Reglas Rotas será una trilogía de memorias narradas por mí, Lestat de Lioncourt, para que comprendan que está sucediendo actualmente:
El príncipe y las Tinieblas
Caprichos
Voces discordantes
EL PRÍNCIPE Y LAS TINIEBLAS
Desconocía cuantos días hacía que me
hallaba de nuevo en New Orleans. El aire cálido y la humedad
pegajosa, el murmullo de French Quarter cargada de turistas en sus
coquetas cafeterías y pubs, la sobriedad y belleza de las hermosas
iglesias que se alzaban en silencio esperando que las almas, esas
almas contaminadas como la mía, aún abrazaran la fe rezando en vano
por la salvación y la maldad de las calles más oscuras, siniestras
y abandonadas en los barrios más desfavorecidos.
Louis había echado a perder el débil
lazo que aún manteníamos incendiando uno de mis apartamentos, justo
la vivienda donde habíamos compartido alegrías y tristezas, como si
no importara nada. Aquello fue terrible para mí. Sentí que
nuevamente ardían mis deseos de venganza hacia él, al igual que mis
escasos recuerdos.
Caminaba por la Rue Royale con mis
ropas más elegantes, pues había decidido que la noche se abría a
mí y debía gozarla como en los viejos tiempos. Quería alzar mis
dedos hacia la luna, tocarla con la punta de éstos y echarme a reír.
Había vivido ensombrecido por el dolor que me provocaba Rowan, pero
la magia de la caza siempre me había hecho cerrar las heridas hasta
que, cuando me resguardaba de la luz del sol, aparecían transformada
en su voz áspera susurrándome cuánto me amaba. Los ojos de Rowan,
su pequeña boca y sus manos finas acariciando mis cabellos no
estaban allí, así que debía llenar el vacío con mi gran placer.
Había descubierto a un pobre idiota
cuya vida de riquezas le obligaba a no mirar a su alrededor, así que
iba sordo y ciego hacia la muerte. Prácticamente estaba por abrir
mis brazos, echarme a reír y ofrecerle mi cobijo. Era un hombre de
mediana edad, con el cabello negro ondulado y unos ojos verdes muy
sugestivos. Sus rasgos eran duros y filosos, tal vez por el corte y
el color de su pelo. Tenía el rostro blancuzco y barba de algunos
días, pero aún así esa es la moda. Ir algo descuidado, seas mortal
o no, para mí es una desfachatez. Puedo vestir con ropas más o
menos exclusivas, tal vez algo estrafalarias, pero siempre con esmero
y delicadeza. Su nombre era Dimas.
Podría decir que me agradaba Dimas.
Llevaba más de tres días siguiéndole los pasos, sonriendo sus
andanzas y celebrando su buen gusto. Había salido del teatro
acompañado de una joven de gustos refinados, tacones de aguja y
traje de escasa tela en color salmón. Parecía una muñequita frágil
al lado de él, de hombros anchos y aspecto robusto. El nombre de su
acompañante era Sara. Ella desconocía que el hombre del cual se
había enamorado planeaba matarla, robar todas sus pertenencias y
marcharse de la ciudad. Por supuesto él la había elegido
meticulosamente, como la corbata azul cobalto y su magnífica camisa
de seda, después de semanas investigando la fortuna que el padre de
su enamorada, o más bien su estúpida víctima, había dejado a su
única heredera.
Admiro a los ladrones como Dimas, pues
se arriesgan y su alma es sumamente deliciosa cuando les clavo el
diente. Creo que mis ojos brillaban tras los cristales de mis gafas
de cristal violeta. Tenía una sonrisa de canalla incontestable y me
sentía atraído como las moscas a la miel. ¡Caray! Él era el tipo
que había soñado durante semanas. Una buena fechoría para éste
demonio que disfruta lanzando miserables al infierno, aunque el
infierno no es para nada grato en éstos días ni en ninguno.
Bien, él había planeado todo. Ella
desaparecería vendiendo todas sus acciones, edificios de oficina y
cualquier vivienda salvo la principal; pues la principal pertenecía
a su familia y aún vivía su tía. ¿Por qué lo haría? Por miedo a
su próxima boda. Ella escaparía así de su guapo, elegante, maduro
y sobrio prometido mientras él estaba de viaje a una de sus
plantaciones de café en Colombia. ¡Toda una tragedia! Y para ello
se necesita ingenio. ¿Ven por qué me gustan los villanos?
La joven se marchó al hotel a
descansar, pero él decidió quedarse en un bar cercano tomando uno
de los cócteles especiales que estaban ofreciendo a la clientela más
selecta. El Maison Bourbon tiene fama entre los jóvenes, aunque no
sé si le durará demasiado tiempo o será tan fugaz como cualquier
moda que surge hoy en día, y él decidió internarse entre la
clientela habitual.
—Bonsoir mon ami—dije aproximándome
a él para quedarme cerca de la barra junto a él.
—¿Nos conocemos?—susurró
intrigado observando mi traje negro, mi corbata lavanda y mi camisa
blanca impoluta. Creo que le llamó poderosamente la atención los
diamantes de mis gemelos, aunque podría ser cualquier otra cosa.
Tenía el cabello largo, bien peinado y recogido en una coleta. Él
parecía deslucido a mi lado, pero creo que eso no le importó.
—Oh, hemos tropezado en varias
ocasiones—comenté tomándome la libertad de sentarme a su lado.
—¿Nos han presentado? Si nos
hubiesen presentado... —murmuró.
—Se acordaría ¿verdad?—dije
echándome a reír ocultando con cuidado mis colmillos—. Verá, me
encanta conversar con empresarios y nuevos inversores. Soy un
empresario destacado en la zona y Sara me ha invitado a varias de sus
estrafalarias, divertidas y carismáticas reuniones... Todo un
acontecimiento perfecto para que se diviertan ancianitas haciendo
croché.
Él se rió por mi sarcasmo y pude
notar como se sentía intrigado. Estaba seduciéndolo con mi carisma
sin trucos oscuros, aunque pronto acabaría la función. Deseaba
llevarlo lejos de la vista del barman que nos miraba esperando que
pidiésemos algún licor, cóctel o simplemente un refresco como
buenos chicos.
—Si le soy sincero... a veces me
duermo en esas reuniones sociales—explicó a modo de cortés
disculpa.
—No se preocupe Dimas, no se
preocupe—noté su sorpresa al saber su nombre, pero eso sólo lo
atrajo más—. Quisiera hablarle de un negocio que tengo entre mis
manos ¿me acompaña?—pregunté incorporándome para caminar hacia
uno de los huecos más oscuros y ocultos, justo donde los enamorados
van a besarse y los hombres de negocios hacen jugadas arriesgadas.
Él me siguió, por supuesto. Se quedó
a mi lado y yo usé mis dones para poder tocar su rostro, observar
sus facciones muy de cerca, y prácticamente sentir su respiración
pegada a mi aliento frío.
—Dimas, el ladrón—dije
entusiasmado—. ¿Irás a reunirte con Dios amigo mío? Pues creo
que aunque seas ladrón no eres bueno, al menos no en el sentido
estricto. ¿Quieres arrepentirte de tus pecados?—él me miraba
ensimismado y rápidamente, con elegancia, ataqué.
Bebí de él como si simplemente le
hiciese una confidencia, cerré los orificios y dejé que su cuerpo
cayera hacia delante como si se encontrara en un profundo estado de
embriaguez. Después me marché a la barra y pedí champán, aunque
no lo bebería, pero debía celebrarlo.
—Mi amigo no ha durado demasiado...
ah... que pena—murmuré como si brindara a salud del camarero y
luego solté la copa para marcharme tras dejar una cuantiosa propina,
pues siempre soy generoso.
Me marché sintiendo la noche pesada de
nuevo, con la fragancia de los naranjos en flor y las plataneras.
Metí mis manos en los bolsillos del pantalón y caminé rumbo a
Jackson Avenue. Era un paseo de algo más de media hora, pero me
encantaba observar mi hermosa ciudad. Siempre he sentido que
pertenezco a éste lugar aunque naciese en Francia y mi aventura,
como mortal y luego como inmortal, se desarrollara por París y otras
ciudades Europeas.
Entonces tuve una extraña sensación.
Alguien, o mejor dicho algo, no humano me seguía. Al girarme vi a un
joven alto, bien vestido y con un corte de pelo similar al de Quinn,
aproximarse a mí con una sonrisa bonachona y largas zancadas. Cuando
quedó a mi altura noté que no era un vampiro, como imaginaba, y
tampoco un brujo.
—¡Lestat!—gritó abrazándome—.
¡Lestat! ¡Eres Lestat! ¡Mi padre me ha hablado tanto de ti! ¡Por
el amor de Dios! ¡Tú eres Lestat!—decía dándome besos en las
mejillas y comportándose casi como un niño.
—¡Alto!—grité dejando cierta
distancia al tener mis brazos extendidos—. Eres una de esas
criaturas... de esos...
—Taltos, la palabra idónea es
Taltos—dijo con una sonrisa ilusa en sus enormes ojos azules.
—¿Eres hijo de Oberon? Dime, ¿dónde
se encuentran? Ni siquiera ellos quedan en el hospital y siento
que... Oh, Rowan... ¿le ha pasado algo a ella?
—No te angusties—se echó a reír y
me abrazó de nuevo—. Madre y padre no son quienes crees. Rowan
hizo un milagro y madre fue de nuevo bendecida con el amor de un hijo
y...
—¡Alto!—dije de nuevo alejándome
con cierto temor— ¿Quién eres?
—Alvar Mayfair, hijo de Tarquin
Blackwood y Mona Mayfair. ¿No notas el parecido?—creo que en ese
momento palidecí. Demonios, sentí como si el mundo girase demasiado
rápido y sintiera que algo no estaba bien.
Deseé gritar, maldecir, aporrear las
puertas de todos los edificios y explotar en llanto. Rowan me había
dicho que había cosas terribles, que Julien quería poner patas
arriba todo y me había obligado a marcharme después de estar poco
más de media hora en su compañía.
—¡Tarquin siempre cumpliendo los
malditos caprichos de esa arpía!—grité furioso marchándome de
allí, siendo para todos una ráfaga de aire, pues necesitaba ver a
mi hermanito y que me aclarara el motivo de porqué hacer algo tan
estúpido.