Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

Mostrando entradas con la etiqueta Lasher x Julien. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lasher x Julien. Mostrar todas las entradas

lunes, 29 de diciembre de 2014

No siempre.

No siempre se ha visto la verdadera figura paterna de Julien. Un hombre algo estricto, aunque cercano. Lo hemos visto como el tío Julien, el amante Julien, el hermano Julien... pero como el padre pocas veces.
Lestat de Lioncourt



—Si dejamos a un lado que matar es delito podemos decir que también es un arte muy cotizado. Un arte que la familia sabe ocultar. Un arte que sin duda alguna tiene que tener un sello propio. No puedes matar porque sí a quien de te debe dinero, sería una estupidez. Un muerto no te paga el recibo que falta en tu caja fuerte. Debes tener paciencia. Aprender que antes de matar está la extorsión y que la extorsión es sin duda otro arte más al largo listado que debes conocer—se movía con gracia por la habitación. Nadie hubiese jurado que ya tenía una edad considerable. Algunas canas asomaban en sus sienes y sus ojos azules eran profundos como océanos terribles. Su traje de mil rayas de lino era sofisticado y su corbata era de seda negra. Una corbata que parecía una pantera rodeándole el cuello cual serpiente. Los gemelos de esmeralda brillaban cuando movía sus largos brazos. No era un hombre fornido, más bien tenía un aspecto delicado, pero poseía una masculinidad atrayente.

—Lo he entendido—era casi un niño. Tan sólo un muchacho. Quería ser todo lo que su padre era. Veía aquel hombre como el culmen de la elegancia, el buen gusto y el poder. Todas las mujeres quedaban boquiabiertas con su cortesía; los hombres palidecían ante él, pero su sonrisa dulce y educada también los conquistaban.

—Corland, te esperan grandes cosas—dijo aproximándose al chico.

Se parecía mucho a él. Hubiese dado cualquier cosa por tener la edad de su hijo, la inocencia reflejada en su mirada y el poder que delegaría en sus manos a pesar de ser un hombre. Las mujeres eran las auténticas diosas en la casa, pero él era el único hombre que supo dominar a Lasher. Un dominio que estaba fuera y dentro de la cama. Sabía embaucar y tenía que darle a su hijo algo más que aspecto físico. Debía sacar el Mayfair que llevaba dentro como si fuera un exorcismo.

—Padre—susurró notando sus dedos apretando sus hombros—. Quiero ser como tú. Deseo llevar todos los negocios. No quiero estar a la sombra de Stella. Sería terrible para mí estar a la sombra de Stella. No quiero—dijo a punto de romper a llorar.

—Te falta carácter. Tu madre te ha convertido en una babosa llorona—comentó apartándose—. En New Orleans no puedes mostrar ese carácter, Corland.

—Pero...

—Y en ninguna parte—añadió.

—Mejoraré. Sacaré mejores notas. Te mostraré lo mejor de mí. Ya verás. Seré uno de los mejores empresarios de la ciudad—frunció el ceño y se incorporó de la silla, para luego precipitarse hasta la puerta saliendo con un portazo muy dramático.

Entonces, como si fuese un genio de la lámpara, Lasher apareció de entre las sombras rodeándolo. Sus labios sedosos, e invisibles para otros, se posaron en la nuca de Julien. Él sabía que deseaba. No iba a negar sus caricias y besos. No podía permitir que aquel ser se sintiera rechazado. Además, lo disfrutaba. Una vida al completo de mentiras y dolor era insoportable. Lasher era su secreto, su victoria.

Notó como la gigantesca mano del espectro se introducía en sus pantalones, rebuscaba en su ropa interior y comenzaba a masturbarlo mientras él jadeaba su nombre como un salmo desgastado. Los dientes invisibles mordisqueaban su nuca, una respiración fría erizaba el vello corto de su cuello y el torso de aquel gigante se pegaba a su espalda. Las caderas de Julien comenzaron a moverse y pronto se bajó los pantalones, junto a la ropa interior, con las manos temblorosas y sudadas. Justo en ese instante notó como sus nalgas se abrían y él entraba. Justo cuando caía de bruces sobre la silla que había ocupado su hijo en su despacho. Empezó a mover sus caderas a un ritmo demencial y cuando se pudo dar cuenta ya salpicaba el asiento, cayendo de bruces al suelo y sintiendo su alma lastimada una vez más.

Como pudo limpió todo y abrió las ventanas, para luego quedarse mirando al muchacho correteando por el jardín junto al resto de niños que visitaban la casa. Sentía en su pecho una congoja extraña. Debía protegerlos, pero a la vez tenía que exponerlos. El secreto tendría que revelarse en su justo momento. Por eso mismo ese día comenzó sus memorias, esas mismas que fueron lanzadas al fuego por su hija mayor Mary Beth.  

sábado, 18 de octubre de 2014

Ven a mí diablo.

Julien y Lasher siempre tuvieron una relación tórrida. Un brujo y su fantasma, ¿no son encantadores? 

Lestat de Lioncourt


La vida puede ser más compleja y dolorosa que la imagen perfecta que podemos ofrecer. La frivolidad y el poder pueden enmascarar el dolor y la desesperación. Julien se marchaba a la cama con remordimientos tan terribles como miserables. En la habitación contigua descansaba su hermana, con un camisón de franela y el corazón roto. La niña que lloraba incansablemente en la cuna era hija de ambos, fruto de un terrible incesto. Nadie sospechaba de él. Todos pensaban que eran del difunto esposo de su joven hermana. Sin embargo, esa niña era sólo la punta de ese iceberg que flotaba a la deriva.

Julien tenía miedo. Siempre lo tuvo. Un miedo terrible a su inoportuno amante. Él aparecía con palabras gentiles, llenas de amor y vasallaje. Si bien, todo era un teatro bien orquestado. Lasher sólo deseaba poder acaparar su cuerpo, vivir su vida y ser él durante algunas horas. Desesperado Julien le permitía todo. Hacía todo aquello condicionado por el placer y el poder. Deseaba dominar al monstruo que lo asechaba allá donde estaba, pero no era más que una trágica marioneta.

Aquella noche descansaba en su mullida cama. Había decidido instalarse definitivamente en la mansión. La cama de hierro era elegante y firme. Parecía ser el único lugar donde podía mantenerse refugiado de Lasher, pero por supuesto no era así. A él nada le impedía aparecer y robarle los pocos segundos de calma que lograba arañar.

La ventana estaba abierta. Las noches anteriores había sido lluviosas, pero la humedad provocaba que el calor fuese pegajoso. Los grillos chillaban bajo la ventana. El jardín entero parecía despertar en medio de la oscuridad. Los diversos insectos y aves nocturnas se movían por los rincones buscando alimento, sobrevivir o sólo disfrutar de la hora de las brujas. Media noche marcaba el reloj. Los viejos libros bien colocados en la estantería eran tentadores en mitad del insomnio. Él no llegaba esa noche todavía. Sentía que algo podía estar sucediendo. Sí, algo terrible.

Si bien, nada más pasar unos minutos de la hora, y con total naturalidad, apareció sentado a un lado del la cama. No tenía su forma habitual, sino una más perversa. Reconoció aquellos labios carnosos, esos ojos azules tan profundos y sus mejillas casi juveniles. Podía ver en sus rizos negros una vida que carecía su habitual pelo negro. La ropa era sin duda la de un dandy bien situado. Un hombre de negocios que solía piropear a cualquier mujer, en cualquier circunstancia, y sin miedo alguno a ser tachado de ser descarado. Era él. Su propio reflejo.

Julien se incorporó de inmediato observándolo con curiosidad y terror. Sus labios se abrieron para recobrar el aliento, pero su aliento fue arrebatado por Lasher. Comenzó a besar su boca con pasión desenfrenada. Sus fantasmales manos abrían el pijama que solía usar el joven brujo, deslizó sus dedos por el interior de su ropa interior y comenzó a ofrecerle una masturbación intensa. Sus dedos abarcaban gran parte de su, aún dormido, miembro. La lengua de Julien se batía en un terrible duelo. Pronto sus mejillas estaban rojas dándole un aspecto a su piel más níveo, más lechoso.

Pronto se sintió confuso y lleno de deseos. Parecía que su corazón palpitaba con cada una de sus caricias. La piel invisible, creada por millones de partículas de energía, parecía fundirse con la suya. Las sábanas quedaron abandonadas en los pies de la cama. Sus largas piernas se vieron desnudas, la barrera de su ropa interior cayó también, y terminaron por abrir se mostrándose en una pose sumisa. Él no podía contener el deseo. Ya no existía pensamiento coherente. No había miedo. Nada podía evitar ese delicioso instante de saberse suyo. Sus pezones se endurecían bajo una lengua invisible y su cuerpo se perlaba de sudor. En un momento aún más terrible, lleno de confusión, acabó siendo penetrado.

—¡Lasher!—invocó su nombre agitado.

El demonio, aquella alma ruin, lo contempló con su propio reflejo y caldeó aún más sus deseos. Era como si Narciso hubiese podido al fin cumplir su fantasía sexual. Dos seres idénticos enfrentándose en abrazos interminables, besos pecaminosos y movimientos contrarios de sus pelvis. El miembro de Julien estaba completamente duro, apuntando sutilmente hacia la izquierda y esperando que las manos de Lasher obraran un milagro aún más cruel. Podía sentir aún sus dedos aprisionando cada milímetro, estrangulando su glande y permitiendo que sus venas aparecieran mientras el pellejo se retiraba. Había crecido hinchándose, mostrando su tamaño vigoroso. La corona de cabellos negros, rizados y espesos de Julien brillaban por el sudor que se acumulaba más allá de su vientre. Tenía el flequillo pegado a la frente. Olía a sexo, se oían sus jadeos y gemidos, la habitación se caldeaba aún más y el sonido de los hierros de la cama eran constantes.

—Lasher... Lasher... Lasher...—decía, con los labios abiertos, como un pez que se ahoga fuera del mar.

—Que risa—llegó a escuchar—. Te oyes como las mujeres que disfrutamos.

Aquel comentario no le molestó, sino que obligó a Julien a gemir aún más alto. La casa entera podía escuchar sus gemidos desorbitados. La niña en la cuna se despertaba. Su hermana se echaba a llorar enloqueciendo. El servicio hacía oídos sordos a todo lo que ocurría allí arriba. Los otros dos hijos, ambos varones, de su hermana yacían en sus camas sin poder siquiera comprender lo que sucedía. Él llegaba al orgasmo manchando su vientre con la cálida leche de su simiente.


Lasher se esfumaba quedando él agitado, empapado en sudor y con signos evidentes de haber gozado. Siempre sucedía de ese modo. Él se dejaba usar como si fuera una cualquiera. Disfrutaba porque sabía que era pecaminoso, algo fuera de lo común, además de peligroso. Todo su cuerpo quedaba sensible, sus pezones parecían haber sido torturados y sus nalgas parecían necesitar nuevamente ese miembro invisible. Deseaba a Lasher sólo para él, pero a la vez lo odiaba. Era una relación imposible con un fantasma exigente.

miércoles, 25 de junio de 2014

Boderline

Viejas memorias de Julien Mayfair para todos ustedes. Posiblemente, él jamás me aceptará, sin embargo, a mí eso no me importa. Intentaré por todos los medios que me acepte... aunque sea publicando estas historias que nos ofrece. 


Lestat de Lioncourt 



Me hallaba frente a la cuna, con mis manos delgadas acariciando ésta como si fuera el cofre de un tesoro. Dentro de aquella pequeña jaula de hermosos barrotes de madera, elegantes sábanas blancas y colcha malva, se hallaba mi mayor pecado hasta la fecha. Sus mejillas sonrojadas y llenas, sus labios pequeños aunque carnosos, y esos ojos enormes que me devolvían la mirada cargándome de una culpa terrible. Mi figura era oscura, casi como una sombra desdibujada, con aquel sobre todo negro que cubría mi delgado cuerpo. Bajo aquel elegante traje color humo, camisa blanda de algodón almidonada y corbata rosé, temblaba como una hoja contra la ligera brisa que avecinaba tormenta.

A pocos metros de nosotros, con un camisón color hueso, y varias mantas suaves, se hallaba mi hermana recostada como si fuera un cadáver. Sus largas pestañas negras reposaban mientras sus párpados habían echado el cierre. Prefería que durmiese, gracias a las pastillas y diversas hierbas naturales, que a verla despierta acusándome por mi reciente noviazgo con una chica de sociedad, como debía ser.

Ella siempre me había amado y yo, monstruo cruel, acepté el trato con ese maldito demonio para que tuviéramos una hija, la cual sería para la familia la salvación y la debacle, llena de dolor, para mi hermana. Había tenido que enterrar a su esposo y ahora, de la nada, soportar la carga de ser la madre de un hermoso monstruo de facciones perfectas. No podía amarme frente a todos y yo había puesto distancia.

—Es hermosa, como tú—escuché la voz de Lasher apareciendo sutilmente a mi lado.

Aquellos ojos pardos, sus labios finos, esa barba corta y el traje oscuro, tan pulcro, me recordaban que él era quien decidía en la familia. Desde hacía décadas nos acompañaba y señalaba sus deseos. Había vuelto loca a mi madre y pretendía hacer lo mismo con mi hermana, aunque fuera por mediación mía.

—Eres un demonio—susurré apartándome de la cuna para salir de la habitación.

Aquella casa, diseñada por mi cuñado, era un laberinto hermoso lleno de habitaciones, con un elegante ascensor que a penas usábamos y un mobiliario de lujo. Era la cárcel de mi hermana y el símbolo de mi desdicha, el cual se convertiría en un icono de New Orleans, del poder familiar y también del legado.

—¿Dónde vas?—preguntó apareciendo frente a mí en el último tramo de la escalera.

—Aléjate de mí—dije rompiendo a llorar—. Mira qué me has obligado hacer—sus frías manos se colocaron sobre mis mejillas, aún jóvenes y bien afeitadas—. Yo...

Quería pedir perdón, aunque fuese ante él, como si eso lo solucionara todo. Jamás amé a otra mujer más que a mi hermana, pero a ella nunca la amé como pareja. Mi amor residía en un deseo incontrolable de proteger lo único noble que tenía y, para colmo de males, yo la intoxicaba. Mi mujer, la chica con la cual estaba prometido, no significaba nada. Sí, la quería a mi modo... pero ¿amar? Nunca he amado a una mujer. Jamás me he sentido realmente atraído por una mujer hasta el punto de caer enloquecido en sus brazos, aunque sí me han atraído como si fueran hermosas rosas abiertas. Ellas dan a mi vida una especie de consuelo, pero eran los brazos de mis amantes masculinos los que me excitaban, casi hasta el punto del delirio, y que a lo largo de mi vida me dieron aliento para continuar todo aquello. Si Richard me hubiese conocido en aquella época, cuando era un joven que no le temía a los riesgos en los negocios, una figura importante en la sociedad, y a la vez un niño aterrado por el poder de convicción de aquella bestia, posiblemente se hubiese alejado completamente loco.

—Que risa—musitó antes de atrapar mis labios mientras me rodeaba con sus brazos, pegándome a él como si se tratara de un fogoso amante, dejándome desarmado.

Allí, en mitad de la mansión de First Street, me dejaba devorar por un fantasma exigente. Estaba al borde del penúltimo escalón, mis elegantes mocasines rozaban casi el aire con la puntera y su lengua, porque realmente la sentía, hacía un excelente trabajo. Cuando logré recuperar la compostura estaba terriblemente excitado, sin saber siquiera porque había estado furioso segundos atrás.

—Te amo Julien, te amo—dijo dejando un par de besos en mis encendidas mejillas.

Deshice el camino andado, subí por las escaleras hacia el despacho en mi habitación, y me dirigí a mi victrola. Quería que la música lo alejara para poder pensar con cautela, pero él me lo impidió. Sabía que si había música él quedaba derrotado, así que no me permitió hacerlo. Lasher comenzó a besar mi cuello, atacó metiendo una mano en mi pantalón y mientras notaba como pellizcaba mis pezones.

—Julien, te amo—volvió a decir esa sucia mentira, aunque no sé hasta que punto lo era.

Sofocado me quité la ropa mientras me retorcía. Podía notar su altura colosal pegada a mí, observar sus ojos profundos clavados en los míos, mientras me encaminaba a mi cama de hierro de colchón mullido. Me arrojé como una fulana en busca de un buen cliente. Abrí mis piernas y permití que él cayera sobre mí. Pude ver su cuerpo desnudo y atlético una vez más, sus largos cabellos negros precipitándose sobre mi pecho delgado y como sus manos acariciaban mis costados. Eran manos gigantescas. Su boca no tenía piedad y rápidamente volvió a besarme, justo cuando noté como su miembro se introducía entre mis nalgas. Aquello fue rudo, como si hubiésemos discutido como cualquier otro amante y estuviéramos disculpándonos con sexo, puro y erótico sexo.

Mi piel era sensible, y por aquella época casi no tenía una miserable arruga. Mis cabellos negros se pegaban a mi frente, mis cejas se fruncían y mis labios se abrían buscando aire. Podía notar como las sábanas y la colcha se pegaban a mi espalda, igual que si fuera una segunda piel, debido al sudor que me perlaba. Me aferré al colchón y levanté mis caderas, pues quería más contacto con aquel demonio que me penetraba tan rudo que movía la cama, provocando que golpeara contra la pared e hiciera un terrible escándalo.

—Lasher, Lasher, Lasher... —decía moviendo la cabeza en ambas direcciones.

Era tan salvaje que sentí rápidamente los calambres típicos en mi vientre, como se tensaba aún más mi sexo y finalmente como me vine salpicando mis muslos, vientre y cama. Mis ojos azules observaron la oscilación de aire en la que se convertía, como si fuese el calor que desprende a su alrededor una llama.

—Te amo—dijo de nuevo antes de desaparecer.

Una vez recobrada la compostura me eché a llorar. Mi elegante ropa estaba regada por todas las direcciones posibles, la pared estaba desconchada por el movimiento salvaje de mi cama y las sábanas tan revueltas que parecía haberse producido allí una guerra. Me dolían los muslos, tenía la sensación aún de tener su miembro en mi interior y mi vientre hormigueaba.

—Maldito cabrón...


¿Amé alguna vez a Lasher? No lo sé. ¿Tuve algún sentimiento más allá del miedo y el dolor? Quizás. No puedo negar que sentía una extraordinaria satisfacción cuando él me tocaba o simplemente mataba a alguien. El poder me intoxicaba y poco después de aquella noche, en la cual me odié ante Mary Beth, supe cuan valioso era tener contento a Lasher. Varias empresas locales, las cuales se dedicaban a vender y distribuir algodón, se vieron con los almacenes incendiados y recurrieron al de mi plantación. Lasher me envió un mensaje, me hablaba de amor y poder. Por eso, sin duda alguna, el amor no puede desvincularse de los negocios... pues yo aprendí a amar fielmente al dinero y todo lo que podía conseguir con él.  

jueves, 22 de mayo de 2014

Nuestra última vez

Bonjour aquí les dejo un hermoso relato, por así decirlo, de una de las memorias más extrañas e intensas que tenemos de Julien.


Lestat de Lioncourt 

Nuestra última vez

La cama era el único lugar que podía jurar que mi cuerpo conocía a la perfección. Desde hacía semanas me había recluido en mi habitación, olvidándome de intentar salir debido a los problemas que se habían ido presentando. Mi salud no era buena, y los escasos días que me quedaban eran para mí atesorados aunque eran francamente amargos. El amor jamás estuvo de mi parte, pero para un hombre como yo era algo secundario. Había encontrado la felicidad, aunque sólo en algunos momentos brillantes de mi vida, con engrandecer aún más el apellido que yo mismo había salvado en más de una ocasión. Mis descendientes llorarían mi pérdida, pero yo había hecho mis trucos para regresar tras ser enterrado. Esperaba haberlo hecho bien, pues no deseaba haber perdido mi tiempo en trucos de feriante.

—Lasher—lo llamé al verlo entre las sombras.

Todos envejecíamos y moríamos, nuestro poder quedaba consumido y nos perdíamos en la memoria familiar. Los hombres de la familia no eran más que monigotes mal pintados, muñecos en las manos de las brujas, pero yo era distinto. Podía ver a Lasher y Lasher me obedecía, aunque a veces dudaba si no era yo quien hacía todo lo que él quería. Controlarlo era una tarea dura y difícil.

—Lasher, deja que te vea bien—dije incorporándome en la cama.

Los almohadones quedaron pegados a mi espalda, me encontraba sudoroso y aquejado de algunos dolores. Sin duda no descansaba por mucho que lo deseara. Había tenido visitas durante todo el día, mi hermosa Evelyn había recitado para mí una y otra vez aquel poema, y también decidí leer. No podía creer que hubiesen quemado mis memorias, esa maldita había cometido un terrible error. Eran mis memorias, mis documentos importantes, algo que Stella y el resto de brujas debía saber. No sólo eran mis recuerdos, sino el recuerdo de toda la familia. Aquello me enfermó, creo que por la preocupación y tristeza.

—Julien—su voz sonó tan joven, fresca y masculina como siempre. Era siniestro pensar que aquel ser había estado apegado a cada bruja y yo era su gran trofeo. Sí, era un trofeo que estaba quedándose en el olvido.

No puedo negar que he amado a Lasher tanto como lo he detestado. Siempre estaba ahí para bien o para mal, pero sobre todo estaba para servir a la familia en todos sus intereses. Las finanzas habían mejorado, él traía secretos y tesoros para acumularlos como hacen las urracas en sus nidos. Mayfair and Mayfair, la esmeralda y la casa donde nos encontrábamos era sin duda alguna obra y milagro de ese maldito ser que se aproximaba. Parecía compungido, aterrorizado y algo molesto.

—Te mueres—me dijo como lo haría un niño—. Te mueres.

—Todos morimos—respondí—. Mi muerte será una tragedia para la familia, pero se repondrá—comenté dejando mis manos cruzadas sobre mis piernas.

—No, no quiero que te mueras. Julien eres hermoso. No quiero que te mueras—aquello no sabía si creerlo o no, pero decidí aceptar el hecho que a él le entristecía perderme del mismo modo que a mí me torturaba ser viejo.

Siempre había amado tomar mi aspecto, como si fuera un juego, y mi propio cuerpo. Lasher amaba ver el mundo desde mi privilegiada posición, seducir a mujeres y hombres por igual, saborear el alcohol más caro al más barato, acercarse al barrio Francés y bailar con las putas o simplemente montar en mi caballo. Él era la seducción de la maldad, una criatura que aún desconocía a ciencia cierta de dónde provenía. Sí, venía de aquel valle y había visto su imagen en la vidriera de aquellas ruinas. Sin embargo, ¿cuál era su historia? Eso lo desconocía.

—Lasher, siéntate aquí conmigo—dije, sonriendo al fin.

El momento era el idóneo y debía aceptar que él me necesitaba tanto como yo necesitaba distraerlo. Evelyn iba a concebir un hijo mío, lo había notado nada más marcharse en la tarde. La noche parecía cubrirse de malos augurios, pero aún me quedaban algunos días. Aprendí que cuando uno está a punto de morir sabe cuánto tiempo le queda, si puede esperar o no.

Lasher se aproximó tomando asiento a mi lado, sus largos dedos acariciaron mis mejillas y las escasas arrugas que tenía. Jamás envejecí demasiado físicamente, aunque alcanzaba casi los noventa años. Mi cuerpo, mucho más pobre en belleza que a mis veinte e incluso cincuenta años, se estremeció por el extraño contacto. Era un ente, pero se sentía tan real como cualquier otro amante. Richard me compartía con él, aunque mi elegante anticuario era mi último gran amor. Evelyn, la amaba era cierto pero no era igual que Richard, y mi mujer eran otros milagros que me había dado la vida junto a mis hijos. Sabía que sin mí los Mayfair quedarían desatendidos en muchos aspectos y eso me torturaba. Quería olvidar y Lasher era la única opción. Sus largos dedos sabían donde tocar y sus labios pronto rozaron los míos.

Las mantas bajaron, mi pijama quedó desabrochado y mis cabellos notaron sus dedos jugueteando por cada mechón de mi pelo blanco. Mis ojos azules buscaron los suyos, eran tan pardos como profundos y en aquella oscuridad se hacían más intensos. Rápidamente noté el peso de su cuerpo translúcido sobre el mío y sus dientes rozar mis pezones. Los almohadones cayeron a ambos lados de la cama, como si fueran pesos muertos, y mi cuerpo quedó recostado retorciéndose con sus caricias.

Mi cuerpo quedó desnudo, pero estaba bajo las mantas. Podía ver como estas se movían y abultaban como si hubiese una segunda persona. El rostro de Lasher surgió buscando mis labios y yo lo besé rodeándolo. Podía sentirlo en todos los sentidos de la palabra y cuando me abrió las piernas, flexionándolas, supe que él deseaba hacerme vibrar nuevamente. Nuestra relación empezó cuando tan sólo tenía tres años y en esos momentos, en mis últimos días, seguíamos concediéndonos placer mutuo.

—Así, Lasher, así. Hazme sentir vivo, hazme el amor—dije notando el delicioso placer que me turbaba.

Mis gemidos no tardaron en suceder uno tras otro, mi cabello se pegaba a mi frente pues me empapaba en sudor y fuera los árboles se agitaban. Notaba mis piernas temblorosas y frágiles, pero él las rodeaba con sus fuertes brazos. Podía ver su cuerpo desnudo oscilando sobre mí, clamando mi nombre una y otra vez. Era hermoso sentir el deseo consumiéndome como si fuese el infierno, una gran pira funeraria o simplemente un día terrible de verano. Dentro de mí, aprisionado por mis glúteos, entraba y salía aquel miembro invisible para otros pero tan real, y placentero, como cualquier otro. Ni siquiera Richard sabía tocarme así, de ese modo tan indecente e íntimo, para hacerme gemir sin importar ser escuchado.

—Lasher...—jadeé antes de eyacular notando como él no paraba, sus labios se pegaban a mis caderas y subían por mis costados, dejaban sutiles roces en mis pezones y permanecían largo rato en mi cuello—. ¿Qué va a ser de ti?—dije a sabiendas que sería de él. Stella sería su nueva meta, aunque mi hija estuviese primero en sus planes. Stella era una niña privilegiada en todo el amplio sentido de la palabra, por sus dones y por el legado que caía en sus manos.

—Te amo Julien. Eres hermoso Julien—escuché decirme antes de evaporarse.


Quedé en la cama agitado, sudoroso y solo mirando por la ventana. Mis días en el mundo, tal y como los conocía, estaban llegando a su fin y pronto, en tan sólo unos días, se desataría una terrible tormenta porque Lasher lloraría por mí. Él lloraría por un hombre que fue egoísta a la hora de amar, sin comprender claramente que era el amor, y con una ambición terrible. Tal vez, él sería quien derramara las lágrimas más sinceras en First Street.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt