Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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martes, 6 de diciembre de 2016

Marius

Avicus y Mael eran una pareja extra...

Lestat de Lioncourt 


Conocí a Marius a través de los relatos de mi criatura, el ser al que le insuflé esta vida eterna y logré salvar de su propio dolor. Mael me arrastró hacia el bosque. Decía que no merecíamos ser dioses ni vivir encerrados para satisfacer la curiosidad del hombre. Comprendió que lo divino iba más allá de la corteza de un árbol, más profundo que la brizna de hierba de los valles y por debajo de la superficie húmeda de las cascadas. Hablaba de una fuerza cósmica entre las estrellas, la naturaleza y el centro de este mundo. Decía que había algo más, pero que no éramos nosotros. Se volvió un hombre silencioso y pensativo. No obstante jamás se atrevió a llamar ignorantes a otros druidas y celtas que nos topábamos por los caminos.

Cruzamos océanos y mares, nos trasladamos a Italia y desde allí caminamos entre los bosques. El camino estaba siendo arduo. Él quería ver el mundo. Deseaba tener contacto con otros pueblos que no fuesen los romanos. Quería saborear en el ambiente los distintos léxicos, los sueños de los más pobres y de los opulentos. Era un hombre que ansiaba conocer ciudades sólo para maldecirlas. Tenía razón cuando decía que estos mares de gente, que la sociedad de las metrópolis, no valía nada comparado con un árbol centenario que da aire, sombra y vida.

Me había hablado de un romano, un hombre atlético y poco entrenado en la cultura celta, que despreció sus cuidados y aquellos conocimientos que él le entregó. Había desnudado su alma, su cultura, su religión y todo lo que era su pueblo ante un hombre que tenía la mitad de la sangre de una mujer de su pueblo. Pero la sangre que tenía Marius, como así se llamaba, no era lo suficientemente vinculante con las supersticiones y creencias que este le ofreció como un maravilloso regalo.

—Háblame más de ese tal Marius—dije una vez sentado frente a una hoguera que habíamos hecho con ramas secas. Estábamos en una gruta, la cual había sido deshabitada hacía demasiado tiempo.

—¿Para qué? Ya sabes todo. Era un idiota, una persona que no escucha a otros y un maldito bastardo que quiso comprar su libertad con vino y putas—dijo molesto.

Sus ojos azules brillaban como las llamas que danzaban sobre los pedazos de madera, su cabello parecía blanco en vez de rubio debido a los reflejos del fuego, y sus manos se acercaban afanosamente para retirarlas horrorizado. Quizá recordaba como echaron a la hoguera al vampiro que creó a Marius, pero también pensaba que podía pensar que algún día él podría arder del mismo modo.

—Tengo curiosidad...

—Maldita curiosidad la tuya—chistó—. Mejor háblame de ti, de tu cultura.

Sonreí cuando me dijo que hablase de mí, pero me quedé callado. Sólo podía decirle sobre mis guerras, el duro entrenamiento militar y el terrible dolor que sentía ahora cuando pensaba que había asesinado inocentes, hermanos, seres que simplemente resguardaban su grano y sus tierras ante el ejército de lejanas tierras. No. No me sentía orgulloso.


Por eso sólo me aferré a él, besé sus mejillas y me quedé observando el fuego toda la noche hasta el amanecer. Antes que el sol despuntara estábamos bajo varios metros de tierra, a los pies de la montaña donde habíamos pasado las últimas horas calentándonos.  

sábado, 2 de julio de 2016

Idiota

Avicus fue un idiota y ahora lo reconoce, ¿aparecerá Mael? Lo dudo.

Lestat de Lioncourt


—¿Por qué te vas?—pregunté como un estúpido.

Parecía un niño estirando mis brazos hacia una estrella lejana. Él ya no me pertenecía. Realmente no me perteneció por completo porque los seres salvajes no tienen dueño, ni tierra donde echar raíces y tampoco sentimientos que los aten.

—¿Por qué debo quedarme? ¿Acaso no lo ves? Aquí sobro—respondió encogiéndose de hombros mientras envainaba su espada y terminaba de empaquetar algunas de sus pertenencias. Sólo eran unos pocos libros, unas dagas, algo de ropa y unos animales de madera que él mismo había tallado.

—Mael...—dije su nombre con preocupación mientras lo asechaba desde el marco de la puerta.

—Ah... aún recuerdas mi nombre—dijo girándose un momento para luego regresar a su labor—. Pensé que ya habías olvidado como me llamo, e incluso creo que he llegado a pensar que se te ha olvidado tu propio nombre y tu honor, porque sólo sabes pensar en ella y llamarla entre delirios de amor.

Entré en la habitación, caminé hacia él y le tomé de los hombros perdiéndome un segundo en sus ojos mientras temblaba. Agaché la cabeza comprendiendo lo que me había dicho. Acepté yo era quien estaba equivocado pero no podía pronunciarlo. Me sentía agotado y hundido.

—Eso no es cierto...

—Ni siquiera te atreves a decirme eso mirándome a la cara—respondió apartándome—. No puedes negarlo.

—Mael...—sentí que sería la última vez que pronunciaría su nombre con él frente a mí. Su mirada estaba llena de ira.

—Avicus, todo ha terminado—aseguró.

—Me niego, ¿entiendes?—murmuré casi sin voz. Estaba a punto de desmoronarme y él no lo veía.

—Oh, sí—dijo tras una risotada—. Intentas retenerme quizá porque tu conciencia no estará tranquila jamás ya que sabes que yo valgo mucho más que ella.

—¿Por ser hombre?—interrumpí ligeramente molesto.

—No, no tiene nada que ver que sea un hombre—respondió tomando sus bártulos para echárselos al hombro y salir de la habitación.

Decidí seguirlo por toda la estancia, hasta el salón y del salón al pasillo de la entrada. Allí lo tomé del brazo derecho para detenerlo, pero él se sacudió como si fuese un gato acorralado. Tuve que apartarme un par de pasos cuando me enfrentó con una mayor rabia y algo de rencor.

—¿Y por qué eres mejor?—pregunté. Deseaba saberlo, pero algo en el fondo de mi alma me decía que ya lo sabía. Él era mejor porque me amaba por encima de si mismo. Yo era más importante que su propia vida.

—¡Demonios!—gritó mirando al techo de la habitación como si clamara a los dioses que una vez veneró. Los mismos dioses que yo representaba— ¿No lo ves?—preguntó antes de tomar el pomo de la puerta entre los dedos de su mano derecha.

—No, explícate—dije para ganar tiempo.


—Me voy—contestó—. Supongo que algún día, sea el que sea, te darás cuenta porque te decía que yo era mejor. Cuídate e intenta ser feliz—esa frase la llevo conmigo como si fuese una maldición. No he sido del todo feliz porque su recuerdo me ha impedido serlo—. Yo intentaré mantenerme ahí fuera rodeado de miseria y soledad. Tranquilo, soy un guerrero. Los guerreros no caemos con tanta facilidad.  

jueves, 31 de marzo de 2016

Heridas y supervivencia

Pues al parecer Mael está vivo...

Lestat de Lioncourt


—Amigo, ¿necesita algo?—preguntó un tipo orondo de ojos bondadosos y sonrisa agradable, aunque con numerosos dientes torcidos y algo amarillos a causa del tabaquismo. La recepción era pequeña y completamente hecha de madera.

Por un momento recordé las viejas tabernas, las conversaciones bulliciosas alrededor de las mesas, las chicas echando vino y cerveza con jarras de latón mientras los hombres gritaban eufóricos. Todos parecían estar llenos de vida. Casi podía oler el aroma a humanidad, perversa e insatisfecha, llena de reglas no escritas y sentimientos de hombría desmedida. Era como si me hubiese trasladado al pasado, pero el dolor de las heridas y el sonido hueco de mis botas sobre la madera del suelo me trajeron al presente con un fuerte golpazo, como la puerta cerrándose a mis espaldas por un soplo de aire.

—No, sólo una habitación donde pueda descansar durante todo el día—dije dejando mi pesada maleta de cuero marrón en el suelo. Era pequeña, pero pesada. Dentro llevaba varios libros que yo mismo había escrito a mano, los cuales no eran otra cosa que diarios, y algunas viejas cintas de vídeo y fotografías que me recordaba a mi pequeña familia, la que tuve junto a otros inmortales que ya eran cenizas recogidas en la tierra.

—Parece que ha sufrido un accidente bastante importante—dijo después de mirarme a la cara como cualquier idiota de los que me había topado estos últimos años.

El sol había destruido mi piel dejándome quemaduras importantes. La nueva piel, ligeramente bronceada, había aparecido cubriendo parcialmente mis mejillas, frente y boca. Sin embargo, tenía profundas cicatrices que me hacían asemejarme a Prometeo aunque sin Victor Frankestein vigilando mis pasos.

—Sí, hace algunos años—respondí colocando mis manos enguatadas sobre el mostrador.

Tras él había un letrero donde se decía los precios. Por noche eran sólo quince dólares, un precio muy económico, pero al mes se subía un monto bastante considerable porque añadía servicios de lavandería, limpieza y comida.

—Lamento haber sido indiscreto, pero pocos son los forasteros que vienen por aquí—comentó sacando el libro de registro—. La gente normalmente sólo viene en sus retiros espirituales y de visita a los viejos del pueblo. Ya quedan pocos hombres jóvenes. ¿Se quedará algún tiempo?—preguntó.

—Depende.

—Tiene la habitación número 11—dijo dejando una llave dorada con un llavero algo pesado con el número 11 tallado. Me di cuenta que era de hierro y artesanal—. Es en la segunda planta al fondo—indicó señalando las escaleras de madera—. Es la última habitación y es la única que tiene unas buenas vistas. Verá bonitos amaneceres.

—No me gustan los amaneceres, pero posiblemente la aproveche por las noches cuando me dedique a escribir mis memorias—dije tomando la pluma que estaba a un lado atada con un simple cordel. Siempre me pareció estúpido que hicieran tanto drama por unos bolígrafos robados, pero también comprendía que era un gasto inútil que debían controlar.

—Escritor... normalmente también vienen escritores, ¿sabe?—dijo ayudándome a buscar la última hoja para que escribiera mi nombre y firmara.

Era extraño que aún llevaran el registro a mano, pero había locales que no necesitaban demasiada documentación. Yo prefería estos sitios donde podía ser quien yo quisiera sin tener que dar más explicaciones. Podía inventarme una vida frente a todos y desaparecer una buena noche en mi moto.

—Vaya... gracias por la información—dije clavando mis ojos azules en los suyos castaños.

—Pero viéndolo con esa ropa pensé que era uno de esos vándalos que van por ahí haciendo el loco con las motos... ¿cómo se llaman esas que usan los rudos barbudos de las películas de acción?

Era curioso que usara conmigo el término “vándalo” porque eran un pueblo germano que había luchado contra los romanos, igual que mi pueblo, y que tenía varias características comunes con mi cultura. Pero ellos lo usaban con tono despectivo hacia personas que no llevaban reglas sociales, que iban contra la ley y formaban grandes escándalos.

—Harleys—respondí clavando mis ojos en la lista de nombres y fechas. Justo ayer se había registrado una chica. Sólo éramos dos en estas fechas rondando el pueblo.

—Eso es... ¡Harleys! Vaya motos, ¿la suya lo es?—dijo intentando ver tras el cristal de la puerta. Estaba seguro que la había escuchado llegar, pero no se había atrevido a husmear.

—Lo es, pero soy prudente cuando conduzco—aseguré.

—Firme ahí—señaló luego me retiró el libro—. Deje, el nombre debo ponerlo yo. Luego no entiendo lo que hay escrito—giró el libro y me miró con una sonrisa cordial—. ¿Nombre?

—Leblanc, Mael Leblanc.

—¡Francés! Vaya, un francófono. No había notado su acento, ¿sabe?—dijo echándose a reír—. Vienen pocos europeos pero suelo captarlos al primer vistazo. Usted parece Made in América.

—Ascendencia francesa, pero nada más. Hace mucho que no visito mis raíces—intenté ser cortés aunque me dieron ganas de preguntarle si parecía Navajo, Siux o Azteca, pero preferí simplemente sonreír y guardar mi afilada lengua para mis memorias.

—Bien, si quiere nos vemos más tarde y jugamos una partida de cartas—estiró su mano para que yo la estrechara, cosa que hice, y luego la retiró—. El hostal está casi desierto y mi mujer cocina bien. Podríamos invitarlo a cenar si quiere, pero al final del pueblo puede encontrar un buen restaurante italiano.

—Tendré en cuenta su invitación. Muchas gracias.

Agarré mi maleta y empecé a subir la escalera mientras le escuchaba. Finalmente le respondí por cortesía, pues no quería tener relación alguna con la gente del pueblo. Yo sólo quería curar mis heridas unas cuantas noches, descansar unas horas escuchando el murmullo del bosque y dejar que mi bolígrafo narrara algo que todavía no había sido contado... el modo en el cual sobreviví al sol y me oculté de todos.


miércoles, 9 de septiembre de 2015

Mis raíces

Mael está vivo. Khayman lo dijo, también Marius. Mael sigue vivo y ha regresado a sus raíces. A veces llegan sueños, pequeños fragmentos de sus palabras, y puedo sentirlo porque Amel así me lo ofrece.

Lestat de Lioncourt


He vuelto. He hecho un viaje demasiado largo porque extraña la caricia del viento, su murmullo rodeándome, y el silencio de los grandes árboles. Quería enterrarme entre la tierra removida. Regresé al bosque en el cual me convertí en lo que siempre he sido. Entre las raíces de los grandes árboles, de retorcido y grueso tronco, he recuperado mi memoria y la sonrisa que creía perdida. El aroma de la tierra mojada por la lluvia, así como por los riachuelos cercanos, me recuerdan que la vida prosigue y que yo soy parte de ella.

Me duelen las heridas del alma mucho más que las del cuerpo, pero aquí siento que podré calmar cada cicatriz. Sin embargo, aquí sigo aferrado a la vida.

Quiero dormir bajo la hojarasca, enterrarme hasta lo más profundo y dormir durante décadas. No quiero volver hasta no recuperarme. Necesito refugiarme en mis sueños y amar de nuevo cada trozo de lo que fui. Deseo llorar como un niño por todos mis errores, pero también por mis victorias. Alzaré mis brazos e intentaré tocar el musgo que crece a los pies de los viejos robles.

He vuelto a mi hermosa tierra, mi patria, el lugar de donde no debí salir. No necesito nada más. Sólo quiero ser feliz envuelto en la humedad y el silencio de un bosque que mantiene sus secretos, pues muchos de ellos están tan sólo conmigo.


Los sueños son caricias dulces como las de una mujer entregadas, igual que los besos de una madre preocupada y el sabor del vino derramado tras una batalla. Son un enjambre que hace latir mi corazón. He regresado a mis raíces y me aferro a ellas porque es lo único que me queda. Ya no hay nada más. Me he desprendido del orgullo, la ira, el odio y las penas.  

domingo, 21 de junio de 2015

Recuerdos y deseos

Mael debería ser traído a rastras hasta donde estamos. Que alguien lo encuentre... 

Lestat de Lioncourt


Todavía puedo escuchar el sonido de las aves, sentir los rayos de sol penetrando entre las hojas de los vetustos robles y percibir el aroma las hierbas medicinales perfumando mi zurrón. Caminaba por los senderos con unos simples bracaes de cuero y una sofisticada túnica de lino blanco junto a una saga verde, algo raída por engancharme con las ramas secas. Aún puedo oler la tierra húmeda del lago cercano, el espesor del hermoso bosque y el sabor de las bayas que paladeaba mientras tarareaba viejas canciones.

Siempre creí que la madre tierra me protegería y me acogería entre sus tiernos brazos. Sin embargo, la oscuridad se hizo presente en mi vida y el sol pasó a ser mi enemigo. Me convertí en bestia, en maldito, en un demonio y a la vez en un Dios que debía ser encerrado entre la corteza y el musgo. Pero huí. Me marché de allí. Por el camino dejé muchos errores, enemigos y amores. Por mi culpa condené a un hombre, un romano inquisitivo y orgulloso, que se convirtió en parte de mi maldición y condena. Jamás volví a ser feliz y libre, pues desde que lo condené a él la suerte se truncó para mí.

Sin embargo, aquí sentado frente al fuego puedo ver las heridas del sol en mi piel. Mis manos están llenas de grietas, mis dedos huesudos parecen las garras de una bestia, y mi cabello es ahora prácticamente blanco. Tengo los ojos llenos de lágrimas que no sé verter. Ella ha muerto. El mundo se ha vuelto terrible desde que supe que Maharet no estará de nuevo alzándose de su lugar de descanso, con su sabiduría y esperanza, llenando el mundo con secretos que ofrecía a cambio de unas horas de conversación. El mundo es más peligroso desde que Khayman dejó de ser un guerrero para convertirse en verdugo y luego, como no, en parte de un recuerdo.

Al menos sé que la unión es factible, pero aún recelo. No quiero aparecer con las terribles cicatrices de mi rostro. Quiero ocultarme en la oscuridad y estar seguro que mi aspecto no será un problema. No deseo que Jesse me compadezca y el resto me mire como a un idiota. Curaré mi dolor, dejaré que mis heridas se sanen, y volveré al redil. Sin embargo, aquí en el bosque soy libre. Libre y sabio.

Pero le echo de menos. Extraño al ser que me creó. En este libro, el cual yace en mis manos, con la encuadernación negra y las letras de sangre, tan hermosas como terribles, puedo saber de él. Comprendo parte de su dolor, su pasado y su futuro. Quiero pertenecer a su futuro. Pero el miedo a perder lo que tengo me ancla al musgo y la corteza, lugares que antes temía y ahora necesito.


Si escribo estas líneas, tan torcidas como sinceras, en un papel cualquiera es porque quiero recordar los pensamientos y los sentimientos que todavía albergo. No quiero perderme en medio del dolor, sino soportarlo. Deseo mantenerme en pie, como los viejos robles, y echar raíces. Me gustaría ser recordado como algo más que un idiota que decidió exponerse al sol por motivos equivocados, ser buscado y amado. Sí, amado... ¿Tal vez amado por él? No lo sé.  

jueves, 28 de mayo de 2015

Días dorados

Para muchos nuestras raíces son importantes, pero se agudiza cuando nos sentimos solos. Mael quizás se siente solo, sobre todo cuando todos le damos por muerto. 
Lestat de Lioncourt


Recuerdo la hierba rozando la punta de mis dedos, tan crecida como verde, mientras mis ojos miraban con esperanza un nuevo amanecer. Era un niño cuando comprendí que debía luchar y jamás rendirme. Nunca redimí mis miedos, pero jamás acepté que destrozaran mis ambiciones. Me convertí en druida y guerrero. Debía saber pelear, pero también escribir poesía y cánticos a los dioses, espíritus de los bosques y creencias que mantenía con fervor en mi corazón. Mi alma aún tiembla pensando en la bondad de aquellos días, en lo salvaje que era y lo libre que parecía pese a las cadenas impuestas. Tenía una cultura rica como los frutos que recogíamos de los árboles y pastoreábamos nuestro ganado con la única ambición de alimentarnos.

Por las noches, cuando menos acogedor era el mundo, se encendían grandes fogatas y nos reuníamos entorno a ellas. Allí nos alimentábamos conversando, bailando, cantando y entonando plegarias a la naturaleza y la guerra misma. Recordábamos mejores tiempos, pero no podíamos hacer nada salvo luchar. Sobre todo cuando llegué la edad adulta, cuando debía encontrar una mujer adecuada y ser bendecido por la vida. Sin embargo, jamás encontré un corazón apropiado al mío. Nunca hallé el sosiego en una mujer. Sólo me encontraba en calma entre los grandes y robustos árboles, allí donde yacían nuestros dioses y sobre sus raíces a tallar.

La vida era buena. Parecía que siempre seguiría siendo así hasta el fin de mis días. No me importaba. Me sentía vivo y la calidez de los míos, así como su robustez, me hacían sentir apreciado por sus palabras firmes y agradables. Estaba agradecido por ser celta y me sentía orgulloso. Sentía cierto miedo y preocupación a ver mi cuerpo arrodillado ante Roma. Temía que perdiéramos nuestras costumbres y aceptáramos las suyas. No me interesaban sus lejanos dioses, sus hermosas calzadas y sus robustas construcciones. Yo era feliz cabalgando, tomando frutos silvestres y comiendo cordero o conejo alrededor de un fuego.

Esos días se fueron para no volver. Sin embargo, en mis sueños aparecen brillantes y maravillosamente perfectos. Sueños que logran curar mis heridas en mi alma y en mi cuerpo. La tierra me acoge y me arrulla. mientras puedo ver los árboles creciendo hacia el infinito estrellado que es el cielo nocturno.  

lunes, 18 de mayo de 2015

Choque de titanes.

Mael y Marius: primer encuentro. Choque de titanes. 

Vaya dos... ¿Y yo soy el testarudo? 

Lestat de Lioncourt


—¡Tienes que sacarme de aquí!—dijo exaltado.

—¿Por qué no te detienes a escuchar lo que debo explicarte? Hay cosas que desconoces...—respondí colocando un mechón de mis largos cabellos, algo más claros que los suyos, tras mi oreja derecha. Teníamos una edad similar, una estatura parecida y una sed de conocimientos que podía apreciarse en cada una de nuestras acciones cotidianas. Quería conocer y yo le proponía apreciar una vida distinta, una cultura que estaban en su sangre y una oportunidad única de hacer algo por el pueblo de su madre. Sin embargo, él sólo se pavoneaba de sus raíces celtas para hablar de la belleza de sus rasgos. Él no sabía nada de nuestro pueblo “bárbaro” y al parecer no estaba dispuesto a escuchar mis palabras—. Te aconsejo que me escuches. Será lo mejor. Si me escuchas, tal y como yo lo haré contigo, ambos ganaremos.

—¿Escucharte a ti? ¿A un salvaje? ¡Un demonio de los bosques! ¡Eso eres! ¡Un animal tan salvaje como los lobos!—gritó atado con aquellas firmes sogas alrededor de sus muñecas y tobillos.

—Ambos somos similares—respondí colocando mi mano derecha sobre el corazón—. Tenemos un corazón fuerte y una mente que aprecia el conocimiento.

—¿Conocimiento? ¡Prácticamente gruñes mi idioma!—dijo exasperado.

—Al menos me comunico en tu idioma y no pido que aprendas el mío—susurré con una ligera sonrisa, lo cual provocó que guardara silencio durante unos instantes—. Quiero que aprendas la verdad sobre mi pueblo.

—Tu pueblo desaparecerá. Los romanos os aplastaremos. Seréis sólo piedras y viejas patrañas en la historia. ¡Sois bárbaros! ¡Mira tan sólo las prendas que usas! ¡Bárbaro!

—¿Y qué quieres que use para montar? ¿Quieres que lleve esas cortas faldas de cuero y me crea doncella cabalgando al viento?—murmuré con sorna.

—¡Maldito! ¡No te burles de la legión! ¡La legión nos ha dado años de gloria!

—Y sufrimiento para mi pueblo—respondí—. Roma no tiene cultura propia. Roma toma lo mejor de cada cultura y lo deforma para su propio beneficio. Te traigo la verdad de mi pueblo, las raíces profundas de la naturaleza y la bondad intrínseca de un Dios que se muere—susurré sentándome a su lado.

—Los dioses no existen—dijo.

—Nuestro Dios no es una estatuilla. Nuestro Dios habla y se mueve como nosotros, pero sólo durante la noche. Nuestro Dios puede ver tu alma con tan sólo mirarte a los ojos. Él te eligió a ti porque eras sabio entre los sabios. Decidió que serías el apropiado para escuchar su historia y ser su sustituto—dije colocando mi mano izquierda sobre uno de sus hombros—. El amor del Dios del Árbol te complacerá y convertirá en un nuevo ser.

—Trucos baratos. Eso intentas—respondió alejándose—. ¡No me convencerás!

—Hombre de poca fe... cuando lo veas con tus ojos comprenderás, aceptarás y dejarás que la verdad que yace en tu interior, esa que niegas, florezca como el valle en primavera—susurré antes de incorporarme y marcharme de allí.


Esa fue nuestra primera conversación. La primera de muchas.  

jueves, 18 de septiembre de 2014

Yo te condené

Avicus power... más bien es Avicus pidiendo disculpas... Creo que ya va como tres veces que pide disculpas por algo que hizo porque no tuvo otra. 
Lestat de Lioncourt 


Disculparme quizás no sería justo. He aprendido mucho durante todos mis largos años de vida, los cuales pueden resumirse en siglos ya que son milenios. Apreciar la vida tal y como nos la ofrecen, con su sabor natural, es un manjar que ya no recuerdo. Mi infancia es borrosa. Sólo recuerdo que nací como tantos otros en mi pueblo, con una espada en la mano y un escudo en la otra. Recorrí largos trayectos, el sol despuntaba y ya estaba en marcha. Mis guerreros sabían confiar en mí y yo confiaba en ellos. No era un rey, tampoco un hombre excesivamente poderoso, pero tenía mi batallón en el que confiaba mi vida y ellos me confiaban la suya. Codo con codo, espada contra espada, luché por conquistar nuevos mundos y hacer grande el nombre de mi pueblo.

Provengo de un mundo donde el pan se gana con sudor y sangre. No hay desprecio a la vida, ni siquiera la de un oponente. Rezas por ellos, oras por sus almas y sus familias, mientras entierras la espada en su pecho. Aprendes a amar el hierro forjado con cuidado y de forma brusca, con las caricias del martillo del armero. Comprendes a tu caballo mejor que a ti mismo. Aprecias la tierra removida que guarda los secretos de la muerte, sobre todo cuando es un viejo amigo. Sabes escuchar en el viento a las ánimas y también los gritos de guerra que tanto te animan. El amor, tal y como lo conciben muchos ahora, era imposible. Te casabas prácticamente para tener hijos, fuertes y sanos, y por compromiso familiar. Aprendías que respetar a tu esposa era no matarla de hambre, nada más. Y aún así, pese a todo, la comida que yo servía era además con respeto. Siempre respeté lo que me dieron, pues sabía que no me pertenecía en absoluto. La vida era un regalo de los dioses y yo saboreaba cada instante como si fuera el último. Siendo un guerrero nunca sabes cuando te van a matar o cuando llegarás a casa.

Me arrancaron de mis valles, los bosques preciados cercanos al río en el cual se asentaba mi pueblo, arrastrándome con fuerza hasta Egipto. Allí ya era otra cosa. No era un guerrero. Yo no era el hombre que había cruzado a galope tierras lejanas y prometidas. Ella me miró, alabó mi fuerza, mi belleza física y comprendió que era bueno que tuviera su poder. Un poder que nunca quise, ni pedí, ni deseé y si hubiese sido por mí habría rechazado en el acto. Después, un largo peregrinaje, aventuras que ya parecen sueños lejanos y finalmente un árbol. Un árbol que me retenía como si fuera un ave en una jaula.

Días y noches que eran una tortura tras otra. Sentía dolor y sed. El frío calaba mis huesos. La vida era miserable. Tantos siglos en la oscuridad y ni siquiera podía ver a los árboles mecerse lentamente frente a mí. Sentía el bosque, pero no podía apreciarlo. La libertad estaba ahí, aunque era imposible tenerla. El fuego en la noche fue lo peor. Las llamas recorriendo mi piel. Dolor y más dolor. Entonces llegó él.

Era un hombre de unos treinta años, con el pelo largo casi blanco, sus ojos eran fríos pero no frívolos. Pude ver que su tez era blanquecina y sus ropas eran pulcras. Estaba recién afeitado, tenía el pelo cepillado y le habían colocado esencias para que tuviera un aspecto más presentable. Parecía un salvaje, pero a la vez era un guerrero y un sabio bien instruido.

—¿Has venido a salvarme? ¿Mis plegarias han sido escuchadas?—pregunté desde las sombras.

—He venido a ser como tú, un Dios—murmuró.

—Sólo soy un guerrero y eso, sin duda alguna, ya lo eres...

El resto es historia. Por eso quiero pedirle perdón. Lo condené. Condené su alma y su vida. Condené todo. Dije amarlo, que lo hacía y aún lo hago, pero tiempo después lo abandoné. Ahora que he regresado lo observo cada noche. Parece distinto. Está hecho de otro material. No es el hombre que yo conocí. No es un druida más. Es más sabio, más fuerte, más libre y más tenaz. Se siente mortificado, pero a la vez se siente libre. Es una mezcla de fiera salvaje y hombre moderno. Mael me asombra un poco más que mis libros, aunque ellos siguen acompañándome desde que supe que la cultura te da fuerza. ¿Es Mael también un libro? ¿Él me dará fuerzas? No lo sé. Prefiero pensar que sí.  

lunes, 8 de septiembre de 2014

Dioses en los bosques

El druida sigue recordando cosas y mezclándolas con el presente. En fin, es normal que esté así con algo de añoranza ¿no? Desde que se quemó a lo bonzo no es el mismo. Culpa suya de salir al sol sin protección... ¡Ja! ¿Entienden el chiste? En fin, pasemos a su texto.

Lestat de Lioncourt 


Si pudiera escuchar nuevamente la pureza y la fuerza del bosque, tumbarme en el humus y hundir mis dedos entre las raíces. Disfrutaría de una lluvia torrencial o de una mañana fresca, en la cual pudiera tener la fragancia única de cada flor. Los árboles se alzarían gigantescos frente a mí, con sus gruesos troncos y sus altas ramas alzándose como un dios hacia los cielos. Extraño tumbarme cerca del arrollo y beber de sus cristalinas aguas. ¿Reconocería el reflejo que hay allí? Quizás. Hace demasiado tiempo que he dejado atrás todo aquel mundo, donde la fantasía podía crearse en leyendas y mitos tan poderosos como la verdad misma.

El ulular del búho, el sonido de los cascos de los caballos por los caminos, los insectos zumbando o simplemente el roce de la hierba alta en mis piernas eran una música única. Solía pasar largas horas en silencio, meditando, sintiendo a los dioses en el interior de cada tronco mientras mis pies se hundían en el fango y mi ropa se ensuciaba hasta llegada la noche. Era un guerrero, un guardián y un sabio para mi gente.

El pueblo se hallaba cerca del lecho del río, las mujeres lavaban allí las prendas y los muchachos más jóvenes practicaban con espadas de madera. El ganado siempre cercado, vigilado por sus dueños, y los cazadores curtiendo las pieles para el invierno era algo habitual. Podía decirse que la vida allí era tranquila, aunque luchábamos continuamente por seguir en nuestras tierras. Los dioses nos acompañaban en silencio.

Cuando estoy a su lado me encuentro en casa. Puedo sentir la misma mágica sensación que antes, sus manos ásperas aún parecen llevar la espada y sus ojos desafían a cualquiera con una bondad que pocos conocen. Guarda silencio cuando hablo, pero su ceño se frunce o sus ojos se desvían hacia el cielo poblado de estrellas. Jamás creí que volvería a compartir con él un par de minutos, pero ahí está con sus manos entrelazadas y ligeramente inclinado hacia delante. La hoguera se alza como una lengua de fuego gigantesca.

—En el fuego puedo ver aún sus almas—dijo hace unas noches—. Es como si jamás hubiese ocurrido.

Desconozco si habla de los dioses que murieron hace milenios, de los jóvenes que fueron arrasados por Akasha, de sus viejas guerras o simplemente de los viejos rituales funerarios que se dieron en varios pueblos a lo largo y ancho del mundo. No lo sé. No me atreví a hundir mis dedos en sus heridas, sólo me levanté y busqué el hueco perfecto entre sus brazos. Es un gigantesco inmortal que ha visto tanto, escuchado demasiado y sentido todo en su corazón justo donde se halla aún su alma.


Daría todo por volver al pasado y poder comer algunos frutos, caminar entre los árboles y dejar que mi alma retozara libre antes de caer en desgracia. Sin embargo, nunca ofrecería un segundo de su compañía como moneda de cambio.  

miércoles, 13 de agosto de 2014

Silencio y pasión

Unas memorias muy antiguas de Mael y Avicus salen a la luz, unas narradas por el celta sobre su maestro. ¿Quieren saber más? Sigan leyendo.

Lestat de Lioncourt 


Su actitud había desatado en mí cierta impaciencia. A pesar de todo mis sentimientos por él eran distinto a los que solía demostrar. Tenía mis motivos para ocultarme dentro de mi propia armadura, aunque sólo fuera de piel y huesos. Mis ojos se detenían en su rostro de mármol, en esas cejas perfectamente delineadas y el cabello rubio, casi blanco, espeso y largo hasta más allá de los hombros. Cualquiera que lo viera diría que era uno de los nuestros, pero con aquella túnica blanca y esa capa roja, tan roja como la sangre, podía asegurar que era un romano más llorando la caída de Roma. Avicus me había pedido esa noche que nos reuniéramos con él, buscando así que se despertara de su sueño. Pero el sueño no remitía, del mismo modo que seguía llorando en sueños. Cuando nos retiramos hacia la posada, subidos en nuestros caballos, sentí que parte de mí se alegraba de una caída tan merecida, pero otra parte pedía a gritos que no se llevara consigo a quien fue mi mejor oponente y terminó siendo mi amigo. En esos momentos no había constancia de nosotros en libros, o eso creía yo, y no habíamos tenido la fortuna de encontrarnos a otros que fueran como nosotros y no pertenecieran a la secta de la serpiente.

La noche era fresca a pesar de ser primavera. A lo lejos se podía escuchar el zumbar de algunos insectos y algunos animales se acercaban a un pequeño lago formado por aguas subterráneas. La orografía no era demasiado tortuosa y el sendero era agradable, pero aún así nos quedaba un largo camino hacia la posada. Allí nos sentaríamos algunas horas frente al fuego, sin hablar entre nosotros porque nos sentíamos apesadumbrados y luego nos retiraríamos a la habitación que habíamos conseguido con suerte debido a los tiempos que corrían. Demasiados negocios rechazaban a gente forastera, sólo aceptaban a sus borrachos habituales y el mundo parecía enrarecerse cada vez más. La seguridad era escasa, por eso estábamos alerta por si nos asaltaban y teníamos que usar nuestra fuerza bruta.

—Estás pensando en él—dijo tras un prolongado silencio entre ambos—. En él, en nuestro secreto mutuo y en todo lo que ha ido ocurriendo.

—¿Qué? No puedes estar más equivocado. ¿Cómo voy a malgastar tiempo de mi vida pensando en ese imbécil? Que piense otro, no yo. ¿Acaso me ves preocupado por un inútil que no es capaz de despertarse? No, no. Romano tenía que ser, ¿sabes? Les puede le orgullo y la tontería—dije abrupto mientras agarraba bien mis riendas—. Estaba pensando en lo bien que podía estar ahora frente a la fogata, oliendo a guiso y con el gaznate refrescado con la sangre de algún borracho.

—Sí que pensabas en él—respondió echándose a reír.

Su figura era la de un gigante y sus manos, siempre bondadosas conmigo, eran enormes. Tenía un aspecto de hombre de gran importancia, como si aún dirigiera medio imperio gracias a ser el conocedor de todo, un gran rastreador y un excelente estratega. Era un hombre de guerra, no de paz, y sin embargo amaba la tranquilidad que le ofrecía una conversación alegre, un par de canciones y uno de esos libros de poemas que a veces compraba en el mercado.

—¡Te he dicho que no! Deja de burlarte de mí—me coloqué a su altura y pude observar sus prendas con atención. Llevaba una capa gruesa y oscura que se confundía con sus cabellos espesos, algo largos y tan negros como su prenda. Calzaba unos pantalones de cuero, como los míos, y un jubón verde botella con botones dorados y sendos bordados—. No me había fijado en tu ropa, ¿por qué tanto lujo?

—Cuando se va a ver a un buen amigo uno debe estar presentable—explicó girándose hacia mí para verme bien—. Tu jubón también es muy bonito, y algo caro. ¿Acaso no te acicalaste para dar tu mejor impresión? Si incluso llevas el cabello bien cepillado y con la frente despejada—dijo burlándose de mí—. Mael el druida, preocupado por el romano que tantos quebraderos de cabeza le dio. Me alegro que así sea y que siga ocurriendo. Una lástima que haya caído en males tan poco propicios para que tú, cínico amargado, caigas en la cuenta que lo necesitas.

—¡Deja de decir eso, maestro!—exclamé furioso, pero él tan sólo estiró su brazo derecho agarrándome de la nuca, para acercar su rostro al mío y así poder besarme. Al apartarse yo quedé en silenció y él reía bajo mientras divisaba la ciudad bajo nuestros pies.

Al final de la colina, donde el río ya no es bravo, se encontraba el asentamiento con los tejados de distinta altura y sus tejados propicios para el frío. Arriba en la montaña hacía una temperatura muy inferior a la que podía encontrarse en el valle, donde nos disponíamos a pasar la noche. Ya quería deshacerme de la capa y el cinto con la espada, tapar cualquier agujero de luz y ocultarme para descansar como bien merecía.

Durante una hora estuvimos cabalgando en silencio y dejando que únicamente los cascos de los caballos fuera nuestra comunicación secreta. Al llegar nos sentamos frente al fuego, dejando algunas de nuestras pertenencias en la habitación. Pedimos una jarra de vino y un par de vasos, para intentar imitar al resto de viajeros, pero rápidamente nos fuimos a la alcoba.

Era una habitación sencilla con dos camastros amplios, una chimenea propia, un pequeño armario y un par de estanterías junto a una mesa y una silla. No se podía pedir más en esos tiempos. Era mucho lujo para dos vampiros. Podía sentir como el amanecer aún no llegaba y también como mi alma se había vuelto a llevar una decepción. Ese inútil no movió ni un dedo.

Avicus se quitaba la ropa dejándola doblada en el pequeño armario, el cual sólo poseía tres cajones algo delgados donde casi no cabía nada. Su pecho al descubierto, tan ancho y bien marcado, me hizo girar la vista y sentarme en mi camastro.

—Mael, ¿ocurre algo?—preguntó, acercándose a mí tirando su cinto en la cama que usaba—Mael.

—Nunca caigas en esos sueños—respondí mirándole a los ojos—. Me dejarías solo.

—Eres listo y tienes talento para el engaño, sabrías como sobrevivir sin mí—dijo tomando asiento a mi lado—. Eres un buen discípulo y siempre me has parecido honesto aunque Marius no lo crea. Tienes un carácter apático, a veces tan áspero que parece una piedra afilada a punto de cortarte, pero tu corazón es noble.

—Gracias—murmuré, o eso creo.

Sus grandes manos se colocaron a ambos lados de mi cabeza, cerca de las sienes, y me miró con una ternura que sólo se descubre en los ojos de un padre. Vi bondad en ellos. Una bondad que me recordó a la cálida sensación que tuve cuando nos conocimos. Sus dedos siempre fueron ásperos, a pesar que el poder oscuro cambia nuestro tacto. Sin embargo, él al haber sido quemado aún poseía esa piel áspera, algo dorada, que provocaba que cada uno de sus rasgos se acrecentara.

Sentí un fugaz impulso que provocó que me dejara llevar. Me lancé hacia él, agarrándolo por el cuello mientras lo besaba. Él decidió quitarme el jubón mientras repartía caricias por mi torso y mi espalda. Era excitante estar a solas con él, a pesar de lo trágico que podía ser para nuestro viejo compañero. En pocos minutos ambos estábamos desnudos, piel contra piel, besándonos con furia mientras el catre con colchón de paja soportaba, más o menos, el peso de dos hombres adultos de gran tamaño. Mi cabello quedó desparramado sobre la almohada, los suyos rozaban sus mejillas y las mías. Tenía sus brazos, anchos y fuertes, en ambos lados de mi cuerpo y parecía retenerme en silencio. Sentí como mis piernas se abrieron temblorosas, esperando que su cuerpo quedara entre estas, mientras rozaba su sexo mis ingles y vientre.

—Avicus...—balbuceé notando como él apoyaba su frente en la mía, observándome, mientras se unía a mí. No tardé en soltar un quejido bajo, parecido a un lamento, hundiendo mi cabeza en el almohadón permitiendo que él entrara, pues había alzado mis caderas y abierto mis piernas para que pudiera lograrlo—. No, no te detengas—murmuré abrazándome con fuerza a sus costados, prácticamente enterrando mis uñas, mientras movía mis caderas.

—No pienso hacerlo—susurró hundiendo su rostro en mi cuello, para clavar sus colmillos y beber un pequeño trago de mí. El mismo trago que después me ofreció con un largo beso mientras sus caderas comenzaban a moverse.

Se movía tan firme como podía, rompiéndome por la mitad mientras se apoyaba en la cama, y yo simplemente me aferraba a su cadera con ambas piernas, sin dejar de deslizar mis manos por sus costados cubriéndolo de arañazos tan profundos que mis uñas estaban rojas por la sangre. Sin embargo, él decidió invertir posiciones concediéndome el ritmo. Quedé arriba, subido sobre aquel enorme guerrero de rostro bondadoso y mirada amble, la cual era en esos momentos lujuriosa y entregada, mientras mis dedos recorrían su marcado abdomen y mis caderas decidían moverse suavemente a modo de tortura.

—Me gusta mi nuevo semental, parece mejor que el pura sangre del establo—sonreí fascinado por sus gruñidos bajos y la desesperación que iba cubriendo como una lámina su rostro. Tenía una pátina de sudor sanguinolento por todo el cuerpo, igual que yo la tenía, pero él al tener una piel dorada parecía adquirir un tono similar al cobre. Era un espectáculo tentador que no podía despreciar.

Tomé impulso iniciando un ritmo vertiginoso, como si realmente trotara por los valles con un magnífico ejemplar pura sangre. Cerré los ojos dejando que la sensación de libertad entumeciera con placer cada trozo de mi cuerpo. Mis dedos buscaron sujeción y mis uñas fueron el ancla perfecta. Quedé encajado en su cintura moviendo mis caderas como si me persiguiera el mismo demonio. Podía notar su mirada clavada en mí, recorriendo mis facciones desencajadas por la lujuria y la necesidad. El sexo era siempre tentador y necesario, sobre todo cuando sus manos me tocaban con esa firmeza. Pude notar sus pulgares colocarse sobre mis pezones, comenzando un rápido masaje sobre estos. Mi cabello se pegaba a mi espalda, cuello, torso y rostro. No podía hacer algo más que moverme y gemir.

En cierto momento, cuando mi vientre ardía y vibraba como si fuera el epicentro de un terremoto, eyaculé salpicando mi torso y también el suyo. Él me tiró al colchón, girándome para dejar mi espalda contra la suya y arremetió contra mi entrada con furia. Sus manos se posicionaron en mis caderas, apretándome con fuerza, mientras arremetía hasta sacarme lágrimas por ofrecerme un placer tan brusco y perfecto. No tardó demasiado en eyacular dentro de mí, bañándome con su calor y dejando que su sexo abarcara todo.


Sus manos bajaron hacia mi trasero, para abrirlo sin sutilezas y él salió al fin. Aquella noche durmió en mi cama, abrazado a mí, mientras me preguntaba qué futuro tendríamos. Temía la separación, una huida rápida o cualquier división entre ambos. Sufría por esos presentimientos y por ello sentía la necesidad de ver despierto a Marius, entre nosotros. Creía que si éramos tres los vínculos se fortalecerían y no habría tanta discusión entre ambos. Estaba equivocado, ahora lo sé.  

miércoles, 6 de agosto de 2014

El dolor de los milenios

Avicus y Mael pronto tendrán unas memorias propias, pero de momento dejan esto. Una escena que relata el dolor que puede sentir un milenario.

Lestat de Lioncourt 


—Recuerda el sol brindando calor, más allá de la colina, mientras que las flores cantaban su aroma y el mundo parecía estar en eterna quietud. ¿Por qué no lo recuerdas? El sol deslumbrando, bañándolo todo, mientras el cielo fulguraba belleza celestial. La noche había pasado, el campamento en silencio, la vida misma desbordándose en el susurro de la cascada mientras el río arrastraba los guijarros. Verde, tan poderoso color lleno de esperanza, era el manto que se extendía por las montañas y valles. A lo lejos, como si fuera un milagro, la nieve ya estaba completamente derretida dejando ver la cima marrón y verde, una cima que pronto se llenaría de nieves blancas y puras. Verano, un verano diferente al que conocemos ahora. ¿Lo recuerdas? Yo sí lo recuerdo, lo vi en tus ojos. No estuve allí y sin embargo pude saborear incluso las manzanas que saciaban tu apetito, el cereal que llenaba tu mesa y la caza que alimentaba a tus guerreros. Un hombre santo, o casi santo, con el pelo prácticamente plateado y ojos tan claros como el hielo. Albino, casi ciego en las mañanas de sol deslumbrante, y terco. Tan terco. ¿Por qué eras siempre tan terco?—mis palabras cayeron sobre su rostro serio y desafiante. El fuego se alzaba como si danzara sobre los troncos. Estábamos quemando las ramas que habíamos cortado de los árboles cercanos, sólo para aliviarlos y poder tener un rato de ocio distinto al habitual en seres como nosotros. Nos manteníamos atados a la naturaleza, como si fuéramos salvajes.

—Recuerdo tus ojos oscuros clavándose en mí, tu piel quemada y tu lengua herida. Tardaste en hablarme, pero luego abriste los brazos como una súplica—murmuró cerrando los ojos, llenando su mente con tantos recuerdos que le hicieron llorar. No podía leer su alma, pero podía ver sus gestos de dolor—. Un gigante de ceniza oscura, eso eras.

—Y tú me salvaste sacrificando lo que más amabas—respondí.

—¿Y? Lo hice por fe—quiso evadir el momento levantándose, caminando alrededor del fuego para luego alzar su rostro hacia las estrellas—. Me pregunto si veremos alguna estrella fugaz...

—Lo hiciste por amor y compasión—susurré levantándome para abrazarlo.

—¿Quién te hace creer ese absurdo?—respondió dejando su rostro frente al mío—. Yo sólo era un druida más.

—Uno de los más sabios, pero no el líder como dice Marius. Eras apenas un muchacho formado en las buenas artes, pero tu tío te había enseñado tanto... Mael, ¿por qué guardas siempre silencio cuando quieres gritar?—mis palabras le hicieron enmudecer de nuevo, agachar su cabeza y apoyarla en mi pecho—. Mael...

—Porque a veces las plegarias son más fuertes que los gritos, del mismo modo que una espada es más diestra si la empuña un hombre sabio—murmuró.

Besé su sien y acaricié su rostro con mis toscas manos. Aún había aspereza en ellas, como si hubiesen conservado la rudeza de la guerra en cada centímetro. Sus ojos se volvieron confusos, las lágrimas fueron evidentes y nuevamente miró a las estrellas. Queríamos pertenecer al mundo, pero llevábamos siglos fuera de él. Sin embargo, nos resistíamos a dejarlo. Él estuvo a punto de morir y yo de quedar perdido para siempre.



martes, 10 de junio de 2014

Tú y yo

Esta conversación se cita en el libro de La Reina de los Condenados, pero jamás se supo del todo su contenido. Aquí la tienen, para todos ustedes, pues se ha desvelado.

Lestat de Lioncourt 


Tenía frente a si un lienzo que era blanco como la nieve, el caballete estaba girado para sí desde hacía más de una hora. Se hallaba sentado en su humilde taburete, con tan sólo una túnica de algodón en color borgoña y sus sandalias. Tenía los hombros relajados, pero su rostro mostraba cierta inquietud. Su mirada desprendía una frialdad que no era cierta, pues él estaba imaginando la pintura que aún no había cobrado forma. Copiar a otros es fácil, hacer tu propia obra es lo difícil.

—Te veo a ti—dijo, tomó aire y se incorporó tomando la paleta de pinturas.

Marius tenía los métodos de Botticelli, del cual había aprendido casi todo, y el amor por él lo consumía. Había amado a un mortal que ya había quedado desaparecido, casi enterrado en el olvido para el resto del mundo.

—Así, perfecto—sus labios se arquearon en una leve sonrisa de satisfacción cuando sintió su mirada por encima del hombro.

—¿Qué es perfecto?—preguntó una conocida voz.

Recordó de inmediato el sonido del viento agitando las altas ramas, el calor del sol incidiendo sobre su rostro, el amargo sabor de las bayas y la desesperación. Entró en él un aroma a tierra removida con sus propios dedos, lágrimas que no podía consolar y el olor a hongos que trepaban por aquellos enormes troncos. Sí, recordó aquellas tierras de hombres altos, gigantescos robles y religión extraña. También recordó la magia de Constantinopla, el olor a fuego y las lágrimas de sangre.

—Mael...—musitó bajando el pincel para girarse.

Allí estaba aquel terco, vestido con ropa simple y en colores verdes en tono oscuro. Sus ojos eran algo más pequeños que los de Marius, pero muy expresivos. Tenía el cabello rubio, en un tono más claro que el suyo, y encajaban perfectamente en un rostro algo anguloso. No era tan viejo, pero para Marius reconocer que era un hombre joven, sabio y con voz autoritaria le molestaba. Solía recordarlo con arrugas, canas y un aspecto más descuidado.

—Vine a visitar al maestro de las pinturas. Nada más escuchar sobre el cuento de una academia de arte para muchachos, de un hombre rubio y alto con cierta pomposidad, supe que era momento de hacerte una visita—se tocó la punta de la nariz y luego cruzó sus brazos—. Lo convertirás.

—No, no lo sé—susurró mirando la pintura.

Era un ángel hermoso, como los que podías encontrar en las iglesias, con una mirada llena de melancolía y un cabello rojizo muy espeso. Sus tiernos labios parecían murmurar una oración, sus manos estaban cruzadas en forma de rezo y sus hombros suavemente encogidos. Poseía una expresión de divinidad preocupada por su ceño fruncido, pero el cuerpo no parecía tan encogido.

—Lo harás. Tarde o temprano lo harás—dijo tomando un taburete para sentarse a su lado.

—¿Y Avicus?—interrogó.

—Oh... no quiero hablar—respondió frunciendo sus cejas doradas, algo pobladas pero perfectas, mientras afianzaba su mirada en el cuadro.

—¿Quieres ver como lo termino?—sonrió para sí, deseando que aquel inútil conociera su arte para glorificarse.

—Bueno, al menos no es Venus con la cara de esa mujer—dijo girando su rostro hacia él con una sonrisa algo burlona.


Ambos se soportaban y se odiaban, se apreciaban y mataban. Siempre había sido así y entre ellos no estaba aquel hombre gigantesco, de ojos profundos y algo aniñados, que siempre regañaba a los dos como si fueran niños. No, no. ahora estaban ellos dos a solas, en el palazzo de su escuela y permitiendo que los viejos lazos se afianzaran. Por dentro ambos se apuñalaban, pero ambos darían todo por salvar la vida del prójimo. Eran dos idiotas que no querían admitir que se apreciaban.  

miércoles, 30 de abril de 2014

La leyenda

Mael nos comparte sus sentimientos juveniles ¿no es un primor? Bien que se pelea luego con Marius pareciendo ambos un dúo de idiotas. 

Lestat de Lioncourt 

El frío se colaba dentro de mi ropa y se agarraba a mis huesos provocando que mis dientes castañetearan. Tenía quince años y se suponía que ya era todo un hombre. Habíamos decidido salir a cazar antes del amanecer. La noche, o más bien su sonido, aún era presente y la oscuridad era terrible. Las antorchas fulguraban y se podía ver la aldea a lo lejos, o más bien las pequeñas hogueras que aún estaban encendidas. Nuestro paso era lento, pero preciso. No queríamos alertar demasiado a las grandes piezas y pronto llegaríamos al lugar apropiado para disponernos a cazar algunos ciervos, conejos y aves diversas.

—Hoy te harás todo un hombre, sobrino—dijo mi tío apoyando su mano en mi hombro—. Hoy pienso dejarte la pieza más grande ¿llevas bastantes flechas?

—Sí, claro—respondí con orgullo, aunque meditaba sobre lo que había escuchado de sus propios labios.

En lo profundo del bosque, allá donde la oscuridad parece reinar durante todo el día, se alzan enormes árboles de grueso tronco retorcido. Dentro de ellos se pueden escuchar murmullos, lamentos y salmos. Quienes están dentro son los espíritus de los árboles, el bosque en sí, y se les llama dioses. Estos seres vivían gracias a la sangre que tomaban de los sacrificios que se les ofrecía para que bendijeran expediciones de guerra, siembras, caza o simplemente una boda de alguien importante para los nuestros.

Me había impresionado tanto la historia que decidí memorizarla. Podía tararear bajo una canción que acompañaba a la leyenda y que me dejaba atónito. Era imposible de sospechar para mí, en aquella época en la cual era tan sólo un joven más, que me vería envuelto en la magia oscura y terrible de nuestros rituales.


Míralos, sus ramas se alzan igual que sus raíces.
No somos árboles, pero tenemos contacto profundo con la tierra.
La sangre baña nuestros labios y nos enloquece.
Curaremos del mundo sus terribles cicatrices.
Dioses de los árboles, dormidos y en silencio.
Dioses de los árboles...

—¡Mael! ¡Muévete muchacho! ¡Te estás rezagando!—escuché a mi tío decirme a lo lejos mientras agitaba la antorcha.


Rápidamente corrí hacia donde estaban y me puse a su altura. Sin embargo en mi mente seguía rememorando las frases que habían calado tan hondo en mí. Me juré proteger a esos seres y conocerlos, amarlos y respetarlos. Parece una locura, pero ahora soy uno de ellos aunque no vivo encerrado en un árbol padeciendo abstinencia de sangre.  

martes, 4 de febrero de 2014

Regresando a tus brazos

Bosnoir mes amis

Esta noche es especial porque es la noche del amor... el cielo trae paz. Más allá de de toda oscuridad hay amor y paz. Quiero decir, que me desvío del tema, es la noche en la cual Mael y Avicus al fin se dan amor. En realidad Avicus le da todo su amor a Mael.

Lestat de Lioncourt

REGRESANDO A TUS BRAZOS

Sentado frente al fuego siempre recuerdo los momentos más importantes de mi vida. Creo que hay algo en él que logra cautivarme hundiéndome en diversos pensamientos. He aprendido a soportar el peso de los siglos contemplando las llamas destrozar los troncos. Mis errores quizás son más soportables que los que otros pueden llevar a sus espaldas, pero a veces un sólo error provoca que tu vida tiemble y el mundo que tanto aprecias se destruya.

En ocasiones he llegado a imaginar mis derrotas y fracasos como migas de pan. Puedo girarme y contemplar el camino por el cual he pasado y ver las aves pelear por ellas. Esas aves no son más que mi rechazo para aceptar mis errores. Soy demasiado obstinado para doblegarme ante las pesadas piedras que soy capaz de arrojarme.

El invierno es frío y lluvioso, pero cuando la tormenta amaina puedo sentarme en mi pequeño círculo y traer madera seca. Observo las llamas y pienso en él. Sobre todo pienso en él. Ese él no es otro que Avicus. He intentado imaginar mi vida como mortal miles de veces. Siempre me imaginé envejeciendo con una lustrosa barba, las manos callosas por la espada y por arrancar raíces para diversos ungüentos y tizanas. El cine y la literatura nos han caricaturizado miles de veces como seres complacientes, enigmáticos o portadores de la magia del bosque creando pociones para guerreros invencibles. Sin embargo la realidad era distinta. Hombres cultos, pero simples, hechos con el fragor de la batalla y los cánticos que solíamos entonar a los dioses. Es posible que hubiese muerto en una batalla o viendo como saqueaban mi pequeña aldea. No lo sé. Realmente él lo impidió.

Aún recuerdo la primera vez que vi su cuerpo destrozado y sus ojos hundidos en una calavera oscura. Estaba tan deteriorado que no podía imaginar siquiera que podía haber ocurrido. Para nosotros no eran vampiros sino dioses que bañaban la tierra de sangre, después de encerraban en los árboles y hacían que la próxima cosecha fuese excelente. Símbolos de un gran augurio y dicha para todos.

Recuerdo cuando era pequeño que solía tallar cerca de las raíces de los árboles que contenían los dioses. Me apoyaba en el tronco y dejaba que mi pelo rubio se llenara de hojarasca. He llegado a dormir toda una mañana acurrucado entre las raíces y dejando que el mecer de las ramas fueran mi mejor canción de cuna. Mi madre era considerada una hechicera y sabía pelear como una fiera. Mi padre era un buen guerrero y mi tío era druida. Primero me hicieron probar la espada, pero los árboles parecían llamar más mi atención. Siempre estaba a su lado escuchando el murmullo de sus poemas, cánticos y rezos. Me atraían como las moscas a la miel. No podía evitarlo.

Cuando me encargaron la misión de traer al mestizo pensé que empezaba a ser tomado en cuenta. Era joven y a veces alocado. Querían que aprendiera a ser menos impulsivo y tomar conciencia de la verdad que escondían ellos. Los dioses que nosotros venerábamos no eran cincelados por artistas, sino que vivían dentro de los vetustos robles. Por eso querían que yo aprendiera y comprendiera que era mi misión conseguir un nuevo dios. Ahora me doy cuenta que era simplemente una excusa porque no querían correr riesgos.

Traje a Marius, como aseguré, pero no logramos un nuevo dios como se esperaba. Él no amaba la cultura que yo le había narrado, no comprendía nuestro dialecto y prefería patalear mientras guardaba silencio esperando un poco de respeto por su parte. Ambos éramos jóvenes, aunque yo era algo más joven y más delgado. Posiblemente podían confundirnos con hermanos debido a los rasgos comunes o simplemente pasar por un compañero celta. Pero estaba tan enquistado el deseo de ser romano y que su padre lo viese como un buen hijo que era imposible.

Cuando él huyó todas las culpas cayeron sobre mí. Los ancianos pensaron que era el idóneo para ocupar su lugar y me llevaron hacia uno de los últimos dioses. Y como he dicho, porque ya lo he dicho, sentí que su aspecto era terrible pero no temible. Otros hubiesen muerto en ese momento por la impresión, pero él me habló de forma dulce con un tono de voz profundo. Era cortés y agradable. Pero no hubo tiempo de conversar más que lo oportuno, se abalanzó sobre mí e hizo lo que tenía que hacer. Una vez concluido el proceso nos quedamos en silencio observándonos.

Era un gigante de cabello negro y ondulado que caía hasta sus hombros. Tenía un rostro agradable, algo serio pero que se denotaba tímido y reservado. Los pómulos estaban marcados y su mentón, la cara no era extremadamente larga sino algo redonda. Marius lo describe demasiado redondo como si estuviese obeso, pero no era un obeso. Él era un guerrero que se había prestado a un ritual macabro y yo era un druida que se había prestado a caer en una estúpida trampa.

La huida fue terrible. Tuve que matar a personas que admiraba para poder sobrevivir. No quería vivir eternamente encerrado en un árbol sino contemplarlos, amarlos y sentir sus hojas moviéndose sobre mi cabeza. Acepté que fuese mi compañero porque le necesitaba y porque me había enamorado de él.

Nunca había cedido mi corazón a nadie. Tenía una mujer y una vida. Pocos saben esa parte de mi pasado. Me había casado joven como cualquier muchacho del poblado. Ella era hermosa y sus cabellos parecían de plata porque su rubio era muy pálido. Sus labios eran sensuales y su mirada tímida. Jamás he visto una mujer tan hermosa como ella. Ni siquiera Maharet o Jesse, a las cuales amo y admiro, pueden compararse con la belleza de una mujer celta. Mi madre era atractiva incluso con sus años, a pesar de haber tenido varios abortos, pero ni siquiera se parecía a mi hermosa Aldana. Pero como he dicho ni siquiera a ella le había cedido mi corazón.

Avicus se convirtió en mi oscura pasión. En las noches más frías intentaba encontrar su frío calor. Quería sentir su corazón latiendo suavemente gracias a la sangre humana. Sus cabellos negros rozaban mis mejillas cuando mis labios se dedicaban a recorrer su rostro. Mis manos buscaban las suyas para entrelazarlas igual que un niño busca el amor de su madre. Recuerdo que me hizo suyo en alguna ocasión marcándome como si fuera tan sólo un objeto inanimado. Era de su propiedad, o al menos así lo sentía. Y mientras él me marcaba mis celos se encendían. Detestaba que cazara en solitario porque temía que se prendara de cualquier otro u otra. Mis mayores miedos era quedarme solo sin su presencia.

Encontrar a Marius fue una casualidad fatal del destino. Aunque limamos asperezas, las cuales eran demasiadas para quitar todas las astillas, jamás acepté que él se acercara demasiado a mi maestro, padre y amante. Él era mi compañero y no permitía que otro gobernase sobre él. Su voz profunda de palabras dulces y atentas empezaron a leer pergaminos de obras que ese insensato le ofrecía. Y mis noches entre sus brazos, las cuales se habían transformado en lo único que me ataba a la felicidad, se iban quedando atrás junto a los viejos senderos que transitamos. Mi carácter se fue agriando y comencé a comportarme como un tirano sobre su persona. Caí en un juego terrible y finalmente fui abandonado.

Zenobia me arrebató lo que más quería o quizás lo único que me importaba realmente. Ella con sus ojos enormes, sus labios llenos de inocencia fingida y esa pose delicada de niña estúpida me quitaron todo. Lloré amargamente cuando Avicus me pidió quedarse con ella y más aún cuando tuvimos que separarnos. Durante décadas me sumí en el silencio. Marius hizo su vida y llenó su casa de niños tan insufribles como ella. Ambos se habían dejado guiar por la inocencia, por muy calculada que estuviese, y yo me dejaba guiar por la hiedra venenosa que era la soledad.

Maharet coincidió conmigo en mi vidaje a América. Se estaba formando lo que hoy muchos estadounidenses llaman “La tierra de la libertad y las oportunidades”. Ella me arrancó parcialmente la soledad y Jesse la llenó de preocupación. Me convertí en un protector con ambas.

No obstante mi vida era vacía y simple. En ocasiones iba a la biblioteca para perderme entre los centenares de libros. Tomaba uno al azar y me preguntaba si Avicus ya lo habría leído. Quería sentir de nuevo esos brazos rodeándome y provocando que perdiera el juicio. El hombre que fui no existía en esos días y tan sólo era un mero reflejo borroso de algo que ya no tenía valor.

Las noches tras el incidente del velo de Verónica fueron las más terribles de mi vida. Quise inmolarme, pero por fortuna Jesse me cuidó como yo lo hice con ella. Estoy vivo y he podido contemplar su regreso. Me he convertido en un ser distinto al cual muchos conocían a pesar de mis burdos intentos de proseguir con mis miradas aviesas, mi lengua afilada y mis comentarios hirientes.

Me hallaba sentado ante el fuego, como hago en estos momentos, observando la lumbre elevándose mientras mis manos acariciaban el tronco sobre el cual me hallaba sentado. Mis manos jugaban con los viejos surcos que tenía la madera. El olor a madera se impregnaba en mi cuerpo del mismo modo que mis manos olían a musgo y tierra mojada. Aún me pregunto como pudo sentarse a mi lado sin sentir su presencia. Quizás estaba tan hundido en mis divagaciones que ni siquiera percibí sus pisadas.

—Te he estado buscando—esa frase, con su voz profunda, me estremecieron.

Me giré de inmediato hacia la derecha y lo contemplé. Sus largos cabellos ondulados rozaban sus hombros y sus ojos oscuros, tan marrones como la tierra húmeda, me miraban directamente. Estoy seguro que mi rostro era de sorpresa, pero mis ojos se llenaron de ira ciega. Él me había abandonado por una estúpida mujer. De inmediato, y sin que él pudiera evitarlo, le encajé un puñetazo mientras me levantaba rápidamente del tronco.

Había golpeado su pómulo derecho con un poderoso gancho de izquierdas. Él cayó al suelo quedando sus piernas sobre el tronco y su espalda contra la hojarasca. Llevaba unos pantalones de cuero y una camisa verde bastante favorecedora, pero en esos momentos deseé quemar su cuerpo y sus nueva imagen en mi propia hoguera. Deseé hacerlo como los druidas del bosque pretendían hacer con él.

Mis ropas eran las comunes en un moderno druida. Vestía una camisa blanca y unos tejanos con unas botas de baquero marrones. Mi caballo no estaba lejos y decidí que sería mejor subirme a este y desaparecer. No quería quedarme a su lado porque sabía que me quebraría y posiblemente no se quedaría a reparar ese terrible acto de cobardía.

—¡Mientes! ¡Tú no me has estado buscando!—exclamé dolido—. ¡Ni te preocupes en disculparte! ¡No vuelvas a mi vida! ¡No quiero que vuelvas! ¡Largo de aquí!

—He venido para quedarme—explicó con calma incorporándose clavando los codos en la tierra.

—¡Mientes! ¡Mientes como ese romano estúpido! ¡Todos me ven como si fuera un engendro sin sentimientos salvo mi asqueroso orgullo!—bramaba igual que lo podía hacer una bestia herida y salvaje. Posiblemente era igual que un lobo que decide cazar solo alejándose de la manada, hundiéndose en el bosque, y termina en el territorio de otro. Sí, esa misma fiereza estaba demostrando—. ¡Ni siquiera pensáis que tengo miedo o padezco por la terrible soledad que agita mi alma! ¡Ninguno tiene la suficiente paciencia o bondad para escuchar mis necesidades!—rompí a llorar manchando mi rostro mientras él se levantaba—. ¡Ni te acerques o te tiro al fuego! ¡Te tiraré al fuego! ¡Lo haré!—me miró confundido y terriblemente apenado— ¡Todo el amor que te tenía lo he convertido en odio! ¡Felicítame! ¡Aunque más bien yo debería felicitarte a ti! ¡Bastardo!-dije acercándome para escupirle directo al rostro y propinarle una fuerte patada.

—¡Mael escúchame!—dijo apretando los puños y endureciendo su rostro. Pero ni siquiera de ese modo haría que yo me detuviera. Me había cansado de ser el estúpido de la historia.

—¿Escucharte?—solté una profunda risotada que hizo que se detuviera—. ¡Tú no me escuchaste! ¡Preferiste a esa estúpida antes que a mí!—ese recuerdo lo llevaba tatuado en mi pecho como si me lo hubiesen colocado con un hierro ardiente.

Sus puños se abrieron y su cuerpo intentó relajarse, pero era un momento tenso. Estaba seguro que no era el reencuentro que él esperaba. Sus ojos y los míos tenían un duelo interno lleno de rabia, dolor, pasión, deseo y necesidad. Él quería abrazarme y yo abrazarlo, sin embargo yo no estaba dispuesto a ceder y al fin condenarme.

—Ya no estoy con ella—dijo estirando sus brazos hacía mí. Quería que lo abrazara, pero lo único que tuvo fue mi figura dando media vuelta para ir hacia mi yegua.

—¡Seguro que se cansó de ti y se buscó a otro que la atienda mejor!—el fuego quedaba atrás, a unos metros, mientras que mi hermoso animal relinchaba inquieto—. ¡O que la llene de joyas! ¡Esa patética criatura era sólo una sanguijuela!

Aquella yegua se llamaba Aldana. Alda era el nombre de mi madre y Aldana el de mi mujer. Dos nombres celtas tan clásicos como hermosos. Ella me comprendía con sus enormes ojos negros de pestañas blancas. Sentía magnetismo hacia su fuerza y elegancia. Una yegua que había amado nada más verla galopar en la finca ecuestre de donde la robé.

Los celtas siempre hemos amado los caballos y nuestros guerreros eran excelentes jinetes. Teníamos carros de combate muy superiores a los romanos y una agilidad increíble para pelear desde nuestras monturas. Nos sentíamos en deuda con los animales y sobre todo con los caballos, pues nos hacían ser fuertes y admirados.

—Es cierto que me abandonó—por su bien me hubiese callado. Pero aquel imbécil no sabía guardar silencio y distancia.

—¡Y ahora me buscas porque no tienes a nadie que te alegre las noches!—grité tomando las riendas de mi montura—. ¡Púdrete!—exclamé haciendo que la yegua me acompañara en mi último grito.

—Mael, por favor—dijo con un quiebro de voz echando a caminar hasta donde me encontraba.

—Atrás Avicus—solté las riendas y le miré frunciendo el ceño. Mis ojos chispeaban una ira incontenible—. ¡Atrás malnacido!—dije cuando noté que me tomaba de la cintura.

Mis manos fueron directas a las suyas clavando mis uñas, rasguñando el dorso de estas y tirando de sus muñecas. Los puños de mi camisa se empezaron a manchar de sangre y el olor metálico me estaba volviendo loco. Podía soportar el olor de las heridas, pues ya era un anciano, pero no el suyo. Su sangre era distinta a cualquier otra. Fue su sangre la que me dio la vida.

—Te amo—musitó aproximando sus labios a lado izquierdo de mi cuello, pero no pudo hacerlo porque le encajé un codazo en el estómago. De inmediato tuvo que dar un par de pasos hacia atrás.

—¡Bravo!—respondí—¡Has necesitado dos milenios para tener los huevos suficientes para decirme eso!—dije con una sonrisa amarga—. Pero lo peor de todo eso es que me has dicho que me amas sólo porque esa buscona ya no está. Sólo lo has hecho porque ella no te toma del rostro y te dice el amor que siente por ti—Aldana se aproximó a mí y la abracé dejando que mi rostro se perdiera en su crin.

—Eres testarudo—masculló con rabia.

—¡Y tú un completo idiota!—grité sin sacar mi rostro de ella. Deseaba calmarme y yo quería huir, pero a la vez deseaba quedarme a su lado escuchando todas esas fantásticas mentiras.

—Realmente te amo—sus manos se apoyaron en mis hombros intentando consolarme, pero sólo me provocaban deseos de partírselas—. Tuve miedo.

—Ahora deberías tenerlo porque soy capaz de convertirte en leña. ¡Seguro que ardes mejor que la literatura barata que suelo quemar cuando me enervo de tanta estupidez!

—Mael—balbuceó quebrando su voz.

—¡Muérete!—dije con una furia temible.

—¡Mael!—me apartó de la yegua y me tomó de las muñecas mientras me encajaba entre el roble centenario de la finca y él. Su figura me impuso tanto respeto como la primera vez, pero no estaba dispuesto a doblegarme.

—Eres despreciable—susurré entrecortado—. Maldigo el día en el cual nos encontramos—dije girando mi rostro para verlo directamente a los ojos. Él también estaba llorando en silencio.

La yegua estaba manchada con mis lágrimas y con la sangre fresca de mis manos. Esa sangre era la suya. Aldana se movía inquieta y temí que relinchara colocándose a dos patas.

—Mael—murmuró.

—¡Qué!—me aparté por completo del animal y dejé que mi rostro quedara a pocos centímetros del suyo.

—Mael—dijo nuevamente mientras me tomaba del rostro apartando mi pelo, pues algunos mechones se ocultaban parcialmente mis facciones. Palpó mis pómulos y dirigió sus dedos a mis labios, para luego bajarlos hasta mi cuello y finalmente tomarme de la cintura. Con cuidado empezó a envolverme con sus brazos maniatándome, convirtiéndome en un idiota quejumbroso más propio de las novelas románticas que un amargado secundario que todos maldecían.

—Avicus—dije rompiéndome del todo—. No me sueltes—mi voz sonó quebrada y en un tono bajo—Por favor, no me sueltes—había guardado silencio unos segundos admitiendo mi derrota y cuando lo hice él me besó las comisuras de mis labios.

—Como ordenes.

Ambos estábamos de nuevo unidos. De alguna forma siempre estuvimos esperando ese instante. Pude notar como su sonrisa se ensanchaba tan bondadosa y sincera como hacía siglos. Mis manos se apoyaron en sus anchos hombros mientras meditaba que más podía decir. Sin embargo él tomó el primer paso. Sus labios se pegaron a los míos y noté como su boca comenzó a dominarme.

Era el primer beso que me regalaba después de casi dos mil años. Mi cuerpo tembló debido a la emoción. Su lengua se hundía desesperada buscando la mía y yo le ofrecí la respuesta. Notaba el tronco del árbol pegado a mí del mismo modo que su pierna derecha entre las mías. Su rodilla no tardó en comenzar a rozarse contra mi bragueta y yo no dudé en ofrecerle una reacción rápida. Jadeé cerca de su boca mientras mordisqueaba su labio inferior, el cual tiré y succioné, para luego seguir besándolo con mis manos deslizándose sobre su torso para desabrochar su camisa.

Debido a mi nerviosismo, y a la situación en sí, terminé rompiendo la camisa y arrancando la interior, una blanca de algodón sin mangas, a jalones. Sin embargo cuando lo tuve con el torso desnudo, frente a mí una vez más, temblé. La excitación subía desde la punta de los pies hasta cada célula de mi cuerpo. No dudé ni por un segundo en mordisquear sus pezones y recorrer cada uno de sus marcados músculos. Él echó la cabeza hacia delante intentando ver que hacía, pero cuando llegué al broche de su pantalón, y decidí quitarlo con los dientes, la echó hacia atrás. Su mano diestra cayó sobre mi cabeza, hundiendo sus dedos entre mis mechones rubios, apartándose a su vez unos centímetros para permitir que me arrodillara bajo aquel árbol.

No tardé mucho en bajar sus pantalones y obtener su miembro entre mis labios. Aún no estaba crecida así que tuve el placer de notar como se endurecía. Sus robustas manos, las cuales siempre me habían parecido poderosas y atractivas, intentaban acariciar mis mejillas pero no podía. Su instinto le pedía que me agarrara de la cabeza y empujara con desesperación sus caderas hacia mi rostro. La suave mata de pelo negro golpeaba mi nariz mientras mis ojos intentaban dirigirse hacia su rostro. Lo único que podía ver era su grueso y largo cuello, con su nuez de adán subiendo y bajando, mientras su mentón temblaba.

Mi nombre en su boca era como una melodía celestial. Sentía que era sin duda el mejor sonido que se podía escuchar en las noches. Si existía un dios, fuese quien fuese, no me interesaba en esos momentos, del mismo modo que no me importaba que ella hubiese estado en su vida. Él estaba allí ofreciéndome su miembro grueso de gran tamaño, llenando mi boca y provocando que mi maxilar a penas pudiese abrirse del todo para darle paso. Sus testículos empezaron a chocar con violencia en mi mentón y su vello público a rozar cada vez más mis labios. Me obligaba a cubrir con mi saliva, labios y lengua cada uno de sus centímetros.

Su pene era grueso, tenía las venas hinchadas y parecía desear hacerme olvidar el amargo sabor de la soledad. Si bien paró levantándome con su asombrosa fuerza, girándome contra el tronco y rompiéndome el pantalón como si fuera tela barata. Mis slip quedaron a relucir en medio de la oscuridad, la cual sólo se iluminaba brevemente por la fogata, porque a diferencia suya sí usaba ropa interior.

—No pares. Quiero que me rompas en dos como solías hacerlo—dije sonando peor que una puta barata. Mi voz era masculina, pero cualquiera que me hubiese escuchado pensaría que era una hembra desesperada—.¡Hazlo!

Como respuesta a mis órdenes él me azotó y arrancó la ropa interior para después llevarla a su nariz. Pude ver por encima de mi hombro como la olía y sonreía. Estaba tan excitado que había manchado con el presemen mis prendas y él lo había notado. Sólo se la había chupado y ni siquiera me había tocado más allá del rostro. En sus labios se formó una sonrisa pícara mientras con su mano izquierda acariciaba en círculos mi cadera.

Tiró la prenda y me agarró del pelo pegando mi rostro contra la corteza. Intentaba girar mi cara para poder ver como la metía, pero sólo pude sentir como entraba la cabeza y después el resto de su miembro. Recuerdo que chillé desesperado y adolorido. Había olvidado que era albergar un pene de semejante tamaño. Estaba apretado y desesperado. Casi no tocaba el suelo y estaba subido a las raíces, las puntas de mis botas eran lo único que lograba mantenerme en equilibro junto mis brazos. Me había agarrado al árbol para no caerme.

Marius siempre había pensado que lo dominaba, pero la verdad era distinta. Cuando no estábamos en su compañía Avicus se transformaba en una bestia desesperada que me hacía gritar su nombre durante horas. Y el Avicus que yo amaba, el dominante a la hora del sexo, había regresado con estocadas certeras como si jamás hubiésemos estado el uno lejos del otro.

Podía escuchar a la perfección como sus testículos chocaban contra mis glúteos, del mismo modo que sentía cada vena friccionando en mi interior. Me ardía y me dolía, pero el dolor dio paso al placer y mis quejidos lastimeros se convirtieron en los gemidos de un amante entregado. Cada movimiento de su pelvis era una tortura, la cual paraba para azotarme con su miembro contra cada una de mis nalgas. Ese juego perverso que me recordaba que era suyo, que me había marcado y robado la virginidad pocas horas después de nuestra huida, había regresado. Era tal el placer que no lograba tener los ojos abiertos.

Mis uñas se clavaron en la madera dejando que mis dedos se llenaran de astillas por el momento. Su zurda fue a mi sexo y comenzó a pellizcar mi glande. Podía notar como me ordeñaba para que llegara al éxtasis. También percibía sus jadeos y gruñidos muy cerca de mi nuca, resoplando y mordiendo mis hombros sobre la tela de mi camisa. Ambos estábamos empapados en sudor y las pequeñas gotitas se mezclaban con mis lágrimas. Sí, había vuelto a llorar. Ésta vez lloraba por el placer que estaba sintiendo y no por la ira o el dolor que me habían dominado.

Su ritmo se volvió imposible y llegué al orgasmo eyaculando contra el maltratado árbol. Si bien, él no lo hizo. Con sus manos, las cuales me parecieron garras, me agarraron de las muñecas y me apartaron del tronco. Sin cuidado alguno me tiró del pelo de nuevo y me arrodilló en medio del pasto. Allí mismo me metió otra vez su miembro, pero esta vez entre mis labios, y eyaculó.

—No dejes ni una gota porque ese es mi amor hacia ti—dijo con la voz ronca mientras salía de mi boca.

No sólo tragué aquel cálido torrente sino que lamí y succioné nuevamente. Lo hacía entusiasmado y perdido por el deseo. Logré lengueteando, besando y mordisqueando todo su pene que volviese a endurecerse. También me llevé a la boca sus testículos, los cuales apreté entre mis labios con deseo, mientras le miraba.

—Te amo—volvió a decir sonando sincero esta vez. Podía ver en sus ojos la disculpa y el tormento de haber estado sin mí y haber abrazado la soledad.

La segunda vez fue tirado sobre el pasto, ya sin prenda alguna y únicamente con las botas puestas, me hizo suyo frente a frente. Mis piernas lo abrazaron del mismo modo desesperado que mis brazos. Mis uñas se clavaban en sus omóplatos y yo gemía con gran escándalo. Ambos llegamos casi a la vez, pero nuevamente yo lo hice primero. Después de ese momento de placer quedamos tirados sobre la hierva fresca y miramos las estrellas en silencio.


No perdono su huida de mi lado, tampoco que Zenobia siga interponiéndose con su recuerdo y ni mucho menos que huya de mí para conversar con Marius. No perdono nada. Sin embargo soy al único que es capaz de hacerle el amor y mostrarle las dos caras de una misma moneda.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt