Sentada frente a la lumbre, con sus
cabellos recién cortados y su semblante serio, completamente perdida
de todo lo que podía tildarse de civilizado me hacía ver al ser que
era realmente. Ella decidió desprenderse de toda atadura, como si
estas fuesen brasas ardientes, y permitió que quedaran atrás como
quedó para mí todo lo que llegué a amar. Ambos nos desnudamos el
alma, dejándolas sin nada más que la libertad más profunda, y
echamos a caminar buscando la verdad más allá de todo lo conocido.
Tenía una pose típicamente masculina. Sus hombros estaban echados
ligeramente hacia delante, su espalda se inclinada con el mismo
ángulo y sus brazos cruzados por las muñecas en el hueco que hacían
sus piernas. Piernas que estaban ligeramente flexionadas y cubiertas
por un pantalón y unas calzas ya casi destrozadas. Parecía un
muchacho perdido, magullado y hambriento.
—Madre—dije acercándome. Sin
embargo, no me escuchó o no quiso hacerlo—. Gabrielle.
—Somos libres—respondió como si
quisiera repetir aquello, igual que una plegaria, para que fuese
cierto y no sólo un sueño.
—De la muerte, pero no del dolor. Aún
poseemos alma, o eso creo—contesté sentándome a su lado.
Mi levita de terciopelo azul marino,
con los botones y bordados de oro, contrastaba con su camisa blanca,
casi cenicienta, y mal abotonada. Parecíamos el príncipe y el
mendigo. Sin embargo, éramos lo mismo. Siempre fuimos muy similares.
Quise estrecharla contra mí, besar sus mejillas y su boca, para
luego jurarle amor eterno. Pero no hice nada. Sólo me quedé allí
mirando la lumbre del mismo modo.
—Creo...—murmuró, para luego
girarse hacia mí—. Creo que ya sé lo que sentiste en la nieve.
La lumbre iluminaba ligeramente sus
facciones. Era como una talla iluminada por las velas en mitad de una
iglesia. Yo me hubiese arrodillado a rezar mil padres nuestros por
una sonrisa suya. Incluso hubiese creído en Dios si sus ángeles
tuviesen su rostro. Parecía aún algo confusa, pero no como noches
atrás. Estaba haciendo lo que realmente deseaba. Aquello que le
dictaba su corazón lo trazaba como si fuera una línea fija hecha
por una flecha.
—Me liberé y a la vez me sentí
profundamente temeroso. Había logrado algo impensable. Descubrí mi
fuerza, el valor de la vida y a la vez lo fácil que es
morir—mascullé.
—Lo fácil que es morir... —repitió
cual autómata.
—Te quiero—dije abrazándola.
Ella se dejó abrazar, pero rápidamente
se alejó como un animal salvaje. Parecía querer conocerse mejor,
abrirse el pecho si hiciese falta, para descubrir qué éramos. Y eso
mismo, y no otra cosa, nos hizo irnos de aquel país maldito y no
regresar jamás juntos.
Lestat de Lioncourt
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