Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

sábado, 11 de octubre de 2014

Libres

Sentada frente a la lumbre, con sus cabellos recién cortados y su semblante serio, completamente perdida de todo lo que podía tildarse de civilizado me hacía ver al ser que era realmente. Ella decidió desprenderse de toda atadura, como si estas fuesen brasas ardientes, y permitió que quedaran atrás como quedó para mí todo lo que llegué a amar. Ambos nos desnudamos el alma, dejándolas sin nada más que la libertad más profunda, y echamos a caminar buscando la verdad más allá de todo lo conocido. Tenía una pose típicamente masculina. Sus hombros estaban echados ligeramente hacia delante, su espalda se inclinada con el mismo ángulo y sus brazos cruzados por las muñecas en el hueco que hacían sus piernas. Piernas que estaban ligeramente flexionadas y cubiertas por un pantalón y unas calzas ya casi destrozadas. Parecía un muchacho perdido, magullado y hambriento.

—Madre—dije acercándome. Sin embargo, no me escuchó o no quiso hacerlo—. Gabrielle.

—Somos libres—respondió como si quisiera repetir aquello, igual que una plegaria, para que fuese cierto y no sólo un sueño.

—De la muerte, pero no del dolor. Aún poseemos alma, o eso creo—contesté sentándome a su lado.

Mi levita de terciopelo azul marino, con los botones y bordados de oro, contrastaba con su camisa blanca, casi cenicienta, y mal abotonada. Parecíamos el príncipe y el mendigo. Sin embargo, éramos lo mismo. Siempre fuimos muy similares. Quise estrecharla contra mí, besar sus mejillas y su boca, para luego jurarle amor eterno. Pero no hice nada. Sólo me quedé allí mirando la lumbre del mismo modo.

—Creo...—murmuró, para luego girarse hacia mí—. Creo que ya sé lo que sentiste en la nieve.

La lumbre iluminaba ligeramente sus facciones. Era como una talla iluminada por las velas en mitad de una iglesia. Yo me hubiese arrodillado a rezar mil padres nuestros por una sonrisa suya. Incluso hubiese creído en Dios si sus ángeles tuviesen su rostro. Parecía aún algo confusa, pero no como noches atrás. Estaba haciendo lo que realmente deseaba. Aquello que le dictaba su corazón lo trazaba como si fuera una línea fija hecha por una flecha.

—Me liberé y a la vez me sentí profundamente temeroso. Había logrado algo impensable. Descubrí mi fuerza, el valor de la vida y a la vez lo fácil que es morir—mascullé.

—Lo fácil que es morir... —repitió cual autómata.

—Te quiero—dije abrazándola.


Ella se dejó abrazar, pero rápidamente se alejó como un animal salvaje. Parecía querer conocerse mejor, abrirse el pecho si hiciese falta, para descubrir qué éramos. Y eso mismo, y no otra cosa, nos hizo irnos de aquel país maldito y no regresar jamás juntos.

Lestat de Lioncourt   

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Lestat de Lioncourt