Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

viernes, 9 de mayo de 2014

Reglas Rotas. Parte 1

Reglas Rotas será una trilogía de memorias narradas por mí, Lestat de Lioncourt, para que comprendan que está sucediendo actualmente:

El príncipe y las Tinieblas
Caprichos 
Voces discordantes

EL PRÍNCIPE Y LAS TINIEBLAS 


Desconocía cuantos días hacía que me hallaba de nuevo en New Orleans. El aire cálido y la humedad pegajosa, el murmullo de French Quarter cargada de turistas en sus coquetas cafeterías y pubs, la sobriedad y belleza de las hermosas iglesias que se alzaban en silencio esperando que las almas, esas almas contaminadas como la mía, aún abrazaran la fe rezando en vano por la salvación y la maldad de las calles más oscuras, siniestras y abandonadas en los barrios más desfavorecidos.

Louis había echado a perder el débil lazo que aún manteníamos incendiando uno de mis apartamentos, justo la vivienda donde habíamos compartido alegrías y tristezas, como si no importara nada. Aquello fue terrible para mí. Sentí que nuevamente ardían mis deseos de venganza hacia él, al igual que mis escasos recuerdos.

Caminaba por la Rue Royale con mis ropas más elegantes, pues había decidido que la noche se abría a mí y debía gozarla como en los viejos tiempos. Quería alzar mis dedos hacia la luna, tocarla con la punta de éstos y echarme a reír. Había vivido ensombrecido por el dolor que me provocaba Rowan, pero la magia de la caza siempre me había hecho cerrar las heridas hasta que, cuando me resguardaba de la luz del sol, aparecían transformada en su voz áspera susurrándome cuánto me amaba. Los ojos de Rowan, su pequeña boca y sus manos finas acariciando mis cabellos no estaban allí, así que debía llenar el vacío con mi gran placer.

Había descubierto a un pobre idiota cuya vida de riquezas le obligaba a no mirar a su alrededor, así que iba sordo y ciego hacia la muerte. Prácticamente estaba por abrir mis brazos, echarme a reír y ofrecerle mi cobijo. Era un hombre de mediana edad, con el cabello negro ondulado y unos ojos verdes muy sugestivos. Sus rasgos eran duros y filosos, tal vez por el corte y el color de su pelo. Tenía el rostro blancuzco y barba de algunos días, pero aún así esa es la moda. Ir algo descuidado, seas mortal o no, para mí es una desfachatez. Puedo vestir con ropas más o menos exclusivas, tal vez algo estrafalarias, pero siempre con esmero y delicadeza. Su nombre era Dimas.

Podría decir que me agradaba Dimas. Llevaba más de tres días siguiéndole los pasos, sonriendo sus andanzas y celebrando su buen gusto. Había salido del teatro acompañado de una joven de gustos refinados, tacones de aguja y traje de escasa tela en color salmón. Parecía una muñequita frágil al lado de él, de hombros anchos y aspecto robusto. El nombre de su acompañante era Sara. Ella desconocía que el hombre del cual se había enamorado planeaba matarla, robar todas sus pertenencias y marcharse de la ciudad. Por supuesto él la había elegido meticulosamente, como la corbata azul cobalto y su magnífica camisa de seda, después de semanas investigando la fortuna que el padre de su enamorada, o más bien su estúpida víctima, había dejado a su única heredera.

Admiro a los ladrones como Dimas, pues se arriesgan y su alma es sumamente deliciosa cuando les clavo el diente. Creo que mis ojos brillaban tras los cristales de mis gafas de cristal violeta. Tenía una sonrisa de canalla incontestable y me sentía atraído como las moscas a la miel. ¡Caray! Él era el tipo que había soñado durante semanas. Una buena fechoría para éste demonio que disfruta lanzando miserables al infierno, aunque el infierno no es para nada grato en éstos días ni en ninguno.

Bien, él había planeado todo. Ella desaparecería vendiendo todas sus acciones, edificios de oficina y cualquier vivienda salvo la principal; pues la principal pertenecía a su familia y aún vivía su tía. ¿Por qué lo haría? Por miedo a su próxima boda. Ella escaparía así de su guapo, elegante, maduro y sobrio prometido mientras él estaba de viaje a una de sus plantaciones de café en Colombia. ¡Toda una tragedia! Y para ello se necesita ingenio. ¿Ven por qué me gustan los villanos?

La joven se marchó al hotel a descansar, pero él decidió quedarse en un bar cercano tomando uno de los cócteles especiales que estaban ofreciendo a la clientela más selecta. El Maison Bourbon tiene fama entre los jóvenes, aunque no sé si le durará demasiado tiempo o será tan fugaz como cualquier moda que surge hoy en día, y él decidió internarse entre la clientela habitual.

—Bonsoir mon ami—dije aproximándome a él para quedarme cerca de la barra junto a él.

—¿Nos conocemos?—susurró intrigado observando mi traje negro, mi corbata lavanda y mi camisa blanca impoluta. Creo que le llamó poderosamente la atención los diamantes de mis gemelos, aunque podría ser cualquier otra cosa. Tenía el cabello largo, bien peinado y recogido en una coleta. Él parecía deslucido a mi lado, pero creo que eso no le importó.

—Oh, hemos tropezado en varias ocasiones—comenté tomándome la libertad de sentarme a su lado.

—¿Nos han presentado? Si nos hubiesen presentado... —murmuró.

—Se acordaría ¿verdad?—dije echándome a reír ocultando con cuidado mis colmillos—. Verá, me encanta conversar con empresarios y nuevos inversores. Soy un empresario destacado en la zona y Sara me ha invitado a varias de sus estrafalarias, divertidas y carismáticas reuniones... Todo un acontecimiento perfecto para que se diviertan ancianitas haciendo croché.

Él se rió por mi sarcasmo y pude notar como se sentía intrigado. Estaba seduciéndolo con mi carisma sin trucos oscuros, aunque pronto acabaría la función. Deseaba llevarlo lejos de la vista del barman que nos miraba esperando que pidiésemos algún licor, cóctel o simplemente un refresco como buenos chicos.

—Si le soy sincero... a veces me duermo en esas reuniones sociales—explicó a modo de cortés disculpa.

—No se preocupe Dimas, no se preocupe—noté su sorpresa al saber su nombre, pero eso sólo lo atrajo más—. Quisiera hablarle de un negocio que tengo entre mis manos ¿me acompaña?—pregunté incorporándome para caminar hacia uno de los huecos más oscuros y ocultos, justo donde los enamorados van a besarse y los hombres de negocios hacen jugadas arriesgadas.

Él me siguió, por supuesto. Se quedó a mi lado y yo usé mis dones para poder tocar su rostro, observar sus facciones muy de cerca, y prácticamente sentir su respiración pegada a mi aliento frío.

—Dimas, el ladrón—dije entusiasmado—. ¿Irás a reunirte con Dios amigo mío? Pues creo que aunque seas ladrón no eres bueno, al menos no en el sentido estricto. ¿Quieres arrepentirte de tus pecados?—él me miraba ensimismado y rápidamente, con elegancia, ataqué.

Bebí de él como si simplemente le hiciese una confidencia, cerré los orificios y dejé que su cuerpo cayera hacia delante como si se encontrara en un profundo estado de embriaguez. Después me marché a la barra y pedí champán, aunque no lo bebería, pero debía celebrarlo.

—Mi amigo no ha durado demasiado... ah... que pena—murmuré como si brindara a salud del camarero y luego solté la copa para marcharme tras dejar una cuantiosa propina, pues siempre soy generoso.

Me marché sintiendo la noche pesada de nuevo, con la fragancia de los naranjos en flor y las plataneras. Metí mis manos en los bolsillos del pantalón y caminé rumbo a Jackson Avenue. Era un paseo de algo más de media hora, pero me encantaba observar mi hermosa ciudad. Siempre he sentido que pertenezco a éste lugar aunque naciese en Francia y mi aventura, como mortal y luego como inmortal, se desarrollara por París y otras ciudades Europeas.

Entonces tuve una extraña sensación. Alguien, o mejor dicho algo, no humano me seguía. Al girarme vi a un joven alto, bien vestido y con un corte de pelo similar al de Quinn, aproximarse a mí con una sonrisa bonachona y largas zancadas. Cuando quedó a mi altura noté que no era un vampiro, como imaginaba, y tampoco un brujo.

—¡Lestat!—gritó abrazándome—. ¡Lestat! ¡Eres Lestat! ¡Mi padre me ha hablado tanto de ti! ¡Por el amor de Dios! ¡Tú eres Lestat!—decía dándome besos en las mejillas y comportándose casi como un niño.

—¡Alto!—grité dejando cierta distancia al tener mis brazos extendidos—. Eres una de esas criaturas... de esos...

—Taltos, la palabra idónea es Taltos—dijo con una sonrisa ilusa en sus enormes ojos azules.

—¿Eres hijo de Oberon? Dime, ¿dónde se encuentran? Ni siquiera ellos quedan en el hospital y siento que... Oh, Rowan... ¿le ha pasado algo a ella?

—No te angusties—se echó a reír y me abrazó de nuevo—. Madre y padre no son quienes crees. Rowan hizo un milagro y madre fue de nuevo bendecida con el amor de un hijo y...

—¡Alto!—dije de nuevo alejándome con cierto temor— ¿Quién eres?

—Alvar Mayfair, hijo de Tarquin Blackwood y Mona Mayfair. ¿No notas el parecido?—creo que en ese momento palidecí. Demonios, sentí como si el mundo girase demasiado rápido y sintiera que algo no estaba bien.

Deseé gritar, maldecir, aporrear las puertas de todos los edificios y explotar en llanto. Rowan me había dicho que había cosas terribles, que Julien quería poner patas arriba todo y me había obligado a marcharme después de estar poco más de media hora en su compañía.


—¡Tarquin siempre cumpliendo los malditos caprichos de esa arpía!—grité furioso marchándome de allí, siendo para todos una ráfaga de aire, pues necesitaba ver a mi hermanito y que me aclarara el motivo de porqué hacer algo tan estúpido.  

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt