Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 7 de septiembre de 2015

Moon over the city

Antoine tiene algo que me recuerda a Nicolas, más allá de su pasión por la música. Quizás porque sabe lo que es vivir entre la miseria, como yo también lo hice. 

Lestat de Lioncourt

Nunca estamos envueltos en completo silencio, pues podemos escuchar nuestra propia respiración y el ligero murmullo de las almas que yacen en la metrópolis que nos rodea. El mundo ya carece de la belleza de antaño, pero posee su propio aroma. Es el aroma de la nicotina, el humo de los tubos de escape, el aceite sucio de los restaurantes de comida rápida, las colonias de imitación, el plástico y dinero. Del mismo modo tiene un sonido característico. Recuerdo perfectamente cada detalle de la época en la cual me tocó nacer. Olía a sudor, lágrimas, alcohol, pan recién hecho, orín y sexo. El barrio donde vivía era una pocilga donde pocos sobrevivían. El olor era nauseabundo. Había vivido en una ciudad llena de belleza, pero había bajado al infierno como si me hubiesen arrancado las alas. El sonido era insufrible por las noches, y el olor a orines insoportable cuando despuntaba el día. Ahora es distinto.

Bajo las hermosas apariencias de las ciudades existen ratas de alcantarilla como lo fui yo, personas que no tienen nada que llevarse a la boca salvo sus propias miserias. Antes se conocían con nombres y apellidos, pero ahora son sólo un borrón. Muchos de ellos hacen música con sus palabras desconsoladas buscando llamar la atención, intentando conseguir un par de monedas o un trozo de pan que llevarse a la boca. Hay quienes agudizan el ingenio, o poseen una cultura excelsa pese a su situación, y tocan hasta bien entrada la noche. Se convierten así en los músicos de los desarrapados, los ángeles en el infierno de ésta sociedad llena de mentiras y podrida por las apariencias.

Suelo caminar por los barrios más conflictivos. Algunos están demasiado aislados, pero ya no es por seguridad sino para evitar contemplar la realidad. Ciegan al ciudadano y convierten sus corazones en piedra. Suelo ir porque me gusta sacar mi adorado violín. Toco allí, compadeciéndome por ellos, para luego ofrecerles un par de billetes. Alguno, los más enfermos, tienen en mí su último abrazo. Bebo de ellos, les doy el final que merecen. Es mejor morir a manos de un vampiro que a manos del frío del invierno.


La luna se alza entre los altos edificios del centro, el aire fresco camina entre las hojas de los árboles de los parques cercanos, las aceras se convierten en mi palacio y mis zapatos hacen una música celestial sobre las baldosas grises. Bajo mi brazo derecho llevo el violín, mi arma más letal, y mis manos están en los bolsillos de mi chaqueta. Voy buscando sangre sucia, para nada inocente, o la de aquellos que están a punto de perder cualquier esperanza. Muchos se fijan en la bestia que camina como un chiquillo, pero nadie conoce cuan sediento puedo estar. Mis colmillos ya tiemblan, la sed se agudiza, el deseo es terrible y a la vez disfruto con los pequeños detalles que nadie observa. Camino todos los días desde las zonas más elegantes hasta los suburbios. Allí me esperan.  

miércoles, 22 de julio de 2015

Ángel de la música...

Salvé a Antoine porque así lo quería. Él me parecía maravilloso y digno de la sangre. Era digno de ser hijo mío. Me siento orgulloso haga lo que haga mientras eso lo mantenga cuerdo y vivo.

Lestat de Lioncourt 


He creado música para alimentar mi alma y curar las heridas de otros. He compartido mi melodía con los desarrapados del mundo, aquellos que fueron olvidados por la gracia divina y se hundieron en las tinieblas de sus propios demonios. La mayor virtud de la música es la comprensión más allá del idioma que hables, pues posee un lenguaje universal que puede palparse con el alma y saborearse con cada partícula de nuestro ser. Estamos hechos de tejidos, pero unidos por el invisible hilo del arte que satisface las restantes necesidades indispensables para la felicidad. La música es el alimento para el alma.

Cuando era sólo un niño admiraba a los grandes músicos. Conocía el placer innegable de la ovación del público. Aprendí desde joven lo que era el esfuerzo. Mis dedos estaban cansados, mis brazos adoloridos y aún así seguía estudiando. Quería ser un músico excelso. No me importaba que mi hermano fuese el centro de atención de las reuniones y yo quedara a un lado, como un despojo, porque mi único interés era la música que allí sonaba. No quería danzar, no quería reunirme entorno a las mujeres y cortejarlas. Deseaba hundirme en la música, conversar con los jóvenes que allí se reunían para demostrar su talento y me unía a ellos con mi piano.

Fui desheredado porque me señalaron como el culpable de provocar que una joven perdiera su pureza, su buen nombre e hiriera el orgullo de una familia. Negué ser el padre de una criatura. Me negué en rotundo porque era mi hermano quien la cortejaba, quien de puntillas entraba en su habitación y la hacía suya entre mentiras y caricias.

La música fue lo único que me quedó. Me aferré a ella, como me aferré a la botella. Ahora me aferro al piano, al violín y a la sangre. He sido quemado, vilipendiado, olvidado y aún así sigo en pie. Recuerdo las amables palabras de Lestat hacia mis composiciones y también las sonrisas de los humildes, las putas y desarrapados como yo. Me convertí en un músico de vodevil, pero no en un idiota sin sentimientos.

Ahora soy aclamado cuando mi música suena a través de las aplicaciones móviles, ordenadores y tabletas gráficas. Muchos me llaman el nuevo violinista inmortal, algunos me tachan de excelso músico y hay quienes suspiran cuando escuchan el inicio de mi instrumento junto a la pianista inmortal Sybelle.

Yo sólo quiero curar sus heridas como la música curó las mías. Deseo darles esperanza y sueños. Les animo a ser ellos mismos y a vivir sus sueños, por más que otros les indiquen que están equivocados. Pero sobre todo deseo que Lestat me escuche. Quiero que vea en mí al hombre que ayudó a reconstruir. Sonrío de nuevo lleno de esperanzas porque él me dio la oportunidad de no morir, de dejar un legado más allá de mis partituras, y vivir eternamente joven con la fuerza de su sangre y el espíritu que una vez tuve cuando era sólo un niño. He encauzado mi vida y quiero que él se sienta orgulloso como padre inmortal. No deseo defraudarlo. No quiero que nadie sienta lástima por mí. Mi mayor sueño es que todos vivan en paz escuchando la música que emerge de la oscuridad. Los músicos inmortales deseamos ser escuchados para que la eternidad sea más dulce, más atractiva y más vital.


No sólo de sangre vive el vampiro.  

viernes, 3 de julio de 2015

Se libre

He buscado la única carta que tengo de Nicolas, no de Eleni. Es una carta suya, de su puño y letra, y reza en ella su odio y también su amor. Sólo le decepcioné y eso causó que su corazón se quebrara.

Lestat de Lioncourt


No he olvidado sonreír, sólo he olvidado los motivos por los cuales lo hacía. Soy un demonio que camina entre el bien y el mal, empujando a muchos a decidir por lo más tentador y apetecible. He condenado a muchas almas, he disfrutado de la sangre y todos los secretos crueles que contienen las venas frágiles de mis víctimas. Yo también soy una víctima. Me he convertido en un despreciable ser que trepa por los confines de ésta ciudad, la ciudad donde la revolución truena y el mundo parece crujir a golpe de pólvora, mientras las cabezas ruedan por las plazas. La sangre de los nobles manchan los delicados zapatos de los burgueses. Te recuerdo a ti y deseo que tú ruedes como ellos. No por tu nobleza, sino por lo hipócrita que fuiste durante tantas noches.

Me dijiste que me amabas a mí del mismo modo que amabas las luces diáfanas de las velas, al igual que amabas mi música y te apasionaba la idea del arte y la sátira. Tenías vocación de santo y demonio, comulgabas entre el bien y el mal desde que te conocí, poseías encanto y convicción, además de una luz que aún me ciega y que ya no me ofreces. No sé como debo tratarte. Es más, no sé si deba tratarte. Te has convertido en mi verdugo y aún así sostengo las estúpidas cartas que envías.

Eleni se hace cargo de hacerme llegar cada una de tus líneas. Ella las lee en voz alta con cierta ilusión, pero yo la observo como si no me importaran. Pero me importa. Estás viendo mundo, estás conquistando sueños, sabiduría y una vida que ya no nos pertenece. Somos retorcidos monstruos que reptan por la oscuridad secuestrando sueños, pero tú los haces realidad. Te has convertido en un aventurero, porque ya eras cazador. Ese instinto de sostener la presa, de retorcerle el cuello y dejarla muerta lo conocías bien. Siempre lo has conocido bien. Matabas para sobrevivir y éste no es muy distinto a cazar pobres conejos indefensos. No. Pues incluso los lobos parecían más fieros, terribles y cruentos que tú.

Te odio. Te detesto. Siento asco de haber gemido tu nombre mientras mordía la almohada de aquel tugurio, el mismo nombre que suspiraba acariciando tu torso y que tú repetías como si fuera una burla. Porque te burlabas de mí. Te burlas aún de mí. Yo no te importo lo más mínimo. De haberte importado, maldito malnacido, me habías hecho lo que soy hacía mucho y no me habrías condenado a observar ese espectáculo de huesos, demonios consumidos por las llamas y juicios de palabras profanas. Sabías que yo creía en Dios, pero tú te convertiste en mi ángel. Ahora no eres más que un demonio. Desprecio tu dinero, tus propiedades y todo lo que me ofreces. Pero me quedo con éste lugar porque es el escenario de nuestra derrota, una derrota peor que la que tuvimos frente a la vida. Es la derrota del amor, la amistad y la complicidad. Aquí yacen todos mis sueños, mientras parece que los tuyos volaron contigo.


Si te escribo ésta carta es para despedirme de ti. No envíes más cartas. No quiero saber de ti. No quiero escuchar tus miserables palabras de amor y preocupación. Tú a mí no me quieres. Sólo soy una espina clavada en tu corazón que pronto dejará de hacerte daño. Muérete o deja que yo muera, pero no me condenes a saber que ambos estamos bailando con la doncella sobre la faz de ésta pútrida tierra.  

martes, 9 de junio de 2015

Evil and the violinist.

—¡Y qué se supone que quieres que haga!—gritó en mitad del abarrotado mercado.

Llevábamos días sin llevarnos algo caliente a la boca. Sólo teníamos una hogaza de pan duro y una botella de tinto casi acabada. Hacía más de una semana que habíamos llegado a una situación extenuante. Me sentía débil. Estaba acostumbrado a no llevarme nada a la boca durante algunos días, pero tras una buena jornada de caza al fin conseguía alimentarme, aunque fuese con un par de conejos. Sin embargo, en París era imposible. La vivienda se había llevado parte del dinero que mi madre nos había ofrecido. Al no encontrar trabajo serio, o al menos que nos durara más de unos días, terminamos mendigando en las calles. Pero no siempre surtía efecto mis piruetas y su violín.

—Confía en mí—dije acercándome a él—. Conseguiré algo para que tú puedas tocar en uno de esos fabulosos teatros.

—Eres un ingenuo—murmuró—. Sólo toco porque me siento feliz al hacerlo. No hay nada de mágico o maravilloso en lo que hago.

—Te equivocas—mené la cabeza y lo tomé del rostro con mis manos. Mis dedos apretaron sus pómulos y acariciaron sus labios, carnosos y seductores, mientras sus ojos me miraban con escepticismo—. Provocas que otros sean felices. Eso es maravilloso.

—Y dime, ¿todos llegan a tener tu pésimo gusto? Soy mediocre...—dijo con una cansada risa bastante hiriente, llena de furia contenida y de rabia hacia él mismo—. Ya lo decía mi padre...

—¿Qué decía?—pregunté.

—Que tú tienes muchos pájaros en la cabeza y que yo sólo soy un inútil. Acabaremos muertos, pues desheredados ya estamos—respondió quitando mis manos de encima suya—. Búscame ese trabajo soñado. Hazlo. Y de paso, porqué no, consigue uno para ti.

—¡Hombre de poca fe!—exclamé herido en mi orgullo.

—Hombre no. Demonio, amigo mío. Soy un demonio y París es mi infierno—susurró dando media vuelta para perderse por el mercado.

No fui tras él, pues sabía donde podía encontrarlo. Cuando llegó la noche, y las calles estaban desiertas salvo por las putas y malhechores, me introduje por el callejón del modesto edificio donde vivíamos. En la boardilla sonaba su melancólica visión del mundo. Al abrir la puerta lo abracé, pero él me apartó. Deseaba seguir tocando.

Había estado celebrando el haber encontrado trabajo para ambos. Días atrás le habían pedido que fuese parte de una troupe en un pequeño teatro. Él lo había rechazado alegando que el mundo le deparaba mejores triunfos que convivir con una pandilla de fracasados. Pero yo había regresado y aceptado el trabajo. Mejor eso que morirse de hambre, me dije.

—Hueles a fulana—dijo parando en seco, para luego mirarme colérico—. ¿Es que no tienes suficiente con el calor que hallas en nuestra cama? ¿Por qué monsieur Lioncourt? ¿Por qué? ¡Dímelo!—gritó furioso.

—Eso es secundario. Vengo con buenas noticias—dije intentando no caerme. Aún estaba ebrio por las emociones y por el vino—. Tú y yo ya somos parte de ese teatro. Tocarás allí y luego buscaremos un sitio mejor.

No dijo nada. Tan sólo salió por la ventana y decidió tocar para París. Pues el tejado era su lugar, como si su alma fuese la de un gato, y allí rendía culto a la escasa libertad que en esos momentos poseíamos.


Lestat de Lioncourt   

viernes, 22 de mayo de 2015

Unidos

Armand y Antoine deberían unirse y aceptar que se quieren. Me resultaría un alivio que encontraran cierta afinidad.

Lestat de Lioncourt 


Pude notar como su cuerpo quedaba detrás del mío. Sus manos se colocaron sobre mis hombros y percibí su aliento antes de sentir sus labios rozando mi cuello. Estábamos a solas. Tan sólo la música del piano seguía sonando. Él estaba allí, junto a mí, permitiendo que el momento se parara y la noche no prosiguiera como de costumbre. Mis ojos estaban fijos en varios pesados volúmenes que se hallaban mal colocados. Lestat había estado en la biblioteca y había revuelto todo. Aún podía oler su perfume, pero ya no estaba allí. Se había marchado de nuevo en busca de alguna pequeña aventura nocturna.

—Debemos hablar—su timbre de voz provocó que todo mi cuerpo se agitara. Me ruboricé y me sentí torpe.

—¿Sobre qué? ¿Quieres hablar sobre los celos insufribles de Louis sobre ti o la nueva composición que hizo Sybelle en tu compañía?—murmuré intentando apartarme, pero él me rodeó con sus largos brazos.

Sus dedos son largos, finos y muy atractivos. Posee unas uñas más largas que las mías, algo picudas, posiblemente ya las tenía largas cuando Lestat lo convirtió. Sus largos dedos son hábiles y me sentí un instrumento musical tocado con maestría. Desabrochó mis botones y me arrancó la camisa, arrojándola a mis pies para seguir besándome.

—No estamos hablando...—dije girándome de improvisto—. ¿A qué juegas?

—A quererte—respondió con una cándida sonrisa. Sus labios son carnosos y cuando sonríe parece un felino. Esos ojos azules, tan profundos, parecían ahogarme en la pasión que él desataba con cada nota de su violín. Podía escuchar la música de Sybelle, cada vez más ascendente, y mi corazón palpitaba de forma insólita—. Yo te amo y te admiro.

—Y yo preciso de tiempo para asumir todos los sentimientos que albergo hacia ti—comenté apartándolo.

—Estás huyendo, pero no sé si de mí o de tus sentimientos.

—De todo quizás—dije saliendo de la habitación.

Huía de mis sentimientos y de la imposibilidad de descifrarlos. No comprendía que ocurría con ellos. Siempre creí que mi único gran amor era Marius y que jamás me repondría. Hizo tantas promesas, me regaló el oído durante meses, pero fue incapaz de mover un dedo para buscarme. Se comportó como un cobarde, aunque siempre se disfrazó de hombre de honor y de valeroso guerrero. Pero no era otra cosa que un insufrible cobarde que jamás cumpliría sus escasas promesas. Nunca logré reponerme de mi error al amarlo y haberlo defendido durante tantos años. En mis sueños aún aparecía como el Mesías salvador, pero no era más que un recuerdo hiriente que seguía tatuado a fuego en mi alma y en mis recuerdos.

Antoine era distinto. Avivaba en mí los recuerdos de un pasado trágico. Nunca comprendí a Nicolas. Jamás tuve la oportunidad de soportar el tormento de sus palabras llenas de burla y odio. Los reproches que surgían de aquella boca perfecta, de sus manos delicadas y sus ojos irritantes eran continuos. Las obras de teatro eran una muestra de su locura, pero también de su genialidad. Él tenía algo de Nicolas. Era un genio. Las obras de Antoine poseían una gracia especial. Ni siquiera los mejores músicos de Notker habían logrado apaciguar mi destrozada alma como las obras de ese muchacho, pues sólo era un niño todavía en éste mundo incierto. ¿Y yo qué soy? Soy un niño. Somos niños y seguiremos siendo niños siempre. Antoine no sólo era distinto sino que sigue siéndolo.

La melancolía de Louis no es comparable a la de ningún otro, pero también posee ese matiz. Una vida dura, infectada de traumas y calumnias, me recuerda a la nuestra. Todos sufrimos cuando somos jóvenes y creemos que jamás vamos a superarlo, pero finalmente logramos surgir como si fuésemos fantasmas en Hamlet.

Me siguió. Lo noté de inmediato. Podía escuchar el murmullo suave de su corazón y sus pensamientos atolondrados. Quería reprocharme tantas cosas, pero no era capaz de decir nada. Tan sólo me miró como se mira a un sueño imposible. Se acercó a mí girándome suavemente, besó con ternura mis labios y me abrazó. El resto de la noche la pasó conmigo recostado en mi cama, con ratos de silencio y momentos de conversación sobre el arte, la vida y el amor.


Creo que le amo. He descubierto el amor a su lado. Sin embargo, tengo miedo.  

sábado, 7 de marzo de 2015

Amor desesperado y amargo

Nicolas me amaba, pero no supe verlo. Durante mucho tiempo me golpeé el pecho por ello, me arrastré y lloré. Debí darme cuenta. 

Lestat de Lioncourt 


Venganza. Tan sólo quería vengarme de él. Quería regodearme en su dolor, aplastar su alma con el peso de su propia conciencia, y sonreír burlón desde lo alto del escenario. Por primera vez quería ser yo quien le concediera un poco de su medicina. Esa medicina amarga que solía deslizarse por mi garganta. No tuvo pudor en dejarme atrás, como si fuese un peso muerto, y permitir que viese los horrores del infierno en este mundo. Pude palpar las cuencas vacías de los esqueletos que yacían bajo el cementerio y captar el aroma a carne quemada de cada uno de aquellos desdichados. Podía hacerlo y lo hice. Saboreé las cenizas, tragué el humo de los cadáveres que se consumían en el fuego mientras bailoteaban a su alrededor, y observé como aquel ángel, de cabellos de sangre, parecía una hermosa escultura.

¡Y por eso el teatro se alzó! Como si fuese el cómico y trágico final de una época llena de inocencia, palabras vacías y lujuria desenfrenada. Me convertí en marioneta de mis propios hilos, enredados en la oscuridad y el dolor, que se impulsaba sobre cada uno de los tablones que fueron nuestra tumba. Tú creías que eran nuestro paraíso, el edén, pero en realidad eran sólo madera para nuestros ataúdes.

Dejaste de ser el muchacho que me venció en aquel invierno. Las manos cálidas y ásperas que me desnudaron, el hombre que mordió mi nuez de adán y se naufragó conmigo entre la espuma de las sábanas de aquella mugrienta habitación. Tú me torturaste con tus deliciosas palabras, tus locos sueños, tus nefastas creencias y vaciaste mi alma de cualquier duda. Me conquistaste. Pero, en París, te convertiste en un amante entregado a otros cuerpos, jugabas entre las faldas de las actrices y besabas a las mujeres que suspiraban por ti. Sólo en las noches, cuando te metías en la cama conmigo, me arrullabas con las palabras más tentadoras. Mordías mis hombros, besabas mi nuca y te deshacías de mi pantalón. Podía sentir tus impulsos bajo las mantas, como tus brazos masculinos apresaban mi cuerpo y me torturabas murmurando que me amabas a mí. Un amor idílico, único, magnifico y precario. Yo era quien soportaba tus malos momentos, tus palabras zafias y las mordaces mentiras. Ellas se llevaban tu tono seductor y tus discursos de seda.

Dime, maldito bastardo de noble cuna, ¿cuántas veces me dijiste que me amabas? Jamás escuché un tórrido te amo. Tan sólo escuchaba tus precarias y soeces fantasías pegadas a mi oído, envenenando mi alma y condenándome al paraíso del cual era desterrado a diario. Me convertiste en tu puta, pero reconoce que era la mejor de todas las que has tenido. Mis piernas se abrían dirigentes pensando que así me amarías, mis brazos se apoyaban en el colchón de paja y mi boca, esa boca endiablada, mordía tu vientre para lamer tu sexo. Tenía una lengua de serpiente, que se enroscaba desde la base hasta la punta, y tú reías maravillado creyéndote rey. ¿Y no eras tú el rey de París? Porque así te coronaste. El rey de los barrios más infestos. Una sucia rata venida de un pueblucho entre colinas.

Sólo te pedía que regresaras. Me conformaba con verte a mi lado. Ellas podían tenerte un rato, pero quien te hacía enloquecer era yo. Sin duda alguna eran mis muslos los que te ahogaban, mi cuerpo el que se tambaleaba y mi garganta la que se desgarraba. Mis manos, esas manos que tantas veces tocaron para ti el violín, acariciaban tu vientre como si fueras un Adonis. Pude tenerlo todo, Lestat, y sin embargo decidí tenerte a ti. Me hice esclavo de tus caprichos. Creí que nos hundiríamos ambos en tragos de absenta, caprichosas obras inacabadas y dulces mentiras llenas de eufórico sexo. Pero no. Decidiste irte. Y cuando regresaste, arrogante desgraciado, ocultaste lo que eras y mentiste para no compartir conmigo una vida eterna. ¿Y pretendías que no te odiara? ¿Qué más querías? ¡Me humillaba por ser tu querida!


Si hice el teatro fue para demostrarte que yo también sé jugar con la muerte.  

sábado, 21 de febrero de 2015

Inicio de todo - Introducción

—Todo lo que dijiste eran mentiras tan vacías como tus propias creencias en Dios. La muerte nos asechaba en cada esquina, el hambre nos hacía flaquear, pero la felicidad parecía pura en cada respiración. Podía jurar que disfruté cada beso furtivo, cada húmeda caricia llena de melancolía y tus dolorosas indecencias. Hiciste que cerrara los ojos, bajara los brazos y sintiera la luz de un nuevo sol. Me convenciste. Provocaste que caminara a tu lado creyendo todo lo que tú dictabas, pero en realidad sólo me empujabas al precipicio. ¿Qué esperabas? ¿Gratitud?—su cuerpo estilizado parecía estar recortado por los aromas del pasado, viejos recuerdos necesarios para mantenerse con vida y las ruinas de un prodigioso futuro que jamás llegó.

—Has regresado...

—Nunca me fui—dijo encogiendo los hombros—. ¿Alguna vez lo hiciste tú? ¡Oh! ¡Sí! Ya recuerdo... —sus ojos oscuros, como la madera de roble, parecían gemas insolentes.

—¡Yo no te abandoné! ¡Nunca me fui! Tú decidiste quedarte—respondí, apretando los puños colérico.

Una silenciosa sonrisa se formuló en aquellos carnosos labios. Su boca era veneno, pero parecía tan placentera como tiempo atrás. Llevaba una camisa de chorreras negra, con un delicado encaje de magnolias en sus mangas, y unos pantalones de cuero negros, ajustados, que le daban un aspecto aún más estilizado. Las botas eran de corte antiguo, muy clásicas, pero cómodas. Parecía la viva imagen del hombre que fue.

—Ahora soy un demonio, Lestat—susurró algo que ya sabía bien. Recordaba aquel truco sucio y rastrero de Memnoch con él. Deseaba creer que todo era un sueño fruto de la locura colectiva, pero no era así. Había ocurrido, no hacía demasiado, y aún debía asumir las consecuencias de ese fatal pacto—. ¿Vas a mentir al diablo?

Tuve miedo. Igual que la primera vez en la cual escuché el rumor, para luego confirmarlo, sobre el regreso de Nicolas. Él había vuelto a la vida, desde más allá de otros mundos. Deseaba cobrar los malos gestos, mentiras y olvidos.

—¿Qué me harás? ¿Juzgarme? Ya lo hiciste—reclamé conteniendo mi rabia—. Siempre lo haces.

—Debí ser más estricto—murmuró.


De improvisto dio un par de zancadas, me tomó del rostro y me ofreció su boca, como quien ofrece un tesoro. Me besó. Un beso lento y cálido, aunque no febril, para luego apartarse mientras reía. Sabía que él me estaba condenando. Empezaría pronto la guerra y yo, por estúpido, sería el inicio de todo. Cerré los ojos, como un maldito adolescente, mientras él me encadenaba a su delirio. Al abrirlos él había desaparecido. Estaba solo en la penumbra de un viejo edificio en París. 

Lestat de Lioncourt   

lunes, 16 de febrero de 2015

Hagamos memoria.

Nicolas ha hecho uno de los textos que más me han calado. ¿Debería reunirme con este nuevo demonio?

Lestat de Lioncourt


Tal vez ahora sólo soy un demonio, un recuerdo enquistado en su negro corazón, una balada amarga que sopla el viento o la melodía mortecina de un violín a punto de languidecer. Es posible que sólo soy palabras escritas en viejos documentos, una firma que ya casi no puede leerse, el aroma a polvo de unos viejos harapos y la última composición que logré acabar. Soy todo eso. Soy las lágrimas de tormenta y la risa arrolladora.

Quizás quedé atrapado entre el cielo y el infierno, encarcelado a un tormento tan cruel como es recordar los buenos momentos con la hiel del hoy. Sufro, pero el sufrimiento ayuda al bohemio a sacar lo mejor de su alma. Aquello oscuro, viscoso y terrible que nadie quiere tocar, pero que todos desean presenciar como si fuera el último aliento de un moribundo.

He enterrado cualquier sentimiento que no esté prohibido. El odio es lo más delicioso que han sentido mis dedos, los cuales muevo aún con gracia sobre el violín, y la rabia la sensación más sensata que mi alma ha sostenido. Estoy decepcionado con la vida, pero también con la inmortalidad. Porque, esta forma nueva, es también ser un inmortal. Cargo las cadenas del purgatorio y las alas negras de un príncipe terrible.

Demonio. Eso siempre fui. Un demonio. Un terco y demente demonio. Soy quien se alza ante ti, sin piedad y con el rostro bondadoso, para clavar en tu pecho el más terrible desasosiego. Pronto todos morirán y nuevas flores brotarán para marchitarse. El ciclo vitar dará rienda suelta. Y yo, como el mundo mismo, estaremos presentes para contemplar el fin de todo. El dolor es delicioso, pero aún más el dolor añejo y terrible que se clava como daga.

Y tú, mi dulce y tenebroso príncipe, espero volver a encontrarte más allá de este camino de penurias y acertijos. Sé que sabes de mí, del mismo modo que yo sé de ti. Podemos encontrarnos otra vez y danzar, como si fuésemos macabros enterradores, en el lugar de las brujas donde todo comenzó. Tú y yo. Estaremos a solas en un duelo cuasi mortal.

Volveremos a herirnos con navajas artificiales de palabras hirientes. Nos acariciaremos con la hiel que siempre hubo en el perdido páramo de nuestro amor. Seremos enemigos e iguales. Tú y yo, volveremos a levantarnos como el polvo del camino y nos odiaremos para amarnos en silencio.


Te odio, pero también te amo. Te deseo la muerte, pero sin ti moriría de verdad. Maldita sea esta dualidad. Maldito tú, la sangre, el tiempo, el fuego, el demonio, los infiernos, la nueva vida que poseo y yo. Maldito sea yo.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Mi primer amor.

Un viejo escrito de Nicolas ha llegado a mí... y yo sólo os hago eco de él. 

Lestat de Lioncourt 



La melodía de ese violín llegó a mí despertando mi alma. Abrió las alas ocultas que jamás creí poseer. Me convirtió en un alma errante buscando el pecado que yacía en cada partitura, ese que se convertía en delicioso manjar en mis labios. Las lágrimas brotaron, mi nerviosismo aumentó, el pulso quedó convertido en un sonido intenso de tambores alocados, y comprendí que me había enamorado de un demonio de cuerdas y arco. Quise saber tocar para fundir de ese modo mi alma. Durante semanas practiqué sacando sólo chirridos a mi hermoso amigo. Un amigo que conseguí por unas monedas, las cuales debían servirme para pagar cobijo y algo de alimento.

Durante meses viví desahuciado de techo alguno, caminando por las calles con las ropas sucias y el pelo desacomodado. Mi padre creía que pagaba por una buena educación en París, pero su hijo se convirtió en un demonio bohemio completamente enganchado al Hada Verde y a las partituras apolilladas que lograba aprender.

Sabía que me despreciaría, odiaría y me anularía nada más saber que mi alma vibraba con cada roce del arco sobre las cuerdas. Comprendía su dolor, pero no así la amargura. Pues había vivido ciego en soledad, náufrago del bien y no del camino de la libertad, y en esos momentos había encontrado la salida hacia la felicidad. Sólo era feliz junto al violín. Si pasaba calamidades no me importaba. Lo único que quería era tocar el violín aunque fuese un muerto de hambre.

Cuando logré realizar el pizzicato o el trémolo me sentí vivo. Mis dedos sobre las cuerdas, del mismo modo que si tocara una hermosa y seductora guitarra, o ese movimiento rápido del arco arriba y abajo convirtiéndome en un Dios frente a todos, frente a mí mismo y el reflejo en los charcos, me hacía sentir en el paraíso. Pero mi mano izquierda, la mano del diablo, comenzó a moverse arriba y abajo sobre las cuerdas realizando el más fabuloso gilssando, para luego hacer vibrar los dedos sobre las cuerdas igual que si fueran las patas de una araña hasta tocar la parte del arco del arco o el puente. Todos los movimientos fueron dándose. Mis dedos tenían vida propia. Mi cuerpo se retorcía. El violín me hablaba y recitaba poemas de amor.

La clave de violín iniciaba las partituras, pero yo intenté miles de locuras para comenzar a componer por mi cuenta y riesgo. Me convertí en un bufón, en un simple músico callejero, y eso me hizo derramar lágrimas de felicidad. Cuanto más miserable era, menos tenía y más dolor me llegaba, mejor componía y más libre me sentía. No tenía que dar explicaciones a nadie. Mi única familia era el violín. Peor tuve que regresar a ese funesto pueblo y enamorarme de algo que tenía vida más allá de su cuerpo de madera. Dejé que él me besara, me atara a su cuerpo y me convirtiera en su músico de cabecera. Dejé de ser la fulana de la música, para convertirme en la cualquiera de un noble sin caudales.

«Ámame, hazlo. No pasará nada. Mi alma será tuya y tuya será la mía. Ambos caminaremos por caminos más afortunados que estos senderos de barro y mediocridad. Verás la luz, amor mío, más allá del valle donde se alza el sol. Conoceremos la libertad, te lo aseguro. La libertad no nos cegará, el mundo no nos odiará, y podremos decir que estamos por encima del Bien y del Mal. Créeme. Ámame.»

Debí huir. Debí resistirme. La música era mi único consuelo y cuando él me dio la espalda, guardando ese triunfo sobre la muerte, como si fuera únicamente el placer de unos dioses, dioses que no me deseaban a mí como hijo, enloquecí. Ya no había consuelo. Él me arrancó las alas como si fuera una mosca. Lo hizo.  

domingo, 16 de noviembre de 2014

La magia del teatro

Ah, el viejo teatro... los viejos pensamientos de Nicolas. Ese maldito violinista...
Lestat de Lioncourt


El teatro quedó vacío, casi consumido por la amargura y oscuridad que poseía mi alma. Las notas del violín cesaron. No quedó nadie en escena. Aquella noche, casi al alba, el teatro parecía un cementerio de versos tristes y partituras hechas para un funeral. Lestat había abandonado París. Había logrado que se marchara de mi lado tal y como necesitaba. Él no me soportaba y yo no soportaba ver esos ojos claros centellear miedo, vergüenza y odio hacia mí. Por los viejos tiempos le hice un favor y me ahorré sus lágrimas, reproches y castigos.

Armand se había marchado hacía más de una hora. Tenía asuntos más importantes que escuchar a un recién nacido divagar sobre arte, música y nuestra podridas almas. El resto, los pocos vampiros que no habían decidido destruirse, habían huido a refugiarse. Mi refugio sería las tablas del teatro y su silencio. Un lugar donde se había acumulado sueños que Lestat ya no cumpliría, los mismos que yo atesoraba para convertirlos en pesadillas frente a todos.

Usaríamos el polvo del maquillaje, el carmín para los labios, las pelucas y los trajes para camuflarnos entre los parisinos. Hablaríamos la muerte del amor, la esperanza y los sueños. Conversaríamos con ataúdes vacíos donde yacerían ellos en medio de la vorágine de frases y reseñas a viejos autores. Serían las afortunadas víctimas de una función atroz, aunque maravillosa. Podía verlos llorar y gritar proclamando que somos demonios y, a la vez, aplaudir creyendo que todo es una falacia.

Apretaba el violín contra mi pecho como si fuera el regalo envenenado de un monstruo demasiado bondadoso, hermoso y perfecto. El monstruo que había huido de París, alejándose por completo de mí y de Francia, en busca de otro como él, mucho más antiguo, que podía incluso destruirlo o simplemente no existir más que en los pútridos sueños de su viejo discípulo. Sonreí complacido en medio de ese mar de oscuridad donde sólo tintineaban un par de velas encendidas. Las llamas bailoteaban iluminando parcialmente las tablas que pisaba. Podía cantar lo que quisiera, desafinando y destrozando cada palabra, pero sólo contemplé las primeras filas imaginando la vida que solía tener ese lugar. Sería la tumba de muchos, pero también ofrecería vida.

—El teatro de los vampiros—susurré jugueteando con mis huesudos sobre mi instrumento—. Demonios que se visten de ángeles y logran engañar incluso a Dios...

Me hice una promesa ese día y fue intentar que el teatro se llenara de almas. Almas impías, prepotentes y con los bolsillos llenos de banalidad. Hice realidad sus temores y los ensalcé como si fueran maravillosas proclamaciones de amor.

—En tu honor... Leilo—dije justo antes de apagar las velas, bajar del escenario y correr a refugiarme del sol.

A cada zancada que daba una carcajada histriónica sonaba del interior de mi cuerpo, como si arañara el mundo con mis garras, y el sol, tan puntual, comenzaba a salir bañando las calles aledañas.  

lunes, 3 de noviembre de 2014

Quiero ser libre

Un viejo manuscrito ha aparecido y es de Nicolas. Yo os lo ofrezco.

Lestat de Lioncourt 


Mi gran amor está hecho de madera y cuerdas. Es como cualquier marioneta. Nosotros somos marionetas. Movemos nuestras manos y pies al ritmo de una ilusión etérea, efímera y dolorosa. La música no es bondad, es un placebo para nuestras torturadas almas. Ella alimenta la escasa luz que ilumina nuestro teatro. La muerte danza implacable, se retuerce, sonríe y nos elige.

Pero la eternidad llegó. Me ató con sus largos y fuertes brazos. Ella me besó dulcemente en los labios y envenenó mi alma. Me convertí en un esclavo siniestro de sus deseos. La sangre, la sed de sangre, era imposible de contener. Sangre. Sólo necesitaba sangre. La euforia me conquistaba, el éxtasis era inmenso y soñaba con él dentro de mi ataúd. Moría por vivir, vivía por morir.

Los hilos de esta marioneta no fueron cortados, sino reforzados. Me convertí en la marioneta del dolor. La muerte me veía como un demonio. Yo sonreía como tal, bailaba y escribía odas hermosas a la verdad más brutal y tortuosa.

La locura se adueñó de mis dedos, los cuales se enterraban en la oscuridad de mi alma. Quería sacarme el corazón y observarlo. Podía vivir sin él. Pues mi corazón se hallaba muerto desde el día que comprendí que significaba tan poco para él. Pero, ahí estaba el violín. El violín y cientos de papeles. Escribí a la muerte de nuevo, como un canto a la vida y al Carpe Diem.


No soy un monstruo. Sólo un hombre que soñó ser libre.  

martes, 9 de septiembre de 2014

Mi oficio

Nada, otra vendetta más. Otro que se apunta. Aunque supongo que ya estaba más que apuntado.

Lestat de Lioncourt 


Aún la noche envolvía todo con su misterio, y sus encantadoras estrellas brillando a miles de kilómetros, mientras el mundo se rendía por completo a los sueños. Los sueños son para muchos algo de qué hablar cuando despiertan, una sonrisa tímida al tomar un café cargado y la fuerza necesaria para soportar su vida de esclavo del trabajo, las reuniones sociales y la vida misma. Para otros, los que viven dentro de estos, en sin duda lo único que poseen. Plasmar sueños en pinturas, escritos y partituras es la vida del artista. Genera un poder hipnótico que doblega el alma.

Se encontraba sentado en uno de los tejados, con el violín entre sus brazos y el cabello hondeando debido a la ligera brisa. Aún el verano parecía no querer retirarse. El calor era algo insoportable, pero merecía la pena por el aroma de los jazmines y el murmullo de los insectos. El asfalto parecía una lengua negra y los vehículos pequeñas maquetas. El edificio era alto, aunque no tan alto como los que él había conocido en otras ciudades. Tres gloriosas plantas visibles, un sótano que quedaba en las entrañas de la tierra y un jardín lleno de plantas de las que desconocía algunos nombres. Había regresado a la vida y aún se preguntaba qué hacer con esa oportunidad.

El odio le había llevado a la venganza, el rencor le guió sus pasos, el demonio susurró en su oído y él tocó para asesinar los sueños de un ser que aún amaba. Su sonrisa cínica, sus hermosos cabellos dorados y el recuerdo de las noches parisinas le agobiaban demasiado. Se sentía confuso, dolido, abochornado y a la vez triste. El lamento de su violín cada vez era más frenético. Él construía sueños, tocaba por pasión, pero en esos momentos era títere con hilos que iban hacia el infierno.

Imaginó un mundo distinto. Cerró los ojos y aspiró el aroma de las flores. Con cariño abrazó el violín y se puso en pie encima de aquel tejado. Con elegancia comenzó a tocar mientras sus sueños buscaban liberarse. Pensó en un París distinto, una noche más en el teatro, el regreso de Lestat como si fuera el príncipe de un cuento de hadas y él el monstruo que aguarda ser liberado. Igual que si fuera un Minotauro y conociera a Ícaro con unas poderosas alas que pudiesen arrancarlo del tormento, de aquella jaula inhumana, y le devolviera el aliento, sus manos y la esperanza. Tenía cerrado sus ojos, pero de inmediato los abrió y se echó a reír. Sabía que tenía que hacer. La venganza era cruel, dolorosa incluso para él, pero el único camino. El camino hacia la libertad.



lunes, 25 de agosto de 2014

Lo peor de todo

Una carta de Nicolas, con sello del día de mi cumpleaños. Llega tarde, pero la acepto. Aún así, es terrible... terrible...

Lestat de Lioncourt 


Atado a ti. Por siempre atado a tu recuerdo, a tus mentiras y falsas sonrisas. Siempre te creí capaz de todo, pero no de la más alta traición. Quise retenerte puro, lejos de París, y finalmente fuiste engullido por su magia y provocación. Nada quedó del chico que lloraba por la muerte de las condenadas a la hoguera, ni siquiera un ápice de ese muchacho que sobrevivió milagrosamente al ataque de los lobos. Nada. Sólo una máscara de bufón y un rostro lleno de carisma. Te convertiste en algo que nunca fuiste. El monstruo era yo, no tú.

Deseaste que mi vida fuese fácil. Compraste mi dolor. Vendiste mi silencio a cambio de un tutor para retenerme encerrado en una prisión de oro. El mármol de aquel apartamento, las hermosas cortinas de terciopelo, las sábanas de satén color granate o el elegante escritorio me turbaban. Prefería la miseria, el frío y el hambre que pasábamos en la taberna. Quería escuchar tu voz, no la de aquel hombre que me dirigía como si fuera una marioneta. Nunca te percataste de mis sentimientos. Fue brutal el golpe final de verte convertido en un demonio, un grotesco ser deforme que se balanceaba frente a mí. ¡Terrible! Pero peor aún fue saber que me engañabas, ocultándome de todo como si fuera un débil. ¿Por qué?

¿Qué esperabas que hiciera? ¿Querías que me arrojara a tus pies cuando me abrieras los brazos? No eras el ángel que esperaba. No. Ya no eras el hombre por el que rezaba y lloraba. Te convertiste en un ser descarado, violento, insaciable y fascinante. Sí, fascinante. Lleno de oscuridad y luz propia. Te deseé, pero no por amor. Ya no era sólo amor. Quería que me condenaras. Necesitaba sentir el infierno. Ansiaba sentir en mi cuello el aguijonazo de tus dientes, igual que si fueras una abeja en un panal de miel. Sin embargo, la locura ya era evidente. La tortura ya estaba marcando mi cuerpo y moldeando mi mente. Él lo hizo. Sabes que esos cabellos de fuego hondeando al aire, esos ojos castaños tan seductores, y ese cuerpo de ángel caído contra el pavimento del cementerio me hicieron enloquecer. Tú y él. Los dos. Me condenaron ambos. ¿Cómo soportarlo? No quería ser marioneta en éste espectáculo. Yo no era merecedor de ser una marioneta. No. El telón se alzaría, pero yo sería actor y músico.

Pero desconocía en aquellos instantes, tan sublimes, que el silencio me obligaría a enmudecer. Pude ver en ti todo lo que ocultabas. Escuché de tu mudo palpitar la verdad más cruel. Me vi atado de pies y manos. Caí de bruces a la realidad. Quise morir allí mismo y a la vez ansiaba la vida que discurría por cada vena, cada hombre y mujer, que se paseaba frente a mí. Todos eran frutos prohibidos y yo un sediento esclavo de ese nuevo vino.


¿Sabes qué es lo peor de todo? Que nunca pude odiarte.  

domingo, 22 de junio de 2014

La danza del dolor

El siguiente fragmento de vida es de Nicolas de Lenfent y quiere compartirlo con ustedes.

Lestat de Lioncourt 


Sus pasos hacían eco por la estancia, como si recorriera el campo santo de los infiernos. Tenía los brazos cruzados sobre su pecho, su cabello negro caía sobre sus hombros completamente alborotado y poseía una amargura intensa en su mirada café. Parecía buscar alguna razón, algo que lo mantuviese vivo, mientras la noche lentamente caía. Su violín lo esperaba sobre la cama que ambos habían compartido. Parecía que sólo él, con sus cuerdas y arco, y su propia alma extrañaban los dorados cabellos, la risa explosiva y los ademanes bruscos de Lestat.

—¿Has visto?—le dijo en un murmullo parándose en seco en mitad de la boardilla—. ¿Lo has visto?

Las lágrimas comenzaron a bordear sus mejillas sonrojadas por el vino. Varias botellas vacías, de vidrio verde y grueso, se amontonaban en un rincón y una vela se consumía muy cerca, como si fuese la única que quiera acompañar la escena, señalando a las culpables del estado de embriaguez del músico.

—No debí creer sus mágicas historias, esas estúpidas historias. ¿Cómo pude amar a un mentiroso?—se colocó las manos en el pecho y tiró suavemente de su camisa de chorreras blanca—. ¿Por qué?—susurró con el labio inferior tembloroso, tan tembloroso como su voz—. ¿No vio que él era mi única luz? ¿No comprendió que le amaba? ¿Qué hice yo para merecer el olvido? ¿Por qué no me llevó con él? Él dijo que estaríamos unidos por siempre. ¡Mentiroso! ¡Blasfemo! ¡Fariseo!—explotó cayendo de rodillas mientras se llevaba la mano derecha a los labios, intentando impedir que nuevas agresiones surgieran de sus carnosos labios. La zurda quedó sobre los tablones de madera del suelo, acariciando y apretando las betas—. Espero que los infiernos se abran y tú te encuentres en ellos. Eres el peor de los demonios, pues tu presencia es de encantador ángel y el pecado que he cometido contigo es el mayor de todos.


Nicolás alzó la vista viendo el violín, testigo de todo, y sonrió amargamente. Con torpeza gateó hasta él para comenzar a tocarlo. Su cuerpo se alzó como si fuera el de un coloso, comenzó a tocar con angustia y desesperación. Quería calmar sus lágrimas y animar su alma, la cual se retorcía como sus miembros. La danza se inició y sus sentidos despegaban de la turbia realidad. En su mente estaba en Auvernia, en el círculo quemado de las brujas, girando al compás de cada nota mientras Lestat contenía su consternación. Danzaba para él otra vez... danzaba para sí.  

sábado, 24 de mayo de 2014

La tortura del demonio al violinista

Por suerte, o desgracia, nos enamoramos de algo imposible. La maldad a veces no tiene límites, del mismo modo que no la tiene el egoísmo. Memnoch y Nicolas son un ejemplo de la pasión, el egoísmo, la seducción y el dolor. 

Lestat de Lioncourt 


Nicolas dormía recostado en su cama revuelta, con sus cabellos castaños enmarcando su rostro con cierta gracia, sus mejillas estaban húmedas aún por haber llorado durante largo rato. Toda la habitación olía a sudor. La ventana se encontraba cerrada, pero no así las cortinas. Su cuerpo era muy atractivo, o al menos así se veía, gracias a la tenue luz crepuscular. Él decidió avanzar hacia aquel pequeño rincón en la habitación, se sentó en el borde de la cama y despejó su rostro rozando con la punta de los dedos sus pómulos marcados, sus jugosos labios y el mentón tan bien proporcionado.

Notó entonces la carta. No había apreciado aquel documento antes, cuando había llegado a la vivienda horas atrás. Estiró su brazo tomando el sobre de la mesilla, lo abrió con rapidez y elegancia, y comenzó a leer cada párrafo con una sonrisa cínica. De vez en cuando alzaba los ojos del papel y lo miraba, intentando con tener una risotada. Nicolas volvía a ser suyo como siempre debió ser.

Su contenido era doloroso, pero para Memnoch era el símbolo de su poder.

»Me pregunto constantemente si no soy más que una marioneta de hilos invisibles. Percibo tu malicia, puedo palpar el odio que tú sientes y provocas, sin embargo me convenzo a mí mismo que bajo esa capa oscura, pútrida y cruel existe algo que pueda salvarme. Quizás eres tú el tormento que tanto necesito. No sé bien a quién recurrir, pues no poseo a nadie más que a ti. Te has convertido en lo único que puedo desear, tener o simplemente imaginar; no sé si así lo deseabas, pero lo has hecho, y ya no hay posibilidad alguna de darse la vuelta.

¿Es mi triste verdad? ¿Tan triste como para no atreverme siquiera a pensar en mi libertad? ¿Soy libre? ¿Seré algún día realmente libre para elegir? No, no soy libre. Nunca seré libre. Jamás podré conocer algo más que tus cadenas. Ese poder que posees me ciega, tus enigmáticas respuestas a veces me congelan durante semanas y tu forma de no amarme es demasiado excitante. Me he convertido en algo yermo.

En mis pensamientos camino por un paraje de centeno gris, con un cielo encapotado y un cuervo revoloteando los granos. Puedo ver como se alza hacia el ceniciento sol, girando lentamente sobre mi cabeza, esperando que me muera para sacarme los ojos y finalmente huir con su preciado botín. Así me siento; tan vacío.

¿Por qué te amo? Tú no amas a nadie salvo a ti y posiblemente tu obsesión con Lestat, la misma que yo he llegado a tener, es porque te recuerda la luz que una vez tuviste. ¿No somos huérfanos de luz? ¿Por qué no me amas entonces?

Nicolas de Lenfent«

—Un problema menos para mí, Nicolas, eso eres—susurró desvaneciéndose para dejar al torturado violinista atrás, sintiéndose aliviado al saber que no rechistaría sobre sus futuras acciones y acataría sus deseos sin pensarlo.


martes, 11 de marzo de 2014

Así te conocí

Así te conocí es un texto de Nicolas de Lenfent donde narra como conoció la música y su pasión por ella. 

Lestat de Lioncourt


Recuerdo los inviernos fríos cuando la nieve se amontonaba en los caminos. El pequeño taller que regentaba mi padre, en el cual curtía y teñía el cuero, era cálido a pesar que pudiese parecer lo contrario. Él caminaba de un lugar a otro con las pieles de los animales que habían cazado recientemente, los cuales habían usado su carne para hacer fiestas antes de la cuaresma, y estas se aprovechaban para abrigos, capas o incluso el forro de las botas de cuero más resistentes de toda Francia. Al menos así rezaba en el cartel que él mismo había elaborado.

Mi madre había muerto cuando yo tan sólo era un bebé, casi inmediatamente después del parto, y él a veces me reprendía ese hecho. Sin embargo era el único hijo que poseía. Con su nueva esposa no había podido tener otro hijo y tampoco hembras. Yo era su esperanza y el amor comenzó a fluir cuando tenía doce años.

—Ven aquí Nicolas—dijo sentándose en un taburete mientras encendía una vela—. Hoy me han dicho que te han visto bailar en la taberna. ¿No eres muy joven para beber hasta desear mover tus pies?

—No bebí. Fue la música—respondí acercándome a él.

Era delgado, pero no espigado. Recuerdo que no era el chico más alto de mi pueblo, pues ese era Lestat, y mi aspecto era algo infantil inclusive para mis años. Mi padre me veía como un pequeño muñeco que había logrado crecer a pesar de los inconvenientes. Sus manos toscas acariciaban mis mejillas a veces, me pedía disculpas por los azotes y me recordaba que debía ser obediente.

—Te gusta la música. A tu madre también le gustaba—susurró con añoranza mientras me tomaba de las manos—. Quiero que seas algo más que el hijo del peletero.

—¿Y qué seré?—el futuro me aterraba. Ciertamente siempre sentí que no viviría demasiados años. Era una suerte que a pesar de lo enfermizo que podía llegar a ser, pues todos los inviernos me resfriaba y la tos se pegaba a mi garganta, era capaz de superar las fiebres.

—Tendrás una educación digna de un marqués o duque. Me encargaré de ello. Por eso no quiero que vayas a la taberna—sonaba sincero y preocupado. Su voz tomaba unos matices muy atractivos.

Muchas veces me he preguntado si me hubiese parecido a él, pero con rasgos más suaves muy cercanos a mi madre. Él no tenía los labios gruesos y sus ojos eran claros, pero sus pómulos eran los míos al igual que la nariz. Sin embargo él era grueso y de hombros anchos. Yo era la combinación de ambos, él lo sabía y por ello no podía odiarme. Veía en mí un reflejo de mi madre.

—Pero allí puedo escuchar el violín—susurré esperando que no me golpeara por ello, por eso cerré los ojos e intenté apartarme.

—¿Quieres uno para ti?—dijo agarrándome fuertemente de los hombros—. Yo te pondré un profesor para que te enseñe.

En la siguiente primavera comencé a tocar el violín. Era un arte muy complicado, pero sentía que mi alma fluía con las notas. Con quince años ya era bastante bueno, aunque había aprendido a tocar tarde y eso provocaría que jamás destacase como debía. Con esa edad me fui a París para mejorar mis estudios y con diecisiete volví a ver a Lestat. Juro que la música siempre fue mi mayor motivación, pero él me llevó por el mal camino. Me invitó a la taberna y esta vez bailé desnudo, ebrio y en la cama mientras él me hacía suyo.


Recuerdo poco de aquella noche y lo único que viene a mi mente es el pudor que sentí al descubrirme entre sus brazos. Quise morir de vergüenza y la oscuridad atenazó más mi corazón. No merecía vivir porque había torcido mi vida, lo sabía, y mi padre jamás me lo perdonaría. Pero él tan sólo sonreía buscando mi cuello y haciéndome sentir una puta parisina. Mi corazón se oscureció y comencé a vislumbrar que podía usarlo como él me había usado a mí.  

martes, 31 de diciembre de 2013

Atormentado

Bonsoir

La última noche del año la empieza Nicolas con un poema para Memnoch.

Lestat de Lioncourt

Caminaba desesperado por la habitación, igual que una fiera indomable. Después del último encuentro había renovado su ira y el odio le calcinaba como si fuera un fuego imposible de controlar. Sus ojos se habían hundido en la desesperación y finalmente alzado entre los escombros de la agonía. Nicolas estaba seguro que recurriría a la venganza, pues así la ansiaba. Sin embargo, tomó un tintero y una pluma para comenzar a escribir en una de las pulcras paredes de su apartamento.

No estaba solo. Desde hacía algunos minutos alguien le acechaba en medio de la penumbra. Los ojos de aquel monstruo frío y cruel que le provocaba tal ansiedad, deseo irrefrenable y celos. Unos celos que jamás había sentido. Por él le arrancaría esos ojos para que no pudiera ver a otro como le miraba, pero ese ser era mucho más poderoso y peligroso. Memnoch sonreía complacido por los pensamientos de aquel atormentado violinista. Entonces, antes de mover siquiera un músculo, Nicolas comenzó a tocar el violín mientras recitaba el poema que había escrito para él.


Desgarraré mi alma junto a la tuya,
te haré beber el elixir del pecado
y sentirás que el cielo te fue concedido.
Ven, acompáñame a contemplar esta luna.

En medio de la penetrante oscuridad
te mostraré la maldición de este mundo
donde tú y yo somos almas atadas
a un ramillete de estúpida curiosidad.

La música ya está sonando, escucha.
Aprenderás a sentir con el alma
y dejarás que ésta divague
entre trozos de fría escarcha.

Beberás la sangre de la inmortalidad
y caerás a los pies de la locura
y antes de poder encontrar la cura
notarás que ya no posees humanidad.



miércoles, 4 de diciembre de 2013

Amar a un demonio

Bonsoir mes amis

Aquí tienen el fic que esperaban de Memnoch por Nicolas. 

Lestat de Lioncourt 

Amar a un demonio

Sentía que mi alma sufría sin explicación alguna. Me sentía dentro de una vorágine de dudas, sentimientos perversos, sensaciones dolorosas y sobre todo la creación de una nueva obra. El dolor siempre me ayudó a comunicarme, especialmente cuando eran sentimientos perversos los que asolaban cada retazo de mi oscura alma. Mis lágrimas brotaban manchando las hojas, emborronando las letras, pero aún así recordaba frase por frase porque era mi propia tragedia. Hubiese deseado arrojarme a las llamas yo mismo, sin ayuda de otro imbécil como Armand, y sentir que la muerte al fin me acogía dándome la paz que ya no tenía.

Deseaba perderme como humo de cigarrillo, dejando mi esencia pero al fin sintiendo la libertad. Quería desvanecerme, olvidarme, perderme de mí mismo y por fin el silencio. Sin embargo, me movía de forma desenfrenada, igual que un animal encerrado o un loco en su celda, de un lado a otro de las habitaciones y salas. Escribía en las paredes y en los numerosos folios que quedaban en el suelo.

-¡Que alguien me arranque el corazón!-grité furioso lleno de rabia mientras caía de bruces llorando. Mis manos acariciaban los papeles que estaban arremolinados a mi alrededor, igual que si fueran las plumas de las alas de un ángel- ¡Ya no quiero nada! ¡No quiero nada!-me sentí lleno de amargura mientras rompía mi camisa por puro coraje.

Mis uñas afiladas y largas rompían la tela de la camisa. Podía escuchar como se hacía jirones mientras se desprendía. Era un sonido tranquilizador tan sólo por segundos, pues mi afán de destrucción se veía apaciguado. Golpeé el suelo y me arrojé a él dejando que mi rostro se hundiera en mi propia obra. Mi espalda quedó al aire, aunque en realidad portaban unas negras alas negras que eran imposibles de ver si no permitía que surgieran.

-¿Para qué quiero estar vivo si sufro más que cuando estaba muerto? ¿Por qué he aprendido a vivir y no a saber que la oscuridad viene cuando menos la necesito?-murmuré acariciando una de las hojas antes de gritar hasta quedarme casi sin fuerzas. Algunos cristales se rompieron provocando que el frío del invierno entrara en mis habitaciones y mi cuerpo lo padeciera.

Entonces escuché como alguien pisaba los cristales y caminaba hacia el gran salón donde me hallaba. Era una vivienda con buena acústica y mis oídos, además, eran privilegiados. Deseé incorporarme, pero quedé tumbado acariciando las notas que había escrito con mi propio puño y letra. Los pasos se volvieron más profundos y elegantes cuando la puerta se abrió, entró en la sala y quedó a pocos metros metros. Pude ver sus resplandecientes botas negras y supe que era él. Ni siquiera moví un músculo, pues no deseaba ofrecerle la satisfacción de ver como me retorcía si se acercaba demasiado. A pesar de mi negativa me sentía tentado, pues su aroma invadía mis sentidos y deseaba tener mi piel impregnada por su olor corporal, mucho más intenso que el de un humano o vampiro.

-¿Has venido a contemplar tu obra?-pregunté sarcástico aunque con la voz entrecortada y ronca por los esfuerzos- ¿Te agrada?

El silencio era aplastante, sobre todo porque podía escuchar su respiración pausada mientras la mía aún era agitada. Deseé huir de allí, pero él me encontraría. Ambos éramos criaturas similares, aunque yo sólo era su creación debido a un pacto que en ocasiones me arrepentía haber hecho. Me incorporé permitiendo que viera mi rostro lleno de lágrimas, las cuales aún surgían a pesar de mis múltiples intentos por calmarme.

Él estaba allí con una ropa similar a la de cualquier joven de más de veinte años, con unas botas negras que desde hacía semanas le acompañaban. Chaqueta de cuero, jersey de lana grueso y pantalones tejanos bastante gruesos. Su pelo estaba cepillado y echado hacia atrás. Tenía una mirada severa y dura, como si no hubiese vida o si la vida que existiese en él fuera miserable.

Mis labios temblaron mientras mis puños se cerraban. Deseaba arrojarme a sus brazos y pedir disculpas por mis celos. Aunque eran celos comprensibles, sobre todo porque cada día regresaba con un aroma distinto impregnando su ropa y destrozándome por ello. No comprendía siquiera porque esos sentimientos acudían a mí y sobre todo porque tenía que ser precisamente con él.

-Si esperas una explicación o disculpas por este desorden no lo haré. Es mi apartamento y puedo hacer en él lo que desee- mis palabras sonaron firmes, pero estoy seguro que pudo leer en mis ojos el deseo que yacía en mi interior.

Quería ser rodeado por sus brazos, escuchar cualquier historia impactante sobre los infiernos y ser seducido por su lengua para hacerme callar. Podía decirse que estaba a su merced y me había capturado tan rápido como lo hizo una vez Lestat. Siempre que jugaba con fuego terminaba quemándome y en ésta ocasión ardería para siempre.

Él estiró su brazo derecho hacia mí y cerré los ojos de inmediato. Deseé que me ofreciera alguna caricia como consuelo, pero sus dedos fueron a mi cuello, justo tras mi nuca, y me levantó de forma dominante y cruel. Quise quejarme, sin embargo sólo pude abrir brevemente mi boca. Seguía con los párpados bajados cuando noté su respiración cerca de mi rostro. Mis pies rozaban el suelo, pero no estaba apoyado en él. Memnoch era más alto que yo, inclusive Lestat lo era y éste era algo más bajo. Posiblemente yo no llegaba al metro setenta de estatura, pues jamás me he medido ni deseo averiguar esas vanidades, y Memnoch siempre ha rozado el metro noventa.

-¿Quién te crees que eres?-preguntó provocando en mí un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo.

-No sé ya quien soy ni a que tengo derecho-respondí en un balbuceo.

Su mano era como una garra que me sostenía firmemente y prácticamente evitaba que pudiera respirar. Con su izquierda desabrochó los escasos botones de mi pantalón y hundió su mano dentro de mi ropa interior, palpando mi miembro que reaccionó a sus ásperas caricias. Jadeé sintiendo como el paraíso se abría ante mí, a pesar de estar siendo estrangulado.

-Memnoch- balbuceé mordiendo mi labio inferior.

No sé que deseaba en ese momento. Quería que se fuera, pero a la vez necesitaba que me hiciera suyo de todas las formas posibles. Necesitaba que me abrazara y me jurara que sólo yo era capaz de despertar sus más intensas y perversas pasiones, pues aunque fuera una mentira creería cualquier cosa en ese momento y mi alma quedaría en paz de nuevo. Por supuesto, sólo quedaría en paz hasta que volviese a oler en él el perfume de otro amante.

Me endurecía bajo su tacto y reaccionaba igual que una puta entrenada, sin embargo decidió que era suficiente. Me arrojó al suelo al abrir su mano y apartar la otra. Caí desplomado y tembloroso, pero no tardé en acercarme a él gateando sobre las hojas de papel. Mis ojos posiblemente tenían miles de sentimientos encontrados en sus pupilas. Sonreí como lo haría un estúpido drogadicto frente a su dosis y acaricié sus piernas por encima del pantalón. Lamí su bragueta con la punta de mi lengua, pues esperaba que se excitara y no dudara en hacerme suyo.

Él tan sólo me propinó una patada empujándome al suelo. Varios papeles salieron volando y quedaron arrugados por mi cuerpo deslizándose sobre ellos. Mi espalda dio con un mueble cercano y algunas figurillas, todas de incalculable valor, cayeron haciéndose añicos. Mis ojos café con tonalidades ambarinas quedaron con expresión atónita. Mis manos temblaron intentando buscar apoyo para levantarme. Aquello había sido un golpe a mi orgullo.

-Creí que sería fácil domesticarte, pero me he percatado que contigo no puedo usar mis trucos convencionales-dijo dando un par de pasos hacia mí.

El vello de mi nuca se erizó y mis dedos fueron a mi rostro, intentando palpar las lágrimas que seguían saliendo. Lloraba sin emitir sonido alguno, como si hubiese quedado mudo de repente. Las yemas de mis dedos estaban frías y mucho más suaves que sus manos, sin embargo hubiese dado todo porque fueran las suyas.

-Levántate ahora mismo-dijo en un gruñido mientras me levantaba prácticamente en peso.

Sus manos me habían agarrado de los brazos y podía sentir como ardían. Él parecía arder frente a mí, por el calor que transmitía y su expresión grotesca. Incluso de ese modo lo deseaba y necesitaba que me tomara como su única puta. No esperaba ser amado, ni siquiera ser apreciado, pero sí quería ser el único que lograra saciar sus instintos más bajos.

Mis piernas temblaron, aunque creo que era el piso del departamento. Rápidamente la decoración cambió como si fuera un sueño. Las paredes cayeron ladrillo a ladrillo, el apelo pintado se deslució y quedó sumido en una profunda oscuridad allá donde los muros no se habían desplomado, las alfombras se perdieron engullidas por un suelo frío y húmedo, el murmullo de las ratas se perdía por las numerosas galerías y el confort daba paso a una celda. Cadenas, varios potros de tortura, una cama sin ropas de cama y únicamente con el sucio colchón que parecía haber sido usado en una sangrienta batalla, las velas le daban un tono más lúgubre y peculiar, sobre todo por su aroma, y también había un ligero aroma a musgo. Él se apartó dejando que cayera al suelo, sin embargo no perdió la ocasión y antes de retirarse me arrancó los pantalones.

-¿Dónde estamos?-pregunté confuso mientras intentaba incorporarme, pero él me agarró del cabello y me empujó contra su entrepierna. Allí, con el rostro pegado a su bragueta, me sentí excitado. Podía estar en serios problemas, pero él estaba ofreciéndome aquella zona tan sensible y que tanto deseaba sentir entre mis nalgas.

-¿A caso te importa?-dijo como única respuesta- Aprenderás a ser completamente sumiso.

No sabía porque pretendía domesticarme igual que si fuera un animal. Sin embargo, sentía que ya lo era. Prácticamente decía algo y lo hacía de inmediato. Me había vuelto preso del demonio. Quise mirarlo a los ojos, pero rápidamente me abofeteó provocando que ocultara mi mirada de la suya. Miré las baldosas negras que alfombraban el piso, las cuales me recordaban a las que una vez estuvieron en las calles de París.

-Ven aquí- su voz era mucho más gruesa que lo acostumbrado y su presencia me intimidaba.

Podía notar como su energía fluctuaba de una forma oscura y fría. Me sentía una hormiga frente a una enorme lupa. Él me iba a provocar la muerte si seguía de ese modo, o al menos así lo sentía. Gateé hacia donde se encontraba, tan sólo a unos metros de mí. Levantó su pierna derecha, provocando que su bota quedara a escasos milímetros de mis labios.

-Lame mis botas, quiero que estén limpias-aquella orden era humillante, pero no dudé en cumplirla.

Mi lengua acariciaba la bota de cuero negra y mientras escuchaba de fondo como un látigo chocaba contra el suelo. No quise mirar hacia donde provenía el sonido pues sabía que si lo haría no sólo me azotaría, sino que me torturaría de mil formas posibles. El sabor a cuero en mi boca era asqueroso, pero podía soportarlo pues suponía que pronto me dejaría probar algo mucho más delicioso y que guardaba aún enfundado en su ropa interior. Bajó la pierna y yo me incliné hacia el suelo continuando mi labor. Y no sólo lo hice con aquella bota, sino también con la otra pareja del par. De nuevo otro golpe vino a caer sobre mí y mi pecho. Me dio una fuerte patada en el pecho y me tiró hacia atrás.

Ni siquiera me dio la oportunidad de incorporarme, o tomar aire, pues en escasas décimas de segundo sentí sus manos sobre mi cabeza y como tiraban de mi pelo hacia las cadenas de la pared. Allí había sangre, pues podía olerla. Rápidamente sentí el hierro en mis muñecas y también en mis tobillos.

Pude notar que llevaba el látigo en la cintura, posiblemente lo hizo aparecer como todo aquel lugar. Empezaba a extrañar mi apartamento destrozado por mi locura, mis partituras y escritos revueltos por el suelo y la tenue luz del amanecer colándose con el frío invernal. Sólo una cosa hacía que deseara quedarme en aquel lugar preso de la tortura y era porque él estaba allí, tocándome de forma brusca pero sólo a mí. Prefería ser torturado a no ser consolado por sus golpes. No podía ser más sumiso y estúpido, pero eso no quitaba que me sintiera complacido e incluso tocado por Dios.

Tal y como pensaba él hizo sonar el látigo una vez más, pero en ésta ocasión sobre mis omóplatos. Comenzó a ofrecerme latigazos, uno tras otro. Pronto toda mi espalda sangraba y tenía profundas heridas. Aquel dolor fue tan fuerte y salvaje que mis músculos se tensaron. Guardaba silencio, pues sabía que si gritaba iba a ser todavía peor. Las cadenas no eran del mundo humano, podía sentir que incluso eran mucho más pesadas que el hierro habitual. Sin embargo, en uno de esos profundos latigazos acabé mostrando mis alas.

Pequeñas plumas negras cayeron de mi espalda justo cuando las alas se abrían extendiéndose hasta prácticamente rozar el techo, el cual era abovedado, y que dieron cierta tregua a la tortura del látigo. Sin embargo, él no paró sus juegos. Se aproximó a mí agarrándome de mis alas para tirar de ellas.

-¿Y si te las quito?-preguntó en un murmullo que me heló el alma.

-No...-casi no tenía aliento para hablar, sobre todo porque sentía que mi alma se rompía en miles de fragmentos. En esos instantes era un espejo que estallaba debido a un fuerte impacto.

-¿Y si te dejo morir como tanto deseas?-musitó.

-No, no quiero morir. Pero...- balbuceé sin saber como afrontar la cruda y tenebrosa realidad que se postraba ante mí.

-¿Pero?-su torso se pegó a mi espalda, pude notar sus manos hundirse en la espesa capa de plumas de mi alas y como éstas reaccionaban. Era como un ave que quería salir a volar y le recordaban que terminaría siendo mutilado- Dime.

-Siento que muero cuando te huelo con el perfume de otro- hice un inciso para tomar aire- Siento que muero.

-Tú no eres mi dueño- aquellas palabras me destrozaron y lograron que llorara aún más amargamente.

Entonces, en ese momento se apartó. Pensé que se marcharía dejándome allí, pero regresó, hundió sus manos en mis alas y las desgarró de mi espalda. Un terrible alarido surgió de mi garganta, sobre todo cuando tomó una de las velas, la cual era bastante ancha y parecía un cirio, y lo derramó sobre las heridas que aún estaban abiertas. Y en medio de ese atroz momento escuché como bajaba su cremallera y se introducía dentro de mí. El dolor se unió al placer y comencé a sentirme tan excitado que tan sólo pensaba en su miembro manchando mis entrañas. Cada embestida era para mí descubrir el edén. Era salvaje y apasionado, cubierto de pequeñas venas y de una anchura considerable. Las cadenas se movían porque mis brazos lo hacían, así como mis piernas, debido a las embestidas y al propio movimiento de mi cuerpo temblando de placer.

-Memnoch- jadeé buscando rozar mi miembro con el muro, pero él lo impedía apartándome de él lo máximo que se podía por la longitud de mis cadenas.

Pasados unos minutos acabé llegando al orgasmo olvidando el dolor que sentía, mis alas estaban destrozadas y mi espalda llena de marcas. Podría curarme, aunque no sabía como serían mis poderes en aquel nuevo cuerpo. No era un vampiro, sino un demonio de alas tan tupidas y negras como las del propio Memnoch. Sin embargo, desconocía como podría curarme y si él lo permitiría.

Pude notar que él no llegó a derramarse en mi interior, pero yo sí. Manché la pared y mi vientre, pero él ni siquiera se había sacado la ropa. Volví a sentirme miserable, poco deseado y únicamente tratado como si fuera un muñeco con el cual disfrutar cargado de ira. Cuando salió de mí me quitó los grilletes y me arrojó a una silla que no había visto debido a la oscuridad, la cual sólo era sutilmente iluminada por las escasas velas.

Al sentarme noté que sus ojos brillaban ambarinos, aquello que había sentido no era ropa sino su verdadera forma. Él estaba transformado en un ser monstruoso y su sonrisa era igual de paralizante como la sonrisa de la gorgona.

-¿Por qué?-pregunté mirándolo a los ojos- ¿Por qué? Yo no necesito que hagas esto para que te ame. No necesito que me doblegues. ¿No te das cuenta? Deja de tratarme así- me excitaba sentirme acorralado, pero aquella forma me transmitía terror.

Se aproximó a mí apoyado por unas patas de formes de macho cabrío, colocó mi mano sobre su miembro y las suyas fueron a mi rostro colocando unos ganchos. Los ganchos eran para abrir la boca y evitar que se cerrara. Aquello fue el fin de mi diálogo, pues sólo podía mover a duras penas mi lengua y mi mandíbula había quedado fija.

A penas podía ver del todo su rostro, pero era negro igual que su piel. Parecía carbonizado. Sus cabellos dorados tenían un aspecto café casi negros, sus ojos eran como los de una bestia y su respiración era demasiado fuerte. Tenía unas manos menos ásperas, pero rugosas, y sus uñas eran más puntiagudas. Eran sin dudas garras, unas tremendas garras. Pude verlas bien, e incluso sentirlas, cuando me colocó las correas que me atarían a la silla. El sonido de sus patas sobre las baldosas eran demasiado espeluznante, sobre todo cuando me hundió el rostro en su entrepierna y comenzó a penetrar mi bocas in importarle nada.

El sabor de su miembro era el mismo de siempre y pronto terminé relajándome. Mi sexo tomó forma y empecé a estar tan excitado como la primera vez que pude sentirle. En aquella biblioteca, en penumbra, en media noche y en la mansión de Lestat. Aún podía escuchar el golpeteo de sus testículos contra mi trasero, como sus manos acariciaban mis costados y su lengua se enroscaba en la mía. Nunca había sentido tanto placer como aquel día. Era excitante, emocionante y delicioso. Y aquel momento vino a mi mente dejando que todo lo que ocurriera a mi alrededor no existiera, ni siquiera que mis alas estaban siendo destrozadas por el peso de mi espalda contra el respaldo. No me importaba nada. Disfrutaba de aquel encuentro como si fuera el último.

Al fin pude sentir sus manos sobre mi vientre deslizándose hasta mi entrepierna, pero tan sólo fueron unos segundos, pues sus dedos quedaron pegados a mis pezones. Me pellizcaba con fuerza y cierta rabia, tal vez por mis palabras y la actitud que había tomado al sentirme rechazado. El miedo me doblegaba siempre y la ira me encendía, pero en aquel momento no había ni rabia ni miedo.

Pude sentir como se derramaba en mi boca, llenándola con su cálido esperma, y como yo me sentía terriblemente excitado. Él se movió de mi lado para regresar con un vibrador, el cual era de gran tamaño y al introducirlo por mi recto sentí que me dividía en dos. Era excesivamente grande y mi trasero a penas lo soportaba. Estaba frío, embarrado en un líquido que aún le daba mayor frialdad, pero la fricción lo calentó de igual modo que a mi cuerpo.

Notaba como mi cuerpo cedía a cualquier perverso juego y él me acariciaba de una forma tan indecente que creía morirme de placer en aquellos momentos. Sus uñas no me arañaban, sino que me excitaban. Era un roce erótico que me confundía por su poderosa mirada clavada en mí. Su aliento era cálido y su piel se sentía agradable por su elevada temperatura. Era como tener un fuego que no quemaba, o más bien las ascuas de un gran incendio.

Apartó los hierros de la boca para escucharme gemir. Mis gemidos eran cada vez más elevados, chillaba su nombre y rogaba que me hiciera suyo una vez más. Poco a poco fue liberando mis extremidades y pude salir de la silla para arrodillarme frente a él, acariciar sus patas de macho cabrío y hundir mi rostro en su entrepierna. No me importaba en absoluto su macabro aspecto. Prefería que así fuera a tenerlo como un muchacho joven ofreciéndome caricias. Tal cual era lo aceptaba, aunque su otra imagen siempre me hizo quedar seducido y excitado.

El murmullo del vibrador indicaba que estaba puesto a máxima potencia y que seguía en su lugar, aunque duró un minuto escaso en mi interior. Al levantarme no tenía apoyo la base y cayó, pero él no me hizo sentirlo de nuevo. Me tomó del cuello llevándome hasta la cama, la cual estaba empapada en sangre quizás por la otra víctima de sus torturas. Era sangre fresca, pero desconocía de quien sería y no estaba dispuesto a conocerlo.

Rápidamente me giró para acariciar mis glúteos, azotarnos con contundencia y entrar en ellos. Aquello me hizo sentir satisfecho. Podía tenerlo de nuevo en mi interior, rellenándome y bombeando, mientras sus dientes se clavaban en mi espalda arrancando trozos de mi piel y carne. No me importaba si me dañaba aún más, pues mi alma ya lo estaba. Sólo tenía que soportar que él no era tan mío como yo deseaba creer.

Creo que mis gemidos le taladraban el cerebro, pues eran muy similares a los de cualquier prostituta que realmente sentía sus orgasmos. Estaba desatado y no dejaría de disfrutar aquel momento, por mucho que me doliera en un futuro. Mi pecho sufriría, mis lágrimas brotarían de nuevo por la amargura y no por el placer del momento, y yo acabaría más hundido que nunca. No obstante, en ese momento yo estaba siendo tocado por un ángel y no por un demonio.

El ritmo era fuerte y preciso, pues tocaba mi punto de placer con suma facilidad. Mi miembro de nuevo estaba completamente duro y cuando él acabó llenándome, igual que si fuera un bollo de crema o pollo de acción de gracias, caí satisfecho en la cama. Sin embargo, él no estaba del todo feliz por los resultados.

Al incorporarse noté que había regresado a su forma habitual, lo cual incluso llegó a decepcionarme, y me tomó del brazo izquierdo levantándome del colchón. Me llevó entonces a uno de los potros, me ató y dejó en una posición claramente sumisa. Dudaba poder soportar una vez más aquel ímpetu suyo sobre mí, sobre todo cuando escuché nuevamente el látigo. No tardó demasiado en marcar la piel de mis nalgas, e incluso herirlas, para gozar por completo como un auténtico sádico.

En medio de la penumbra vi que algo brillaba, lo cual me dio la impresión que era un objeto metálico. El objeto no era más que una daga especial que podía marcar tanto a demonios como ángeles, pues su hoja había sido realizada en los infiernos por viejos ángeles caídos. Manejó rápido el arma, sobre todo porque cuando vi que desaparecía entonces, y no antes, pude sentir como la sangre goteaba de mi nalga derecha.

Él había dibujado una M, como símbolo de su nombre. Esa inicial diría que yo era parte suya o más bien que él era mi amo. No podría desobedecerle ahora que había hecho algo así. Sin embargo, me sentía frustrado con las manos atadas. Siempre odié que hicieran algo así, pues mis manos eran muy delicadas y debían servir par tocar el violín.

Siguió azotándome hasta que se cansó, o más bien volvió sentir duro su miembro, y me hizo suyo de una forma menos brusca y más íntima. Yo caí en un delicioso trance. Tal vez él no era de mi propiedad, pero yo sí lo era de la suya y esperaba que nunca se cansara de mí. Siempre lo había sabido, pero aquella marca me reconocía ante todos como suyo. Incluso podía mostrar la marca frente a Lestat, al cual tendría que hacerle alguna visita explicándole la desfavorable situación para él.

Cuando acabó de nuevo no prosiguió, sino que todo desapareció a nuestro alrededor y me arrojó a mi cama. Logré ver al fin perfectamente su rostro, sus cabellos dorados, sus mejillas marcadas y aquella boca que parecía que siempre iba a seducirte con cualquier palabra que dijera. Sus manos eran tan ásperas como antes y su cuerpo era envidiable.

-Amo-dije abriendo suavemente mis piernas para mostrar que aún tenía esperma entre ellas- Amo, quédate conmigo- susurré jadeando- Te amo y necesito, amo.

-Tengo cosas más importantes- dijo apartándose de la cama para recuperar su imagen inicial, la de aquellas botas y ropa de joven amante del rock, las cervezas y disconforme con la sociedad- Algo más importante que amaestrar a una puta violinista. Tengo una cita con Julien Mayfair y su nueva vida.


Desapareció provocando que me hundiera en mi soledad. Me sentía dichoso y a la vez lleno de miedos. Quería que regresara y me dejara besar sus labios. Ni siquiera me permitió saborear de nuevo su boca como aquellas veces. Incluso me decepcionaba a mí mismo por haber dicho que lo amaba, pues yo mismo le había dado un poder superior a cualquiera que él pudiese haber tenido sobre mí.   

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt