Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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viernes, 30 de mayo de 2014

Leonore - ARCHIVO TALAMASCA

Segunda parte de este peculiar archivo. David me deja subirlo aquí para que quede guardado. ¿Se atreven a saber un poco más? Ya pronto sabrán de qué se trata.

Lestat de Lioncourt

PASOS

Había regresado a su confortable hogar y observaba ensimismado una de las velas que Louis había encendido. Su compañero leía lentamente uno de sus viejos libros, pasaba las hojas con delicadeza y acariciaba las líneas como si fuesen un tesoro. El rostro tranquilo, casi imperturbable, que poseía era radicalmente distinto a los ojos verdes, amenazadores, como los de un felino que parecía querer saltar sobre él. Podía sentir miedo a su lado y a la vez una peligrosa fascinación, pero en esos momentos lo único que se preguntaba era si debía compartir con él sus impresiones. No tenía a nadie más.

—¿Crees que debería implicarme en mi último caso?—lanzó aquella pregunta y Louis decidió cerrar el libro, girar su rostro hacia él y clavar aquellos ojos inquisidores que eran dagas, unas dagas ardientes de un verde intenso—. ¿Cuál es tu opinión?—susurró cuestionándose si había sido buena idea.

—Siempre haces lo que crees que debes hacer, igual que Lestat. Eres un alma libre para ir de aquí para allá, sin importarte demasiado qué puede pensar alguien que siempre espera tu regreso. Sí, espero tu regreso aunque tu compañía a veces está de más. Como ahora, está de más. No quiero ofenderte David, no quiero. Sin embargo, esos pensamientos tuyos, que a pesar que no puedo leer, siento golpear en mi nuca, y contra cada objeto de la habitación, me perturba—dejó que sus palabras no sonaran cálidas, pero eran sinceras y eso era mucho más que cualquier frase compasiva—. Ve si quieres, si piensas que podrás hacer algo, y si no lo ves factible simplemente quédate—se encogió de hombros, acarició su chaleco negro con botones de nácar y abrió el libro para seguir leyendo—. A mí no e impliques en tus decisiones—dijo ahogándose de nuevo en su lectura.

David decidió incorporarse de la mesa de aquel pequeño despacho, tomó las carpetas y las amontonó para meterlas en su maletín, añadió un par de grabadoras, cintas, bolígrafos, lapiceros y folios para luego encaminarse hasta Louis, besando su mejilla.

—Volveré en unas noches—le aseguró.

—Vuelve cuando hayas solucionado eso o sino jamás regreses, pues es incómodo—explicó sin girar su rostro hacia él, sin siquiera mirarle un segundo.

Aquella misma noche tomó varios vuelos con escalas, pues el día no debía atraparlo, para llegar finalmente a Londres. Durante el trayecto dormitó un par de horas, pero sin duda lo que más hizo fue leer los archivos. Leía con ferocidad lo que una vez había escrito, anotaba a un lado cada nueva impresión y retomaba las palabras de la joven.

Ella podía no estar enterrada allí, pero había huesos enterrados porque él mismo los había visto. La familia ocupante de la casa, o más bien propietaria ahora del terreno, deseaba desesperadamente poder hacer vida allí. Pero a él lo único que le interesaba era el misterio en sí.

Nada más llegar a Londres caminó por las calles con cautela, pues los miembros de Talamasca eran más activos en la ciudad que en ningún otro lugar. La red de contactos de esas sofisticadas criaturas humanas, con poderes paranormales, era intrincada y perfectamente coordinada. Él sabía como actuaban, porque había sido parte de ellos, y deseaba mantenerlos al margen.

La vivienda se encontraba en pleno centro de Londres, donde el tráfico a pesar de todo no era excesivamente fluido. Los peatones se arrollaban unos a otros, los vehículos circulaban constantemente, el sonido de cientos de voces y pisadas se mezclaban con el colorido de las pieles y de los diversos carteles que podían verse a un lado y a otro de las calles. Entró en uno de los apartamentos más lujosos, el edificio era bastante atractivo y sólido, pero dentro era sobrio como todo buen inglés. Eran tan sólo las ocho de la tarde.

Decidió tomar las escaleras, pues no quería esperar un ascensor debido a la emoción que sentía. Había avisado antes de salir que llegaría en breve, pero no dijo realmente a qué hora. No quería parecer descortés apareciendo en mitad de la cena, sin embargo la causa era importante y quizás sólo les robaría unos minutos.

Al tocar el timbre sintió un chispazo recorriendo su cuerpo, traspasando su alma, y entonces volvió a verla en el cementerio con esos hermosos ojos clavados en él. La puerta cedió y abrió una joven, muy bonita, que era parte del servicio. La chica tenía la tez canela, ojos azules y una abundante cabellera negra muy rizada.

—¿Sr. Talbot?

—Sí—respondió con un leve ademán de su cabeza.

—Acompáñeme—dijo alisando las arrugas de su delantal blanco, aunque no parecía arrugado en absoluto.

La siguió observando el suelo perfectamente enmoquetado, el papel pintado estilo Tudor, los encantadores cuadros llenos de recuerdos y los hermosos lienzos de artistas que pocos reconocerían. En el salón, frente a una sopa, se encontraba la última mujer del linaje en compañía de su hijo, un joven de unos treinta años, que miraba ensimismado la televisión.

—Lamento haber llegado cuando usted disfrutaba de su cena—confesó.

—No hay pérdida—susurró la anciana, que parecía rondar los setenta años, para verle bien con unos ojillos pequeños y surcados de arrugas.

—Venía a... —ya se lo había dicho por teléfono así que el muchacho intervino.

—Quiere saber sobre la muerte de una de nuestras antepasadas. Si bien, la historia que tenemos que contarle es demasiado cruel y terrible para ventilarla—dijo observándolo con cierto interés.


El muchacho tenía una curiosidad despierta sobre David, el cual se movía como un inglés pero no tenía el típico aspecto de un hombre de su país. Acento, ropa y modales pero no rasgos faciales. La tez de David era oscura, sus ojos algo rasgados, pero el resto de sus facciones eran una mezcla europea. Sí, sin duda el muchacho tenía una curiosidad manifiesta en su invitado y David lo sentía, sabía que quería saber de él y de su procedencia. El vampiro no se lo permitiría, como tampoco a su adorable madre que seguía tomando su sopa.  

jueves, 22 de mayo de 2014

Nuestra última vez

Bonjour aquí les dejo un hermoso relato, por así decirlo, de una de las memorias más extrañas e intensas que tenemos de Julien.


Lestat de Lioncourt 

Nuestra última vez

La cama era el único lugar que podía jurar que mi cuerpo conocía a la perfección. Desde hacía semanas me había recluido en mi habitación, olvidándome de intentar salir debido a los problemas que se habían ido presentando. Mi salud no era buena, y los escasos días que me quedaban eran para mí atesorados aunque eran francamente amargos. El amor jamás estuvo de mi parte, pero para un hombre como yo era algo secundario. Había encontrado la felicidad, aunque sólo en algunos momentos brillantes de mi vida, con engrandecer aún más el apellido que yo mismo había salvado en más de una ocasión. Mis descendientes llorarían mi pérdida, pero yo había hecho mis trucos para regresar tras ser enterrado. Esperaba haberlo hecho bien, pues no deseaba haber perdido mi tiempo en trucos de feriante.

—Lasher—lo llamé al verlo entre las sombras.

Todos envejecíamos y moríamos, nuestro poder quedaba consumido y nos perdíamos en la memoria familiar. Los hombres de la familia no eran más que monigotes mal pintados, muñecos en las manos de las brujas, pero yo era distinto. Podía ver a Lasher y Lasher me obedecía, aunque a veces dudaba si no era yo quien hacía todo lo que él quería. Controlarlo era una tarea dura y difícil.

—Lasher, deja que te vea bien—dije incorporándome en la cama.

Los almohadones quedaron pegados a mi espalda, me encontraba sudoroso y aquejado de algunos dolores. Sin duda no descansaba por mucho que lo deseara. Había tenido visitas durante todo el día, mi hermosa Evelyn había recitado para mí una y otra vez aquel poema, y también decidí leer. No podía creer que hubiesen quemado mis memorias, esa maldita había cometido un terrible error. Eran mis memorias, mis documentos importantes, algo que Stella y el resto de brujas debía saber. No sólo eran mis recuerdos, sino el recuerdo de toda la familia. Aquello me enfermó, creo que por la preocupación y tristeza.

—Julien—su voz sonó tan joven, fresca y masculina como siempre. Era siniestro pensar que aquel ser había estado apegado a cada bruja y yo era su gran trofeo. Sí, era un trofeo que estaba quedándose en el olvido.

No puedo negar que he amado a Lasher tanto como lo he detestado. Siempre estaba ahí para bien o para mal, pero sobre todo estaba para servir a la familia en todos sus intereses. Las finanzas habían mejorado, él traía secretos y tesoros para acumularlos como hacen las urracas en sus nidos. Mayfair and Mayfair, la esmeralda y la casa donde nos encontrábamos era sin duda alguna obra y milagro de ese maldito ser que se aproximaba. Parecía compungido, aterrorizado y algo molesto.

—Te mueres—me dijo como lo haría un niño—. Te mueres.

—Todos morimos—respondí—. Mi muerte será una tragedia para la familia, pero se repondrá—comenté dejando mis manos cruzadas sobre mis piernas.

—No, no quiero que te mueras. Julien eres hermoso. No quiero que te mueras—aquello no sabía si creerlo o no, pero decidí aceptar el hecho que a él le entristecía perderme del mismo modo que a mí me torturaba ser viejo.

Siempre había amado tomar mi aspecto, como si fuera un juego, y mi propio cuerpo. Lasher amaba ver el mundo desde mi privilegiada posición, seducir a mujeres y hombres por igual, saborear el alcohol más caro al más barato, acercarse al barrio Francés y bailar con las putas o simplemente montar en mi caballo. Él era la seducción de la maldad, una criatura que aún desconocía a ciencia cierta de dónde provenía. Sí, venía de aquel valle y había visto su imagen en la vidriera de aquellas ruinas. Sin embargo, ¿cuál era su historia? Eso lo desconocía.

—Lasher, siéntate aquí conmigo—dije, sonriendo al fin.

El momento era el idóneo y debía aceptar que él me necesitaba tanto como yo necesitaba distraerlo. Evelyn iba a concebir un hijo mío, lo había notado nada más marcharse en la tarde. La noche parecía cubrirse de malos augurios, pero aún me quedaban algunos días. Aprendí que cuando uno está a punto de morir sabe cuánto tiempo le queda, si puede esperar o no.

Lasher se aproximó tomando asiento a mi lado, sus largos dedos acariciaron mis mejillas y las escasas arrugas que tenía. Jamás envejecí demasiado físicamente, aunque alcanzaba casi los noventa años. Mi cuerpo, mucho más pobre en belleza que a mis veinte e incluso cincuenta años, se estremeció por el extraño contacto. Era un ente, pero se sentía tan real como cualquier otro amante. Richard me compartía con él, aunque mi elegante anticuario era mi último gran amor. Evelyn, la amaba era cierto pero no era igual que Richard, y mi mujer eran otros milagros que me había dado la vida junto a mis hijos. Sabía que sin mí los Mayfair quedarían desatendidos en muchos aspectos y eso me torturaba. Quería olvidar y Lasher era la única opción. Sus largos dedos sabían donde tocar y sus labios pronto rozaron los míos.

Las mantas bajaron, mi pijama quedó desabrochado y mis cabellos notaron sus dedos jugueteando por cada mechón de mi pelo blanco. Mis ojos azules buscaron los suyos, eran tan pardos como profundos y en aquella oscuridad se hacían más intensos. Rápidamente noté el peso de su cuerpo translúcido sobre el mío y sus dientes rozar mis pezones. Los almohadones cayeron a ambos lados de la cama, como si fueran pesos muertos, y mi cuerpo quedó recostado retorciéndose con sus caricias.

Mi cuerpo quedó desnudo, pero estaba bajo las mantas. Podía ver como estas se movían y abultaban como si hubiese una segunda persona. El rostro de Lasher surgió buscando mis labios y yo lo besé rodeándolo. Podía sentirlo en todos los sentidos de la palabra y cuando me abrió las piernas, flexionándolas, supe que él deseaba hacerme vibrar nuevamente. Nuestra relación empezó cuando tan sólo tenía tres años y en esos momentos, en mis últimos días, seguíamos concediéndonos placer mutuo.

—Así, Lasher, así. Hazme sentir vivo, hazme el amor—dije notando el delicioso placer que me turbaba.

Mis gemidos no tardaron en suceder uno tras otro, mi cabello se pegaba a mi frente pues me empapaba en sudor y fuera los árboles se agitaban. Notaba mis piernas temblorosas y frágiles, pero él las rodeaba con sus fuertes brazos. Podía ver su cuerpo desnudo oscilando sobre mí, clamando mi nombre una y otra vez. Era hermoso sentir el deseo consumiéndome como si fuese el infierno, una gran pira funeraria o simplemente un día terrible de verano. Dentro de mí, aprisionado por mis glúteos, entraba y salía aquel miembro invisible para otros pero tan real, y placentero, como cualquier otro. Ni siquiera Richard sabía tocarme así, de ese modo tan indecente e íntimo, para hacerme gemir sin importar ser escuchado.

—Lasher...—jadeé antes de eyacular notando como él no paraba, sus labios se pegaban a mis caderas y subían por mis costados, dejaban sutiles roces en mis pezones y permanecían largo rato en mi cuello—. ¿Qué va a ser de ti?—dije a sabiendas que sería de él. Stella sería su nueva meta, aunque mi hija estuviese primero en sus planes. Stella era una niña privilegiada en todo el amplio sentido de la palabra, por sus dones y por el legado que caía en sus manos.

—Te amo Julien. Eres hermoso Julien—escuché decirme antes de evaporarse.


Quedé en la cama agitado, sudoroso y solo mirando por la ventana. Mis días en el mundo, tal y como los conocía, estaban llegando a su fin y pronto, en tan sólo unos días, se desataría una terrible tormenta porque Lasher lloraría por mí. Él lloraría por un hombre que fue egoísta a la hora de amar, sin comprender claramente que era el amor, y con una ambición terrible. Tal vez, él sería quien derramara las lágrimas más sinceras en First Street.  

martes, 6 de mayo de 2014

Recuerdos calcinados

Breves memorias que recuerdan ciertos momentos y el dolor que aún permanece atenazando dos corazones. 

Lestat de Lioncourt 

Estaba de pie frente a ambos. La discusión se había iniciado de nuevo. Louis estaba herido nuevamente, sentía su furia contagiarse por las llamas que se precipitaban sobre los muebles y el papel pintado de la vivienda. Lestat lo observaba jadeante con los puños apretados. El humo se condensaba y a lo lejos se escuchaba las sirenas de los bomberos. La vivienda se consumía, la misma que habían tenido para su pequeña familia, mientras los tres estábamos allí como si nada sucediese.

Louis parecía un ángel recién caído a los infiernos. Su cabello negro, perfectamente peinado, y ondulado caía sobre mi camisa blanca y chaleco verde prado. En ésta ocasión tenía un aspecto mucho más cuidado que otras veces, pues yo lo cuidaba del modo que Lestat me había pedido. Los pantalones eran de su talla y sus zapatos estaban lustrosos.

Lestat tenía una figura genuina, atractiva, pero llena de emociones que le hacía temblar de ira, rabia y dolor. Había caído de nuevo sobre él una venganza absurda por rencores de tiempos pasados, los cuales estaban enterrados para el Príncipe Malcriado pero no para Louis, pues los sentía como un lastre.

—¡Te detesto!—gritó agitando sus brazos— ¡Quemas los escasos recuerdos agradables que tenía de ti! ¡Felicidades! ¡Eres un maldito idiota! ¡Un imbécil que debí matar y echar su cuerpo al pantano!

—¡Igual que yo hice contigo!—dijo con una sonrisa macabra mientras tomaba una pose ligeramente decidida.

Rodeaba a Louis con cuidado, lo mantenía alejado de los golpes que podía propinarle Lestat. Ambos se detestaban profundamente, pero dentro de ese pozo aciago, de desesperanza y crueldad, había algo de amor que estaba intentando no quemarse junto a los hermosos, y valiosos, cuadros de la pared.

—¡Cállate maldito! ¡Cállate!—increpó levantando el brazo derecho para señalarlo—¡Te odio!

—¡Deberías consumirte con tus propiedades!—dijo furioso mientras yo lo sostenía, aunque su fuerza ahora era superior a la mía— ¡Sí!

—¡David, llévatelo de mi vista!—se apartó de nosotros para intentar salvar algún libro, varios cuadros y por supuesto varios recuerdos que le hacían sentirse protegido, unido de algún modo a todos quienes le amábamos.

—¡Ni me toques!—se apartó de mí girándose hacia mí para explicarme sobre sus tormentos, esos que no comprendía en absoluto— ¡He venido a pagar el daño que él me ha hecho!

—¡Daño!—exclamó Lestat tras una honda carcajada—¡Ahora vuelvo a ser yo el malvado!—dijo girando su rostro hacia nosotros. Tenía un hermoso traje blanco que estaba quedando cubierto de hollín, el pelo encrespado y revuelto, los ojos llenos de ira y una sonrisa que posiblemente era la de un demonio; creo que esa sonrisa, la que nos regalaba, estaba llena de rabia y odio— ¡Bien! ¡Me encanta ser el maldito desgraciado de ésta historia que no tiene principio ni final!

Entonces el camión de bomberos aparcó cerca de la boca de riego, pues querían salvar tan preciado inmueble, y nosotros decidimos marcharnos. Louis a penas quería moverse, deseaba ver la casa consumida en llamas y a la vez, o eso quiero pensar, rogaba por verla como en otros tiempos. El dolor que cargaba en su alma le había hecho ser descreído de su vieja fe católica, del perdón y la humanidad. Louis se había transformado en un ser distinto, como si fuera una metamorfosis digna de Kafka, frente a todos y evolucionado hacia un lado más salvaje y destructivo.

En un callejón cercano siguió la discusión. Lestat golpeó a Louis y éste decidió vengarse arañando su rostro con sus propias uñas. Los dos discutían acaloradamente y yo me sentía un testigo mudo, sordo e inútil. No podía hacer nada. Me sentía maniatado. Estaba viendo a dos seres que amaba destruirse por viejos odios que no comprendían.

—¡En vez de cuidarme dejaste todo en manos de David!—explotó en lágrimas y cayó de rodillas en el suelo de aquel hediondo callejón que olía a excrementos de animal, orina y basura de un restaurante cercano.

—¡Ya no somos los mismos! ¡Todo lo de Merrick nos cambió y dividió!—dijo Lestat esgrimiendo sus puños al aire.

Merrick había causado grandes estragos con su presencia y las visiones que ofreció a Louis sobre Claudia. La verdad que le había torturado, que incluso sospechaba, le había abofeteado duramente. Louis no pudo soportar la idea de ser maldecido por ella. No, no podía. El tierno corazón que él poseía, tan lacónico y filosófico, se rompió en mil pedazos y cuando se unió de nuevo fue gracias a la oscuridad y la rabia.

Lestat amaba la fragilidad que poseía Louis, pues lo veía como un pequeño muñeco de procelana y a la vez como un amor que no podía ser. Conservaba cada recuerdo con cuidado y con una necesidad impropia de seres como nosotros, pues somos acusados de fríos y frívolos. Pero el Louis que tenía frente a él, ese cargado de odio y con el aspecto de un ángel enfervorecido por la maldad, no era el ser que amaba.

Yo amaba a ambos. Siempre he amado a Lestat y a Louis. He arriesgado mi vida, mis propiedades, mi verdad, mi honor y también mi tiempo en comprenderlos y tenerlos cerca mío. Ellos son importantes para mí, por eso la discusión me consumía.

—¡Te fuiste con las brujas! ¡Un vampiro enamorado de una bruja! ¡Maldito imbécil!—finalmente otra vez, esa vieja discusión que venía dándose desde hacía más de diez años.

—¡Y tienes el descaro de decirlo tú! ¡Tú te fuiste con Merrick!—explotó nuevamente y ambos se miraron en silencio.

Louis se incorporó con el rostro lleno de lágrimas, tomó el de Lestat entre sus manos y lo besó antes de agarrarme del brazo derecho y tirar de mí hacia la salida. Nuestro amigo, amante y creador, quedó atrás con las manos metidas en los bolsillos y el rostro girado hacia el gran incendio de su vivienda. Posiblemente la reconstruiría y la haría de nuevo su hogar muy pronto, sin importarle que Louis volviese a incendiarla debido a todos los demonios que lo instaban a ello.


El amor puro que sintió Louis por Claudia, ese amor por encima de todo, era el mismo amor que sentía Lestat por Rowan añadiéndole tintes sexuales y prácticamente enloquecedores. Él la amó durante tantos años y ahora no podía estar a su lado, pues sería prácticamente destruida y consumida como si fuera una de esas velas que tanto fascinan a Louis, y por otro lado comprendía a mi viejo amigo de ojos esmeraldas. Comprendía a Louis porque él quería recuperar parte del protagonismo en la vida de Lestat, aunque ya no pudiesen soportarse más. Era una necesidad mútua, debían apoyarse, pero sólo discutían. Lestat no podía olvidar los recuerdo que allí se consumían, como no podía olvidar a Rowan y al mundo que había conocido.  

jueves, 13 de marzo de 2014

Violento encuentro

Memorias... más memorias... una muy dolorosa para ambos: Armand y yo.

Fue un recuerdo intenso lo que provocó que me convenciera en escribir algo así. Por favor, comenten y disfruten.


VIOLENTO ENCUENTRO

A veces olvido algunos hechos. Es posible que ciertos detalles estén mal enfocados. Sin embargo aquellos que resultaron terriblemente impactantes, sobrecogedores e importantes para el desarrollo de otros los conservo con cuidado y suelo rememorarlos intentando soportar el peso de los años. En ocasiones creo que sólo vivo un sueño, del cual despertaré. Un sueño que me devolverá a casa rodeado de mis perros después de días de frío, sangre y cansancio en la mañana después de haber matado a los lobos. No obstante sé que es ridículo y esos pensamientos se evaporan como si fuera humo.

Uno de esos acontecimientos fue saber que me espiaban. No importaba donde fuera, si eran interesantes o no mis fechorías nocturnas, pues alguien tenía el mórbido deseo de perseguirme en silencio, como si fuera una sombra, para averiguar cualquier detalle, por insignificante que fuese, de mi persona y del mundo que me rodeaba.

Recuerdo una noche en el cementerio cuando pude ver como una sombra se movía entre las tumbas, lo hacía con una velocidad pasmosa y juraba que me había seguido a mí. No era un espíritu sino alguien fuerte y me perturbó. Sabía que algo me perseguía y quizás pudiese alcanzarme. Decidí apretar el paso y corrí a refugiarme a mi refugio. Una vez allí cerré todo sintiéndome a salvo en la oscuridad.

Noches más tarde comprendería que quien me seguía era un ser mucho más poderoso que yo. No era sólo poder físico, sino el intelectual. Manejaba una manada de vampiros sedientos de una venganza casi bíblica. Se decían a sí mismo los elegidos de las tinieblas y lanzaban a otros, mucho más antiguos que ellos, al fuego para que purificara su alma y los dirigiera a los cielos. Convencidos que eran una plaga cuasi divina, aunque yo los veía más como ratas de cementerio, tenían su colmena bajo los pies de París en las catacumbas donde ya nadie se guarecía. Les Inocents era sin lugar a dudas el lugar donde realizaban diversas reuniones. Allí condujeron a mi amante mortal.

Recuerdo a Nicolas encerrado en aquellas jaulas, con sus piernas colgando y sus manos atadas a los barrotes. Tenía la mirada perdida, pero tan perdida, que ni siquiera era capaz de mirarme durante unos segundos. El miedo que habían insuflado en su alma era tal que su mente quedó recluida. La locura se apoderó de él. El mundo, tal y como lo conocíamos los dos, se había derrumbado quedando tan sólo el cascarón superficial.

No obstante no deseo hablar del dolor y la culpabilidad de esa situación. Necesito hablar de los sentimientos que se agolparon en mi pecho al ver a mi enemigo, frente a frente, por primera vez. Ahora que todo ha pasado, que el mundo me espera nuevamente con una espectacular novela, siento que tengo que contar algo que deseé hacer en su momento y no fui capaz. Tal vez porque la tentación era demasiada y me sentía terriblemente confuso. Posiblemente era el deseo de huir lo que me hizo negarme al placer. No lo sé.

Viene a mi mente, como si fuera un golpe fuerte a mi ego, el deseo de destruirlo porque era como ver a un ángel con la malicia de un demonio. La dualidad perfecta. Él era en ese momento la lujuria concentrada en unas lozanas mejillas, labios entreabiertos como si pidieran un beso eterno y unos ojos crueles, duros y oscuros. Sus cabellos pelirrojos caían en ondas largas hasta más allá de sus hombros, dándole un aspecto similar a un silfo o elfo, y su corta estatura, la cual a penas alcanzaba el metro y medio, le ofrecía un toque de inocencia macabro. Sus manos eran hermosas y sus uñas filosas. Era sin duda un ángel entre las tinieblas. Las luces de la catedral le daban un toque espectral, como si no fuera de este mundo, y sentí deseos carnales sobre él. Quise arrebatar su cuerpo de aquellos andrajos que le cubrían, los cuales estaban llenos de polvo y barro del cementerio.

—Magnus—dijo humedeciendo sus labios con una sensualidad absoluta—¿Se arrojó al fuego como dices?—preguntó dando un paso firme hacia mí.

—Jamás he dicho tal cosa—susurré asombrado por su voz—Pero es cierto.

No sabía su nombre. Jamás había presenciado a una criatura como él. Sin embargo quería adorarlo como si fuera un querubín y llevarlo a confesar sus pecados con caricias impúdicas. La iglesia parecía caer sobre nosotros, pedazo a pedazo, y los santos nos señalaban como si estuviéramos cometiendo un terrible pecado. Pero yo en esa época, como en muchas otras, no creía en Dios ni el Diablo y lo bueno y lo malo no eran más que simples metáforas.

Mientras hablábamos prometo que imaginé su cuerpo desnudo bañado por la luz de las vidrieras, con unas enormes y tupidas alas blancas, las manos estiradas hacia mí y su pene coronado por varios mechones pelirrojos como su cabello. Deseé tomarlo entre mis labios y provocar en su pequeño cuerpo, tan pequeño y fiero, espasmos de placer. Él se había llevado a Nicolas y aún así, a pesar de mi amor por mi amante mortal, quería seducirlo como un maldito demonio.

Mi mente voló rápidamente llevándolo a uno de los confesionarios de madera. Una madera casi negra, con unas hermosas piezas talladas que imitaban pequeños rostros de ángeles y flores del paraíso. Sí, parecía un perfecto rincón donde ocultarnos de cada una de las figurillas que allí nos indicaban que cometeríamos un terrible pecado.

Mi boca se apoderaba de sus tiernos labios y él suspiraba como una jovencita que por primera vez la dominan, pero era un chico y eso era lo más placentero. Casi un niño, con un cuerpo flexible y un aspecto encantador. Me perturbaba que sus rasgos fueran camino de la madurez, pero que aún tuviese esa feminidad e inocencia que todo muchacho joven posee. Tierno y seductor, pero también malvado. Mis dedos hábiles, huesudos y largos le quitaban los botones y lazos de aquella túnica raída. Sus pies, como todo su cuerpo, quedaron desnudos y se mostró tan apetecible que no dudé en invocar a los santos de los cuales nos escondíamos.

—Pecado profano—musité riéndome a carcajadas en aquella ensoñación.

Mis dedos cubiertos de anillos con rubíes y esmeraldas, aunque francamente detesto llevar anillos, acariciaron su torso pequeño. Tenía una suave curva en sus pechos que le hacía parecer tener diminutos senos, los cuales se llenaban por una respiración impropia de un vampiro. Ni siquiera sabía su edad real o física, pero sabía que aquello me conduciría al infierno.

—Tómame entre tus brazos y hazme estallar. Quiero gemir versículos de la Biblia y entonar un Ave María mientras gozas de mi templo—dijo con la voz tomada mientras me miraba con esos ojos ambarinos tan seductores y peligrosos.

Hundí mi rostro en su pecho mordiendo sus pezones como un loco. Los succionaba, lamía y mordía tirando de ellos. Además, por supuesto, los perforaba bebiendo de su sangre inmortal como si fuera leche materna. Sus piernas de redondos muslos, aunque de piernas muy esbeltas, se abrían ofreciéndome una visión atractiva. Sus jadeos y gemidos eran sutiles como los de una mujercita, los mismos que intentaba cubrir con su mano diestra mientras la zurda me agarraba de mis alborotados cabellos.

Recuerdo que me sobraba toda la ropa en aquella fantasía. La casaca, el chaleco, la camisa, las medias y pantalones así como los zapatos. Tenía todas mis vestimentas y él ni siquiera un pequeño trozo de tela. Comencé a sudar e intenté secarme la frente con el pañuelo que llevaba en mi manga izquierda, pero preferí deshacerme de mi ropa. Él me miró fascinado y de inmediato se arrodilló frente a mí.

—Mi ángel de la guarda—dijo antes de tomar mi hinchado miembro entre sus manos.

Mi pene estaba despertando y poseía un vigoroso aspecto. Las velas se agolpaban en cada milímetro y mis testículos comenzaban a llenarse. Sus delicados dedos me apretaban la base y mientras, los de la mano libre, acariciaban el camino de vello hacia mi ombligo. Era un camino sutil, salvaje y suave.

—Quiero comulgar, mi ángel de la guarda—su tono era pecaminoso y su voz, esa maravillosa voz similar a la de un castrati, provocó que enloqueciera.

No tardó en tomar mi glande entre sus gruesos labios, los cuales humedeció con la punta de su lengua en un ritual extremadamente erótico, y su lengua, esa que era como la de una serpiente, se enroscó y jugueteó rozando el meato. El prepucio lentamente se retiró dejando la piel más sensible provocando que creciera aún más en su boca. Sus pequeñas rodillas temblaban y sus piernas se abrían. Podía escuchar sus ahogados jadeos mientras sus mejillas se enrojecían. Era un divino pecado, un ángel arrodillado frente a mí llamándome su guardián. No era su guardián, pero podía llamarme demonio si quería.

Eché mi cabeza hacia atrás completamente enloquecido. Aquella parte tan sensible estaba siendo dominada por el mismo que condenaba a Nicolas a estar lejos de mí, Gabrielle y la libertad. Colocaba mis manos sobre sus cabellos cuando noté sus dedos jugar con mis testículos masajeándolos. Mordió de forma suave la punta y acabó tragando, sin importar nada, toda mi dureza. El tronco quedó en su garganta y la base de mi sexo era rozada por sus labios.

Ni siquiera las putas parisinas que solía visitar, las cuales tenían unas vaginas húmedas y perfumadas con la lujuria, eran capaces de hacerme vibrar de ese modo con sus bocas o su sexo. No. Era imposible comparar esa maestría con una vulgar ramera que se levantaba la falda en cualquier esquina.

—Mon dieu!—clamé al techo abovedado de aquel cubículo de madera.

Él me empujó hacia la silla, sentándome en aquel cómodo trono con asiento de terciopelo rojo. Se sentó sobre mí mirándome como lo haría un ángel. Tan amoroso, seductor y mío que me enloqueció. Rió bajo mordiendo mi mentón y hundiendo su rostro en mi cuello. Sus manos menudas jugaban con mis cabellos mientras sus caderas se movían. Sentía como mi alma se condenaba un poco más por aquella criatura.

Con un pequeño salto, y mucha maestría, logró enterrarlo entre sus divinas nalgas. Eran redondas, firmes y de piel suave. Toda su piel estaba perlada por pequeñas gotas carmesí, pero su cuerpo casi sin vello y marmóreo me seducía. Sus dedos, enredados en mis mechones rubios, tiraban de mi cabeza hacia atrás mientras me miraba seductor e imponente. Gemía sin saber su nombre empapado en sudor, mezclándolo con el suyo, y dejando en aquel lugar santo un aroma a sexo demasiado delicioso.

Sin embargo, incluso en las ensoñaciones, me cansaba de ser dominado y de forma brusca, sin comunicarme en absoluto con él, lo aparté empujándolo contra la pequeña ventanilla donde las beatas confesaban sus míseros pecados. Sus manos se aferraron a los pequeños orificios, los cuales se rompieron dejando a la vista de todos sus pezones rosados y sus manos temblorosas. Entré en él con fuerza arremetiendo una y otra vez en su interior. Quería que gimiera como puta y eso hizo. Unos gemidos que se elevaban como los coros de las iglesias junto al órgano.

Al llegar al límite del placer eyaculé sintiendo una gran sacudida en mi espalda, la cual llegó desde mis testículos hasta mi nuca, provocando que lo rellenara igual que un bollo de crema recién salido de las delicadas pastelerías. Él manchó la madera con su esperma y cayó de rodillas clamando amor.

Mi madre me apretó el brazo y salí de aquel sueño. Tan sólo habían pasado unos segundos pero aquel inviduo, el cual se jactaba de ser uno de los nuestros, se aproximaba a nosotros descarado y desafiante. Mucho después supe su nombre. Su nombre era Armand.

Nicolas regresó a mí después de un infierno. Estaba tan hundido en sus demonios que no pude apartarlo de ellos. Se convirtió en un monstruo silencioso que con tan sólo una mirada, una sola mirada, me lanzaba la peor de las ofensas. Me odiaba. No podía ocultar su odio y yo no podía dejar atrás el amor que le profesaba. Armand me buscaba con deseo, se pegaba a mí demostrándome que mis fantasías podían ser ciertas, y Gabrielle me rogaba que no escuchara las tentaciones de un demonio.

Sin embargo estando a solas, él y yo, decidí besar. Sus labios eran seductores y trémulos. Tenía una boca tan agradable que era perturbadora. Con ella podía maldecirme pero seguía deseándolo. Sus pequeñas manos acariciaban las solapas de mi levita y buscaba afanosamente deshacerse de mi ropa. Él quería beber de mí, pero no de mi sangre precisamente. Me miraba arobado con las mejillas muy encendidas y unos ojos que podían ser la miel más amarga.

—No, no puedo quedarme contigo—dije rechazándolo mientras él ya buscaba como desabrochar mi chaleco.

—¡Qué!—gritó enojado—. ¡Me deseas y amas! ¡Dilo!

—Te deseo, es cierto. Pero no te puedo amar. Mi corazón es de Nicolas y de mi madre—aquellas palabras eran duras por lo rápido que surgieron y lo verídicas que eran. Mis ojos azules bordeaban su rostro que se congestionó con dolor, rabia y una ira demencial.

Estaba viendo en él una desesperación impropia. Temblaba aferrado a mi chaleco rogando que le mirara, pero aparté mis ojos de él porque me dolía. Juro por Dios que me dolía. Me dolía mirarlo y me avergonzaba. Ambos estábamos excitados y preparados para sentir el afecto que nos teníamos, pero no le amaba. No podía quedarme con él. Tenía que abandonar París aquella misma noche.

—¡Te odio! ¡Te odio!—dijo empujándome y golpeándome.

Sus ojos se llenaron de lágrimas que corrían por sus mejillas, chocaban con la comisura de sus labios o se perdían en su cuello. Era un espectáculo dantesco.

—No puedes odiar algo que amas—susurré.

—¿Cómo puedes hacerme esto? ¿Cómo? Te deseé desde el primer momento y...

—Es mejor así—paré su discurso tomándolo del rostro para besar sus lágrimas. Él suspiró con los ojos cerrados e intentó contener el impulso de apartarme.


Mi madre entró entonces y hablamos largo rato. Aquella conversación si la tengo registrada en mi obra, pero este pequeño retazo de historia no la he contado jamás. Armand siempre sería mi enemigo y aún más al tener el corazón roto. Tanto fue así que finalmente se vengó. Arrancó a Louis de mis brazos, me tiró de una torre y convirtió a mi hija en cenizas. Durante mucho tiempo no pude perdonarlo, pero han pasado tantos siglos que intento dejar el pasado atrás. Aún así nuestra convivencia es imposible.  


Lestat de Lioncourt

martes, 4 de febrero de 2014

Regresando a tus brazos

Bosnoir mes amis

Esta noche es especial porque es la noche del amor... el cielo trae paz. Más allá de de toda oscuridad hay amor y paz. Quiero decir, que me desvío del tema, es la noche en la cual Mael y Avicus al fin se dan amor. En realidad Avicus le da todo su amor a Mael.

Lestat de Lioncourt

REGRESANDO A TUS BRAZOS

Sentado frente al fuego siempre recuerdo los momentos más importantes de mi vida. Creo que hay algo en él que logra cautivarme hundiéndome en diversos pensamientos. He aprendido a soportar el peso de los siglos contemplando las llamas destrozar los troncos. Mis errores quizás son más soportables que los que otros pueden llevar a sus espaldas, pero a veces un sólo error provoca que tu vida tiemble y el mundo que tanto aprecias se destruya.

En ocasiones he llegado a imaginar mis derrotas y fracasos como migas de pan. Puedo girarme y contemplar el camino por el cual he pasado y ver las aves pelear por ellas. Esas aves no son más que mi rechazo para aceptar mis errores. Soy demasiado obstinado para doblegarme ante las pesadas piedras que soy capaz de arrojarme.

El invierno es frío y lluvioso, pero cuando la tormenta amaina puedo sentarme en mi pequeño círculo y traer madera seca. Observo las llamas y pienso en él. Sobre todo pienso en él. Ese él no es otro que Avicus. He intentado imaginar mi vida como mortal miles de veces. Siempre me imaginé envejeciendo con una lustrosa barba, las manos callosas por la espada y por arrancar raíces para diversos ungüentos y tizanas. El cine y la literatura nos han caricaturizado miles de veces como seres complacientes, enigmáticos o portadores de la magia del bosque creando pociones para guerreros invencibles. Sin embargo la realidad era distinta. Hombres cultos, pero simples, hechos con el fragor de la batalla y los cánticos que solíamos entonar a los dioses. Es posible que hubiese muerto en una batalla o viendo como saqueaban mi pequeña aldea. No lo sé. Realmente él lo impidió.

Aún recuerdo la primera vez que vi su cuerpo destrozado y sus ojos hundidos en una calavera oscura. Estaba tan deteriorado que no podía imaginar siquiera que podía haber ocurrido. Para nosotros no eran vampiros sino dioses que bañaban la tierra de sangre, después de encerraban en los árboles y hacían que la próxima cosecha fuese excelente. Símbolos de un gran augurio y dicha para todos.

Recuerdo cuando era pequeño que solía tallar cerca de las raíces de los árboles que contenían los dioses. Me apoyaba en el tronco y dejaba que mi pelo rubio se llenara de hojarasca. He llegado a dormir toda una mañana acurrucado entre las raíces y dejando que el mecer de las ramas fueran mi mejor canción de cuna. Mi madre era considerada una hechicera y sabía pelear como una fiera. Mi padre era un buen guerrero y mi tío era druida. Primero me hicieron probar la espada, pero los árboles parecían llamar más mi atención. Siempre estaba a su lado escuchando el murmullo de sus poemas, cánticos y rezos. Me atraían como las moscas a la miel. No podía evitarlo.

Cuando me encargaron la misión de traer al mestizo pensé que empezaba a ser tomado en cuenta. Era joven y a veces alocado. Querían que aprendiera a ser menos impulsivo y tomar conciencia de la verdad que escondían ellos. Los dioses que nosotros venerábamos no eran cincelados por artistas, sino que vivían dentro de los vetustos robles. Por eso querían que yo aprendiera y comprendiera que era mi misión conseguir un nuevo dios. Ahora me doy cuenta que era simplemente una excusa porque no querían correr riesgos.

Traje a Marius, como aseguré, pero no logramos un nuevo dios como se esperaba. Él no amaba la cultura que yo le había narrado, no comprendía nuestro dialecto y prefería patalear mientras guardaba silencio esperando un poco de respeto por su parte. Ambos éramos jóvenes, aunque yo era algo más joven y más delgado. Posiblemente podían confundirnos con hermanos debido a los rasgos comunes o simplemente pasar por un compañero celta. Pero estaba tan enquistado el deseo de ser romano y que su padre lo viese como un buen hijo que era imposible.

Cuando él huyó todas las culpas cayeron sobre mí. Los ancianos pensaron que era el idóneo para ocupar su lugar y me llevaron hacia uno de los últimos dioses. Y como he dicho, porque ya lo he dicho, sentí que su aspecto era terrible pero no temible. Otros hubiesen muerto en ese momento por la impresión, pero él me habló de forma dulce con un tono de voz profundo. Era cortés y agradable. Pero no hubo tiempo de conversar más que lo oportuno, se abalanzó sobre mí e hizo lo que tenía que hacer. Una vez concluido el proceso nos quedamos en silencio observándonos.

Era un gigante de cabello negro y ondulado que caía hasta sus hombros. Tenía un rostro agradable, algo serio pero que se denotaba tímido y reservado. Los pómulos estaban marcados y su mentón, la cara no era extremadamente larga sino algo redonda. Marius lo describe demasiado redondo como si estuviese obeso, pero no era un obeso. Él era un guerrero que se había prestado a un ritual macabro y yo era un druida que se había prestado a caer en una estúpida trampa.

La huida fue terrible. Tuve que matar a personas que admiraba para poder sobrevivir. No quería vivir eternamente encerrado en un árbol sino contemplarlos, amarlos y sentir sus hojas moviéndose sobre mi cabeza. Acepté que fuese mi compañero porque le necesitaba y porque me había enamorado de él.

Nunca había cedido mi corazón a nadie. Tenía una mujer y una vida. Pocos saben esa parte de mi pasado. Me había casado joven como cualquier muchacho del poblado. Ella era hermosa y sus cabellos parecían de plata porque su rubio era muy pálido. Sus labios eran sensuales y su mirada tímida. Jamás he visto una mujer tan hermosa como ella. Ni siquiera Maharet o Jesse, a las cuales amo y admiro, pueden compararse con la belleza de una mujer celta. Mi madre era atractiva incluso con sus años, a pesar de haber tenido varios abortos, pero ni siquiera se parecía a mi hermosa Aldana. Pero como he dicho ni siquiera a ella le había cedido mi corazón.

Avicus se convirtió en mi oscura pasión. En las noches más frías intentaba encontrar su frío calor. Quería sentir su corazón latiendo suavemente gracias a la sangre humana. Sus cabellos negros rozaban mis mejillas cuando mis labios se dedicaban a recorrer su rostro. Mis manos buscaban las suyas para entrelazarlas igual que un niño busca el amor de su madre. Recuerdo que me hizo suyo en alguna ocasión marcándome como si fuera tan sólo un objeto inanimado. Era de su propiedad, o al menos así lo sentía. Y mientras él me marcaba mis celos se encendían. Detestaba que cazara en solitario porque temía que se prendara de cualquier otro u otra. Mis mayores miedos era quedarme solo sin su presencia.

Encontrar a Marius fue una casualidad fatal del destino. Aunque limamos asperezas, las cuales eran demasiadas para quitar todas las astillas, jamás acepté que él se acercara demasiado a mi maestro, padre y amante. Él era mi compañero y no permitía que otro gobernase sobre él. Su voz profunda de palabras dulces y atentas empezaron a leer pergaminos de obras que ese insensato le ofrecía. Y mis noches entre sus brazos, las cuales se habían transformado en lo único que me ataba a la felicidad, se iban quedando atrás junto a los viejos senderos que transitamos. Mi carácter se fue agriando y comencé a comportarme como un tirano sobre su persona. Caí en un juego terrible y finalmente fui abandonado.

Zenobia me arrebató lo que más quería o quizás lo único que me importaba realmente. Ella con sus ojos enormes, sus labios llenos de inocencia fingida y esa pose delicada de niña estúpida me quitaron todo. Lloré amargamente cuando Avicus me pidió quedarse con ella y más aún cuando tuvimos que separarnos. Durante décadas me sumí en el silencio. Marius hizo su vida y llenó su casa de niños tan insufribles como ella. Ambos se habían dejado guiar por la inocencia, por muy calculada que estuviese, y yo me dejaba guiar por la hiedra venenosa que era la soledad.

Maharet coincidió conmigo en mi vidaje a América. Se estaba formando lo que hoy muchos estadounidenses llaman “La tierra de la libertad y las oportunidades”. Ella me arrancó parcialmente la soledad y Jesse la llenó de preocupación. Me convertí en un protector con ambas.

No obstante mi vida era vacía y simple. En ocasiones iba a la biblioteca para perderme entre los centenares de libros. Tomaba uno al azar y me preguntaba si Avicus ya lo habría leído. Quería sentir de nuevo esos brazos rodeándome y provocando que perdiera el juicio. El hombre que fui no existía en esos días y tan sólo era un mero reflejo borroso de algo que ya no tenía valor.

Las noches tras el incidente del velo de Verónica fueron las más terribles de mi vida. Quise inmolarme, pero por fortuna Jesse me cuidó como yo lo hice con ella. Estoy vivo y he podido contemplar su regreso. Me he convertido en un ser distinto al cual muchos conocían a pesar de mis burdos intentos de proseguir con mis miradas aviesas, mi lengua afilada y mis comentarios hirientes.

Me hallaba sentado ante el fuego, como hago en estos momentos, observando la lumbre elevándose mientras mis manos acariciaban el tronco sobre el cual me hallaba sentado. Mis manos jugaban con los viejos surcos que tenía la madera. El olor a madera se impregnaba en mi cuerpo del mismo modo que mis manos olían a musgo y tierra mojada. Aún me pregunto como pudo sentarse a mi lado sin sentir su presencia. Quizás estaba tan hundido en mis divagaciones que ni siquiera percibí sus pisadas.

—Te he estado buscando—esa frase, con su voz profunda, me estremecieron.

Me giré de inmediato hacia la derecha y lo contemplé. Sus largos cabellos ondulados rozaban sus hombros y sus ojos oscuros, tan marrones como la tierra húmeda, me miraban directamente. Estoy seguro que mi rostro era de sorpresa, pero mis ojos se llenaron de ira ciega. Él me había abandonado por una estúpida mujer. De inmediato, y sin que él pudiera evitarlo, le encajé un puñetazo mientras me levantaba rápidamente del tronco.

Había golpeado su pómulo derecho con un poderoso gancho de izquierdas. Él cayó al suelo quedando sus piernas sobre el tronco y su espalda contra la hojarasca. Llevaba unos pantalones de cuero y una camisa verde bastante favorecedora, pero en esos momentos deseé quemar su cuerpo y sus nueva imagen en mi propia hoguera. Deseé hacerlo como los druidas del bosque pretendían hacer con él.

Mis ropas eran las comunes en un moderno druida. Vestía una camisa blanca y unos tejanos con unas botas de baquero marrones. Mi caballo no estaba lejos y decidí que sería mejor subirme a este y desaparecer. No quería quedarme a su lado porque sabía que me quebraría y posiblemente no se quedaría a reparar ese terrible acto de cobardía.

—¡Mientes! ¡Tú no me has estado buscando!—exclamé dolido—. ¡Ni te preocupes en disculparte! ¡No vuelvas a mi vida! ¡No quiero que vuelvas! ¡Largo de aquí!

—He venido para quedarme—explicó con calma incorporándose clavando los codos en la tierra.

—¡Mientes! ¡Mientes como ese romano estúpido! ¡Todos me ven como si fuera un engendro sin sentimientos salvo mi asqueroso orgullo!—bramaba igual que lo podía hacer una bestia herida y salvaje. Posiblemente era igual que un lobo que decide cazar solo alejándose de la manada, hundiéndose en el bosque, y termina en el territorio de otro. Sí, esa misma fiereza estaba demostrando—. ¡Ni siquiera pensáis que tengo miedo o padezco por la terrible soledad que agita mi alma! ¡Ninguno tiene la suficiente paciencia o bondad para escuchar mis necesidades!—rompí a llorar manchando mi rostro mientras él se levantaba—. ¡Ni te acerques o te tiro al fuego! ¡Te tiraré al fuego! ¡Lo haré!—me miró confundido y terriblemente apenado— ¡Todo el amor que te tenía lo he convertido en odio! ¡Felicítame! ¡Aunque más bien yo debería felicitarte a ti! ¡Bastardo!-dije acercándome para escupirle directo al rostro y propinarle una fuerte patada.

—¡Mael escúchame!—dijo apretando los puños y endureciendo su rostro. Pero ni siquiera de ese modo haría que yo me detuviera. Me había cansado de ser el estúpido de la historia.

—¿Escucharte?—solté una profunda risotada que hizo que se detuviera—. ¡Tú no me escuchaste! ¡Preferiste a esa estúpida antes que a mí!—ese recuerdo lo llevaba tatuado en mi pecho como si me lo hubiesen colocado con un hierro ardiente.

Sus puños se abrieron y su cuerpo intentó relajarse, pero era un momento tenso. Estaba seguro que no era el reencuentro que él esperaba. Sus ojos y los míos tenían un duelo interno lleno de rabia, dolor, pasión, deseo y necesidad. Él quería abrazarme y yo abrazarlo, sin embargo yo no estaba dispuesto a ceder y al fin condenarme.

—Ya no estoy con ella—dijo estirando sus brazos hacía mí. Quería que lo abrazara, pero lo único que tuvo fue mi figura dando media vuelta para ir hacia mi yegua.

—¡Seguro que se cansó de ti y se buscó a otro que la atienda mejor!—el fuego quedaba atrás, a unos metros, mientras que mi hermoso animal relinchaba inquieto—. ¡O que la llene de joyas! ¡Esa patética criatura era sólo una sanguijuela!

Aquella yegua se llamaba Aldana. Alda era el nombre de mi madre y Aldana el de mi mujer. Dos nombres celtas tan clásicos como hermosos. Ella me comprendía con sus enormes ojos negros de pestañas blancas. Sentía magnetismo hacia su fuerza y elegancia. Una yegua que había amado nada más verla galopar en la finca ecuestre de donde la robé.

Los celtas siempre hemos amado los caballos y nuestros guerreros eran excelentes jinetes. Teníamos carros de combate muy superiores a los romanos y una agilidad increíble para pelear desde nuestras monturas. Nos sentíamos en deuda con los animales y sobre todo con los caballos, pues nos hacían ser fuertes y admirados.

—Es cierto que me abandonó—por su bien me hubiese callado. Pero aquel imbécil no sabía guardar silencio y distancia.

—¡Y ahora me buscas porque no tienes a nadie que te alegre las noches!—grité tomando las riendas de mi montura—. ¡Púdrete!—exclamé haciendo que la yegua me acompañara en mi último grito.

—Mael, por favor—dijo con un quiebro de voz echando a caminar hasta donde me encontraba.

—Atrás Avicus—solté las riendas y le miré frunciendo el ceño. Mis ojos chispeaban una ira incontenible—. ¡Atrás malnacido!—dije cuando noté que me tomaba de la cintura.

Mis manos fueron directas a las suyas clavando mis uñas, rasguñando el dorso de estas y tirando de sus muñecas. Los puños de mi camisa se empezaron a manchar de sangre y el olor metálico me estaba volviendo loco. Podía soportar el olor de las heridas, pues ya era un anciano, pero no el suyo. Su sangre era distinta a cualquier otra. Fue su sangre la que me dio la vida.

—Te amo—musitó aproximando sus labios a lado izquierdo de mi cuello, pero no pudo hacerlo porque le encajé un codazo en el estómago. De inmediato tuvo que dar un par de pasos hacia atrás.

—¡Bravo!—respondí—¡Has necesitado dos milenios para tener los huevos suficientes para decirme eso!—dije con una sonrisa amarga—. Pero lo peor de todo eso es que me has dicho que me amas sólo porque esa buscona ya no está. Sólo lo has hecho porque ella no te toma del rostro y te dice el amor que siente por ti—Aldana se aproximó a mí y la abracé dejando que mi rostro se perdiera en su crin.

—Eres testarudo—masculló con rabia.

—¡Y tú un completo idiota!—grité sin sacar mi rostro de ella. Deseaba calmarme y yo quería huir, pero a la vez deseaba quedarme a su lado escuchando todas esas fantásticas mentiras.

—Realmente te amo—sus manos se apoyaron en mis hombros intentando consolarme, pero sólo me provocaban deseos de partírselas—. Tuve miedo.

—Ahora deberías tenerlo porque soy capaz de convertirte en leña. ¡Seguro que ardes mejor que la literatura barata que suelo quemar cuando me enervo de tanta estupidez!

—Mael—balbuceó quebrando su voz.

—¡Muérete!—dije con una furia temible.

—¡Mael!—me apartó de la yegua y me tomó de las muñecas mientras me encajaba entre el roble centenario de la finca y él. Su figura me impuso tanto respeto como la primera vez, pero no estaba dispuesto a doblegarme.

—Eres despreciable—susurré entrecortado—. Maldigo el día en el cual nos encontramos—dije girando mi rostro para verlo directamente a los ojos. Él también estaba llorando en silencio.

La yegua estaba manchada con mis lágrimas y con la sangre fresca de mis manos. Esa sangre era la suya. Aldana se movía inquieta y temí que relinchara colocándose a dos patas.

—Mael—murmuró.

—¡Qué!—me aparté por completo del animal y dejé que mi rostro quedara a pocos centímetros del suyo.

—Mael—dijo nuevamente mientras me tomaba del rostro apartando mi pelo, pues algunos mechones se ocultaban parcialmente mis facciones. Palpó mis pómulos y dirigió sus dedos a mis labios, para luego bajarlos hasta mi cuello y finalmente tomarme de la cintura. Con cuidado empezó a envolverme con sus brazos maniatándome, convirtiéndome en un idiota quejumbroso más propio de las novelas románticas que un amargado secundario que todos maldecían.

—Avicus—dije rompiéndome del todo—. No me sueltes—mi voz sonó quebrada y en un tono bajo—Por favor, no me sueltes—había guardado silencio unos segundos admitiendo mi derrota y cuando lo hice él me besó las comisuras de mis labios.

—Como ordenes.

Ambos estábamos de nuevo unidos. De alguna forma siempre estuvimos esperando ese instante. Pude notar como su sonrisa se ensanchaba tan bondadosa y sincera como hacía siglos. Mis manos se apoyaron en sus anchos hombros mientras meditaba que más podía decir. Sin embargo él tomó el primer paso. Sus labios se pegaron a los míos y noté como su boca comenzó a dominarme.

Era el primer beso que me regalaba después de casi dos mil años. Mi cuerpo tembló debido a la emoción. Su lengua se hundía desesperada buscando la mía y yo le ofrecí la respuesta. Notaba el tronco del árbol pegado a mí del mismo modo que su pierna derecha entre las mías. Su rodilla no tardó en comenzar a rozarse contra mi bragueta y yo no dudé en ofrecerle una reacción rápida. Jadeé cerca de su boca mientras mordisqueaba su labio inferior, el cual tiré y succioné, para luego seguir besándolo con mis manos deslizándose sobre su torso para desabrochar su camisa.

Debido a mi nerviosismo, y a la situación en sí, terminé rompiendo la camisa y arrancando la interior, una blanca de algodón sin mangas, a jalones. Sin embargo cuando lo tuve con el torso desnudo, frente a mí una vez más, temblé. La excitación subía desde la punta de los pies hasta cada célula de mi cuerpo. No dudé ni por un segundo en mordisquear sus pezones y recorrer cada uno de sus marcados músculos. Él echó la cabeza hacia delante intentando ver que hacía, pero cuando llegué al broche de su pantalón, y decidí quitarlo con los dientes, la echó hacia atrás. Su mano diestra cayó sobre mi cabeza, hundiendo sus dedos entre mis mechones rubios, apartándose a su vez unos centímetros para permitir que me arrodillara bajo aquel árbol.

No tardé mucho en bajar sus pantalones y obtener su miembro entre mis labios. Aún no estaba crecida así que tuve el placer de notar como se endurecía. Sus robustas manos, las cuales siempre me habían parecido poderosas y atractivas, intentaban acariciar mis mejillas pero no podía. Su instinto le pedía que me agarrara de la cabeza y empujara con desesperación sus caderas hacia mi rostro. La suave mata de pelo negro golpeaba mi nariz mientras mis ojos intentaban dirigirse hacia su rostro. Lo único que podía ver era su grueso y largo cuello, con su nuez de adán subiendo y bajando, mientras su mentón temblaba.

Mi nombre en su boca era como una melodía celestial. Sentía que era sin duda el mejor sonido que se podía escuchar en las noches. Si existía un dios, fuese quien fuese, no me interesaba en esos momentos, del mismo modo que no me importaba que ella hubiese estado en su vida. Él estaba allí ofreciéndome su miembro grueso de gran tamaño, llenando mi boca y provocando que mi maxilar a penas pudiese abrirse del todo para darle paso. Sus testículos empezaron a chocar con violencia en mi mentón y su vello público a rozar cada vez más mis labios. Me obligaba a cubrir con mi saliva, labios y lengua cada uno de sus centímetros.

Su pene era grueso, tenía las venas hinchadas y parecía desear hacerme olvidar el amargo sabor de la soledad. Si bien paró levantándome con su asombrosa fuerza, girándome contra el tronco y rompiéndome el pantalón como si fuera tela barata. Mis slip quedaron a relucir en medio de la oscuridad, la cual sólo se iluminaba brevemente por la fogata, porque a diferencia suya sí usaba ropa interior.

—No pares. Quiero que me rompas en dos como solías hacerlo—dije sonando peor que una puta barata. Mi voz era masculina, pero cualquiera que me hubiese escuchado pensaría que era una hembra desesperada—.¡Hazlo!

Como respuesta a mis órdenes él me azotó y arrancó la ropa interior para después llevarla a su nariz. Pude ver por encima de mi hombro como la olía y sonreía. Estaba tan excitado que había manchado con el presemen mis prendas y él lo había notado. Sólo se la había chupado y ni siquiera me había tocado más allá del rostro. En sus labios se formó una sonrisa pícara mientras con su mano izquierda acariciaba en círculos mi cadera.

Tiró la prenda y me agarró del pelo pegando mi rostro contra la corteza. Intentaba girar mi cara para poder ver como la metía, pero sólo pude sentir como entraba la cabeza y después el resto de su miembro. Recuerdo que chillé desesperado y adolorido. Había olvidado que era albergar un pene de semejante tamaño. Estaba apretado y desesperado. Casi no tocaba el suelo y estaba subido a las raíces, las puntas de mis botas eran lo único que lograba mantenerme en equilibro junto mis brazos. Me había agarrado al árbol para no caerme.

Marius siempre había pensado que lo dominaba, pero la verdad era distinta. Cuando no estábamos en su compañía Avicus se transformaba en una bestia desesperada que me hacía gritar su nombre durante horas. Y el Avicus que yo amaba, el dominante a la hora del sexo, había regresado con estocadas certeras como si jamás hubiésemos estado el uno lejos del otro.

Podía escuchar a la perfección como sus testículos chocaban contra mis glúteos, del mismo modo que sentía cada vena friccionando en mi interior. Me ardía y me dolía, pero el dolor dio paso al placer y mis quejidos lastimeros se convirtieron en los gemidos de un amante entregado. Cada movimiento de su pelvis era una tortura, la cual paraba para azotarme con su miembro contra cada una de mis nalgas. Ese juego perverso que me recordaba que era suyo, que me había marcado y robado la virginidad pocas horas después de nuestra huida, había regresado. Era tal el placer que no lograba tener los ojos abiertos.

Mis uñas se clavaron en la madera dejando que mis dedos se llenaran de astillas por el momento. Su zurda fue a mi sexo y comenzó a pellizcar mi glande. Podía notar como me ordeñaba para que llegara al éxtasis. También percibía sus jadeos y gruñidos muy cerca de mi nuca, resoplando y mordiendo mis hombros sobre la tela de mi camisa. Ambos estábamos empapados en sudor y las pequeñas gotitas se mezclaban con mis lágrimas. Sí, había vuelto a llorar. Ésta vez lloraba por el placer que estaba sintiendo y no por la ira o el dolor que me habían dominado.

Su ritmo se volvió imposible y llegué al orgasmo eyaculando contra el maltratado árbol. Si bien, él no lo hizo. Con sus manos, las cuales me parecieron garras, me agarraron de las muñecas y me apartaron del tronco. Sin cuidado alguno me tiró del pelo de nuevo y me arrodilló en medio del pasto. Allí mismo me metió otra vez su miembro, pero esta vez entre mis labios, y eyaculó.

—No dejes ni una gota porque ese es mi amor hacia ti—dijo con la voz ronca mientras salía de mi boca.

No sólo tragué aquel cálido torrente sino que lamí y succioné nuevamente. Lo hacía entusiasmado y perdido por el deseo. Logré lengueteando, besando y mordisqueando todo su pene que volviese a endurecerse. También me llevé a la boca sus testículos, los cuales apreté entre mis labios con deseo, mientras le miraba.

—Te amo—volvió a decir sonando sincero esta vez. Podía ver en sus ojos la disculpa y el tormento de haber estado sin mí y haber abrazado la soledad.

La segunda vez fue tirado sobre el pasto, ya sin prenda alguna y únicamente con las botas puestas, me hizo suyo frente a frente. Mis piernas lo abrazaron del mismo modo desesperado que mis brazos. Mis uñas se clavaban en sus omóplatos y yo gemía con gran escándalo. Ambos llegamos casi a la vez, pero nuevamente yo lo hice primero. Después de ese momento de placer quedamos tirados sobre la hierva fresca y miramos las estrellas en silencio.


No perdono su huida de mi lado, tampoco que Zenobia siga interponiéndose con su recuerdo y ni mucho menos que huya de mí para conversar con Marius. No perdono nada. Sin embargo soy al único que es capaz de hacerle el amor y mostrarle las dos caras de una misma moneda.  

jueves, 9 de enero de 2014

Un amor apasionado

Bonsoir mes amis

Un amor apasionado es un fic de Armand con nuestra Sybelle, la cual no tiene firma en el Jardín Salvaje. 

Lestat de Lioncourt

Podía escuchar de fondo el discurrir del agua. La noche había caído hacía más de dos horas y me hallaba en la misma posición desde hacía casi media hora. Mi salida nocturna fue rápida y precisa. Mi boca aún poseía cierto sabor metálico que provocaba que mis colmillos punzaran deseando un trago más, hundirse de nuevo en el blando cuello de algún poco precavido mortal y saborear al fin su vida mientras la muerte le recoge en mis brazos. Repentinamente el grifo se cortó y el tintineo de las salpicaduras sobre el mármol me sedujo. El murmullo de las aguas cálidas aceptando su cuerpo provocó que me incorporara.

Me hallaba en mi habitación con un libro abierto sobre mi pecho, el cual ni siquiera había prestado atención durante aquellos minutos, pero terminé encaminándome hacia el pasillo. Atrás dejé mi cómoda cama revuelta con ropas de satén negras, las hermosas esculturas de heraldos de mármol tallados para darles formas a las esquinas de mi habitación y las ricas alfombras que cubrían el piso. El balcón estaba cerrado, pero las cortinas estaban abiertas y mostraban la luna llena a lo lejos completamente seductora. Si bien, más seductora era la idea de contemplar su cuerpo desnudo.

Benji había salido a pasear a solas por las calles aledañas y posiblemente se hallaba observando por las ventanas del vecindario. Él no me preocupaba porque siempre fue un ladrón despierto y escurridizo. Con la sangre que Marius le había obsequiado era aún más rápido y con un poder superior al de cualquier neófito. Por lo tanto la casa era para los dos.

La puerta del baño cedió mientras la empujaba suavemente con mi mano derecha. Quedé atónito al contemplar tan hermosa mujer sumergida en sus pensamientos, con la espuma prácticamente sin lograr cubrir sus pechos y una leve sonrisa pintada en unos labios seductores, llenos y perfectos. Su cabello estaba recogido con moño alto dejando que su largo cuello de cisne se viese más tentador. Mis ojos café ardían en deseos y curiosidad, pero ella parecía sosegada como si no le importara que yo estuviese allí mismo.

Me apoyé en el marco de la puerta apoyando mi brazo izquierdo en él, dejando así que éste hiciese de puerta y quedase en mis espaldas el pasillo con la tenue iluminación que éste poseía. Quise besar sus labios de forma arrebatada, pero preferí observar como deslizaba la esponja por sus pechos hacia su vientre y como comenzaba a tararear bajo la Apassionata. Sus largos dedos exprimían aquel trozo suave, aunque rugoso, de aquella esponja enjabonándose y limpiándose con cierto esmero.

-Benji está robando la cubertería de plata de los vecinos.

-La repondré amor mío-dije como una plegaria mientras entraba finalmente en el baño, cerrando la puerta y aproximándome ansioso hasta la bañera- Repondré todo mi hermosa Sybelle. No te preocupes-susurré tomando la esponja para comenzar a lavarla con mesura.

Sus enormes ojos, tan profundos como inquisidores, provocaban que un escalofrío recorriera toda mi columna vertebral mientras me inclinaba, como si fuera un ángel benévolo, hasta su rostro para cubrirlo con besos aterciopelados. Mis labios eran suaves pero no tanto comos u piel, la cual lucía lechosa y seductora.

Ella sacó sus brazos estirándolos hacia mí, igual que si fueran hermosas alas de un ángel que logra al fin volar alrededor de Dios mismo, y me rodeó con cuidado el cuello apoyando estos en mis hombros. No me importó que mi camisa azul aciano se empapara o que mis cabellos rojizos se pegaran a mi nuca debido a la humedad. No importó nada. Nuestras miradas chocaron como la lucha de espadas en medio de un duelo y finalmente nos besamos fundiendo nuestras bocas. Pude notar su lengua atravesar mis labios y hundirse en mi boca buscando la mía. Y la mía buscaba la suya mientras mi mano derecha soltaba la esponja y deslizaba mis dedos por su vientre, rumbo a sus muslos para palpar así su monte de venus y enterrarme dentro de su vagina.

Con cuidado comencé a estimular su clítoris mientras ella intensificaba aquel beso secuestrando el sabor de mi boca. Deseaba ofrecerle parte de mi sangre, pero no quería cerrarla a mí y prefería sentir el calor delicioso que bullía entre ambos. Un intenso hormigueo recorría mi cuerpo de pies a cabeza, hundiéndome por completo en el seductor momento que vivíamos.

Su mano diestra se deslizó por mi pecho y comenzó a romper mis botones, abriendo así la camisa y dejando que sus dedos palparan mi torso. Sus dedos eran fríos, pero el agua los había entibiado. Sus uñas me provocaban ciertas cosquillas que contribuían a mi nerviosismo. La zurda se aferraba a la tela de mi prenda y la arrugaba tirando de ella. Cortó entonces su beso para emitir un largo y bajo gemido mientras abría mejor sus piernas dándome mayor acceso. Mi dedo seguía estimulado aquella zona tan erógena. El agua comenzaba a salpicar el suelo y mis pies, los cuales se hallaban descalzos desde que había llegado al hogar.

-Armand- logró decir mirándome a los ojos mientras dejaba mi torso para palpar mi mejilla izquierda -Armand- balbuceó cerrando suavemente sus párpados y mordiendo su labio inferior.

Sonreí eufórico al comprobar que ella seguía presa de mis impulsos y encanto. Sus hermosas pestañas parecían alas de mariposa que intentaban abrirse sobre una rosa blanca, tan blanca y lechosa como su hermosa piel. Eché un vistazo a su cuerpo en la bañera y pude ver sus redondos y hermosos pezones rosados. Aquellos pezones que parecían necesitar ser mordidos y succionados antes de seguir jugando. Sin embargo, mi dedo corazón e índice se hundieron en ella mientras el pulgar intentaba seguir palpando su clítoris.

Sin que ella lo esperara la levanté entre mis brazos permitiendo que todo su cuerpo surgiera de la bañera, igual que si fuera una sirena alzada por una red de pesca, y la llevé apresuradamente a mi habitación. Allí la arrojé sobre mi cama. No me importó que el suelo se cubierta de pequeñas gotitas de agua, mucho menos que el colchón se empapara por su figura húmeda sobre éste o que la espuma aún cubriera ligeramente su cuerpo. Lo único que me importó fue tenerla allí tumbada observándome con la mirada perdida y las piernas temblorosas.

Saqué del todo mi camisa y con esa misma prenda la sequé retirando gran parte de de la espuma. Con cuidado liberé sus cabellos que cayeron en cascada dorada sobre mis almohadas. Era un río de trigo en medio de la noche. Un río que olía a frutas y flores y que adornaban un rostro fino de mejillas suaves, labios apetecibles y perfectas cejas realizadas con pan de oro. Sybelle era una obra de arte encarnada, como si fuese hecha para ser adorada por cientos de artistas y por un vampiro centenario que olvidaba por completo cualquier atisbo de decoro al poder estar sobre ella.

Rápidamente me quité el resto de mis ropas y caí sobre ella besándola con ansiedad. Mis dedos dedos se enredaban en sus mechones dorados, los cuales caían sobre sus hombros y pechos, mientras mi boca se deslizaba por sus clavículas hasta sus pezones. Pude notar como estos estaban duros con la punta de mi lengua y después con mis propios dientes. Ella gemía temblando bajo mi cuerpo, aferrándose a las sábanas se prácticamente arrancaba del colchón. Siempre fue extremadamente sensible y tan tentadora que jamás podía pasar por alto aquella zona, así como su cuello que siempre al tocarlo la obligaba a suspirar.

Besé con cuidado la cruz de sus pechos mientras los abarcaba con mis manos, sintiendo en mis mejillas el suave roce de ambos, para luego viajar hasta su ombligo y morder su vientre liso. Sus piernas se abrieron un poco más invitándome. Ella quería que la poseyera, pero aún era temprano para ello. No, no permitiría que acabara todo tan rápido. Por ello, mi lengua comenzó a deslizarse por sus ingles y se hundió finalmente dentro de su cálida vagina. Abrí con mis dedos sus labios inferiores para poseer mayor acceso y seguí hundiendo mi lengua en ella.

Sus gemidos eran cada vez más elevados y el temblor de su cuerpo más visible. Había comenzado a sudar quedando perlada de pequeñas gotitas sanguinolentas, las cuales parecían perlas o gemas. Tan hermosa como una reina de un mundo de fantasía, un ángel o simplemente un cuadro erótico cubierto por detalles que ni siquiera el mejor de los artistas podría ofrecerle. Me sentía un animal a punto de cazar su presa, con la misma excitación que noche tras noche me hacía vibrar al correr tras mis víctimas, cuando aparté mi boca de ella y aspiré el aroma de su cuerpo desde su sexo hasta su cuello. Mi aliento cayó sobre ella y balbuceó mi nombre mientras me abrazaba.

Me rodeó al fin con sus delicados brazos y rápidamente, de una sola vez, me recogió entre sus piernas mientras éstas se alzaban abarcándome por mis caderas. Mis manos se aferraron a las almohadas que se hallaban bajo su cabeza, hundiendo levemente ambas, mientras ella intentaba verme a los ojos y no podía. Sus ojos estaban cerrados y su boca abierta mientras mis estocadas cada vez eran más violentas, certeras y necesitadas. Violentas por la misma necesidad que me quemaba y certeras porque conocía bien su cuerpo, y por lo tanto el epicentro de su placer. Y entonces, en cuestión de segundos, comenzamos a gemir ambos nuestros nombres al unísono.

Sus pechos se agitaban terriblemente y podía sentirlos contra mi torso. Ella enterró sus uñas en mi espalda arañándome como si buscara arrancar unas alas negras que ya no existían. Mis ojos se cerraron y mi boca buscó la suya. Nuestras lenguas volvieron a danzar con furia como si fuéramos dos enemigos encarnizados. Mi amor por ella crecía cada día y lo sabía. Hacía todo aquello porque ella lo deseaba, al igual que yo lo deseaba, pero si llegado un momento ella quería alejarme yo lo aceptaría. Mi amor era ciego hacia Sybelle y lo sigue siendo.

Mis movimientos aumentaron y ella los acompañó con su cadera. Ambos serpenteábamos en la cama mientras se movía suavemente hacia la pared. El sonido del cabezal golpeando contra la pared, las pequeñas columnas del dosel y las telas se habían vuelto la base de nuestro sexo. Ella llegó al orgasmo cerrando los dedos de sus pies, enterrando sus uñas aún más y dejando que sus músculos vaginales apretaran mi sexo provocando que llegara junto a ella.

Ambos quedamos atados, uno junto al otro, enredados en la cama. Mis labios besaban su cuello mientras ella suspiraba deslizando sus dedos por mis costados. Benji apareció en la puerta observándonos y comprendiendo que nuevamente había ocurrido. Dejó los candelabros, cuchillos y cucharas de plata en la mesilla próxima a nosotros y se marchó. Era como un gato que te honra con sus pequeñas presas, pues así era Benji.



sábado, 28 de diciembre de 2013

Master

Bonsoir 

Tengo algo para ustedes de parte de Armand ¿tal vez se está ablandando? Quizás. 


Lestat de Lioncourt


Sentía sus manos sobre mi pelo, acariciándolo dulcemente y con fascinación igual que si fueran ríos de sangre, una sangre espesa y suave como la seda. Podía percibir el aroma fresco y atrayente de su piel. Sus cabellos dorados rozaban la punta de mi nariz, pues se hallaba inclinado en la cama sobre mí. Aquella túnica roja, tan roja como mi pelo y mis mejillas en ese momento, se pegaba ami figura desnuda y frágil. Mis dedos se hundieron en el colchón y finalmente mis brazos se alzaron, como si fueran inmensas alas, hasta el cielo de sus hombros apoyándose con delicadeza.

Abrí mis ojos y vi su alma reflejando la mía. Aquello era irresistible. Podía contemplarme en su mirada, completamente fascinado e intrigado, mientras que él podía admirar mi cuerpo tiritando por las múltiples sensaciones que él me ofrecía. Besó mis labios con ternura y convirtió aquello en un desatado beso cargado de pasión. Jadeé cerca de su boca y me aparté aterrado por vender mi alma a un diablo extremadamente hermoso, un ángel que pintaba a otros ángeles que realmente eran demonios corruptos como lo era yo.

-Amadeo- logré escuchar en un murmullo- Amadeo.


Entonces desperté súbitamente rodeado de oscuridad, en una cama de tacto áspero y con el silencio del amanecer roto por el trino de algunas aves. Me llevé ambas manos a mi rostro y me eché a llorar. Esos momentos estarían siempre en algún lugar de mi alma, no muy recóndito pues solía ir a buscarlos, y que me jugaban malas pasadas. No quería volver a su lado, ni siquiera admitir que le extrañaba, porque eso significaría haber vuelto a perder otra vez.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt