Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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sábado, 13 de agosto de 2016

De tal palo tal astilla

No sabía yo que ellos, Louis y mi madre, se pelearon en Trinity Gate... ¡Pero ahora lo sabemos! 

Lestat de Lioncourt


—Otra vez codo con codo intentando salvar el mundo—dije mirando a todos en aquel lugar.

Trinity Gates se había convertido en unas pocas horas en el ombligo del mundo. Cientos de jóvenes deambulaban por las calles, igual que zombies, buscando este lugar y otros, los más fuertes o cercanos a Lestat, nos recluíamos tras sus muros esperando que él y el receptáculo donde se hallaba Amel apareciera. Benjamín daba la voz de alarma a la mayoría: Alejaos de aquí. Fuera de la ciudad. Alejaos a los campos. Ya os avisaremos.

—Si consideras mundo a Lestat, sí—respondió ella sin siquiera dudar un mísero segundo.

—Considero mundo también al resto—indiqué clavando mis ojos en ella. Estaba allí vistiendo unas ropas que podía considerar típicamente masculina, su pelo era salvaje y sus ojos grises parecían los de una fiera. Dudé por un instante que ella hubiese sido alguna vez madre, esposa y humana—. No sólo estoy aquí por él.

—Me alegro, Louis—dijo tras una breve risotada—. Me alegro porque poseas tan noble corazón, pero siendo justos creo que sólo estás siendo un cínico—confesó colocando su mano izquierda sobre mi hombro ejerciendo cierta presión con sus lagos dedos. Su hijo se parecía demasiado a ella y eso me torturaba.

—¿Qué?—murmuré sorprendido y algo ofendido.

—Sincérate, muchacho—susurró apartando la mano mientras dejaba ambos brazos relajados. No muy lejos podía observar a Sevraine silenciosa, fuerte y dominante con sus ojos de cielo clavados en la figura de Gabrielle—. Es bueno ser honesto con uno mismo de vez en cuando—dijo lanzándome un pequeño guiño demasiado burlón.

—¿Por qué cree que sólo lo hago si fuese Lestat?—pregunté escandalizado.

—Es obvio—respondió ipso facto—. Si fuese otro quien estuviese en peligro estarías mirándolo desde lejos, igual que haces con el fuego cuando lo provocas.

—Salvé a Rose—dije apretando los puños.

Me consternaba que ella pudiese decirme algo así. Se suponía que me conocía. Estaba asombrado de lo tristemente egoísta y dócil que podía parecer ante el resto si hablábamos de Lestat, de salvarlo de algún modo o amarlo incondicionalmente. Ella estaba ahondando en la herida como un gusano hurga en una manzana hasta pudrirla. Me sentía tan culpable de haberlo arrojado al pantano, mucho más de no quedarme a su lado después de todo lo ocurrido en París o de no haberlo buscado antes. ¡Y sobre todo culpable de irme dejándolo con un cuerpo débil y humano! Eso azotaba mi alma y por supuesto en esos momentos quería estar ahí, cada maldito segundo de mi existencia, aunque pudiese morir después de esa noche.

Rose, por otro lado, me parecía una niña todavía. Al contemplarla, allí bailando en los brazos de aquella replica casi perfecta de Lestat, sentía un amor similar al que una madre tiene hacia sus hijos, un orgullo idéntico al de un padre hacia su descendencia y una confianza ciega en que ella sería formidable, saliéndose con la suya, como cualquiera posee ante las argucias de Lestat.

—Sólo porque la consideras un pedazo de Lestat—apostilló.

—Está equivocada—dije arrugando la nariz.

—Yo nunca me equivoco—dijo apartándose de mí para ir hacia Sevraine.

—¿No es un poco egocéntrico pensar así?—lancé esa acusación provocando que se desternillara de la risa mientras se giraba suavemente hacia mí. No entendía adónde estaba el chiste.

—¿Y? Yo no tengo que dar explicación alguna a un Dios por serlo, ¿acaso tú sí?—contestó dejándome mudo.


Me di cuenta que Gabrielle era aún más insoportable que Lestat cuando se discutía con ella, pero también que tenía algo de razón y por eso me sentía tan molesto.  

martes, 8 de marzo de 2016

Esto me lo ha entregado Armand. Todavía conserva ciertas memorias de Nicolas... 


Lestat de Lioncourt


Me vi obligado a volver a ese pueblo. Odiaba tener que marcharme de París por indicaciones del abogado de Lestat. Él ni siquiera se había dignado a conversar conmigo unas pocas horas. Desde hacía meses apenas sabía de su paradero y era casi imposible poder verlo frente a frente. Había huido en mitad de la noche como un fugitivo y no había regresado. Tenía mayor relación con aquel hipócrita de buenas palabras que con quien me arrojaba a las sábanas tentándome como un demonio, hundiéndome en sus peligrosos deseos y destruyendo poco a poco mi cordura. Extrañaba sus besos y el perfume del sexo regado por las sábanas, pero no podía quejarme.

Lestat mantenía callada mi voz con un apartamento mucho más glorioso que aquella boardilla, la cual me hacía sentirme más refugiado de mis penas y amarguras, y con clases particulares de violín que sentía tan aburridas como las conversaciones de las damas de clase alta que en ocasiones iban a escucharme tocar.

Sin embargo había dado mi palabra. Tenía que regresar a Auvernia para encontrarme con ella. Debía hacer que su viaje a Italia fuese idílico. Me iba a convertir en su perro faldero, aunque Lestat creía que la protegería de todo mal en los caminos que nos llevarían a Roma y después a Venecia. Deseaba que su madre tuviese sus últimos años de gloria, aunque yo sabía que iba a morir mucho antes de llegar a su tierra natal. A veces el amor de un hijo no quiere ver la verdad que esconde el dolor en los huesos de una madre. Gabrielle podría ser soberbia y fuerte en apariencia, pero tras la coraza había un ser que se moría podrida por el dolor y la humedad.

—¿Qué hace aquí?—preguntó arrojada en la cama con un hilo de voz.

Me condujeron rápidamente hasta su alcoba. Sus hijos mayores parecían revolotear a mí alrededor al ver el caro vestuario que vestía, así como al comprobar que les ofrecía sin reparos una bolsa con una fuerte cantidad de dinero. Ellos, que nos despreciaron a su hermano menor y a mí desde el primer momento, se convirtieron en aduladores de palabras gentiles. Por mí podían irse al infierno y no regresar jamás.

—Su hijo me pidió que viniese a buscarla—respondí aproximándome a la cama.

—Váyase, maldito diablo. No quiero ir a ninguna parte. Váyase y déjeme morir en paz—dijo girándose en aquella cama húmeda por el sudor de su cuerpo. Estaba febril y débil.

—Al menos permita que la vea. Por favor, no sea terca—dije sentándome en el borde de los pies.

—Me está pidiendo que mi hijo me vea así, ¿eso me está pidiendo?—preguntó incorporándose para alcanzar a verme—. Si él quiere verme que venga aquí y me tome de la mano en mis últimos días de vida. ¡Pero no! ¡Tiene que mandar a la perra que gime en su cama con descaro e insolencia! ¡La misma perra que se sienta en mi cama y me pide que no sea terca! ¡Le haré un favor, Nicolas, y es que no le humillaré lo suficiente!—decía intentando mostrar su fuerte carácter—. ¡Váyase y no regrese! ¡Váyase con él y hágalo feliz! ¡Ni siquiera es capaz de cumplir ese único favor que le pido!

Esas palabras me hirieron. Aquella conversación fue tan dolorosa que acabé llorando amargamente. Amaba a Lestat de mil formas y él ni siquiera era capaz de darme nada a cambio. Su madre me despreciaba y sus hermanos serían capaces de cualquier cosa con tal de burlarse de mí, aunque ahora con aquellos regalos había provocado que me sonrieran de forma amable.

—¿Está llorando?—dijo sentada en la cama.

—¿Acaso importa, señora?—murmuré con la voz quebrada.

—Hábleme—susurró.

—Su hijo desapareció una noche y durante semanas esperé como cualquier mujer que aguarda a su marido de una guerra. Pensé que había podido huir, pero también que alguien pudo secuestrarlo para acabar con él. Hay mucha envidia entre actores y él empezó a destacar con rapidez—comenté incorporándome mientras me giraba con el rostro bañado en lágrimas—. Esperé una respuesta digna, pero sólo tuve cartas llenas de mentiras y dinero. Sé cuando Lestat miente, señora. Sé cuando dice una sola mentira. Él me mentía y no había motivo para ello—mis manos temblaron mientras las llevaba a mi corazón—. Él me juró mil veces amor y empecé a escuchar rumores de su boda con una rica heredera, después ese dinero sucio con el que me visto y como, luego este viaje… No es capaz de decirme la verdad y sé que la verdad es más siniestra de lo que él me cuenta…


—Iré con usted—dijo seria—. Iré con usted a París a verlo a él. Me estoy muriendo, Nicolas. No voy a poder ir a Italia ni a recorrer mundo como él desea. Voy a morir y si tengo que morir deseo saber la verdad—se incorporó y caminó encorvada por la habitación—. No se quede mirando, joven, y ayúdeme. 

viernes, 18 de septiembre de 2015

De tal palo tal astilla

Tarquin quiere a su hijo y lo comprendo ahora mucho más con Viktor y Rose. Ser padre es un regalo, aunque con Claudia fue un regalo envenenado.

Lestat de Lioncourt

Cuando lo vi quedé petrificado. Algo en mí decía que ese pequeño era mío. Aquellos enormes ojos azules, tan profundos y vivarachos, parecían gritarme que era su padre. Si bien, llegué a pensar que eran escasas las pruebas. Jasmine me hubiese informado inmediátamente de su embarazo, aunque estaba equivocado. Aquel pequeño de piel tostada, pequeños y carnosos labios, hermosos ojos, cabello revuelto y rizado no era nada más ni nada menos que mi hijo. Él era Jerome Blackwood, mi primogénito y el único hijo que yo tendría en éste aciago mundo.

Desde el primer momento deseé llenarlo de besos, acariciar sus sedosos cabellos y gritar a todo el mundo que tenía un hijo. Me sentí afortunado. Gozaba al fin de éste maravilloso privilegio fruto de un acto de placer, lujuria insospechada y complicidad absoluta. Me entregué a Jasmine en aquella pequeña habitación, un día en el cual me sentía ahogado con las cargas y excitado por mis breves descubrimientos. Ella me abrazó, consoló de la mejor de las formas y yo sequé mis lágrimas sobre su piel de chocolate. Durante muchos años fue mi mejor amiga, mi consejera, y cuidó mis pasos por éste mundo. Era algo mayor que yo, pero desnuda parecía una cría. Tenía un gusto excelente para la moda, sus modales eran excelsos y cuidados, jamás se quejó del trabajo duro y siempre respetó mis secretos. Había tenido un hijo con la mejor madre posible, pues sabía que a su lado Jerome sería el hombre que yo no había logrado ser.

Me he perdido por el mundo durante años. Pero de nuevo estoy en mi vieja y apetecible isla infestada de mosquitos. Mi hijo toma clases con el hombre al que le debo mis modales, mi instinto caballeroso y mi pasión por la lectura de Dickens y otros autores británicos. Nach está logrando que mi hijo sea un digno heredero, aunque lleva aproximadamente una década sin verme. Desconozco si su madre le cuenta mis secretos, pidiéndole que jamás se los cuente al resto de mortales.

Hoy ha aparecido por aquí. Es un joven alto, robusto, y de ojos soñadores. Sin duda alguna es un mulato impresionante. Cualquier mujer caería a sus pies. Ha caminado con la camisa blanca abierta en los primeros botones, con las manos metidas en los bolsillos y sin zapatos. Los zapatos estaban en la lancha a motor que dejó en el embalse. No sé quién demonios le dio permiso a venir aquí, a éstas horas de la noche, y tampoco comprendía bien qué le había llevado a venir hasta el Santuario. Si bien, despejé pronto la segunda de mis preguntas: venía a hablar conmigo, como si yo fuese un espíritu errante en aquel trozo de tierra.

«—Padre, ¿cuánto haces que te marchaste con tu prometida? Hace más de diez años, ¿no es así? Madre dice que debo de recordarte, pero ya he olvidado el timbre de tu voz o la colonia que solías usar. Ella tiene la esperanza de verte regresar, porque aún te ama aunque lo niegue, para que me veas en mis últimos años de juventud y te sientas orgulloso de mí—metió sus manos en los bolsillos y agachó la cabeza como si intentase aguantarse las lágrimas, pero le fue imposible. Aquella voz profunda difería mucho de aquel rostro todavía algo aniñado, casi sin rastro de barba, que podía ver entre las sombras—. ¿Y si estás muerto? Si estás muerto quizás tu alma esté aquí... puedo ver cosas. Padre, tengo tu don. Tommy me confesó que él también lo posee y me está protegiendo de todo—suspiró profundamente y luego se echó a reír—. Tengo dieciséis años y parezco un hombre, pero todavía soy un niño. Un niño que espera un milagro... »


Dicho aquello, se marchó. Me dejó con el zumbido de los insectos y el corazón encogido. Debería buscarlo, ¿pero cómo podría aceptar lo que soy? El hombre que idealiza no ha dejado de ser un chiquillo en apariencia.  

domingo, 23 de agosto de 2015

Querida madre...

—¿Alguna vez pensaste que triunfaría de éste modo?—dije caminando hacia ella.

Se encontraba allí, en la puerta de mi castillo, con las mejillas sonrosadas por su último trago. Tenía el cabello suelto, pero la trenza le había marcado aún más las ondas de su pelo. Rubia y salvaje. Parecía un ángel que había caído del cielo y deseaba ver al demonio más soberbio de todos.

—No, aunque siempre pensé que llegarías a ser alguien—contestó tomándome de las manos.

¡Ah! Estaba tibia. Yo todavía no había salido a cazar. Ya no era el muchacho que se montaba a caballo y cruzaba el bosque. Ahora soy una bestia que siempre goza de la sangre. Me encanta la muerte, pues es muy cercana a mí y a mis víctimas, pero sólo cuando yo la concedo... ya que de otro modo me repugna.

—¿Realmente lo creías cuando me lo dijiste aquella vez?—pregunté a media voz acariciando el dorso de sus manos con las yemas de mis pulgares.

—Lestat, jamás he dicho algo que no piense o sienta—respondió.

—¿Crees entonces que nadie me ama salvo tú?—dije.

—Nadie te amará como yo, hijo—repitió de nuevo esas palabras, aunque no sé si fueron exactas a las de aquella noche en la cual nos reunimos por sorpresa. Ella me buscaba, pero yo no. Por primera vez yo no la esperaba. Ella vino a mí, como siempre, y yo acepté sus reprimendas como un niño. Admito que todavía siento el roce violento de su mano en mi mejilla, pues revivo ese instante como un momento revolucionario para mí. Ella me agitó—.Soy tu madre—esa simple frase me hizo reír bajo, muy bajo, y ella no dudó en sonreír por unos segundos—. Puede que tú seas mi creador, pero yo soy tu madre y ese instinto jamás se borrará con el paso del tiempo. Hay un vínculo profundo que no puede ser destruido.

—Pero... mis amigos... mis seguidores...—aparté mis manos de las suyas, pero ella me tomó del rostro.

—Muchos te aman, otros te idolatran y hay quienes te temen—dijo colocándose de puntillas, mientras yo me inclinaba. Me besó en la frente. Hacía siglos que no me besaba de ese modo. Creo que sólo lo hizo en un par de ocasiones cuando era sólo un niño.

—Son una legión... minúscula, pero legión.

—Una legión de almas buscando un Mesías al que seguir—esa frase me recordó a Memnoch.

El demonio, Dios, el Cielo, el Infierno, el Edén, la verdad y la mentira. Todavía podía sentir las almas rodeándome, jalando de mis ropas, escuchando los salmos y las lágrimas de tantos. ¡Perdidos en otro mundo! ¡Una puerta a un mundo desconocido! No era el Infierno, no era el Diablo, no era el Cielo, no era Jesús. Todo era un teatro de almas buscando ¿qué? A mí.

—Mesías...—murmuré.

—Sí—afirmó, apartándose.

—Jesús se sacrificó por su pueblo—dije llevando mi brazos a la espalda—. Él murió crucificado a manos de su pueblo.

—Tú ya has sido crucificado, hijo—dijo clavando sus ojos grises en los míos—. Ahora debes llevar una pesada carga, una terrible responsabilidad, que nos vinculará por siempre. Tú eres la fuente, el inicio y el fin, y nuestro destino está en tus manos.

—Louis, me dijo...—intenté decir, pero no sirvió para nada.

—Olvídate de ese mártir por un momento, por favor—musitó ligeramente molesta—. Sólo deseo que escuches tu corazón y me digas si eres feliz.

—Jamás lo soy del todo—contesté con la verdad y nada más que la verdad—. Siempre busco algo que me aporte algo más que el simple hecho de estar vivo.

—Como todos—dijo encogiéndose de hombros.

—Madre...—me acerqué a ella, quedando a su espalda, mientras acariciaba sus hombros estrechándolos con cariño.

—Adelante, dilo—murmuró tras una pequeña risotada.


—Deja que te cepille el cabello como cuando era un niño—dije apoyando mi mentón en su hombro derecho—. Te amo, madre—confesé, como siempre lo he hecho. Jamás he negado que la admiro, la amo y la temo por partes iguales.

Lestat de Lioncourt    

martes, 18 de agosto de 2015

Dispares e iguales

—Háblame de ti—dije al fin rompiendo el hielo.

Sus ojos eran tan parecidos a los míos que me paralizaron. Sentí un profundo amor desde la primera vez que logré contemplarlo. Era un muchacho atlético, con un porte muy parecido al de mis hermanos mayores y al mío. Sin duda era hijo mío. Veía en él todo lo que yo no había logrado ser. Poseía una esmerada educación, unos modales excelentes y no parecía ser un joven temeroso de vivir. Era mi viva imagen, como se suele decir vulgarmente a los parecidos casi exactos entre dos personas. No podía negar que era mi hijo y él no podía negar que era yo su padre.

—¿Quieres que te hable de mis estudios?—preguntó jugueteando con el último botón de su camisa. Había decidido vestir algo más informal, aunque seguía con el suéter oscuro sobre sus formidables hombros y la camisa era de una conocida marca de ropa, la cual era bastante exclusiva. No era un muchacho común. Fareed había hecho de él a un joven disciplinado en los estudios y sibarita hasta el más mínimo detalle. Su madre le había dado un amor indecible y un cuidado delicioso al criarlo sin problemas o miedos, salvo el impedimento que tenía hacia los espacios cerrados y oscuros.

—De eso podemos hablar más tarde—susurré—. He podido saber algunas cosas de ti, pues no has cerrado tu mente para mí—murmuré recostado en aquel elegante y cómodo sillón del escritorio. Me regodeaba y complacía estar en una biblioteca tan magnífica. Era la biblioteca francesa de Armand. Una biblioteca excelsa en hermosos volúmenes de autores clásicos y obras que han revolucionado el mundo. Mis escritores favoritos estaban allí y eso me complacía. Aunque también había libros de medicina, ciencia, filosofía y astronomía.

—¿Qué deseas saber?—murmuró clavando sus ojos en los míos—. No lo comprendo...

—¿Me odias? Te defraudé al no venir aquella primera noche, lo sé—me incorporé de inmediato acercándome a él, para sentarme al lado suya en la silla vacía que estaba a pocos centímetros de la que él ocupaba—. Viktor, mi hijo, mi criatura... tú eres parte de mí. Eres algo tan valioso como especial, pero aún así no he sabido demostrarlo.

—Viniste a la ciudad porque supiste que estaba en ella, ¿eso no te hace ser un buen hombre?—preguntó sin malicia. Realmente decía lo que pensaba y era un libro abierto. Sus expresiones eran similares a las mías y eso era un prodigio de la genética.

—No lo sé, ¿qué opinión tienes al respecto?—deseaba tocarlo, pero me contenía. Quería ver si era real. Necesitaba estrecharlo una vez más, sentir esa colonia fresca y agradable que solía usar, y percibir la calidez de su cuerpo. Un joven de diecinueve años, el cual me rebasaba por algunos centímetros y tenía una constitución mejor formada que la mía a sus años. Podíamos decir que éramos hermanos.

—Eres el vampiro más famoso de todos los tiempos. Miles desearían ser hijo tuyo, ya sea de forma genética o por medio de La Sangre—contestó con elocuencia, para luego echarse a reír—. Pero te veo y no veo tanta grandeza. Sólo veo a un hombre que posee una curiosidad innegable y una capacidad increíble para salir de todos los atolladeros. Eres rebelde y eso me agrada, pues no me gusta que nadie me imponga sus ataduras o pensamientos. Cuando leía sobre ti parecías más lejano, como si nada ni nadie pudiese alcanzarte, y que toda esa grandeza te daba un aire imposible. Pero no es cierto. Puedes llegar a ser tan similar a mí como distinto. No eres una leyenda de un libro, sino alguien real que puedo palpar. No estamos muertos, poseemos un alma y esa alma tuya es impredecible—me tomó de las manos y las puso en su rostro—. Somos muy parecidos, ya lo dice siempre Fareed, pero a la vez somos muy distintos. Ahora somos dos extraños, pero espero que pronto seamos algo más que un padre y un hijo. Las relaciones con los padres pueden llegar a ser tensas e imposibles, pero yo no quiero discutir contigo. No deseo que te alejes de mí ahora que estás a mi lado. Fareed y tú sois mis padres, pues ambos me habéis dado la vida que ahora poseo.


Me eché a llorar. Era mi hijo. Un hijo que debía conocer y proteger, el mismo que estaba enamorado de mi pequeña Rose. Ambos formaban una pareja encantadora y yo me sentía hundido en la felicidad, a pesar que aún había cosas que debía solventar. 


Lestat de Lioncourt

miércoles, 6 de mayo de 2015

Esperanza

Michael Curry es uno de esos hombres que tienen un sueño, una pequeña ilusión, y ahora parece que está a punto de lograrlo. Si logra ser feliz junto a Rowan yo lo estaré, pues amé muchísimo a ambos.

Lestat de Lioncourt


Junto a mis viejos proyectos he encontrado una vieja lista con nombres emborronados. Cuando la escribí me encontraba en el mejor momento de mi vida. No desprecio la vida que he llevado, ni los años que poseo y ni mucho menos las experiencias que he vivido, sin embargo en aquellos días era absolutamente feliz. Como si fuese un niño pequeño soñando alcanzar una estrella pensé que esa felicidad, esa vida perfecta, duraría por siempre y tendría un final similar a las viejas comedias románticas del cine en blanco y negro. Pero no. Mi vida se emborronó como la lista.

Creé aquella nota cuando supe que iba a ser padre por segunda vez. La primera vez me arrebataron el placer de tener a mi hijo en brazos, observándolo con cariño y respeto, mientras notaba un profundo calor en mi pequeño me rugía con euforia. Mi primera relación formal se truncó en una camilla tras practicar un aborto. Esa segunda vez era querido por ambos. Ella deseaba darme la felicidad que me arrebataron y algo en su interior, en la profundidad de su cálido pecho, bombeaba el deseo de ser madre. Toda mujer tiene momentos de debilidad frente a un pequeño, aunque hay quienes se resisten y desean vivir una vida lejos de la maternidad, centrándose en otros proyectos y un ritmo de vida distinto.

No sabíamos cual sería su sexo. Pero el nombre de Chris se repetía en más de una ocasión. Decidimos que el pequeño se llamaría así. Sería de nuevo bautizado con el nombre que yo le hubiese puesto a mi primer hijo. Al fin tendría la oportunidad de abrazar ese pequeño cuerpo, contar sus dedos y alzarlo con un orgullo propio de cualquier hombre.

De inmediato acabé llorando. Mis ojos se llenaron repentinamente de lágrimas y una terrible congoja se agarró a mi garganta. No pude pronunciar palabra alguna. Mi corazón bombeaba más rápido de lo normal y sentí un ligero mareo. La tensión se volvía desproporcionada. Las imágenes de toda una vida venían a mis ojos azules, pasándose frente a mí como la proyección de una vieja película, y cuando regresé a mí mismo ella estaba allí. Rowan había venido a buscarme, como si fuese un ángel, reanimando y calmando mi acelerado corazón. Besó mis mejillas, vio la lista y decidió hacerla trizas.

—No deberías remover el pasado, Mich—dijo frunciendo el ceño.

Yo tan sólo agaché la cabeza dejando correr la última lágrima. Ella buscó mis brazos aferrándose a mí, buscando instintivamente calmar mi nerviosismo para evitar un ataque al corazón. No sé como lo hizo. A veces lograba aparecer cuando más la necesitaba. Siempre me salvaba. Tuve suerte que estuviese descansando ese día de sus obligaciones cotidianas.

—Han llamado de la clínica—comentó. Pensé de inmediato que debería marcharse y yo tendría que quedarme solo con los fantasmas de la casa, como si fuese parte de ellos—. La fecundación ha sido un éxito—dijo mirándome a los ojos. Esos ojos suyos grises, tan profundos y hermosos, me parecieron terriblemente amorosos—. Hay un niño en un vientre que tiene nuestros genes...—susurró secando de nuevo mis lágrimas—. No vivas más en el dolor. No merece la pena ver el pasado.

—Yo no lo hice. Apareció de golpe—dije.

Noté entonces alguien más con nosotros. Alguien que me pareció ver durante unos segundos. Creí ver a la pequeña imagen de Stella, como cuando era una niña traviesa, correr hacia una de las estanterías. Entonces lo supe. Aquello era una llamada de atención.


—Creo que alguien quiso decirme que debemos hacer una nueva—susurré estrechándola contra mí.  

miércoles, 8 de abril de 2015

Viktor

Impacto. Fue un impacto. Como un chasquido de dedos. Fue algo que no puedo comprender todavía. Podría catalogarlo de milagro, pero quizás es demasiado precipitado. Al fin podía tener un instinto sexual depravado, como el de cualquier muchacho, con tan sólo unas inyecciones de testosterona. Simplemente me dejé impresionar. No me importó. Decidí que debía hacerlo, pues quería probar mis límites. Soy yo, el príncipe malcriado, el idiota irresponsable, el genio oscuro, la estrella del rock que aún cree que puede subirse a un escenario igual que Bon Jovi y no alguien responsable, comedido y razonable. No soy ningún inadaptado que tiene miedo a comprender la ciencia, aunque para mí sigue siendo un misterio. Quiero saber, comprender hasta la última palabra, pero mi entendimiento en ese ámbito es limitado. Puedo comprender sus maravillas, aceptar sus errores, ver con cierta ilusión la magia de la evolución de sus estudios y lo precipitado que puede llegar a ser todo. Disfrutar del contacto, la piel contra la otra, el calor, los fluidos mezclándose, los besos intensos y esos ojos llenos de deseo. Sí, extrañaba el aroma del sexo impregnando mi ropa. Por eso accedí.

Recuerdo que quise ofrecerles algo más que unas muestras. Ellos se sintieron halagados porque yo había aceptado ese juego. Desconocía por completo que un hijo mío iba a nacer. Que mi esperma iba a ser válido y que realmente no estamos muertos. ¿Cómo íbamos a estarlo? Yo era un estúpido. Creo que todos lo fuimos. Creíamos que éramos simplemente muertos que volvían a la vida y no se nos podía matar con facilidad. Mentira. Estaba equivocado. Sólo somos mutantes. Igual, tal vez, que los Taltos. Unas criaturas que conocí en otras de mis aventuras. Seres distintos, pero similares a los humanos. Eso éramos. Y todos formamos parte de una tribu, de un todo, y ese todo es un ser vivo que se unía a través de los siglos.

Podría hablar sobre ésto durante mucho tiempo. Quizás susurraría el nombre de Viktor una y otra vez. Mi hijo, mi heredero biológico, que ya posee mi propia estatura, sonrisa y ciertos sentimientos similares a los míos. Puedo decir que tengo un clon, otro ser igual a mí. Un ser que podría ser temido si se convierte a la sangre, ¿por qué? ¿Imaginan a otro irresponsable jugando con sus posibilidades, el arte, la ciencia y todos sus privilegios? ¡Sería peligroso! Pero éste hecho, y no otro, ha logrado sin duda alguna sacarme de mi depresión y hacerme despertar.

El peligro no ha pasado. Las aventuras no han finiquitado. El mundo no está del todo a salvo. Hay muchas cosas que decir. Tengo mucho que contar.


Sólo puedo decir que sigo amando, sigo deseando, sigo soñando y sigo vivo.

Lestat de Lioncourt   

domingo, 8 de marzo de 2015

Esperanza de sangre

Poema dedicado a mi madre.



Crees que no lo sé, pero lloras.
Incluso cuando cantas y sonríes. 
No me ves, crees que estás a solas... 
Pero, yo estoy contigo aquí, hora tras hora. 

Tus huesos están cansados de luchar, 
el trabajo es duro y pesado.
Tu corazón está herido por confiar y amar, 
pero ese es nuestro pecado. 

No has tomado mi mano, pero es tuya. 
Del mismo modo mi pasión, 
y cada gota de sangre que te arrulla 
es para hacer latir tu corazón. 


Bajo derechos de autor. Usado para un concurso de poemas internacional. 

Coraje

Unas memorias de mi madre. ¡Ah! Odio a mi padre... Ella sobrevivió de puro milagro.

Lestat de Lioncourt 


El frío calaba sus huesos. Sus ojos parecían grises nubarrones sin esperanza. Observaba el cielo despejado de aquella fría mañana. La nieve lo cubría todo. En su vientre había todavía una vida que debía traer a un lugar que consideraba una celda. Se sentía anclada a una vida indigna. Una mujer como ella, que había visto el mundo a sus pies, se veía recluida a un lugar como ese. La humedad subía por los gruesos muros de piedra, pero la hoguera de la chimenea parecía disminuirla por breves momentos. El crepitar del fuego tenía una danza agradable que calentaba sus pies, pero no su alma. Deseaba darse valor. Sería madre de nuevo. Un nuevo hijo.

Había repetido aquel momento siete veces en los últimos diez años. Varios de sus hijos no sobrevivieron las primeras semanas, uno de ellos había muerto con tan sólo un año de edad. Parecían dormidos en aquel capacho, como si fueran ángeles, y ella sentía cierta paz. Sabía que los condenaba a un lugar donde nadie los amaría, salvo ella. Un amor materno extraño que se endurecía. Su corazón le pedía que no amase a los hombres que lograban surgir de su vientre, que ellos también la usarían como esclava. La única hija que tuvo, que estuvo entre sus brazos, nació muerta. Parecía haber comprendido que en un lugar así, con una sociedad tan terrible, no habría futuro para ella si no era un varón, y aún así no lograría más allá que ciertos beneficios.

Entonces, como si fuese un terrible augurio, se sintió húmeda y supo que debían llamar a la partera. Tras varias horas angustiosas, en las que su esposo siquiera fue a preguntar por ella, tuvo un hijo. Un hijo con una pequeña mata de pelo rubia en su cabeza. Tenía la piel amoratada por el esfuerzo, pero seguía vivo. Aún no podía saber si esos ojos, que aún permanecerían cerrados por cuarenta días, serían similares a los suyos. Pero se sintió orgullosa. Se parecía a ella. Veía ciertas similitudes en ella. Deseó que este viviera, que no se fuera, que permaneciese a su lado y fuese el aliento que le faltaba. Sabía bien, por la matrona, que no podría tener más hijos porque su vida pendía de un hilo. Tenía sólo veintitrés años y ya estaba maltrecha.

—Mujer, ¿qué ha sido?—fueron las únicas palabras que tuvo de aquel borracho, al cual tenía que llamar esposo.

—Niño—explicó.

—Bien—dijo colocando sus manos en sus caderas, la observó durante unos segundos y luego vio al pequeño. Un pequeño que no lloraba, pero se aferraba a la mano de su madre—. Estarás contenta, si no es mío no puedo replicar nada. Ese bastardo es tu vivo retrato.

Tenía un aspecto deplorable. Ella sabía donde había estado mientras traía al mundo a otro de sus hijos. La ropa estaba mal colocada, pero no era únicamente su ropa la que hacía que sintiera náuseas. Aquella barba espesa y negra, los ojos verdes tan llamativos, y el cabello negro que caía mal peinado sobre sus hombros, hacían que su estómago se revolviera. Si estuviese bien aseado sería atractivo, pero así sólo era un mendigo con ropas de noble. No tenía modales y no le interesaba aprenderlos. No entendía como su padre, que siempre la amó, pudo ofrecérsela a un hombre que jamás se interesó demasiado por sus sentimientos o su salud. Ella maldijo sus ojos, sus palabras de borracho y sus amoríos con las putas del pueblo. No lo amaba, sino que lo odiaba. Poco después quedaría ciego, legado a sus cuidados, e internamente, sin sentir reparo alguno, se alegró que no pudiese ver que los ojos de su hijo eran grises, como los suyos, y poseía una mirada distinta a sus hermanos.


En ese momento se propuso que ese niño sería distinto. Él se llamaría Lestat, pues sería el símbolo de la superación de cada uno de sus hermanos.  

miércoles, 25 de febrero de 2015

Seth

Seth... lo conocí hace tiempo. Fue fascinante encontrarlo en este mundo. Supe de él por la historia de Akasha y Enkil, pero creí que era polvo en el desierto. Luego, más tarde, nos cruzamos y juro que fue un placer. 

Lestat de Lioncourt


«Seth. Lo llamaré Seth. Será orgullo de sus padres, de su nación y sus dioses. Crecerá fuerte en las tierras oscuras de Kemet y será honesto, fuerte y entregado a su pueblo.»

El mayor orgullo de una madre es saber que su hijo crece sano. Había perdido en mi vientre un hijo, pero este había nacido con unos pulmones tan fuertes que provocó que cayera exhausta y fuese recostada en mi cama. Mi hijo había nacido al fin. Creo que es lo único bueno que quedó de mi amor por Enkil.

Había amado a mi compañero, sido su sombra en la corte, apoyado y ayudado a tomar decisiones; sin embargo, sabía que no era yo la persona más importante en su corazón. La persona más importante, el ser que estaba sobre todos, me miraba ese día con una ilusión terrible. Él era Khayman. No era un mayordomo real, sino un guerrero que aconsejaba a mi esposo en cualquier ámbito de su vida. Era culto, responsable y estaba enamorándome de él.

—Es un día importante para el pueblo, pero cansado para una madre—explicó acercándose con una palangana de agua tibia, la cual dejó a mi lado, para luego hundir un trapo dentro de ella y comenzar a lavar el sudor de mi rostro.

—¿Crees que sobrevivirá?—pregunté.

—Tendrá una larga vida.

Una larga vida... Esa era mi obsesión. Prácticamente quería ser hermosa para siempre, pero también fuerte y poseer un poder similar al de los dioses. Por eso cuando ocurrió el accidente, provocando que los tres nos convirtiéramos en leyendas de nuestro pueblo, pedí que se llevaran a mi hijo lo más lejos posible. Ya contaba con unos cuantos años. Era casi un muchacho. Tenía seis años cuando lo abracé por última vez aquella noche.

Durante años pensé en mi hijo, en como el destino me arrebató algo preciado para darme el poder que anhelaba. Me sentí dolida por mis propios sueños, pero él regresó. Él volvió siendo un hombre, con los brazos fuertes de un guerrero y los ojos vivos que yo una vez tuve. Jamás supe si él, Seth, era hijo de Enkil. Tuve un romance breve y discreto con Khayman, pero siempre fue hijo del rey.

Hice que mi hijo fuese tan fuerte como yo, tuviese una larga vida y le di un trozo de mi mundo. Quizás fue un error, pero no me arrepiento. Yo no quería ver morir a mi hijo en una cama, en mitad del desierto o simplemente desaparecer de mi vida. No. Cualquier madre hubiese hecho con orgullo lo que yo hice.



jueves, 5 de febrero de 2015

Bondad y malicia

Tarquin de nuevo nos habla de sus sentimientos, pero esta vez profundiza más en ese hecho tan terrible. Estoy seguro que todos amarán este escrito.

Lestat de Lioncourt


Sentí el placer de matarla. El orgulloso placer de ver su cuerpo hundiéndose en el fondo del pantano. Los caimanes fueron rápidamente a darse un festín. Su cuerpo se enfriaba, pero pronto no quedó siquiera los huesos para recordarla. Mis manos estaban metidas en la chaqueta y mi rostro parecía impávido, sin vida y sin sentimiento alguno. Al fin había alcanzado ese tétrico sueño, ese deseo insaciable, que me corrompía y torturaba desde hacía demasiado. Una ligera sonrisa se formuló en mis labios, pero mis ojos empezaron a estallar en enormes carcajadas. En ese momento lo disfruté. Disfruté de como se perdía el último resquicio de mi madre. Mi lado oscuro, ese que tan pocas veces dejo libre, se apoderó de mí por completo.

El zumbido de los mosquitos a mi alrededor, el viento soplando suave entre las ramas y la hierva crecida, el zambullido de los caimanes y mi propio corazón, el cual latía muy lento con la sangre de mi última víctima. Todo era un marco encantador. Un lugar idílico. A mis espaldas estaba el santuario, ordenado construir por Manfred Blackwood para quien sería nuestra madre y padre en un nuevo mundo de tinieblas, con su aspecto actual, mucho mejor que el antiguo, lleno de lujos y comodidades. Estuve por entrar en el Santuario, sentarme cómodamente a leer y, de vez en cuando, echar un vistazo a las oscuras y densas aguas donde desapareció el decrépito cuerpo de mi madre.

Aquella noche había descubierto el último misterio de aquel lugar. Era la última pieza. Conocí varios terribles secretos, a cual más horrible, pero el peor de todos fue saber que aquel fantasma, ese espíritu que siempre me había acompañado, era mi hermano gemelo fallecido poco después de nacer. Ella lo había atrapado en este plano, con su dolor y sus quejas, provocando que ni él ni yo descansáramos. Me lo había ocultado. Había hecho oídos sordos a mi dolor y al pecado que cometía a diario. Muerta ya no haría más daño, no me mentiría y tampoco me escupiría a la cara que soy un asesino.


Entonces, en aquel reducto de paz y gloria, sentí que debía regresar. Algo me pedía que volviese al lugar que fue mi hogar, mi corazón y mi alma. Ese sitio donde aprendí a tocar la armónica, escuchar las voces de los difuntos, sonreír ante los pasteles de la Gran Ramona o simplemente leer. Leer como me había dicho Nash, mi tutor, pues una cosa es leer y otra es hacerlo desde lo más profundo del corazón. Necesitaba volver, involucrarme con ellos y sus vidas, para sentirme bueno otra vez.  

miércoles, 15 de octubre de 2014

A mi madre

He amado a una mujer desde que tuve conciencia de mí mismo. Siempre caminé tras su sombra. De pequeño insistía que me contara todas esas historias que tan bien conocía. Deseaba saber más sobre la mujer que me sostenía, limpiaba mis heridas y me miraba con cierta preocupación. Sabía comprender muy bien sus gestos, cada mirada o suspiro. Simplemente la adoraba. Ella es mi madre. La mujer que me dio el ejemplo que nadie más me ha dado: Hay que ser fuerte pese a todo, pues únicamente tu fortaleza podrá acabar con tus propios demonios. No hay que rendirse jamás.

La recuerdo sentada cerca del alfeizar de la ventana, como aquellos elegantes trajes que solía usar pese al hundimiento de nuestra familia. Eran ropas antiguas, pero ella sabía como usarlas para verse siempre distinguida. Su cabello lo trenzaba con cuidado mientras me hablaba. A veces, como muestra de afecto, me dedicaba a cepillar cada mechón con cuidado. No cesaba de preguntarle por los mundos que había visto y las cosas que había escuchado. Me fascinaba tener su amistad, no sólo su amor como madre. Creo que éramos más unos niños perdidos en un mundo húmedo, frío y áspero que una madre y su pequeño.

Mis dedos trenzaban rápidamente sus mechones, ella recitaba los poemas más hermosos que jamás eh escuchado. Ponía atención a todos sus consejos y sabía, que en el fondo, sólo intentaba retenerme. Pues, cuando creciera, me alejaría de su lado para encontrarme en brazos de otra mujer, una que no sería ella. Podía ver su preocupación cuando salía a cabalgar, así como sus terribles silencios cuando hablaba de las mujeres que conocía. Sin embargo, reía. La veía reír a carcajadas por cada una de mis ocurrencias. Yo también reía con las suyas. Éramos dos almas libres encerrados en gruesos muros.

Una vez se declaró egoísta. El mundo ahí fuera me esperaba, pero ya no a ella. Ella moriría en breve. Me había convertido en la única pertenencia que le hacía sentirse libre dentro de la jaula. Deseaba retenerme. Sin embargo, París me esperaba encandilándome con un futuro brillante, o quizás tan sólo un futuro más libre y feliz. Quería verme feliz. Su mayor miedo era no saber que era feliz antes de morir. Por eso me abrió la jaula y me impulsó hacia los cielos de aquella maravillosa ciudad. Hizo aquello por amor, evitando su egoísmo.

Supongo que por eso ahora me deja libre. No permite que me acerque demasiado a ella. Viene, me observa, habla conmigo un par de frases sueltas para tranquilizarme y se marcha. Creo que soy aún lo único que provoca que tenga un vínculo con el mundo. Un mundo civilizado. Ella es una mujer amante de la naturaleza y de la soledad que le ofrece. Creo que prefiere correr entre las selvas, bosques y estepas heladas antes que quedarse cómodamente sentada ante mí, con aquella femenina pose y esos ojos tristes que tan bien conozco. No veo tristeza ahora en ella. Tampoco veo a un ser sexuado. Sólo veo un ángel fiero que puede arrancar el corazón a cualquiera si se acerca demasiado.

Tal vez tenga un amor secreto, más allá de mis brazos, pero soy el único que le preocupa. Al menos, eso es lo que me ha demostrado. Para ser sinceros y claros, le importa una mierda las relaciones con mortales o inmortales. Ella disfruta de sus conocimientos, retándose a sí misma cada día, mientras se maravilla de todo lo salvaje. No hay más. Podría decirse que es como uno de esos lobos a los que me enfrenté, tan salvaje y noble a la vez. Sé que ella jamás me hará daño y siempre se preocupará por mí, por saber de mí, pero no puedo retenerla.


No necesito que me diga que me ama. Ya me demuestra su amor incondicional. Sigue apareciendo, sigue mostrándose firme en cada palabra que me da arrancada de su corazón, y ese es el mayor tesoro y legado que puede ofrecerme. Ella ya no me debe nada. Yo sigo debiéndole demasiadas cosas.

Lestat de Lioncourt   

sábado, 11 de octubre de 2014

Libres

Sentada frente a la lumbre, con sus cabellos recién cortados y su semblante serio, completamente perdida de todo lo que podía tildarse de civilizado me hacía ver al ser que era realmente. Ella decidió desprenderse de toda atadura, como si estas fuesen brasas ardientes, y permitió que quedaran atrás como quedó para mí todo lo que llegué a amar. Ambos nos desnudamos el alma, dejándolas sin nada más que la libertad más profunda, y echamos a caminar buscando la verdad más allá de todo lo conocido. Tenía una pose típicamente masculina. Sus hombros estaban echados ligeramente hacia delante, su espalda se inclinada con el mismo ángulo y sus brazos cruzados por las muñecas en el hueco que hacían sus piernas. Piernas que estaban ligeramente flexionadas y cubiertas por un pantalón y unas calzas ya casi destrozadas. Parecía un muchacho perdido, magullado y hambriento.

—Madre—dije acercándome. Sin embargo, no me escuchó o no quiso hacerlo—. Gabrielle.

—Somos libres—respondió como si quisiera repetir aquello, igual que una plegaria, para que fuese cierto y no sólo un sueño.

—De la muerte, pero no del dolor. Aún poseemos alma, o eso creo—contesté sentándome a su lado.

Mi levita de terciopelo azul marino, con los botones y bordados de oro, contrastaba con su camisa blanca, casi cenicienta, y mal abotonada. Parecíamos el príncipe y el mendigo. Sin embargo, éramos lo mismo. Siempre fuimos muy similares. Quise estrecharla contra mí, besar sus mejillas y su boca, para luego jurarle amor eterno. Pero no hice nada. Sólo me quedé allí mirando la lumbre del mismo modo.

—Creo...—murmuró, para luego girarse hacia mí—. Creo que ya sé lo que sentiste en la nieve.

La lumbre iluminaba ligeramente sus facciones. Era como una talla iluminada por las velas en mitad de una iglesia. Yo me hubiese arrodillado a rezar mil padres nuestros por una sonrisa suya. Incluso hubiese creído en Dios si sus ángeles tuviesen su rostro. Parecía aún algo confusa, pero no como noches atrás. Estaba haciendo lo que realmente deseaba. Aquello que le dictaba su corazón lo trazaba como si fuera una línea fija hecha por una flecha.

—Me liberé y a la vez me sentí profundamente temeroso. Había logrado algo impensable. Descubrí mi fuerza, el valor de la vida y a la vez lo fácil que es morir—mascullé.

—Lo fácil que es morir... —repitió cual autómata.

—Te quiero—dije abrazándola.


Ella se dejó abrazar, pero rápidamente se alejó como un animal salvaje. Parecía querer conocerse mejor, abrirse el pecho si hiciese falta, para descubrir qué éramos. Y eso mismo, y no otra cosa, nos hizo irnos de aquel país maldito y no regresar jamás juntos.

Lestat de Lioncourt   

jueves, 14 de agosto de 2014

Siempre estaremos unidos.

Tengo grabado a fuego en mi mente como te miraban. Siempre te han observado con deseo. Jamás he visto en un hombre despreciarte por tu belleza, pero sí por la fuerza que poseías. A pesar de estar quebrada de dolores, yerma por el paso del tiempo y el frío calando tus huesos, te portabas como una dama ejemplar que pisaba los cuellos de los arrogantes que te intentaban conquistar con zalamerías y remiendos al ser la marquesa, una mujer digna y prudente a la hora de hablar. Pero desconocían todos ellos el fuego desatado de tu interior, la ira que guardabas y regabas con lágrimas por la humillación de verte encerrada como un ave sin trino. Yo sí lo veía. Comprendía tu deseo de liberar tus muñecas de los invisibles grilletes, de soltar tu cabello y dejar que el viento te llevara como una semilla transportada en el aire.

Te he visto caer de rodillas sin siquiera doblar tu espalda. Porque no vi tu cuerpo, sino tu alma. La he visto debilitarse por segundos, para poco después alzarse con furia. Cuando miraba el pendón con el escudo familiar, con ese león de impresionante melena y aquellas garras terribles, miraba a padre y luego a ti. Hacía aquel simple gesto porque tú me contaste un día como son realmente los clanes entre esos magníficos felinos. Ellos portan la melena y la pose, pero ellas son las que despedazan para que sus crías se mantengan. Y tú me mantenías. Mantenías mis escasas esperanzas y las alimentabas con tus palabras llenas de bondad.


Creo que nunca te he compensado lo suficiente por todos esos años. Ni siquiera deseo aceptar del todo el no tenerte como antes. Sigo buscándote, necesitándote, manteniendo la esperanza de cabalgar a tu lado como si fuéramos uno y finalmente perdernos entre los bosques nevados. Sin embargo, mi compañía te oprime el pecho y te convierte en esclava de mis caprichos. Vives mejor sin mí, aunque yo no sé vivir sin ti. Sólo deseo que te mantengas firme como siempre lo has hecho y algún día, sin siquiera un atisbo de peligro, nos volvamos a ver, aunque sea a lo lejos, como el viejo ritual del vals donde el caballero saluda a la dama.

Lestat de Lioncourt  

martes, 1 de abril de 2014

Preocupaciones de una madre

Nunca me he preocupado por los acontecimientos que fueron siguiendo a mi marcha de Francia. Únicamente sé que la Revolución se llevó a buen puerto, la sangre noble bañó las calles y con violencia se llegó a la República. El sentimiento de libertad recorría la nación como un escalofrío y la pólvora aún se podía oler en el aire. Sin embargo no era algo que a mí, especialmente a mí, me interesara. Había dejado la vida atrás y me encaminaba por un sendero mucho más complaciente. La muerte me rodeaba, abrazaba y besaba mi frente como si fuera un niño bendecido por la aparición de la Virgen u otro santo.

Sin embargo a veces vienen a mi mente recuerdos que me hacen preguntarme por mi descendencia. No una descendencia inmortal como la que poseo, pues soy padre de numerosos vampiros y de algunos que no he hablado aún. Muchos conocen a mi propia madre como una hija, pero desconocen su labor de madre. He hablado pocas veces de como era ella cuando mortal, en sus años donde parecía casi acabada y con un pie en la tumba. Sinceramente yo no quería ver ese retrato dantesco, brutal y turbio que ella podía mostrarme con sus labios perdiendo el color, su piel cenicienta y su cabello rubio cobrizo. No, no quería verlo. Deseaba creer que seguía siendo firme, desafiante y apasionada a pesar de los golpes de bastón de mi padre, los insultos de mis hermanos y las burlas que ella misma hacía cuando comprobaba que la vejez llegaba inevitablemente.

Tenía dieciséis años cuando ocurrió la primera vez. Había estado todo el día en el bosque cazando conejos. Recuerdo la sangre en mis guantes, como pesaba las presas en el saco y la sensación de victoria. La escopeta estaba en mi hombro, aún cargada con la munición de una presa que sí logró escapar. Al entrar, con las botas llenas de fango y el pelo revuelto, creí que mi madre me iba a mirar con coraje y a la vez orgullo. Coraje porque estaba ensuciando todo y orgullo por las presas que había atrapado. Sin embargo cuando la vi, rodeada del molinero y su hija, sus ojos reflejaban una decepción profunda.

—¡Tiene que casarse con mi hija!—gritó molesto.

Aquel hombre orondo, de cabello negro y escaso, con la papada cubriendo el cuello de su camisa y sus manos agrietadas por el trabajo duro me provocó un temor jamás sentido. Habían hablado de boda y con su hija, una muchacha lozana pero común y corriente sin encanto alguno. Rose, así se llamaba, tenía buen busto y un cabello rubio rizado muy bonito pero su cara era simple, común y corriente, y sus ojos pardos no tenían siquiera el brillo de la inteligencia. Ella era más joven en edad, pero parecía más ajada que cualquier mujer con sus años. La razón por esa vejez, tanto en su padre como en ella, no eran sólo la genética sino la vida dura en el campo y en el molino.

—¿Es cierto?—preguntó mi madre con sus manos sobre los pliegues de su falda—. Contesta Lestat. ¿Es cierto que te acostaste con ella y está embarazada?

—Conmigo se acostó, pero no puedo negar que también se acostó con el hijo del cabrero y con mi propio hermano mayor—repliqué sin mover ni un músculo para acercarme.

—¡Cómo te atreves a calumniar a mi hija! ¡Lleva un hijo tuyo en su vientre!—exclamó su padre.

—O del cabrero—repuse provocando que se levantara para intentar golpearme.

—Le daré una bolsa de monedas si se marchan de inmediato. Olvidaremos el asunto. La joven tendrá el hijo y lo entregará en algún hospicio—dijo mi madre levantándose mientras se aproximaba a la puerta que daba al largo pasillo donde se encontraba la biblioteca—. Pasen a la biblioteca y hablaremos más sosegada del asunto—ella me miró fijamente y pude observar su dolor—. Es mejor que te quedes aquí.

Tanto el molinero como su hija se marcharon y yo sentí que mi alma regresaba a mi cuerpo. Corrí a la cocina dejando los conejos en la mesa para que la cocinera se hiciese cargo y después fui a lavarme a mi alcoba. Allí, dentro de la bañera de agua cristalina ya turbia por la sangre y la suciedad que arrastraba del monte, medité sobre la noche en la cual fue mía. No era virgen, no había sido el primero en tenerla en mi cama y no sería el último. Si el niño resultaba ser mío habría un bastardo rondando las calles de Francia que me pertenecía, pero eso no me quitaría el sueño jamás.

Ella no fue la única que vino a pedir cuentas, pues era noble y aunque algo arruinado tenía apellidos. Muchas mujeres se inventaban embarazos, o simplemente me endosaban sus errores, así como me traían el fruto de nuestro amor en sus brazos para que no pudiese negarme. No tenía espíritu paternal pues era un muchacho, a penas estaba conociendo los placeres de la carne, pero sin duda alguna mi madre se alivió al ver que Nicolas entraba en mi vida.

—Ese amigo músico, ese con el que jugabas de niño y ahora vas a la taberna, ¿es tu amante?—me preguntó una noche cuando ya habíamos terminado de cenar. Se había colado en mi habitación sigilosamente mientras me cambiaba.

—Madre...

—Responde—dijo con sus manos colocadas sobre su vientre.

—Sí. Sus carnes son mejores que las muchachas del pueblo y además puedo decir sin vergüenza que sus manos son hábiles—aquellas palabras, lejos de ser usadas para propinarme una bofetada, lo fueron para abrazarme con un suspiro de alivio—. Y lo amo.


—Calla, no digas eso—murmuró tomándome del rostro—. Eres joven para eso.

Desconozco si lo era realmente, pero en aquella época mi corazón sí era de Nicolas. 

Lestat de Lioncourt  

jueves, 17 de octubre de 2013

Volverte a ver

Sus manos acariciaban sus cabellos con delicadeza, como si no quisiera aplastar los rizos que caían con hermosas ondulas hacia su cuello. El fuego consumía la madera que había sido arrojada hacía un buen rato. La nieve caía fuera precipitándose contra el alfeizar de la ventana, toqueteando el cristal y creando cierta magia en el interior de la habitación. La cama ricamente vestida, la alfombra color vino extendida sobre el suelo de piedra, el escudo recordando el pasado glorioso, el baúl tallado con mimo para que los ángeles surgieran con belleza mientras que ellos dos estaban sentados junto al fuego, muy cerca, esperando que sus cuerpos entraran en calor.

Los pliegues de su vestido verde se asemejaban a los surcos en los valles y sus dorados cabellos, completamente trenzados hasta su cintura, caían hacia un lado recordando a las espigas de trigo. El niño que dormía en sus brazos era el único hijo que deseaba proteger. Las vejaciones de su esposo, la tosquedad de sus besos, el asco que sentía al saber que era un traidor y que jamás la amó, que siempre fue para él la criada refinada que debía parir sus hijos.

Aquello debía ser un sueño. Su madre tan joven, casi una niña y aún así con tantos abortos y partos duros. Tirada en la cama, sin mucha compañía más que la partera y su propias fuerzas. Sudada, sucia, con los ojos entrecerrados rogando morir en uno de ellos para que él no volviera a tocarlo. Y finalmente el último parto la dejó tan maltrecha, tan rotundamente mal, que era incapaz de dar más hijos. El último de todos era él. Siete hijos, pero sólo tres. Dos de ellos eran estúpidos, toscos, de cabello café casi negro, ojos oscuros, piel tosca y manos aún más toscas tan similares a su esposo. Sin embargo, él era rubio, de ojos azules, piel clara y delicada, labios rosados y con una inocencia asombrosa aunque inteligente, pero siempre bajo sus faldas.

Todo se volvió blanquecino, como si se evaporara o hubiese estado compuesto de humo. La escena quedó en blanco y él despertó en la cama que compartía con Rowan. Las sábanas revueltas, el olor a su esposa impregnándolo todo, la lamparilla encendida, la ventana abierta por completo y con las cortinas ondeando como si fueran una bandera gracias a la brisa fresca del otoño, la hojasca escuchándose fuera y una figura que no alcanzaba a ver cerca, muy cerca, de la puerta donde la penumbra se hacía oscuridad.

-Sólo vine a visitarte para ver que sigues de una pieza- esa voz atercipoleada pero profunda y firme le sacó una sonrisa- He visto a tu pareja en su despacho revisando algunos archivos de sus labores como médica- se aproximó dando un par de pasos y dejó que se viera su camisa mal colocada, incluso algo abierta con parte de sus pechos asomándose, y unos pantalones ajustados algo sucios por el barro junto a unas botas, unas hermosas botas marrones algo altas- ¿No dices nada?-preguntó acomodando sus cabellos bajo su sombrero vaquero.

-He soñado contigo madre-dijo al fin incorporándose- La chimenea de tu vieja habitación donde me narrabas viejas historias, la cama mullida donde me abrazabas hasta quedar dormido y el lugar donde leías, la ventana aquella hecha con gruesos cristales y madera.

-Muy bien hijo, ahora marcho-respondió saliendo de la habitación de forma elegante para después perder el eco de sus pasos.

Se incorporó deseando abrazarla, pero ya no estaba. No era un sueño porque olía a tierra, bosque por la humedad, ramas podridas, flores silvestres y a sangre fresca. Su madre había estado allí. Aquello le sacó una sonrisa mientras se dirigía de nuevo a la cama, donde Mojo se encontraba ya tomando casi al completo el colchón.

-Quédatelo porque voy a salir, amigo mío.


Volverla a ver. Sentirla cerca. Saber que estaba bien. Escuchar su voz. Saber que estaba ahí y comprender que sólo deseaba estarlo. Todo aquello y más le hacía feliz. Era feliz.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt