Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

sábado, 10 de mayo de 2014

El amor, demonios y el paraíso

Pequeño homenaje a las obras del Teatro de los Vampiros por parte de Nicolas. 

Lestat de Lioncourt 

—Si el amor se contara con palabras y no con actos, miserable—dijo una voz entrando en la escena oscura, trágica y apática del escritor.

En un dormitorio pequeño, de muebles simples y diversos libros allá donde pueda uno mirar, se encontraba un muchacho arrojado contra un robusto escritorio. La tinta del papel aún estaba húmeda y sus labios temblaban, había lágrimas en sus ojos y cierto temblor en sus dedos. Podías ver la escena desde cualquier ángulo y aún así seguía siendo dolorosa. La botella de vino que había a su izquierda, cuya etiqueta era casi ilegible, ya había sido bebida con necesidad y el tintero parecía esperar al muchacho.

—Si el amor se contara, pero no se cuenta. Sólo son días en el calendario que se pudren como los muertos en sus ataúdes—susurró de nuevo la voz lóbrega.

—Pero yo la amaba y aún la amo—musitó—. La amo por encima de todo.

—Ah, pero la convertiste en Dante y la arrojaste al infierno de tus versos. Consumiste su llama con voraces bocados como si fuera una hermosa manzana. Sólo te servías tú, pero ella no—le acusó provocando que se incorporara de la mesa y mirara a un lado y otro, pero no había nadie allí salvo él.

—¿Y quién eres tú para hacer ese juicio? Ella ha muerto, ha muerto...

—Si tanto la amaras comprenderías que no se halla muerta, sino viva. Pero en el infierno arde esperándote ¿y tú para cuándo mi señor? ¿Cuándo te arrojarás a las llamas? Dime, estoy esperando. La vela se va consumiendo y aún no has escrito siquiera un verso que iguale su belleza. Oh, mi señor, ¿y tanto la amabas?—preguntó con tono burlón mientras la oscuridad se hacía más densa, casi asfixiante, dejando casi a tientas al muchacho.

—¡Sí la amo! ¡Ella era mi luz! ¡Sin luz no puedo escribir!

—¡Pues escribe de la carencia de ésta!—estalló.

La habitación se iluminó y frente a él había un encapuchado. La túnica negra, los zapatos negros, guantes negros y una capa con capucha que ocultaba sus facciones.

—Lo haré, puedo hacerlo aunque la vida me cueste ¿qué es vida sin amor?—susurró nervioso mientras volvía a centrarse en sus documentos, sentándose en el escritorio y comenzando a mojar la pluma en el tintero.

—Dicha sin suerte—respondió.

Durante dos horas el día se hizo noche y la noche día, el joven se hundió en sus pensamientos y recordó cada pliegue de su piel y rubor de sus mejillas. Podía aspirar aún entre sus dedos el aroma de sus cabellos, sentirlos entre estos y llevarlos a su nariz. Sí, ella estaba allí. Si cerraba los ojos no se iría, si escribía sobre ella la atraparía y no la soltaría. Esos besos que no le dio por pudor, esa mano que no pidió por miedo y esa enfermedad que se la llevó. La locura, así lo llamaban al amor, la consumió y a él también.

Al terminar su obra cayó sobre las hojas y su alma comenzó a danzar por la habitación. Ambas almas unidas, atrapadas en hojas de papel que a penas se lograban ver en la oscuridad que se fue creando. El encapuchado desapareció dejando un par de plumas blancas a su paso, como si fuese un ángel que obligó a recordar, para finalmente escucharse los violines más románticos que jamás se hayan escuchado.

—¿Eres feliz?—preguntó.

—Mucho—respondió ella echándose a reír.

Y por ello sólo se puede decir...


El amor puede consumirte, pero es eterno. Si realmente has amado sabes que existe el cielo y no el infierno, pues el infierno real es cuando quien amas no está a tu lado. El amor de verdad te llena de felicidad, en vida y en muerte, porque si has amado has vivido y puedes morir en paz amigo...  

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt