Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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viernes, 9 de enero de 2015

Demonio

Santino nos habla de su vida como monje. Era una vida dura. ¿Tal vez por eso ayudó a Armand? ¿Tal vez porque el pelirrojo estaba en un primer momento a vivir como él?

Lestat de Lioncourt 


En aquella celda recé durante noches. Creí que perdería rápidamente la cabeza, pero mantuve mi fe en Dios. Las rata recorrían las calles con sus patas frías y su cuerpo peludo. Podía escuchar el fino sonido de la lluvia golpeando la piedra porosa. La cama era simple, dura e incómoda. El colchón de paja estaba aplastado y mal ventilado. La almohada era un trapo doblado. No había mantas. El crucifijo parecía hinchado por la humedad. El suelo estaba áspero y estaba salpicado por mi propia sangre. Me había golpeado la espalda durante horas. El látigo silbaba rompiendo el aire, impactaba contra mi espalda y mis huesos crujían mientras mi piel se abría. Era un ritual habitual. Después venían los rezos, salves y súplicas. El mundo estaba lleno de tinieblas. Toda Italia estaba invadida por la muerte, su luto y hedor. Muchos de mis compañeros habían muerto y habían tenido que ser incinerados para evitar la propagación de la enfermedad.

Lloraba cada noche. Me dormía llorando y me despertaba en el mismo estado. Aún era joven. No quería morir porque no deseaba encontrarme con Dios todavía. Pensaba que tenía una vida larga para hacer buenas obras. Sí, tenía un sendero que recorrer. Quería cuidar a otros. Mi misión era salvar, curar las almas, y no morir abandonado por la suerte y mi Dios. Rezaba por todos, por la salvación del mundo y por la vida. Honraba a mi fe con orgullo y devoción, pero fue un vampiro quien me dio su bendición.

No recuerdo su nombre. Casi no recuerdo nada de él. Sólo recuerdo el vacío y la pena. Me había convertido en muerte en un mar de desolación. La sangre era mi tesoro, las almas habían quedado atrás y estaba condenado. Por mucho que rezara Dios ya no me escucharía. Era su enemigo. No moriría, no viviría. Me había convertido en un demonio. Y como demonio viví.


El fuego se convirtió en mi aliado. El dolor era mi estandarte. No había lugar en el mundo donde otro pudiese ocultarse. Las almas eran reclutadas para el juicio de Dios y el Diablo. Yo era la mano derecha de Satanás y él era la mano izquierda de Dios.  

jueves, 25 de diciembre de 2014

Tiempo

Bueno, no todos se besan bajo el acebo. Si no me creen pregunten a Daniel. 

Lestat de Lioncourt


Las calles parecían vacías, el silencio era impenetrable, las pequeñas puertas tenían colgados sus adornos y las farolas iluminaban con sus luces pálidas algunos rincones. La vida parecía haberse detenido en un segundo exacto, como si el mundo contuviese el aliento, mientras en algún lugar el reloj marcaba un nuevo segundo crucial en la vida de todos. La nieve comenzó a caer sobre la ciudad, copo a poco, amontonándose en las aceras mientras la estampa puramente invernal conmovía a quien la observaba. Los grandes edificios parecían no inmutarse, las pequeñas construcciones se adornaban como en un cuento de Navidad y, posiblemente, un moderno Dickens escribía todo en su cuaderno para inspirarse segundo a segundo.

Sólo una maqueta.

Las calles estaban desiertas porque era una maqueta. Una maqueta perfecta. Unas manos blancas, casi marmóreas, daban su último toque añadiendo algunas luces festivas a un bar olvidado en una esquina. Sus ojos, casi violetas, se concentraban en cada milimétrico detalle. Quería reír, cantar y brincar ante aquella maravilla. Sin embargo, él solo guardaba silencio.

A sus espaldas un ángel de cabellos rojizos observaba todo. Parecía frágil, con un rostro de porcelana propio de una escultura delicada instalada en una fría iglesia. Sus labios eran pétalos de rosa pintados con maestría. Tenía un aspecto majestuoso, pero simple. Era un jovencito contemplando a un genio enloquecido por su propio talento. El suéter cálido tenía un cuello de cisne que cubría su garganta y le daba un aspecto delicado. Parecía un ángel.

Daniel vestía con una simple camiseta, desabotonada, y unos pantalones grises arrugados. No tenía zapatos. El pelo estaba revuelto y parecía cansado. Había estado creando esa maqueta durante semanas. Sin embargo, había terminado. La última nota de color había caído sobre la puerta. Un adorno común y corriente. Algo que le diera el toque final. Había creado una urbe en plena navidad.

—¿Qué quieres?—dijo áspero.

—Vine a verte, ¿no puedo?—preguntó Armand.

—Claro que sí, pero tus visitas no son comunes—explicó—. No sueles venir a contemplar mi ociosidad.

—¿Y qué quieres que contemple? ¿Los adornos del árbol?—inquirió.

—No estoy dispuesto a conversar—susurró incorporándose de la silla, para caminar unos tambaleantes pasos agotados y sigilosos, mientras le miraba—. Sólo quiero descansar.

—¿Desde cuando no bebes sangre?—preguntó ligeramente preocupado, aunque intentó ser discreto.

—¿Y a ti que te importa? Soy un experimento que te salió mal, ¿no es así? Mírate, ahí plantado como un ángel sacrificado—. Se maldijo internamente al encontrarse solo. Igual que maldijo a Marius. ¿Dónde estaba? Lo había dejado solo con ese lunático. No quería regresar a la Isla de la Noche ni quería sacrificarse por un estúpido.

Armand lo tomó de los hombros, apretando ligeramente estos, para dejar un beso suave en sus labios. En ese beso le ofreció su sangre e instintivamente bebió de él. Daniel se aferró al pequeño cuerpo que se presentaba como un regalo. Un mágico regalo del primer día de Navidad. Tal vez sí se amaban, pero de forma extraña. Tal vez sí había esperanza enterrada bajo la nieve.



viernes, 12 de diciembre de 2014

Nieve y sangre en Nueva York

Se nota que Armand odia a los mediocres.

Lestat de Lioncourt 


He contemplado la ciudad mil veces desde lo alto de este imponente rascacielos. Nueva York es inmensa. Puedes ver mareas ingentes de almas atormentadas que se acumulan en las aceras, negándose unos a otros, mientras el claxon de algún taxi grita enfurecido. Los grises perfiles de los todopoderosos edificios parecen borrosos en los días de mayor polución. Aún así, desde estas vistas privilegiadas, puedes ver la vida discurriendo bajo tus pies.

Hoy, justo hoy, ha comenzado a nevar. Al parecer tendremos navidades blancas en este edén salvaje y ruidoso. Una jungla de metal, cristales y asfalto que queda convertida en un paisaje característico de alguna película bobalicona y entrañable de estas fechas. Los copos caen como plumas. ¿Tal vez son las alas que un día Dios me negó? Lo desconozco. Sin embargo, tengo la inmensa fortuna de encontrarme al borde del precipicio, con los pies firmes y las manos en cruz. Podría precipitarme, sintiendo el aire gélido cortando mi rostro y agitando mi cabello. Sí, podría. Pero sé que me alzaría por los aires, volaría hasta más allá de las nubes y contemplaría la ciudad desde unas vistas aún más impresionantes.

Tengo las mejillas ardiendo, las manos teñidas de rojo y una sonrisa traviesa en los labios. Mi pelo está largo, como solía estarlo cuando era sólo un muchacho. Mi aspecto delicado, casi enfermizo, provocaría que muchos se acercaran a mí consternados. Tan sólo llevo una ligera camisa celeste de satén y unos pantalones de vestir blancos, manchados de sangre en el pernil derecho. Quizás piensen que estoy endemoniadamente loco y me muero de frío, pero el frío siempre estuvo calando mis huesos. El frío más puro y desconsolador: el frío de no tener amor.

Como decía Oscar Wilde, en uno de sus más célebres pensamientos, mi corazón ha terminado haciéndose de piedra. No obstante en dudosas ocasiones se vuelve vulnerable, late y suspira por los besos de aquellos que dicen adorarme. ¿Quién no amaría al niño del coro? Aparento ser un castrati esbelto en una mañana de Navidad en mitad de una de las catedrales más fastuosas de la vieja Europa. Sí, lo aparento muy bien. Quizás soy un ángel y aún no me he percatado, pero lo dudo. Sólo soy un monstruo de más de cinco siglos con unos puntiagudos colmillos asomando de mis labios.

Mis pies están desnudos, pero lo importante es lo que pisan. Bajo estos hay un cuerpo mutilado. No he bebido únicamente de él, sino que me he dedicado a rasgar su piel imprimiendo el mayor dolor posible. Su rostro, poco agraciado, se hunde en la espesa nieve que ya va cubriendo todo. Los villancicos navideños suenan por doquier en cualquier dirección, pero mi amigo ya no los escucha. He regalado el don más preciado en estas fechas de amor y paz. Le he regalado la paz a su cerebro podrido y su alma hecha de pedazos de basura.

Detesto a la gente que no aprecia la vida, pero detesto aún más a todos aquellos que se la hacen imposible a otros. Él era uno de esos estúpidos. Un famoso columnista de redes sociales tan absurdas, baratas y vacías de inteligencia como la gente que suele darles soporte. Y no, no es porque odie la tecnología. Me apasiona. Internet es un lugar asombroso. Sin embargo, odio a este tipo de personas que humillan y dilapidan el trabajo de otros por el mero hecho de existir. Si bien este no era su mayor pecado.

He seguido los pasos de este miserable durante varias semanas. Un ser mezquino que solía beneficiarse del trabajo ajeno. Alguien que se apropiaba de ideas de otros. Tenía una hermana, igual que Sybelle, y su comportamiento era igual de reprochable que el de Fox. Sin embargo, cientos de mujeres lo adulaban sin cesar. Me provocaba náuseas, aunque su sangre me ha sentado bastante bien. Siendo sinceros... he disfrutado con su muerte.

Conduje al sujeto a un callejón. Supuestamente tenía suculenta información sobre ciertas personas que deseaba hundir de forma económica, pero también moralmente, para lograr subir un pequeño peldaño. Aguardé con las manos metida en los bolsillos de mi chaqueta, permanecí en silencio y cuando él apareció lo atrapé con palabras tan baratas como las suyas. Poco después estaba sobre una camilla de hierro, muy fría al tacto, completamente desnudo mientras disfrutaba apreciando cuanto duraría a pesar de la tortura. De vez en cuando daba unos pequeños tragos o lametones. Por último tomé su corazón, arrancándoselo del pecho, para beber directamente de ese músculo extraño, y ocasionalmente torturado, para acto seguido arrojarlo al cajón de desperdicios. Soy como el barrendero, pues limpio las calles de desechos y suciedad.

¿Por qué estoy aquí? Aquí arriba. Podía haberlo hecho desaparecer. Sin embargo, creo que le daré una muerte tan popular como su vida. Arrojaré su cuerpo a las aceras como imprevisto regalo navideño.


—Feliz Navidad, ingrato. Que el Señor te acoja.  

jueves, 4 de diciembre de 2014

Salvaje

Mael estuvo escribiendo ciertas cosas, las ha unido y ha hecho algo especial. Creo que sólo quiere comunicar que lo dejen en paz. 

Lestat de Lioncourt


Yo sólo quería ser libre, estar lejos del bien y del mal, huir de las reglas y sobrevivir. Quería sentirme parte del viento, la tierra, el agua... Deseaba ser parte algo y a la vez poder escapar de mis cadenas. Aprendí a ser salvaje. Comprendí que debía hundirme en la naturaleza. Me despojé de cualquier sentimiento humano que me alejara de la verdad y el sabor cuasi divino de la sangre. Me convertí en un animal salvaje. Me comuniqué con mi lado inhumano. Fortalecí los lazos con la sed. Dejé que mis ojos se convirtieran en una mínima parte de mis sentidos. Hundí mis manos en el lodo, dejé que la tierra ensuciara mis prendas. Permití que mis pies quedaran desnudos de mis botas. Me arrastré como si fuese un gusano por entre los altos y frondosos árboles.

Soy el vampiro que sigue viviendo en los bosques y que camina por las calles con la mirada perdida. He vuelto a mi estado original. Comprendí que debía volver a casa. Y mi casa no es un ataúd de cemento, hierro y asfalto. No nací en las grandes metrópolis donde el aire está contaminado y mueren lentamente, como luciérnagas en un frasco, cientos de almas. Vi el sol. Una esfera caliente que no recordaba ya. Sentí el dolor sobre mi piel. Caí al suelo. Soporté el dolor. Muchos gritaron. Las llamas cubrían lo que eran mis ropas. Grité. Creí que iba a morir, pero sobreviví. Ahora me mantengo oculto. Mi piel ha tomado un color dorado, mis ojos parecen más fríos y ya no queda creencia alguna en mi corazón salvo mis recuerdos. Recuerdos que mantienen la cordura de mi mente, libre de cualquier mal. He sobrevivido, pero no quiero volver a ustedes. No quiero ser preso de vuestras promesas vacías, de vuestros falsos abrazos y de una verdad carente de sentido. No voy ser uno de vuestros afamados dioses. Detesto la religión materialista que muchos encuentran en los objetos cotidianos. Yo no soy cotidiano. No soy un trozo de papel escrito que puede venderse como único o mágico. La era de la magia acabó con los Dioses de los Árboles. El último vestigio era Akasha y ella terminó sin cerebro, corazón y vida. La razón es una moda social. He vuelto a mis orígenes. No quiero que nadie me toque, converse conmigo o me diga que me ama. No quiero palabras vacías que no puedan sostener el complejo castillo de naipes en el que me he convertido.

He vuelto a ser el animal salvaje que siempre fui. Ese lobo que corre entre los frondosos bosques nevados. El mismo que aúlla su sed de sangre mientras la víctima jadea presa del miedo.

Ella ha muerto. La mujer que amé durante siglos ha muerto. Murió presa del dolor. Se dejó arrastrar por la voz que emanaba de su interior y atenazaba su espíritu. ¿Qué más da lo demás? Dios no acudió a mí. No acudió a nadie. ¿Qué importa si era el Demonio quien conversó con Lestat? Ya no interesa los viejos cuentos, las leyes impulsadas por Marius como emblema de Paxt Romana o las eternas discusiones entre los discípulos y los genios. ¡No me importa! Yo sólo deseo sentirme libre. Quiero comunicarme con la oscuridad y hundirme en lagos de sangre. Ni siquiera me interesa las palabras vacías llenas de promesas rotas de Avicus. No quiero nada. Sólo quiero mi libertad.


Si me encuentras, recuerda que estoy muerto para el mundo. Por eso, "amigo mío", tú te llevarás el secreto a la tumba.

martes, 25 de noviembre de 2014

La voz lo pedía

Arion y petronia no salieron en Prince Lestat, pero también sufrieron las consecuencias. Aquí un breve fragmento. 

Lestat de Lioncourt


Ese día no podré olvidarlo jamás. Está marcado a fuego en mis recuerdos. Una voz comenzó a balbucear. Primero fue torpe, después se comunicó de forma más coherente. En un principio pensé que era posiblemente un inmortal intentando mantener contacto, perdido y abrumado tras un largo sueño. Después me di cuenta que no era así. La voz surgía de mi interior y bramaba. Creí volverme loco. Sus ideas eran descabelladas. Si me mantuve coherente, firme ante la situación, fue por mi elaborado trabajo.

Crear camafeos y piezas de orfebrería, delicadas y únicas, me confiere cierta espiritualidad con mi trabajo y con una alta concentración. Cada detalle, que son ocasionalmente pequeños esbozos en un papel arrugado, es irrepetible. Petronia aprendió de mí. Mi habilidad quedó sumada a la suya y finalmente logramos conquistar el cuello de cientos de mujeres, así como sus manos enjoyadas y sus hermosas orejas. Si bien, no eran las únicas seducidas por la belleza de cada una de las piezas. Había hombres que compraban camafeos aunque no los lucieran, muchos lo usaban en pequeños gemelos y había varios que decidían exponerlos en vitrinas como verdaderas obras de arte.

Yo no cedí a la voz. Ni siquiera me importaba su insufrible zumbido. Llegué a no escucharla durante meses. Si bien, una noche tras abandonar mi despacho, con un suculento acuerdo entre mis manos, llegué a casa y encontré el desastre. Petronia perseguía a Manfred arrojándole los caros jarrones de china, los magníficos cuadros renacentistas que colgaban de las numerosas habitaciones y él sólo chillaba mi nombre. Los sirvientes habían huido espantados. Las discusiones se habían elevado en muchas ocasiones, pero jamás vi algo similar.

—¡Vas a morir! ¡Jamás debí crearte! ¡Morirás en mis manos! ¡Te drenaré y luego haré que combustiones!—exclamó Petronia.

De inmediato arrojé el maletín a un lado, me deshice del abrigo e intenté mediar. Corrí tras ella agarrándola de los brazos, pero se liberó con un fuerte empujón. Ella estaba usando todas sus fuerzas, así que decidí usar yo las mías.

—¡Quieta! ¡Pese a todo quieres a Manfred! ¡No le hagas daño!—grité escuchando los sollozos y lamentos de nuestro compañero.

—¡Aparta tus manos de mí!—dijo al notar que nuevamente la atenazaba, pero esta vez era un agarre casi imposible de soltar.

—¡Arion ayúdame!—decía con el rostro bañado en lágrimas sanguinolentas. Sus escasos cabellos canos estaban revueltos, la ropa estaba arrugada y rota, y sus ojos eran dos esferas de amargura. Tenía miedo. Creo que incluso temblaba.

—¡Él me lo pidió!—rugió apartándome de forma violenta. No fue sólo un empujón sino que también me pateó. Su furia era inmensa.

El empujón me había hecho caer sobre una vitrina. Los cristales se clavaban en mi espalda, nuca, rostro y manos. El ruido de cada uno penetrando en mi carne dura aún lo recuerdo. Sonaba a un cuchillo clavándose en un trozo de filete. La habitación se empapó de mi olor a sangre, la cual empapaba mi camisa de blanco algodón.

—¡Miente! ¡Yo no pedí eso!—recalcó Manfred.

—¡Tú no! ¡La voz! ¡Lo haré porque él me lo pidió!—su voz sonó distinta. Era como si dos seres hablasen a la vez.

Supe entonces que no había mayor remedio que atacarla. Me tiré sobre ella forcejeando y comencé a drenar sus venas hasta el borde de la muerte. El Loco nos miraba sin saber qué hacer, pero bastó una mirada mía para comprender que ya no podía vivir con nosotros. No de momento.

Los pasos ligeros de Manfred por el pasillo, sobre las losas de mármol blanco y negro, retumbaban en mi cabeza junto al fuerte corazón de Petronia. Estaba ejerciendo sobre ella todas mis fuerzas. Mis manos atenazaban sus muñecas hasta quebrarlas, sus delicadas manos de dedos largos parecían ceder a una muerte inminente. Su rostro, hermoso como siempre, dejó de tener un aspecto temible y se asemejaba más a una hermosa muñeca de porcelana. La camisa que llevaba, violácea, quedó manchada por mi sangre. Los cristales se enterraban más en mi cuerpo, las cicatrices ya eran más que evidentes. Sus ojos empezaron a tener un aspecto vidrioso, sin vida, y en ese momento supe que todo había pasado. Ella al fin se había calmado. Estaba completamente confusa por lo que había ocurrido, la tomé entre mis brazos y la pegué contra mí. Lloré amargamente mientras le ofrecía mi cuello y ella bebía de nuevo. La voz nos hablaba y era terrible. Recriminaba nuestra discusión y que, de ese modo, el Loco hubiese huido. Las noches siguientes fueron baños de sangre y fuego. Juntos matamos a cientos, cediendo ante la voz durante algunas noches, pero entonces la dejamos de oír nuevamente y decidimos hacer como si nada hubiese pasado.


Actualmente todo ha vuelto a la normalidad, pero el Loco no ha querido regresar. Teme que ocurra otra desgracia. Ella ha decidido apartarse unos días en el viejo santuario donde yacía noche tras noche en los viejos tiempos, cuando se cansaba tanto de mí como de discutir conmigo. En cuanto a mí he regresado a mi oficio y ruego que jamás suceda algo como aquello. No quiero volver a mancharme las manos de la sangre de mis iguales.  

domingo, 9 de noviembre de 2014

Oasis

Khayman ha decidido escribir algo sobre el final de la aventura. Un final que ahora tiene. 


Lestat de Lioncourt 


Aún puedo escuchar la calma envenenada del desierto, el calor sin tregua tostando aún más mi piel dorada, el sudor recorriendo mi frente, el lento caminar del camello entre las dunas y la convicción, terrible convicción, que íbamos a provocar un desastre. Habíamos empezado la expedición la noche anterior. Llevábamos horas sin descansar. El destino estaba echado, como si fuera un terrible juego de azar, y yo no podía impedirlo. El aire caliente golpeaba con fuerza mi rostro cuando apareció el valle donde ellas se encontraban. Rocas altas, algo picudas, pocos cultivos y varias chozas. El ritual estaba a punto de comenzar.

Todo pasó tan rápido. Los días parecían tener alas y convertirse en pájaro, volar alto y caer al suelo desfallecido por falta de agua y alimento. Prácticamente muerto.

Mi vida como sirviente quedó atrás, como un viejo recuerdo que ya nadie conoce, del mismo modo que las ciudades que voy recorriendo con mi deportivo. Mis ojos cafés miran el retrovisor con cierta esperanza, pero mi alma parece tomar fuerzas al acelerar acompañado de su mano junto a la mía. No hay un destino claro. Ya el peligro ha pasado y estamos a salvo. No existe la voz. No hay nadie que incite a otro a matar. Somos libres de nuevo.

Tener a mi lado a Maharet, cuidarla junto a su hermana, se ha convertido en el único propósito de mi vida. Las selvas de Brasil han sido parte de nuestro hogar. Es el mundo que bien conocíamos, igual que el desierto africano del cual surgimos como si fuéramos un milagro sobre la vida. Somos muertos que caminan, nosotros llevamos el germen. La fuente es nuestra silenciosa compañera, del mismo modo que lo es la muerte.

Durante estos siglos he aprendido a perdonar, pero jamás a olvidar. Nunca he podido dejar atrás el amor que profeso a la mujer intensa, seductora y firme, que se encuentra a mi lado. Tiene una belleza única. Su cabello parece una llamarada en plena oscuridad. Viajar en un deportivo descapotable le confiere puntos extras. Puedo ver como ocasionalmente alza sus brazos, extiende sus dedos y cierra sus ojos disfrutando de la música sutil que hay en la radio, el aire meciéndola y la noche rodeándola. La velocidad es vertiginosa, pero no nos afecta. No hay miedo. Tampoco hay tiempo que esté cayendo sobre nosotros. Viviremos para siempre. El guerrero y la bruja, el hombre leal y la sincera hechicera que se alzó en contra de la reina.


Más de seis mil años y para mí aún sigue siendo la misma mujer, sabia y ligeramente salvaje, que me conquistó el corazón.  

miércoles, 10 de septiembre de 2014

El recuerdo que más amo.

Otro recuerdo de Louis. Acepto que este me hizo llorar. 

Lestat de Lioncourt 


Si tuviera el poder de controlar el tiempo y detener las frágiles manecillas del reloj, para girarlas lentamente hacia atrás y elegir un lugar determinado en una fecha exacta, elegiría el primer día de nuestras vidas. Aquella noche trágica y dolorosa. El segundo en el cual ella me rodeó con sus brazos y sentí su cuerpo cambiar mientras sollozaba. Él hizo un acto horrible. Era una abominación. Pero soy consciente que incluso yo me sentí conmovido por ver que recobraba su belleza. Sus hermosos cabellos rizados parecían aún más dorados, sus ojos eran profundos océanos y por su pequeña boca, carnosa y rosada como los carnosos pétalos de una rosa, pedía más y más.

—¿Cómo has podido hacerle algo así?—pregunté, notando como sus pequeños dedos jugaban con algunos mechones de mi cabello negro—¡Lestat!

—Sólo hice una compañía más adecuada para ti—explicó sentándose en uno de los sillones de brazos de la habitación. Parecía algo cansado. La pequeña había bebido bastante de él. Aún se tapaba el brazo aunque ya no había corte alguno—. Ahora tienes una hija, felicidades. ¿Fue duro el parto?

—Miserable—mascullé.

—¿Por qué miserable?—frunció sus doradas cejas y me miró confuso—. Iba a morir—dijo estirando su brazo derecho hacia nosotros—. ¿Qué querías que hiciera? ¿Ser bondadoso y dejarla en esa putrefacta cama en el hospital?—ella parecía frágil en mis brazos, pero no dejaba de apreciar que era una monstruosidad lo que habíamos hecho. Un pecado. Jugábamos a ser Dios. Él hablaba del dolor de la pequeña, pero no veía lo terrible que era cambiar su destino de esa forma—. Le he dado algo mucho mejor que medicinas para calmar su dolor.

—¿Y mi madre?—su tierna voz me enloqueció. Quería estrecharla contra mí hasta que ese monstruo se apartara de nosotros. Lestat sonreía maliciosamente, prácticamente saltaba y bailaba, porque todo había salido como deseaba.

—Louis es tu madre—dijo tras una risilla.

—Pero yo tengo una mamá y un papá—respondió apartándose de mí unos centímetros.

—Cherie, ahora nosotros somos tus padres—contestó abriendo sus brazos mientras se echaba hacia atrás, recostándose en el sillón.

—Tú sólo eres un monstruo—dije frunciendo el ceño.

—Gracias, gracias, gracias...—decía maravillado haciendo una reverencia sin moverse del sitio— ¿alguna queja más, Louis? Dime, estoy esperando a que te quejes de nuevo.

—¿Y mis padres?—murmuró a punto de romper a llorar, cosa que me rompió el corazón. Se apartó de mí y se acercó a él. Se refugiaba ahora en sus brazos que la rodeaban de forma fraternal. Quería matarlo.

Viéndolos juntos parecían padre e hija. Dos seres similares en belleza. Ella lo miraba con fascinación, como se mira a un padre, y él tenía una chispa de ternura y amor que no entendía. ¿La amaba? Creo que sí. La amó tanto como yo. Nada más verla deseó amarla eternamente. Sin embargo, eso no evitaba que fuese terrible.

—En el cielo, cherie—susurró alzando su mano derecha hacia el techo—. Todos van al cielo.

—¿Con los ángeles?—preguntó con una ligera sonrisa que me terminó aniquilando.

—Oui—dijo inclinándose, para besar su frente.

—Quiero más—dijo inquieta.

—Tendrás más—le aseguró.

Y aunque fue terrible para mí, a pesar de todo, iría a ese momento para abrazarla y besarla. Era inocente. Una niña eterna e inocente. Una pequeña muñeca a la cual vestir, peinar y adorar. Una niña con la cual jugar a ser padres. Tal vez jugamos demasiado. Quizás tuvimos una vaga esperanza que nos torturaría para siempre.


domingo, 7 de septiembre de 2014

Libres

Tarquin vuelve con sus notas románticas a Mona Mayfair. Ya empezamos señores, preparen el chubasquero que viene la miel... Aunque seamos sinceros, ¿de acuerdo? El chico lo hace muy bien.


Lestat de Lioncourt 


He visto tantos atardeceres a tu lado, percibido el rocío fresco de la noche empapando la hierba alta del Santuario y escuchado, a lo lejos, el murmullo de los grillos que he perdido la cuenta. Comprendo al fin la verdad y el honor que existe en sacrificar tu alma. Somos monstruos de hermosa apariencia, poseemos la vida eterna como maldición y fortuna, caminamos por el mundo buscando la liberación de la tortura más dulce que pueda imaginarse y capturamos el último momento de un moribundo. Hay quienes nos compararía con ángeles, otros con demonios y yo puedo decir que simplemente somos hijos de la noche, la sangre y la destrucción.

Hay una guerra interna. La sangre se agita y aviva. El poder oculto, tras nuestras simples facciones juveniles, es demasiado terrible. Somos nuevos gigantes entre los viejos compañeros. He visto doblegarse poderosos como si fueran simples peones. Él lo sabía. Tu padre inmortal, nuestro antiguo amigo, lo sabía.

Te has convertido en un ser libre, salvaje y apasionado. Has florecido. La vida que codicias no es tuya, tampoco mía, pero nos pertenece. Tus manos blancas, como si fueran parte del papel de los sueños, viajan por mi rostro y me observas con la profundidad de tus verdes mares. Somos los muñecos eternos de una tarta de bodas, girando sobre nosotros mismos como bailarinas de una caja de música, mientras el mundo cede a nuestros instintos primarios. Mis labios rozan tu cuello y mis manos provocan a tus caderas, puedes sentir las luces de neón sobre nosotros y el calor apabullante del sur. Observa, este es nuestro territorio y hemos venido a reinar entre caimanes, viejos recuerdos y pasiones clandestinas. Camina conmigo por el barrio francés y deja que todo pueda ocurrir.


No hay límites ni los habrá jamás. Las reglas pueden cambiarse. El amor nos consumirá mientras la noche cubre nuestras sangrientas pisadas. Mezcla tus deseos con la necesidad, entrelaza nuestras manos y corre conmigo. Corramos sin mirar atrás. Somos libres, siempre lo fuimos.  

lunes, 18 de agosto de 2014

Muerte misericordiosa

Ya llegó, ya está aquí, el pirómano de Louis... 

Lestat de Lioncourt 


Cada noche es el mismo ritual. Puedo sentir como todo a mi alrededor ha cambiado, aunque no lo aparenta. Puedo sentir las diferencias en el aire, el polvo acumulándose lentamente en la estantería y pequeños cambios en el mundo que afectan a nivel global a todos. Las sirenas pueden sonar durante horas corriendo por toda la ciudad, no importa si son de policía, bomberos o ambulancias. Alteran mis sentidos y me hacen dudar de mí mismo porque el sonido istriónico me afecta, como afecta a todos los que poseemos un fino oído. Aún así, aparento calma y escucho con atención el murmullo de las personas que me rodean.

Las amplias calles del centro de la ciudad, donde todos los turistas terminan cayendo en la diversión fácil, en conversaciones inútiles y risas enlatadas, me son bastante atractivas y son un lugar idóneo para conseguir mis víctimas. Ellos no lo saben, pero alguno puede morir hoy. Su mundo, el mundo de aquellos que conoce, cambiará de forma irreversible. Matar es un arte y yo soy la muerte. Soy la muerte que te ofrece belleza, consuelo y frialdad. Ya no soy como antes. No me duele ver un cadáver entre mis brazos, con sus ojos brillantes y su boca abierta exhalando su último aliento. No, no me duele. Ya para mí eso quedó en el pasado. Ellos son ganado y yo soy un depredador que no tiene escrúpulos.

No sé como será mi víctima. Ni siquiera tengo preferencias. Mis favoritos son aquellos que cometen delitos, que están llenos de maldad, y no porque sea un justiciero sino porque son fáciles de echar a un lado y que se olviden de ellos. Aún así, he tomado entre mis brazos a inocentes e incluso a jóvenes que comenzaban a vivir. Gente que simplemente tuvo la particularidad de estar ahí, verme a los ojos y saber que sería su último día en el mundo.


Antes medía mi aspecto. Elegía con gran mimo cada prenda. Pero ahora, me dejó llevar por aquello que me apetece. Mis cabellos no han vuelto a cortarse en semanas, mi aspecto es parecido al joven que fui. Hoy he decidido elegir una camisa blanca de lino, un chaleco negro y unos pantalones de vestir negros e impolutos, como mis zapatos. Visto como cualquier hombre de negocios que se olvidó la chaqueta. Hace calor, no me interesa sudar y mostrar el monstruo que soy. También hoy he decidido seguir a una joven que me recuerda a ella. Su piel tostada envolviendo sus prominentes curvas, sus pechos algo pequeños, sus labios suculentos pintados con un carmín llamativo y ese vestido blanco que la envuelve como si fuera un nardo. He podido verla durante más de una hora. He disfrutado de su risa, su mirada coqueta, palabras que he capturado al prestar atención a su conversación y esos tacones que repican sobre la acera son como campanas que me llevan al éxtasis. Hoy ella será mía y lo será para siempre. Caerá en mis brazos, me ofrecerá su sangre y su vida terminará en cuando deje de besarla. Una lástima, pero no ha cometido pecado alguno salvo parecerse a Merrick y despertar al monstruo desesperado que hay en mí.  

lunes, 9 de junio de 2014

Beautiful monster

Una noche de sed junto a Louis, eso es Bautiful monster... 


Lestat de Lioncourt 

La noche había caído con toda su intensidad y las diversas luces, las cuales salpicaban el perfil de la ciudad, ya brillaban con mayor fuerza que las propias estrellas. Sus ojos recorrían con cautela la silueta de cada mueble, posándose por unos instantes en la lámpara de queroseno que se encontraba encendida. El suelo estaba descuidado, las cortinas algo raídas y las paredes negras. El fuego había consumido parcialmente aquel hogar. Era una de las pequeñas viviendas que Lestat había adquirido y abandonado, pues él la había destrozado. Louis se había hecho con ella, para guardar sus numerosos libros y olvidarse allí, como si pudiera hacerlo, de todos los recuerdos que le perseguían como si fueran terribles fantasmas.

Se incorporó del sillón dejando el libro, que sostenía desde hacía rato entre sus manos, en una mesa pequeña y retorcida. Sus mocasines hicieron crujir las tablas de madera del suelo, como si fuera un viejo ataúd, y entonces decidió salir. Caminó hacia la puerta, giró el pomo y salió a la noche. El aroma del pantano cercano le provocó cierta nostalgia, pero sobre todo el dondiego que crecía a un costado de la propiedad.

Salió al jardín, acarició con la punta de sus dedos las hojas de las rosas, observó el camino empedrado de losas heterogéneas y se acercó a la valla. El hierro chirrió, igual que un trueno, provocando que sonriera. Sabía que buscaría una nueva víctima, la sed provocaba cierto ardor en su garganta y sus ojos verdes brillaban como los de un animal salvaje.

Louis ya no era el mismo. No era el filósofo y mártir. Hacía más de una década que no lloraba, no se lamentaba, no era nada más que colmillos y rabia. Se abrazó a sí mismo, sintiendo la fina tela de su camisa blanca, y echó a caminar por las calles aledañas a la propiedad. Los vehículos pasaban a su lado, los jóvenes se tropezaban con él sin siquiera prestarle atención, las farolas iluminaban levemente su piel algo tostada y su mirada se volvía más terrible. Finalmente, halló lo que buscaba.

Era una mujer delgada, de aspecto algo enfermizo, con el cabello rubio encrespado y los labios pintados con un tono rojo muy llamativo. Vestía con una falda corta, de tela jean, y una blusa anudada en sus pechos, que era del mismo tono que sus labios. Una puta cualquiera. De esas fulanas que te venden incluso su alma por una dosis de droga. Él sonrió, como cualquier pervertido sin escrúpulos, y la tomó del brazo llevándola a un callejón cercano.

Ella lo miró, como quien mira a un demonio, e intentó hacer su trabajo. Sin embargo, no era placer sexual lo que buscaba Louis. Él clavó sin piedad sus colmillos, traspasó la piel y la carne, para beber sin escrúpulos de ella. Lentamente dejó de tener fuerzas, cayó a sus pies como el envoltorio de un chicle y salió fuera. Con cuidado acomodó sus largos cabellos ondulados, sonrió y se lamió los labios pues aún sentía el calor delicioso de la sangre brotando entre sus dientes.

—Oh nuit, oh laisses encore à la terre. Le calme enchantement de ton mystère. L’ombre qui t’escorte est si douce—tarareó metiendo las manos en los bolsillos de sus pantalones—. Estúpida...—murmuró con una sonrisa cruel.



jueves, 22 de mayo de 2014

El rojo de la esmeralda

Tarquin Blackwood ha dejado un poema para Mona, y un pequeño mensaje, que es el siguiente. ¿Quieren leerlo? Seguro que sí.

Lestat de Lioncourt 


Si te dijera te amo te estaría engañando, pues lo que siento es mucho más intenso. Mis sentimientos están enlazados con mi alma hundiéndome, perdiéndome y ofreciéndome a la vez la libertad. Tú eres como una mariposa que ha decidido perdurar incluso en invierno, sobreviviste al destino y superaste a la muerte, por eso te has convertido en el símbolo de la fortaleza. Me has ofrecido tantas cosas sin saberlo, he caído mil veces y tú me has levantado. Por eso hoy, aquí y ahora, me arrodillo ante ti y ensalzo tu belleza con éste poema.


Rojo, como el fuego del hogar,
es tu cabello y tu pasión.
Rojo, como la sangre,
que ensancha y enloquece mi corazón.

Tú eres Ophelia Inmortal
surgida de las aguas de la muerte
y entre las sábanas de mi cama
donde yaciste convaleciente.

Aprendiste a respirar sin agua
y caminar sobre las llamas del dolor
para al fin alcanzar la libertad
y conferir a tus mejillas cierto rubor.

Rojo, como el vino de tus labios
y las manzanas prohibidas del paraíso.
Rojo, como la capa de amapolas
que rozaba tu cintura en brazos de Narciso.

Tú, ángel de fuego y magia, sonríes
con tus ojos de esmeralda de mi vergel...
buscando la verdad sin codicia
y la fuerza donde yace yermo el edén.

Te alzaste como Dafne sin laurel
pero con la fortuna regada a tus pies.
El día se hizo noche para siempre
y tomaste la vida de otros como si fuera miel.

Saborea todo mi Ophelia, hazlo.
Soy Abelardo, estoy esperando.
Soy aquel que entre sus brazos te alzó
y que siempre te ha estado buscando.


¡ROJO!  

viernes, 9 de mayo de 2014

Reglas Rotas. Parte 1

Reglas Rotas será una trilogía de memorias narradas por mí, Lestat de Lioncourt, para que comprendan que está sucediendo actualmente:

El príncipe y las Tinieblas
Caprichos 
Voces discordantes

EL PRÍNCIPE Y LAS TINIEBLAS 


Desconocía cuantos días hacía que me hallaba de nuevo en New Orleans. El aire cálido y la humedad pegajosa, el murmullo de French Quarter cargada de turistas en sus coquetas cafeterías y pubs, la sobriedad y belleza de las hermosas iglesias que se alzaban en silencio esperando que las almas, esas almas contaminadas como la mía, aún abrazaran la fe rezando en vano por la salvación y la maldad de las calles más oscuras, siniestras y abandonadas en los barrios más desfavorecidos.

Louis había echado a perder el débil lazo que aún manteníamos incendiando uno de mis apartamentos, justo la vivienda donde habíamos compartido alegrías y tristezas, como si no importara nada. Aquello fue terrible para mí. Sentí que nuevamente ardían mis deseos de venganza hacia él, al igual que mis escasos recuerdos.

Caminaba por la Rue Royale con mis ropas más elegantes, pues había decidido que la noche se abría a mí y debía gozarla como en los viejos tiempos. Quería alzar mis dedos hacia la luna, tocarla con la punta de éstos y echarme a reír. Había vivido ensombrecido por el dolor que me provocaba Rowan, pero la magia de la caza siempre me había hecho cerrar las heridas hasta que, cuando me resguardaba de la luz del sol, aparecían transformada en su voz áspera susurrándome cuánto me amaba. Los ojos de Rowan, su pequeña boca y sus manos finas acariciando mis cabellos no estaban allí, así que debía llenar el vacío con mi gran placer.

Había descubierto a un pobre idiota cuya vida de riquezas le obligaba a no mirar a su alrededor, así que iba sordo y ciego hacia la muerte. Prácticamente estaba por abrir mis brazos, echarme a reír y ofrecerle mi cobijo. Era un hombre de mediana edad, con el cabello negro ondulado y unos ojos verdes muy sugestivos. Sus rasgos eran duros y filosos, tal vez por el corte y el color de su pelo. Tenía el rostro blancuzco y barba de algunos días, pero aún así esa es la moda. Ir algo descuidado, seas mortal o no, para mí es una desfachatez. Puedo vestir con ropas más o menos exclusivas, tal vez algo estrafalarias, pero siempre con esmero y delicadeza. Su nombre era Dimas.

Podría decir que me agradaba Dimas. Llevaba más de tres días siguiéndole los pasos, sonriendo sus andanzas y celebrando su buen gusto. Había salido del teatro acompañado de una joven de gustos refinados, tacones de aguja y traje de escasa tela en color salmón. Parecía una muñequita frágil al lado de él, de hombros anchos y aspecto robusto. El nombre de su acompañante era Sara. Ella desconocía que el hombre del cual se había enamorado planeaba matarla, robar todas sus pertenencias y marcharse de la ciudad. Por supuesto él la había elegido meticulosamente, como la corbata azul cobalto y su magnífica camisa de seda, después de semanas investigando la fortuna que el padre de su enamorada, o más bien su estúpida víctima, había dejado a su única heredera.

Admiro a los ladrones como Dimas, pues se arriesgan y su alma es sumamente deliciosa cuando les clavo el diente. Creo que mis ojos brillaban tras los cristales de mis gafas de cristal violeta. Tenía una sonrisa de canalla incontestable y me sentía atraído como las moscas a la miel. ¡Caray! Él era el tipo que había soñado durante semanas. Una buena fechoría para éste demonio que disfruta lanzando miserables al infierno, aunque el infierno no es para nada grato en éstos días ni en ninguno.

Bien, él había planeado todo. Ella desaparecería vendiendo todas sus acciones, edificios de oficina y cualquier vivienda salvo la principal; pues la principal pertenecía a su familia y aún vivía su tía. ¿Por qué lo haría? Por miedo a su próxima boda. Ella escaparía así de su guapo, elegante, maduro y sobrio prometido mientras él estaba de viaje a una de sus plantaciones de café en Colombia. ¡Toda una tragedia! Y para ello se necesita ingenio. ¿Ven por qué me gustan los villanos?

La joven se marchó al hotel a descansar, pero él decidió quedarse en un bar cercano tomando uno de los cócteles especiales que estaban ofreciendo a la clientela más selecta. El Maison Bourbon tiene fama entre los jóvenes, aunque no sé si le durará demasiado tiempo o será tan fugaz como cualquier moda que surge hoy en día, y él decidió internarse entre la clientela habitual.

—Bonsoir mon ami—dije aproximándome a él para quedarme cerca de la barra junto a él.

—¿Nos conocemos?—susurró intrigado observando mi traje negro, mi corbata lavanda y mi camisa blanca impoluta. Creo que le llamó poderosamente la atención los diamantes de mis gemelos, aunque podría ser cualquier otra cosa. Tenía el cabello largo, bien peinado y recogido en una coleta. Él parecía deslucido a mi lado, pero creo que eso no le importó.

—Oh, hemos tropezado en varias ocasiones—comenté tomándome la libertad de sentarme a su lado.

—¿Nos han presentado? Si nos hubiesen presentado... —murmuró.

—Se acordaría ¿verdad?—dije echándome a reír ocultando con cuidado mis colmillos—. Verá, me encanta conversar con empresarios y nuevos inversores. Soy un empresario destacado en la zona y Sara me ha invitado a varias de sus estrafalarias, divertidas y carismáticas reuniones... Todo un acontecimiento perfecto para que se diviertan ancianitas haciendo croché.

Él se rió por mi sarcasmo y pude notar como se sentía intrigado. Estaba seduciéndolo con mi carisma sin trucos oscuros, aunque pronto acabaría la función. Deseaba llevarlo lejos de la vista del barman que nos miraba esperando que pidiésemos algún licor, cóctel o simplemente un refresco como buenos chicos.

—Si le soy sincero... a veces me duermo en esas reuniones sociales—explicó a modo de cortés disculpa.

—No se preocupe Dimas, no se preocupe—noté su sorpresa al saber su nombre, pero eso sólo lo atrajo más—. Quisiera hablarle de un negocio que tengo entre mis manos ¿me acompaña?—pregunté incorporándome para caminar hacia uno de los huecos más oscuros y ocultos, justo donde los enamorados van a besarse y los hombres de negocios hacen jugadas arriesgadas.

Él me siguió, por supuesto. Se quedó a mi lado y yo usé mis dones para poder tocar su rostro, observar sus facciones muy de cerca, y prácticamente sentir su respiración pegada a mi aliento frío.

—Dimas, el ladrón—dije entusiasmado—. ¿Irás a reunirte con Dios amigo mío? Pues creo que aunque seas ladrón no eres bueno, al menos no en el sentido estricto. ¿Quieres arrepentirte de tus pecados?—él me miraba ensimismado y rápidamente, con elegancia, ataqué.

Bebí de él como si simplemente le hiciese una confidencia, cerré los orificios y dejé que su cuerpo cayera hacia delante como si se encontrara en un profundo estado de embriaguez. Después me marché a la barra y pedí champán, aunque no lo bebería, pero debía celebrarlo.

—Mi amigo no ha durado demasiado... ah... que pena—murmuré como si brindara a salud del camarero y luego solté la copa para marcharme tras dejar una cuantiosa propina, pues siempre soy generoso.

Me marché sintiendo la noche pesada de nuevo, con la fragancia de los naranjos en flor y las plataneras. Metí mis manos en los bolsillos del pantalón y caminé rumbo a Jackson Avenue. Era un paseo de algo más de media hora, pero me encantaba observar mi hermosa ciudad. Siempre he sentido que pertenezco a éste lugar aunque naciese en Francia y mi aventura, como mortal y luego como inmortal, se desarrollara por París y otras ciudades Europeas.

Entonces tuve una extraña sensación. Alguien, o mejor dicho algo, no humano me seguía. Al girarme vi a un joven alto, bien vestido y con un corte de pelo similar al de Quinn, aproximarse a mí con una sonrisa bonachona y largas zancadas. Cuando quedó a mi altura noté que no era un vampiro, como imaginaba, y tampoco un brujo.

—¡Lestat!—gritó abrazándome—. ¡Lestat! ¡Eres Lestat! ¡Mi padre me ha hablado tanto de ti! ¡Por el amor de Dios! ¡Tú eres Lestat!—decía dándome besos en las mejillas y comportándose casi como un niño.

—¡Alto!—grité dejando cierta distancia al tener mis brazos extendidos—. Eres una de esas criaturas... de esos...

—Taltos, la palabra idónea es Taltos—dijo con una sonrisa ilusa en sus enormes ojos azules.

—¿Eres hijo de Oberon? Dime, ¿dónde se encuentran? Ni siquiera ellos quedan en el hospital y siento que... Oh, Rowan... ¿le ha pasado algo a ella?

—No te angusties—se echó a reír y me abrazó de nuevo—. Madre y padre no son quienes crees. Rowan hizo un milagro y madre fue de nuevo bendecida con el amor de un hijo y...

—¡Alto!—dije de nuevo alejándome con cierto temor— ¿Quién eres?

—Alvar Mayfair, hijo de Tarquin Blackwood y Mona Mayfair. ¿No notas el parecido?—creo que en ese momento palidecí. Demonios, sentí como si el mundo girase demasiado rápido y sintiera que algo no estaba bien.

Deseé gritar, maldecir, aporrear las puertas de todos los edificios y explotar en llanto. Rowan me había dicho que había cosas terribles, que Julien quería poner patas arriba todo y me había obligado a marcharme después de estar poco más de media hora en su compañía.


—¡Tarquin siempre cumpliendo los malditos caprichos de esa arpía!—grité furioso marchándome de allí, siendo para todos una ráfaga de aire, pues necesitaba ver a mi hermanito y que me aclarara el motivo de porqué hacer algo tan estúpido.  

sábado, 12 de abril de 2014

My liberty

Bonjour mes amis

Espero que la felicidad les acompañe en este hermoso fin de semana. Dicen que hará buen tiempo durante gran parte de la gran semana cristiana. La pascua ya está aquí así que les deseo a los creyentes lo mejor en sus días de meditación y a los que no creen pues buenas playas, cervezas en las terrazas y mucha diversión. 

¡Qué todos nos lo pasemos bien!


Y bueno, pasando a otro término, aquí dejamos otra poesía de Avicus que no volverá a publicar nada hasta la semana que viene. ¿Por qué? Creo que tendrá que tomar fuerzas para su fic. 

Lestat de Lioncourt

Abrí mis brazos como ramas
estirando mis dedos hasta el cielo
mientras el sonido del viento
parecía doblegarme con su encanto.

Quedé fascinado por los aromas
que transportaba la brisa...
era el perfume de la añorada libertad
que ya no tenía sentido en mi vida.

Fue tu sangre derramada en mis labios
la que me recordó que seguía vivo
y que podía poco despertar
de ésta pesadilla sin sentido.

Por favor, no te marches sin mí.
Por favor, piensa en tus pasos.
Por favor, medita por ambos.
Por favor, ¿qué haré sin ti?

Whispers, dreams and blood.
My liberty.

Agradecido besé tus pies
y coloqué en mi cabeza una corona...
las flores comenzaron a surgir
sin espinas y con pétalos carnosos.

Eran tus labios los que creaban el milagro
y el amor surgió de entre tus cristalinas aguas
que inundaban tu frívola mirada.
Tan sabio y perverso, tan libre y encadenado.

Fue tu voz quebrada por la emoción
la que me hizo despertar de la pesadilla,
y el bombeo incesante de tu joven corazón
el que doblegó al Dios que yacía en mi interior.
Por favor, no te marches sin mí.
Por favor, piensa en tus pasos.
Por favor, medita por ambos.
Por favor, ¿qué haré sin ti?

Whispers, dreams and blood.

Your god.  

jueves, 6 de febrero de 2014

The "merciful" death

Bonsoir

The "merciful" death es un texto que narra Louis de una de sus noches de caza. ¿Quieres descubrir en qué se ha convertido nuestro mártir?

Lestat de Lioncourt


La noche había caído como un telón lleno de estrellas. Al fin el cielo encapotado de New Orleans había desaparecido, pero el ambiente húmedo y fresco perduraba. Las fachadas estaban más limpias que nunca, pero también más sombrías. El raro invierno de días fríos alternados por otros más suaves, las tormentas eléctricas y las lluvias abundantes tenían a los ciudadanos algo desconcertados. Estaba siendo un invierno duro. Uno de esos inviernos que uno prefiere pasar frente a una estufa o brasero leyendo un libro o viendo la televisión hasta caer rendido. Y así cada noche. Como si todos fueran cucarachas esperando una gloriosa metamorfosis. Sí, así era.

Louis aún seguía durmiendo ocasionalmente en un ataúd. Allí se sentía más cómodo y más cercano a sí mismo. Era extraño que un vampiro dejara las viejas costumbres, pero poco a poco todos se habían acostumbrado a dormir en lugares oscuros sin meterse entre tablones. Surgía de su rincón favorito, junto a uno de sus más elegantes ataúdes, donde había sentido la vulgar y primaria necesidad de matar.

Se abrazó a sí mismo saliendo del cementerio, el cual parecía lúgubre pero encantador. Los ángeles de piedra parecían llorar por la inocencia perdida, los derrumbados sobre las tumbas se quejaban de la miseria que en él aún anidaba y esa melancolía perpetua de sus ojos, tan humanos a veces, recorrían los que alzaban sus brazos al cielo preguntándose si Dios acabaría con todos de una maldita vez.

Ya no había melancolía en su vida y a decir verdad los sentimientos más apesadumbrados, grotescos e incluso suicidas, se habían evaporado con la nueva sangre que corría por sus venas. Pero era sangre lo que quería ahora. Una sangre distinta. La sangre de cualquiera. Un líquido rojo y cálido que le hiciera volver a tener un aspecto delicado, sonrosado e incluso animado por una chispa de locura.

Sus pies le llevaron rumbo al viejo barrio francés. Allí donde Lestat aún cazaba y se divertía, el mismo donde Julien había hecho sus correrías y donde cualquier habitante de New Orleans había pisado aunque fuese una vez en su vida. Un barrio en decadencia y a la vez lleno de gloria. Los misterios que se guardaban tras las puertas de aquellas casas eran sin duda atractivas. Pero no era allí, él quería ir más allá y caminó hacia la calle Bourbon.

Allí, bajo un luminoso, una chica paseaba con sus botas altas de tacón de aguja y una pequeña falda que a penas cubría sus ingles. Llevaba un abrigo de talle corto que rozaba el final con su cintura y con un cuello de piel sintética descuidada. Sus cabellos rizados caían sobre su rostro mientras se miraba en un pequeño espejo. Pintaba con desgana sus labios sintiendo el discurrir lento de algunos vehículos.

Louis decidió cruzar y aproximarse. Ella lo miró largamente con aquellos zapatos algo sucios de fango, pero caros, con unos pantalones de vestir de tela gruesa negros y un chaleco verde a juego con sus ojos. La camisa blanca de Louis no tenía corbata que la acompañara, pero el blanco resplandeciente jugaba con las tonalidades de las luces. El abrigo de cuero de tres cuartos negros era el único tono discorde, pero hacía frío y era bueno aislando la humedad.

No tuvo que decir nada. Ambos caminaron mientras ella sentía la seducción letal de aquel asesino. Él sonreía con encanto y sin decoro. La llevó a un callejón oscuro, algo estrecho y de escaso tránsito donde la rodeó por la cintura, besó su cuello con sensualidad y abrió su abrigo. Tenía los pechos envueltos en sujetador de satén azul, el cual rompió y hundió su rostro entre sus senos. Sintió la cálida oleada de calor que estos desprendían, su aroma femenino y la sangre brotar de la herida que rápidamente le hizo.

Pronto ella cayó al suelo desplomada sin siquiera la marca de los orificios de los colmillos de Louis, pues había usado su propia sangre para cerrar la herida. Ni una gota derramada, ni un grito, ni un remordimiento y ni mucho menos demasiado tiempo para deleitarse con su compañía.


Louis salió del callejón abandonándola como si fuera desperdicio y miró la luna enorme, majestuosa y sensual. Deseó volar hacia ella, pero eso era imposible y cosas que sólo un soñador quiere. Negó con la cabeza, se llevó las manos a los bolsillos y decidió comprar un nuevo libro para terminar de añadir una guinda a su encantadora velada.  

lunes, 4 de noviembre de 2013

¿Qué es la inmortalidad? By Lestat de Lioncourt

¿Qué es la inmortalidad?

La inmortalidad puede verse como una carga o una liberación. La liberación de cualquier estatus moral que cae sobre nuestras espaldas y una forma única para experimentar los límites. Sin embargo, no siempre ha sido así y no siempre será de ese modo. Uno aprende que con el paso de los años la carga cae de nuevo como una pesada losa y te atrapa. Necesitas saber más y te angustia que todo aquello en lo que creías se desmorona. Comprendes entonces que tus conocimientos son limitados, pese a tener toda la inmortalidad para avanzar entre las sombras y atrapar cualquier atisbo de poder.

Aprendes durante este arduo camino que allá donde vayas estarás marcado y desearás ser comprendido, pero la comprensión no viene llenando la soledad de compañía. A veces ni la mejor compañía se hace soportable. El silencio que puede crearse entre dos seres como nosotros, las miradas indiscretas y la sutil sonrisa puede provocar que entremos en cólera. No nos soportamos mucho tiempo y menos entre creador y creado.

¿Qué hacer entonces? Vivir como si en cada momento pudieras morir. Dejarte arrastrar por la locura y disfrutar de cada momento de placer que se anteponga. No dejen cualquier oportunidad sin saborear. Busca aventuras e intenta seducir al peligro, e incluso a la propia muerte.

¡La inmortalidad es un regalo envenenado y que debes saber gozarlo!


Lestat de Lioncourt

jueves, 3 de octubre de 2013

Blood and Green

Si recuerdas el primer murmullo,
las viejas y hechiceras canciones
y los árboles de frondosas copas.
Si lo haces tal vez fuimos hermanos.

Poema: Blood and Green 

Autor: Avicus (usuario) Jardín Salvaje



En ésta nueva y vibrante vida
la noche luce demasiado hermosa
y las estrellas decoran todo.
Tal vez esto sea lo mejor.

Quiero arder bajo el sol
pero éste ya no daña mi piel
y mis ojos son tan oscuros
como los conjuros que me lanzaste.

El orgullo ya no existe
y las raíces están podridas.
El hermoso paraíso es un pantano
y los druidas mueren intentando salvarlo.

Caeremos todos, sí caeremos
en lo profundo de las aguas turbias.
Caeremos hasta perder la conciencia
y olvidaremos nuestros nombres.

¿Habrá vida en lo profundo?
¿Existirán amaneceres que pueda contemplar?
¿Estoy vivo? ¿Aún estoy vivo?

Tal vez sólo es una ilusión.  

domingo, 13 de enero de 2013

Una gota





Una gota, tan sólo una gota, cayó de sus labios hacia la camisa de blanca de algodón. Sus ojos eran los de un animal herido que deseaba huir rápidamente de las calles. Sentía como mil ojos lo observaban aunque sólo estaba él, el desconocido que yacía cerca de sus botas, y la locura que siempre le había acompañado. Su propia voz le gritaba que estaba loco, pero él sabía que la locura no era el mayor de sus problemas.

Corría sin cesar, como si miles de perros enloquecidos corrieran tras él. Sus pisadas cada vez eran menos estables, el agua de la lluvia hacía imposible correr sin sentir que te caías de bruces. Un charco, otro, y otro más. El sonido del agua salpicando por todas partes, y aquella única gota en su camisa le preocupaba más que la lluvia que se avecinaba.

“¿Quién era él? ¿Qué quería en esta vida? ¿Cuál eran sus metas? ¿Esa niña de su mente aún seguiría siendo así de hermosa? ¿Por qué lo amé mientras lo mataba? ¡Ese amor! ¿Por qué sentí amor? ¿Por qué tuvo que toparse con ese hombre mi sed? ¿Por qué? ¡No puedo más! ¡Había jurado no romper las reglas del maestro! ¡Pero ah! ¡Ahí estaba el crimen! ¡Criminal! ¡Criminal! ¡Eres un maldito criminal! ¡No sabes seguir las reglas! ¡Mereces que te expongan al sol hasta que este haga que prendas como una antorcha! ¡Muere miserable! ¡Idiota! ¡Maldito idiota! ¡Criminal!”

Entre reproches cayó al suelo y su cabello rojizo cayó como lienzo sobre su rostro. La lluvia empezó a caer como si descargara toda la rabia contra él. Sus lágrimas sanguinolentas surgieron manchando sus mejillas jugando con la tonalidad de su melena. Su camisa se pegaba a su torso y su espalda, sus pantalones negros ajustados de cuero estaban empapándose del mismo modo que sus calzoncillos, y sus botas estaban cubiertas de barro.

-Levanta.

Escuchó la voz fría y firme de su maestro, después sus manos sobre sus hombros asiéndolo para que se alzara. Apretó sus hombros entre sus dedos, lo miró desafiante y escupió las palabras más crueles que se pueden decir a un hijo.

-Eres despreciable, un inútil. ¿Quieres que nos maten a todos? ¡Eso pretendes!

El muchacho no tenía más de dieciséis años cuando fue creado tan sólo hacía unas noches. Su maestro le había hablado de las reglas durante horas, incluso fue a cazar con él las primeras noches, pero esta era la prueba final. Los ojos pardos del joven se llenaban de lágrimas más gruesas que le impedían ver.

Yo estaba allí y no hice nada por impedir que lo abofeteara, sin embargo mi presencia alertó a su maestro. Era un hombre robusto de ojos verdes, tenía el cabello negro y espeso, con una mandíbula firme y unos labios algo gruesos. Su aspecto era el de un hombre de aproximadamente cuarenta años, con buenas ropas, y limpio. Todo él olía a una colonia masculina y sutil.

-¿Qué clase de imbécil crea a un niño como mascota y luego no sabe educarlo?-pregunté clavando mis ojos violetas en él.-¿Qué clase de imbécil trata así a un chiquillo que no sabe ni ponerse en pie solo? ¡Ah! Espera.-reí encogiéndome de hombros para luego relajarme, aunque no así mis ojos severos.-Usted, usted es tan imbécil que ha creado a un niño y pretende que sea el mejor vampiro de la historia. Lo lamento, ese puesto es mío.-di un par de pasos hacia ellos y alejé al muchacho agarrándolo por la cintura.-Si no le importa me lo llevo.-me alcé por los aires ante sus ojos atónitos.

Aquel miserable no tenía el don de volar, ni siquiera era bueno leyendo las intenciones en otro de los suyos. ¿Dónde llevaba al muchacho pelirrojo? Me recordó a cierto idiota que inevitablemente aprecio y lo dejé en la puerta del Maestro, él sabría que hacer. Veía en él un chico asustado como un ratón pero listo, alguien que sería sin duda un buen discípulo. Un discípulo mucho mejor que yo.  

sábado, 12 de enero de 2013

Jardín Salvaje





¿Y si te digo que te amo?
¿Me creerías? ¿Me amarías?
Oh, ángel mío, abre tus inocentes alas.
¡Ven conmigo al Jardín Salvaje!

Te haré dueña de mi locura,
te arrancaré el dolor y te besaré.
Caminarás descalzas entre rosas
y te haré bailar bajo la noche.

¡Las campanas ya están sonando!
¡Pronto vendrán a por ti!
¡Por favor! ¡Rezan por nuestras almas!
¡Ven amada mía! ¡Ven al Jardín!

¿Me creerías si te digo que te deseo?
Eres una flor salvaje que anhelo,
quiero tenerte prendida de mi ojal
y hacerte bailar como muñeca de caja musical.

¡Oh! ¡Ven conmigo y camina por el fango!
En este mundo lleno de miseria y dolor,
tú y yo amada mía, sólo tú y yo.
Te convertiré en mi víctima perfecta.

¿No quieres ser amada? ¿Por qué no?
Dame tu sangre y yo te devolveré
besos suaves por tu fría piel
para que vuelvas a la vida una vez más.

¡En el Jardín salvaje hay criaturas hermosas!
¡Las mismas que tienen horribles sombras!
¿Por qué no me crees? ¡Créeme!
Yo soy el hombre capa y colmillos.

¿Y si te digo que te adoro?  

jueves, 10 de enero de 2013

Bebe



Bebe

Muerde su atrevido cuello,
desangra la decadente cortesía.
Hunde con placer tu instinto
y aspira profundamente la libertad.

Vístete con elegancia
de flores marchitas de satén.
Sonríe a la noche, muchacho,
y húndete en la extravagancia.

Agarra a tus víctimas
en este Jardín Salvaje...
de flores rojas y silvestres
que parecen cantar en tu oído.

Bebe de ellos, son débiles.
Bebe porque vivirás eternamente.
Acepta el trato, eres la muerte
también un demonio vestido de ángel.  

sábado, 22 de noviembre de 2008

ROJO -Publicidad-

Por motivo de que mi muso reapareció y que mis otras novelas estan en stand by por que no se me ocurre nada más que hacerlos sufrir en exceso y que eso no viene ni al tema de la trama original. XDD...

He decidido junto con Lestat, hacer una novela nueva, llena de sangre y sexo...

Algo que haga que el viejo lema de los Rollings Stones, sea digna de ser escuchada y renovada...

Del viejo: SEX, DRUGS & ROCK N' ROLL!!

Al : SEX, BLOOD & GOTH N' ROLL!!!!

El nombre de este trabajo sera ...

ROJO

ya que en esa palabra y en ese color se reunen todas las caracteristicas que queremos enfocar en nuestra historia.

Esperamos el apoyo de muchos de ustedes en este proyecto.

Aqui, les dejo la direccion del blog, donde publicaremos la obra.

Clik aquí

Bloddy Kisses

Nerissa

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Mi vena retorcida, la cual no conocen, va a surgir y de que forma. Ya presenté a mi personaje principal y que será el vocalista de una banda.

Es que odio como están tratando a los vampiros actualmente...adolescentes que corretean por el mundo hablandose de amor...¡SANTO DIOS QUE ASCO!

Deseamos algo distinto y creo que lo podemos conseguir. Abrimos un blogger porque lo puede leer todo el mundo, comentarlo facilmente y sobretodo porque podemos colgar música junto a imágenes ... además de publicar ilimitadamente.

Nos haremos llamar dioses de la sangre...porque ella, la de todos vosotros pequeñas y estúpidas criaturas mortales, van a ser derramada a manos de nuestros vampiros.

un saludo

Lestat

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Vayan y lean el macabro musical de alaridos que les estamos regalando

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt