Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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viernes, 29 de septiembre de 2017

Demonio

—Soy el diablo.

Insistió una vez más. ¿Cuántas veces me había visitado al filo de la madrugada? Entre el día y la noche, justo en ese preámbulo, intentando que lo siguiera como si fuese el único camino hacia la felicidad. ¿Tal vez unas mil? Cada pocas semanas se acercaba y susurraba versos que me recordaban a los poemas de Baudelaire. De hecho, era muy similares a “Las flores del mal”.

—Sé quien eres y no eres precisamente el diablo—respondí con una leve sonrisa mientras me acomodaba en mi ataúd.

—¡Falso! Crees saber quien soy.

La cólera dominaba su voz esta vez. Estuve por decir su verdadero nombre, pero me mordí la lengua. Amel me había hablado de él y sabía que no era quién decía ser, aunque era fuerte y podía ser peligroso.

—Amel te recordó—susurré regodeándome.

—Amel siempre ha sido un imbécil—chistó.

—No niegas que lo conozcas—dije arqueando mis perfectas cejas doradas.

—Fue una criatura viva, por ende lo conozco—intentó mentirme, pero no le era posible.

—Falso de nuevo. Fue una criatura viva, pero no le conoces sólo porque lo observaras.

En mi última aventura todo se desveló. La escasa venda que quedaba en mis ojos cayó a mis pies y se convirtió en un humo fácil de despejar. ¡Ajá! ¡Ahí apareció su verdadero nombre, su historia y todo lo que había logrado a base de engaños! Sí, los mismos que un demonio. Magnus había caído en su trampa y estuvo a punto de quedar cautivo, pero alguien lo salvó. Muchos seguían presos de la locura, de su perfecto infierno creado para convertir en miserable la vida de otros y alimentarse así del sufrimiento.

—¡Debes creerme!—vociferó.

—Nunca—dije tras una fresca risotada.

—¡Me vengaré!


—Aquí estaré esperando tu venganza—dije tras comprobar que se había marchado dejándome de nuevo a solas con mis pensamientos.  

domingo, 20 de agosto de 2017

Personal Jesus

Hacía tiempo que no aparecía personalmente en el despacho de abogados donde mi nueva identidad, una de tantas, poseía ciertos asuntos vinculados a empresas, inversiones y numerosos trámites burocráticos que aún a día de hoy me son necesarios. Subí a la planta pertinente y entré por el angosto pasillo. Todo estaba a oscuras.

No entendía cómo me había llegado aquel e-mail tan extraño notificándome que debía acudir necesariamente esa noche. Mis escoltas estaban fuera, pues les había pedido que me dejasen cierta autonomía. Detestaba ser el “Príncipe de los Vampiros” por ese motivo, aunque no era el principal. Demasiada responsabilidad, la cual delegaba casi siempre en Marius o en los miembros más destacados del Consejo que había formado para no reinar de forma absolutista. Siempre he odiado las monarquías y he abrazado la democracia, ¿cómo iba a aceptar algo así? En fin. Estaba allí sin ellos y me extrañaba que nadie se hallase en el recinto.

Repentinamente una vieja canción de rock comenzó a sonar “Personal Jesus” de Depeche Mode. Sonaba a un nivel algo elevado y provenía del despacho principal. No sentía el olor habitual de la sangre, no había sangre. No sangre humana. Pero había alguien o algo tras la puerta. Pude ver un hilo de luz surgir del despacho y alguien que se movía intranquilo en su interior.

«Feeling unknown and you're all alone. Flesh and bone by the telephone. Lift up the receiver, I'll make you a believer.»

Me detuve entre las numerosas mesas apelotonadas a ambos lados, como los bancos de una iglesia camino al altar, comprobé que los ordenadores comenzaron a encenderse fila por fila y las impresoras se conectaron solas imprimiendo un repetitivo mensaje. Los folios caían sin que nadie los recogiera y al mirar hacia abajo, justo a mis botas, pude mi nombre escrito adjunto a mi título: Príncipe Lestat de Lioncourt, Príncipe de los Vampiros.

«Take second best. Put me to the test. Things on your chest. You need to confess. I will deliver. You know I'm a forgiver.»

—Memnoch. Lestat, vayámonos—susurró inquieto Amel—. ¡Vayámonos!


Rápidamente huí hacia la salida, pero esta se cerró y tuve que hacer acopio de todas mis fuerzas para abrir. Una vez en el pasillo decidí que no tomaría el ascensor. Agarré impulso y crucé la cristalera, rompiéndola en mil pedazos, para salir volando del edificio y aterrizar a una manzana. Mis escoltas en el Jeep arrancaron sintiéndose confusos por lo ocurrido, pero cuando me monté arañado, empapado en sudor y con los ojos desorbitados no preguntaron. Ellos sólo aceleraron por la avenida.  


Lestat de Lioncourt 

jueves, 3 de agosto de 2017

El hombre de los misterios

David y su deseo de saber... ¡Ah! Lo amo.

Lestat de Lioncourt 


En más de una ocasión me he preguntado si hay más criaturas no-humanas además de los dichosos Taltos. Esos hombres y mujeres con corazón de niño, ojos sabios y extraños poderes. Aquellos que una vez se alzaron en el mundo para intentar quedar ocultos, satisfechos con su vieja y pacífica religión hermanada con la naturaleza y el amor mutuo, y que lentamente fueron masacrados, olvidados y sepultados como si fueran viejos santos o monstruos terribles.

Recuerdo vagamente la primera vez que Aaron me habló de los Mayfair y del espíritu que se hallaba rondando la familia. Sopesé largo rato si era factible que esa criatura fuese sólo un fantasma. Yo era el experto en lo paranormal, pero la labor de investigación y la paciencia desmesurada era de mi buen amigo.

Pasados unos años el tema volvió a surgir con fuerza. Él se sentó al otro extremo de la mesa de mi despacho y me habló emocionado por haber hallado algunos documentos más, cartas tan sólo, de Julien Mayfair a algunos empresarios que terminaron desapareciendo o muriendo en penosas circunstancias.

No se me puede olvidar la inquietud que tenía en su alma y la insatisfacción de sentir rondar a la muerte, pues ya iba envejeciendo tanto como yo, sin lograr hallar resultado alguno. Y cuando lo halló fue para encontrar la muerte siendo asesinados por traidores a la patria, nuestra patria, la patria de todo sabio de nuestra orden: Talamasca.

Desde entonces he recorrido el mundo escuchando interesantes historias, conversando con fantasmas y también con espíritus que han logrado tener un cuerpo físico. Durante más de dos décadas me he desplazado a las distintas bibliotecas del mundo, he dormido cerca de las pirámides del Valle de Gizeh y he afrontado el reto de marcharme a climas muy adversos, demasiado fríos y húmedos, sólo para contemplar los distintos núcleos vampíricos. No he hallado más criaturas como las descritas por Lestat en su última aventura en Nueva Orlenas.

Aún así creo firmemente que existen más seres extraños ahí fuera. Mis hermanos y hermanas de Talamasca, pues aún los siento como tales, siguen estudiando dentro de su limitada capacidad humana, debido al poco espacio en el tiempo que logran vivir, los misterios de este mundo. Hay algo más que reencarnaciones, fantasmas, espíritus y fenómenos inexplicables. Tiene que haber más.

Sobre todo estoy muy concentrado ahora en Memnoch. Lestat dice que sigue escuchándolo con sus palabras en un tono seductor, aunque a veces se agita, así como solía escuchar y escucha a Amel día a día. Es un espíritu malvado, ¿pero de dónde proviene? ¿Qué pretende realmente? ¿Cómo es posible que creó su propio infierno basado en las distintas religiones? ¿Qué hay de cierto en estas conjeturas? ¿Cuántas almas caen al día en sus manos? ¿Qué ocurre con las que logran salir como hizo Lestat? Diablos, y nunca mejor dicho, me siento tan perdido y a la vez maravillado que mi corazón palpita como un potente tambor.


Ojalá un día sepa todo lo que hay en este mundo, ¿pero qué me pasará entonces? ¿Qué ocurrirá con David Talbot? El tiempo lo dirá.  

miércoles, 28 de junio de 2017

Perdida de fe

Marius y Armand de nuevo... Estos breves detalles de sus conversaciones me dejan pensando siempre.

Lestat de Lioncourt

—He perdido la fe—dijo de improviso.

Estaba sentado en uno de los divanes de la sala. Parecía un muñeco de tarta de bodas, pero era demasiado joven. Bien vestido con esos trajes oscuros tan elegantes que muchos hombres ansían adquirir, posiblemente hecho a medida, con una elegante pajarita azul celeste y una camisa blanca que parecía realzar su palidez y el fuego de sus cabellos.

—¿En Dios?—respondí deteniendo mis pasos por la sala.

Había entrado en esta buscando un libro que me calmase. La situación había sido terrible. Lestat permanecía arrojado en el suelo de aquella capilla y todos parecían velarlo como si estuviese muerto. Pero en sí, la situación estaba siendo absolutamente terrible. Sentía que el mundo entero se había fracturado. La verdad con la cual él había aparecido, con un aspecto desastroso, me llenó de dudas y miedos.

—En ti—confesó.

Sin embargo, esas palabras, tan simples y sobrias, me llenaron de un miedo aún más atroz. Las dudas y las viejas miserias se apoderaron de mi corazón. Me quedé de pie con los brazos caídos hacia ambos lados y los ojos fijos en él. Unos ojos llenos de dolor.

