Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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martes, 9 de junio de 2015

Evil and the violinist.

—¡Y qué se supone que quieres que haga!—gritó en mitad del abarrotado mercado.

Llevábamos días sin llevarnos algo caliente a la boca. Sólo teníamos una hogaza de pan duro y una botella de tinto casi acabada. Hacía más de una semana que habíamos llegado a una situación extenuante. Me sentía débil. Estaba acostumbrado a no llevarme nada a la boca durante algunos días, pero tras una buena jornada de caza al fin conseguía alimentarme, aunque fuese con un par de conejos. Sin embargo, en París era imposible. La vivienda se había llevado parte del dinero que mi madre nos había ofrecido. Al no encontrar trabajo serio, o al menos que nos durara más de unos días, terminamos mendigando en las calles. Pero no siempre surtía efecto mis piruetas y su violín.

—Confía en mí—dije acercándome a él—. Conseguiré algo para que tú puedas tocar en uno de esos fabulosos teatros.

—Eres un ingenuo—murmuró—. Sólo toco porque me siento feliz al hacerlo. No hay nada de mágico o maravilloso en lo que hago.

—Te equivocas—mené la cabeza y lo tomé del rostro con mis manos. Mis dedos apretaron sus pómulos y acariciaron sus labios, carnosos y seductores, mientras sus ojos me miraban con escepticismo—. Provocas que otros sean felices. Eso es maravilloso.

—Y dime, ¿todos llegan a tener tu pésimo gusto? Soy mediocre...—dijo con una cansada risa bastante hiriente, llena de furia contenida y de rabia hacia él mismo—. Ya lo decía mi padre...

—¿Qué decía?—pregunté.

—Que tú tienes muchos pájaros en la cabeza y que yo sólo soy un inútil. Acabaremos muertos, pues desheredados ya estamos—respondió quitando mis manos de encima suya—. Búscame ese trabajo soñado. Hazlo. Y de paso, porqué no, consigue uno para ti.

—¡Hombre de poca fe!—exclamé herido en mi orgullo.

—Hombre no. Demonio, amigo mío. Soy un demonio y París es mi infierno—susurró dando media vuelta para perderse por el mercado.

No fui tras él, pues sabía donde podía encontrarlo. Cuando llegó la noche, y las calles estaban desiertas salvo por las putas y malhechores, me introduje por el callejón del modesto edificio donde vivíamos. En la boardilla sonaba su melancólica visión del mundo. Al abrir la puerta lo abracé, pero él me apartó. Deseaba seguir tocando.

Había estado celebrando el haber encontrado trabajo para ambos. Días atrás le habían pedido que fuese parte de una troupe en un pequeño teatro. Él lo había rechazado alegando que el mundo le deparaba mejores triunfos que convivir con una pandilla de fracasados. Pero yo había regresado y aceptado el trabajo. Mejor eso que morirse de hambre, me dije.

—Hueles a fulana—dijo parando en seco, para luego mirarme colérico—. ¿Es que no tienes suficiente con el calor que hallas en nuestra cama? ¿Por qué monsieur Lioncourt? ¿Por qué? ¡Dímelo!—gritó furioso.

—Eso es secundario. Vengo con buenas noticias—dije intentando no caerme. Aún estaba ebrio por las emociones y por el vino—. Tú y yo ya somos parte de ese teatro. Tocarás allí y luego buscaremos un sitio mejor.

No dijo nada. Tan sólo salió por la ventana y decidió tocar para París. Pues el tejado era su lugar, como si su alma fuese la de un gato, y allí rendía culto a la escasa libertad que en esos momentos poseíamos.


Lestat de Lioncourt   

sábado, 7 de marzo de 2015

Amor desesperado y amargo

Nicolas me amaba, pero no supe verlo. Durante mucho tiempo me golpeé el pecho por ello, me arrastré y lloré. Debí darme cuenta. 

Lestat de Lioncourt 


Venganza. Tan sólo quería vengarme de él. Quería regodearme en su dolor, aplastar su alma con el peso de su propia conciencia, y sonreír burlón desde lo alto del escenario. Por primera vez quería ser yo quien le concediera un poco de su medicina. Esa medicina amarga que solía deslizarse por mi garganta. No tuvo pudor en dejarme atrás, como si fuese un peso muerto, y permitir que viese los horrores del infierno en este mundo. Pude palpar las cuencas vacías de los esqueletos que yacían bajo el cementerio y captar el aroma a carne quemada de cada uno de aquellos desdichados. Podía hacerlo y lo hice. Saboreé las cenizas, tragué el humo de los cadáveres que se consumían en el fuego mientras bailoteaban a su alrededor, y observé como aquel ángel, de cabellos de sangre, parecía una hermosa escultura.

¡Y por eso el teatro se alzó! Como si fuese el cómico y trágico final de una época llena de inocencia, palabras vacías y lujuria desenfrenada. Me convertí en marioneta de mis propios hilos, enredados en la oscuridad y el dolor, que se impulsaba sobre cada uno de los tablones que fueron nuestra tumba. Tú creías que eran nuestro paraíso, el edén, pero en realidad eran sólo madera para nuestros ataúdes.

Dejaste de ser el muchacho que me venció en aquel invierno. Las manos cálidas y ásperas que me desnudaron, el hombre que mordió mi nuez de adán y se naufragó conmigo entre la espuma de las sábanas de aquella mugrienta habitación. Tú me torturaste con tus deliciosas palabras, tus locos sueños, tus nefastas creencias y vaciaste mi alma de cualquier duda. Me conquistaste. Pero, en París, te convertiste en un amante entregado a otros cuerpos, jugabas entre las faldas de las actrices y besabas a las mujeres que suspiraban por ti. Sólo en las noches, cuando te metías en la cama conmigo, me arrullabas con las palabras más tentadoras. Mordías mis hombros, besabas mi nuca y te deshacías de mi pantalón. Podía sentir tus impulsos bajo las mantas, como tus brazos masculinos apresaban mi cuerpo y me torturabas murmurando que me amabas a mí. Un amor idílico, único, magnifico y precario. Yo era quien soportaba tus malos momentos, tus palabras zafias y las mordaces mentiras. Ellas se llevaban tu tono seductor y tus discursos de seda.

Dime, maldito bastardo de noble cuna, ¿cuántas veces me dijiste que me amabas? Jamás escuché un tórrido te amo. Tan sólo escuchaba tus precarias y soeces fantasías pegadas a mi oído, envenenando mi alma y condenándome al paraíso del cual era desterrado a diario. Me convertiste en tu puta, pero reconoce que era la mejor de todas las que has tenido. Mis piernas se abrían dirigentes pensando que así me amarías, mis brazos se apoyaban en el colchón de paja y mi boca, esa boca endiablada, mordía tu vientre para lamer tu sexo. Tenía una lengua de serpiente, que se enroscaba desde la base hasta la punta, y tú reías maravillado creyéndote rey. ¿Y no eras tú el rey de París? Porque así te coronaste. El rey de los barrios más infestos. Una sucia rata venida de un pueblucho entre colinas.

Sólo te pedía que regresaras. Me conformaba con verte a mi lado. Ellas podían tenerte un rato, pero quien te hacía enloquecer era yo. Sin duda alguna eran mis muslos los que te ahogaban, mi cuerpo el que se tambaleaba y mi garganta la que se desgarraba. Mis manos, esas manos que tantas veces tocaron para ti el violín, acariciaban tu vientre como si fueras un Adonis. Pude tenerlo todo, Lestat, y sin embargo decidí tenerte a ti. Me hice esclavo de tus caprichos. Creí que nos hundiríamos ambos en tragos de absenta, caprichosas obras inacabadas y dulces mentiras llenas de eufórico sexo. Pero no. Decidiste irte. Y cuando regresaste, arrogante desgraciado, ocultaste lo que eras y mentiste para no compartir conmigo una vida eterna. ¿Y pretendías que no te odiara? ¿Qué más querías? ¡Me humillaba por ser tu querida!


Si hice el teatro fue para demostrarte que yo también sé jugar con la muerte.  

viernes, 2 de enero de 2015

Mi alma

Y ahí vienen los pensamientos del manco... digo de Nicolas. De nuevo viene su espíritu a traernos su dolor. 


Lestat de Lioncourt


Cuando llegas al fondo de tu alma, donde anidan tus más terribles pensamientos y pesares, sabes bien que puedes volverte loco o fortalecerte. Muchas personas no quieren reflexionar sobre el mundo porque saben que son capaces de hacer cosas terribles. Gente honesta que en realidad desea sacrificar al mundo, postrarlo ante sus pies y deleitarse con el jugo de la mentira. Miles de sensaciones te aguardan en el páramo donde el cuervo grazna, los árboles son retorcidos y no existe fruto alguno. Allí donde todo es yermo y el dolor es lo único que surge del suelo.

Yo he caminado por las profundidades de un enjambre de zarzas, he visto montañas de palabras robadas y he contenido el aliento ante la horrible visión de mi verdadero yo. Después he derramado miles de ríos de tinta en los folios que acumulaba junto a mi ataúd. Allí, exponiendo el dolor, explicaba todas las sensaciones amargas de las que disfrutaba de forma retorcida. No obstante, extrañaba su luz. La luz cálida de un sol que provocaba brotes tiernos de felicidad bajo mis pies. Esa luz que él tenía. La luz que codicié. El amor que dejé escapar. Él.


Toco sin dejar de mecerme ante el sufrimiento. Voy con los ojos vendados mientras juego en el hilo frágil de mi destino. Sé que cada nota musical que surja de mi violín puede ser la última y que cada palabra escrita testimonio de mi locura, pasión y despedida. Si cae el telón que caiga conmigo. Mi actuación debe ser la final de un gran misterio.  

viernes, 3 de octubre de 2014

Teatro

Un fragmento de conversación Nicolas vs Armand. ¡Coño como se matan! Y yo que llegué a pensar que se iban a llevar bien... 

Lestat de Lioncourt

—No, no puedes hacer eso. ¡Como osas hacer estas cosas! ¡Quemarán el teatro!—gritaba a punto de tomar mi violín para estrellarlo en mi cabeza.

De mi puño y letra había creado varias obras increíblemente retorcidas. Saldrían allí fuera, con pintura que marcara aún más sus crueles y encantadores rasgos, para encandilar al público con los horrores de un guión fabuloso. Serían vampiros pasando por humanos que disfrutan interpretando a vampiros. Marionetas que pierden los hilos y persiguen a su creador con un hacha, la misma que usó para talar el árbol del cual surgieron. Fantasmas, demonios y toda la prole de monstruos que pudiese imaginar. Pero él gritaba por los vampiros. ¡Él no quería mostrar quien era!

—¿Acaso importa?—dije con una sonrisa burlona.

—¡Te ordeno que cambies la obra!—dijo tomando un puñado de papeles lanzándolos a mi cara.

—Ya es imposible—respondí con una sonrisa malévola.

—¡Cómo! ¡No es imposible!—exclamó agarrándome del chaleco que llevaba esa noche. Uno de tantos que me había regalado Lestat. Deseé apartar sus sucias manos de mí, de aquella prenda, pero después recordé con rabia que me había abandonado para viajar por el mundo como un explorador impaciente.

—Lo siento, pero es así—mi tono de voz quedo quedó con un toque íntimo que le hizo retirarse, y prácticamente tropezar con la pared contigua—. ¡El telón se alzará y todos verán la oscuridad de nuestras almas! ¡Somos demonios! ¡Danzaremos en el infierno!—grité levantándome de mi silla mientras abría mis brazos hacia ambos lados de la habitación.

—¡Maldito violinista enloquecido! ¡Serás mi ruina!—decía a punto de llorar.

Pero mientras él se quejaba todos aclamaban la obra. Ni siquiera había entrado en escena con mi violín y ya aclamaban el primer acto, en el cual apenas se escuchaba música. Era un pequeño discurso dado por un ser oscuro, de hermosa figura, con una capa negra que caía hasta el suelo. Vestía ropas de gran calidad, como una camisa de chorreras con un encantador encaje de rosas recién abiertas. Todos gritaban ante semejante belleza y horror.

—¿No los escuchas?—pregunté con una sonrisa triunfal—. ¿No escuchas sus aplausos? Escúchalos, Armand—dije tomándolo de los hombros—. Escucha como todo París se rinde a nosotros.

—Bastardo...—dijo apartándome de un empellón.

—No, genio—respondí con una pose de dramaturgo de taberna, alzando un brazo hacia el techo y dejando la mano izquierda sobre mi cadera.

—Esto traerá consecuencias nefastas—murmuró.

—Sí, que tu ego de pobre imbécil quede en la ruina—dije echándome a reír.

—¡Loco!—me espetó.

—Todos los artistas estamos locos, así que cuéntame algo que no sepa—susurré negando suavemente mientras tomaba mi violín—. ¡Me encantaría!—grité.


martes, 16 de septiembre de 2014

Acto de fe

Nicolas ha decidido sacar a la luz unas viejas memorias. Reconozco que no me comporté como un caballero. No tengo perdón. Pero puedo decir que sí le quería. Él fue mi primer amor, ¿no tiene suficiente? Ni siquiera Louis puede decir eso. Fui mucho más entregado e inocente en sus brazos que en los de mi siguiente amante. Creo que sólo he tenido dos amores puros y sinceros en mi vida... Nicolas y Rowan. Con Louis nunca fui del todo sincero. 

Lestat de Lioncourt 

ACTO DE FE


Habían pasado varias semanas desde nuestra llegada a París. La boardilla que compartíamos era un desastre, pues tenía ciertas humedades y parecía una ratonera. Al menos, para nuestros males, la cama era cómoda y amplia para ambos. Las vistas daban a uno de los barrios más populares, el ajetreo era continuo y me sentía eufórico. No era el sentir que tendríamos una oportunidad ahí fuera, sino el estar lejos del monstruo déspota de mi padre. Sólo quería tocar mi violín como un maldito enfermo. No había nada que me importase más que tocar hasta no sentir los dedos. Aunque realmente empezaba a existir en mí ciertos sentimientos, cada vez más fuertes, que estaba relegando la pasión por la música. Y era él. Su espíritu fuerte me provocaba desencuentros. Quería retenerlo a mi lado, pero a la vez sabía que si lo hacía sólo me quemaría. Estaba condenado.

Sólo sentía cierto alivio en el teatro. Dentro del foso me sentía cómodo. La oscuridad me acariciaba y erizaba el vello de mi nuca. Podía escuchar los aplausos lejanos del público y concentrarme en lo único que tenía. Las partituras se convertían en mi plegaria, en una oración simple y maravillosa, que según él estaban llenas de bondad. Yo no me sentía bondadoso. Sólo era un soñador deseando la muerte misma. Quería morir en medio de ese éxtasis religioso.

Me encontraba solo, hundido en los últimos detalles. El resto de músicos habían salido a tomar una copa para entrar en calor. Prefería no moverme de allí. Amaba demasiado mi trabajo, aunque fuese miserable el pago de mis servicios. No me creía un excelente músico, pero sí un músico apasionado. La soledad me ayudaba a concentrarme, revisando cada nueva anotación y sintiendo el nerviosismo inicial de una nueva función. La obra ya había sido representada con éxito la noche anterior, pero aún así tenía que seguir ensayando y aprendiendo.

—¿No te aburres?—preguntó colándose en el foso como si fuese su lugar. Tenía que estar ayudando entre bambalinas, pero allí estaba. Vestía elegante aunque fuera con ropas baratas. Se había gastado algo de dinero en una camisa nueva sólo para tener mejor presencia. Deseaba encarecidamente un papel en la obra y pensaba que dando buena imagen lo lograría. Era cierto que algunas de las actrices estaban estúpidamente enamoradas de él, como todas las pueblerinas y como yo mismo lo estaba—. Nicolas, te hice una pregunta.

—Y yo he decidido, muy amablemente, no contestarla—respondí con una breve sonrisa—. ¿El bufón de la corte no debería estar danzando entre las faldas y encajes?—dije sin despegar la vista de las partituras.

—Prefiere venir a ver al músico—susurró pegándose a mi espalda—. El músico que envenena sus noches con deseos más ardientes que el fuego—su voz era aterciopelada, justo en el tono exacto que provocaba que mi cuerpo vibrara como las cuerdas de mi violín—. Deseo hablar contigo a solas.

—Y yo deseo trabajar—murmuré notando sus manos en mi vientre, prácticamente rozando el borde de mi chaleco café—. Lestat, deseo trabajar. No es lugar para que ambos dejemos que los instintos primarios...

—Oh, no es lugar—se apartó de mí y acabó alejándose unos pasos, para luego colocarse frente a mis narices subido a una de las sillas de los violonchelistas—. ¿Ahora me condenarás?—preguntó mientras alzaba la vista para verlo bien. Ahí subido parecía un santo, pero sólo era un condenado. Ambos lo estábamos—. ¿Qué ley he infringido? Dígame, abogado—apeló a mis viejos estudios, los mismos que dejé por la música. Mi padre quería que fuera un juez ilustre, pero terminé siendo un ilustre músico de tres al cuarto. Prefería esa libertad a estar encadenado a cientos de leyes vacías, a un miserable sistema que no se buscaba salvar a inocentes sino tener al culpable, aunque el culpable fuese otro y no el que terminara ahorcado o fusilado—. ¿Podré ir a los calabozos? ¿Son cómodos o terribles?

—Lestat...—chisté.

—¿Qué mal he cometido? ¡Por favor! ¡Exijo saberlo!—terminó alzando la voz mientras movía enérgicamente los brazos. Su cabello dorado resplandecía en aquella luz tenue. Quería que se fuera. No podía concentrarme. Era absurdo. Él podía motivarme del mismo modo que desacreditar mi seriedad en esos instantes.

—¡Lestat! No debes estar aquí y te van a escuchar—fruncí el ceño mientras le regañaba, como si fuera un niño, y cuando se acercó a mí tuve que relajar el rostro. No podía molestarme por más de unos segundos.

—¿Y?—susurró rozando mis labios con los suyos—. ¿Qué mal he cometido?—sus ojos claros me turbaron y las piernas comenzaron a temblar. La respiración se agitó. Todo mi cuerpo cedía—. ¿El pecado del amor? Te deseo y necesito, Nicolas.

—¿Amor?—nunca había hablado de amor. Jamás me había hablado del amor de esa forma tan directa. Siempre escabullía el asunto. A veces podía escuchar un “te amo” en sus labios cuando me arrastraba a la cama, arrancándome la ropa y metiéndose entre mis piernas. Pero no era normal. Aquello me desarmó—. No digas estupideces—balbuceé—. Tú sólo amas tus estúpidos planes.

—No son tan estúpidos si hemos terminado en París—dijo moviendo sus cejas con aire triunfante. Como si eso fuese un gran logro, el ir a París. Si habíamos llegado hasta este lugar era porque su madre ya no soportaba morir frente a él. Era un tema delicado para exponérselo, sobre todo cuando quería evitarlo a toda costa. Comprendía su dolor, aunque nunca lo compartiría. Yo no sabía que era el calor o la frialdad de una madre. Más bien, jamás supe que era tener una.

—¿De qué quieres hablar?—pregunté dejando el violín en su estuche.

—Ven conmigo y lo sabrás—estiró sus manos hacia mí, rogando que le siguiera, y yo sólo las tomé deseando que me arrancara la vida allí mismo.

Me sentía lo suficientemente estúpido como para cometer una locura. Notaba mis mejillas algo sonrojadas. Mi tez oscura, algo más que la suya, evitaban que se notara excesivamente el rubor. Sin embargo, me encontraba nervioso. Deseaba hablar conmigo y había hablado de amor. Quise dejarme arrastrar por su luz y hundirme en ella, aunque fuese brea.

Caminé tras él entre las bambalinas. Las chicas se vestían con cierta coquetería. Pude ver algunas medias subiéndose, varios corsés apretándose, un par de mujeres maquillándose mutuamente y riendo, así como oler los perfumes y polvos que se colocaban en las pelucas. También pasamos entre los hombres, los cuales interpretaban de nuevo sus frases y se colocaban las chaquetas viéndose más elegantes que con sus ropas de pordioseros. La magia estaba creándose y nosotros estábamos siendo partícipes.

En una sala adjunta, casi diminuta, y algo polvorienta se guardaba las viejas tramoyas. Había un par de elegantes sofás de la obra anterior, un gigantesco sol que ya no vería la luz de los focos por el momento y varios decorados pintados a mano. La luz era tenue. Sólo había un par de lámparas de aceite que él encendió nada más entrar. Podía sentir aún sus dedos entrelazados con los míos. Tenía manos ásperas, pero sus dedos eran tan delgados como los míos. Si hubiese querido habría aprendido a tocar el violín aunque pensara que alguien tan torpe como él jamás aprendería siquiera a escribir.

—¿Y bien? ¿Qué es eso tan importante?—pregunté observando su espalda ancha, más ancha que la mía, que a penas podía abarcar el chaleco que le había prestado. No podía con el silencio cuando el violín no estaba en mis manos—. Lestat...

—¿Qué es tan importante, Nicolas?—dijo girándose hacia mí—. ¿No lo sabes?

Deseé responder, pero antes de poder hacerlo me vi acorralado. Se abalanzó sobre mí y comenzó a besarme. Pronto me sentí preso de sus brazos. Él era un cazador, siempre lo fue, y yo no era más que una liebre que había conseguido rastrear con su escopeta. Su lengua se hundía en mi boca y yo perdía el aliento. Mis manos se aferraron a su camisa, justo a nivel de su torso, pero él las subió hasta sus hombros.

Sus besos empezaron a recorrer mi rostro, mi cuello y parte de mi torso. Todo mi cuerpo se deshacía como un terrón de azúcar en una taza de café. Los celos que había sentido se esfumaban. No debía preocuparme por las mujeres si parecía tan urgido por tenerme. Era a mí a quien me buscó, no a las damas coquetas que enamoraban a todos en escena. No me resistí, sobre todo, cuando noté sus manos deshacerse de mi camisa y su boca presionar mis pezones. Gemí colocando mis manos sobre su cabeza llena de rizos rubios, tan sedosos como largos. Me sentía un demonio teniendo sexo con un cautivador ángel, siendo arrastrado al paraíso y condenado al placer carnal como único pago. Cuando quise percatarme de todo lo que estábamos haciendo tenía las medias bajadas, junto a los pantalones y la ropa interior, y él me estaba girando bruscamente contra la pared.

—Te amo—de nuevo esas palabras que me provocaban escalofríos, calor y deseo—. Sí, te amo.

—Yo también te amo. Te he amado siempre—dije preparándome para sentir su miembro entrar. Su glande era ancho y presionaba dolorosamente. Siempre acababa con lágrimas en los ojos y un ligero murmullo de dolor, el cual sofocaba pensando en lo placentero que sería el sexo en unos minutos—. No pares amor mío, no pares. Ámame. Soy tuyo, ámame—condené toda mi existencia en ese instante. Me vi vulnerable, necesitado y suyo. Por primera vez se lo decía. Más allá de cualquier pícara estratagema para conseguir una botella de vino, unas palabras atentas o un par de caricias sutiles. Me estaba entregando.

—Tu cuerpo me hace arder—susurró cuando finalmente logró entrar, abriéndose paso entre mis nalgas.

Mis glúteos rozaban su pelvis y sus testículos comenzaron a chocar. Podía notar sus brazos fuertes rodeándome, casi partiéndome en dos, mientras su aliento rozaba mi nuca. Mis manos se apoyaban en la pared y deseaba por completo arañar su torso marcado. El sonido de nuestros cuerpos golpeándose debido al rítmico encuentro, ese sonido, era música para mí. Y, por supuesto, se mezclaba deliciosamente con sus gruñidos y jadeos. Mis gemidos no tardaron en aparecer. Gemía igual que cualquier fulana de parís. Muchos pensarían incluso que gozaba con una mujer, pero era yo que se desvivía por darle el mayor momento de desatada lujuria. Era una sucia ramera, pero sólo suya.

—Te amo—tenía la frente empapada, la ropa mal colocada y el rostro rozaba el desgastado papel pintado. Mi cuerpo chocaba bruscamente contra la pared y sabía que alguien nos podía escuchar, aunque por suerte no fue así, pero eso no menguaba mis instintos básicos de gritar su nombre repetidas veces.

—Eres un delicioso pecado—musitó soltando mi pelo, para luego tirar de él y penetrar con un ritmo rápido y fuerte.

Era un acto apasionado, rápido y furioso. Cuando se apartó caí de rodillas deslizándome por la pared hacia abajo. Él comenzó a vestirse como si nada. Intentaba aparentar que nada había pasado. Yo aún tenía el sabor de sus te amo en mi alma. Podía saborear el momento y reía bajo como una jovencita. Quería correr a sus brazos y jurarle amor eterno, más eterno que a la música y a mi instrumento. Aunque siempre tenía la sensación que me mentía. Él me ocultaba muchas veces sus sentimientos, así que quise cerciorarme. Sólo quería saber la verdad antes de caer al vacío.

—¿Realmente me amas?—pregunté intentando incorporarme para poder marcharme al foso. Pronto empezaría la función.

—¿Qué?—dijo entretenido cerrando los botones de su bragueta.

—¿Me amas como dices?—tuve miedo entonces, y al recordarlo vuelvo a sentirlo. Me sentí un estúpido preguntando aquello otra vez. Me había escuchado a la perfección, pero estaba intentando esquivar la respuesta.

—Nicolas, llegamos tarde. No es momento para hablar de ello—me tomó de los brazos y me plantó un frío beso—. Eres fantástico. Realmente eres fantástico.

La puerta se abrió y sonó un ligero portazo. Sus pisadas por la galería me enmudecieron, aunque el llanto fue terrible. Durante cinco minutos lloré amargamente, pero cuando me incorporé al foso olvidé por completo mi sufrimiento volcándome en la partitura.

Esa misma noche celebramos la actuación. Había gustado aún más que la noche anterior y era todo un éxito. Todos parecían satisfechos. Muchos vinieron a la boardilla con algunas botellas de vino. Un par de mujeres se lanzaron a sus brazos y él no las detuvo. Yo estaba allí, con el corazón roto, viendo como bebía y reía sintiendo cerca de su cara sus pechos. Decidí desaparecer subiéndome al tejado, donde comencé a tocar hasta que unas horas después, bastante ebrio, subió a visitarme.

—Estabas aquí, ¿eh?—dijo tomando asiento.

—Ahí, en la boardilla, he visto claramente tus sentimientos y he decidido abandonar los míos. Se lo confesaba a mi violín, pues es lo único que tengo.

—Nicolas, atiende, ¿con quién he venido aquí?—sonrió como sonríen todos los borrachos y luego se echó a reír—. Ellas no me interesan.

—Pues al parecer sus pechos sí. He visto como hundías tu rostro en ellos y como los lamías. ¡Parecías un lactante, por el amor de Dios!—estaba a punto de echarme a llorar.

—Y tú pareces una mujer—dijo con la sinceridad que da el vino—. ¿Qué buscas? ¿Fidelidad? ¿Quieres que sea tu esposo y tener hijos? Te diré algo. Somos hombres y eso es imposible. Mi madre no vería bien que tuviese una relación con un hombre. No así. No con un compromiso formal. Ella querrá que algún día sea feliz con una chica de hermosos pechos, ¿comprendes? Que me de hijos robustos y guapos.

—Tu madre, la marquesa, está enterada de mis sentimientos desde hace meses—aquello hizo que palideciera su rostro—. Rogué que te dejara venir conmigo a París, para una nueva vida. Prometí que te alejaría de todo el dolor y te liberaría. No le hice las promesas que tú haces de grandes fortunas, privilegiados bailes de salón y carteles con tu nombre. No. Lestat, yo le dije que te amaba y quería verte feliz lejos de ese castillo miserable.

