Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 20 de marzo de 2017

Padre

¿Puedo decir que estoy orgulloso?

Lestat de Lioncout


Ni siquiera sé bien qué es un padre, pero tengo ciertos referentes. Cuando conocí al mío pensé que al fin comprendería al cien por cien qué era, cómo se comportaban y la forma especial en la que un padre y un hijo tratan temas transcendentales. Sin duda alguna, siendo mi padre Lestat, me equivocaba.

Es como ser el hijo de Indiana Jones. Siempre está detrás de tesoros ocultos, verdades incómodas y locuras asombrosas. Él dice que es importante saber la verdad más que su protección. Estúpido. Me parece demasiado insano. Sin embargo, pese a que nos parecemos físicamente, incluso en muchos rasgos intelectuales, somos opuestos.

Él no fue a ningún colegio de pago, ni a la universidad y tampoco tiene un título universitario que puede colgar en su pared. Tampoco viajó en su infancia ni tuvo un desarrollo intelectual amplio, esmerado en todos los sentidos y casi sin límites. Fue un niño que se conformaba con ver las ascuas de la hoguera, escuchar historias de monstruos feroces, salir a cazar algún conejo y conformarse, de alguna forma, con una buena azotaina como caricia. No viajó más allá de los bosques y ríos de su zona hasta que cumplió aproximadamente mi edad. Estar ebrio para él era divertido, igual que levantar las faldas de las mujeres. Yo no había tenido novia formal hasta conocer a Rose y, con cierta timidez proclamo, que tampoco una que pudiese considerarse una relación más allá de unos meros besos, salidas al cine y conversaciones online. No era porque no pudiese, era porque no entenderían como era mi “familia” y el traslado continuo de los equipos, de un lado a otro, evitaba que me hiciese amigo íntimo de alguien y mucho más que pudiese surgir la chispa.

No obstante, si nos ponemos el uno al lado del otro parecemos hermanos. Somos testarudos, hacemos gestos similares, suspiramos y ponemos el grito en el cielo cuando Marius comienza con sus batallas imposibles, sus reglas intransigentes y su forma de obligarnos -o al menos intentarlo- a ser formales. También si comparo a Rose con Louis hay cierto parecido. Ambos son tranquilos, hogareños y amantes de la lectura. Además, nos soportan.

Somos unos tipos con suerte, ¿pero debería decir que es mi padre? Creo que más que mi padre es mi amigo. ¿Pero no es eso también un padre? No lo sé. ¿Importa? No lo sé. ¿Me duele? No lo sé. No sé nada en estos momentos. Sólo quiero chillar y sentirme libre, absolutamente libre, pero a la vez atado a unas raíces y sintiendo el amor incondicional de un hombre que ha hecho demasiadas cosas, es símbolo de una revolución y ahora lo llaman líder de todos y todo.



viernes, 3 de febrero de 2017

Orgullo

Magnus... oh, Magnus...

Lestat de Lioncourt 


Muchos creen extrañamente que sólo se puede tener orgullo hacia un hijo cuando este nace de tu vientre, es parte de tu genética o has convivido con él durante años. Para mí no fue fácil abandonarlo después de unas horas. Estaba maldito. Me encontraba terriblemente enajenado. Creía firmemente que tras realizar aquella proeza debía desaparecer. Mi nombre es Magnus y mi hijo es Lestat.

Durante décadas busqué la forma más apropiada para ser inmortal. Nací deforme y feo, como si fuese Quasimodo, pero sin campanario ni Víctor Hugo tras mis desgracias e infortunios. No era bienvenido en una sociedad donde siempre la belleza física ha sido de lo más apremiante. Mi intelecto y conexión con los espíritus no valían. Era un monstruo y merecía la muerte. Era un pecado andante. Mi familia pronto me abandonó. Mi vida era huraña y me comportaba como un animal salvaje. Mi actitud agreste se evaporaba cuando una hermosa criatura llamada Rhoshmade me invitaba a su casa, me sentaba cerca de la hoguera y exigía conversar frente a un hermoso ajedrez tallado por un gran artesano.

Quise ser inmortal. Como he dicho era mi gran deseo. Pensaba que si lo era, si lograba vivir y triunfar, tendría el miedo de todos aquellos que me trataban como si fuera escoria. Me equivoqué. Secuestré a Benedict porque Rhoshmade me negó tal favor. El muchacho era joven y apenas pudo resistirse a mis triquiñuelas. Una vez convertido en vampiro empecé a deambular y acabé creyendo en las mentiras de un hermoso muchacho llamado Armand.

La Secta de la Serpiente fue mi hogar. Rendía tributo a Satanás y creía que todo lo que hacía era por el bien. La maldad es necesaria para apreciar la bondad, los buenos actos y, por ende, a Dios. Miserable y estúpido. Sí, eso era yo.

Después de varios siglos busqué la forma de mejorar el mundo y destruir dicha religión. Quería alguien hermoso, fuerte, valeroso y que no tuviese miedo a quebrar normas. Durante años me dediqué a secuestrar a muchachos hermosos que me hubiese gustado ser. Rubios, robustos, sanos, de ojos azul con tonalidades violetas y grises, de encantadora sonrisa, altos y con una presencia arrolladora. Si bien, cuando los convertía se transformaban en algo similar a zombies o mediocres lloricas.


Oh, pero ese muchacho. ¡Ese Matalobos! Ese noble proveniente de un pueblecito en las montañas logró lo que ningún otro. Se ha convertido en una leyenda. He creado un monstruo perfecto. La belleza de Lestat es arrolladora, pero no sólo la física. ¿Cómo no puedo estar orgulloso de él? ¡Si cuando me di cuenta que era un fantasma he seguido muchas de sus pericias! No abandoné este mundo, sino que me aferré a él sólo para contemplar como lograba destruir la Secta de la Serpiente, las normas baratas que otros le imponían y asumía riesgos. ¡Oh! ¡Dios mío! Creo que estoy más orgulloso de él que su propia madre.  

jueves, 29 de diciembre de 2016

My Best Gift is You

Me alegra tanto que él sea mi hijo...

Lestat de Lioncourt

Como la mayoría de los niños siempre soñaba grandes regalos en Navidad. Esperaba que bajo mi árbol se llenase mágicamente de regalos que yo había pedido. Me portaba bien cada día, hacía mis deberes y atendía como se pedía. Era un chico listo y bondadoso. No solía contestar inapropiadamente ni poseía la rebeldía que poco a poco, como si fueran genes dormidos, ha despertado. Si bien, había un regalo que jamás llegaba. Aguardaba con cierta ilusión cada año, hasta cumplir los ocho, que él apareciera. Cuando hablo de “él” no es Santa Claus, como muchos imaginan, sino mi padre.

Muchos niños piden a Santa que sus padres regresen. Niños que desconocen que la magia navideña no pueden resucitar hombres buenos y decentes, ni recuperar a alcohólicos y miserables. El mío no era ni lo uno ni lo otro. Él era un buen hombre, o mejor dicho, fue un buen muchacho. Mi padre desapareció de este mundo como humano hace varios siglos, pero no como vampiro. El muchacho impertinente, locuaz, hábil y con una oratoria propia de un diablo surgió de Auvernia y se convirtió en un actor envidiable, el cual terminó en manos de un monstruo que le hizo tal y como es. Mi padre lo conoce el mundo como Lestat de Lioncourt, hijo del Marqués de Lioncourt y el menor de siete hermanos.