—Tal vez no he sido el hombre que esperabas, pero recuerdo bien que jamás te mentí durante nuestra relación—empecé a decir, pero no me permitió seguir demasiado.

—¿Cuál relación?

—Tuvimos un hermoso idilio en Venecia—dije.

—Del cual me arrepiento en ocasiones—sentenció destruyéndome—. Preferiría haber muerto en aquel prostíbulo de Constantinopla.

—¿Cómo puedes decir eso?

Fruncí el ceño contrariado. No podía creer que él dijese algo así. Era asombroso que hubiese preferido morir a vivir estos años. Al menos había logrado cierto conocimiento que le había permitido alzarse por encima de cualquier hombre.

—¿Tienes una mínima idea de cuánto he sufrido?—preguntó con voz queda.

No supe responder. Simplemente guardé silencio y di dos pasos hacia atrás. Me hallaba demasiado perturbado ante su breve discurso. Y, finalmente, de forma cobarde me fui. Decidí marcharme y dejarlo allí. Poco después se inmolaría. Fui un estúpido. Agradezco al destino haberlo hecho demasiado fuerte, pues de haberlo perdido realmente gran parte de mí habría muerto con él.  

miércoles, 26 de abril de 2017

Lucifer y Satanás

No, por favor. ¡Memnoch otra vez!

Lestat de Lioncourt

—¿Qué haces? ¿Acaso estás tan ocupado para no percatarte de mi presencia?—preguntó con marcada insolencia.

Hacía más de diez minutos que deambulaba por aquella cumbre escarpada. Me había subido a una de las montañas más peligrosas de este mundo para resguardarme de todos y todo. Sólo quería ver gran parte de la creación a mis pies sintiendo el frío helado mi cuerpo. El infierno no es cálido, sino frío. Es el purgatorio donde las almas se consumen en lava porque es parte de los volcanes activos, de este mundo de caos. Es una puerta tan sólo, una grieta, que atraviesa dos realidades. Si bien, el Infierno no está bajo nuestros pies sino en otro plano junto al Cielo.

—Intento ignorarte porque he pospuesto demasiado mis labores aquí—respondí con una sonrisa.

Intentaba molestarlo, pero también decirle una verdad incómoda. Nunca he sido bueno mintiendo. Si bien, es cierto que jamás me he propuesto mentir. Hay quienes tienen una habilidad pasmosa para ello, pero yo soy incapaz.

—¿Soy una distracción?—dijo tras una carcajada que hizo eco por todo el lugar. Después sentí sus brazos rodeándome mientras su pequeño pectoral se pegaba a mi espalda. Su aroma me envilecía y terminaba agitando cada uno de mis cimientos.

—Siempre lo has sido; aunque no me quejo—susurré con una sonrisa mordaz.

—Pues ahora esto suena a queja—contestó. Su tono de voz me hizo pensar que tenía el ceño fruncido y los labios apretados. Se había molestado. Podía apreciar como su alma vibraba como las cuerdas de una guitarra al ser tocada. Sí, así vibraba.

—Padre me necesita, Samael—suspiré pesadamente intentando girar mi rostro, pero temía ver esa mueca de profundo desagrado en sus hermosas facciones.

—Mi opuesto, mi hermano, mi idiota favorito... —murmuró apartándose de mí como si le quemase mi figura—. Anda, permite que la diversión siga—dijo antes de aparecer entre mis brazos. Era más menudo y pequeño que de costumbre. Él podía hacer el cuerpo que quisiera, pues incluso aparecía como mujer soberbia para encandilar a los más ilusos.

—¿Me estás tentando?—pregunté mirándolo a los ojos. Unos ojos oscuros, profundos como la noche misma, que rápidamente brillaron como si fueran gemas.

—Lucifer, soy un demonio ¿acaso no debo tentar?—dijo mi viejo nombre, ese que me impuso mi creador, para luego carcajearse.

—No eres un demonio, eres el padre de todos—respondí.

—Soy oscuridad, soy destrucción y creación, soy atracción y reacción... Soy...

—Eres quien me convence para que no busque almas para salvar de este calvario—intervine a su monólogo de Dios Oscuro, para luego escuchar como estallaba en carcajadas tomándome del rostro con sus manos suaves, frías y de dedos delgados.

—Rey del Purgatorio, Príncipe del Destierro y la Luz en la Oscuridad. ¿No entiendes?—murmuró acercando su rostro al mío, dejando que su aliento rozara mi boca y provocara un escalofrío—. Tú eres luz en mi oscuridad, en mis profundas oscuridades, donde aún sigo creando y destruyendo.

—Un día me destruirás a mí y a ti conmigo—sentencié.

—Deja que disfrute de ti...—contestó para besarme.


El atardecer rojo, como la sangre derramada por cientos de creyentes de las diversas religiones, parecía una llama intensa como la pasión que él liberaba. Una pasión que caldeó mi piel y la suya. La misma que hizo que desapareciéramos de ese idílico paraje para retozar por el prado más cercano. La creación no fue del todo obra de Dios, como tampoco soy el más perverso de sus hijos y el primer caído.



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Dedicado a mi Satanás    

martes, 1 de noviembre de 2016

De nuevo... Yo.

Me ha llegado esto por medio de un mortal... no sé si echar a correr o investigar.

Lestat de Lioncourt 



Mi figura siempre ha destacado entre la multitud aglutinada en las modernas ciudades. No obstante, parezco uno de los numerosos empresarios o trabajadores de bolsa. Visto bien, de forma aseada, y mi aspecto no difiere demasiado de esa capa social que vive por y para el trabajo. En realidad, vivo siempre involucrado en mis quehaceres. Nunca he dejado de recolectar almas para Dios, o más bien llevarlas conmigo para evaluarlas y posiblemente enviarlas con él. No hace falta presentaciones, ¿cierto? Yo he estado en esta historia desde el primer momento. No hablo ya de la historia de Lestat, sino de la historia de todos vosotros.

Mi rostro puede cambiar. Con el paso de los años y el lugar donde me muevo difiere, pues soy mimético como un camaleón. Mis ropas, mi piel, el color de mis ojos o el cabello es fácil de cambiar. Son sólo complementos. Lo único que no puedo modificar es la pésima opinión que tienen muchos sobre mí. Sólo aquellos que siguen el gnosticismo conocen o comprenden quién soy realmente. No soy Satanás, soy Lucifer. Ambos somos totalmente distintos. Él tiene un reino, Dios tiene otro y yo, como buen rebelde, fundé el mío donde los desposeídos, los despojados de la gloria y del pecado, yacen aguardando una ínfima posibilidad de salir de lo que llamé Sheol.

Aunque si os soy totalmente sincero, no existe un cielo o un infierno tal como lo han intentado describir. Sí, incluso yo he llegado a mentir a Lestat. Hay ciertas verdades incómodas. Quizá sólo existe un mundo y, tal vez, todos nos movemos en él en distintos planos. ¿Lo han pensado? Sea como sea, intenten visualizar una calle de una gran metrópolis. ¿Quién podría ser? Tal vez sí soy uno de esos elegantes hombres de negocio, con perfecta ortodoncia, perfume masculino avasallador y una cartera de piel con mis iniciales. ¿O puede que sea otra cosa? Si el cielo y el infierno no son lo que creéis, ¿qué hay de mí? Como he dicho depende de mi nuevo encargo. Hoy estoy en Nueva York.

Me encuentro en una azotea en realidad. Estoy observando el ocaso. Pronto oscurecerá y no se verá ni una maldita estrella debido a la contaminación lumínica, pero aún así están. Son como yo. Estamos aunque no se nos vea o aprecie. Somos parte importante de este mundo. Al menos, yo me considero una parte esencial de la cadena. Dios desea borregos. Quiere que no penséis por vosotros mismos, que temáis terriblemente sus castigos, y por eso intento evitar que tomarais del fruto de la sabiduría. No os probaba, como os dijo, sino que deseaba moldear vuestras indómitas almas para convertir fieles. No eran sólo Adán y Eva, sino cientos de hombres. Los mismos que evolucionaron del mono porque él lo deseó, pero que luego se aburrió de ellos como del resto. Quien no baila a su son termina siendo despreciado. Satanás quiso liberar por completo el conocimiento que tenía el hombre, pero quería usarlo en su propio beneficio. Yo, por el contrario, sólo deseo que seáis amados por Dios tal y como sois. Aún así, podéis no creerme.

Os preguntaréis qué hago yo aquí contando todo esto. Tal vez no, tal vez os lo habéis empezado a plantear ahora. Puede que hayáis empezado a creer que todo esto viene dado porque Lestat afirma ahora que no soy el demonio, que no soy el arcángel caído, sino que simplemente soy un espíritu poderoso que deseó jugar con él. Comprendo que piense que soy como Amel, nacido de la misma grieta a otro mundo. Podéis creer esa teoría, la mía, la de la Santa Iglesia Católica... ¡Qué más da! Incluso os invito a creer las teorías del Islam. Pero, allí en la cultura que estéis, hay un ser como yo en sus libros sagrados. Algo será cierto, ¿verdad?

En definitiva, estoy aquí conversando porque la reunión que tenía a las siete se ha retrasado. Ya son casi las nueve de la noche, prácticamente me he bebido mi whisky on the rock, y mi secretaria no ha venido aún a incordiarme para decirme que me esperan en la sala de juntas. Escribo esto para lanzarlo al vacío, desde un rascacielos repleto de oficinas, para que cualquiera que pueda leer este papel, el cual llegará en modo de inocente avión de papiroflexia, lo lea.


Dios me llamó Lucifer, pero yo he preferido el nombre de Memnoch. Sigo siendo la luz en la oscuridad, esa que os guiará aunque no lo sepáis reconocer. Sigo brillando como las estrellas, buscando diez almas perfectas como diamantes engarzados en un anillo de compromiso.  

martes, 30 de agosto de 2016

Bailando con el diablo




Me encontraba en la biblioteca de mi castillo. Estaba allí atrincherado intentando indagar más sobre mi nueva aventura. Muchos situaban la Atlántida en diversos puntos del mundo. Algunos se aventuraban a colocarla muy cerca de las costas del sur de España. Me emocionaba emprender esa búsqueda como los viejos arqueólogos de tiempo atrás que salían con un mapa, ilusiones y poco más. Necesitaba saber qué ocurría con esas almas que gritaban esperando ser salvadas.

—¿Qué haces aquí?—pregunté al sentir una presencia peculiar que logró agitar mi corazón.

Hacía años que no olía esa fragancia a magnolias. No lo había dicho, pero así olía ese supuesto demonio. Quedé paralizado por unos segundos en mi cómodo sillón de respaldo alto. Mi cabeza se apoyó con brusquedad aplastando mis rizos a la nuca mientras mis manos se aferraban con fuerza a un atlas antiguo.

—¿Acaso no puedo visitar de improviso a un viejo amigo?—respondió surgiendo entre las sombras con un aspecto más moderno y violento. Vestía ropa de cuero, tenía el cuerpo bañado en tatuajes y sus ojos parecían más profundos que nunca. Él me lo había asegurado. Sí, lo dijo. Podía tener distintos aspectos y eso me perturbó.

—Tú y yo no somos amigos—dije.

—Qué pena... —murmuró antes de llegar al escritorio tras el cual me protegía de su peligrosa presencia—. Yo llegué a pensar que sí—dijo levantando la mano derecha hasta su rostro para mirar sus uñas, como gesto de indiferencia, mientras arqueaba la ceja derecha.

—¿Qué buscas?—pregunté haciendo acopio de mí mismo mientras Amel me alertaba que podía ser peligroso.

—No sé. ¿Qué hay de ti?—dijo apoyándose con ambas manos sobre la mesa.

—¿Por qué vienes a buscarme?

Era la cuestión principal y primordial. Deseaba saber qué le había hecho volver a buscarme. Supuestamente había quedado atrás su deseo de ser escuchado, ¿no es así? ¿O quizá sólo quería que lo escuchara Amel? Porque ambos provenían del mismo lugar.

—No lo sé—contestó encogiéndose ligeramente de hombros—. Realmente no lo sé—reafirmó—. Creo que aún me llamas poderosamente la atención y es inevitable que esté aquí.

—Ya no creo en tus mentiras—confesé sintiendo que al fin podía mover más de un par de músculos.

—Es una pena—sonrió con una amabilidad siniestra mientras se apartaba unos pasos.

—Cielo, Infierno o Tierra son lo mismo—dije.

—Es posible—contestó tras una larga carcajada—. Nadie dijo que estas tres realidades no conformaran una sola—dijo guiñándome un ojo para luego darse media vuelta y empezar a observar las molduras del techo, los cientos de libros que poseía y la chimenea que permanecía apagada pues aún no era época de frío—. De hecho, ¿cómo ibas a salir simplemente subiendo unas escaleras?—preguntó—. No tiene sentido—añadió dándome por completo la espalda casi al borde del punto más oscuro de la habitación.

Esa noche me había quedado sin luz y los generadores no funcionaban. Sólo estaba usando velas y estas se movían insinuantes creando sombras terribles. Esa oscuridad le daba a la conversación intimidad y peligrosidad a la vez.

—Que intentes mentirme de nuevo también carece de sentido—aclaré levantándome de improviso de la silla para recargarme en la mesa.

—Es posible—susurró.

—No estoy solo. Él está a mi lado. Él te conoce—por supuesto que hablaba de Amel. Él me lo decía. Estaba allí agitándose con fuerza diciéndome que era peligroso.

—¿Y vas a creer a un espíritu que decidió exterminar en varias ocasiones a los vampiros jóvenes? Ah... ¿acaso creías que las otras Quemas eran cosa improvisada? Amel te miente, amigo.

Aquello tenía sentido y era obvio que lo había pensado, pero luego caía en la cuenta que si eso había ocurrido era porque él no tenía conciencia del todo. Amel no era ya un peligro. El único peligro era él.

—¡Deja de llamarme amigo!—grité antes de desplomarme.


Al despertar él no estaba y la mañana se acercaba. Amel me despertó justo a tiempo para ver el amanecer y huir a mi escondrijo. Él me había dado golpes demoledores en aquella aventura junto a él en aquel dichoso infierno, en su Sheol, donde logré ver mis pecados reflejados en las almas que allí se acumulaban en un tumulto que deseaban arrancarme la piel a tiras. En esa época, yo creía que el mundo era salvaje pero me equivocaba. Había lugares más salvajes que las ciudades, que la guerra interna que posee cada hombre en este mundo lleno de almas corruptas y malditas. Me hizo creer en él con toda mi alma; pero los tiempos cambian y las creencias caen en el olvido. ¿A qué venía ahora?



Lestat de Lioncourt 

lunes, 25 de julio de 2016

Misa

Al parecer ese "demonio" sigue rondando el mundo. Digamos que yo no me creo que lo sea, pero hay textos como este regados por el mundo.

Lestat de Lioncourt 


Dicen que los demonios no podemos entrar en los templos, que estamos vetados y que las gárgolas cuidan de los malos espíritus que deciden llamar a las puertas de la casa de Dios. Tonterías. Sólo son cuentos que narran a los beatos para que crean que esos edificios, humildes o gigantescas obras de arte, son sagrados. Dios no habita ahí. De hecho, Dios detesta tales lugares de oración donde su imagen está mil veces representada, hay falsos dioses llamados Santos ocupando altares y el oro cubre desproporcionados sagrarios. Los púlpitos siempre lazan acusaciones contra los herejes y son los propios herejes, enfundados en sotanas de alzacuellos bien almidonados, quienes cometen los peores delitos. Por eso los demonios tenemos vía libre. Nosotros podemos cruzar sus puertas como cualquiera. Nos deleitamos con la estupidez que allí se comete y nos reímos al recordar pasajes bíblicos donde Jesús detestaba a sacerdotes opulentos como los que venden su imagen por unas pocas monedas.

Aquella calurosa mañana de verano decidí asistir a misa. Aparecí en el mundo envuelto en uno de mis elegantes trajes siendo la viva imagen de un empresario de éxito, de un hombre de mundo, hecho así mismo o quizá moldeado por una familia de origen pudiente. Un joven de mirada limpia y de aspecto personal cuidado. Parecía pulcro, elegante, distinguido y firme gracias a mi forma de caminar sin titubeos hacia el interior del templo.

En la entrada había un tullido que recogía monedas en una gorra sucia debido al sebo formado por el sudor de su frente, la grasa de su pelo y la mugre de las calles. Opté por no ignorarlo, como muchos beatos hacían, dejando un par de billetes que iluminaron sus ojos carentes de esperanza. Él parecía aferrarse ahora a esos pequeños pedazos de papel imaginando una comida decente, un refrescante zumo y un postre delicado de alguna de las pastelerías donde solían echarlo cuando se quedaba observando el escaparate.

Dentro más de dos decenas de personas tomaban asiento para escuchar las palabras de un “sabio” y “honorable” sacerdote. Hablaba de Lucifer remarcando que está en todos los corazones de aquellos que no son capaces de perdonar, de los vengativos, de esos que nunca descansan y que tienen la conciencia sucia. Me pregunté si Dios tenía la conciencia sucia después de matar a billones, si la tenían los sacerdotes que abusaban de niñas pequeñas y que la justicia apenas condenaba debido a la influencia de la Santa Madre Iglesia o si recordaba que la Guerra Santa la inició la Orden del Temple y prosiguió con las quemas de brujas en las plazas gracias a la Santa Inquisición. Pero supuse que no. La conciencia de todos los creyentes allí arremolinados estaba limpia. Si bien podía leer los pecados rodeando sus cabezas, sembrando el miedo en sus agitados corazones, mientras se decían que confesar haría que Dios los perdonara con un par de rezos, flores a la virgen, velas encendidas y estampitas del niño Dios.

Odiaba la ropa que me había puesto, aunque reconozco que me sentía atractivo, pero más odiaba a todos los allí presentes. Sólo una niña pequeña, sentada en primera fila, miraba consternada la imagen de Jesús en la cruz pensando en por qué tenían que mostrarlo, qué ganaban todos aquellos viendo a un hombre agonizar y por qué pensaban que era hermoso cuando era terrible. Rememoré el momento en el cual deseé arrancar a Jesús de la cruz, pero Dios me sostuvo de los hombros y me dijo que él debía morir por amor a los hombres. ¿Cuál amor era ese? A él no le importaban las almas del Sheol. No había amor. Él sólo quería ser amado aunque finalmente se dio cuenta que no había amor, sino miedo. En ese momento abandonó todo deseo de seguir observando la Tierra, dio la espalda a sus hijos y dejó de intentar acercarse a su creación. Su orgullo le impedía pedir disculpas por su comportamiento y quizá también le negaba el darme la razón sobre las almas condenadas.

Cuando salí de la misa pude ver a beatas contando terribles rumores sobre gente cercana a ellas, otros acusaban sin pruebas a hombres bondadosos porque habían renunciado a la “fe” y había quienes ni siquiera se habían percatado de la sonrisa del indigente. Aunque, ¿cómo iban a percatarse si para ellos era invisible? El mundo entero era invisible u horrible si no se asemejaba a su “verdad” o al “honor” que ellos decían tener cuando rezaban.

—Dios, ¿no lo ves? Nada sirve tus intentos. Debiste permitir que yo te ayudara—murmuré.

—Deja de intentar que vea sus defectos. Los conozco bien. Dedícate a esas diez almas, Memnoch. Llevas milenios holgazaneando y el trabajo se te echa encima—pude escuchar su voz repicando en mi cabeza—. ¿Acaso no quieres regresar?

—Ya no lo sé, Padre. Ya no lo sé...—respondí.



viernes, 15 de julio de 2016

Ven conmigo, lo pasaremos bien.

Así es... Memnoch ha aparecido de nuevo. 

Lestat de Lioncourt 


La sirena de policía sonaba con fuerza arrancando la paz de aquella larga y ancha avenida. Los escasos transeúntes se giraban para observar su recorrido hasta perder de vista el vehículo. El destino era un edificio gris, algo descuidado, donde yacía inmóvil un cuerpo sobre la cama. Un vecino había hecho ese macabro hallazgo hacía tan sólo unos minutos. El hombre todavía temblaba con el teléfono móvil en la mano.

Cuando los primeros policías entraron observaron desde lejos a la víctima, para luego entrar hasta el dormitorio y comprobar que efectivamente estaba sin vida. No había rastros de sangre, pero no se podía decir que la causa de la muerte era natural. Sobre todo porque era un hombre joven.

—La música estaba muy fuerte y llamé al timbre para quejarme—dijo desde el alfeizar de la puerta—. Entonces me di cuenta que la puerta estaba abierta y decidí entrar. Pensé que no había escuchado el timbre, pero entonces vi que estaba muerto.

—¿Apagó la música?—preguntó un policía.

—Sí, desenchufé el aparato para poder llamaros—explicó—. Verá, la mayoría ya han salido de vacaciones al pueblo y hay pisos que están vacíos casi todo el año. En todo el edificio sólo hay tres viviendas ocupadas. Está la del portero que es abajo del todo y las nuestras—suspiró sintiéndose mareado—. No vi siquiera cuándo llegó. Sólo sé que llevaba horas escuchando la misma canción.

—No se preocupe—comentó el agente—. Intentaremos averiguar qué ha ocurrido. Quizá mañana le llamemos para declarar, por si recuerda algo más, pero de momento puede ir a descansar a su casa—dijo con una leve sonrisa en aquel rostro anguloso de ojos amables.

—¿Cómo? No voy a poder descansar—dijo—. Ese chico lo conozco desde hace años. Incluso es policía.

Esa última frase hizo que todos los agentes se miraran unos segundos. Cuando giraron el cadáver uno de ellos reconoció al hombre. El agente Fernández hacía algunos años que habían sido compañero del fallecido. No lo recordaba con especial cariño, pero sí que era un tanto gallito. Pensó que cualquier detenido, ya libre por las calles de la ciudad, le había buscado para ajustar cuentas. Sin embargo, una nota cayó de entre las sábanas.

El más joven de todos, el cual sólo llevaba tres días en el cuerpo, tomó la nota con los guantes correspondientes y la leyó en voz alta para todos los presentes.

—Nos veremos en el Sheol—dijo mirando a todos algo extrañados. No comprendía qué podía ser ese lugar. Por unos momentos pensó que podía ser algún local de moda—. ¿Qué es el Sheol?

—Según el Antiguo Testamento, o la Biblia Hebrea, es el lugar de las almas rebeldes olvidadas—murmuró Fernández entretanto se acercaba a su viejo compañero. Allí arrojado sobre el colchón, desnudo y con los ojos vidriosos no parecía tan temible ni tan cretino. Pensó que todos parecen santos cuando mueren aunque el mismo demonio apareciese para llevarse a su nueva víctima—Es la morada común de los muertos en pecado, una tierra de sombras habitada por quienes perecieron sin creer en Jesucristo, y lo que ahora se llama Infierno y Purgatorio—añadió.

—No—dijo el tercero que había mantenido los labios sellados—. En ese lugar no van pecadores. Es una región distinta—miró a Fernández con aquellos profundos ojos azules y sonrió breve—. Sí es el Purgatorio, pero no el Infierno. Aunque ambas regiones se comunican y tienen un mismo líder. 

—Van los descreídos—susurró el más joven aún con la nota entre sus dedos.

—Si me permitís necesito tomar el aire—dijo aquel extraño policía dejando la libreta con las palabras de aquel pobre diablo en manos del muchachito. Después salió al pasillo quitándose la gorra para bajar por las escaleras.

—¿De qué patrulla es ese?—preguntó Fernández a su compañero—. ¿Y por qué llegó solo?

Abajo, mientras todos se preguntaban por la identidad del agente, un hombre joven con otro aspecto muy distinto salía del hall. Vestía de negro con chaqueta y pantalones de cuero. Sus cabellos eran castaños y sus ojos azul glacial. Olía como huelen las brasas de una enorme barbacoa y sonreía como si hubiese logrado el teléfono de una chica preciosa. Pasó muy próximo al portero que estaba allí incrédulo ante las noticias de la muerte de su vecino y por el lado de las cámaras de seguridad. Al llegar a la acera se subió en una moto Harley y se marchó a toda velocidad.

—You still can die tomorrow!—gritó saltándose un semáforo en rojo.

Él era Memnoch y había elegido un alma más para torturarla. El Sheol quedó pequeño y el Infierno tomó conciencia de sí mismo uniéndose abriendo las puertas. Los demonios caminaban entre las almas que sufrían horriblemente el no haber creído en la palabra de Dios, en seguir sus normas o simplemente en ser un maldito desgraciado como el cretino que ahora metían en una bolsa para cadáveres.


Había violado a una chica repetidas veces abusando de su autoridad y Memnoch decidió que sería un nuevo juguete al que torturar durante horas, días, semanas, meses o quizás años. Aquel ángel caído no solía aburrirse fácilmente de sus víctimas. Dios no era quien impartía esa clase de justicias, era él. Era el encargado de purificar las almas, de recuperarlas, pero también de destruirlas.  

miércoles, 22 de junio de 2016

Paul...

Louis últimamente está reflexionando demasiado... ¡AQUÍ UNA MUESTRA!

Lestat de Lioncourt 


La vida da muchos golpes que te dejan sin aliento. Algunos puedes verlos llegar y otros son absolutamente inesperados. En mi caso vivía una vida ordenada, pacífica y entregada a mis ocupaciones como propietario de una platación de algodón que se extendía por cientos de hectáreas. En mi época era costumbre usar esclavos, pero jamás toleraba la violencia contra ellos. Vivían en unas condiciones mejores que las de vecinos aledaños. No me estoy justificando. Sé que la esclavitud es una barbaridad, pero en aquellos días todos cometíamos ese pecado. La Santa Madre Iglesia inclusive decía que estos hombres y mujeres no tenían alma y estaban condenados al infierno.

Como he dicho mi vida era tranquila y mis obligaciones no eran demasiado complejas. Sólo tenía que vigilar las ganancias, las pérdidas y obtener beneficios. Cuidaba del honor familiar intentando que mi hermana encontrara un buen hombre, mi madre viviese bien sus últimas décadas y mi hermano pequeño fuese ordenado sacerdote. Si bien mi madre había puesto todas sus esperanzas en él, no quería que se convirtiera en un santo con alzaculellos y rogaba a diario que deseaba que él también llevase los negocios.

Las disputas con mi hermano eran frecuentes. Intentaba que mi madre tuviese lo que deseaba. Al principio estaba en su contra, pero finalmente comprendí que mis pecados eran demasiado para que una mujer pudiese aceptarlos. Él tenía que asumir el control de la plantación. Estaba claro que yo no era capaz de ser la figura masculina imponente que mi madre y la época exigían. Además tras arduas investigaciones, noches en las que no dormía y me mantenía en vela observando a mi hermano, sus rezos y ayunos, me percaté que algo horrible estaba sucediendo en la capilla que yo había mandado construir para él. Sentí que estaba perdiendo el sano juicio que siempre pareció tener. Nos enfrentamos con mayor frecuencia y casi cada día había una pelea. Ya no convivíamos en paz. En uno de los enfrentamientos él se precipitó por la ventana convirtiéndose así en mi peor pesadilla, en mi estigma, y logró que llorara amargamente. Me sentía condenado.

Mi madre dejó de dirigirme la palabra. Para ella yo era el máximo responsable. La culpa caía sobre mí como una pesada losa, muy parecida a la que yacía sobre la tumba de mi pobre Paul. Mi hermana ya no era la mujer alegre que tocaba para mí entretanto yo recitaba poemas a su belleza, bondad y simpatía. Ante el resto del mundo yo era inocente, pero tras las puertas y ventanas de mi casa me convertía en un demonio que había provocado una gran desgracia. El alcohol comenzó a ser mi bálsamo y las putas mis amigos más íntimos, aunque no logré ser feliz en absoluto y sólo dilapidaba la herencia recibida cuando mi padre feneció años atrás.

Era la imagen de la ruina, la miseria, el dolor, la culpa y sobre todo la muerte. Intentaba reflejar en mi duelo a la muerte. Llamaba con cantos de sirena apasionados el fin de mis días. Emitía un grito que podía ser sordo para la mayoría, pero no para los asaltantes de camino o un vampiro. Él fue el que me tendió la mano con firmeza y me atrapó entre sus fuertes brazos. Caí enamorado de su belleza y de una bondad perversa que parecía emitir con esa sonrisa de diablo pintada en sus labios y reflejada en su mirada.


De esto hace demasiado tiempo. Estaba seguro que estábamos malditos hace menos de unos años. Pasé más de dos siglos creyendo que no teníamos solución, que éramos leprosos en mitad de un paraíso lleno de vida, y que sólo podíamos aspirar a sufrir desengaños y torturarnos por no estar vivos ni muertos. Ahora sé que estaba equivocado. Pero lo que más me preocupa y me inquieta es el hecho de las visiones de mi hermano. Ya cuando Lestat, mi amante y creador, dijo haber visto al demonio hace unas décadas pensé en él. Sí, admito que pensé en Paul. Él cayó en un cataclismo espiritual profundo. De ser descreído a desear ser un santo con un fervor que jamás había visto en otros ojos que en los de mi hermano pequeño. Me pregunto si era un espíritu el que dominaba a la sangre de mi sangre, la carne de mi carne, y que provocó aquel fatídico accidente. Aún así quizá deba darle las gracias porque perdí a un hermano, pero he ganado un tiempo de vida precioso. He podido ser padre, he conocido el amor, he sabido que el sufrimiento es algo más fuerte que la ira o la rabia, comprendí que la venganza no satisface al alma y no la sacia en absoluto, también he apreciado más los días pacíficos y los agitados. Sin embargo... no puedo dejar de preguntarme... ¿Eso es todo? ¿Es cierto lo que pienso? ¿Es posible? ¿Por qué? ¿Estaba todo planeado? ¿Ese espíritu es el mismo que atacó a Lestat? ¿Hay más como él? ¿Han hecho daño a otros pobres infelices? Son preguntas que ahora marcan mi camino... también quiero saber cuanto de humano queda en mí y cuanto de monstruo late bajo mi piel.  

miércoles, 8 de junio de 2016

Salvación

Esto ha llegado a mí. Son unas memorias, o supuestas memorias, de Memnoch. ¿Alguien me ayuda a salir corriendo?

Lestat de Lioncourt 

Al atardecer siempre tenía hermosas vistas desde la azotea de aquel edificio. El holding que se alzaba en aquella torre de hormigón y cristal poseía gran parte de la producción de información del país, era el centro de manipulación y sometimiento más fuerte e incluso estaba siéndolo en otros lugares del mundo. Los titulares señalando a diversos dirigentes políticos para ensuciar sus nombres, siendo inocentes en gran medida de las palabras vertidas, ocultaban la verdadera corrupción y las preocupaciones de la población. Además se ofrecía noticias banales y deportivas para amortiguar el impacto.

Veía la ciudad extenderse con sus numerosas calles de trazado regular, con edificios similares al que estaba bajo mis elegantes y clásicos mocasines, llenas de tráfico y almas que iban de un lado a otro en las aceras. El tiempo se escapaba entre los dedos de sus manos sepultando sus sueños, sus ambiciones y la belleza de una vida vacía como sus esperanzas. Vendidos a un quizás y un montón de dinero en una cuenta bancaria. Enclenques, hipócritas y fáciles de manipular con sus caras cenicientas esperando ser asesinados por la felicidad que no parecía llegar. Pero yo los amaba. Amaba incluso lo turbio de cada pesadilla que los mantenía vivos con sus paranoias y sufirmientos.

En mis labios un cigarrillo se consumía envolviéndome en el aroma de la nicotina. Aunque el sabor del café, un café amargo sin rastro de leche o azúcar, no podía ser desplazado por el del tabaco. Mis cabellos esta vez parecían más claros pero mi rostro era el mismo, la misma expresión. Parecía un ejecutivo, o quizás un empleado de nivel medio, que buscaba un momento de descanso entre tanto los papeles se amontonaban en la mesa de su pequeño cubículo o despacho. Tal vez me había escapado de una reunión monótona. Pero la verdad es que era el dueño de este mundo. Dueño de cada sombra.

—¿No deberías estar haciendo algo mejor que buscar almas que reclutar?—escuché una voz que parecía cercana, como si se encontrase a pocos centímetros de mi oreja, pero en realidad estaba a varios metros.

No me giré porque sabía quien era. Podía oler su supuesta bondad recorriendo sus rasgos dulces pese a lo masculino. Aquellos cabellos rizados tan dorados provocaban náuseas. El mensajero más imponente de Dios se había reunido conmigo cerca de la cornisa como si yo fuese un suicida y él mi ángel de la guarda.

—¿No tienes que ir por ahí a tocar tu trompeta?—dije tras dar una calada al cigarrillo y un trago a mi café.

—He decidido pasarme por la Tierra y saludar a mi hermano favorito—contestó quedando a mi altura tras caminar con parsimonia hasta mí.

A mi lado estaba él con otro elegante traje similar al mío, hecho a medida por supuesto, y con una sonrisa estúpida que parecía complacerse con el atardecer. Estaba seguro que no estaba allí por casualidad o porque me echase de menos.

—Dios quiere que aceptes tu derrota. No has hallado aún las diez almas que te exigió—dijo arrebatándome el café.

—Cuidado, pajarito divino, el café es demasiado potente para una criaturita tan pura y sosegada—respondí quitándole mi bebida sin que pudiese darle un solo trago—. Dile a Padre que no me rindo. Lamento informarle que cumpliré mi misión.

—Lucifer...

—Memnoch. Me gusta que me llamen Memnoch, Gabriel—dije apartándome de él para regresar a las abarrotadas oficinas. Pronto todos se irían a casa y yo debía acompañarlos como si alguien me esperase en el departamento que había adquirido en Nueva York.


Volvía a vivir como un humano con sus aspiraciones y sueños, aunque sólo en apariencia, porque seguía siendo el demonio y tenía un poder inimaginable. Quería salvar al mundo, pero a veces uno no puede hacer nada para lograrlo. Aunque sabía que estaba perdiendo mi tiempo decidí seguir luchando. Nunca daría mi brazo a torcer. Debía salvarlos.  

domingo, 27 de marzo de 2016

Me busca

El olor a pan recién hecho con mantequilla inundó mis fosas nasales, del mismo modo que el café recién hecho y el dulce aroma a chocolate vertido sobre la bollería de hojaldre. Tras el pulcro expositor podía ver las magdalenas, bizcochos y suculentas tartas decoradas con adornos simples de frutas o manga pastelera. Sobre el mostrador se hallaban los distintos platos pequeños, perfectos para los diversos tamaños de vasos y tazas de café, con sus azucarillos y cucharas dispuestas a tintinear dentro del vidrio o la porcelana blanca. Al fondo estaba la máquina de café y el molinillo triturando el grano. La tostadora no daba a basto con los bollos recién horneados traídos desde el otro extremo de la avenida. El cesto del pan ya estaba por la mitad y no quedaban pan brioche.

Era una de esas cafeterías que abrían casi todo el día sin importar el horario. Cientos de trabajadores, estudiantes o turistas se amontonaban en sus coquetas mesas de pies de hierro forjado y encantadores tapetes campestres. La clientela era variada y siempre parecía bastante ruidosa. Había llevado muchas veces a Rose a tomar tomar batidos mientras conversábamos de sus progresos en sus estudios. Pero esa vez no estaba ella. Me encontraba solo y perdido en un mar de gente deseosa de consumir un café cargado, leche caliente, té o unos cuantos dulces.

No comprendía que hacía allí de pie con la gabardina negra colgando de mi brazo derecho un maletín agarrado con la izquierda. Llevaba una corbata roja burdeos y una americana del mismo tono, pero los pantalones eran gris humo como el chaleco. Sólo la camisa era blanca como el pañuelo que llevaba en el bolsillo superior de la chaqueta. Mis cabellos estaban recogidos en una coleta tensa y mi frente se encontraba despejada. Jamás me había vestido tan elegante para ir a ver a mi pequeña. Aquello era extraño desde un principio.

Entonces me percaté. Fuera no era de noche. El sol resplandecía y penetraba una brisa agradable propia de la primavera. El olor a jazmines y dondiegos penetró rápidamente en mi nariz llevándome a los recuerdos de mi adorada Nueva Orleans.

—Señor, el joven de la mesa número doce le está esperando—dijo una camarera—. El muchacho que se esconde tras el periódico.

Miré hacia la dirección que ella me indicaba y en ese instante él bajo el periódico, lo dobló con elegancia y lo dejó sobre la mesa muy cerca de su café. Con elegancia rompió la bolsita de azúcar, la vertió y comenzó a mover la cuchara provocando que sólo llegase ese sonido a mis oídos. Mis pupilas se dilataron y mis piernas temblequearon. Ese rostro ligeramente alargado, sus ojos profundos y azules, su boca carnosa y esa expresión de bondad y malicia me destrozaron los nervios. Él era Memnoch, el Diablo, y me estaba esperando.

Deseé gritar pero estaba enmudecido por el pánico. Quise correr aunque mis piernas parecían fallarme. Empecé a sudar sin poder siquiera secarme porque estaba paralizado. Era terrible. Aquel momento era horrible para mí. Él había dado con la cafetería que adoraba mi hija adoptiva, donde en alguna ocasión fui con Louis, y en donde discutía frecuentemente con algunos grupos de jóvenes sobre literatura, música o cine. ¡Qué horror!

—Lestat... —la voz de Louis taladró en mi mente provocando que me sobresaltara y entonces desperté. Él estaba a mi lado acariciando mi rostro con ambas manos mirándome desconcertado—. Lestat, mon coeur, ¿qué ocurre? ¿Qué sucede? ¿Estás bien? Me he despertado y he visto tus músculos tensos... ¿tenías una pesadilla?


—El demonio me está esperando... —fue lo único que pude balbucear.  

Aquello no era sólo una pesadilla. Yo sabía que él me estaba persiguiendo incluso en los momentos más apacibles de mi vida. Había sentido tan real cada segundo de ese sueño que comprendí que era un truco para nada barato como los que usó cuando estaba tendido en la capilla. Amel no dijo nada y su silencio me perturbó durante horas.

viernes, 11 de marzo de 2016

Carta al Diablo

¿Cómo debería empezar esta carta? Es una carta a la nada. No sé siquiera cuál debería ser su dirección y si alguna vez llegará a tus crueles manos. Tampoco sé cómo dirigirme a ti y si deseas que lo haga. Han pasado muchos años desde la última vez que nos miramos directamente a los ojos manteniendo una guerra dialéctica casi imposible. Tú mencionabas de tu dolor y yo te recordaba que sabía cómo era ser el desterrado. Hablábamos ambos en idiomas similares pero distintos. Querías contar tu historia, pero suponía que podías estar mintiéndome. ¿No es lo que dicen de ti? Dicen que mientes continuamente para atrapar a incautos y hacer caer cientos de almas a tu alrededor.

Has cambiado mi forma de contemplar este “Jardín Salvaje”. Ahora veo que puede ser más terrible, impredecible, horrible y fascinante. Ni siquiera yo estoy a salvo, ¿verdad? Ni ahora que me han proclamado “Príncipe de los Vampiros” siendo el más poderoso de todos. Camino inseguro y meditabundo. He recorrido el mundo esta última década pensando en ti. Cuando cerraba los ojos veía tu rostro y podía perfilar cada uno de tus rasgos. Después de conocernos, en esa aventura tan perturbadora, Amel pareció despertar con fuerza y clamar atención.

Memnoch, ya no estoy tan seguro que tú seas un demonio. ¿Cómo puedo estar seguro que tú eres el “Príncipe de los Infiernos”? Ni siquiera sé si esas terribles tragedias que cayeron sobre ti, con todo el peso de “Las leyes celestiales” o “Leyes Divinas”, son ciertas o sólo un intento llamativo para poder capturarme robándome el cuerpo como han hecho otros? Ni siquiera Amel tiene respuesta para lo que ocurrió.

Llevo varios meses conversando arduamente con él. Me he sentado en mi biblioteca favorita, incluso hemos hablado en la de Armand en Nueva York, y en las ruinas reconstruidas de Maharet y Khayman. He observado las estrellas contándolas una a una pacíficamente mientras escuchaba la voz sobrenatural que hay en mí. Él me ha contado tantas cosas, Memnoch. Cosas que tú no me contaste en su día. Me ha hablado de un abismo similar al que tú haces continuas referencias en nuestro relato, pero no hay nada sobre ti. ¿Tal vez fue después tu caída? ¿Quizá sólo eras otro espíritu similar al de Amel? ¿Puede que quisieras lo mismo que él ha conseguido? Todos los días me dice que es feliz porque puede vivir conmigo las sensaciones más maravillosas. Ambos somos uno y a la vez somos dos seres diferentes. ¿Y tú? ¿Qué ha sido de ti? ¿Sigues buscando esas almas para presentar ante Dios? ¿Existe realmente Dios? Otros vampiros dicen hablar con ángeles, pero estos también coinciden que soy un estúpido y un estrafalario.


Tal vez debería dirigirme a los vampiros anteriormente mencionados, ¿verdad? ¿Pero y si están confundidos como yo lo estuve en su momento? ¿Y si lo que ve son espíritus que toman la semejanza de los ángeles de los viejos frescos italianos? Debería alejarme de estas ideas, pero no puedo. Intento hacerlo continuamente porque son rematadamente inútiles ya que nadie me dará una solución válida. Ni siquiera tú podrías darme la solución a mis interrogantes. Nadie ha podido. Sin embargo estoy aquí en mi despacho en mi fortaleza en Auvernia, redactando con buena letra una carta que es una plegaria a un vacío insondable, mientras que tú quizás ya sabes todo lo que siento y te burlas de mí sintiéndote satisfecho por haber sembrado dudas en mi alma.  


Lestat de Lioncourt 

lunes, 7 de marzo de 2016

Siempre te veo...

Por un momento creí que era él. Me quedé de pie observando la cafetería desde la acera contigua con las manos metidas en los bolsillos de mi pantalón. A veces creo verlo en cualquier lugar con diferentes complementos, leyendo el periódico o simplemente vestido de forma simple con una sonrisa honesta. Tal vez deseo verlo y por eso vivo continuamente con su figura persiguiéndome como un anuncio publicitario, pero quizás es cierto que me vigila allá donde voy. No importa la ciudad, el país o el momento en el cual crea verlo. Me quedo parado e intento descifrar si mis ojos vuelven a engañarme una vez más.

Por un momento lo vi allí sentado en la cafetería con un café humeante frente a él. Estaba reclinado sobre diversos documentos y sus cabellos caían lánguidamente sobre sus hombros, rozando las solapas de su traje gris marengo y el cuello de su camisa violeta tulipán. Parecía sosegado aunque muy interesado en las finas hileras de hormigas que eran las líneas escritas en aquellas hojas.

Me quedé perplejo conmigo mismo. Era increíble que me quedase de ese modo. Cerré los ojos unos instantes e intenté hacer acopio de todas mis fuerzas para no cruzar en mitad del tráfico, sin semáforo y arriesgando a provocar un accidente. Quería atraparlo, como él deseó hacerlo conmigo hacía algunos años, y preguntarle nuevamente si él era el Demonio. Pero al abrir los ojos ya no estaba y ni siquiera estaba el café sobre la mesa.

—¿Estás bien?—preguntó Armand.

Nueva York me dejaba siempre perplejo con el sonido de una jungla de asfalto que parecía no querer dormir jamás, como Miami y el resto de grandes ciudades americanas. Pero esa ciudad era distinta. Siempre me olía a humo y comida rápida dándome vértigo y náuseas, pero a la vez atrayéndome hacia sus complicadas discusiones en las paradas de taxis, restaurantes o entradas y salidas de los sitios más chic.

—Sí, eso creo—dije notando como me agarraba del brazo—. No hace falta que me agarres.

—Estás fatigado, ¿necesitas sangre?—murmuró muy bajo apoyando su frente en mi hombro.

—Sí, no seas molesto—respondí apartándolo con algo de delicadeza—. Vamos, Louis nos espera en la ópera—dije alejándome.


¿Cómo decirles que seguía obsesionado con Memnoch? ¡Era imposible! Cuestionarían mi buen juicio. Amel no dejaba de murmurar que dejase de buscarlo. ¿En serio? Incluso él notaba la fascinación queme provocaba su figura, pero también el misterio de saber si algo de todo lo que dijo era falso o no. 

En busca del diablo

Esta es la segunda parte de la historia de David Talbot y Daniel Molloy. ¡Acaso el diablo decía la verdad! ¿Lo hacía? ¡Tal vez!

Lestat de Lioncourt


La primera noche fue imposible. Las calles se volvieron silenciosas entorno a las dos de la mañana. No se escuchaba siquiera el murmullo de algún taxi que cumpliera su servicio nocturno. La habitación se encontraba en penumbra y la única luz era la que entraba por la ventana y la luz encendida del escritorio. El flexo caía sobre el libro más codiciado y David parecía obnubilado por su belleza y la magia oscura atrapada entre sus páginas.

—¿Has sacado algo en claro?—pregunté moviéndome como un león encarcelado en una pequeña jaula—. David, por favor.

—Leo con mesura porque quiero captar cada detalle—explicó sin siquiera levantar la vista de las prodigiosas líneas torcidas del ejemplar—. Es un documento único y costará horas comprenderlo.

—Llevamos aquí más de dos—dije inquieto.

—Se nota que aún eres joven incluso para ser vampiro—comentó en un murmullo que logré distinguir perfectamente—. Daniel, lo importante no es cuánto tarde sino la información que logre arrancar de sus páginas—dijo.

Decidí no importunar más. Él era quien sabía el lenguaje usado en aquellos días, así como las metáforas más usuales y lo alterado que podría estar un hombre en el estado de aquel “Hombre de Dios” que había cometido esos brutales episodios. El libro estaba envuelto en la tersa y suave piel de dos recién nacidos. Dos niños varones que habían sido despellejados cuando aún sus corazones latían. Era monstruoso. Podía incluso escuchar el llanto de los niños surgiendo de aquella piel curtida y cosida a los numerosos folios amarillentos, de letras sinuosas y elegantes, que se desplegaban con aquella tinta oscura que parecía provenir del mismo infierno.

Me senté en el borde de la cama y apoyé mis manos sobre el colchón. Parecía cómodo y la colcha era de un tacto agradable. Opté por descalzarme y arrojarme allí como si me hubiesen disparado arrancándome el último aliento vital.

Las horas pasaron como él pasaba lentamente las páginas y tomaba nota. Podía ver desde lo lejos su letra perfecta y elegante surgiendo como si fuera una oración a sus propios demonios, o quizás a algún guía espiritual desconocido, mientras buscaba la paciencia necesaria. Yo era un periodista metódico, pero estos casos me saturaban. Todavía no conocía el lenguaje de la demonología y él quería enseñarme, pero su paciencia parecía estar agotada tras años luchando con Lestat y sus incongruencias.

La mañana llegó provocando un revulsivo en las calles. Antes de las seis de la mañana ya había cierto trasiego de vehículos en la vía cercana al hotel. Él apagó la lámpara, bajó las persianas y cerró las cortinas para recostarse a mi lado. Habíamos dejado una nota en la puerta para que no molestaran y en recepción rogamos que no importunaran en todo el día. Sospechaba que habían pensado que éramos amantes, pero sólo éramos investigadores con colmillos.

—¿Has encontrado algo?—dije casi perdiendo el hilo de mis pensamientos.

—Podría tratarse del mismo espíritu—susurró pegándose a mi espalda—. ¿Tanto te interesa ese descubrimiento?

—Soy periodista y la curiosidad siempre está ahí dejándome en alerta—confesé girándome hacia él para mirarle a los ojos—. ¿Puedo preguntarte algo?

—¿Qué es?—preguntó mirándome con una intensidad que me caló hasta los huesos.

—¿Aún te asombra mirarte al espejo?—puse mis manos sobre sus mejillas y los deslicé suavemente por aquellos jóvenes rasgos. Tenía una edad similar a la mía, pero él había visto durante siglos arrugas y manchas por la vejez. Incluso había visto otro rostro y cuerpo. Él no era aquel muchacho que se movía por la ciudad con la elegancia de Bogart en Casa Blanca.

—No, ya no—respondió—. ¿Y tú? ¿Aún te asombra lo que eres?—susurró acomodando su cabeza sobre la almohada.

—No, ya no—dije sus mismas palabras como respuesta, aunque realmente a veces me asombraba. Mis poderes iban aumentando y comprendía que en unos siglos podría alcanzar a Armand debido a la cuantiosa sangre que había logrado beber de Marius en los últimos tiempos.

La noche siguiente fue para los demás libros. No los leyó con tanto ahínco. Cuando acabó el último decidió empaquetarlos para regresarlos a los dos hombres que nos esperaban ansiosos en otro punto de la ciudad. Al parecer corrían cierto riesgo si siempre se veían en un mismo sitio. Era por la seguridad de la mercancía, aunque para muchos sólo fuesen libros, y por la suya propia.


Cuando nos marchamos al hotel él comenzó a leerme frases del libro que habíamos tenido tan sólo unas horas. Me explicó cada línea y se explayó sobre su teoría. Me sentí abrumado. Memnoch no sólo se había presentado ante Lestat con esas locas ideas sobre el Cielo y el Infierno. Ahora las sospechas de Lestat podían estar erradas ahora. ¿Era o no un demonio? ¿Un espíritu malvado que quería usurpar el puesto de un ser imaginario? ¿Tal vez eran los espíritus los dioses de otros tiempos? La investigación continuaría y yo estaría ahí cuando se retomara. No me importaría arriesgar mi vida inmortal para saber qué sucedía alrededor del mundo, en la oscuridad y durante los largos días, porque era un misterio que a todos nos involucraba. 

viernes, 26 de febrero de 2016

Dance with the Devil

Hacía algunos años que había logrado superar el pavor que me invadió aquellos días. También fue una proeza dejar los vanos intentos de ser un santo. Yo no soy ni seré bueno. Sólo soy excepcional como villano. Pero en los últimos años, y en concreto desde que Amel tomó un hueco importante en mi vida y por lo tanto en mi historia, he empezado a recapitular sus palabras hilándolas con recuerdos efímeros de ese terrorífico lugar. Pero admito que el día de hoy sólo siento una espantosa sensación sobre quién era realmente Memnoch.

He intentado decirme a mí mismo que el Diablo y Dios no existen. Sólo son conceptos. Desde que tengo memoria he visto a las personas postrarse con miedo ante un altar, juntando sus manos, y pedir que Dios se apiadara de sus almas por sus actos pecaminosos y ofensivos. Siempre he escuchado el insistente pretexto de haber sido inspirado por una voz demoníaca dentro de ellos que pedían, casi al borde del llanto, que hiciesen algo terrible. También sé que otros han sentido otra voz que les recordaba lo idiotas que eran al haber caído bajo esos instintos. Por supuesto son ellos y sus deseos más oscuros, así como su conciencia intranquila que no les deja dormir por las noches.

Para mí es más fácil de creer que existe el mal que el bien. El mal siempre es posible. Es más fácil mentir que decir la verdad, dañar que arreglar una herida o insultar que rebatir con lógica y buenas palabras. La honestidad y el honor están desapareciendo de éste mundo. Igual que la elegancia, la belleza más sencilla y pura, la imaginación y el amor. Lentamente el hombre se está convirtiendo en un estúpido frívolo que caminará siempre con miedo. Sin embargo, ya me conocen, sabéis bien que mantengo mi esperanza. Pero están adoctrinando a los niños desde pequeños a olvidar quienes son realmente, imponen unas reglas absurdas sobre el mundo y vallan su imaginación convirtiéndolos en productos perfectos para no sublevarse ante la sociedad, el gobierno, la religión y el supuesto progreso de sus ciudades. Todavía hay lugares donde se reza en las aulas como si estuvieran sus alumnos en siglos pasados.

Pero no es lo anterior, ni mucho menos, lo que provoca que esté pensando recurrentemente en él. Es Amel. Amel me ha hecho pensar en Memnoch más de una noche. He recordado su sufrimiento y esos ojos que clamaban piedad. Aunque no fuese el Diablo, no fuese ese maldito demonio que decía ser, sé que sufría de soledad y de una desesperanza propia de alguien que se cree vencido y superado por todo lo que ocurre a su alrededor. Me he sentado frente al fuego avivando la leña pensando en él, en su particular infierno y en todo lo que me dijo como si fuese su mejor y único amigo.

Hace unas noches una voz contactó conmigo despertando la furia de mi nuevo compañero, de mi inseparable Amel, cuando me rogó volver a verme porque necesitaba seguir nuestra conversación. Por un instante, en mitad de la duermevela, pensé que podría ser el espíritu de Nicolas y me incorporé sin aliento, mirando a mí alrededor para no encontrar nada. No había fantasma alguno en aquella solitaria y lóbrega habitación. Sólo estaba yo sentado frente al fuego casi al borde del amanecer, con la chimenea encendida y rodeado de libros. Me encontraba en mi castillo, con los pendones de mi familia a mis espaldas y un hermoso retrato al óleo de mi madre. Sin embargo la voz seguía hablando.


Cuando el silencio envolvió todo y quedó sólo el chillido del viento contra las ramas pude pensar con calma. Podría ser un vampiro poderoso que intentaba contactar conmigo o Memnoch. No sé porqué pensé que podría ser él. Algo en mí parece que ruega porque sea él. La voz no ha vuelto a surgir. Amel está intranquilo y supongo que no lo haría de ser un vampiro. Desearía volver a enfrentarme a él porque ahora siento que estamos en igualdad de condiciones. Tal vez estas líneas son un ruego inesperado a un futuro encuentro… ¡No lo sé! Algo ha movido los cimientos sosegados de nuestra vida. 

martes, 19 de enero de 2016

Demonios

Aún creo que me mintió, que no era el demonio,

Lestat de Lioncourt


Muchos usan demasiado rápido las palabras de amor y respeto, la usan como moneda de cambio. Son hábiles para conseguir lo que pretenden con un poco de zalamería y don de gentes. Son demonios hábiles, pero humanos. Tan humanos como es la pereza, la codicia, las mentiras y los errores que acumulan bajo sus camas, igual que los sueños rotos sobre las mullidas almohadas. Ellos son los demonios que pueblan éste mundo arrasando con todo.

Son el resultado del sacrificio del honor y el respeto, de la verdad y la necesidad misma de buscar afecto. Intentan progresar en éste mundo tomando lo que no les pertenece, o simplemente destruyendo toda evidencia de su fracaso. Sus almas son más oscuras que mis propias alas, que la propia noche.

Se han convertido en seres terribles que con el paso del tiempo son el ejemplo perfecto de políticos, empresarios y grandes actores de dramas baratos. Adquieren voluntad propia sus engaños y el veneno enraizado en sus venas. Se transforman en lo peor, pero son aupados por la mayoría que ansían tener el mismo respeto y poder. Sin embargo, caminan entre naipes que pueden ser derrumbados con un soplo de aire fresco.

La nueva política, surgida de los barrios más humildes, se aplasta con mentiras indecentes y se oculta a plena vista. Se vende que el capitalismo más brutal, el libre mercado, es aquel que crea trabajo y riquezas. El trabajo y la riqueza la trae consigo el trabajador, el cual sacrifica su tiempo de vida para unas cuantas monedas que malgastará usándola en productos tan terribles como el que fabrica. Es un ciclo insano que infecta a todos. Por eso, y no por otro motivo, yo tengo gran poder y presencia entre ustedes.


Si existen infiernos, si hay demonios, no es porque yo los envío. Ustedes los forman, los amamantan y les dan poder. Son siervos de vuestros propios infiernos, alimentan sus ascuas y se consuelan con un cielo que destruyen a cada paso. Están ciegos. La codicia, las mentiras, la sed de poder y el ansia de unos privilegios que sólo deben alcanzar con esfuerzo, pero que éste es demasiado terrible, os impulsa a convertiros en monstruos de guerras donde los hermanos se lazan con furia contra su propia sangre.  

martes, 8 de diciembre de 2015

Recuérdame

Otra carta venida del Sheol... ¿Por qué aún me busca?

Lestat de Lioncourt


El mundo seguía su habitual destino hacia el declive cuando nos conocimos, y creo que no ha cambiado demasiado su trayectoria. Las luces de la ciudad siguen sin dejar ver las estrellas, la contaminación oculta el sol que tanto daño te hace, y tener esperanzas en éstos días, tan aciagos y desoladores, es una virtud que ninguno de los dos podemos desaprovechar. Siempre he creído que eres un impertinente, pero quieres saber. Te mueres por saber. El conocimiento te llama la atención seduciéndote como una peligrosa sirena en un mar revuelto, lleno de dificultades, que afrontas como si fuese un juego. Eres temerario, impulsivo e irrespetuoso. Tienes la gallardía que a muchos les falta. Atraes a masas ingentes y te proclaman Rey de imposibles, Mesías de milagros y Príncipe de un reino que está en sombras perpetuas.

Hoy, aquí en ésta ciudad cuyo nombre no importa, he visto a varios jóvenes con un ejemplar de tu nueva novela. Hablaban emocionados de ti como si fueras únicamente un personaje. No se decidían por una frase en concreto. Estaban eufóricos por saber de ti, pero te veían como algo irreal. Eres una fábula, como yo, de un soñador que consigue sus grandes triunfos para ofrecerle al mundo un rayo de esperanza.

¿Y yo puedo tener esperanza? Dímelo, Lestat. ¿Hay esperanza para mí? ¿Sigues creyendo que sólo soy un espíritu vengativo? Ya no crees mi testimonio. Mi historia se convirtió en una bonita invención, una metáfora similar a la tuya para ellos, que te logró amedrentar tan sólo unos meses. Recuerdo como yacías en esa capilla con la mente perdida, convertido en una figurilla más en el altar, y ahora te veo enérgico y sabio. Quizás esos días te sirvieron para reflexionar, para no temer más, para dejar de llorar y convertirte en alguien más fiero.

Quizás sirvió para algo el encontrarnos. Tal vez moldeé en ti un espíritu más fiero, más firme en tus convicciones, y con una experiencia que te hace meditar cada noche si fue cierto o no. Sé que lo haces. Conozco bien cómo eres y aún mi nombre retumba en tu mente, golpeando las paredes de tu cerebro, susurrando que debes echar la vista atrás por si estoy ahí, entre las numerosas esculturas de los museos, observándote deseoso de echarte el guante.


De algún modo, Lestat, estaremos siempre unidos. Jamás podrá estar del todo seguro. Sé que tus pasos son medidos, aunque sigues siendo igual de irresponsable e irreverente. Nadie podrá obligarte a tomar medidas sensatas. Nunca tomarás verdadera conciencia de lo importante que puedes llegar a ser para el mundo.  

viernes, 23 de octubre de 2015

Diablos

Manipulación por parte de Memnoch... ¡Pero qué me cuentan! Para nada...

Lestat de Lioncourt


—¿Qué has hecho?—preguntó acusándome con su mirada.

Me encontraba descansando en mi trono, cubierto tan sólo con una suave y fresca túnica. El calor era insoportable en aquel lugar, pero se agradecía cuando lejos de nuestras paredes, más allá de ésta grieta oscura, el frío atenazaba y se adhería a los huesos. Él interrumpió abriendo una brecha en el silencio, haciendo sonar sus botas sobre el suelo de mármol y quedando allí, frente a mí, con el violín entre sus brazos delgados.

Juro que jamás he visto algo tan hermoso e imperfecto en mi, mal nombrado, reino. Comprendía perfectamente porque Lestat se había fijado en él. Sus cabellos castaños caían sobre su frente y sus hombros desnudos. Sólo llevaba un pantalón ajustado de cuero negro y esas botas, ligeramente puntiagudas, que tanto le gustaba por el sonido que transmitía a sus pisadas. Delirio era mirarle a los ojos, esos ojos castaños que vociferaban como si fueran dos volcanes a punto de entrar en erupción, o fijarse en su boca carnosa, símbolo y protectora del pecado de su lengua puntiaguda.

—Nada—dije acariciando, con mis dedos largos y frívolos, los regazos de mi trono de oro.

—Tramas algo... —contestó estrechando con desesperación su violín—. Muchos hablan de mentiras en tu reino. También de cientos que han decidido marcharse lejos, junto a los vivos, y allí perduran con un cuerpo de luz. Igual que los ángeles.

—¿Y tú te crees esas mentiras, Nicolas?—pregunté levantándome para ir hacia él.

Su alma se retorcía. Tenía un cuerpo creado con energía, como el mío, el cual poseía toda la belleza que en su momento Lestat contempló. Cada trozo de él era perfecto. Mi mejor criatura, mi monstruoso violinista del Diablo, que se paseaba por mis infiernos, mis hermosos dominios, como una furcia arrastrando lujuria y levantando el pecado de debajo de las alfombras. Agitaba a todos con la melodía de su violín, provocando que el deseo se encendiera y muchos se agitaran como jamás lo habían hecho.

—Sé mucho de teatro, por lo tanto puedo pensar que soy una marioneta—susurró, aunque fueron palabras firmes.

Con elegante cuidado caminé hacia él, lo tomé del rostro y acaricié sus pómulos marcados. Me incliné ligeramente sobre él, pasé mi lengua por la comisura derecha de sus labios y acabé, con un camino serpenteante, en la izquierda. Él tembló bajando los párpados y entreabrió su boca. Mis dedos se deslizaron hasta su pecho y apretaron sus pezones, mientras mi lengua se atrevía a controlar la suya.

Paré aquel beso cuando lo noté dócil, como un cachorro, para luego pegar mis labios a una de sus orejas y susurrarle suavemente versos prohibidos, llenos de significado para él y para mí, en una lengua que pocos reconocían ya, y que él había aprendido gracias a mí.

“Tú, lujuria y deseo, repararás conmigo como serpiente en el Edén y darás de comer la manzana a todo aquel que la codicie. Abrirás tus piernas para mí, caerás en las ascuas del infierno y no te quemarás. Porque tú, querido mío, eres un demonio intoxicado con mi amor y pecado.”


Después, como si hubiese apagado la llama de una revolución, me giré triunfante y me recosté en mi trono. Acto seguido él se tumbó a mis pies completamente dominado, como si fuese mi perro guardián esperando una orden directa y cruel para atacar.  

viernes, 16 de octubre de 2015

Sabios ignorantes

Memnoch ha vuelto, pero sólo deja misivas. No sé qué es, pero insiste que es el demonio.

Lestat de Lioncourt


Es divertido jugar a ser Dios, ¿no es así? Disfrutáis arrancando los misterios de éste mundo, dándoles una explicación adecuada y comedida, para no sentir el pánico de una existencia vacía, sin fe y con un orgullo demasiado elevado. Aceptáis los cambios violentos que sacuden a los conocimientos como si fueseis máquinas predispuestas, puros ordenadores que procesáis información sin asimilarla ni comprenderla, y que, como animales adiestrados, explicáis sin sentimiento alguno.

Odiáis los logros alcanzados de otros, detestáis que puedan ser superiores intelectualmente y mortalmente, por eso lucháis por dejar un legado. Los viejos legados, las huellas de éste estercolero, antes eran ofrecidas como un paso a la inmortalidad y beneficio mutuo. Ahora es puro ego, puro deseo de destacar por encima de todos, y querer ser el científico del año, el doctor del año, el literato del año y, porqué no, el economista que salve el desastre que otros no supieron explicar.

Sois sucios y rastreros. Pertenecéis a una evolución pueril, con unas almas atroces y decadentes, pero a la vez tenéis una inteligencia excepcional y sois capaces de amar. El problema es que habéis olvidado amar lo sencillo, lo puro, lo alcanzable y necesario. Habéis olvidado que hay huellas que perduran más que un descubrimiento y son vuestros hijos, los que llevarán algún día la gloria de vuestra sangre, y os precipitáis a odiar manchando vuestras almas heridas.

La envidia os corrompe, del mismo modo que la corrupción por la ambición de dinero sucio y fácil. Sois enemigos de vosotros mismos, pues hasta vuestro reflejo os desprecia, pero alejáis la mirada y seguís el rumbo que creéis correcto, merecedor de esfuerzos y medallas. Me duele admitir que aún os amo y busco entre vosotros almas puras, hermosas y delicadas, que salvar. Pero es difícil. Estoy perdiendo la esperanza y las fuerzas.

Sólo veo miseria, deseos de grandeza, ganas de hundir al prójimo porque sentís que podéis ser los siguientes y un desprecio descomunal a la historia que os ha forjado. Olvidáis las guerras y creáis otras similares, tropezáis siempre con la misma piedra y encumbráis al ladrón que vende su patria a pedazos. Os creéis cualquier mentira regada en papel y tinta. No sabéis soñar si no os ayuda el cine, la televisión cargada de programas indecentes y los psicoanalistas baratos. Ya no tenéis capacidad de imaginar porque la anuláis. En las escuelas os recortan el alma, cuadriculan vuestras mentes y os obligan a ser iguales. Lo distinto os asusta, cuando eso os hace fuertes, libres y sabios.


Abrid los ojos, queridos míos, porque yo estoy aquí y quiero abrir mis alas para protegeros.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt