Una conversación que no salió en los libros, un fragmento que se borró en el recuerdo: la mistad de Ashlar y Rowan.
Lestat de Lioncourt
—Siempre la he contemplado como si
fuera alguien real. Mis mayores miedos se los he susurrado cerca de
su oído y he reído creyendo que podía moverse. La he amado como a
una hija, vestido con trajes de seda y obsequiado palabras tiernas
que nunca le he dado a nadie más—dijo mirando fijamente a la
muñeca que había en la vitrina.
El cabello ya era escaso, pues los
siglos no perdonaban y empezaban a tener un efecto devastador en la
pequeña obra de arte, sus ojos eran profundos y azules y sus manos
parecían estirarse hacia él. Rowan escuchaba en silencio con los
brazos cruzados en una pose algo femenina, pero firme como la que
podría tener un hombre. Sus pequeños hombros se encogieron con un
leve escalofrío, pues aquel juguete parecía cobrar vida mientras él
hablaba.
—Desde que la vi me enamoré—admitió.
—Ellas me recuerdan a todo aquello
que he perdido—susurró—. Ya te lo dije.
—Son cosas superfluas—comentó
aproximándose a ella para tomarla por los brazos mientras la miraba
directamente a los ojos.
Rowan poseía una mirada gris, profunda
y hermosa; Ashlar se perdía en ella rápidamente, como cualquier
otro, debido a los poderosos sentimientos que transmitía. La bruja
le había contado varias veces la historia de Lasher, pero él no
sentía rencor hacia ella o su esposo. Comprendía que hubiesen
matado a los que podían ser los últimos de su especie, sin embargo,
no podía acusarlos de algo más que sobrevivir.
—Ya no puedo ser la mujer que fui
antes, aunque dudo que alguna vez yo...—bajó la mirada y observó
aquellas gigantescas manos finas agarrándola, tan parecidas a las de
su monstruoso hijo como distintas—. Cuéntame tu historia.
—La sabrás en su momento, ahora
deberías ir a descansar—susurró apartándose de ella mientras
controlaba su irresistible deseo de besarla.
Rowan le parecía encantadora, frágil
y fuerte a la vez, muy inteligente y alguien en quien podía confiar
a pesar de todo. Había encontrado un par de amigos, pues tanto
Michael como ella eran para él unos amigos, en medio de un bosque de
soledad repleto de muñecas. Samuel, el enano, no lo entendería
porque nunca entendía nada; él deseaba abrazar a alguien más y
llamarlos amigos... nada más.
El Taltos que había sido condenado a
vivir solo debido a sus errores, tan pesados como los siglos que
caían sobre su figura esbelta, sólo deseaba ser amado y comprender
de nuevo hasta que punto era cálido un abrazo, una caricia, un beso
y unas palabras que bañaran su corazón con el recuerdo de algo que
ya no era posible.
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