Hay jóvenes que han crecido intelectualmente con sus historias. Niños que han descubierto sus andanzas mucho antes de la edad recomendada para hacerlo. Hombres y mujeres con una edad elevada que lo recuerdan perfectamente, pues ya eran adultos cuando él se interpuso en sus vidas. Sin duda alguna, Lestat es uno de los vampiros más conocidos e impertienentes que se conocen. También es el más fuerte y el líder que se precisaba, pues no tiene miedo a equivocarse y no le importa luchar contra sí mismo.

Hace apenas unos años que tengo contacto a diario con él. No importa cuál sea el medio, pero él sabe de mí y yo de él. Jamás pensó que sus juegos en el laboratorio, teniendo ciertas experiencias carnales con una científica humana, daría un heredero tan similar a él como distinto. Soy algo más alto, un poco más fornido, y creo que menos alocado. Ahora también soy un vampiro, pero fue porque él aceptó la propuesta y buscó el idóneo. Pandora me dio una nueva vida, igual que el vampiro científico y médico Faared hace años a mi madre, así como pretendió que mi pareja, e hija adoptiva suya, Rose lo fuese de Marius. No pudo ser. Ella se negó a beber de él, pero ahora somos inmortales.


Mi regalo este año para él es una caja con viejas fotografías mías de cuando era pequeño. He acompañado esta con las cartas a Santa Claus que mi madre conservaba. También, como es normal, he añadido algo menos sentimental. He adquirido una chaqueta de cuero, similar a las que tanto le gusta, y he pedido que en la espalda tuviese inscrito su nombre. Es un rebelde, pero es un rebelde con estilo. Él me ha correspondido con su presencia, sus abrazos, unas cuantas locas aventuras y su nuevo libro buscando la Atlántida. ¿Se puede pedir más? No lo creo. Tenerlo a él lo es todo para mí. ¿No es eso la navidad?  

miércoles, 12 de octubre de 2016

Claudia, me muero.

Llovía. Aquella noche se desató una tormenta terrible y los cristales del hospital temblaban con cada trueno. Me acomodé en la cama delirando, empapado en sudor, e intenté discernir de la realidad a la ficción. Era incapaz. No sabía si era cierto que aquel pequeño fantasma aparecí ante mí, con esos ojos azules iridiscentes y cargados de odio. Tenía su vieja boca carnosa, pero no sonreía maravillada como cuando era realmente una niña. Ella masticaba la venganza mientras yo clamaba perdón.

Se había manifestado durante horas, pero en esos momentos me tomaba de la mano delicadamente. Podía notar sus pequeños y fríos dedos apretar cada trozo del dorso. Su piel era blanca, casi translúcida, pero la mía tenía el toque dorado de los hindúes. Mi boca se secaba y apenas podía hablar algo coherente. Tenía miedo a morir. Un miedo atroz. Jamás había experimentado ese miedo desde que los lobos me perseguían por aquella nieve fría, húmeda y pulcra. No era como la nieve actual, algo sucia por la contaminación, sino tenía un blanco que hacía llorar al recordar el manto de una virgen.

—Me voy a morir—balbuceé.

—Uno menos para el hospital—respondió—. Seguro que el de la morgue ya te ha hecho un hueco.

—Yo no quiero morir—dije cerrando los ojos para dejar escapar lágrimas tan calientes, tan humanas, tan propias de mí...

—Lástima, yo tampoco quería morir. Si bien, ¿crees que quería vivir como tú? Un monstruo eterno con apariencia de niña a quien nadie toma en serio...—susurró amargamente con cierto toque de asco y rabia.

—Yo te he tomado siempre en serio—respondí.

—Te amaba. Eras todo para mí, padre. Confiaba en ti ciegamente, pero no fuiste capaz de decirme la verdad. Permitiste que creciera en un mundo miserable lleno de mentiras, de promesas rotas. Te odié porque te lo merecías, y te odio porque lo mereces aún—me confesó.


Radiaba una luz propia. No era cálida, pero tampoco era oscura. Sus hermosos rizos dorados rozaban sus mejillas llenas, las cuales se llenaron de lágrimas. Realmente me amó, como yo la amé a ella hasta ese mismo momento. Aún amo a Claudia. Reconozco que fue un error, que me convertí en un monstruo de cuento de hadas y que jamás debería ser perdonado, pero admito que cuando pienso en ella mi corazón late con amor. Un padre siempre es un padre, aunque sea el padre de las mentiras.


OOC:

Recientemente estuve en el hospital. Fue terrible escuchar como en una habitación próxima un hombre joven moría. Había tenido una intervención de urgencia, pero no sirvió para mucho. Horas atrás lo escuché delirar solo, en su habitación, para después notar que una mujer, quizá su madre o su tía, intentaba calmarlo. La misma mujer que horas más tarde lloraba en el pasillo mientras lo sacaban de la habitación ya fallecido. No sé si todos los enfermos, o moribundos, antes de morir tienen delirios; pero he intentado rememorar esta parte del libro de El Ladrón de cuerpos, como un gran delirio de Lestat que mezcla con la realidad. No sé si realmente vio a Claudia o sólo era fruto del juego de Memnoch, el cual vendrá más tarde en su cronología, o si eran puros delirios debido a que Jesse decía haberla visto.  

sábado, 28 de noviembre de 2015

Conversaciones Padre e Hija

—¿Por qué miras así?—dijo despejando sus ojos del grueso libro de poemas que leía.

Mis manos se movían ágiles por el piano, pero no prestaba atención a las partituras. Las mismas partituras, con sus elegantes anotaciones, que Antoine me había obsequiado tras noches de borrachera infinita. Él estaba empezando a despejarse, alejándose del vino y las tabernas, para introducirse a la demencia de crear las mejores composiciones para mí. Y, aquella que tocaba, me recordaba a ella. Era una melodía amarga, rabiosa y triste. Tenía algo tenebroso y sensual que la hacía hermosa e idónea para acompañar los movimientos refinados de Claudia.

—Es porque eres bonita—respondí.

—Siempre lo he sido—contestó cerrando el libro, para dejarlo sobre los pliegues de su vestido—. Tú siempre me has dicho que soy hermosa.

Era cierto. Siempre lo había dicho. Jamás había afirmado lo contrario. ¿Por qué tenía que hacerlo? ¿Qué ganaba yo mintiendo? Ella era absolutamente hermosa. Había admirado su belleza infantil como síntoma de inocencia y maldad, una maldad pura que nacía desde lo más hondo de nuestras almas. Aunque seguía creyendo que la maldad era sólo un punto de vista, que Dios no podía condenarme por haberla convertido en una niña eterna ya que ni Marius, aquel poderoso y milenario vampiro, me había castigado por ello.

—Tu belleza va más allá de la perfecta maldad que cubren tus actos, del veneno frívolo de tus caros gustos, y de tus adorables y falsos llantos—dije dejando de tocar, para levantarme del piano y caminar hacia la ventana.

Miré la lluvia cayendo desoladora sobre los tejados adyacentes, las calles empapadas, la oscuridad perturbadora y las tintineantes velas encendidas en algunas viviendas. Sí, también veía el humo de las chimeneas y escuchaba el ruido de los cascos de unos caballos lejanos, de algún cochero que quizás recogía a alguien de la ópera.

—¿Por qué me dices ésto?—dijo moviendo sus pies. Parecía una niña, pero no lo era. Por mucho que se mostrara ante sus víctimas como tal, que las atrajera por su rostro de porcelana fina y sus rizos perfectos. No. No era una niña.

—Porque hace tan sólo unos días que me percaté que ya no eras una niña, que hace décadas dejaste de serlo y que te comportas como una mujer amargada, sola y triste. Sin embargo, esa tristeza te dota de una belleza amarga muy atractiva. Cuando te miro a los ojos veo el alma de una mujer chillando desconsolada, pero tus labios dagas de aspecto infantil y tu cuerpo el de una muñeca mágica.

Aquello la sorprendió, pero ennegreció aún más su mirada. Al girarme vi sus ojos azules convertidos en dos mares profundos, casi insondables, donde las lágrimas querían abrumarla pero ella no lo permitía.

—No me siento triste—comentó cerrando sus pequeños puños.

—A veces la tristeza se confunde con rencor o rabia—susurré caminando hacia ella, para rebasar el sofá e ir hacia la puerta.

—Tú eres el confundido—aseguró.


—No, te aseguro que no.


Lestat de Lioncourt   

sábado, 24 de octubre de 2015

Madre y Padre

Marius ha hecho acopio de todas sus fuerzas para recordar algunos sentimientos que creía olvidados. Ahora, tras lo ocurrido con Amel, parecen haber surgido como un terrible grito en mitad del silencio. 

Lestat de Lioncourt 


Podía contemplarla durante horas y no perder la concentración. Admiraba aquella figura erguida, como una diosa, en aquel trono hecho a medida para su delicado cuerpo. Sus turgentes senos, sus labios carnosos, sus ojos fríos y profundos, aguardaban ser besados y acariciados. Parecía de mármol, pero no era más que una criatura que no deseaba despertar de un sueño al que se había entregado muchos años antes de conocernos.

Sus largos cabellos negros caían sobre sus hombros, los mismos que yo cepillaba cada anochecer. Lavaba su cuerpo con agua perfumada, vestía su desnudez con cuidado y engalanaba su figura con joyas muy valiosas. Tenía la piel bronceada por el sol del desierto, al cual fue expuesta, y le ofrecía un color ligeramente natural. Maquillaba sus ojos, embellecía sus pómulos con un poco de rubor y colocaba apliques en su cabello para mantenerlo despejado de su rostro.

La amaba. Simplemente la amaba. Era un sentimiento incondicional que me ardía en el pecho. La sangre golpeaba fuertemente en mis venas, recorriendo cada parte de mi ser, para estallar en mis sienes. Llegaba inclusive a dolerme el cuerpo cuando la contemplaba con tanta concentración, olvidándome incluso de saciar mi sed, pues ella era hermosa sin lugar a dudas.

También estaba él. Al lado de Madre estaba Padre. Él lucía ropas más simples a la hora de vestir, pero igualmente dedicaba algunas horas al cuidado de sus cabellos, limpieza y joyas. Los brazaletes que cubrían sus muñecas, así como brazos, eran hermosos y poseían los símbolos del Antiguo Imperio de Egipto.

Me arrodillaba frente a ellos y oraba por mí, por los demás vampiros de éste aciago mundo y porque ellos me escucharan para que tomaran conciencia. Los necesitábamos. Creía que si ellos se alzaban, los vampiros de la Secta de la Serpiente cambiarían de parecer y no tendría que seguir levantando mi espada en contra de mis iguales. No era un hombre de lucha, sino un literato y un amante de la historia. Deseaba dejar de luchar en vano con aquellos que creían tener el poder en las sombras, pero sólo eran niños creyendo fábulas de dioses falsos y mezquinos.

Viajé a cientos de lugares y en todos ellos, donde me instalaba, buscaba un lugar seguro para mis amados Padres. En ocasiones no podía trasladarlos, por lo tanto tenía que estar viajando para rendir culto y dedicación. Sin duda alguna la época moderna fue la más cómoda para ellos y para mí. Pude llevarlos a un lugar seguro, donde nadie nos molestaría, y de una forma cómoda e inocua para los tres. Allí, bajo aquel palacio helado, los mantuve conectados al mundo exterior.

Fui un ingenuo. Un tonto. Reconozco que fui demasiado estúpido para no darme cuenta. Madre no era como yo imaginaba. Ella era una mujer ambiciosa, la cual poseía unas ideas descabelladas y absurdas. Era terrible y temible. Padre sólo era un objeto decorativo que decidió eliminar, convirtiéndolo en un envase delicado que se rompía con sólo mirarlo. No tuve tiempo para llorar mi ingenuidad, mi corazón roto y mi torpeza. La música de Lestat se alzaba por todo el recinto proclamando la verdad, dilapidando el secretismo y el silencio que yo le había impuesto, provocando que ella se alzara contra mí llamándome estúpido, hiriéndome y logrando que todo lo que había hecho, absolutamente todo, se convirtiera en escombros bajo las congeladas aguas.

“La Bella Durmiente debe alzarse y caminar sobre pétalos de sangre.
Quiero que venga junto a mí, me sonría perversa y susurre otra vez su nombre.
¡Ella me dijo que se llamaba Akasha! ¡Me pidió que la recordara!
Yo abrí mis brazos hacia el techo pintados con lirios y acepté que me amara.
He venido aquí, junto a vosotros, para pedir que abra sus ojos.
He venido aquí, para explicaros, que no hay verdad más pura que su poder.
¡MADRE LEVÁNTATE! ¡PADRE ACOMPÁÑALA!

¡GUARDIÁN, NO LA APARTES DE MÍ! ¡DÉJANOS CONTEMPLARLA!”  

viernes, 18 de septiembre de 2015

De tal palo tal astilla

Tarquin quiere a su hijo y lo comprendo ahora mucho más con Viktor y Rose. Ser padre es un regalo, aunque con Claudia fue un regalo envenenado.

Lestat de Lioncourt

Cuando lo vi quedé petrificado. Algo en mí decía que ese pequeño era mío. Aquellos enormes ojos azules, tan profundos y vivarachos, parecían gritarme que era su padre. Si bien, llegué a pensar que eran escasas las pruebas. Jasmine me hubiese informado inmediátamente de su embarazo, aunque estaba equivocado. Aquel pequeño de piel tostada, pequeños y carnosos labios, hermosos ojos, cabello revuelto y rizado no era nada más ni nada menos que mi hijo. Él era Jerome Blackwood, mi primogénito y el único hijo que yo tendría en éste aciago mundo.

Desde el primer momento deseé llenarlo de besos, acariciar sus sedosos cabellos y gritar a todo el mundo que tenía un hijo. Me sentí afortunado. Gozaba al fin de éste maravilloso privilegio fruto de un acto de placer, lujuria insospechada y complicidad absoluta. Me entregué a Jasmine en aquella pequeña habitación, un día en el cual me sentía ahogado con las cargas y excitado por mis breves descubrimientos. Ella me abrazó, consoló de la mejor de las formas y yo sequé mis lágrimas sobre su piel de chocolate. Durante muchos años fue mi mejor amiga, mi consejera, y cuidó mis pasos por éste mundo. Era algo mayor que yo, pero desnuda parecía una cría. Tenía un gusto excelente para la moda, sus modales eran excelsos y cuidados, jamás se quejó del trabajo duro y siempre respetó mis secretos. Había tenido un hijo con la mejor madre posible, pues sabía que a su lado Jerome sería el hombre que yo no había logrado ser.

Me he perdido por el mundo durante años. Pero de nuevo estoy en mi vieja y apetecible isla infestada de mosquitos. Mi hijo toma clases con el hombre al que le debo mis modales, mi instinto caballeroso y mi pasión por la lectura de Dickens y otros autores británicos. Nach está logrando que mi hijo sea un digno heredero, aunque lleva aproximadamente una década sin verme. Desconozco si su madre le cuenta mis secretos, pidiéndole que jamás se los cuente al resto de mortales.

Hoy ha aparecido por aquí. Es un joven alto, robusto, y de ojos soñadores. Sin duda alguna es un mulato impresionante. Cualquier mujer caería a sus pies. Ha caminado con la camisa blanca abierta en los primeros botones, con las manos metidas en los bolsillos y sin zapatos. Los zapatos estaban en la lancha a motor que dejó en el embalse. No sé quién demonios le dio permiso a venir aquí, a éstas horas de la noche, y tampoco comprendía bien qué le había llevado a venir hasta el Santuario. Si bien, despejé pronto la segunda de mis preguntas: venía a hablar conmigo, como si yo fuese un espíritu errante en aquel trozo de tierra.

«—Padre, ¿cuánto haces que te marchaste con tu prometida? Hace más de diez años, ¿no es así? Madre dice que debo de recordarte, pero ya he olvidado el timbre de tu voz o la colonia que solías usar. Ella tiene la esperanza de verte regresar, porque aún te ama aunque lo niegue, para que me veas en mis últimos años de juventud y te sientas orgulloso de mí—metió sus manos en los bolsillos y agachó la cabeza como si intentase aguantarse las lágrimas, pero le fue imposible. Aquella voz profunda difería mucho de aquel rostro todavía algo aniñado, casi sin rastro de barba, que podía ver entre las sombras—. ¿Y si estás muerto? Si estás muerto quizás tu alma esté aquí... puedo ver cosas. Padre, tengo tu don. Tommy me confesó que él también lo posee y me está protegiendo de todo—suspiró profundamente y luego se echó a reír—. Tengo dieciséis años y parezco un hombre, pero todavía soy un niño. Un niño que espera un milagro... »


Dicho aquello, se marchó. Me dejó con el zumbido de los insectos y el corazón encogido. Debería buscarlo, ¿pero cómo podría aceptar lo que soy? El hombre que idealiza no ha dejado de ser un chiquillo en apariencia.  

martes, 18 de agosto de 2015

Dispares e iguales

—Háblame de ti—dije al fin rompiendo el hielo.

Sus ojos eran tan parecidos a los míos que me paralizaron. Sentí un profundo amor desde la primera vez que logré contemplarlo. Era un muchacho atlético, con un porte muy parecido al de mis hermanos mayores y al mío. Sin duda era hijo mío. Veía en él todo lo que yo no había logrado ser. Poseía una esmerada educación, unos modales excelentes y no parecía ser un joven temeroso de vivir. Era mi viva imagen, como se suele decir vulgarmente a los parecidos casi exactos entre dos personas. No podía negar que era mi hijo y él no podía negar que era yo su padre.

—¿Quieres que te hable de mis estudios?—preguntó jugueteando con el último botón de su camisa. Había decidido vestir algo más informal, aunque seguía con el suéter oscuro sobre sus formidables hombros y la camisa era de una conocida marca de ropa, la cual era bastante exclusiva. No era un muchacho común. Fareed había hecho de él a un joven disciplinado en los estudios y sibarita hasta el más mínimo detalle. Su madre le había dado un amor indecible y un cuidado delicioso al criarlo sin problemas o miedos, salvo el impedimento que tenía hacia los espacios cerrados y oscuros.

—De eso podemos hablar más tarde—susurré—. He podido saber algunas cosas de ti, pues no has cerrado tu mente para mí—murmuré recostado en aquel elegante y cómodo sillón del escritorio. Me regodeaba y complacía estar en una biblioteca tan magnífica. Era la biblioteca francesa de Armand. Una biblioteca excelsa en hermosos volúmenes de autores clásicos y obras que han revolucionado el mundo. Mis escritores favoritos estaban allí y eso me complacía. Aunque también había libros de medicina, ciencia, filosofía y astronomía.

—¿Qué deseas saber?—murmuró clavando sus ojos en los míos—. No lo comprendo...

—¿Me odias? Te defraudé al no venir aquella primera noche, lo sé—me incorporé de inmediato acercándome a él, para sentarme al lado suya en la silla vacía que estaba a pocos centímetros de la que él ocupaba—. Viktor, mi hijo, mi criatura... tú eres parte de mí. Eres algo tan valioso como especial, pero aún así no he sabido demostrarlo.

—Viniste a la ciudad porque supiste que estaba en ella, ¿eso no te hace ser un buen hombre?—preguntó sin malicia. Realmente decía lo que pensaba y era un libro abierto. Sus expresiones eran similares a las mías y eso era un prodigio de la genética.

—No lo sé, ¿qué opinión tienes al respecto?—deseaba tocarlo, pero me contenía. Quería ver si era real. Necesitaba estrecharlo una vez más, sentir esa colonia fresca y agradable que solía usar, y percibir la calidez de su cuerpo. Un joven de diecinueve años, el cual me rebasaba por algunos centímetros y tenía una constitución mejor formada que la mía a sus años. Podíamos decir que éramos hermanos.

—Eres el vampiro más famoso de todos los tiempos. Miles desearían ser hijo tuyo, ya sea de forma genética o por medio de La Sangre—contestó con elocuencia, para luego echarse a reír—. Pero te veo y no veo tanta grandeza. Sólo veo a un hombre que posee una curiosidad innegable y una capacidad increíble para salir de todos los atolladeros. Eres rebelde y eso me agrada, pues no me gusta que nadie me imponga sus ataduras o pensamientos. Cuando leía sobre ti parecías más lejano, como si nada ni nadie pudiese alcanzarte, y que toda esa grandeza te daba un aire imposible. Pero no es cierto. Puedes llegar a ser tan similar a mí como distinto. No eres una leyenda de un libro, sino alguien real que puedo palpar. No estamos muertos, poseemos un alma y esa alma tuya es impredecible—me tomó de las manos y las puso en su rostro—. Somos muy parecidos, ya lo dice siempre Fareed, pero a la vez somos muy distintos. Ahora somos dos extraños, pero espero que pronto seamos algo más que un padre y un hijo. Las relaciones con los padres pueden llegar a ser tensas e imposibles, pero yo no quiero discutir contigo. No deseo que te alejes de mí ahora que estás a mi lado. Fareed y tú sois mis padres, pues ambos me habéis dado la vida que ahora poseo.


Me eché a llorar. Era mi hijo. Un hijo que debía conocer y proteger, el mismo que estaba enamorado de mi pequeña Rose. Ambos formaban una pareja encantadora y yo me sentía hundido en la felicidad, a pesar que aún había cosas que debía solventar. 


Lestat de Lioncourt

viernes, 19 de junio de 2015

Amor de padre, odio de hija.

—Descubrí la maldad del fondo de tu corazón y la hice mía. Contemplé el orgullo en tus ojos, asimilé tus sonrisas turbias y caminé con la elegancia de las mujeres que tanto adulabais. Me convertí ante vosotros en una muñeca perfecta, pero en realidad estaba tan maldita como las harapientas que usaban para el vudú. Para vosotros era vuestra hija, pero para la oscuridad era una asesina más—decía aquello sentada en el elegante sofá de aquella salita.

Había estado viéndola durante varias noches en el hospital. Fue terrible para mí volverla a encontrar, aunque ya sabiéndome menos frágil. Ya no era un humano más, sino el vampiro que siempre fui. Sin embargo, tenía miedo. Me daba miedo verla así, tan real. Era ella, jamás dejó de ser ella, y a la vez no era más que humo, recuerdos y dolor. Quería huir, no escucharla y abandonarla a su suerte una vez más. Debí haberlo hecho. Abandonarla la primera vez, dejándola allí moribunda y olvidarme de su piel pálida y febril. Pero ni antes ni en esos momentos pude hacerlo. Permanecí de pie apoyado en el marco de la puerta. Crucé mis brazos a la altura del pecho y dejé que siguiera.

Aquella noche había elegido unas prendas similares a las que yo había usado en otra época. Los jóvenes se divertían usando vestimentas estrambóticas, muy elegantes para mí, y yo recurría a ellas. Llevaba mi levita con camafeos de las musas y disfrutaba de mi camisa de chorreras. Pero aquella noche esa ropa me hacía sentirme en otro tiempo, el tiempo en el cual se fraguó nuestra leyenda y odio.

—Era hermosa, ¿no es así?—dijo mirándome directamente a los ojos. Un ligero escalofrío recorrió todo mi cuerpo—. Mis tirabuzones dorados te recordaban a tus rizos enmarañados, salvajes como la melena de un león, y atados a duras penas aunque con gracia. Mis ojos, tan profundos y celestes, podían ser un paraíso envenenado que muchos veían cargados de inocencia, frágiles lágrimas y terribles tormentos infantiles. Esa voz, esa que te llamaba con malicia, recitaba los poemas favoritos del inútil de tu amante—apreté la mandíbula y mis puños. Me sentía incómodo—. Los dos, tú y él, os convertisteis en unos patéticos remilgados que buscaban su propia felicidad. Sin embargo, ¿y la mía? ¿Acaso creías que yo era feliz siendo una niña?—preguntó.

—En absoluto—respondí—. Pero, de forma egoísta, nosotros lo éramos teniéndote a nuestro lado. Te reteníamos, te apretábamos con las rejas de nuestros dedos, y te convertimos en presa de nuestros deseos. Jamás pensamos en ti, lo reconozco. Fue mi culpa, no suya. Hazme el favor de no meter a Louis en todo esto—ella se echó a reír cuando comprendió que intentaba alejarla de mon ange, sin embargo era imposible. Deseaba destruirlo, pero daba gracias que él fuese incapaz de verla, escucharla y poder tenerla presente como yo la tenía.


—No te dejaré descansar—respondió antes de desaparecer.

Lestat  de Lioncourt 

domingo, 12 de abril de 2015

A mi querida niña

Rose, nunca olvides que puedes luchar por tus sueños y salir ganando. 

Lestat de Lioncourt


Sé que no puedes dejar de contemplarme. Ahora sabes qué soy. Llevabas algún tiempo sospechando. Esa fantasía infantil, esas creencias tan dulces y encantadoras, pueden ser una revelación terrible para una mente adulta. Cuando eres pequeño crees que sólo los héroes de comic, los ángeles, las aves, los aviones y Peter Pan pueden volar a través de las estrellas. Sin embargo, aceptar algo insólito como ésto para un adulto, un ser que ya no cree en seres fantásticos de novelas baratas, es imposible.

Siéntate a mi lado, por favor. Hazlo como cuando eras una niña de hermosos cabellos dorados, ojos enormes llenos de ilusión y deseos de escuchar mis locas aventuras, permite que bese tus mejillas y pueda llamarte, en silencio, hija mía. Hace mucho perdí a una hija, provoqué su desgracia y me condené por ello. Tú eres la cura a las heridas. Me has devuelto la fe en una humanidad que camina hacia la destrucción de sí misma. Yo no he dejado de ser humano. Tal vez sea un monstruo terrible, una mezcla inexplicable de dos mundos, pero te juro que mis sentimientos son tan similares a los tuyos.

Mi corazón late, Rose. Mi mente se altera y aterra. Creo que siempre he tenido buenos sentimientos, pese a mi egoísmo y estupidez. Jamás he pensado sobre las consecuencias de mis actos. Soy, quizás, demasiado impulsivo y tú, mi hermosa niña, muy inteligente. Aunque, tal vez debería dejar de llamarte niña. Eres una mujer realmente bella, con una sonrisa dulce y un pasado terrible. Tan fuerte como las rosas que nacen en los desiertos, las flores que surgen en un risco y esas, que sin necesidad de luz, son capaces de vivir durante décadas para dar su mejor fruto.

Te he mentido, pero fue por tu bien. Prometo que ésta pequeña mentira, éste guiño, era para cuidarte de un jardín salvaje que no me pertenece, pero en el cual me comporto como si fuese su jardinero, propietario y flor maldita. Mírame, Rose. Eres la rosa salvaje que tanto esperaba. Tú eres mi descendiente, mi hija, mi pequeña y ahora una joven fuerte. Lucha, Rose. No te detengas. Serás todo lo que quieras ser. Jamás dejes lo que amas. Nunca permitas que otros te digan que eres incapaz. A mí me daban por muerto, asesinado a dentelladas de ocho magníficos ejemplares de lobo, pero sobreviví y ahora he sido coronado como Príncipe de los Vampiros.



miércoles, 8 de abril de 2015

Viktor

Impacto. Fue un impacto. Como un chasquido de dedos. Fue algo que no puedo comprender todavía. Podría catalogarlo de milagro, pero quizás es demasiado precipitado. Al fin podía tener un instinto sexual depravado, como el de cualquier muchacho, con tan sólo unas inyecciones de testosterona. Simplemente me dejé impresionar. No me importó. Decidí que debía hacerlo, pues quería probar mis límites. Soy yo, el príncipe malcriado, el idiota irresponsable, el genio oscuro, la estrella del rock que aún cree que puede subirse a un escenario igual que Bon Jovi y no alguien responsable, comedido y razonable. No soy ningún inadaptado que tiene miedo a comprender la ciencia, aunque para mí sigue siendo un misterio. Quiero saber, comprender hasta la última palabra, pero mi entendimiento en ese ámbito es limitado. Puedo comprender sus maravillas, aceptar sus errores, ver con cierta ilusión la magia de la evolución de sus estudios y lo precipitado que puede llegar a ser todo. Disfrutar del contacto, la piel contra la otra, el calor, los fluidos mezclándose, los besos intensos y esos ojos llenos de deseo. Sí, extrañaba el aroma del sexo impregnando mi ropa. Por eso accedí.

Recuerdo que quise ofrecerles algo más que unas muestras. Ellos se sintieron halagados porque yo había aceptado ese juego. Desconocía por completo que un hijo mío iba a nacer. Que mi esperma iba a ser válido y que realmente no estamos muertos. ¿Cómo íbamos a estarlo? Yo era un estúpido. Creo que todos lo fuimos. Creíamos que éramos simplemente muertos que volvían a la vida y no se nos podía matar con facilidad. Mentira. Estaba equivocado. Sólo somos mutantes. Igual, tal vez, que los Taltos. Unas criaturas que conocí en otras de mis aventuras. Seres distintos, pero similares a los humanos. Eso éramos. Y todos formamos parte de una tribu, de un todo, y ese todo es un ser vivo que se unía a través de los siglos.

Podría hablar sobre ésto durante mucho tiempo. Quizás susurraría el nombre de Viktor una y otra vez. Mi hijo, mi heredero biológico, que ya posee mi propia estatura, sonrisa y ciertos sentimientos similares a los míos. Puedo decir que tengo un clon, otro ser igual a mí. Un ser que podría ser temido si se convierte a la sangre, ¿por qué? ¿Imaginan a otro irresponsable jugando con sus posibilidades, el arte, la ciencia y todos sus privilegios? ¡Sería peligroso! Pero éste hecho, y no otro, ha logrado sin duda alguna sacarme de mi depresión y hacerme despertar.

El peligro no ha pasado. Las aventuras no han finiquitado. El mundo no está del todo a salvo. Hay muchas cosas que decir. Tengo mucho que contar.


Sólo puedo decir que sigo amando, sigo deseando, sigo soñando y sigo vivo.

Lestat de Lioncourt   

sábado, 3 de enero de 2015

AKASHA

Akasha y sus pensamientos. Realmente nadie se detuvo a preguntarse cuales eran. 

Lestat de Lioncourt


Vine de lejanas tierras, crucé un desierto, me asenté en un país hostil con creencias terribles para mí, acepté ser la madre de un hijo para sentirme orgullosa, deseé ser fiel del mismo modo que eran fieles conmigo mis vasallos y me convertí en algo que no era por ambición. Pero sobre todo lo hice porque me sentía sola. Aunque estaba rodeada de cientos de personas en palacio... Nadie fijaba realmente en la tristeza de mis ojos, en la preocupación de mi corazón y en la debilidad de mi alma. Me convertí en un ser proscrito y busqué, con ahínco, una solución para el vacío que se generó en mí. Pero me convertí en mármol. Una pieza de mármol a la cual adorar y usar como fuente de poder.

Sentada durante años frente a un monitor, viendo la vida pasar frente a mis ojos como si fuera el ojo de oráculo, sintiendo que el mundo cambiaba demasiado rápido y que no había tiempo. En mi cabeza escuchaba el murmullo consolador de su voz. Nadie se preocupaba por mis sentimientos. Marius me adoraba como una diosa, no como a una mujer. Aquel joven vampiro, de ojos soñadores y peligrosos actos, desapareció de la nada dejándome atada a un terrible silencio. Enkil parecía sumido en su tempestad y locura, luchando contra sí mismo y contra la verdad. Jamás lo amé de forma sincera. Amaba el poder que ostentaba, el guerrero que era, el hombre que soñaba con dirigir una nación y hacerla grande. Sin embargo, el hombre en las sombras, el muchacho pausado y solemne, siempre me pareció terriblemente banal.

Amor. ¿Cuántas religiones hablan de amor mientras derraman sangre? ¿Era yo tan distinta? ¿Estaba yo tan equivocada? ¿Por qué no aprendemos a distinguir el amor del fanatismo? ¿Por qué no acepté la mano que me tendían? ¿Qué era lo que debía hacer? Esa voz me persuadía, controlaba y obligaba a creer que el amor era doloroso y debía ser impuesto. Jamás debí escucharlo, pero él me hablaba cuando las luces se apagaban y el mundo parecía frío.

Necesitaba salir. Quería soñar con algo más que una voz surgiendo de la nada, alimentándose de mis miedos y emociones. Deseaba amor, sentir el calor de las alabanzas de aquellos que decían querer amar sin medidas. Y cuando me levanté perdí el control de mí misma. Me convertí en un monstruo. Asolé el mundo igual que los seres fantásticos de las películas de terror que tanto me atemorizaban. En mis últimos segundos comprendí que estaba equivocada. Tan equivocada como perdida. No hubo tiempo de lágrimas. Ni siquiera entoné una salve a mi alma. Sólo acepté el destino mientras me desvanecía en el tiempo y en el espacio.



Música para la reina

Creí que la música los despertaría. Confiaba que podría hacer que la hermosa melodía, el desgarrador y enloquecedor sonido de un violín, agitaría sus almas del modo que a mí me tranquilizaba, hacía llorar o imaginaba a Nicolas girando por los aires con esa sonrisa demoníaca. Sí, el violín. El violín siempre fue un nexo entre lo espiritual y lo infame, pues muchos tacharon a los violinistas de demonios y a sus manos de arañas que rasgaban las cuerdas como si quisieran desgarrar el mundo. La vida tenía forma de violín para mí, pues estaba enamorado de su sonido. Nicolas lo sabía y él tocaba de forma cotidiana para mí. Quizás no era el mejor violinista que he escuchado, pero sí el más apasionado. De él aprendí, de él sentí y por él bajé decidiendo que sería nuestra última gran aventura. Una aventura lejos de Auvernia, el círculo quemado donde morían inocentes tachados de brujos, y una despedida triunfal a mi amor por él.

Lo creí, lo intenté y lo logré. Como si fuese un hacedor de milagros. Igual que el Mesías predicando en mitad del desierto. Del mismo modo que hace un sacerdote, de cualquier religión, cuando provoca que alguien se conmueva y convierta en su fe. Ambos dioses de mármol, Padre y Madre, se alzaron revelándose y demostrando que seguían vivos. Tras su aspecto inhumano yacían corazones que bombeaban pasiones, almas que respiraban sueños e ilusiones banales como las que yo podía tener en ese momento.

Sentí miedo, pero también una profunda paz. Logré lo imposible. Mi música, la música que toqué recordando como lo hacía Nicolas, provocó que ellos se alzaran. Ella para adorarme y él para impedir que su amada me amase más a mí, y mi música, que a él y su silencio. No podía gritar. Parecía que algo apresaba mi garganta aplastándome contra el mundo. Mi boca se llenó de su sangre, su abrazo era firme, el orgullo de Enkil estaba herido, el violín estallaba y yo comencé a llorar. Quise implorar ayuda. Pedí ayuda. Me sentí turbado.

Entonces, como un héroe de un libro de acción, Marius apareció regresando todo a la normalidad. El esqueleto destrozado del violín estaba a mis pies. El alma de Nicolas posiblemente estaba libre. Jamás volví a tocar un violín. Nunca más. Me juré que no volvería a hacerlo, pero a la vez me quedé con la confirmación que necesitaba. Ellos estaban vivos. La música podía animarlos. Sí, la música. La extraña música de un violín tocado con pasión y fervor, igual que implora un beato ante un altar. Una especie de religión musical que influyó en ambos. Marius estaba desecho, furioso y a la vez asustado. Yo sólo imploraba perdón. Quería quedarme al lado del maestro y el maestro me pidió partir.


La próxima vez que nos viésemos, él y yo, sería frente al cuerpo de Akasha completamente derrumbado frente a los pies de las gemelas, con su cabeza separada del cuerpo, y mil lágrimas bañando mis mejillas. La próxima vez la Reina habría despertado con locas ideas de una religión imposible, buscando ser escuchada y amada... buscando ser lo que nunca fue, la diosa que yo amé.

Lestat de Lioncourt  

lunes, 1 de diciembre de 2014

Recuerdos.

Louis la recuerda, yo también. No podemos olvidarla. Nunca. 

Lestat de Lioncourt 


Huí de ti, de mí y de todos los recuerdos. Creí que marchándome lejos, en una ciudad absolutamente distinta, podría descansar. Pero mi mente era recurrente. Te recordaba a ti, a mí y a todo lo que habíamos vivido. Podía sentir tus pequeñas manos sobre mi rostro, tus dedos enredándose en mis largos mechones ondulados y tu aliento rozando mi cuello. Eres el fantasma que vela por mi insomnio. No puedo librarme de tus palabras cargadas de rencor y odio. Siempre quise decirme a mí mismo que tendría la fortaleza necesaria para saber la verdad, pero fue devastadora.

Ahora sé que siente Lestat. Sé que sintió siempre.

Creí en tus hermosos ojos azules, aunque sabía que me mentían. Pero tú eras mi amada niña, mi pequeña, mi dulce huerfanita que siempre me recitaba con cariño cada poema y me ofrecía su mejor sonrisa. Recuerdo los primeros años en los cuales nosotros formamos una familia. Tú, él y yo. Una hermosa familia. Sé que Lestat no era el único que ambicionaba amor. Yo estaba desesperado porque quería que alguien viese en mí algo más que un monstruo. Mi familia me veía como tal mucho antes de ser un vampiro. Desde la muerte de mi hermano no había feliz, sin embargo cuando te abrazaba y olía tus cabellos me sentía a salvo. Eras mi pequeña, a la cual cuidar. Eras mi forma de mostrar al mundo que algo bueno podía brotar de mi alma. Te convertí en un trozo de mí, pero tú te transformaste en veneno.

No he podido librarme de ti ni un segundo. Creo que tampoco quiero. Si te vas de mi lado, pequeña mía, me volvería loco. No sabría que hacer. Tu recuerdo me sostiene. Sin embargo, intenté hacerlo. Huí lejos de New Orleans. Me adentré en una nueva jungla de asfalto, almas vacías y grises edificios. Miré al mundo con la desesperanza tatuada en mi corazón y me convertí en un cosmopolita. Si bien, nada tenía sentido.


He regresado a la casa que compartimos. He vuelto a mirar las viejas tabla del suelo, la decoración de las molduras, las hermosas lámparas colgando con elegancia y luz eléctrica, el sofá hermoso que solía usar para leer en los últimos años y los miles de documentos esparcidos en el bureau de Lestat. Me he puesto a llorar, dejando que las lágrimas me ahogaran, mientras él me rodeaba jurándome que el pasado ya no podría hacerme más daño. Pues, según él, ya sólo puedo hacerme daño yo al recordarlo. Pero si no te recuerdo no soy yo. Si no vuelvo la vista atrás siento que me falta algo. Nos falta algo a ambos. Nos faltas tú, a pesar de tu odio.  

jueves, 20 de noviembre de 2014

El amor de un padre

Louis otra vez recordando a Claudia. ¿No ve que le hace mal? Nunca me hará caso. Aún así ella fue nuestra damita. 

Lestat de Lioncourt



Recuerdo tu pequeño cuerpo aferrado a mí como si fuera tu ángel. ¿Alguna vez fui tu ángel, pequeña mía? Tal vez lo fui durante un breve instante. Quizás me convertí en un demonio, igual que él, frente a tus hermosos ojos azules. No puedo olvidar tus manos jugando con mis largos mechones ondulados. Tan preciosa, tan pequeña y de labios diminutos que susurraban secretos en mi alma. Me decías cuanto me amabas y necesitabas, rogabas por poemas y cuentos infantiles. Te creía inocente. Eras como una rosa blanca en mitad de la oscuridad, la misma que te fue pudriendo poco a poco y te convirtió en ramillete de perla negra. Sí, en cientos de pétalos prácticamente negros.

Te vestiste de dama cuando aún veía a la niña de hermosos tirabuzones dorados. Esos hilos de rayos de sol que parecían iluminar mi mundo, nuestro mundo, aunque te hallaba aferrada a tus víctimas con tus pequeños dedos como terribles garras. Sólo eras una niña. Una pequeña caprichosa a la cual le concedía todo lo que me pedía, completamente obnubilado por tu belleza y por tus palabras dulces sobre tu necesidad de cariño.

Fui tu padre, pero también fui tu madre. Yo fui la figura menos autoritaria. Me conmovía demasiado tus redondas y llenas mejillas cubiertas de pequeñas lágrimas. ¿Sabes? Eran como pequeños rubíes que brillaban con una belleza similar a tus encantadoras sonrisas, pero aún así las deseaba lejos de ti. ¿Cuántas veces las sequé? Cientos de veces, cariño mío. Despejaba tu frente, la besaba y secaba tus lágrimas procurando calmarte.


Me pregunto tu odio hacia mí, como hacia él, fue causado sólo por el dolor de no poder crecer, como si fueras una Wendy que decidió quedarse por siempre en el País de Nunca Jamás, o porque la semilla del odio germinaba ya en ti. Hubiese dado cualquier cosa por un beso sincero, un abrazo tierno y una última despedida más allá del odio, el rencor y el dolor que pude ver en tu fantasmagórica figura.  

viernes, 22 de agosto de 2014

Estimado Jefe

Mona Mayfair me ha regalado unas palabras que más bien parecen advertencia, pero al menos admite que me quiere. El aprecio es muto. ¡Pero yo no soy tan desgraciado como ella dice!


Lestat de Lioncourt 


Si pudiera resumir nuestra relación en una sola palabra la titularía «Caos», pero no puedo ser tan cruel. He aprendido de mis errores durante estos años, pero sigo teniendo mi orgullo y me obceco en contradecir todos tus dictámenes. Puede que tu experiencia valga la pena para otros, pero sabes que mi libertad y mis deseos son superiores a los tuyos. No sé porqué te molestas conmigo, somos muy parecidos. Cuando me ves tal vez contemplas el fruto de tus intrépidas palabras, tus entrometidos actos de valor y la desfachatez carismática que posee tu sonrisa. Eres divino pecado, pero el pecado se hizo para que yo lo vistiera. Soy joven, me gusta divertirme y no puedes castigarme por ello. He vivido calamidades terribles, tan terribles como las que tú viviste, y también vi la muerte rondar mi cama, besar mis cabellos y reírse de mí. No, no puedes negarme el ser como soy. ¿Acaso no te das cuenta? Eres como todos los padres terriblemente preocupados sin comprender que sus hijos terminan pareciéndose a ellos. Y no hay remedio.

Me gustaría volver a verte. Hace tiempo que no nos enfrentamos. Tal vez debería vestirme de la forma más provocadora posible, con esos amplios escotes que muestren parcialmente mis senos, y no dejen nada a la imaginación. Sólo lo haría por ver tu reacción. Eres un príncipe alocado, pero no dejas que otros cometamos locuras. Tienes miedo de verme sufrir, lo sé, pero el sufrimiento es parte del juego. Me encantaría lanzar los dados, jugar una partida de poker conmigo, y reírme en tu cara cuando la ira reviente. Eres encantador, atractivo y muy arrogante. Y esa arrogancia te mata. Me fascina tus ojos azules con esos rayos violetas, los cuales aparecen en los peores momentos. La rabia te consume, aprietas los dientes igual que los puños, y comienzas a maldecir en cientos de idiomas. Es terriblemente excitante verte así, jefe.

Te recuerdo con una americana blanca, una camisa lavanda de algodón y unos tejanos apropiados para ir a la moda. Sí, te he visto hace poco. He podido ocultarme de ti. Aunque te prometo que intenté no reírme cuando te vi frente a la tienda de aparatos electrónicos. Paseabas ante las cámaras para verte reflejado en cada televisor. Debe ser horrible haberte vuelto una figura de leyenda, pero nada más. Nadie cree que puedas aparecer de nuevo subido en un escenario dando alaridos. Bueno, hay alguien. Ya sabes bien que él siempre te tendrá como su héroe personal, el Mesías de la locura y la celebridad más importante de todos los tiempos. Hoy ha salido solo. No sé donde se habrá metido. A veces lo hace, ¿sabes? Y yo me siento sola. Extraño los días en los cuales los tres salíamos a cazar villanos y vampiros que debían arrepentirse de sus actos. Me pregunto qué harías si te digo que te espero en uno de esos coquetos cafés donde vas a leer el periódico, perderte en las generosas vistas de las escotadas camareras y soñar que esa bruja loca regresa a tu lado. ¿Sabes por qué lo hago? Quizás es porque aún te quiero y te necesito, pero soy demasiado terca como para decirlo cara a cara. Sería tener que tragarme todo mi orgullo escuchando mis palabras. Y una chica no puede permitirse eso, ¿sabías? Menos una bruja como yo. Porque aún me considero una bruja y siempre me consideraré como tal. No puedo olvidar que no me amaras y la prefirieras a ella, una loca beata de la misma ciencia que condenó a todos y no me pudo salvar, como tampoco pudo salvar a mi pequeña.

Jefe, sólo espero que nos veamos pronto y me puedas firmar ese libro que saldrá a la venta. Estoy esperando con ansias tenerlo. Posiblemente lo lea más de una vez recordando la cadencia de tus palabras, el tono amable y cortesano de tu voz, y lo idiota que eres. No puedo olvidar lo idiota que has sido. Intento hacerlo, pero es divertido. Sólo te pido que te cuides, pues cuando nos veamos posiblemente comience esa guerra que quedó en nada. Un enfrentamiento padre e hija, ¿no crees que sería fascinante? Demasiado tentador, jefe. Así que piensa, pronto me verás con un vestido ceñido demasiado corto y escotado, con el cabello suelto imitando al fuego que me consume y con mis ojos verdes clavados en los tuyos. Ve preparando tu mejor discurso, que yo prepararé mi mejor veneno.

No olvides que te quiero,

Mona Mayfair  

jueves, 31 de julio de 2014

Siempre mi damita

Si hay algo que aún conmueve a Louis es Claudia. Hemos pasado por muchas cosas, el tiempo borra parte del dolor y lo enjaula en nuevas satisfacciones, pero su dolor sigue quemando. Creo que nunca lo superará. 

Lestat de Lioncourt 


Te he buscado mil veces en cientos de calles. No he permitido a mi corazón desvanecer cada uno de sus sentimientos, pues quería sentir el amor que siento por ti a pesar de lo doloroso que es. Tengo cerca de mi pecho tu vieja fotografía, la cual guardo como un pequeño tesoro que no permito tocar a nadie. A veces te imagino caminando a mi lado, tomando mi mano y preguntándome por la luz de la luna que incide sobre cada una de las caras de la ciudad. Desearía poder estrechar tu pequeño cuerpo, aspirar el aroma de tus cabellos y jurarte mil veces, mirándote a los ojos, que no te dejaré ir jamás.

Creí que ambos buscábamos lo mismo y que siempre sería tu padre. A veces quiero morirme cuando recuerdo que me odias. Ese odio alimenta la parte más grotesca de mi ser, pequeña mía. Desearía quemar todo lo que siento, olvidarme de mi dolor, y adentrarme en los jardines paradisíacos de la frialdad más cruda. Sin embargo, siempre que recuerdo tus rizos dorados mi corazón se enternece, siento como las lágrimas vuelven a recorrer mis mejillas y mis manos tiemblan.

Siempre seré tu abnegado padre. Nunca podré dejar de pensar en tus brazos rodeando mi cuello, el peso de éste en mis brazos y el sonido de tu voz mientras te confesaba que eras todo lo que necesitaba. Eras mi hija, mi pequeña, mi damita, mi tierna criatura y lo único que importaba en mi vida. Cuando desapareciste algo en mí se quebró. Me convertí en un monstruo cuando supe que en tu corazón sólo podía anidar el odio, siendo tan intenso como el brillo de un diamante. Sin embargo, no puedo reprocharte nada. Ni siquiera puedo pedir explicaciones al aire, pues entiendo tu dolor ya que es parte de mí.


Mi niña, siempre tendré la huella de tu amor en mi corazón. Jamás podré olvidar la belleza de tu voz alzándose por los viejos callejones de New Orleans, ni la gracia de tu risa recorriendo la noche mientras tus brazos se movían en el aire. Cariño, jamás dejarás de ser el amor más puro e infinito que he sentido. Nunca se deja de amar a una hija.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt