Pequeño homenaje a las obras del Teatro de los Vampiros por parte de Nicolas.
Lestat de Lioncourt
—Si el amor se contara con palabras y
no con actos, miserable—dijo una voz entrando en la escena oscura,
trágica y apática del escritor.
En un dormitorio pequeño, de muebles
simples y diversos libros allá donde pueda uno mirar, se encontraba
un muchacho arrojado contra un robusto escritorio. La tinta del papel
aún estaba húmeda y sus labios temblaban, había lágrimas en sus
ojos y cierto temblor en sus dedos. Podías ver la escena desde
cualquier ángulo y aún así seguía siendo dolorosa. La botella de
vino que había a su izquierda, cuya etiqueta era casi ilegible, ya
había sido bebida con necesidad y el tintero parecía esperar al
muchacho.
—Si el amor se contara, pero no se
cuenta. Sólo son días en el calendario que se pudren como los
muertos en sus ataúdes—susurró de nuevo la voz lóbrega.
—Pero yo la amaba y aún la
amo—musitó—. La amo por encima de todo.
—Ah, pero la convertiste en Dante y
la arrojaste al infierno de tus versos. Consumiste su llama con
voraces bocados como si fuera una hermosa manzana. Sólo te servías
tú, pero ella no—le acusó provocando que se incorporara de la
mesa y mirara a un lado y otro, pero no había nadie allí salvo él.
—¿Y quién eres tú para hacer ese
juicio? Ella ha muerto, ha muerto...
—Si tanto la amaras comprenderías
que no se halla muerta, sino viva. Pero en el infierno arde
esperándote ¿y tú para cuándo mi señor? ¿Cuándo te arrojarás
a las llamas? Dime, estoy esperando. La vela se va consumiendo y aún
no has escrito siquiera un verso que iguale su belleza. Oh, mi señor,
¿y tanto la amabas?—preguntó con tono burlón mientras la
oscuridad se hacía más densa, casi asfixiante, dejando casi a
tientas al muchacho.
—¡Sí la amo! ¡Ella era mi luz!
¡Sin luz no puedo escribir!
—¡Pues escribe de la carencia de
ésta!—estalló.
La habitación se iluminó y frente a
él había un encapuchado. La túnica negra, los zapatos negros,
guantes negros y una capa con capucha que ocultaba sus facciones.
—Lo haré, puedo hacerlo aunque la
vida me cueste ¿qué es vida sin amor?—susurró nervioso mientras
volvía a centrarse en sus documentos, sentándose en el escritorio y
comenzando a mojar la pluma en el tintero.
—Dicha sin suerte—respondió.
Durante dos horas el día se hizo noche
y la noche día, el joven se hundió en sus pensamientos y recordó
cada pliegue de su piel y rubor de sus mejillas. Podía aspirar aún
entre sus dedos el aroma de sus cabellos, sentirlos entre estos y
llevarlos a su nariz. Sí, ella estaba allí. Si cerraba los ojos no
se iría, si escribía sobre ella la atraparía y no la soltaría.
Esos besos que no le dio por pudor, esa mano que no pidió por miedo
y esa enfermedad que se la llevó. La locura, así lo llamaban al
amor, la consumió y a él también.
Al terminar su obra cayó sobre las
hojas y su alma comenzó a danzar por la habitación. Ambas almas
unidas, atrapadas en hojas de papel que a penas se lograban ver en la
oscuridad que se fue creando. El encapuchado desapareció dejando un
par de plumas blancas a su paso, como si fuese un ángel que obligó
a recordar, para finalmente escucharse los violines más románticos
que jamás se hayan escuchado.
—¿Eres feliz?—preguntó.
—Mucho—respondió ella echándose a
reír.
Y por ello sólo se puede decir...
El amor puede consumirte, pero es
eterno. Si realmente has amado sabes que existe el cielo y no el
infierno, pues el infierno real es cuando quien amas no está a tu
lado. El amor de verdad te llena de felicidad, en vida y en muerte,
porque si has amado has vivido y puedes morir en paz amigo...
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