Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 16 de enero de 2017

Abandóname

Se lo tuvo que decir Stella... ¡Se estaba volviendo como Carl! 

Lestat de Lioncourt

Jamás me había sentido de ese modo. Había dejado constancia de mi negativa ante el hecho que Mona Mayfair, una de mis descendientes más poderosos, se convierta en vampiro. Estaba absolutamente seguro que esa nueva vida no era para ella. Quería volver tras nuestros pasos e impedir que se enamorara perdidamente de Tarquin Blackwood, otro de mis descendientes pese a no llevar mi apellido. Admito que él es muy parecido a mí físicamente y posee una bondad absurda, pero no era el momento ni la situación que ella merecía. Prefería verla marchitarse, uniéndose a nosotros los fantasmas de la familia, antes que convertida en un monstruo.

Usualmente me aparecía para ella. Me sentaba a los pies de su cama y teníamos largas conversaciones. Podía ver en sus hermosos ojos la tristeza y la dureza de una vida dedicada a no ser escuchada ni amada, pero sí usada casi como criada. Ella había cuidado a mi hermosa Evy, su bisabuela, que apenas hablaba y cuando lo hacía era para sentenciar a más de uno en esta vida.

Tendida en la cama, con esos hermosos cabellos de fuego y esa piel tan pálida cubierta de pecas, parecía una muñeca aguardando el momento de cobrar vida. Una vida que se escapaba de entre sus dedos. Podía observar el gotero bajar hasta su intravenosa y como los médicos iban y venían, entre ellos mi otra descendiente Rowan Mayfair, que se preocupaba por sus análisis y comodidad de la joven.

Ocasionalmente el padre Kevin Mayfair venía a verla. Rezaba el rosario con ella y le aseguraba que había un lugar mejor. A mí me obviaba. Sé que me podía ver ese maldito pelirrojo mea pilas, pero hacía como si yo no existiera. Quizá porque le imponía demasiado respeto o tal vez porque si me sentía tras él, observando su ancha espalda, no era capaz de mirar con apetito a una pobre muchacha enferma.

—Tío Julien—dijo aquella noche en la que estaba a punto de marcharse.

—Ya no soy tu tío—respondí molesto sin hacer acto de presencia de mi físico fantasmagórico.

—Oh, vamos... Sabes que es mejor que pueda vivir para siempre cumpliendo mis sueños, viviendo la vida que no he vivido. No puedes ser tan egoísta—susurró lo último como si temiese mi reacción.

Entonces aparecí frente a ella con uno de mis elegantes y sofisticados trajes hechos a medida, con el reloj de plata en mi bolsillo y el bastón en la diestra. Aparentaba unos cuarenta años. El cabello oscuro estaba ligeramente canoso, bien peinado y parecía las ondas que deja sobre la arena las olas del mar. Tenía un aspecto pulcro y gallardo, el cual no se puede comparar con el imbécil de Lestat.

—Dejas la familia—dije golpeando suavemente el césped crecido de aquel trágico cementerio—. Mira como quedó Merrick... ¡Ah, pero ella se involucró mucho antes en todo esto!

—No voy a morir—su sonrisa era la de una niña, no la de una mujer. Parecía tan ilusionada y segura que sólo pude apartar mis ojos azulados de los suyos, los cuales parecían el mismo césped que pisábamos ambos.

—Me dejas, me dejas... —respondí con congoja—. Quería estar a tu lado como ocurre con Stella. Nos abandonas. ¿Qué será de ti sin que yo pueda cuidarte?

—Tengo a mi Noble Abelardo—respondió orgullosa—. Además, voy a tener los conocimientos más antiguos sobre vampirismo.

—¿Y qué hay de los conocimientos antiguos de los brujos de tu familia?—pregunté ligeramente indignado.

—Los sé todos gracias a ti.

Escuché como soltó una risa fresca y se aproximó hasta mi aparición. Entonces hizo algo que hacía mucho tiempo no intentaba. Colocó sus manos sobre la mano de mi bastón. Sólo podía sentir el calambrazo de mi energía, pero no mi vieja piel. Ambos nos miramos con amor y desconsuelo, para luego desaparecer.

Stella me aguardaba en la habitación que habían preparado para Lestat. Estaba hermosa esa noche. Vestía con aquel bonito vestido blanco y el cabello negro con hermosos lazos. Sabía que usaba su etapa más feliz, aquella que vivió cuando era una niña, para recordar los buenos tiempos que habíamos vivido.

—Se marcha—dije apenado.

—Sí, se marcha. Me alegra que se vaya. Deja de ser tan cascarrabias. Te estás convirtiendo en algo similar a Carl—decía bailando por la habitación con su falda del vestido ligeramente remangada en el borde. Movía sus zapatos de charol de un lado a otro en pequeños brincos y arrugaba la nariz. Se divertía.

—Mujeres...—siseé—. Jamás os entendí del todo.

—Ni te hacía falta, tío Julien. Tenías a Richard para consolarte ante tu falta de comprensión, ¿o mejor interés?—dijo deteniéndose para luego echarse a mis brazos.


—Oh, diablillo—suspiré.  

martes, 15 de noviembre de 2016

El amor por Stella

Más de los escritos de Lasher. Podemos comprender mejor a este ser, ¿no? Al menos yo estoy estudiando sus palabras.

Lestat de Lioncourt 


A veces ni siquiera se maquillaba como las desvergonzadas muchachas de su época. Tenía la cara lavada. Su mejor joya eran sus enormes ojos azules, llenos de luz de vida. Iba siempre vestida a la moda más actual, con un corte de pelo llamativo y una sonrisa encantadora. Pocos sabían el tormento que vivía su alma. Creo que sólo yo era capaz de leerla sin necesidad de palabras. Sus gestos, su forma de caminar, y sus palabras la delataban ante mis ojos expertos. La conocía desde la cuna, cuando fue mecida por primera vez por mis propias manos.

Stella era fuerte, decidida, y en sus eventos sociales vestía con glamour de Hollywood. Jamás he visto a una mujer mejor maquillada, con una forma tan elegante y desenfrenada de caminar, así como unas ganas inmensas de cubrir sus heridas con un par de canciones y unas copas. Odiaba a su hermana, pero a la vez surgía en ella la necesidad de acercarse por pena, por necesidad y por mil motivos que ni ella comprendía.

Las fiestas Mayfair cobraron un nuevo sentido tras su aparición. Eran mucho más alegres, se despilfarraba comida y bebida, no siempre estaban invitados todos los familiares y gente ajena al círculo, nuestro pequeño árbol familiar de raíces algo podridas, estaban fuera atónitos ante la desvergüenza de muchos en la piscina, el jardín e incluso el tejado.

La música me hacía bailar como un imbécil. Iba de un lado a otro dando palmas, saltando sobre los sillones y gritando que la vida era maravillosa. Reía, o al menos lo intentaba, mientras ella alzaba su copa y brindaba por su hija, sus amantes, Evy e incluso por los pomos de las puertas. Una noche todo se silenció tras un disparo. No pude detener la bala, ni contener a su hermano Lionel. Ella cayó a plomo mientras el revólver aún humeaba. Se quedó allí paralizado esperando que lo detuvieran, con los ojos llenos de lágrimas y el dolor destruyendo su corazón. Él era el autor material del crimen, pero la cooperadora necesaria e inductora era Carl.

De inmediato empezó a llover. Primero fue una lluvia fina, pero luego se convirtió en una tormenta que pilló sorpresivamente a viandantes y fiesteros en el jardín. Llovía con tanta fuerza que parecía un huracán con epicentro en la propia casa. Eran mis lágrimas. Había muerto mi bruja, mi adorada Stella, dejando atrás a una niña indefensa en manos de una auténtica criminal.


¿Y quién era yo en todo esto? “El Hombre”. Un ser que había amado a Stella Mayfair desde su concepción. Ella, tan hermosa, tan parecida a Julien y tan diferente a la amargada de su madre. Mi loca aventurera, mi niña adorada. Las fiestas se terminaron, el mobiliario que tanto amaba se ocultó en el desván y poco a poco se olvidó su nombre.  

sábado, 6 de agosto de 2016

Una fiesta

Hay que aceptar a los que amamos tal cual son. Creo que Julien lo hacía, aunque su sobrina y nieta no.


Lestat de Lioncourt


La fiesta había comenzado hacía más de una hora. Todos los invitados estaban arremolinados en la planta inferior escuchando a la banda tocar. La mayoría eran familiares y otros eran amigos muy cercanos a nosotros y a nuestros negocios. Lionel aún no levantaba más de un palmo del suelo y ya intentaba seguir la música con su torpe baile. Stella, con su cabello lleno de lazos de color turquesa como sus encantadores y vivarachos ojos, ya había cumplido cinco años y se negaba a marcharse de la fiesta, estaba agarrada a la mano de su hermano mayor mientras Carl, con algo más de ocho años, refunfuñaba sentada en un sillón moviendo sus pequeños pies enfudados en unos delicados zapatos de charol. Eran los únicos niños de la fiesta. La mayoría eran jóvenes y parejas de mediana edad.

—Me alegro que no viniera ese—dijo mi hija y sobrina Mary Beth parecía complacida porque Richard no había podido asistir.

—Estás muy confundida—respondí apoyado en la pilastra de la escalera. Tenía la pipa entre mis manos y colocaba con cuidado dentro el tabaco para apretarlo con suavidad.

—No quiero a ese engendro en mi casa—comentó—. Menos frente a todos, tío Julien.

—¿Qué tiene de malo?—pregunté alzando mi ceja derecha—. ¿Acaso no estaba siempre invitado el borracho irlandés de marido?

Jamás me gustó ese hombre para mi hija. Sentía que era un imbécil que sólo traería problemas a la familia. Estaba desesperado pensando en que jamás me libraría de él y un día apareció muerto. Lasher se había librado de él como me prometió.

Aquel hombre estaba siempre ebrio e intentaba estafar a todo aquel que se acercaba a la mesa de poker donde se encontraba. Sentía que la culpa era mía. Ella lo conoció cuando me acompañó a una de esas timbas donde se apuesta el dinero, la vida y al alma a un par de cartas. Por eso mismo decidí que debía rogarle al supuesto demonio, el fantasma que caminaba por el jardín meditabundo los días más sobrios y como hoy bailoteaba de un lado a otro con esa estúpida sonrisa, que acabara con mi sufrimiento.

—¿Cómo puedes meterte con los muertos?—dijo indignada.

—Ah, ¿cómo puedes meterte con el hombre de vida?—contesté llevando la pipa a mi boca.

—Tu mujer está aquí—chistó indignada.

Ella estaba indignada. Hija de un incesto, amante mía para poder a la pequeña revoltosa de Stella y mujer de varios hombres en esta maldita ciudad. Ella se hacía la digna frente a todos.

—Ah, esa. Me ha pedido el divorcio esta mañana—dije encendiendo la pipa.

Entonces apareció él. Me había hecho caso. No tenía por qué ocultarse entre la muchedumbre. Llevaba un espléndido vestido que se ceñía a su pequeña cintura y su sonrisa era radiante. Sus labios eran voluptuosos, su piel era perfecta y sus ojos tenían un brillo especial.

—Sácalo de aquí, Julien—respondió hecha basilisco.

—No—respondí antes de dar una calada a mi pipa.

Sólo nos separaba algunos metros y mis pasos rápidos, aunque elegantes, hizo que en menos de un minuto, pese a que tuve que esquivar camareros y borrachos, lo tuve entre mis brazos. No me importaba en absoluto lo que pudieran pensar de mí. Él era la persona más importante en mi vida después de mis nietos y mis hijos.

La pequeña Stella correteó hasta donde nos encontrábamos y acabó aferrada a los bajos del vestido de Richard. Sonreí al contemplarla tan fascinada con aquel jovencito. Era mi pequeña, mi adoración, y no tenía nada que ver con la amargada de su madre. Aquella niña era adorable y mi corazón palpitaba fuertemente cuando la tenía entre mis brazos. Sabía que moriría joven como muchas de nuestros antepasados. Pero tenía la esperanza que no fuese así. Tenía la ilusión de vivir algunos años más hasta que ella no me necesitara.

—Me gusta como le queda ese vestido—dijo con aquella sinceridad infantil—. Y me gusta que te haga sonreír. Sonríes como Lionel cuando le doy un beso en la mejilla.

—Tu sobrina me odia—susurró bajo aferrándose a mí con cierto temor.

—Vaya, una pena—dije inclinándose sobre él rozando con mis labios su oreja derecha—. Pero mi nieta te adora—chisté—. Aunque no tanto como yo—añadí.

Estuvimos bailando durante algo más de una hora. La música era encantadora. Los familiares reían, bebían y bailaban con torpeza cada pieza. Aún el charlestón no era moda, pero el jazz y el blues hacían las delicias de los presentes. También las canciones tristes llenas de amores imposibles hacían la vida más atractiva en mitad de una fiesta donde lo más importante era relajarse y disfrutar.

La casa estaba repleta de vida. El jardín olía a dondiego y jazmín, igual que él ya que había conseguido un perfume francés fresco y atrayente que me recordaba a mi hogar, a la verdad y la mentira, que yacía en cada rincón de la mansión. Por mi parte disfrutaba de un jovencito lleno de encantos mientras mi mujer se había marchado indignada, completamente ofendida, por mi descaro y desplante. Mis hijos sólo murmuraban entre ellos dejándome hacer, pues sabían que yo estaba simplemente siendo yo mismo. Ellos me aceptaban del mismo modo que yo acabé haciéndolo.

—Julien—susurró mientras le retenía por la cintura bailando lentamente. La cantante daba toda su alma a una canción llena de sensualidad—. ¿Por qué me has hecho venir así? Podía usar ropa masculina y no demostrar lo que soy ante todos. Muchos nos están mirando.

—Claro, amor, ¿acaso no mirarían a un chico con estas piernas mucho mejores que las de sus mujeres?—dije echándome a reír—. Soy viejo, Richard, y no te imaginas siquiera la edad que ya tengo. El descaro es lo único que me queda. No me importa decirles a todos en la cara lo que ya saben—sus ojos brillaban como perlas oscuras mientras yo lo sostenía como si fuera un clavel frágil recién abierto.

Él me besó dulcemente con timidez y yo no dudé en atraparlo con rabia. Aquel beso confirmó que lo amaba como él me amaba a mí.  

miércoles, 18 de mayo de 2016

Café para dos

Este escrito se ha encontrado en un diario de uno de los Mayfair más conocidos: Cortland Mayfair. Cortland era hijo de Julien, padre de Evelyn (Evy) Mayfair y amante ocasional de Stella Mayfair que a su vez era hermana por parte de padre. 

Hoy sale a la luz como regalo atrasado del día contra la homofobia y transfobia. Mañana habrá otro texto para conmemorar este hecho. Porque no importa como seas porque siempre encontrarás a alguien que valga la pena para compartir tu vida. 

Lestat de Lioncourt


La cafetería estaba prácticamente desierta. Era aún demasiado temprano para tomar café solo y un croissant, pero muchos proletarios ya se habían bajado de sus camas y caminado por las calles hasta las fábricas y campos cercanos. Ella estaba allí sentada con su magnífico carmín rojo embelesando a todos con una sonrisa suave e indecente. Sus cortos y negros cabellos rozaban ligeramente sus pómulos empolvados, igual que sus terribles ojeras ocultas gracias al maquillaje, provocaban que su cuello pareciera aún más largo y hermoso. Aún no había pegado ojo y todavía sentía como la música vibraba en su cuerpo.

Por un momento su sonrisa se esfumó volviendo serio su rostro de ángel. Sus largas pestañas negras descendieron y sus ojos azules se aguaron ligeramente. Pensó en él. No podía dejar de pensar en él. Siempre la había acompañado de algún modo en sus pensamientos y en las escasas oraciones que conocía. Su tío Julien, su verdadero padre, había desaparecido hacía ya algunos años pero lo sentía cerca en cada fiesta, cada timba ilegal en el salón con la excusa de tomar un té con leche o limonada, y también en aquella inmensa biblioteca que fue su habitación y despacho en la casa. Recordó cuando la quiso y protegió. Ahora era madre y sabía bien qué era preocuparse por el bienestar de una niña que iba a crecer rodeada del mismo ambiente podrido, turbio y extraño que ella. No quería que aquel fantasma se acercara a ella con las mismas palabras con las cuales la engatusó siendo una niña. Julien apartó a Lasher siempre de su camino, pero cuando murió fue imposible detenerlo.

El tintineo de la campanilla de la entrada a la cafetería la sacó de sus pensamientos y la arrojó a la realidad. En la puerta estaba ella apoyada ligeramente buscando la mesa donde se había sentado. Su traje blanco con flores pequeñas azules le daba un toque infantil. Tenía las mejillas rojas y frescas, nada de maquillaje, y se notaba que había dormido plácidamente en su cama. Hacía más de dos días que no la veía, pero sentía lo mismo que la primera vez que se cruzó con ella. Adoraba a Evy del mismo modo que Julien la adoró hasta el mismo día de su muerte. Aquella chica voluptuosa, de cintura de avispa y caderas suaves tenía una mirada suspicaz pero inocente. Ella aún guardaba una inocencia casi pura y fresca como el rocío en mitad de una mañana de primavera.

Ambas acabaron frente a frente consolándose con la mirada. Stella vestía de negro, como aún fuese de luto por Julien, pero con una falda demasiado descarada para aquella época y unos tacones muy llamativos. Evy no llevaba tacones y siempre vestía algo puritana. Esas dos chicas eran distintas por completo, pero se necesitaban y no podían vivir la una sin la otra.

—¿Cómo está tu hija?—preguntó—. Ya casi debe ser una jovencita.

—Está empezando a hacer demasiadas preguntas y ya no sé controlarla. Tengo miedo que cometa un error tras otro—dijo bajando la mirada hacia sus manos pequeñas y finas.

—Ah... la mía apenas anda y ya me está dando dolores de cabeza—respondió echándose a reír mientras le tomaba de las manos—. Los hijos son complicados porque los padres lo somos. No somos santas, Evy.

Quien las viera vería a dos chicas de rasgos algo similares consolándose como buenas amigas. En realidad eran dos primas, con vínculos demasiado mezclados como un cóctel explosivo, que jugaban a algo más que a caricias cuando nadie las veía. Sus ojos hablaban de amor pero no de uno simple, sino tan complicado como ellas. Se deseaban, se amaban y se necesitaban.

—¿Vendrás hoy a casa? Necesito que vengas—dijo Stella.

—Claro. Hoy posiblemente podamos contarnos algo más que penas—murmuró con una sonrisa coqueta mientras sus mejillas se ruborizaban aún más.

El olor del café, los pasteles y la primavera endulzaban el ambiente en aquella coqueta cafetería que fue llenándose poco a poco. Las camareras sonreían sirviendo café, leche y té a quienes deseaban comenzar la mañana con un pequeño desayuno en mitad de una ciudad cargada de misterio e historias singulares. Ellas se comían con la mirada mientras mantenían pequeñas charlas aparentemente simples o vacías. Sin embargo, esa noche las sábanas darían buena cuenta de la pasión y la entrega de otras conversaciones llenas de gemidos y placeres.



lunes, 28 de diciembre de 2015

Mi adorada Stella

Yo conocí a Stella, pero su historia me la contaron otros. Yo sólo vi a una niña fantasma, muy similar a Claudia en tamaño y en edad. Sólo eso. Lo demás lo tuve que averiguar de boca de los Mayfair y Talamasca. Igualmente pasó con Lasher.

Lestat de Lioncourt


—Déjame—dijo acomodándose el peinado.

Había cortado su pelo hacía poco. Tenía un corte llamativo, muy común en esa época, que en ella quedaba demasiado bien. Podía contemplar perfectemente su largo cuello de cisne, de piel blanca y carne suave. Su aroma era delicioso. Cuando se perfumaba solía quedarme cerca de ella, aspirando su aroma como si fuese una flor, mientras mis manos se deslizaban bajo sus faldas cortas e insinuantes.

—Déjame—repitió arrugando su frente, frunciendo así sus cejas negras perfectamente delineadas.

—Qué risa...—susurré cerca de su nuca, dejando que mi aliento erizara su piel.

Tenía los pechos turgentes, aunque no demasiado grandes. Sus caderas eran amplias, pero su cintura estrecha, y le daba una hermosa figura similar al de una guitarra. Creo que había logrado captar la belleza de su padre, Julien Mayfair, en esos ojos azules y profundos. Tenía una mirada de fiera increíble y nadie cuestionaba que sus palabras eran firmes, aunque todos creían que estaba algo perdida.

—Impulsor... —su respiración se hizo agitada cuando logré bajar sus medias, así como su ropa interior, provocando que mis fantasmagóricos dedos se introdujeran dentro de su vagina.

Tan sólo tenía dieciocho años, pero ya nos conocíamos demasiado bien. Habíamos jugado demasiado al gato y al ratón. Éramos viejos conocidos de gemidos y arañazos, así como de súplicas y sábanas arrugadas. Ella entrecerró los ojos sin perder detalle a su rostro en el espejo, el cual dejó de mostrar serenidad para ser reflejo de su pecaminosa alma. Sus labios, pintados con un apasionado rojo, se abrieron mostrando sus pechos dientes. No dudó en abrir bien sus piernas y dejar que mis juegos prosiguieran.

Sus manos, pequeñas y cálidas, acabaron sobre sus propios pechos oprimiéndolos. Sentía que el aire se le escapaba, que no podía contenerse, y soltó un terrible gemido. Con firmeza la arrojé al suelo y le abrí las piernas, para introducir mi miembro fantasma en ella abarcándola por completo. Su clítoris dilató y sus rodillas temblequeaban, como toda su figura, mientras rogaba que la rompiera por la mitad.

Durante varios minutos sus gemidos aumentaron en número, pero también se elevaron en sonido, su espalda hacía hueco con el suelo y sus caderas se alzaban. Sus manos oprimían cada vez más sus senos, los cuales fueron liberados abriendo los botones de su rebeca y rasgando su blusa. Los botones se diseminaron por la habitación rodando de un lado a otro, rebotando y cayendo incluso bajo la cómoda. Su sujetador de encaje negro, tan delicado y llamativo, terminó sobrando mientras ella lo bajaba para mostrar sus redondos y duros pezones.

—Lámelas, lámelas... hazme sentir tu lengua—rogó con los ojos obnubilados por el placer y la voz tomada por la lujuria.

No dudé en apretarlos con mi boca, provocando que gritara de deseo, mientras sus manos se aferraban a mi cabello. Ella podía verme perfectamente. Contemplaba al hombre bien vestido, de cabello oscuro y ojos claros que tan bien conocía. Podía sentir el vello de mi rostro contra la aureola de su pezón, así como el peso de mi cuerpo inmaterial. Y yo, como no, me sentía más vivo y dichoso complaciendo a mi bruja.


Stella, oh mi Stella... ¡Cuánto extraño esos juegos!  

martes, 22 de septiembre de 2015

Al fin libre

Stella es de esos fantasmas que terminaron viniendo hacia mí, para presentarse como una niña adorable. Reconozco que tomé aprecio a los Mayfair, del mismo modo que entraba en pánico cuando uno se aproximaba a mí.

Lestat de Lioncourt


Las calles parecían menos terribles en mi época, como con otro encanto y un dulce desafío. Recuerdo el sonido de mis tacones por las avenidas, el olor de los jazmines y el dondiego llenando mis pulmones, así como el agradable frescor de las noches de verano. La ciudad tenía otro encanto. Las luces no eran tan llamativas y podían verse las estrellas. Todavía había misterio en el mundo.

Al llegar al viejo barrio francés iba cargada de intrigas, preguntas y necesidades. Compraba los útiles necesarios a las mujeres libres, las cuales habían nacido de padres que apenas sabían que era la libertad. La esclavitud se abolió, pero no la condena racial que aún los trataba como escoria. Para mí no lo eran. Mi familia siempre trató con educación y respeto a los esclavos que poseíamos, llegada la liberación de éstos fueron contratados con igualdad de condiciones que un ciudadano blanco. Ellas para mí eran inteligentes, inquietantes a veces, pero llenas de conocimiento que yo deseaba absorber. Sabía que algunas tenían lazos de sangre con los nuestros, pues mi tío Julien había decidido jugar demasiado a levantar las faldas, enamorar y engatusar a cualquier mujer que tuviese una chispa de belleza.

Allí, en los barrios más bajos, me encontraba como en mi propia casa. Solía bailar hasta altas horas de la noche, pero también tenía mis consejos. El vudú era importante para mí. Quería ayudar a Lasher a conseguir su objetivo, pues de ese modo sería liberada de su yugo y podría ir donde me placiera. Deseaba recorrer el mundo sin tenerlo a él a mi lado, susurrando sus perversas lisonjas y sus inquietantes versos. No quería escucharlo más. Deseaba conseguir un cuerpo para él, hacerlo material, y lograr así la liberación de mi alma. Si bien, no sirvió para nada.

Por mucho que lo intentara jamás logré que él consiguiera su maldito cuerpo. Ahora, tras más de un siglo, me siento cómodamente sobre las ramas de éste vetusto y antiguo roble. Observo la tierra cubierta de césped, flores y lágrimas. Ahí abajo, bajo una pequeña capa de tierra, yace su cuerpo junto al de la mujer que logró engendrar con su propia madre. Mi querida Rowan, mi bisnieta, sufrió lo indecible y casi muere tan joven como todas nosotras. Sin embargo, me divierte saber que él ha terminado condenado a un agujero y las brujas siguen celebrando sus fiestas cerca de la piscina, mi piscina, olvidándose del dolor y del yugo de un infeliz.


jueves, 17 de septiembre de 2015

Yo soy Julien

El libro se destruyó, pero algunos documentos no se consumieron del todo. Stella los guardó y Michael los ha encontrado.

Lestat de Lioncourt


Cada arruga de mi cara tiene un significado, aunque son pocas y bien disimuladas. Al mirarme al espejo me pregunto si realmente se nota el paso de los años. Mi cabello ya está cano, y por lo tanto nadie podría averiguar el color oscuro que una vez poseyó. Esos ojos, tan intensos, siguen siendo vivaces y buscando nuevas lecturas para entretenerme. Puedo recordar cada uno de los libros que he leído, frases sueltas que me han llegado a lo profundo de mi corazón y que me hace sentir que realmente tengo alma. Un alma condenada, pero dentro de mi cuerpo dándole vida. ¡Y qué vida! Creo que he vivido la vida de diez hombres, aunque en realidad sólo he jugado con dos barajas.

Sentado aquí, frente a mis numerosos documentos, medito ante el humo de mi cacao caliente y el de mi pipa. Dejo que la música flote y convierta a mi enemigo en un niño divertido. A mis espaldas están los libros que he atesorado, como hombre refinado y de letras, junto a un ser que pocos pueden ver con exactitud. Es un hombre joven, apuesto, de bello en el rostro y ojos azules que parece haber surgido de la nada. ¡Ja!

Llevo años averiguando todo sobre la familia y el misterio de éste ser, el cual parece enloquecerse por cualquier tipo de música. Aún recuerdo la horripilante charanga que llevaba siempre mi abuela, la cual necesitaba para descansar de sus estúpidos comentarios y necesidades. Ella fue la que descubrió para mí ese hermoso secreto, el cual he cedido a mi hermosa Stella y a todas las brujas que han sido concedidas con el don de escucharlo. Mi hermana era una negada. Ella nunca pudo escuchar al Hombre, lo cual le frustraba cada día más a éste estúpido que muchos admiran. Diplomáticamente hablando él me ha salvado la vida, ha hecho que sea cómoda y placentera. Si bien, hubiese preferido vivir en la inmundicia a verme doblegado a sus deseos y ruines intenciones.

Me roba el cuerpo. Camina por ahí con mi aspecto y seduce a las mujeres más hermosas de la ciudad. Desconozco cuánta descendencia puedo tener. He perdido la cuenta a las mañanas terribles en las cuales despierto con una desconocida, oliendo a alcohol y sexo. Mi gran amor, Richard, está a salvo de todo mal y pecado. Si bien, desconozco a ciencia cierta si él también juega con su mente.

Ésta es mi historia. Aquí comienza mi testimonio. Soy Julien Mayfair. Soy el líder en las sombras. Yo soy quien debería llevar esa funesta esmeralda, pero no soy una mujer. No poseo los atributos sexuales de una bruja, pero sí el poder de muchas de ellas. Lasher no es un demonio. Lasher es un fantasma. Él está vinculado a San Ashlar, el cual...




miércoles, 6 de mayo de 2015

Esperanza

Michael Curry es uno de esos hombres que tienen un sueño, una pequeña ilusión, y ahora parece que está a punto de lograrlo. Si logra ser feliz junto a Rowan yo lo estaré, pues amé muchísimo a ambos.

Lestat de Lioncourt


Junto a mis viejos proyectos he encontrado una vieja lista con nombres emborronados. Cuando la escribí me encontraba en el mejor momento de mi vida. No desprecio la vida que he llevado, ni los años que poseo y ni mucho menos las experiencias que he vivido, sin embargo en aquellos días era absolutamente feliz. Como si fuese un niño pequeño soñando alcanzar una estrella pensé que esa felicidad, esa vida perfecta, duraría por siempre y tendría un final similar a las viejas comedias románticas del cine en blanco y negro. Pero no. Mi vida se emborronó como la lista.

Creé aquella nota cuando supe que iba a ser padre por segunda vez. La primera vez me arrebataron el placer de tener a mi hijo en brazos, observándolo con cariño y respeto, mientras notaba un profundo calor en mi pequeño me rugía con euforia. Mi primera relación formal se truncó en una camilla tras practicar un aborto. Esa segunda vez era querido por ambos. Ella deseaba darme la felicidad que me arrebataron y algo en su interior, en la profundidad de su cálido pecho, bombeaba el deseo de ser madre. Toda mujer tiene momentos de debilidad frente a un pequeño, aunque hay quienes se resisten y desean vivir una vida lejos de la maternidad, centrándose en otros proyectos y un ritmo de vida distinto.

No sabíamos cual sería su sexo. Pero el nombre de Chris se repetía en más de una ocasión. Decidimos que el pequeño se llamaría así. Sería de nuevo bautizado con el nombre que yo le hubiese puesto a mi primer hijo. Al fin tendría la oportunidad de abrazar ese pequeño cuerpo, contar sus dedos y alzarlo con un orgullo propio de cualquier hombre.

De inmediato acabé llorando. Mis ojos se llenaron repentinamente de lágrimas y una terrible congoja se agarró a mi garganta. No pude pronunciar palabra alguna. Mi corazón bombeaba más rápido de lo normal y sentí un ligero mareo. La tensión se volvía desproporcionada. Las imágenes de toda una vida venían a mis ojos azules, pasándose frente a mí como la proyección de una vieja película, y cuando regresé a mí mismo ella estaba allí. Rowan había venido a buscarme, como si fuese un ángel, reanimando y calmando mi acelerado corazón. Besó mis mejillas, vio la lista y decidió hacerla trizas.

—No deberías remover el pasado, Mich—dijo frunciendo el ceño.

Yo tan sólo agaché la cabeza dejando correr la última lágrima. Ella buscó mis brazos aferrándose a mí, buscando instintivamente calmar mi nerviosismo para evitar un ataque al corazón. No sé como lo hizo. A veces lograba aparecer cuando más la necesitaba. Siempre me salvaba. Tuve suerte que estuviese descansando ese día de sus obligaciones cotidianas.

—Han llamado de la clínica—comentó. Pensé de inmediato que debería marcharse y yo tendría que quedarme solo con los fantasmas de la casa, como si fuese parte de ellos—. La fecundación ha sido un éxito—dijo mirándome a los ojos. Esos ojos suyos grises, tan profundos y hermosos, me parecieron terriblemente amorosos—. Hay un niño en un vientre que tiene nuestros genes...—susurró secando de nuevo mis lágrimas—. No vivas más en el dolor. No merece la pena ver el pasado.

—Yo no lo hice. Apareció de golpe—dije.

Noté entonces alguien más con nosotros. Alguien que me pareció ver durante unos segundos. Creí ver a la pequeña imagen de Stella, como cuando era una niña traviesa, correr hacia una de las estanterías. Entonces lo supe. Aquello era una llamada de atención.


—Creo que alguien quiso decirme que debemos hacer una nueva—susurré estrechándola contra mí.  

miércoles, 11 de febrero de 2015

Enloquéceme.

Stella y Cortland... esa noche sucedió algo que pocos sabían: el inicio de la vida de Antha.
Los Mayfair tienen un hueco en mi corazón y por lo tanto aquí. Disfruten.

Lestat de Lioncourt

«Jamás digas nunca. No sabes cual de todos los pecados existentes será el que más te guste. Quizás sea la mentira, es posible que la lujuria o la pereza. Nunca digas que jamás serás uno de esos pecadores que luego se golpean el pecho en la iglesia. No seas idiota. Jamás podrás negarte la pequeña punzada de placer cuando cometes un delito, una inmoralidad o algo impropio de ti.»

Estaba allí ante mí sin un atisbo de timidez. Desconocía por completo el motivo por el cual la había seguido. Estaba como aturdido. Buscaba su sonrisa pícara y sus ojos intensos. Tenía un cuerpo delicado, curvilíneo y de senos turgentes. Parecía una de esas modelos que solían salir en las revistas de moda, o alguna de las afamadas actrices. Poseía ese pelo negro, corto y espeso, que rozaba sus mejillas por lo corto y rebelde. Juro que jamás he visto a una mujer tan apasionada y segura de sí misma. Era la mezcla perfecta entre un hombre y una mujer.

—¿Qué haces aquí?—me dijo.

Creo que se burlaba descaradamente de mí. Ella sabía que hacía allí y que estaba dispuesto. Todos sabían que hacía un hombre en el cuarto de una mujer a esas horas de la noche. Conocía sus juegos más turbios, esos juegos lésbicos que tenía con Evelyn e incestuosos con Lionel, así que no era inocente. También sabía que era hija y nieta de mi difunto padre, lo cual no asombraría a nadie que lo conociera. Tenía su forma de mirar. Esa mirada profunda que conquistaba a cualquiera. Estaba hipnotizado con sus hermosos ojos azules.

—Stella...—dije a punto de echarme a gritar, pues ella se echó a reír como una niña.

Era joven, distraída y quería huir lejos de la obediencia fiel de su hermana Carlotta. La severidad de los rasgos de su hermana eran los de un perro furioso. Pero ella, la alocada Stella, tenía unos rasgos aniñados y llenos de vida. Quería besar sus labios y, a su vez, gritar que era culpable de mis delirios. Estaba a punto de ser infiel a la mujer que amaba, y, pese a todo, no me importaba.

—Cálmate—susurró quitándose los pendientes, para dejarlos sobre su tocador.

El reflejo de ambos en aquel espejo ovalado era terrible. Ella prácticamente estaba desnuda. Bajo aquella corta bata no sabía nada más que un sujetador y unas pequeñas braguitas de encaje. Mi aspecto era el de un hombre ebrio, casi delirante, que tenía que sujetarse a un mueble cercano para no caer de bruces. Me sequé apresuradamente el sudor y pedí, o más rogué, a Dios que me ayudase a salir de aquella casa.

—Stella... —susurré acercándome a ella, mientras guardaba el pañuelo en mi bolsillo—. ¿Qué me has hecho? Dime, bruja—mascullé colocando mis manos en sus senos.

—¿Yo?—preguntó, lanzándome una de sus carismáticas sonrisas.

—Tú—dije, hundiendo mi rostro en el lado derecho de su cuello—. Tú, mi bruja. Tú.

—¿Tuya? Aún no me has hecho tuya, Cortland—apartó mis manos de imprevisto, logrando que me tambaleara, para luego tomar una pequeña toalla para limpiar el maquillaje de sus mejillas. Tenía un rubor muy natural, pues su piel era lechosa y muy atractiva. Parecía una muñeca de porcelana. Sí, una delicada muñeca que yo deseaba romper en aquella cama—. ¿Acaso crees que puedo ser tuya? Soy demasiado mujer para ti. Lárgate a casa, con esa estúpida que te calienta el almuerzo pero no la bragueta, y llora en la cama junto a su frígido cuerpo.

—¡Stella!—grité indignado precipitándome sobre ella.

De inmediato ella se incorporó, pero yo ya la había atrapado entre mis brazos. Se revolvía como un pez fuera del agua tratando de respirar. Parecía un ratón que quería liberarse de una serpiente. Sí, eso parecía. Sin embargo, se giró y me miró fiera, decidida y deseosa. Sus pezones, bajo el sujetador, se habían endurecido y su cuerpo parecía estremecerse. Durante casi un minuto nos mantuvimos de ese modo, mirándonos con lujuria. Su corazón, en ese momento, era de Evy. El mío, supuestamente, de mi mujer. Pero allí estábamos deseando tenernos el uno al otro.

Ella fue quien me besó rompiendo el silencio y la pasividad de mis acciones. Sus labios eran suaves, carnosos y cálidos. Mi lengua se introdujo en su boca y ella intentó lidiar con aquella daga de carne húmeda. Su aliento y el mío se mezclaban, mientras sus manos me agarraban de la solapa de la chaqueta oscura que llevaba. Rápidamente noté como ella me desnudaba y como yo arrancaba cada pedazo de tela que aún vestía.

Su mano derecha, sin sutileza alguna, se colocó en mi bragueta y apretó mi miembro. Sus dedos masajeaban lentamente cada milímetro. Aún tenía los pantalones subidos, la cremallera también y el botón echado. Sí, aún había varias barreras que romper. Sin embargo, algo se despertó en mí. Ese algo era la bestia que encerraba.

Había deseado hacerle el amor desde que éramos niños. Ella siempre me pareció salvaje, demasiado adelantada a su época y hermosa. Vestía trajes inocentes, miraba con dulzura, pero sabía que su despertar sexual fue temprano. Cuando éramos unos niños nos besamos bajo uno de los grandes árboles del jardín. Éramos unos niños, aunque yo era algo mayor que ella. Un adolescente y una niña jugando a juegos que estaban prohibidos en un mundo “inocente”. La deseaba. Siempre la deseé. Aún lo hacía. En ese momento sólo pensé en las horas y días que había pensado en tenerla para mí, arrancándole la ropa y penetrándola sin miramientos.

Me tomó del rostro mientras nos besábamos. Creo que lo hizo porque mis rasgos la atraían. Era rasgos muy similares a Julien, nuestro padre, y ella lo adoraba. Sin embargo, era mi nombre el que murmuraba mientras la ropa terminaba de salir.

Mis pantalones cayeron al suelo, la hebilla hizo un sonido seco y metálico contra las baldosas, y ella de inmediato deslizó mi ropa interior. La miré entregado por el deseo, con una pequeña erección y mis manos sobre su rostro. Ella se arrodilló frente a mí, me giró dejándome de lado frente al espejo, y lamió mi glande. Aún no se había retirado del todo el fino pellejo de mi sexo. Todavía no estaba del todo despierto. Sus labios presionaron mi miembro, ocultando sus dientes, dejando que su lengua humedeciera lentamente cada trozo. Cerré los ojos unos instantes, pero al volver a abrirlos miré nuestro reflejo. Sus pechos, de pezones gruesos pezones cafés, estaban duros y sus manos se hallaban en mis caderas. Tenía mi miembro casi atrapado entre sus fauces y mi erección cada vez era mayor. Comencé a mover mis caderas y, en ese momento, la tomé de la parte frontal del cuello y la nuca mientras movía mi pelvis desenfrenado. Sus ojos, enormes y azules, me contemplaban con un ardiente deseo que se comprobaba en el ligero sudor indecente que recorría su frente.

En cierto momento, cuando empezaba a perder el dominio de mí mismo, me quedé dentro de ella gimiendo. Comprobé entonces que sus manos se habían bajado hasta sus pechos, para masajearlos y pellizcarlos, mientras mi vista iba a la pequeña mata de vello negro, rizado y espeso que tenía su sexo.

La aparté, arrojándola al suelo, para abrir sus piernas y contemplar su sexo. Su clítoris parecía llamarme, pues quería que lo lamiera, chupara y mordisqueara hasta hacerla gritar. No tardé demasiado en realizarle un oral. Abrí bien sus labios con mis dedos, introduje mi lengua y dejé que comenzara a moverse ligeramente sobre cada milímetro de su vagina. Hundí un dedo en ella, para escuchar sus gemidos. Sus caderas se movían incitándome, sus manos buscaron mi cabeza para tirar de mis cabellos y sus piernas temblaban del mismo modo que sus pechos. Tenía la respiración agitada, como la mía, pero ella se veía más atractiva con aquella boca cargada de erotismo.

—Cortland... Cortland... —recitaba entre gemidos y jadeos.

De inmediato me incorporé, con aquella erección entre mis piernas. Ella me miró temblorosa, pero sabía lo que deseaba. Se movió torpe, casi arrastrándose por el suelo hasta el borde del tocador, para ponerse de pie mirando al espejo. Sus piernas se abrieron con dificultad. Tenía la espalda arqueada, perlada de sudor, y los pechos me pedían ser mordidos. Al colocarme tras ella hice que sintiera mi sexo cerca de su entrada. Rozaba sintiendo el calor de su vagina, pero no la penetré. No iba a ser tan sencillo. Giré ligeramente su cuerpo de cintura para arriba, mordí sus pezones y la miré a los ojos.

La penetré. Entré en ella estallando en un gruñido parecido al de una bestia. Un poderoso resoplido cerca de su oreja derecha la enloqueció. Mis manos se colocaron en sus caderas y ella se apoyó en el tocador. Muchos de los perfumes cayeron al suelo, rompiéndose en mil pedazos y derramando su caro contenido. Ella gritaba mi nombre y yo aullaba el suyo. Cada penetración nos hacía estar más cerca del orgasmo. Veía su mirada reflejada en el espejo, igual que ella veía la mía. Su mano derecha fue a mi nuca, para tirar de mi pelo, mientras ella casi lloraba del placer. Entonces, sin esperármelo, me apartó y me miró con furia.

—Quiero que cuando se lo hagas a tu mujer pienses en mí. Deseo que no puedas olvidarme. Tú serás mío hasta el día de tu muerte—dijo subiéndose al mueble, abriendo sus piernas y atrayéndome con sus brazos.

Tiró de mí pegándome a ella, para que la penetrara, mientras mis dientes se movían por su cuello. Mordisqueaba cada trozo, haciéndola sentir mía, notando como me contenía entre sus cálidos muslos de bruja. Besé su boca una vez más. Rezaba por mi alma, pues estaba cayendo en el pecado, y ella casi reía porque era prácticamente un juego.

Cuando estallé derramándome dentro de ella, tan dentro como pude, ella me arañó la espalda dejando profundos surcos bajo mis omóplatos. Me miró sin aliento, intentando recobrar el sentido, mientras yo quería golpearme a mí mismo por mis debilidades.

Al retirarme mis fluidos, al igual que los suyos, comenzaron a salir. Ella no dudó en recogerlos con su mano derecha, hundiendo sus dedos en su vagina, para llevárselos a la boca y lamerlos como si fuera mermelada, o cualquier crema de un dulce. Se bajó, arrodillándose de nuevo, para limpiar mi miembro y, de paso, endurecerlo otra vez.

No recuerdo bien si fue ella, o fui yo, quien decidió ir a la cama. Allí, recostados, la hice mía de nuevo agarrándola del rostro, permitiendo que se abriera de piernas de una forma casi imposible, y penetrándola sin importarme nada. El cabezal rebotaba contra la pared y el papel pintado se dañaba. Los muelles parecían salirse. El colchón se destrozaba. Besaba, lamía y mordía. Me dejaba llevar. Cada movimiento era más rudo. Cuando llegó al orgasmo final lo hice de nuevo, la llené.


Al día siguiente estaba en su cama, con la ropa devuelta, pero ella no estaba. Quien estaba era Carl, su hermana, mirándome desde la puerta. Estaba seguro que quería arrojarme todo el mobiliario a la cabeza, pero sólo me lanzó la ropa y me mostró la salida. Cuando bajaba las escaleras creo que escuché como me maldecía, o quizás maldecía a Stella. Pocos meses después supe que estaba embarazada. El bebé podía ser mío o de Lionel, pero cuando vi a la pequeña Antha supe que era nuestra. Eso era lo que ella quería: un bebé. Sólo quería eso de mí. Me sentí tan usado, tan miserable, tan dolido y a la vez tan orgulloso porque esa pequeña, esa niña, sería la elegida para seguir con el legado.

martes, 30 de diciembre de 2014

La niña de Julien

Stella es especial. Ya lo he dicho mil veces. Ella es única. 

Lestat de Lioncourt


Si tuviera que elegir un momento de mi vida sería posiblemente en mitad de una fiesta, un lugar donde correría champán y la música llenaría cada rincón de la mansión. El jardín se encontraría repletos de rostros conocidos. Los más jóvenes bailarían desenfrenados por todo el salón. En la biblioteca habría algunos besos indecentes, caricias y miradas impropias de nuestra posición. Sabría como embaucar a los agentes de la ley y el orden para que no hiciesen caso al ruido. Los vecinos serían invitados para que no clamara al cielo. El chocolate se repartiría del mismo modo que los canapés más serios. Sin duda, sería una gran fiesta.

Ser madre no me cambió. Nunca fui demasiada apegada a ese sentimiento, aunque quería a mi hija. Ella me recordaba un poco a mí. Antha era adorable. Su padre estaba tan ocupado con los asuntos de la familia y su mujer que era imposible tenerlo presente. Y no me importaba. A quien más amaba era a mi adorable Evelyn. Ella había sido madre, tenía los mismos problemas por los que yo pasaba, y odiaba tanto a mi hermana como yo. Recuerdo que una vez nos escapamos a Europa con mi hermano Lionel y las niñas. Fue algo fabuloso.

Creo que jamás me sentí tan desdichada como el día que murió mi tío. Julien estaba recostado sobre el marco de la ventana, con su pijama de franela y sus brazos colgando hacia el jardín. Su funeral fue multitudinario. Sin embargo, siempre pensé que no cruzó del todo la línea. Cuando yo terminé contra el suelo, con ese agujero de bala en mi cráneo, supe que era cierto. Nos encontramos como se reencuentran las familias el día de Navidad.

¡Lloré! Sabía que estaba muerta, pero lloré de felicidad. La única preocupación era la educación de Antha en manos de mi hermana. Pronto se reuniría conmigo. Tan joven, tan hermosa, y muerta por culpa de esa vieja bruja. Deirdre estaba en la cuna cuando a la alargada sombra de Lasher sonreía. Tanto Julien como yo pudimos verlo. Jamás nos fuimos de la casa. Comprendíamos que era nuestro lugar. Siempre alerta, siempre intentando proteger sin remedio.

Acepto que me gusta aparecer con la imagen de una niña. Quizás porque mi niñez fue el único momento feliz. Un tiempo especial donde la inocencia se mezclaba con la picaresca. Días de pasteles, paseos por la ciudad y bonitos vestidos. Horas a su lado, tomando su mano, y mirándolo a esos enormes ojos azules. ¿Quién no ama a Julien? Todos amamos a Julien. Siempre amaré a mi padre, mi abuelo y mi tío. Él era el verdadero patriarca. Él ha sido el único. Creo que es por eso. Quiero seguir siendo la niñita de Julien.



viernes, 14 de noviembre de 2014

Seré la causa de tu locura

Lasher ha vuelto... maldito fantasma Taltos. 

Lestat de Lioncourt 


Escucha en el silencio mis pasos. Estoy caminando de nuevo. Vas a notar mis dedos fríos recorriendo tu largo cuello. Quiero atraparte para hundirte en la maldad ofreciéndote la bondad más terrible. La verdad se pudre en mis labios mientras tú te coronas rey de un paraíso peculiar. Soy el demonio que habita tu casa, que congela el tiempo en las noches, y que provoca que crujan los muebles cuando estás solo en medio de tus pesadillas.

Los tambores están alzándose y las salves están a punto de hechizar tus oídos. Pronto ambos bailaremos rápidamente hasta marearnos. Deja que mis manos tomen tus caderas y lleven el ritmo. Mira mis grandes pies, se están movimiento por encima de la alfombra donde se encuentra la muerte. La sangre que hay en las paredes son parte del juego, la muerte que se encuentra en las baldosas del jardín lo es también. Aquí reina la oscuridad y mis caprichos.

Seremos uno. Nos conoceremos. Viviremos en medio de la exquisita locura.

Sólo deseo saborear tu piel y devorar tus sueños. Consumiré tu energía y tu alma. Dejaré que te arrastres por un valle de desesperación. Morirás con los bolsillos llenos, pero con el corazón destrozado. Sin embargo, creerás que eres feliz. Yo te haré creer que lo eres. Pero nunca lo serás. Jamás serás libre. Te convertirás en un ave encerrado entre las altas paredes de la mansión.


La lluvia caerá. Lloraré por ti. Tú nunca lo harás por mí. Acompañaré tu ataúd. El dolor quedará suspendido en el aire. Nunca te olvidaré, pero yo no te haré feliz. Tendrás una hermosa jaula.

viernes, 26 de septiembre de 2014

Stella, mi pequeña Stella.

Julien Mayfair se pone blandito cuando habla de Stella. Es que de tal palo tal astilla. No olvidemos de quien es nieta/hija... Julien, que pillo eres. Hay que aceptar que este brujo fabricaba mujeres hermosas. Bueno, acepto que además de ser un bastardo (y mucho) tenía un buen físico. Ahora, amputen mis manos como sucedió con Nico. 

Lestat de Lioncourt


Aún creo escuchar tu encantadora voz en el jardín. Puedo imaginar que estás ahí, con los pies descalzos, mientras intentas cazar mariposas únicamente para verlas de cerca. Tenías el cabello negro, ondulado, espeso y caía sobre tus hombros. Eras una niña preciosa. Te consentía en todo e intenté protegerte de cualquier pequeño retazo de oscuridad, pero fue en vano. Todo lo que yo esperaba de la vida, aquello que deseaba con fuerza, quedó desterrado y como si fuera una maldición, tan terrible como efectiva, quedaste atrapada entre los largos dedos de la mayor bestia que podías imaginar.

La oscuridad de las suaves sobras del jardín se hicieron intensas, el paraíso se convirtió en infierno, y un día cualquiera, en tu infancia, yo me desvanecí. Las flores dejaron un aroma distinto en tus cabellos y las calles quedaron empapadas. Mi espíritu quedó atrapado, se asomaba a la ventana y podía verte crecer entre el dondiego y los jazmines. La tenue luz de la adolescencia hizo estragos en ti, del mismo modo que tus poderes. Rogué que fueras libre, pero caíste presa de un don peligroso. La esmeralda comenzó a lucir en tus pronunciados escotes, tu largo cabello quedó tirado en el suelo de alguna peluquería y tu sonrisa empezó a ser distinta.

Hija mía, eras mi corazón. Hiciste que este monstruo se ablandara de tal forma que quedé irreconocible. Mis manos arrugadas, tan viejas como mis ojos, te contemplaron de forma tierna y pura. Jamás pensé que pudiera amar tanto a alguien. Te amé desde el día de tu nacimiento, cuando te dejaron envuelta en mis brazos. Mi último fruto. Mi última hija. Una bruja más para la cuenta final. Un enigma.

Tal vez debí decirte cuánto te quería en aquellos momentos, pero hay amores que no necesitan ser dichos para ser conocidos. Creo que siempre supiste la verdad, que el ser que te abrazaba no era más que un hombre al que no podías llamar padre. No importa. Fui padre de muchos, pero pocos tuvieron siquiera el honor de ser apreciados por mí. Quise que conocieras la verdad de esta ciudad, tan llena de misterios y pecado, para que nada te sorprendiera. Intenté ser el mejor ejemplo. Deseé mi fuerza y entereza para ti. 

Siempre te amaré mi pequeña Stella.



jueves, 10 de julio de 2014

Bella época

El siguiente fragmento es parte de la vida de Julien y Stella junto a Lasher, espero que les agrade. Julien se ha esmerado por mostrar su lado menos cruel.

Lestat de Lioncourt 



—¿Qué es lo que ves cuando me miras?—preguntó, tras un largo silencio.

Había entrado de puntillas en aquella habitación. La excelsa colección de libros que poseía Oncle Julien era sin duda alguna su mayor divertimento. La música suave del victrola, tan elegante como sutil, un buen libro a media noche y el encantador aroma del chocolate caliente. Era una niña traviesa y muy despierta. Lasher la perseguía a veces, pues comenzaba a ser necesario para él el vínculo con la nueva bruja.

—Veo, veo... —susurró alzando los ojos de su libro, dirigiendo sus manos hacia aquel juvenil y pizpireto rostro—. Veo a una preciosa mujer que vivirá muchos años. Serás tan hermosa que todos desearán tenerte a su lado—comentó echándose a reír—. Serás una rompecorazones. ¿Romperás también el mío?

—Nunca Oncle Julien—respondió riendo y arrugando su nariz. Stella era tan expresiva y hermosa que era el ojito derecho de aquel hombre tan temido, tan de negocios y también tan viejo.

Aquel cabello negro, espeso y cargado de rizos siempre estaba alborotado. Tenía una mirada muy sabia y profunda para sus siete años. Lionel era más calmado, menos atento, y siempre apegado a su hermana como si fuese un complemento de sus hermosos trajes de encaje y algodón. Stella no sabía siquiera, y tampoco lo sospechaba, que su tío Julien no era ni más ni menos que su padre y a su vez su abuelo.

—¿Quieres un poco de mi chocolate?—preguntó subiéndola a sus rodillas.

—Sí—respondió afirmando incluso con la cabeza—. ¿Qué haces?

—Mis memorias, mi legado—respondió ofreciéndole la taza, para luego pasar sus manos por su cintura y abrazarla.

Stella era el orgullo de Julien. Sin duda alguna se sentiría feliz de verla crecer, pero no sabía cuánto tiempo podía quedarle. El verano había llegado rápido, los años cada vez eran más cortos y su edad más larga. Siempre había odiado a la gente vieja, pues para él eran personas que ya no tenían fuerzas siquiera para vivir. Odiaba verse viejo. La juventud de Lionel o Stella le hacían sentirse joven. Richard no paraba de comentarle lo atractivo que se veía, aunque cuando miraba su reflejo se sentía un anciano.

—Hazme un juramento, Stella—dijo apoyando su barbilla en su hombro—. Júrame que siempre me vas a querer y siempre, siempre, harás caso a lo que yo te diga.

—Sí—respondió con los labios manchados de chocolate.

—Que risa—escuchó decir tras él.

—Lasher, es un momento familiar—murmuró con molestia—. ¿Por qué no te vas?

—Yo soy de la familia, pronto seré de carne y hueso. Pronto comeré y beberé como tú, Julien. Seré uno más de la familia—dijo bailoteando por la habitación, aunque ya no había música—. Seré un hombre de verdad.

—¿Cómo Pinocho?—preguntó divertida.

—Sí, pero aún más idiota—susurró Julien a su oído.


Si lo hubiese sabido Julien. Si hubiese sabido que pocos años después estaría enterrado y que Stella moriría joven, de forma trágica y terrible, posiblemente esa noche se hubiese echado a llorar. Sí, sin duda alguna hubiese llorado amargamente.  

jueves, 22 de mayo de 2014

Nuestra última vez

Bonjour aquí les dejo un hermoso relato, por así decirlo, de una de las memorias más extrañas e intensas que tenemos de Julien.


Lestat de Lioncourt 

Nuestra última vez

La cama era el único lugar que podía jurar que mi cuerpo conocía a la perfección. Desde hacía semanas me había recluido en mi habitación, olvidándome de intentar salir debido a los problemas que se habían ido presentando. Mi salud no era buena, y los escasos días que me quedaban eran para mí atesorados aunque eran francamente amargos. El amor jamás estuvo de mi parte, pero para un hombre como yo era algo secundario. Había encontrado la felicidad, aunque sólo en algunos momentos brillantes de mi vida, con engrandecer aún más el apellido que yo mismo había salvado en más de una ocasión. Mis descendientes llorarían mi pérdida, pero yo había hecho mis trucos para regresar tras ser enterrado. Esperaba haberlo hecho bien, pues no deseaba haber perdido mi tiempo en trucos de feriante.

—Lasher—lo llamé al verlo entre las sombras.

Todos envejecíamos y moríamos, nuestro poder quedaba consumido y nos perdíamos en la memoria familiar. Los hombres de la familia no eran más que monigotes mal pintados, muñecos en las manos de las brujas, pero yo era distinto. Podía ver a Lasher y Lasher me obedecía, aunque a veces dudaba si no era yo quien hacía todo lo que él quería. Controlarlo era una tarea dura y difícil.

—Lasher, deja que te vea bien—dije incorporándome en la cama.

Los almohadones quedaron pegados a mi espalda, me encontraba sudoroso y aquejado de algunos dolores. Sin duda no descansaba por mucho que lo deseara. Había tenido visitas durante todo el día, mi hermosa Evelyn había recitado para mí una y otra vez aquel poema, y también decidí leer. No podía creer que hubiesen quemado mis memorias, esa maldita había cometido un terrible error. Eran mis memorias, mis documentos importantes, algo que Stella y el resto de brujas debía saber. No sólo eran mis recuerdos, sino el recuerdo de toda la familia. Aquello me enfermó, creo que por la preocupación y tristeza.

—Julien—su voz sonó tan joven, fresca y masculina como siempre. Era siniestro pensar que aquel ser había estado apegado a cada bruja y yo era su gran trofeo. Sí, era un trofeo que estaba quedándose en el olvido.

No puedo negar que he amado a Lasher tanto como lo he detestado. Siempre estaba ahí para bien o para mal, pero sobre todo estaba para servir a la familia en todos sus intereses. Las finanzas habían mejorado, él traía secretos y tesoros para acumularlos como hacen las urracas en sus nidos. Mayfair and Mayfair, la esmeralda y la casa donde nos encontrábamos era sin duda alguna obra y milagro de ese maldito ser que se aproximaba. Parecía compungido, aterrorizado y algo molesto.

—Te mueres—me dijo como lo haría un niño—. Te mueres.

—Todos morimos—respondí—. Mi muerte será una tragedia para la familia, pero se repondrá—comenté dejando mis manos cruzadas sobre mis piernas.

—No, no quiero que te mueras. Julien eres hermoso. No quiero que te mueras—aquello no sabía si creerlo o no, pero decidí aceptar el hecho que a él le entristecía perderme del mismo modo que a mí me torturaba ser viejo.

Siempre había amado tomar mi aspecto, como si fuera un juego, y mi propio cuerpo. Lasher amaba ver el mundo desde mi privilegiada posición, seducir a mujeres y hombres por igual, saborear el alcohol más caro al más barato, acercarse al barrio Francés y bailar con las putas o simplemente montar en mi caballo. Él era la seducción de la maldad, una criatura que aún desconocía a ciencia cierta de dónde provenía. Sí, venía de aquel valle y había visto su imagen en la vidriera de aquellas ruinas. Sin embargo, ¿cuál era su historia? Eso lo desconocía.

—Lasher, siéntate aquí conmigo—dije, sonriendo al fin.

El momento era el idóneo y debía aceptar que él me necesitaba tanto como yo necesitaba distraerlo. Evelyn iba a concebir un hijo mío, lo había notado nada más marcharse en la tarde. La noche parecía cubrirse de malos augurios, pero aún me quedaban algunos días. Aprendí que cuando uno está a punto de morir sabe cuánto tiempo le queda, si puede esperar o no.

Lasher se aproximó tomando asiento a mi lado, sus largos dedos acariciaron mis mejillas y las escasas arrugas que tenía. Jamás envejecí demasiado físicamente, aunque alcanzaba casi los noventa años. Mi cuerpo, mucho más pobre en belleza que a mis veinte e incluso cincuenta años, se estremeció por el extraño contacto. Era un ente, pero se sentía tan real como cualquier otro amante. Richard me compartía con él, aunque mi elegante anticuario era mi último gran amor. Evelyn, la amaba era cierto pero no era igual que Richard, y mi mujer eran otros milagros que me había dado la vida junto a mis hijos. Sabía que sin mí los Mayfair quedarían desatendidos en muchos aspectos y eso me torturaba. Quería olvidar y Lasher era la única opción. Sus largos dedos sabían donde tocar y sus labios pronto rozaron los míos.

Las mantas bajaron, mi pijama quedó desabrochado y mis cabellos notaron sus dedos jugueteando por cada mechón de mi pelo blanco. Mis ojos azules buscaron los suyos, eran tan pardos como profundos y en aquella oscuridad se hacían más intensos. Rápidamente noté el peso de su cuerpo translúcido sobre el mío y sus dientes rozar mis pezones. Los almohadones cayeron a ambos lados de la cama, como si fueran pesos muertos, y mi cuerpo quedó recostado retorciéndose con sus caricias.

Mi cuerpo quedó desnudo, pero estaba bajo las mantas. Podía ver como estas se movían y abultaban como si hubiese una segunda persona. El rostro de Lasher surgió buscando mis labios y yo lo besé rodeándolo. Podía sentirlo en todos los sentidos de la palabra y cuando me abrió las piernas, flexionándolas, supe que él deseaba hacerme vibrar nuevamente. Nuestra relación empezó cuando tan sólo tenía tres años y en esos momentos, en mis últimos días, seguíamos concediéndonos placer mutuo.

—Así, Lasher, así. Hazme sentir vivo, hazme el amor—dije notando el delicioso placer que me turbaba.

Mis gemidos no tardaron en suceder uno tras otro, mi cabello se pegaba a mi frente pues me empapaba en sudor y fuera los árboles se agitaban. Notaba mis piernas temblorosas y frágiles, pero él las rodeaba con sus fuertes brazos. Podía ver su cuerpo desnudo oscilando sobre mí, clamando mi nombre una y otra vez. Era hermoso sentir el deseo consumiéndome como si fuese el infierno, una gran pira funeraria o simplemente un día terrible de verano. Dentro de mí, aprisionado por mis glúteos, entraba y salía aquel miembro invisible para otros pero tan real, y placentero, como cualquier otro. Ni siquiera Richard sabía tocarme así, de ese modo tan indecente e íntimo, para hacerme gemir sin importar ser escuchado.

—Lasher...—jadeé antes de eyacular notando como él no paraba, sus labios se pegaban a mis caderas y subían por mis costados, dejaban sutiles roces en mis pezones y permanecían largo rato en mi cuello—. ¿Qué va a ser de ti?—dije a sabiendas que sería de él. Stella sería su nueva meta, aunque mi hija estuviese primero en sus planes. Stella era una niña privilegiada en todo el amplio sentido de la palabra, por sus dones y por el legado que caía en sus manos.

—Te amo Julien. Eres hermoso Julien—escuché decirme antes de evaporarse.


Quedé en la cama agitado, sudoroso y solo mirando por la ventana. Mis días en el mundo, tal y como los conocía, estaban llegando a su fin y pronto, en tan sólo unos días, se desataría una terrible tormenta porque Lasher lloraría por mí. Él lloraría por un hombre que fue egoísta a la hora de amar, sin comprender claramente que era el amor, y con una ambición terrible. Tal vez, él sería quien derramara las lágrimas más sinceras en First Street.  

lunes, 30 de septiembre de 2013

Je t'aime a mourir

La sinfonía ejercía su poderoso magnetismo y se alzaba rozando el encantador papel pintado. El vitrola tocaba el vals de Violeta y el fantasma de Julien Mayfair bailaba en aquella habitación. Ya no existía la pequeña biblioteca, la hermosa mesa de caoba de Michael ni ninguno de los muebles modernos. La cama de hierro volvía a estar próxima a la ventana y ésta estaba abierta dejando que la brisa nocturna penetrara en su interior. Las cortinas se movían de forma espectral como si el fantasma jugara con ellas.

Lestat subió precipitadamente los escalones de la vivienda Mayfair. La barandilla temblaba como si cientos de personas se encontraran en la sala divirtiéndose como en la época de Stella. Al borde de ésta se hallaba la figura menuda de cabellos negros y ojos firmes. Era la nieta e hija de Julien Mayfair. Junto a ella se hallaba Julien tomándola por los hombros con una sonrisa desafiante.

-Bonsoir mon fils- no había visto que moviera sus labios.

Sin embargo, el sonido de la puerta principal al cerrarse provocó que la casa volviera a su estado habitual. Los espíritus que estuvieron atormentándolo se esfumaron como el humo de un cigarrillo. Él tenía el rostro congestionado. Sus ojos violetas se clavaron en el pequeño pasillo hacia la entrada. Su figura atlética parecía menuda porque se hallaba algo encogido. Aquellas presencias siempre le perturbaban.

-Lestat

La voz de su esposa, la doctora Rowan Mayfair, le arrancó cualquier atisbo de miedo. Pues, más que miedo era inquietud y sobrecogimiento. Aquellas almas sin cuerpo por siempre atrapadas en New Orleans viviendo a ratos cerca de la luz y en otros momentos en medio de la pétrea oscuridad.

Llevaba un traje blanco impecable, pese a las gotitas de sudor que habían resbalado por su cutis de mármol, y lo lucía con sencilla elegancia. Sus pasos bajando los primeros peldaños fueron calmados mientras meditaba si confesar su visión. Rowan le miraba con sus ojos grises centelleantes desde el inicio de la escalera.

-Rowan- murmuró abriendo sus brazos para recogerla entre estos y cerrar los ojos aspirando su aroma- Je t'aime ma cherie. Je t'aime a mourir.


Ella sonrió acariciando sus cabellos dorados enredando sus largos y finos dedos en los mechones de su amado. Ambos sabían que su amor se había convertido en un revuelo en la familia, ya fueran los vivos o los muertos. Había dejado a Michael aunque seguía manteniendo una relación cordial y formal, sin embargo él sí era un Mayfair y Lestat no. Él era un intruso en los planes de la familia. Sin embargo, se amaban y no importaba las trabas.  

miércoles, 12 de junio de 2013

Stella Mayfair by David Talbot

Sus cabellos negros algo ondulados estaban cortados de una forma que su rostro encajaba con encanto. Sus ojos eran profundos océanos donde uno podía naufragar en su sensual, extravagante y divertida persona. Deseaba ser distinta a los demás familiares y desempolvar el apellido de viejas fiestas familiares. Ella vivió los alocados años veinte, conoció a Julien y lo quiso como todos lo quisieron, del mismo modo que siempre hubo alguna sospecha que éste podía ser su padre así como lo era Belle, su hermanastra.

Stella era una mujer vital con cierto deseo de destacar olvidando quizás al “Hombre” que se cernía sobre ella como una gárgola. Amó a Pierce, nadie dice que no lo hiciese, y al hombre con quien estuvo siendo su amante y del cual se desconoció siempre quién era realmente. Ella fue la hija que incluso el alcohólico juez McIntyre adoró, pese a que siempre recaía la sombra de sospecha de su paternidad. Carlotta, su hermana, siempre fue demasiado rígida, y en cierto modo, parecida a su madre pero sin su encanto. Lionel vivía a la sombra de Stella, de quien también hubo dudas sobre la paternidad de la única hija de la heredera de los Mayfair, y vivía por complacerla, por viajar con ella, hasta que una noche, dice que influido quizás por Carlotta, disparó contra su hermana en mitad de una fiesta donde ésta había bailado con el jovencísimo Pierce frente a su pequeña hija Antha, la cual también la vio morir de aquel certero disparo y poco después como fue pisoteada por los invitados a la despampanante y trágica fiesta.

Todos decían que era una bruja y que compraba velas negras para sus sesiones espiritistas, también que no le importaba los negocios que le fueron legados y que Mayfair Mayfair así como Carlotta intentaban manejar para que no se hundieran. Decidió tener una vida distinta a la que tuvo su madre, la cual vivió más para otros que para sí misma, y que Julien.

Tengo en mi poder algunas pinturas que la representan. Su sonrisa tan encantadora, atrayente y seductora provoca escalofríos porque parece que se funde en un cuerpo que aún vive y que pronto te va a lanzar un guiño. Murió muy joven, con tan sólo 28 años, aunque Julien le dijo que viviría muchos años. Una lástima porque ella dio la nota de color la historia familiar y que a veces es olvidada gracias a los tentáculos de su hermana Carlotta que hasta su muerte hizo lo indecible por parecer demasiado ocupada, severa y concentrada en hablar de enfermedades congénitas ante la visión de “El Hombre”.

Cuando murió, al igual que cuando murieron sus antecesoras y sus descendientes, cayó una enorme tormenta que agitó aún más a los que estaban en la vivienda. Grandes relámpagos iluminaban todas las habitaciones mientras los truenos resonaban y la lluvia incluso entraba en los rotos cristales del salón de fiestas. Numerosos fueron los testigos que vieron a Lionel empuñar el arma, pero nadie lo vio a él morir en aquella residencia para personas mentalmente insanas. Él habló del hombre y de como Stella le permitía estar junto a Antha, la pequeña que también muy joven moriría dejando a su pequeña de tan sólo dos meses llorando la muerte de su madre mientras se desataba su tormenta.

El funeral fue descomunal y tal y como Stella lo decidió a su tierna edad de once años. Parecía la celebración de Mayo de New Orleans siendo ella la reina de Mayo vestida de blanco. Cientos de velas se encendieron en la vivienda para velar el cuerpo y la lluvia no cesó, aunque se concentraba en las inmediaciones de donde ella se hallaba y no en el resto de la ciudad.

Stella fue la primera bruja poderosa tras varias generaciones, la cual se hizo notar. Cuando murió llevaba la piedra en su cuello, la cual no solía usar su hija aunque sí el día de su muerte el cual, posiblemente, originó la disputa con Carlotta y su posterior muerte. Deirdre creció sin madre, pero con un legado importante y muertes sospechosas originadas por el mismo ser que la cuidó de ser sedada en varias ocasiones.

“El hombre”, “Impulsor” y posteriormente “Lasher” apareció el día de la fiesta a uno de nuestros hermanos que posteriormente, y sin posibilidades de conocer a ciencia cierta si así fue, de un infarto rumbo a nuestra Sede en Londres.


Y ésta es la historia de Stella Mayfair, la cual hizo un guiño en varias ocasiones a la Orden de Talamasca y que incluso rogó asilo como si supiese que sería dañada.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt