Ya llegó, ya está aquí, el pirómano de Louis...
Lestat de Lioncourt
Cada noche es el mismo ritual. Puedo
sentir como todo a mi alrededor ha cambiado, aunque no lo aparenta.
Puedo sentir las diferencias en el aire, el polvo acumulándose
lentamente en la estantería y pequeños cambios en el mundo que
afectan a nivel global a todos. Las sirenas pueden sonar durante
horas corriendo por toda la ciudad, no importa si son de policía,
bomberos o ambulancias. Alteran mis sentidos y me hacen dudar de mí
mismo porque el sonido istriónico me afecta, como afecta a todos los
que poseemos un fino oído. Aún así, aparento calma y escucho con
atención el murmullo de las personas que me rodean.
Las amplias calles del centro de la
ciudad, donde todos los turistas terminan cayendo en la diversión
fácil, en conversaciones inútiles y risas enlatadas, me son
bastante atractivas y son un lugar idóneo para conseguir mis
víctimas. Ellos no lo saben, pero alguno puede morir hoy. Su mundo,
el mundo de aquellos que conoce, cambiará de forma irreversible.
Matar es un arte y yo soy la muerte. Soy la muerte que te ofrece
belleza, consuelo y frialdad. Ya no soy como antes. No me duele ver
un cadáver entre mis brazos, con sus ojos brillantes y su boca
abierta exhalando su último aliento. No, no me duele. Ya para mí
eso quedó en el pasado. Ellos son ganado y yo soy un depredador que
no tiene escrúpulos.
No sé como será mi víctima. Ni
siquiera tengo preferencias. Mis favoritos son aquellos que cometen
delitos, que están llenos de maldad, y no porque sea un justiciero
sino porque son fáciles de echar a un lado y que se olviden de
ellos. Aún así, he tomado entre mis brazos a inocentes e incluso a
jóvenes que comenzaban a vivir. Gente que simplemente tuvo la
particularidad de estar ahí, verme a los ojos y saber que sería su
último día en el mundo.
Antes medía mi aspecto. Elegía con
gran mimo cada prenda. Pero ahora, me dejó llevar por aquello que me
apetece. Mis cabellos no han vuelto a cortarse en semanas, mi aspecto
es parecido al joven que fui. Hoy he decidido elegir una camisa
blanca de lino, un chaleco negro y unos pantalones de vestir negros e
impolutos, como mis zapatos. Visto como cualquier hombre de negocios
que se olvidó la chaqueta. Hace calor, no me interesa sudar y
mostrar el monstruo que soy. También hoy he decidido seguir a una
joven que me recuerda a ella. Su piel tostada envolviendo sus
prominentes curvas, sus pechos algo pequeños, sus labios suculentos
pintados con un carmín llamativo y ese vestido blanco que la
envuelve como si fuera un nardo. He podido verla durante más de una
hora. He disfrutado de su risa, su mirada coqueta, palabras que he
capturado al prestar atención a su conversación y esos tacones que
repican sobre la acera son como campanas que me llevan al éxtasis.
Hoy ella será mía y lo será para siempre. Caerá en mis brazos, me
ofrecerá su sangre y su vida terminará en cuando deje de besarla.
Una lástima, pero no ha cometido pecado alguno salvo parecerse a
Merrick y despertar al monstruo desesperado que hay en mí.
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