Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

viernes, 18 de septiembre de 2015

De tal palo tal astilla

Tarquin quiere a su hijo y lo comprendo ahora mucho más con Viktor y Rose. Ser padre es un regalo, aunque con Claudia fue un regalo envenenado.

Lestat de Lioncourt

Cuando lo vi quedé petrificado. Algo en mí decía que ese pequeño era mío. Aquellos enormes ojos azules, tan profundos y vivarachos, parecían gritarme que era su padre. Si bien, llegué a pensar que eran escasas las pruebas. Jasmine me hubiese informado inmediátamente de su embarazo, aunque estaba equivocado. Aquel pequeño de piel tostada, pequeños y carnosos labios, hermosos ojos, cabello revuelto y rizado no era nada más ni nada menos que mi hijo. Él era Jerome Blackwood, mi primogénito y el único hijo que yo tendría en éste aciago mundo.

Desde el primer momento deseé llenarlo de besos, acariciar sus sedosos cabellos y gritar a todo el mundo que tenía un hijo. Me sentí afortunado. Gozaba al fin de éste maravilloso privilegio fruto de un acto de placer, lujuria insospechada y complicidad absoluta. Me entregué a Jasmine en aquella pequeña habitación, un día en el cual me sentía ahogado con las cargas y excitado por mis breves descubrimientos. Ella me abrazó, consoló de la mejor de las formas y yo sequé mis lágrimas sobre su piel de chocolate. Durante muchos años fue mi mejor amiga, mi consejera, y cuidó mis pasos por éste mundo. Era algo mayor que yo, pero desnuda parecía una cría. Tenía un gusto excelente para la moda, sus modales eran excelsos y cuidados, jamás se quejó del trabajo duro y siempre respetó mis secretos. Había tenido un hijo con la mejor madre posible, pues sabía que a su lado Jerome sería el hombre que yo no había logrado ser.

Me he perdido por el mundo durante años. Pero de nuevo estoy en mi vieja y apetecible isla infestada de mosquitos. Mi hijo toma clases con el hombre al que le debo mis modales, mi instinto caballeroso y mi pasión por la lectura de Dickens y otros autores británicos. Nach está logrando que mi hijo sea un digno heredero, aunque lleva aproximadamente una década sin verme. Desconozco si su madre le cuenta mis secretos, pidiéndole que jamás se los cuente al resto de mortales.

Hoy ha aparecido por aquí. Es un joven alto, robusto, y de ojos soñadores. Sin duda alguna es un mulato impresionante. Cualquier mujer caería a sus pies. Ha caminado con la camisa blanca abierta en los primeros botones, con las manos metidas en los bolsillos y sin zapatos. Los zapatos estaban en la lancha a motor que dejó en el embalse. No sé quién demonios le dio permiso a venir aquí, a éstas horas de la noche, y tampoco comprendía bien qué le había llevado a venir hasta el Santuario. Si bien, despejé pronto la segunda de mis preguntas: venía a hablar conmigo, como si yo fuese un espíritu errante en aquel trozo de tierra.

«—Padre, ¿cuánto haces que te marchaste con tu prometida? Hace más de diez años, ¿no es así? Madre dice que debo de recordarte, pero ya he olvidado el timbre de tu voz o la colonia que solías usar. Ella tiene la esperanza de verte regresar, porque aún te ama aunque lo niegue, para que me veas en mis últimos años de juventud y te sientas orgulloso de mí—metió sus manos en los bolsillos y agachó la cabeza como si intentase aguantarse las lágrimas, pero le fue imposible. Aquella voz profunda difería mucho de aquel rostro todavía algo aniñado, casi sin rastro de barba, que podía ver entre las sombras—. ¿Y si estás muerto? Si estás muerto quizás tu alma esté aquí... puedo ver cosas. Padre, tengo tu don. Tommy me confesó que él también lo posee y me está protegiendo de todo—suspiró profundamente y luego se echó a reír—. Tengo dieciséis años y parezco un hombre, pero todavía soy un niño. Un niño que espera un milagro... »


Dicho aquello, se marchó. Me dejó con el zumbido de los insectos y el corazón encogido. Debería buscarlo, ¿pero cómo podría aceptar lo que soy? El hombre que idealiza no ha dejado de ser un chiquillo en apariencia.  

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt