Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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sábado, 2 de septiembre de 2017

AKASHA

Marius demostrando lo que fue y es...

Lestat de Lioncourt 

Ahora que puedo tomar distancia y reflexionar sobre mi vida junto a ellos, cuidándolos y protegiendo su secreto, comprendo que hubieron momentos de torpeza por mi parte, pero también de incumplimiento por parte de otros bebedores de sangre que conocieron esta verdad, la verdad de un nexo común y que ellos eran la fuente de nuestro poder, pero no movieron ni un dedo por socorrerme y ayudarme a cuidar, vigilar y ofrecer seguridad a ambos Padres.

Si viajé a Egipto fue por petición de mi hacedor, al cual creí destruido por parte de los druidas. Él me encomendó que tomase las riendas de este asunto para desenmarañar la intrincada red que nos vinculaba a unos y a otros. Eran como hilos finos que nos conectaban, al menos así lo sentía y así ha sido hasta hace escasos años.

La historia que se narra actualmente sobre dos hermanas pelirrojas que se enfrentaron a los Padres y fueron apresadas, juzgadas y condenadas sin ser escuchadas. Ultrajadas, violadas, desacreditadas y expulsadas a recorrer el desierto encontraron un refugio y allí fueron encontradas nuevamente para ser despojadas de sus ojos y su lengua, aunque hubo un hombre que se compadeció de ellas. Aclaro que en este proceso Maharet y Mekare fueron juzgadas por canibalismo, ya que estaban consumiendo el cuerpo de su madre. Era una práctica natural y extendida por todo el territorio, pero Akasha, que venía de otras tierras cercanas a Mesopotamia, lo veía como un escándalo e implantó la momificación. Ese fue su primer acto de rebeldía, el segundo fue cuando los espíritus que hablaban con estas mujeres lanzaron a la reina su desprecio y por ende esta hizo caer sobre ellas el peso de su poder. Desde entonces los sucesos se precipitaron. La crueldad de Akasha se fue moldeando a lo largo del relato y demostrando que la que yo creía una madre bondadosa era una tirana despreciable.

Yo no sabía la verdad. Desconocía cómo sucedió todo. Sin embargo, asumí que debía protegerlos. Comprendí que mi vida, como la vida de centenares de vampiros, dependía de su protección. Por eso los llevé conmigo y los amé profundamente a pesar de su silencio. Cuando me hice con su cuidado ellos ya no se movían y eran similares a estatuas. A mí no me importaba, aunque pueda parecer escalofriante. Era como los pacientes inducidos en un coma a salvedad que ellos no envejecían y no necesitaban más cuidado que mi limpieza, cepillado de sus cabellos y colocar prendas nuevas cuando las anteriores se deterioraban. Supongo que mi labor era similar a la que realizan muchos beatos en las iglesias cristianas.

Construí a lo largo de los años muchos refugios para que ellos estuviesen protegidos y cómodos. Asumí que tal vez podían escucharme y por lo tanto les contaba como cambiaba el mundo y los grandes acontecimientos. Solía bajar a conversar durante horas, pintaba mis lienzos junto a ellos e incluso cambiaba la decoración de las paredes.

Amaba sobre todo a Madre, la hermosa y siempre joven Akasha, cuyos ojos parecían brillar y su voz me hablaba en sueños. Al menos así lo creía. Pues cuando tuve ciertos percances logré escuchar su voz, logré tener sueños muy vívidos e incluso me impulsó a buscar a Pandora, mi primera creación y a quien siempre amaré a mi modo.

De hecho, Pandora tuvo sueños de sangre relacionados con Madre y Padre. Ella decía que podía ver en estos el deseo y las necesidades de Akasha. Se postraba a sus pies y le hablaba. No todos podían hacer eso. Había leyendas, así como yo había llegado a comprobar, que quienes no eran dignos de ella, de estar en su presencia, quedaban reducidos a cenizas. Así que esos sucesos me hacían seguir creyendo que nos escuchaba, que podía ver y sentir aún. Jamás comprendía cómo podían ambos estar sumidos en un silencio tan profundo, como si durmieran con la expresión de alerta.

No fue hasta que rescaté a Lestat del Cairo y lo llevé hasta el refugio que yo poseía. No fue hasta esos días. No, no fue hasta entonces, que no presencié los movimientos de Akasha y Enkil. Ambos Padres, llamados Los Que Deben Ser Guardados, reaccionaron ante la presencia del impertinente jovenzuelo que yo había decidido rescatar de su pena.

Lestat había sufrido terriblemente al entrarse que quien fue su amante durante su vida humana, el segundo vampiro que convirtió, había atentado contra su vida y ardido en una pira frente a otra de mis creaciones, mi dulce Amadeo que ahora se hacía llamar Armand y que poseía una expresión más cruel que la que yo jamás podía haber imaginado. Además, su propia madre había desparecido de su lado después de hacer varios amagos para marcharse. Lestat había convertido a su madre en vampiro y esta deseaba libertad, poder comprenderse y reconocerse a sí misma. Hizo aquello en un momento crítico y Lestat cayó en una terrible depresión. Él había salido de París buscándome y yo me sentí más que tentado a buscarlo.

Todavía no perdono a todos los vampiros que fui conociendo y que se negaron a cooperar para cuidarlos. Tampoco perdonaré a Eudoxia o Santino, aunque ya estén muertos, por haber intentado ambos hacerse con ellos. Nunca lo podré perdonar.

Lestat hizo que ella despertara en una segunda ocasión, pero ya en este mundo lleno de tecnología. Ella pudo escuchar sus canciones llenas de poesía oscura e irreverente. Logró lo que nadie había logrado hasta este momento. La animó, la hizo entregarse a unos criterios errados y comenzó a destruir a “sus hijos”. Miles de vampiros fueron asesinados bajo sus noches de horror, muchos de ellos habían acudido al concierto de Lestat que daba para propagar sus canciones, su verdad, la verdad que yo le había enseñado y él había vivido. Sobrevivimos casi medio millón, pero poco después hubieron otros desastres. Las noches ya no son tranquilas. No lo son desde que Akasha despertó, destruyó todo a su paso y las Gemelas decidieron destruirla a ella.

Y digo que no lo son porque muchos seguimos soñando con su rostro, con esos ojos endemoniados, con esas palabras crueles e intransigentes. Hay quienes cayeron en la depresión, la locura y se aferraron al cataclismo. He intentado ayudar a muchos jóvenes que intentan hallar en mí consejos y algo de guía. Ahora soy la mano derecha, la mano fuerte, de Lestat. Si bien, mi autoridad puede resultar tediosa para mi joven pupilo. Para él a veces soy demasiado rígido y para mí él es demasiado blando.

Akasha poseía el Germen Sagrado y ahora habita en Lestat. Por eso mismo él es el líder, por eso mismo seguimos luchando. Sin embargo, estamos buscando como romper el vínculo de todos con Amel, como así se llama y llamaba este espíritu que nos dio vida tras una supuesta muerte, porque sólo así podremos estar más seguros y menos dependientes si algún milenario, o el propio Lestat, sufre un percance.


Ella nos demostró como no deben ser los gobernantes y el fuerte vínculo que tenemos entre todos. Ella nos demostró la cara amable y la cara terrible. Ella, Akasha.  

domingo, 7 de mayo de 2017

Madre

Hola, soy Lestat de Lioncourt y adoro a mi madre. Bueno, adoro todo lo que representa la palabra maternidad.

Lestat de Lioncourt 


Hay quienes se atreven a afirmar que su profesión es la más dura que existe. Sin embargo, desconocen la palabra maternidad. La verdadera maternidad es una profesión de riesgo, llena de sinsabores, en la cual aprendes día a día y jamás existe jubilación. Nunca dejas de ser madre. La maternidad exige a la mujer algo más que dar una vida, sino el cuidarla y el no entorpecer su desarrollo. Una madre comienza a preocuparse por su hijo el mismo día que sabe que está gestando vida y deja de perturbar su situación sólo cuando fallece ella.

No se suele tener en cuenta a las madres de forma diaria salvo cuando ya no están. En el momento en el cual una madre desaparece de la vida de un hijo, por adulto que sea, este comienza a entender el hueco que queda. Ya no están sus ojos atentos a todo lo que hacen, ni sus consejos repetitivos, y tampoco sus llamadas a cualquier hora para saber si está bien. Las madres son seres que a veces quedan invisibilizados, echados a un lado como si fueran juguetes rotos u olvidados porque la vida adulta es fascinante.

El mayor reto de una madre es tener un hijo sano, el siguiente es educarlo con valores y el último es que llegue a ser feliz. Ya no es que posea una carrera impresionante, grandes amigos, una pareja que le ame... Simplemente desean que sean felices aunque su profesión parezca insignificante a ojos de todos.

Hace siglos el cuidado y crianza de los hijos era sólo patrimonio de mujeres. Era su oficio. Las labores domésticas, los hijos y estar presentable ante la pareja. Actualmente se ha sumado el trabajo fuera del hogar y no se ha disminuido del todo la carga familiar. Un hombre cuando es padre se le sube el sueldo en la empresa, a una mujer es posible que la despidan. Aún se cree que educar es sólo cosa de mujeres, aunque creo que sin duda alguna pueden ser muy influyentes si estas pasan más tiempo con los hijos. Ese es el problema. Los hombres tienen oficios que los mantienen lejos de casa, como en otros siglos era la guerra o el labriego. Ahora las mujeres también pasan horas en las oficinas, empleos mal remunerados o simplemente buscando un sueldo para que colabore con la cesta de la compra. Los niños se están educando frente a pantallas de ordenador, televisión y videoconsolas. Están olvidando los cuentos, los consejos, el ruido de un hogar sano y fuerte...

Las madres se enfrentan hoy en día a mayores peligros para sus hijos. Cada vez hay más formas de causar daño a los más jóvenes y de entorpecer su felicidad. Es algo que llena de temores a una verdadera madre, la cual no siempre tiene porqué ser la que trajo al mundo a su hijo o hija. Madre no es sólo quien da a luz, es quien educa y se preocupa. Hay madres que lo hacen solas, madres que lo hacen acompañadas de otras mujeres y madres que lo hacen en compañía de hombres más o menos decentes.

Muchos me han juzgado por como soy con Lestat. Creen que no le amo lo suficiente porque no estoy ahí. Me juzgan por haberme marchado de su lado y haber hecho mi vida. Si bien, fue una oportunidad maravillosa para ambos. Nos descubrimos a nosotros mismos y aprendimos cada quien una lección intensa, magnífica e importante. Si bien, siempre me he preocupado por su felicidad y bienestar. He aparecido cuando realmente lo necesitaba, pues la lección ya la había aprendido y sólo quedaba que resolviera el asunto de una maldita vez. Ahí estaba llorando cuando Akasha se lo llevó y amenazó al mundo, al igual que cuando Memnoch lo hizo o él tenía que asumir el riesgo de luchar con tenacidad y honradez para salvar a los más indefensos.


Siempre he querido ser un ejemplo de firmeza y amor, pero muchos creen que debería estar más pendiente de mi hijo. No. No se debe. Una madre debe saber cuándo ser el colchón y el pilar fundamenta, y cuando tiene que aprender a levantarse su hijo por si solo. Es parte de la educación y del aprendizaje. Aún así siempre me preocuparé, siempre tendrá consejos, siempre me sentiré orgullosa y siempre lo amaré. Soy madre y es mi profesión. Mi profesión es preocuparme por la vida de mi hijo, su felicidad y transmitirle mi orgullo, respeto y amor.  

sábado, 13 de agosto de 2016

De tal palo tal astilla

No sabía yo que ellos, Louis y mi madre, se pelearon en Trinity Gate... ¡Pero ahora lo sabemos! 

Lestat de Lioncourt


—Otra vez codo con codo intentando salvar el mundo—dije mirando a todos en aquel lugar.

Trinity Gates se había convertido en unas pocas horas en el ombligo del mundo. Cientos de jóvenes deambulaban por las calles, igual que zombies, buscando este lugar y otros, los más fuertes o cercanos a Lestat, nos recluíamos tras sus muros esperando que él y el receptáculo donde se hallaba Amel apareciera. Benjamín daba la voz de alarma a la mayoría: Alejaos de aquí. Fuera de la ciudad. Alejaos a los campos. Ya os avisaremos.

—Si consideras mundo a Lestat, sí—respondió ella sin siquiera dudar un mísero segundo.

—Considero mundo también al resto—indiqué clavando mis ojos en ella. Estaba allí vistiendo unas ropas que podía considerar típicamente masculina, su pelo era salvaje y sus ojos grises parecían los de una fiera. Dudé por un instante que ella hubiese sido alguna vez madre, esposa y humana—. No sólo estoy aquí por él.

—Me alegro, Louis—dijo tras una breve risotada—. Me alegro porque poseas tan noble corazón, pero siendo justos creo que sólo estás siendo un cínico—confesó colocando su mano izquierda sobre mi hombro ejerciendo cierta presión con sus lagos dedos. Su hijo se parecía demasiado a ella y eso me torturaba.

—¿Qué?—murmuré sorprendido y algo ofendido.

—Sincérate, muchacho—susurró apartando la mano mientras dejaba ambos brazos relajados. No muy lejos podía observar a Sevraine silenciosa, fuerte y dominante con sus ojos de cielo clavados en la figura de Gabrielle—. Es bueno ser honesto con uno mismo de vez en cuando—dijo lanzándome un pequeño guiño demasiado burlón.

—¿Por qué cree que sólo lo hago si fuese Lestat?—pregunté escandalizado.

—Es obvio—respondió ipso facto—. Si fuese otro quien estuviese en peligro estarías mirándolo desde lejos, igual que haces con el fuego cuando lo provocas.

—Salvé a Rose—dije apretando los puños.

Me consternaba que ella pudiese decirme algo así. Se suponía que me conocía. Estaba asombrado de lo tristemente egoísta y dócil que podía parecer ante el resto si hablábamos de Lestat, de salvarlo de algún modo o amarlo incondicionalmente. Ella estaba ahondando en la herida como un gusano hurga en una manzana hasta pudrirla. Me sentía tan culpable de haberlo arrojado al pantano, mucho más de no quedarme a su lado después de todo lo ocurrido en París o de no haberlo buscado antes. ¡Y sobre todo culpable de irme dejándolo con un cuerpo débil y humano! Eso azotaba mi alma y por supuesto en esos momentos quería estar ahí, cada maldito segundo de mi existencia, aunque pudiese morir después de esa noche.

Rose, por otro lado, me parecía una niña todavía. Al contemplarla, allí bailando en los brazos de aquella replica casi perfecta de Lestat, sentía un amor similar al que una madre tiene hacia sus hijos, un orgullo idéntico al de un padre hacia su descendencia y una confianza ciega en que ella sería formidable, saliéndose con la suya, como cualquiera posee ante las argucias de Lestat.

—Sólo porque la consideras un pedazo de Lestat—apostilló.

—Está equivocada—dije arrugando la nariz.

—Yo nunca me equivoco—dijo apartándose de mí para ir hacia Sevraine.

—¿No es un poco egocéntrico pensar así?—lancé esa acusación provocando que se desternillara de la risa mientras se giraba suavemente hacia mí. No entendía adónde estaba el chiste.

—¿Y? Yo no tengo que dar explicación alguna a un Dios por serlo, ¿acaso tú sí?—contestó dejándome mudo.


Me di cuenta que Gabrielle era aún más insoportable que Lestat cuando se discutía con ella, pero también que tenía algo de razón y por eso me sentía tan molesto.  

domingo, 1 de mayo de 2016

Día de las Madres

Daniel Molloy ha intentado hacer un resumen de todas las madres y las relaciones con sus hijos mortales o inmortales. 

Lestat de Lioncourt 

Hay algo que indudablemente jamás cambiará en este mundo y es la forma de relacionarnos con las personas más cercanas. No importa que existan grandes fórmulas para comunicarnos a larga distancia, pues el cuerpo a cuerpo sigue siendo primordial. Es cierto que Internet ha sofocado en cierta medida problemas de aislamiento y soledad de cientos de personas, pues es una gran oportunidad para conocer a otros o poder mantener conversaciones fluidas con viejos amigos que están demasiado lejos. Sin embargo el cara a cara en un café sigue aportando cierta paz a estados de intranquilidad que no lograría una videollamada.

La unión es necesaria. Debemos desprendernos de venganzas absurdas por comentarios que quizá ni siquiera se sentían. Tenemos que abandonar por completo el hacha de guerra y centrarnos en si realmente importa esa persona en nuestras vidas. Podemos perdonar y debemos hacerlo. La vida es breve incluso si eres un vampiro porque puede venir otro y destruirla. El tiempo se escapa de nuestros dedos y nos deja sin poder realizar nuestros sueños, pero sobre todo perdemos el tiempo alejados de quienes realmente merecen la pena.

No hay relación más estrecha que la familia. Tengamos una gran familia o no poseemos algo valioso que en ocasiones es un terrible lastre. Sin embargo siempre habrá alguien en la familia que nos comprende, que tenemos ahí cuando necesitamos algo y que jamás se rinde. Mayormente son nuestros padres o hermanos, pero también están tíos o primos que no dudan en acudir cuando estamos con el agua al cuello.

Pronto será el día de las madres en numerosos países. El primer domingo de Mayo puede considerarse un día cualquiera para muchos, pero importante para otros. Hay quienes no tienen relación alguna con sus madres y prefieren olvidar la fecha. Al igual que existen personas que las perdieron y sólo pueden recordarlas. También existen personas que han sido adoptadas y no saben sus orígenes, gente que posiblemente aún están buscando un nexo de unión con quien realmente los trajo a este mundo aunque no dejen de amar a la familia que les ha dado hogar, estabilidad, felicidad y estudios.

Por mi parte perdí a mis padres hace tiempo. Me encuentro, por así decirlo, sólo en este mundo de Dios. Poseo grandes recuerdos de ambos e intento no defraudarlos. Si bien jamás supieron qué era yo. Decidí alejarme de ellos antes que pudieran siquiera saber en los líos que me estaba metiendo. A ellos jamás les hubiese gustado verme en peligro o arriesgando mi “vida” por una noticia o un poco de emoción.

Sin embargo hay inmortales cuyas madres siguen vivas y que han tenido que abandonarlas definitivamente porque ellos no envejecían, no maduraban frente a sus ojos, y ellas empezaban a consumirse. Lestat era el único vampiro hasta la fecha cuya madre era inmortal como él, pero ahora su hijo Viktor goza de tener a ambos padres vivos e inmortales. La doctora que se prestó al experimento sigue viva y tiene colmillos, como la mayoría del laboratorio donde el ADN vampírico está siendo aún investigado por parte de cientos de científicos.

También existe la posibilidad que la relación fuera tan nefasta que el inmortal acabara con su madre. Tarquin destruyó a su madre tras unos meses como vampiro. Había alcanzado más de un año como inmortal cuando supo la verdad de su historia, del monstruo que le perseguía y aterraba desde pequeño, y esto provocó cierta indignación y rabia. El fantasma que siempre le había acompañado era su hermano gemelo, el cual falleció porque hubo una lucha de ambos por sobrevivir en el vientre materno y Garwain Blackwood murió a las pocas horas de nacer. Su madre rechazó al vivo y convirtió al bebé muerto en un fantasma por culpa de su idolatría. Patsy trató mal a su hijo, se involucró en drogas y prácticamente se prostituía teniendo varios abortos. El joven no soportó la verdad, la cual era más cruel de lo que él jamás pudo imaginar, y la mató para arrojarla después a los caimanes del pantano donde vivía.

Por supuesto hay inmortales que jamás conocieron a sus madres como es el caso de Marius. Marius, mi maestro y compañero, nació de una esclava y su padre lo apartó de ella para criarlo como un romano. Intentó que su hijo bastardo fuese como el hijo que había tenido con su esposa, pero él rechazó las armas porque amaba la historia y recorrer el mundo narrando lo que veía. Él carece de recuerdos de su madre aunque intentó buscar a su familia y seguir su rastro durante siglos, pero finalmente terminó alejándose de ella como hacemos todos salvo Maharet y Khayman.



martes, 8 de marzo de 2016

Esto me lo ha entregado Armand. Todavía conserva ciertas memorias de Nicolas... 


Lestat de Lioncourt


Me vi obligado a volver a ese pueblo. Odiaba tener que marcharme de París por indicaciones del abogado de Lestat. Él ni siquiera se había dignado a conversar conmigo unas pocas horas. Desde hacía meses apenas sabía de su paradero y era casi imposible poder verlo frente a frente. Había huido en mitad de la noche como un fugitivo y no había regresado. Tenía mayor relación con aquel hipócrita de buenas palabras que con quien me arrojaba a las sábanas tentándome como un demonio, hundiéndome en sus peligrosos deseos y destruyendo poco a poco mi cordura. Extrañaba sus besos y el perfume del sexo regado por las sábanas, pero no podía quejarme.

Lestat mantenía callada mi voz con un apartamento mucho más glorioso que aquella boardilla, la cual me hacía sentirme más refugiado de mis penas y amarguras, y con clases particulares de violín que sentía tan aburridas como las conversaciones de las damas de clase alta que en ocasiones iban a escucharme tocar.

Sin embargo había dado mi palabra. Tenía que regresar a Auvernia para encontrarme con ella. Debía hacer que su viaje a Italia fuese idílico. Me iba a convertir en su perro faldero, aunque Lestat creía que la protegería de todo mal en los caminos que nos llevarían a Roma y después a Venecia. Deseaba que su madre tuviese sus últimos años de gloria, aunque yo sabía que iba a morir mucho antes de llegar a su tierra natal. A veces el amor de un hijo no quiere ver la verdad que esconde el dolor en los huesos de una madre. Gabrielle podría ser soberbia y fuerte en apariencia, pero tras la coraza había un ser que se moría podrida por el dolor y la humedad.

—¿Qué hace aquí?—preguntó arrojada en la cama con un hilo de voz.

Me condujeron rápidamente hasta su alcoba. Sus hijos mayores parecían revolotear a mí alrededor al ver el caro vestuario que vestía, así como al comprobar que les ofrecía sin reparos una bolsa con una fuerte cantidad de dinero. Ellos, que nos despreciaron a su hermano menor y a mí desde el primer momento, se convirtieron en aduladores de palabras gentiles. Por mí podían irse al infierno y no regresar jamás.

—Su hijo me pidió que viniese a buscarla—respondí aproximándome a la cama.

—Váyase, maldito diablo. No quiero ir a ninguna parte. Váyase y déjeme morir en paz—dijo girándose en aquella cama húmeda por el sudor de su cuerpo. Estaba febril y débil.

—Al menos permita que la vea. Por favor, no sea terca—dije sentándome en el borde de los pies.

—Me está pidiendo que mi hijo me vea así, ¿eso me está pidiendo?—preguntó incorporándose para alcanzar a verme—. Si él quiere verme que venga aquí y me tome de la mano en mis últimos días de vida. ¡Pero no! ¡Tiene que mandar a la perra que gime en su cama con descaro e insolencia! ¡La misma perra que se sienta en mi cama y me pide que no sea terca! ¡Le haré un favor, Nicolas, y es que no le humillaré lo suficiente!—decía intentando mostrar su fuerte carácter—. ¡Váyase y no regrese! ¡Váyase con él y hágalo feliz! ¡Ni siquiera es capaz de cumplir ese único favor que le pido!

Esas palabras me hirieron. Aquella conversación fue tan dolorosa que acabé llorando amargamente. Amaba a Lestat de mil formas y él ni siquiera era capaz de darme nada a cambio. Su madre me despreciaba y sus hermanos serían capaces de cualquier cosa con tal de burlarse de mí, aunque ahora con aquellos regalos había provocado que me sonrieran de forma amable.

—¿Está llorando?—dijo sentada en la cama.

—¿Acaso importa, señora?—murmuré con la voz quebrada.

—Hábleme—susurró.

—Su hijo desapareció una noche y durante semanas esperé como cualquier mujer que aguarda a su marido de una guerra. Pensé que había podido huir, pero también que alguien pudo secuestrarlo para acabar con él. Hay mucha envidia entre actores y él empezó a destacar con rapidez—comenté incorporándome mientras me giraba con el rostro bañado en lágrimas—. Esperé una respuesta digna, pero sólo tuve cartas llenas de mentiras y dinero. Sé cuando Lestat miente, señora. Sé cuando dice una sola mentira. Él me mentía y no había motivo para ello—mis manos temblaron mientras las llevaba a mi corazón—. Él me juró mil veces amor y empecé a escuchar rumores de su boda con una rica heredera, después ese dinero sucio con el que me visto y como, luego este viaje… No es capaz de decirme la verdad y sé que la verdad es más siniestra de lo que él me cuenta…


—Iré con usted—dijo seria—. Iré con usted a París a verlo a él. Me estoy muriendo, Nicolas. No voy a poder ir a Italia ni a recorrer mundo como él desea. Voy a morir y si tengo que morir deseo saber la verdad—se incorporó y caminó encorvada por la habitación—. No se quede mirando, joven, y ayúdeme. 

sábado, 27 de febrero de 2016

El rugido de una leona

Esto lo ha contado mi madre a David y David a mí. No lo recuerdo, pero sé que ella no mentiría al respecto.

Lestat de Lioncourt 



Miraba por la ventana los copos de nieve cayendo acumulándose mansamente frente a la puerta de acceso al gris castillo. La humedad provocaba que sus huesos la hiciesen gritar de dolor pero ella permanecía entera. Entre sus doloridas manos había un hermoso libro algo desgastado, de letras pequeñas y juntas, con alguna página arrancada como símbolo de ira. Sujetaba aquel libro con la fe que se sostiene una biblia ante Dios mismo. Los poemas que allí se encontraban relataban la belleza y magnificencia de la naturaleza, sus estaciones, animales y el amor más seductor.

—Madre, madre…—escuchó su voz infantil quebrándose mientras torpemente entraba en la habitación—. Madre, madre… Tristán dice que soy feo… —su voz sufría un quiebro con cada palabra.

Otra vez una discusión terrible entre hermanos que acababa con el más pequeño buscando las faldas de su madre. Era como un pequeño pollito recién nacido que buscaba a la gallina ante cualquier problema. Sus hermosos cabellos bruñidos parecían haber sido hilados por el sol y sus mejillas simulaban haber sido pintadas por Michelangelo. Aquellos ojos profundos y silvestres se llenaban de lágrimas que ella misma que quería derramar. Tan joven y marchita por esos niños que corrían de un lado a otro de aquel desdichado hogar, los cuales podían morir por cualquier fiebre y dejarla más sola que nunca.

Cerró el libro dejándolo en el alfeizar y se acomodó el traje llevando su mano a su vientre, acariciando con dolor su ajustado corsé, mientras caminaba hacia la llorosa criatura. Decidió desde antes que él naciera usar la mano dura para no aferrarse a ellos. Aún recordaba cómo había tenido que dar cristiana sepultura a uno de sus hijos de tan sólo tres años. Su corazón se quebraba cada vez que tenía que hacer un recuento a los partos de sus hijos, todos hechos con dolor y nacidos en una cárcel vacía de esperanza. Sin embargo él era distinto. Todos sus hijos eran hermosos y parecían ángeles arrancado de los viejos frescos de su tierra natal, pero ninguno era como Lestat. Un niño aferrado siempre al bajo de su falda y rogando un amor que ella quería evitar ofrecer.

—Sabes que es falso, ¿por qué lloras?—preguntó tomándole de las manos—. Lestat, para de llorar—exigía siempre con la misma repuesta por parte del pequeño. Su respuesta era llorar sin calma alguna. Entonces, con dolor y rabia, golpeaba su rostro perdiendo la poca paciencia que poseía. El niño a veces se callaba y otras veces huía a esconderse en uno de los armarios del castillo.

—¿Un bofetón es amor?—dijo aún con la voz tomada—¿Cuánto más me pegas más me quieres?—esa pregunta rompió su corazón en mil pedazos.

Lestat sólo tenía cuatro años y casi no levantaba medio palmo del suelo. Era un niño torpe y sensible que amaba contemplar las mariposas salir de las crisálidas, el aroma de la leña y correr por toda la casa tras cualquiera de los perros que tenían. Él destacaba por su viva inteligencia y por sus temerarias acciones. Sus rasgos no eran muy distintos a los de sus hermanos, pero se parecía demasiado a ella y no al borracho encolerizado y ciego de su marido.


De inmediato se arrodilló frente a él llorando mientras lo pegaba contra su pecho. No respondió a esa pregunta tan horrible para cualquier madre. Ella sólo lloró enterrando sus dedos en la maraña de rizos dorados que poseía. Ese querubín había destruido sus muros y arrebatado su aliento provocando que ese mismo día jurara no abandonarlo jamás, además de luchar como una fiera para que el niño nunca se fuese de su lado. Pidió a Dios, aunque ya hacía tiempo que se había muerto para ella, que jamás se lo levase. Ese niño era suyo y sólo ella sabría amarlo con toda su alma. 

domingo, 27 de diciembre de 2015

Rhoshmandes

Concuerdo con varias cosas de Rhoshmandes en su relato. Es decir, acepto que ella era hermosa y provocaba pánico, también que no comprendo del todo como pudo dejar a tantos viejos vampiros vivir. Quizás no era tan cruel, tan sólo deseaba hacerse entender y eso, sin duda alguna, pesa en mi conciencia. No sé si en la suya también.

Lestat de Lioncourt


Estaba allí, en plena oscuridad, rodeado de un hedor insoportable. Mi túnica celeste se había manchado con la suciedad de aquella bodega. Mis ojos se estaban acostumbrado a la oscuridad, y, por supuesto, mataba por un poco de agua o vino. Tenía calor en aquella húmeda pocilga y mis manos temblaban por el nerviosismo. Los grilletes eran pesados, pero eso no era lo peor. No me importaba llevar grilletes, aunque sí desconocer el rumbo de mi propio navío y lo que había sucedido con mis hombres, animales y diversa carga que había transportado a lo largo del Mar Egeo. Ya no era la pérdida económica, sino la de mi orgullo y libertad.

Tuve un mal presentimiento al salir de Creta, pero intenté dejarlo atrás. No me gustaba ser agorero ni menospreciar mis ofrendas a los dioses. Sin embargo, había caído en manos de unos seres que habían aparecido en plena noche, arrebatado el timón a mi mejor marinero y acorralado a los restantes hombres, diez en total, con una facilidad pasmosa. Aquellos elegantes caballos que iban a trotar por las calles de Roma, los que yo mismo había elegido sabiamente, los había escuchado caer por la borda. El barco se movía rápido en la noche, pero durante el día parecía estancado.

Llevaba dos días de viaje sin saber dónde y porqué, tampoco cuánto íbamos a tardar en llegar a donde quisiera que fuese. Mis pensamientos más amargos, los más terribles de todos, se encendía como una antorcha en la oscuridad. La misma antorcha que me quemaba y me hacía gemir de dolor. Me lamentaba, lo reconozco, y despreciaba mi destino. Hubiese querido perecer esa misma noche cuando entraron en mi alcoba, me sacaron de mi cama y me lanzaron mis vestiduras en la celda de los esclavos. Los mismos esclavos que habían muerto minutos antes, con los cuales compartía calvario siendo ya apestosos cadáveres.

Allí, alejado del mundo consciente, tuve una revelación. Dos jóvenes bajaron hacia donde me encontraba. Por las prendas supe que no era un pueblo que yo conociese como la palma de mi mano. Sin embargo, sus rasgos me eran llamativos e incluso ligeramente atractivos. Poseían una belleza mágica y sus cuerpos estaban dotados de una musculatura excepcional. Tenían la piel tostada por el sol, pero también por su raza, y poseían unos ojos profundos llenos de angustia, soberbia, verdad y miedo. Era una mezcla exquisita que agradecí. Si eran ellos los que debían ejecutarme que lo hicieran rápido, pues parecían diestros por como sostenían las espadas. No sufriría más agonía.

Sin embargo, sólo abrieron la celda y me hicieron caminar a su lado. Subí por la estrecha escalera hacia la superficie del barco y bajé hasta tierra firme. Allí una hilera de antorchas marcaban el camino hacia mi nueva prisión. Pero lo que hallé fue la bienvenida de un príncipe o un Dios. Dentro de una construcción excelsa, alta y con detalles extraños en los muros, los cuales después apreciaría que era escritura egipcia, habían mujeres deseosas de complacerme en todos los sentidos.

Comí, bebí y sentí la calidez de sus manos limpiando el hedor del sudor, el orín y la muerte. Me limpiaron como si fuese un tesoro y me dieron el placer que sólo un hombre puede conocer a la perfección. Cuando salí del baño me ataviaron con prendas de lino y oro, también me colocaron sobre la cabeza agua de flores que perfumaron mis cabellos, y por último calzaron mis pies con unas sandalias de cuero nuevas.

Esa noche pasé de ser un mártir a convertirme en un guerrero, a ser de nuevo lo que había dejado de ser por unos meses. Lo fui gracias a Akasha, que me convirtió en un proscrito a la luz del sol y mi nombre, el nombre que jamás rechacé, sonó con fuerza entre vítores y alabanzas: Rhoshmandes.


Siempre sería su hijo, pero no soy lacayo. Algo de mí la amaría hasta el final, aunque jamás de forma ciega. La admiraría por su poder, sin embargo la temí por su nula capacidad de comprender el mundo y sus verdaderas necesidades. Aprecié su belleza, del mismo modo que ella apreció la mía. Me convertí en hombre libre cuando huí de ella, aunque bien pudo matarme... Nunca comprenderé porque jamás se alzó en mi contra.  

sábado, 24 de octubre de 2015

Madre y Padre

Marius ha hecho acopio de todas sus fuerzas para recordar algunos sentimientos que creía olvidados. Ahora, tras lo ocurrido con Amel, parecen haber surgido como un terrible grito en mitad del silencio. 

Lestat de Lioncourt 


Podía contemplarla durante horas y no perder la concentración. Admiraba aquella figura erguida, como una diosa, en aquel trono hecho a medida para su delicado cuerpo. Sus turgentes senos, sus labios carnosos, sus ojos fríos y profundos, aguardaban ser besados y acariciados. Parecía de mármol, pero no era más que una criatura que no deseaba despertar de un sueño al que se había entregado muchos años antes de conocernos.

Sus largos cabellos negros caían sobre sus hombros, los mismos que yo cepillaba cada anochecer. Lavaba su cuerpo con agua perfumada, vestía su desnudez con cuidado y engalanaba su figura con joyas muy valiosas. Tenía la piel bronceada por el sol del desierto, al cual fue expuesta, y le ofrecía un color ligeramente natural. Maquillaba sus ojos, embellecía sus pómulos con un poco de rubor y colocaba apliques en su cabello para mantenerlo despejado de su rostro.

La amaba. Simplemente la amaba. Era un sentimiento incondicional que me ardía en el pecho. La sangre golpeaba fuertemente en mis venas, recorriendo cada parte de mi ser, para estallar en mis sienes. Llegaba inclusive a dolerme el cuerpo cuando la contemplaba con tanta concentración, olvidándome incluso de saciar mi sed, pues ella era hermosa sin lugar a dudas.

También estaba él. Al lado de Madre estaba Padre. Él lucía ropas más simples a la hora de vestir, pero igualmente dedicaba algunas horas al cuidado de sus cabellos, limpieza y joyas. Los brazaletes que cubrían sus muñecas, así como brazos, eran hermosos y poseían los símbolos del Antiguo Imperio de Egipto.

Me arrodillaba frente a ellos y oraba por mí, por los demás vampiros de éste aciago mundo y porque ellos me escucharan para que tomaran conciencia. Los necesitábamos. Creía que si ellos se alzaban, los vampiros de la Secta de la Serpiente cambiarían de parecer y no tendría que seguir levantando mi espada en contra de mis iguales. No era un hombre de lucha, sino un literato y un amante de la historia. Deseaba dejar de luchar en vano con aquellos que creían tener el poder en las sombras, pero sólo eran niños creyendo fábulas de dioses falsos y mezquinos.

Viajé a cientos de lugares y en todos ellos, donde me instalaba, buscaba un lugar seguro para mis amados Padres. En ocasiones no podía trasladarlos, por lo tanto tenía que estar viajando para rendir culto y dedicación. Sin duda alguna la época moderna fue la más cómoda para ellos y para mí. Pude llevarlos a un lugar seguro, donde nadie nos molestaría, y de una forma cómoda e inocua para los tres. Allí, bajo aquel palacio helado, los mantuve conectados al mundo exterior.

Fui un ingenuo. Un tonto. Reconozco que fui demasiado estúpido para no darme cuenta. Madre no era como yo imaginaba. Ella era una mujer ambiciosa, la cual poseía unas ideas descabelladas y absurdas. Era terrible y temible. Padre sólo era un objeto decorativo que decidió eliminar, convirtiéndolo en un envase delicado que se rompía con sólo mirarlo. No tuve tiempo para llorar mi ingenuidad, mi corazón roto y mi torpeza. La música de Lestat se alzaba por todo el recinto proclamando la verdad, dilapidando el secretismo y el silencio que yo le había impuesto, provocando que ella se alzara contra mí llamándome estúpido, hiriéndome y logrando que todo lo que había hecho, absolutamente todo, se convirtiera en escombros bajo las congeladas aguas.

“La Bella Durmiente debe alzarse y caminar sobre pétalos de sangre.
Quiero que venga junto a mí, me sonría perversa y susurre otra vez su nombre.
¡Ella me dijo que se llamaba Akasha! ¡Me pidió que la recordara!
Yo abrí mis brazos hacia el techo pintados con lirios y acepté que me amara.
He venido aquí, junto a vosotros, para pedir que abra sus ojos.
He venido aquí, para explicaros, que no hay verdad más pura que su poder.
¡MADRE LEVÁNTATE! ¡PADRE ACOMPÁÑALA!

¡GUARDIÁN, NO LA APARTES DE MÍ! ¡DÉJANOS CONTEMPLARLA!”  

domingo, 23 de agosto de 2015

Querida madre...

—¿Alguna vez pensaste que triunfaría de éste modo?—dije caminando hacia ella.

Se encontraba allí, en la puerta de mi castillo, con las mejillas sonrosadas por su último trago. Tenía el cabello suelto, pero la trenza le había marcado aún más las ondas de su pelo. Rubia y salvaje. Parecía un ángel que había caído del cielo y deseaba ver al demonio más soberbio de todos.

—No, aunque siempre pensé que llegarías a ser alguien—contestó tomándome de las manos.

¡Ah! Estaba tibia. Yo todavía no había salido a cazar. Ya no era el muchacho que se montaba a caballo y cruzaba el bosque. Ahora soy una bestia que siempre goza de la sangre. Me encanta la muerte, pues es muy cercana a mí y a mis víctimas, pero sólo cuando yo la concedo... ya que de otro modo me repugna.

—¿Realmente lo creías cuando me lo dijiste aquella vez?—pregunté a media voz acariciando el dorso de sus manos con las yemas de mis pulgares.

—Lestat, jamás he dicho algo que no piense o sienta—respondió.

—¿Crees entonces que nadie me ama salvo tú?—dije.

—Nadie te amará como yo, hijo—repitió de nuevo esas palabras, aunque no sé si fueron exactas a las de aquella noche en la cual nos reunimos por sorpresa. Ella me buscaba, pero yo no. Por primera vez yo no la esperaba. Ella vino a mí, como siempre, y yo acepté sus reprimendas como un niño. Admito que todavía siento el roce violento de su mano en mi mejilla, pues revivo ese instante como un momento revolucionario para mí. Ella me agitó—.Soy tu madre—esa simple frase me hizo reír bajo, muy bajo, y ella no dudó en sonreír por unos segundos—. Puede que tú seas mi creador, pero yo soy tu madre y ese instinto jamás se borrará con el paso del tiempo. Hay un vínculo profundo que no puede ser destruido.

—Pero... mis amigos... mis seguidores...—aparté mis manos de las suyas, pero ella me tomó del rostro.

—Muchos te aman, otros te idolatran y hay quienes te temen—dijo colocándose de puntillas, mientras yo me inclinaba. Me besó en la frente. Hacía siglos que no me besaba de ese modo. Creo que sólo lo hizo en un par de ocasiones cuando era sólo un niño.

—Son una legión... minúscula, pero legión.

—Una legión de almas buscando un Mesías al que seguir—esa frase me recordó a Memnoch.

El demonio, Dios, el Cielo, el Infierno, el Edén, la verdad y la mentira. Todavía podía sentir las almas rodeándome, jalando de mis ropas, escuchando los salmos y las lágrimas de tantos. ¡Perdidos en otro mundo! ¡Una puerta a un mundo desconocido! No era el Infierno, no era el Diablo, no era el Cielo, no era Jesús. Todo era un teatro de almas buscando ¿qué? A mí.

—Mesías...—murmuré.

—Sí—afirmó, apartándose.

—Jesús se sacrificó por su pueblo—dije llevando mi brazos a la espalda—. Él murió crucificado a manos de su pueblo.

—Tú ya has sido crucificado, hijo—dijo clavando sus ojos grises en los míos—. Ahora debes llevar una pesada carga, una terrible responsabilidad, que nos vinculará por siempre. Tú eres la fuente, el inicio y el fin, y nuestro destino está en tus manos.

—Louis, me dijo...—intenté decir, pero no sirvió para nada.

—Olvídate de ese mártir por un momento, por favor—musitó ligeramente molesta—. Sólo deseo que escuches tu corazón y me digas si eres feliz.

—Jamás lo soy del todo—contesté con la verdad y nada más que la verdad—. Siempre busco algo que me aporte algo más que el simple hecho de estar vivo.

—Como todos—dijo encogiéndose de hombros.

—Madre...—me acerqué a ella, quedando a su espalda, mientras acariciaba sus hombros estrechándolos con cariño.

—Adelante, dilo—murmuró tras una pequeña risotada.


—Deja que te cepille el cabello como cuando era un niño—dije apoyando mi mentón en su hombro derecho—. Te amo, madre—confesé, como siempre lo he hecho. Jamás he negado que la admiro, la amo y la temo por partes iguales.

Lestat de Lioncourt    

domingo, 8 de marzo de 2015

Esperanza de sangre

Poema dedicado a mi madre.



Crees que no lo sé, pero lloras.
Incluso cuando cantas y sonríes. 
No me ves, crees que estás a solas... 
Pero, yo estoy contigo aquí, hora tras hora. 

Tus huesos están cansados de luchar, 
el trabajo es duro y pesado.
Tu corazón está herido por confiar y amar, 
pero ese es nuestro pecado. 

No has tomado mi mano, pero es tuya. 
Del mismo modo mi pasión, 
y cada gota de sangre que te arrulla 
es para hacer latir tu corazón. 


Bajo derechos de autor. Usado para un concurso de poemas internacional. 

jueves, 5 de febrero de 2015

Bondad y malicia

Tarquin de nuevo nos habla de sus sentimientos, pero esta vez profundiza más en ese hecho tan terrible. Estoy seguro que todos amarán este escrito.

Lestat de Lioncourt


Sentí el placer de matarla. El orgulloso placer de ver su cuerpo hundiéndose en el fondo del pantano. Los caimanes fueron rápidamente a darse un festín. Su cuerpo se enfriaba, pero pronto no quedó siquiera los huesos para recordarla. Mis manos estaban metidas en la chaqueta y mi rostro parecía impávido, sin vida y sin sentimiento alguno. Al fin había alcanzado ese tétrico sueño, ese deseo insaciable, que me corrompía y torturaba desde hacía demasiado. Una ligera sonrisa se formuló en mis labios, pero mis ojos empezaron a estallar en enormes carcajadas. En ese momento lo disfruté. Disfruté de como se perdía el último resquicio de mi madre. Mi lado oscuro, ese que tan pocas veces dejo libre, se apoderó de mí por completo.

El zumbido de los mosquitos a mi alrededor, el viento soplando suave entre las ramas y la hierva crecida, el zambullido de los caimanes y mi propio corazón, el cual latía muy lento con la sangre de mi última víctima. Todo era un marco encantador. Un lugar idílico. A mis espaldas estaba el santuario, ordenado construir por Manfred Blackwood para quien sería nuestra madre y padre en un nuevo mundo de tinieblas, con su aspecto actual, mucho mejor que el antiguo, lleno de lujos y comodidades. Estuve por entrar en el Santuario, sentarme cómodamente a leer y, de vez en cuando, echar un vistazo a las oscuras y densas aguas donde desapareció el decrépito cuerpo de mi madre.

Aquella noche había descubierto el último misterio de aquel lugar. Era la última pieza. Conocí varios terribles secretos, a cual más horrible, pero el peor de todos fue saber que aquel fantasma, ese espíritu que siempre me había acompañado, era mi hermano gemelo fallecido poco después de nacer. Ella lo había atrapado en este plano, con su dolor y sus quejas, provocando que ni él ni yo descansáramos. Me lo había ocultado. Había hecho oídos sordos a mi dolor y al pecado que cometía a diario. Muerta ya no haría más daño, no me mentiría y tampoco me escupiría a la cara que soy un asesino.


Entonces, en aquel reducto de paz y gloria, sentí que debía regresar. Algo me pedía que volviese al lugar que fue mi hogar, mi corazón y mi alma. Ese sitio donde aprendí a tocar la armónica, escuchar las voces de los difuntos, sonreír ante los pasteles de la Gran Ramona o simplemente leer. Leer como me había dicho Nash, mi tutor, pues una cosa es leer y otra es hacerlo desde lo más profundo del corazón. Necesitaba volver, involucrarme con ellos y sus vidas, para sentirme bueno otra vez.  

sábado, 3 de enero de 2015

AKASHA

Akasha y sus pensamientos. Realmente nadie se detuvo a preguntarse cuales eran. 

Lestat de Lioncourt


Vine de lejanas tierras, crucé un desierto, me asenté en un país hostil con creencias terribles para mí, acepté ser la madre de un hijo para sentirme orgullosa, deseé ser fiel del mismo modo que eran fieles conmigo mis vasallos y me convertí en algo que no era por ambición. Pero sobre todo lo hice porque me sentía sola. Aunque estaba rodeada de cientos de personas en palacio... Nadie fijaba realmente en la tristeza de mis ojos, en la preocupación de mi corazón y en la debilidad de mi alma. Me convertí en un ser proscrito y busqué, con ahínco, una solución para el vacío que se generó en mí. Pero me convertí en mármol. Una pieza de mármol a la cual adorar y usar como fuente de poder.

Sentada durante años frente a un monitor, viendo la vida pasar frente a mis ojos como si fuera el ojo de oráculo, sintiendo que el mundo cambiaba demasiado rápido y que no había tiempo. En mi cabeza escuchaba el murmullo consolador de su voz. Nadie se preocupaba por mis sentimientos. Marius me adoraba como una diosa, no como a una mujer. Aquel joven vampiro, de ojos soñadores y peligrosos actos, desapareció de la nada dejándome atada a un terrible silencio. Enkil parecía sumido en su tempestad y locura, luchando contra sí mismo y contra la verdad. Jamás lo amé de forma sincera. Amaba el poder que ostentaba, el guerrero que era, el hombre que soñaba con dirigir una nación y hacerla grande. Sin embargo, el hombre en las sombras, el muchacho pausado y solemne, siempre me pareció terriblemente banal.

Amor. ¿Cuántas religiones hablan de amor mientras derraman sangre? ¿Era yo tan distinta? ¿Estaba yo tan equivocada? ¿Por qué no aprendemos a distinguir el amor del fanatismo? ¿Por qué no acepté la mano que me tendían? ¿Qué era lo que debía hacer? Esa voz me persuadía, controlaba y obligaba a creer que el amor era doloroso y debía ser impuesto. Jamás debí escucharlo, pero él me hablaba cuando las luces se apagaban y el mundo parecía frío.

Necesitaba salir. Quería soñar con algo más que una voz surgiendo de la nada, alimentándose de mis miedos y emociones. Deseaba amor, sentir el calor de las alabanzas de aquellos que decían querer amar sin medidas. Y cuando me levanté perdí el control de mí misma. Me convertí en un monstruo. Asolé el mundo igual que los seres fantásticos de las películas de terror que tanto me atemorizaban. En mis últimos segundos comprendí que estaba equivocada. Tan equivocada como perdida. No hubo tiempo de lágrimas. Ni siquiera entoné una salve a mi alma. Sólo acepté el destino mientras me desvanecía en el tiempo y en el espacio.



Música para la reina

Creí que la música los despertaría. Confiaba que podría hacer que la hermosa melodía, el desgarrador y enloquecedor sonido de un violín, agitaría sus almas del modo que a mí me tranquilizaba, hacía llorar o imaginaba a Nicolas girando por los aires con esa sonrisa demoníaca. Sí, el violín. El violín siempre fue un nexo entre lo espiritual y lo infame, pues muchos tacharon a los violinistas de demonios y a sus manos de arañas que rasgaban las cuerdas como si quisieran desgarrar el mundo. La vida tenía forma de violín para mí, pues estaba enamorado de su sonido. Nicolas lo sabía y él tocaba de forma cotidiana para mí. Quizás no era el mejor violinista que he escuchado, pero sí el más apasionado. De él aprendí, de él sentí y por él bajé decidiendo que sería nuestra última gran aventura. Una aventura lejos de Auvernia, el círculo quemado donde morían inocentes tachados de brujos, y una despedida triunfal a mi amor por él.

Lo creí, lo intenté y lo logré. Como si fuese un hacedor de milagros. Igual que el Mesías predicando en mitad del desierto. Del mismo modo que hace un sacerdote, de cualquier religión, cuando provoca que alguien se conmueva y convierta en su fe. Ambos dioses de mármol, Padre y Madre, se alzaron revelándose y demostrando que seguían vivos. Tras su aspecto inhumano yacían corazones que bombeaban pasiones, almas que respiraban sueños e ilusiones banales como las que yo podía tener en ese momento.

Sentí miedo, pero también una profunda paz. Logré lo imposible. Mi música, la música que toqué recordando como lo hacía Nicolas, provocó que ellos se alzaran. Ella para adorarme y él para impedir que su amada me amase más a mí, y mi música, que a él y su silencio. No podía gritar. Parecía que algo apresaba mi garganta aplastándome contra el mundo. Mi boca se llenó de su sangre, su abrazo era firme, el orgullo de Enkil estaba herido, el violín estallaba y yo comencé a llorar. Quise implorar ayuda. Pedí ayuda. Me sentí turbado.

Entonces, como un héroe de un libro de acción, Marius apareció regresando todo a la normalidad. El esqueleto destrozado del violín estaba a mis pies. El alma de Nicolas posiblemente estaba libre. Jamás volví a tocar un violín. Nunca más. Me juré que no volvería a hacerlo, pero a la vez me quedé con la confirmación que necesitaba. Ellos estaban vivos. La música podía animarlos. Sí, la música. La extraña música de un violín tocado con pasión y fervor, igual que implora un beato ante un altar. Una especie de religión musical que influyó en ambos. Marius estaba desecho, furioso y a la vez asustado. Yo sólo imploraba perdón. Quería quedarme al lado del maestro y el maestro me pidió partir.


La próxima vez que nos viésemos, él y yo, sería frente al cuerpo de Akasha completamente derrumbado frente a los pies de las gemelas, con su cabeza separada del cuerpo, y mil lágrimas bañando mis mejillas. La próxima vez la Reina habría despertado con locas ideas de una religión imposible, buscando ser escuchada y amada... buscando ser lo que nunca fue, la diosa que yo amé.

Lestat de Lioncourt  

viernes, 5 de diciembre de 2014

Madre fuerte, hijo aún más fuerte. Esa es la lección.

Nacimos para ser libres, pero quedamos presos de nosotros mismos. Nos hundimos en el fango de nuestras experiencias, las verdades dichas por otros y la cadencia de la época en la cual surgimos como si fuéramos un milagro. Pocas veces nos sentimos con la fuerza necesaria para tomar impulso, pues hay quienes quieren frenarnos. El miedo a lo desconocido, a caer, el vértigo del éxito o la soledad del victorioso pueden generar miedos. Un miedo que se convierte en lobo y nos persigue intentando desgarrar nuestras almas. Yo no temo a nada.

Quizás soy un inconsciente. Puede que no haya aprendido jamás de mis errores. Es posible que nunca aprenda la lección de ser cauteloso. Si bien, ¿qué importa? No importa nada. Sólo importa luchar. Hay que luchar. La libertad nos llama. No se puede vivir siendo un cobarde disfrazado del valor de otros. Ni se puede vivir de los cuentos y mentiras que vienen en nuestros sueños. Debemos ser libres.

He tenido miedo muchas veces. Miré directamente a los ojos de la muerte y no salí corriendo. Puede que muchos crean que todo fue un truco del destino, que no tuvo que ver el deseo de sobrevivir. Si bien, se equivocan. Hay mucho papanatas que se cree libre de opinar, pero el destino no tiene nada que ver. El destino lo formamos nosotros mismos. Un cobarde puede vivir más de ochenta años, ¿pero merece la pena no arriesgar jamás nada? Vivir sin emociones es como ir a un parque de atracciones y no montarse en nada. Tenemos que participar de la fiesta de vida, aunque nos intoxiquemos.

Soy un héroe. Soy el héroe de todos. Muchos me buscan y gritan mi nombre. Sin embargo, pocos saben que en mi interior siempre pienso en alguien. Cuando cometo estas locuras. En el momento exacto en el cual libro la batalla entre mis miedos, la verdad y la realidad tangible. Ese momento, cuando aún soy frágil, pienso en ella. Mi madre aparece como un chispazo. Siempre me dijo que debía ser feliz. Mi felicidad es ser como soy. Quiero ser libre.

Mi amor por mi madre, mi admiración por sus actos salvajes llenos de atractivo, ha logrado que siga aquí. Esa pasión indómita de querer besarla, sentir sus brazos rodeándome y sus dedos hundiéndose en mis cabellos, ha logrado que siga vivo. Vivo por contar otra aventura para que todos sepan que he conseguido conquistar un nuevo milagro, pues sé que tarde o temprano ella conocerá mis actos. Deseo ser por siempre un héroe, pero no por los mortales que jadean mi nombre. No. Deseo ser un héroe para que mi madre sonría orgullosa. Mi mayor felicidad es que ella se sienta orgullosa del hijo que tiene. Aunque, también me hace feliz saber que he alcanzado un nuevo sueño o una nueva meta.


Sé que ella es peligrosa, pero el peligro la hace perfecta.

Lestat de Lioncourt   

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Dedicado a la fortaleza de todas las madres y mujeres. Sobre todo, a mi madre, mi pareja y mi suegra. Gracias a ellas por mostrarme a mí, como a todo el mundo, que eso del sexo débil es rotundamente falso. En homenaje a Gabrielle de Lioncourt, madre de Lestat, y también a su autora Anne Rice. 

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Libre

Ha seguido mis pasos atentamente, en silencio, buscando el momento idóneo para aparecer frente a mí como un fantasma en mitad de la niebla. Sé que ella ha soportado el dolor que sólo sabe saborear una madre. Sus manos podrían haber quedado ajadas y consumidas por el tiempo, pero fueron lo suficientemente firmes para aferrarse a la esperanza del bordado de mi chaqueta. Recuerdo el momento en el cual la hice mía, de forma tan íntima y brutal, envolviéndola con mis brazos como el bondadoso ángel que podía aparentar ser. Un ser burlesco con la muerte, tan vinculado a ella, le dio la vida que ella deseaba. Me convertí en un pequeño milagro y ella se transformó en el Pedro de mi iglesia.

La nieve no pudo cubrir el sendero ni marchitar las rosas. Los lirios de su alma florecieron como si fuese primavera. Sus labios se llenaron, sus pechos volvieron a tener forma, su cintura se ensalzó con la ropa masculina que tanto le apetecía y las medias envolvieron sus fuertes, y atractivas, piernas. Se convirtió en una amazona a servicio de sus instintos. Su alma se liberó. Caminó sola, pero siempre con sus ojos clavados en mí. Me convertí en su única pertenencia y yo sabía que jamás dejaría de estar vinculado a ella. Era una cadena de doble sentido que tiraba de ambos por lejos que estuviéramos.

Sus carnosos labios recitan aún salmos perdidos en mi alma, los cuales únicamente son legibles ante sus ojos grises. Somos como viejas almas gemelas que se funden y danzan, conquistándose en cada sueño, para luego huir precipitadamente. Mi madre es parte de las viejas heridas que cargo, pues ha hilvanado cada hilo que se usó para cerrarlas. Sus largos dedos, finos y suaves, se movían como los de una araña. Ella tejía sus palabras, como una red, esperando cazar mi dolor e impulsarme, como si fuese Ícaro, hacia una felicidad que no me quemara.

La conozco. Ha tenido miles de nombres, es temida, y jamás falla en el momento de la caza. Todo aquel que la ha visto ha sido para morir en sus manos o ser sacrificados con una mirada helada. Sólo yo he podido soportar su franqueza, su pasión y también he podido saborear la compasión de cada una de sus lágrimas. Mi madre, mi amiga y mi compañera. Hija de mi sangre, como hijo soy de su vientre.


Teman a Gabrielle, pero queden fascinados por su presencia. Ella es peligrosa, ¿pero qué madre no lo es cuando está en juego la felicidad de su retoño y la libertad de su alma?


Lestat de Lioncourt   

jueves, 20 de noviembre de 2014

El amor de un padre

Louis otra vez recordando a Claudia. ¿No ve que le hace mal? Nunca me hará caso. Aún así ella fue nuestra damita. 

Lestat de Lioncourt



Recuerdo tu pequeño cuerpo aferrado a mí como si fuera tu ángel. ¿Alguna vez fui tu ángel, pequeña mía? Tal vez lo fui durante un breve instante. Quizás me convertí en un demonio, igual que él, frente a tus hermosos ojos azules. No puedo olvidar tus manos jugando con mis largos mechones ondulados. Tan preciosa, tan pequeña y de labios diminutos que susurraban secretos en mi alma. Me decías cuanto me amabas y necesitabas, rogabas por poemas y cuentos infantiles. Te creía inocente. Eras como una rosa blanca en mitad de la oscuridad, la misma que te fue pudriendo poco a poco y te convirtió en ramillete de perla negra. Sí, en cientos de pétalos prácticamente negros.

Te vestiste de dama cuando aún veía a la niña de hermosos tirabuzones dorados. Esos hilos de rayos de sol que parecían iluminar mi mundo, nuestro mundo, aunque te hallaba aferrada a tus víctimas con tus pequeños dedos como terribles garras. Sólo eras una niña. Una pequeña caprichosa a la cual le concedía todo lo que me pedía, completamente obnubilado por tu belleza y por tus palabras dulces sobre tu necesidad de cariño.

Fui tu padre, pero también fui tu madre. Yo fui la figura menos autoritaria. Me conmovía demasiado tus redondas y llenas mejillas cubiertas de pequeñas lágrimas. ¿Sabes? Eran como pequeños rubíes que brillaban con una belleza similar a tus encantadoras sonrisas, pero aún así las deseaba lejos de ti. ¿Cuántas veces las sequé? Cientos de veces, cariño mío. Despejaba tu frente, la besaba y secaba tus lágrimas procurando calmarte.


Me pregunto tu odio hacia mí, como hacia él, fue causado sólo por el dolor de no poder crecer, como si fueras una Wendy que decidió quedarse por siempre en el País de Nunca Jamás, o porque la semilla del odio germinaba ya en ti. Hubiese dado cualquier cosa por un beso sincero, un abrazo tierno y una última despedida más allá del odio, el rencor y el dolor que pude ver en tu fantasmagórica figura.  

miércoles, 15 de octubre de 2014

A mi madre

He amado a una mujer desde que tuve conciencia de mí mismo. Siempre caminé tras su sombra. De pequeño insistía que me contara todas esas historias que tan bien conocía. Deseaba saber más sobre la mujer que me sostenía, limpiaba mis heridas y me miraba con cierta preocupación. Sabía comprender muy bien sus gestos, cada mirada o suspiro. Simplemente la adoraba. Ella es mi madre. La mujer que me dio el ejemplo que nadie más me ha dado: Hay que ser fuerte pese a todo, pues únicamente tu fortaleza podrá acabar con tus propios demonios. No hay que rendirse jamás.

La recuerdo sentada cerca del alfeizar de la ventana, como aquellos elegantes trajes que solía usar pese al hundimiento de nuestra familia. Eran ropas antiguas, pero ella sabía como usarlas para verse siempre distinguida. Su cabello lo trenzaba con cuidado mientras me hablaba. A veces, como muestra de afecto, me dedicaba a cepillar cada mechón con cuidado. No cesaba de preguntarle por los mundos que había visto y las cosas que había escuchado. Me fascinaba tener su amistad, no sólo su amor como madre. Creo que éramos más unos niños perdidos en un mundo húmedo, frío y áspero que una madre y su pequeño.

Mis dedos trenzaban rápidamente sus mechones, ella recitaba los poemas más hermosos que jamás eh escuchado. Ponía atención a todos sus consejos y sabía, que en el fondo, sólo intentaba retenerme. Pues, cuando creciera, me alejaría de su lado para encontrarme en brazos de otra mujer, una que no sería ella. Podía ver su preocupación cuando salía a cabalgar, así como sus terribles silencios cuando hablaba de las mujeres que conocía. Sin embargo, reía. La veía reír a carcajadas por cada una de mis ocurrencias. Yo también reía con las suyas. Éramos dos almas libres encerrados en gruesos muros.

Una vez se declaró egoísta. El mundo ahí fuera me esperaba, pero ya no a ella. Ella moriría en breve. Me había convertido en la única pertenencia que le hacía sentirse libre dentro de la jaula. Deseaba retenerme. Sin embargo, París me esperaba encandilándome con un futuro brillante, o quizás tan sólo un futuro más libre y feliz. Quería verme feliz. Su mayor miedo era no saber que era feliz antes de morir. Por eso me abrió la jaula y me impulsó hacia los cielos de aquella maravillosa ciudad. Hizo aquello por amor, evitando su egoísmo.

Supongo que por eso ahora me deja libre. No permite que me acerque demasiado a ella. Viene, me observa, habla conmigo un par de frases sueltas para tranquilizarme y se marcha. Creo que soy aún lo único que provoca que tenga un vínculo con el mundo. Un mundo civilizado. Ella es una mujer amante de la naturaleza y de la soledad que le ofrece. Creo que prefiere correr entre las selvas, bosques y estepas heladas antes que quedarse cómodamente sentada ante mí, con aquella femenina pose y esos ojos tristes que tan bien conozco. No veo tristeza ahora en ella. Tampoco veo a un ser sexuado. Sólo veo un ángel fiero que puede arrancar el corazón a cualquiera si se acerca demasiado.

Tal vez tenga un amor secreto, más allá de mis brazos, pero soy el único que le preocupa. Al menos, eso es lo que me ha demostrado. Para ser sinceros y claros, le importa una mierda las relaciones con mortales o inmortales. Ella disfruta de sus conocimientos, retándose a sí misma cada día, mientras se maravilla de todo lo salvaje. No hay más. Podría decirse que es como uno de esos lobos a los que me enfrenté, tan salvaje y noble a la vez. Sé que ella jamás me hará daño y siempre se preocupará por mí, por saber de mí, pero no puedo retenerla.


No necesito que me diga que me ama. Ya me demuestra su amor incondicional. Sigue apareciendo, sigue mostrándose firme en cada palabra que me da arrancada de su corazón, y ese es el mayor tesoro y legado que puede ofrecerme. Ella ya no me debe nada. Yo sigo debiéndole demasiadas cosas.

Lestat de Lioncourt   

sábado, 11 de octubre de 2014

Libres

Sentada frente a la lumbre, con sus cabellos recién cortados y su semblante serio, completamente perdida de todo lo que podía tildarse de civilizado me hacía ver al ser que era realmente. Ella decidió desprenderse de toda atadura, como si estas fuesen brasas ardientes, y permitió que quedaran atrás como quedó para mí todo lo que llegué a amar. Ambos nos desnudamos el alma, dejándolas sin nada más que la libertad más profunda, y echamos a caminar buscando la verdad más allá de todo lo conocido. Tenía una pose típicamente masculina. Sus hombros estaban echados ligeramente hacia delante, su espalda se inclinada con el mismo ángulo y sus brazos cruzados por las muñecas en el hueco que hacían sus piernas. Piernas que estaban ligeramente flexionadas y cubiertas por un pantalón y unas calzas ya casi destrozadas. Parecía un muchacho perdido, magullado y hambriento.

—Madre—dije acercándome. Sin embargo, no me escuchó o no quiso hacerlo—. Gabrielle.

—Somos libres—respondió como si quisiera repetir aquello, igual que una plegaria, para que fuese cierto y no sólo un sueño.

—De la muerte, pero no del dolor. Aún poseemos alma, o eso creo—contesté sentándome a su lado.

Mi levita de terciopelo azul marino, con los botones y bordados de oro, contrastaba con su camisa blanca, casi cenicienta, y mal abotonada. Parecíamos el príncipe y el mendigo. Sin embargo, éramos lo mismo. Siempre fuimos muy similares. Quise estrecharla contra mí, besar sus mejillas y su boca, para luego jurarle amor eterno. Pero no hice nada. Sólo me quedé allí mirando la lumbre del mismo modo.

—Creo...—murmuró, para luego girarse hacia mí—. Creo que ya sé lo que sentiste en la nieve.

La lumbre iluminaba ligeramente sus facciones. Era como una talla iluminada por las velas en mitad de una iglesia. Yo me hubiese arrodillado a rezar mil padres nuestros por una sonrisa suya. Incluso hubiese creído en Dios si sus ángeles tuviesen su rostro. Parecía aún algo confusa, pero no como noches atrás. Estaba haciendo lo que realmente deseaba. Aquello que le dictaba su corazón lo trazaba como si fuera una línea fija hecha por una flecha.

—Me liberé y a la vez me sentí profundamente temeroso. Había logrado algo impensable. Descubrí mi fuerza, el valor de la vida y a la vez lo fácil que es morir—mascullé.

—Lo fácil que es morir... —repitió cual autómata.

—Te quiero—dije abrazándola.


Ella se dejó abrazar, pero rápidamente se alejó como un animal salvaje. Parecía querer conocerse mejor, abrirse el pecho si hiciese falta, para descubrir qué éramos. Y eso mismo, y no otra cosa, nos hizo irnos de aquel país maldito y no regresar jamás juntos.

Lestat de Lioncourt   

jueves, 14 de agosto de 2014

Siempre estaremos unidos.

Tengo grabado a fuego en mi mente como te miraban. Siempre te han observado con deseo. Jamás he visto en un hombre despreciarte por tu belleza, pero sí por la fuerza que poseías. A pesar de estar quebrada de dolores, yerma por el paso del tiempo y el frío calando tus huesos, te portabas como una dama ejemplar que pisaba los cuellos de los arrogantes que te intentaban conquistar con zalamerías y remiendos al ser la marquesa, una mujer digna y prudente a la hora de hablar. Pero desconocían todos ellos el fuego desatado de tu interior, la ira que guardabas y regabas con lágrimas por la humillación de verte encerrada como un ave sin trino. Yo sí lo veía. Comprendía tu deseo de liberar tus muñecas de los invisibles grilletes, de soltar tu cabello y dejar que el viento te llevara como una semilla transportada en el aire.

Te he visto caer de rodillas sin siquiera doblar tu espalda. Porque no vi tu cuerpo, sino tu alma. La he visto debilitarse por segundos, para poco después alzarse con furia. Cuando miraba el pendón con el escudo familiar, con ese león de impresionante melena y aquellas garras terribles, miraba a padre y luego a ti. Hacía aquel simple gesto porque tú me contaste un día como son realmente los clanes entre esos magníficos felinos. Ellos portan la melena y la pose, pero ellas son las que despedazan para que sus crías se mantengan. Y tú me mantenías. Mantenías mis escasas esperanzas y las alimentabas con tus palabras llenas de bondad.


Creo que nunca te he compensado lo suficiente por todos esos años. Ni siquiera deseo aceptar del todo el no tenerte como antes. Sigo buscándote, necesitándote, manteniendo la esperanza de cabalgar a tu lado como si fuéramos uno y finalmente perdernos entre los bosques nevados. Sin embargo, mi compañía te oprime el pecho y te convierte en esclava de mis caprichos. Vives mejor sin mí, aunque yo no sé vivir sin ti. Sólo deseo que te mantengas firme como siempre lo has hecho y algún día, sin siquiera un atisbo de peligro, nos volvamos a ver, aunque sea a lo lejos, como el viejo ritual del vals donde el caballero saluda a la dama.

Lestat de Lioncourt  

jueves, 1 de mayo de 2014

Ma mère

Hermosa criatura de ojos profundos,
manos llenas de vigorosa y formidable vida
alzadas hacia los cielos nocturnos.
Tienes un espíritu indomable oculto en tus sonrisa.

Tu delicada piel de porcelana es fresca,
parece irradiar su propia luz en medio de ésta selva
en la cual el asfalto lo cubre todo como yesca
que está a punto de incendiar tu corazón.

Quiero abrir mis brazos antes de partir
pues deseo sentir tu cuerpo junto al mío,
el mismo cuerpo que me hizo vivir
y que yo insuflé la magia de la oscuridad.

Mágica criatura de tiempos oscuros
que asecha entre la frescura del bosque
el derrumbar cualquier imposible muro
con la fuerza de cientos de guerreros.

Mère ... mère ... vous êtes libre et ferme.
Vous êtes la bête qui se cachait avec de la gaze et de tulle.
Vous êtes l'ange gardien de cet condamné...
Je t'aime.  


Dedicado a Gabrielle de Lioncourt 
de parte de su hijo Lestat de Lioncourt 

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt