Por suerte, o desgracia, nos enamoramos de algo imposible. La maldad a veces no tiene límites, del mismo modo que no la tiene el egoísmo. Memnoch y Nicolas son un ejemplo de la pasión, el egoísmo, la seducción y el dolor.
Lestat de Lioncourt
Nicolas dormía recostado en su cama
revuelta, con sus cabellos castaños enmarcando su rostro con cierta
gracia, sus mejillas estaban húmedas aún por haber llorado durante
largo rato. Toda la habitación olía a sudor. La ventana se
encontraba cerrada, pero no así las cortinas. Su cuerpo era muy
atractivo, o al menos así se veía, gracias a la tenue luz
crepuscular. Él decidió avanzar hacia aquel pequeño rincón en la
habitación, se sentó en el borde de la cama y despejó su rostro
rozando con la punta de los dedos sus pómulos marcados, sus jugosos
labios y el mentón tan bien proporcionado.
Notó entonces la carta. No había
apreciado aquel documento antes, cuando había llegado a la vivienda
horas atrás. Estiró su brazo tomando el sobre de la mesilla, lo
abrió con rapidez y elegancia, y comenzó a leer cada párrafo con
una sonrisa cínica. De vez en cuando alzaba los ojos del papel y lo
miraba, intentando con tener una risotada. Nicolas volvía a ser suyo
como siempre debió ser.
Su contenido era doloroso, pero para
Memnoch era el símbolo de su poder.
»Me pregunto constantemente si no soy
más que una marioneta de hilos invisibles. Percibo tu malicia, puedo
palpar el odio que tú sientes y provocas, sin embargo me convenzo a
mí mismo que bajo esa capa oscura, pútrida y cruel existe algo que
pueda salvarme. Quizás eres tú el tormento que tanto necesito. No
sé bien a quién recurrir, pues no poseo a nadie más que a ti. Te
has convertido en lo único que puedo desear, tener o simplemente
imaginar; no sé si así lo deseabas, pero lo has hecho, y ya no hay
posibilidad alguna de darse la vuelta.
¿Es mi triste verdad? ¿Tan triste
como para no atreverme siquiera a pensar en mi libertad? ¿Soy libre?
¿Seré algún día realmente libre para elegir? No, no soy libre.
Nunca seré libre. Jamás podré conocer algo más que tus cadenas.
Ese poder que posees me ciega, tus enigmáticas respuestas a veces me
congelan durante semanas y tu forma de no amarme es demasiado
excitante. Me he convertido en algo yermo.
En mis pensamientos camino por un
paraje de centeno gris, con un cielo encapotado y un cuervo
revoloteando los granos. Puedo ver como se alza hacia el ceniciento
sol, girando lentamente sobre mi cabeza, esperando que me muera para
sacarme los ojos y finalmente huir con su preciado botín. Así me
siento; tan vacío.
¿Por qué te amo? Tú no amas a nadie
salvo a ti y posiblemente tu obsesión con Lestat, la misma que yo he
llegado a tener, es porque te recuerda la luz que una vez tuviste.
¿No somos huérfanos de luz? ¿Por qué no me amas entonces?
Nicolas de Lenfent«
—Un problema menos para mí, Nicolas,
eso eres—susurró desvaneciéndose para dejar al torturado
violinista atrás, sintiéndose aliviado al saber que no rechistaría
sobre sus futuras acciones y acataría sus deseos sin pensarlo.
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