—¿Qué?—balbuceó sentándose a mi lado.

—Tu madre se muere. Se muere. Este es su último acto de generosidad y quiere verte feliz. Yo también quiero que seas feliz—le miré unos segundos a los ojos y luego miré a París, que se rendía bajo nuestros pies—. Lestat, ¿sólo soy una fulana? ¿Eso soy para ti? ¿Un cuerpo cálido al cual tentar como un demonio? Correteas por la ciudad como un demonio desvergonzado, ¿eso es lo que te hace feliz?

—Yo...

—No digas nada. Tus actos hablan por sí solos—iba a levantarme, cuando me agarró del bazo y me besó.


Aquel beso fue tierno y largo. Uno de esos besos que se dan para pedir disculpas y expresar más que mil palabras. Cuando acabó me miró a los ojos y vi amor. Vi su amor. Un canalla rendido ante mí, pero también un niño asustado. No tuve corazón para alejarlo de mí en ese momento, ni para echarlo por siempre de mis sentimientos. No pude.   

lunes, 25 de agosto de 2014

Mon amour...

Siempre he tenido una determinación incalculable. Gracias a mi rebeldía se han escrito ríos de tinta, hecho comentarios a lo largo y ancho de éste mundo, he comprendido a seres que eran tachados de deidades y me he sumergido por completo en aventuras rescatando la verdad a pesar de las consecuencias. Mi mayor motivación ha sido siempre pensar que lograría ser amado. No importaba por quien, sino por cuantos. Y un día apareciste tú.

Dejé atrás ese deseo insaciable de amor. Olvidé por unos instantes quien era yo. Al fin, después de todo lo malo que he visto desfilar ante mis ojos, vi algo realmente maravilloso. La fascinación que he sentido hacia ti provocó que mi corazón volviese a ser fuerte. Acepté que era imposible tenerte. Sin embargo, nunca aceptaría perderte. No quería romper mis lazos contigo y aún los mantengo. Te tengo a mi lado aunque sea sólo en recuerdos y únicamente podamos vernos algunas noches, como si fuéramos fugitivos.

Cuando era prácticamente un niño me sentía abatido, cansado, furioso con el mundo y con mi familia. Mi madre era una figura lejana, la cual me daba algo de confort y complicidad, pero no era lo suficientemente fuerte para provocar que olvidara por completo el dolor. Mis hermanos me despreciaban, mi padre deseaba destruirme a golpe de bastón. No era lo suficientemente bueno para nadie. Nicolas, mi antiguo amante mortal, me susurraba palabras de rebeldía y me insuflaba vida con las notas de su violín. Ese fue el inicio de todo. La sangre de lobo seca en mis manos, el frío congelando mis miembros, el olor a quemado del sacrificio de inocentes en el círculo de las brujas y mis ojos llenos de exaltación cuando Nicolas se movía ante mí embrujándome con su talento. El principio del príncipe es terrible, pero tú hiciste que mi final fuese dulce.

Tuve una familia. Una familia de vampiros. Una hija, un amante y noches que parecían eternas desfilando frente a mí. Fui feliz, lo acepto. Tuve una felicidad trágica. Había vivido la tortura de saber que Nicolas enloqueció por mi culpa, también conocí su muerte que también apuntaba hacia mí. Armand, un vampiro que ya de por sí me detestaba, me esperaba furioso deseando que lo amara o simplemente aceptara una venganza cruel. Marius, la leyenda y la sabiduría misma, me lanzó lejos. Sólo los tenía a ellos, pues mi madre no quería seguirme allí donde iba. El nuevo mundo se abrió como una rosa en plena noche. Dejé que la belleza de su fragancia me adormeciera. La familia de vampiros más mortífera de la historia, la única que funcionaba como una familia mortal. Éramos envidiables. Ella era una muñeca hermosa y él la piedad hecha carne. La muñeca y el ángel de la muerte. Fue mi familia y como la tuya, esa que tanto amas, la hubiese defendido por siempre. No obstante, ¿qué dura por siempre entre vampiros? Nada. Terminamos odiándonos y señalándonos como los culpables de nuestro propio destino.

Tras la gran tragedia, cuando ellos intentaron matarme, quise vivir para recuperarlos y después deseé dormir para olvidar que jamás regresarían. Ella murió y él escapó con mi verdugo, con Armand. ¿Sabes cómo me sentí? Sí, traicionado. Me sentí traicionado. Por eso cuando acepté mi descanso en 1920 pensé que era lo mejor, pero al despertar en 1984 ese imbécil había contado todo a todos. Louis se había convertido en un mártir de cuento de hadas para que yo, su villano predilecto, se alzara entre las sombras como un grotesco recuerdo en llamas. Era una calamidad. Me enfurecí y decidí contraatacar con algo que conocía bien, con una virtud que ni siquiera era la mía, la música. En el escenario me acordé de él, de Nicolas, y tuve tras de mí al culpable de todo, a Louis, pero fue ella quien me arrancó el aliento. Hablo de Akasha.

A partir de ese momento mis aventuras se vuelven más peligrosas. Las conoces todas. No hace falta que haga una lista ni te cuente quienes son mis amigos. Sabes bien que llegar hasta a ti fue duro. Conocí incluso el infierno, supe que era ser mártir. Sin embargo, ¿algo de todo eso fue real? No lo sé. Aún no lo sé. Querida mía, sólo sé que quería ser bueno. Deseaba ser respetado, amado y bendecido. Tenía de nuevo el miedo atroz a la muerte que sentí cuando joven en una taberna llena de borrachos, frente a un artista enfervorecido por la música, y tú me quitaste ese miedo de un plumazo.

Tan fuerte, tan imponente, tan llena de verdad y tan hermosa. Me recordaste a la figura de mi madre. Ella siempre fue una mujer cargada de una fuerza extraordinaria, la misma que tú emanabas. Jamás pensé encontrar en otra mujer esa fuerza. Quedé fascinado cuando tus ojos grises se cruzaron con los míos y perdí los papeles. Me convertí en un adolescente tras las faldas de la mujer que ama. Eras mi chica. Fuiste un sueño de una noche de verano y te has quedado como fantasía eterna. Cuando no sé de ti siento que una parte de mi corazón se rompe. Me pregunto si aún me esperas en el porche, mirando las estrellas como si me encontrara tras una de ellas, y dejando que una taza de café caliente tus finas manos. Hace algunas semanas que no nos vemos. Temo ir a buscarte y que me odies por el silencio. Todo es complicado. Hay muchas cosas que no he escrito en mis libros.


Si te envío esta carta, si te cuento de nuevo todo el calvario que he tenido, es porque tú me has dado el amor puro que buscaba en Dios. Te has convertido en mi particular visión del amor. Eres la musa que acuna mis noches, la mujer que acaricia mi rostro como si fuera un ángel a pesar de mi crueldad. Soy un asesino y no te doy miedo. Quiero volver a verte. Pronto nos veremos, amor mío. Espérame en el porche de First Street, por favor. Espérame.


Lestat de Lioncourt   

viernes, 22 de agosto de 2014

Todo cuanto odio

Otro regalo, por parte de Nicolas, y esto sí que no lo esperaba. ¡Bueno! Al menos rinden tributo a un genio. 

Lestat de Lioncourt 


Estando allí, en plena calle, en mitad de París recordó la carta que una vez escribió y jamás envió. Aquella carta donde reconocía que todo había sido mentira, un burdo acto de bondad donde la maldad también bailaba. Había visto en los ojos de Lestat el poder más maravilloso, eran como diamantes que te eclipsaban, y su luz le hacía entrar en pánico. Alguien como él, con tanta fuerza, no podía quedarse en la ciudad a cuidar de un Teatro que podía ser una magnífica experiencia, pero para nada era el mundo entero. Su viejo amante tenía el mundo en sus manos, él lo sabía. Un viejo amante que aún tenía las facciones de un niño, como las suyas, y el cuerpo de un hombre. Eran jóvenes y lo serían así eternamente. Recordaba el ansia de libertad que poseía, es espíritu rebelde que le había dado un rayo de esperanza cuando ni siquiera lo deseaba, y eso le alentaba sin remedio a ser como era. No importó sus deseos, ni sueños y tampoco los viejos recuerdos en una boardilla donde se acumulaban aún las botellas de vino. La tinta con la cual había escrito aquello era su propia sangre. Las lágrimas que había derramado le dieron la posibilidad de tener suficiente tinta para elaborar la carta. Nadie lo sabía, salvo él. Una carta que había hecho añicos nada más acabarla y que aún llevaba en su corazón.

«La función llegó a su fin hace mucho tiempo y mentir es cosa de actores. He interpretado el peor de los papeles frente a ti. Te alejé de mi dolor, del caos que me consumía, de la ira y del silencio. La locura me vencía como me hubiese vencido una terrible enfermedad cuando era sólo un mortal. Todo lo humano había quedado sacrificado. Tus gestos nobles del pasado se resumían en mentiras, las mismas que yo debía afrontar en esos momentos. No te odiaba, pero debía hacerte creer que mi odio era superior a mi amor por ti.

Ahora que todo ha terminado, que te has ido, y que puedo consumirme en el silencio, puedo ver el páramo desértico con el cuervo sobrevolando las agrietadas tierras baldías, los árboles ennegrecidos por el fuego y las brujas danzando en el fuego. Quizás soy un blasfemo, pero no soy el único que hubiese clamado justicia por ellas. Sé que tú y Dios mismo habrían pedido su salvación. Pero ahora, ese Dios en el que aún creo a veces, me condena por mis actos. Ya no seré jamás una de sus ovejas. Tú no seras santo varón, ni mesías de verdades, tampoco llegarás a ser algo más que un fanfarrón con colmillos. Siempre serás ese tipo de hombre. Aquel que habla sus verdades, y a veces son las verdades de todos, incomodando al mundo entero y provocando una rebelión. Matarás a todos los ídolos que te encuentres, te saciarás de la verdad y sacrificarás del conocimiento. He visto tus inquietudes y recuerdo como me hablabas de la muerte. Temes la muerte, la temes tanto que la oportunidad de vivir para siempre no te aterra.

Sin embargo, deseaba besarte. Si te hubiese llorado de nuevo como aquella noche, si me hubiese lanzado a tus brazos llorando por tu amor, por nuestro amor, posiblemente te hubieses quedado junto a mí en éste terrible aquelarre, junto a Armand y todos esos chiflados. No te quiero cerca de él. No deseo que te acerques. Huye todo lo que puedas de éste lugar maldito. ¡Largo! Busca ese tesoro enterrado y disfruta. Si yo me consumo aquí, como se está consumiendo mi cordura, no importa. Te debo la maravillosa vida de éstos meses y también la luz que me diste antes de volver a la oscuridad.

Nicolas de Lenfent»

Miró a su alrededor y ya no había hedor, ni ratas y ni mucho menos carruajes a punto de abrirse para que bajaran las damas de sociedad. No había perfumes, joyas y escotes prominentes. Tampoco estaba el viejo edificio ahí, aguardando como un fantasma, sino que otro había ocupado su lugar. La silueta de la calle se difuminaba por momentos, podía sentir que allí estaba el misterio que nadie quería ver. Rodeó su propio cuerpo con sus brazos, agachó la cabeza y dejó que sus rizos negros rozaran sus pómulos marcados. Comenzó a llorar. Ni estaba loco ni tan lleno de rencor, pero saber que el amor de Lestat no era tan fuerte le enfurecía. Había hecho un último acto de amor por él. Uno que le cambió la vida.

El regresar de entre los muertos no fue fácil, pero los viejos tratos con el demonio aún funcionaban. Todos habían quedado impactados cuando meses atrás se apareció en carne y hueso, completamente desnudo, y esgrimiendo su violín como arma mortífera para la cordura de Lestat. Había probado de nuevo sus labios, dejado que su lengua quedara seducida y su mente vulnerable a las mentiras de satén que usó de nuevo con él. Mentiras que creyó durante semanas, que lo movió a lamentarse por no haberle buscado antes, y que finalmente hicieron que enloqueciera. Loco de amor, eso era todo. Un veredicto muy sabio y justo.

—No puedo volver contigo porque el reloj ya no es el mismo. Nuestro tiempo acabó. Sin embargo, yo sigo esperándote en el mismo segundo en el que te fuiste, estirando mis brazos hacia ti y rogando que me mires. Dios santo... fui un estúpido. Debí marcharme contigo, pero tus mentiras tal vez me hubiesen consumido aún antes. Maldita sea... maldito sea yo—susurró rompiendo a llorar como un chiquillo. El cartel de neón se iluminó impactando su luz sobre él. Su piel morena, sus labios carnosos, esos ojos castaños tan profundos y peligrosos, la ropa desaliñada aunque elegante con la camisa blanca de algodón, con esos cuellos almidonados, algo arrugada y con los puños remangados, los jeans deslavados, algo rotos, con esas botas viejas que había encontrado en la basura y le habían maravillado. Era el bohemio de siempre, con su aspecto habitual.

Nicolas estaba allí rememorando todo. El vino aún podía sentirse arder en sus labios, subiendo el rubor a sus mejillas y provocando que la noche tuviese un punto más fascinante. Había pensado en la primera vez que se desnudó para él, dejando aún lado sus principios y el pudor. Sus primeros besos le hicieron caer en la cuenta que durante toda su vida, absolutamente toda, no había vivido nada más pecaminoso y placentero. Sus manos recorrieron su cuerpo marcándolo para siempre, aunque él jamás lo supo porque ni lo hubiese entendido. Se abrió en cuerpo y alma, dejó que sus brazos se cansaran de abrazar un imposible, y finalmente cayó directamente a la nieve y las sucias calles de París. La sed lo torturaba por aquel entonces, tenía que aceptar que su creador, su viejo amante, lo había transformado por pena y no por auténtico amor. No quiso hacerlo en un principio y lo condenó. Él no podía condenarlo del mismo modo. Estaba cansado. Pero en esos momentos no había cansancio, sólo una horda de recuerdos que le agujereaban como balas de cañón.

—Jamás pensé encontrarte aquí—dijo una voz. Era Lestat. Estaba allí con sus viejas prendas, caminando hacia él como si nada—. Pero me alegro.

—Estoy enloqueciendo de nuevo—susurró frunciendo suavemente el ceño—. Mon amour...

Sin embargo, esa visión se fue. Primero palideció su rostro, se borró el brillo de sus ojos, la sonrisa se esfumó y se marchó el resto dejando tan sólo la luz de la luna incidiendo sobre las baldosas de la acera. Ese amor tan fuerte y cruel, ese que llevaba consigo, era el que quiso destruir echándose al fuego. Aunque el inductor fue Armand. Él le dijo que sería lo correcto. Así dejaría de sufrir y ya no sería un tormento para Lestat. “Un peso menos en sus bolsillos” eso era lo que llegó a ser para su amante, amigo y compañero de juegos.

—¡Te odio! ¡Odio esta maldita ciudad!—exclamó alzando sus puños antes de echar a correr y esfumarse, como se esfumó esa visión de los viejos tiempos, mientras sentía como toda su alma se hundía en brea caliente por el dolor y la rabia.

Horas más tarde se encontraba en el edificio donde había vivido. Aún permanecía en pie. Era una casa distinta, pero seguía siendo un refugio para bohemios. Artistas y perdedores se remolinaban en aquel enjambre de paredes resistentes, aunque llenas de humedad. Un lugar magnífico para ver París iluminado como si estuviera continuamente de fiesta. Subió al tejado, se sentó y deseó tener su violín, una botella de vino y a él. Su amor era odio y su odio era amor, la pasión se entregaba a la tragedia.


—Incluso tu querido Shakespeare jamás lo hubiese hecho mejor, ni Dickens ni ningún otro—se dijo en un murmullo—. Un amor eterno que no confesaré, pues de ti también tengo que vengarme. El demonio me ayudará y también las escasas fuerzas que aún poseo—musitó cerrando los ojos mientras revivía de nuevo, en sus pensamientos, las viejas canciones que él le susurraba al oído sin dejar de acariciarlo. Los dos eran unos idiotas, pero quizás fueron unos idiotas felices.  

martes, 15 de julio de 2014

Archivo Talamasca

Éste archivo ha sido donado por David Talbot, estaba en su poder y nos lo ha cedido. Así que espero que les agrade y lo vean interesante.

Lestat de Lioncourt 


El teatro se ha alzado en París, ni más ni menos, y la Orden me ha rogado que me desplace hacia el país y visite la ciudad que está tomando forma en medio de la tragedia. Muchos duques, marqueses y diversos miembros de la familia real han caído ejecutados frente al pueblo, el cual ambicionaba venganza de sangre mientras los burgueses, completamente orondos y felices, aplaudían como locos. Un espectáculo terrible, pero que sin duda se ve representado aún de forma más abominable, si hay posibilidad alguna de ello, en los juegos de un teatro macabro.

Muchos dicen que allí se presenta el Diablo para congraciarse con los actores, pues se ven magníficos y jóvenes. Todos tienen el mismo aspecto. El cabello es negro, de corte simétrico, enfundados en túnicas del mismo color que el cabello y de una palidez propia de una muñeca de porcelana fina. En ocasiones llevan los labios pintados, pero otras veces sólo salen como ese extraño maquillaje. Sin embargo, Talamasca ha tomado conciencia que no es maquillaje. Allí, lo que hay, no es Lucifer sentado en una silla de oro sino un vampiro y su corte.

He acudido para investigar, como se me ha pedido, pero me siento completamente angustiado. Sé que no es posible que ellos me ataquen, pues nunca ocurrió con un miembro de la orden pues podemos vigilar sus movimientos y leer su mente, aunque más que leerla comunicarnos con ella.

Si les soy sincero las obras son sobrecogedoras. Hay una obra dedicada a La Muerte. Una obra encantadora, pero terrible. La muerte camina por el mundo y va sesgando la vida de una pareja joven, un niño, un clérigo y un niño que dormía plácidamente en la una. La Danza Macabra era muy popular en la época medieval, pero creí que se había erradicado. Sin embargo, ellos lo representan día tras día, noche tras noche, con sus diversas obras. Sin duda, como en toda obra, hay un fragmento de una de las representaciones que me ha fascinado.

Es el siguiente pedazo, el cual reproduzco con todo lujo de detalles:

—Por favor, os ruego—dijo una bailarina. Tenía un hermoso vestido rosa, con una falda vaporosa, y el cabello caía en dos trenzas a sus lados. Poseía una delicadeza terrible. Anteriormente había salido de una caja de música, bailado frente al público y sonreído como una niña inocente—. Por favor.

—¿Por qué debería tener piedad cuando conmigo no se ha tenido?—pregunta un joven con un hermoso violín, completamente vestido de negro y con unas manos hermosas. Jamás he visto unas manos tan blancas y hermosas. Tenía unas uñas filosas que centelleaban. También he de confesar que su belleza era mágica, sobre todo cuando movía las manos con elegancia. Se giraba en el escenario retorciéndose y entonando una canción algo siniestra—. Estoy libre del bien y del mal. Me burlo de Dios y del Diablo. Danzo por la tierra sin cadenas y me ofrezco a mí mismo como representante de la crueldad. Tengo mil nombres, pero muchos me llaman “La muerte inesperada”. Permíteme mujer, quiero beber de ti la felicidad que posees y luego deshacerme de tu cuerpo.

Tal vez, deba seguir investigando. Sin embargo, he descubierto que ese joven es un vampiro recién nacido, atormentado, y dirigido por uno de los vampiros más antiguos de los cuales se tiene consta. Se llama Nicolas de Lenfent y en más de una ocasión ha mentido sobe el teatro, es decir, intenta que nadie se marche creyendo fielmente en el folclore. Pero, este hombre sufre y padece tormentos. Pronto se delatará y delatará a todos. Necesito más datos. Quizás pronto ocurra una tragedia, por ello pido permiso para seguir indagando en los turbios asuntos de éste pequeño teatro parisino.



Olivier Smith.  

sábado, 10 de mayo de 2014

El amor, demonios y el paraíso

Pequeño homenaje a las obras del Teatro de los Vampiros por parte de Nicolas. 

Lestat de Lioncourt 

—Si el amor se contara con palabras y no con actos, miserable—dijo una voz entrando en la escena oscura, trágica y apática del escritor.

En un dormitorio pequeño, de muebles simples y diversos libros allá donde pueda uno mirar, se encontraba un muchacho arrojado contra un robusto escritorio. La tinta del papel aún estaba húmeda y sus labios temblaban, había lágrimas en sus ojos y cierto temblor en sus dedos. Podías ver la escena desde cualquier ángulo y aún así seguía siendo dolorosa. La botella de vino que había a su izquierda, cuya etiqueta era casi ilegible, ya había sido bebida con necesidad y el tintero parecía esperar al muchacho.

—Si el amor se contara, pero no se cuenta. Sólo son días en el calendario que se pudren como los muertos en sus ataúdes—susurró de nuevo la voz lóbrega.

—Pero yo la amaba y aún la amo—musitó—. La amo por encima de todo.

—Ah, pero la convertiste en Dante y la arrojaste al infierno de tus versos. Consumiste su llama con voraces bocados como si fuera una hermosa manzana. Sólo te servías tú, pero ella no—le acusó provocando que se incorporara de la mesa y mirara a un lado y otro, pero no había nadie allí salvo él.

—¿Y quién eres tú para hacer ese juicio? Ella ha muerto, ha muerto...

—Si tanto la amaras comprenderías que no se halla muerta, sino viva. Pero en el infierno arde esperándote ¿y tú para cuándo mi señor? ¿Cuándo te arrojarás a las llamas? Dime, estoy esperando. La vela se va consumiendo y aún no has escrito siquiera un verso que iguale su belleza. Oh, mi señor, ¿y tanto la amabas?—preguntó con tono burlón mientras la oscuridad se hacía más densa, casi asfixiante, dejando casi a tientas al muchacho.

—¡Sí la amo! ¡Ella era mi luz! ¡Sin luz no puedo escribir!

—¡Pues escribe de la carencia de ésta!—estalló.

La habitación se iluminó y frente a él había un encapuchado. La túnica negra, los zapatos negros, guantes negros y una capa con capucha que ocultaba sus facciones.

—Lo haré, puedo hacerlo aunque la vida me cueste ¿qué es vida sin amor?—susurró nervioso mientras volvía a centrarse en sus documentos, sentándose en el escritorio y comenzando a mojar la pluma en el tintero.

—Dicha sin suerte—respondió.

Durante dos horas el día se hizo noche y la noche día, el joven se hundió en sus pensamientos y recordó cada pliegue de su piel y rubor de sus mejillas. Podía aspirar aún entre sus dedos el aroma de sus cabellos, sentirlos entre estos y llevarlos a su nariz. Sí, ella estaba allí. Si cerraba los ojos no se iría, si escribía sobre ella la atraparía y no la soltaría. Esos besos que no le dio por pudor, esa mano que no pidió por miedo y esa enfermedad que se la llevó. La locura, así lo llamaban al amor, la consumió y a él también.

Al terminar su obra cayó sobre las hojas y su alma comenzó a danzar por la habitación. Ambas almas unidas, atrapadas en hojas de papel que a penas se lograban ver en la oscuridad que se fue creando. El encapuchado desapareció dejando un par de plumas blancas a su paso, como si fuese un ángel que obligó a recordar, para finalmente escucharse los violines más románticos que jamás se hayan escuchado.

—¿Eres feliz?—preguntó.

—Mucho—respondió ella echándose a reír.

Y por ello sólo se puede decir...


El amor puede consumirte, pero es eterno. Si realmente has amado sabes que existe el cielo y no el infierno, pues el infierno real es cuando quien amas no está a tu lado. El amor de verdad te llena de felicidad, en vida y en muerte, porque si has amado has vivido y puedes morir en paz amigo...  

domingo, 27 de abril de 2014

Ese maldito sonido

Bonjour una nueva memoria, aunque breve, de Nicolas y Armand. Aquí vemos uno de los tantos motivos que tenía el pelirrojo para encerrar al pobre violinista. La verdad... es que los dos están igual de locos y me alegra tenerlos más o menos lejos. 

Lestat de Lioncourt 

Una lluvia primaveral sacudía París aquella noche. Los edificios quedaban deslucidos por la oscuridad terrible y el sonido de los carros salpicando en los baches. Pocos se atreverían a ir al teatro, salvo aquellos privilegiados que tenían coche propio y podían ser acompañados por sus lacayos hasta el interior del mismo. Dentro se vivía las mismas emociones, las cuales eran pura codicia que surgía desde el más profundo odio hacia la mortalidad y deseo desenfrenado de sangre, y se representaban por última vez los diálogos a un ritmo vertiginoso.

En la parte superior del teatro había un lugar especial donde Nicolas solía descansar. Era una pequeña boardilla donde se guardaban algunos enseres de la tramoya. Allí, frente a una gran ventana, observaba a los mortales aproximarse hasta el teatro. Podía oler su sangre, sentir como pulsaban sus venas aquellos deliciosos latidos y el calor que rezumaban de los escotes prominentes de las damas. Quería estrecharlos a todos, beber de ellos en un ritual sangriento y susurrarles al oído que era un demonio.

Estaba allí encerrado tocando el violín de forma endemoniada por sexta noche consecutiva. Armand estaba a punto de volverse loco. Podía escuchar su ritmo desde cualquier lugar donde se encontrara. Parecía que se divertía torturándolo, instándolo a cometer un terrible error y doblegándolo ante su mirada enloquecida y su sonrisa de infeliz.

—¡Ya basta!—dijo entrando en la habitación mientras Nicolas miraba por la ventana y tocaba una vez más su última composición— ¡Basta he dicho! ¡Basta!

—¡No!—respondió girándose hacia él para enfrentarlo— ¡Toco mi mejor obra!

—¡Eso decías de la que compusiste ayer!—tenía el ceño fruncido y la boca apretada. Parecía un pequeño muñequito salido de alguna de las jugueterías aledañas. Su cabello estaba rizado, lustroso y su color sangre cautivaba a cualquiera que lo contemplaba. Era una maravilla, pero para Nicolas era su verdugo.

—¡Puta del demonio!—dijo escupiéndole—. ¡Golfa de Dios!

—¡Cómo te atreves a decir eso de mí! ¡Maldito canalla! ¡Ruin y despreciable! ¡Te he dado cobijo!—gritó abalanzándose hacia él para arrancarle el violín, pero no pudo.

—¡Es la verdad! ¡Eres un pecador! ¡Tú eres tan monstruo como yo! ¡Dios traerá su furia sobre todos! ¡Y me divertiré mientras ardemos en el infierno!—estalló en carcajadas mientras sentía las tibias manos de Armand.

—¡Vengan todos! ¡Los necesito!—terminó exclamando.


El resto es historia. Armand encerró a Nicolas intentando domar su furia, locura y peculiares visiones. Sin embargo no se pudo hacer nada. En un momento de desesperación Armand le amputó las manos y poco después, tras devolvérselas, éste decidió acabar con su vida.  

domingo, 20 de abril de 2014

La oferta

Desde los viejos tablones del teatro, allí donde se acumuló polvo de sueños y mentiras hechas realidad, regresan los últimos versos que Nicolas de Lenfent escribió. Él os lo ofrece con toda su locura y desesperación.

Lestat de Lioncourt


¿Recuerdas como giraba el mundo? 
¿Qué se siente no tener alas en tu espalda? 
¿Encontrarás al fin las agujas del rumbo?
¿Has meditado la oferta del demonio?

Flores negras para acariciar tus pies 
para que puedas bailar en la oscuridad 
y al fin encontrar en mis brazos la piedad 
que jamás te ofrecieron, amada mía. 

Soy el ángel que tanto desprecian 
pero sé que tú serás distinta a todas. 
Escucha mi voz que en lágrimas se ahoga. 
Yo te haré alma errante en eterna poesía. 

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt