú—replicó.

—Después de ti, amigo mío, porque no hay nadie que te supere en este mundo—dije mientras tomaba asiento en la mesa de reuniones.

Había caminado durante días para reunirme con todos. San Francisco no era mi lugar predilecto. De hecho, odiaba las ciudades sobrepobladas llenas de contaminación y apatía. Las almas que allí habitaban no eran puras y desconocían lo que era ser libres. Estaban intoxicadas con el humo de los cigarrillos, las enormes chimeneas de las fábricas y la comida basura. Eran un desastre como individuos y población. La vida germinaba marchita y se extendía más allá de los emblemáticos edificios del centro bursátil.

Yo me dedicaba a pasear cabizbajo mientras pensaba en Jesse. El concierto iba a iniciarse. Había escuchado de todo a todos los vampiros jóvenes que se fueron acumulando en las calles, como si fuera una colmena, mientras el zumbido de los vehículos dañaba mis finos oídos. Pero ahora estaba allí en un pequeño remanso de paz olvidando lo que había allí fuera. Estábamos reunidos y las conversaciones se mezclaban. No tenía intención alguna de discutir con Marius, pero comencé a hacerlo como cientos de años atrás.

—¡Cómo te atreves!—dijo dando un enérgico golpe sobre la mesa, aunque no lo hizo con toda la fuerza que poseía aquel envase poderoso que era el de un demonio con colmillos, un vampiro milenario, que había visto y sentido demasiadas noches y víctimas.

—Es una virtud lo que hago, Marius. Una virtud que detestas porque no digieres la verdad cuando esta recae sobre tus acciones, pensamientos o creencias. Realmente tienes un gran problema—susurré evitando su mirada porque no quería seguir un tema que no tenía salida.

—Mi problema eres tú—aseguró.

—¿Yo? No—respondí mirándolo a los ojos.

—¡Sí!—gritó.

—Tu problema es que crees saber pero en realidad sólo eres un soberbio con demasiado tiempo libre—contesté mientras mi mirada se centraba en esa expresión tan furibunda.

—¡Mael! ¡Deberías sentirte avergonzado por lo que estás diciendo!—seguía alterado.

—¿Por qué?—pregunté sin alzar la voz— ¿Por preguntarle a otro sobre un comentario que hiciste? ¿Por qué? Sólo quería saber si era cierto.

—Pudiste preguntarme a mí—dijo.

—Tú no estabas en ese momento y no sabía si me contestarías. Estabas tan furioso conmigo, contigo y con el mundo que creí que todo ardería a causa de tu ira.

Sabía cual era su problema. Su mayor problema es que no quería ver destacar a otros por encima de su nombre. Él quería ser el elegido. Deseaba que todos le amaran y adularan como creía merecer. Sin embargo, yo cuestionaba sus acciones como muchos otros lo habían hecho a lo largo del tiempo. Muchos habían ido en contra de sus absurdas leyes pero nadie era capaz de plantarle cara mostrándole cada uno de sus defectos, haciéndole ver que estaba equivocado y que sólo era un tonto intentando parecer un genio.



jueves, 28 de abril de 2016

La Voz de la Tribu- Inicio de ciclo - Viktor

De nuevo regresamos con "La Radio de Benji" con su programa "La Voz de la Tribu". Como sabéis se transcribe gracias a Daniel Molloy. 

Lestat de Lioncourt 






Cada ciertos meses decidía hacer largos viajes por todo el mundo. Recorría las ciudades que más le interesaban o sitios donde jamás había estado. Quería conocer de primera mano algunas de las historias que le narraban sus oyentes. Durante algunas semanas pateó la India y aspiró el aire cargado de especias y flores de muchas de sus calles, barrios y plazas. Visitó algunos locales que aún estaban ennegrecidos y destruidos por la terrible actuación de Amel cuando tomó posesión, casi absoluta, del sosegado Arjun. También estuvo en Egipto tocando los muros de muchas de las pirámides, descifrando su verdad gracias a un joven vampiro que decidió hacer de guía y permitió que le contara lo que él había visto durante los siglos que tenía de vida. Sin embargo la radio debía volver a sonar con noticias frescas y hallazgos únicos.

La primera emisión de la noche sería impactante para muchos. Algunos aún no creían que fuese posible que existiera un vampiro idéntico a Lestat, con su misma genética y que pudiese llamar “Padre” a Lestat. Era un nuevo discípulo de Marius, pero también fue educado por el hindú Fareed y el Seth, hijo biológico y de La Sangre de Akasha, que habían obrado el milagro junto a una joven e intrépida científica que jamás se dio por vencida. Su nombre era Viktor y había aceptado llevar el apellido de su padre con cierto orgullo.

Ya había pisado la radio en otras ocasiones aunque la mayoría como espectador. Viktor quería formar parte de la élite nocturna, de los vampiros o Hijos de las Tinieblas, desde que comenzó a comprender que todo su mundo se basaba en ello. Había vivido de noche, prácticamente aislado en un búnker, gran parte de su vida.

Cuando observabas a Viktor veías a un joven formal de ojos rebeldes y tras saber su procedencia, su historia y genética, comprendías que iba a traer savia nueva a un árbol que parecía necesitar rejuvenecerse pese a todo. Tras una gran desgracia siempre venía una calma de un periodo floreciente. Rose, la hija adoptiva de Lestat, era su compañera y amante. El amor de ambos era el símbolo de poder salvar cualquier problema gracias a la fuerza de un amor inquebrantable.

Benjamín se encontraba sentado en una nueva mesa redonda, para nada la típica cuadrada de patas de hierro. Había adquirido mobiliario especial con sillas más cómodas, mejores micrófonos y una mesa especial que estaba llena de carpetas que pertenecían a Talamasca. Gremt iba a permitir cierta colaboración con la radio porque podía ser usada para comunicar a los diversos miembros, así como ejercer ciertas presiones o colaboraciones con otros seres. Estaba vestido de negro riguroso pues hasta su corbata de seda era negra. Frente a él tenía a Viktor vestido con una americana blanca y un jersey fino de cuello alto color marengo. Rose estaba fuera, posiblemente escuchando la radio desde su dispositivo, porque no quería que se sintiera coaccionado a callar ciertas respuestas. Sybelle se hallaba al piano junto a Antoine haciendo un dueto especial. Los dos músicos vestían ropas cómodas aunque elegantes. Ella vestía un traje primaveral blanco cargado de flores y él una simple camisa blanca de algodón y unos tejanos oscuros. Daniel se encontraba en la cabina accediendo a la página web para vigilar el chat en directo que iban a tener y David accedía a la sala para sentarse en la mesa.

Lestat no estaba en Nueva York. Su padre había decidido quedarse en París paseando por sus abarrotadas calles junto a Louis. Hacía algunos años que Francia estaba en guerra con varios países árabes y estaba empezando a sufrir las consecuencias. Él quería estar allí observando la fortaleza de los civiles y notando, con cierta amargura, las mentiras de los políticos.

—Bienvenidos una vez más a “La Voz de la Tribu”. Hoy, en tu radio de preferencia, tenemos a Viktor Lioncourt junto a nuestro colaborador habitual David Talbot que representa la unión especial entre Talamasca y el mundo de las Tinieblas—explicaba mientras se acomodaba su sombrero de ala ancha—. Hemos tomado unas merecidas vacaciones para investigar y poner en práctica ciertos cambios.

—Así es, hemos hecho cambios y nuevos proyectos se avecinan—confirmó David Talbot—. Talamasca ha aceptado la mano tendida y desde ahora estaremos colaborando con sus miembros.

—También hablaremos habitualmente con el equipo científico de Seth y los laboratorios farmacológicos de Gregory—indicó Benjamín.

—¡Y el chat en directo!—añadió Viktor—. Lo siento...

—Como dice nuestro invitado, Viktor de Lioncourt, estaremos constantemente conectados con vosotros a través de un chat. El moderador será Daniel Molloy, nuestro eterno periodista, que tomará nota de vuestras preguntas las cuales pasarán por un filtro y nos llegará a nosotros—explicó con una ligera sonrisa.

¿Cómo no iba a sentirse satisfecho? Había logrado que su radio alcanzara máximos históricos. La aplicación para móvil se había descargado miles de veces en numerosos teléfonos inteligentes. Cualquier ser perteneciente a la Tribu, que en realidad era más diversa de lo que se podía uno imaginar en un principio, estaba conectado esperando noticias que les renovara la fe.

—Comencemos con una noticia sobre Talamasca y empezaremos la conversación con Viktor—intervino David Talbot—. Se precisa que todos los miembros busquen en los archivos intervenciones de espíritus poderosos que hayan sido calificados de demonios. Queremos investigar si existe correlación. Desde hace varias semanas investigo estos sucesos junto a Daniel Molloy, el cual está siendo mi mano derecha en muchas ocasiones, y estoy encontrando ciertos patrones que se han repetido en numerosas partes del mundo y en diversas circunstancias.

—¿Qué temes?—preguntó Benjamín.

—Temo que el supuesto demonio que persiguió a Lestat sea un espíritu tan fuerte como Amel, pero que este desee algo más que poder sentir y experimentar la vida—explicó sin tapujos.

—Hay muchos fantasmas y espíritus—intervino Viktor sin ser invitado—. Yo mismo he visto varios bastante poderosos, pero no me han hecho nada. Sólo querían conversar.

—Sí, muchos sólo quieren conocer o comprender la información que posees y añadirla a la suya, pero hay quienes desean prosperar en este mundo y destruir por placer—informó David Talbot.

Daniel Molloy entonces pidió paso desde la cabina donde tenía un micrófono preparado. El antiguo periodista sacado de los suburbios de San Francisco hizo presente su voz. Era una voz profunda y seductora que cualquier otro hubiese comparado con la de grandes locutores de radio o glamurosas estrellas del cine.

—Hay un miembro de Talamasca que me ha enviado su acreditación vía Fax que quiere ponerse en contacto con David Talbot, pues posee un libro interesante que encontró hace sólo unos días y aún no han catalogado, archivado ni adjuntado. Se encuentra en dirección a Londres para encontrarse en la sede con el nuevo director—explicó mientras daba algunos datos extra—. Sólo ha querido decir que es mujer y que conoce personalmente a David.

—Sólo tres mujeres en Talamasca me conocen personalmente en esa sede de Londres, el resto por desgracia murió hace algunos años—comentó.

—Pues posiblemente sea una de tus viejas amigas poniéndose en contacto. He tomado su número de teléfono y podrás llamarla en cuanto acabe la entrevista—dijo mientras se escuchaban sus dedos moviéndose rápidos por el teclado del ordenador—. También hay una joven que pregunta si Viktor sigue con Rose o está soltero...

—Estoy casado—respondió de inmediato provocando que todos le miráramos.

Lestat no dejaba de coquetear con todo el mundo pero Viktor no. Sin duda alguna era la única diferencia de carácter que tenían ambos, porque eran alocados y entrometidos. La arrogancia era una señal inequívoca de ser un Lioncourt, así como una fuerza espiritual indecible en los momentos más críticos o un deseo insaciable de conocer.

—Viktor, ¿qué es lo que más te ha costado asumir?—preguntó Benjamín.

—¿Qué?—dijo de inmediato para luego guardar silencio. Sus rubias y finas cejas se arquearon y luego fruncieron. Durante varios segundos permaneció callado intentando encontrar las palabras adecuadas, después sonrió y se echó a reír para soltar su pequeño discurso—. Podría decir que arrebatar vidas humanas porque me daría un toque dulce y melodramático como ocurrió con Louis, pero la verdad es que me fascina destruir sueños de la gentuza con la que me topo. La oscuridad siempre me ha parecido seductora así que jamás me ha llamado la atención pasear por el parque a pleno sol, pues además la noche tiene un atractivo que provoca en mí una fascinación absoluta. Si hablamos del sabor metálico de la sangre os diré que he comido cosas peores en tugurios de mala muerte, con dietas de supervivencia al ser estudiante universitario y en viajes por la mitad del desierto. Mi madre no es que fuera una excelente cocinera, ¿sabéis?—se echó a reír para poco a poco mostrar algo de seriedad—. Quizá las reglas impuestas por Marius y mi padre. No comprendo como han aceptado ambos ponerlas. Uno nunca las ha seguido y el otro se ha mantenido siempre firme para quebrarlas una a una. Pero supongo que son necesarias. Tal vez, por encima de las reglas y todo lo que supone ser vampiro, me provocó cierto rechazo estar encerrado. Los búnker han sido mi hogar, lugares bajo tierra donde los científicos desarrollaban sus proyectos y vigilaban el proceso reconstructivo de los tejidos de los vampiros. Sin embargo, ahora tengo que poner especial cuidado con las cerraduras y todo lo que es el asalto de los humanos, y espíritus vengativos, para intentar acabar con nosotros.

—¿Por qué crees que hay humanos quieren destruirnos?—dijo David Talbot.

—Hasta ahora creían que los libros de mi padre, como del resto de vampiros, era literatura fantástica y de terror. No asumían que la historia fuese cierta—contestó—. Ahora están aterrados porque somos algo que no pueden controlar ni comprender.

—¿Te puedo preguntar algo?—intervino nuevamente Benjamín—. ¿Qué te atrajo de Rose? ¿Tal vez su humanidad? Era la primera humana que veías en años.

—He tenido contacto con los humanos porque iba a la universidad, pero la convivencia siempre ha sido limitada. Me sentía como un Tarzán rodeado de vampiros en vez de grandes simios. Ella era mi Jane, mi flor prohibida, mi hermosa compañera de viaje en una aventura sin límites y me enamoró su sensibilidad ante el dolor ajeno, su dulzura, la ingenuidad que la ha envuelto siempre y su historia. Amo su historia—dijo.

—Pero no es una historia del todo agradable—comentó David.

—No lo es. La mía quizás es demasiado fácil—contestó—. Lo he tenido todo salvo a mi padre y ahora lo tengo a él. Es mi amigo, mi hermano, mi compañero de noches eternas de conversación y me ha dado algunos consejos que quizá siga—se echó a reír a carcajadas y negó suavemente con la cabeza—. ¿No es una locura? Lestat dando consejos...

—Tengo otra pregunta—dijo Daniel Molloy—. Una humana pregunta si tu padre está preparado para crear a más vampiros. Ahora está el cupo limitado, ¿pero habrá más? ¿O se limitará?

—Se limitará. Amel sufre demasiado cuando hay muchos vampiros. Él está diluido en todos y cada uno de nosotros, necesita que estemos juntos y no seamos demasiados—aseguró—. No se puede ni debe dar la sangre a cualquiera.

—¿Has seguido tus estudios?—dijo David Talbot quitándose la chaqueta gris humo que llevaba en aquella ocasión.

—Sí, los he acabado en meses. Ahora he decidido aprender recorriendo el mundo como hizo mi padre. He visitado a mi abuela, he conocido a varias mujeres interesantes y fuertes, me he dejado llevar por los consejos de Pandora y he ido a visitar ciertas obras renacentistas de la mano de Marius. Estoy viajando a museos con vampiros que vivieron esos acontecimientos y aprendiendo incluso de la curiosidad de Armand por la tecnología. Todo es llamativo y fabuloso, aunque implica una responsabilidad terrible y una sed que a veces se vuelve insoportable—aseguró mientras se recostaba en la silla—. ¿Algo más? ¿Puedo decir algo?

—No, esas eran las preguntas—contestó Benjamín mirándolo a los ojos—. Pero puedes decir lo que quieras.

—Sé que Mael no está muerto y si está herido debería ponerse en contacto con Fareed. Nuestro equipo científico podría ayudarle a reconstruir la piel dañada y paliar el dolor que pueda sentir en sus extremidades—dijo antes de levantarse—. Voy con prisa y debo irme, pero quiero pedir en directo una copia de todo lo que toque Sybelle y Antoine. Estoy locamente enamorado de su música porque me ayuda a concentrarme y a sentirme en paz. Por favor.

—Lo tendrás—dijo Benjamín.

—Gracias—comentó saliendo de detrás de la mesa para bordearla e ir con el muchacho—. Eres adorable, adorable... como un hermano pequeño—dijo estrechándolo contra él—. Si necesitas algo, sea lo que sea, cuenta conmigo.

—¡Fabuloso!—gritó—. ¡Ahora os dejamos con los músicos en directo!


Nada más apagar los micrófonos David corrió hacia la cabina y tomó todos los datos de la mujer que había intervenido. Su rostro mostraba cierta preocupación. Pensó en una vieja amiga que posiblemente rondaba ya los ochenta años y que no estaba para tener grandes aventuras. Ella era una mujer adicta a la literatura y sólo se movía de la orden para hallar nuevos libros incunables, los cuales restauraba y estudiaba con cuidado. Estaba seguro que era ella.  

jueves, 21 de abril de 2016

Palabras y emociones.

Avicus es un hombre sensible y serio que estoy empezando a admirar y esta es una de sus memorias.

Lestat de Lioncourt

Sentado en aquel enorme sofá me sentía inquieto. Todo había terminado demasiado rápido quizá. Nos habíamos reunido entorno a una mesa gigante donde podíamos contemplarnos unos a los otros. Zenobia no dijo nada y permaneció serena junto a mí. Ni siquiera mostró emoción alguna cuando Lestat se alzó victorioso en mitad de aquel enjambre de gritos y acciones violentas. Desde hacía tiempo parecía alejada de todo e inclusivo de mis deseos más profundos de permanecer a su lado.

—¿Por qué tienes esa cara?—preguntó Gregory entrando en el salón donde me había refugiado.

Lestat ya había sido coronado y hablaba en la radio de todo lo ocurrido. La gratitud de aquel muchacho, tan joven entre los nuestros y tan fuerte, me pareció profunda y sincera. Su voz se colaba por la aplicación del teléfono móvil que recientemente había aprendido a usar, pero no eran sus palabras las que me mantenían serio y concentrado en mis pensamientos.

—Avicus, amigo mío, ¿ocurre algo?—dijo tomando asiento junto a mí. Levantó su brazo derecho y colocó este sobre mis hombros ofreciéndome cierto consuelo sin saber bien qué ocurría.

—Noto distante a Zenobia o tal vez está volviéndose incapaz de asombrarse. Ella cada vez más disfruta de su lado masculino centrándose en aparentar ser un muchacho joven y fuerte mentalmente. Se mueve por las ciudades sola sin que yo la acompañe. Antes solíamos divagar mientras buscábamos una presa que fuese digna de nuestros más bajos instintos—guardé silencio unos minutos y me encogí de hombros mientras giraba mi rostro hacia el suyo.

Gregory seguía siendo aquel muchacho de piel bronceada y ojos profundos. Tenía dieciocho años cuando fue convertido y se ha transformado en el vampiro más antiguo que hay sobre la faz de la tierra. Fue la tercera creación de Akasha y el dirigente de un ejército de malditos. El mismo ejército que capturó a muchos como yo para someterse a los caprichos de la reina. Sabía que sobre su conciencia pesaba la tragedia de las Gemelas. Él, durante muchos años, había admirado a Khayman por sublevarse rápidamente y enfrentarse a una “diosa” que jamás debió existir. Comprendía que su sonrisa fuese ligeramente amarga como si despertara de una pesadilla para entrar en otra.

—Zenobia tiene un carácter muy distinto al tuyo. Siempre ha sido una mujer completa por sí misma sin necesidad que tú la persigas para animar su corazón o agitar su alma—dijo recostándose en el respaldo dejando su brazo caer—. Hay quienes necesitamos compañía para poder satisfacer ciertas necesidades sociales. Nos divertimos acompañados porque nos encanta conversar, pero ella es silenciosa y huraña—giró su rostro hacia mí mirándome a los ojos con esa profundidad que únicamente poseen los suyos y los de Seth, sonrió y me confesó algo que hasta ese momento no supe ver—. Además, ella ha dejado de competir con Flavius. Llevamos siglos juntos y aún no te has percatado que con el paso de los años ella ha dejado de lado el desear ser más importante que nuestro amigo griego—dijo palmeando mi muslo izquierdo para luego levantarse de inmediato acomodando su chaqueta Armani—. Pero yo sé que hay otro motivo por el cual estás así. Has mantenido la esperanza de ver a Mael incluso cuando te habían confirmado que estaba muerto.

—Aún sigo con esa esperanza, Gregory—dije.

—Yo la mantendría siempre—comentó encogiéndose de hombros—. ¿Por qué? Mael es un ser solitario que agradece el silencio y la paz que le da el no tener que ofrecer explicaciones a otros. Posiblemente si está vivo aún tiene cicatrices por la exposición del sol, deambula por las calles de pequeñas ciudades y merodea siempre pueblos cercanos al bosque. Es un guerrero y un guerrero sabe sobrevivir pese a las heridas. Seguramente habrá luchado estos meses contra Amel y es posible que haya perdido la cordura algunos días, ¿quién dice que no es el culpable de algunas quemas desconocidas en ciudades europeas y americanas?—echó a caminar entonces hacia la puerta y se giró para decirme algo más antes de irse—. Y Marius ha afirmado que está vivo y herido, aunque no ha querido revelar como sabe eso. Ah... ¿y no dijo lo mismo Khayman? Él no estaba del todo seguro sobre su muerte.

—Lo dijo...—murmuré esbozando una sonrisa de esperanza.

—Iré a jugar al ajedrez porque tengo una pequeña competición con nuestro hospitalario Armand—dijo dejando sonar sus mocasines por el mármol perfectamente pulido.

Recordé la primera gran reunión que tuvo lugar cuando el concierto de Lestat. Decidimos no asistir porque Gregory no sabía como enfrentar a Khayman y de qué forma disculparse con las Gemelas, sobre todo con Maharet, por todo lo ocurrido. Él también desertó cuando pudo alejarse lo suficiente de Akasha, la cual le imponía cierto miedo y no respeto.

Me pregunté qué hubiese ocurrido de haber aparecido en aquella reunión. Imaginé a Mael abrazándome preguntándome por todos estos años de silencio y yo haciendo lo mismo reconociendo en sus ojos claros la bondad que pocos habíamos visto. Algo en mí se agitaba y era la pesada carga de saber que lo dejé marchar sin importarme nada, pues siempre creí que volvería a buscarme pidiendo un poco de mi corazón. Aunque él no tenía por qué pedir un trozo de mi alma, de mis sentimientos, de mi amor o como quiera el mundo llamarlo. Él tenía gran parte de mi corazón aún en sus manos y sería por siempre de ese modo porque era mi única creación, mi viejo compañero de armas y un amante excepcional pese a su mal carácter.

—¡Avicus! ¡Al fin te encuentro en este laberinto!—escuché la voz de Flavius sacándome de mis ensoñaciones.

Tras percatarme de su presencia en la habitación me di cuenta que él había regresado a sus viejos atuendos. Casi todos decidíamos vestir prendas similares a las que una vez usamos cuando éramos humanos. Él llevaba una toga corta que a penas cubría la mitad de sus musculosos muslos y que dejaba sutilmente su espalda descubierta. Parecía la imagen idílica de Apolo aunque faltaban las flechas. Sus cabellos rubios oscuros caían con gracia sobre su frente y rozaban su nuca. Tenía la belleza clásica de las esculturas renacentistas y poseía unos ojos tan hermosos que me recordaba a los veraniegos cielos que hacía milenios que no era capaz de contemplar salvo en películas, fotografías y magníficas pinturas. Si pudiese describir sus rasgos debería usar un cincel y mármol de gran calidad para crear un David de Miguel Ángel con mayor realismo. Sus labios poseen una bondadosa sonrisa que parece asomarse incluso cuando medita únicamente consigo mismo. Para mí siempre es placentero observarlo y pasar algunos minutos en su compañía porque me siento bondadoso y olvido que fui un sanguinario guerrero.

—¿Deseabas algo?—pregunté echándome hacia atrás en el sofá.

Él caminó pausadamente hacia mí intentando desvelar todo lo que mis ojos decían y mis labios callaban. Sin embargo esa noche era demasiado terrible y a la vez fascinante para que él pudiese comprender todo lo que me ocurría.

—Ven, ven conmigo—dije abriendo mis brazos para que él se subiera sobre mis piernas y me dejara rodear su cuerpo hasta encontrar la paz.

—Avicus...—susurró sentándose sobre mí y permitiendo que le estrechara para poder llorar en paz.

Llorar no es una muestra de debilidad. No me importa que lloren a mi lado y manchen mis prendas como tampoco me importa oler las lágrimas sanguinolentas de mis compañeros. Sé que es la máxima expresión de nuestras desatadas emociones. Flavius había sufrido durante algún tiempo una presión indecible sobre su alma y al quedar liberada, exculpada de todas y cada una de las pesadas palabras que caían como lanzas, las lágrimas acudieron como símbolo de felicidad.

En mutuo silencio y complicidad noté como él llevaba mis manos hacia uno de sus costados donde llevaba un pequeño zurrón. Allí, cerca de sus riñones, tenía unas jeringuillas preparadas con un líquido transparente cargado de hormonas masculinas para ser aplicadas. Su lengua rozó mis labios y se coló entre ellos para comenzar a besarnos sin sobre saltos. Mis dedos eran hábiles y abrí la pequeña bolsa, saqué los medicamentos y clavé una de las agujas en su muslo derecho, muy cerca de su ingle, para hacer lo mismo conmigo tras levantarme la camisa que había decidido usar esa noche. Flavius volvió a dirigir una de mis manos agarrándome de la muñeca derecha, colándola dentro del borde de su toga y permitiendo que notase que no llevaba ropa interior.

—Deseo estar en contacto con Pandora pero no irme con ella—me aseguró en un breve jadeo mientras yo comenzaba a mover mi mano contra su miembro—. Yo te amo a ti y nada podrá destrozar este sentimiento que me ahoga desde hace demasiados siglos. No me importa no ser el único al que ames—mientras decía eso abrió el primer botón de mi pantalón y bajó la cremallera para sacar mi sexo.

Ambos frente a frente nos dedicábamos caricias indecentes sin importar que la puerta permanecía abierta. Nos mirábamos a los ojos como dos adolescentes borrachos de hormonas que descontrolaban nuestros pensamientos enturbiando nuestra mente. Nuestras bocas eran una jauría de besos y mordiscos encendiendo aún con mayor ímpetu la mecha de nuestros cuerpos. El sudor sanguinolento de ambos era muestra inequívoca de nuestra profunda excitación. No tardaron demasiado nuestros cuerpos en sentir el impulso final llegando al orgasmo.

Él cayó sobre mi torso y yo decidí arroparlo nuevamente con mis brazos. Pegué su cuerpo al mío besé su frente y sus mejillas, dejé que su respiración agitada se sosegara junto a la mía y guardé silencio durante varios minutos. Me había hecho una confesión que ya sabía pues no era la primera vez que me demostraba tal devoción de amor.


—Te has convertido en el epicentro de mi alma... sin ti es posible que me derrumbara—confesé.  

lunes, 18 de abril de 2016

Carta al recuerdo

Mael y Marius siempre tendrán una relación de amor-odio muy intensa. 

Lestat de Lioncourt 


Había recibido una carta desde Kentucky con un remitente desconocido. Tardé algunos minutos en abrirla porque supuse que podrían ser malas noticias. Últimamente todo había estado demasiado revuelto. La muerte de tantos vampiros había removido los cimientos de nuestra sociedad y muchos jóvenes enviaban cartas y correos electrónicos pidiendo mayores explicaciones a todos los implicados. Yo tenía las manos limpias porque Amel no había logrado que sucumbiera con facilidad a sus deseos, pero no podía decir lo mismo de otros inmortales que conocía íntimamente y que habían desaparecido como consecuencia de la gran masacre.

Cuando rasguñé la solapa y logré abrirla encontré un par de folios con una letra inclinada y algo torcida, aunque parecía haber sido escrita con firmeza y sin miedo alguno a las consecuencias de sus líneas. Me moví por la sala hasta encontrar mi sillón favorito junto a mi amada estantería repleta de álbumes de fotografías que yo mismo había realizado. No sólo pintaba pues amaba el arte y no había nada más artístico que una buena instantánea porque no sólo era arte pues implicaba una historia y la historia un tiempo, un conocimiento, una verdad y un alma que quedaba atrapada de algún modo en un guiño, una sonrisa o unas lágrimas.

La carta me dejó helado y aturdido a la vez. El motivo de esos sentimientos fue leer su nombre, el nombre de un imbécil al que extrañamente echaba en falta y había necesitado en los últimos meses. Cerré los ojos y mantuve la calma intentando no atormentarme demasiado con la idea de sus heridas, sus malos momentos y el dolor que podía estar sintiendo. Aunque ese imbécil jamás había desnudado para mí su alma ya que creía que yo era un miserable.

“No sé si poner “querido amigo” o “viejo enemigo” así que discúlpame. Han pasado muchos años desde que conversamos frente a frente la última vez. Corrían años locos para los jóvenes que creían que el mundo era suyo y únicamente suyo. Nosotros, los más antiguos, nos veíamos relegados a nuestras viejas historias y deseos. Aunque nos vimos cuando la desgracia cayó nuevamente sobre tu pupilo, ese tan alocado que ahora llamáis Príncipe de los Vampiros con toda la pompa y grandilocuencia que creéis necesaria para un imbécil tan grande como tú, no nos dirigimos la palabra como si aún existiese cierta revancha.

La carta va a ser larga aunque lo leerás tan rápido como escribo. Mi letra no es buena como habrás comprobado pero me duele aún todo el cuerpo. Aún así estoy escribiendo mis memorias y me gustaría que tú las leyeras. Yo voy a ser fiel a la realidad, Marius. Yo no voy a ser como tú que omites detalles porque crees que no son necesarios porque te humillan, muestran un lado poco glorioso o simplemente piensas que son cosas que no debe saber nadie.

Tal vez las publique o quizá se queden en un cajón en este motel de mala muerte. Es un pueblo pequeño alejado del ruido de la ciudad. Aquí puedo dormir todo el día si lo deseo. Nadie ve mal que un hombre solitario quiera estar alejado de todos y todo. Sólo bajo a la hora de cenar al comedor y hago como que me tomo la sopa de cebolla, mordisqueo el pollo y mojo pan en la salsa picante mientras bebo cerveza. Como mi aspecto no es muy agradable nadie se para a conversar mucho rato conmigo y eso ayuda.

He conseguido tu dirección gracias a un joven vampiro que ha contactado conmigo. Él no vino a buscarme y eso te lo aseguro desde este preciso momento. Pasaba por aquí de camino a Canadá. Él deseaba perderse por esos pueblos tranquilos donde no pasa nada y todo ocurre a la vez. Sabía tu dirección porque sabe la de otros vampiros antiguos ya que os habéis puesto en contacto con muchos estos meses. Él no se creía que yo fuese Mael porque no tengo los rasgos tan horribles como los que tú describiste y porque estaba vivo. Todos me han dado por muerto y quiero que sea así durante un tiempo. No quiero que tú desveles mi paradero todavía.

Si me permites la osadía he añadido una hoja más a esta carta que es para Avicus. No sé su dirección y tampoco sé si él la leería de no pasar primero por tus manos. Cuando me marché le aseguré que no volvería a saber de mí pero lo estoy incumpliendo. Creo que leer “Príncipe Lestat” ha hecho que se agite algo en mí y provoque ciertos deseos de volver con el resto. Sin embargo no sé si estoy preparado.

Te mandaré el primer ejemplar de mi novela aunque sean sólo fotocopias cosidas con hilo especial para libros. Cuando lo haga podrás decirles a todos que estoy vivo, pero de momento guarda la información. Aunque no sé para qué te digo nada si harás lo que tú creas mejor. De momento sólo te ruego que vigiles a Jesse. Sé que el inútil de Talbot está con ella y que Thorne puede protegerla, pero para mí ella es como una hija.

Con desprecio y afecto,
Mael.”


Me eché a reír y luego a llorar. Seguía siendo el mismo y yo también. Admito que estoy rompiendo sus deseos al mostrar esta carta, ¿pero quién es él para decirme a mí que no debo demostrar que mis palabras en Sangre y Oro eran ciertas? Ese idiota no podía estar muerto porque no me podía abandonar ya que todos necesitamos a nuestro opuesto.  

jueves, 14 de abril de 2016

Guerra abierta

Marius y Santino tenían una guerra abierta más allá de las "manos". 

Lestat de Lioncourt


Esperé durante algunos minutos fuera de aquella tienda. Habíamos entrado forzando la puerta para buscar algunas prendas bárbaras que los mortales vieran elegantes. Sólo eran un par de trajes oscuros, unas camisas de algodón y unas camisas de seda. Los zapatos que él necesitaba ya los habíamos tomado del mismo modo de otra tienda cercana. Él los había robado sin disimulo del escaparate, mientras que yo me entretenía en limpiarlos dentro del vehículo que conducía como si fuese una bengala por las abarrotadas calles de esa ciudad.

Teníamos que tener nuestro mejor aspecto para colarnos en aquel recinto. La documentación falsa de investigadores policiales la había conseguido en un pequeño hurto de un par de cadáveres, policías claro está, y coloqué nuestras fotografías hechas con ciertas prisas en un fotomatón de una estación de metro.

Cuando le vi salir de la tienda perfectamente vestido, e incluso perfumado, provocó en mí un extraño sentimiento. No parecía el cretino que me asaltó siglos atrás pidiéndome ser parte de su estúpida secta. Era un hombre elegante y atractivo que sonreía amargamente porque sus ojos mostraban cierto luto.

—¿Estás preparado para acabar con todo esto?—pregunté.

—De nuevo trabajando codo con codo... ¡Quién nos lo iba a decir!—dijo carcajeándose sin ganas—. Lástima que esta vez Armand no esté aquí para verlo.

—No menciones a Armand. No tienes derecho alguno a mencionar su nombre—respondí con furia.

—Fue mi discípulo durante más años de los que tú lo disfrutaste—me dijo mirándome a los ojos—. Su muerte ha sido terrible para mí. He visto arder su cuerpo ascendiendo hacia los cielos, ¿cómo quieres que me sienta? Marius, yo salvé a ese monstruo con rostro de ángel por algo y no fue precisamente para torturarte—esa primera confesión me impactó, pero no tanto como las siguientes.

Durante algunas horas tuvimos que estar cerca confiando el uno en el otro para robar el maldito velo de la Verónica y deshacernos de ciertas pruebas sobre la existencia de vampiros, demonios o cualquier anotación que nos vinculara. Talamasca podía investigarnos si querían, pero los demás humanos no nos harían el favor de estar alejados de nosotros y dejarnos vivir en paz como lo habíamos hecho durante siglos. Cuando la misión terminó regresó la ropa a la tienda dejándola tirada sobre el mostrador, se colocó sus prendas de cuero y diversos anillos para luego girarse mirándome a los ojos.

—Ahora sabes que amo a Armand y lo voy a amar siempre, igual que a Pandora. Me odiabas hace unas horas pero ahora aún más, ¿no es así? Yo he logrado cambiar por amor, sin embargo a ti no hay quien te cambie o te haga cambiar porque no sabes hacerlo—se encogió de hombros y se acomodó su chaqueta para irse a su coche abollado, viejo y con olor a limón—. Me vuelvo a casa, a mi refugio de antisocial, porque soy así. Soy tan antisocial como tú, pero yo al menos lo acepto—me dio un golpe suave en el pecho justo en el corazón mientras me miraba sin perder detalle de mi rostro, así como yo no perdía detalle alguno del suyo—. Pecado éramos y pecado somos pero no hay Dios o Demonio que nos castigue. Yo arrastro muchos pecados del mismo modo que tú los arrastrarás siempre. Por mucho que pintes ángeles en hermosos frescos no dejas de ser un descreído en todos los sentidos. No crees siquiera en el amor profundo y sincero porque tú no eres capaz de ofrecerlo, pero yo sí creo en eso. Tal vez no crea en Dios ni el Diablo, quizá todo esto de Lestat sólo ha ayudado a creer en otras fuerzas que nos rodean y manipulan, pero tú estás dudando porque estás viendo que le quieres. Y no, no hablo de Lestat. Quieres a Armand, necesitas creer que ha sobrevivido de algún modo, porque el sólo hecho de saber que está muerto y no has podido reparar la herida te destruye.


No dije nada porque la ira me envolvía nublando mi mente y atando mi lengua. Sabía que si lo destruía ahí mismo Pandora no volvería a dirigirme la palabra y en estos momentos tenía cosas en las que pensar. La posible muerte de Mael rondaba también en mi cabeza convirtiéndose en un fantasma molesto, al igual que la de Armand que me destruía convirtiéndome en un idiota más que asumía una derrota antes de afrontar siquiera una batalla y, por supuesto, también me hacía daño saber que Lestat estaba en un estado deplorable. No era momento de discusiones. Yo sabía que podía cobrarme esas palabras en algún momento.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt