Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 13 de julio de 2016

Hermano

Tarquin me da pena. Esta carta la han encontrado en la tumba de Goblin, de su hermano Garwain, sólo la he tomado para reproducirla. Os la dejo aquí.

Lestat de Lioncourt 

Realmente pocas personas entenderían el motivo por el cual escribo estas líneas. No me importa. Únicamente lo hago porque creo que es necesario. Detesto pensar que te has marchado creyendo que el odio que hay en mi corazón es para ti. No. Ese odio no lo causaste tú. Me he dado cuenta que eras tan inocente como yo. Creo que incluso más. Estoy seguro que todas tus acciones fueron motivadas por el amor y también por unos celos bastante comprensibles.

Hemos estado juntos desde el primer segundo de nuestras vidas. Ese chispazo que originó un hombre cuyo rostro jamás conocimos. Siempre supuse que me parecía a él físicamente, pero estaba equivocado. No era a él a quien nos parecíamos. Igual que estuve equivocado contigo, Garwain.

Durante estos años he sabido la verdad sobre varios asuntos. Desconozco si tú pudiste saberlo observándome o leyendo dentro de las profundidades de mi alma. No somos Blackwood. No tenemos ni una gota de su sangre. Aún así llevamos con honor su apellido. “El Loco” decidió que un amigo suyo, Julien Mayfair, copulara, por decirlo de alguna forma suave, a su nuera para que al fin pudiese quedarse embarazada. Nosotros nos parecemos físicamente a él y tenemos una genética especial. Somos brujos, Garwain.

Madre no te odia. Madre siempre te amó. No sé si sentir celos por ello o lástima. Me odiaba porque creía que yo te había matado en su vientre quitándote el alimento. Te juro, hermano, que yo habría hecho cualquier cosa porque tú vivieses del mismo modo que yo. Habría sido fabuloso tener un hermano en el que apoyarme cuando tuviese miedo o sintiese rabia.

Has matado a tía Queen. No le quedaban muchos días de vida. Al principio estaba molesto con ella por haber negado que te veía y sentía, pero ahora sólo siento dolor por su pérdida. Desconozco la discusión que habríais tenido que provocó que fueses tan violento. ¿Por qué lo fuiste? Tú me salvaste la vida y me defendiste ante muchas otras personas y seres. ¿Tan consumido por la desesperación estabas? Querías ser como yo. Siempre quisiste que fuéramos iguales. Pero jamás te diste cuenta que lo éramos. Los dos a nuestro modo éramos solitarios y estábamos perdidos.


Te escribo esta carta para dejarla en la tumba junto a tus cenizas. Madre ha muerto. La he matado. No vendrá a molestarte. Sólo espero que ahora al fin descanses. Perdóname por no haber sabido antes la verdad. Discúlpame por haberte odiado una vez.  

martes, 5 de abril de 2016

Tres no son multitud

Podemos saber, gracias a Manfred, como es Petronia en la intimidad. También podemos averiguar un poco de Arion.

Lestat de Lioncourt 




—Hacía tiempo que no venía por aquí—dijo mientras se agachaba a introducir la llave en la pequeña ranura de la cerradura, giraba suavemente su muñeca y provocaba que la persiana de metal se izara como una bandera de guerra. Hizo un ruido terrible para los finos oídos de un vampiro, pero para un humano era ligeramente soportable. Después buscó en aquel enorme llavero otra llave dorada, larga y muy dentellada, que abrió la puerta pesada de madera con hermosas vidrieras de colores y luego, con mucha rapidez, desactivó la alarma—. Ha sido toda una sorpresa—añadió encendiendo las luces—. ¿Comprará varias prendas o sólo alguna en especial? ¿Ya vio las hermosas americanas de primavera de nuestro catálogo online? Nos estamos modernizando.

—Trátame de tú—su voz sonó áspera y firme aún en el rellano de aquella puerta.

Al entrar observó las nuevas prendas colocadas cada una en un maniquí sin rostro, pero que rellenaban a la perfección tallas similares a las suyas. La moda cada vez admitía más a los hombres poco corpulentos, muy delgados, y también otros no tan altos o ligeramente obesos. Pero todavía se veían hermosos trajes que sólo un hombre de hombros amplios, como era el caso de Arion, podían llevar y sentirlos como un guante.

—Lo siento, la costumbre—comentó acercándose a la vitrina de los lujosos gemelos—. ¿Deseas ver algunos de nuestros bonitos gemelos?—dijo señalando la estantería.

—Sabes que fabrico mis propios gemelos y son contadas las ocasiones en las cuales compro alguno—dijo paseando sus ojos oscuros por toda la tienda.

—Petri, ¿de verdad crees que necesitas nuevos trajes? Algunos todavía no te los pusiste...—murmuré tras su pequeña espalda.

—Manfred, te he traído como acompañante porque las compras siempre son aburridas, tediosas e insípidas. Si vas a estar quejándote, como estás a punto de hacer, mejor lárgate a corretear jovencitas por las plazas más pobladas de la ciudad. Ve, corre. Seguro que aún hay algún café abierto y muchachitas a las que reírles las gracias cual viejo verde—aquellas palabras fueron certeras y dolorosas, pero no me acobardé.

—No, mejor me quedo—dije.

El comerciante jamás supo la edad real de Petronia. Llevaba vendiéndole trajes desde hacía veinte años y empezaba a sospechar que no era un ser común. Sin embargo lo que sí creía, casi a pies juntillas, es que era un hombre y trataba con un igual. En su mente pensaba que yo era su rico amante que solía acompañarle para pagar todos sus lujos, aunque siempre me echaba en cara mis líos de faldas. En realidad ella siempre me ha atado en corto esperando que no cayera más en brazos de estafadoras como Rebeca. Aunque decir que Petronia es un “ella” es muy aventurado.

—Mira, Manfred, ¿qué te parece?—dijo tras un buen rato observando camisas por su cuenta—. Este gris es muy elegante y he leído en las revistas que se lleva bastante.

—Eres muy pálido—murmuré—. Te sentaría mejor un tono chocolate.

—Son tonos de invierno los oscuros, los más claros son para primavera y verano—aseguró el comerciante—. Tengo una hermosa camisa blanca con rayas finas de color azul azafata con un chaleco de lana del mismo tono a juego con sus pantalones y una americana exclusiva de esta tienda. Los chalecos han vuelto a llevarse y estarán en tendencia algunos años. Es un complemento que estiliza, es elegante y en ti queda muy bien. Recuerdo que te has llevado unos cuantos hace unos años—decía deleitándose con su cuerpo e imaginándose a Petronia sin nada de ropa.

—Siempre acabo llevando colores oscuros—murmuró—. Asumiré el riesgo de llevarme algo oscuro otra vez, pero también quiero algo más... ¿llamativo?—vigilaba todas las prendas sin dejarse convencer con un simple vistazo.

—Los estampados se siguen llevando, igual que el color blanco porque da un tono de atención a chaquetas más oscuras, también tenemos camisas celestes, de mil rayas y desiguales. Sí, desiguales—dijo acercándose a uno de los maniquíes—. Tiene un tono verde más oscuro y otro más suave. El lado derecho es el oscuro y el claro es el izquierdo. Los botones son de nácar muy bonitos, pequeño y poco llamativos.

En ese momento entró en la tienda Arion. Él no solía asomarse por las tiendas cuando nos encontrábamos llenando su armario. Siempre había decidido ser fiel a un estilo y adquiría sus prendas dándoles indicaciones a varios de sus empleados. El empresario se movió rápido para impedirle que entrara.

—Lo siento, sólo se ha abierto para un cliente especial—comentó.

Arion no era estúpido. Si esa tienda se habría para Petronia era porque aquel hombre llevaba deseando saltar sobre él desde hacía décadas, por eso se movió rápido y se colocó al lado de su creación besando dulcemente su cuello.

—Lamento no haber venido en otras ocasiones, ¿puedo elegir contigo?—preguntó estrechándolo por las caderas.

—Celoso...—murmuró bajo mirando las baldosas de la tienda—. No te preocupes, Héctor, es mi marido.

—Suena bien eso de marido—dijo Arion de forma imperceptible para el oído humano.


Creo que fue la última vez que fuimos a “Cortes y confecciones Héctor Lariza”. Aquel pobre iluso no volvió a abrir tan tarde su tienda para Petronia. Sin embargo dudo que Arion se lamente por ello. No obstante creo que Petronia jamás perdonará haber perdido tan buena boutique. Esto es algo que he confirmado esta noche nada más incorporarme. Llevaban dos horas discutiendo. Ella ha roto el tablero de ajedrez y él ha destrozado uno de sus vestidos de noche, después como si nada se han arrancado la ropa y han comenzado a besarse rodeados de todo el desastre que ellos mismos han realizado. A veces me pregunto si Petronia realmente es la única fiera o si en esta casa conviven un par de leones intentando marcar su territorio.

jueves, 21 de enero de 2016

Carta de un maestro

Carta de Nash para Tarquin. 

Lestat de Lioncourt

Querido muchacho:

Hace tiempo que debería haber escrito estas líneas. Quizás ya no son necesarias. Es posible que ni siquiera te parezcan agradables, pero son consejos que me siento tentado a recordarte. Ya has llegado a una edad en la cual vuelas por ti mismo, piensas y respondes con habilidad. Me siento muy orgulloso de haberte dado algunos consejos importantes a la hora de comportarte ante diversas circunstancias, pero he sido incapaz de ofrecerte todo el consuelo que necesitabas. Tampoco he sabido encajar la verdad de tus sentimientos.

La noche en la cual nos conocimos, en aquel agradable y elegante restaurante del Centro Hospitalario Mayfair, debí ser más recto y menos adulador. Tal vez se debió a la belleza de tu rostro, la bondad que despertaba tu alma y la necesidad de cariño tan abrumador que despertabas en todos, incluyéndome. Querías ser amado, comprendido, y escuchado. Sin embargo, nosotros sólo éramos capaces de decirte qué era lo mejor para ti, sin escuchar los gritos incesantes de tu alma. Te pido perdón por ello.

Has vivido una época dura de constantes cambios, intrincadas aventuras e intrigas de una familia demasiado extensa. Tus ojos han tenido que observar como el paso del tiempo se aceleraba y tu juventud se convertía en pasado. Todos hemos vivido años así de precipitados, los cuales nos han asfixiado. La adolescencia es terrible, pero aún más la juventud en la cual te convierten en adulto en un pestañeo.

Debí decirte que me enamoré de ti. Aunque quizás no fue de ti, sino de esa alma dulce y amable que se entrega con pasión a todo lo que haces, dices o piensas. Eres afortunado, Tarquin. Posees una belleza que despierta admiración y cariño. Quizás no te comprendan demasiado, tal vez no encuentres la paz que buscas, pero te aseguro que muchos te contemplarán como un ser hermoso similar a un ángel.

Los consejos que vengo a darte es que los días no se repiten. La magia de la vida es que no hay días iguales, que todos tienen matices nuevos y que te van moldeando. Intenta que te moldeen de forma sensata y bondadosa. No me gustaría ver tu alma llena de oscuridad. No odies, no intentes ponerte metas inalcanzables y se feliz. Es fácil ser feliz si te concentras en experimentar, comprender, amar y sentir.

También quiero darte las gracias por tu amistad, compañía y respeto.
Siempre tuyo,

Nash

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Dulce familia, amarga sociedad y maldita evolución.

Yo también me pregunto dónde está ese niño bonito. No te preocupes, Manfred, que aparecerá. 

Lestat de Lioncourt


Cada momento es diferente. Cambiamos cada noche sin que nos demos cuenta. Cuando despertamos hemos mutado. Modificamos nuestro espíritu y nuestro cuerpo. Hay algo en nosotros que evoluciona, para bien o para mal, convirtiéndonos en monstruos más o menos perfectos. Sin embargo, cuando contemplo el mundo no puedo evitar sentir que estamos fracasando. Hemos fracasado como especie. No hablo de los vampiros, sino de la humanidad. Los vampiros estamos involucrados en la humanidad, somos parte de ella y formamos una pieza importante en la sociedad. No podemos sentirnos al margen porque hemos descubierto que no estamos muertos, sino muy vivos, y porque nos movemos entre el resto de la gente. Quizás somos alimañas que vivimos a costa de otros, de la gran mayoría, como si el resto fuese rebaño y nosotros unos lobos convertidos en pastores.

He intentado en vano que los momentos perduren, pero siempre se marchitan como si fueran ramos de flores. Veo como se van pudriendo los ideales, los sueños, las lágrimas derramadas se van secando y las ilusiones se dispersan en el aire como si fuesen flores de dientes de león. Puedo verlo, pero también puedo sentirlo en lo más profundo de mi alma. Quizás debería romper a llorar, aunque no siempre lo hago. A veces me contengo y me echo a reír. Río porque sé que hay más oportunidades. Cada anochecer es una oportunidad de cambiar el destino, de involucrarme con un mundo que cree que he muerto y que sólo era un maldito demente.

Sólo pensar que mi mujer no sabía siquiera mi nombre real, ni mis orígenes y tampoco de dónde venía mi fortuna. Me convertí en un gran actor en mitad de una obra de teatro excelente, donde todos tenían su papel predestinado y eran parte de un elenco de lujo. Sin embargo, la situación se fue de mis manos y empecé a sentirme como marioneta. Y me odié. Odié sentirme marioneta. Me derrumbé cuando ella murió, intenté levantarme y conseguir el amor en otros brazos. Fracasé. Sólo pude llorar su muerte y arrepentirme de llenar el hueco de su cama. Tanto así que tuve que recurrir al monstruo que tanto apreciaba, el mismo que venía en mis pesadillas y sonreía a los pies de mi cama como un ángel macabro, para que me ayudara.

Todavía puedo oler la sangre derramada en el suelo, como el olor penetrante de la tierra mojada tras un aguacero, y escuchar sus gemidos y quebrantos. Aún puedo ver el gancho clavado en su espalda y cómo se movía, igual que el péndulo del reloj del salón. En ocasiones me llevo mis manos arrugadas a la cara, lloro lágrimas sanguinolentas y me digo a mí mismo, como si eso me consolara, que fue lo mejor. Lo mejor... Mis hijos habían sufrido por ella, mi hija dejó de escribir por sus burlas, mi hijo no superó jamás sus palabras duras y tuve que escuchar sus mentiras repitiéndose como las campanas que llevan al recogimiento, a la oración del Domingo, día tras día. Ni el alcohol aliviaba mi dolor, mi locura, mi amargura y la frustración que se enraizaba en mi corazón convirtiéndose en una sombra alargada.

Las luces de navidad parpadean en los escaparates. Recuerdo cuando la navidad era distinta, como el recogimiento en éstas fechas era aún mayor y la familia era lo importante. Ahora puedes felicitar a otros sin enviar una carta o una postal navideña. Sólo tienes que tener un aparato de esos modernos e inútiles para mí, un teléfono móvil con conexión a Internet, y ahí llegarán tus palabras donde quieras que estés. Ya no existe el calor de los abrazos, las largas conversaciones en las cenas o las canciones que avivaban la leña. Muchos están pendientes de las notificaciones de sus redes sociales y no de lo que otros quieren. La familia para mí era importante. Todo lo hice por ellos. Me sacrifiqué por tener una familia, sacrifiqué mi cordura por ellos, alimenté el deseo de la inmortalidad con tal de protegerlos y nada. Él se convirtió en lo que soy yo y ahora ni siquiera sé dónde está.


¿Dónde estará el niño bonito de los Blackwood? Su hijo está por ir a la universidad. ¿Y dónde está él? ¿Dónde está el chico de los ojos azules y la voz tierna? ¿Y el intelectual sensible que lloraba junto a mí por su destino? No lo sé. Hace tiempo que no sé de él. Temo por él. Era mi familia, aunque no tuviese mis genes. Él era mi familia. Me convertí en lo que soy para protegerlos aunque fuese desde lejos. ¿Y dónde está Tarquin Blackwood? Dónde...  

martes, 17 de noviembre de 2015

Milagro

Tarquin ha dejado por escrito lo que sintió cuando vio a Mona. Habló alguna vez de todo lo que sucedió aquella noche, pero no de ésta forma tan sincera donde desnuda su alma. He encontrado éste documento en su escritorio, entre diversos papeles. Espero que si sigue con vida, como así deseo, no le importe que lo publiquemos.

Lestat de Lioncourt


La observaba sin pudor. Podía recorrer con mis ojos claros, aunque nublados por las lágrimas, cada trozo de su cuerpo desnudo. Era como la Venus que salía de la espuma del mar. Parecía una diosa pecaminosa, aunque también delicada y necesitada de un amor puro, más allá de palabras extravagantes y abrazos sinceros. Sus labios carnosos, pintados de un labial natural rosáceo, cantaban al deseo. Sus ojos, verdes como la esmeralda que debía llevar colgada de su cuello al ser la heredera de los Mayfair, brillaban bajo la tenue luz de mi habitación. Era una mirada indecente la que yo le ofrecía, pero no le importaba.

Su piel parecía suave, como el terciopelo, y sus pecas, que salpicaban diversos rincones de su rostro, torso y brazos, eran demasiado atractivas. Era una de esas muñecas de porcelana que parecen vivas, pero ella estaba viva y no muerta. Aún tenía aroma a flores y muerte. Unas flores que se hallaban regadas por la colcha, el suelo y sus cabellos. Mi Ophelia había sido rescatada de las aguas del Tártaro, dejando atrás a Caronte, porque la Muerte, en forma de atractivo y rebelde vampiro, le había dado la oportunidad que yo había suplicado entre lágrimas.

No sabía qué decir. El silencio era una daga que nos rompía en dos mitades, aunque siempre lo habíamos sido pese a la unión que habíamos formado nada más conocernos. El amor es como un poderoso pegamento, que une por siempre a las almas y las condena a estar nuevamente unidas. Una deliciosa condena, si me permiten decirlo, porque nos ofreció la felicidad que tanto habíamos rogado.

Dejé que mis lágrimas se liberasen de nuevo, manchando mis mejillas, mientras ella acariciaba con cuidado sus mechones rojizos. Esa bendita pelirroja, esa diosa, deseaba ser abrazada por el idiota que no sabía cómo reaccionar ante aquel milagro. Finalmente me armé de valor, me lancé sobre ella y la cubrí de besos. Era mi Mona, mi dulce Mona, la mujer a la cual había dado mi corazón cuando apenas éramos unos niños caminando por el Edén de éste mundo tan cruel.

La envolví entre mis brazos, sentí el calor de su figura delicada y curvilínea, y me sentí un ladrón. Había congelado las manecillas del reloj, asestado una puñalada al destino y robado al ángel que deseaba tener por siempre en su vitrina. No conocería un ataúd, ni escucharía oraciones de su funeral, sino mi voz recitando poemas de amor. Eso, sin duda alguna, lo conocería como un sacerdote conoce todos los rezos y cánticos de una iglesia en sagrada congregación.



lunes, 16 de noviembre de 2015

Goblin quiere a Quinn

Goblin y sus escritos en el ordenador de Quinn. ¡Los he podido rescatar! Extraño a mi hermanito...

Lestat de Lioncourt


Tu dolor es mi dolor.
Tus lágrimas son mis lágrimas.

Soy la Alicia a través del espejo.
¿Recuerdas ese cuento?

Oh, lo recuerdas.
Tanto miedo, tanto dolor, tanta mentira...

¡Crueldad! ¡Crueldad!

Pues así vivo, rodeado de ciegos que dicen no ver y de sordos que escuchan demasiado bien lo que ocurre tras la pared. Vivo entre miseria, basura de sentimientos, y estercolero de penas. Estoy aquí, parado frente a ti, y tú no quieres verme. Me temes, pero me necesitas. Me necesitas y me amas. Sé que me amas. Algo en ti te dice que me observes con cariño y piedad, pero ¿existe la piedad en mi corazón? ¿Tengo corazón? ¿Quién soy? ¿Sabes quién soy? Soy tu reflejo, juego contigo desde hace tiempo y quiero ser como tú. Deseo que me muestres qué es la vida y porqué todos parecen disfrutarla, aunque yo no sé porqué me prohibieron saborearla. ¿Cuál es el motivo? ¿Acaso no merecía ser como tú? ¡Oh! ¡Dolor y miseria! ¡Miseria!

Lloro... estoy llorando... mírame... ¡Lloro y tiemblo!

Necesito sentir el sol calentando mis mejillas, dándoles color, mientras el sudor corre por mi piel y me siento libre de ir donde desee. Pero no puedo. No puedo salir de ésta ciudad. Ésta casa es mi lápida, la piedra angular de mi tristeza y drama. Jamás sé lo que ocurre. Me desvanezco y tiemplo. Te necesito tanto como tú a mí. Hazme caso, por favor, si crees en Dios sé bondadoso y apiádate de mí. ¡No quiero dañarte! Pero te envidio tanto... Desearía saber como se siente el roce de la camisa de algodón sobre nuestro frágil cuerpo, el perfume refrescante en nuestro cuello y esos besos cálidos de tu abuela. ¡Oh! ¡Maldito seas!

Perdóname... No quería decir eso... ¡Perdóname! Yo no quería decir eso. Lo siento mucho. Lamento haberte dicho algo tan terrible. Yo no soy malo. No quiero ser malo. Nunca quise hacerte daño. Necesito comprender. Debo comprender. Por favor, créeme.

¡Goblin te ama, Quinn! ¡Quinn! ¡Quinn! ¡Yo soy Goblin! ¡Soy Goblin! ¡Goblin! ¡Te amo, Quinn! ¡Quinn, tú me amas! ¡Yo sé que me amas! ¡Amor, Quinn! ¡Quiero amor! ¡Amor! ¡Sólo quiero amor! ¡Compadécete de mí! ¡Quinn! ¡Quinn! ¡Oh, Quinn!

Soy el niño que falta en la cuna.
El ave que arrulla en la noche.

Mírame, mendigo tus abrazos,
aunque seas mi asesino, hermano.

Soy el espíritu que besa la luna
y que codicia el camafeo de tu broche.

Mírame, mendigo tu amor...

aunque no me tiendas tu mano.  

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Mi mano

—¿Alguna vez has amado tanto que te ha dolido el alma?—preguntó con la vista perdida en el pantano.

Los caimanes chapoteaban en las densas y oscuras aguas. Los insectos zumbaban sin temor a ser aplastados. Las flores, salvajes y vivas, perfumaban ligeramente el lugar. La hierba alta rozaba las suelas de nuestros impecables zapatos. Atrás, como un monumento perdurable en el tiempo y un pequeño escondrijo de niños perdidos, se alzaba el Santuario de Petronia. Aquella edificación lujosa, de oro y mármol, que a veces usaba como refugio y la pequeña construcción en madera que había sido mejorada cuantiosamente por él, por Tarquin.

—Varias veces—acepté abrazado a mí mismo.

—Así amo a Mona. Ella lo ha sido todo para mí desde el momento en el cual la conocí—me explicó girándose suavemente hacia mí.

Tenía una belleza poco común. Aquellos ojos azules, tan intensos, hablaban de dolor y desasosiego, pero también de un amor desatado como las llamas del infierno. Sus cabellos negros, los cuales rozaban ligeramente su frente, eran una selva arremolinada con vida propia. Era esbelto, vestía de forma exquisita y parecía un joven empresario de rotundo éxito. Me di cuenta que le amaba como hubiese amado a un hermano, pues sentía unos deseos inmensos de protegerle y ofrecerle mis conocimiento. Pero era imposible. Yo no era un buen maestro, salvo conmigo mismo. Todo lo que había aprendido había sido por mis propios medios y explicar a otros era muy difícil, nadie comprendía mi método y todos terminaban recriminándome mis fallos.

—Podrías seguir contándome vuestra historia—expliqué llevándome las manos a los bolsillos de mi levita.

Mis botones de camafeos resplandecieron en mitad de la noche, igual que mis ojos. Allí éramos dos almas libres, dispuestas a escucharse, mientras el mundo se moría un poco y volvía a la vida. Era un ciclo terrible. No muy lejos estaba su viejo hogar, la casa que lo vio crecer. Habíamos salido tan sólo unos minutos para que me mostrase éste lugar, el lugar donde se refugiaba mientras se golpeaba con recuerdos y momentos que no había vivido, ni viviría.

—Dime, ¿a quién has amado tanto?—preguntó—. ¿Nicolas? ¿Louis? ¿Claudia? Cuéntame.


—Principalmente he amado a mi madre desde que era un niño. Ella siempre fue muy severa conmigo, pues no quería que fuese un soñador. Deseaba que viese la realidad en la cual me movía, la que me encadenaba a un tormento tras otro—expliqué meneando suavemente la cabeza—. Pero ella no es mala, hermanito. Ella tiene una filosofía salvaje. Si no hubiese sido educado con mano dura, estoy seguro, habría acabado muerto demasiado joven—dije encogiéndome de hombros, para luego suspirar—. Nicolas fue mi primer amor, pero Louis es el amor más grande he tenido. Claudia siempre será mi hija, pese a todo el sufrimiento que me ha ofrecido—me acerqué a él y lo estreché—. También te quiero a ti, como he querido a David y a los demás amigos que han intervenido en mi vida, implicándose con mis sueños y mi camino. Te quiero, Tarquin, y quiero que sepas que me tienes aquí. Yo seré tu amigo, tu consejero si lo deseas, aunque a veces sea un desastre.

Lestat de Lioncourt   

viernes, 18 de septiembre de 2015

De tal palo tal astilla

Tarquin quiere a su hijo y lo comprendo ahora mucho más con Viktor y Rose. Ser padre es un regalo, aunque con Claudia fue un regalo envenenado.

Lestat de Lioncourt

Cuando lo vi quedé petrificado. Algo en mí decía que ese pequeño era mío. Aquellos enormes ojos azules, tan profundos y vivarachos, parecían gritarme que era su padre. Si bien, llegué a pensar que eran escasas las pruebas. Jasmine me hubiese informado inmediátamente de su embarazo, aunque estaba equivocado. Aquel pequeño de piel tostada, pequeños y carnosos labios, hermosos ojos, cabello revuelto y rizado no era nada más ni nada menos que mi hijo. Él era Jerome Blackwood, mi primogénito y el único hijo que yo tendría en éste aciago mundo.

Desde el primer momento deseé llenarlo de besos, acariciar sus sedosos cabellos y gritar a todo el mundo que tenía un hijo. Me sentí afortunado. Gozaba al fin de éste maravilloso privilegio fruto de un acto de placer, lujuria insospechada y complicidad absoluta. Me entregué a Jasmine en aquella pequeña habitación, un día en el cual me sentía ahogado con las cargas y excitado por mis breves descubrimientos. Ella me abrazó, consoló de la mejor de las formas y yo sequé mis lágrimas sobre su piel de chocolate. Durante muchos años fue mi mejor amiga, mi consejera, y cuidó mis pasos por éste mundo. Era algo mayor que yo, pero desnuda parecía una cría. Tenía un gusto excelente para la moda, sus modales eran excelsos y cuidados, jamás se quejó del trabajo duro y siempre respetó mis secretos. Había tenido un hijo con la mejor madre posible, pues sabía que a su lado Jerome sería el hombre que yo no había logrado ser.

Me he perdido por el mundo durante años. Pero de nuevo estoy en mi vieja y apetecible isla infestada de mosquitos. Mi hijo toma clases con el hombre al que le debo mis modales, mi instinto caballeroso y mi pasión por la lectura de Dickens y otros autores británicos. Nach está logrando que mi hijo sea un digno heredero, aunque lleva aproximadamente una década sin verme. Desconozco si su madre le cuenta mis secretos, pidiéndole que jamás se los cuente al resto de mortales.

Hoy ha aparecido por aquí. Es un joven alto, robusto, y de ojos soñadores. Sin duda alguna es un mulato impresionante. Cualquier mujer caería a sus pies. Ha caminado con la camisa blanca abierta en los primeros botones, con las manos metidas en los bolsillos y sin zapatos. Los zapatos estaban en la lancha a motor que dejó en el embalse. No sé quién demonios le dio permiso a venir aquí, a éstas horas de la noche, y tampoco comprendía bien qué le había llevado a venir hasta el Santuario. Si bien, despejé pronto la segunda de mis preguntas: venía a hablar conmigo, como si yo fuese un espíritu errante en aquel trozo de tierra.

«—Padre, ¿cuánto haces que te marchaste con tu prometida? Hace más de diez años, ¿no es así? Madre dice que debo de recordarte, pero ya he olvidado el timbre de tu voz o la colonia que solías usar. Ella tiene la esperanza de verte regresar, porque aún te ama aunque lo niegue, para que me veas en mis últimos años de juventud y te sientas orgulloso de mí—metió sus manos en los bolsillos y agachó la cabeza como si intentase aguantarse las lágrimas, pero le fue imposible. Aquella voz profunda difería mucho de aquel rostro todavía algo aniñado, casi sin rastro de barba, que podía ver entre las sombras—. ¿Y si estás muerto? Si estás muerto quizás tu alma esté aquí... puedo ver cosas. Padre, tengo tu don. Tommy me confesó que él también lo posee y me está protegiendo de todo—suspiró profundamente y luego se echó a reír—. Tengo dieciséis años y parezco un hombre, pero todavía soy un niño. Un niño que espera un milagro... »


Dicho aquello, se marchó. Me dejó con el zumbido de los insectos y el corazón encogido. Debería buscarlo, ¿pero cómo podría aceptar lo que soy? El hombre que idealiza no ha dejado de ser un chiquillo en apariencia.  

sábado, 20 de junio de 2015

Los deseos de un príncipe hacia su hermano.

Estaba frente a mí con su rostro de líneas suaves. Aún no poseía el semblante maduro que le hubiese dado la edad. Tenía todavía los ojos llenos de una esperanza que parecía exótica en un mundo como el nuestro, donde se cosecha miseria y condena. Somos seres que hemos sobrevivido a la muerte y conocemos íntimamente el crimen y la soberbia. Deseamos la inmortalidad mucho más que los grandes artistas, los ególatras dirigentes y los empresarios que amasan fortuna creyendo que el dinero podrá comprar la eternidad.

Su aspecto era elegante, pero no sofisticado. Poseía una elegancia que había aprendido con el paso de los años, imitando quizás a su tutor y a los grandes hombres de otras épocas. El traje era a medida y su camisa de algodón blanco realzaba su largo cuello, pues no había corbata rodeándolo. Sus manos, largas y finas, tenía las uñas cuidadas y descansaban sobre los brazos del sillón. Sí, era el señorito Blackwood.

Quinn poseía una belleza muy atractiva. Sus casi veinte años le ofrecían una imagen soberbia, idílica y atractiva. Podía ver en él lo mejor de un hombre y un niño. Sentía curiosidad y deseos, poseía una pasión desatada y se mantenía con una serenidad medida. Era hermoso. Poesía riquezas, una historia, experiencia, poder, juventud eterna y un corazón noble que había logrado enternecer al mío.

Allí, sentado en aquel sillón, lo contemplé durante varios minutos. Teníamos muchas cosas que contarnos. Había motivos para conversar como aquella primera vez. Debía pedirle, o más exigirle, que me contara la verdad sobre sus años lejos de mí. Me había perdido por las selvas, cruzado desiertos, vivido entre escombros y grandes edificios del más arrebatador lujo; pero él ¿qué había hecho? No se había puesto en contacto con mis abogados. Ni siquiera Maharet me había informado de sus pasos tras marchase para investigar en su gran biblioteca. Durante meses temí por su vida, lloré por él y por su compañera. Sin embargo, ella no estaba allí. Mona no se encontraba a su lado mirándome inquisitiva y seductora. Sólo estaba él. Había entrado en la sala principal del castillo, tomado asiento y esperado con calma a que yo apareciera.

¿Dónde quedó su pasión? Ni siquiera se movió para estrecharme y llorar en mis brazos, como hubiese hecho el muchacho que yo conocí tan íntimamente. No. Él se comportaba como aquel viejo fantasma que tantos malos momentos me hizo pasar. Un ser que todavía, a día de hoy, extraño. Julien fue un enemigo mordaz, pero necesario. Comprendí que la vida no es tan placentera y que uno puede encontrar trabas en su camino al éxito, el amor o los negocios. Con su historia comprendí que debía vivir más, buscar más y marcharme de New Orleans buscando mis raíces; igual que él hizo cuando se encontró con la maldad frente a frente. ¿Y no era Quinn un descendiente suyo? Lo era. Era descendiente de aquel hombre de ojos azules, como los suyos, y de cabello canoso que una vez fue similar al que poseía mi joven amigo. Sin embargo, pronto me percaté que mi hermano, mi amigo, mi compañero y mi pupilo por unas semanas no estaba allí.

Mi deseo era tan terrible que lo había imaginado. Imaginé su presencia como si fuese una vieja fotografía en un lugar en el cual jamás fue tomada. Apreté los puños y deseé no llorar, pero mis lágrimas aparecieron manchando mis mejillas.

—Desahógate, lo necesitas—escuché la voz de Amel como si me susurrara al oído, aunque él estaba en mi interior—. Hazlo, pues sé lo que sientes por esos muchachos.

—¿Está vivo o está muerto?—al fin le hice aquella conmovedora pregunta, pero él guardó silencio—. Quien calla otorga—dije apretando los dientes.

—Hay vampiros que se enteraron cuya conexión no es tan fuerte, recuerda que él es joven. Es más fácil dar con los más cercanos a la reina, que con aquellos que están más alejados de mi línea de sangre—explicó—. El tiempo lo dirá.


—Más vale que esté vivo...


Lestat de Lioncourt  

domingo, 5 de abril de 2015

El Santuario de los sentimientos

Tarquin y Mona son una pareja que nunca se separará. Visto lo visto es de las más estables.

Lestat de Lioncourt


Era noche cerrada. Una común y corriente. La luna llena asomaba ligeramente por la ventana del segundo piso del Santuario. Él estaba de pie, con su larga figura apoyada en el quicio de la puerta, mientras observaba meditabundo el paisaje del pantano. La cama se hallaba revuelta y vacía, su ropa estaba ligeramente sucia y arrugada. Sus ojos azules brillaban como los de un gato y su flequillo caía con gracia sobre su frente. Seguía siendo un muchacho, pese al paso del tiempo.

El tiempo era su enemigo. Siempre sentiría un duelo eterno entre las manecillas del reloj y su aspecto. Era una especie de Dorian Gray, pero con colmillos. La vieja literatura que tanto amaba, esos clásicos que le hacían todavía sentirse inmerso en mundos lejanos y difíciles, se cubría de polvo en las estanterías del piso inferior. Algunos ejemplares ya estaban embotados por la humedad, los cuales pronto cambiaría por otros nuevos para disfrutar de su soberbias palabras en compañía de si mismo o de su amada Ophelia. Había tiempo, tanto como dinero y privilegios. Su vida se había convertido en lo que todos deseaban, pero siempre le secuestraban dudas y deseos que parecían inalcanzables. Esos deseos que compartía con ella y que, esperanzados, siempre buscaban obtener.

—Quinn, ¿podemos irnos?—dijo la joven saliendo de la habitación, mientras bajaba las escaleras de caracol hacia la estancia inferior. Iba abrochando su vestido corto y revelador. Se acomodó la copa de éste y alisó la falda pegandola más a su figura. Su cabello siempre le había llamado poderosamente la atención. Era rojo. Un rojo tan virtuoso como el de las amapolas salvajes que todavía aparecían en los campos, secuestrando el verde para dar su tono apasionado—. No me gusta éste lugar. Sé que es tu refugio, pero no es del todo agradable para mí. Necesito peinarme; además el ruido de los sapos y los insectos me está volviendo loca.

—Sí— murmuró casi sin prestar atención.

Hacía más de veinte años de esas visiones y del inicio de todo. Era un monstruo peor que Petronia y sus ganchos. Se giró hacia ella, bajó la escalera y se posicionó a su lado rodeándola como si fuese a perderla. A veces se sentía desprotegido, perdido y hundido. Sin embargo, volvía a tomar su pose segura y ofrecía con elocuencias frases terribles para aquellos que todavía lo admiraban. Su dualidad, entre lo tierno y lo criminal, ofrecían a otros cierta amalgama de sentimientos.

—Iré donde tú quieras.

Deseaba complacerla. Quería arrebatar de su alma esa sensación. Sus labios rozaron su cuello y sus manos se entrelazaron con las de ella. La rodeaba firmemente por la espalda. Era una imagen idílica, como de muñecos de postal romántica, pero los caimanes aún masticaban a sus últimas víctimas. Sin duda alguna eran jóvenes ocultos, hijos de la oscuridad y la vileza de un mundo podrido. Siempre permanecerían unidos, pese al dolor y la tragedia, porque juntos lograban sentirse a salvo.

—¡Quinn, aquí no!— pronunció juguetonamente mientras se giraba, mostrando al pegarse a su cuerpo sus pechos apetecibles que se oprimían contra él. Lentamente se alejó acomodando una vez más su vestido strapple negro por el pecho—. Necesito ir a cazar. Y rápido. O me pondré de mal humor. Ah... —exclamó en un murmullo— y unos nuevos tacones, pues estos se estropearon anoche con el fango... y bueno que digo... ¡Quinn! -chilló comenzando el juego de niña consentida e inocente—. ¿Me llevarás de caza?—dijo apretando sus carnosos labios en una mueca seductora—. Lo necesito...

Enfocó toda su atención en ella y la escasa tela del vestido. Sus manos, delgadas y de largos dedos, se deslizaron por el borde del vestido y rozaron sus apetecibles bragitas de encaje. Sus dedos se movieron rápidos y retiraron la lencería, mientras él atrapaba su boca. La yema de sus dedos acariciaron el escaso vello púbico, tan suave y rizado como rojizo, mientras viajaba hacia sus labios inferiores y los rozaba con alebosía.

—Sólo si te portas adecuadamente— susurró apoyando su frente en ella—. Te compraré lo mejor y lo más caro, como regalo, si me permites jugar antes—dijo colando su dedo índice dentro de ella

—Mi noble Abelardo— susurró contra sus labios, aproximándose más al pecho de su amante. Entre gemidos y jadeos alzó la pierna derecha hasta su cadera, aferrándose a ésta—. ¿Aquí nuevamente? Vamos a Blackwood Farm... necesito nuestra cama. Un minuto más aquí es insoportable...

—Está bien—murmuró sintiendo que sus deseos eran cada vez más prioritarios que moverse hacia el exterior, alzar el vuelo y llegar a la mansión. Sonrió entreabriendo sus labios, mientras movía su dedo sobre su clítoris. Su otra mano la rodeaba por la cintura y la pegaba a él—. Estás tan húmeda...— pronunció con deseo en su oído, sacando la mano para lamer su dedo, despegarse de ella y caminar hacia la puerta.

El deseo era evidente, por eso mismo quería escuchar como ella terminaba rogando un poco más. Decía querer marcharse de allí, pero conocía bien sus instintos tan similares a los de él. No importaba el lugar, sólo el hecho de estar juntos. Eso era lo prioritario. El escenario no era importante, sino los actores.

—Para ti siempre lo estoy—le tomó de la mano acercándose a él, y al quedar frente a su amado, se paro de puntillas besándolo con pasión—. Mi noble Abelardo, te necesito.

Rió bajo y acarició ligeramente el escote de su vestido. Él lo había adquirido para ella, si lo rompía podía comprar otro en la misma tienda. Por su puesto, decidió hacerlo. Dejó que cayeran trozos a sus pies, igual que la lencería, para de inmediato chupar y morder su pezón derecho.

—Tarquin... Black... -aquella frase fue interrumpida con un fuerte gemido, que la hizo erizarse.

—Caballerito, te recuerdo que éste es mi lugar de víctimas—aquella voz entre el infierno y el cielo, la pasión de una mujer y el desdén de un hombre, hizo que maldijera su presencia. Bien sabía quién era el intruso. Jamás fue otro. Era Petronia, su creador y la sombra alargada que aún tiraba de él. Petronia no cambiaría sus modales ni sus hábitos cotidianos de romper la magia de su vida, destrozar sus sueños y humillarlo como si fuese un idiota—. Ten respeto por él. No es tu burdel. Enfermo... -los observaba con recelo y molestia—. Tarquino es hermoso el amor que le profesas a tu ... —se detuvo en su frase, la observó de arriba hasta abajo y sonrió burlona— “esa”. Así que vayan a otro lugar.

—Petronia que tu no tengas sexo, con el infeliz de Arion, no te da derecho a interrumpir y juzgar— mientras decía aquello intensificaba el movimiento, de su mano, entre las torneadas piernas de Mona.

—Quinn, me das asco. Deja eso y vete a tu cuarto... —pronunció, como si fuese una madre disgustada, mientras volteaba hacía otro lado.

Mona oponía resistencia, no quería ser vista por el creador de Quinn. Aquella interrupción le molestaba y eso se hacia notar. Ambas se odiaban en silencio, pero no en secreto. Era un duelo de mujeres más allá de lo indecible. Él siempre se hallaba en medio, como si fuese un mártir, y estaba dispuesto a imponerse. Demostraría quién ganaba entre las dos, quién era su consentida y su amor.

—Dile a tu zorra... digo... novia que su mirada no me intimida, ni la tuya Tarquino.

Con cuidado recostó a Mona en el suelo, bajó su bragueta y la penetró sin prestar atención a Petronia. Su boca calmaba la de Mona y cuando logró decir algo lo hizo con una sonrisa dulce, mirando intensamente a su amante, para decir: Es mi mujer.

Esas palabras eran una firme y fría sentencia. Había hecho lo que quería, buscado a Lestat en su momento y tenía a la mujer que amaba. Logró todo lo que ella temía. Petronia no consiguió retenerlo y él siempre oponía resistencia. Esa resistencia era letal. El conflicto aumentaba de intensidad, de igual modo que el placer que ambos jóvenes sentían frente al vampiro milenario que tenían ante sus narices.

Aquella estocada hizo perdiera el juicio. Mona clamó su nombre con asombro entre gemidos. No se detuvo y tampoco lo apartó. Ella simplemente alzó las caderas y lo abrazó como si el mundo fuese a desquebrajarse sobre sus cabezas y bajo sus cuerpos.

—¡Asqueroso!—gritó enfurecida por tal osadía, golpeado al menor con todas sus fuerzas—. ¡El Santuario lo respetas!

Quinn salió despedido, aunque logró soltar a Mona antes de caer contra la pared cercana a la escalera. Se incorporó limpiando la comisura de su boca, pues le hirió el labio inferior.

—Lo dice quien me hizo mamar de su minúsculo pene para vivir...— dijo clavando sus ojos rabiosos en ella—. Ódiame, pero sólo deseas lo que no puedes tener. ¡Mona, ven aquí!—gritó, tirando de ella, para volver a penetrarla aferrándose a su cuerpo.

—¡No estoy para soportar esto!-dijo Mona furiosa.

Se apartó de él, miró a ambos con rabia y acabó saliendo del lugar para subir a la barca. Casi no llevaba ropa. Sólo había logrado salvar unos trozos del vestido. Su dignidad le impedía seguir en ese duelo absurdo que Tarquin y Petronia tenían.

—Pobre Tarquino, lo ha abandonado su mujercita—respondió en un tono burlesco y dramático. Prácticamente movía sus manos para darle mayor teatralidad al momento. Sus cejas se unieron ligeramente, arrugando su frente, y colocando una pose fingida de abatimiento.

—Eres odiosa, por eso nadie te ama. Ni siquiera el infeliz de Arion te soporta ya—murmuró vistiéndose para ir tras Mona. Al pasar por su lado le lanzó una sentencia firme—. Esto es mío. Me lo cediste. Sólo vienes a juzgar lo que no tendrás

—Es tan tuyo como mío, Tarquin hermoso. Amo esa furia en tu mirada, por algo te escogí—le tomó del rostro y de improviso le besó la comisura de sus labios—. Antes que te enfades más... tu abuelo el, inútil de Manfred, te manda ésto. Perteneció a Virginia Lee y ya sabes sus cursilerías y lloros...-dijo haciéndole entrega de un collar de diamantes que cubría todo el cuello, y parte del pecho, en una caja de satén negro—. Úsalo... Bueno, no creo a ti te quede, pero a tu noviecita sí. Estará más que encantada de ver una joya tan increíble. ¿No dicen que los diamantes son los mejores amigos de las mujeres?

—Claro, después de insultar y destrozar mi noche—dijo agarrándolo con furia—¿A ésto viniste? Mejor quédate con tu maestro humillándolo como siempre.

—Me excitas enojado... —susurro alejándose—. Traje un par de víctimas, para darle de comer a mis niños, y ya me voy. Haz lo que quieras—le lanzó una última mirada, girándose para salir por aquella puerta tan estrecha, bajar los escasos escalones y pronunciar su fría despedida—. Adiós—dijo por último antes de desaparecer.

—Un día se morderá la lengua y se envenenará— murmuró saliendo de allí con la joya entre sus manos y una furia propia de un monstruo.

Sus ojos brillaron en la penumbra hasta subir en silencio por los aires. Las estrellas parecían luciérnagas, como las que rodeaban el pantano, mientras que el aire le transportaba el olor habitual del agua estancada. Era un aroma que conocía bien. Se sentía en casa, pues ese era su hogar. Acabó llegando al embarcadero, donde Mona aún no había salido de la barca para tomar tierra. Subió al bote y extendió el regalo.

Fue un gesto sencillo, casi infantil, y desesperado. Esperaba que ella se calmara y aceptara aquello como unas disculpas. La miró intentando dulcificar su mirada, aunque era inútil. La molestia aún cabalgaba por sus venas y se introducía hasta su alma, pudriéndolo lentamente.

Ella terminó por ignorarlo, bajando de la barca rumbo a la mansión. No quería ser vista, pero Jasmine la divisó. Al verla desnuda se quitó los tacones y salió corriendo a su encuentro. Pensó que necesitaba ayuda, pues alguien la había podido agredir. Para ella, Mona, era importante al igual que Quinn. Él jamás dejaría de ser el padre de su hijo y ella la mujer que le hacía feliz.

—Quinn...—decía asustada mientras se quitaba su chaqueta, para que Mona tuviese algo con que cubrirse.

—Déjalo, está bien—dijo abrigándose, sin mirarla por pudor. Detestaba quedar expuesta de esa forma por culpa del engendro de Petronia.

Jasmine estaba decidida a hacer preguntas, pero Mona lo estaba aún más a despegarse de su lado y retirarse a su habitación.

—¡Tienes sangre en la camisa!—gritó asustada—¡Jerome, trae el botiquín! ¡Tu padre está herido!

—Estamos bien— respondió ocultando sus dientes y esos ojos, esos que eran los de un ser sediento.

Ellos empezaban a sospechar. Siempre tan joven, tan lleno de vida, y esas misteriosas desapariciones de meses, a veces incluso un año entero. Las cartas, las escasas llamadas y contactos. Recordaba lo apegado que era Quinn, como corría por aquel lugar y se paseaba cargado de libros. Era un niño especial que fue educado con cariño por tía Queen. Ella no podía olvidarlo, no podía. Ni siquiera había olvidado los encantadores halagos, los momentos de seducción y ese desliz tan especial que la hizo ser madre. Siempre se sintió bendecida con su compañía, aunque el amor no fuese mútuo. Quinn la quería, ella lo sabía, y siempre querría volver al hogar. Sin embargo, sospechaba. Igual que también lo hacía su hijo, que ya era prácticamente un adulto. Jermone tenía los rasgos de Quinn, pero la piel de chocolate que ella poseía. Esos intensos ojos azules, su cabello negro y ondulado, su figura delgada y esa sonrisa le recordaba que habían pasado casi veinte años. Prácticamente tenía la edad de su padre y le rebasaba en altura. Quinn era algo extraño, excepcional por completo, y Mona también. Si bien, no se atrevía a preguntar por ello ni por ese ser extraño que una vez los visitó, ese que había hecho que huyeran durante años.

Mientras Jerome soltaba la manguera, pues había decidido regar y corría hacia el botiquín, su padre se alejaba para ir tras Mona, deteniéndola para llevarla entre sus brazos. Ella se resistió, pero acabó cediendo. Era algo habitual en ellos el estar próximos, unidos como si fuesen uno mismo, y no permitiría que Petronia ganase rompiendo esa idílica noche, como tantas otras. Sin embargo, seguía furiosa.
No hablaron hasta quedar en la habitación, la cual había sido suya durante décadas. En aquel lugar habían ocurrido hechos insólitos, muertes y el renacer de Mona. Allí, en aquellas cuatro paredes, se sentían en su pequeña isla privada. Un lugar donde nada ni nadie podría acusarlos. Amaba esa vivienda, las personas que aún se hallaban en ella y el lejano murmullo del pantano.

Mona se bajó de sus brazos y decidió tirar la chaqueta sobre la cama, quitarse el resto de sus ropas y colocarse una de las batas de seda de Quinn. Su aroma era delicioso y penetrante, pero también sutil. Podía estar enfadada, pero eso no lograba empequeñecer lo que sentía por él. A su lado habían estado hombres poderosos, muchachos, idiotas de todo tipo y gente con un nivel superior a la media. Pero nadie, ni siquiera Lestat, había logrado destruir el amor que sentía por Quinn, las sensaciones que aún vivía cuando la rodeaba y esa complicidad que poseían cuando se miraban.

—Son de Virginia Lee, regalo de mi abuelo hacia ambos—dijo. Ella se había sentado en el tocador, y él había decidido ir hacia donde estaba, prácticamente arrodillándose, mientras abría la caja y mostraba su contenido—. Debes lucirlos—musitó demandante—. Es importante para los sentimientos de ese pobre diablo.

—¿Sus sentimientos o los tuyos?—preguntó.

—Míralos. Al menos, míralos—insistió.

Ella no lo miraba. Ni siquiera lo miraba a él. Pero de inmediato, Quinn, tomó cartas sobre el asunto y decidió sacarlos de la caja, colocárselos alrededor del cuello y cerrar el broche. Entonces los vio. Sus ojos centellearon como esos hermosos diamantes. Se sintió como una diosa. Aquellas piedras eran perfectas y realzaban su belleza, así como el color rojizo de sus cabellos y el rubor que ligeramente subía por sus mejillas. Tenía sed, estaba cansada, frustrada y aún así se sentía dichosa.

—Llévalos contigo—murmuró echando sus cabellos hacia atrás— como llevas mi corazón.

—Quinn...—contuvo sus lágrimas y agachó su cabeza.

—Puede que mis palabras en ocasiones sean simples, pero las digo desde el fondo de mi alma. Por favor, discúlpame por mis torpezas y acepta mis aciertos como destellos fugaces que pueden conceder tus deseos, por extraños y desacertados que parezcan para otros. Tú eres el motivo por el cual seguí luchando y no me rendí—se apartó de ella mientras hablaba, para apoyarse en la mesa cercana. Contuvo la respiración unos segundos y esbozó una tímida sonrisa—. Tú siempre serás mi Ophelia.

—Aún no puedo creer que te fijaras en mí—soltó una pequeña carcajada—. Aunque admito que tienes buen gusto y sabes cumplir mis caprichos.

—Todos los que tengas...

—¿Todos?—dijo lanzándole una mirada seductora desde el reflejo del espejo.

—Sí...—balbuceó.

De inmediato ella se incorporó y se lanzó a sus brazos, colocándose de puntillas, para besarlo. Él se inclinó hacia delante, la rodeó con pasión. La bata se abrió, la ropa empezó a caer al suelo, sobre los muebles cercanos y bajo los pies de la estantería repleta de libros que habían leído mil veces. Y ellos, como dos quinceañeros, rebotaron hasta la cama hundiéndose en el colchón, deshaciendo las sábanas y siguiendo ese beso desesperado.

Las manos de Quinn se movían sobre los pechos de Mona, ella buscaba como retener su larga figura, tan delgada como suave, entre sus muslos. En un arrebato él la penetró mirándola a los ojos, quedándose sin aliento mientras entrelazaba sus manos. Los músculos de su cuerpo quedaron tensos, ella decidió apretar más sus piernas entorno a sus caderas y echó hacia atrás su cabeza. Su largo cuello parecía parte de una constelación, pues diamantes brillaban como estrellas. En esos momentos ambos parecían haber salido de sus cuerpos y dejado que sus sentimientos hablasen por ellos. Las arremetidas empezaron siendo lentas, pero de inmediato se convirtieron en un torbellino. El ritmo era tan fuerte que la cama empezó a moverse con ellos. El dosel se agitaba, el colchón parecía salirse de su lugar y la ropa sobraba bajo ellos. El sudor sanguinolento los cubría, pegándolo el uno contra el otro.

Los labios de Mona buscaban los de su noble Abelardo, pero él estaba entretenido con su cuello y clavículas. Mordisqueaba la escasa piel que no estaba cubierta con el colgante. Sus dedos, como los de ella, apretaban firmemente sus manos. Cada movimiento de cadera era preciso y firme. Algo en ellos gritaba que estaban hechos el uno para el otro, pero eso siempre había sido así. Los gemidos eran gritos, los jadeos no se contenían y esas cosquillas, de puro placer, recorrían cada milímetro de sus cuerpos.

En cierto momento ambos llegaron al límite. Lo hicieron mirándose a los ojos mientras buscaban volver a tener contacto con la realidad. Quinn había estado a punto de perderla una vez, por eso hacía lo indecible para retenerla a su lado. Mona sabía que era estar lejos de quien amaba, el hombre que la había cambiado, y no estaba dispuesta a permitir que alguien los dividiese. Realmente estaban hechos el uno para el otro.


Al terminar quedaron en la cama, pero no durante mucho tiempo. Terminaron por ir a la ducha, lavándose el uno al otro, para salir precipitadamente y buscar un par de víctimas que no dudaron en arrojar al pantano.  

domingo, 1 de marzo de 2015

Nada ni nadie es mejor que tú.

Tarquin ha decidido sacar nuevamente su vena romántica a pasear. Espero que les guste el texto que comparte con nosotros, aunque es para Mona.

Lestat de Lioncourt


Cada noche despierto con deseos de retenerte entre mis brazos y declararme en breves murmullos. Jamás he podido abandonar este pacto de amor y delirio. He desnudado mil veces mi alma y te he regalado cada verso que he leído, escrito o recordado. Te regalé la inmortalidad tras rogar a un Dios Oscuro, tan tenebroso como yo. Hubiese dado mi alma eterna por una sonrisa y por embriagarte con felicidad.

Tú eres la culpable de mi felicidad. Te culpo por todos los años en los que me he sentido secuestrado por la locura. He sido arrastrado por ti, tus manos y tu mirada. Acabé enloqueciendo por cada uno de tus besos. Mi alma se convirtió en esclava de tus deseos. Tú, amor mío, eras el fuego que iluminaba y calentaba mis noches más terribles. Y ahora, que te veo frente a mí, llena de pasión y descaro siento que vuelvo a caer al borde de tus tacones.

Nunca he podido pensar en mi vida sin ti. Una existencia sin tu voz, aroma y recuerdos sería sin duda vacía. Porque tú, amada mía, eres mi Ophelia y yo por siempre seré el caballero que corre a tus brazos, te saca del agua y aparta los pétalos que caen sobre tu cuerpo. Mi alma es la mitad de la tuya, ambos lo supimos aquel día. Estábamos destinados a convertirnos en uno solo. Compañeros eternos, a salvo del mundo y de la realidad tenebrosa que nos rodeaba. Siempre hemos estado condenados, pero la libertad la hemos saboreado al romper las reglas establecidas el uno con el otro.

Quiero verte salvaje y viva. Deseo observarte como una ninfa de las aguas, surgiendo de entre la profunda oscuridad y calma del pantano, dirigiéndote hacia tierra como si fueras una mística sirena. Necesito tenerte de nuevo otra vez besando mis labios, secuestrando mi aliento y alimentándome con la sangre de tus víctimas. Por favor, amor mío, seamos los demonios que atormentan al mundo y los jóvenes rebeldes que ocasionaron estragos en nuestro paraíso. Nada ni nadie puede compararse contigo. Desde que te conocí te he deseado, necesitado y amado. Nunca puse excusas para amarte ni fronteras para no tocarte. No tengas clemencia y ámame. Te hicieron para mí, pues eres lo que siempre soñé. Soy adicto al sonido de tus tacones y al desorden que provoca tus labios impulsando mi nombre con tu dulce voz.


Mi corazón es tuyo.   

viernes, 20 de febrero de 2015

Deseos...

Había regresado a New Orleans con el deseo de festejar el carnaval. Francia era hermosa, pero no tenía sus ritmos demenciales y la fragancia de los pantanos. París podía ser especial para el amor, la pasión desenfrenada y los cabaret, pero no se comparaba con la belleza del Barrio Francés. Las calles, el ambiente, la necesidad de comprender aún más algo que ya no era parte de mí, pues desde hacía mucho era un monstruo, provocó que fuera directo a buscar a mis viejos compañeros: Mona y Quinn.

Me armé de valor, pues la última vez que los vi fue en un terrible altercado. Había escuchado cosas terribles sobre ellos, suponiendo incluso la muerte de ambos. La Voz pudo haberlos arrasado, pero había otros rumores. Un rumor continuo sobre que estaban vivos, ocultos en el Santuario, y que ocasionalmente visitaban First Street y Blackwood Farm. Sobre todo, la vieja mansión Blackwood con su embarcadero al lago y su cementerio privado.

Al llegar a Blackwood Farm me encontré con la agradable sorpresa de hallar a Mon sentada, entre las tumbas del cementerio, observando las lápidas sin nombre. Parecía perdida en un sinfín de pensamientos, cosa que era provable en ella. Siempre meditaba sus siguientes pasos. Era como un gran felino que acecha para lanzarse sobre ti.

—Mona...—dije apoyado en el centenario árbol, aquel que se hallaba allí medio podrido, y que parecía aguardar mi regreso.

Lentamente giró la cabeza observándome a mí, su creador. Creí ver una chispa de felicidad al verme, pero sus ojos verdes se volvieron un misterio desde la primera noche. No podía saber que pensaba ella, pues era demasiado pasional.

—Jefe—fue su única respuesta tras mucho tiempo sin verme. Presentía que aún seguía enojada por haber preferido a Rowan—. Quinn se encuentra en el santuario

—Oh...—dije clavando mis ojos claros en los esmeraldas. Tenía un aspecto suculento, como el de una mártir que está a punto de condenarte al infierno, y sabía que en sus pequeños labios carmín, esa boca tan pequeña, podía ocultar palabras terribles. Sin embargo, fue su generoso escote lo que más me llamó la atención—. Puedo ir a verlo luego, Mona—susurré inclinándome—. ¿Aún me detestas?

Entreabrió la boca tragando su propio veneno, respiro con molestia y llevó la punta de su lengua a sus colmillos. Sabía que se preparaba para hacer como si nada hubiese pasado, aunque por dentro imaginaba mil formas horribles de devolverme el favor por su coraje.

—¿Molesta por qué, Lestat?—fue su respuesta ante la evidente pregunta que calaba y heria su orgullo.

—No sé, brujita—me encogí de hombros, como si no supiese de qué demonios hablaba, pero de inmediato me eché a reír—. Evidentemente sigues molesta, pero tengo la solución a ese problema. Claro, que quizás no te agrade o no desees escucharla—alcé mis cejas y luego fruncí el ceño, para tomar asiento a su lado.

Las lápidas parecían más torcidas y oscuras que nunca. El musgo había trepado por algunas y permitido que ciertos hongos aparecieran. Nadie limpiaba ese lugar, pero estaban allí. Los cuerpos de los difuntos ya sólo serían huesos, sus ánimas habían sido observadas por Quinn durante su infancia y adolescencia, pero yo no veía ni sentía nada en ese momento. Jamás lo hice. Incluso tuve la sospecha que podía surgir de la nada Merrick, con aquel vestido blanco y esos enormes ojos verdes.

—Largo—fue su respuesta levantándose inmediatamente, no deseaba verme pues le enfureció su sola presencia y había jurado a Quinn no pelear más con su creador—. Debo retirarme, no estoy de humor para soportar tus idioteces.

De inmediato me levanté, colocándome a su lado. Su diminuta estatura la hacía suculenta ante mis ojos. Siempre la amé a mi modo. La deseé con todo mi oscuro corazón. Sin embargo, había cosas que no debía mover por el bien de ambos.

—Alto, Mona—susurré tomándola de la muñeca, para colocar su mano en mi bragueta—. Te deseo. He venido a buscarte porque te extrañaba. Ese cabello de fuego, esos ojos y tu veneno... porque no sólo tienes veneno en la lengua, querida mía.

Entonces, con furia, forcejeó liberándose de aquel agarre. Sus cabellos se agitaron por una ráfaga de viento, convirtiéndose en una llamarada cargada de poder y perfume de cerezas. Yo, sin embargo, no sentía ganas de permitirle esos reproches.

—Vete y déjame en paz. No estoy de humor para escuchar tus estupideces de patán. ¿Por qué no te vas con tus putas esas que tanto te agradan?—aquella pregunta me hirió, pero intenté aparentar que estaba firmeza—. Imagino el pirómano y la loca te deben gemir y abrir las piernas de par en par. Me das asco. Largo de mi vista

—Eres una cínica—dije tomándola del mentón, para luego empujarla contra el árbol, pegando mi cuerpo contra el suyo—. ¿Y qué importa si me abren bien las piernas? Lo importante es que te deseo a ti, brujita.

—Que seas mi creador no te da derecho de obligarme a follar contigo. ¡Imbécil!-gritó. Después me propinó una fuerte bofetada, provocando que me echase hacia atrás tocando mi rostro. Con ello logró librarse de mí.

—Está bien, como digas, uno viene a darte un trozo de su oscuro y malévolo corazón, arrastrándose a pedir disculpas, pero tú te atreves a golpearme—comenté apoyado en el árbol mientras la observaba con una sonrisa burlona. Sabía que eso la fastidiaría más que mostrar la furia que contenía en esos momentos—. En fin, me marcho. Descuida que no volverás a verme.

—Me alegro—respondió, llena de júbilo, apartándose lo más rápido que pudo. No quería verlo, aunque deseaba estar en sus brazos odiaba ser mi tercera opción. Al menos, así lo creía.

Ella no era mi tercera opción, pero no podía estar a su lado. Mi hermanito era su pareja y yo debía aceptar que la creé para él y no para mí. Fue algo que tuve que aceptar forzosamente. De inmediato, me sentí frustrado, pues ella era mi mejor creación y me pertenecía. De alguna forma me pertenecía. Eché a caminar apresuradamente, apretando más el paso, hasta que la alcancé. La tomé entre mis brazos, tirándola al pasto mientras la besaba frenéticamente. Su vestido, aunque minúsculo y provocador, quedó reducido a nada. Sólo eran jirones.

—¡Sueltame maldito infeliz!—fue su respuesta, revolviéndose bajo mi cuerpo, con furia, y golpeando mi rostro con todas sus fuerzas.

Sin embargo, yo no escuchaba. No pararía. Metí mi mano diestra entre sus piernas, acariciando su clítoris e introduciendo dos de mis dedos, para comenzar a estimularla. Sentí un cosquilleo que subía por toda mi columna vertebral. La amaba de forma egoísta y la deseaba como cualquier hombre lo haría.

—Eres mía... siempre mía -jadeé como única respuesta.

—¡Ya basta!—gritó furiosa, cerrando sus piernas pues no quería ni siquiera sentir el roce de mi piel contra la suya.

—¡Por qué!—espeté—. Me amas ¿por qué me rechazas?—pregunté furioso—. Deja de hacer como que no sucede nada—chisté abriendo de nuevo sus piernas para lamer su clítoris, hundiendo mi cabeza en su sexo y permitiendo que mis manos sostuvieran sus muslos. Mis dedos se hundieron en su carne, que era mucho más tierna que la mía. Yo parecía una estatua de piedra que caía sobre ella, igual que una gárgola, para someterla a mis necesidades.

Al sentir aquellas caricias obscenas su cuerpo tembló, lleno de placer, emitiendo un fuerte gemido. Esa deliciosa sensación de éxtasis recorrió toda su figura, convirtiendo su furia en deseo. Mi lengua se movía entre sus labios inferiores, su escaso vello pelirrojo rozaba su nariz y su aliento lo hacía contra estos. Mis manos se apretaron a sus caderas, pero pronto acabé llevando y hundiendo su índice derecho en su vagina, mientras seguía mordisqueando, succionando y lamiendo su clítoris.

—¡Lestat!-gimió llena de placer retorciéndose por cada acción. No podía resistirse y mucho menos negarse a si misma a aquellas atenciones.

Mordisqueaba su clítoris y enterraba un segundo dedo. Deseaba escuchar sus gemidos mientras notaba mi miembro duro, completamente erecto, bajo mi pantalón. Me incorporé, la miré con deseo bajando la cremallera y saqué mi miembro.

—Ven, ven aquí y demuéstrame cuanto te gusta.

Hice un corté deliberadamente mi miembro, justo en el glande, para que ella lamiera. Dolía, aunque sabía que salpicado con mi sangre le excitaría aún más. Los vampiros sentimos una atracción irrefrenable hacia la sangre, sobre todo la de un igual. El poder que alberga le da un toque más delicioso y placentero.

Ella gateó hasta mí. Quedó sobre sus rodillas y comenzó a lamer y succionar mi miembro. Mordiendo este hasta hacerlo sangrar nuevamente, mientras se aferraba a mis caderas rasguñando sus costados por debajo de mi camiseta y chupa de cuero, pues iba con mi aspecto de rockero en apuros. Acabó llevando sus manos de vez en vez a su abdomen, acariciando éste.

Eché mi cabeza hacia atrás, mientras sostenía su cabeza entre mis manos. Tocaba el paraíso con la punta de los dedos. Mis caderas se movían lentamente sin dejar de gemir bajo. La dejaría hacer eso unos minutos, para luego dárselo de la forma más brusca y apasionada que existiera. Ella clavó sus colmillos en mi miembro, de nuevo, provocando que emanara con más intensidad la sangre. Estaba succionando y clavando su mirada en la mía, llena de perversidad, haciendo sonar sus labios cada que se alejaba de éste.

Arrugué la nariz, pero al agachar la cabeza y verla sentí que debía hacerlo de una buena vez. La aparté tirándola en el pasto, abrí sus piernas y la penetré apoyando mis manos a ambos lados de su cabeza.

—Brujita... —jadeé cerrando los ojos, mientras hundía mi rostro en su cuello.

Volvía a ser mía.

—Jefe... —dijo como en una plegaria estremeciéndose ante las estocadas y embestidas.

—Brujita, eres mía—susurré enterrando mis dedos en la tierra, mientras movía las caderas con mayor rapidez- Te extrañé... Mona... Mona...

—Lestat... —gemía mi nombre, totalmente fuera de sí, por el placer. Abría sus piernas aún más, buscando que yo tuviese mayor acceso a su confortable interior.

Busqué sus labios mordiéndolos, para beber de ellos, mientras movía más mis caderas. Mi cuerpo se estremecía con el suyo. El calor de sus muslos me torturaba. Ella volvía a estar bajo y mi cuerpo y eso es lo que me importaba.

Besó mis labios lentamente mientras mi apretaba entre sus muslos. Entonces, cerró las piernas para que fuese más difícil salir de ella. Sentí como me apretaba, casi cruzando sus piernas alrededor de mi cuerpo, mientras notaba sus fluidos empapar mi miembro.

—Mona...—jadeé entre gruñidos, justo antes de hundir mi rostro entre sus pechos para mordisquear sus pezones y lamer sus clavículas. En el momento que me sentía ir, me aparté. Como pude me libré de ella y enterré de nuevo mi lengua entre sus piernas, para de inmediato masturbarla otra vez con mis dedos. El pasto alto rozaba mi miembro y este parecía desesperarse por entrar. Quedé de rodillas estimulándola con mi mano derecha, mientras la izquierda pellizcaba sus pezones, azotaba sus pechos y hundía un par de dedos entre sus labios—. Usaré todos tus agujeros hoy, Mona—advertí antes de girarla sin previo aviso, pegué sus nalgas ami miembro y lo enterré en su redondo y prieto trasero.

Colé la derecha entre sus piernas, por el costado, abrazándola con ese brazo, para llegar con mis dedos a su sexo. De ese modo podía estimular su clítoris en cada embestida.

Gritó al sentirme dentro, revolviéndose durante unos instantes por el dolor que se fue atenuado entre la estimulación y el placer de mis caricias. Mi cabeza daba vueltas. Sus nalgas eran tan apretadas como su vagina. Tenía un trasero redondo que era idóneo para azotarlo, cosa que hacía, pero de nuevo cambié de orificio, aunque no de posición, dando tres estocadas finales antes de llenarla con mi simiente. Dije su nombre junto a un te amo, muy sincero aunque desconocía si me creería.

Su cuerpo se estremeció al sentir aquel éxtasis propio del sexo, llegando ella al suyo. De inmediato se apartó y gateó hasta su ropa comenzando a vestirse. Yo tan sólo me quedé contemplándola durante unos momentos, para después tirar de uno de sus brazos. Deseaba retenerla entre mis brazos. Aún tenía el pantalón algo bajado y el cierre también, pero no quería vestirme y huir como estaba haciendo ella.

—¿Dónde crees que vas?—pregunté, pero se alejó ignorándome por completo.

—Mona, ¿qué ocurre?—dije incorporándome, mientras me colocaba la ropa.

—Adiós—respondió apartándose aún más, pues quería huir de mí y de nuestro pecado.

—¡Mona!—grité corriendo tras ella hasta alcanzarla—. Mona... dame una explicación.

—¡Quinn! ¡Quinn!—empezó a llamarlo a gritos, corriendo desesperadamente hacia el embarcadero. Él llegaba.

Mi hermanito estaba allí. Llevaba un gabán negro de tela gruesa, unos jeans desgastados y unas buenas botas. Parecía un señorito refinado. Tenía un jersey gris y una camisa blanca que destacaba gracias a la corbata roja. Sin duda era un hombre atractivo y por siempre eterno, siendo algo más joven que yo en apariencia. Su fuerza era increíble, pese a su juventud, y él me miraba con los ojos azules esperando una explicación que no di en ese momento. Tan sólo salió de la barca y la abrazó. La estrechó demostrándome que yo no era nada ni nadie. Él era su apareja. Él y no yo. Su compañera era Mona y el mío, por supuesto, era Louis. De algún modo siempre sería Louis, pese a mis deseos hacia ella y mi necesidad de poseerla mil veces cada noche.

—Mona... —murmuré apretando los puños—. Buenas noches, hermanito.

—Vete, Lestat—dijo en un tono cortés—. No quiero discusiones. No ahora mismo. No aquí, en mis tierras. Por favor, te lo ruego.

—Ya escuchaste—dijo rodeando a su amado Abelardo, apretando sus pechos contra su brazo izquierdo.

—Quinn... no vine a discutir. Deseaba hablar con Mona en privado, pero ha huido —dije mirándola de reojo. Quería besarla de nuevo, abrazarla contra mi cuerpo y arrastrarla conmigo a París. Debía conocer mis nuevos dominios, la belleza de París y las oportunidades de Europa. Pero Quinn la rodeó y besó su frente, recordando que estaba de más.

—Márchate, por favor, no es tiempo. Nos veremos en unos días, si así lo deseas. Pero ahora, por favor, te quiero lejos de ella, de mi mansión y de todo lo que soy—susurró estrechándola con firmeza. No la dejaría a solas conmigo, aunque sabía que había ocurrido. Sus celos eran evidentes. Él no podía negarlos ni ocultarlos.

—De acuerdo...—susurré.


Me marché de allí. Decidí irme. No quería estar contemplando mi traición y locura hacia él y hacia ella.

Lestat de Lioncourt

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Amor, te conocí cuando usabas a Mona... has vuelto a las andadas. ¡Volvemos a ser Lestat y Mona justo en nuestro segundo aniversario! Gracias por estos momentos que vivimos y los de diversión creando nuestros fics. 

Te amo  

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Hermanito

Siempre pensé que te encontraría cuando quisiera. Jamás creí que te perdieras en mitad de la oscuridad. Tus pasos ya no los encuentro, es como si los hubiesen borrado a conciencia para que olvidara tus vibrantes ojos azules. Sin embargo, todo lo que hemos vivido es imposible olvidarlo tan fácilmente. Nadie podrá romper el vínculo que nos unió. Era una hermandad cuasi perfecta que se ha convertido en uno de los pasajes más extraños de mi vida.

Apareciste de la nada con tus gestos torpes, tus ojos ilusos y una juventud cargada de estúpidos pensamientos sobre mi heroicidad. Me amabas sin conocerme, como si fueses un simple mortal. Amabas los libros que yo había escrito, el eco de mi voz en el tiempo convertidos en éxitos de venta. Esos dedos largos, suaves y delicados me hablaban de una esmerada educación. Tu ropa bien elegida, el cabello delicadamente cepillado y tus labios temblorosos decían a gritos que eras sólo un niño dándoselas de hombre.

En mi época los hombres se curtían peleando, cazando, luchando por la supervivencia y aceptando su destino con absoluta resignación. No eran como tú y como yo. Sobre todo no eran como tú. Se habían dedicado a tenerte entre almohadones dándote todo. Cuando te viste indefenso frente al monstruo que alimentaste, porque no dejaste de enfrentarte a él causándole curiosidad y admiración, no pudiste correr ni usar las escasas armas que poseías.

Tarquin siempre serás el chico que vino a visitarme, el muchacho que estaba aterrado por el fantasma de su hermano y que había sido convertido de la forma más bruta que jamás he escuchado. Tu narración me calentó el corazón y provocó que te amara. Tu admiración me hizo estallar en carcajadas unísonas a las tuyas. De haber sabido que te tomaría tanto cariño jamás habría permitido que te fueras.

Quinn... faltan tus flores en el cementerio. Tía Queen está esperándote enterrada allí, con sus pequeños huesos y su elegante traje, igual que tus abuelos. ¿No extrañas la ciudad? ¿No echas de menos el Carnaval y las celebraciones más típicas? Ya hay villancicos y yo no puedo dejar de recordar como llorabas con Noche de Paz. Hermanito, ¿qué te hemos hecho para que no regreses a casa? Dile a esa pelirroja peligrosa y atractiva que se cuelgue de tu brazo, sonría y te diga con suma inteligencia que es hora de volver a casa. Volved. La voz se ha llevado a cientos, pero quiero pensar que vosotros sois tan inmortales como mis recuerdos.




Lestat de Lioncourt 

martes, 25 de noviembre de 2014

La voz lo pedía

Arion y petronia no salieron en Prince Lestat, pero también sufrieron las consecuencias. Aquí un breve fragmento. 

Lestat de Lioncourt


Ese día no podré olvidarlo jamás. Está marcado a fuego en mis recuerdos. Una voz comenzó a balbucear. Primero fue torpe, después se comunicó de forma más coherente. En un principio pensé que era posiblemente un inmortal intentando mantener contacto, perdido y abrumado tras un largo sueño. Después me di cuenta que no era así. La voz surgía de mi interior y bramaba. Creí volverme loco. Sus ideas eran descabelladas. Si me mantuve coherente, firme ante la situación, fue por mi elaborado trabajo.

Crear camafeos y piezas de orfebrería, delicadas y únicas, me confiere cierta espiritualidad con mi trabajo y con una alta concentración. Cada detalle, que son ocasionalmente pequeños esbozos en un papel arrugado, es irrepetible. Petronia aprendió de mí. Mi habilidad quedó sumada a la suya y finalmente logramos conquistar el cuello de cientos de mujeres, así como sus manos enjoyadas y sus hermosas orejas. Si bien, no eran las únicas seducidas por la belleza de cada una de las piezas. Había hombres que compraban camafeos aunque no los lucieran, muchos lo usaban en pequeños gemelos y había varios que decidían exponerlos en vitrinas como verdaderas obras de arte.

Yo no cedí a la voz. Ni siquiera me importaba su insufrible zumbido. Llegué a no escucharla durante meses. Si bien, una noche tras abandonar mi despacho, con un suculento acuerdo entre mis manos, llegué a casa y encontré el desastre. Petronia perseguía a Manfred arrojándole los caros jarrones de china, los magníficos cuadros renacentistas que colgaban de las numerosas habitaciones y él sólo chillaba mi nombre. Los sirvientes habían huido espantados. Las discusiones se habían elevado en muchas ocasiones, pero jamás vi algo similar.

—¡Vas a morir! ¡Jamás debí crearte! ¡Morirás en mis manos! ¡Te drenaré y luego haré que combustiones!—exclamó Petronia.

De inmediato arrojé el maletín a un lado, me deshice del abrigo e intenté mediar. Corrí tras ella agarrándola de los brazos, pero se liberó con un fuerte empujón. Ella estaba usando todas sus fuerzas, así que decidí usar yo las mías.

—¡Quieta! ¡Pese a todo quieres a Manfred! ¡No le hagas daño!—grité escuchando los sollozos y lamentos de nuestro compañero.

—¡Aparta tus manos de mí!—dijo al notar que nuevamente la atenazaba, pero esta vez era un agarre casi imposible de soltar.

—¡Arion ayúdame!—decía con el rostro bañado en lágrimas sanguinolentas. Sus escasos cabellos canos estaban revueltos, la ropa estaba arrugada y rota, y sus ojos eran dos esferas de amargura. Tenía miedo. Creo que incluso temblaba.

—¡Él me lo pidió!—rugió apartándome de forma violenta. No fue sólo un empujón sino que también me pateó. Su furia era inmensa.

El empujón me había hecho caer sobre una vitrina. Los cristales se clavaban en mi espalda, nuca, rostro y manos. El ruido de cada uno penetrando en mi carne dura aún lo recuerdo. Sonaba a un cuchillo clavándose en un trozo de filete. La habitación se empapó de mi olor a sangre, la cual empapaba mi camisa de blanco algodón.

—¡Miente! ¡Yo no pedí eso!—recalcó Manfred.

—¡Tú no! ¡La voz! ¡Lo haré porque él me lo pidió!—su voz sonó distinta. Era como si dos seres hablasen a la vez.

Supe entonces que no había mayor remedio que atacarla. Me tiré sobre ella forcejeando y comencé a drenar sus venas hasta el borde de la muerte. El Loco nos miraba sin saber qué hacer, pero bastó una mirada mía para comprender que ya no podía vivir con nosotros. No de momento.

Los pasos ligeros de Manfred por el pasillo, sobre las losas de mármol blanco y negro, retumbaban en mi cabeza junto al fuerte corazón de Petronia. Estaba ejerciendo sobre ella todas mis fuerzas. Mis manos atenazaban sus muñecas hasta quebrarlas, sus delicadas manos de dedos largos parecían ceder a una muerte inminente. Su rostro, hermoso como siempre, dejó de tener un aspecto temible y se asemejaba más a una hermosa muñeca de porcelana. La camisa que llevaba, violácea, quedó manchada por mi sangre. Los cristales se enterraban más en mi cuerpo, las cicatrices ya eran más que evidentes. Sus ojos empezaron a tener un aspecto vidrioso, sin vida, y en ese momento supe que todo había pasado. Ella al fin se había calmado. Estaba completamente confusa por lo que había ocurrido, la tomé entre mis brazos y la pegué contra mí. Lloré amargamente mientras le ofrecía mi cuello y ella bebía de nuevo. La voz nos hablaba y era terrible. Recriminaba nuestra discusión y que, de ese modo, el Loco hubiese huido. Las noches siguientes fueron baños de sangre y fuego. Juntos matamos a cientos, cediendo ante la voz durante algunas noches, pero entonces la dejamos de oír nuevamente y decidimos hacer como si nada hubiese pasado.


Actualmente todo ha vuelto a la normalidad, pero el Loco no ha querido regresar. Teme que ocurra otra desgracia. Ella ha decidido apartarse unos días en el viejo santuario donde yacía noche tras noche en los viejos tiempos, cuando se cansaba tanto de mí como de discutir conmigo. En cuanto a mí he regresado a mi oficio y ruego que jamás suceda algo como aquello. No quiero volver a mancharme las manos de la sangre de mis iguales.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt