Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 22 de julio de 2015

Ángel de la música...

Salvé a Antoine porque así lo quería. Él me parecía maravilloso y digno de la sangre. Era digno de ser hijo mío. Me siento orgulloso haga lo que haga mientras eso lo mantenga cuerdo y vivo.

Lestat de Lioncourt 


He creado música para alimentar mi alma y curar las heridas de otros. He compartido mi melodía con los desarrapados del mundo, aquellos que fueron olvidados por la gracia divina y se hundieron en las tinieblas de sus propios demonios. La mayor virtud de la música es la comprensión más allá del idioma que hables, pues posee un lenguaje universal que puede palparse con el alma y saborearse con cada partícula de nuestro ser. Estamos hechos de tejidos, pero unidos por el invisible hilo del arte que satisface las restantes necesidades indispensables para la felicidad. La música es el alimento para el alma.

Cuando era sólo un niño admiraba a los grandes músicos. Conocía el placer innegable de la ovación del público. Aprendí desde joven lo que era el esfuerzo. Mis dedos estaban cansados, mis brazos adoloridos y aún así seguía estudiando. Quería ser un músico excelso. No me importaba que mi hermano fuese el centro de atención de las reuniones y yo quedara a un lado, como un despojo, porque mi único interés era la música que allí sonaba. No quería danzar, no quería reunirme entorno a las mujeres y cortejarlas. Deseaba hundirme en la música, conversar con los jóvenes que allí se reunían para demostrar su talento y me unía a ellos con mi piano.

Fui desheredado porque me señalaron como el culpable de provocar que una joven perdiera su pureza, su buen nombre e hiriera el orgullo de una familia. Negué ser el padre de una criatura. Me negué en rotundo porque era mi hermano quien la cortejaba, quien de puntillas entraba en su habitación y la hacía suya entre mentiras y caricias.

La música fue lo único que me quedó. Me aferré a ella, como me aferré a la botella. Ahora me aferro al piano, al violín y a la sangre. He sido quemado, vilipendiado, olvidado y aún así sigo en pie. Recuerdo las amables palabras de Lestat hacia mis composiciones y también las sonrisas de los humildes, las putas y desarrapados como yo. Me convertí en un músico de vodevil, pero no en un idiota sin sentimientos.

Ahora soy aclamado cuando mi música suena a través de las aplicaciones móviles, ordenadores y tabletas gráficas. Muchos me llaman el nuevo violinista inmortal, algunos me tachan de excelso músico y hay quienes suspiran cuando escuchan el inicio de mi instrumento junto a la pianista inmortal Sybelle.

Yo sólo quiero curar sus heridas como la música curó las mías. Deseo darles esperanza y sueños. Les animo a ser ellos mismos y a vivir sus sueños, por más que otros les indiquen que están equivocados. Pero sobre todo deseo que Lestat me escuche. Quiero que vea en mí al hombre que ayudó a reconstruir. Sonrío de nuevo lleno de esperanzas porque él me dio la oportunidad de no morir, de dejar un legado más allá de mis partituras, y vivir eternamente joven con la fuerza de su sangre y el espíritu que una vez tuve cuando era sólo un niño. He encauzado mi vida y quiero que él se sienta orgulloso como padre inmortal. No deseo defraudarlo. No quiero que nadie sienta lástima por mí. Mi mayor sueño es que todos vivan en paz escuchando la música que emerge de la oscuridad. Los músicos inmortales deseamos ser escuchados para que la eternidad sea más dulce, más atractiva y más vital.


No sólo de sangre vive el vampiro.  

viernes, 20 de marzo de 2015

Yo sí te amo.

Armand debería sentirse afortunado porque ella le quiere. Sybelle es una mujer magnífica. 

Lestat de Lioncourt


«Melodía desenfrenada es la que suena en mi alma. Suena como si fuese parte de una película en blanco y negro, con miles de palabras no dichas aunque comprendidas en cada mirada y gesto. He abierto mi alma para que entraran tus caricias, haciéndose hueco entre las notas musicales de tu piano, mientras busco desesperado un beso de tus labios. Me aferro con fuerza a la esperanza que mi brindas, al amor que me ofreces y a la paz que ronda tus pies desnudos.

Siempre tuyo,
Armand.»

Recuerdo esa nota. Es como si aún la conservara entre mis dedos, y no en una pequeña caja de zapatos junto a viejas fotografías, un dibujo arrugado y notas, aunque escuetas, que alguna vez mi madre me dejó por mi vieja vivienda. Tal vez no te lo he dicho lo suficientemente alto o las veces necesarias. Pero hoy lo haré, como siempre lo hago, estrechándote contra mi cuerpo, rodeándote con mis brazos y besando tu frente. Te amo. Te he amado desde el primer momento. No he tenido dudas en mi pecho. Jamás he tenido miedo a este cambio.

Ayer te escuché llorar. Crees que nadie te escucha, que estás a salvo en la penumbra de tu habitación, pero pude oír claramente como suspirabas y murmurabas una vez más su nombre. Has soñado con él, como hacías cuando sólo eras un niño, y has mirado por la ventana esperando que él viniese a esta isla. Tú eres Peter Pam, yo soy Wendy y quienes nos acompañan se convierten en niños perdidos. Perdidos en el tiempo. Él se ha convertido en un epitafio que cae sobre tu esperanza, aplastándola y enterrándola junto a tu corazón.

Tal vez debí interrumpirte, secar tus lágrimas y repetirte mil veces que yo te amo. Estás bendecido por una belleza y una inteligencia soberbia. Pocos logran alcanzar los siglos que tú has logrado vencer. Has matado a dragones temibles convertidos en fuego, cenizas y viejas imposiciones. Has librado batallas más poderosas que cualquiera en los Infiernos. Te has convertido en un ángel sin alas, pero crees que tampoco tienes un Dios que quiera bendecir tus cabellos. Y no es así. Yo te amo, estoy aquí y puedo darte el consuelo de mis brazos. No lo olvides.

Te espero junto al piano,

Sybelle.  

jueves, 5 de marzo de 2015

La verdad de un monstruo

Antoine es un dramático... Me gustaba ayudarlo y me divertía. Louis se había amargado en los últimos años. Nada más. Además, ¿qué hay de malo tener un amigo?

Lestat de Lioncourt


Él vino a mí. Me sedujo como suele hacerlo con todas sus víctimas sin importar nada. Es un monstruo perfecto. Posee una belleza mágica que sabe canalizar con sus palabras seductoras, su sonrisa canalla y su pose elegante. Jamás he visto a un hombre tan distinguido, pero tan patán a la vez. Me llamó la atención su acento. No era un criollo, sino alguien que había venido de la misma zona de Francia de la cual yo había escapado. Sus labios carnosos se movían lentamente mientras pronunciaba frases en inglés, pero también en francés. Parecía hechizado porque nadie puede ser tan perfecto.

Vivía en un cuartucho con las pocas pertenencias que mi familia había logrado rescatar. Parte de mi vida había quedado reducida a nada. Mis padres ya no estaban ahí para llenarme con su amor y respaldar mis estúpidas decisiones. Tan sólo tenía diecinueve años y había perdido todo. Mi apellido, el pasado glorioso de mi familia, no servía para nada salvo para sacarme lágrimas. La Revolución había hecho rodar cabezas, salpicar de sangre inocentes los vestidos de las burguesas y alentar al pueblo a masacrar a los nobles a cambio de alzar a los nuevos ricos. Estúpidos. No mataban al opresor, pues sólo se colocaban nuevas cadenas y bozales.

El piano era mi único consuelo. La música me daba cierta paz. La música y el alcohol me calmaban. El vino se deslizaba por mi garganta y me hacía sentir pletórico. Mis manos no temblaban al rozar las piezas de diminuto marfil. Tampoco lo hacían al levantar el vaso. Sin embargo, el resto del tiempo temblaba aterrado y sollozante.

Él calmó del todo ese dolor. Él llenó el vacío. Él me besó arrebatándome el aliento y yo caí en sus brazos aferrándome a su chaqueta. Fue tras una larga conversación en una taberna, después de llevarlo a mi cuchitril y demostrarle mi escaso talento frente al piano. Creo que jamás he visto a nadie tan eufórico ante una pieza tan simple. Parecía rememorar viejos tiempos, sobre todo porque murmuró un nombre un par de veces. El nombre era Nicolas. Pero lo importante fue su beso. Un beso terrible que me empujó a desnudar mi alma, permitiendo que me tocara y me liberara de mis cadenas.

Las siguientes noches lo esperaba con miedo y ansiedad. Se convirtió en mi mecenas, mi amigo y en ocasione mi amante. Ocasiones furtivas y terribles. Su lengua hacía estragos, sus manos me arañaban el alma y sus caderas marcaban el ritmo de la música que no cesaba cuando me tenía frente al instrumento. Fui su amante sin saber la verdad. Cuando la supe me sentí tentado, pero también dolido.

Un vampiro. Era un vampiro. Un ser de la noche. Un monstruo para todos, inclusive para mí. Alguien que ya tenía el corazón vetado por la reveladora historia que él me narró. Secuestró mi felicidad y me hizo sentir humillado, pero aún así estaba encandilado por su arrogancia, sentido de la belleza y pasión. Era leal a él. Acepté ser su “hijo” del mismo modo que acepté que huyera tras Louis y Claudia, su familia. Él dijo que se quedaría conmigo, pero ellos eran más importantes. Ellos siempre lo han sido. No importaba los crímenes cometidos contra él, tampoco que huyesen de su lado o lo odiasen. Él los amaba. Y, de alguna forma, sé que lo sigue haciendo.


He regresado a su vida, pero lo he hecho de forma silenciosa. Sé bien cual es mi lugar.  

martes, 3 de marzo de 2015

Arte en la vida

Sybelle habla pocas veces de Marius, pero para ella Marius es pasión y arte. Creo que muchos pensamos igual, aunque temamos su ira.

Lestat de Lioncourt


Si se pudiese resumir mis sentimientos en una sola pieza de piano sería un desastre. Son tantos mis sentimientos, enfrentados en colérica batalla unos contra otros, que no tendría armonía. Debería sentirme libre, pero siempre habrá un lastre. Creo que es cierto eso que dicen, que la felicidad completa no existe. Ni siquiera existe el completo silencio, pues siempre estará el sonido de nuestra respiración y el latido del corazón. Sin embargo, observo el mundo con un amor apasionado y, poseo unas alas invisibles que me impulsan contra los fuertes tornados que giran a mi alrededor.

La vida es como una melodía, aunque esté desafinada o las notas sean un desastre. Caminan a tu alrededor obras intensas, suaves o simplemente maravillosas que añaden a la tuya cierta pasión, elegancia o sutileza. Aprendes de la composición del alma que posee quien te abraza, escucha o permanece a tu lado en los momentos más difíciles.

He aprendido de todos, aunque ha sido complicado aceptar tantos cambios en un espacio de tiempo mínimo. Hace unas décadas era una joven pianista atada a un ogro que poseía su propia sangre, sus gigantescas manos me asfixiaban y torturaban, pero ahora soy un vampiro con una fuerza innegable y cierta astucia que me han dado estos escasos años. No he tenido un maestro, sino varios. Incluso yo misma he descubierto cosas por mi propia cuenta y riesgo.


En estos momentos estoy frente a una de esas criaturas, una de esas maravillosas obras, mientras pasa su pincel por el lienzo y contempla su obra inacabada. Sus ojos son fríos, pero su corazón es apasionado. El rojo es su color favorito. Él es Marius. Muchos han hablado de él, otros le han odiado o temido. Por mi parte ni lo odio, ni lo temo y tampoco puede decirse que he tenido largas charlas sobre temas trascendentales. Sin embargo, lo contemplo y veo amor. En cada movimiento de su muñeca veo un amor innegable. Igual que veo amor en sus ojos cuando contempla sus obras, sean cuadros o un muchacho eterno de cabellos de fuego. Toco hoy para él, para inspirar una pintura. El arte es lo que nos vincula y una sangre demasiado poderosa, nada más. Sé que no me ama como al resto, pero me conformo con cierto cariño y cuidado en su trato hacia mí.  

domingo, 18 de enero de 2015

Sinfonía

Sybelle vuelve con un texto llamado Sinfonía. Un texto que habla de la vida y de su melodía.

Lestat de Lioncourt



La vida pasa muy rápido frente a nosotros sin darnos tiempo a captar los momentos más dulces. Los recuerdos se van acumulando, como los sueños en la almohada y las lágrimas en el borde de nuestras pestañas. Vemos el mundo como una caja mágica llena de pecados, pero también cargada de ilusiones en figuras extrañas, letras emborronadas y un futuro que desconocemos. Podemos tener cierta aprensión, aunque eso no basta para detenernos. Todos queremos vivir. Pese a todo, queremos vivir. Podemos ser golpeados salvajemente por el destino, el cual nos encierra en sus fieras garras, pero a la vez sabemos que podemos seguir luchando. Tenemos armas, aunque no las veamos. Poseemos alas, aunque no sepamos usarlas.

Mi vida era un cuento de terror inspirado en las peores premoniciones. Sabía que cuando mis padres faltaran sería terrible. Mi hermano había caído por el barranco de la estupidez, estampándose duro contra la inmundicia de los bajos fondos. Era un tipo listo, pero demostró ser estúpido. Las drogas, las mujeres fáciles y el dinero manchado de sangre era su auténtico delirio. Yo sólo era una carga, alguien que alimentar y un ave musical que tocaría incansablemente para mejorar, pudiendo algún día debutar para limpiar con mi arte, tan noble como inocente, el dinero negro que ganaba. Los golpes, gritos y murmullos humillantes eran diarios. Podía notar sus manos acariciando mi cuello, para estrangularme nuevo hasta hacerme perder el aliento.

No tenía límites. Fox desconocía que era un límite.

Cuando murió a manos de ese ser, el cual no comprendí bien en su momento, me sentí aliviada. Era como si Dios hubiese escuchado mis plegarias y hubiese enviado a uno de sus ángeles. Tan hermoso era, con ese cabello castaño rojizo y esos ojos castaños tan cafés, que no tuve duda que era un ángel. Un ángel de muerte y destrucción, pero un ángel. Creí en los milagros, pues él era uno.

Junto a mí se hallaba un siervo de mi hermano, uno de sus esclavos más recientes, que usaba como pequeño camello y símbolo del pecado. Hacía que vendiera su alma, robara para él y vendiera drogas en puntos determinados de la ciudad. Él era Benjamín. Creo que hasta ese momento era mi único consuelo junto al piano. Pero él, desde que entró en nuestras vidas, se convirtió en otro de los motivos primordiales.

Mi vida era una caja de música llena de dolor y pecado, pero sabía que mi futuro podía cambiar. No siempre se puede llorar. Una vida no es todo lágrimas y dolor. Yo comprendía bien que podría salir viva de todo lo que sucedía a mi alrededor. Confiaba en que algún día llegaría a ser feliz. Esos soñados días llegaron y mi mundo se convirtió en el suyo.  

Sin duda lo amo. Y mi amor será eterno.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Piano

Muchos no habrán leído Prince Lestat, pero estos dos hacen un dueto musical extraño. Antoine, el pianista que rescaté de la muerte y su propia desesperación, y Sybelle, la pianista que salvó Armand de su hermano maltratador, se unen en una amistad firme e intensa. 

Lestat de Lioncourt


Me he alimentado de sueños creados con pequeñas notas musicales tomadas al vuelo. He comprendido el mundo a mi modo, pero no disfruté jamás de una total autonomía hasta que estos puntiagudos colmillos asomaros de mis pequeños y carnosos labios. Puedo parecer una muñeca cándida sentada en un sofá, con un elegante conjunto a juego con los zapatos de tacón corto y un ramillete de rosas entre mis angelicales manos. Sí, puedo parecer una fantasía extraída de un cuento infantil. Un ser extraño extraído de un sueño. Pero mi espíritu es rebelde, poderoso y desborda música. Me siento poseída por ángeles y demonios cuando mis dedos rozan el piano. Cada tecla toca cada fibra de mi alma.

Él lo sabe.

He encontrado un compañero que comprende mi gran pasión, mi estigma, mi dolor, las cadenas y liberación. Sigo amando a mi ángel de cabellos de fuego, mi joven y eterno amante, que me rodea con sus brazos y besa mis cándidas mejillas que toman calor gracias a la muerte de otros. Sí, aún él es mi paraíso. Sin embargo, he encontrado a alguien que me comprende de una forma distinta.

Su apariencia es frágil, con un rostro delicado y anguloso. Posee una sonrisa similar a la de un felino, un tacto suave y elegante, con unos dedos largos que se mueven como si fueran copos de nieve cálida. Tiene una elegancia inusual. Aún huele a París. Puedo ver Francia en sus ojos, escuchar el latido de las campanas de Notre Dame en su timbre de voz y sentir la libertad revolucionaria que lo expulsó lejos del mundo que tanto amaba. Él, un pianista inmortal como yo, sabe comprender la música del mismo modo que yo lo hago. Respiramos música, pero bebemos sangre.

Puedo parecer una muñeca perfecta, pintada en un cuadro al óleo, pero en realidad soy una criatura que palpita y enloquece por unas gotas de sangre. Salgo cada noche a caminar colgada del brazo de los hombres más maravillosos que he conocido. Incluso Louis parecía encantador con sus enormes ojos verdes, su educada conversación y su controvertida sonrisa. Pero no dejo de ser cruel. Tan cruel como ellos. Arranco vidas para poder seguir subsistiendo. Sin embargo, sigo tocando música para alejar los demonios, otros que son peores que yo, y enloquecer de placer a quien me escucha derribando muros inconcebibles e imposibles de comprender.

—Sybelle—llevo escuchando mi nombre durante varios minutos mientras toco el piano. Un piano nuevo y hermoso. Es negro como la noche, posee una belleza pétrea penetrante, y yo estoy frente a él vestida con un simple camisón de algodón mientras la chimenea chisporrotea y fuera nieva. Nieva en New York—. Sybelle...

Su voz es seductora y varonil pese a sus años. Tenía diecinueve. Tan sólo un niño. Vivo rodeada de niños perdidos. Benji, Armand y él. Niños. Pequeños hombrecitos que se quedaron para siempre estancados en una fotografía encantadora, seductora inclusive, con una maravillosa inteligencia que puede llegar a ser retorcida o extremadamente generosa. Fuertes y vivaces. ¿Yo que soy? ¿Wendy? ¿Soy la Wendy de un puñado de niños en una ciudad de náufragos sin alma? No lo sé. Desconozco la verdad. Sólo quiero que se siente a mi lado y toque conmigo. Sin embargo, cuando lo haga sé que acabaré arrojándome a sus brazos, besando sus labios y oprimiendo mi frente en su pecho. Deliro como cada noche. Siento la necesidad de sentirme viva en esta jaula de muerte. Una jaula perfecta que me ha dado alas. ¡Es duro explicarse! Duro sentirlo. Duro, pero maravilloso y fascinante.


—Ven aquí y toca para mí. Toca conmigo, Antoine.  

lunes, 8 de diciembre de 2014

Amistad

Estaba allí impulsándose sobre el piano. Sus largos cabellos negros caían en cascada sobre su rostro, rozaban sus hombros y la pequeña medalla que colgaba de su cuello. Había sido exiliado, al igual que el resto de su familia, y su fortuna estaba dilapidándose poco a poco. La botella de vino que estaba sobre el instrumento estaba a punto de quedar vacía. Tenía sed. Una sed inconcebible para un hombre tan joven, pero sus penas eran muchas y quería ahogarlas todas. Antoine intentaba olvidar.

Había algo en él que me recordaba a Nicolas. Quizás era su extraña melancolía o el hecho que parecía estar rodeado de demonios invisibles. Pedía cada noche que tocara para mí. Necesitaba que la música lo inundara todo. Sus manos eran hábiles, suaves y delicadas. Parecía un ángel con aquella camisa de chorreras blanca, con los puños de encajes tan hermosos como las flores del jardín cercano, y su chaleco ajustado, pegado bien a su pecho, mostraba su delgado cuerpo como algo apetecible. Era joven, muy joven, y aún no había desarrollado toda su belleza. A penas tenía aún barba, sus ojos contenían cierto dolor inconcebible en un muchacho y sus labios carnosos, tan amables, pronunciaban frases terribles. No estaba enamorado de él, pero sí del conjunto de su cuerpo moviéndose con cada pieza. Era un ángel en un infierno paradisíaco como era New Orleans.

—Me visitas cada noche como si fueras un fantasma—pronunció riendo bajo. Sus dedos estaban aún sobre el instrumento.

—Pero sólo soy un vampiro—respondí apoyándome en el marco de la puerta.

—¿Me darás la vida eterna? Es una propuesta tentadora, pero no sabía si podría soportarlo—dijo encogiéndose de hombros.

Tenía diecinueve años. La vida la estaba tirando a la basura. Sus enormes ojos azules poseían unas pestañas pobladas y unas cejas perfectas. Su rostro era anguloso, pero delicado. Quería decirle que si no lo hacía la belleza que tenía se perdería. Si no lo convertía su música se olvidaría. Deseaba convencerlo. Necesitaba hacer un buen trato con él. Sin embargo, esa noche sólo me dediqué a contemplarlo y escucharlo.

No sabía como Louis se tomaría aquello. Sabía que Claudia me odiaría, si no lo hacía ya. Algo en ella estaba cambiando. No la culpaba. Nunca culpaba el dolor que pudiese tener. Louis tenía el suyo, ella tenía sus demonios y yo mis terribles secretos. Antoine poseía pureza y belleza cargada de música.

Ahora vuelvo a contemplarlo. Allí arrojado sobre el piano como si fuera una lápida que tuviese su nombre. Sus dedos recorren su hermosa figura y sus pequeñas teclas blancas. Las rosas del jarrón se marchitaban lentamente, como si fuese imperceptible, dejando caer un pétalo cerca de su rostro. Quisiera hablarle, pedirle disculpas por haberlo abandonado y aún así me encuentro frente a él con las manos en los bolsillos. Fue un buen amigo, un gran amigo. Él alejaba mi dolor, lo hacía suyo y terminaba embriagándose con la música. Sybelle no se encuentra lejos. Ambos son unos empedernidos del piano, unos fabulosos vampiros por siempre encadenados a un arte para nada efímero. Eternos.

«Si te dijera que algo en mí, algo diminuto, se siente culpable... Aunque por otro lado veo lo bien que te fue sin mí, sin el tormento de mis palabras y mis mentiras poco prácticas. Lo siento, amigo mío.»



Lestat de Lioncourt

domingo, 16 de noviembre de 2014

Mientras tanto en Chicago.

Louis no comprende que lo quiero pese a todo. Además, quien huyó primero de mí fue él. No puede juzgarme por olvidar cosas. Y también diré, en mi defensa, que Antoine no significó mucho porque ni me acordaba que lo había creado. 

Lestat de Lioncourt

Lo veía allí en el escenario impulsándose sobre el piano. Sus largos y rápidos dedos tocaban un jazz desesperado y desbordante de sensualidad. Tenía el cabello largo, ondulado y negro completamente revuelto y cayendo sobre su fina espalda. Su rostro era el de un ángel en plena oración a Dios. Esos labios carnosos, sus largas pestañas, lo marcado que eran sus pómulos y ese mentón perfecto que encajaba con toda la fisionomía de su cara me aterraba. Era realmente hermoso. Después de tantos siglos lo había vuelto a ver en medio de aquella vorágine. No supe que decir al respecto, tan sólo me dejé llevar por el momento y acepté que él estaba ahí. Lestat lo hizo pese a todo. Cumplió su terrible promesa. Creó a otro después de aquella discusión. Le creó a él.

Estoy seguro que podía pasar por mi hermano. Tal vez incluso por el hermano de su primer amante. Él los elegía iguales como si fuera un deseo insistente de encontrar a ese dichoso violinista en nuevos ojos. Ojos que le miran cautivados por su belleza y malicia. Debería detestarlo, pero no puedo.

Me quedé quieto viendo y escuchando toda la actuación. Estaba a un lado de la barra, donde la luz era tenue y podía pasar desapercibido. Pero Lestat no. Lestat no pasaba desapercibido. Él aplaudía encarecidamente. Estaba satisfecho y eufórico por volver a escuchar su majestuosidad en el piano. Y yo moría de celos. Me envenenaba. Sobre todo cuando lo vi acercarse al escenario para robarle un beso. Antoine no lo rechazó, aunque quedó sorprendido y una tímida sonrisa iluminó su rostro.

No podía aguantarlo. Tantos siglos pensando que ya sabía todo de Lestat y me salía con otro amante, uno que incluso podía ser mejor reemplazo a mí y mis tormentos. Aquello era insufrible y por lo tanto me marché.

Salí precipitadamente del local sin siquiera acomodarme el abrigo que colgaba de mi brazo derecho, pedir el paraguas que había dejado en la taquilla o buscar un refugio antes que la tormenta descargara del todo. Llovía. Llovía del mismo modo que yo lloraba. Por eso no esperé buscar refugio, ni quería ocultar mis lagrimas. La lluvia despejaría las gotitas carmesí que brotaban sin cesar de mis ojos, bañando mis mejillas y perdiéndose en mi cuello.

Mis pisadas eran pausadas, dadas con una elegancia quebrada, porque arrastraba las suelas de los zapatos. Estaba decaído, pero también furioso. Era una mezcla de sentimientos horrible. Quería acercarme a Lestat y tirarle de nuevo una lámpara de queroseno, pero a la vez deseaba arrodillarme ante él para implorar un poco de amor.

La gente corría de un lado a otro para no empaparse, excepto yo. Me abrazaba a mí mismo, permitía que mis cabellos se pegaran a mi rostro y mi cabeza se inclinara hacia mis pies. Cada charco era un espejo nítido de mi figura. Podía ver mejor en la oscuridad que cualquier gato pardo, al igual que cualquier vampiro, y, además, me fascinaba. Quería olvidar concentrándome en la belleza de la noche, su esplendor y el aroma de la lluvia. Si bien, era imposible. Además, él vino a mí. Pude reconocer su colonia a pocos metros, así como su poder.

—Louis... —dijo.

—Aléjate de mí—respondí sin girarme.

—¿Me has seguido?—preguntó en un tono cantarín. Parecía divertirle que yo le hubiese seguido completamente enfermo de celos.

—¿Te divierte?—susurré girándome suavemente para verlo a la cara—. Maldito bastardo... ¡Te divierte que yo sufra!—grité dándole un empellón, pero él ni se inmutó.

—Me divierte saber que aún me quieres lo suficiente para hacer eso—dijo estirando sus brazos para tomarme del rostro, si bien yo le aparté las manos de un manotazo—. Tan fiero...

—Deja de molestarme, Lestat, pues bien sabemos que sé tomarme la venganza de formas muy prácticas—le aseguré.

—Ojos verdes, mirada torva, y lágrimas brotando. ¿Te has dado cuenta lo seductor que eso es para mí?—preguntó con una sonrisa canalla que me dieron ganas de borrar.

Levanté mi brazo derecho para darle una bofetada, sin embargo él me agarró de la muñeca y tiró de mí. Milésimas de segundo más tarde él me estaba besando, rodeándome con su brazo derecho y aferrándose bien a mi muñeca con su zurda. Mi lengua se enredó rápidamente en la suya y jadeé como una colegiala cuando me sentí acorralado contra el muro de uno de los grises edificios que nos rodeaba. Allí en Chicago, donde aún no habíamos siquiera estado una vez, sentí el mismo hormigueo en mi vientre que cuando me besó hacía siglos, cuando me rescató de mi camino casi triunfal hacia la muerte.

No sé porque lo hice, pero no me resistí. Me aferré a él rodeándolo del cuello con mis brazos, permitiendo que colara una de sus piernas entre las mías y que la lluvia nos calase. Mi abrigo cayó al suelo, dentro de un charco, y mi chaleco, así como mi camisa, se pegaba a mi torso tanto como el cuerpo de mi amante. Era voraz con su boca. Podía notar su alma uniéndose descaradamente en ese instante.

—A ti, te amo a ti—dijo despegándose sutilmente de mis labios. Su voz se escuchó más ronca que hacía unos segundos. Su aliento frío parecía cálido. El aroma de su colonia era una bendición—. ¿Con quién he regresado? ¿A quién he seguido por estas desconocidas calles? ¿Quién fue el elegido para ser mi gran amor durante tantos años? Tú. A él lo dejé por buscarte a ti—apoyó su frente en la mía aprovechándose de la diferencia de estaturas y me miró calentándome el alma con un fuego propio de los infiernos—. Por ti iría al fin del mundo, Louis. Por salvarte a ti haría cualquier cosa. Por tu amor soy capaz de condenarme de mil maneras. ¿Por qué esos celos? ¿No te he demostrado que soy capaz de bajarte la luna aunque sea imposible? Porque para mí no existe lo imposible.

—Yo sólo quiero fidelidad—respondí frunciendo el ceño.

—¿Y eso no es fidelidad? Muchas veces nos hemos dejado, arrastrándonos por las discusiones, y hemos encontrado en otros brazos el vacío que no queríamos hallar. Entonces, tanto tú como yo, hemos regresado deseando ver los del otro abiertos. Igual que si fueran alas, Louis—me sonrió de forma tierna y entregada. Podía ver en sus labios la confirmación de todo lo que decían sus ojos, sin necesidad de ese magnífico discurso.

—Venderías fuego en el infierno—susurré.

—Y arena en el desierto si hiciese falta—sentenció.

Sabía que había grandes amores en su corazón. Un corazón que había amado mucho más que yo. Quizás yo he amado a cientos de personajes en libros que posiblemente él también leyó, aunque yo lo desconozca. Me he dejado arrastrar por mi soledad y he besado los labios de Armand, David y otros tantos. Él ha amado. Sé que ha amado. He visto y leído demasiado. Rowan fue su amor más puro, Marius uno de sus imposibles y su madre siempre está presente. Incluso ama a Armand a pesar de todo el pasado que tienen juntos. ¿Cómo no tener celos? ¿Cómo no pensar en todos los que han pasado por sus brazos? Si bien, no los detesto. Sé que ellos lo han amado del mismo modo, e incluso aún lo aman, y eso me hace sentirme extrañamente vinculado a ellos. Antoine lo admira y desea, lo sé porque lo he podido sentir. Y yo, yo me muero de celos. Me muero porque quiero que sea mío.

—Quiero que seas tan mío que no puedas amar a nadie más—dije con la voz quebrada.

—Egoísta—soltó tras una gran risotada—. No pienso hacer eso, pero puedo asegurarte que tú eres el único que enciende mi pasión. Louis, no temas. No, no temas. Nunca voy a dejar de torturarte porque es mi gran pasión.

Ruego a Dios y al Diablo que sus aventuras sean menos peligrosas, que sus labios me digan más verdades y se digne a contarme todo. Si bien, los milagros no existen. Yo sólo espero, ahora que me encuentro a su lado recostado en la cama revuelta de un hotel, que todos esos besos que ha derrochado conmigo, esas caricias y sonrisas cómplices que me ha ofrecido mientras lo hacíamos, se repitan mil veces con la misma sinceridad y pasión que esta noche.

—Te amo tanto que por ti, Louis, haría locuras aún peores a las que he hecho—acaba de susurrar hace apenas unos minutos—. A veces sólo lo hago para ser el héroe frente a tus ojos. Incluso escribí mi biografía para que supieras que estaba vivo y cual era la razón de todo. Aunque no fue sólo ese motivo. También reconozco que me encanta escucharme a mí mismo.

—Eres incorregible. Eres el demonio.


—¡Ja! Si supieras que aún me excita que me digas eso...  

miércoles, 15 de octubre de 2014

Mi ángel

Armand ha decidido regalarle este texto a Sybelle. Ella al fin a aparecido. Llevaba semanas deseando que hiciera acto de presencia y... Ya tiene un hueco entre nosotros.

Lestat de Lioncourt

Dejé que la música de Sybelle me ablandara el corazón. Permití esa osadía. Acepté su música en mi alma. Una música noble y pura. No vi impedimento alguno para amarla a través de la música, convirtiéndola en un ángel envolviéndome con sus poderosas alas blancas. Los furiosos crescendos del piano pulsan aún en mis venas, los escucho con facilidad y hacen que la busque allá donde esté. La busco incansablemente como un niño busca las faldas de su madre, sus abrazos y consuelo.

Esta noche entré en la salita, buscándola, pues la melodía ya había comenzado alzándose hasta el techo y bañándolo todo con una belleza sobrecogedora. El piano emitía sus tumultuosas cascadas de notas, las cuales se precipitaban hasta mi corazón, y a su vez, fundiéndose en el aire, buscando la sensación de libertad que ella sentía. La habitación era amplia, la cristalera del fondo dejaba ver el paisaje nocturno cargado de luces y siluetas de edificios amontonados, unos contra otros, como si fueran fichas de dominó a punto de caerse. Ella estaba frente al piano, con un camisón blanco y vaporoso, tenía los pies descalzos y el cabello suelto. Tocaba. No dejaba de tocar.

Ella para mí ha sido siempre un diamante. Un ser especialmente delicado, pero a la vez fuerte y hermoso. Para mí ella se convirtió en una joya que contemplar fascinado. Sigue siéndolo. No puedo evitarlo. La contemplo desde el marco de la puerta cada noche, la acompaño sentado a su lado y veo sus dedos moverse rápidamente por las teclas. Se impulsa, dejándose llevar, mientras yo deseo besarla en sus hermosos y carnosos labios.

Hoy, como cada noche, me eché a llorar por la belleza que ella desprendía. Dicen que soy un monstruo con rostro de ángel, que puedo provocar que contengan el aliento frente a mí y crean que vengo a anunciar el advenimiento del nuevo Mesías. Pero no soy más que un monstruo. Ella, sin embargo, parece un ser dotado de una bondad exquisita. Se ha convertido para mí en algo más que una compañera, una amiga, una hermana, una amante... ella toca la melodía que hace latir mi corazón con fuerza.

—Te amo—me dice cuando deja de tocar, girándose hacia mí, con una tierna sonrisa llena de bondad.

—Te amo mi ángel—llego a susurrar con mi voz quebrada.

¿Se pueden imaginar cuánta es mi dicha? Marius decía que yo le enseñé que el amor era importante, igual que la lluvia para la tierra. Sí, es importante. El amor es pura magia. Hace que todos nosotros nos volvamos bondadosos. Nos recuerda que hemos sido mortales y nos da esa sensación para siempre. Un sentimiento fuerte, aunque frágil. Por eso ella es la encarnación del ángel del amor, un ángel musical que abre sus brazos para rodearme y permite que la besé enloquecido. Ella, es sin duda uno de mis grandes amores, y no permitiré que nada malo le pase. Si un día decide marcharse de mi lado, cansada de mis ruegos y besos, lo aceptaré porque la amo demasiado para retenerla en contra de su voluntad.

Sus besos son la puerta al cielo. Accedo al paraíso. Puedo sentir su amor calentando mis mejillas. Mis manos buscan las suyas mientras cesa la música. Nos abrazamos cayendo en una nube de desesperado amor. Juro que no he besado a nadie de la forma que la beso a ella. Sus labios son seda y pueden curar cada una de mis heridas.

Ella siempre ha sido demasiado limpia. Demasiado bonita. Y yo soy un ser monstruoso que aparenta ser un jovencito de tiernas mejillas, boca de pétalos de rosa y cabello de fuego. Yo no soy un ángel, pero me comporto con ella como si lo fuera. La custodio, la amo y la deseo. Sería pecado no quererla de ese modo.  

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Mi ángel

Hacía tiempo que Armand no escribía para Sybelle, pero aquí está otra vez componiendo algo para ella. Admito que tiene razón: Sybelle parece un ángel... o más bien... es un ángel.

Lestat de Lioncourt




El amor surge como una chispa de una cerilla, que va consumiendo rápidamente el fósforo y cada parte de ésta. Se convierte en esperanza cuando se deposita en una vela que dura eternamente, pero sólo si se protege. El amor también es música. Una melodía que no cesa, como la de una caja musical, que hace bailar a los enamorados hasta que ambos mueren de cansancio. Sin embargo, a veces, la música perdura incluso cuando sus cuerpos ya no están. Hay que creer en ello como si fuéramos niños, pues la inocencia de tan noble acto nos hace amar con la pureza de estos.

Había olvidado por completo la verdadera fuerza del amor, su sensibilidad, la pureza que éste desprende y el calor que calienta mis mejillas más que la sangre robada a mis víctimas. Me había convertido en un monstruo que buscaba a Dios a ciegas, en un mundo demasiado oscuro y perverso. Todos somos hijos de Dios, todos merecemos su amor y comprensión. Aún así, yo me consideraba hecho con un barro distinto que me había convertido en un ser de piedra. El paso de los años, las decepciones, promesas incumplidas y heridas profundas me habían convertido en un ser impávido frente al sufrimiento ajeno. Sin embargo, cuando la escuché llorar sentí que un ángel lo hacía buscando la misericordia de alguien más que Dios, de un ser que tomara partido, de otro ángel aunque fuese oscuro y terrible.

Sybelle era una mujer francamente hermosa. Un ángel sin alas, pero con la mirada llena de esa luz cargada de amor. Su sensibilidad era inmensa. Ella sufría. Había visto el sufrimiento reflejado en cientos de rostros, pero ninguno tan amable y bello. Sus mejillas estaban acaloradas por los golpes, sus lágrimas eran gruesas y se derramaban hasta su largo cuello de cisne. Tenía el pelo dorado, igual que el oro, y caían lánguidamente hasta sus hombros, menudos y huesudos. Era delgada, con cintura de avispa, y vestida en un traje simple que se pegaba a su figura ofreciendo una imagen similar a un desnudo. Su busto era firme, de pechos redondos y grandes. Tenía, por así decirlo, un ángel provocador e inocente que salvar. La bestia que la guardaba no era ni más ni menos que su hermano. Levantaba su voz y su puño para que ella diese lo mejor de sí misma, para que tocara como si fuera un arpa mágica.

Caía precipitadamente hacia el suelo, para caer y romperme en mil pedazos como una marioneta inservible, pero la vi y no pude hacer otra cosa que matarlo. Matar siempre se me dio bien. Matar era mi mejor oficio y opción en éste mundo. La muerte ha sido mi guía. Lo maté. Maté a ese depredador sin delicadeza. Bebí su sangre y lo dejé seco frente a ella. Lo destrocé. Salvé a mi ángel. Pero ella, más adelante, me salvó a mí con su ternura y su música.


Cuando beso sus carnosos labios, y dejo que sus manos acaricien mis cabellos, siento que el mundo entero desaparece. Las mariposas florecen como campos de amapola en mi vientre y mi pasión me convierte al fin en el hombre que jamás llegué a ser. Eternamente joven, eternamente adolescente. Soy casi un niño en apariencia, pero un viejo sabio que ya creía que el amor nunca tocaría a su puerta. Gracias a ella he escuchado la música del amor y sentido su calor. Ella es mi salvadora, no yo.  

sábado, 19 de julio de 2014

Tu precioso silencio

Esto es una carta de Armand a Sybelle, espero que les guste. Él ha permitido que se suba aquí.

Lestat de Lioncourt 


La melodía de sus dedos hundiéndose suavemente en las teclas, tocando más allá de las notas precisas y acariciando mi oscura alma con delicadeza, siento que el mundo se olvida. En la canción de cuna que es tu silencio, y en el placer extraño de tu mirada hipnótica, he encontrado el paraíso convertido en una tímida sonrisa. Me gustaría abrazarte, parar el juego de tu impetuoso y habitual concierto, para rogarte que me abraces hasta perder el juicio.

He soportado tanto dolor, pero ¿podré soportar tanto amor? Sólo déjame amarte con todas mis fuerzas, hasta el fin de los tiempos y de nuestra propia existencia. Rodea mi cuello con tus brazos de ángel, observame con esos zafiros tan perfectos y di las palabras mágicas. Por favor, pide por mi alma e implora un milagro mi niña.

Te he amado intensamente desde que te vi y te sigo amando dolorosamente. Mi amor no ha disminuido, del mismo modo que mi preocupación. No has temido mis heridas, me has ayudado a sanarlas y ahora me permites estar en silencio junto a ti. Sin embargo, no puedo evitar rozar tus hombros con la punta de mis dedos y apartar los rubios mechones que caen sobre ellos. He visto el infierno en tus ojos, pero tú me has descubierto el cielo. Permite que ésta noche duerma a tu lado, como si fuera un niño perdido y tu mi eterna Wendy.



sábado, 19 de abril de 2014

La melodía más pura

Bonjour mes amis!

La melodía más pura es un texto creado para Sybelle de Armand. 


Lestat de Lioncourt 


Ella está siempre ahí en perpetuo silencio. Sus párpados están echados, su cabeza inclinada hacia delante y el flequillo cae elegantemente rozando sus cejas. Es la misma postura en la cual la observo desde que compré ese nuevo piano. Creo, sin lugar a dudas, que se ha vuelto a enamorar de la música con más pasión que antaño. No me atrevo a preguntar si con cada nota aleja sus demonios, esos que posiblemente le juegan malas pasadas y provocan que tiemble como una hoja.

—Sybelle...—mi voz siempre es como un trueno rompiendo la calma.

—Siéntate a mi lado—murmura a veces con esa tierna voz que me embriaga como si fuera el vino más fastuoso, perfecto y delicioso. No obstante hay veces que sólo asiente o simplemente abre los ojos girando su rostro hacia mí.

Las teclas de piano impulsan la música hacia el cielo elevándonos a ambos hacia el éxtasis. Siento deseos mundanos de besarla, acariciar sus cabellos y hundir mi rostro en su cuello. Su fino camisón de seda a penas cubre su busto y parte de sus piernas, las cuales son largas y sugerentes.

—Te amo—suelo susurrar antes de colocar mis manos para comenzar a tocar.

—Y yo a ti, Armand—su voz siempre suena deliciosa y suave, como si fuera la caricia de una madre.


Con ella olvido el dolor de los castigos infligidos por Marius. Su compañía es terriblemente agradable, pues me envuelve como una fantasía que me cobija hasta perder la razón. Sybelle y Benji son mis grandes pasiones, la fortaleza en mis días oscuros y el amor más puro que he podido hallar. Ellos son mi gran tesoro que jamás permitiré que destrocen o alejan de mi lado. Me convertiré en el monstruo que todos saben que soy, haré caer mi ira y destrozaré las almas que se atrevan a romper el encantador retiro de amor y belleza que ahora poseo.


martes, 4 de febrero de 2014

Appassionata

Bonsoir mes amis

Hoy martes Armand ha venido a mí con una pequeña carta. Me ha exigido que la publique y yo he decidido hacerlo. No lo hago por él, pues él no me importa, pero Sybelle me parece que realmente se merece algo así.

Lestat de Lioncourt



Appassionata

Siempre he dicho que sus dedos son bailarinas que se mueven en una danza demencial. Tiene la vista perdida de nuevo. Su cuerpo se inclina y se mueve como si estuviera poseída y posiblemente lo esté por la pasión que desborda su alma bañándola por completo. Puedo aspirar el perfume de sus cabellos cuando agita su cabeza. Tiene las mejillas sonrojadas como si estuviese haciendo el amor y sus pechos se ven apetecibles, igual que las manzanas del paraíso, envueltas en su camisón de seda negro.

Quiero atraparla entre mis brazos y jurarle que es mi ángel. Pero sé que ella me contempla con cautela cuando logro colocar mis manos junto a las suyas. En sus ojos puedo ver que observa en mí el ángel que la protege incluso de sí misma. No sé como decirle que la amo sin lastimar más su alma. Sé que ella me ama porque me lo ha dicho y lo demuestra con los pequeños besos que suelen rodar por mi rostro. Quiero que me ame por encima de todo, pero también comprendo que la Appassionata es su propia alma y la libera para mí, para ella y para todo aquel que quiera detenerse a escucharla.

La amo sin piedad y a la vez es esta la que me hace arrodillarme frente a ella, tomar sus piernas y acariciarlas para colocar unos zapatos cómodos, elegantes y de su agrado con los que pueda pasar horas sentada frente al piano. No me importa rezar a Dios agradeciendo la bendición de su compañía, aunque posiblemente mis oraciones no lleguen a sus oídos.


Estoy enamorado de su locura, belleza y ternura. Cautivado por su sonrisa y su intensa mirada. Sybelle es la única mujer en mi vida y mi alma.  

jueves, 13 de diciembre de 2012

Versos convulsos



Mis fríos y huesudos dedos contra tu cuerpo,
frágil, tan quebradizo, como la escarcha,
se hundían en tus magullados pómulos
mientras mi lengua buscaba la verdad de tu boca.

Una melodía fúnebre surgía de mi corazón,
el último adiós, quizás, de mi felicidad.
Me envolvía en el humo de tu cigarrillo
y el alcohol de mi whisky solo.

Mis fríos y huesudos dedos marcaban el ritmo,
desaté las cuerdas de tus muñecas y caíste.
En mis labios un murmullo compuso el himno
de las notas de un piano lejano y triste.

Eres la viva imagen de la amargura,
una muñeca rota que cayó en locura.
Eres la mujer que creé para amar,
la Eva que surgió para mi, Adán.

El frío del invierno cubre tu cuerpo de flor,
admiro la tenacidad de tus mejillas y su rubor.
La melodía fúnebre de mis fríos dedos
son las caricias de un hombre que aún te ama.

La última noche en la tierra del quizás,
el mañana tal vez y el quiero pero no puedo.
Mi último deseo que se desvencija y cae,
lo último que no puedo darte.




Fotografía: Atsushi Sakurai
Poema: Versos convulsos
Autor: Ángel González


No, no estoy mal. No, mi novia sigue a mi lado. No, no es algo que pueda explicar. Simplemente surgió.
Bajo derechos de autor y licencia en Internet LCC y SC


Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt