Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 7 de septiembre de 2015

Moon over the city

Antoine tiene algo que me recuerda a Nicolas, más allá de su pasión por la música. Quizás porque sabe lo que es vivir entre la miseria, como yo también lo hice. 

Lestat de Lioncourt

Nunca estamos envueltos en completo silencio, pues podemos escuchar nuestra propia respiración y el ligero murmullo de las almas que yacen en la metrópolis que nos rodea. El mundo ya carece de la belleza de antaño, pero posee su propio aroma. Es el aroma de la nicotina, el humo de los tubos de escape, el aceite sucio de los restaurantes de comida rápida, las colonias de imitación, el plástico y dinero. Del mismo modo tiene un sonido característico. Recuerdo perfectamente cada detalle de la época en la cual me tocó nacer. Olía a sudor, lágrimas, alcohol, pan recién hecho, orín y sexo. El barrio donde vivía era una pocilga donde pocos sobrevivían. El olor era nauseabundo. Había vivido en una ciudad llena de belleza, pero había bajado al infierno como si me hubiesen arrancado las alas. El sonido era insufrible por las noches, y el olor a orines insoportable cuando despuntaba el día. Ahora es distinto.

Bajo las hermosas apariencias de las ciudades existen ratas de alcantarilla como lo fui yo, personas que no tienen nada que llevarse a la boca salvo sus propias miserias. Antes se conocían con nombres y apellidos, pero ahora son sólo un borrón. Muchos de ellos hacen música con sus palabras desconsoladas buscando llamar la atención, intentando conseguir un par de monedas o un trozo de pan que llevarse a la boca. Hay quienes agudizan el ingenio, o poseen una cultura excelsa pese a su situación, y tocan hasta bien entrada la noche. Se convierten así en los músicos de los desarrapados, los ángeles en el infierno de ésta sociedad llena de mentiras y podrida por las apariencias.

Suelo caminar por los barrios más conflictivos. Algunos están demasiado aislados, pero ya no es por seguridad sino para evitar contemplar la realidad. Ciegan al ciudadano y convierten sus corazones en piedra. Suelo ir porque me gusta sacar mi adorado violín. Toco allí, compadeciéndome por ellos, para luego ofrecerles un par de billetes. Alguno, los más enfermos, tienen en mí su último abrazo. Bebo de ellos, les doy el final que merecen. Es mejor morir a manos de un vampiro que a manos del frío del invierno.


La luna se alza entre los altos edificios del centro, el aire fresco camina entre las hojas de los árboles de los parques cercanos, las aceras se convierten en mi palacio y mis zapatos hacen una música celestial sobre las baldosas grises. Bajo mi brazo derecho llevo el violín, mi arma más letal, y mis manos están en los bolsillos de mi chaqueta. Voy buscando sangre sucia, para nada inocente, o la de aquellos que están a punto de perder cualquier esperanza. Muchos se fijan en la bestia que camina como un chiquillo, pero nadie conoce cuan sediento puedo estar. Mis colmillos ya tiemblan, la sed se agudiza, el deseo es terrible y a la vez disfruto con los pequeños detalles que nadie observa. Camino todos los días desde las zonas más elegantes hasta los suburbios. Allí me esperan.  

miércoles, 22 de julio de 2015

Ángel de la música...

Salvé a Antoine porque así lo quería. Él me parecía maravilloso y digno de la sangre. Era digno de ser hijo mío. Me siento orgulloso haga lo que haga mientras eso lo mantenga cuerdo y vivo.

Lestat de Lioncourt 


He creado música para alimentar mi alma y curar las heridas de otros. He compartido mi melodía con los desarrapados del mundo, aquellos que fueron olvidados por la gracia divina y se hundieron en las tinieblas de sus propios demonios. La mayor virtud de la música es la comprensión más allá del idioma que hables, pues posee un lenguaje universal que puede palparse con el alma y saborearse con cada partícula de nuestro ser. Estamos hechos de tejidos, pero unidos por el invisible hilo del arte que satisface las restantes necesidades indispensables para la felicidad. La música es el alimento para el alma.

Cuando era sólo un niño admiraba a los grandes músicos. Conocía el placer innegable de la ovación del público. Aprendí desde joven lo que era el esfuerzo. Mis dedos estaban cansados, mis brazos adoloridos y aún así seguía estudiando. Quería ser un músico excelso. No me importaba que mi hermano fuese el centro de atención de las reuniones y yo quedara a un lado, como un despojo, porque mi único interés era la música que allí sonaba. No quería danzar, no quería reunirme entorno a las mujeres y cortejarlas. Deseaba hundirme en la música, conversar con los jóvenes que allí se reunían para demostrar su talento y me unía a ellos con mi piano.

Fui desheredado porque me señalaron como el culpable de provocar que una joven perdiera su pureza, su buen nombre e hiriera el orgullo de una familia. Negué ser el padre de una criatura. Me negué en rotundo porque era mi hermano quien la cortejaba, quien de puntillas entraba en su habitación y la hacía suya entre mentiras y caricias.

La música fue lo único que me quedó. Me aferré a ella, como me aferré a la botella. Ahora me aferro al piano, al violín y a la sangre. He sido quemado, vilipendiado, olvidado y aún así sigo en pie. Recuerdo las amables palabras de Lestat hacia mis composiciones y también las sonrisas de los humildes, las putas y desarrapados como yo. Me convertí en un músico de vodevil, pero no en un idiota sin sentimientos.

Ahora soy aclamado cuando mi música suena a través de las aplicaciones móviles, ordenadores y tabletas gráficas. Muchos me llaman el nuevo violinista inmortal, algunos me tachan de excelso músico y hay quienes suspiran cuando escuchan el inicio de mi instrumento junto a la pianista inmortal Sybelle.

Yo sólo quiero curar sus heridas como la música curó las mías. Deseo darles esperanza y sueños. Les animo a ser ellos mismos y a vivir sus sueños, por más que otros les indiquen que están equivocados. Pero sobre todo deseo que Lestat me escuche. Quiero que vea en mí al hombre que ayudó a reconstruir. Sonrío de nuevo lleno de esperanzas porque él me dio la oportunidad de no morir, de dejar un legado más allá de mis partituras, y vivir eternamente joven con la fuerza de su sangre y el espíritu que una vez tuve cuando era sólo un niño. He encauzado mi vida y quiero que él se sienta orgulloso como padre inmortal. No deseo defraudarlo. No quiero que nadie sienta lástima por mí. Mi mayor sueño es que todos vivan en paz escuchando la música que emerge de la oscuridad. Los músicos inmortales deseamos ser escuchados para que la eternidad sea más dulce, más atractiva y más vital.


No sólo de sangre vive el vampiro.  

jueves, 28 de mayo de 2015

El flautista de Hamelin

He encontrado una poesía de Nicolas y os la comparto.

Lestat de Lioncourt


El flautista de Hamelin

La magia más poderosa es la música,
se alza entre las bestias furibundas
y emerge de los corazones.
Late apasionadamente en las almas difundas.

Más allá de la verdad,
muy cerca del corazón y bajo la piel.
Se halla el reino de la pasión
donde emerge ocasionalmente la hiel.

La música puede ser cosa del cielo,
pero también danza entre las ascuas del infierno.
Ella es la bestia más brutal y la única salvadora
que yace adormilada en las artes y su reino.

La poesía es música sin instrumentos
y ésta es el dragón dormido que guarda sus secretos.
Recita despacio este juramento
y hallarás la llave al mundo de lo eterno.

Las notas musicales brotarán en tu pecho.
Recuerda eso y jamás volverás a ser roedor.
Deja que la fantasía sean las sábanas de tu lecho

y la música te susurre poemas de amor.  

viernes, 8 de mayo de 2015

Corrupto

Nicolas nos ofrece uno de sus poemas.

Lestat de Lioncourt


Corrupción


Soy la manzana que mordió Blancanieves,
el ángel redentor que jamás volvió a los cielos
y el egoísta ejecutor que murió en soledad.

Soy retazo de una marioneta de blanca tez
que se mueve por el mundo moviendo sus hilos,
y en estos momentos represento en tu ciudad.

Pétalos de sangre, margaritas deformes,
amapolas de verde envidia desatada,
son las perturbadoras flores a santos disconformes.

Cree en mí, en ésta dulce mentira, por favor.
Yo bailaré con aquel que no es justo de corazón.
Te haré reír mientras pierdes tu orgullo y amor.

Borraré al fin lo que fuiste una vez,
y tu pasado quedará sin mácula.
Sólo desea y al fin serás el gran pez...

Devorarás el mundo conmigo.
Perderás el alma a mi lado.

Ven, toma mi mano, amigo.

martes, 31 de marzo de 2015

El bien y el mal

La oscuridad nos rodeaba, como si quisiera estrangularnos, mientras las estrellas palpitaban en el firmamento. Lejos, aunque no demasiado, sólo se veían un par de luces de parte de la taberna. Allí muchos estaban bebiendo hasta perder la conciencia, para ahogar así sus penas, y olvidar, aunque fuese unos instantes, que eran tan mediocres como los campos que labraban.

—Mi madre pronto morirá y caerá en un vacío terrible—murmuré mirando a la nada. Las lágrimas aún salían sin remedio. La tristeza atrapaba entre sus dedos mi corazón.

Aún la música del violín, tan excitante como magnífica, seguía danzando en mis oídos. Nicolas ya había parado. Decidió sentarse a mi lado rodeándome, pegando mi cabeza a su pecho. Pude notar su ondas castañas sobre mi frente. Había soltado su cabello, permitiendo que el aire le peinase desastradamente, dándole una imagen enigmática y salvaje. Sus ojos castaños me miraban con desasosiego. Mi confesión de hacía algunos minutos temblaba en su garganta y golpeaba su corazón. Sabía que él sufría conmigo, pues me amaba y su amor provocaba que percibiera mi desgracia de forma distinta a la de cualquier otro.

—Yo sigo creyendo en Dios—susurró—. Pues creo en el mal y el mal tiene su opuesto que...

—El bien y el mal sólo son palabras, creencias, y no seres—dije tomándolo de una de sus manos, pues con la otra sujetaba el violín.

No muy lejos, a pocos metros, los árboles retorcidos y negros yacían sobre un terreno destrozado. Allí solían quemar a las brujas. Las gentes del pueblo señalaba a pobres infelices, las llevaban a juicio y disfrutaban prendiéndoles fuego. Un fuego que consumía sus largos camisones, sus piernas largas y carnosas, sus cabellos sueltos al viento y sus rostro, feos o hermosos, mientras gritaban que eran inocentes. Los restos se consumían hasta no quedar casi nada, después los echaban en una fosa y se olvidaban del excitante sacrificio a sus mentiras y miedos.

Nosotros éramos los monstruos. No creía en nada más. Dios y el Diablo no tenían poder sobre mí, mi camino y mis sentidos. Había aprendido que todo lo que éramos se concedía por las experiencias y sentimientos. Éramos libres. Debíamos decidir. Mi madre moriría y la oscuridad la absorbería, salvo por los recuerdos que taladrarían por siempre mi corazón. Eso me enloquecía. Quería morir en ese mismo instante. La angustia se clavaba en mi garganta.


—Yo estaré aquí, a tu lado, y mi violín tocará siempre para ti—dijo como un ángel bondadoso. Besó mis labios y se posicionó para tocar el violín. Lo hizo frente a mí permitiendo que lo contemplara bailando, retorciéndose como los árboles, mientras emitía esas notas tan apreciadas por mi alma.

Lestat de Lioncourt   

sábado, 7 de marzo de 2015

París, violín y celos

—Bonjour monsieur, ¿una moneda para los artistas?—pregunté, desnudando mi cabeza. El sombrero estaba algo raído, pero servía. Mis rubios cabellos caían sobre mis hombros, rozando mis mejillas, y mostrándome ante todos como un mendigo con la virtud de un charlatán. Mis ojos grises, con ligeras tonalidades azuladas, brillaban esperanzados ante cada transeúnte. La capa roja, que me había obsequiado el padre de Nicolas, me abrigaba aunque no mataba el voraz apetito de días sin llevarme mucho a la boca.

—Trabaja—fue la respuesta del caballero, que ni siquiera prestó atención a mi esperanzado gesto.

—Nicolas, hazlo con más optimismo—dije girándome hacia él—. Imagina que estamos solos en esa boardilla, sin frío ni apetito.

—Lestat, mi imaginación no alcanza a tanto—reprochó con una ligera sonrisa burlona—. Mucho es que imagino un gran pollo asado, guarnición de patatas y una buena jarra de vino. ¡Ah, maldito apetito!

—¡Atento!—exclamé—. Vienen unas damas...

Él sabía que podía ser terriblemente persuasivo y seductor. Las mujeres solían dejar buenas propinas. Comenzó a tocar una melodía dulce, muy atractiva, que enloquecería a cualquiera que la escuchara. Era una composición propia, la cual había estado creando durante algunas noches y me había dedicado. Nicolas poseía talento, por mucho que mi madre creyese que no llegaría a conseguir nada loable.

Las mujeres se aproximaron. Sus elegantes vestidos de llamativos colores y estampados, el perfume de sus generosos escotes y sus bonitos tocados, gritaban más que las escuetas joyas, aunque de gran valor, que adornaban sus cuellos, orejas y manos. Eran hermosas. Jamás había visto mujeres tan hermosas y perfectas como en París. Tenían la piel blanca, los labios sonrojados y unos ojos brillantes que parecían las propias estrellas.

—Admiren a la primavera en pleno invierno con su cálida sonrisa de verano. Observen las flores que germinan en este jardín salvaje hecho de adoquines, ruidosos carruajes y elegantes cafés. Oh, hermosas mías, jamás he visto nada igual. Soberbias criaturas, hermosas criaturas celestiales, ¿venís del Edén? Por favor, indiquen como podemos, mi amigo y yo, llegar a vuestro delicioso hogar—mis palabras sonrojaron a las dos más jóvenes, así como a la mujer de mediana edad. Las tres rieron aproximándose a nosotros para dejarnos el suficiente dinero para calentar el estómago—. ¡Oh! ¡Dios las bendiga!—grité como si creyese realmente en mis palabras—. Hermosas mías, muchas gracias.

—Gracias a ti—respondió—. Hacía mucho que no me ofrecían unas lisonjas tan elaboradas—susurró la mayor de las tres—. Mis hijas y yo te estamos agradecidas.

Nos dirigimos algunas miradas, ciertas palabras, diversos halagos y una despedida amable. Me sentía eufórico, hasta que me giré hacia Nicolas. Había dejado de tocar, sus ojos eran los de una fiera y parecía crispado.

—Tú y tus fulanas—masculló.

—Nicolas, lo hago por nuestro bien.

Sus celos eran terribles. Siempre lo fueron. Sin embargo, se acentuaron en París. Yo no podía controlar mis impulsos y él no podía controlar los suyos. En nuestro pequeño nido salvaje, donde nos refugiábamos como si fuéramos aves de paso, él era el único que lograba enloquecerme. Si bien, mis ojos se despistaban y caían en los maravillosos escotes, las mejillas sonrojadas y las bocas carnosas de las parisinas.

—Prefiero morirme de hambre, Lestat.


No me dirigió la palabra en todo el día. Por la noche me recosté a su lado, abrazando su cuerpo. Mis manos acariciaron su cintura, se deslizaron bajo su camisa, y él permitió que un ligero suspiro se escapara de su boca. Se ofreció a mí, como si fuese un maravilloso regalo, y yo me entregué por completo.

Lestat de Lioncourt   

domingo, 7 de diciembre de 2014

Mi primer amor.

Un viejo escrito de Nicolas ha llegado a mí... y yo sólo os hago eco de él. 

Lestat de Lioncourt 



La melodía de ese violín llegó a mí despertando mi alma. Abrió las alas ocultas que jamás creí poseer. Me convirtió en un alma errante buscando el pecado que yacía en cada partitura, ese que se convertía en delicioso manjar en mis labios. Las lágrimas brotaron, mi nerviosismo aumentó, el pulso quedó convertido en un sonido intenso de tambores alocados, y comprendí que me había enamorado de un demonio de cuerdas y arco. Quise saber tocar para fundir de ese modo mi alma. Durante semanas practiqué sacando sólo chirridos a mi hermoso amigo. Un amigo que conseguí por unas monedas, las cuales debían servirme para pagar cobijo y algo de alimento.

Durante meses viví desahuciado de techo alguno, caminando por las calles con las ropas sucias y el pelo desacomodado. Mi padre creía que pagaba por una buena educación en París, pero su hijo se convirtió en un demonio bohemio completamente enganchado al Hada Verde y a las partituras apolilladas que lograba aprender.

Sabía que me despreciaría, odiaría y me anularía nada más saber que mi alma vibraba con cada roce del arco sobre las cuerdas. Comprendía su dolor, pero no así la amargura. Pues había vivido ciego en soledad, náufrago del bien y no del camino de la libertad, y en esos momentos había encontrado la salida hacia la felicidad. Sólo era feliz junto al violín. Si pasaba calamidades no me importaba. Lo único que quería era tocar el violín aunque fuese un muerto de hambre.

Cuando logré realizar el pizzicato o el trémolo me sentí vivo. Mis dedos sobre las cuerdas, del mismo modo que si tocara una hermosa y seductora guitarra, o ese movimiento rápido del arco arriba y abajo convirtiéndome en un Dios frente a todos, frente a mí mismo y el reflejo en los charcos, me hacía sentir en el paraíso. Pero mi mano izquierda, la mano del diablo, comenzó a moverse arriba y abajo sobre las cuerdas realizando el más fabuloso gilssando, para luego hacer vibrar los dedos sobre las cuerdas igual que si fueran las patas de una araña hasta tocar la parte del arco del arco o el puente. Todos los movimientos fueron dándose. Mis dedos tenían vida propia. Mi cuerpo se retorcía. El violín me hablaba y recitaba poemas de amor.

La clave de violín iniciaba las partituras, pero yo intenté miles de locuras para comenzar a componer por mi cuenta y riesgo. Me convertí en un bufón, en un simple músico callejero, y eso me hizo derramar lágrimas de felicidad. Cuanto más miserable era, menos tenía y más dolor me llegaba, mejor componía y más libre me sentía. No tenía que dar explicaciones a nadie. Mi única familia era el violín. Peor tuve que regresar a ese funesto pueblo y enamorarme de algo que tenía vida más allá de su cuerpo de madera. Dejé que él me besara, me atara a su cuerpo y me convirtiera en su músico de cabecera. Dejé de ser la fulana de la música, para convertirme en la cualquiera de un noble sin caudales.

«Ámame, hazlo. No pasará nada. Mi alma será tuya y tuya será la mía. Ambos caminaremos por caminos más afortunados que estos senderos de barro y mediocridad. Verás la luz, amor mío, más allá del valle donde se alza el sol. Conoceremos la libertad, te lo aseguro. La libertad no nos cegará, el mundo no nos odiará, y podremos decir que estamos por encima del Bien y del Mal. Créeme. Ámame.»

Debí huir. Debí resistirme. La música era mi único consuelo y cuando él me dio la espalda, guardando ese triunfo sobre la muerte, como si fuera únicamente el placer de unos dioses, dioses que no me deseaban a mí como hijo, enloquecí. Ya no había consuelo. Él me arrancó las alas como si fuera una mosca. Lo hizo.  

domingo, 16 de noviembre de 2014

La magia del teatro

Ah, el viejo teatro... los viejos pensamientos de Nicolas. Ese maldito violinista...
Lestat de Lioncourt


El teatro quedó vacío, casi consumido por la amargura y oscuridad que poseía mi alma. Las notas del violín cesaron. No quedó nadie en escena. Aquella noche, casi al alba, el teatro parecía un cementerio de versos tristes y partituras hechas para un funeral. Lestat había abandonado París. Había logrado que se marchara de mi lado tal y como necesitaba. Él no me soportaba y yo no soportaba ver esos ojos claros centellear miedo, vergüenza y odio hacia mí. Por los viejos tiempos le hice un favor y me ahorré sus lágrimas, reproches y castigos.

Armand se había marchado hacía más de una hora. Tenía asuntos más importantes que escuchar a un recién nacido divagar sobre arte, música y nuestra podridas almas. El resto, los pocos vampiros que no habían decidido destruirse, habían huido a refugiarse. Mi refugio sería las tablas del teatro y su silencio. Un lugar donde se había acumulado sueños que Lestat ya no cumpliría, los mismos que yo atesoraba para convertirlos en pesadillas frente a todos.

Usaríamos el polvo del maquillaje, el carmín para los labios, las pelucas y los trajes para camuflarnos entre los parisinos. Hablaríamos la muerte del amor, la esperanza y los sueños. Conversaríamos con ataúdes vacíos donde yacerían ellos en medio de la vorágine de frases y reseñas a viejos autores. Serían las afortunadas víctimas de una función atroz, aunque maravillosa. Podía verlos llorar y gritar proclamando que somos demonios y, a la vez, aplaudir creyendo que todo es una falacia.

Apretaba el violín contra mi pecho como si fuera el regalo envenenado de un monstruo demasiado bondadoso, hermoso y perfecto. El monstruo que había huido de París, alejándose por completo de mí y de Francia, en busca de otro como él, mucho más antiguo, que podía incluso destruirlo o simplemente no existir más que en los pútridos sueños de su viejo discípulo. Sonreí complacido en medio de ese mar de oscuridad donde sólo tintineaban un par de velas encendidas. Las llamas bailoteaban iluminando parcialmente las tablas que pisaba. Podía cantar lo que quisiera, desafinando y destrozando cada palabra, pero sólo contemplé las primeras filas imaginando la vida que solía tener ese lugar. Sería la tumba de muchos, pero también ofrecería vida.

—El teatro de los vampiros—susurré jugueteando con mis huesudos sobre mi instrumento—. Demonios que se visten de ángeles y logran engañar incluso a Dios...

Me hice una promesa ese día y fue intentar que el teatro se llenara de almas. Almas impías, prepotentes y con los bolsillos llenos de banalidad. Hice realidad sus temores y los ensalcé como si fueran maravillosas proclamaciones de amor.

—En tu honor... Leilo—dije justo antes de apagar las velas, bajar del escenario y correr a refugiarme del sol.

A cada zancada que daba una carcajada histriónica sonaba del interior de mi cuerpo, como si arañara el mundo con mis garras, y el sol, tan puntual, comenzaba a salir bañando las calles aledañas.  

miércoles, 12 de noviembre de 2014

The Fallen Queen

Hay cosas que no se pueden olvidar, sobre todo cuando te marcan como si clavaran en tu pecho un hierro encendido. Te dejan el corazón consumido en lágrimas y dolor, con la visión última de un apocalipsis derramándose frente a ti. Sentí su derrota como la muerte de un sueño que duró mucho tiempo, el cual parecía derrumbarse como un castillo de naipes construido en una nebulosa. Ahora, echando la vista atrás, puedo comprender mejor su ansias de amor, poder y comprensión. Era sólo un muchacho cuando ella me retuvo entre sus brazos, sintiendo por primera vez su frialdad.

Ella me eligió. Fui el hombre que la despertó. El muchacho carismático que embelesaba en el teatro, que caminaba descarado por los confines del mundo, y que no tuvo miedo. Creo que me eligió porque me veía capaz de ser fuerte, de mirar atrás sin miedo, y afrontar así un nuevo comiendo. Me contempló con el alma desnuda, llena de cicatrices curadas con otras nuevas, esperando ser amado del mismo modo que ella deseaba serlo. Por eso nos comunicamos como otros no lo habían hecho.

La contemplé con una ligera sonrisa, con el violín de mi viejo amante entre mis manos, mientras rogaba su amor y verdad. La llamaba. Me convertí en un flautista sin roedores, pero con la misma magia. Era un músico cautivador, con un cabello que parecía haber sido bordado con el oro del borde de su túnica, que se movía ligeramente mientras la llamaba. Porque yo la llamaba a gritos sin mover siquiera los labios. Por eso se despertó.

Sin embargo, fue un suspiro. Un pequeño chispazo. Quizás ahí comenzó todo. Ella empezó a soñar de nuevo, a desear y necesitar, ambicionando algo que no podría retener. Quería ser la diosa de todos, amada y respetada al igual que temida. Pero el temor no es amor, ni comprensión y ni mucho menos respeto. Se confundía.

Ambos vivimos distanciados. Ella en su trono y yo con una familia de inmortales que me dio la felicidad que buscaba. Sin embargo, la felicidad es una fracción de segundo en toda la eternidad. Una gota sin más. Cuando eres mortal la vives plenamente, la disfrutas y gozas cada día, pero como inmortal pasa tan rápido que te quita el aliento por unos segundos nada más.

Al quedar solo, enterrado bajo mis propios recuerdos, se estableció una última comunicación. Ella, junto a su consorte, sentados en su trono mientras Marius los custodiaba. Ambos como estatuas, con sus ojos silenciados de cualquier llama de vida, mirando hacia el frente. Cuando desperté, con aquella música rock, decidí que debía contar la historia que no debía siquiera susurrar a otro inmortal. Pero yo, Lestat de Lioncourt, decidí gritar lo que sentía porque creía que debía hacerlo. Akasha despertó gracias a mi voz, mis palabras y la emoción que había derrochado en mis numerosos vídeos de música.

Ella vino a mí. Lo hizo destruyendo a los que querían destruirme. Demostró su poder. Contempló el mundo como un campo que sembrar para recolectar. Quería imponerse ante los humanos, como una Diosa, y que le rindieran tributo. Si bien, nosotros no somos más que monstruos. Somos alimañas. Nos alimentamos de la carroña que expulsa la sociedad. Nadie la amaría. Todos la temerían. Quisimos que viera realmente el mundo, pero fracasamos. La culpa pesa en mi pecho, sobre todo ahora. Después de escuchar esa voz, de tener conversaciones con ella, sabía que había algo más en su historia y que su derrota fue tan sólo una burla hacia ella, su dolor y necesidad.

¿Odiar a la Reina? Jamás.


No se puede odiar lo que aún se ama.

Lestat de Lioncourt   

sábado, 18 de octubre de 2014

Brinda conmigo

Nicolas de Lenfent y sus cartas extrañas... Creo que fue antes que le amputaran las manos. Aunque después también hizo diferentes obras cuando se las devolvió Armand.

Lestat de Lioncourt


Me arrancaría el corazón, pero soy incapaz. La locura me invade. Creo que ya está en cada una de mis venas, cruzando todo mi cuerpo y convirtiéndose en una tela de araña pegajosa, imposible de eliminar y olvidar. Puedo sentir su cálido aliento en mi nuca. Sus manos acarician delicadamente mi piel, el murmullo de su voz se instala en mi cabeza y quiero gritar. Sólo me consuela las múltiples partituras manchadas con sudor y tinta, los folios revueltos de mi escritorio donde narro incansablemente las diferentes obras y el violín. Sí, el violín. Él me calma. Él me hace olvidar. La sed es terrible, triste, agónica, insaciable y asombrosa. Me siento vivo cuando agarro a una de mis víctimas, clavando mis garras y colmillos, para drenar su alma a través de la roja, purificadora y gloriosa, sangre que calienta mi piel y le da un aspecto sonrosado, como el de un ángel, mientras me precipito a los infiernos.

¡Soy un demonio! ¡Me arrancaría las alas si tuviera! ¡Y el corazón si aún latiera!

Deseo volver a verlo. Tener frente a mi a mi desdichado creador. Él sabía que éste páramo oscuro, con ese ave inmortal graznando, sería terrible para mí. Un páramo baldío lleno de voces que suenan aquí y allá. No puedo dejar de pensar. No puedo dejar de sentir. No puedo dejar de beber. Él lo sabía. Él sabía todo y no me detuvo. Yo quería el poder, pero el poder sin conocimiento es nada. No puedo controlarlo. Necesito la música para calmar mi nerviosismo y mi corazón herido. Debió ofrecerme mayor consuelo, un abrazo inmortal mucho antes que ese engendro me tocara. ¿Ahora qué soy? Soy un enajenado que cuenta historias sobre la muerte, bailarinas delicadas como crisálidas y pozos llenos de oscuridad.


¡El misterio de la vida lo lleva impreso el demonio en su torso! ¡Él me mira y me señala su corazón!


¿Y yo? ¿Tengo corazón? ¿Ese terrible ser se llevará mi alma? ¿O ya la tiene cautiva? Sí, la tiene. Vendí mi alma hace mucho por un violín. La vendí. Ofrecí todo por ser libre. Quería liberarme y terminé atado. Un demonio mucho más terrible que un vampiro y su sed. Todos moriremos, pensé, no me importará sentir su aliento, creí, pero ahora estoy aquí, con él, y deseo huir. ¡Quiero la muerte! Y a la vez, como no, ansío la vida eterna y para ello debo vestir de rojo mis labios con la sangre de una nueva víctima.  

miércoles, 1 de octubre de 2014

Mi amor por ti

Recuerdo la música alzándose entre los árboles podridos y quemados. El suelo estaba baldío, con los huesos enterrados no muy lejos. No había vida en aquel lugar. La noche caía sin demasiadas estrellas y la luna parecía menguar a cada paso. Verlo allí de pie, tocando para las ánimas, me sobrecogió. Era como ver un ángel llorando por los pecados derramados, por cada gota de sangre que manchaba las piedras cubiertas de musgo, mientras las almas parecían ascender hacia los cielos nocturnos, como el difunto crespón que todos aquellos que las amaro aún conservaban. Los sueños y las tragedias se mezclaban con la bondad de aquella arte mágica. Cuando tocaba había placer, belleza y la belleza es bondad.

Debí decirle que le amaba. No hubo de nuevo otra ocasión tan maravillosa. El lugar de las brujas nos marcó a ambos. Pobres mujeres cuyo dolor se convirtió en poesía y viejas leyendas. Ellas fueron testigos de mis lágrimas, al igual que él, y del dolor que llevaba en aquel momento. La muerte estaba presente siempre, nos quedaba poco tiempo y debíamos emprender el viaje triunfal antes de perder el aliento, la cordura y las pocas esperanzas que habíamos depositado en ser bohemios taciturnos.

Sus discursos sobre París eran tan atractivos que moría por cruzar sus calles. Aquella inmundicia era libertad. Necesitaba alejarme de la prisión de gruesas piedras que era el castillo, abandonar los desolados viñedos y el bosque cubierto de silencio hasta que la pólvora salía despedida. Era un pordiosero con nombre de príncipe y él un mendigo con ropas de noble. Quería alejarme con él, a toda prisa, olvidándome al fin del destino cruel que nos había cruzado.


Creo que no nos alejamos lo suficiente. No fue suficiente. Él se quemó con mi luz y yo me hundí en el páramo de la desesperanza. El cuervo que oteé en el horizonte, aquel lugar destrozado sin esperanza, éramos los dos alzándonos hacia el destino más cruel que podía existir. Nos separamos. Quedamos divididos como la mitad de dos almas. La última conversación aún provoca que derrame lágrimas. Tú, que tan bien sabías cuánto te amaba, te convertiste en un marioneta cruel que sin hilos, y sin esperanza, rugías contra mí todo el dolor que siempre habías llevado. No te culpo. No supe amarte como debía. Quizás me merecía tu olvido, pero ni siquiera en tu última noche lograste olvidarte cuánto te amaba. Tú lo sabías. No hacía falta decirlo. Me entregaste tu violín y partiste hacia las llamas. Debí haberme quedado a tu lado, pero la historia habría sido bien distinta.


Lestat de Lioncourt   

lunes, 1 de septiembre de 2014

Mi alma al diablo

Bueno, Nicolas da muestras de su "amor" por mí. Más bien rencor... ¿por qué él y Louis son así?

Lestat de Lioncourt 


Nevaba. Aunque no hacía demasiado frío, pero ya no eran las primeras nevadas ni serían las últimas. Los copos de nieve danzaban frente a los cristales empañados de la estancia. El violín descansaba sobre una silla baja, de espalda estrecha y algo coja por una pata dañada. Las cortinas estaban algo sucias, pero eso no era relevante. El escritorio estaba lleno de papeles, algunos libros y diversos documentos sin importancia. La pluma estaba sumergida en el tintero y no muy lejos, como a una palma de distancia, había varias botellas amontonadas. Era borgoña, y aún podía sentirlo en la boca.

La nieve seguía cayendo. Limpiaba el dolor, las heridas de la tierra, aumentando el caudal de los riachuelos que pronto quedarían congelados en la montaña. Las nubes eran oscuras, amenazaban una tormenta virulenta, pero deseaba huir de allí. Estaba desnudo y no sentía frío, pues el pánico calentaba mi cuerpo y alejaba cualquier otro pensamiento.

—¿Por qué no regresas a la cama?—ni siquiera quería escuchar su voz, pero ahí estaba. Él se encontraba recostado en el colchón, con las sábanas sucias y revueltas, mostrándome su cuerpo prácticamente desnudo y con los ojos clavados en mi espalda. Podía verlo en el turbio reflejo del cristal, aunque era casi inapreciable—. Podemos repetir, si deseas.

—Bebí demasiado—balbuceé—. No era yo...

—No sé porque dices eso—dijo con una breve risilla—. Estabas pletórico—escuché el leve chirriar de la cama, después sus pisadas rápidas y toscas, para finalmente sentir su respiración pegada a mi nuca—. Ni la mejor de las furcias me ha satisfecho de ese modo.

—He vendido mi alma al diablo...—estaba a punto de romper a llorar.

—Has hecho muy bien en venderla a éste demonio, pues has abierto las cancelas del paraíso—su voz siempre me resultó sensual, pero en aquel momento realmente parecía el mismísimo Lucifer. Sus manos se colocaron en mis caderas y sus labios rozaron mi nuca, se pegaron a mi cuello, dejaron caricias en mis sienes y finalmente, tomándome del mentón con la mano derecha, me giró el rostro y me besó en los labios.

Su lengua, húmeda y cálida, me electrocutaron. Nunca había sentido algo así. Ni siquiera con alguno de mis viejos amantes. Él había sido el primero en provocar una reacción tan intensa. Aquello era dejar mi corazón en sus manos. Sólo quería encender su interés en mí, conseguir algunas copas gratis, y finalmente me vi arrastrado a la mayor condena de todas. Mis ojos se llenaron de lágrimas mientras me giraba, aferrándome a su esbelta estatura, mientras rogaba que aquello no acabara. Sabía bien que no era mío, no sería el único, y eso encendía mi rabia.


Su mente perversa no me dejó escapar... él condenó mi vida.   

miércoles, 30 de julio de 2014

El demonio del violín

Este texto de Nicolas dice que se lo dedica a su musa, esa que viene y le susurra todo lo que debe sentir. Aunque yo digo que es un golpe magistral al demonio y un regalo a la vez. No sé, no sé. ¿Por qué a mí nunca me escribió algo así?

Lestat de Lioncourt 


La chispa de la vida surgió, la magia nació y la vida floreció a mis pies. El mundo se iluminó como si fuera un fósforo encendido en medio de la oscuridad. Las formas tomaron color, el alma vibró y se convirtió en violín, mi corazón se convirtió en válvula de pasión y mis dedos recorrían cada cuerda como si le hiciera el amor. ¿Y no es hacer el amor tocar un instrumento? ¿No es crear nuevos mundos con cada nota? Toca la melodía adecuada y abrirás mentes, las cuales pueden haber sido encerradas en gloriosas prisiones de piel y hueso.

Mírame soy un poderoso demonio encerrado en una caja musical, la cual ya has abierto como si fuera la caja de Pandora. Admira mi poderosa magia que despierta lo dormido, agita lo despierto y ofrece la sensación de lluvia en pleno desierto. Siente los infiernos encendiendo tu vibrante deseo. Has conjurado a las brujas en el círculo, ¿no lo ves? Ellas están aquí abriendo amorosamente tus brazos, alzando sus faldas y mostrando sus largas piernas lechosas para iniciar la danza. ¡Qué hermosos cabellos rojos y dorados! Ellas son la ilusión más hermosa que el mundo ha creado, hadas humanas con sonrisa de sirena. Danza en el círculo y alegra tu alma sin pensar en el mañana. ¡Hoy es hoy!

¿Has sentido la pasión arder en ti? Es la locura más deliciosa y placentera, te hace mover las caderas y buscas entre las partituras, convertidas en húmedas sábanas, el orgasmo final. Ven conmigo, me verás hacer el amor a tu alma. ¿No me crees? Ven conmigo, serás mi bruja en el círculo y te convertirás en doncella cuando acabe la noche. Quizás no exista zapatos de cristal, ni reloj que marque la media noche, manzana en tus labios o canciones en tu nombre... pero siempre estará el demonio observándote con una sonrisa de placer, los ojos en llamas y las manos sobre el violín esperando tocar una melodía con tu nombre.


¡Alza el telón! Agita las cuerdas y poleas, por favor. ¡Alza el telón! Quiero que vean el escenario de éste mundo tal cual es, con su polvo y su atrezo, sus piratas y fantasmas... Permite que las emociones te bañen y secuestren tu aliento. Pero por favor, llora y ríe a la vez. Quiero verte en el círculo de las brujas, olvida el hollín y ensalza la belleza de las encinas. ¡No derrames lágrimas! Hazlo en honor a ellas, al fuego y a la libertad. Si no bailas la muerte llegará antes, sin emoción ni alegría. Demuestra que has vivido y no eres marioneta... demuestra que amas y que puedes elegir ser poeta, genio o mendigo con buenas ropas.  

viernes, 18 de julio de 2014

El demonio

El siguiente fragmento permanece en mi memoria, pero surge a veces como una llamarada. 

Lestat de Lioncourt 


—El veneno en corre por mis venas es tan tóxico que se convierte en notas hirientes, esas que puedes encontrar en las viejas partituras entre libros polvorientos. He regresado a éste mundo con el firme propósito de conquistarlo con mi enloquecedora venganza. Mírame, he estado en el infierno y he paseado entre sus ascuas imperecedera—una pequeña risa macabra sacudió el ambiente, sus ojos oscuros tenían un toque dorado, casi infernal, que le otorgaba a la mirada cierta fuerza. Estaba vivo y vacío de amor hacia los demás, salvo hacia su violín y sus retorcidas musas—. Nadie puede pararme, nadie.

—Nicolas...—balbuceó—. Ya basta—dijo incorporándose para enfrentarlo—. ¡Basta!

—Basta gritaba mi corazón. Basta decía. Sin embargo, ¿te detuviste? No, tú nunca te detienes. Me enloqueciste, me distes unas alas y una luz que no me pertenecían, y cuando te cansaste de mí... Oh, pobre títere en tus manos... me dejaste abandonado como si jamás me hubieses conocido—sus palabras tenían fuerza. Las palabras siempre tienen fuerza y ritmo, sobre todo cuando nacen del corazón y exhalan los sentimientos más profundos que posee el alma—. ¡Te amaba!

—Nicolas, te imploro que si aún me amas...—comentó extendiendo las manos hacia el frente, intentando tenderlas y tocar los brazos inertes de Nicolas. Era una figura impresionante en mitad de aquel gigantesco decorado, y encajaba a la perfección.

—¿Si aún te amo?—preguntó alzando una de sus magníficas cejas negras—. Eres tan divertido... ¡Tan divertido!

—¡Nicolas!—gritó precipitándose hacia el foso, para luego subir al escenario escalando como un animal en busca de su presa.

—No te acerques—dijo pateándole para arrojarlo al foso, donde aún estaban las sillas de los restantes músicos.

—¡Nicolas!—dijo de nuevo desde el suelo.

Su viejo amante había enloquecido. Sobre todo cuando comenzó a recitar frenéticamente tantas palabras, con aquellos ojos endiablados y esos labios tan fieros. Sus palabras tomaban sentido cuando morían en sus oídos, pero no quería creerlas.

—Y la sangre me hará gritar en la oscuridad cada noche, por los siglos de los siglos. Era una criatura que ya se encontraba en un páramo oscuro, vigilado por los ojos de un gigantesco cuervo, que ahora alza sus alas triunfante sobre la vida y sobre la muerte. Seré joven para siempre, pero con los ojos de un anciano y la sed de una alimaña. Me enterrarás en un ataúd llenos de clavos donde morirán cada uno de mis sueños, pues tú eres un engreído que se creyó Dios y me otorgó algo que jamás quisiste darme. El beso de la vida, el sello de la muerte. Mírame. La codicia inunda mis venas del mismo modo que el dolor recorre las tuyas. Quiero matarlos a todos, tomarlos en mis brazos y darles el último adiós. ¡Sólo el fuego podrá pararme! Pero ya he visto los infiernos. Has abierto el portal hacia las llamas más ardientes. Tú eres la llave de Satanás—su cuerpo se flexionaba y las cabriolas en el aire eran terribles. Pronto se colocó en el punto más alto del teatro, en uno de los palcos, con un par de brincos elegantes y rápidos. Sus pies quedaron sobre la barandilla y sus brazos se alzaron en señal de logro. El violín rápidamente tocó su barbilla y hombro, sus ojos se cerraron y comenzó a tocar completamente poseído.

—El demonio del violín—murmuró.


—No, el violinista del diablo.  

domingo, 22 de junio de 2014

La danza del dolor

El siguiente fragmento de vida es de Nicolas de Lenfent y quiere compartirlo con ustedes.

Lestat de Lioncourt 


Sus pasos hacían eco por la estancia, como si recorriera el campo santo de los infiernos. Tenía los brazos cruzados sobre su pecho, su cabello negro caía sobre sus hombros completamente alborotado y poseía una amargura intensa en su mirada café. Parecía buscar alguna razón, algo que lo mantuviese vivo, mientras la noche lentamente caía. Su violín lo esperaba sobre la cama que ambos habían compartido. Parecía que sólo él, con sus cuerdas y arco, y su propia alma extrañaban los dorados cabellos, la risa explosiva y los ademanes bruscos de Lestat.

—¿Has visto?—le dijo en un murmullo parándose en seco en mitad de la boardilla—. ¿Lo has visto?

Las lágrimas comenzaron a bordear sus mejillas sonrojadas por el vino. Varias botellas vacías, de vidrio verde y grueso, se amontonaban en un rincón y una vela se consumía muy cerca, como si fuese la única que quiera acompañar la escena, señalando a las culpables del estado de embriaguez del músico.

—No debí creer sus mágicas historias, esas estúpidas historias. ¿Cómo pude amar a un mentiroso?—se colocó las manos en el pecho y tiró suavemente de su camisa de chorreras blanca—. ¿Por qué?—susurró con el labio inferior tembloroso, tan tembloroso como su voz—. ¿No vio que él era mi única luz? ¿No comprendió que le amaba? ¿Qué hice yo para merecer el olvido? ¿Por qué no me llevó con él? Él dijo que estaríamos unidos por siempre. ¡Mentiroso! ¡Blasfemo! ¡Fariseo!—explotó cayendo de rodillas mientras se llevaba la mano derecha a los labios, intentando impedir que nuevas agresiones surgieran de sus carnosos labios. La zurda quedó sobre los tablones de madera del suelo, acariciando y apretando las betas—. Espero que los infiernos se abran y tú te encuentres en ellos. Eres el peor de los demonios, pues tu presencia es de encantador ángel y el pecado que he cometido contigo es el mayor de todos.


Nicolás alzó la vista viendo el violín, testigo de todo, y sonrió amargamente. Con torpeza gateó hasta él para comenzar a tocarlo. Su cuerpo se alzó como si fuera el de un coloso, comenzó a tocar con angustia y desesperación. Quería calmar sus lágrimas y animar su alma, la cual se retorcía como sus miembros. La danza se inició y sus sentidos despegaban de la turbia realidad. En su mente estaba en Auvernia, en el círculo quemado de las brujas, girando al compás de cada nota mientras Lestat contenía su consternación. Danzaba para él otra vez... danzaba para sí.  

lunes, 16 de junio de 2014

Que el arte sea mi tumba

Poesía de Nicolas de Lenfent sobre el arte.

Lestat de Lioncourt

QUE EL ARTE SEA MI TUMBA


¡Quiero se que alce el instrumento!
Necesito que el demonio baile
y quede seducido por las notas del violín.
¡Necesito que suba arriba, hacia el firmamento!

He venido con los siete pecados
y todos mis terribles y trágicos lamentos,
para que él bendiga la lujuriosa locura
a la que, sin duda alguna, estoy abocado.

¡Que se despegue mi alma del cuerpo!
Y destrone de mi hombro al ser alado,
pues sólo quiero que del demonio triunfe
y me lleve al mundo de los muertos.

Necesito que el fuego arda bajo mis botas,
y que ardan conmigo mis seres amados...
No quiero dejar sentimientos en éste mundo.
¡Qué las rosas de mi tumba sean mis notas!



miércoles, 21 de mayo de 2014

Mis deseos

20 de Octubre de 1779, París

Recuerdo su cuerpo estrechándose contra mí, el frío terrible golpeando nuestro cuerpo y el hambre que nos provocaba el saber que no íbamos a comer en días. Bailábamos sobre la cuerda de la cordura y prácticamente nos precipitábamos hacia los rincones más perversos del alma. La música, el arte, era lo único que teníamos y a veces era suficiente. Podía ver en sus profundos ojos el amor que me profesaba y yo lo amaba, creo que no podía dejar de amarlo. Mi pasión era puro fuego, ardía en mi pecho con desesperación, y sabía que más allá de la muerte lo seguiría buscando como si fuese lo único que hubiese conocido.

Ahora que no puedo volver, pues soy un monstruo, lo observo por la ventana y parece tan angustiado, perdido en sus pensamientos y olvidado de la felicidad. Deseo estrecharlo contra mí, besar su rostro y rogar que no se percate de lo frío que me encuentro. No puedo regresar. Lloro cada día porque quiero estar a su lado y no puedo. He visto el amanecer de la locura en su sonrisa y como su cuerpo se estremece cuando le hablan de mí.

Desearía entregarle yo mismo esta carta, pero posiblemente la doble y guarde en uno de mis gabanes. Me siento turbado por el amor que siento y creo que es lo único real que me he permitido sentir, necesitar y creer. Me afecta incluso escribir que lo amo, me afecta porque sé que él siente lo mismo y no soy capaz de arrojarme a sus brazos. Todo es complicado, pero eso no borrará mi amor por él.


Su violín llora en las noches las mismas lágrimas que yo derramo.

Lestat de Lioncourt   

domingo, 27 de abril de 2014

Ese maldito sonido

Bonjour una nueva memoria, aunque breve, de Nicolas y Armand. Aquí vemos uno de los tantos motivos que tenía el pelirrojo para encerrar al pobre violinista. La verdad... es que los dos están igual de locos y me alegra tenerlos más o menos lejos. 

Lestat de Lioncourt 

Una lluvia primaveral sacudía París aquella noche. Los edificios quedaban deslucidos por la oscuridad terrible y el sonido de los carros salpicando en los baches. Pocos se atreverían a ir al teatro, salvo aquellos privilegiados que tenían coche propio y podían ser acompañados por sus lacayos hasta el interior del mismo. Dentro se vivía las mismas emociones, las cuales eran pura codicia que surgía desde el más profundo odio hacia la mortalidad y deseo desenfrenado de sangre, y se representaban por última vez los diálogos a un ritmo vertiginoso.

En la parte superior del teatro había un lugar especial donde Nicolas solía descansar. Era una pequeña boardilla donde se guardaban algunos enseres de la tramoya. Allí, frente a una gran ventana, observaba a los mortales aproximarse hasta el teatro. Podía oler su sangre, sentir como pulsaban sus venas aquellos deliciosos latidos y el calor que rezumaban de los escotes prominentes de las damas. Quería estrecharlos a todos, beber de ellos en un ritual sangriento y susurrarles al oído que era un demonio.

Estaba allí encerrado tocando el violín de forma endemoniada por sexta noche consecutiva. Armand estaba a punto de volverse loco. Podía escuchar su ritmo desde cualquier lugar donde se encontrara. Parecía que se divertía torturándolo, instándolo a cometer un terrible error y doblegándolo ante su mirada enloquecida y su sonrisa de infeliz.

—¡Ya basta!—dijo entrando en la habitación mientras Nicolas miraba por la ventana y tocaba una vez más su última composición— ¡Basta he dicho! ¡Basta!

—¡No!—respondió girándose hacia él para enfrentarlo— ¡Toco mi mejor obra!

—¡Eso decías de la que compusiste ayer!—tenía el ceño fruncido y la boca apretada. Parecía un pequeño muñequito salido de alguna de las jugueterías aledañas. Su cabello estaba rizado, lustroso y su color sangre cautivaba a cualquiera que lo contemplaba. Era una maravilla, pero para Nicolas era su verdugo.

—¡Puta del demonio!—dijo escupiéndole—. ¡Golfa de Dios!

—¡Cómo te atreves a decir eso de mí! ¡Maldito canalla! ¡Ruin y despreciable! ¡Te he dado cobijo!—gritó abalanzándose hacia él para arrancarle el violín, pero no pudo.

—¡Es la verdad! ¡Eres un pecador! ¡Tú eres tan monstruo como yo! ¡Dios traerá su furia sobre todos! ¡Y me divertiré mientras ardemos en el infierno!—estalló en carcajadas mientras sentía las tibias manos de Armand.

—¡Vengan todos! ¡Los necesito!—terminó exclamando.


El resto es historia. Armand encerró a Nicolas intentando domar su furia, locura y peculiares visiones. Sin embargo no se pudo hacer nada. En un momento de desesperación Armand le amputó las manos y poco después, tras devolvérselas, éste decidió acabar con su vida.  

jueves, 20 de febrero de 2014

Ardiendo en el infierno

Nicolas me ha pedido que suba este texto en su nombre. La verdad es que no me apetece hablar más sobre el tema. Él se ha enamorado de Memnoch y Memnoch me sigue acosando. Es una relación extraña y no hay mucho que decir sobre ello. Allá él y su alma. 


Lestat de Lioncourt 


La mañana había llegado a pesar que rogué durante horas que el sol no apareciera. Si por mí hubiese sido habría matado las horas diurnas por una noche más a su lado, en silencio, sin mover siquiera un músculo temeroso porque despertase y se sintiese incómodo al encontrarme acariciando sus pómulos.

He recorrido cada trozo de su rostro delineando con la punta de mis dedos. Creo que ya puedo dibujarlo en el aire con la maestría de un ciego. Pero ¿no soy ya un ciego de tantos? Me ha cegado el amor y he caído en el torbellino desesperado de saber que él no me amará jamás. No tengo esperanza alguna y no le guardo rencor. ¿Quién soy yo para imponer mis sentimientos? Ambos somos libres para buscar otras camas y sin embargo caigo en redondo frente a él. Siento asco y vergüenza de mí, pues he olvidado quien soy realmente y quién domina en los infiernos.

Las hermosas cortinas color púrpura de mi habitación se agitan suavemente. La cama está revuelta y él aún permanece en ella. Sus cabellos rubios, casi cafés, están revueltos y caen sobre la almohada. Sólo el edredón tapa sus partes nobles, pues no hay muro de tela alguno. Quiero buscar sus brazos para que me rodeen de forma sincera, como si fuese la solución a cualquier enigma que aún él se plantee, y llorar en su pecho las lágrimas que no muestro por miedo a sus burlas. La luz incide sobre su rostro y la mañana de invierno, la cual fue precedida por horribles lluvias, es ahora tan primaveral que siento pánico. Veo el mundo con los colores que había olvidado y sin duda es una fantasía demasiado atractiva para un ser acostumbrado a la oscuridad.

Necesito tocar para él, pero no me atrevo. Temo que se despierte y se vaya. Mi cama no volverá a ser la misma, pues jamás se había quedado conmigo más de unas horas. El tormento de sus caricias crueles, sus golpes certeros y sus palabras lascivas dieron paso a unos besos inquietantes mientras reía por mis reacciones. Sé que juega conmigo. Soy su juguete favorito hasta que termine roto, en el piso y sin ánimos de seguir jugando aunque me patee exclamando que no sirvo para nada.


Estoy frente a él rodeando mi violín y llorando. Cada una de mis lágrimas es un beso frío que me ha ofrecido, un golpe en mi rostro o en mi alma... cada suspiro que ofrezco es un año más condenado al infierno. Acepté regresar y he terminado siendo humillado por un amor imposible que quema mis esperanzas.  

sábado, 9 de noviembre de 2013

Los augurios de un demonio

Bonsoir mes amis

Aquí les dejo un escrito de Nicolas de Lenfent sobre sus fechorías con su nuevo poder otorgado por Memnoch. 

Lestat de Lioncourt


Los augurios de un demonio


Bajo las luces de neón debes pedir un deseo y quizás te lo concedan. En la tóxica ciudad de New Orleans, en una de esas calles que son inseguras cuando todos ya se han ido a dormir, puedes escuchar sus pasos llamarte como si fuera el canto de una sirena. El violín suena ascendiendo por las fachadas y trepando de balcón en balcón hasta quedar cerca de la luna que parece más cercana y deslucida. Busca templar los nervios bajo tu piel y oculta tus miserias, pues él conoce tus sonrisas más amargas y las lágrimas más falsas que has podido ofrecer. Te convertirás en un miserable si te atrapa, lo sabes.

Ya puedes sentir sus garras arañando tu piel. Creerás que no es real, pero tus ojos te hablarán con familiaridad. Entonces correrás por la ciudad buscando refugio que no hallarás. ¿Para qué correr? El demonio se ha hospedado en las calles que creías seguras.

Él sabe bien donde te escondes y que cosas te gusta hacer a estas horas. En la oscuridad te tomará y te llevará al final de la cordura. No podrás parar de gritar y todo el mundo sabrás que habrás perdido.

Has caído en su juego, en ese juego perverso donde todo es posible y no hay escapatoria. Los dados están echados y la partida a punto de acabar. Rápido dale un beso de despedida a tu alma y permite que la noche guarde silencio en homenaje a la vida que has desperdiciado. No habrá vuelta atrás, todos lo saben. Si juegas con el demonio éste acaba apareciendo salvaje, apuesto y con ganas de diversión.


Hay un demonio en la ciudad que fue un alma retorcida en los infiernos y ahora ha vuelto para sonreír con deliciosa crueldad.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt