20 de Octubre de 1779, París
Recuerdo su cuerpo estrechándose
contra mí, el frío terrible golpeando nuestro cuerpo y el hambre
que nos provocaba el saber que no íbamos a comer en días.
Bailábamos sobre la cuerda de la cordura y prácticamente nos
precipitábamos hacia los rincones más perversos del alma. La
música, el arte, era lo único que teníamos y a veces era
suficiente. Podía ver en sus profundos ojos el amor que me profesaba
y yo lo amaba, creo que no podía dejar de amarlo. Mi pasión era
puro fuego, ardía en mi pecho con desesperación, y sabía que más
allá de la muerte lo seguiría buscando como si fuese lo único que
hubiese conocido.
Ahora que no puedo volver, pues soy un
monstruo, lo observo por la ventana y parece tan angustiado, perdido
en sus pensamientos y olvidado de la felicidad. Deseo estrecharlo
contra mí, besar su rostro y rogar que no se percate de lo frío que
me encuentro. No puedo regresar. Lloro cada día porque quiero estar
a su lado y no puedo. He visto el amanecer de la locura en su sonrisa
y como su cuerpo se estremece cuando le hablan de mí.
Desearía entregarle yo mismo esta
carta, pero posiblemente la doble y guarde en uno de mis gabanes. Me
siento turbado por el amor que siento y creo que es lo único real
que me he permitido sentir, necesitar y creer. Me afecta incluso
escribir que lo amo, me afecta porque sé que él siente lo mismo y
no soy capaz de arrojarme a sus brazos. Todo es complicado, pero eso
no borrará mi amor por él.
Su violín llora en las noches las
mismas lágrimas que yo derramo.
Lestat de Lioncourt
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