Lestat de Lioncourt
Cuando lo vi quedé petrificado. Algo
en mí decía que ese pequeño era mío. Aquellos enormes ojos
azules, tan profundos y vivarachos, parecían gritarme que era su
padre. Si bien, llegué a pensar que eran escasas las pruebas.
Jasmine me hubiese informado inmediátamente de su embarazo, aunque
estaba equivocado. Aquel pequeño de piel tostada, pequeños y
carnosos labios, hermosos ojos, cabello revuelto y rizado no era nada
más ni nada menos que mi hijo. Él era Jerome Blackwood, mi
primogénito y el único hijo que yo tendría en éste aciago mundo.
Desde el primer momento deseé llenarlo
de besos, acariciar sus sedosos cabellos y gritar a todo el mundo que
tenía un hijo. Me sentí afortunado. Gozaba al fin de éste
maravilloso privilegio fruto de un acto de placer, lujuria
insospechada y complicidad absoluta. Me entregué a Jasmine en
aquella pequeña habitación, un día en el cual me sentía ahogado
con las cargas y excitado por mis breves descubrimientos. Ella me
abrazó, consoló de la mejor de las formas y yo sequé mis lágrimas
sobre su piel de chocolate. Durante muchos años fue mi mejor amiga,
mi consejera, y cuidó mis pasos por éste mundo. Era algo mayor que
yo, pero desnuda parecía una cría. Tenía un gusto excelente para
la moda, sus modales eran excelsos y cuidados, jamás se quejó del
trabajo duro y siempre respetó mis secretos. Había tenido un hijo
con la mejor madre posible, pues sabía que a su lado Jerome sería
el hombre que yo no había logrado ser.
Me he perdido por el mundo durante
años. Pero de nuevo estoy en mi vieja y apetecible isla infestada de
mosquitos. Mi hijo toma clases con el hombre al que le debo mis
modales, mi instinto caballeroso y mi pasión por la lectura de
Dickens y otros autores británicos. Nach está logrando que mi hijo
sea un digno heredero, aunque lleva aproximadamente una década sin
verme. Desconozco si su madre le cuenta mis secretos, pidiéndole que
jamás se los cuente al resto de mortales.
Hoy ha aparecido por aquí. Es un joven
alto, robusto, y de ojos soñadores. Sin duda alguna es un mulato
impresionante. Cualquier mujer caería a sus pies. Ha caminado con la
camisa blanca abierta en los primeros botones, con las manos metidas
en los bolsillos y sin zapatos. Los zapatos estaban en la lancha a
motor que dejó en el embalse. No sé quién demonios le dio permiso
a venir aquí, a éstas horas de la noche, y tampoco comprendía bien
qué le había llevado a venir hasta el Santuario. Si bien, despejé
pronto la segunda de mis preguntas: venía a hablar conmigo, como si
yo fuese un espíritu errante en aquel trozo de tierra.
«—Padre, ¿cuánto haces que te
marchaste con tu prometida? Hace más de diez años, ¿no es así?
Madre dice que debo de recordarte, pero ya he olvidado el timbre de
tu voz o la colonia que solías usar. Ella tiene la esperanza de
verte regresar, porque aún te ama aunque lo niegue, para que me veas
en mis últimos años de juventud y te sientas orgulloso de mí—metió
sus manos en los bolsillos y agachó la cabeza como si intentase
aguantarse las lágrimas, pero le fue imposible. Aquella voz profunda
difería mucho de aquel rostro todavía algo aniñado, casi sin
rastro de barba, que podía ver entre las sombras—. ¿Y si estás
muerto? Si estás muerto quizás tu alma esté aquí... puedo ver
cosas. Padre, tengo tu don. Tommy me confesó que él también lo
posee y me está protegiendo de todo—suspiró profundamente y luego
se echó a reír—. Tengo dieciséis años y parezco un hombre, pero
todavía soy un niño. Un niño que espera un milagro... »
Dicho aquello, se marchó. Me dejó con
el zumbido de los insectos y el corazón encogido. Debería buscarlo,
¿pero cómo podría aceptar lo que soy? El hombre que idealiza no ha
dejado de ser un chiquillo en apariencia.
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