Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 22 de julio de 2015

Ángel de la música...

Salvé a Antoine porque así lo quería. Él me parecía maravilloso y digno de la sangre. Era digno de ser hijo mío. Me siento orgulloso haga lo que haga mientras eso lo mantenga cuerdo y vivo.

Lestat de Lioncourt 


He creado música para alimentar mi alma y curar las heridas de otros. He compartido mi melodía con los desarrapados del mundo, aquellos que fueron olvidados por la gracia divina y se hundieron en las tinieblas de sus propios demonios. La mayor virtud de la música es la comprensión más allá del idioma que hables, pues posee un lenguaje universal que puede palparse con el alma y saborearse con cada partícula de nuestro ser. Estamos hechos de tejidos, pero unidos por el invisible hilo del arte que satisface las restantes necesidades indispensables para la felicidad. La música es el alimento para el alma.

Cuando era sólo un niño admiraba a los grandes músicos. Conocía el placer innegable de la ovación del público. Aprendí desde joven lo que era el esfuerzo. Mis dedos estaban cansados, mis brazos adoloridos y aún así seguía estudiando. Quería ser un músico excelso. No me importaba que mi hermano fuese el centro de atención de las reuniones y yo quedara a un lado, como un despojo, porque mi único interés era la música que allí sonaba. No quería danzar, no quería reunirme entorno a las mujeres y cortejarlas. Deseaba hundirme en la música, conversar con los jóvenes que allí se reunían para demostrar su talento y me unía a ellos con mi piano.

Fui desheredado porque me señalaron como el culpable de provocar que una joven perdiera su pureza, su buen nombre e hiriera el orgullo de una familia. Negué ser el padre de una criatura. Me negué en rotundo porque era mi hermano quien la cortejaba, quien de puntillas entraba en su habitación y la hacía suya entre mentiras y caricias.

La música fue lo único que me quedó. Me aferré a ella, como me aferré a la botella. Ahora me aferro al piano, al violín y a la sangre. He sido quemado, vilipendiado, olvidado y aún así sigo en pie. Recuerdo las amables palabras de Lestat hacia mis composiciones y también las sonrisas de los humildes, las putas y desarrapados como yo. Me convertí en un músico de vodevil, pero no en un idiota sin sentimientos.

Ahora soy aclamado cuando mi música suena a través de las aplicaciones móviles, ordenadores y tabletas gráficas. Muchos me llaman el nuevo violinista inmortal, algunos me tachan de excelso músico y hay quienes suspiran cuando escuchan el inicio de mi instrumento junto a la pianista inmortal Sybelle.

Yo sólo quiero curar sus heridas como la música curó las mías. Deseo darles esperanza y sueños. Les animo a ser ellos mismos y a vivir sus sueños, por más que otros les indiquen que están equivocados. Pero sobre todo deseo que Lestat me escuche. Quiero que vea en mí al hombre que ayudó a reconstruir. Sonrío de nuevo lleno de esperanzas porque él me dio la oportunidad de no morir, de dejar un legado más allá de mis partituras, y vivir eternamente joven con la fuerza de su sangre y el espíritu que una vez tuve cuando era sólo un niño. He encauzado mi vida y quiero que él se sienta orgulloso como padre inmortal. No deseo defraudarlo. No quiero que nadie sienta lástima por mí. Mi mayor sueño es que todos vivan en paz escuchando la música que emerge de la oscuridad. Los músicos inmortales deseamos ser escuchados para que la eternidad sea más dulce, más atractiva y más vital.


No sólo de sangre vive el vampiro.  

viernes, 22 de mayo de 2015

Unidos

Armand y Antoine deberían unirse y aceptar que se quieren. Me resultaría un alivio que encontraran cierta afinidad.

Lestat de Lioncourt 


Pude notar como su cuerpo quedaba detrás del mío. Sus manos se colocaron sobre mis hombros y percibí su aliento antes de sentir sus labios rozando mi cuello. Estábamos a solas. Tan sólo la música del piano seguía sonando. Él estaba allí, junto a mí, permitiendo que el momento se parara y la noche no prosiguiera como de costumbre. Mis ojos estaban fijos en varios pesados volúmenes que se hallaban mal colocados. Lestat había estado en la biblioteca y había revuelto todo. Aún podía oler su perfume, pero ya no estaba allí. Se había marchado de nuevo en busca de alguna pequeña aventura nocturna.

—Debemos hablar—su timbre de voz provocó que todo mi cuerpo se agitara. Me ruboricé y me sentí torpe.

—¿Sobre qué? ¿Quieres hablar sobre los celos insufribles de Louis sobre ti o la nueva composición que hizo Sybelle en tu compañía?—murmuré intentando apartarme, pero él me rodeó con sus largos brazos.

Sus dedos son largos, finos y muy atractivos. Posee unas uñas más largas que las mías, algo picudas, posiblemente ya las tenía largas cuando Lestat lo convirtió. Sus largos dedos son hábiles y me sentí un instrumento musical tocado con maestría. Desabrochó mis botones y me arrancó la camisa, arrojándola a mis pies para seguir besándome.

—No estamos hablando...—dije girándome de improvisto—. ¿A qué juegas?

—A quererte—respondió con una cándida sonrisa. Sus labios son carnosos y cuando sonríe parece un felino. Esos ojos azules, tan profundos, parecían ahogarme en la pasión que él desataba con cada nota de su violín. Podía escuchar la música de Sybelle, cada vez más ascendente, y mi corazón palpitaba de forma insólita—. Yo te amo y te admiro.

—Y yo preciso de tiempo para asumir todos los sentimientos que albergo hacia ti—comenté apartándolo.

—Estás huyendo, pero no sé si de mí o de tus sentimientos.

—De todo quizás—dije saliendo de la habitación.

Huía de mis sentimientos y de la imposibilidad de descifrarlos. No comprendía que ocurría con ellos. Siempre creí que mi único gran amor era Marius y que jamás me repondría. Hizo tantas promesas, me regaló el oído durante meses, pero fue incapaz de mover un dedo para buscarme. Se comportó como un cobarde, aunque siempre se disfrazó de hombre de honor y de valeroso guerrero. Pero no era otra cosa que un insufrible cobarde que jamás cumpliría sus escasas promesas. Nunca logré reponerme de mi error al amarlo y haberlo defendido durante tantos años. En mis sueños aún aparecía como el Mesías salvador, pero no era más que un recuerdo hiriente que seguía tatuado a fuego en mi alma y en mis recuerdos.

Antoine era distinto. Avivaba en mí los recuerdos de un pasado trágico. Nunca comprendí a Nicolas. Jamás tuve la oportunidad de soportar el tormento de sus palabras llenas de burla y odio. Los reproches que surgían de aquella boca perfecta, de sus manos delicadas y sus ojos irritantes eran continuos. Las obras de teatro eran una muestra de su locura, pero también de su genialidad. Él tenía algo de Nicolas. Era un genio. Las obras de Antoine poseían una gracia especial. Ni siquiera los mejores músicos de Notker habían logrado apaciguar mi destrozada alma como las obras de ese muchacho, pues sólo era un niño todavía en éste mundo incierto. ¿Y yo qué soy? Soy un niño. Somos niños y seguiremos siendo niños siempre. Antoine no sólo era distinto sino que sigue siéndolo.

La melancolía de Louis no es comparable a la de ningún otro, pero también posee ese matiz. Una vida dura, infectada de traumas y calumnias, me recuerda a la nuestra. Todos sufrimos cuando somos jóvenes y creemos que jamás vamos a superarlo, pero finalmente logramos surgir como si fuésemos fantasmas en Hamlet.

Me siguió. Lo noté de inmediato. Podía escuchar el murmullo suave de su corazón y sus pensamientos atolondrados. Quería reprocharme tantas cosas, pero no era capaz de decir nada. Tan sólo me miró como se mira a un sueño imposible. Se acercó a mí girándome suavemente, besó con ternura mis labios y me abrazó. El resto de la noche la pasó conmigo recostado en mi cama, con ratos de silencio y momentos de conversación sobre el arte, la vida y el amor.


Creo que le amo. He descubierto el amor a su lado. Sin embargo, tengo miedo.  

viernes, 20 de marzo de 2015

Yo sí te amo.

Armand debería sentirse afortunado porque ella le quiere. Sybelle es una mujer magnífica. 

Lestat de Lioncourt


«Melodía desenfrenada es la que suena en mi alma. Suena como si fuese parte de una película en blanco y negro, con miles de palabras no dichas aunque comprendidas en cada mirada y gesto. He abierto mi alma para que entraran tus caricias, haciéndose hueco entre las notas musicales de tu piano, mientras busco desesperado un beso de tus labios. Me aferro con fuerza a la esperanza que mi brindas, al amor que me ofreces y a la paz que ronda tus pies desnudos.

Siempre tuyo,
Armand.»

Recuerdo esa nota. Es como si aún la conservara entre mis dedos, y no en una pequeña caja de zapatos junto a viejas fotografías, un dibujo arrugado y notas, aunque escuetas, que alguna vez mi madre me dejó por mi vieja vivienda. Tal vez no te lo he dicho lo suficientemente alto o las veces necesarias. Pero hoy lo haré, como siempre lo hago, estrechándote contra mi cuerpo, rodeándote con mis brazos y besando tu frente. Te amo. Te he amado desde el primer momento. No he tenido dudas en mi pecho. Jamás he tenido miedo a este cambio.

Ayer te escuché llorar. Crees que nadie te escucha, que estás a salvo en la penumbra de tu habitación, pero pude oír claramente como suspirabas y murmurabas una vez más su nombre. Has soñado con él, como hacías cuando sólo eras un niño, y has mirado por la ventana esperando que él viniese a esta isla. Tú eres Peter Pam, yo soy Wendy y quienes nos acompañan se convierten en niños perdidos. Perdidos en el tiempo. Él se ha convertido en un epitafio que cae sobre tu esperanza, aplastándola y enterrándola junto a tu corazón.

Tal vez debí interrumpirte, secar tus lágrimas y repetirte mil veces que yo te amo. Estás bendecido por una belleza y una inteligencia soberbia. Pocos logran alcanzar los siglos que tú has logrado vencer. Has matado a dragones temibles convertidos en fuego, cenizas y viejas imposiciones. Has librado batallas más poderosas que cualquiera en los Infiernos. Te has convertido en un ángel sin alas, pero crees que tampoco tienes un Dios que quiera bendecir tus cabellos. Y no es así. Yo te amo, estoy aquí y puedo darte el consuelo de mis brazos. No lo olvides.

Te espero junto al piano,

Sybelle.  

jueves, 19 de marzo de 2015

Una carta

No sé que pensar, ¿le sentará bien a Louis? No lo sé...

Lestat de Lioncourt


Podría componer con tus mentiras miles de melodías, pero también con tus descubrimientos, atrevimientos, verdades terriblemente sinceras y la pasión que he visto desbordada en tu sonrisa. Aprecio la vida que me has dado, pese a la distancia que creaste entre ambos. Un mundo completo se formó, como si fuese un muro sólido, y jamás decidimos buscarnos por miedo quizás a encontrarnos, mirarnos a los ojos y confesar que habíamos errado en muchos de nuestros deseos.

No te recrimino nada. No puedo hacerlo. Tan sólo quiero estar cerca, ver la grandiosidad de esa figura heroica que eres y aceptar que una vez fuimos iguales. Te vi perdido, tanto como yo, pero tú tenías un sueño que seguir. Me diste la oportunidad de tener los míos, pues yo había dejado de ser un soñador para ser una deprimente sombra arrastrándose por el Nuevo Mundo.

Deseo que me tomes una vez más de las mejillas, acaricies con tus pulgares mis pómulos y me digas, con esa mirada iluminada por la locura más apasionada, que todo lo que deseo puede ser cierto, tan cierto como tú y como yo.

No te pido un abrazo de hermanos, ni un beso de amantes y ni mucho menos que permanezcas mucho tiempo. Me conformo con esas caricias y un apretón de manos sincero. Jamás me involucraría en tu vida. No deseo ser una carga. Sólo quiero volver a estar a tu lado, como esas noches donde me pedías que tocara para ti, olvidando por un segundo el año y su época.

Te espero, junto al piano, para volver a vernos.

Antoine.  

miércoles, 18 de marzo de 2015

Monsieur... Antoine...

Disculpas. Aunque suenen vacías, llenas de cliché y absurdas en este momento. Sin embargo, lo único que puedo rogar es tu perdón. Sin embargo, sé que no me detestas. Fuimos amigos, te di la oportunidad de sobrevivir y tocar cada noche hasta el fin de los tiempos. Esa destreza con el piano, tus dedos tan finos y hábiles, provocaban en mí el deseo febril de escucharte cada noche. Era como el delirio de una poesía magnífica, tan enloquecedora como soberbia, que te hacía saber que estabas vivo, aunque fueses un monstruo condenado por cientos de pecados que el hombre aún no le dio nombre.

Aún puedo naufragar en esos mares azules. Mares de tormenta que harían zozobrar a cualquier experto marinero. Tus carnosos labios, esos que sonríen con toda bondad, siempre murmuraban marchitos sueños que aún, pese a todo, querías rescatar. Eras un genio, pero nadie valoraba tu talento. Tu mayor poder era enamorar a cualquiera con sólo ver tu resuelto andar, tu magnífica presencia frente al piano y como las notas brotaban igual que las aguas de un manantial sagrado.

Recuerdo haber besado enloquecido tus muñecas, rozado con mis labios el dorso de tus manos y lamido la punta de tus dedos. Me mirabas sonrojado, perdido en la inquietud de mis ojos, mientras balbuceabas palabras tórridas y románticas. Viene a mi, como si fuese un viejo daguerrotipo, tu pecho descubierto, de pezones canelas, esperando ser succionados con la delicia de un amante insatisfecho por tan breves minutos a solas. No puedo olvidar el hedor a podredumbre, humedad y polvo que se acumulaba en aquella ruinosa habitación. Deseaba arrancarte de allí, como si fueses un ángel caído del cielo, para acunarte en mi cama mientras yacías temblando impúdico.

Antoine, mi muchacho al piano, eras tan delicado que ni siquiera eras consciente de tu fuerza. Tu mayor destreza era la pasión, el respeto a la vida y la muerte, la ilusión infame de tocar para siempre y tu amor por ti. Tenías una fe ciega. Una fe que aún me guardas. Me respetas y me amas, todavía lo haces. No sé como darte las gracias por amar a este monstruo, pero sé que todo hubiese sido distinto de no haber luchado a mi lado.


Gracias por volver a mi vida... por gritar mi nombre... por mostrarme que sigo siendo el héroe que a todos fascinan.


Lestat de Lioncourt   

jueves, 5 de marzo de 2015

La verdad de un monstruo

Antoine es un dramático... Me gustaba ayudarlo y me divertía. Louis se había amargado en los últimos años. Nada más. Además, ¿qué hay de malo tener un amigo?

Lestat de Lioncourt


Él vino a mí. Me sedujo como suele hacerlo con todas sus víctimas sin importar nada. Es un monstruo perfecto. Posee una belleza mágica que sabe canalizar con sus palabras seductoras, su sonrisa canalla y su pose elegante. Jamás he visto a un hombre tan distinguido, pero tan patán a la vez. Me llamó la atención su acento. No era un criollo, sino alguien que había venido de la misma zona de Francia de la cual yo había escapado. Sus labios carnosos se movían lentamente mientras pronunciaba frases en inglés, pero también en francés. Parecía hechizado porque nadie puede ser tan perfecto.

Vivía en un cuartucho con las pocas pertenencias que mi familia había logrado rescatar. Parte de mi vida había quedado reducida a nada. Mis padres ya no estaban ahí para llenarme con su amor y respaldar mis estúpidas decisiones. Tan sólo tenía diecinueve años y había perdido todo. Mi apellido, el pasado glorioso de mi familia, no servía para nada salvo para sacarme lágrimas. La Revolución había hecho rodar cabezas, salpicar de sangre inocentes los vestidos de las burguesas y alentar al pueblo a masacrar a los nobles a cambio de alzar a los nuevos ricos. Estúpidos. No mataban al opresor, pues sólo se colocaban nuevas cadenas y bozales.

El piano era mi único consuelo. La música me daba cierta paz. La música y el alcohol me calmaban. El vino se deslizaba por mi garganta y me hacía sentir pletórico. Mis manos no temblaban al rozar las piezas de diminuto marfil. Tampoco lo hacían al levantar el vaso. Sin embargo, el resto del tiempo temblaba aterrado y sollozante.

Él calmó del todo ese dolor. Él llenó el vacío. Él me besó arrebatándome el aliento y yo caí en sus brazos aferrándome a su chaqueta. Fue tras una larga conversación en una taberna, después de llevarlo a mi cuchitril y demostrarle mi escaso talento frente al piano. Creo que jamás he visto a nadie tan eufórico ante una pieza tan simple. Parecía rememorar viejos tiempos, sobre todo porque murmuró un nombre un par de veces. El nombre era Nicolas. Pero lo importante fue su beso. Un beso terrible que me empujó a desnudar mi alma, permitiendo que me tocara y me liberara de mis cadenas.

Las siguientes noches lo esperaba con miedo y ansiedad. Se convirtió en mi mecenas, mi amigo y en ocasione mi amante. Ocasiones furtivas y terribles. Su lengua hacía estragos, sus manos me arañaban el alma y sus caderas marcaban el ritmo de la música que no cesaba cuando me tenía frente al instrumento. Fui su amante sin saber la verdad. Cuando la supe me sentí tentado, pero también dolido.

Un vampiro. Era un vampiro. Un ser de la noche. Un monstruo para todos, inclusive para mí. Alguien que ya tenía el corazón vetado por la reveladora historia que él me narró. Secuestró mi felicidad y me hizo sentir humillado, pero aún así estaba encandilado por su arrogancia, sentido de la belleza y pasión. Era leal a él. Acepté ser su “hijo” del mismo modo que acepté que huyera tras Louis y Claudia, su familia. Él dijo que se quedaría conmigo, pero ellos eran más importantes. Ellos siempre lo han sido. No importaba los crímenes cometidos contra él, tampoco que huyesen de su lado o lo odiasen. Él los amaba. Y, de alguna forma, sé que lo sigue haciendo.


He regresado a su vida, pero lo he hecho de forma silenciosa. Sé bien cual es mi lugar.  

lunes, 8 de diciembre de 2014

Amistad

Estaba allí impulsándose sobre el piano. Sus largos cabellos negros caían en cascada sobre su rostro, rozaban sus hombros y la pequeña medalla que colgaba de su cuello. Había sido exiliado, al igual que el resto de su familia, y su fortuna estaba dilapidándose poco a poco. La botella de vino que estaba sobre el instrumento estaba a punto de quedar vacía. Tenía sed. Una sed inconcebible para un hombre tan joven, pero sus penas eran muchas y quería ahogarlas todas. Antoine intentaba olvidar.

Había algo en él que me recordaba a Nicolas. Quizás era su extraña melancolía o el hecho que parecía estar rodeado de demonios invisibles. Pedía cada noche que tocara para mí. Necesitaba que la música lo inundara todo. Sus manos eran hábiles, suaves y delicadas. Parecía un ángel con aquella camisa de chorreras blanca, con los puños de encajes tan hermosos como las flores del jardín cercano, y su chaleco ajustado, pegado bien a su pecho, mostraba su delgado cuerpo como algo apetecible. Era joven, muy joven, y aún no había desarrollado toda su belleza. A penas tenía aún barba, sus ojos contenían cierto dolor inconcebible en un muchacho y sus labios carnosos, tan amables, pronunciaban frases terribles. No estaba enamorado de él, pero sí del conjunto de su cuerpo moviéndose con cada pieza. Era un ángel en un infierno paradisíaco como era New Orleans.

—Me visitas cada noche como si fueras un fantasma—pronunció riendo bajo. Sus dedos estaban aún sobre el instrumento.

—Pero sólo soy un vampiro—respondí apoyándome en el marco de la puerta.

—¿Me darás la vida eterna? Es una propuesta tentadora, pero no sabía si podría soportarlo—dijo encogiéndose de hombros.

Tenía diecinueve años. La vida la estaba tirando a la basura. Sus enormes ojos azules poseían unas pestañas pobladas y unas cejas perfectas. Su rostro era anguloso, pero delicado. Quería decirle que si no lo hacía la belleza que tenía se perdería. Si no lo convertía su música se olvidaría. Deseaba convencerlo. Necesitaba hacer un buen trato con él. Sin embargo, esa noche sólo me dediqué a contemplarlo y escucharlo.

No sabía como Louis se tomaría aquello. Sabía que Claudia me odiaría, si no lo hacía ya. Algo en ella estaba cambiando. No la culpaba. Nunca culpaba el dolor que pudiese tener. Louis tenía el suyo, ella tenía sus demonios y yo mis terribles secretos. Antoine poseía pureza y belleza cargada de música.

Ahora vuelvo a contemplarlo. Allí arrojado sobre el piano como si fuera una lápida que tuviese su nombre. Sus dedos recorren su hermosa figura y sus pequeñas teclas blancas. Las rosas del jarrón se marchitaban lentamente, como si fuese imperceptible, dejando caer un pétalo cerca de su rostro. Quisiera hablarle, pedirle disculpas por haberlo abandonado y aún así me encuentro frente a él con las manos en los bolsillos. Fue un buen amigo, un gran amigo. Él alejaba mi dolor, lo hacía suyo y terminaba embriagándose con la música. Sybelle no se encuentra lejos. Ambos son unos empedernidos del piano, unos fabulosos vampiros por siempre encadenados a un arte para nada efímero. Eternos.

«Si te dijera que algo en mí, algo diminuto, se siente culpable... Aunque por otro lado veo lo bien que te fue sin mí, sin el tormento de mis palabras y mis mentiras poco prácticas. Lo siento, amigo mío.»



Lestat de Lioncourt

sábado, 1 de noviembre de 2014

Tu encantadora melodía

Armand y Sybelle, Sybelle y Armand... el monstruo con cara de niño del coro y la pianista. Bueno, es una bonita pareja... supongo.

Lestat de Lioncourt 


La melodía del piano me había salvado. Cada tecla pulsada era un latido. Ella rezumaba un éxtasis casi religioso cuando interpretaba con esa vitalidad cada pieza. Si bien, había una concreta que llamaba poderosamente su atención. La pieza que tocaba para sí misma y que logró mantenerme vivo. Quise morir. Me vi en el cielo, o quizás fantaseé con ello. Ascendí hacia la locura y caí con la piel quemada, terriblemente desfigurado, contra un tejado cualquiera.

Me convertí en el ángel que cuidó de una joven. Maté un villano y aún no sé como lo logré. Dejé que su sangre fuese mía. Permití que la maldad de su corazón se mezclara con la oscuridad de mi alma. Engullí su crueldad y la hice desaparecer. Recuerdo las horas siguientes como una auténtica tortura. Me costó volver a ser quien era, aceptar los hechos, encauzar mi vida y regresar junto a ellos. Sybelle y Benjamín. Ellos serían mi gran fortaleza. Pero fue de ella quien tuve la recompensa más preciada. El primer te amo.

Benji progresaba cada noche. Por las mañanas leía con avidez los libros que yo le ofrecía. Después, cuando regresaba al lado de ambos, conversaba conmigo sobre todo lo que había leído. Incentivaba sus sueños de grandeza con una educación esmerada y un amor puro hacia él. El muchacho correspondía mis caprichos con una atención típica de un jovencito. Era dulce, pero su dulzura también tenía inteligencia. Era brillante. Sin duda alguna era un chico muy inteligente.

Esa noche había pedido encarecidamente a Benji que fuese al teatro. Deseaba que aprendiera de la buena vida que podía brindarle. Mi mayor deseo era verlo convertido en un universitario de éxito. Lo imaginaba con unos años más, refinado y sin malos modales. Sabía que la obra le interesaría porque tenía una música soberbia. El muchachito había demostrado buen oído y la ópera era la mejor forma de obsequiarle con algo sumamente interesante. Eran las bodas de Fígaro. Una de las obras cumbres de la ópera.

Sybelle se encontraba en el salón. Sus pies estaban descalzos y su aspecto era algo desaliñado. Había estado tocando durante horas. Descuidaba a ratos su alimentación, pues deseaba que su alma se liberara con cada nota. La terrible historia que ocultaba tras sus dulces labios era difícil de asimilar. Ella sonreía, sobre todo me sonreía, como si la bondad jamás se hubiese marchado de su vida.

El salón se hallaba en penumbra. Tan sólo la liviana luz de algunas lámparas iluminaban ciertos puntos de la sala. Su cabello dorado caía sobre su espalda encorvada, y el brillo de este era más intenso que el de las propias bombillas. Sus dedos hábiles tocaban un piano de cola negro. Había pedido que le llevaran el mejor. No escatimaba en gastos porque quería que ambos fuesen felices a mi lado. El suelo de mármol blanco se extendía en todas las direcciones, pero bajo el piano había una alfombra persa que me había regalado Lestat hacía algún tiempo. Tenía pocos muebles, quizás demasiado pocos, pero ella era un tesoro incalculable y parecía llenar toda la sala con su música.

Me aproximé a ella completamente hechizado. Era un ángel posándose en el mundo. Me ofrecía su bondad y el calor de sus mejillas. Parecía completamente ensimismada, como si ni siquiera supiera que estaba allí. Acabé tomando asiento a su lado, observando sus largos dedos, mientras ella presionaba con fuerza cada tecla. Tenía una energía que provocaba que la amara de forma indecente. Su escaso escote mostraba sus senos que se movían en cada movimiento, la falda de su vestido a penas cubría sus muslos y la delicada cintura parecía clamar por ser rodeada.

Acabé colocando una de mis frías manos sobre su muslo derecho. Su piel cálida, casi ardiente, me provocaba. Mis dedos se movieron rápidos bajo su falda y palpó ligeramente la tela de su ropa interior. Ella no dejaba de tocar. Estaba concentrada en aquella melodía, sin embargo sus mejillas se colorearon. Aquel ligero rubor le daba a su piel de leche un toque encantador. Incliné mi cuerpo hacia ella y besé sus hombros. Mi rostro quedó oculto con su largo cabello rubio.

Podía notar la sangre recorriendo de forma tentadora sus venas. Sus ojos cerrados, como los de un santo rezando ante un altar, poseían unas largas pestañas doradas que me enloquecían. Su boca se abrió sutilmente cuando mis dedos acariciaron el borde de su ropa interior, echándola a un lado, mientras ella seguía movimiento sus manos. La respiración se agitaba, sus dedos temblaban a pesar de la destreza que tenían y finalmente acabó gimiendo mientras cortaba su interpretación.

Abrió los ojos, me tomó del rostro y me miró sofocada. Ardía en deseos de sentirme dentro de ella. Había deseado tanto como yo hacerlo. Sentirnos de forma íntima y reconfortante. Así que de inmediato me tomó de la muñeca y llevó mi derecha a sus labios, saboreando sus propios fluidos. Su lengua húmeda, diestra y rápida acariciaron cada uno de mis dedos, para luego succionarlos con deseo desenfrenado mientras me miraba a los ojos.

—Quiero tenerte, amor—dije en tono quedo.

Ella se incorporó alejándose del piano.

Tenía un aspecto seductor. Jamás me había fijado en lo sugestiva que podía ser su mirada. Sus labios gruesos, tan sensuales, esbozaban una sonrisa pícara y atrevida. Tenía marcado los pezones bajo su vestido, pues no llevaba sujetador, y podía prácticamente pellizcarlos desde mi privilegiada posición al frente del piano. De improvisto se arrancó el vestido tirándolo al suelo. Después, con un par de rápidos movimientos se sacó la ropa interior. Quedó ante mí como una Venus surgiendo de la espuma del mar. Una Venus de pechos voluptuosos, firmes. No tenía vello alguno en su monte de Venus, ni siquiera una pequeña hilera de cabellos rubios cerca de sus labios. A sus espaldas, iluminado por el suave resplandor de una de las lámparas, estaba un pequeño sofá color camel que podríamos usar en nuestro ritual de amantes. No, no podía permanecer allí sentado sin más. Me estaba desquiciando el contemplarla de ese modo.

—Y yo quiero amarte y entregarme a ti—respondió.

Su mirada mostraba cierto candor, pero sobre todo deseo. Ella me deseaba y yo la necesitaba. Me aproximé a ella ansioso por besar sus labios. Al tocarlos con los míos noté que todo mi cuerpo se envenenaba con su aliento. Ella comenzó a desnudarme. Primero me despojó de mi camisa blanca de algodón, y, después hizo lo mismo al bajar mis pantalones del mismo color y tejido. Poco a poco me dejó desnudo. Sus manos me tocaban como si fuera un magnífico piano.

—Tócame el alma, Sybelle—susurré ensimismado por su belleza.

Su mano derecha agarró mi duro miembro y comenzó a masturbarme. De inmediato la abracé jadeando. Creía que me caería y sentirla me daba fuerzas. Sus dedos presionaban con delicadeza mi glande, seduciendo cada milímetro de mi sexo. El escaso vello que coronaba mi sexo era suave, aunque grueso, y ella lo acariciaba sutilmente con la zurda. Ambas manos estaban en aquella zona tan tentadora y delicada. Mis labios se abrieron ligeramente para emitir un pequeño gemido.

Me sentía parte de un mecanismo perfectamente engrasado. Como si ambos fuésemos parte de un reloj. Ella se movía al mismo son que el mío. Parecía que bailábamos. Sin embargo, acabó arrodillándose ante mí como si yo fuese el mismísimo Mesías, pasó su lengua por sus labios humedeciéndolos y decidió abrirlos para darme paso. Hacía mucho tiempo que una mujer no me dedicaba esas caricias.

Su lengua recorría el inicio de mi miembro que apuntaba como una flecha. Pronto sentí la presión de sus labios, la humedad de su boca y el calor que yacía en cada rincón de ésta. Mis manos fueron directamente a sus cabellos, recogiéndolos en una coleta, mientras mis caderas hacían lo posible por llevar un ritmo suave que nos excitara a ambos.

Tenía una mirada suplicante. Rogaba por mis caricias y atenciones. Mis palabras eran murmullos de placer, jadeos poco elocuentes, mientras que sus manos parecían saber tocar cada milímetro de mi piel con una maestría increíble. Achiqué mis ojos echando mi cabeza hacia atrás. Mi frente comenzaba a estar perlada de sudor sanguinolento. Ella acariciaba tentada cada gota de sudor que ya aparecía en algunas zonas de mi figura. En mi imaginación podía oír la Appassionata mezclado con el aroma de su perfume, tan suave como su tacto.

Gemí agarrándome a su nuca, justo antes que ella dejara de lamer y succionar. Sus manos fueron a sus senos juntándolos para dejar mi miembro entre ellos. Y yo, como si un demonio hubiese tomado posesión de mi cuerpo, comencé a mover mi cadera salvajemente.

—¡Sí, sí!—exclamó Sybelle, jadeando de gozo. Pues, ella gozaba al verme tan entregado.

Sin darle tiempo a reaccionar la arrojé contra el suelo, dejándola a escasos centímetros del sofá, para abrir sus muslos y penetrarla. Ella gimió y gritó. El grito fue por la sorpresa y el dolor, pero el gemido fue de satisfacción al sentirse completa. Sus ojos me observaban completamente abiertos, su cabeza se inclinaba hacia atrás y me dejaba al descubierto su cuello. Sudaba. Ambos lo hacíamos. Ella aún era humana. Su calor era delicioso. El aroma de la sangre rezumando en sus venas, colmando su corazón, me enloquecía. Quería beber de ella del mismo modo que sentía la humedad de su vagina. Sus piernas me rodearon y sus manos se colocaron en mis nalgas. Ella intentaba por todos los medios que cada penetración fuese profunda. El sonido de mis testículos contra ella era un murmullo delicioso que quedaba opacado por sus numerosos gemidos.

Alcé mi rostro y bajé este de nuevo sobre sus pezones. Acabé perforando su pezón derecho, tan duro y grande que me enloquecía, para beber de ella como si fuera un niño. Mi cabello pelirrojo cubría mis facciones, las cuales eran de un hombre encendido por el placer. Ella movía de forma contraria sus caderas, sus dedos presionaban con fuerza mis redondeados glúteos y su boca profería salmos de lujuria.


Al fin terminamos. Ella gimió mientras sentía como sus fluidos surgían, manchando mi vello púbico, mientras mi simiente quedaba en su interior bañándola. No salí como ella podía esperar. Me quedé allí dentro declarando mío su interior, su delicioso monte de venus y su alma.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt