Estaba allí impulsándose sobre el
piano. Sus largos cabellos negros caían en cascada sobre su rostro,
rozaban sus hombros y la pequeña medalla que colgaba de su cuello.
Había sido exiliado, al igual que el resto de su familia, y su
fortuna estaba dilapidándose poco a poco. La botella de vino que
estaba sobre el instrumento estaba a punto de quedar vacía. Tenía
sed. Una sed inconcebible para un hombre tan joven, pero sus penas
eran muchas y quería ahogarlas todas. Antoine intentaba olvidar.
Había algo en él que me recordaba a
Nicolas. Quizás era su extraña melancolía o el hecho que parecía
estar rodeado de demonios invisibles. Pedía cada noche que tocara
para mí. Necesitaba que la música lo inundara todo. Sus manos eran
hábiles, suaves y delicadas. Parecía un ángel con aquella camisa
de chorreras blanca, con los puños de encajes tan hermosos como las
flores del jardín cercano, y su chaleco ajustado, pegado bien a su
pecho, mostraba su delgado cuerpo como algo apetecible. Era joven,
muy joven, y aún no había desarrollado toda su belleza. A penas
tenía aún barba, sus ojos contenían cierto dolor inconcebible en
un muchacho y sus labios carnosos, tan amables, pronunciaban frases
terribles. No estaba enamorado de él, pero sí del conjunto de su
cuerpo moviéndose con cada pieza. Era un ángel en un infierno
paradisíaco como era New Orleans.
—Me visitas cada noche como si fueras
un fantasma—pronunció riendo bajo. Sus dedos estaban aún sobre el
instrumento.
—Pero sólo soy un vampiro—respondí
apoyándome en el marco de la puerta.
—¿Me darás la vida eterna? Es una
propuesta tentadora, pero no sabía si podría soportarlo—dijo
encogiéndose de hombros.
Tenía diecinueve años. La vida la
estaba tirando a la basura. Sus enormes ojos azules poseían unas
pestañas pobladas y unas cejas perfectas. Su rostro era anguloso,
pero delicado. Quería decirle que si no lo hacía la belleza que
tenía se perdería. Si no lo convertía su música se olvidaría.
Deseaba convencerlo. Necesitaba hacer un buen trato con él. Sin
embargo, esa noche sólo me dediqué a contemplarlo y escucharlo.
No sabía como Louis se tomaría
aquello. Sabía que Claudia me odiaría, si no lo hacía ya. Algo en
ella estaba cambiando. No la culpaba. Nunca culpaba el dolor que
pudiese tener. Louis tenía el suyo, ella tenía sus demonios y yo
mis terribles secretos. Antoine poseía pureza y belleza cargada de
música.
Ahora vuelvo a contemplarlo. Allí
arrojado sobre el piano como si fuera una lápida que tuviese su
nombre. Sus dedos recorren su hermosa figura y sus pequeñas teclas
blancas. Las rosas del jarrón se marchitaban lentamente, como si
fuese imperceptible, dejando caer un pétalo cerca de su rostro.
Quisiera hablarle, pedirle disculpas por haberlo abandonado y aún
así me encuentro frente a él con las manos en los bolsillos. Fue un
buen amigo, un gran amigo. Él alejaba mi dolor, lo hacía suyo y
terminaba embriagándose con la música. Sybelle no se encuentra
lejos. Ambos son unos empedernidos del piano, unos fabulosos vampiros
por siempre encadenados a un arte para nada efímero. Eternos.
«Si te dijera que algo en mí, algo
diminuto, se siente culpable... Aunque por otro lado veo lo bien que
te fue sin mí, sin el tormento de mis palabras y mis mentiras poco
prácticas. Lo siento, amigo mío.»
Lestat de Lioncourt
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