Bien, Armand ha decidido ir a buscar a Marius y esto es lo que obtuvo. Creo que no se aproximará en mucho tiempo a su Maestro, aunque eso no lo tengo claro.
Lestat de Lioncourt
Hoy he ido a su encuentro decidido a
enfrentar su fría mirada, sus gestos milimétricos y para nada
compasivos, con esa soberbia arrogancia que tienen los hombres
santos, sabios y olvidados por el tiempo. La muerte se olvidó de él
hace tanto que él ha olvidado el temor a ésta, a vivir la vida como
una serie de historias que nos conmueven. Aunque realmente estamos
muertos y tenemos la eternidad en nuestras manos, acunándolas como
un niño recién nacido al que apreciamos y a la vez aborrecemos.
Tenemos miedo, pero no lo aceptamos. El sonido del silencio siempre
cae sobre nosotros como una tormenta incapaz de controlarse, pero es
algo a lo que te acostumbras y terminas tomando como la canción que
te llevarás cada noche a tu refugio esperando el sol, la vida y el
encuentro con los sueños más osados y terribles.
Él es distinto. El universo se
confabuló contra mí para crear una trágica comedia llena de un
perturbador romance, una atracción instintiva hacia el peligro y la
lujuria. Me contaminó con su dedo del destino, impulsándome hacia
él y dejando que me atrapara. Soy víctima de las circunstancias y
del deseo. Un deseo que no puedo controlar en absoluto. Recé frente
a él, oré por su amor y caí del mismo modo que un ángel contra el
frío mármol de la sala del Juicio Final.
Recuerdo su tacto fresco, tan suave y
divino, que se convirtió en la mano de Dios. Él era el Señor, mi
Maestro, el hijo del Padre que vino a salvarme y a conducirme a una
dulce victoria hacia la muerte. Sin embargo, era más bien un
monstruo de divina apariencia que me arrancó el aliento, me sedujo
con palabras sucias y delicadas, hasta adentrarme por los canales de
una Venecia que hoy está perdida. Sus besos en mi cuello, sus labios
rodeando los míos y su lengua seduciendo más allá de los límites
permitidos, me hizo sentir al fin libre. Sus dedos se hundieron entre
mis muslos, abriéndolos para él, mientras sus ojos asechaban mis
pezones duros y rosados. Era un niño infectado por el hambre, la
miseria y la desmemoria.
Habían llegado a pensar que estaba
mudo y loco, otros que era un espécimen perfecto de hembra con el
cual jugar como si fuera el divino pecado. Él creyó que era la
perfecta concepción de un ángel, con mi cabello rojizo cayendo
desparramado sobre su almohada con bordado de oro. Pero sólo era un
joven que esperaba tocar el cielo aquella noche, como todas las demás
restantes. Y lo hice. Sentí el cielo llegando a mí, con toda su
belleza cubriendo mis heridas gracias a sus dedos, besos y lamidas.
Por primera vez no me forzaron, sino que me ofrecí.
Jamás me he arrepentido tanto como
ésta noche en ir a buscarlo. Hace siglos que me perdió y jamás
intentó recuperarme. Siempre ha rondado en mis sueños,
apareciéndose como la viva imagen de la esperanza. Era mi
rescatador, mi Pastor de Almas perdidas, y aún así no lo fue en
esos días oscuros, temibles y grotescos. Me arrastré por el mundo
con la soledad encadenada a mi garganta, llorando mis pecados y
desesperado por ser de nuevo Amadeo. Siempre quise volver a ser
Amadeo, pero él no oyó mi súplica y se centró en sus caprichos,
sus victorias personales y sus estúpidos bajos deseos. Me convertí
en la sombra de lo que fui y aún así, cuando lo tengo frente a mí,
vuelvo a ser Andrei el niño perdido, el mudo ante los golpes, y el
idiota que aceptó que le bañara, vistiera con sedas y oro, para
finalmente desnudarme en su lecho provocando mi placer.
Hemos discutido acaloradamente en los
últimos años. He visto en él mentiras crueles, trucos sucios para
ocultar su soberbia y malicia, y aún así he corrido a sus brazos
deseando que me sujetara como tiempo atrás. Me he dejado tocar como
cualquier furcia, he gritado su nombre entre gemidos de placer y me
he permitido el lujo de soñar con otra vida distinta. La vida que
hubiese tenido Amadeo, y no la que vivió el líder de la Secta...
Armand.
Hoy, como siempre, he gritado su nombre
y he rogado que olvide nuestras rencillas. No he pedido perdón, pues
no era mi culpa. La última vez que nos habíamos visto me torturó
con palabras crueles, gestos aún más aberrantes y besos que me
sabían a hiel. Quería olvidarlo con la sensación de sentirme
abrigado entre sus brazos, con sus nobles poesías sobre sus viejos
dioses en los cuales jamás creyó y el murmullo de sus dedos rozando
mi piel. Lo único que obtuve fue una sonora bofetada y una mirada
firme. No me permitió siquiera rozar el borde de su túnica. Me echó
de su palazzo como si fuera un indeseable. Ahora me encuentro dolido,
subido al borde de uno de los numerosos puentes y observando las
góndolas ir y venir. Sé que está cerca, ésta vez me está
buscando, pero no creo ir a su encuentro. Ya he llorado suficiente,
me he perdido de nuevo y necesito encontrarme antes que él me toque.
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